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Capilla Alfonsina, "Centro de Estudios Literarios Alfonso Reyes", Ciudad de México.
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Francósfera México-Francia
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
SEGUNDO PARÍS
Dibujo de Alfoso Reyes.
Visión de la Torre Eiffel por Alfonso Reyes
Por la doctora
Doña Alicia Reyes Mota
Directora de la Capilla Alfonsina
Caballero de las Artes y de las Letras de Francia

Miembro del Comité de la Francofonía de la Francósfera México-Francia
Alicia Reyes Mota
« La Francósfera México-Francia desea expresar su más encarecido agradecimiento a la doctora doña Alicia Reyes, quien muy amablemente pone a disposición de nuestro lectorado internacional este valioso escrito referente a diversos aspectos de la vida y pensamiento de Don Alfonso Reyes en relación a su segunda patria, Francia.
Este texto figura en el libro de doña Alicia « Genio y figura de Alfonso Reyes », publicado en la Ciudad de México por el Fondo de Cultura Económica, 4ª edición; 1ª reedición, 2001 ».
 
El hombre propone
Dios dispone
y el diablo lo descompone...

Una vez cumplida su misión ante el rey de España, decide regresar inmediatamente a París, pues « no quiso que supusieran que se quedaba a pasear por Madrid que tanto quería ». Ya se disponía a zarpar, cuando recibe un telegrama de Genaro Estrada que le hace saber la conveniencia de permanecer en Europa y esperar el cambio de gobierno, al fin de que lo nombren para alguna legación en Europa. « Corramos la aventurilla —exclama Alfonso— descansando en Genaro y en mi estrella ». Nuevamente la incertidumbre... mientras tanto encuentra alojamiento en el 44 de la Rué Hamelin y se muda ahí el 18 de noviembre: « Hoy hace dos años que murió Marcel Proust. Hoy entré a habitar en la misma casa en que él murió ». Al otro día el conserje le cuenta que Proust vivió ahí los tres últimos años de su vida. Trabajaba en un cuarto interior, forrado de corcho, donde sólo el entraba; había rogado al inquilino del sexto piso (él vivía en el quinto) que no hiciera ningún ruido; dormía de día y trabajaba de noche. Una que otra noche también salía. Era popular en el barrio y en la vecindad. Caritativo con los del sexto, la gente humilde de la casa. De pocas palabras. Muy amable. La portera lloró al recordarlo. Solía venir a verlo el señor Fernández (don Ramón), un petit. Tiene un hermano cirujano, en 2 Ave. Hoche, y la hija de éste, Mlle. Proust, también escribe. El conserje subió a verlo dos minutos después de su muerte, y estaba aún como vivo. La noche anterior, dijo a la señora Alvanet, la que lo cuidaba: « Hoy he escrito la última línea de mi libro ». « Demain, je ne serai plus ».

Mientras se confirma su posible misión en Europa, Reyes visita Chartres, recorre museos y encuentra amigos. Entre estos últimos, nada menos que a Menéndez Pidal, quien el 29 de noviembre recibe de la Universidad de París su título de doctor honoris causa; a Unamuno, quien le recita muchos sonetos « a veces prosaicos o romanticones muertos, y a veces de admirable nerviosismo quevedesco, en los jardines de Luxemburgo ». « Vive, estando en París, en Salamanca: recita y lee en las calles a su coro de amigos. Va todas las tardes al Café de la Rotonda, donde lo rodea un grupo de muchachos españoles y, entre ellos, algunos policías del Directorio español, de que él no hace caso ».

Hacia el 10 de diciembre, y cuando ya los diarios de México habían hecho mil conjeturas sobre la situación de nuestro Alfonso, recibe un telegrama de la Secretaría de Relaciones Exteriores anunciándole su nombramiento como ministro en París. Solicita el placet correspondiente al gobierno francés, que le es otorgado el 16 de diciembre. Nuevamente busca alojamiento y se decide por un lindo pisito en la Rué de Messine « qui n’a l’air de rien », pero que es confortable y simpático y que le dará refugio, en tanto encuentra algo más adecuado para hacer recepciones ministeriales. Desde su ventana contempla el Parc Monceau que inspira este poema:

Parque

En verde cuna el Parc Monceau
arrullaba sueños de estatuas
y los lacayos al balcón
eran los dueños de las casas.

Mil veces deshecha a los pasos
errabundos del paseante,
la constelación de gorriones
se recompone junto al estanque.

No caiga la piedra del pájaro
en el leve cristal del charco,
que dice: « Frágil », en las alas
de los gansos de porcelana!
(Cortesía, pp. 57-58)

 

NAVIDAD ROMANA

Se acercaba la Navidad. Aunque en París contaba con amigos fraternales como Rafael Cabrera y Francisco García Calderón, decide aprovechar la tregua, mientras llegaban de México sus cartas credenciales para trasladarse a Roma, donde lo habían invitado sus viejos amigos de Madrid, el consejero de la embajada de España ante la Santa Sede, Justo Gómez Ocerin —uno de sus más cercanos camaradas de la etapa madrileña— y su esposa Conchita.

Con grandes dificultades consigue los tres billetes para Manuelita, su hijo —que se moría de ganas por ver a su amigo Eduardo, hijo de Justo y de Conchita— y para él. Llegan al Palazzo di Spagna, la magnífica residencia —frente al Pincio— el 24 de diciembre. Para Alfonso chico fue una Navidad inolvidable: « Tenía yo la impresión —recordaba a menudo— de estar viviendo en un sueño, no faltaban más que los príncipes y las princesas ».

Entre la servidumbre del Palazzo di Spagna —el solo nombre parece frase de encantamiento— existía la su-perstición de que, por la noche, paseaba por aquellos espaciosos patios un fantasma, « el Cura Chiquito », el Cura Piccolo. Así que cuando vieron a Alfonso Reyes, nadie pudo quitarles de la cabeza que el Cura Piccolo había encarnado...
Los Gómez Ocerin le presentan a un joven escritor italiano, Fausto María Martini, a su esposa —célebre por su « belleza triste »— y a Multedo, viejo diplomático español encargado de la Obra Pía de España, que presumía ser amigo de D’Annunzio y que

se asoma a olfatear a los nuevos huéspedes mexicanos, pues tiene —dice Reyes— manías y curiosidades de solterona. Colecciona documentos antropológicos sobre la rubia (la verdadera hembra) y la morena (la hembra mezclada de varón). Las rubias de corazón moreno, me asegura, son los ejemplares más raros; o no sé ya si las morenas de corazón rubio. No puede menos de recordar a Insúa (El negro que tenía el alma blanca). Conoce también al embajador español ante la Santa Sede, « que siendo hijo de don Juan Valera, se atreve a escribir »...

Era el Año Santo, por lo tanto, pueden cruzar la famosa puerta de San Pedro, abierta sólo en estas ocasiones. Visitan las ruinas de Ostia y la de Ostia Marina.

Allí presenciamos —escribe el Cura Piccolo— una escena curiosa. En una mesa cercana almorzaban una pareja y un amigo. De pronto, éste se puso de pie, alzó la copa y, como si estuviera ante un auditorio numeroso, lanzó, entre aspavientos y a voz en cuello, todo un discurso o brindis: « ¡Henos aquí ante el mar —gritaba el energúmeno — , con nuestra radiante juventud, y mi amigo con su bellísima compañera! » (Era fea de encargo.).
P
ero ¿qué es esto? —pregunté ajusto.
Que no todo es auténtico en Italia, como en parte alguna —fue la discretísima respuesta—. Ha empezado el fascismo.
Para mí —prosigue Alfonso—, aquélla era una ocasión única de conocer la ciudad de Roma, pues en mi anterior viaje a Italia, desde España (1921), sólo logré ver Turín, Milán, Venecia, Florencia y Genova. (« Fronteras: rumbos cruzados », en Las vísperas de España, Obras completas, FCE, t. II.)
Me siento deslumbrado en Roma, y cierro los ojos ante los primeros « camisas negras » que ya aparecen por las calles. Al llegar, en la Piazza di Spagna, frente a la embajada, he admirado la fuente o barcaccia del Bernini, que en otros siglos los embajadores españoles llenaban de vino para el pueblo, los días de grandes fiestas.
Todavía se me representa, bajo su mejor luz, la campiña romana, como en los fondos del Perugino. Luego, la Roma Antigua, Imperio de Hierro duro y fuerte, en las palabras de Daniel, cuya ruina todavía se transfigura, bajo la mano de Agustín, en Ciudad de Dios. O ya es la Roma Moderna que deja ver al trasluz la Roma Sacra, en que vino a cristalizar la Roma Eterna cantada por Catulo. O creo ver la Roma Triunfante, con su escudo, lanza y esfera; los pilares de Ostia que tiemblan en el agua azul; la extraña pirámide de la Puerta Ostiense; la venerable Vía Apia y los pinos de Italia evocados por Rubén Darío; la Puerta Apia que, en su enorme marco de pesadas columnas, parece el ojo de una cerradura; el Palatino, como se deja ver del Monte Aventino: arcos de piedra y penachos de verdura; el pórtico roto del Palatino, como se lo aprecia desde el Foro; el confuso Capitolio y el Foro; la florida casa de las Vestales; la noble Basílica Julia, el Templo de Roma, la dentadura quebrada del Coliseo, en cuyo foso los vecinos pescan gatos, esos característicos gatos romanos de cara inconfundible; las misteriosas miradas en la imagen mural de las Catacumbas de Calixto; las borrosas figuras de la Sagrada Eucaristía, Cristo y la Samaritana, el Orante, el Buen Pastor, la Virgen con el Niño, los santos Cornelio y Cipriano con las cicatrices del tiempo; el sólido Arco de Constantino y las Basílicas Constantina y Laterana; la cúpula de San Pedro, centro un día del mundo; San Paolo, de oro y rosa y gris, cuyo interior resplandece todo; la Basílica de San Lorenzo, con su inesperado « portal de hacienda »; Santa Sabina y el Panteón; San Cosme y San Damián vestidos de enredaderas moradas; la Santa Cruz de Jerusalén, el Santo Pesebre y la Cadena de San Pedro, el Moisés de Miguel Ángel, un joven con barbas postizas; Santa María la Antigua, la Mayor, la del Trastévere, la de Cósmedin; San Clemente del Monte Celio; el ábside de Santa Prudencia; Santa Inés Extramuros; las pinturas y galerías del Vaticano, la Capilla Sixtina, el Juicio Final; la Piazza del Popólo; Santa Trinita dei Monti, cuya escalinata, subida de rodillas, ayuda a concebir las proles; el Techo de San Ignacio, pintado con llamas; y parque, y perspectivas casi irreales...
En la Galena Doria-Pamphili me detengo a admirar el retrato del papa Inocente, obra de Velázquez. Se acercan dos turistas norteamericanas. Al ver que en su Baedeker, el retrato está marcado con asteriscos, se creen obligadas a admirar. Buscan el nombre del pintor (1): « Diego de Silva y Velázquez », y exclaman con aire satisfecho: deteniéndose los lentes con la mano derecha: « ¡Oh, de Silva! » [...]

Con la esperanza de regresar a Roma algún día, cumpliendo el rito popular, arrojan las moneditas a la Fontana di Trevi y, al día siguiente —7 de enero de 1925 —, toman el tren rumbo a París (2). Ya camino de París, en Milán —8 de enero de 1925— escribe en su Diario: « ¡Inolvidables días del Palazzo di Spagna! ¡Sueño, magia, irrealidad! ¡Campo romano visto a la mejor luz! ¿Cómo, cómo decirlo todo?... »

En París, como era de esperarse, se encuentra inundado de papeles y correspondencia. Trata de escribir y leer mucho, no obstante la agotadora tournée diplomática que le absorbe la mayor parte de su tiempo. « Me cansa estar de cupletista a la moda » —escribe el 15 de febrero de 1925—, pero la famosa tournée se prolonga hasta el 7 de marzo. Este mismo día encuentra casa en el 23 de Cortambert, lindo hotelito particular a dos pasos del Lycée Janson donde va su hijo (Ave. Henri Martin), tipo francés clásico, tres pisos y caves, su medio metro de jardín enfrente y sus cinco o seis cuadrados de jardín en el fondo. Otros son ya los tiempos, otras ya las circunstancias: « la Casa de Hielo » permanecerá en su recuerdo y le hará apreciar más su nueva vida; ahí hallará reposo para escribir, pues felizmente está en un medio en que se respeta y se comprende el aislamiento necesario a todo hombre de letras: sus libros y manuscritos ya van en camino...

Manuelita, infatigable como siempre y acostumbrada a sostener el mundo, va y viene, cuelga cuadros, instala alfombras, pasa en limpio las páginas « recién nacidas » de nuestro Alfonso.

Hacia el 27 de enero —nos cuenta Reyes—, mi pobre Manuela sufrió un accidente de auto, salió con una leve cortada de vidrio en la cara, que, aunque leve, le ha dejado señal en la mejilla izquierda. La prensa de México dio la noticia, como de costumbre, diciendo que mi esposa estaba a punto de morir, aunque no era para tanto, allá no sabían más que lo que decía la prensa: ¡con cuánto dolor considero que no hubo uno solo de los amigos —ni los que disponen del telégrafo gratis— que haya telegrafiado para informarse de la salud de mi mujer! Y por correo, las dos familias, Francisco Monterde, Juan Sánchez Azcona, ¡y —de La Habana— Camelita, mi antigua novia!

¿Y Alfonsito qué hace, mientras tanto? Estudia en el Lycée Janson, aprende francés, rompe clavículas y discute con sus maestros:

A mi llegada, me contaba un día, tuve mi primera pelea en el liceo, los compañeritos se aprovechaban al verme extranjero y se burlaban de mí, yo no sabía francés... Cansado de sus bromas pesadas « se me subió lo mexicano » y le di de golpes a un francesito insolente: ¡cuál no sería mi sorpresa, al ver que se tiró en el suelo retorciéndose de dolor! El director, los maestros se acercaron a toda prisa: ¡Mon Dieu!, gritaban a coro. El francesito tenía la clavícula rota. A partir de esa fecha —decía mi padre— aprendieron a respetarme... Uno de mis maestros, monsieur Dubois, cuando le dije que me habían picado los mosquitos, exclamó con sorpresa: ¡Mais voyons mon petit, en France il n’y a pas de moustiques! ¡Il y en a seulement dans des pays comme le vôtre! Pensé: a éste hay que darle una lección, así que al domingo siguiente, de paseo por Versalles, me dediqué a llenar un pomo con mosquitos franceses, y el lunes se los llevé lleno de júbilo por mi nueva victoria...

Volviendo a nuestro Alfonso. Aunque la tournée es cansada, no por eso faltan las grandes emociones y las grandes satisfacciones, como el inolvidable banquete que la Revue de l’Amérique Latine le ofreció en el Garitón: « Hasta después de las dos de la mañana se prolongó una fiesta en que el ambiente de cordialidad fue realmente raro. En mi libro de recortes se verán los ecos de la prensa: ¡Y son pálidos! » y

que resultó ser el baile más animado y la sesión literaria más amena que he visto en mi vida. Ofreció Martinenche; habló Sousa Dantas, embajador del Brasil, por los diplomáticos; por los amigos de la Revista, Zaldumbide, que hizo un verdadero estudio de mi obra; resumió Robert de Flers, como presidente del banquete; hablé yo en francés con mucha suerte; Richepin el viejo se levantó entusiasmado y me dio la accolade, y el ex ministro Honnorat...

Su hotelito de Cortambert se va convirtiendo poco a poco en el lugar predilecto de sus amigos franceses, me-xicanos y extranjeros. Centro obligado de reunión de los que están de paso por París. Veamos lo que el abate González de Mendoza —su compañero constante— nos cuenta de aquellos días memorables (3):

Nos conocimos en París, el 18 de octubre de 1924. Al día siguiente, domingo, paseando por los bulevares, anudé con él los lazos indestructibles que son las aficiones comunes, entre otras las que he llamado « Topografía literaria », al saber, por ejemplo: « Delante de tal edificio cayó Stendhal fulminado por la apoplejía »; o bien: « En tal casa estrecha, cuya fachada tiene —como él decía— reflejos de plata y carbón, vivió Alfonsina Plessis, incorporada a la literatura bajo el nombre de Dama de las Camelias ».
Ese paseo fue el primero de otros muchos, llenos de largas y gustosas conversaciones, efectuadas en días de asueto a lo largo de más de dos años, hasta que él salió para Buenos Aires. Ello explica la dedicatoria puesta en el primer libro suyo con que me obsequió; debajo de mi nombre, estas palabras: « mi compañero de París ».
Nunca releo sin melancolía esa línea. Está manuscrita en el libro más sutil y fino de los suyos, el más rico en contenido evocador, obra maestra de oro virgen y de cristal de roca. Basta lo dicho para identificar a Visión de Anáhuac. Todos recordamos su epígrafe: « Viajero: has llegado a la región más transparente del aire ». Parece tan natural esa frase, que muchos no advierten que la compuso el mismo autor del texto admirable. Se ha vuelto lugar común del habla mexicana. Se le creyera anónima, obra de siempre, voz de raza. »
Por supuesto, lo que en nuestros paseos visitábamos no era « lo turístico », sino lo curioso, lo peculiar. Los más de ellos tenían por origen y por meta algo relacionado con México, a la manera del heliotropo hacia el sol. « No nos basta ya el paisaje: lo queremos con recuerdo », escribía en su poemita, en 1927.
En París le interesaba conocer los lugares en que estuvo fray Servando Teresa de Mier. Juntos recorrimos los pocos metros que quedan de la rué des Filles-de-Saint-Thomas, por donde sin duda pasó muchas veces el andariego encargado de la Parroquia de Santo Tomás; la iglesia era la de un convento de monjas dominicas, y fue demolida, así como el edificio conventual, en 1808, para construir el palacio de la Bolsa. Indagamos dónde estuvo el café Borel, que el padre Mier menciona como escenario de las habilidades de un ventrílocuo. Paseamos por los soportales del muy tranquilo y solitario Palais Royal, imaginándolo —con pie en lecturas de obras especializadas y de novelas como La piel de zapa y Las ilusiones perdidas, de Balzac— cómo estaría en los albores del siglo XIX, cuando el inquieto regiomontano lo conoció. Buscarnos asimismo otras huellas mexicanas: el « Hotel de Suez » donde murió Julio Rucias; los objetos arqueológicos aztecas en el Museo Etnográfico; y libros acerca de México en los tenderetes a orillas del Sena; esto, casi siempre sin éxito.
Don Alfonso Reyes
Fotografía de juventud
Una tarde fuimos a ver en el cementerio de Montparnasse la tumba de don Porfirio Díaz y la del genial dibujante de la Revista Moderna. Por supuesto, nos detuvimos también ante el sepulcro de Huysmans y ante el de Baudelaire, y contemplamos el cenotafio del gran poeta de Las flores del mal. Después fuimos a la iglesia de San Sulpicio y admiramos los dos bellísimos paineles pintados por Delacroix. Nos fascinó el que representa la lucha de Jacob con el ángel, imagen que todos los seres humanos sostenemos torpemente. Fruto de esa contemplación fue, en la obra de Alfonso Reyes, el hermoso poema que comienza: « Noche a noche combato con el ángel...»
Recuerdo otro paseo cuyo móvil fue asimismo mexicano. Habíamos cenado en un restaurante del boulevard Montparnasse y tomábamos café en la terraza de La Rotonde. La noche era clara. Mirábamos la luna llena, localizando en ella al mítico tochtli, el conejo que los aztecas creían ver estampado en el astro. Alfonso Reyes recordó que, en su mocedad, callejeando por la ciudad de México con un compañero de estudios, había visto a la luz de la luna las casonas de los tiempos virreinales en la calle de don Juan Manuel: y me propuso una contemplación equivalente. Fuimos a ver el castillito gótico de los arzobispos de Sens y recorrimos silenciosas callejas del vetusto barrio del Marais.
Era buen catador de cuanto es grato en la existencia. Ya en su Oración pastoral, poema de juventud, había dicho: « ¡Amo la vida por la vida! ». Así, hallaba delectación en los armoniosos paisajes parisienses. Años después, en 1929, desde América del Sur me escribía: « Cuénteme cosas. Hágame creer que vivo en París ». Y meses más tarde volvía sobre lo mismo: « Por favor, hágame creer que aún existe un París donde puede uno ser feliz con sólo pasear por la calle. Ese pensamiento me ayudará a vivir ».
Las personas que no hayan experimentado el peculiar magnetismo de aquella ciudad sin par, acaso no acierten a explicarse tales palabras, expresión de un anhelo común a infinidad de iberoamericanos. Lo que hallamos allí es la cumbre de la civilización de la que nos sentimos parte, la civilización latina, no dominada por máquinas tremendas, no acuciada por angustiosas prisas, no envenenada por el imperioso materialismo del dinero, sino hecha a la medida humana, armoniosa, impregnada de tradición cultural.
Una frase de Alfonso Reyes me dio la clara percepción de esto. Estábamos sentados bajo los castaños floridos, en la terraza de la Closerie de Lilas. Contemplábamos la perspectiva que desde la fuente ornada con el magnífico grupo de Las cuatro partes del mundo, obra de Carpeaux, tiene por fondo el jardín y el palacio de Luxemburgo. Inmediata a nosotros se alzaba la estatua del mariscal Ney, modelada por Rude: y, enfrente, el barrancón del Bal Bullier, nido de bullicio y alegría juveniles. Veíamos la umbrosa encrucijada de la avenida del Observatorio con los bulevares de Montparnasse, Port-Royal y Saint-Michel. Sabíamos que estaban cerca las prestigiosas escuelas universitarias, el Val-de-Grâce con su majestuosa cúpula, la casa donde vivió Rubén Darío. Ningún alambre rayaba el cielo primaveral: tan sólo vuelos de gorriones y de palomas. Y Alfonso Reyes, mirando con delicia el amable paisaje, comentó:
— ¡Cuántos siglos de buena educación han sido necesarios para formar todo esto!
El meollo de la frase no era « civilización », concepto sobreentendido. No: era « buena educación », con cuanto ello significa: urbanidad, cortesía, pensamientos delicados, acción moderada y congruente. « Buena educación » durante muchas generaciones, con sentido de la proporción y de la medida, con afinación del gusto, con cuanto supone de voluntaria disciplina, de templanza, de todo aquello que suaviza y lenifica la vida. Ésa es la sencilla clave de tantas fervorosas adhesiones. Por eso Alfonso Reyes, en su preciosa Charla sobre Francia, decía bien al decir: « ¡Oh patria común tierra de todos! » Lo que no significa desvío de la propia patria, ni despego de la tierra natal.
Durante los dos años y pico en que fue ministro de México en Francia, habitó en una casita de dos pisos, en la rue Cortambert número 23. De ella habla en el capítulo « Pasos de Passy » de su libro Marginalia (4), segunda serie. Los domingos recibía a varios amigos: compatriotas, unos; otros, amigos de México. A esas reuniones podían aplicarse palabras de su Diálogo entre mi ingenio y mi conciencia: « En la charla de los amigos y dentro de la sala abrigada, el día es igual a la noche, la noche es igual al día y las horas arden en el hilo azul del tabaco, o se diluyen, como los terrones de azúcar, en las tazas del café ». Con tazas de té, o con refrescos agasajaba a los visitantes la esposa del anfitrión. Manuelita, que aunaba a la simpatía el savoir faire.
Durante el verano la tertulia se hacía en el jardincillo, sombreado por dos o tres hermosos árboles, con césped, con flores. Algunos dimos en llamarlo « el jardín de Academo ». Nunca faltaban el dibujante salvadoreño Toño Salazar, cuya agilidad mental es pasmosa, y León Pacheco, costa-rricense, docto estudiante de filosofía. Ambos alcanzaron, mucho después, alta jerarquía en el servicio diplomático de su respectivo país. Solían ir también los insignes escritores peruanos Ventura y Francisco García Calderón; el ensayista venezolano Alberto Zérega Fombona; una que otra vez el historiador uruguayo Hugo Daniel Barbagelata.
Allí acudían escritores españoles que pasaban por París. Recuerdo al profesor Américo Castro, incisivo ironista, í ameno narrador de anécdotas. A Enrique Díez-Canedo, uncioso, todo bondad, cuyo inmenso saber no parecía aprendido, sino connatural. Corpus Barga, dogmático, punzante, se empeñaba en castellanizar los nombres franceses mediante traducciones literales. Así, del ensayista Jacques Rivière decía: « No es Jacobo Rivera, es Santiago Río ». Tomábamos a broma tal peculiaridad y, puesto que la palabra couteau significa cuchillo, ya no mencionábamos a Jean Cocteau sino como Juanito Cocchillo. También lo llamábamos —al modo de Alfonso Reyes en su agilísimo poema « Ángeles »— Juan Coqueto, vertiendo en esa forma fonética la pronunciación: Cocteau, Coqueto, Coqueto.
Entre los visitantes franceses, Jean Cassou, dinámico, polifacético, que por aquellas calendas había sacado a luz su Eloge a la folie, alguna vez nos dejaba sin Alfonso, llevándoselo, por ejemplo, a conocer a Rainer María Rilke, Francis de Miomandre, que tantas páginas de escritores famosos tradujo, era la personificación de la fantasía alada, la inteligencia mariposeante, la cortesía a la manera dieciochesca, sublimada en cumplidos hiperbólicos. Jules Supervielle, altísimo, desgarbilado, en quien la ropa parecía colgada y no vestida, hablaba agudamente de la poesía. Los muchachos, los muchachos de hace 30 y tantos años... lo admirábamos, sobre todo, por el acierto humorístico de haber dado a algunos de sus personajes novelescos nombres tales como Innumerables —en honra a los Innumerables mártires de Zaragoza— ; y por su deliciosa invención suprarrealista antes del suprarrealismo, de hacer que el hombre de la pampa, protagonista de la novela de ese título, llevase a París, en un maletín, un volcán domesticado: el hombre de la pampa lo desempaquetaba en la Plaza de la Concordia y el volcán le seguía como un perrito, pero echando chispas.
Un día, mediado agosto de 1925, cenábamos al anochecer, en el jardín, Alfonso Reyes, Salazar, Pacheco y yo. Para eliminar inconvenientes del servicio, doña Manuelita había hecho poner cerca de la mesa un pequeño refrigerador, abastado con cuanto necesitábamos. De repente sonó un fuerte golpe, como el de un palmetazo descargado sobre la tapa del mueble. Alfonso Reyes, con naturalidad, dijo:
— Es mi duende... Ronda cerca de mí. Alguna vez he logrado percibirlo con el rabo del ojo...
Y nos refirió un cuentecillo sutil que subrayaba el contenido poético de la ocurrencia: en Londres, dos caballeros contemplan el paisaje del Támesis poco antes de que las primeras luces agujereen la penumbra crepuscular. Uno de ellos comenta:
— Es hora de los duendes...
El otro contesta, secamente:
-Yo no creo en duendes.
Y el primero replica:
— ¡Pues yo, sí!
Y desaparece en el aire.

Poemas parisinos

Jacob

Noche a noche combato con el ángel,
y llevo impresas las forzudas manos
y hay zonas de dolor por mis costados.

Tiemblo al nacer la noche de la tarde,
y entra sed de cuchillo por mis flancos,
y ando confuso y temeroso ando.

Quiere correr a consunción mi sangre
y aunque sé que en su busca me deshago,
otra vez lo persigo y lo reclamo.

Bajo las contorsiones del gigante,
aúllo a veces —oh enemigo blanco —
y dentro de mí mismo estoy cantando.

¡Oh sombra masculosa, oh nube grave!
Derrótame una vez para que caiga,
o de una vez rómpeme el pecho y ábreme
entre los dos reflejos de tu espada.
(París, 1925)


Al salir del Jockey

Los techos de París exhalan
ya las primeras golondrinas
y en el bochorno azul que baja
sube una paz vegetativa.
silencio, cuando la caricia
sus pétalos olvida por las frentes.
Miente quien dijo «todavía»,
y quien dijo «ya no más» miente.
Desde cada pestaña, una
gotita de risa le tiembla,
mientras divaga el ala de la luna
entre la noche coqueta de estrellas.
(París, 1926)

Epitafio del perro Bobby (5)

Pasa a través del corazón del niño
un hilo fiel de tu sangre sumisa,
y ronda las orillas de su alma
tu almita elemental, de hocico húmedo.
(París, 1926)

Cada « morada » de nuestro Alfonso, por lo visto, se hace famosa por uno u otro aspecto; a la de París acudían también Jean Prévost y Marcelle Auclair —novios primero y luego ya casados—, Gabriela Mistral, Palma Guillen, Valery Larbaud, Jules Romains, Paul Valéry...
La amistad con el autor de Fermina Márquez —nos dice Paulette Patout en su admirable Correspondencia(6) data seguramente de Madrid, allá por el año de 1923, intensificándose en Francia y manteniéndose hasta la muerte de Larbaud. Él fue quien dio la bienvenida a Reyes en la Revue de l’Amerique Latine, con un espléndido artículo que empezaba así:

La nación mexicana nos envía para que la represente oficialmente ante nuestro gobierno a Alfonso Reyes, uno de los jóvenes escritores más distinguidos; y ello viene a ser como un hermoso presente ofrecido, para festejar el comienzo del año, a todos los hombres de letras franceses, por el país que luce por emblema, en medio de una alta meseta solar que se extiende entre la pradera y la aurora, el Águila vencedora de la Serpiente y erguida sobre el Nopal simbólico. A nuestra vez saludemos con gratitud este emblema, y mediante un estudio más atento de la presente literatura mexicana y mediante relaciones y cambios más frecuentes con la crema de la intelectualidad de aquel gran pueblo, estrechemos los lazos que unen a nuestras dos literaturas desde la hora en que Pierre Corneille escogió como uno de sus maestros al mexicano Juan Ruiz de Alarcón.

No cabe duda de que una aureola de simpatía rodeaba a nuestro Alfonso. Todo él irradiaba algo especial, que como un imán atraía la amistad perdurable de cuantos lo conocían. Este ambiente, la nueva condición económica —ya más asentada y tranquila— hicieron posible la conquista de París a Alfonso Reyes.
Las veladas de Cortambert son en cierta forma un retornar a las « noches dedicadas al genio », ahora en un medio ciento por ciento propicio. Y a propósito de veladas inolvidables, bajo el cielo de París y junto al Sena —a la Sena diría nuestro Amado Nervo—, hay que recordar la del 2 de diciembre de 1925, en casa del escritor Gonzalo Zaldumbide, en que Reyes leyera su Ifigenia y comentario, con intermedios de quenas bolivianas.
Aunque escrita en Madrid, nos ha parecido más acertado aprovechar el recuerdo de esta velada para aden-trarnos un poco en su Ifigenia.
Este poema dramático tuvo su raíz en el estudio de las « Electras » del teatro ateniense, emprendido allá por el año de 1908 y publicado —como vimos— en sus Cuestiones estéticas.

Era la edad —nos cuenta Alfonso— en que hay que suicidarse o redimirse, y de la que conservamos para siempre las lágrimas secas en las mejillas. Por ventura, el estudio de Grecia se iba convirtiendo en un alimento del alma y ayudaba a pasar la crisis. Aquellas palabras tan lejanas se iban acercando e incorporando en objetos de actualidad. Aquellos libros, testigos y cómplices de nuestras caricias y violencias, se iban tornando confidentes y consejeros. Los coros de la tragedia griega predican la sumisión a los dioses, y ésta es la única y definitiva lección ética que se extrae del teatro antiguo. Hay quien ha podido aprovechar su consejo. La literatura, pues, se salía de los libros y, nutriendo la vida, cumplía sus verdaderos fines. Y se operaba un modo de curación, de sutil mayéutica, sin la cual fácil fuera haber naufragado en el vórtice de la primera juventud. Ignoro si éste es el recto sentir del humanismo. Mi Religio Grammatici parecerá a muchos demasiado sentimental.
Tenemos derecho —una vez que por cualquier camino alcanzamos la posesión del módulo— para manejarlo a nuestra guisa. ¿Y qué otra cosa han hecho los trágicos de todos los tiempos, sino volver a contar a su modo una historia conocida en lo general?

El poema fue elaborándose lentamente, enfocado desde otro punto de vista: Reyes supone que Ifigenia, arrebatada en Áulide por la diosa Artemisa a las manos del sacrificador, ha olvidado su pasado e ignora cómo ha venido a ser, en Táuride, sacerdotisa del culto bárbaro y cruel de su divinidad protectora. El conflicto trágico, que ninguno de los poetas anteriores interpretó así, consiste en que Ifigenia reclama su herencia de recuerdos pasados y tiene miedo de sentirse huérfana de pasado y distinta de las demás criaturas:

Es que reclamo mi embriaguez,
mi patrimonio de alegría y dolor mortales.
¡Me son extrañas tantas fiestas humanas
que recorréis vosotras con el mirar del alma!
Cuando en las tardes dejáis andar la rueca
y cantáis solas, a fuerza de costumbre,
unas tonadas en que yo sorprendo
como el sabor de algún recuerdo hueco;
canciones hechas en el hilo lento,
canciones confidentes y cómplices
que, siempre con iguales palabras,
esconden cada vez hurtos distintos
y mordiscos secretos en la pulpa de la vida;
que, mientras manan sin esfuerzo de la boca,
dan libertad para otros pensamientos,

entonces yo adivino que andáis errando lejos
de la labor que ocupa vuestras manos,
dueñas de lo que sólo es vuestro
y que en vano atisban los maridos
en la joya robada de los ojos.

Ninguna costumbre os sujeta
y, en lícita infidelidad,
abrís con la llave que lleváis al cinto
una cerradura sin chirridos.

Y os envidio, mujeres de Táuride,
alargando mis manos a la canción perdida. (7)

Ifigenia reclama su embriaguez, su patrimonio de alegría y dolor mortales, pero cuando, gracias a su hermano Orestes —quien hace posible la anagnórisis— recobra la memoria y se percata de que pertenece a una raza ensangrentada y perseguida por la maldición de los dioses, siente asco de sí misma:

¿Para que siga hirviendo en mis entrañas
la culpa de Micenas, y mi leche
críe dragones y amamante incestos;
y salgan maldiciones de mi techo
resecando los campos de labranza,
y a mi paso la peste se difunda,
mueran los toros y se esconda la luna?

¿En busca mía, para que conciba
nuevos horrores mi carne enemiga?
¡Para que aborten las madres a mi paso,
y para que, al olor de la nieta de Tántalo,
los frutos y las aguas huyan de mi contagio?

Orestes insiste en llevarla consigo, para que cumpla con dar brotes nuevos a la familia en que nació hembra. Pero, ante la alternativa de reincorporarse en la tradición de su casa, en la vendetta de Micenas, o de seguir viviendo entre bárbaros una vida de destazadora de víctimas sagradas, prefiere este último extremo, por abominable y duro que parezca, único medio cierto y práctico de eludir y romper las cadenas que la sujetan a la fatalidad de su raza:

¡Virtud escasa, voluntad escasa!
¡Pajarillo cazado entre palabras!
Si la imaginación henchida de fantasmas,
no sabrá ya volver del barco en que tú partas,
la lealtad del cuerpo me retendrá plantada
a los pies de Artemisa, donde renazco esclava.
Robarás una voz, rescatarás un eco;
un arrepentimiento, no un deseo.
Llévate entre las manos, cogidas con tu ingenio,
estas dos conchas huecas de palabras:
.....................................................¡No quiero!

Si habíamos dejado un leve cordón que ataba nuestras voluntades a nuestra patria —me explicaba mi abuelo—, era porque no había yo comprendido —no obstante los continuos consejos de mi querido Pedro— las ventajas de optar por la libertad. El verano de 1923, ante el mar, hizo nacer en redor de su Ifigenia a sus compañeros necesarios y el otoño madrileño, puso el toque definitivo a las cuartillas comenzadas...; ya empezaba a recortarle orillas inútiles a su vida..., llegaba a la superación, matando, para siempre, el rencor.

¿Qué final dar al episodio? ¿Ifigenia había de huir de Táuride, como en mis grandes maestros? No lo sabíamos aún... Un súbito vuelco de la vida vino a descubrirme la verdadera misión redentora de la nueva Ifigenia, haciendo que su simbolismo creciera solo, como una flor que me hubiera brotado adentro.

El súbito vuelco [en la vida de Reyes]: la muerte trágica de su padre, el alejamiento de su patria. Reyes —en libros y poemas anteriores— buscaba la Kátharsis, tenía derecho a ella: «[...] Si nuestra ciencia puede engañarnos, no así nuestra acción. Si no está hecha para nosotros la verdad, al menos el éxito práctico. Y en esta tragedia de la vida, tenemos derecho a la Kátharsis». (8)
Pero donde realmente obra la Kátharsis, indispensable en toda tragedia, y que Alfonso necesitaba, es en el coro. Éste

funciona periódicamente, como un instrumento dinámico por donde estalla, en cantos, en gritos, en ololygmoi, el sedimento o carga emocional precipitados por los episodios de la tragedia. Por eso es fuerza que el coro esté presente a todos los acontecimientos y que penetre los secretos del héroe: para así conocer el drama íntimamente, para vivir de su contacto y, de cuando en cuando, desahogar —con lírico desahogo y donde precisamente lo requiere el ánimo de un espectador ideal— esa emoción, ese pathos acumulado por las acciones dramáticas; esa piedad, ese terror. El coro es, pues, el instrumento de la Kátharsis aristotélica: la purificación de las pasiones por la danza y el grito, por la ejercitación y la mimesis artísticas. El coro es un agente oportuno, rítmico, lírico, que permite aliviar la plétora de los sentimientos:
  Alta señora cruel y pura:
compénsate a ti misma, incomparable;
acaríciate sola, inmaculada;
llora por ti, estéril;
ruborízate y ámate, fructífera;
asústate de ti, músculo y daga;
escoge el nombre que te guste
y llámate a ti misma como quieras:
ya abriste pausa en los destinos, donde
brinca la fuente de tu libertad.

¡Oh mar que bebiste la tarde
hasta descubrir sus estrellas:
no lo sabías, y ya sabes
que los hombres se libran de ellas!

Y, además de la lectura de Ifigenia, ¿qué hace nuestro Alfonso? Publica en Le Navire d’Argent su poema « Trópico » (9) traducido al francés por Marcelle Auclair y Jean Prévost. Corrige pruebas de sus libros Pansa y Reloj de sol, que editará en París y en Madrid respectivamente. Mientras tanto viaja a Lyon, va a Bruselas en compañía de Enrique Díez-Canedo; organiza exposiciones, ayuda a amigos en penuria y asiste a los principales eventos de la capital francesa, como las muy comentadas ventas de Adrienne Monnier y de André Gide:

Don Alfonso Reyes en la Capilla Alfonsina
Ha habido —nos cuenta Reyes en su Diario—, por estos tiempos, dos famosas ventas de bibliotecas privadas en París. La una, de André Gide; la otra de Mlle. Monnier. De André Gide se dijo que vendía los libros de todos aquellos amigos suyos con quienes había reñido a consecuencia de la publicación del Corydon, alegato en favor de la pederastía. Y ya él cuidó, en todo caso, de que, entre los precios importantes que alcanzaron algunos tomos de su colección, el Anti-Corydon resultara apreciado en unos cincuenta céntimos.
Supongo, de todos modos, que hay fábula en esto. Gide vendió sus libros para hacerse de algún dinero antes de su viaje al continente africano. ¡Los libros son tan fáciles de obtener en París! ¡Qué más da tenerlos en casa o en cualquier biblioteca circulante! Y, luego, como confiesa Gide, puede ser más agradable leer los clásicos en ediciones universitarias o populares baratas, que en ediciones de lujo. Puede esto no ser el sentir común, pero creo que es el punto de vista más puramente literario que existe; sin mezcla de bibliofilia, espíritu de coleccionista, ideas de decorador de interiores, perfumista, snob o amateur. Además, llega la edad en que se lee menos, y en que la lectura es mero pretexto pasajero para disparar la propia musa. Y por último, dice Gide: « Yo no amo los bienes ». Los bienes (a juzgar por las anécdotas sobre su avaricia que corren por París) le interesan menos que el dinero que se da por ellos. Por eso ha vendido sus libros. No han faltado amenidades y chascarrillos en torno al caso. Tal autor —creo que fue Henri de Régner— le ha dedicado su último libro con una dedicatoria que dice aproximadamente: « A André Gide para aumentar su venta ».
La venta de estos libros ha producido un pico. Yo vi la colección, en compañía de Jules Supervielle, en la Librería Champion, donde estuvo expuesta. La damita de la librería nos instaló cómodamente en sendos sillones. Y nos sumergimos un par de horas en esa delicia de ediciones originales dedicadas por el autor. A cada rato encontrábamos, entre las páginas de los libros, cartas autógrafas de los escritores. Gide había conservado hasta sobres autógrafos, y calculado así, minuciosamente, el valor comercial de todo elemento comerciable en su colección de palabras escritas. Había páginas inéditas de Paul Valéry, que entonces aún firmaba con un doble nombre que ahora no recuerdo. Había muchas cartas de Fierre Louys, salpicadas con pecaminosas manchitas de perfume que producían una expansión de la tinta...
La otra venta sobrevino hacia el mes de mayo. Mlle. Monnier, alentada sin duda por el ejemplo de Gide, se decidió también a vender sus libros. Los días 14 y 15 de mayo se llevó a cabo el remate en el Hotel Druot. Asistí yo la primera tarde. Y la segunda, mi esposa me trajo, entre otras cosas, los poemas de Poe traducidos por Mallarmé —la linda edición original todavía intensa— Mlle. Monnier quiso, con esta venta, resarcirse de las pérdidas de Le Navire d’Argent, su preciosa revista...

Hacia el 21 de septiembre de 1926 y en forma hasta cierto punto confidencial, recibe mensaje cifrado de Genaro Estrada, quien le dice: « Se piensa trasladarlo por probable próximo viaje Pani ». Imaginamos la contrariedad de nuestro Alfonso, pues en su Diario exclama: « ¡Adiós a la educación de mi hijo, adiós mis trabajos de París! Acababa yo precisamente de escribirle a Genaro: “Ahora sí ha llegado mi legación a un equilibrio. Ya podemos comenzar a trabajar en serio”. ¡Ironía! Ahora me tengo que trasladar Dios sabe adónde...» Pero, no obstante las miles de conjeturas que él se hace, recibe días más tarde un mensaje oficial anunciándole su nombramiento en Madrid... Empiezan los arreglos de su partida: casa, contratos, arrendamientos, seguros, facturas pendientes, suscripciones y despedidas.
Los datos autobiográficos que sobre esta etapa ha consignado Reyes en sus libros —nos dice Olguín— son muy escasos. (10)

« Fui llamado a México a mediados de 1924 —dice en el ensayo “El reverso de un libro”—, y aunque designado para Buenos Aires, adonde al fin no se me envió en esa vez, anduve entre Francia y España de octubre a diciembre del propio año, en cierta comisión pasajera; hice un corto viaje a Roma por la Navidad y Año Nuevo, y en enero de 1925 me encargué de la legación de México en París ».

La Revue de l’Amérique Latine lo recibió en una cálida reunión de amigos y, más tarde, sus fundadores le ofrecieron la dirección de la revista, cargo que sus labores diplomáticas no le permitieron aceptar.
« La Francia eterna » fue otro de los amores de Reyes, tan grande como el que tuvo a España y a la antigua Grecia:

Todos están convencidos —dijo en un artículo desbordante de entusiasmo cuando la liberación de París en 1944— de la eminente e incomparable contribución de Francia al desarrollo del espíritu humano, en los diversos órdenes de la libertad y la cultura, dos ideas que casi se confunden. Cuando se ha nombrado a la antigua Grecia y a la moderna Francia, se han reconocido las deudas más importantes de la civilización occidental, la cual cada día se convierte más en la civilización sin distingo alguno. Después del pensamiento griego, en efecto, nada se parece tanto a los ideales del hombre como el pensamiento francés. Siempre estuvo presente donde la humanidad se engrandece. Siempre sirvió de contraste y de criterio para apreciar la belleza o la fecundidad de una forma artística o de una idea, de una ley o de una conducta. (11)

La nómina de autores franceses clásicos y modernos a que Reyes ha dedicado ensayos desde su primer trabajo sobre Mallarmé en Cuestiones estéticas es larguísima: Montaigne, Descartes, Rousseau, Saint-Simon, Renan, Mistral, Anatole France, Jules Romains, Bergson, Proust, Cocteau, Valery Larbaud, Paul Valéry, Paul Morand... Un libro a la manera de Los dos caminos en que Reyes recogió los recuerdos de su amistad con algunos de estos últimos escritores nos dará una idea más cabal de la gran obra de acercamiento que realizó, desde entonces, entre Francia e Hispanoamérica. (12)
El año de 1927 comienza, otra vez, con la incertidumbre de transferencia, pues recibe instrucciones contradictorias:

Después de haberme anunciado que mi sucesor Alberto Pani llega a fines de éste [8 de febrero] y que me prepare, recibo mensaje diciendo que suspenda preparativos para trasladar a Madrid y que me disponga a volver a México, en la inteligencia de que el presidente desea emplear mis servicios en la Legación de la Argentina. Estoy con el ánimo dispuesto a ir a cualquier parte, una vez que debo dejar París.

Estas líneas encierran una profunda melancolía, está dispuesto a ir a cualquier parte. Creo que todos comprendemos esta fina confesión. El 9 de marzo entrega la legación a Pani y el 14 sus cartas de retiro al presidente Doumerge, pero no pierde un minuto de su actividad creciente; tres días más, ya lo tenemos corrigiendo las 12 páginas de sus Cuestiones gongorinas que le envía Espasa Calpe.

 

DESPEDIDAS

En el banquete de despedida que le dan sus amigos escritores, toma la palabra Gabriela Mistral, haciendo un retrato fiel de la personalidad de nuestro Alfonso —« Martinenche, encantador y cariñoso, André Honnorat y De monzie, muy importante »—:

Se va Alfonso Reyes y lo despedimos franceses, peruanos o chilenos, como criatura propia, con cuya honra se nos añade alegría y con cuya pena se nos ofende o se nos roba. Él ha hecho su trabajo callado y seguro de ganarse la estimación y el cariño por iguales partes, como los costados de un mismo fruto. Y cuando digo trabajo, no digo búsqueda anhelante ni apetito de tenernos, que ésos son torpezas y brusquedades que no conoce la mano, tan delicada, de este gran pudoroso. Nada de arrollamientos feos en este hombre en que el único medio de presión, en la literatura como en la vida, es una superioridad natural que toma su sitio, como el árbol en la atmósfera, sin ruido ni desorden, con la complacencia de la luz y del espacio.
Reyes ha logrado una cosa difícil como un repecho: hacer estimar del europeo al muy discutido hombre de la América española; hemos sido empinados en él, en sus capacidades y en su hidalguía. Le debemos, ni más ni menos, que el haber dado testimonio de nosotros, el haber sido nuestra prueba irrefutable.
Suele decirse que la América no inglesa tiene al individuo por debajo de su geografía y de su economía, que valemos muchísimo menos que el caucho del Brasil o la esmeralda colombina; se asegura que entre nosotros la planta fue verdad siempre, pero el individuo no lo es todavía. Por ello resulta una sorpresa para el europeo cuando el hombre de allá le aparece tan sólido y tan fino como sus maderas preciosas.
Él ha definido alguna vez, conversando, al diplomático: « Debe ser un hombre, nada más y nada menos ». Esa cosa terriblemente sencilla, ha querido ser él. Crear conjuntamente la relación política, la económica y la mental, parece empresa dura, y cuando menos, muy lenta. Él la ha cumplido con una facilidad gozosa, sin tono épico de grandes trabajos de Hércules. Así ha rematado su misión de dos años y es bueno ver un tipo, también en política, de este trabajo casi estético, sin desgracia y sin violencia. Y aquí estamos para celebrar el final de su misión, como una muestra del éxito limpio, honestísimo y cabal. Ninguna envidia para el jugador leal y nada tampoco de mano manca para apuntarle la cifra alta. Su prestigio diplomático ha venido a ponerse al lado de su fama de escritor, firme y bella como un marfil. Alfonso Reyes se ha llamado en un libro suyo « el cazador », y se nombró bien, lo mismo como artista que como hombre. ¡Qué oreja labrada para oír lo delgado y lo rudo, trajo él, y ha usado en este mundo! Los clarines, a veces tan agudos que punzan el cielo, de su revolución mexicana, no le han asustado el alma civil, ni lo han ensordecido tampoco para gozar después el sonido esbelto y ondulante de su Góngora. Y del cazador, el ojo brillante de atención, que se aprende el paisaje extraño como un nombre y que se voltea a cada salto de la luz. Y la paciencia del cazador y el ser contenido y palpitante a la vez delante del suceso, y el recoger la presa sin grito, como cosa que le estaba destinada desde antes del tiempo. Virtudes de cazador, virtudes de raza vieja, azteca o española, que trae sus sentidos sagaces desde muy lejos. Tiene cazada, y se lleva consigo, en cada partida, la tierra que vio, como perdiz jaspeada o faisán ardiente. No sabe pasar por las patrias de los hombres sin amárselas.
Así se va ahora con su Francia bien tibia y bien señalada, sobre el pecho, donde, a cada paso que dé por el camino nuevo, le golpeará, con suavidad, como la linda presa al cazador que la carga.
Digamos para no entristecernos, que lo damos en préstamo como una materia preciosa, para que otros también reciban de él ese latido claro de la probidad y esa onda muy suave, pero muy vigorosa, de purificación que él envía a los demás, cuando quiere, y también sin quererlo. Así se presta sin dación a los mejores; son el grano, doméstico y sin embargo divino, de esa sal que debe dar, según Cristo, sabor al descubrimiento del mundo.
Vaya a donde vaya, verá siempre esta fiesta de la consideración superior y del cariño, en torno suyo. Donde quiera hablar, será maestro de jóvenes y amigos buscado de viejos doctos. En cualquier parte dirá la palabra precisa, sin exageración de malicia ni de soberbia, que conviene sobre su México agrario, que ha dividido el suelo como la luz, para salud común, y del México de las diez mil escuelas, que hacen la pulsación más rápida de la cultura española.
Sea bueno el mar y segura la otra orilla para nuestro amigo.
Él se lleva también algo de mi alegría en su mujer firme y clara, tan propia para el símbolo de la americana del sur, grata para mí de mirar como tierra espaciosa, y que da a su compañero la seguridad de la tierra misma que no sabe disminuirse, porque su encargo es el de dar certidumbre a su dueño...
Y, para terminar, una explicación: me han encargado estas palabras los escritores hispanoamericanos, para despedir a su compañero ilustre, porque las mujeres como los niños recibimos siempre, hablando u obrando, una clemencia fácil y un lindo perdón inmediato.

Nos ha parecido interesante reproducir el discurso de Gabriela Mistral, porque está lleno de imágenes bellas sobre la obra y persona de nuestro Alfonso y, además, porque representaba el sentir de los escritores hispano-americanos que se encontraban en París en esa época. El banquete resultó sumamente bello, cálido y conmovedor. En la recepción que Reyes ofreció en la embajada, desfilaron unas mil personas, todas ellas con afecto y emoción. Paul Valéry le envía la Joven parca dedicada y ¡Paul Fort un telegrama en nombre de los poetas de Francia!

 

DE PASO POR SU PATRIA

El 20 de marzo, muy de mañana, ya va nuestro Alfonso —con mujer e hijo— rumbo a St. Nazaire para embarcarse en el Espagne y el 7 de abril llega a Veracruz a las once y media de la mañana. Por la noche viaja en el Mexicano rumbo a México. No faltan los incidentes: « Un “mosca” sube en Córdoba al techo del Pullman, se fulmina y quema en un túnel, y lo apagan y bajan en otra estación, muerto ».

Parece ser que el telegrama de bienvenida que le envió Maples Arce, emocionó particularmente a Reyes, pues deja constancia de él en su Diario...
Al día siguiente escribe: « Llegada a México, con familia, Genaro, Manuel Sierra, De la Torre, Icaza, Anita, etc. Empiezan mis conferencias en Relaciones. Voy a la Argentina y, además, me encargan estudiar lo de la Conferencia Panamericana para La Habana 1928 ».
Unos cuantos días de paseo por su natal Monterrey, visita rápida a Querétaro, regreso a México y el 3 de junio rumbo a Laredo y Nueva York. Además de Manuelita y Alfonsito, va con ellos su perro Alí.
Hacia las dos de la tarde del 11 de junio embarcan en el Hoboken; barco pequeño y agradable. Buena cocina.
Poco pasaje y poco divertido. El viaje es tranquilo... y el 23 ya se ven las costas de Olinda y Pernambuco...
Durante la travesía le es confirmado, ya oficialmente, el agréement como embajador de México en la Argentina...
Nuestro cazador, como tan acertadamente lo señaló Gabriela, va hacia un nuevo destino, pero con la plena satisfacción de haber logrado subir un escalón más en su carrera diplomática. Pasa por Brasil, Uruguay, y el 2 de julio recibe la cordial acogida del gobierno argentino.

NOTAS:

1) Consta en la primera edición de Cortesía, 1948. No pasó a Obras completas, 1959, t. x.
2) Reyes tenía seguramente la intención de ampliar estas notas de su viaje a Italia, pero ante la imposibilidad de hacerlo, retocándolas un poco, las entrega al Fondo de Cultura Económica. Aparecieron en la Gaceta del Fondo en diciembre de 1959, año de su fallecimiento.
3) « Alfonso Reyes anecdótico », Ábside, xxviii, núm. 2, México, 1963, pp. 202-209.
4) Segunda serie: 1909-1954, México, Tezontle, 1954.
5) Poema dedicado a su hijo cuando muere su perro. Al ver la tristeza de Alfonsito, Amigos muy queridos le regalan al Alí, que será más tarde su fiel compañero durante los años de Argentina y Brasil.
6) Valery Larbaud-Alfonso Reyes, París, Ed. Didier, 1972.
7) Alfonso Reyes, Obras completas, 1959, tomo x.
8) El suicida, Madrid, Col. Cervantes, 1917, p. 126.
9) Llamado más tarde « Golfo de México », Alfonso Reyes, Obras completas, 1959, t. x.
10) Todavía no se publicaba el Diario de Alfonso Reyes.
11) Alfonso Reyes, « La liberación de París », Los trabajos y los días, México, 1946, p. 265.
12) Manuel Olguín, op. cit.

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