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Francósfera México-Francia
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
EL FRANCÉS, LENGUA DIPLOMÁTICA
Entrevista entre Luis XIV de Francia y Felipe IV de España en la Isla de los Faisanes, para acordar el tratado de los Pirineos (7 de noviembre de 1659), que consagró la hegemonia política y militar francesa en Europa. Cuadro de Laumosnier, fines del Siglo XVII.
Por el Profesor
François Pitti Ferrandi
Decano de la Facultad de Letras de Córcega
Traducción de la Francósfera México-Francia ©
El siguiente artículo fue leído el miércoles 13 de noviembre de 1990 en el gran anfiteatro de la Escuela de Química de París por el señor François Pitti Ferrandi, descendiente de la célebre familia florentina de los Pitti, cuyo palacio, construido en 1440 por Brunelleschi, admiramos todavía hoy, convertido en museo.
Su antepasada, Pauline de Galard-Brassac de Béarn, fue la hija de la duquesa de Tourzel, última aya de los Infantes de Francia, quien formó parte del viaje de Varenne y acompañó a la familia real en su cautividad, escapando al cadalso.
Primero laureado de la facultad de derecho de Aix-en-Provence, François Pitti Ferrandi se orienta enseguida hacia las Letras; autor de numerosos artículos y libros, su obra mayor es su tesis « Víctor Hugo e Italia ». Enseña literatura comparada en la facultad de Letras de Niza, y luego en la de parís-Sorbona. Fiel a su isla natal, está asociado a la puesta en obra del proyecto de la universidad de Córcega, siendo fundador y primer decano de la facultad de Letras de la joven universidad de Corte.
Oficial de marina, titular entre otras distinciones y condecoraciones de la medalla de corladura de la Sociedad de Salvamento marino, el decano Pitti Ferrandi recibió al término de esta reunión la corbata de Comendador de las Palmas Académicas de manos del presidente de la AMOPA, el Señor Inspector General don Jacques Treffel.
Artículo publicado por primera vez en la Revista de la AMOPA, Asociación de Miembros de las Palmas Académicas, n° 115 - 4e Trimestre 1991.

Hace 451 años, el 28 de septiembre de 1539, uno de nuestros más brillantes soberanos, el rey Francisco 1o, firmó en una pequeña ciudad del Valois una ordenanza que lleva el nombre de dicha localidad, Villers-Cotterêts. La ordenanza de Vilers-Cotterêts impone el uso del francés en todos los juicios y actos oficiales « a fin de que estén en un lenguaje claro y que no haya no pueda haber ambigüedad o incertidumbre alguna ».
En 192 artículos, este texto es uno de los más importantes de la legislación francesa: el impulso dado por el gesto real fue decisivo para la difusión del francés. Menos de diez años más tarde, en 1549, Du Bellay publica su Défense et Illustration de la Langue Française. Poderoso estimulante para la instrucción pública, la ordenanza es también un factor de unificación política.
Finalmente, hay que considerar que, para jugar un papel internacional, era preciso primero que el francés tuviese un lugar sólido en Francia. Es la ordenanza de Villers-Cotterêts la que se lo da.

Una lengua, como lo dijo un lingüista célebre, es un dialecto que ha triunfado. El francés parte del dialecto de una muy pequeña provincia, la Isla de Francia, y la expansión de ese dialecto se hizo por medio de muchas vías diversas; los medios políticos y militares iban de par con los medios literarios y, empleando un término anacrónico, podríamos añadirle el esnobismo.
La Isla de Francia, región que rodea a París, tenía la ventaja de ser la sede de la realeza (una realeza bien débil en sus inicios); se hablaba un dialecto de oíl (para decir « oui » – « ») con divisiones numerosas. Hacia el siglo XII, la lengua de oíl se extendía aproximadamente al norte de una línea Burdeos, Limoges, Clermont-Ferrand, Grenoble.
En 1150 fue fundada la Universidad de París, nuevo prestigio para la Isla de Francia.
Vino enseguida el episodio sangriento de la guerra de los albigeos (1209-1229). La derrota del Conde de Tolosa cuya corte, muy cultivada, hablaba la lengua de oc, fue seguida del declive de esta lengua meridional y, en el siglo XV, la lengua de oíl había más o menos recubierto el dominio de la lengua de oc.
Esta destrucción de la corte de Tolosa fue tal vez un mal pues la diversidad es enriquecedora, pero la unidad también tiene su precio. El esnobismo también juega a favor de la lengua de la corte del Rey. Se lo ve por ejemplo en París a principios del siglo XIII en el que la gente de la corte se burla del acento picardo de importante vasallo, gran señor y poeta, sin embargo, que es el poderoso Conon de Béthune.
En Normandía, los descendientes de los escandinavos de Rollón habían rápidamente adoptado el francés. Cuando conquistaron Inglaterra en 1066, les conquistadores conservaron el uso de su lengua francesa. Durante muchos siglos fue la lengua de la alta sociedad, de la corte, y también, junto al latín, de la justicia, del parlamento y de la administración. En 1346, durante la guerra de Cien Años, en Crécy, Eduardo III de Inglaterra no conoce nada más que el francés, como su adversario el rey de Francia. La lengua inglesa moderna conserva supervivencias muy netas de esa situación. Les huellas dejadas por el francés son reveladoras de su importancia y de su empleo por la clase dirigente, si no cultivada: palabras del vocabulario administrativo, curiosa distinción para un animal entre el nombre anglo-sajón de la bestia (que es criada por el campesino) y el nombre francés de la vianda (que es comida por el señor), etc.
Las divisas reales siempre están en francés: « Honni soit qui mal y pense » [« Deshonrado sea quien piense mal »] que data de 1348 y « Dieu et mon droit » [« Dios y mi derecho »].
No es hasta aproximadamente 1480 que el francés fue remplazado por el inglés en los discursos de la Cámara de los Comunes. Notemos de paso que la divisa de Holanda es francesa también: « Je maintiendrai » [« Yo mantendré »].

En el extranjero, el francés era a menudo mejor conocido que en Francia. No se trataba sin embargo, en ese caso, de imponerlo por decreto real.
Escritores importantes lo emplean: el maestro de Dante, Brunetto Latini, escribía en lengua francesa que definía como « el hablar más deleitable y común a todas gentes » (El libro del Tesoro).
¿Se sabe, por ejemplo, que Marco Polo, en 1296, dicta en francés el relato de su viaje?
El mismo Dante, que había rechazado el latín para su obra, pensó en escribir en francés la Divina Comedia.
En Alemania, Leibniz escribía las más veces en francés. Federico II de Prusia remplaza el latín por el francés en la academia de Berlín y corresponde con Voltaire, a veces con bromas como esta invitación:

p   ci
_____ à _____
venez   sans

(venez souper à Sans-Souci – « Venid a merendar a Sans-Souci »)

En San Petersburgo, las memorias de la Academia son redactadas en francés durante el reinado de Catalina la Grande.
En 1783, la Academia de Berlín instituye un concurso sobre el tema siguiente: « ¿Qué es lo que volvió a la lengua francesa universal? ». El mero hecho de proponer este título en Alemania es significativo por sí mismo.
Es un francés, Antoine de Rivarol, quien gana el premio con una memoria titulada: « Discurso sobre la universalidad de la lengua francesa » que fue impresa en Berlín por los medios de la Academia prusiana.

En teoría, nunca hubo adopción en derecho internacional de una lengua diplomática. En el derecho internacional público, no hay deposición escrita sobre el tema.
En práctica, la lengua diplomática es aquella que es empleada en el momento de concluir un tratado internacional entre Estados que, en el momento de tratar, están teóricamente a pie de igualdad, que se quiere subrayar cada vez más por la disposición en mesa redonda. De manera explícita pues ninguna era reconocida como lengua internacional. De hecho es un acuerdo, una convención entre las partes, lo que regula prácticamente la adopción de una lengua antes que otra. El uso de la lengua francesa nunca fue oficialmente reconocido. Siempre fue adoptada en diplomacia por un simple acuerdo. Y, cosa curiosa que remarcar, la adopción del francés nunca estuvo ligado a una supremacía política o militar de Francia (no digo una supremacía cualquiera, preciso política o militar, que hubiera pesado en el momento en el que se concluye un tratado). Se ha creído muy frecuentemente que se hablaba francés en las conferencias internacionales porque Francia fue por largo tiempo uno de los interlocutores más poderosos en los tratados. Ahora, vamos a ver en detalle, que no se trata de una importancia diplomática, sino de un azar.

¿Cómo se produjo este azar?

Por mucho tiempo la lengua de los tratados en Occidente fue el latín, así como en todos los actos públicos, en todas las obras serias.
Desde la Edad Media es el latín el que servía en las relaciones internacionales, ya sea para la correspondencia entre países, ya sea para la presentación de los embajadores que llegaban del extranjero, ya sea en la discusión y la redacción de los tratados o en otras circunstancias.

Había múltiples razones para el empleo del latín:

1. razones prácticas, primeramente: el latín era la lengua de los eclesiásticos y eran más bien clérigos, obispos o cardenales, y no laicos, los que formaban en general el personal de las misiones diplomáticas. Hablaban y escribían el latín mejor que su lengua materna. El cardenal du Bellay (tío del poeta), por mucho tiempo embajador en Roma, hablaba corrientemente el latín. Richelieu envió en 1630 a la Dieta de Ratisbona a un negociador eficaz, el Padre Joseph, quien no habló más que latín.

2. Enseguida, segunda razón importante; el latín es una lengua muerta, lo cual implica por un lado que no le pertenece a nadie, luego que su uso no puede suscitar ninguna susceptibilidad, y por otra parte eso garantiza que está fijada en un cierto número de fórmulas, las famosas fórmulas latinas, o cláusulas, de las cuales todo el mundo conoce muy bien el sentido y la traducción. Así pues, se está seguro de que las cosas serán presentadas sin riesgos de falsas interpretaciones. Son comodidades lingüísticas evidentes.

En fin, también razones históricas para hablar latín entre diplomáticos. El Santo imperio Romano Germánico, que cubría una gran parte de Europa, era la continuación del Imperio Romano, y sobre todo afirmaba altivamente que era su heredero (lo era, era verdad, pero no tanto como lo decía). Y al reivindicar el legado de Roma, el Santo Imperio reivindicaba el latín como su cosa, y, en suma, cuando se hablaba latín, se daba la prelación a la lengua del Santo imperio. Hasta la muerte de Carlos Quinto, las posesiones del Santo Imperio se extendían sobre casi toda Europa, salvo en Francia e Inglaterra, de manera que en cualquier tratado por concluir, se tenía casi siempre como compañero, o como adversario, al Santo Imperio, y este hecho acarreaba la preeminencia del latín, que era al mismo tiempo la lengua de la Europa cultivada y la lengua de una gran potencia con la cual se tenía que tratar constantemente. No obstante Carlos Quinto, hacia 1520, ya decía: « he aprendido el latín para hablar con el Papa, el español para hablarle a mi madre, el inglés a mi tía, el alemán a mis amigos y el francés a mí mismo ». Esta razón que ligaba el latín al Imperio, con un aspecto político, hizo se pronto se apercibió que al hablar latín se reconocía una suerte de superioridad al emperador germánico. Y si se abandonó poco a poco ese lenguaje latín, fue igualmente tomando posición contra la pretensión del Emperador que quería imponerlo en los tratados, mientras que, del lado de Francia, no se hacía del francés una cuestión de prelación.
Las demás lenguas europeas no habían llegado, hasta aproximadamente los siglos XV o XVI, a un grado de control y de precisión suficiente para permitir la redacción de un tratado sin riesgo suficiente para permitir la redacción de un tratado sin riesgo de ambigüedad (doble sentido), de malentendidos o de confusiones, impidiendo comprenderse. Al tanto que, a partir del siglo XVII, todos los elementos que eran hasta entonces favorables al latín servirán, al contrario, para su decadencia progresiva y al advenimiento del francés. Tomemos por ejemplo el punto de vista lingüístico: con el gran movimiento europeo del Renacimiento, el culto del latín clásico fue vuelto a poner en el candelero. Ahora, el latín del Medioevo estaba todavía bastante vivo: podía usarse para los negocios, la conversación: se podía charlar, bromear, disputar, blasfemar en latín. El Renacimiento le hizo mal al latín por el regreso a la lengua latina clásica, lengua depurada y fija, que no podía satisfacer las necesidades nuevas, tanto culturales como prácticas. Al restaurar su pureza, se la cortó del mundo vivo... Sería muy difícil decir actualmente palabras técnicas en latín, pero ya en el siglo XVII había muchas nociones nuevas (jurídicas, económicas o políticas) que no podían ser expresadas en latín. Y hay todavía otros factores que desfavorecen al latín: por ejemplo la imprenta, que favoreció la lengua vulgar en detrimento del latín, pues los impresores y los escritores pueden y quieren tocar un público vasto. Y también, más tarde, la reforma protestante de Lutero (1530); pues para los reformados el latín es la lengua de Roma, luego la lengua de los papistas. Además, el latín siempre era hablado por los clérigos, por la gente cultivada, pero esos letrados eran de orígenes muy diferentes y acababan, aún hablando el latín, por ya no entenderse, por lo mucho que su acento transformaba la lengua.
Hay un ejemplo histórico, el de Carlos IX, rey de Francia, que conocía muy bien el latín, y que recibió un día embajadores polacos en 1573 (su hermano, el futuro Enrique III, era rey de Polonia). Le hicieron un bello discurso. El rey expresó su pesar por no poder responder ya que, decía, no comprendía el polaco. Ahora, esos embajadores habían hablado en latín, pero el rey no había entendido nada pues el latín pronunciado por los polacos se había vuelto ininteligible para él.
Por otro lado, hay también un cambio en el personal diplomático. Los eclesiásticos desaparecen poco a poco de esas misiones, y la diplomacia de carrera comienza a instalarse. Son igualmente militares los que van a tener papeles de diplomáticos. Ahora, conocemos la formación de los militares, hace unos centenares de años. Eran jóvenes que comenzaban su carrera a los dieciséis años, algunas veces más jóvenes aún, que por consiguiente no tenían tiempo de aprender latín y no conocían más que su lengua nacional.

Además de las razones lingüísticas, las razones históricas que hemos visto se voltean también contra el latín. La casa de Austria estaba e ligera decadencia pero, entre más perdía poder, más ponía empeño en conservar la ilusión de éste, en especial exigiendo esta lengua latina que consideraba como la suya. En 1648, en el momento del Tratado de Westfalia, los embajadores del Santo imperio subrayaron el hecho de que el latín era la lengua del imperio, el privilegio del imperio, y esta reivindicación fue registrada como una torpeza por los demás plenipotenciarios, quienes, hasta entonces, veían al latín como una lengua bastante neutra. Esta lengua que formaba parte del patrimonio común de la gente instruida, se tornaba en un signo de nacionalidad. Las cancillerías se pusieron entonces a abandonar poco a poco el latín, pues al emplearlo, se parecía reconocer una supremacía de la casa de Austria. Había pues que elegir otra lengua. Podía haber dos métodos: o bien cada quien hablaba en su propia lengua; esta solución cuidaba las susceptibilidades lingüísticas de los participantes, pero precisaba de la presencia de intérpretes. Ahora, sabemos que la diplomacia del Antiguo Régimen no tenía nada que ver con la diplomacia de la plaza pública, como se llama a la diplomacia actual (no lo es de hecho más que en apariencia). El secreto de las negociaciones era esencial, y la intervención de los intérpretes habría aumentado el personal, por consiguiente los riesgos de fuga del secreto. El otro método era escoger una de las lenguas nacionales como lengua de referencia. Esto tenía la ventaja de acelerar las negociaciones y sobre todo de evitar que le tratado, redactado en muchas lenguas, diera lugar a múltiples interpretaciones y a trapaceas que habrían seguido, al querer o preferir cada quien su propio texto. Entonces la lengua testigo se reveló ser el francés, impuesto por todo un concurso de circunstancias. Eliminemos primero todo lo que son razones políticas; ya lo hemos dicho, la adopción del francés no está en nada ligada a una cuestión de poderío de Francia. Veamos, en efecto, los grandes tratados del siglo XVII: en 1648, en el tratado de Westfalia, el Santo Imperio es vencido, Francia es victoriosa, pero las negociaciones se hacen en latín para el texto de origen. En 1678, en el tratado de Nimega, Francia está en la cima de su poderío, Luis XIV ha tenido guerras victoriosas, pero aquí también las negociaciones se hacen casi todas en latín. El tratado de Nimega se compone de múltiples partes: hay un tratado Holanda y Francia en francés; hay un tratado Francia-España: el tratado es bilingüe; en fin, hay un tratado Francia-Imperio, es decir entre vencedor y vencido, y se hace en latín, es decir en la lengua del vencido.
Al contrario, en el tratado de Rastadt (1714), es el fin del reinado de Luis XIV, y Francia acaba de sufrir muy pesados reveses militares; Francia es vencida. Pues bien, es justamente la primera vez que se trata en francés, no en texto latín. El plenipotenciario francés era el Mariscal de Villars, que no sabía latín. Por el lado imperial estaba el Príncipe Eugenio de Saboya, gran general del Imperio austriaco, que conocía muy bien el francés, como Saboyardo, y entonces el tratado de Rastadt se concluyó en francés.

La adopción del francés tiene, claro está, causas más profundas que esta circunstancia particular, la diplomacia europea, el conjunto de los diplomáticos conocían ahora el francés, como en la Edad Media se conocía el latín. De hecho, si se adoptó el francés en Rastadt, ello se hizo añadiendo una mención especial al tratado, precisando que se trataba de una excepción y que aquello no sería de ninguna manera un precedente para tratados ulteriores.
Solo que, esta adopción del francés hecha por casualidad, se repitió y, cada vez, se añadía esta mención especial que indicaba que el francés no era adoptado oficialmente; pero igual era adoptado...
No es sino a partir del tratado de París, cincuenta años después, en 1763, que ya no se pondrán este tipo de reservas, al calce de los tratados, para señalar la lengua que es empleada, y que sigue siendo el francés.

En 1763 Francia es vencida de nueva cuenta, y el tratado de París le hace perder su imperio colonial de las Indias, pero sin embargo se discute en francés. Esta convención, que consiguientemente es una regla no escrita, va a durar más de dos siglos, hasta el tratado de Versalles, en 1919. Los diplomáticos son hombres de cultura, hombres de mundo; el francés les es familiar. Por lo demás los congresos diplomáticos ya no son las reuniones austeras en las que solo se reunían expertos; el elemento femenino participa a menudo. Las esposas de los diplomáticos se dirigen a las ciudades de los congresos, y esas damas de la alta sociedad hablan francés entre ellas, entonces se habla francés ante ella cuando se deja el salón para ir a la sala de conferencia, se continúa naturalmente a hablar la misma lengua. Este papel de las mujeres es importante: en efecto el lenguaje de la moda: perfumistas, peluqueros, es francés y las mujeres lo emplean para no ser comprendidas por domésticos.

Hay también razones otras que mundanas o históricas; hay razones técnicas para hacer adoptar el francés. Razones que derivan de ciertas cualidades de la lengua francesa. Cualidades que el francés reivindica todavía: la claridad, la precisión y la fijeza. La claridad, fue una de las grandes preocupaciones de los autores franceses que, desde Pascal, abandonan los largos periodos del estilo latino y llegan a esta lengua concisa, de frases cortas, de orden de las palabras fijo (sujeto, verbo, complemento) que permite una comprensión, una claridad muy grandes. Rivarol decía: « Lo que no es claro no es francés »
La precisión, son los autores de léxico quienes la organizan. Desde el siglo XVII, los gramáticos y los lexicólogos se multiplican para fijar el francés. Malherbe y Vaugelas se esfuerzan por suprimir todos los equivalentes, todos los sinónimos; y en diplomacia esta precisión era evidentemente una ventaja.
Además la lengua francesa era, en su época, la única lengua verdaderamente fijada, y eso fue incluso un obstáculo, algunos siglos más tarde, para su expansión. Instituciones, como la Academia Francesa, velaban por la lengua, y sus decisiones eran respetadas. Se constata esta fijeza al remarcar que la lengua del gran siglo (como lo llamamos) es todavía totalmente inteligible por los franceses contemporáneos.
Así pues, como la evolución de la lengua estaba pues limitada y controlada, eso presentaba una garantía en el plano internacional: se sabía que las frases formuladas en francés no tomarían un sentido diferente algunos años después.

En Versalles, en 1919, hubo una gran indignación en Francia cuando se vio que la lengua francesa era abandonada. También hay muchas razones para ello, y razones pragmáticas. Para empezar, había por vez primera países no europeos que participaban en el tratado: Japón y sobre todo los Estados Unidos, que hacen su entrada en la escena internacional. Ahora, los diplomáticos estadounidenses siempre se negaron, desde que entraron a la política europea, a hablar de otra forma que en inglés. El protocolo de Washington de 1783 había fijado este punto. Además, en la mesa de Versalles, he aquí la situación: el presidente estadounidense, W. Wilson, no hablaba para nada el francés; el inglés Lloyd George lo hablaba my mal; mientras que el representante de Francia, Clémenceau, hablaba bien el inglés. En fin el ministro italiano, Sonnino, hablaba igualmente inglés y francés.
Fue luego por razones prácticas, las mismas razones de comodidad que, siglos antes, habían hecho tomar el francés, que se escogió al inglés, que era la lengua de Wilson y de Lloyd George.
Hubo protestas del presidente de la república, de la Academia Francesa, y en la opinión, pero esas protestas no tuvieron éxito, y esta novedad tuvo graves consecuencias.

Tras la Segunda Guerra mundial, en la Conferencia de San Francisco en 1945, primera gran conferencia internacional, preparatoria para la ONU, se habían admitido cinco lenguas: francés, inglés, ruso, español y chino. Eran las lenguas oficiales, es decir que todos los documentos debían ser publicados en las cinco lenguas. Pero había que elegir una lengua de trabajo, una lengua de discusión; siempre esta distinción entre lengua escrita y lengua hablada (y los servicios de traducción no estaban perfeccionados como ahora).
Los Estados Unidos propusieron el inglés, como la lengua más difundida, la lengua de los negocios, de la economía; perolas demás delegaciones se inquietaron por una hegemonía anglosajona encubierta bajo el velo de la lengua, e hicieron esfuerzos para oponerse al inglés como lengua única. Se alinearon detrás del representante francés, Georges Bidault, para apoyar la adopción del francés. Votaron contra el inglés los países de América Latina, del Oriente Próximo, la URSS. El francés fue admitido a una voz de mayoría. En 1962, 35 de 105 delegaciones se expresaban en francés y, en 1966, 43 de 112 delegaciones se expresaban en francés. De ello resulta en la ONU que, en una sesión plenaria, no se traducen esas dos lenguas: el inglés y el francés.

En el Concejo de Seguridad, en ocasión de la resolución 242 acerca del conflicto israelo-palestino, muchos delegados lamentaron el empleo del inglés pues el texto dice que « Israel must withdraw from occupied territories », cuyo sentido puede ser: « se retirer des territoires occupés » [« Retirarse de los territorios ocupados »], o « se retirer de territoires occupés » [« retirarse de territorios ocupados »]. La diferencia es pues si se interpreta des [« de los »], se trata de todos los territorios; si se comprende de, basta salirse de unos cuantos para que la resolución sea aplicada. Se entiende que estas divergencias de interpretación que aventajan a una o a la otra de las partes, pudieron hacer correr mucha tinta y también, por desgracia, mucha sangre. Hubo que establecer la traducción francesa.
Notemos de paso que los papas, recibidos en la ONU, hablaron en francés, Pablo VI y Juan pablo II. Las notas internacionales del Vaticano están también en francés.
En el momento de la construcción europea, podemos volver a pensar en la ordenanza de Villers-Cotterêts pues, si se quisiera utilizar en nuestros tribunales otra de las lenguas de la comunidad, la ordenanza la obstaculizaría, al menos en cuanto a lo escrito.

Podría citarles interminablemente frases de extranjeros ilustres que se felicitan de conocer el francés, por ellos o para sus conciudadanos. Me limitaré a una cita del presidente Senghor, que no es verdaderamente un extranjero: « El francés es una lengua de vocación universal, de gentileza y de honestidad, y nos hizo el don de esas palabras abstractas tan raras en nuestras lenguas ».
Gozamos entonces de un gran privilegio. El de poseer el francés como lengua materna. Pero es este un favor que se debe continuar mereciendo y justificando, tanto más porque la lengua francesa ya no pertenece propiamente solo al pueblo francés, sino al conjunto de los países francófonos, a todos aquellos que nos hacen el honor y el placer de adoptar nuestra lengua.
Tenemos, nosotros especialmente, una responsabilidad para con la lengua y para con los demás francófonos. Respetando la herencia que nos ha sido legada, por reconocimiento hacia nuestros padres que nos la transmitieron, sepamos que no somos más los propietarios de esta lengua, somos tan solo los depositarios de ella y este papel nos impone esfuerzos perseverantes para mantenerla pura y transmitirla a nuestra vez.

Para terminar, permítanme recordarles estas palabras emotivas de Benjamín Franklin; decía: « Todo hombre tiene dos patrias, la propia y enseguida Francia ». Nos gustaría poder decir una fórmula alentadora: « Todo hombre debe tener dos lenguas, la propia y luego la lengua Francesa ». Seamos vigilantes para conservar la belleza y la elegancia de ésta.

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