| EL
FRANCÉS, LENGUA
DIPLOMÁTICA |
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| Entrevista
entre Luis XIV de Francia
y Felipe IV de España
en la Isla de los Faisanes,
para acordar el tratado
de los Pirineos (7 de
noviembre de 1659),
que consagró
la hegemonia política
y militar francesa en
Europa. Cuadro de Laumosnier,
fines del Siglo XVII.
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| Por
el Profesor |
François
Pitti Ferrandi
Decano de la Facultad de Letras
de Córcega |
Traducción
de la Francósfera México-Francia
© |
El
siguiente artículo
fue leído el
miércoles 13
de noviembre de 1990
en el gran anfiteatro
de la Escuela de Química
de París por
el señor François
Pitti Ferrandi, descendiente
de la célebre
familia florentina
de los Pitti, cuyo
palacio, construido
en 1440 por Brunelleschi,
admiramos todavía
hoy, convertido en
museo.
Su antepasada, Pauline
de Galard-Brassac
de Béarn, fue
la hija de la duquesa
de Tourzel, última
aya de los Infantes
de Francia, quien
formó parte
del viaje de Varenne
y acompañó
a la familia real
en su cautividad,
escapando al cadalso.
Primero laureado de
la facultad de derecho
de Aix-en-Provence,
François Pitti
Ferrandi se orienta
enseguida hacia las
Letras; autor de numerosos
artículos y
libros, su obra mayor
es su tesis «
Víctor Hugo
e Italia ».
Enseña literatura
comparada en la facultad
de Letras de Niza,
y luego en la de parís-Sorbona.
Fiel a su isla natal,
está asociado
a la puesta en obra
del proyecto de la
universidad de Córcega,
siendo fundador y
primer decano de la
facultad de Letras
de la joven universidad
de Corte.
Oficial de marina,
titular entre otras
distinciones y condecoraciones
de la medalla de corladura
de la Sociedad de
Salvamento marino,
el decano Pitti Ferrandi
recibió al
término de
esta reunión
la corbata de Comendador
de las Palmas
Académicas
de manos del presidente
de la AMOPA, el Señor
Inspector General
don Jacques Treffel.
Artículo
publicado por primera
vez en la Revista
de la AMOPA,
Asociación
de Miembros de las
Palmas Académicas,
n° 115 - 4e Trimestre
1991. |
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Hace
451 años, el 28 de septiembre de
1539, uno de nuestros más brillantes
soberanos, el rey Francisco 1o, firmó
en una pequeña ciudad del Valois
una ordenanza que lleva el nombre de dicha
localidad, Villers-Cotterêts. La
ordenanza
de Vilers-Cotterêts impone el
uso del francés en todos los juicios
y actos oficiales « a fin de
que estén en un lenguaje claro
y que no haya no pueda haber ambigüedad
o incertidumbre alguna ».
En 192 artículos, este texto es
uno de los más importantes de la
legislación francesa: el impulso
dado por el gesto real fue decisivo para
la difusión del francés.
Menos de diez años más tarde,
en 1549, Du Bellay publica su Défense
et Illustration de la Langue Française.
Poderoso estimulante para la instrucción
pública, la ordenanza es también
un factor de unificación política.
Finalmente, hay que considerar que, para
jugar un papel internacional, era preciso
primero que el francés tuviese
un lugar sólido en Francia. Es
la ordenanza de Villers-Cotterêts
la que se lo da.
Una lengua,
como lo dijo un lingüista célebre,
es un dialecto que ha triunfado. El francés
parte del dialecto de una muy pequeña
provincia, la Isla de Francia, y la expansión
de ese dialecto se hizo por medio de muchas
vías diversas; los medios políticos
y militares iban de par con los medios
literarios y, empleando un término
anacrónico, podríamos añadirle
el esnobismo.
La Isla de Francia, región que
rodea a París, tenía la
ventaja de ser la sede de la realeza (una
realeza bien débil en sus inicios);
se hablaba un dialecto de oíl (para
decir « oui » – «
sí ») con divisiones
numerosas. Hacia el siglo XII, la lengua
de oíl se extendía aproximadamente
al norte de una línea Burdeos,
Limoges, Clermont-Ferrand, Grenoble.
En 1150 fue fundada la Universidad de
París, nuevo prestigio para la
Isla de Francia.
Vino enseguida el episodio sangriento
de la guerra de los albigeos (1209-1229).
La derrota del Conde de Tolosa cuya corte,
muy cultivada, hablaba la lengua de oc,
fue seguida del declive de esta lengua
meridional y, en el siglo XV, la lengua
de oíl había más
o menos recubierto el dominio de la lengua
de oc.
Esta destrucción de la corte de
Tolosa fue tal vez un mal pues la diversidad
es enriquecedora, pero la unidad también
tiene su precio. El esnobismo también
juega a favor de la lengua de la corte
del Rey. Se lo ve por ejemplo en París
a principios del siglo XIII en el que
la gente de la corte se burla del acento
picardo de importante vasallo, gran señor
y poeta, sin embargo, que es el poderoso
Conon de Béthune.
En Normandía, los descendientes
de los escandinavos de Rollón habían
rápidamente adoptado el francés.
Cuando conquistaron Inglaterra en 1066,
les conquistadores conservaron el uso
de su lengua francesa. Durante muchos
siglos fue la lengua de la alta sociedad,
de la corte, y también, junto al
latín, de la justicia, del parlamento
y de la administración. En 1346,
durante la guerra de Cien Años,
en Crécy, Eduardo III de Inglaterra
no conoce nada más que el francés,
como su adversario el rey de Francia.
La lengua inglesa moderna conserva supervivencias
muy netas de esa situación. Les
huellas dejadas por el francés
son reveladoras de su importancia y de
su empleo por la clase dirigente, si no
cultivada: palabras del vocabulario administrativo,
curiosa distinción para un animal
entre el nombre anglo-sajón de
la bestia (que es criada por el campesino)
y el nombre francés de la vianda
(que es comida por el señor), etc.
Las divisas reales siempre están
en francés: « Honni soit
qui mal y pense » [«
Deshonrado sea quien piense mal
»] que data de 1348 y « Dieu
et mon droit » [« Dios
y mi derecho »].
No es hasta aproximadamente 1480 que el
francés fue remplazado por el inglés
en los discursos de la Cámara de
los Comunes. Notemos de paso que la divisa
de Holanda es francesa también:
« Je maintiendrai »
[« Yo mantendré
»].
En el
extranjero, el francés era a menudo
mejor conocido que en Francia. No se trataba
sin embargo, en ese caso, de imponerlo
por decreto real.
Escritores importantes lo emplean: el
maestro de Dante, Brunetto Latini, escribía
en lengua francesa que definía
como « el hablar más
deleitable y común a todas gentes
» (El libro del Tesoro).
¿Se sabe, por ejemplo, que Marco
Polo, en 1296, dicta en francés
el relato de su viaje?
El mismo Dante, que había rechazado
el latín para su obra, pensó
en escribir en francés la Divina
Comedia.
En Alemania, Leibniz escribía las
más veces en francés. Federico
II de Prusia remplaza el latín
por el francés en la academia de
Berlín y corresponde con Voltaire,
a veces con bromas como esta invitación:
| p
|
|
ci |
| _____ |
à |
_____ |
| venez |
|
sans |
(venez
souper à Sans-Souci – «
Venid a merendar a Sans-Souci
»)
En San
Petersburgo, las memorias de la Academia
son redactadas en francés durante
el reinado de Catalina la Grande.
En 1783, la Academia de Berlín
instituye un concurso sobre el tema siguiente:
« ¿Qué es lo que
volvió a la lengua francesa universal?
». El mero hecho de proponer este
título en Alemania es significativo
por sí mismo.
Es un francés, Antoine de Rivarol,
quien gana el premio con una memoria titulada:
« Discurso
sobre la universalidad de la lengua francesa
» que fue impresa en Berlín
por los medios de la Academia prusiana.
En teoría,
nunca hubo adopción en derecho
internacional de una lengua diplomática.
En el derecho internacional público,
no hay deposición escrita sobre
el tema.
En práctica, la lengua diplomática
es aquella que es empleada en el momento
de concluir un tratado internacional entre
Estados que, en el momento de tratar,
están teóricamente a pie
de igualdad, que se quiere subrayar cada
vez más por la disposición
en mesa redonda. De manera explícita
pues ninguna era reconocida como lengua
internacional. De hecho es un acuerdo,
una convención entre las partes,
lo que regula prácticamente la
adopción de una lengua antes que
otra. El uso de la lengua francesa nunca
fue oficialmente reconocido. Siempre fue
adoptada en diplomacia por un simple acuerdo.
Y, cosa curiosa que remarcar, la adopción
del francés nunca estuvo ligado
a una supremacía política
o militar de Francia (no digo una supremacía
cualquiera, preciso política o
militar, que hubiera pesado en el momento
en el que se concluye un tratado). Se
ha creído muy frecuentemente que
se hablaba francés en las conferencias
internacionales porque Francia fue por
largo tiempo uno de los interlocutores
más poderosos en los tratados.
Ahora, vamos a ver en detalle, que no
se trata de una importancia diplomática,
sino de un azar.
¿Cómo
se produjo este azar?
Por mucho
tiempo la lengua de los tratados en Occidente
fue el latín, así como en
todos los actos públicos, en todas
las obras serias.
Desde la Edad Media es el latín
el que servía en las relaciones
internacionales, ya sea para la correspondencia
entre países, ya sea para la presentación
de los embajadores que llegaban del extranjero,
ya sea en la discusión y la redacción
de los tratados o en otras circunstancias.
Había
múltiples razones para el empleo
del latín:
1. razones
prácticas, primeramente: el latín
era la lengua de los eclesiásticos
y eran más bien clérigos,
obispos o cardenales, y no laicos, los
que formaban en general el personal de
las misiones diplomáticas. Hablaban
y escribían el latín mejor
que su lengua materna. El cardenal du
Bellay (tío del poeta), por mucho
tiempo embajador en Roma, hablaba corrientemente
el latín. Richelieu envió
en 1630 a la Dieta de Ratisbona a un negociador
eficaz, el Padre Joseph, quien no habló
más que latín.
2. Enseguida,
segunda razón importante; el latín
es una lengua muerta, lo cual implica
por un lado que no le pertenece a nadie,
luego que su uso no puede suscitar ninguna
susceptibilidad, y por otra parte eso
garantiza que está fijada en un
cierto número de fórmulas,
las famosas fórmulas latinas, o
cláusulas, de las cuales todo el
mundo conoce muy bien el sentido y la
traducción. Así pues, se
está seguro de que las cosas serán
presentadas sin riesgos de falsas interpretaciones.
Son comodidades lingüísticas
evidentes.
En fin,
también razones históricas
para hablar latín entre diplomáticos.
El Santo imperio Romano Germánico,
que cubría una gran parte de Europa,
era la continuación del Imperio
Romano, y sobre todo afirmaba altivamente
que era su heredero (lo era, era verdad,
pero no tanto como lo decía). Y
al reivindicar el legado de Roma, el Santo
Imperio reivindicaba el latín como
su cosa, y, en suma, cuando se hablaba
latín, se daba la prelación
a la lengua del Santo imperio. Hasta la
muerte de Carlos Quinto, las posesiones
del Santo Imperio se extendían
sobre casi toda Europa, salvo en Francia
e Inglaterra, de manera que en cualquier
tratado por concluir, se tenía
casi siempre como compañero, o
como adversario, al Santo Imperio, y este
hecho acarreaba la preeminencia del latín,
que era al mismo tiempo la lengua de la
Europa cultivada y la lengua de una gran
potencia con la cual se tenía que
tratar constantemente. No obstante Carlos
Quinto, hacia 1520, ya decía: «
he aprendido el latín para
hablar con el Papa, el español
para hablarle a mi madre, el inglés
a mi tía, el alemán a mis
amigos y el francés a mí
mismo ». Esta razón
que ligaba el latín al Imperio,
con un aspecto político, hizo se
pronto se apercibió que al hablar
latín se reconocía una suerte
de superioridad al emperador germánico.
Y si se abandonó poco a poco ese
lenguaje latín, fue igualmente
tomando posición contra la pretensión
del Emperador que quería imponerlo
en los tratados, mientras que, del lado
de Francia, no se hacía del francés
una cuestión de prelación.
Las demás lenguas europeas no habían
llegado, hasta aproximadamente los siglos
XV o XVI, a un grado de control y de precisión
suficiente para permitir la redacción
de un tratado sin riesgo suficiente para
permitir la redacción de un tratado
sin riesgo de ambigüedad (doble sentido),
de malentendidos o de confusiones, impidiendo
comprenderse. Al tanto que, a partir del
siglo XVII, todos los elementos que eran
hasta entonces favorables al latín
servirán, al contrario, para su
decadencia progresiva y al advenimiento
del francés. Tomemos por ejemplo
el punto de vista lingüístico:
con el gran movimiento europeo del Renacimiento,
el culto del latín clásico
fue vuelto a poner en el candelero. Ahora,
el latín del Medioevo estaba todavía
bastante vivo: podía usarse para
los negocios, la conversación:
se podía charlar, bromear, disputar,
blasfemar en latín. El Renacimiento
le hizo mal al latín por el regreso
a la lengua latina clásica, lengua
depurada y fija, que no podía satisfacer
las necesidades nuevas, tanto culturales
como prácticas. Al restaurar su
pureza, se la cortó del mundo vivo...
Sería muy difícil decir
actualmente palabras técnicas en
latín, pero ya en el siglo XVII
había muchas nociones nuevas (jurídicas,
económicas o políticas)
que no podían ser expresadas en
latín. Y hay todavía otros
factores que desfavorecen al latín:
por ejemplo la imprenta, que favoreció
la lengua vulgar en detrimento del latín,
pues los impresores y los escritores pueden
y quieren tocar un público vasto.
Y también, más tarde, la
reforma protestante de Lutero (1530);
pues para los reformados el latín
es la lengua de Roma, luego la lengua
de los papistas. Además, el latín
siempre era hablado por los clérigos,
por la gente cultivada, pero esos letrados
eran de orígenes muy diferentes
y acababan, aún hablando el latín,
por ya no entenderse, por lo mucho que
su acento transformaba la lengua.
Hay un ejemplo histórico, el de
Carlos IX, rey de Francia, que conocía
muy bien el latín, y que recibió
un día embajadores polacos en 1573
(su hermano, el futuro Enrique III, era
rey de Polonia). Le hicieron un bello
discurso. El rey expresó su pesar
por no poder responder ya que, decía,
no comprendía el polaco. Ahora,
esos embajadores habían hablado
en latín, pero el rey no había
entendido nada pues el latín pronunciado
por los polacos se había vuelto
ininteligible para él.
Por otro lado, hay también un cambio
en el personal diplomático. Los
eclesiásticos desaparecen poco
a poco de esas misiones, y la diplomacia
de carrera comienza a instalarse. Son
igualmente militares los que van a tener
papeles de diplomáticos. Ahora,
conocemos la formación de los militares,
hace unos centenares de años. Eran
jóvenes que comenzaban su carrera
a los dieciséis años, algunas
veces más jóvenes aún,
que por consiguiente no tenían
tiempo de aprender latín y no conocían
más que su lengua nacional.
Además
de las razones lingüísticas,
las razones históricas que hemos
visto se voltean también contra
el latín. La casa de Austria estaba
e ligera decadencia pero, entre más
perdía poder, más ponía
empeño en conservar la ilusión
de éste, en especial exigiendo
esta lengua latina que consideraba como
la suya. En 1648, en el momento del Tratado
de Westfalia, los embajadores del Santo
imperio subrayaron el hecho de que el
latín era la lengua del imperio,
el privilegio del imperio, y esta reivindicación
fue registrada como una torpeza por los
demás plenipotenciarios, quienes,
hasta entonces, veían al latín
como una lengua bastante neutra. Esta
lengua que formaba parte del patrimonio
común de la gente instruida, se
tornaba en un signo de nacionalidad. Las
cancillerías se pusieron entonces
a abandonar poco a poco el latín,
pues al emplearlo, se parecía reconocer
una supremacía de la casa de Austria.
Había pues que elegir otra lengua.
Podía haber dos métodos:
o bien cada quien hablaba en su propia
lengua; esta solución cuidaba las
susceptibilidades lingüísticas
de los participantes, pero precisaba de
la presencia de intérpretes. Ahora,
sabemos que la diplomacia del Antiguo
Régimen no tenía nada que
ver con la diplomacia de la plaza pública,
como se llama a la diplomacia actual (no
lo es de hecho más que en apariencia).
El secreto de las negociaciones era esencial,
y la intervención de los intérpretes
habría aumentado el personal, por
consiguiente los riesgos de fuga del secreto.
El otro método era escoger una
de las lenguas nacionales como lengua
de referencia. Esto tenía la ventaja
de acelerar las negociaciones y sobre
todo de evitar que le tratado, redactado
en muchas lenguas, diera lugar a múltiples
interpretaciones y a trapaceas que habrían
seguido, al querer o preferir cada quien
su propio texto. Entonces la lengua testigo
se reveló ser el francés,
impuesto por todo un concurso de circunstancias.
Eliminemos primero todo lo que son razones
políticas; ya lo hemos dicho, la
adopción del francés no
está en nada ligada a una cuestión
de poderío de Francia. Veamos,
en efecto, los grandes tratados del siglo
XVII: en 1648, en el tratado de Westfalia,
el Santo Imperio es vencido, Francia es
victoriosa, pero las negociaciones se
hacen en latín para el texto de
origen. En 1678, en el tratado de Nimega,
Francia está en la cima de su poderío,
Luis XIV ha tenido guerras victoriosas,
pero aquí también las negociaciones
se hacen casi todas en latín. El
tratado de Nimega se compone de múltiples
partes: hay un tratado Holanda y Francia
en francés; hay un tratado Francia-España:
el tratado es bilingüe; en fin, hay
un tratado Francia-Imperio, es decir entre
vencedor y vencido, y se hace en latín,
es decir en la lengua del vencido.
Al contrario, en el tratado de Rastadt
(1714), es el fin del reinado de Luis
XIV, y Francia acaba de sufrir muy pesados
reveses militares; Francia es vencida.
Pues bien, es justamente la primera vez
que se trata en francés, no en
texto latín. El plenipotenciario
francés era el Mariscal de Villars,
que no sabía latín. Por
el lado imperial estaba el Príncipe
Eugenio de Saboya, gran general del Imperio
austriaco, que conocía muy bien
el francés, como Saboyardo, y entonces
el tratado de Rastadt se concluyó
en francés.
La adopción
del francés tiene, claro está,
causas más profundas que esta circunstancia
particular, la diplomacia europea, el
conjunto de los diplomáticos conocían
ahora el francés, como en la Edad
Media se conocía el latín.
De hecho, si se adoptó el francés
en Rastadt, ello se hizo añadiendo
una mención especial al tratado,
precisando que se trataba de una excepción
y que aquello no sería de ninguna
manera un precedente para tratados ulteriores.
Solo que, esta adopción del francés
hecha por casualidad, se repitió
y, cada vez, se añadía esta
mención especial que indicaba que
el francés no era adoptado oficialmente;
pero igual era adoptado...
No es sino a partir del tratado de París,
cincuenta años después,
en 1763, que ya no se pondrán este
tipo de reservas, al calce de los tratados,
para señalar la lengua que es empleada,
y que sigue siendo el francés.
En 1763
Francia es vencida de nueva cuenta, y
el tratado de París le hace perder
su imperio colonial de las Indias, pero
sin embargo se discute en francés.
Esta convención, que consiguientemente
es una regla no escrita, va a durar más
de dos siglos, hasta el tratado de Versalles,
en 1919. Los diplomáticos son hombres
de cultura, hombres de mundo; el francés
les es familiar. Por lo demás los
congresos diplomáticos ya no son
las reuniones austeras en las que solo
se reunían expertos; el elemento
femenino participa a menudo. Las esposas
de los diplomáticos se dirigen
a las ciudades de los congresos, y esas
damas de la alta sociedad hablan francés
entre ellas, entonces se habla francés
ante ella cuando se deja el salón
para ir a la sala de conferencia, se continúa
naturalmente a hablar la misma lengua.
Este papel de las mujeres es importante:
en efecto el lenguaje de la moda: perfumistas,
peluqueros, es francés y las mujeres
lo emplean para no ser comprendidas por
domésticos.
Hay también
razones otras que mundanas o históricas;
hay razones técnicas para hacer
adoptar el francés. Razones que
derivan de ciertas cualidades de la lengua
francesa. Cualidades que el francés
reivindica todavía: la claridad,
la precisión y la fijeza. La claridad,
fue una de las grandes preocupaciones
de los autores franceses que, desde Pascal,
abandonan los largos periodos del estilo
latino y llegan a esta lengua concisa,
de frases cortas, de orden de las palabras
fijo (sujeto, verbo, complemento) que
permite una comprensión, una claridad
muy grandes. Rivarol decía: «
Lo que no es claro no es francés
»
La precisión, son los autores de
léxico quienes la organizan. Desde
el siglo XVII, los gramáticos y
los lexicólogos se multiplican
para fijar el francés. Malherbe
y Vaugelas se esfuerzan por suprimir todos
los equivalentes, todos los sinónimos;
y en diplomacia esta precisión
era evidentemente una ventaja.
Además la lengua francesa era,
en su época, la única lengua
verdaderamente fijada, y eso fue incluso
un obstáculo, algunos siglos más
tarde, para su expansión. Instituciones,
como la Academia
Francesa, velaban por la lengua, y
sus decisiones eran respetadas. Se constata
esta fijeza al remarcar que la lengua
del gran siglo (como lo llamamos) es todavía
totalmente inteligible por los franceses
contemporáneos.
Así pues, como la evolución
de la lengua estaba pues limitada y controlada,
eso presentaba una garantía en
el plano internacional: se sabía
que las frases formuladas en francés
no tomarían un sentido diferente
algunos años después.
En Versalles,
en 1919, hubo una gran indignación
en Francia cuando se vio que la lengua
francesa era abandonada. También
hay muchas razones para ello, y razones
pragmáticas. Para empezar, había
por vez primera países no europeos
que participaban en el tratado: Japón
y sobre todo los Estados Unidos, que hacen
su entrada en la escena internacional.
Ahora, los diplomáticos estadounidenses
siempre se negaron, desde que entraron
a la política europea, a hablar
de otra forma que en inglés. El
protocolo de Washington de 1783 había
fijado este punto. Además, en la
mesa de Versalles, he aquí la situación:
el presidente estadounidense, W. Wilson,
no hablaba para nada el francés;
el inglés Lloyd George lo hablaba
my mal; mientras que el representante
de Francia, Clémenceau, hablaba
bien el inglés. En fin el ministro
italiano, Sonnino, hablaba igualmente
inglés y francés.
Fue luego por razones prácticas,
las mismas razones de comodidad que, siglos
antes, habían hecho tomar el francés,
que se escogió al inglés,
que era la lengua de Wilson y de Lloyd
George.
Hubo protestas del presidente de la república,
de la Academia Francesa, y en la opinión,
pero esas protestas no tuvieron éxito,
y esta novedad tuvo graves consecuencias.
Tras la
Segunda Guerra mundial, en la Conferencia
de San Francisco en 1945, primera gran
conferencia internacional, preparatoria
para la ONU, se habían admitido
cinco lenguas: francés, inglés,
ruso, español y chino. Eran las
lenguas oficiales, es decir que todos
los documentos debían ser publicados
en las cinco lenguas. Pero había
que elegir una lengua de trabajo, una
lengua de discusión; siempre esta
distinción entre lengua escrita
y lengua hablada (y los servicios de traducción
no estaban perfeccionados como ahora).
Los Estados Unidos propusieron el inglés,
como la lengua más difundida, la
lengua de los negocios, de la economía;
perolas demás delegaciones se inquietaron
por una hegemonía anglosajona encubierta
bajo el velo de la lengua, e hicieron
esfuerzos para oponerse al inglés
como lengua única. Se alinearon
detrás del representante francés,
Georges Bidault, para apoyar la adopción
del francés. Votaron contra el
inglés los países de América
Latina, del Oriente Próximo, la
URSS. El francés fue admitido a
una voz de mayoría. En 1962, 35
de 105 delegaciones se expresaban en francés
y, en 1966, 43 de 112 delegaciones se
expresaban en francés. De ello
resulta en la ONU que, en una sesión
plenaria, no se traducen esas dos lenguas:
el inglés y el francés.
En el
Concejo de Seguridad, en ocasión
de la resolución 242 acerca del
conflicto israelo-palestino, muchos delegados
lamentaron el empleo del inglés
pues el texto dice que « Israel
must withdraw from occupied territories
», cuyo sentido puede ser: «
se retirer des territoires occupés
» [« Retirarse de los
territorios ocupados »], o
« se retirer de territoires
occupés » [« retirarse
de territorios ocupados »].
La diferencia es pues si se interpreta
des [« de los »],
se trata de todos los territorios; si
se comprende de, basta salirse
de unos cuantos para que la resolución
sea aplicada. Se entiende que estas divergencias
de interpretación que aventajan
a una o a la otra de las partes, pudieron
hacer correr mucha tinta y también,
por desgracia, mucha sangre. Hubo que
establecer la traducción francesa.
Notemos de paso que los papas, recibidos
en la ONU, hablaron en francés,
Pablo VI y Juan pablo II. Las notas internacionales
del Vaticano están también
en francés.
En el momento de la construcción
europea, podemos volver a pensar en la
ordenanza de Villers-Cotterêts pues,
si se quisiera utilizar en nuestros tribunales
otra de las lenguas de la comunidad, la
ordenanza la obstaculizaría, al
menos en cuanto a lo escrito.
Podría
citarles interminablemente frases de extranjeros
ilustres que se felicitan de conocer el
francés, por ellos o para sus conciudadanos.
Me limitaré a una cita del presidente
Senghor, que no es verdaderamente un extranjero:
« El francés es una lengua
de vocación universal, de gentileza
y de honestidad, y nos hizo el don de
esas palabras abstractas tan raras en
nuestras lenguas ».
Gozamos entonces de un gran privilegio.
El de poseer el francés como lengua
materna. Pero es este un favor que se
debe continuar mereciendo y justificando,
tanto más porque la lengua francesa
ya no pertenece propiamente solo al pueblo
francés, sino al conjunto de los
países francófonos, a todos
aquellos que nos hacen el honor y el placer
de adoptar nuestra lengua.
Tenemos, nosotros especialmente, una responsabilidad
para con la lengua y para con los demás
francófonos. Respetando la herencia
que nos ha sido legada, por reconocimiento
hacia nuestros padres que nos la transmitieron,
sepamos que no somos más los propietarios
de esta lengua, somos tan solo los depositarios
de ella y este papel nos impone esfuerzos
perseverantes para mantenerla pura y transmitirla
a nuestra vez.
Para terminar,
permítanme recordarles estas palabras
emotivas de Benjamín Franklin;
decía: « Todo hombre
tiene dos patrias, la propia y enseguida
Francia ». Nos gustaría
poder decir una fórmula alentadora:
« Todo hombre debe tener dos
lenguas, la propia y luego la lengua Francesa
». Seamos vigilantes para conservar
la belleza y la elegancia de ésta.