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“Francósfera INMF”: el Foro de la promoción y de la defensa de la Francofonía en América.
 
Francósfera México-Francia
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
LA FRANCOFONÍA
Prof. Maurice Druon
Por el Profesor
Maurice Druon
Secretario perpetuo de la Academia Francesa
Ex ministro, ex Compañero de la Liberación
Gran Cruz de la Legión de Honor
Comendador de las Artes y las Letras, Comendador caballero del Imperio Británico (K.B.E.), Gran oficial del Mérito de la orden soberana de Malta, Gran Cruz de la Orden de Cristo de Portugal, Recipiendario del Águila azteca de México
Traducción al castellano de la Francósfera México-Francia ©
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Texto presentado el jueves 4 de febrero de 1988 por el Sr. Maurice Druon, secretario perpetuo de la Academia Francesa, durante la gran reunión anual de la Asociación de Miembros de la Orden de las Palmas Académicas, AMOPA, en el pabellón Dauphine. Fue publicado en la Revista de la AMOPA n° 100, del 1er Trimestre de 1988.

Señor Presidente, Señoras y Señores,

Siento una satisfacción muy particular y un muy particular honor en responder a su invitación, y de hablar ante ustedes esta noche de un tema que me es muy caro, como lo es para ustedes, estoy seguro de ello, por función y destinación. La mayoría de entre ustedes son docentes, o tienen una relación con la enseñanza: la mayoría han sido honrados en la Orden de las Palmas Académicas, por concepto precisamente de la enseñanza; todos ustedes tienen relación con esta función tan noble.

Cuando el General de Gaulle suprimió las diversas órdenes que habían florecido en los diferentes ministerios, en el transcurso de los tiempos y de las repúblicas, para instituir la Orden del Mérito, la orden azul que las comprendía y las renovaba a todas, no dejó subsistir más que tres órdenes antiguas, el viejo Mérito Agrícola, las nobles Palmas Académicas, y las jóvenes Artes y Letras, lo cual significaba que había a su parecer tres actividades, la actividad nodriza, la actividad pedagógica y la actividad de creación, que merecían verdaderamente tener su Orden de Caballería propia; actividades a la vez indispensables y particularmente honorables, porque particularmente necesarias a la colectividad.
Son pues los miembros de la Orden de las Palmas Académicas a quienes tengo el placer de saludar esta noche, y lo hago de todo corazón.

Todos ustedes han enseñado el francés, y no solamente los profesores de letras. Toda enseñanza es dispensada en el lenguaje francés, en nuestro lenguaje; y, para cualquier materia sea cual fuere, quien profesa es, o debe ser, también un profesor de francés.
La expresión justa, la palabra justa, el giro justo, la buena forma gramatical, el término que conviene, la definición precisa, he aquí lo que, en toda materia y hasta en la educación física, supone, necesita de un buen conocimiento, de una buena transmisión de nuestra lengua y de sus virtudes. Esto es válido no solamente en nuestro país, sino en todos los países que tienen en común el uso del francés, ya sea que nuestra lengua constituya su lengua nacional, o una de las lenguas maternas, o una de las dos o tres lenguas de cultura que en ellos son utilizadas, ya sea todavía que constituya el lazo, el tejido conjuntivo entre etnias de hablares diversos y que no podrían entenderse o comprenderse si no hubiera allí el francés, lengua transcendente y unificadora.

Ahora, se nos ha dicho desde hace bastantes años que el francés estaba en regresión; hemos oído el canto de los desesperados; hemos oído a los amantes del decline asegurarnos: «Ya no somos más que ciento treinta y cinco millones de locutores franceses en el mundo: por doquier el inglés remplaza al francés; hay una desafección de la enseñanza del francés, en la frecuentación de los cursos de francés...». Sí, se nos ha repetido esto, y al mismo tiempo se nos habría invitado con gusto a bajar los brazos, o a no mantener más que una mano en el aire para echarnos algo de ceniza en la cabeza. Pues bien, vengo a decirles: el decline del francés, se ha acabado. Al contrario es a un ascenso a lo que asistimos, a un nuevo impulso. Hay tres clases de razones para ello: razones históricas, razones políticas y razones demográficas.

 

LA FRANCOFONÍA EN CIFRAS

Retomo el orden inverso. Cuantitativamente, si se suma todo lo que tiene una necesidad de hablar francés en el planeta, al ritmo, y no hablaré más que del África del Norte Central, al ritmo en el que se desarrollan paralelamente la demografía y la escolarización, el número de esos famosos « locutores » crece de año en año. Y ya, los estadistas pesimistas están obligados a revisar sus cifras. De los ciento treinta y cinco millones que se nos asestaban todavía el año pasado, pasamos, desde que reaccionamos, a doscientos millones, y nos dirigimos hacia los doscientos treinta millones. Así pues, cuando anuncio, y eso desde hace algún tiempo, que en los albores del siglo próximo, en los años 2020-2030, habrá quinientos millones de francófonos verdaderos, medio millardo, pues bien, pienso no expresarme de manera totalmente descocada. Incluso es posible que esta cifra sea alcanzada desde el momento del paso de siglo.
Quinientos millones de hombres, esto representa un mercado. Y esto es tan cierto que cuando expongo estas cosas en Inglaterra, en los Estados Unidos o en otros países anglófonos, la reacción inmediata es responderme: si verdaderamente debe ser así, es preciso que nuestros hijos vuelvan a ponerse a aprender la lengua francesa, que la lengua francesa vuelva a ser o siga siendo la primera lengua extranjera, y que nuestros alumnos no abandonen su estudio después de dos o tres años.
Esto es cierto igualmente en ciertas partes de América Latina. Cuando veo en Brasil, donde me encontraba la primavera pasada, que el número de estudiantes, en los cursos de la Alianza francesa, se duplicó en menos de dos años, digo que hay una recuperación muy significativa. El problema, en todo Brasil, es tener suficientes enseñantes en francés para el número de niños que quieren aprenderlo.

 

UNA POLÍTICA DE LA FRANCOFONÍA

De lo numérico, voy a deslizarme a lo político. Tomo el ejemplo de Canadá. Ahora, cuando se dice Canadá, no siempre hay que pensar en Quebec. En Quebec, hay 60% de francófonos; es una proporción única en ese país. En lo referente a las demás provincias, la proporción está entre 6% y 1,5% de francófonos. Ahora, el gobierno federal se ha comprometido resueltamente en dirección del bilingüismo, hacia la práctica de las dos lenguas en toda la administración. ¿Por qué? Porque el francés es para los canadienses un elemento de la personalidad nacional. Es el bilingüismo lo que distingue a Canadá del gran vecino estadounidense cuyo poder de atracción es muy fuerte, particularmente en Ontario y la Columbia británica que son grandes mercados.
Los gobiernos provinciales toman el mismo camino. El nuevo Brunswick es oficialmente bilingüe. Ontario acaba este año de votar una ley por medio de la cual los servicios administrativos deben ser dados en ambas lenguas. Así pues ahí tienen ustedes un fenómeno en el que lo cuantitativo desaparece detrás de lo político; es claramente una voluntad política que en este momento vuelve a dar al francés un lugar muy importante en la vida canadiense. Al mismo tiempo, en todos los países, se abren cursos que se llaman « clases de inmersión » en los que la enseñanza de ciertas materias es dada en francés, a niños anglófonos, y no hay suficientes profesores para responder a la demanda de las familias, alentadas por una asociación llamada « Canadian parents for french », y que cuenta con decenas de miles de adherentes.

Esto no es extranjero a la emergencia de la francofonía como fenómeno político, entendido en el sentido más alto del término, en el sentido griego. Hace 20 años, 25 años, Léopold Senghor, apoyado por Bourguiba y por Hamani Diori, deseaba una comunidad orgánica de los países francófonos. Las cosas se habían demorado bajo diversos pretextos; había habido especialmente temores de nuestro lado de venos acusar de neocolonialismo, de imperialismo cultural, mientras tendríamos que haber comprendido que los reumatismos de ex-colonizadores y de ex-colonizados terminan de borrarse, de un lado y otro. Tomemos como ejemplo a Marruecos, que ahora es verdaderamente un país de doble cultura, por mucho gracias al rey Hassan II, quien ha declarado tranquilamente a su pueblo en discursos oficiales en la televisión: « Considero que en el mundo contemporáneo el que no habla más que una sola lengua es un analfabeta », lo cual es una manera de decir: deben practicar el francés tanto como el árabe. Es de hecho lo que pasa, sin que ninguno de los carácteres ancestrales tradicionales, sin que el apego a la religión, y a las formas jurídicas que derivan directamente de la religión, sin que los valores, las costumbres, las artes, sin que nada de todo ello se pierda o mancille. Al contrario. Hay un enriquecimiento y un auge que provienen de la posesión de la lengua y del conocimiento de la cultura francesa; la enseñanza de la medicina es hecha en francés, todas las comunicaciones en el ejército se hacen en francés. El ejemplo es particularmente sorprendente.

En fin, hace dos años, por invitación de Francia, cuarenta y un jefes de Estado o de gobierno de los países francófonos se reunieron en París. Echaron bases de organización e hicieron muchos proyectos: y decidieron reunirse de nuevo. Dieciocho meses después se volvieron a encontrar, en septiembre pasado, en Quebec. Y ahí, se constató como un hecho interesante, emotivo y prometedor, el gozo con el cual se juntaron todos esos dirigentes de países, repartidos en cinco continentes, bañados por cuatro océanos y cuya talla varía del Canadá gigantesco a la isla de Dominica o a la isla Mauricio, todos esos países que tienen una disparidad completa, une diversidad extrema tanto por la superficie como por el número de poblaciones, los climas, las costumbres, las habitudes, las civilizaciones. Todo ese mundo enlazado por el uso de una lengua común estaba feliz de hacer proyectos en francés. Hay que decir que el gobierno de Quebec había verdaderamente realizado los mayores esfuerzos, le gobierno francés también, así como el Comité llamado del « seguimiento », encargado de conducir esos asuntos entre una cima y la siguiente, y que presidía el embajador Jacques Leprette, con una atención muy particular de nuestro ministro de Asuntos extranjeros. La prueba del éxito está en el apresuramiento que estos jefes de Estado mostraron para fijar, lo antes posible, la ejecución de una próxima « cima ». ¿Dónde tendrá lugar? En Dakar durante la primavera del 89. Así, después de París, tierra de origen de la lengua francesa, después de Quebec, la más vieja tierra de expresión francesa en el Nuevo Mundo, Dakar, la más vieja tierra de lengua francesa en África, todo esto es a la vez simbólico y real; todo esto es eficaz. No les detallaré todos los proyectos emitidos, y que se refieren, entre otros, al libro, a las comunicaciones, a los programas audiovisuales. Hubo, en múltiples puntos, una suerte de armonización de los políticos, cualquiera que fuere la diferencia de los regímenes. Hubo algunos hermosos actos de generosidad; así Canadá perdonó sus deudas a los países del Tercer mundo, que no podían saldarlas. Sin duda su adición no era extremamente pesada; todavía tenía que hacerse el gesto.

He aquí lo que se produjo, porque resulta que cuarenta y un países, por los movimientos de la historia, comparten la lengua francesa. A través de ellos, el francés tiende cada vez más a convertirse en la lengua de los no-alineados.
De hecho, es un Commonwealth a la francesa lo que está creándose. Por lo demás era esa la idea primera de Senghor.
El Commonwealth tiene una soberana teórica: la reina de Inglaterra, que no ejerce ningún poder, pero mantiene el lazo histórico entre los países anglófonos. La francofonía también tiene una soberana, la lengua francesa, una soberana que no rinde la justicia, pero sí la justeza. Es el lazo de un conjunto nuevo.

 

PORVENIR Y CALIDAD DE LA LENGUA FRANCESA

Pasemos ahora a la calidad del francés. Si bien soy optimista en cuanto al número de gente que habla nuestra lengua, o que la hablará en un futuro próximo, optimista en cuanto a la construcción política de la francofonía, en revancha, no puedo serlo tanto acerca del mantenimiento de la calidad de la lengua. Ahora, esto les concierne particularmente, o les ha concernido, y concierne a quienes les siguen. Se opera una extraña degradación del francés en nuestro país. Este asunto es del orden en primer lugar de la responsabilidad de los docentes. Ahora, cosa curiosa, son precisamente las personas que se yerguen contra una supuesta empresa de imperialismo lingüístico, son ellas quienes tendrían tendencia a dar de nuestra lengua una enseñanza degradada, con la falsa idea de que un francés correcto es privilegio de clase (aplausos).
Su reacción me prueba que he sido oído, y que no preciso tratar la cuestión por más tiempo. Añadiré simplemente que en Costa de Marfil, en Senegal o en otros lugares, quienes hablan francés ponen su honor en hablarlo lo mejor posible. Lo constatamos maravillados en las conferencias internacionales de las que les he hablado. Y es en este momento en el que el lenguaje se deja ir y se hunde en la misma Francia, cuando se nota un rechazo de las formas sintácticas más necesarias, una ignorancia de los vocablos justos y una vulgaridad en las expresiones que son perfectamente perniciosas para la juventud.

Acabo de enviar hoy mismo una carta, con el asentimiento de la Comisión del Diccionario, a la Señora Barzach, ministro de la Salud, excelente ministro y mujer de mucho encanto, sobre el tema de la publicidad televisual hecha por su ministerio: « Le tabac, c’est plus ça... », carta que será hecha pública. Es extremamente loable, le escribí, defender la salud de los franceses, pero eso no debe hacerse en detrimento de la lengua francesa.
Cuento reunir en un futuro no demasiado lejano una mesa redonda en la que serían examinados los efectos deletéreos de la publicidad en el lenguaje. Cuento decir a los grandes publicitarios y anunciantes: « Dejen de destruir la lengua francesa en las pantallas y en los carteles » (aplausos). Es una verdadera polución. Homenaje que el vicio rinde a la virtud. Vemos bien la importancia con la que se vincula a la lengua puesto que es hiriéndola, ridiculizándola, echándole escupitajos, poniéndole bigotes, tratándola abominablemente como se atrae la atención. Sí, pero el niño, a partir de los dos años, vive pegado al televisor; y lo que prefiere son precisamente esos pequeños anuncios publicitarios que le proponen yogurts, bombones... todas cosas exquisitas que vuelven locos a los niños; y se tragan las palabras ridículas y las frases voluntariamente viciosas.
¿Cómo quieren que después de eso lo maestros tengan la menor oportunidad de inculcarles la honesta gramática? ¿Cómo podrían exigir el respeto de la construcción negativa? Es remarcable por cierto que se le pida a un institutor largos estudios, y que pase exámenes y satisfaga todas suertes de pruebas a fin de enseñar a cincuenta niños al año, y que no se pida ninguna calificación, que no se someta a ningún concurso a las gentes que, en la televisión, a la que a menudo se llama la escuela paralela, se dirigen a millones de niños y de adolescentes.

La batalla también debe llevarse a cabo en el ámbito de las relaciones internacionales. Demasiados negociadores, que sean de Estado o que sean privados, creen necesario o elegante expresarse en la lengua del otro, generalmente por cierto hablándola mal. El francés, aquí, ha conocido un neto retroceso, pero que parece detenido, a defecto de que aun hayamos reconquistado el terreno perdido. El quai d’Orsay ha reunido una notable conferencia, el pasado mes de junio, sobre el lugar del francés en las organizaciones internacionales. Oímos reivindicaciones vigorosas de parte de los participantes, griegos especialmente, para devolver al francés su situación de primera lengua diplomática, y no para satisfacer un vano orgullo, sino porque el francés es la lengua más clara y más precisa. Las hay más poéticas, más breves, mejor adaptadas al comercio o al viaje aéreo. Pero para la redacción de los tratados, para la definición de la moral, para la exactitud de los contratos, no hay, al día de hoy, lengua universal más adecuada que el francés.

Otro ámbito de inquietud, para nuestra lengua, es el de la ciencia. No de todas las ciencias. En donde los franceses son primeros, no tienen necesidad de publicar en inglés. Nuestra escuela de matemáticas, nuestra escuela de historia pueden publicar en francés; todo el mundo las lee. Pero en otras ciencias, tales como la física o la biología, hay un retroceso innegable y por desgracia demasiado a menudo aceptado.

Mi cofrade muy admirado, el profesor Jean Bernard, compara el francés científico a un enfermo bastante gravemente afectado sobre por el que los médicos se interesan. Uno de ellos, perpetuamente optimista, dice: « Pero no tiene nada de nada; todo va muy bien; no hay ningún tratamiento que darle »; el otro, definitivamente pesimista, dice: « Está perdido; ya no vale la pena administrarle tratamiento alguno ». En ambos casos, el enfermo muere. Jean Bernard, por su lado, propone remedios, y no tan ruinosos. Primero traducciones bilingües, traducciones yuxtapuestas, como en la colección Guilaume Budé de autores latinos y griegos. Se debería, sin demasiada dificultad, constituir un buen cuerpo de traductores científicos.
En segundo lugar, abrir más nuestras puertas a los sabios extranjeros, favorecer su estancia, durante un año, dos años, en nuestros laboratorios, nuestras universidades, nuestros centros de investigación. Generalmente, cuando han visto nuestros métodos de trabajo, nuestros resultados, nuestra manera de vivir también, se convierten en los mejores propagandistas de la lengua francesa cuando vuelven a su propio país.
Finalmente, el tercer remedio está en la asignación de medios más importantes a la investigación, pues el vigor de la lengua científica, su presencia en el mundo, dependen del valor de las investigaciones. No es por nada que el inglés o más bien una suerte de anglo-sabir, se ha convertido en la lengua más empleada en estas mismas disciplinas; es porque los estadounidenses han dispuesto enormes medios para sus investigaciones y por consiguiente han hecho las publicaciones más numerosas.
El tercer remedio depende eminentemente de la voluntad política. Pero esta voluntad debe ser apoyada o determinada por las incitaciones y las exigencias de quienes tienen la responsabilidad de la lengua, es decir de ustedes mismos, Señoras y Señores. Entonces, ayuden esta acción en la que la Academia francesa ha comprometido toda su autoridad. Ayuden al devenir de la lengua francesa en el número de sus usuarios, en la calidad de su uso, y en la organización política de la francofonía.

Les agradezco el haberme oído.

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