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| Por
el Profesor |
Maurice
Druon
Secretario perpetuo de la
Academia Francesa
Ex ministro, ex Compañero
de la Liberación
Gran Cruz de la Legión de Honor
Comendador de las Artes y las Letras, Comendador
caballero del Imperio Británico (K.B.E.),
Gran oficial del Mérito de la orden
soberana de Malta, Gran Cruz de la Orden
de Cristo de Portugal, Recipiendario del
Águila azteca de México |
Traducción
al castellano de la Francósfera México-Francia
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Señor
Presidente, Señoras
y Señores,
Siento una satisfacción
muy particular y un muy particular honor en responder
a su invitación, y de hablar ante ustedes
esta noche de un tema que me es muy caro, como
lo es para ustedes, estoy seguro de ello, por
función y destinación. La mayoría
de entre ustedes son docentes, o tienen una relación
con la enseñanza: la mayoría han
sido honrados en la Orden
de las Palmas Académicas, por concepto
precisamente de la enseñanza; todos ustedes
tienen relación con esta función
tan noble.
Cuando el General
de Gaulle suprimió las diversas órdenes
que habían florecido en los diferentes
ministerios, en el transcurso de los tiempos y
de las repúblicas, para instituir la Orden
del Mérito, la orden azul que las comprendía
y las renovaba a todas, no dejó subsistir
más que tres órdenes antiguas, el
viejo Mérito Agrícola, las nobles
Palmas Académicas, y las jóvenes
Artes y Letras, lo cual significaba que había
a su parecer tres actividades, la actividad nodriza,
la actividad pedagógica y la actividad
de creación, que merecían verdaderamente
tener su Orden de Caballería propia; actividades
a la vez indispensables y particularmente honorables,
porque particularmente necesarias a la colectividad.
Son pues los miembros de la Orden de las Palmas
Académicas a quienes tengo el placer de
saludar esta noche, y lo hago de todo corazón.
Todos ustedes
han enseñado el francés, y no solamente
los profesores de letras. Toda enseñanza
es dispensada en el lenguaje francés, en
nuestro lenguaje; y, para cualquier materia sea
cual fuere, quien profesa es, o debe ser, también
un profesor de francés.
La expresión justa, la palabra justa, el
giro justo, la buena forma gramatical, el término
que conviene, la definición precisa, he
aquí lo que, en toda materia y hasta en
la educación física, supone, necesita
de un buen conocimiento, de una buena transmisión
de nuestra lengua y de sus virtudes. Esto es válido
no solamente en nuestro país, sino en todos
los países que tienen en común el
uso del francés, ya sea que nuestra lengua
constituya su lengua nacional, o una de las lenguas
maternas, o una de las dos o tres lenguas de cultura
que en ellos son utilizadas, ya sea todavía
que constituya el lazo, el tejido conjuntivo entre
etnias de hablares diversos y que no podrían
entenderse o comprenderse si no hubiera allí
el francés, lengua transcendente y unificadora.
Ahora, se nos
ha dicho desde hace bastantes años que
el francés estaba en regresión;
hemos oído el canto de los desesperados;
hemos oído a los amantes del decline asegurarnos:
«Ya no somos más que ciento treinta
y cinco millones de locutores franceses en el
mundo: por doquier el inglés remplaza al
francés; hay una desafección de
la enseñanza del francés, en la
frecuentación de los cursos de francés...».
Sí, se nos ha repetido esto, y al mismo
tiempo se nos habría invitado con gusto
a bajar los brazos, o a no mantener más
que una mano en el aire para echarnos algo de
ceniza en la cabeza. Pues bien, vengo a decirles:
el decline del francés, se ha acabado.
Al contrario es a un ascenso a lo que asistimos,
a un nuevo impulso. Hay tres clases de razones
para ello: razones históricas, razones
políticas y razones demográficas.
LA FRANCOFONÍA
EN CIFRAS
Retomo el orden
inverso. Cuantitativamente, si se suma todo lo
que tiene una necesidad de hablar francés
en el planeta, al ritmo, y no hablaré más
que del África del Norte Central, al ritmo
en el que se desarrollan paralelamente la demografía
y la escolarización, el número de
esos famosos « locutores » crece de
año en año. Y ya, los estadistas
pesimistas están obligados a revisar sus
cifras. De los ciento treinta y cinco millones
que se nos asestaban todavía el año
pasado, pasamos, desde que reaccionamos, a doscientos
millones, y nos dirigimos hacia los doscientos
treinta millones. Así pues, cuando anuncio,
y eso desde hace algún tiempo, que en los
albores del siglo próximo, en los años
2020-2030, habrá quinientos millones de
francófonos verdaderos, medio millardo,
pues bien, pienso no expresarme de manera totalmente
descocada. Incluso es posible que esta cifra sea
alcanzada desde el momento del paso de siglo.
Quinientos millones de hombres, esto representa
un mercado. Y esto es tan cierto que cuando expongo
estas cosas en Inglaterra, en los Estados Unidos
o en otros países anglófonos, la
reacción inmediata es responderme: si verdaderamente
debe ser así, es preciso que nuestros hijos
vuelvan a ponerse a aprender la lengua francesa,
que la lengua francesa vuelva a ser o siga siendo
la primera lengua extranjera, y que nuestros alumnos
no abandonen su estudio después de dos
o tres años.
Esto es cierto igualmente en ciertas partes de
América Latina. Cuando veo en Brasil, donde
me encontraba la primavera pasada, que el número
de estudiantes, en los cursos de la Alianza francesa,
se duplicó en menos de dos años,
digo que hay una recuperación muy significativa.
El problema, en todo Brasil, es tener suficientes
enseñantes en francés para el número
de niños que quieren aprenderlo.
UNA POLÍTICA
DE LA FRANCOFONÍA
De lo numérico,
voy a deslizarme a lo político. Tomo el
ejemplo de Canadá. Ahora, cuando se dice
Canadá, no siempre hay que pensar en Quebec.
En Quebec, hay 60% de francófonos; es una
proporción única en ese país.
En lo referente a las demás provincias,
la proporción está entre 6% y 1,5%
de francófonos. Ahora, el gobierno federal
se ha comprometido resueltamente en dirección
del bilingüismo, hacia la práctica
de las dos lenguas en toda la administración.
¿Por qué? Porque el francés
es para los canadienses un elemento de la personalidad
nacional. Es el bilingüismo lo que distingue
a Canadá del gran vecino estadounidense
cuyo poder de atracción es muy fuerte,
particularmente en Ontario y la Columbia británica
que son grandes mercados.
Los gobiernos provinciales toman el mismo camino.
El nuevo Brunswick es oficialmente bilingüe.
Ontario acaba este año de votar una ley
por medio de la cual los servicios administrativos
deben ser dados en ambas lenguas. Así pues
ahí tienen ustedes un fenómeno en
el que lo cuantitativo desaparece detrás
de lo político; es claramente una voluntad
política que en este momento vuelve a dar
al francés un lugar muy importante en la
vida canadiense. Al mismo tiempo, en todos los
países, se abren cursos que se llaman «
clases de inmersión » en los que
la enseñanza de ciertas materias es dada
en francés, a niños anglófonos,
y no hay suficientes profesores para responder
a la demanda de las familias, alentadas por una
asociación llamada « Canadian parents
for french », y que cuenta con decenas de
miles de adherentes.
Esto no es extranjero
a la emergencia de la francofonía como
fenómeno político, entendido en
el sentido más alto del término,
en el sentido griego. Hace 20 años, 25
años, Léopold Senghor, apoyado por
Bourguiba y por Hamani Diori, deseaba una comunidad
orgánica de los países francófonos.
Las cosas se habían demorado bajo diversos
pretextos; había habido especialmente temores
de nuestro lado de venos acusar de neocolonialismo,
de imperialismo cultural, mientras tendríamos
que haber comprendido que los reumatismos de ex-colonizadores
y de ex-colonizados terminan de borrarse, de un
lado y otro. Tomemos como ejemplo a Marruecos,
que ahora es verdaderamente un país de
doble cultura, por mucho gracias al rey Hassan
II, quien ha declarado tranquilamente a su pueblo
en discursos oficiales en la televisión:
« Considero que en el mundo contemporáneo
el que no habla más que una sola lengua
es un analfabeta », lo cual es una manera
de decir: deben practicar el francés tanto
como el árabe. Es de hecho lo que pasa,
sin que ninguno de los carácteres ancestrales
tradicionales, sin que el apego a la religión,
y a las formas jurídicas que derivan directamente
de la religión, sin que los valores, las
costumbres, las artes, sin que nada de todo ello
se pierda o mancille. Al contrario. Hay un enriquecimiento
y un auge que provienen de la posesión
de la lengua y del conocimiento de la cultura
francesa; la enseñanza de la medicina es
hecha en francés, todas las comunicaciones
en el ejército se hacen en francés.
El ejemplo es particularmente sorprendente.
En fin, hace dos
años, por invitación de Francia,
cuarenta y un jefes de Estado o de gobierno de
los países francófonos se reunieron
en París. Echaron bases de organización
e hicieron muchos proyectos: y decidieron reunirse
de nuevo. Dieciocho meses después se volvieron
a encontrar, en septiembre pasado, en Quebec.
Y ahí, se constató como un hecho
interesante, emotivo y prometedor, el gozo con
el cual se juntaron todos esos dirigentes de países,
repartidos en cinco continentes, bañados
por cuatro océanos y cuya talla varía
del Canadá gigantesco a la isla de Dominica
o a la isla Mauricio, todos esos países
que tienen una disparidad completa, une diversidad
extrema tanto por la superficie como por el número
de poblaciones, los climas, las costumbres, las
habitudes, las civilizaciones. Todo ese mundo
enlazado por el uso de una lengua común
estaba feliz de hacer proyectos en francés.
Hay que decir que el gobierno de Quebec había
verdaderamente realizado los mayores esfuerzos,
le gobierno francés también, así
como el Comité llamado del « seguimiento
», encargado de conducir esos asuntos entre
una cima y la siguiente, y que presidía
el embajador Jacques Leprette, con una atención
muy particular de nuestro ministro de Asuntos
extranjeros. La prueba del éxito está
en el apresuramiento que estos jefes de Estado
mostraron para fijar, lo antes posible, la ejecución
de una próxima « cima ». ¿Dónde
tendrá lugar? En Dakar durante la primavera
del 89. Así, después de París,
tierra de origen de la lengua francesa, después
de Quebec, la más vieja tierra de expresión
francesa en el Nuevo Mundo, Dakar, la más
vieja tierra de lengua francesa en África,
todo esto es a la vez simbólico y real;
todo esto es eficaz. No les detallaré todos
los proyectos emitidos, y que se refieren, entre
otros, al libro, a las comunicaciones, a los programas
audiovisuales. Hubo, en múltiples puntos,
una suerte de armonización de los políticos,
cualquiera que fuere la diferencia de los regímenes.
Hubo algunos hermosos actos de generosidad; así
Canadá perdonó sus deudas a los
países del Tercer mundo, que no podían
saldarlas. Sin duda su adición no era extremamente
pesada; todavía tenía que hacerse
el gesto.
He aquí
lo que se produjo, porque resulta que cuarenta
y un países, por los movimientos de la
historia, comparten la lengua francesa. A través
de ellos, el francés tiende cada vez más
a convertirse en la lengua de los no-alineados.
De hecho, es un Commonwealth a la francesa lo
que está creándose. Por lo demás
era esa la idea primera de Senghor.
El Commonwealth tiene una soberana teórica:
la reina de Inglaterra, que no ejerce ningún
poder, pero mantiene el lazo histórico
entre los países anglófonos. La
francofonía también tiene una soberana,
la lengua francesa, una soberana que no rinde
la justicia, pero sí la justeza. Es el
lazo de un conjunto nuevo.
PORVENIR
Y CALIDAD DE LA LENGUA FRANCESA
Pasemos ahora
a la calidad del francés. Si bien soy optimista
en cuanto al número de gente que habla
nuestra lengua, o que la hablará en un
futuro próximo, optimista en cuanto a la
construcción política de la francofonía,
en revancha, no puedo serlo tanto acerca del mantenimiento
de la calidad de la lengua. Ahora, esto les concierne
particularmente, o les ha concernido, y concierne
a quienes les siguen. Se opera una extraña
degradación del francés en nuestro
país. Este asunto es del orden en primer
lugar de la responsabilidad de los docentes. Ahora,
cosa curiosa, son precisamente las personas que
se yerguen contra una supuesta empresa de imperialismo
lingüístico, son ellas quienes tendrían
tendencia a dar de nuestra lengua una enseñanza
degradada, con la falsa idea de que un francés
correcto es privilegio de clase (aplausos).
Su reacción me prueba que he sido oído,
y que no preciso tratar la cuestión por
más tiempo. Añadiré simplemente
que en Costa de Marfil, en Senegal o en otros
lugares, quienes hablan francés ponen su
honor en hablarlo lo mejor posible. Lo constatamos
maravillados en las conferencias internacionales
de las que les he hablado. Y es en este momento
en el que el lenguaje se deja ir y se hunde en
la misma Francia, cuando se nota un rechazo de
las formas sintácticas más necesarias,
una ignorancia de los vocablos justos y una vulgaridad
en las expresiones que son perfectamente perniciosas
para la juventud.
Acabo de enviar
hoy mismo una carta, con el asentimiento de la
Comisión del Diccionario, a la Señora
Barzach, ministro de la Salud, excelente ministro
y mujer de mucho encanto, sobre el tema de la
publicidad televisual hecha por su ministerio:
« Le tabac, c’est plus ça...
», carta que será hecha pública.
Es extremamente loable, le escribí, defender
la salud de los franceses, pero eso no debe hacerse
en detrimento de la lengua francesa.
Cuento reunir en un futuro no demasiado lejano
una mesa redonda en la que serían examinados
los efectos deletéreos de la publicidad
en el lenguaje. Cuento decir a los grandes publicitarios
y anunciantes: « Dejen de destruir la lengua
francesa en las pantallas y en los carteles »
(aplausos). Es una verdadera polución.
Homenaje que el vicio rinde a la virtud. Vemos
bien la importancia con la que se vincula a la
lengua puesto que es hiriéndola, ridiculizándola,
echándole escupitajos, poniéndole
bigotes, tratándola abominablemente como
se atrae la atención. Sí, pero el
niño, a partir de los dos años,
vive pegado al televisor; y lo que prefiere son
precisamente esos pequeños anuncios publicitarios
que le proponen yogurts, bombones... todas cosas
exquisitas que vuelven locos a los niños;
y se tragan las palabras ridículas y las
frases voluntariamente viciosas.
¿Cómo quieren que después
de eso lo maestros tengan la menor oportunidad
de inculcarles la honesta gramática? ¿Cómo
podrían exigir el respeto de la construcción
negativa? Es remarcable por cierto que se le pida
a un institutor largos estudios, y que pase exámenes
y satisfaga todas suertes de pruebas a fin de
enseñar a cincuenta niños al año,
y que no se pida ninguna calificación,
que no se someta a ningún concurso a las
gentes que, en la televisión, a la que
a menudo se llama la escuela paralela, se dirigen
a millones de niños y de adolescentes.
La batalla también
debe llevarse a cabo en el ámbito de las
relaciones internacionales. Demasiados negociadores,
que sean de Estado o que sean privados, creen
necesario o elegante expresarse en la lengua del
otro, generalmente por cierto hablándola
mal. El francés, aquí, ha conocido
un neto retroceso, pero que parece detenido, a
defecto de que aun hayamos reconquistado el terreno
perdido. El quai d’Orsay ha reunido una
notable conferencia, el pasado mes de junio, sobre
el lugar del francés en las organizaciones
internacionales. Oímos reivindicaciones
vigorosas de parte de los participantes, griegos
especialmente, para devolver al francés
su situación de primera lengua diplomática,
y no para satisfacer un vano orgullo, sino porque
el francés es la lengua más clara
y más precisa. Las hay más poéticas,
más breves, mejor adaptadas al comercio
o al viaje aéreo. Pero para la redacción
de los tratados, para la definición de
la moral, para la exactitud de los contratos,
no hay, al día de hoy, lengua universal
más adecuada que el francés.
Otro ámbito
de inquietud, para nuestra lengua, es el de la
ciencia. No de todas las ciencias. En donde los
franceses son primeros, no tienen necesidad de
publicar en inglés. Nuestra escuela de
matemáticas, nuestra escuela de historia
pueden publicar en francés; todo el mundo
las lee. Pero en otras ciencias, tales como la
física o la biología, hay un retroceso
innegable y por desgracia demasiado a menudo aceptado.
Mi cofrade muy
admirado, el profesor Jean Bernard, compara el
francés científico a un enfermo
bastante gravemente afectado sobre por el que
los médicos se interesan. Uno de ellos,
perpetuamente optimista, dice: « Pero no
tiene nada de nada; todo va muy bien; no hay ningún
tratamiento que darle »; el otro, definitivamente
pesimista, dice: « Está perdido;
ya no vale la pena administrarle tratamiento alguno
». En ambos casos, el enfermo muere. Jean
Bernard, por su lado, propone remedios, y no tan
ruinosos. Primero traducciones bilingües,
traducciones yuxtapuestas, como en la colección
Guilaume Budé de autores latinos y griegos.
Se debería, sin demasiada dificultad, constituir
un buen cuerpo de traductores científicos.
En segundo lugar, abrir más nuestras puertas
a los sabios extranjeros, favorecer su estancia,
durante un año, dos años, en nuestros
laboratorios, nuestras universidades, nuestros
centros de investigación. Generalmente,
cuando han visto nuestros métodos de trabajo,
nuestros resultados, nuestra manera de vivir también,
se convierten en los mejores propagandistas de
la lengua francesa cuando vuelven a su propio
país.
Finalmente, el tercer remedio está en la
asignación de medios más importantes
a la investigación, pues el vigor de la
lengua científica, su presencia en el mundo,
dependen del valor de las investigaciones. No
es por nada que el inglés o más
bien una suerte de anglo-sabir, se ha convertido
en la lengua más empleada en estas mismas
disciplinas; es porque los estadounidenses han
dispuesto enormes medios para sus investigaciones
y por consiguiente han hecho las publicaciones
más numerosas.
El tercer remedio depende eminentemente de la
voluntad política. Pero esta voluntad debe
ser apoyada o determinada por las incitaciones
y las exigencias de quienes tienen la responsabilidad
de la lengua, es decir de ustedes mismos, Señoras
y Señores. Entonces, ayuden esta acción
en la que la Academia francesa ha comprometido
toda su autoridad. Ayuden al devenir de la lengua
francesa en el número de sus usuarios,
en la calidad de su uso, y en la organización
política de la francofonía.
Les agradezco
el haberme oído.