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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
FRANCIA: TESTIGO DE ESPERANZA PARA EL NUEVO MILENIO
Bautizo de Clovis por san Remigio, obispo de Reims
El Espíritu Santo desciende trayendo la Santa Ámpula que contiene el crisma que sirvió para la unción de los reyes de Francia. Grandes Chroniques de France de Charles V. París, Siglo XIV.
Por S.E. el Cardenal
Paul Poupard
Presidente del Consejo pontifical de la cultura
Prelado de honor de Su Santidad Juan Pablo II (1971), Rector del Instituto Católico de París (1972-1980) y vicepresidente de la Sociedad de Historia Eclesiástica Francesa.
Recipiendario del gran premio “Cardenal Grente” de la Academia Francesa, doctor honoris causa de la Universidad Católica de Salta (Argentina), Caballero de la Legión de Honor.
Mons. Paul Poupard
Traducción al castellano de la Francósfera México-Francia ©
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« Este reino... será victorioso y próspero mientras le sea fiel a la fe romana, pero será rudamente castigado todas las veces que sea infiel a su vocación »
San Remigio, 496 D.C.

Roma, Ateneo pontifical Regina apostolorum, el 1º de diciembre de 2001.

I

Los pueblos, como las personas, tienen un alma y una vocación que llenar en el curso de su historia.
Sin duda alguna, la excepcional irradiación de Francia a través de dos milenios tiene sus raíces en su vocación cristiana. En 496, « el rey de los francos, Clovis, cediendo a las inspiraciones de la divina Providencia, por decirlo con el Papa León XIII en su Carta apostólica para el XV º centenario del bautizo de Clovis, abjuró el vano culto de los falsos dioses, abrazó la fe cristiana, y fue regenerado en el agua santa del bautizo ».

« Francia, testigo de esperanza para el nuevo milenio. Perspectivas y desafíos »: el tema es un tanto provocador en el contexto de una iglesia fuertemente sacudida por corrientes sorprendentemente hostiles en el interior de la sociedad francesa. La misma presencia francesa en el seno de la Santa Sede no va sin disminuir.

Por otro lado, la situación internacional que se enfrenta a las ramificaciones peligrosas de un sistema de odio y de terror al que ha, como un cáncer, dejado desarrollarse en su seno, no permite una perspectiva aunque sea poco razonada del nuevo milenio, ni aún, más simplemente, de la década próxima.

II

El tema que me ha sido asignado es el de la cultura. La convicción que quisiera compartir con ustedes es que la memoria es la esperanza del futuro. Ahora, la experiencia dramática de nuestro tiempo es la de un verdadero caos cultural, en el que el legado de los siglos de cultura cristiana parece más pesado de un pasado que rico de un porvenir. En efecto, como la pila Wonder, la memoria no se desgasta más que si uno la emplea. Y nuestra herencia cultural presa de la amnesia está amenazada de afasia. ¿Habría olvidado Europa que nació del encuentro de una doble exclamación, una de ellas surgida de las profundidades de la antigua Grecia con el « gnothi seauton » — « ¡Conócete a ti mismo! » — de Sócrates, y la otra de Jerusalém cuando, en los escalones del Pretorio, Pilatos pronuncia ante la muchedumbre de los judíos: « ¡He aquí el Hombre! »?

En un memorable discurso en la UNESCO, después de la guerra, en 1946, André Malraux constataba: « A fines del siglo XIX, la voz de Nietzsche retomó la frase antigua, oída en el Archipiélago: ¡Dios ha muerto!, y dio de nueva cuenta a esta frase todo su acento trágico... ¡El problema que se plantea para todos hoy, es el de saber si, en esta vieja tierra de Europa, sí o no, el hombre está muerto! » (1). ¿Deberíamos asistir en la impotencia al desmoronamiento del mundo, inmediatamente después de un siglo trágico que envileció al hombre, y pena en hallar un aumento de humanidad? Nuestra sociedad tolera — ¡concepto falaz! — un uso perverso o muy simplemente irresponsable de la todopoderosa libertad de expresión, mientras son progresivamente escarnecidos los componentes milenarios de nuestra cultura, incluso ridiculizados los símbolos de una identidad inalienable.

III

Me parece que interrogando a la historia, el recurso a la memoria puede ayudarnos a responder a la invitación de Juan pablo II, hace ya cinco años, recuerdo, en Sainte-Anne d’Auray: « He venido a invitarles a hacer crecer la esperanza ». Llegué, en una conversación confiada, a decirle al Santo Padre: « ¡Muy Santo Padre, somos gente extraña, tan extraña que donde los hijos de Pascal siempre hay un poco de Voltaire, y en los hijos de Voltaire, un poco de Pascal! » El Santo Padre pareció sorprendido, pues la Francia de él, es la de Louis-Marie Grignion de Montfort, es la Francia del Cura de Ars y de Lourdes, de la rue du Bac, de Montmartre y del Sacré-Cœur, la Francia de Teresa de Lisieux y, más cerca de nosotros, del Padre Henri de Lubac. Así es como confiaba, en su Mensaje dirigido por radio y televisión al pueblo francés, tres días antes de su primer viaje apostólico a Francia: « Este viaje me atrae por muchos conceptos... Antes que nada, Francia es la hija mayor de la Iglesia. Y ha engendrado tantos santos. Podría añadir que existen en el suelo de Francia muchos lugares a los que voy a menudo en peregrinaje por medio de la plegaria y el corazón » (2). Juan Pablo II lo dijo en múltiples ocasiones: « ¡Cuán tributario soy de la santidad francesa! » Así es como apenas elegido Papa, mandaba a buscar en la recámara que ocupaba durante el Cónclave, su ejemplar todo maculado del Traité de la Vraie Dévotion Tratado de la verdadera Devoción ») de san Louis-Marie Grignion de Montfort, libro que llevaba siempre con él cuando trabajaba como obrero en las canteras de piedra en Zakrzówek o en la fábrica química de Solvay durante la segunda guerra mundial, y que guarda aún hoy con él hasta en sus escapadas estivales en las montañas del Valle de Aoste.

IV

Bien podemos, sin chauvinismo, dirigir nuestra mirada hacia el legado cultural de Francia que ha hecho de ella un testigo de esperanza para el nuevo milenio. Francia es el fruto de una larga historia de siglos contrastados, entre sombras y luces. A la vez hijo y creador de su propia cultura, es a través de su herencia y de su historia como el francés se afirma, en la Iglesia y en el mundo, con una personalidad propia, diferente de la del italiano o del español. La Francia misma, en virtud de su posición geográfica y su larga y rica historia, es una encrucijada de pueblos y de culturas. Ha sabido admirablemente, desde los comienzos hasta nuestra generación, integrar las riquezas de las poblaciones de orígenes diversos, para forjar su propia cultura. Ahí se encuentra tal vez la razón de un espíritu prendado de universalidad que tantos hombres de letras y de las artes han sabido magníficamente ilustrar.

Guardo preciosamente en mi memoria esta bella exclamación del Papa Pablo VI al preparar, lo recuerdo, su memorable discurso a las Naciones Unidas: «el francés ejerce la magistratura de lo universal».

La singularidad de la cultura francesa está sin lugar a dudas en su aspiración a lo universal. Es por ahí que puede ser signo de esperanza para el nuevo milenio, por lo mucho que es cierto que una cultura no es verdaderamente humana más que cuando porta en ella la apertura hacia las demás culturas.

¡Cuantos nombres ilustres jalonan, en todos los ámbitos de la cultura, la historia milenaria de Francia! En los campos de la filosofía, de la literatura y de las artes, como en el pensamiento teológico, cuántas figuras han rebasado nuestras fronteras. De la vasta galería de retratos de la familia de Francia que he pintado anteriormente en recientes obras consagradas a Francia, hija mayor de la Iglesia y El Cristianismo al amanecer del 1er milenio (3), extraigo algunos nombres como signos de esperanza para el nuevo milenio.

V

La historia de Francia nos invita a remontar los siglos hasta el bautizo de Clovis. En ocasión de su primera venida a París, el Papa, lo recuerdo, sorprendió innegablemente a sus anfitriones dirigiéndose a la nación francesa como a una persona; « Esa misma salvación, vengo a traerla ahora a Francia, con todo mi corazón y toda mi afección, diciéndole: soy profundamente dichoso de visitarte en estos días, y de mostrarte mi deseo de servirte en cada uno de tus hijos. El mensaje que quiero librarte es un mensaje de paz, de confianza de amor y de fe » (4).
La nación francesa es una de las más antiguas de Europa. La evocación de San Remigio, de santa Clotilde y de Clovis, nos recuerda que adhiriendo a la fe católica, el rey de los Francos pudo guiar pueblos diferentes hacia la edificación de una sola y misma nación. El bautizo de Clovis forma parte de los eventos que formaron a Francia, y los valores que, desde entonces, fueron adoptados y vividos permanecen a la vez un fundamento en la vida presente y una orientación para el porvenir. Cuando se desmoronaba el imperio romano, una civilización entera desaparecía, y solo la Iglesia, resistiendo al sismo, fue capaz de asegurar la continuidad entre civilización gala romanizada y el nuevo reino franco, bajo la autoridad de un rey incontestado, Clovis, y en la asociación de una misma fe. El Evangelio de Jesucristo, creador de civilización, invita al cristiano a comprometerse en la sociedad civil por medio de una puesta en práctica de la fe personal, como un servicio del hombre y una comunión fraternal entre las personas y los pueblos, cuyo fundamento es el amor. ¿No llama el Evangelio a la acción desinteresada y generosa por la justicia y la paz, en una sociedad en la que las libertades y la dignidad de cada hombre y de cada mujer son respetadas y protegidas? La lenta conversión de Clovis al contacto de Genoveva, la pastora de Nanterre, de san Remigio, obispo de Reims, y del ermitaño san Vaast, le coloca ante el Cristo crucificado y humillado, ante la debilidad de un Dios vencido cuya sabiduría es la del amor ofrecido por la salvación de los hombres. Con la inteligencia de la fe y del corazón, inaugura una cierta manera de ser política cuya práctica hallará el más hermoso ejemplo en San Luis y continuará a través de múltiples avatar hasta Robert Schuman y Edmond Michelet. El General de Gaulle en cuanto a él no temía declarar a Roma, el 27 de junio de 1959: « Tenemos una responsabilidad, la de jugar el papel de Francia; ese papel, en mi espíritu como en el de ustedes, se confunde con un papel cristiano. Nuestro país no sería lo que es, es casi banal decirlo, si no fuera primero un país católico... Quisiera agradecerles muy simplemente, añadiendo como última palabra, la afirmación de mi entera confianza en los destinos de nuestro país. Pienso que si Dios hubiera querido que Francia muriese, esto ya estaría hecho. No lo quiso, vive, el provenir es de ella ». Bautizado solemnemente en Reims, la noche de Navidad de 496, Clovis oye la temible advertencia de san Remigio: « Este reino... será victorioso y próspero mientras le sea fiel a la fe romana, pero será rudamente castigado todas las veces que sea infiel a su vocación ».

VI

La advertencia de san Remigio nos invita a dirigir nuestra mirada hacia los dones recibidos en el bautizo y las responsabilidades que de ellos derivan. La historia de Francia demuestra una gran fecundidad de la gracia, a través de una multitud de hombres y de mujeres que, hoy todavía, hacen resplandecer la gran luz del testimonio cristiano, del apostolado, del espíritu misionario, del martirio, de todas las formas de la santidad. Ireneo de Lyon, primer teólogo en nuestro país, discípulo de Policarpo, él mismo discípulo del Apóstol san Juan, llevó el Evangelio y la fe para con el verdadero Dios que se hizo carne, contra las herejías, hasta la capital de las Galias; luego san Hilario de Poitiers, teólogo de la Trinidad, san Honorato y san Cesáreo de Arles del monasterio de Lérins, contribuyeron a enraizar la fe cristiana en la tierra de Francia.

El Santo Padre enumeraba en Reims una larga letanía de santos refiriéndose « a los mártires de Pothin y Blandine de Lyon, a los pastores como Martín o Remigio, Francisco de Sales o Eugenio de Mazenod, a las santas mujeres como Juana de Arco, Margarita María o Teresa de Lisieux, a los apóstoles de la caridad como Vicente de Paul, a los santos educadores como Nicolás Roland o Juan Bautista de la Salle, a las fundadoras misionarias como Ana María Javouhey o Claudine Thévenet » (5).

¿Quién no guarda, entre sus recuerdos de alumnos, la imagen de san Luis rindiendo justicia bajo un roble en Vincennes? Hombre de Estado incomparable, crea el Parlamento de París y un cuerpo de controladores para vigilar a los funcionarios y corregir sus abusos, prohíbe las guerras privadas y el duelo judiciario, y promueve la paz interna del país y su progreso económico. Más aún, habitado por un verdadero amor de los pobres todo franciscano, sale al encuentro de su pueblo para conocerlo, ayudarlo, amarlo.

Un siglo más tarde, Juana de Arco en su misión sobrenatural en el corazón de lo temporal, marca la historia de Francia de tal manera que los mismos no creyentes la reconocen como ejemplar en una memoria sorprendentemente viva. Al obispo Cauchon que la interroga para cogerla en la trampa: « ¿Odia Dios a los ingleses? », Juana da la sabrosa respuesta portadora de una verdad profunda: « No, pero los prefiere en casa ». He podido constatarlo, al recorrer el vasto mundo, de la misma Inglaterra cuyas iglesias puebla, a Rusia y los Estados Unidos: la irradiación de Juana rebasa las fronteras de nuestro país. ¡Me gusta recordar también que en cuatro ocasiones el Catecismo de la Iglesia Católica la cita, rebasando así al santo cura de Ars, a san Máximo el Confesor y hasta a Ignacio de Loyola!

Para cerrar el capítulo de una manera propia a la cultura francesa de ejercer la política, quisiera citar a Robert Schuman, padre de Europa. Adversario resuelto de un laicismo reductor, ese « hombre de vida interior que las circunstancias empujaron a la escena del mundo », según la expresión de Pierre Pfimlin, luchó victoriosamente por que la Iglesia recobrase una real libertad de acción en un Estado laico. Para él, una democracia se honra y se conforta con el aporte conjunto de sus diversas familias espirituales. En el momento en que Francia se esfuerza junto con los demás países de Europa para forjarse una identidad común, el ejemplo valiente de Robert Schuman debería inspirar a nuestros dirigentes y recordarles las raíces cristianas de nuestra civilización europea. Cuando tuve el honor de recibir, en Estrasburgo, el premio Robert Schuman, insistí en citarlo: « Europa no podría limitarse a la larga a una estructura puramente económica. Es preciso que se convierta también en una salvaguardia para todo lo que hace la grandeza de nuestra civilización cristiana. Semejante misión cultural será el complemento indispensable y el acabamiento de una Europa que, hasta aquí, ha sido fundada sobre la cooperación económica. Le conferirá un alma, un ennoblecimiento espiritual y una verdadera consciencia común ».

Junto con Schuman, no puedo omitir mencionar otro actor político de quien tuve la dicha de postular, como para Robert Schuman, la apertura de la causa de la beatificación: Edmond Michelet, resistente de la primera hora, inspirado por Péguy, deportado a Dachau, y devenido ministro de la República. No es sin admiración como su amigo agnóstico André Malraux lo retrató: « Fue toda su vida el capellán de Francia ». ¿No es esta « confesión » laica el reconocimiento, bajo forma de homenaje, de una cultura política que desde el bautizo de Clovis lleva la marca de la gracia? Los eventos trágicos que marcaron este principio de milenio, muestran de manera evidente la necesidad de un forzoso recurso a esta manera de hacer la política por el bien de los pueblos.

VII

El patrimonio cultural de Francia constituye aún una luz para el nuevo milenio, tanto en el ámbito de las artes, del pensamiento, como en el de la fe.

« Francia simboliza para nuestro mundo un país de una historia muy antigua, muy densa también; un país de un patrimonio artístico y cultural incomparable, cuya irradiación ya no se debe describir. Cuántos pueblos se han beneficiado del genio francés, que ha marcado sus propias raíces, y constituye todavía para ellos un motivo de orgullo y al mismo tiempo, podemos afirmarlo, que una suerte de referencia ». (6)

La cultura es la expresión encarnada en la historia de esa identidad que constituye el alma de un pueblo. Conforma el alma de una nación que se reconoce en valores, se expresa en símbolos, comunica por medio de signos. Siempre estoy conmovido, a mis regresos a la dulce Francia, al contemplar los paisajes de nuestras campiñas ritmadas por los campanarios de las iglesias, y marcados por la Cruz de nuestro Señor. El arte medieval, románico, gótico, la fe de todo un pueblo, impregnan todo el territorio de nuestro país. Los nombres de Cluny, Paray-le-Monial, Tournus o Vézelay en Borgoña, de Conques, Le Puy o Saint-Nectaire en Auvernia, Moissac y también Fontenay, Saint-Germain-des-Prés, la Primacial Saint-Jean de Lyon, Notre-Dame-de-Jumièges, Fontevrault y Saint-Sernin de Tolosa, Saint-Bertrand-de-Comminges como Saint-Martin-du-Canigou son todas ellas expresiones de un genio cristiano que supo edificar esos santuarios románicos para la adoración y el humilde loor. El románico, donde la sombra tempera la luz y donde el espacio y el volumen son centro de acogida de la presencia del Dios oculto, es un arte apacible de fe simple y recogida.

Francia es también el país de las catedrales góticas: Nuestra Señora de París, Reims, Saint-Denis, Sens, Amiens, Bourges, Chartres, Ruán, Estrasburgo son todos testigos de aquellos tiempos luminosos en que nuestros santuarios parecen, por el poderoso movimiento de sus contrafuertes, arrancar a la tierra las raíces del pecado de los hombres, y elevarlos hacia el cielo de la gracia. En el corazón de la Ciudad Luz, la Sainte-Chapelle, « la más gloriosa y la más santa de las coronas » (7), se eleva como una plegaria y ofrece hoy todavía, el testimonio del « ideal gótico », incomparable expresión artística de una cultura extraordinariamente orgánica y luminosa (8). Junto con Nuestra Señora de París, todas esas obras maestras de cultura cristiana no cesan de extender aún en Francia un manto materno e invitan al pueblo cristiano a la plegaria. El Cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío XII, lo clamaba con emoción bajo las bóvedas de Nuestra Señora, el 6 de julio de 1937: « En medio del rumor incesante de esta inmensa metrópolis, entre la agitación de los negocios y de los placeres, en el áspero torbellino de la lucha por la vida, testigo apiadado de las desesperaciones estériles y de los gozos decepcionantes, Nuestra Señora de París, siempre serena en su calma y pacificadora gravedad, parece repetir sin descanso a todos los que pasan: Orate, fratres, orad, hermanos; parece, diría gustoso, ser ella misma un Orate fratres de piedra, una invitación perpetua a la plegaria ».

Péguy y Claudel, incomparables chantres del nombre de Chartres, lo comprendieron bien: el genio que presidió la edificación de las catedrales góticas de Francia no solo construyó edificios magníficos. Su arte sutil que doma la luz le da el resplandecer dando vida al inmenso espacio verticalizado cuyo impulso nos inspira. Sobre el vitral, el haz luminoso se dilata y rebota de colores en colores como la fe que atraviesa las eras e irradia las culturas en una simbiosis permanente, de una fecundidad sin cesar renovada.

En nuestra cultura vuelta anémica por la pérdida del sentido, nuestros arquitectos ganarían releyendo a Saint-Exupéry: « Mi civilización ha buscado, durante siglos, mostrar al Hombre, como les ha enseñado a distinguir una catedral a través de las piedras. Hay en el hombre, como en todo ser, algo que no explican los materiales que lo componen. Una catedral es una muy otra cosa que una suma de piedras. No son las piedras las que la definen, es ella la que enriquece a las piedras con su propia significación. Esas piedras son ennoblecidas por ser piedras de una catedral » (9).

La cultura tiene por vocación volver al hombre más humano. Ahora, el hombre es la ruta de la Iglesia. La fe en Jesucristo se acompaña en cierto modo de la fe en el hombre. Y el esfuerzo dos veces milenario de la Iglesia para encarnar el Evangelio en el corazón de las culturas y promover por ahí su más auténtica humanidad, halla en el arte sagrado la prueba brillante que en ella los pueblos del mundo pueden extraer una añadidura de esperanza.

VIII

Una pléyade de sabios cristianos han honrado la cultura francesa.

Me gusta evocar este episodio sabroso de un joven estudiante que viajaba en tren con un hombre relativamente viejo, que recitaba su rosario. Preso de piedad, explica a este espíritu rústico que el desarrollo de las ciencias va a suplantar a la religión y aportar todas las soluciones deseables. Tras un largo discurso, escuchado con atención y paciencia por su interlocutor, el joven, deseoso de enviarle algunos textos científicos para corroborar sus declaraciones, pide al viejo su dirección. Éste, con una gran sonrisa, le extiende su tarjeta de visita. El estudiante entonces se calla y lee, estupefacto: « Louis Pasteur, de la Academia francesa, París. »

¿Y cómo no evocar a Pascal?, el brillo de cuyos Pensamientos irradia al Dios oculto. Si « solo Dios habla bien de Dios », como lo dice él mismo, Pascal, debatiéndose entre el don total al Cristo y su propia grandeza en el siglo, es claramente, según el hermoso título del libro de Romano Guardini, « el drama de la consciencia cristiana ».

Corneille y Racine lo expresaron en el teatro, Bossuet y Fenelón en la cátedra, con el mismo genio y el mismo brillo contrastado. Y el siglo XIX, por largo tiempo mal conocido, incluso despreciado por nuestros contemporáneos presas de la modernidad, atestigua una fecundidad espiritual sin par, siguiendo los pasos del Genio del Cristianismo de Chateaubriand (10). Después de la crisis revolucionaria, la ola racionalista del siglo XVIII había poco a poco invadido las mentes hasta en las iglesias y los seminarios. El Primer Cónsul reconoce la utilidad social de la religión que entonces vuelve a recobrar derecho de ciudadanía, así como el genio de la elocuencia y la poesía. Contra la ironía llena de odio de Voltaire, el talento de Chateaubriand fue el de voltear en favor del sentimiento religioso el prejuicio mundano.

El Genio del Cristianismo es el de probar que el catolicismo es tan hermoso que la cultura post-revolucionaria va a reconocer su valor estético, moral y social, así como su irradiación misionaria.

¿En nuestra cultura marcada por « la pérdida de los valores », en la que el furor de vivir predomina sobre los principios fundadores de toda vida en sociedad — respeto de la vida desde el comienzo hasta su término, familia unida, sentido del bien común y del servicio desinteresado del Estado, etc. —, y que la satisfacción de los deseos en una sensualidad absorbente no perdona ni a los niños, sabremos extraer en la savia que irriga la cultura francesa la fuerza de una renovación?

IX

El siglo XX herido por tantas crisis nos ofrece sin embargo, él también, una galería de testigos incomparables. Péguy celebra a la pequeña hija Esperanza en términos inolvidables. Tres niñas caminan en el bosque tupido. Las dos hermanas grandes, que son las más fuertes, marchan lo más alegremente sujetando de la mano a una criatura, esa niñita pequeñita que es la más débil. ¿Pero, a fin de cuentas, no es esa chiquilla, la más frágil, quien, con toda la presión de la que es capaz, con sus dos pequeñas manitas, arrastra a las otras dos hacia adelante, siempre más adelante? Pues la esperanza es la más fuerte.

Me parece que asistimos hoy a una doble conjunción: por una parte la quiebra de muchas razones de esperar que eran del orden de una inocente confianza en el porvenir y las promesas de un progreso indefinido de la economía y de las ciencias, por otra parte la incoercible necesidad de esperar que revela la nostalgia persistente de la esperanza, esa esperanza que no engaña, según la expresión del apóstol Pablo (Rm 5, 5). Es que la esperanza — esta palabra que la lengua francesa se toma el cuidado de distinguir de espoir(11), es para las personas una confianza en alguien. ¿No es el testimonio de una tierra tan ricamente provista en gracias de todas suertes una poderosa inspiración parta avanzar con confianza en los nuevos itinerarios del milenio naciente? Sigo impresionado por la confianza del Papa Juan Pablo II quien tiene una cierta idea de Francia. Es que le parece imposible que dos milenios de cristianismo se disipen como humo. Así, concluía, lo recuerdo, su memorable discurso a los obispos de Francia, el 1º de junio de 1980: « ¿No pertenece el cristianismo de manera inmanente al genio de vuestra nación? ¿No es siempre Francia la hija mayor de la iglesia? » (12). Me gusta poner en paralelo esta picante reflexión de Péguy: « Es molesto, dice Dios, cuando ya no haya esos franceses, hay cosas que hago, que ya no habrá nadie para entenderlas » (13).

Claudel y Le Partage de midiEl Reparto del medio día »), L’Annonce faite à MarieEl Anuncio hecho a María ») o Le Soulier de satinEl Zapato de satín »), lleva al teatro su meditación del misterio. León Bloy, por su parte, rumia la Escritura Santa como única palabra que valga, y opone el radicalismo del Evangelio a la religión mezquina de los bien-pensantes. Pisándole los talones, Bernanos fustiga, con L’ImpostureLa Impostura »), a los católicos mundanos, magnificando a la vez el honor y la fidelidad, fuentes de gozo, y el sentido de la tradición como el del sacrificio. Con Mouchette y Le Curé de campagne el Cura rural »), es el amor de la Iglesia lo que él expresa como en Le Dialogue des CarmélitesEl Dialogo de los Carmelitas»): «No viviré cinco minutos fuera de la Iglesia, y si se me echase, entraría en ella de inmediato, descalzo, en camisa, con la cuerda en el cuello.»

X

El tiempo falta para evocar a aquellos poetas y dramaturgos, memorialistas y novelistas, o historiadores y polemistas que, de Ronsard a mi amigo el poeta Pierre Emmanuel, han enriquecido la cultura francesa con sus obras incomparables. Más cercanos a nosotros, más cercanos de los papas también, el historiador Daniel-Rops fue el amigo de Juan XXIII, Jacques Maritain y Jean Guitton lo fueron de Pablo VI, y Juan Pablo II me confiaba un día: « En un año, he perdido dos grandes amigos y eran franceses uno y otro: Jérôme Lejeune y André Frossard ». Uno por la defensa de la vida, el otro por la Defensa del Papa, se mostraron fieles al legado de sabiduría venido del fondo de las eras. ¿No son ellos también, cada uno a su manera, hijos de la « madre de los santos », según la bella expresión del Papa Benedicto XV, quien « lamentaba no ser francés más que por el corazón »?

« Somos los hijos de los santos », exclama Violaine en L’Annonce faite à Marie. La gran familia de los santos de Francia de carismas tan diversos no cesa de incrementarse, por la generosidad de Juan Pablo II y sus canonizaciones multiplicadas hasta el domingo pasado todavía. A los mártires de los primeros siglos, sucede Martín de Tours, fundador del primer monasterio en Galia, en Ligugé. Luego vienen san Bernardo de Clairvaux, chantre de Nuestra Señora, los santos Abates de Cluny, y tantos fundadores de Órdenes religiosas, o monásticas, hombres y mujeres apasionados hasta el don radical de sí mismos, que arrastran tras de sí a multitudes de hermanos y hermanas de todas condiciones.

¿No asistimos hoy todavía, a una misteriosa copiosidad de comunidades nuevas en las que hombres y mujeres inspirados por el Espíritu de Jesús, se comprometen en la nueva evangelización? Como en su tiempo Francisco de Sales, Alfonso María de Liguori, el señor Vincent, el Cura de Ars y, más próximo de nosotros, el Padre Carlos de Foucault; como Margarita María Alacoque, Juana Francisca de Chantal, Catalina Labouré, Juana Jugan, Teresa de Lisieux y su hermana del Carmel, Elisabeth de la Trinidad, misionarios, obispos, laicos generosos siguen de cerca los pasos de los santos y de las santas de irradiación incomparable.

XI

¿Cómo no evocar aún la alta figura de Jacques Maritain de quien Etienne Gilson decía: « Supo crear un clima espiritual comparable al del siglo XIII, en el que cada uno decía la verdad de una manera tal que, a penas dicha, dejaba de pertenecerle »? Conservo el recuerdo, el 9 de diciembre de 1965, justo después de la clausura del Concilio, de ese filósofo endeble y arqueado, de ojos una dulzura extrema. Pablo VI que me había pedido recibirle se consideraba como su discípulo y él lo veneraba como a un padre. Preso de belleza, sediento de justicia, hambriento de verdad, enfrentado en su ser al drama espiritual de nuestro tiempo vivido hasta la angustia, Maritain, en esta « presente agonía del mundo », no cesa de combatir lo que él llama « un cristianismo decorativo » y de afirmar que « la fe debe ser una fe real, práctica, viva. Creer en Dios debe significar vivir de tal manera que la vida no podría ser vivida si Dios no existiese. Entonces la esperanza terrestre en el Evangelio podrá tornarse en la fuerza vivificadora de la historia temporal » (14).

Inspirador a la vez con René Cassin de la Declaración universal de los Derechos del Hombre, y con Jean Guitton del Mensaje a los intelectuales y a los hombres del pensamiento en la clausura del Concilio, Jacques Maritain es de eso que vieron en mayo del 68 una señal de alarma frente a un déficit de esperanza. Sintió profundamente la inmensa espera de los jóvenes, su sed de ideal y la necesidad de testigos.

Entre ellos, me es forzoso mencionar al humilde religioso dominicano, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalém y enseguida de la Revista Bíblica, el padre Marie-Joseph Lagrange. De cara al drama intelectual de la crítica racionalista, este « pionero que supo operar los discernimientos necesarios sobre la base de criterios seguros », según las palabras de Juan pablo II, voltea en provecho del creyente el arma del enemigo, tan bien que sus principios son unánimemente admitidos por la exegesis histórico-crítica.

Testigo también de lo que me place definir como la santidad de la inteligencia, el filósofo de Aix, Maurice Blondel, subraya la armonía entre la naturaleza y la gracia, entre la razón y la fe, y nos hace comprender el precio divino de la vida. Nutriéndose de las fuentes de la tradición dogmática, patrística y mística, vive intensamente su pensamiento.

Tres cardenales teólogos finalmente, Jean Daniélou, Henri de Lubac e Yves-Marie Congar, marcan el pensamiento teológico de la Iglesia, tanto por sus obras como por las grandes colecciones de las que son inspiradores, de Sources ChrétiennesFuentes Cristianas ») a Unam Sanctam, aporte irremplazable de la cultura francesa en el seno de la Iglesia. Siguiendo a la obra titánica del Abate Migne, ¿quién sabrá mesurar el aporte de los grandes diccionarios: Dictionnaire de Théologie catholique, Dictionnaire de la Bible y su Supplément, Dictionnaire d’Archéologie chrétienne et de Liturgie, Dictionnaire de Droit Canonique, y en fin Dictionnaire de Spiritualité?

XII

Me es preciso concluir. Lo haré brevemente. « La memoria de la esperanza. La cultura francesa en el seno de la Iglesia » se muestra extraordinariamente rica y fecunda a quien dirige sobre quince siglos de cristianismo en Francia, una mirada atenta. Esta historia está marcada por tantos siglos de santidad: santidad de lo político, santidad de la inteligencia y santidad popular, obras maestras de las artes, de las letras y de las ciencias, destello de un pensamiento de toda finura en su búsqueda incansable de lo universal.

Lacordaire, en su famoso discurso en el Púlpito de Nuestra Señora, el 14 de febrero de 1841, sobre la vocación de la nación francesa, afirmaba: « hace mucho tiempo, señores, que Dios dispuso de las naciones » (15). Y el hijo de san Dominico añadía enseguida esta vibrante advertencia: « No basta responder a su vocación. Hay que perseverar ». Yo no podría concluir mejor.

La memoria de la esperanza que he brevemente evocado podrá ayudarnos a ser testigos de esperanza para afrontar con fe las perspectivas y los desafíos del nuevo milenio.

S.E. el Cardenal Paul Poupard,
Presidente del Consejo Pontifical de la Cultura.

NOTAS:

1) Ya en su primer ensayo, La tentation de l’OccidentLa Tentación del Occidente », 1926) Malraux escribía: « La verdad absoluta ha sido para ustedes, europeos, Dios, y luego el hombre. Pero el hombre murió después de Dios y ustedes buscan con angustia aquel a quien podrán confiar su legado ».
2) Juan Pablo II, Message au peuple françaisMensaje al pueblo francés ») el 27 de mayo de 1980; Documentation Catholique nº 1788 (1980), página 551.
3) Cardinal Paul Poupard, France, fille aînée de l’Église. Éditions Régnier, 1995 y Le christianisme à l’aube du IIIe millénaire, París, Plon-Mame, 1999.
4) Juan Pablo II, Allocution en réponse au Président de la RépubliqueAlocución en respuesta al Presidente de la República »), el 30 de mayo de 1980, Documentation Catholique nº 1788 (1980), página 554.
5) Juan Pablo II, Homélie à l’occasion du XVe centenaire du baptême de ClovisHomilía en ocasión del XVº centenario del bautizo de Clovis »), el 22 de septiembre de 1996, DC nº 2146 (1996), p. 872.
6) Juan Pablo II, Allocution en réponse au Président de la RépubliqueAlocución en respuesta al Presidente de la República »), el 30 de mayo de 1980, DC nº 1788 (1980), p. 554.
7) Cardenal Eugenio Pacelli, Discours à Notre-Dame de ParisDiscurso en Nuestra Señora de París »), el 13 de julio de 1937, DC nº 38 (1937), col 255.
8) Cf. Cardenal Paul Poupard, Disours à l’ouverture du Colloque international “Monde médiéval et société chartraine”Discurso inaugural en la apertura del Coloquio Internacional “Mundo medieval y sociedad castrense” »), Chartres, el 8 de septiembre de 1994.
9) Saint-Exupéry, Pilote de guerrePiloto de guerra »), Gallimard, París 1942, p. 372–373.
10) Cf. Paul Poupard, XIXe siècle, Siècle de grâcesSiglo XIX, Siglo de gracias »). Ed. S.O.S., Paris 1982.
11) En efecto, la lengua francesa hace una clara distinción entre la palabra « espoir » que se refiere al hecho de aguardar algo con confianza, y « espérance », la esperanza propiamente, noción con una connotación más profunda, y que designa la espera de un bien que se desea intensamente y que normalmente depende o proviene de algo superior.
12) Juan Pablo II, Discours aux Évêques de FranceDiscurso a los Obispos de Francia »), el 1º de junio de 1980, DC 1788 (1980), p. 592.
13) Cf. Paul Poupard, Ce Pape est un don de DieuEste Papa es un don de Dios »), Mame-Plon, Paris 2001.
14) Jacques Maritain, La signification de l’athéisme contemporainEl significado del ateísmo contemporáneo »), París, D.D.B., colección « Courrier des Îles », 1949, p. 7 et 42.
15) Lacordaire, Discours sur la vocation de la nation françaiseDiscurso sobre la vocación de la nación francesa »), el 14 de febrero de 1841.

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