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Francósfera México-Francia
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
LA LENGUA FRANCESA DE CARA A LOS DESAFÍOS DE LA MODERNIDAD
Por el Profesor Rector
Gérald Antoine
Gramático, ex-rector de la Universidad de Orleáns-Tours, miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia.
Comendador de la Legión de Honor,
Comendador de la Orden Nacional del Mérito, Comendador de las Palmas Académicas, Oficial de las Artes y Letras, Oficial de la Orden de la Corona de Bélgica.
Pr. Gérald Antoine
Traducción de la Francósfera México-Francia ©

Artículo publicado por primera vez en la Revista de la AMOPA, Asociación de Miembros de las Palmas Académicas, n° 148, 2º trimestre, 2000.

Mi primera palabra será de agradecimiento y – si lo permiten – de cumplidos para la Asociación cultural de las Administraciones financieras y a su presidente.
El hecho que especialistas y practicantes de la Economía y de las Finanzas tengan la preocupación de la lengua Francesa y de sus capacidades para responder a las exigencias de la civilización actual y próxima es, en sí, un muy buen signo. Sin duda podrían ustedes haber escogido un mejor portavoz; pero el tema es sin duda del más alto precio.
Es por añadidura doblemente actual, casi demasiado: el término de « modernidad », está por doquier. En cuanto a la lengua Francesa, todavía el otro día Alain Decaux, en Le Figaro, lanzaba este grito; « Tengo miedo por el francés ».
A fin de cuentas, la calidad de ustedes de funcionarios especialistas en las disciplinas jurídicas, administrativas y contables, hace que sea casi una obligación para mí repudiar el plan en tres partes de regla para los retóricos, y adoptar, según el código de uso en la ENA, un ritmo binario. He aquí el orden que les propongo:

I – El francés: una lengua en peligro, amenazada a la vez:
  a – desde el exterior
b – En el interior
II – ¿Dónde buscar los remedios?
  a – Primero por el lado de los usuarios
b – Enseguida y sobre todo por el lado de los responsables de la Política y de la Economía.

 

I – UNA LENGUA EN PELIGRO

a – Crisis externa

La era de « la universalidad de la lengua Francesa » ha pasado. Entramos a la de la universalidad de la lengua inglesa. Seamos más precisos: el francés ya no es la lengua de comunicación por doquier oída y reconocida, incluidos los ámbitos de las ciencias, de las técnicas, de la economía – es decir en los sectores clave de la civilización moderna. Ha cedido el lugar al inglés.

Por largo tiempo titular de una cátedra de historia de la lengua en la Sorbona, bien puedo recurrir a una referencia histórica. Esta pérdida de crédito del francés se sitúa en el hilo directo de la evolución, tal como la había dibujado el alemán J.C. Schwab, de Stuttgart, laureado del Premio de la Academia de Berlín, ex-aequo con el francés Rivarol, en 1784.
Dicha Compañía había puesto a concurso un tema que ha quedado grabado en las memorias: « La Universalidad de la lengua Francesa ». Recalco de paso una incorrección no gramatical, sino oral, demasiado habitual en nuestros compatriotas: hacemos honor a Rivarol por su brillante Discurso; pero hacemos pesar un silencio opaco sobre el de Schwab, no obstante puesto con razón por el jurado berlinés en pie de igualdad con Rivarol, y pronto traducido a nuestra lengua por un erudito canónigo de Dijon, Denis Robelot.
Ahora, si Rivarol es más alerta que Schwab, es menos riguroso que él. Omite tratar la última de las tres preguntas planteadas. Las cito: « ¿Qué es lo que hizo de la lengua Francesa la lengua universal de Europa? ¿Por dónde merece esta prerrogativa? ¿Se puede presumir que la conserve? »
Solo Schwab se aplica a responder en este último punto, abriendo un abanico de hipótesis muy pertinentes. Pero mejor juzguen:
« Las otras lenguas que están en concurrencia con la lengua Francesa, no pueden quitarle a esta lengua el rango que ocupa más que en los casos siguientes, haría falta que ésta llegara a alterarse, o que la cultura de agudeza fuera descuidada en la nación que la habla, o que esta nación perdiese su influencia política, o que en estos tres aspectos una nación vecina recibiese un acrecentamiento proporcional ».
Pero no es todo. Precisa para terminar:
« Esto no debe entenderse más que de Europa; pues la lengua inglesa puede, según la relación de los crecimientos de la América septentrional, adquirir en ella un imperio prodigioso ».

Pues bien, un poco más de doscientos años han transcurrido y henos aquí, casi en todos aspectos pero sobre todo en el último, en la exacta situación que Schwab había presentado en calidad de hipótesis.
1 – La lengua Francesa, incontestablemente, se ha « alterado », ya volveremos a ello. Es conveniente solamente añadir que sus vecinas, sometidas a presiones comparables, se han alterado igualmente, y tal vez más.
2 – Es de temerse mucho que « la cultura de agudeza », para hablar como Schwab, sea cada vez más descuidada por una amplia parte de nuestra colectividad nacional. Sin embargo, en este caso también, sin duda no se trata de un mal exclusivamente francés. Los mismos factores, ante todo sociológicos, ejercen los mismos efectos perversos sobre el concierto de las naciones en su conjunto. Resulta que ante los ojos del mundo, Francia tenía, más que las demás naciones, imperiosos deberes por llenar en los ámbitos de la inteligencia y de la espiritualidad. Es en eso que parecíamos más culpables que los demás.
3 – Pero lo que golpea más duramente a Francia en relación a los demás países de Europa, y mucho más aún con relación a los de más allá del Atlántico por un lado, del Extremo Oriente por el otro, es « la pérdida de su influencia política ». Dejamos pulverizarse, a un ritmo acelerado, primero entre las dos guerras mundiales, luego de manera agravada tras la segunda, nuestro crédito político en el sentido más amplio en el mundo.
Ahora – sería urgente tomar consciencia de ello – la vitalidad de un idioma depende de la capacidad de expansión política, económica, científica, cultural del país en el que se habla y se escribe. Por su parte Rivarol lo había magníficamente percibido: « Sucedió que nuestros vecinos, recibiendo sin cesar muebles, telas y modas que se renovaban sin cesar, se vieron faltos de términos para expresarlos: estuvieron como agobiados ante la exuberancia de la industria Francesa, tanto que cogió a Europa como una impaciencia general, y que, para ya no estar separado de nosotros, se estudió nuestra lengua de todos lados ».
A medida que la industria Francesa perdió de su « exuberancia », de su poder de irradiación, la lengua francesa, por el mismo movimiento, vio reducirse igualmente sus capacidades de « defensa » y más aún de « ilustración ».
4 – Esto una vez planteado, es de manera evidente la última predicción de Schwab la que se inscribió y continúa inscribiéndose más cruelmente en los hechos. De hecho no es más que la manifestación, a la escala planetaria, del fenómeno precedente: a medida que la América septentrional extiende sobre el universo su imperio (o su influencia) en el ámbito de la investigación y de las realizaciones científicas, técnicas, militares, etc., la lengua que se practica, tan alterada como esté, incrementa en proporción su influencia y su difusión.
Para limitarme a un simple factor numérico, he aquí las cifras que tengo de mi cofrade Jacques Dupâquier, gran demógrafo ante el Eterno: según el censo de 1790, se contaba 3 920 000 estadounidenses. Hoy en día son 305 millones. La « proporción » es pues próxima de 1 a 100.

b – Crisis interna

En la época en que Rivarol y Schwab formulaban sus diagnósticos, el francés escrito vigilado, y más especialmente literario, seguía viviendo a costas de la herencia de la Escuela clásica. Nuestros grandes escritores del Siglo de las Luces, tan diversos por el temperamento y el estilo, se empleaban en hacer fructificar este tesoro común en el respeto de los códigos de gramática y de retórica elaborados por la línea de Malherbe, Vaugelas, Bouhours y sus sucesores. Ninguna amenaza de alteración despuntaba en el horizonte.
Aproximadamente treinta y cinco años después, estalla la revolución romántica. Perdona sin embargo a la arquitectura de la lengua: recordemos la consigna hugoliana: « Guerra a la retórica, y paz a la sintaxis ».
Medio siglo más tarde sobrevienen los movimientos simbolistas: esta vez la turbulencia se extiende fuera del vocabulario y toca a la sintaxis y la prosodia.
Unas décadas más, y el barullo del surrealismo alcanza todas las formas de expresión, pasando los límites del arte y apoderándose hasta de la plaza pública. Céline y sus epígonos no tendrán desde ese momento más que pasar de las aliteraciones crecientes al abandono puro y simple del uso que se creía establecido, en provecho de un modo de elocución « absolutamente moderno », como ya lo decía Rimbaud.
Recordémoslo: desesperando de las posibilidades de fecundación del francés escrito tradicional, heredero de la era clásica, Queneau apela a un « neo-francés » alimentado lo más posible por los recursos del lenguaje hablado. He aquí por el ejemplo cómo se expresa en su Antología de los Nuevos autores reunidos: « El francés es una lengua muerta – y rica como una lengua muerta – que puede ser utilizada todavía durante cientos de años como lo ha sido el latín. Pero este francés lengua muerta tiene un vástago que es el francés hablado vivo, lengua despreciada por los doctos y los intelectuales, pero que tiene perfectamente derecho a ser elevado a la dignidad de lengua de civilización y de lengua de cultura, como otrora el dialecto de los campiranos del Latium y el parloteo de los Carolingios ».
Y más lejos el padre de Zazie se resume: « Se trata de elaborar una nueva lengua ».
Al mismo tiempo, los estremecimientos políticos y sociales sucesivos hacen que los niveles de lengua se enturbien, las libertades se difundan, – en dos palabras, el francés responde cada vez menos al ideal que se había fijado: « la lengua: en perpetua vigilancia de sí misma » (Mario Roques) parece desde ahora librada a todas las desvergüenzas.
Pero lo más grave, (y que, al parecer, nunca ha sido señalado) me queda por decir: de evoluciones en revoluciones nuestra lengua ha terminado por renegar de lo que representaba, con razón o sin ella, a los ojos de la Europa entera, su genio propio, confundido con el de la Nación francesa: orden, claridad, pureza, nitidez. Ahora, son todas esas justamente virtudes altamente reclamadas ya no por los letrados, sino por los investigadores, analistas, tomadores de decisión, comprometidos en las vías del progreso científico, técnico, industrial. ¿No es éste el colmo del infortunio?

 

II - ¿DÓNDE ESTÁN LOS REMEDIOS?

Un lingüista de altos vuelos, Gustave Guillaume, enunció antaño un axioma definitivo: « No es el lenguaje el que es inteligente, sino la manera como se emplea ».
Yo añadiría: « y como se lo recibe ».
Esta puesta a punto viene felizmente a recortarle las alas a un viejo mito de tres siglos: « el genio de la lengua ». La expresión reaparece doce veces en el Discurso de Rivarol, quien se aplica en inventariar los componentes de ese famoso genio: « Segura, social, razonable, ya no es la lengua francesa, es la lengua humana ».
« Lo que no es claro, no es francés ».
Un siglo más tarde, Renan reincidirá: « El francés es una lengua liberal verdaderamente. Ha sido buena para el débil, para el pobre. El fanatismo es imposible en francés, le tengo horror al fanatismo, lo confieso, sobre todo al fanatismo musulmán: pues bien, esa gran plaga cesará por el francés, nunca un musulmán que sepa francés será un musulmán peligroso. Es una lengua excelente para la duda... ».
La frase exige sin duda ser completada: « ... cuando es Renan quien la utiliza. ¡Pero es igualmente excelente para afirmar y para proscribir la duda, cuando es un Bossuet quien la emplea! ».
Conclusión práctica, para volver a los remedios propios para devolver a la lengua francesa su audiencia y su eficacia de antaño: no deben buscarse en la lengua, sino en quienes la manejan. Algunos de ellos pertenecen a los usuarios del francés que somos todos – en particular a aquellos, entre esos usuarios, que se dedican a difundirlo, a enseñarlo, a codificarlo. Los demás pertenecen a los habientes del poder – y cada quien lo sabe: hoy en día, más aún que en tiempos de Rivarol, el poder económico tiende a prevalecer sobre el político.

a – Por el lado de los usuarios

Es conveniente distinguir por lo menos tres tipos: por un lado el pequeño número de los que solicitan la lengua con fines de creación literaria – prosa, poesía, teatro, etc. Por el otro, el gran conjunto de los que lo emplean con fines más ordinarios, de simple práctica cotidiana. Entre los dos se sitúa un amplio cuerpo intermediario, él mismo abigarrado, que comprende a los que escriben o hablan para convencer, o para demostrar o para comunicar a un gran número (dicho de otra forma, a los practicantes de los medios de comunicación), o finalmente para enseñar.
¿De los primeros, qué debemos esperar? – No se gobierna al talento, menos aún al genio. Lo que hay que desear es que vuelva el tiempo en que Francia producía genios literarios en abundancia. Es claro que la gloria de los grandes escritores no tarda en repercutir poderosamente sobre el renombre de su lengua y de su mismo país. A los usuarios ordinarios, hay que recomendarles tener el cuidado, el respeto constante de la lengua, elemento esencial del patrimonio común. En este aspecto los padres tienen deberes para con sus hijos: en cada familia, un cuarto de hora cotidiano debería estar consagrado a un estudio de la lengua llevado a cabo por ejemplo a través de la página de un diccionario, o de gramática, o de un gran autor.
« Los cuerpos intermediarios », aseguran, por supuesto, una parte de responsabilidad mucho más grande. Entre ellos se destacan en primera línea – cada quien lo comprende – los especialistas de los medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales y los maestros de los tres grados.
Tenemos derecho, incluso tenemos el deber de exigir de los primeros (los actores de los medios de comunicación) que manejen una lengua correcta, simple, clara. Correcta sobre todo. ¿Quieren ustedes dos ilustraciones, tomadas en vivo de faltas manifiestas?
Una de ellas, tomada de un telediario del 26 de noviembre [de 1999], no es de la variedad más execrable, pero refleja un vicio que se disemina por todas partes: la redundancia, la superfluidad. Se nos hablaba de un atentado perpetrado en Córcega por « telecontrol a distancia ». ¡Es olvidar que el prefijo «tele» significa ya « a distancia »! Yo les decía que este mal tiende a esparcirse por doquier. Maurice Allais, Premio Nobel de Economía, me aporta bien involuntariamente la prueba de ello. Leo en su libro sobre la mundialización que sale en estos días, en la página 72: « Los efectos del libre intercambio mundialista no se han limitado solamente a un desarrollo masivo del desempleo... ». En la página 215, el subtítulo: « Francia se autodestruye a sí misma ». ¡El eminente Maurice Allais se une aquí exactamente a la encantadora Carole Gaessler!
Retuve el otro ejemplo, mucho más inquietante, hace dos semanas, en un periódico nocturno no obstante reputado por su seriedad a veces un poco profesoral. Se trata nuevamente de las desdichas de Córcega. No solo la frase figura en el cuerpo de un artículo, sino que está reproducida en caracteres grasos en un encuadrado: « Córcega está pacheca de subvenciones y de dinero público y su dealer vive en París ». Ni el término de argot «pacheca», ni el anglicismo «dealer» están en itálico; en añadidura uno puede preguntarse, visto el contexto, si « pacheca » está empleado en el sentido propio o figurado (1). Henos aquí lejos de la claridad francesa...
¿Qué decir ahora a los maestros de lengua? – En todo caso una cosa. Ojalá puedan volver a encontrar el camino del buen sentido, dejar de enseñar la gramática normativa – ¡a menudo en qué jerga! – a los alumnos de menos de doce o trece años, la mayoría de ellos impermeables a toda abstracción. Que les hagan descubrir en revancha los recursos de su lengua, – primeramente las del vocabulario, también las de su distribución en la frase, por medio de las vías más humildemente concretas: lectura, escritura, recitación, aprendizaje continuo de las palabras y de los giros. A partir del segundo ciclo del segundo grado vendrá el tiempo de iniciar a la gramática, a su historia y a sus normas, a los adolescentes vueltos capaces no solo de astringirse a ella, sino de interesarse.
Añadiré aquí una advertencia, así sea severa, dirigida a una categoría de usuarios muy particular: la que está oficialmente encargado de la defensa de la lengua francesa, cohorte entre todas valerosa, pero demasiado a menudo perdida por directivas desafortunadas.
¿Qué consignas es pues conveniente dar a los militantes titulados de la lengua francesa? Primero echar fuera de su vocabulario la palabra defensa que es ambigua, y no retener más que los vocablos, ilustración, difusión, irradiación. Enseguida volver, ellos también, a los caminos del buen sentido. Esto significa: reconocer francamente las necesidades y las exigencias de la modernidad. Nombrémoslas: claridad, precisión, rapidez. Estamos desde ahora en búsqueda ya no del tiempo perdido, sino a no perder. Esto vale en primer lugar para la lengua, espejo del pensamiento; ahora, de este punto de vista, hay que admitirlo: el inglés, como idioma al servicio de las ciencias, de las técnicas, de los negocios, prevalece cada vez más sobre el francés, gracias a sus estructuras propias, pero también al pragmatismo de sus utilizadores, comenzando por los jefes de fila en los diversos sectores de actividad.
El azar de los encuentros me ha hecho recoger en ese aspecto testimonios de una cruel concordancia. Unos de ellos pertenecen a representantes de esta categoría nueva nacida de la mundialización: los ejecutivos y dirigentes de empresas que brincan en la misma semana de Nueva York a Nueva Delhi para hablar de estrategia en el ámbito de la investigación, de la industria o del comercio. Su diagnóstico es invariable: el inglés es un medio de comunicación más directo, más neto que el francés. Otros ecos me llegaron del círculo tan discreto como competente de los intérpretes de conferencias internacionales. Tomé al vuelo sobre todo esta fórmula: « El sentido es mucho más lento de obtener en francés que en inglés. » Motivo: « el inglés es más sintético; la palabra inglesa posee una autonomía semántica más fuerte que la palabra francesa ».
¿Hay que detallar más? – Las ventajas del inglés son conocidas: sintaxis simple; morfología aligerada (una única reserva: el abuso de verbos irregulares, pero los locutores actuales reducen todo al presente); creación de palabras fácil gracias en particular al milagroso sufijo - ing; gusto cada vez más pronunciado por los términos cortos y los giros directos. La lengua inglesa de nuestros días es a la imagen de Perrette plasmada por La Fontaine, « ligera y poco vestida... habiéndose puesto..., para ser más ágil, cotillón simple y zapatos planos ».
El francés, a la inversa, adopta demasiado frecuentemente un proceder sinuoso, cortado por incidentes, atestado de circunstanciales. Incluso su léxico se ha vuelto pesado. Me limitaré, en cuestión de ejemplos, a un breve vistazo a éste último.
La informática ensancha cada día su dominio, y por eso mismo su terminología. Ahora, constatamos un triple fracaso del francés. Por un lado casi todas las innovaciones tecnológicas vienen de los Estados Unidos y reciben por consiguiente un nombre inglés. Por otra parte, nuestros afrancesadores por la fuerza, en vez de inventar un equivalente tan corto y de ser posible más corto que el término inglés, proponen palabras, incluso grupos de palabras más substanciosos: desde ese momento éstos no tienen ninguna oportunidad de vencer. Así frente a hacker: desarrollador de código; a web: red Internet. Nos es preciso sin embargo notar algunas mejorías recientes. Por ejemplo: a los términos de un decreto del 18 de enero de 1973 que contiene una larga lista de equivalentes franceses puestos de cara a anglicismos que proscribir, se nos rogó remplazar marketing por mercatorisation (2). Desde entonces, se ha abreviado ese monstruo a mercatique (3) Otro progreso sensible: nuestros terminólogos propusieron primero, en vez de bug: error de código. Pero enseguida, dándose cuenta de la presencia, en francés, de un vocablo casi homónimo, sugirieron bogue, hoy ampliamente adoptado (4).
Tercer factor de fracaso: nuestros equivalentes franceses pecan por el exceso de largor no solo en el espacio, sino en el tiempo. Así es como Gérard Théry nos señalaba, el otro día, que el inglés back-bones, que designa ciertas variedades de rutas Internet transcontinentales espera desde hace ya muchos meses un equivalente francés. Si tarda todavía, nacerá como abortón. Que se me permita todavía un consejo dirigido a los encargados del mantenimiento y de la buena salud del francés: sean menos temerosos, menos jansenistas, más cercanos de Rabelais el vivificante que de Malherbe el mortificante. La lengua es un organismo vivo, por tanto tiempo como vivan quienes la usan. En esta calidad, tiene necesidad de alimentarse, si no, se debilita. Pero todo nutricionista se los dirá: debe alimentarse con moderación y en base a alimentos sanos y bien asimilados.

b – Por el lado de los responsables de la economía y de la política

Es a ellos para quienes habría más por decir. El lugar me falta, pero por ese hecho mismo basta poco para expresar lo que, por mucho, pesa más.
El ya citado Rivarol nos había soberbiamente dado la clave del problema: el poder económico, el prestigio político de una nación hacen, en lo esencial, la riqueza y la irradiación de su lengua. Que nuestros investigadores encuentren más y que antes de los demás nombren sus hallazgos; que nuestras empresas produzcan más, mejor y a mejor precio que las concurrentes extranjeras; que nuestros responsables políticos se dediquen menos a los placeres fáciles, sospechosos a veces, de las conmemoraciones y las retrospectivas, que miren más bien derecho hacia el porvenir, con la ambición de liberar todas las energías creadoras e inventivas, entonces la nación revivirá, y su lengua con ella.

Señoras, Señores, sus lazos con la gran Casa de Bercy me sugieren, para concluir, tomar prestado a un ministro de Finanzas vuelto célebre, al cual una sólida biografía acaba apenas de ser consagrada: el Barón Louis.
¿Qué le decía éste pues al Rey-ciudadano, su soberano? – « Hacednos buena política y os haré buenas finanzas ». Pues bien, hoy el gramático, el historiador de la lengua tiene la obligación de decir a nuestros dirigentes en todos los ámbitos: « Hágannos buena política, buenas finanzas, buena industria, y – se los puedo asegurar – les haremos buena y hermosa lengua francesa ».

NOTAS:

1) « Camée », en el texto original: « drogada ».
2) Traducido literalmente tendríamos el neologismo: « mercatorización ». En castellano contamos con el término « mercadotecnia ».
3) Literalmente: « mercático ».
4) La palabra francesa « bogue » significa « erizo ».

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