| LA
LENGUA FRANCESA DE CARA
A LOS DESAFÍOS DE
LA MODERNIDAD |
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| Por
el Profesor Rector
|
Gérald
Antoine
Gramático, ex-rector
de la Universidad de Orleáns-Tours,
miembro de la Academia de Ciencias
Morales y Políticas del Instituto
de Francia.
Comendador de la Legión de
Honor,
Comendador de la Orden Nacional del
Mérito, Comendador de las Palmas
Académicas, Oficial de las
Artes y Letras, Oficial de la Orden
de la Corona de Bélgica. |
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Traducción
de la Francósfera México-Francia
© |
Artículo
publicado por primera vez en la Revista
de la AMOPA, Asociación de Miembros
de las Palmas
Académicas, n° 148, 2º
trimestre, 2000.
Mi
primera palabra será de agradecimiento
y – si lo permiten – de cumplidos
para la Asociación cultural de las
Administraciones financieras y a su presidente.
El hecho que especialistas y practicantes
de la Economía y de las Finanzas tengan
la preocupación de la lengua Francesa
y de sus capacidades para responder a las
exigencias de la civilización actual
y próxima es, en sí, un muy
buen signo. Sin duda podrían ustedes
haber escogido un mejor portavoz; pero el
tema es sin duda del más alto precio.
Es por añadidura doblemente actual,
casi demasiado: el término de «
modernidad », está por
doquier. En cuanto a la lengua Francesa, todavía
el otro día Alain Decaux, en Le
Figaro, lanzaba este grito; « Tengo
miedo por el francés ».
A fin de cuentas, la calidad de ustedes de
funcionarios especialistas en las disciplinas
jurídicas, administrativas y contables,
hace que sea casi una obligación para
mí repudiar el plan en tres partes
de regla para los retóricos, y adoptar,
según el código de uso en la
ENA, un ritmo binario. He aquí el orden
que les propongo:
|
I – El francés: una lengua
en peligro, amenazada a la vez: |
| |
a –
desde el exterior
b – En el interior |
| II
– ¿Dónde buscar los
remedios? |
| |
a –
Primero por el lado de los usuarios
b – Enseguida y sobre todo por el
lado de los responsables de la Política
y de la Economía. |
I –
UNA LENGUA EN PELIGRO
a
– Crisis externa
La era de
« la universalidad de la lengua
Francesa » ha pasado. Entramos
a la de la universalidad de la lengua inglesa.
Seamos más precisos: el francés
ya no es la lengua de comunicación
por doquier oída y reconocida, incluidos
los ámbitos de las ciencias, de las
técnicas, de la economía –
es decir en los sectores clave de la civilización
moderna. Ha cedido el lugar al inglés.
Por largo
tiempo titular de una cátedra de historia
de la lengua en la Sorbona, bien puedo recurrir
a una referencia histórica. Esta pérdida
de crédito del francés se sitúa
en el hilo directo de la evolución,
tal como la había dibujado el alemán
J.C. Schwab, de Stuttgart, laureado del Premio
de la Academia de Berlín, ex-aequo
con el francés Rivarol, en 1784.
Dicha Compañía había
puesto a concurso un tema que ha quedado grabado
en las memorias: « La
Universalidad de la lengua Francesa ».
Recalco de paso una incorrección no
gramatical, sino oral, demasiado habitual
en nuestros compatriotas: hacemos honor a
Rivarol por su brillante Discurso; pero hacemos
pesar un silencio opaco sobre el de Schwab,
no obstante puesto con razón por el
jurado berlinés en pie de igualdad
con Rivarol, y pronto traducido a nuestra
lengua por un erudito canónigo de Dijon,
Denis Robelot.
Ahora, si Rivarol es más alerta que
Schwab, es menos riguroso que él. Omite
tratar la última de las tres preguntas
planteadas. Las cito: « ¿Qué
es lo que hizo de la lengua Francesa la lengua
universal de Europa? ¿Por dónde
merece esta prerrogativa? ¿Se puede
presumir que la conserve? »
Solo Schwab se aplica a responder en este
último punto, abriendo un abanico de
hipótesis muy pertinentes. Pero mejor
juzguen:
« Las otras lenguas que están
en concurrencia con la lengua Francesa, no
pueden quitarle a esta lengua el rango que
ocupa más que en los casos siguientes,
haría falta que ésta llegara
a alterarse, o que la cultura de agudeza fuera
descuidada en la nación que la habla,
o que esta nación perdiese su influencia
política, o que en estos tres aspectos
una nación vecina recibiese un acrecentamiento
proporcional ».
Pero no es todo. Precisa para terminar:
« Esto no debe entenderse más
que de Europa; pues la lengua inglesa puede,
según la relación de los crecimientos
de la América septentrional, adquirir
en ella un imperio prodigioso ».
Pues bien,
un poco más de doscientos años
han transcurrido y henos aquí, casi
en todos aspectos pero sobre todo en el último,
en la exacta situación que Schwab había
presentado en calidad de hipótesis.
1 – La lengua Francesa, incontestablemente,
se ha « alterado », ya
volveremos a ello. Es conveniente solamente
añadir que sus vecinas, sometidas a
presiones comparables, se han alterado igualmente,
y tal vez más.
2 – Es de temerse mucho que «
la cultura de agudeza », para
hablar como Schwab, sea cada vez más
descuidada por una amplia parte de nuestra
colectividad nacional. Sin embargo, en este
caso también, sin duda no se trata
de un mal exclusivamente francés. Los
mismos factores, ante todo sociológicos,
ejercen los mismos efectos perversos sobre
el concierto de las naciones en su conjunto.
Resulta que ante los ojos del mundo, Francia
tenía, más que las demás
naciones, imperiosos deberes por llenar en
los ámbitos de la inteligencia y de
la espiritualidad. Es en eso que parecíamos
más culpables que los demás.
3 – Pero lo que golpea más duramente
a Francia en relación a los demás
países de Europa, y mucho más
aún con relación a los de más
allá del Atlántico por un lado,
del Extremo Oriente por el otro, es «
la pérdida de su influencia
política ». Dejamos
pulverizarse, a un ritmo acelerado, primero
entre las dos guerras mundiales, luego de
manera agravada tras la segunda, nuestro crédito
político en el sentido más amplio
en el mundo.
Ahora – sería urgente tomar consciencia
de ello – la vitalidad de un idioma
depende de la capacidad de expansión
política, económica, científica,
cultural del país en el que se habla
y se escribe. Por su parte Rivarol lo había
magníficamente percibido: « Sucedió
que nuestros vecinos, recibiendo sin cesar
muebles, telas y modas que se renovaban sin
cesar, se vieron faltos de términos
para expresarlos: estuvieron como
agobiados ante la exuberancia de la industria
Francesa, tanto que cogió
a Europa como una impaciencia general, y que,
para ya no estar separado de nosotros, se
estudió nuestra lengua de todos lados
».
A medida que la industria Francesa perdió
de su « exuberancia »,
de su poder de irradiación, la lengua
francesa, por el mismo movimiento, vio reducirse
igualmente sus capacidades de « defensa
» y más aún de «
ilustración ».
4 – Esto una vez planteado, es de manera
evidente la última predicción
de Schwab la que se inscribió y continúa
inscribiéndose más cruelmente
en los hechos. De hecho no es más que
la manifestación, a la escala planetaria,
del fenómeno precedente: a medida que
la América septentrional extiende sobre
el universo su imperio (o su influencia) en
el ámbito de la investigación
y de las realizaciones científicas,
técnicas, militares, etc., la lengua
que se practica, tan alterada como esté,
incrementa en proporción su influencia
y su difusión.
Para limitarme a un simple factor numérico,
he aquí las cifras que tengo de mi
cofrade Jacques Dupâquier, gran demógrafo
ante el Eterno: según el censo de 1790,
se contaba 3 920 000 estadounidenses. Hoy
en día son 305 millones. La «
proporción » es pues
próxima de 1 a 100.
b
– Crisis interna
En la época
en que Rivarol y Schwab formulaban sus diagnósticos,
el francés escrito vigilado, y más
especialmente literario, seguía viviendo
a costas de la herencia de la Escuela clásica.
Nuestros grandes escritores del Siglo de las
Luces, tan diversos por el temperamento y
el estilo, se empleaban en hacer fructificar
este tesoro común en el respeto de
los códigos de gramática y de
retórica elaborados por la línea
de Malherbe, Vaugelas, Bouhours y sus sucesores.
Ninguna amenaza de alteración despuntaba
en el horizonte.
Aproximadamente treinta y cinco años
después, estalla la revolución
romántica. Perdona sin embargo a la
arquitectura de la lengua: recordemos la consigna
hugoliana: « Guerra a la retórica,
y paz a la sintaxis ».
Medio siglo más tarde sobrevienen los
movimientos simbolistas: esta vez la turbulencia
se extiende fuera del vocabulario y toca a
la sintaxis y la prosodia.
Unas décadas más, y el barullo
del surrealismo alcanza todas las formas de
expresión, pasando los límites
del arte y apoderándose hasta de la
plaza pública. Céline y sus
epígonos no tendrán desde ese
momento más que pasar de las aliteraciones
crecientes al abandono puro y simple del uso
que se creía establecido, en provecho
de un modo de elocución « absolutamente
moderno », como ya lo decía
Rimbaud.
Recordémoslo: desesperando de las posibilidades
de fecundación del francés escrito
tradicional, heredero de la era clásica,
Queneau apela a un « neo-francés
» alimentado lo más posible por
los recursos del lenguaje hablado. He aquí
por el ejemplo cómo se expresa en su
Antología de los Nuevos autores
reunidos: « El francés
es una lengua muerta – y rica como una
lengua muerta – que puede ser utilizada
todavía durante cientos de años
como lo ha sido el latín. Pero este
francés lengua muerta tiene un vástago
que es el francés hablado vivo, lengua
despreciada por los doctos y los intelectuales,
pero que tiene perfectamente derecho a ser
elevado a la dignidad de lengua de civilización
y de lengua de cultura, como otrora el dialecto
de los campiranos del Latium y el parloteo
de los Carolingios ».
Y más lejos el padre de Zazie se resume:
« Se trata de elaborar una nueva
lengua ».
Al mismo tiempo, los estremecimientos políticos
y sociales sucesivos hacen que los niveles
de lengua se enturbien, las libertades se
difundan, – en dos palabras, el francés
responde cada vez menos al ideal que se había
fijado: « la lengua: en perpetua
vigilancia de sí misma »
(Mario Roques) parece desde ahora librada
a todas las desvergüenzas.
Pero lo más grave, (y que, al parecer,
nunca ha sido señalado) me queda por
decir: de evoluciones en revoluciones nuestra
lengua ha terminado por renegar de lo que
representaba, con razón o sin ella,
a los ojos de la Europa entera, su genio propio,
confundido con el de la Nación francesa:
orden, claridad,
pureza, nitidez.
Ahora, son todas esas justamente virtudes
altamente reclamadas ya no por los letrados,
sino por los investigadores, analistas, tomadores
de decisión, comprometidos en las vías
del progreso científico, técnico,
industrial. ¿No es éste el colmo
del infortunio?
II
- ¿DÓNDE ESTÁN LOS REMEDIOS?
Un lingüista
de altos vuelos, Gustave Guillaume, enunció
antaño un axioma definitivo: «
No es el lenguaje el que es inteligente,
sino la manera como se emplea ».
Yo añadiría: « y como
se lo recibe ».
Esta puesta a punto viene felizmente a recortarle
las alas a un viejo mito de tres siglos: «
el genio de la lengua ». La
expresión reaparece doce veces en el
Discurso de Rivarol, quien se aplica
en inventariar los componentes de ese famoso
genio: « Segura, social, razonable,
ya no es la lengua francesa, es la lengua
humana ».
« Lo que no es claro, no es francés
».
Un siglo más tarde, Renan reincidirá:
« El francés es una lengua
liberal verdaderamente. Ha sido buena para
el débil, para el pobre. El fanatismo
es imposible en francés, le tengo horror
al fanatismo, lo confieso, sobre todo al fanatismo
musulmán: pues bien, esa gran plaga
cesará por el francés, nunca
un musulmán que sepa francés
será un musulmán peligroso.
Es una lengua excelente para la duda...
».
La frase exige sin duda ser completada: «
... cuando es Renan quien la utiliza.
¡Pero es igualmente excelente para afirmar
y para proscribir la duda, cuando es un Bossuet
quien la emplea! ».
Conclusión práctica, para volver
a los remedios propios para devolver a la
lengua francesa su audiencia y su eficacia
de antaño: no deben buscarse en la
lengua, sino en quienes la manejan. Algunos
de ellos pertenecen a los usuarios del francés
que somos todos – en particular a aquellos,
entre esos usuarios, que se dedican a difundirlo,
a enseñarlo, a codificarlo. Los demás
pertenecen a los habientes del poder –
y cada quien lo sabe: hoy en día, más
aún que en tiempos de Rivarol, el poder
económico tiende a prevalecer sobre
el político.
a
– Por el lado de los usuarios
Es conveniente
distinguir por lo menos tres tipos: por un
lado el pequeño número de los
que solicitan la lengua con fines de creación
literaria – prosa, poesía, teatro,
etc. Por el otro, el gran conjunto de los
que lo emplean con fines más ordinarios,
de simple práctica cotidiana. Entre
los dos se sitúa un amplio cuerpo intermediario,
él mismo abigarrado, que comprende
a los que escriben o hablan para convencer,
o para demostrar o para comunicar a un gran
número (dicho de otra forma, a los
practicantes de los medios de comunicación),
o finalmente para enseñar.
¿De los primeros, qué debemos
esperar? – No se gobierna al talento,
menos aún al genio. Lo que hay que
desear es que vuelva el tiempo en que Francia
producía genios literarios en abundancia.
Es claro que la gloria de los grandes escritores
no tarda en repercutir poderosamente sobre
el renombre de su lengua y de su mismo país.
A los usuarios ordinarios, hay que recomendarles
tener el cuidado, el respeto constante de
la lengua, elemento esencial del patrimonio
común. En este aspecto los padres tienen
deberes para con sus hijos: en cada familia,
un cuarto de hora cotidiano debería
estar consagrado a un estudio de la lengua
llevado a cabo por ejemplo a través
de la página de un diccionario, o de
gramática, o de un gran autor.
« Los cuerpos intermediarios
», aseguran, por supuesto, una parte
de responsabilidad mucho más grande.
Entre ellos se destacan en primera línea
– cada quien lo comprende – los
especialistas de los medios de comunicación
tanto escritos como audiovisuales y los maestros
de los tres grados.
Tenemos derecho, incluso tenemos el deber
de exigir de los primeros (los actores de
los medios de comunicación) que manejen
una lengua correcta, simple, clara. Correcta
sobre todo. ¿Quieren ustedes dos ilustraciones,
tomadas en vivo de faltas manifiestas?
Una de ellas, tomada de un telediario del
26 de noviembre [de 1999], no es de la variedad
más execrable, pero refleja un vicio
que se disemina por todas partes: la redundancia,
la superfluidad. Se nos hablaba de un atentado
perpetrado en Córcega por « telecontrol
a distancia ». ¡Es olvidar
que el prefijo «tele»
significa ya « a distancia
»! Yo les decía que este mal
tiende a esparcirse por doquier. Maurice Allais,
Premio Nobel de Economía, me aporta
bien involuntariamente la prueba de ello.
Leo en su libro sobre la mundialización
que sale en estos días, en la página
72: « Los efectos del libre intercambio
mundialista no se han limitado solamente a
un desarrollo masivo del desempleo...
». En la página 215, el subtítulo:
« Francia se autodestruye a sí
misma ». ¡El eminente Maurice
Allais se une aquí exactamente a la
encantadora Carole Gaessler!
Retuve el otro ejemplo, mucho más inquietante,
hace dos semanas, en un periódico nocturno
no obstante reputado por su seriedad a veces
un poco profesoral. Se trata nuevamente de
las desdichas de Córcega. No solo la
frase figura en el cuerpo de un artículo,
sino que está reproducida en caracteres
grasos en un encuadrado: « Córcega
está pacheca
de subvenciones y de dinero público
y su dealer vive
en París ». Ni el término
de argot «pacheca», ni
el anglicismo «dealer»
están en itálico; en añadidura
uno puede preguntarse, visto el contexto,
si « pacheca » está
empleado en el sentido propio o figurado (1).
Henos aquí lejos de la claridad francesa...
¿Qué decir ahora a los maestros
de lengua? – En todo caso una cosa.
Ojalá puedan volver a encontrar el
camino del buen sentido, dejar de enseñar
la gramática normativa – ¡a
menudo en qué jerga! – a los
alumnos de menos de doce o trece años,
la mayoría de ellos impermeables a
toda abstracción. Que les hagan descubrir
en revancha los recursos de su lengua, –
primeramente las del vocabulario, también
las de su distribución en la frase,
por medio de las vías más humildemente
concretas: lectura, escritura, recitación,
aprendizaje continuo de las palabras y de
los giros. A partir del segundo ciclo del
segundo grado vendrá el tiempo de iniciar
a la gramática, a su historia y a sus
normas, a los adolescentes vueltos capaces
no solo de astringirse a ella, sino de interesarse.
Añadiré aquí una advertencia,
así sea severa, dirigida a una categoría
de usuarios muy particular: la que está
oficialmente encargado de la defensa de la
lengua francesa, cohorte entre todas valerosa,
pero demasiado a menudo perdida por directivas
desafortunadas.
¿Qué consignas es pues conveniente
dar a los militantes titulados de la lengua
francesa? Primero echar fuera de su vocabulario
la palabra defensa que es ambigua, y no retener
más que los vocablos, ilustración,
difusión, irradiación. Enseguida
volver, ellos también, a los caminos
del buen sentido. Esto significa: reconocer
francamente las necesidades y las exigencias
de la modernidad. Nombrémoslas: claridad,
precisión, rapidez. Estamos desde ahora
en búsqueda ya no del tiempo perdido,
sino a no perder. Esto vale en primer lugar
para la lengua, espejo del pensamiento; ahora,
de este punto de vista, hay que admitirlo:
el inglés, como idioma al servicio
de las ciencias, de las técnicas, de
los negocios, prevalece cada vez más
sobre el francés, gracias a sus estructuras
propias, pero también al pragmatismo
de sus utilizadores, comenzando por los jefes
de fila en los diversos sectores de actividad.
El azar de los encuentros me ha hecho recoger
en ese aspecto testimonios de una cruel concordancia.
Unos de ellos pertenecen a representantes
de esta categoría nueva nacida de la
mundialización: los ejecutivos y dirigentes
de empresas que brincan en la misma semana
de Nueva York a Nueva Delhi para hablar de
estrategia en el ámbito de la investigación,
de la industria o del comercio. Su diagnóstico
es invariable: el inglés es un medio
de comunicación más directo,
más neto que el francés. Otros
ecos me llegaron del círculo tan discreto
como competente de los intérpretes
de conferencias internacionales. Tomé
al vuelo sobre todo esta fórmula: «
El sentido es mucho más lento de
obtener en francés que en inglés.
» Motivo: « el inglés
es más sintético; la palabra
inglesa posee una autonomía semántica
más fuerte que la palabra francesa
».
¿Hay que detallar más? –
Las ventajas del inglés son conocidas:
sintaxis simple; morfología aligerada
(una única reserva: el abuso de verbos
irregulares, pero los locutores actuales reducen
todo al presente); creación de palabras
fácil gracias en particular al milagroso
sufijo - ing; gusto cada
vez más pronunciado por los términos
cortos y los giros directos. La lengua inglesa
de nuestros días es a la imagen de
Perrette plasmada por La Fontaine, «
ligera y poco vestida... habiéndose
puesto..., para ser más ágil,
cotillón simple y zapatos planos
».
El francés, a la inversa, adopta demasiado
frecuentemente un proceder sinuoso, cortado
por incidentes, atestado de circunstanciales.
Incluso su léxico se ha vuelto pesado.
Me limitaré, en cuestión de
ejemplos, a un breve vistazo a éste
último.
La informática ensancha cada día
su dominio, y por eso mismo su terminología.
Ahora, constatamos un triple fracaso del francés.
Por un lado casi todas las innovaciones tecnológicas
vienen de los Estados Unidos y reciben por
consiguiente un nombre inglés. Por
otra parte, nuestros afrancesadores por la
fuerza, en vez de inventar un equivalente
tan corto y de ser posible más corto
que el término inglés, proponen
palabras, incluso grupos de palabras más
substanciosos: desde ese momento éstos
no tienen ninguna oportunidad de vencer. Así
frente a hacker: desarrollador
de código; a web:
red Internet. Nos es preciso
sin embargo notar algunas mejorías
recientes. Por ejemplo: a los términos
de un decreto del 18 de enero de 1973 que
contiene una larga lista de equivalentes franceses
puestos de cara a anglicismos que proscribir,
se nos rogó remplazar marketing
por mercatorisation
(2). Desde entonces,
se ha abreviado ese monstruo a mercatique
(3) Otro progreso sensible:
nuestros terminólogos propusieron primero,
en vez de bug: error de código.
Pero enseguida, dándose cuenta de la
presencia, en francés, de un vocablo
casi homónimo, sugirieron bogue,
hoy ampliamente adoptado (4).
Tercer factor de fracaso: nuestros equivalentes
franceses pecan por el exceso de largor no
solo en el espacio, sino en el tiempo. Así
es como Gérard Théry nos señalaba,
el otro día, que el inglés back-bones,
que designa ciertas variedades de rutas Internet
transcontinentales espera desde hace ya muchos
meses un equivalente francés. Si tarda
todavía, nacerá como abortón.
Que se me permita todavía un consejo
dirigido a los encargados del mantenimiento
y de la buena salud del francés: sean
menos temerosos, menos jansenistas, más
cercanos de Rabelais el vivificante que de
Malherbe el mortificante. La lengua es un
organismo vivo, por tanto tiempo como vivan
quienes la usan. En esta calidad, tiene necesidad
de alimentarse, si no, se debilita. Pero todo
nutricionista se los dirá: debe alimentarse
con moderación y en
base a alimentos sanos y bien asimilados.
b
– Por el lado de los responsables de
la economía y de la política
Es a ellos
para quienes habría más por
decir. El lugar me falta, pero por ese hecho
mismo basta poco para expresar lo que, por
mucho, pesa más.
El ya citado Rivarol nos había soberbiamente
dado la clave del problema: el poder económico,
el prestigio político de una nación
hacen, en lo esencial, la riqueza y la irradiación
de su lengua. Que nuestros investigadores
encuentren más y que antes de los demás
nombren sus hallazgos; que nuestras empresas
produzcan más, mejor y a mejor precio
que las concurrentes extranjeras; que nuestros
responsables políticos se dediquen
menos a los placeres fáciles, sospechosos
a veces, de las conmemoraciones y las retrospectivas,
que miren más bien derecho hacia el
porvenir, con la ambición de liberar
todas las energías creadoras e inventivas,
entonces la nación revivirá,
y su lengua con ella.
Señoras,
Señores, sus lazos con la gran Casa
de Bercy me sugieren, para concluir, tomar
prestado a un ministro de Finanzas vuelto
célebre, al cual una sólida
biografía acaba apenas de ser consagrada:
el Barón Louis.
¿Qué le decía éste
pues al Rey-ciudadano, su soberano? –
« Hacednos buena política
y os haré buenas finanzas ».
Pues bien, hoy el gramático, el historiador
de la lengua tiene la obligación de
decir a nuestros dirigentes en todos los ámbitos:
« Hágannos buena política,
buenas finanzas, buena industria, y –
se los puedo asegurar – les haremos
buena y hermosa lengua francesa ».
NOTAS:
1) «
Camée », en el texto original:
« drogada ».
2) Traducido literalmente tendríamos
el neologismo: « mercatorización
». En castellano contamos con el término
« mercadotecnia ».
3) Literalmente: « mercático
».
4) La palabra francesa « bogue »
significa « erizo ».