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Contrariamente
a una idea muy difundida en el público común,
el Cine Mudo (llamado de
manera corriente y errónea cine silente)
dista mucho de ser una mera anécdota o puramente un
estilo cinematográfico; muy al contrario,
no es nada menos que el fundamento, la raíz misma
de lo que un día se llegaría a denominar como el “Séptimo
Arte”.
Sin duda, el nacimiento del cinematógrafo,
en el ocaso del siglo XIX, representa los albores
de una nueva era, de una nueva visión del mundo, del
universo, con sus intereses, sus pasiones, sus estilos
y técnicas propias, pero constituye igualmente un
lenguaje novedoso y revolucionario en sí y por sí
mismo, sin paralelo alguno en toda la historia de
las ciencias y de las artes humanas: el lenguaje cinematográfico,
que irá mutando y desarrollándose a lo largo del siglo
XX, explorando lugares, sujetos y temáticas, a la
vez que irá descubriendo y generando formas y estilos
inéditos, discursos y propuestas originales, creando
poco a poco, a lo largo de un largo proceso, la gramática
y el discurso todo de la narrativa visual contemporánea.
Consumación última de las
expectativas y búsquedas decimonónicas por
alcanzar y cristalizar la “Obra Total”, reuniendo
al fin en el año 1895 - gracias a los trabajos de
los hermanos Augusto y Luis Lumière - todas las artes
en una única y monolítica obra monumental,
polifacética y pluridisciplinaria, la llegada
del maravilloso cinematógrafo, en su estado primitivo,
pues “mudo”, nos ha legado incomparables obras fílmicas
que constituyen aún hoy, a pesar de la colosal evolución
y las múltiples mutaciones ocurridas en la técnica
y en el lenguaje narrativos a través de poco más que
un siglo, bases irremplazables para el pensador y
el creador moderno.
Bases en el plan temático, iconográfico,
secuencial, metodológico, puesto que, en efecto, ya
en aquellos tiempos en apariencia remotos para el
público ordinario contemporáneo, podemos hallar
a profusión el trabajo y la reflexión sobre temas
que, aún hoy, siguen siendo de actualidad en los albores
de nuestro joven y desesperanzado Siglo XXI: industrialización
desenfrenada, control de masas, problemáticas
sociales, mitos antiguos y de la modernidad, crimen,
poder y pasión, drogas, sexualidad, amor, deseo...
De manera absolutamente errónea, se
tiende a pensar que la llegada del cine sonoro marca
el fin de la era muda, relegando a su ilustre antecesor
a los cajones sombríos del olvido; sin embargo, basta
recordar que las proyecciones anteriores al año 1927
rara vez eran literalmente “mudas”, como se dice vulgarmente,
siendo - si no por principio, ciertamente por costumbre
- acompañadas por uno o más músicos, e inclusive actores
y comediantes que interpretaban los roles que los
espectadores presenciaban de manera simultánea en
la pantalla. Entre otras figuras similares, tal fue
el caso particularmente de la escuela Benshi del Japón.
Por supuesto, tales prácticas desaparecieron sin embargo
gradualmente, al considerárselas con el pasar de los
años innecesarias y obsoletas, e incluso según
algunos contrarias a la esencia misma y a la pureza
del cine.
No obstante, es la intención
y el propósito del Cinematógrafo
Folía Lumière revivir esas imágenes y sonidos
del pasado, al mismo tiempo que comprometerse con
la preservación y la difusión del patrimonio mundial
del cine mudo. Estas prioridades van acompañadas de
la firme voluntad de elevar a nuestra patria, México,
al nivel de los países de Europa en lo que se refiere
a la difusión, regularidad, recurrencia, y conocimiento
del patrimonio del cine mudo y el legado de sus grandes
creadores e intérpretes.
Más allá de estas primicias, todas
las presentaciones del Cinematógrafo
Folía Lumière son una ventana y un viaje
en el tiempo que brindan nuevamente al público
la atmósfera única y el perfume añejo de esos tiempos
a veces olvidados, integrando de lleno al espectador
en esa maravillosa época que hizo literalmente explotar
al mundo en un estallido inesperado de imágenes, de
movimiento, de luz y... de música.
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador

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