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Porvenir de la Lengua Francesa.
 
 
 
EL LLAMADO FUNDADOR DEL 11 DE JULIO DE 1992
LLAMADO: EL PORVENIR DE LA LENGUA FRANCESA
Traducción de la Francósfera México-Francia

Le Monde – Sábado 11 de julio de 1992

Francia cambia. En ciertos aspectos, progresa. Pero en otros, experimenta una regresión. En lo que concierne a su lengua, por ejemplo. Desde hace unos años, en un cierto número de sectores — grandes empresas, publicidad, investigación científica, audiovisual — y hasta en el seno del « aparato de Estado », algunos « tomadores de decisiones » se han metido en la cabeza hacerla renunciar a su propia lengua y de hacerla hablar inglés, o más bien estadounidense.

Cada cual puede juzgar ya el resultado. Empresas cada vez más numerosas obligan, en el territorio francés, a su personal a trabajar en inglés. Coloquios, organizados con fondos públicos, se llevan a cabo en inglés únicamente. Investigadores del CNRS ven su carrera bloqueada bajo pretexto que no han publicado en inglés. EN la enseñanza secundaria, es cada vez más difícil, incluso en ciertos colegios imposible, aprender otras lenguas que el inglés. Como si la proporción de filmes o de teleseries estadounidenses en las salas de cine o las cadenas de televisión francesas (60% del total) no fuera lo suficientemente elevada, un puñado de productores imponen el rodaje en lengua inglesa de películas de capitales mayoritariamente o hasta totalmente franceses. No hablemos de la situación del disco y de las radios. Ni de la colocación de los letreros: se ve actualmente más palabras inglesas en París que en Montreal.

En breve, existen en Francia fanáticos del todo-inglés cada vez más emprendedores. Contribuyen a hacer dudar de su lengua a los franceses y, por vía de consecuencia, a quebrantar su crédito en los demás países.

Cuando esos anglóglotas consienten a explicarse, invocan generalmente razones de eficacidad y razones económicas; desde hace algún tiempo, invocan a Europa. Se engañan a sí mismos, nos engañan. Eficacidad: el francés, también él, es una gran lengua internacional. Hablado en los cinco continentes, es una de las dos lenguas de trabajo del secretariado de las Naciones Unidas, la lengua oficial de la Unión postal universal y del Comité internacional olímpico, una de las dos lenguas oficiales de la OCDE y del Consejo de Europa, una de las tres lenguas oficiales de la Organización de la conferencia islámica o de la Organización de la unidad africana. Economía: en materia de intercambios comerciales, la mejor lengua es la lengua del cliente. Los tres cuartos de nuestro comercio se hacen con países no anglófonos. El verdadero dinamismo económico, la voluntad de conquistar mercados deberían más bien imponer una real política de aprendizaje de las lenguas: del alemán, del español, del portugués, del italiano, del árabe, del japonés, del ruso, del chino tanto como del anglo-estadounidense. En canto a Europa, comprende menos anglófonos que francófonos y, de todas maneras, si Europa debiera no tener más que una lengua, vemos mal porqué tendría que ser la de los Estados Unidos de América.
Olvidan sobre todo que la lengua no es un barniz, una mercancía, no es un material como los demás: es lo que porta y estructura el pensamiento. Es por ella que advienen en nosotros el mundo y el simple placer de sí. No se la cambia como se cambia de « job » o de coche.

No podemos aceptar este trabajo de destrucción colectiva, pues estamos por Europa, por lo universal, por el derecho de los pueblos a disponer de sí, por la diversidad de las culturas del mundo.

Estamos por Europa, una Europa verdadera, que sea ella misma y no el apéndice de algún imperio o el terreno de caza de un puñado de multinacionales.

Estamos por lo universal, por un universal auténtico, es decir, como lo decía Sartre, « singular y concreto », que « se encarne en los pueblos constituidos por hombres de carne y hueso », tomados « en su situación, en su cultura, su lenguaje y no como conceptos vacíos ».

Estamos por el derecho de los pueblos de disponer de sí, particularmente en lo que concierne lo más vital y lo más pacífico de ellos mismos: su cultura, su manera de vivir y su lengua.

Estamos por la diversidad de las culturas del mundo: contra la apisonadora de la uniformidad, es el interés mismo de la humanidad de conservar el patrimonio cultural y lingüístico más rico posible.

Si no reaccionamos muy rápidamente, vamos a encontrarnos sin siquiera darnos cuenta en la situación en la que estaba Quebec hace treinta años — y de la que está saliendo a fuerza de voluntad colectiva —, es decir en una situación de dependencia económica, de desclasificación social, de inferioridad cultural, de aplastamiento lingüístico, obligados a largas y difíciles luchas para reconquistar el derecho de trabajar y de vivir en nuestra lengua, de difundir nuestra cultura, de ser nosotros mismos, tal como la historia nos ha hecho.

Nos es preciso osar expresar esta determinación. Sobre la cuestión de la lengua, el vacío constitucional y legislativo es demasiado grande en Francia. Los debates sobre los acuerdos de Maastricht y la revisión de la Constitución son la ocasión de colmarlo. Enmiendas parlamentarias, que algunos entre nosotros han inspirado, comienzan a hacerlo. Hay que proseguir. Asimismo hay que actuar con toda urgencia en ámbitos tan cruciales como la enseñanza o el audiovisual. Ciertamente, el derecho no basta, no es nada sin la voluntad de cada uno, pero puede dar el impulso necesario. Es por ello que demandamos encarecidamente al presidente de la República, al gobierno y a los miembros del Parlamento:

1) diversificar el aprendizaje de las lenguas extranjeras en Francia organizando realmente la igualdad de su enseñanza;
2) actuar para acrecentar el lugar de la información y de la creación audiovisuales de expresión francesa en Francia y en el mundo;
3) asegurar el uso efectivo del francés a todos los niveles de las instituciones europeas; de no aceptar más las interpretaciones partisanas de ciertos comisarios o jueces que, en Bruselas y en Luxemburgo, desvían de su sentido el artículo 30 del tratado de Roma sobre la libre circulación de los bienes y servicios para torpedear toda legislación lingüística, aún cuando el recurso al artículo 36 del mismo tratado — relativo a la protección del consumidor y del patrimonio — y un poco de firmeza permitirían contrarrestarlos;
4) recordar en la Constitución no solo que el francés es la lengua del Estado y de las colectividades territoriales, sino que es la lengua de la enseñanza y del trabajo, y de introducir en ella el principio de la participación de Francia en la construcción de una comunidad francófona internacional, construcción no menos necesaria que la de Europa;
5) y de transformar la ley del 31 de diciembre de 1975 sobre el empleo de la lengua francesa a fin de que trate de todos los aspectos de su uso en Francia y que sea efectivamente aplicada.
 
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