| LA
ALIANZA FRANCESA HOY EN EL MUNDO |
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Por
el Señor |
Jean
Harzic
Ex secretario General
de la Alianza Francesa de París
(1988 a 2001)
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| Sr.
Jean Harzic |
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Traducción
de la Francósfera México-Francia
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Las
Alianzas, lo sabemos, no son francesas más
que en nuestro país y se llaman «
franco-brasileiras » en Brasil, «
italo-francesi » en Italia o «
franco-malgaches » en Madagascar puesto
que la difusión de nuestra lengua
pero también de nuestra cultura y
de nuestros valores están, lo más
a menudo, entre las manos de extranjeros
activos y emprendedores, que sirven, con
convicción, los intereses de Francia.
No se trata
de decir que la ayuda de los poderes públicos
franceses es inexistente.
Se ha debilitado
mucho en el transcurso de los últimos
veinte años pero sigue siendo indispensable.
Sin embargo,
lo que se sabe poco en Francia y que se
pasa bajo silencio, es que, en decenas de
países, existe una admiración,
una atracción fuerte, nos atreveremos
incluso a decir un amor auténtico
por este país tullido de defectos;
según algunos, «La Francia
que cae».
Regreso
de una larga gira de conferencias sobre
«Lengua francesa y diversidad cultural»
en dieciocho ciudades de México,
una en francés frente a los profesores
de nuestra lengua reunidos en congreso en
Guadalajara, diecisiete en español
a fin de poder abarcar un amplio público
(200 400 personas en cada intervención)
y tratar de atraer a muchos hacia el francés.
Existen,
en [México], cincuenta y nueve centros
de enseñanza del francés en
el marco de la Alianza francesa. Diez son
administrados por agregados presupuestarios
franceses, ayudados pues por Francia, cuarenta
y nueve por mexicanos y algunos franceses
reclutados y en consecuencia pagados localmente.
La aportación mexicana es, grosso
modo, cinco veces superior a la de Francia.
Hice frecuentemente
la pregunta a estudiantes, en el norte de
México, en Monterrey, Saltillo, Mexicali,
Tijuana, yendo del este al oeste: «¿Por
qué son tan numerosos en aprender
francés aquí y cuáles
son las razones de ello?» (Más
de mil estudiantes en Monterrey, a 240 kilómetros
de la frontera estadounidense y un mil en
Tijuana, que atraviesa el «muro de
la ignominia», como lo llaman los
mexicanos, que pude bordear en plena ciudad,
a algunos centenares de metros del territorio
de os Estados Unidos y que se supone debe
frenar la inmigración).
La respuesta
fue por doquier la misma.
«Aquí,
todo el mundo habla inglés y nuestra
lengua materna es, por supuesto, el español.
Para nosotros el francés es indispensable
primero porque es un contrapeso al «gran
vecino del norte», enseguida porque
es para nosotros la única llave de
entrada en Europa que es importante a nuestro
modo de ver».
He aquí
algo que reconfortaría a nuestros
compatriotas si semejantes palabras, que
oí decenas de veces, fueran difundidas
y conocidas.
Notaremos
también que, durante mi estancia,
leí largos artículos, a veces
de dos o tres páginas, en la prensa
regional, sobre André Malraux, por
el trigésimo aniversario de su desaparición.
Los comentarios fueron, sin duda alguna,
más numerosos y surtidos que donde
nosotros. Esta admiración por nuestra
literatura y, de manera más general,
por la creatividad francesa, como en Argentina,
se halla en muchas capas de la población,
no teniendo los universitarios la exclusividad.
Donde el
«gran vecino del norte», precisamente,
son los estadounidenses, solos, sin ninguna
ayuda salvo la de sus mecenas, quienes administran
sus Alianzas franco-estadounidenses de Atlanta,
de San Francisco, de Boston, de San Luis,
de Seattle, de Houston, de Miami donde una
nueva Alianza, que se anuncia soberbia,
en una ciudad que es un «mosaico de
culturas» (título del festival
en el que participé en México,
en Coatzacoalcos) será inaugurado
el 8 de junio próximo, construida,
esencialmente, en base a fondos propios.
Sin todos
esos «volunteers», como se dice
allá, esos « benévolos»
y también todos esos mecenas que
dan dinero para una causa en la que creen,
¿dónde estaría nuestra
lengua en los Estados Unidos?
Añadamos
que en el momento del asunto de Irak, no
perdimos alumnos, porque se trata de estructuras
estadounidenses como en Nueva Zelanda y
en Australia, en el momento del asunto Rainbow
Warrior.
En los
Estados Unidos, no existen más de
media docena de Alianzas franco-estadounidenses
ayudadas por los poderes públicos
franceses, sobre más de ciento treinta
instaladas.
Cualesquiera
que sean las pulsiones francófobas
de algunos estadounidenses y también
la tendencia, bien conocida, al recogimiento
sobre sí mismo, consecuencia del
aislacionismo, que forma parte de la historia
de los Estados Unidos, existen muchos otros
para quienes es importante aprender el francés,
vehículo de una aun admirada, de
ideales comunes y de un arte de vivir que
reúne a tantos adeptos: « Glücklich
wie Gott in Frankreich », según
un dicho alemán, «felices como
Dios en Francia».
Se podrían
multiplicar los ejemplos; contentémonos
con tres o cuatro.
Veintitrés
centros de Alianzas francesas funcionan
bien en Ucrania, con una ayuda casi inexistente
de Francia, gracias al entusiasmo de los
ucranianos por nuestro país, por
el cual sienten afecto y admiración.
Cincuenta
y tres Alianzas franco-italianas, cuatro
ayudadas por Francia, cuarenta y nueve administradas
únicamente por italianos…
Treinta
y cuatro Alianzas franco-neerlandesas, todas
salvo dos entre las manos de holandeses.
Ochenta
centros en Argentina, más de setenta
no existiendo más que gracias a los
argentinos.
Un día,
en Ghana, pregunté al alcalde de
Accra por qué razones había
donado un magnífico terreno, muy
costoso, al centro de la ciudad, con el
fin de construir en él la casa de
la Alianza franco-ganeana, gracias también
a una subvención del gobierno francés,
bello ejemplo de asociación.
Me respondió:
«Porque amo a Francia y también
porque el francés nos es útil
en el continente».
Hallamos,
casi en todas partes, esa mezcla de afectividad
y utilitarismo, por ejemplo con los alcaldes
búlgaros que obsequiaron casas, departamentos,
terrenos, en un país en el que, sin
ellos, no existirían ocho Alianzas
franco-búlgaras y sobre todo tal
vez con los rectores polacos que albergan
dieciséis Alianzas franco-polacas
con un solo agregado remunerado por Francia,
en Varsovia, cuando los rectorados ofrecen
más de 3,500 metros cuadrados y remuneran
ellos mismos a todo el personal enseñante
y administrativo, o sea muchos centenares
de personas. Un caballo…un alondra…
Si algunos
de esos centros son bien modestos, pero
simbólicos, como Ushuaia en el extremo
sur o Trondheim, en el extremo norte, muy
numerosas ciudades acogen cada una a centenares
de estudiantes, gracias a la tenacidad de
amigos extranjeros, siendo de Odesa a San
Francisco, de Vintimilla a Granada o a Exeter,
de Edmonton a Campo Grande o Ribeirão
Preto, los ucranianos, los estadounidenses,
los italianos, los españoles, los
ingleses, los canadienses, los brasileños,
los actores únicos de éstos
logros… Sin olvidar, entre otros pueblos
en vías de desarrollo, los Sri Lankeses
de Matara y de Khandy.
Sin prorrumpir
quiquirirís, me parece legítimo
sentir un cierto orgullo puesto que, si
el francés no se derrumba, como muchos
se placen en decirlo, (se recuentan más
de cuatrocientos mil estudiantes en las
Alianzas Francesas del mundo), lo debemos
a una multitud de fervientes admiradores,
de múltiples nacionalidades, de nuestro
país.
Los fundamentos
mismos de la acción cultural son
perfectamente expresados por Pedro Osorio,
director de la Casa de la América
Latina, a Jean Giraudoux, en 1923:
«Queremos
que toda propaganda se haga donde nosotros
en la forma en que nosotros mismos sentimos
la necesidad. Vuestra acción no debe
tender a imponernos lo que vosotros juzgáis
mejor sino a suscitar nuestras demandas
y acceder a ellas. Solo nosotros, americanos
latinos, podemos organizar en casa vuestro
propio programa».
Es una
muy buena definición de lo que se
esfuerzan en hacer las Alianzas franco-peruanas,
mexicanas, brasileñas, colombianas,
argentinas y muchas otras en los cinco continentes.
Pediré
mi conclusión al Sr. Steve Cobb quien
fue, hace algunos años, Presidente
de la Federación de las Alianzas
Francesas de los Estados Unidos, y que escribió
esto, en una carta al Sr. Jean-David Lévitte,
entonces Director General de Relaciones
Culturales, Científicas y Técnicas:
«Estoy
cada vez más impresionado por la
idea de la Alianza. Por medio de esta organización,
ha usted seducido a centenares de miles
de personas que participan en el esfuerzo
de promover a Francia, su lengua y su cultura,
así como la amistad internacional.
No conozco ninguna organización estadounidense
comparable. Pero con esas ventajas considerables
llegan dificultades. No se puede ordenar
a las tropas de la Alianza como funcionarios.
Se debe negociar, se debe conciliar, en
suma se debe reconocerles como asociados
con todo lo que esto acarrea. Es el precio
que se paga por haber hecho apuestas audaces,
por haber creado una institución
inédita y fuera de lo común».
Tal es,
« in a nutshell », como decía
Steve Cobb, en un breve resumen, la buena
definición, expresada no por un francés,
un estadounidense, de lo que es la Alianza
Francesa.