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S.M.
Napoleón I (1769-1821)
Emperador de los franceses
y rey de Italia
Esbozo de Louis David para el
retrato de Cassel |
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por |
André
Castelot |
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| André
Castelot |
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| Traducción
al castellano del Instituto Napoleónico
México-Francia |
Esta
estatua permite evocar la primera etapa
de su historia. Entonces es pensionario
de la Escuela militar de Brienne.
Según el parecer de uno de sus condiscípulos,
es « sombrío y hasta arisco,
encerrado casi siempre en sí mismo
», tanto que se le imagina «
recién salido de un bosque y habiéndose
sustraído hasta entonces a las miradas
de sus semejantes ». No por ello es
menos estudioso, meditativo y bien notado.
El caballero de Kéralio, inspector
de las Escuelas reales, creyendo descubrir
en él « una chispa que no se
debería desatender demasiado »,
le destina a la Marina.
Así, contrariamente a ciertas leyendas,
Napoleón no fue desdichado en Brienne.
Su gusto por la soledad sin duda llamó
la atención del padre Berton, principal
de la escuela, quien puso a su disposición
un jardincito en el cual al futuro emperador
le gusta meditar, sin testigos, en el pequeño
cenador que se acondicionó en medio
de las madreselvas.
Discutible
por lo menos, la tradición según
la cual el joven Napoleón tenía
entonces una detestable escritura. A su
camarada des Mazis le habría costado
mucho leerle. Las cartas de la época,
c1asificadas en los archivos de Prangins,
vienen a tachar de falso esta afirmación.
Siendo ya
Emperador, Napoleón se complace en
volver a ver y recompensar a sus profesores
de Brienne y distribuir puestos a sus antiguos
condiscípulos.
¿Quién
no conoce las etapas de su carrera?
Teniente segundo en Valence, donde, algunas
noches, la melancolía y las ideas
de muerte se abaten sobre él y le
oprimen el corazón, sueña
con nostalgia con la isla hacia la cual
vuelan todos sus pensamientos. |
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Napoleón
niño, en Brienne
Estatua en el jardín
del castillo de Prangins. «
Para mi pensamiento, Brienne
es mi patria, es ahí
donde sentí las primeras
impresiones del hombre
», dirá más
tarde el Emperador. |
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El 15 de septiembre
de 1786, ¡qué dicha para la Señora
Letizia al estrechar en sus brazos al querido
« pequeño Nabulio » vestido
con su hermoso traje azul con dobladillo rojo!
¡Es el primer corso en convertirse en oficial
del rey! Conoce a los niños nacidos durante
su larga ausencia: Paolina o Paoletta -la futura
princesa Paulina- María Annunziata –o
Carolina –que se convertirá un día
en Carolina, reina de Nápoles, y Girolamo,
Jerónimo- que no tiene más que dos
años y será rey de Westfalia.
Es el 16 de septiembre de 1793 que la estrella
se elevó. Esa noche, el corso Salicetti,
diputado de la Convención, en misión
en el Sur, recibe en el pueblo de Beausset, en
los alrededores de Tolón, la visita de
un capitán de veinticuatro años,
un compatriota que, como él, ha combatido
a Paoli.
Y, una hora más tarde, el representante
escribe al Comité de Salud Pública:
« El azar nos ha servido de maravilla,
detuvimos al ciudadano Bonaparte, capitán
instruido, quien iba en camino al ejército
de Italia, y le ordenamos remplazar a Dommartin,
el jefe del batallón que comandaba la artillería
del sitio de Tolón, quien había
sido gravemente herido. »
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| Dos
diplomas firmados « Louis
»: el de la derecha
nombra a Napoleón a la
Escuela militar de París
en calidad de cadete-gentilhombre;
el de la izquierda le da el cargo
de teniente segundo. |
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La llave de la puerta
de la recámara de Napoleón
en Auxonne
«Cuando tenía
el honor de ser teniente segundo
, desayunaba con pan seco, pero
cerraba con llave mi puerta
sobre mi pobreza.» |
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Gracias a Tolón,
helo aquí general. ¿Su jefe, Dugommier,
no dijo acaso: « Si fuésemos
ingratos con él, este oficial se ascendería
solo »? Pero la fortuna parece ya alejarse
del joven Bonaparte. Víctima de Termidor,
es declarado excedente. El futuro Emperador vive
miserablemente con su medio sueldo, en el hôtel
du Cadran Bleu, calle de la Huchette, esta
calle es sombría como un pozo. Solo come
una vez al día y se contenta a medio día
con una taza de café negro. Ase priva de
todo para poder enviar algunos subsidios a su
madre.
Imaginen al pequeño
general dejando su vivienda, dirigiéndose
apresuradamente, la noche del 12 vendimiario,
hacia las Tullerías donde Barras
llama a los oficiales generales «
caídos en desgracia por su republicanismo
».
Congrega a su alrededor
a estos oponentes, puesto que se trata
de combatir la insurrección realista.
Imagínenlo, y lo verán,
caminando a grandes pasos sobre el pavimento
de la rue de la Huchette, así
como lo ha descrito un testigo: «
Su sombrerito terminado con un penacho
de azar mal fijado, el cinturón
tricolor más que negligentemente
anudado, su traje hecho a la diabla y
un sable que, en verdad, no parecía
el arma que debiese hacer su fortuna.
»
¡Y sin embargo!
Dándole
la ocasión de someter a los realistas
de Saint-Roch y de salvar a la Convención,
la Historia, por segunda vez, vino a tomar
al pequeño corso de la mano...
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| Sortija
de compromiso obsequiada por
Napoleón a Josefina . |
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Algunos días
más tarde, el 18 vendimiario, deja definitivamente
el hôtel du Cadran Bleu para instalarse
en la magnífica residencia del general
que comanda el ejército del Interior. Fue
sin duda entonces cuando conoció a Josefina
de Beauharnais...
Un cuerpo suelto como una palma de las islas,
un cuerpo todo languidez. La ama, la desposa a
paso de carga y parte hacia Italia para inscribir
en la Historia su más bella campaña.
Se ha encargado
de la armada de Italia, el ejército más
estragado de la República, una verdadera
banda de tunantes, y se ha impuesto a los viejos
mostachos. « Este pequeño
bribón de general me dio miedo »,
confiesa Augereau... Entre dos combates, esos
combates que van a darle Italia a Francia, envía
a Josefina misivas que están entre las
más hermosas cartas de amor de la Historia.
¡El Piamonte
ha sido conquistado! El rey de Cerdeña
baja las armas. El armisticio es firmado. Antes
de lanzar a su ejército contra los austriacos,
dirige a sus treinta mil hombres lo que ha sido
llamada su carta de nobleza.
« ¡Soldados!
¡Os habéis llevado en quince días
seis victorias, tomado veintiuna banderas... Habéis
ganado batallas sin cañón, pasado
ríos sin puentes, hecho marchas forzadas
sin zapatos, vivaqueado sin aguardiente y frecuentemente
sin pan. ¡Las falanges republicanas, solo
los soldados de la libertad eran capaces de sufrir
lo que habéis sufrido!... Pero tenéis
aún combates que librar, ciudades que tomar,
ríos que pasar... »
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Simon
Boilly retrató
al Primer Cónsul en 1800,
cuando éste acababa de
tomar el poder. Gaudin lo verá
en la misma época. Como
todos los demás, queda
sorprendido por la actividad que
despliega y por la extraordinaria
agudeza de su mirada.
« Hallé en efecto
a un personaje que no me era familiar
más que por el alto renombre
del que se había hecho
acreedor, dirá Gaudin;
de una talla poco elevada,
delgado en extremo, la tez amarilla,
el ojo del águila, los
movimientos vivos y animados.
» |
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Josefina. Poseía
una piel deslumbrante, cabellos
sedosos castaño claro
con reflejos rojizos, ojos cambiantes.
Algunos testigos los vieron
azules, los pintores nos los
mostrarán generalmente
color café; sus dos pasaportes,
establecidos établis
en 1795 los indicarán
« anaranjados» o
« negros»... Divergencias
debidas a que los tiene «
casi siempre medio cerrados
por sus amplios párpados
ligeramente arqueados y rodeados
de las más bellas pestañas
del mundo.» |
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Luego se abre
la prodigiosa campaña. La Lombardía
es conquistada, Bonaparte afirma a los habitantes
que ha venido a libertarlos y a romper sus cadenas.
Se lanza, una bandera en mano, sobre el puente
de Árcole y, la noche de Lodi, confía
a Murat: « Siento
que estoy destinado a acciones de brillantez que
el mundo no sospecha ».
¡Árcole,
Lodi, Rivoli!... Nombres que entran, ellos también,
en la fulgurante epopeya. La noche de Rívoli,
mientras los soldados van a poner a sus pies treinta
banderas enemigas, Bonaparte ve al joven Lasalle
titubear de fatiga. Entonces muestra las banderas
acumuladas frente a su caballo: «¡Acuéstate
sobre ellas, Lasalle, lo has merecido bien!».
Ya Napoleón transluce bajo Bonaparte.
Crea la República cisalpina, decreta, legifera,
se ocupa de las artes y de las ciencias, impone,
con pericia, su punto de vista al Directorio y,
con fuerza, su voluntad a los diplomáticos.
Ora zorro, ora león –lo confiesa–
sabe que el secreto del gobierno consiste en escoger
el momento en que hay que ser lo uno o lo otro.
La estrella –su estrella– está
ahora bien elevada y brillará durante dieciocho
años...
De regreso en
París, acoge la gloria con serenidad. El
incienso no se le sube para nada a la cabeza.
Acepta entrar al Instituto, pero, cuando los realistas
le hacen aperturas para convertirse en miembro
del Directorio, sabe declinar sus ofrecimientos
y evitar desconsiderarse.
« Veo,
declara, que si permanezco
en París estoy hundido dentro de poco.
Todo se desgasta, ya no tengo gloria; esta pequeña
Europa no provee demasiada; hay que ir a Oriente
».
El proyecto que
forma de atacar a Inglaterra en Egipto y cortar
la ruta de las Indias ya ha sido estudiada por
Leibniz. El Directorio suscribe a él con
las segundas intenciones de alejar allende los
mares a un general victorioso cuya gloria se torna
estorbosa.
Napoleón se embarca en Tolón («
el sable se aleja », anota Barras),
llega a Alejandría, la tierra de los Faraones,
se interna en el desierto, rechaza a los mamelucos,
entra al Cairo, ocupa Egipto, lo administra, y,
después de la expedición de Siria,
regresa a Abukir para evacuar a los turcos al
mar.
« ¡General,
sois grande como el mundo! » le dice
Kléber echándose a sus brazos la
noche de la victoria.
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| El
sable de Napoleón en Egipto
y un grabado que muestra al General
en jefe luciendo una túnica
árabe. En realidad, el
futuro Emperador solo vistió
un día la vestimenta oriental
que menciona Bourrienne... pero
un acuarelista tuvo tiempo de
ejecutar este retrato del héroe
que los Egipcios llaman «
el Gran Sultán »
- el Sultán El Kebír. |
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La cantimplora de Marengo.
Menos importante y deslumbrante
que su espada o sus mapas, este
objeto ciertamente no era menos
necesario. Esta es la cantimplora
de la cual Napoleón bebió
durante la mítica batalla,
tal vez después de haber
dicho: « Ánimo,
soldados, las reservas llegan.
¡Tened firmes! » |
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Pero
Nelson, el año precedente, ha destruido
la flota. Si el ejército francés
es prisionero de su conquista, Bonaparte,
por su parte, no lo está. Su papel
se ha terminado en Egipto pero Europa le
espera. Fiándose a su estrella, parte
con un puñado de hombres amontonados
en dos fragatas antaño tomadas en
Venecia, y pasa, como esquivándolos,
a través de los cruceros ingleses.
París
se entera del desembarque de Bonaparte en
Fréjus, el arrebato se apodera de
la ciudad: se abraza, se patalea, se aplaude.
¡Francia va a recobrar su alma!
Hasta esa noche del 22 vendimiario, cuando
la noticia corre por la ciudad, todo parecía
muerto... La corrupción inaudita
del gobierno de Barras no ya ni siquiera
escandalizaba.
Es en Saint-Cloud,
el 19 brumario año VIII -10 de noviembre
de 1799- donde todo va a jugarse. Los soldados
de Bonaparte parecen listos para «
cruzar el Rubicón», pero los
granaderos del Cuerpo legislativo dudan.
Son más de las 5:00, el día
cae, la bruma de noviembre ahoga al parque;
hay que terminar antes de la noche. Luciano
acaba de hacer pasar a su hermano un llamado
angustiado. « Antes de diez minutos,
hay que interrumpir la sesión, o
ya no respondo de nada. » Bonaparte
da por fin órdenes precisas. Gracias
a Luciano –lo veremos más lejos–
los soldados invaden la Orangerie.
Algunos recalcitrantes se aferran a su escaño;
los soldados los prenden y los llevan fuera.
Los que resisten demasiado sienten el acero
de las bayonetas acariciarles el espinazo.
Afuera,
es el aturrullo, una fuga perdida en la
noche que cae sobre los bosquetes. Para
correr más rápido, los diputados
abandonan sus vestidos en los saltos de
lobo y sobre el césped, manchas púrpuras
que viran en la neblina...
Diez años
antes, Mirabeau había gritado al
joven Dreux-Brézé quien palidecía
bajo sus penachos:
« ¡No saldremos de aquí
más que por la fuerza de las bayonetas!
». Su predicción acaba
de cumplirse, ¡la Revolución
ha muerto!
Bonaparte
es Primer Cónsul y Francia se da
a Bonaparte. Pero Austria ataca, primero
hay que volver a conquistar Italia perdida.
¡Es Marengo! «Cuento
vencerlos aquí»,
había dicho poniendo su dedo sobre
el mapa.
A las 5:00, la batalla está perdida.
A las 7:00, gracias a Desaix, quien ha recibido
la orden de regresar, se ha ganado. |
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El
saco del Primer Cónsul
La mañana en que se
presentó ante Josefina,
vestido por primera vez con
su traje rojo bordado de oro
de Primer Cónsul, Napoleón
le preguntó si este
atuendo le iba bien. Siempre
muy apegada de espíritu
a la monarquía de Antiguo
Régimen, le respondió:
« ¡Menos bien
que el de Condestable! ».
Se le había propuesto
portar, en su calidad de Cónsul,
un gorro rojo, pero Napoleón
respondió abruptamente
- y esta declaración
era igualmente una profesión
de fe: « ¡Ni
gorro rojo, ni tacón
rojo! »
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Y he aquí
el regreso del vencedor. Atrás de un mameluco
que lleva un arco en la mano, al medio día
exactamente, Bonaparte aparece bajo el pórtico
de las Tullerías, de ese castillo de las
Tullerías donde acaba de instalarse en
los apartamentos mismos de Luis XVI... Una gigantesca
ovación se eleva hacia él. Simplemente
vestido con su traje gris, monta un caballo blanco
encaparazonado de terciopelo nacarado. Detrás
de él, viene un centelleante barullo de
ayudas de campo empenachados y dorados. «
Ninguno de sus retratos se le parece, dirá
Charles Nodier quien le vio en esa gloria.
Es imposible captar el carácter de su figura,
pero su fisonomía arrasa... Tiene el rostro
muy largo, la tez de un gris de piedra, los ojos
muy hundidos, muy grandes, fijos y brillantes
como cristal. »
Va a colocarse,
según la usanza consagrada desde ventoso,
frente al castillo, en el lugar donde se yergue
hoy el arco del Carrusel. Las tropas desfilan,
sinfonía de casacas azules, de correajes
amarillos, de charreteras rojas, de piernas calzadas
con polainas blancas, de plumeros bermellón,
de altas gorras de piel, mientras la música
militar deja oír sus marchas lentas y solemnes.
Y con su mirada « brillante como cristal
», el general mira esos hombres con quienes
dará la vuelta a Europa, Bonaparte se ha
puesto a trabajar, dándose cuenta «
de que no hay nada tan
difícil de enjaezar como un pueblo que
se ha sacudido su basto ». Lo logra: «
He cerrado el abismo anárquico y desembrollado
el caos. He desmancillado la Revolución,
ennoblecido a los pueblos y afianzado a los reyes.
He excitado todas las emulaciones, recompensado
los méritos y alejado los límites
de la Gloria ».
Francia renace...
Firma el Concordato, « una
sociedad sin religión es como un navío
sin brújula ». Crea la
Banca de Francia, instaura los prefectos y subprefectos
y gracias a Gaudin reorganiza las finanzas.
¡El Consejo de Estado colabora a la redacción
del Código Civil!
« ¡Lo que
nada borrará, dirá en
la víspera de su muerte, lo
que vivirá eternamente, es mi Código
Civil! »
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| Retrato
de Bonaparte, Primer
Cónsul, par
el Barón Gros. «
Su palabra era grave, acentuada,
nos dice Menevál su secretario,
pero no era interrumpida por
ningún reposo. A medida
que entraba en su tema, la inspiración
se hacía sentir. Se revelaba
por un tono más animado
y por una especie de tic que consistía
en un movimiento del brazo derecho
que torcía dando un jalón
con la mano. » |
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|
Los éxitos
de Bonaparte han probablemente «
confundido el
orgullo británico »,
pero no han calmado lo menos del mundo
a los realistas extremistas: Chuanes irreductibles
que se niegan a dejarse pacificar. Para
los que tienen el odio enclavijado en
el alma, « el Usurpador es el
hombre que hay que abatir ».
Según la expresión de Fouché,
el aire está lleno de puñales.
Después de la explosión
de la máquina infernal, los Borbones
–es al menos lo que el Primer Cónsul
cree– lo toman como punto de mira.
Y el duque de Enghien, apresado en territorio
extranjero, es ejecutado en Vincennes.
Diez días
antes de su muerte, Napoleón hizo
volver a abrir su testamento y añadió
estas líneas: « Hice
arrestar y juzgar al duque
de Enghien
porque era necesario para la seguridad,
el interés y el honor del pueblo
francés, cuando el conde de Artois
mantenía por su propia confesión,
a sesenta asesinos en París. En
semejante circunstancia, procedería
hoy del mismo modo. »
¡Y
he aquí ahora la Consagración!
¡La consagración de Notre-Dame
de París! ¡El Papa en París!
La carroza de oro tirada por ocho caballos
bayos, la carroza en la que racimos de
pajes verde y oro se suspenden en las
partes delantera y trasera del vehículo.
Inolvidable ceremonia en la que Napoleón
trata de renovar el pasado y de reconciliar
la antigua y la nueva sociedad.
Domingo
29 de septiembre de 1805, 7 vendimiario
año XIV, Napoleón está
en Estrasburgo. Acaba de reencontrarse
con su ejército, la Grande Armada.
Hace quince días, sus ciento ochenta
mil hombres se hallaban aún en
Boloña, listos para invadir Inglaterra,
pero el almirante Villeneuve –agotado
por su campaña en la Martinica–
Villeneuve y su flota no pudieron llegar
a la Mancha. Entonces, bruscamente, Napoleón
ha cambiado sus planes. Puesto que Austria
y Rusia se han integrado a la coalición
contra Francia, puesto que ya amenazan
las fronteras del Imperio, es contra ellas
que va a voltearse, no para hacer la guerra,
sino para buscar la paz... esta paz que
se escapará de él hasta
1814.
«
No haré
más que detenerme un poco en Viena,
declara; una
vez pacificado el continente, volveré
al océano para trabajar en la paz
marítima. »
|
No regresará
jamás. Y es, ese día, desde Boloña,
que dictará el plan de la inmensa migración.
Su perfecto conocimiento de los hechos y su prodigiosa
precisión de la mente le permiten prever
las etapas, de establecer los itinerarios, de
fijar las fechas sin tener que consultar un mapa
o un estado de situación.
En quince días –en siete torrentes–
la armada ha atravesado Francia. El soldado –ya
es el grognard– gruñe...
« ¡El Emperador hace la guerra
con nuestras piernas! »
¡Gruñe, pero marcha! Al llegar a
Estrasburgo, ha olvidado su fatiga. ¡El
Emperador está ahí! Y sin un murmullo,
bajo una lluvia que cae inexorablemente, los siete
torrentes de armada atraviesan el Rin y penetran
en Alemania. La campaña va a abrirse y
nos conduce a Austerlitz, esa batalla en la que
Napoleón ha concebido todo, imaginado todo...
hasta los movimientos del adversario. Es la brillante
demostración de la mecánica imperial
– esa ciencia inigualable e inigualada.
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| Botines
y prendas de la Consagración
del Emperador |
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El mítico Sombrerito,
bicornio del Emperador |
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Y además
y además también, Austerlitz marca
el inicio de la imaginería imperial. ¿Se
puede soñar en toda la historia militar
escena más bella que la velada de la víspera
de la batalla, esa noche de Austerlitz, esa cabalgata
de Napoleón en la neblina, esa cabalgata
del Emperador rodeado de jinetes portando antorchas
y yendo a hacerse aclamar de vivaque en vivaque?
Luego, de repente, todo el frente de bandera iluminándose
en honor del aniversario de la Consagración.
Las músicas tocan marchas mientras un inmenso
clamor de ¡Viva el Emperador! clamado
por ochenta mil hombres, ¡desgarra las tinieblas
y va a llamar la atención de los soldados
rusos y austriacos! Esos vencidos de mañana...
Su derrota será completa, la victoria total.
El emperador de Austria irá al vivaque
de su vencedor para implorar la paz. Y Napoleón
se dirige a sus soldados, como solo él
sabe hablarles: « Soldados,
estoy contento de vosotros. ¡Soldados, os
llevaré de vuelta a Francia! Dad mi nombre
a vuestros hijos, yo os lo permito. Soldados,
os bastará más tarde decir: “yo
estaba en Austerlitz”, para que se responda:
“¡He aquí un bravo!”
».
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El
Emperador en traje de la Consagración
por François Gérard,
1805.
El heraldo de armas ha proclamado
majestuosamente: «¡El
muy glorioso y muy augusto Napoleón,
Emperador de los franceses,
está consagrado e intronizado!
», y el Emperador
murmura su hermano: «
¡Ah! José, si
babbu ci vidia - si papá
nos viera! »
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El año
siguiente, aplastará a Prusia en
Iena,
mientras Davout es vencedor en Auerstaedt.
Luego, es la persecución legendaria.
Y Murat podrá escribir a Napoleón:
« Sire, el combate se termina,
a falta de combatientes. »
Helo aquí en Berlín. Un
solo trofeo le interesa: la espada del
gran Federico, que se llevará con
él.
1807, ¡el año de Friedland!
Y algunos días más tarde,
antes de encontrarse con el Zar, el Emperador
puede exclamar orgullosamente: «
Mis águilas
son enarboladas sobre el Niemen! »
A finales
del mes de septiembre de 1808, Napoleón
se encuentra en Erfurt. La famosa entrevista
se interpreta el 27. « Se interpreta
», pues, cuando se trata de Napo1éon,
siempre hay en sus palabras y sus actos
un lado teatral.
En la mesa, teniendo a su diestra al Zar,
los reyes de Westfalia y de Wurtemberg;
a su izquierda, los reyes de Sajonia y
de Baviera, lanza: « ¡Cuando
tenía el honor de ser teniente
de artillería! »
Cual buen
empresario, ha convocado a los mejores
actores de la Comedia francesa, los mejores
cocineros de la cocina francesa, y no
ha omitido invitar a Goethe y a Wieland,
a quienes condecora. Todo el mundo de
hecho se cree sobre la escena, incluso
Alejandro quien, en el teatro de Erfurt,
se levanta en su palco y aprieta la mano
de su vecino Napoleón al oír
a Talma exclamar en Edipo:
«
La amistad de un gran hombre es un
beneficio de los dioses. »
La paz
es breve... Mientras deja a sus mejores
tropas en España, vuelve a partir
hacia Viena « con sus pequeños
conscriptos, su nombre y sus grandes botas
». Y es Wagram, esa victoria que
no es un golpe mortal para Austria.
El ejército del emperador Francisco
se retira en buen orden... al caer la
noche. Múltiples muertos y heridos
se quedan en el campo de batalla. ¡Horrible
espectáculo!
- « Quien
no ve con el ojo seco un campo de batalla,
dijo, causa la muerte de muchos hombres
inútilmente... »
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¡Jamás
tal vez un hombre ha llevado tanto en sí
el deseo de sobrevivirse como Napoleón!
Fundar una raza, crear una nueva dinastía,
forjar el primer eslabón fue, apenas hubo
alcanzado el trono imperial, su mayor preocupación.
Habiéndole dado María Walewska un
hijo, puede entonces esperar sobrevivirse. Repudia
a Josefina y decide desposar a la archiduquesa
María Luisa de Austria.
En Compiègne, esperando a su futura esposa,
está ebrio de impaciencia y se abandona
a su imaginación soñando con su
futuro heredero quien, por su madre, descenderá
de las más ilustres familias de Europa.
Será el sobrino nieto de Luis XVI. El infante
no tomará el lugar de los Borbones, les
sucederá.
Los Estados del Papa, Holanda, las ciudades hanseáticas
son recortadas en departamentos franceses. La
república del Valais –departamento
del Simplón– es anexada al Imperio.
Ya los estados más allá del Ebro
y las no menos lejanas tierras ilirias están
agrupados en gobierno general y, el día
siguiente del nacimiento del rey de Roma, serán
franceses.
El niño ha nacido y encuentra una corona
en su cuna, la corona temporal del Papa. ¡El
rey de Roma!
« Lo
envidio, murmura sollozando de felicidad,
la gloria le espera,
mientras que yo tuve que correr tras de ella.
Para tomar el mundo, no tendrá más
que extender los brazos. »
Y eso duró menos de tres años...
 |
| Frente
a este cuadro que representa el
momento en que, al final de la
batalla de Austerlitz,
Rapp presenta al Emperador un
prisionero de alto rango, el Príncipe
Repnín,de la Guardia rusa,
vemos las fundas de arzón,
la manta sudadera de la silla
y el catalejo empleados por Napoleón
el día de la inmortal jornada. |
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 |
El Emperador presenta
al Rey de Roma. Estatuilla
en bronce.
Las aclamaciones resuenan en
las bóvedas de Nuestra
Señora y redoblan cuando,
después de haber besado
tres veces a su hijo, Napoleón,
invadido por la emoción,
el corazón batiente y
ebrio de felicidad, eleva al
pequeño rey hacia el
cielo, presentando al pueblo
al futuro soberano del imperio
de Occidente.
¡Y los pueblos beatos
no pudieron sino callar
Pues sus dos brazos alzados
presentaban a la tierra
Un infante recién nacido! |
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|
¡1812! Es
la catástrofe de Rusia. El 15 de diciembre,
el mariscal Berthier puede escribir a Napoleón:
« Sire, la armada no existe más...»
Y ahora, todo va a ir muy rápido, trágicamente
rápido... « Estáis perdido,
Sire », le dirá Metternich.
Ese mismo año de 1813, en que se lleva
a cabo la batalla de las naciones, verá
hundirse el Imperio de Napoleón bajo los
golpes del emperador Francisco –su suegro–
del rey de Prusia y de Bernadotte.
El Gran Imperio está muerto. Francia conozco
a su vez la invasión.
« ¡Cincuenta
mil hombres y yo, da cien mil hombres!
»
¡Sí, pero los Aliados son doscientos
mil! Por mucho que Napoleón « calce
sus botas de 93 », París
es tomado. Los mariscales exigen la abdicación.
Y en Fontainebleau todo se derrumba. Generales
y domésticos, todos o casi, han huido para
unirse al nuevo gobierno. María-Luisa está
en el Loira con lo que queda de la corte imperial.
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Medallas
del Emperador Napoleón
La placa de la Legión de honor
portada por el Emperador durante la
batalla de Lutzen, y que llevó
a Santa Elena (2). A la extrema izquierda
(1), el gran cordón y la gran
águila de la Orden
de la Legión de honor. En
el centro-derecha (4), reunidos por
un único listón, el águila
de plata de la Legión de Honor
y la insignia de la Orden
de la Corona de Hierro. En el centro-izquierda
(3), el águila de oro de la Legión
de Honor, la insignia de oro de la Orden
de la Corona de Hierro y la insignia
de la Orden
de la Reunión. Finalmente
(5) el gran collar y tres cruces de
la Legión de Honor. |
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Se alista para
partir a Rambouillet con el pequeño rey
de Roma, a fin de alcanzar ahí al emperador
Francisco. Solo los grognards de la Vieja Guardia
ocupan los puestos en el castillo. Es de ellos
–después de haber vanamente pensado
en poner fin a sus días– de quienes
se despedirá. Lo que queda de la Guardia
–el primer regimiento de granaderos a pie
y los marinos de la Joven Guardia– se encuentra
alineado e n dos filas. A lo lejos, detrás
de las rejas, toda la población se ha amasado.
Primero hay un pesado silencio, luego los tambores
se ponen a redoblar. Con un gesto, Napoleón
los detiene. Seguido por sus comisarios extranjeros
y por sus últimos fieles, desciende los
escalones. Una vez que ha llegado al centro del
patio, se detiene. Con una voz clara, lanza las
palabras inmortales:
« Soldados de
mi Vieja Guardia, me despido de vosotros. Desde
hace veinte años, os he hallado constantemente
en el camino del honor y de la gloria... parto:
vosotros, amigos míos, continuad sirviendo
a Francia. ¡Su dicha era mi único
pensamiento, será siempre el objeto de
mis deseos! No os lamentéis por mi suerte;
si he consentido a sobrevivirme, es para servir
aún a vuestra gloria. ¡Quiero escribir
las grandes cosas que hemos hecho juntos!... ¡Adiós,
hijos míos! ¡Quisiera abrazaros a
todos en mi corazón; que abrace al menos
a vuestra bandera!...»
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Espadas
del Emperador Napoleón
De derecha a izquierda: la espada
llamada de Milán,
una espada de servicio, la espada
de la Consagración, la
espada dicha de los Cameos,
y la espada del Instituto de Egipto.
Abajo, la espada del Primer Cónsul. |
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Napoleón se llevará
con él a Santa Elena
esta miniatura del Rey de Roma,
ejecutada por Isabey. Al mirarla,
se le oía suspirar: «
Más vale para mi
hijo que yo esté aquí.
Si vive, mi martirio le valdrá
una corona... Si muero en la
cruz -y si él está
aún vivo- llegará
al trono. » A veces,
leía en voz alta Andrómaca,
« La pieza de los
padres desdichados »,
como la llamaba:
Pasaba hasta los lugares
donde se guarda a mi hijo...
Iba, Señor, a pasar un
momento con él.
No lo he besado aún el
día de hoy.
Su voz se quebraba en este pasaje
y cerraba el libro... |
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Con las lágrimas
en los ojos, el general Petit avanza. El Emperador
abre sus brazos. Una emoción indecible
despunta. Los mismos generales aliados sienten
cerrarse su garganta. La guardia de honor que
rodea a la bandera del 1er regimiento de granaderos
da un paso. Nombres prestigiosos están
bordados en ella: Marengo, Austerlitz, Iena,
Eylau, Friedland, Wagram, Viena, Berlín,
Madrid, Moskova, Moscú. Napoleón
camina hasta la bandera y la besa. Y en las filas
pasa como un estremecimiento...
Rápidamente,
el Emperador se dirige hacia su carruaje donde
Bertrand le espera. El general Petit les sigue
sollozando. La portezuela se cierra. El cochero
da la orden a sus seis caballos y la berlina pasa
frente a la Guardia, dirigiéndose hacia
la reja, luego, una vez en la plaza, toma a la
izquierda la ruta del bosque. Primera vuelta de
rueda en el camino del exilio, la ruta de la isla
de Elba... Una ruta que será un calvario,
una ruta en donde se le insultará, en la
que se verá obligado a disimularse y a
escabullirse, con una cucarda blanca en el sombrero!
No volverá a sonreír hasta una mañana,
en la isla de Elba, en que se le anuncia la llegada
de un puñado de soldados de la Guardia
que llegan a alcanzarle. Radiante de gozo, abraza
a su jefe diciéndole: « ¡He
pasado momentos
bien malos...
pero ahora estamos reunidos y todo está
olvidado! »
Todo está olvidado, la agonía de
Fontainebleau, la angustia que le oprimió
la garganta en los caminos pedrosos de Provenza.
Todo está olvidado puesto que sus compañeros
de armas están ahí... ¡aquellos
con quienes venció a Europa! Esos mismos
quienes, con una sonrisa en los labios, le seguirán
pronto hasta las torres de Nuestra Dama... Y cuando
llega a París, el 20 de marzo, el famoso
castaño de las Tullerías, que ha
floreado el primero en el corazón de un
jardín aún invernal, se asemeja
a un gigantesco bouquet de flores que los parisinos
ofrecen al héroe. La historia del vuelo
« de campanario en campanario » es
tan bella que se olvida la catástrofe con
que este regreso se sellará para Francia.
Los muertos de Waterloo ya no parecen haber sido
sacrificados, aún por una buena causa.
¡Waterloo!
Esa noche, Blücher escribe a su mujer:
« De concierto con Wellington,
he exterminado al ejército de Napoleón.
» Lo cual es ampliamente exagerado.
Los dos batallones del 1º de Granaderos
están todavía formados en
cuadro... Dos batallones contra dos ejércitos
enemigos... Siguiendo al Emperador, al paso
ordinario, en buen orden, serán los
últimos en dejar el campo de la última
batalla. Los prusianos se contentarán
con seguirles, fuera del alcance de los
fusiles.
¿Y
él? Él llora a su armada perdida.
Por segunda vez, el Emperador abdica.
Todo está
acabado – irremediablemente acabado.
Está ahora en Malmaison. En la recámara
en rotonda donde Josefina murió el
año pasado, sueña frente al
lecho sobre el cual velan dos cisnes de
alas desplegadas... Sueña... «
Es la mujer que
más he amado... »
Poco antes, uno de sus últimos fieles
le dijo: « ¡Qué hermoso
sería ver a Napoleón el Grande,
después de haber depuesto esa corona
colocada sobre su cabeza, después
de veinte años de gloria, ir a ofrecerse
en sacrificio para redimir la independencia
de la Patria! »
¿Rendirse al inglés, al «
más generoso de sus enemigos
»? Sí, tal vez... Este desenlace
sería hermoso. Pero no lo había
aceptado; sin embargo, la idea seguía
ahí, tenaz, obsesionante.
Terminará por imponérsele.
Y, al amanecer del 15 de julio de 1815,
tras haberse vestido con su uniforme legendario,
deja la tierra de Francia. El bricbarca
Epervier, (Gavilán) en cuyo
mástil ondea una bandera tricolor,
se aleja lentamente. Napoleón, con
el catalejo de Austerlitz al ojo, mira,
mar adentro, perfilarse el Belerofonte,
iluminado por el sol levante... |
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El legendario redingote
gris del Emperador |
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¡Ya una chalupa deja
los flancos del navío inglés
y rema esforzadamente hacia el bricbarca.
Son las seis de la mañana. Napoleón
no volverá a pisar tierra hasta dentro
de tres meses y dos días... y será
la de otra isla, esa « pequeña
isla » cuyo nombre había escrito,
veintisiete años antes, en Auxonne,
en su cuaderno de clase, hasta arriba de una
hoja que se quedó en blanco...
¡Santa Helena! Durante cinco años,
Prometeo encadenado en su roca, revivirá
su historia.
« ¡Qué
novela fue mi vida! » |
A.C.
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