Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL EMPERADOR NAPOLEÓN I EL GRANDE
 
« Estudio de una cabeza para un retrato de Napoleón en traje de la Coronación » por David, 1808.
S.M.I. y R. Napoleón I (1769-1821)
Emperador de los franceses y Rey de Italia
Esbozo al óleo de Jacques-Louis David (1748-1825) para el retrato de Cassel.

Por

André Castelot

André Castelot
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
 

Esta estatua permite evocar la primera etapa de su historia. Entonces es pensionario de la Escuela militar de Brienne.
Según el parecer de uno de sus condiscípulos, es «sombrío y hasta arisco, encerrado casi siempre en sí mismo», tanto que se le imagina «recién salido de un bosque y habiéndose sustraído hasta entonces a las miradas de sus semejantes». No por ello es menos estudioso, meditativo y bien notado. El caballero de Kéralio, inspector de las Escuelas reales, creyendo descubrir en él «una chispa que no se debería desatender demasiado», le destina a la Marina.
Así, contrariamente a ciertas leyendas, Napoleón no fue desdichado en Brienne.
Su gusto por la soledad sin duda llamó la atención del padre Berton, principal de la escuela, quien puso a su disposición un jardincito en el cual al futuro emperador le gusta meditar, sin testigos, en el pequeño cenador que se acondicionó en medio de las madreselvas.

Discutible por lo menos, la tradición según la cual el joven Napoleón tenía entonces una detestable escritura. A su camarada des Mazis le habría costado mucho leerle. Las cartas de la época, c1asificadas en los archivos de Prangins, vienen a tachar de falso esta afirmación.

Siendo ya Emperador, Napoleón se complace en volver a ver y recompensar a sus profesores de Brienne y distribuir puestos a sus antiguos condiscípulos.

¿Quién no conoce las etapas de su carrera?
Teniente segundo en Valence, donde, algunas noches, la melancolía y las ideas de muerte se abaten sobre él y le oprimen el corazón, sueña con nostalgia con la isla hacia la cual vuelan todos sus pensamientos.

Napoleón niño, en Briena
Estatua en el jardín del castillo de Prangins, residencia del Prínipe Napoleón. «Para mi pensamiento, Brienne es mi patria, es ahí donde sentí las primeras impresiones del hombre», dirá más tarde el Emperador. Obra de Louis Rochet (1813-1878).

El 15 de septiembre de 1786, ¡qué dicha para la Señora Letizia al estrechar en sus brazos al querido «pequeño Nabulio» vestido con su hermoso traje azul con dobladillo rojo! ¡Es el primer corso en convertirse en oficial del rey! Conoce a los niños nacidos durante su larga ausencia: Paolina o Paoletta -la futura princesa Paulina- María Annunziata –o Carolina –que se convertirá un día en Carolina, reina de Nápoles, y Girolamo, Jerónimo- que no tiene más que dos años y será rey de Westfalia.
Es el 16 de septiembre de 1793 que la estrella se elevó. Esa noche, el corso Salicetti, diputado de la Convención, en misión en el Sur, recibe en el pueblo de Beausset, en los alrededores de Tolón, la visita de un capitán de veinticuatro años, un compatriota que, como él, ha combatido a Paoli.
Y, una hora más tarde, el representante escribe al Comité de Salud Pública: «El azar nos ha servido de maravilla, detuvimos al ciudadano Bonaparte, capitán instruido, quien iba en camino al ejército de Italia, y le ordenamos remplazar a Dommartin, el jefe del batallón que comandaba la artillería del sitio de Tolón, quien había sido gravemente herido

Dos diplomas firmados «Louis»: el de la derecha nombra a Napoleón a la Escuela militar de París en calidad de cadete-gentilhombre; el de la izquierda le da el cargo de teniente segundo.
La llave de la puerta de la recámara de Napoleón en Auxonne
«Cuando tenía el honor de ser teniente segundo , desayunaba con pan seco, pero cerraba con llave mi puerta sobre mi pobreza».

Gracias a Tolón, helo aquí general. ¿Su jefe, Dugommier, no dijo acaso: «Si fuésemos ingratos con él, este oficial se ascendería solo»? Pero la fortuna parece ya alejarse del joven Bonaparte. Víctima de Termidor, es declarado excedente. El futuro Emperador vive miserablemente con su medio sueldo, en el hôtel du Cadran Bleu, calle de la Huchette, esta calle es sombría como un pozo. Solo come una vez al día y se contenta a medio día con una taza de café negro. Ase priva de todo para poder enviar algunos subsidios a su madre.

Imaginen al pequeño general dejando su vivienda, dirigiéndose apresuradamente, la noche del 12 vendimiario, hacia las Tullerías donde Barras llama a los oficiales generales «caídos en desgracia por su republicanismo».

Congrega a su alrededor a estos oponentes, puesto que se trata de combatir la insurrección realista. Imagínenlo, y lo verán, caminando a grandes pasos sobre el pavimento de la rue de la Huchette, así como lo ha descrito un testigo: «Su sombrerito terminado con un penacho de azar mal fijado, el cinturón tricolor más que negligentemente anudado, su traje hecho a la diabla y un sable que, en verdad, no parecía el arma que debiese hacer su fortuna
¡Y sin embargo!

Dándole la ocasión de someter a los realistas de Saint-Roch y de salvar a la Convención, la Historia, por segunda vez, vino a tomar al pequeño corso de la mano...

Sortija de compromiso obsequiada por Napoleón a Josefina.

Algunos días más tarde, el 18 vendimiario, deja definitivamente el hôtel du Cadran Bleu para instalarse en la magnífica residencia del general que comanda el ejército del Interior. Fue sin duda entonces cuando conoció a Josefina de Beauharnais...
Un cuerpo suelto como una palma de las islas, un cuerpo todo languidez. La ama, la desposa a paso de carga y parte hacia Italia para inscribir en la Historia su más bella campaña.

Se ha encargado de la armada de Italia, el ejército más estragado de la República, una verdadera banda de tunantes, y se ha impuesto a los viejos mostachos. «Este pequeño bribón de general me dio miedo», confiesa Augereau... Entre dos combates, esos combates que van a darle Italia a Francia, envía a Josefina misivas que están entre las más hermosas cartas de amor de la Historia.

¡El Piamonte ha sido conquistado! El rey de Cerdeña baja las armas. El armisticio es firmado. Antes de lanzar a su ejército contra los austriacos, dirige a sus treinta mil hombres lo que ha sido llamada su carta de nobleza.

«¡Soldados! ¡Os habéis llevado en quince días seis victorias, tomado veintiuna banderas... Habéis ganado batallas sin cañón, pasado ríos sin puentes, hecho marchas forzadas sin zapatos, vivaqueado sin aguardiente y frecuentemente sin pan. ¡Las falanges republicanas, solo los soldados de la libertad eran capaces de sufrir lo que habéis sufrido!... Pero tenéis aún combates que librar, ciudades que tomar, ríos que pasar...»

El pintor Simon Boilly retrató al Primer Cónsul en 1800, cuando éste acababa de tomar el poder. Gaudin lo verá en la misma época. Como todos los demás, queda sorprendido por la actividad intensísima que despliega y por la extraordinaria agudeza de su mirada azul.
«Hallé en efecto a un personaje que no me era familiar más que por el alto renombre del que se había hecho acreedor, dirá Gaudin; de una talla poco elevada, delgado en extremo, la tez amarilla, el ojo del águila, los movimientos vivos y animados».
La incomparable Josefina poseía una piel deslumbrante, cabellos sedosos castaño claro con reflejos rojizos, ojos cambiantes. Algunos testigos los verán azules, los pintores nos los muestran generalmente color café; sus dos pasaportes, establecidos en 1795 los indican como «anaranjados» o «negros»... Divergencias debidas probablemente a que los tiene «casi siempre medio cerrados por sus amplios párpados ligeramente arqueados y rodeados de las más bellas pestañas del mundo» .

Luego se abre la prodigiosa campaña. La Lombardía es conquistada, Bonaparte afirma a los habitantes que ha venido a libertarlos y a romper sus cadenas. Se lanza, una bandera en mano, sobre el puente de Árcole y, la noche de Lodi, confía a Murat: «Siento que estoy destinado a acciones de brillantez que el mundo no sospecha».

¡Árcole, Lodi, Rivoli!... Nombres que entran, ellos también, en la fulgurante epopeya. La noche de Rívoli, mientras los soldados van a poner a sus pies treinta banderas enemigas, Bonaparte ve al joven Lasalle titubear de fatiga. Entonces muestra las banderas acumuladas frente a su caballo: «¡Acuéstate sobre ellas, Lasalle, lo has merecido bien!». Ya Napoleón transluce bajo Bonaparte.
Crea la República cisalpina, decreta, legifera, se ocupa de las artes y de las ciencias, impone, con pericia, su punto de vista al Directorio y, con fuerza, su voluntad a los diplomáticos. Ora zorro, ora león –lo confiesa– sabe que el secreto del gobierno consiste en escoger el momento en que hay que ser lo uno o lo otro.
La estrella –su estrella– está ahora bien elevada y brillará durante dieciocho años...

De regreso en París, acoge la gloria con serenidad. El incienso no se le sube para nada a la cabeza. Acepta entrar al Instituto, pero, cuando los realistas le hacen aperturas para convertirse en miembro del Directorio, sabe declinar sus ofrecimientos y evitar desconsiderarse.

«Veo, declara, que si permanezco en París estoy hundido dentro de poco. Todo se desgasta, ya no tengo gloria; esta pequeña Europa no provee demasiada; hay que ir a Oriente».

El proyecto que forma de atacar a Inglaterra en Egipto y cortar la ruta de las Indias ya ha sido estudiada por Leibniz. El Directorio suscribe a él con las segundas intenciones de alejar allende los mares a un general victorioso cuya gloria se torna estorbosa.
Napoleón se embarca en Tolónel sable se aleja», anota Barras), llega a Alejandría, la tierra de los Faraones, se interna en el desierto, rechaza a los mamelucos, entra al Cairo, ocupa Egipto, lo administra, y, después de la expedición de Siria, regresa a Abukir para evacuar a los turcos al mar.

«¡General, sois grande como el mundo!» le dice Kléber echándose a sus brazos la noche de la victoria.

El sable de Napoleón en Egipto y un grabado que muestra al General en jefe luciendo una túnica árabe. En realidad, el futuro Emperador solo vistió un día la vestimenta oriental que menciona Bourrienne... pero un acuarelista tuvo tiempo de ejecutar este retrato del héroe que los Egipcios llaman «el Gran Sultán» - el Sultán El Kebír.
La cantimplora de Marengo. Menos importante y deslumbrante que su espada o sus mapas, este objeto ciertamente no era menos necesario. Esta es la cantimplora de la cual Napoleón bebió durante la mítica batalla, tal vez después de haber dicho: «Ánimo, soldados, las reservas llegan. ¡Tened firmes!»
 

Pero Nelson, el año precedente, ha destruido la flota. Si el ejército francés es prisionero de su conquista, Bonaparte, por su parte, no lo está. Su papel se ha terminado en Egipto pero Europa le espera. Fiándose a su estrella, parte con un puñado de hombres amontonados en dos fragatas antaño tomadas en Venecia, y pasa, como esquivándolos, a través de los cruceros ingleses.

París se entera del desembarque de Bonaparte en Fréjus, el arrebato se apodera de la ciudad: se abraza, se patalea, se aplaude. ¡Francia va a recobrar su alma!
Hasta esa noche del 22 vendimiario, cuando la noticia corre por la ciudad, todo parecía muerto... La corrupción inaudita del gobierno de Barras no ya ni siquiera escandalizaba.

Es en Saint-Cloud, el 18 brumario año VIII – 10 de noviembre de 1799 – donde todo va a jugarse. Los soldados de Bonaparte parecen listos para «cruzar el Rubicón», pero los granaderos del Cuerpo legislativo dudan. Son más de las 5:00, el día cae, la bruma de noviembre ahoga al parque; hay que terminar antes de la noche. Luciano acaba de hacer pasar a su hermano un llamado angustiado. «Antes de diez minutos, hay que interrumpir la sesión, o ya no respondo de nada.» Bonaparte da por fin órdenes precisas. Gracias a Luciano – lo veremos más lejos – los soldados invaden la Orangerie. Algunos recalcitrantes se aferran a su escaño; los soldados los prenden y los llevan fuera. Los que resisten demasiado sienten el acero de las bayonetas acariciarles el espinazo.

Afuera, es el aturrullo, una fuga perdida en la noche que cae sobre los bosquetes. Para correr más rápido, los diputados abandonan sus vestidos en los saltos de lobo y sobre el césped, manchas púrpuras que viran en la neblina...

Diez años antes, Mirabeau había gritado al joven Dreux-Brézé quien palidecía bajo sus penachos:
«¡No saldremos de aquí más que por la fuerza de las bayonetas!». Su predicción acaba de cumplirse, ¡la Revolución ha muerto!

Bonaparte es Primer Cónsul y Francia se da a Bonaparte. Pero Austria ataca, primero hay que volver a conquistar Italia perdida. ¡Es Marengo! «Cuento vencerlos aquí», había dicho poniendo su dedo sobre el mapa.
A las 5:00, la batalla está perdida. A las 7:00, gracias a Desaix, quien ha recibido la orden de regresar, se ha ganado.

El saco del Primer Cónsul
La mañana en que se presentó ante Josefina, vestido por primera vez con su traje rojo bordado de oro de Primer Cónsul, Napoleón le preguntó si este atuendo le iba bien. Siempre muy apegada de espíritu a la monarquía de Antiguo Régimen, le respondió: «¡Menos bien que el de Condestable!». Se le había propuesto portar, en su calidad de Cónsul, un gorro rojo, pero Napoleón respondió abruptamente - y esta declaración era igualmente una profesión de fe: «¡Ni gorro rojo, ni tacón rojo!».

Y he aquí el regreso del vencedor. Atrás de un mameluco que lleva un arco en la mano, al medio día exactamente, Bonaparte aparece bajo el pórtico de las Tullerías, de ese castillo de las Tullerías donde acaba de instalarse en los apartamentos mismos de Luis XVI... Una gigantesca ovación se eleva hacia él. Simplemente vestido con su traje gris, monta un caballo blanco encaparazonado de terciopelo nacarado. Detrás de él, viene un centelleante barullo de ayudas de campo empenachados y dorados. «Ninguno de sus retratos se le parece, dirá Charles Nodier quien le vio en esa gloria. Es imposible captar el carácter de su figura, pero su fisonomía arrasa... Tiene el rostro muy largo, la tez de un gris de piedra, los ojos muy hundidos, muy grandes, fijos y brillantes como cristal

Va a colocarse, según la usanza consagrada desde ventoso, frente al castillo, en el lugar donde se yergue hoy el arco del Carrusel. Las tropas desfilan, sinfonía de casacas azules, de correajes amarillos, de charreteras rojas, de piernas calzadas con polainas blancas, de plumeros bermellón, de altas gorras de piel, mientras la música militar deja oír sus marchas lentas y solemnes. Y con su mirada «brillante como cristal», el general mira esos hombres con quienes dará la vuelta a Europa, Bonaparte se ha puesto a trabajar, dándose cuenta «de que no hay nada tan difícil de enjaezar como un pueblo que se ha sacudido su basto». Lo logra: «He cerrado el abismo anárquico y desembrollado el caos. He desmancillado la Revolución, ennoblecido a los pueblos y afianzado a los reyes. He excitado todas las emulaciones, recompensado los méritos y alejado los límites de la Gloria».

Francia renace...
Firma el Concordato, «una sociedad sin religión es como un navío sin brújula». Crea la Banca de Francia, instaura los prefectos y subprefectos y gracias a Gaudin reorganiza las finanzas.
¡El Consejo de Estado colabora a la redacción del Código Civil!
«¡Lo que nada borrará, dirá en la víspera de su muerte, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil!»

Retrato de Bonaparte, Primer Cónsul, por el Barón Gros. «Su palabra era grave, acentuada, nos dice Menevál, su secretario, pero no era interrumpida por ningún reposo. A medida que entraba en su tema, la inspiración se hacía sentir. Se revelaba por un tono más animado y por una especie de tic que consistía en un movimiento del brazo derecho que torcía dando un jalón con la mano

Los éxitos de Bonaparte han probablemente «confundido el orgullo británico», pero no han calmado lo menos del mundo a los realistas extremistas: Chuanes irreductibles que se niegan a dejarse pacificar. Para los que tienen el odio enclavijado en el alma, «el Usurpador es el hombre que hay que abatir». Según la expresión de Fouché, el aire está lleno de puñales. Después de la explosión de la máquina infernal, los Borbones – es al menos lo que el Primer Cónsul cree – lo toman como punto de mira. Y el duque de Enghien, apresado en territorio extranjero, es ejecutado en Vincennes.

Diez días antes de su muerte, Napoleón hizo volver a abrir su testamento y añadió estas líneas: «Hice arrestar y juzgar al duque de Enghien porque era necesario para la seguridad, el interés y el honor del pueblo francés, cuando el conde de Artois mantenía por su propia confesión, a sesenta asesinos en París. En semejante circunstancia, procedería hoy del mismo modo

¡Y he aquí ahora la Consagración! ¡La Consagración de Nuestra Señora de París! ¡El Papa en París! La carroza de oro tirada por ocho caballos bayos, la carroza en la que racimos de pajes verde y oro se suspenden en las partes delantera y trasera del vehículo.
Inolvidable ceremonia en la que Napoleón trata de renovar el pasado y de reconciliar la antigua y la nueva sociedad.

Domingo 29 de septiembre de 1805, 7 vendimiario año XIV, Napoleón está en Estrasburgo. Acaba de reencontrarse con su ejército, la Grande Armada. Hace quince días, sus ciento ochenta mil hombres se hallaban aún en Boloña, listos para invadir Inglaterra, pero el almirante Villeneuve –agotado por su campaña en la Martinica– Villeneuve y su flota no pudieron llegar a la Mancha. Entonces, bruscamente, Napoleón ha cambiado sus planes. Puesto que Austria y Rusia se han integrado a la coalición contra Francia, puesto que ya amenazan las fronteras del Imperio, es contra ellas que va a voltearse, no para hacer la guerra, sino para buscar la paz... esta paz que se escapará de él hasta 1814.

«No haré más que detenerme un poco en Viena, declara; una vez pacificado el continente, volveré al océano para trabajar en la paz marítima

No regresará jamás. Y es, ese día, desde Boloña, que dictará el plan de la inmensa migración. Su perfecto conocimiento de los hechos y su prodigiosa precisión de la mente le permiten prever las etapas, de establecer los itinerarios, de fijar las fechas sin tener que consultar un mapa o un estado de situación.
En quince días –en siete torrentes– la armada ha atravesado Francia. El soldado – ya es el grognard – gruñe...
«¡El Emperador hace la guerra con nuestras piernas!»
¡Gruñe, pero marcha! Al llegar a Estrasburgo, ha olvidado su fatiga. ¡El Emperador está ahí! Y sin un murmullo, bajo una lluvia que cae inexorablemente, los siete torrentes de armada atraviesan el Rin y penetran en Alemania. La campaña va a abrirse y nos conduce a Austerlitz, esa batalla en la que Napoleón ha concebido todo, imaginado todo... hasta los movimientos del adversario. Es la brillante demostración de la mecánica imperial – esa ciencia inigualable e inigualada.

Botines y prendas de la Consagración del Emperador.
El mítico Sombrerito, bicornio distintivo del Emperador.

Y además y además también, Austerlitz marca el inicio de la imaginería imperial. ¿Se puede soñar en toda la historia militar escena más bella que la velada de la víspera de la batalla, esa noche de Austerlitz, esa cabalgata de Napoleón en la neblina, esa cabalgata del Emperador rodeado de jinetes portando antorchas y yendo a hacerse aclamar de vivaque en vivaque? Luego, de repente, todo el frente de bandera iluminándose en honor del aniversario de la Consagración. Las músicas tocan marchas mientras un inmenso clamor de ¡Viva el Emperador! clamado por ochenta mil hombres, ¡desgarra las tinieblas y va a llamar la atención de los soldados rusos y austriacos! Esos vencidos de mañana... Su derrota será completa, la victoria total. El emperador de Austria irá al vivaque de su vencedor para implorar la paz. Y Napoleón se dirige a sus soldados, como solo él sabe hablarles: «Soldados, estoy contento de vosotros. ¡Soldados, os llevaré de vuelta a Francia! Dad mi nombre a vuestros hijos, yo os lo permito. Soldados, os bastará más tarde decir: “yo estaba en Austerlitz”, para que se responda: “¡He aquí un bravo!”».

El Emperador Napoleón en traje de la Consagración
por el barón François Gérard, 1805.
El heraldo de armas ha proclamado majestuosamente: «¡El muy glorioso y muy augusto Napoleón, Emperador de los franceses, está consagrado e intronizado!», y el Emperador murmura su hermano: «¡Ah! José, si babbu ci vidia - si papá nos viera!»

El año siguiente, aplastará a Prusia en Iena, mientras Davout es vencedor en Auerstaedt.
Luego, es la persecución legendaria. Y Murat podrá escribir a Napoleón: «Sire, el combate se termina, a falta de combatientes
Helo aquí en Berlín. Un solo trofeo le interesa: la espada del gran Federico, que se llevará con él.
1807, ¡el año de Friedland! Y algunos días más tarde, antes de encontrarse con el Zar, el Emperador puede exclamar orgullosamente: «Mis águilas son enarboladas sobre el Niemen!»

A finales del mes de septiembre de 1808, Napoleón se encuentra en Erfurt. La famosa entrevista se interpreta el 27. «Se interpreta», pues, cuando se trata de Napoléon, siempre hay en sus palabras y sus actos un lado teatral.
En la mesa, teniendo a su diestra al Zar, los reyes de Westfalia y de Wurtemberg; a su izquierda, los reyes de Sajonia y de Baviera, lanza: «¡Cuando tenía el honor de ser teniente de artillería!»

Cual buen empresario, ha convocado a los mejores actores de la Comedia francesa, los mejores cocineros de la cocina francesa, y no ha omitido invitar a Goethe y a Wieland, a quienes condecora. Todo el mundo de hecho se cree sobre la escena, incluso Alejandro quien, en el teatro de Erfurt, se levanta en su palco y aprieta la mano de su vecino Napoleón al oír a Talma exclamar en Edipo:

«La amistad de un gran hombre es un beneficio de los dioses»

La paz es breve... Mientras deja a sus mejores tropas en España, vuelve a partir hacia Viena «con sus pequeños conscriptos, su nombre y sus grandes botas». Y es Wagram, esa victoria que no es un golpe mortal para Austria.
El ejército del emperador Francisco se retira en buen orden... al caer la noche. Múltiples muertos y heridos se quedan en el campo de batalla. ¡Horrible espectáculo!
- «Quien no ve con el ojo seco un campo de batalla, dijo, causa la muerte de muchos hombres inútilmente...»

¡Jamás tal vez un hombre ha llevado tanto en sí el deseo de sobrevivirse como Napoleón! Fundar una raza, crear una nueva dinastía, forjar el primer eslabón fue, apenas hubo alcanzado el trono imperial, su mayor preocupación. Habiéndole dado María Walewska un hijo, puede entonces esperar sobrevivirse. Repudia a Josefina y decide desposar a la archiduquesa María Luisa de Austria.
En Compiègne, esperando a su futura esposa, está ebrio de impaciencia y se abandona a su imaginación soñando con su futuro heredero quien, por su madre, descenderá de las más ilustres familias de Europa. Será el sobrino nieto de Luis XVI. El infante no tomará el lugar de los Borbones, les sucederá.
Los Estados del Papa, Holanda, las ciudades hanseáticas son recortadas en departamentos franceses. La república del Valais – departamento del Simplón – es anexada al Imperio. Ya los estados más allá del Ebro y las no menos lejanas tierras ilirias están agrupados en gobierno general y, el día siguiente del nacimiento del rey de Roma, serán franceses.
El niño ha nacido y encuentra una corona en su cuna, la corona temporal del Papa. ¡El rey de Roma
!

«Lo envidio, murmura sollozando de felicidad, la gloria le espera, mientras que yo tuve que correr tras de ella. Para tomar el mundo, no tendrá más que extender los brazos

Y eso duró menos de tres años...

Frente a este cuadro que representa el momento en que, al final de la batalla de Austerlitz, Rapp presenta al Emperador un prisionero de alto rango, el Príncipe Repnín, de la Guardia rusa, vemos las fundas de arzón, la manta sudadera de la silla y el catalejo empleados por Napoleón I el día de la inmortal jornada.
El Emperador presenta al Rey de Roma. Estatuilla en bronce.
Las aclamaciones resuenan en las bóvedas de Nuestra Señora y redoblan cuando, después de haber besado tres veces a su hijo, Napoleón, invadido por la emoción, el corazón batiente y ebrio de felicidad, eleva al pequeño rey hacia el cielo, presentando al pueblo al futuro soberano del imperio de Occidente.
¡Y los pueblos beatos no pudieron sino callar
Pues sus dos brazos alzados presentaban a la tierra
Un infante recién nacido!

¡1812! Es la catástrofe de Rusia. El 15 de diciembre, el mariscal Berthier puede escribir a Napoleón: «Sire, la armada no existe más...»
Y ahora, todo va a ir muy rápido, trágicamente rápido... «Estáis perdido, Sire», le dirá Metternich. Ese mismo año de 1813, en que se lleva a cabo la batalla de las naciones, verá hundirse el Imperio de Napoleón bajo los golpes del emperador Francisco –su suegro– del rey de Prusia y de Bernadotte.
El Gran Imperio está muerto. Francia conoce a su vez la invasión.
«¡Cincuenta mil hombres y yo, da cien mil hombres!»
¡Sí, pero los Aliados son doscientos mil! Por mucho que Napoleón «calce sus botas de 93», París es tomado. Los mariscales exigen la abdicación. Y en Fontainebleau todo se derrumba. Generales y domésticos, todos o casi, han huido para unirse al nuevo gobierno. María-Luisa está en el Loira con lo que queda de la corte imperial.

Medallas y condecoraciones del Emperador Napoleón I
Numeradas de izquierda a derecha vemos: la placa de la Legión de honor portada por el Emperador durante la batalla de Lutzen, y que llevó a Santa Helena (2). A la extrema izquierda (1), el gran cordón y la gran águila de la Orden de la Legión de honor. En el centro-derecha (4), reunidos por un único listón, el águila de plata de la Legión de Honor y la insignia de la Orden de la Corona de Hierro. En el centro-izquierda (3), el águila de oro de la Legión de Honor, la insignia de oro de la Orden de la Corona de Hierro y la insignia de la Orden de la Reunión. Finalmente (5) el gran collar y tres cruces de la Legión de Honor.

Se alista para partir a Rambouillet con el pequeño rey de Roma, a fin de alcanzar ahí al emperador Francisco. Solo los grognards de la Vieja Guardia ocupan los puestos en el castillo. Es de ellos – después de haber vanamente pensado en poner fin a sus días – de quienes se despedirá. Lo que queda de la Guardia – el primer regimiento de granaderos a pie y los marinos de la Joven Guardia – se encuentra alineado en dos filas. A lo lejos, detrás de las rejas, toda la población se ha amasado. Primero hay un pesado silencio, luego los tambores se ponen a redoblar. Con un gesto, Napoleón los detiene. Seguido por sus comisarios extranjeros y por sus últimos fieles, desciende los escalones. Una vez que ha llegado al centro del patio, se detiene. Con una voz clara, lanza las palabras inmortales:
«Soldados de mi Vieja Guardia, me despido de vosotros. Desde hace veinte años, os he hallado constantemente en el camino del honor y de la gloria... parto: vosotros, amigos míos, continuad sirviendo a Francia. ¡Su dicha era mi único pensamiento, será siempre el objeto de mis deseos! No os lamentéis por mi suerte; si he consentido a sobrevivirme, es para servir aún a vuestra gloria. ¡Quiero escribir las grandes cosas que hemos hecho juntos!... ¡Adiós, hijos míos! ¡Quisiera abrazaros a todos en mi corazón; que abrace al menos a vuestra bandera!...»

Espadas del Emperador Napoleón I
De derecha a izquierda: la espada llamada de Milán, una espada de servicio, la espada de la Consagración, la espada dicha de los Cameos, y la espada del Instituto de Egipto. Abajo, dispuesta horizontalmente, la espada del Primer Cónsul.
Napoleón se llevará con él a Santa Helena esta miniatura del Rey de Roma, ejecutada por Isabey. Al mirarla, se le oía suspirar: «Más vale para mi hijo que yo esté aquí. Si vive, mi martirio le valdrá una corona... Si muero en la cruz - y si él está aún vivo - llegará al trono.» A veces, leía en voz alta Andrómaca, «La pieza de los padres desdichados», como él la llamaba:
Pasaba hasta los lugares donde se guarda a mi hijo...
Iba, Señor, a pasar un momento con él.
No lo he besado aún el día de hoy.

Su voz se quebraba en este pasaje y cerraba el libro...

Con las lágrimas en los ojos, el general Petit avanza. El Emperador abre sus brazos. Una emoción indecible despunta. Los mismos generales aliados sienten cerrarse su garganta. La guardia de honor que rodea a la bandera del 1er regimiento de granaderos da un paso. Nombres prestigiosos están bordados en ella: Marengo, Austerlitz, Iena, Eylau, Friedland, Wagram, Viena, Berlín, Madrid, Moskova, Moscú. Napoleón camina hasta la bandera y la besa. Y en las filas pasa como un estremecimiento...

Rápidamente, el Emperador se dirige hacia su carruaje donde Bertrand le espera. El general Petit les sigue sollozando. La portezuela se cierra. El cochero da la orden a sus seis caballos y la berlina pasa frente a la Guardia, dirigiéndose hacia la reja, luego, una vez en la plaza, toma a la izquierda la ruta del bosque. Primera vuelta de rueda en el camino del exilio, la ruta de la isla de Elba... Una ruta que será un calvario, una ruta en donde se le insultará, en la que se verá obligado a disimularse y a escabullirse, con una cucarda blanca en el sombrero! No volverá a sonreír hasta una mañana, en la isla de Elba, en que se le anuncia la llegada de un puñado de soldados de la Guardia que llegan a alcanzarle. Radiante de gozo, abraza a su jefe diciéndole: «¡He pasado momentos bien malos... pero ahora estamos reunidos y todo está olvidado!»
Todo está olvidado, la agonía de Fontainebleau, la angustia que le oprimió la garganta en los caminos pedrosos de Provenza. Todo está olvidado puesto que sus compañeros de armas están ahí... ¡aquellos con quienes venció a Europa! Esos mismos quienes, con una sonrisa en los labios, le seguirán pronto hasta las torres de Nuestra Dama... Y cuando llega a París, el 20 de marzo, el famoso castaño de las Tullerías, que ha floreado el primero en el corazón de un jardín aún invernal, se asemeja a un gigantesco bouquet de flores que los parisinos ofrecen al héroe. La historia del vuelo «de campanario en campanario» es tan bella que se olvida la catástrofe con que este regreso se sellará para Francia. Los muertos de Waterloo ya no parecen haber sido sacrificados, aún por una buena causa.

¡Waterloo!
Esa noche, Blücher escribe a su mujer: «De concierto con Wellington, he exterminado al ejército de Napoleón.» Lo cual es ampliamente exagerado.
Los dos batallones del 1º de Granaderos están todavía formados en cuadro... Dos batallones contra dos ejércitos enemigos... Siguiendo al Emperador, al paso ordinario, en buen orden, serán los últimos en dejar el campo de la última batalla. Los prusianos se contentarán con seguirles, fuera del alcance de los fusiles.

¿Y él? Él llora a su ejército perdido. Por segunda vez, el Emperador abdica.

Todo está acabado – irremediablemente acabado. Está ahora en Malmaison. En la recámara en rotonda donde Josefina murió el año pasado, sueña frente al lecho sobre el cual velan dos cisnes de alas desplegadas... Sueña... «Es la mujer que más he amado...»
Poco antes, uno de sus últimos fieles le dijo: «¡Qué hermoso sería ver a Napoleón el Grande, después de haber depuesto esa corona colocada sobre su cabeza, después de veinte años de gloria, ir a ofrecerse en sacrificio para redimir la independencia de la Patria!»
¿Rendirse al inglés, al «más generoso de sus enemigos»? Sí, tal vez... Este desenlace sería hermoso. Pero no lo había aceptado; sin embargo, la idea seguía ahí, tenaz, obsesionante.
Terminará por imponérsele.
Y, al amanecer del 15 de julio de 1815, tras haberse vestido con su uniforme legendario, deja la tierra de Francia. El bricbarca Épervier («Gavilán»), en cuyo mástil ondea una bandera tricolor, se aleja lentamente. Napoleón, con el catalejo de Austerlitz al ojo, mira, mar adentro, perfilarse el Belerofonte, iluminado por el sol levante...

El legendario redingote gris del Emperador
¡Ya una chalupa deja los flancos del navío inglés y rema esforzadamente hacia el bricbarca. Son las seis de la mañana. Napoleón no volverá a pisar tierra hasta dentro de tres meses y dos días... y será la de otra isla, esa «pequeña isla» cuyo nombre había escrito, veintisiete años antes, en Auxonne, en su cuaderno de clase, hasta arriba de una hoja que se quedó en blanco...
¡Santa Helena! Durante cinco años, Prometeo encadenado en su roca, revivirá su historia.
«¡Qué novela fue mi vida!»

A.C.