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Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador. |
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RELIGIOSA DE NAPOLEÓN
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Por
Monseñor Guillermo Tower
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El
“Cristo
de los Ultrajes”
Esta imagen de tamaño
natural de Jesucristo,
“Ecce Homo”,
pertenecía originalmente
al Gran-Mariscal Bertrand.
Al enterarse de su existencia,
el Emperador se la mandó
pedir y la hizo colocar
sobre el tabernáculo
de su capilla personal,
en Longwood.
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"De
qué murió Napoleón",
"Cómo murió Napoleón",
"Dónde murió
Napoleón", "Asesinato
de Napoleón" |
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Si
bien tanto la compleja cuestión
política y diplomática
entre el Emperador y el Vaticano,
así como su tormentosa
relación con el Papa
Pío VII han dado lugar
a las más diversas
y extrañas teorías,
y hasta a las locuras más
extravagantes, Napoleón
se manifestó sin embargo
de manera muy clara en lo
que se refería a sus
inquietudes metafísicas
y sus creencias religiosas
personales. Así, afirmaba
sin ambages desde un punto
de vista general que «
el
sentimiento religioso es tan
consolador que es una bendición
del cielo poseerlo
(…) El
ateismo
–
afirmaba – es
destructor de toda moral,
si no en los individuos, al
menos en las naciones
». Las citas de este
tipo se podrían multiplicar
a voluntad.
En un plano individual, en
el caso personal de Napoleón,
es importante recordar los
comentarios del Emperador
durante su deportación
en Santa Helena, cuando tuvo
la oportunidad de explayarse
largamente con sus compañeros
de exilio y en especial con
el conde Emmanuel de Las Cases,
sobre su sentimiento religioso
íntimo.
Educado en la religión
Católica, nunca se
le ocurrió a Napoleón
renegarla en nada. De hecho,
las primeras palabras de su
testamento serán consagradas
a afirmar esta fidelidad de
conciencia:
« Muero
en la religión apostólica
y romana en cuyo seno he nacido
».
Si
se abstuvo a lo largo de toda
su vida de toda práctica
asidua, no fue, como tantos
lo afirman, por desinterés
y menos aún por “ateísmo”,
ya que, como lo afirmaba «
todo
sobre la tierra proclama la
existencia de Dios
», sino bajo la influencia
del racionalismo discutible
de ciertos filósofos
pre-revolucionarios, así
como, indubitablemente, desconfiando
de un cierto clero cuyo comportamiento
reprobable constituía
una grave ofensa para la verdadera
fe cristiana.
Sin
más preámbulos,
presentamos a continuación
un extracto del importante
pero muy mal conocido libro,
“Lo que
los biógrafos de Napoleón
callan”,
del húngaro Monseñor
Guillermo Tower, prelado pontificio,
emérito Arcediano castrense;
esta obra fue publicada por
la Librería Salesiana,
Rákospalota, en 1937. |
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Con
toda razón dice Carlyle
que “desde cualquier
punto de vista hay que decir que
el hecho más importante
para un hombre es su religión”
(1). Y tratándose
de Napoleón también
importa saber, no solamente cuales
fueron sus ideas, religiosas en
teoría y en sus relaciones
con los demás, sino más
todavía hasta qué
punto practicó personalmente
su religión, y a este respecto
podemos decir lo que sigue.
Napoleón leía con
frecuencia Y muchas veces en voz
alta la Sagrada Escritura, o sea
el Antiguo y el Nuevo Testamento
(2) Y a
este propósito cuenta Las
Cases que, en una ocasión
hizo que su hijito, el pequeño
Las Cases, le llevara el Evangelio
y leyó todo entero el “sermón
de la montaña”,
diciendo que había quedado
arrebatado y extasiado con la
pureza, la sublimidad y la belleza
de la moral que enseña.
(3)
Después
de sus victorias más sonadas
y de los acontecimientos más
alegres solía mandar que
se cantara un Te Deum, al cual
asista personalmente con toda
su corte, para darle mayor solemnidad
y ya en 1801 se registró
como un acontecimiento que maravilló
a todo el dominio francés
el hecho de que el 18 de junio
hubiera asistido Napoleón
con todo su Estado Mayor a la
misa solemne de acción
de gracias celebrada en el Duomo
de Milán, hecho del cual
el mismo día dio noticia
a los Cónsules (4)
Y el 25 de marzo del año
siguiente para celebrar la paz
de Amiens y el 18 de abril por
la conclusión del Concordato
mandó celebrar funciones
solemnes de acción de gracias,
a las que asistió personalmente
a la cabeza de sus generales,
como lo hizo siempre en ocasiones
posteriores.
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Napoleón
yendo a misa,
por F. De Myrbach |
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También
en otras ocasiones oía Napoleón
la Santa Misa; y cuando estaba en París
la oía todos los domingos
con la emperatriz y la corte. Siempre
se hizo notar la digna compostura que
observaba durante las funciones sagradas,
que formaba contraste con las actitudes
frívolas de los anteriores reyes
de Francia. (5)
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Servicio
religioso de la capilla del
Emperador. Estas
hermosas piezas en plata portan
las iniciales LBR,
de Leticia Bonaparte Ramolino,
madre del Emperador, quien
era su propietaria. Estos
objetos la acompañaron
durante su exilio romano,
hasta que le fueron enviados
a Napoleón en 1819
junto con una capilla romana
ordenada por el Cardenal Fesch,
tío del Emperador. |
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En Santa
Helena, cuando llegaron los dos sacerdotes,
no solamente dispuso que uno de los dos
celebrara la misa en su comedor “todos
los domingos y fiestas de guardar”,
sino que tuvo cuidado de que también
los demás la pudieran oír,
y más tarde quiso que se celebrara
diariamente. (6)
Siempre hacía genuflexión
al pasar por el altar del Santísimo
Sacramento. (7)
Cuando fueron abiertas, en las habitaciones
de Napoleón, las cajas que llevó
Antonmarchi, todos metieron la mano, incluso
Napoleón, pero en llegando a los
ornamentos sagrados no quiso Napoleón
que los tocaran sino los sacerdotes, diciendo:
“Llamad
a los sacerdotes y cuidado con que alguno
toque estos objetos”.
(8)
Desde
que subió al trono no volvió
a comulgar, pero hasta en esto es de notar
su conducta franca y viril. Para ser coronado,
debía haber comulgado, según
el antiguo ceremonial y si hubiera sido
crédulo o no hubiera tenido respeto
al sacramento hubiera tomado también
esta ceremonia a la ligera, y hubiera
comulgado sin más ni más,
pero no quiso recibir indignamente el
sacramento y prefirió hacerse dispensar
la comunión y así lo entendió
Pío VII. (9)
El Viernes
Santo ayunaba con toda su corte, y por
lo tocante a los demás ayunos hizo
que se los dispensaran por motivos de
salud. (10)
Hasta
el día de su coronación
vivió Napoleón con Josefina
sin más lazo que el registro civil
del matrimonio, tal vez desde entonces
con la intención secreta de separarse
a la hora en que se convenciera de que
no había de tener hijos, pero para
los demás siempre procuró
el matrimonio religioso, y así,
por ejemplo, obligó a su cuñado
Murat a casarse por la Iglesia, y antes
de su coronación regularizó
su matrimonio con Josefina, si bien más
tarde fue declarado nulo, (11)
pero con María Luisa se
casó por la Iglesia por procurador.
Siempre
le fue muy querido el toque de las campanas
al Ave María y a las oraciones
de la tarde (12).
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Crucifijo
del Emperador
Napoleón
Esta hermosa a cruz
de madera ennegrecida
y plata, de factura
romana, llegó
a Longwood House en
1819, llevada por
los curas enviados
por el Cardenal Fesch.
El abate Vignali la
posó sobre
el pecho del Emperador
cuándo éste
murió, permaneciendo
allí durante
los oficios. |
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| El
abate Vignali administra
el viático a
Napoleón
Esta rara y romántica
litografía de
Horace Vernet data de
del año 1838.
Representa el momento
en que, después
de haber comulgado,
el Emperador recibe
los últimos sacramentos,
o extremaunción,
el 3 de mayo de 1821.
Napoleón se extinguiría
poco después,
el 5 de dicho mes. |
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Hacia
el fin
de su vida hizo llamar muchas veces
al sacerdote y para que no llamara la
atención hacía que se presentara
vestido de seglar, y cuando comulgaba
quería que “a
nadie mostrase lo que llevaba,
(a saber el Santísimo)”.
“Un día, escribe Montholon,
(la tarde del 20 de abril), me dijo
el general que llamara yo al sacerdote;
que después los dejara solos y
no volviera yo sino después de
que hubiera salido el sacerdote y que
nadie supiera que en esa tarde había
estado Vignali conmigo. Obedecí.
El sacerdote estuvo con el Emperador cerca
de una hora y cuando volví a su
lado lo encontré muy tranquilo,
sin que en su voz se notara la menor excitación,
habló de religión y poco
minutos después se durmió”.
(13)
El 21
de abril dijo Napoleón a Vignali:
“Yo
nací en la Iglesia Católica
y quiero cumplir las obligaciones que
me impone y gozar de las fuerzas que proporciona.”
(14)
Antonmarchi
escribe que un día (el 3 de mayo)
mientras salía Vignali de la cámara
del emperador, pudo percatarse de que
le había administrado los últimos
sacramentos. (15)
En realidad,
Napoleón se confesó, recibió
los últimos sacramentos y dijo
después estas hermosas palabras:
“Ya
hice las paces con toda la humanidad”.
(16)
NOTAS:
1) “It
is wel1 said, in every sense, that a man’s
religion is the chief part with regard
to him”, (On heroes, hero-worship
and the heroic of history, 1873,
página 2).
(2) Dr. Barry Edward O’Meara, “Napoleon
in Exile”, (“Napoleon
in der verbannung”), Dresda, 1822,
II, página 106.
(3) Conde Emmanuel de Las Cases, “Memorial
de Santa HHelena (7 de junio de 1816).
(4) “Correspondencia de Napoleón
I”, publicada por Napoleón
III, 1858; VI, página 269.
(5) Dr. Engelbert Fischer, “Napoleón”,
I, 1904, páginas 232 y 235; - Frédéric
Masson: “Napoleon en
Hause”, (En alemán v.
Marsehall v Bieberstein, 3ª edición,
página 278). - Weisz, Szabo, “Historia
Universal”. (Edición
húngara, 1897-1905, volumen XXII,
páginas. 24-9 y 253).
(6) Francisco Antommarchi, Les derniers
moments (“Los últimos
momentos de Napoleón”), páginas
52 y 80; II, página 67.
(7) “El pontificado de Pío
VII”, I, página 163.
(8) Francisco Antommarchi, “Les
derniers momens”, I, página
51.
(9) Dr. Englebert Fischer, Op. cit.,
páginas 200-1.
(10) Dr. Englebert Fischer, Op. cit.,
página 235.
(11) Alegando como motivo que no había
estado presente “el pastor propio
de las partes”, al cual ni siquiera
se le había avisado, siendo así
que el concilio de Trento exige su presencia,
para la validez, cuando menos por delegación.
12) Conde de Las Cases, “Memorial
de Santa HHelena”, (Edic. 1923,
página 251).
13) Conde de Montholon, “Récits
de la captivité de l’Empereur
Napoléon à Sainte-Hélène”,
(“Relatos de la cautividad de Napoleón
en Santa HHelena”) II, páginas.
53-4.
(14) Recuerda Antommarchi, que el 21 de
abril de 1821, Napoleón: “...
a la una y media mandó por Vignali.
“¿Sabéis,
abate, lo que es una capilla ardiente?”
– sí, Majestad – ¿Habéis
servido en alguna? – En ninguna.
Pues bien, serviréis
en la mía.”
Entra en este asunto en los más
grandes detalles, y da al cura largas
instrucciones. Su figura estaba animada,
convulsiva; yo seguía con inquietud
las contracciones que sufría, cuando
sorprendió en la mía no
sé qué movimiento que le
disgustó. “Estáis
por arriba de estas flaquezas; pero qué
queréis, no soy ni filósofo
ni médico. Yo creo en Dios, soy
de la religión de mi padre: no
es ateo quien quiere.” Luego,
regresando al cura: “Nací
en la religión católica,
quiero cumplir los deberes que me impone
y recibir el socorro que administra. Diréis
todos los días la misa en la capilla
contigua, y expondréis el Santo
Sacramento durante las cuarenta horas.
Cuando esté muerto, colocaréis
vuestro altar a mi cabeza, en la capilla
ardiente; continuaréis celebrando
la misa, haréis todas las ceremonias
debidas, no cejaréis hasta que
esté en la tierra.”
(15) Dice textualmente Antommarchi
en su obra: “... el enfermo
se ha reposado algunos instantes. La fiebre
disminuye. Nos retiramos. Vignali se queda
solo, y nos alcanza algunos instantes
después, en la pieza contigua,
en donde nos anuncia que administró
el viático al Emperador”.
(16) Dr. Engelbert Fischer, Op. cit.,
páginas 251-2.
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