
| VIDA
RELIGIOSA DE NAPOLEÓN
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Por Monseñor
Guillermo Tower
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El
“Cristo de los Ultrajes”
Esta imagen de tamaño natural
de Jesucristo, “Ecce Homo”,
pertenecía originalmente al Gran-Mariscal
Bertrand. Al enterarse de su existencia,
el Emperador se la mandó pedir
y la hizo colocar sobre el tabernáculo
de su capilla personal, en Longwood. |
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Si
bien tanto la compleja cuestión
política y diplomática
entre el Emperador y el Vaticano,
así como su tormentosa relación
con el Papa Pío VII han dado
lugar a las más diversas y
extrañas teorías, y
hasta a las locuras más extravagantes,
Napoleón se manifestó
sin embargo de manera muy clara en
lo que se refería a sus inquietudes
metafísicas y sus creencias
religiosas personales. Así,
afirmaba sin ambages desde un punto
de vista general que « el
sentimiento religioso es tan consolador
que es una bendición del cielo
poseerlo (…)
El
ateismo –
afirmaba – es destructor
de toda moral, si no en los individuos,
al menos en las naciones
». Las citas de este tipo se
podrían multiplicar a voluntad.
En un plano individual, en el caso
personal de Napoleón, es importante
recordar los comentarios del Emperador
durante su deportación en Santa
Helena, cuando tuvo la oportunidad
de explayarse largamente con sus compañeros
de exilio y en especial con el conde
Emmanuel de Las Cases, sobre su sentimiento
religioso íntimo.
Educado en la religión Católica,
nunca se le ocurrió a Napoleón
renegarla en nada. De hecho, las primeras
palabras de su testamento serán
consagradas a afirmar esta fidelidad
de conciencia:
« Muero
en la religión apostólica
y romana en cuyo seno he nacido
».
Si
se abstuvo a lo largo de toda su vida
de toda práctica asidua, no
fue, como tantos lo afirman, por desinterés
y menos aún por “ateísmo”,
ya que, como lo afirmaba « todo
sobre la tierra proclama la existencia
de Dios »,
sino bajo la influencia del racionalismo
discutible de ciertos filósofos
pre-revolucionarios, así como,
indubitablemente, desconfiando de
un cierto clero cuyo comportamiento
reprobable constituía una grave
ofensa para la verdadera fe cristiana.
Sin
más preámbulos, presentamos
a continuación un extracto
del importante pero muy mal conocido
libro, “Lo que los
biógrafos de Napoleón
callan”, del húngaro
Monseñor Guillermo Tower, prelado
pontificio, emérito Arcediano
castrense; esta obra fue publicada
por la Librería Salesiana,
Rákospalota, en 1937. |
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Con
toda razón dice Carlyle que “desde
cualquier punto de vista hay que decir
que el hecho más importante para
un hombre es su religión”
(1). Y tratándose
de Napoleón también importa
saber, no solamente cuales fueron sus
ideas, religiosas en teoría y en
sus relaciones con los demás, sino
más todavía hasta qué
punto practicó personalmente su
religión, y a este respecto podemos
decir lo que sigue.
Napoleón leía con frecuencia
Y muchas veces en voz alta la Sagrada
Escritura, o sea el Antiguo y el Nuevo
Testamento (2) Y
a este propósito cuenta Las Cases
que, en una ocasión hizo que su
hijito, el pequeño Las Cases, le
llevara el Evangelio y leyó todo
entero el “sermón
de la montaña”,
diciendo que había quedado arrebatado
y extasiado con la pureza, la sublimidad
y la belleza de la moral que enseña.
(3)
Después de sus
victorias más sonadas y de los
acontecimientos más alegres solía
mandar que se cantara un Te Deum, al cual
asista personalmente con toda su corte,
para darle mayor solemnidad y ya en 1801
se registró como un acontecimiento
que maravilló a todo el dominio
francés el hecho de que el 18 de
junio hubiera asistido Napoleón
con todo su Estado Mayor a la misa solemne
de acción de gracias celebrada
en el Duomo de Milán, hecho del
cual el mismo día dio noticia a
los Cónsules (4)
Y el 25 de marzo del año
siguiente para celebrar la paz de Amiens
y el 18 de abril por la conclusión
del Concordato mandó celebrar funciones
solemnes de acción de gracias,
a las que asistió personalmente
a la cabeza de sus generales, como lo
hizo siempre en ocasiones posteriores.
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Napoleón
yendo a misa, por
F. De Myrbach |
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También
en otras ocasiones oía Napoleón
la Santa Misa; y cuando estaba en París
la oía todos los domingos con
la emperatriz y la corte. Siempre se hizo notar
la digna compostura que observaba durante las
funciones sagradas, que formaba contraste con
las actitudes frívolas de los anteriores
reyes de Francia. (5)
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Servicio
religioso de la capilla del Emperador.
Estas hermosas piezas en plata portan
las iniciales LBR,
de Leticia Bonaparte Ramolino, madre
del Emperador, quien era su propietaria.
Estos objetos la acompañaron
durante su exilio romano, hasta que
le fueron enviados a Napoleón
en 1819 junto con una capilla romana
ordenada por el Cardenal Fesch, tío
del Emperador. |
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En Santa
Helena, cuando llegaron los dos sacerdotes,
no solamente dispuso que uno de los dos celebrara
la misa en su comedor “todos los domingos
y fiestas de guardar”, sino que tuvo
cuidado de que también los demás
la pudieran oír, y más tarde quiso
que se celebrara diariamente. (6)
Siempre hacía genuflexión al pasar
por el altar del Santísimo Sacramento.
(7)
Cuando fueron abiertas, en las habitaciones de
Napoleón, las cajas que llevó Antonmarchi,
todos metieron la mano, incluso Napoleón,
pero en llegando a los ornamentos sagrados no
quiso Napoleón que los tocaran sino los
sacerdotes, diciendo: “Llamad
a los sacerdotes y cuidado con que alguno toque
estos objetos”. (8)
Desde que subió
al trono no volvió a comulgar, pero hasta
en esto es de notar su conducta franca y viril.
Para ser coronado, debía haber comulgado,
según el antiguo ceremonial y si hubiera
sido crédulo o no hubiera tenido respeto
al sacramento hubiera tomado también esta
ceremonia a la ligera, y hubiera comulgado sin
más ni más, pero no quiso recibir
indignamente el sacramento y prefirió hacerse
dispensar la comunión y así lo entendió
Pío VII. (9)
El Viernes Santo
ayunaba con toda su corte, y por lo tocante a
los demás ayunos hizo que se los dispensaran
por motivos de salud. (10)
Hasta el día
de su coronación vivió Napoleón
con Josefina sin más lazo que el registro
civil del matrimonio, tal vez desde entonces con
la intención secreta de separarse a la
hora en que se convenciera de que no había
de tener hijos, pero para los demás siempre
procuró el matrimonio religioso, y así,
por ejemplo, obligó a su cuñado
Murat a casarse por la Iglesia, y antes de su
coronación regularizó su matrimonio
con Josefina, si bien más tarde fue declarado
nulo, (11) pero con María
Luisa se casó por la Iglesia por procurador.
Siempre le fue
muy querido el toque de las campanas al Ave María
y a las oraciones de la tarde
(12).
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Crucifijo
del Emperador Napoleón
Esta hermosa a cruz de madera
ennegrecida y plata, de factura
romana, llegó a Longwood
House en 1819, llevada por
los curas enviados por el
Cardenal Fesch. El abate Vignali
lo posó sobre el pecho
del Emperador cuándo
éste murió,
permaneciendo .allí
durante los oficios. |
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El
abate Vignali administra el
viático a Napoleón
Esta rara y romántica
litografía de Horace
Vernet data de del año
1838. Representa el momento
en que, después de haber
comulgado, el Emperador recibe
los últimos sacramentos,
o extrema unción,
el 3 de mayo de 1821. Napoleón
se extinguiría poco después,
el 5 de dicho mes. |
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Hacia el fin
de su vida hizo llamar muchas veces al sacerdote
y para que no llamara la atención hacía
que se presentara vestido de seglar, y cuando
comulgaba quería que “a
nadie mostrase lo que llevaba, (a
saber el Santísimo)”. “Un
día, escribe Montholon, (la tarde
del 20 de abril), me dijo el general que llamara
yo al sacerdote; que después los dejara
solos y no volviera yo sino después de
que hubiera salido el sacerdote y que nadie supiera
que en esa tarde había estado Vignali conmigo.
Obedecí. El sacerdote estuvo con el Emperador
cerca de una hora y cuando volví a su lado
lo encontré muy tranquilo, sin que en su
voz se notara la menor excitación, habló
de religión y poco minutos después
se durmió”. (13)
El 21 de abril
dijo Napoleón a Vignali: “Yo
nací en la Iglesia Católica y quiero
cumplir las obligaciones que me impone y gozar
de las fuerzas que proporciona.”
(14)
Antonmarchi escribe
que un día (el 3 de mayo) mientras salía
Vignali de la cámara del emperador, pudo
percatarse de que le había administrado
los últimos sacramentos. (15)
En realidad, Napoleón
se confesó, recibió los últimos
sacramentos y dijo después estas hermosas
palabras: “Ya
hice las paces con toda la humanidad”.
(16)
NOTAS:
1) “It is
wel1 said, in every sense, that a man’s
religion is the chief part with regard to him”,
(On heroes, hero-worship and the heroic of
history, 1873, página 2).
(2) Dr. Barry Edward O’Meara, “Napoleon
in Exile”, (“Napoleon in der
verbannung”), Dresda, 1822, II, página
106.
(3) Conde Emmanuel de Las Cases, “Memorial
de Santa HHelena (7 de junio de 1816).
(4) “Correspondencia de Napoleón
I”, publicada por Napoleón III,
1858; VI, página 269.
(5) Dr. Engelbert Fischer, “Napoleón”,
I, 1904, páginas 232 y 235; - Frédéric
Masson: “Napoleon en Hause”,
(En alemán v. Marsehall v Bieberstein,
3ª edición, página 278). -
Weisz, Szabo, “Historia Universal”.
(Edición húngara, 1897-1905, volumen
XXII, páginas. 24-9 y 253).
(6) Francisco Antommarchi, Les derniers moments
(“Los últimos momentos de Napoleón”),
páginas 52 y 80; II, página 67.
(7) “El pontificado de Pío VII”,
I, página 163.
(8) Francisco Antommarchi, “Les
derniers momens”, I, página
51.
(9) Dr. Englebert Fischer, Op. cit.,
páginas 200-1.
(10) Dr. Englebert Fischer, Op. cit.,
página 235.
(11) Alegando como motivo que no había
estado presente “el pastor propio de las
partes”, al cual ni siquiera se le había
avisado, siendo así que el concilio de
Trento exige su presencia, para la validez, cuando
menos por delegación.
12) Conde de Las Cases, “Memorial de
Santa HHelena”, (Edic. 1923, página
251).
13) Conde de Montholon, “Récits
de la captivité de l’Empereur Napoléon
à Sainte-Hélène”,
(“Relatos de la cautividad de Napoleón
en Santa HHelena”) II, páginas. 53-4.
(14) Recuerda Antommarchi, que el 21 de abril
de 1821, Napoleón: “... a la
una y media mandó por Vignali. “¿Sabéis,
abate, lo que es una capilla ardiente?”
– sí, Majestad – ¿Habéis
servido en alguna? – En ninguna.
Pues bien, serviréis
en la mía.”
Entra en este asunto en los más grandes
detalles, y da al cura largas instrucciones. Su
figura estaba animada, convulsiva; yo seguía
con inquietud las contracciones que sufría,
cuando sorprendió en la mía no sé
qué movimiento que le disgustó.
“Estáis por
arriba de estas flaquezas; pero qué queréis,
no soy ni filósofo ni médico. Yo
creo en Dios, soy de la religión de mi
padre: no es ateo quien quiere.”
Luego, regresando al cura: “Nací
en la religión católica, quiero
cumplir los deberes que me impone y recibir el
socorro que administra. Diréis todos los
días la misa en la capilla contigua, y
expondréis el Santo Sacramento durante
las cuarenta horas. Cuando esté muerto,
colocaréis vuestro altar a mi cabeza, en
la capilla ardiente; continuaréis celebrando
la misa, haréis todas las ceremonias debidas,
no cejaréis hasta que esté en la
tierra.”
(15) Dice textualmente Antommarchi en su
obra: “... el enfermo se ha reposado
algunos instantes. La fiebre disminuye. Nos retiramos.
Vignali se queda solo, y nos alcanza algunos instantes
después, en la pieza contigua, en donde
nos anuncia que administró el viático
al Emperador”.
(16) Dr. Engelbert Fischer, Op. cit.,
páginas 251-2.
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