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México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
BEN WEIDER
O LA VICTORIA DE LA DETERMINACIÓN

Por el Señor

Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional

El Sr. Damamme
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©

El 2 de junio de 2005 debía ser para Ben Weider, el Presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional en Montreal, un gran día.

Escribo « debía », puesto que, a causa de una doble neumonía – de la que se ha repuesto totalmente – los médicos le habían prohibido los viajes aéreos largos.

Dejo a cada cual imaginar cuan grande fue su tristeza: estar ausente en esta jornada, que era « su día », puesto que iba a marcar para él el final de una larga, y a veces agotadora, aventura. El término de casi cuarenta años de lucha contra el escepticismo y, la mayoría de las veces, la irrisión de los medios napoleónicos franceses institucionalizados.

No obstante, a pesar de este lamentable contratiempo, que lo retuvo lejos de Estrasburgo, este 2 de junio de 2005 fue bien un muy gran día para Ben Weider.
En efecto, durante una conferencia de prensa, cuyos ecos han resonado en el planeta entero – y esta no es una imagen gratuita – el Doctor Kintz, al develar los resultados de los más recientes análisis, ha hecho callar las argucias semánticas de las que los historiadores napoleónicos, gracias a una sutil mediatización, usaban y abusaban para desacreditar esta tesis de envenenamiento del Emperador.

Sin embargo tengo toda confianza en ellos: no habrán dejado de « echar el cerrojo » cuidadosamente a toda « puerta mediática » que, desde entonces, haya quedado entreabierta.

« Nueva serpiente marina », había ironizado un día un historiador Napoleónico, el Sr. Jean Tulard, en, entre otros, el suplemento literario de un gran periódico matinal.

En cuanto al director de la Fundación Napoleón, el Sr. Thierry Lentz, para quien la Sociedad Napoleónica Internacional « cuenta con cinco adeptos » en Francia, y cinco en Canadá – esto fue dicho en público durante una conferencia en Estrasburgo el 14 de enero de 2003, como si se tratara de una secta de la que Ben Weider sería el jefe – poco le importa saber si Napoleón fue envenenado, pues se trata de un fenómeno « secundario » – cita extraída de esa misma conferencia del 14 de enero de 2003.

No se cuentan ya, ni sus sarcasmos, ni sus tentativas de explicación para la presencia del arsénico en los cabellos del Emperador, de las cuales ni una sola, por supuesto, reposaba en análisis serios y honestos, calificativos que nos cuidaremos de conceder a los de la revista Science & Vie, muchas veces evocados en este sitio.

¿Es razonable afirmar que es « secundario » saber en qué condiciones se acabó la existencia del hombre más ilustre de la historia de Francia, y, para el autor de estas líneas, de la Historia del mundo?

¿No es acaso muy presuntuoso, de parte de esos historiadores, desdeñar – ¡públicamente! – resultados científicos en extremo complejos de los que, a falta de competencia, no entienden nada, desacreditando, por el hecho mismo, a los investigadores que los han obtenido?

 

UNA DEVOCIÓN PROFUNDA POR LA PERSONA DE NAPOLEÓN

Como Francés, confieso haber tenido vergüenza, frecuentemente, al constatar el desprecio, por no decir algo peor, que esos mismos historiadores manifestaban – públicamente – por un hombre, un extranjero además, a quien se le debe siempre una elemental cortesía, que hacía – y hace aún – tanto por la memoria de Napoleón.

He tenido vergüenza al leer sus declaraciones ponzoñosas, piadosamente retomadas, que han, si puedo decirlo así, recibido cada una de sus iniciativas.

Vergüenza de quienes las escriben, pero que no son generalmente más que instrumentos que actúan por interés puramente personal – lo que no podría en sí absolverlos – pero, más aún, vergüenza de quienes los inspiran.

¿Quién, en Francia, puede en efecto prevalerse de un « balance napoleónico » tan respetable como el del Presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional, cuya fundación, la Fundación Ben Weider, ha, lo recuerdo, hecho una donación de un millón doscientos cincuenta mil dólares a la Florida State University para que ésta crease una cátedra de estudios sobre Napoleón y el Primer Imperio?

Algunos viven « de » Napoleón; Ben Weider vive « por » Napoleón. Para dar a conocer mejor al hombre y su obra prodigiosa.

Se apreciará la diferencia.

Le ha hecho falta una determinación sin falla para resistir tanto tiempo a ataques cuyo cinismo y bajeza no honran a sus autores, pero creo que, si, a lo largo de su acción – tengo tentación de escribir: de su cruzada – Ben Weider no se desanimó, es porque siempre ha sido apoyado por su devoción profunda por la persona de Napoleón.

En colaboración con el profesor Robert Wennig, de la Universidad del gran ducado de Luxemburgo, el Doctor Pascal Kintz había demostrado precedentemente que el arsénico se hallaba en el corazón de los cabellos de Napoleón, lo cual indicaba sin ninguna ambigüedad que el tóxico había sido empujado por el flujo sanguíneo – es decir que había sido ingerido por vía digestiva – barriendo con las atronadoras conclusiones, supuestamente «irrefutables» – ¡éstas « pegaban » tan bien a la tesis oficial del arsénico como producto de conservación de los cabellos que no cesan de dejarlo a uno pensativo! – de la revista Science & Vie.

Esos análisis [!] hicieron volver a mi memoria las « indignaciones » de una periodista (Le Figaro Littéraire del 5 de mayo de 2000), quien, en un artículo de una vehemencia artificial intitulado: « Los viejos debates siempre son taquilleros - Napoleón: un asunto envenenado », se dejaba llevar contra Ben Weider quien había osado movilizar « toxicólogos, especialistas de lo nuclear [no era él, sino el precursor sueco, Sten Forshufvud] y hasta agentes del FBI ».

El autor estaba en un estado de osmosis tan total con Jean Tulard que el pensamiento de éste afloraba, casi palabra por palabra, en cada párrafo. Con la mención del « fabricante canadiense de artículos de deporte », volvíamos a encontrar por cierto uno de sus sarcasmos ordinarios.

¿Ahora, a qué asistimos con los « análisis » comanditados por Science & Vie?

Nada menos que a la « movilización », por una simple revista de vulgarización, de un laboratorio oficial del Estado francés, el de la Prefectura de Policía, para unos resultados conocidos con antelación.

 

LA NATURALEZA DEL ARSÉNICO POR FIN REVELADA

 

Gracias a nuevo método de dictamen, el Doctor Kintz ha, esta vez, develado la naturaleza de ese arsénico: arsénico mineral, conocido bajo la apelación popular de « mata-ratas », del cual se nos acordará que no tiene nada de una poción mágica o de un remedio milagroso.

Este 2 de junio de 2005, en Estrasburgo, he representado – no digo: remplazado – a Ben Weider, y estuve feliz de constatar el interés y la gran simpatía que su lucha y sus esfuerzos han suscitado en el público presente.

No era sino justicia.

Si hoy, conocemos lo que fue el fin de la vida de ese hombre prodigioso que es – a propósito, no escribo « fue » – Napoleón, es a la determinación de Ben Weider a lo que lo debemos.

No dudo que se encuentren, entre los más o menos cien mil visitantes regulares del sitio de la Sociedad Napoleónica Internacional, personas quienes, como el signatario de este escrito, respeten y admiren a Napoleón.

Creo que éstas pueden entonces, conmigo, decir al Presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional:

« Gracias, Señor Ben Weider, por todo lo que usted hace por la memoria del Emperador. »

Jean-Claude Damamme


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