| LA
TESIS WEIDER - UN CRIMEN POLITICO-FINANCIERO |
LE FIGARO
MAGAZINE
Del
sábado 2 de diciembre de 2000
Edición Internacional
Traducción
de Alain Arnaud Bobadilla
El
gran mérito de Ben Weider es haber
puesto el progreso científico al
servicio de la investigación histórica.
El canadiense empezó a dudar de
la tesis oficial (la del cáncer
del estómago) al leer las Memorias
de Luis Marchand, el criado de Napoleón,
publicadas en 1952. El sirviente describe
día a día el estado de salud
de su jefe y los síntomas de la
enfermedad que lo carcomía. Ahora
bien, esos síntomas son los de
un envenenamiento por arsénico:
cefaleas, astenia física y psíquica,
fotofobia, desfoliación, etc.
Por añadidura,
Ben Weider se formuló la siguiente
pregunta: ¿puede uno sufrir cáncer
en el estómago durante cinco años
y morir gordo como Napoleón? Como
los mejores especialistas del primer Imperio
sostenían que a Napoleón
lo mató la misma enfermedad que
a su padre, Ben Weider procedió
al estudio comparativo de los informes
de autopsia: Carlos Bonaparte terminó
su vida en un estado esquelético,
puesto que el píloro estaba obstruido
por un tumor cancerígeno; por el
contrario, no se descubrió ningún
tumor en su célebre hijo, el cual
mostraba una obesidad obvia al morir.
Quedaba por probarse
la intoxicación por arsénico.
Resulta que este coleccionista
poseía muchas mechas de
cabellos tomadas de su ídolo
durante su exilio. Sometió
varias muestras (cortadas entre
1816 y 1821) al laboratorio nuclear
británico de Harwell y
a la oficina de toxicología
del FBI estadounidense. Cada vez,
los análisis presentaron
niveles de arsénico anormalmente
elevados.
Según Ben
Weider, la intoxicación
por arsénico habría
durado cinco años, de enero
de 1816 a marzo de 1821. Las descripciones
de Marchand y los análisis
practicados (el análisis
de cabellos determina los periodos
y las dosis en las cuales se administró
el producto en el curso de los
meses que precedieron el corte)
han permitido establecer un enlace
entre la ingestión del
veneno y los malestares del prisionero.
Se constata que las dosis administradas
en ese lapso de tiempo son tóxicas,
pero no mortales. Es así
porque el envenenador sólo
quiere debilitar el organismo
de Napoleón. Con el tiempo,
sabe que para combatir la constipación
del Emperador, los médicos
terminarán prescribiendo
calomel, un laxante usual en la
época. Ahora bien, asociado
con el ácido prúsico
(que se encuentra, por ejemplo,
en las almendras amargas), el
calomel produce cianuro de mercurio,
producto mortal, sobre todo en
un organismo saturado de arsénico.
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Exactamente
en marzo de 1821, se comienzan a añadir
almendras amargas al jarabe de horchata
del paciente. El 3 de mayo, dos médicos
ingleses le dan diez granos de calomel.
Acaban de condenarlo a muerte, puesto
que la combinación de almendras
y de calomel provocan la formación
de cianuro de mercurio que ese organismo
disminuido (por el arsénico) no
podrá rechazar. ¿Quién
es el asesino? Sólo puede tratarse
del conde de Montholon. Para empezar,
es el único (con el intachable
Marchand) que se quedó cerca del
Emperador desde el principio hasta el
final. Además, estaba encargado
de la intendencia en Longwood. Es él
quien embotellaba el vino sudafricano
reservado a Napoleón: era facilísimo
ponerle arsénico (¡que se
había encargado al gobernador inglés
Hudson Lowe para luchar contra las ratas!).
Y finalmente, está todo lo demás:
las cartas premonitorias si no es que
proféticas de Montholon (“Le
quedan menos de seis meses de vida”,
anuncia desde el 5 de diciembre de 1820),
sus lecturas raras (uno de sus libros
de cabecera era la Historia de la marquesa
de Brinvilliers, biografía de una
envenenadora por arsénico del siglo
XVII), etc.
| REVELACIÓN
:
¿QUIÉN
MATÓ A NAPOLEÓN? |
Carlos de
Montholon habría tenido un móvil
triple. Primeramente: los celos. En 1811,
sirviéndose del veto imperial, el
conde se había casado con la deliciosa
Albina de Vassal, quien se había
casado dos veces anteriormente. La pareja
debió vivir escondida hasta el regreso
de Luis XVIII. Sin embargo, en 1815, los
Montholon decidieron seguir al Emperador
al exilio: es el único medio de escapar
de sus acreedores (y de la justicia) que
los hostigan. Además, en ese momento
ignoraban que terminarían en Santa
Elena. En Longwood, la bella Albina (cuyo
nombre, no por casualidad, rima con el de
Mesalina), quien tiene 35 años y
todos sus encantos, en poco tiempo acaba
seduciendo al ilustre cautivo. . El 26 de
enero de 1818, la condesa de Montholon dará
incluso a luz a una pequeña Josefina,
¡gemela femenina de Napoleón!
Hay un detalle que llama la atención
de los testigos: no sólo el marido
tolera esta relación sino parece
incluso que la fomenta...
Esa actitud
se puede explicar debido a la codicia, que
es el segundo móvil achacable a Montholon.
Lleno de deudas y con el deseo de salir
de apuros, tiene sus miras puestas en la
fortuna del Emperador, y espera cobrar una
parte de la herencia como premio a su devoción
y (¿por qué no?) de su complacencia.
De hecho, será el principal beneficiario
del testamento y recibirá dos millones
de francos en oro de Napoleón, o
sea ¡15 millones de francos actuales!
Último móvil y no el menor:
la política. Carlos de Montholon
pertenece a la nobleza. Nunca formó
parte de la guardia cercana al Emperador.
“Serviré a Vuestra Majestad
tan fielmente como mis ancestros sirvieron
a Enrique II o a Francisco I ”,
jura ante Luis XVIII en 1814. Sobre todo,
su padrastro era ni más ni menos
que Carlos-Luis de Sémonville, amigo
personal del conde de Artois (hermano de
Luis XVIII y futuro Carlos X). Ese realista
convencido, actuando según las órdenes
de los Borbones, habría guiado a
distancia a su hijo adoptivo en Santa Elena.
Sexo, dinero, política: el tríptico
fatal…
Evidentemente,
todo esto se pudo realizar gracias a la
cobertura de la pérfida Albión.
Para el gabinete de Londres como para la
corte de Francia, el interés de suprimir
al Emperador era evidente. Desde luego,
el estorbo se encontraba a diez mil kilómetros
del Viejo Continente, perdido en medio del
Atlántico. Pero todavía no
olvidaban el susto de cuando regresó
de la isla de Elba: ¡ese hombre diabólico
era capaz de todo! ¿Y acaso el gobierno
británico no había fomentado
muchas tentativas de asesinato contra “el
Ogro” (la de la calle Saint-Nicaise
y la conspiración de Cadoudal, entre
otras)? En un contexto como ése,
no hay nada de sorprendente de que se haya
hecho de la vista gorda (o echado la mano)
ante el envenenamiento de su peor enemigo.
Véase
también en este sitio: El
asesinato de Napoleón por
el Dr. Ben Weider.
