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Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial. |
| LA
EXPLANADA DE LOS INVÁLIDOS |
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El
Hotel Imperial de Los Inválidos
Vista del lado de la entrada
situada al norte (entrada
por la explanada) tomada
cerca de la fuente del León
de San Marcos (in
« 50 aquarelles des
monuments de Paris »),
por Victor-Jean Nicolle
(1754–1826).
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|
Por |
Étienne
Arago |
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| Étienne
Arago (1802-1892) |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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| Texto
decimonónico proveniente de Las
calles de París, París antiguo
y moderno, de Louis Lurine,
tomo II (Les rues de Paris, Paris
ancien et moderne; origines, histoire,
monuments, costumes, mœurs, chroniques
et traditions. G. Kugelmann éditeur,
París, 1844. Grabados originales
de Célestin Nanteuil. |
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Tres
nombres gloriosos de nuestra historia nacional deberían
estar grabados en letras de oro sobre la puerta
de entrada del Hotel de los Inválidos: Enrique
IV, por haber tenido, el primero, la idea
de abrir un noble refugio a los defensores del país;
Luis XIV, por haber hecho de él
uno de los más majestuosos monumentos de
su reino; el EMPERADOR NAPOLEÓN,
finalmente, por haberse preocupado por él
toda su vida, y por haberlo, después de su
muerte, como santificado con sus restos.
Aquel que
gritaba a los suyos durante los rudos combates
de la guerra civil: « Salvad a los
franceses, y apoderaos del extranjero »;
aquel concebiría la santa idea de
ofrecer un asilo a los militares que la
edad o las heridas condenaban al reposo.
Pero el Bearnés halló los
cofres del Estado agotados; así,
instaló en una modesta morada de
la rue de l’Oursine a los
soldados mutilados por Mayenne o por el
Español. Luis XIII, su hijo, los
transportó al castillo de Bicêtre,
y Luis XIV puso, en 1671, los cimientos
de ese hotel, que no tiene igual en Europa.
La suerte de los defensores del país
comenzó entonces solamente a ser
honorablemente fijada.
Antes de
eso, las abadías, los prioratos contribuían
a alimentar, a mantener, a alojar a los
viejos soldados. Todo monasterio recibía
un cierto número de ellos; pero un
deber ridículo o humillante les era
impuesto de regreso; se veían obligados
a repicar las campanas para despertar a
los monjes; esos hombres de espada, que
habían sido despertados por tanto
tiempo al son de la corneta y del tambor,
menos considerados que los sacristanes,
menos estimados que los suizos de la parroquia,
en sus manos la escoba remplazaba al fusil
que habían noblemente portado, ¡Honor
al nieto de Enrique IV por haber relevado
al viejo soldado de esas humillantes necesidades!
El edicto
de fundación del Hotel de los Inválidos
fue publicado en 1674; merece que citemos
algunos extractos de él. Francia
estaba toda sangrante aún de sus
gloriosas heridas, e iba a arrojarse de
nueva cuenta a una guerra formidable.
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Enrique IV,
rey de Francia (1553-1610)
Por Frans Porbus el joven.
(1569-1622). |
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Jules
Hardouin Mansart (1645-1708)
Primer arquitecto y superintendente
de los edificios del rey. Cuadro
de Hyacinthe Rigaud (1659-1743),
realizado en 1685. |
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Luis XIV, se dirá
tal vez, tenía interés en
mostrarse generoso para con los soldados
viejos o mutilados, puesto que llamaba a
otros más jóvenes a nuevas
oportunidades. ¡Qué importa
si en ese gran acto de gratitud cabía
un poco de egoísmo! Los reyes no
hacen siempre grandes cosas, aún
cuando su interés particular marcha
de acuerdo con la equidad.
«
Hemos estimado, dice el monarca,
que no era menos digno de nuestra piedad
que de nuestra justicia, sacar de la miseria
y de la mendicidad a los pobres oficiales
y soldados de nuestras tropas que, habiendo
envejecido en el servicio, o que, en las
guerras pasadas, habiendo sido lisiados,
no estaban en estado de poder vivir y subsistir;
y que era bien razonable que quienes han
expuesto libremente su vida y prodigado
su sangre para la defensa de esta monarquía...........
gocen del reposo que aseguraron a nuestros
demás sujetos, y pasen el resto de
sus días en tranquilidad...........
Para cuyo efecto, y para seguir un designio
tan pío y loable y poner la última
mano a la obra tan útil y tan importante,
hemos dado nuestras órdenes para
hacer construir y edificar el dicho Hotel
real, al extremo de la calle del faubourg
Saint-Germain de nuestra buena ciudad de
París. »
Se hicieron
tres clases de oficiales y soldados, que
podían ser recibidos.
La primera
clase comprendía a quienes habían
servido veinte años.
La segunda
clase, aquellos que, tras haber cumplido
dos alistamientos de seis años, no
se encontraban, por su edad o por su mala
salud, en estado de continuar el servicio.
La tercera
finalmente, quienes estaban lisiados o gravemente
heridos, sin considerarse el tiempo durante
el cual habían servido.
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Es inútil entra en
más amplios detalles acerca de una
organización que, desde aquella época,
ha sido considerablemente modificada. En
principio, el cuadro de los inválidos
residentes se elevaba a cuatro
o cinco mil; hay lugar hoy para siete mil
pensionarios, bien alojados, bien alimentados,
bien calentados, mantenidos con esmero y
recibiendo: los oficiales, 10 francos al
mes, y los soldados 1 franco para sus menudas
necesidades.
El Hotel de Los Inválidos
parece ser el establecimiento nacional al
que Luis XIV más afecto le tenía.
Lo visitaba a menudo; algunas veces su corte
le seguía en gran pompa.
Su último suspiro da testimonio también
de esta predilección: « Fuera
de los diferentes establecimientos que hemos
hecho en el transcurso de nuestro reino
(dice en su testamento), no hay uno
que sea más útil al Estado
que el del Hotel real de Los Inválidos...
Toda clase de motivos deben intimar al delfín
y a todos los reyes nuestros sucesores a
apoyarlo y a acordarle una protección
particular. Les exhortamos tanto como está
en nuestro poder. »
Coustou el joven, que ha
orgullosamente caracterizado a Luis XIV
a caballo, sobre la puerta de entrada, tuvo
pues razón de asentar en los ángulos
del pedestal, y dominando las estatuas colosales
de Marte y de Minerva, las figuras más
modestas de la Justicia y de la Prudencia.
Situado en la extremidad del faubourg Saint-Germain,
casi en medio de la antigua plaza de Grenelle,
no lejos del río que baña
el centro de París, en un terreno
un poco elevado y en una magnífica
posición, el Hotel de Los Inválidos
ocupa una superficie de 5 hectáreas,
460 áreas.
Cuando, en los dibujos de Libéral
Bruant, se elevaban esas fuertes murallas,
los jóvenes y los viejos soldados
ya no temían tanto a la guerra.
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Luis
XIV, rey de Francia y de Navarra
(1638-1715)
Retrato en busto y en coraza por
Charles Le Brun (1619-1690), hacia
1662. |
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« Muertos,
decían, Dios allá en lo alto recompensa
a los bravos; heridos, el rey en París nos
construye un palacio. ¡Adelante pues, y viva
Francia!... »
El clero y los monjes resultaron los únicos
pesarosos; perdían a sus campaneros (las
campanas y sus barrenderos de iglesia...
… Antaño,
para sostener sus días,
En un país ingrato, salvado por su coraje,
El guerrero no tenía, en el declive de su
edad,
Un asilo para vivir, una tumba para morir:
¡El Estado al que ha vengado se digna al fin
a alimentarlo!
La fachada del Hotel
de Los Inválidos tiene 198 metros de largo,
de una extremidad a otra de sus pabellones; en el
centro, está la puerta rematada con una forma
cintrada en la que se veía un bajorrelieve
representando a Luis XIV, rodeado como el sol por
los doce signos del zodiaco; adelante está
una plaza en media luna rodeada de fosos, revestidos
con mampostería hasta altura de apoyo. Ahí,
como para anunciar a los huéspedes del lugar,
dieciséis piezas de cañón presentan
su boca taponada a los paseantes inofensivos. Un
hermoso paje, ora tuerto, ora manco, ora pata-de-palo,
monta guardia en la reja de entrada. Detrás
de él se extienden galantes parterres simétricamente
dibujados; y en los costados de la plaza, algunos
Inválidos rastrillan, labran, cultivan finalmente
jardincillos particulares, donde la rosa florece
para el corsé de su bella; donde trepan también
a sus cunas enrejadas la gracia clemátide
y el volúbilis tricolor.
Recuerda que
Apolo construyó murallas,
Y no te sorprendas de que Marte sea jardinero.
Dejemos esta plaza
exterior, pasemos bajo la gran puerta, y saludemos
a la estatua ecuestre del real fundador, entremos
en el patio Napoleón, sigamos con la mirada,
en este patio, a los gloriosos despojos de nuestros
ejércitos inmortales; veámoslos deslizarse,
viejos o ciegos, a lo largo de esos cuatro edificios;
escuchemos retumbar sus muletas sobre las lozas
de los arcos; suben, bajan, van y vienen como los
habitantes de un hormiguero. ¡Atención!
El tambor bate; los cuatro refectorios están
abiertos. Ahí, en medio de pinturas al fresco,
representando victorias del reino de Luis XIV, mesas
redondas de ocho cubiertos están servidas,
y cada soldado viene a sentarse en su lugar acostumbrado.
Entonces comienza un curioso, un interesante espectáculo:
el ciego llega, apoyado sobre el hombro de un manco
que le sirve de guía, y el manco halla a
su vez a un soldado con pata de palo que le corta
los trozos y le da el bocado.
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Los Inválidos en el jardín
Ilustración de Célestin
Nanteuil (1813-1873). |
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En la biblioteca,
en medio de 25,000 volúmenes, rico presente
del Emperador Napoleón, un círculo
de ciegos es formado, y un camarada les hace la
lectura. Todas las veces que llega al final de la
segunda pagina, « voltead », dice el
lector que dejó sus dos brazos en Wagram
o en Moscú; y un ciego de las Pirámides
está ahí, cuyo dedo ejercitado obedece
la orden. Por doquier el Hotel de Los Inválidos
ofrece la realización de la fábula
de El Ciego y el Paralítico:
Yo caminaré
por vos, y vos veréis por mí.
Ahí la ayuda
mutua está organizada; digamos mejor: está
inspirada por la fraternidad militar más
que por el infortunio y la necesidad.
No salgamos todavía; echemos un vistazo en
las vastas cocinas, donde el fuego crepita bajo
las marmitas gigantescas, de las que la credulidad
provincial ha sin embargo decuplado las dimensiones.
De hecho, se puede creer en las marmitas de veinte
metros de circunferencia, funcionando de maravilla,
cuando se cree en la testarudez del inválido
bon vivant.
Visitemos
también, y con un interés
muy diferente, las enfermerías en
donde los muros de la caridad no cesan de
prodigar abnegación a los enfermos,
a los viejecillos, a los más lisiados
de los pensionarios; subamos hasta la cumbre
del edificio, a la sala de los planos
en relieve de las plazas fuertes de Francia,
a la que no se penetra más que con
el permiso del ministro de la guerra; pasemos
finalmente a la iglesia… Pero no;
el relato de ilustres funerales nos hará
volver más tarde; volvamos por donde
vinimos, a la Explanada que nos reclama.
Le debemos
la Explanada de Los Inválidos al
conde de Argenson, ministro de guerra durante
el reinado de Luis XV. Es a la sombra de
esos tresbolillos anchos, es bajo esas alamedas
de olmos, y de tilos que sirven de marco
a frescos tapetes de verdor, que los viejos
soldados pasean su ensueño: como
a los héroes de Homero y de Virgilio,
era preciso crearles un Eliseo. Esta explanada
silenciosa, donde el pájaro canta
y hace su nido tranquilo como en el fondo
de un bosque apartado, el pueblo lo invade
más de una vez, y en él dejó
la huella de sus pies de gigante. ¿Hay
una calle de París, uno de sus cruces,
uno de sus paseos, que no tenga su página
gloriosa y su fecha inmortal? Una vez…
era el 14 de julio de 1789:
Treinta mil hombres acampaban en el camino
de Versalles; los guardias suizos ocupaban
incluso la entrada de la plaza Luis XV (hoy
de la Concordia; NdT.). El pretexto
era el restablecimiento del orden público;
el objeto real, la disolución de
los estados generales. Mirabeau, desde hacía
cuatro días, había redactado
la famosa esquela que demandaba el alejamiento
de las tropas y el despido de los suizos;
Luis XVI se había negado. La víspera
del gran día, el príncipe
de Lambesc había acuchillado a sablazos
a unos paseantes en el jardín de
las Tullerías, y, una hora más
tarde, Camille Desmoulins había transformado
en cucardas con los colores de la esperanza
las hojas de los árboles del Palais-Royal.
Dos conspiraciones desde hacía largo
tiempo en presencia, la de la aristocracia
y la del pueblo, iban a chocar por fin.
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Los
Inválidos en la sala de lectura
Ilustración de Célestin
Nanteuil (1813-1873). |
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El sol de la libertad
que iluminaría la caída de la Bastilla
aún no se había levantado, pero ya
despuntaba en el horizonte de París la aurora
de la libertad. Dos hombres cruzaron entonces la
reja del Hotel y llegaron, continuando su conversación
comenzada, a los primeros árboles de la Explanada.
Uno de ellos era el Señor de Sombreuil, gobernador
de Los Inválidos; el otro, un cortesano cuyo
nombre quedó desconocido.
« Decid al rey que haré mi deber,
Señor; pero os lo repito, al querer hacer
nacer el miedo, se puede generar el entusiasmo.
El pueblo se forja armas como por encanto cuando
la necesidad se lo manda. Anunciad en Versalles,
Señor, que ciento cincuenta mil picas han
sido fabricadas en una noche.
- ¿Picas?, respondió el desconocido,
sonriendo con desprecio, ¿qué
podrán las picas contra los cañones
y los fusiles del Señor de Besenval?
- Pero el pueblo sabe dónde duermen cañones
sobre sus cureñas; sabe dónde miles
de fusiles se encuentran en depósito. Dos
diputaciones de distritos vinieron ayer ya para
reclamar las 32,000 armas de fuego que encierran
los subterráneos del Hotel; me negué
a entregarlos a los diputados, pero si el pueblo
viene a tomarlos...
- Los defenderéis, Señor de Sombreuil…
- Sí, si mis inválidos escuchan mi
voz... Pero, llevad mis temores a Versalles... ayer,
después de haber despedido a las dos diputaciones,
imaginé hacer retirar de todos los fusiles
los gatillos y las baquetas.
- Está perfecto, Señor gobernador...
He aquí una astucia de comedia... que hará
toda tragedia imposible. El relato de ello alegrará
a la Corte.
- Paciencia, Señor; no os apresuréis
a reír. Hice pues bajar a veinte inválidos
para poner mi medio en ejecución.
- No se necesitaban más para hacer en una
noche todas esas armas inofensivas.
- ¡Pues bien! Señor, en el lapso de
seis horas, veinte inválidos escogidos no
habían desarmado más que veinte fusiles
- ¡Un fusil por seis horas y por individuo!
¡Por mi honor! es demasiado inválido…
- Señor, respondió el Señor
de Sombreuil al desconocido que reía a carcajadas
de su mala broma, sois muy libre de regocijar
a la Corte con el relato que os he hecho, y sobre
todo con el juego de palabras que acaba de inspiraros...
Sin embargo, no olvidéis decir a Su Majestad
que un peligro puede nacer, y que espero sus órdenes.
En esas el gobernador volvió la espalda al
cortesano, quien montó a caballo y se dirigió
hacia Versalles. Dos horas después de este
entremés, múltiples agrupaciones desembocaban
por las calles de Grenelle, de Varennes, de la Universidad,
e invadían la Explanada.
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Dos imágenes del ataque
al Hotel de los Inválidos el 14
de julio de 1789
A la izquierda, la Toma de
armas en los Inválidos,
en una acuatinta de Berthault. A la derecha,
El cura de Saint-Etienne-du-Mont dirige
a sus feligreses al pillaje de los Inválidos.
Acuatinta de Guyot litografiada por Jean
Baptiste Arnout, en 1820. |
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Había un
peligro real en esta expedición. El procurador
de la ciudad lo afrontó valientemente a la
cabeza de algunas compañías de guardias
franceses, formadas ya bajo la bandera de las autoridades
revolucionarias. En otros grupos menos pacíficos
se distinguían los trajes rojos de los clercs
de la Basoche; pero la conglomeración más
tumultuosa era la que conducía el cura de
Saint-Etienne-du-Mont, animando con el gesto y con
la voz a sus fieles feligreses.
El Señor de Sombreuil respondió, como
la víspera, al magistrado que: depositario
de los fusiles, no podía librarlos sin la
autorización del ministro de guerra, a quien
se había dirigido; y añadió,
para ganar tiempo sin duda, que la respuesta llegaría
en una hora.
Era imprudente para el pueblo contentarse de esta
evasiva, de cara a los preparativos hostiles del
mariscal de Broglie y del Señor de Besenval.
Una vez expresada en voz alta esta reflexión
por un simple obrero, la muchedumbre se precipita,
franquea los fosos del Hotel, con tanta más
facilidad cuanto que los inválidos asediados
tienden las manos y las muletas a los sitiadores;
se desarma a los centinelas, que se dejan. Para
arrastrar veinte piezas de cañón de
las cuales se apoderan, se toma del Señor
de Sombreuil, quien los entrega sin hacerse de rogar,
los caballos de su coche; finalmente se baja a los
subterráneos, bajo el domo; se encuentran
los fusiles, se les lleva en una cantidad de cerca
de 30,000, incluidos los veinte que habían
sido desorganizados el día anterior por los
dedos perezosos de los veinte veteranos patriotas.
Una vez armado, el pueblo atraviesa la Explanada
y se esparce en París; un gran número
de viejos soldados se mezclan con la turba, la instruyen
al marchar, la dirigen militarmente; y todo ese
pueblo va, el mismo día, a hacer contra los
muros de la Bastilla la primera prueba de sus fuerzas
invencibles. Fue pues en la Explanada de Los Inválidos
que comenzó el gran combate del « despotismo
y de la libertad ». Esos soldados mutilados,
sus cañones, sus fusiles, figuraron a menudo
en calidad de actores y de accesorios en el magnífico
drama de la revolución. En cuanto a la Explanada,
fue invadida, ocupada, recorrida todas las veces
que el pueblo de París se dirigió
al Champ-de-Mars (Campo de Marte) y el llano de
Grenelle, en donde se llevaron a cabo algunos de
los más patéticos cuadros de este
sublime periodo.
El
terrible destino de Charles François
de Virot (o Viraud), marqués
de Sombreuil (1725-1794): los horrores
de la Revolución
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Nacido
en 1725, héroe de la batalla
de Raucourt, había desposado
1776 a la hija del marqués des
Flottes de l’Eychoisier. Gobernador
del Hotel de los Inválidos a
partir de 1786, el marqués se
ve obligado a enfrentarse a las hordas
revolucionarias en julio de 1789, sin
poder oponerse al pillaje del establecimiento.
Enseguida, fue capturado y detenido
sucesivamente en la Prison de l’Abbaye,
y posteriormente en Port-Libre
(ex-Port-Royal) el 27 de diciembre de
1793. Su última etapa tendrá
lugar en Sainte Pélagie el
2 de mayo de 1794, antes de ser guillotinado
el 29 de pradial año II (17 de
junio de 1794).
Aún cuando María Magdalena,
su esposa, era 23 años más
joven que él, había muerto
muy tempranamente dejando a su esposo
tres hijos. Una de sus hijas, Marie-Maurille
condesa de Villelume, nacida en 1767,
dejará grabado su nombre en la
historia bajo el mote de « la
heroína del vaso de sangre »
tras defender a su padre contra los
insurrectos de la prison de l’Abbaye
(prisión de la
Abadía). Su acto heroico fue
honrado por diversos poetas entre los
cuales Hugo, Delille, o Legouvé,
así como por un té que
lleva su nombre. La escena se narra
a continuación:
«
Mi abuelo, el Señor Marqués
de Sombreuil, antiguo gobernador de
Los Inválidos, había
sido detenido inmediatamente después
del 10 de agosto y echado en los calabozos
de la abadía; el domingo 2
de septiembre de 1792, el terrible
Caveant consules acababa de poner
el poder en manos de Dantón;
por orden suya, unos degolladores
habían sido solicitados al
comité de vigilancia, presidido
por Marat, donde habían recibido
sus instrucciones y habían
convenido su salario.
El día siguiente, lunes 3 de
septiembre, hacia las cinco de la
mañana, los trabajadores
[Si empleamos esta expresión
para hablar de los asesinos de septiembre,
es porque así son designados
en los Estados de servicio establecidos
en las oficinas de la Comuna, en los
que están constatados los pagos
que les fueron hechos. (Nota del Señor
de Sombreuil)], bajo la dirección
de Maillard, apodado « Tape-dur
» (Pega-duro), se dirigieron
hacia la prisión de la Abadía.
Las víctimas están todas,
la carnicería va a comenzar.
Maillard establece primero su tribunal
de juez popular en el patio de la
prisión, y los degolladores
están dispuestos en dos filas;
muy pronto las puertas del claustro,
que ocultaba a los frailes detenidos
los días precedentes, son abiertas,
y todos son masacrados sin que se
le concediera gracia a ni uno solo.
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Madame
de Sombreuil bebiendo
una copa de sangre para
salvar la vida de su padre.
Cuadro de Pierre Puvis
de Chavannes. |
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La
horrible matanza humana es suspendida
por un instante para dejar a los trabajadores
tomar sopa y beber el vino que la Comuna
les hizo distribuir en la puerta de
la prisión; pero pronto recomenzaron
su obra sangrienta.
Hacia las once horas, se llama al ciudadano
Marsault y al ciudadano de Sombreuil.
El primero cae golpeado de un hachazo
que le hiende la cabeza; ya el hierro
estaba alzado para alcanzar al Señor
de Sombreuil, cuando su hija lo percibe.
Se abalanza al cuello de su padre, que
envuelve con su magnífica cabellera,
y, presentando su pecho a los asesinos:
« ¡No llegaréis
a mi padre, dice, más que después
de haberme matado! » Recibe
tres heridas. Su belleza, más
grande aún en esta escena terrible,
conmueve a uno de los asesinos: un grito
de piedad se deja oír.
Subyugados por ese ascendente que inspira
forzosamente la virtud, y tal vez por
el irresistible atractivo de la belleza
en lágrimas, los degolladores
rodean al padre y a la hija, y uno de
ellos, presentándole un vaso
de sangre que se escapaba de la cabeza
del Señor de Saint-Marsault,
le dijo: « Bebe esta sangre
a la salud de la nación, ciudadana,
y tu padre será libre.»
Ella lo bebe de un trago, y conquista,
por este acto inaudito de amor filial,
la libertad de su padre.
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Jules
Claretie, Ruines et Fantômes
(Ruinas y Fantasmas). |
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Bonaparte
recordó en el follaje de este tresbolillo
los pájaros espantados; y si, a menudo entonces,
se les vio echar a volar a toda prisa, es que los
cañones de Los Inválidos, vueltos
a colocar en sus cureñas, tenían como
misión anunciar a Francia las victorias de
sus hijos.
En 1804, el conquistador de Italia colocó
el león de San Marcos en medio de la gran
alameda de la Explanada. ¡Ay! Permaneció
dieciséis años apenas sobre el pedestal
de Trepsat; pero Venecia no volvió a ver
a su paladión más que quebrado en
pedazos, y es en piezas reajustadas que volvió
a subir a su alta columna. La víspera del
día en que el austriaco debía quitárnoslo,
grúas y cabrestantes habían sido instaladas
alrededor del soberbio trofeo. Un inválido,
según la costumbre, fue puesto ahí
toda la noche, como guardia; y llegado el día,
cuando las poleas giraron, cuando los cordajes se
tendieron bajo el esfuerzo de los obreros, el león,
levantado un instante, cayó y se estrelló
en el suelo de la Explanada. ¿No habría
el guardián nocturno devotamente cortado
con su pequeño sable de Italia algunas hebras
del cáñamo, que pareció romperse
bajo el peso del bronce colosal?
Un ramo de lis en plomo dorado remplazó,
bajo la Restauración, al león ausente;
y del centro de cada una de esas flores escurría
a veces un ligero chorrito de agua, que iba a humectar
el fondo de una gran pila circular.
Después de la revolución de julio,
un busto de Lafayette destronó al bouquet
de flores reales; y ahora, busto y fuente han desaparecido.
Ya nada detiene la vista en la larga línea
que va prolongándose entre tapetes de verdor
y bellas alamedas, desde la reja del Hotel hasta
el parapeto que bordea el Sena.
No hemos terminado
aún con la época imperial; nuestra
crónica debe tomar de ella otros recuerdos…
Un día, los
cañoneros inválidos estaban en sus
piezas, escobillón en mano y mecha encendida.
París esperaba todo sobresaltado. Se decía
que el doctor Dubois acababa de ser llamado a las
Tullerías; y de inmediato la muchedumbre
acude por todas las avenidas hasta el terraplén
de Los Inválidos, entre los fosos y la Explanada.
¡Despejad! ¡Paso libre al paje del Emperador
que trae la gran nueva! Y el paje entra al galope
de su caballo en el patio del Hotel. Algunos minutos
después, una mecha prendida trazó
un semicírculo a la derecha de una cureña,
y dio un beso de fuego a la luz de un cañón.
El primer disparo retumbó; y sobre esa multitud
que hablaba, que cotorreaba como una mujer parlanchina,
planeó de inmediato uno de esos silencios
imponentes, solemnes, que se escapan de las multitudes
inmensas. Solamente, a cada detonación, zumbaba
un ligero murmullo, eco del bronce que había
comenzado a hablar. Se contaba en voz baja: uno...
dos... tres... cuatro... hasta veinte, límite
fatal, pues ese número, la duda acerca del
sexo de niño no había cesado. Un saquete
más quemado, y Napoleón tenía
un heredero varón, un sucesor directo al
trono imperial.
El inválido que debía prender la vigésimo
primer fulminante había sido antaño
el guasón del regimiento. Viendo a la turba
suspendida al borde de la cuerda que ardía
en su mano, lo bajó en falso sobre la pieza,
luego, como si la mecha hubiera estado casi apagada,
la acercó a sus labios para reanimarla soplando.
Durante esas evoluciones calculadas, el intervalo
deseado entre dos detonaciones había transcurrido
y aún más; tanto que París,
con la oreja bien parada y al acecho, estaba consternado.
Estas palabras circulaban ya bajo los tresbolillos:
« - ¡Veinte! - ¡Nada más
veinte! – ¡Se acabó, es una niña!
El bromista cortó de tajo los comentarios.
El veintiunavo cañonazo estalló; y
de un extremo al otro de la Explanada un grito se
elevó en los aires: ¡Viva el Emperador!
- ¡Viva el Emperador! Respondieron del otro
lado de los fosos los mutilados del Imperio. ¡Viva
el Emperador! Dijeron también los heridos
de Sambre-et-Meuse; y viejos soldados de Fontenoy
lanzaron también este grito que significaba:
¡Viva Francia, gloriosa y respetada!...
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Napoleón
presenta el Rey de Roma a los dignatarios
del Imperio. 20 de marzo de 1811
Cuadro de Georges Rouget, Museo de Versalles. |
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Entonces el Hotel
alojaría aún más de aquellos
bravos militares, que tuvieron el honor de servir
bajo Maurice de Saxe o Richelieu. Era un placer
verles marchar fraternalmente, apoyados sobre un
camarada de Hoche, o sobre un grognard de
Oudinot. Sentados sobre una banca de piedra de la
Explanada, contaban a los recién llegados
Port Mahon y Laufelt; luego, cuando los jóvenes
hablaban, cuando decían los arrebatos del
torrente republicano y los impulsos rápidos
del águila imperial, los viejos soldados
de la antigua monarquía traicionaban a su
administración con esta frase banal: «
¡hubiese querido estar ahí! ».
Y como el bravo Crillon, se hubieran colgado de
atrición por no haber estado en semejantes
fiestas.
¡Ah! El poeta había sorprendido sin
duda uno de esas charlas inocentes cuando hizo decir
por un soldado del antiguo régimen:
Viejos compañeros,
héroes de otra era
Como Nestor yo no os hablo;
Con todos los días en que brilló mi
coraje,
Compraría yo un día de vuestros combates.
Pero pronto, a esas épocas
de alegría universal sucedieron tiempos
de luto.
Una mañana, París
desesperado fue a sacudir la reja de Los
Inválidos: « ¡A las
armas!, se grita, ¡A las
armas, viejos soldados… el extranjero
está en la barrera! ».
Repentinamente, como al
son de la trompeta del Juicio Final, esos
nobles despojos de nuestras legiones sacuden
su polvo, se enderezan, se buscan, se combinan,
y por trozos reunidos reconstituyen soldados
completos, forman pelotones, se reagrupan
en baterías, que se arman, marchan,
maniobran, se atalajan a los cañones,
los arrastran hasta el camino de Vincennes,
hasta las lomas Saint-Chaumont, hasta la
barrera de Clichy; y ahí, con muleta
firme, defienden París, bajo el mando
de aquel que será más tarde
gobernador de Los Inválidos…
¡Último y
sublime hecho de armas que han popularizado
la pluma, el pincel y el buril!
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Los
inválidos durante la defensa
de París
Ilustración de Célestin
Nanteuil (1813-1873) |
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La
antigua Sala Napoleón
en el Museo del Ejército de Los
Inválidos
Retrato del Emperador en manto de la Consagración
por Ingres, y bustos por Eugène
Guillaume. |
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Pero he aquí
la gran
jornada de la Explanada de Los Inválidos.
Desde el amanecer,
todo un pueblo está en movimiento, todas
las imaginaciones son excitadas; Francia entera
está representada en su capital; las viejas
generaciones lloran, los jóvenes admiran.
La nacionalidad francesa se despierta y se une a
una gran sombra que avanza. Bonaparte, el Primer
Cónsul, Napoleón, el Emperador, el
pequeño cabo, el proscrito de Santa Helena,
¡todos esos grandes hombres tan populares
vuelven en un mismo féretro, tras veinticinco
años de exilio!
Las inmediaciones de la Explanada, la Explanada
misma, en la parte que no está prohibida,
todo está invadido antes del día por
hombres, mujeres, niños que se enfrentan
a una temperatura de hielo.
Pronto el domo dorado de Los Inválidos refleja
rayos destellantes; ¡es el sol de Austerlitz
que se levanta! Todo el mundo lo ha reconocido y
saludado. Él también viene a ver a
su héroe...
Cada uno decía:
¡qué bello tiempo!
¡El cielo, siempre le protege!
A las diez horas,
un cañonazo disparado de Neuilly anuncia
que el cortejo echa a andar. Mientras avanza en
todo su esplendor, en toda su majestad, mientras
Napoleón se detiene bajo este arco de triunfo
de la Éstrella que él fundó
con su mano poderosa; mientras que en una larga
línea, toda resplandeciente de armas, de
uniformes y de estandartes, pasa su última
revista; mientras el ejército se estremece
y llora, que los guardias nacionales presentan las
armas, que las banderas se agitan, que los puentes
gimen bajo el peso de la multitud, echemos un vistazo
rápido a la Explanada, en el patio interior
del Hotel y en la iglesia, donde no hemos penetrado
aún.
Treinta y siete
estatuas gigantescas están alineadas a lo
largo de los tresbolillos.
Entre estas estatuas hechas a la talla de los héroes
cuya imagen son, flamas fúnebres brillan
en trípodes dorados. Detrás de esta
doble fila de reyes, de generales, dos estrados
están construidos en las que treinta y seis
mil personas, de pie, escalonadas, permanecerán
ahí, en pleno aire libre, en pleno viento,
en pleno frío, felices, en su sufrimiento,
de su lugar privilegiado; y atrás de esos
estrados, una multitud compacta, más de doscientos
mil ciudadanos recordando cuán grande fue
Francia cuando el hombre gigante combatía
por ella.
La entrada del Hotel es imponente de cortinajes;
el patio interior, donde seis mil lugares han sido
marcados, ofrece una decoración muy en armonía
con la circunstancia; tinturas negras, bordadas
de plata, grisallas, trofeos, escudos, iniciales
de Napoleón; todo aquello despierta ideas
de gloria, todo eso casa por sus colores sombríos
con el color gris del monumento.
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| La
Sala Turenne del Museo del Ejército
de Los Inválidos |
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La iglesia, dividida
en dos partes, la primera, que debemos a Bruant
el joven, ya no ofrece a la mirada sus dos órdenes
de columnas iónicas y compuestas una sobre
la otra colocadas. Las bellas figuras de Van-Clève
y de Coustou el mayor están cubiertas igualmente;
el mismo altar, sus seis columnas salomónicas,
doradas, engalanadas con espigas, pámpano,
follaje, portando manojos de palmas que, al reunirse
sostienen el baldaquín, este altar ha desaparecido
para la ceremonia. Completamente transformada, esta
parte de la iglesia resplandece de oro y de plata
sobre un fondo violeta y negro; las filas laterales
están dispuestas en tribunas inferiores;
en cada pilastra se eleva una brazada de banderas
tricolores; y los nombres de los más ilustres
generales y de las más gloriosas victorias
del Consulado y del Imperio constelan los dos lados
de la nave.
La parte
llamada el domo, esa obra maestra de arquitectura
elevada por Jules Hardouin Mansard, ha cambiado
también totalmente de carácter.
Ahí están reunidas las notabilidades
más eminentes del país, en
torno al catafalco, cuya parte inferior
espera el féretro del héroe.
En los ángulos de ese monumento se
elevan cuatro figuras de victorias, dominadas
por el águila imperial con las alas
desplegadas. ¿Dónde están
las pinturas de Lafosse? ¿La
gloria del paraíso, la felicidad
de los bienaventurados? ¿Quién
las busca con la mirada? ¿Quién
se informa acerca de ellas? Ved, ved esos
terciopelos, ese oro, esos laureles representados
sobre un cortinaje sembrado de abejas...
Mirad, ante todo, esas banderas de veinte
naciones, que nuestros soldados arrebataron
al enemigo, y que se quiso arrancarles con
el león de San Marcos! Los sublimes
encubridores de esos trofeos habían
descendido en otro tiempo al fondo de los
subterráneos; desenrollaron esos
gloriosos jirones manchados con su sangre
probablemente; los suspendieron de nuevo
en la bóveda del templo, donde se
cree verlos inclinarse ante la gran sombra
que avanza.
Veintiún
cañonazos anuncian su llegada a la
Explanada. ¡Qué momento solemne!
¡Napoleón muerto, desfilando
frente a la imagen de sus generales, muertos
como él, para ir, a unos pasos de
allí, a acostarse en la tumba que
les es preparada, y que guardarán
los restos mutilados de sus gloriosas falanges!
El mausoleo
portado sobre cuatro ruedas centelleantes
de oro, remolcado por dieciséis caballos
encaparazonados, atraviesa la Explanada.
¡Ahí, como en todo el camino
recorrido, todos las frentes se descubren,
y una voz enérgica, la gran voz del
pueblo, hace oír ese grito de ¡viva
el Emperador! alrededor de sus restos
inanimados!
El carro fúnebre se ha detenido en
la reja del Hotel. Treinta y seis marineros
se apoderan del féretro y lo llevan
hasta el patio interior; Ahí, treinta
y seis suboficiales de la guardia nacional
y del ejército, los reemplazan hasta
debajo del domo... y las ceremonias de la
iglesia comienzan.
Así, en la Explanada de Los Inválidos,
ya de por sí tan rica en recuerdos,
se ha cumplido el último voto del
Emperador Napoleón:
« Deseo
que mis cenizas reposen en las orillas del
Sena ».
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Tumba
del S.M. el Emperador y Rey Napoleón
I
Iglesia San Luis del Hotel de Los
Inválidos, en París |
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Etienne Arago.
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