 |
|
Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
|
|
| LA
EXPLANADA DE LOS INVÁLIDOS |
| |
 |
El
Hotel Imperial de Los
Inválidos
Vista del lado de la
entrada situada al norte
(entrada por la explanada)
tomada cerca de la fuente
del León de San
Marcos (in
« 50 aquarelles
des monuments de Paris
»), por Victor-Jean
Nicolle (1754–1826).
|
|
|
|
|
Por |
Étienne
Arago |
 |
| Étienne
Arago (1802-1892) |
|
|
|
Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
Esta página está disponible
al público de manera gratuita y
puede ser reproducida con fines no lucrativos,
siempre y cuando no sea mutilada, se cite
la fuente completa y su dirección
electrónica. De otra forma, requiere
permiso previo por escrito de la institución.
|
| Texto
decimonónico proveniente de
Las calles de París,
París antiguo y moderno,
de Louis Lurine, tomo II (Les
rues de Paris, Paris ancien et moderne;
origines, histoire, monuments, costumes,
mœurs, chroniques et traditions.
G. Kugelmann éditeur, París,
1844. Grabados originales de Célestin
Nanteuil. |
|
Tres
nombres gloriosos de nuestra historia nacional
deberían estar grabados en letras de
oro sobre la puerta de entrada del Hotel de
los Inválidos: Enrique IV,
por haber tenido, el primero, la idea de abrir
un noble refugio a los defensores del país;
Luis XIV, por haber hecho de
él uno de los más majestuosos
monumentos de su reino; el EMPERADOR
NAPOLEÓN,
finalmente, por haberse preocupado por él
toda su vida, y por haberlo, después
de su muerte, como santificado con sus restos.
Aquel
que gritaba a los suyos durante los
rudos combates de la guerra civil: «
Salvad a los franceses, y apoderaos
del extranjero »; aquel concebiría
la santa idea de ofrecer un asilo a
los militares que la edad o las heridas
condenaban al reposo. Pero el Bearnés
halló los cofres del Estado agotados;
así, instaló en una modesta
morada de la rue de l’Oursine
a los soldados mutilados por Mayenne
o por el Español. Luis XIII,
su hijo, los transportó al castillo
de Bicêtre, y Luis XIV puso, en
1671, los cimientos de ese hotel, que
no tiene igual en Europa. La suerte
de los defensores del país comenzó
entonces solamente a ser honorablemente
fijada.
Antes
de eso, las abadías, los prioratos
contribuían a alimentar, a mantener,
a alojar a los viejos soldados. Todo
monasterio recibía un cierto
número de ellos; pero un deber
ridículo o humillante les era
impuesto de regreso; se veían
obligados a repicar las campanas para
despertar a los monjes; esos hombres
de espada, que habían sido despertados
por tanto tiempo al son de la corneta
y del tambor, menos considerados que
los sacristanes, menos estimados que
los suizos de la parroquia, en sus manos
la escoba remplazaba al fusil que habían
noblemente portado, ¡Honor al
nieto de Enrique IV por haber relevado
al viejo soldado de esas humillantes
necesidades!
El edicto
de fundación del Hotel de los
Inválidos fue publicado en 1674;
merece que citemos algunos extractos
de él. Francia estaba toda sangrante
aún de sus gloriosas heridas,
e iba a arrojarse de nueva cuenta a
una guerra formidable.
|
 |
Enrique IV,
rey de Francia (1553-1610)
Por Frans Porbus el joven.
(1569-1622). |
|
|
|
 |
Jules
Hardouin Mansart (1645-1708)
Primer arquitecto y superintendente
de los edificios del rey.
Cuadro de Hyacinthe Rigaud
(1659-1743), realizado en
1685. |
|
|
Luis XIV, se dirá
tal vez, tenía interés
en mostrarse generoso para con los soldados
viejos o mutilados, puesto que llamaba
a otros más jóvenes a
nuevas oportunidades. ¡Qué
importa si en ese gran acto de gratitud
cabía un poco de egoísmo!
Los reyes no hacen siempre grandes cosas,
aún cuando su interés
particular marcha de acuerdo con la
equidad.
«
Hemos estimado, dice el monarca,
que no era menos digno de nuestra
piedad que de nuestra justicia, sacar
de la miseria y de la mendicidad a los
pobres oficiales y soldados de nuestras
tropas que, habiendo envejecido en el
servicio, o que, en las guerras pasadas,
habiendo sido lisiados, no estaban en
estado de poder vivir y subsistir; y
que era bien razonable que quienes han
expuesto libremente su vida y prodigado
su sangre para la defensa de esta monarquía...........
gocen del reposo que aseguraron a nuestros
demás sujetos, y pasen el resto
de sus días en tranquilidad...........
Para cuyo efecto, y para seguir un designio
tan pío y loable y poner la última
mano a la obra tan útil y tan
importante, hemos dado nuestras órdenes
para hacer construir y edificar el dicho
Hotel real, al extremo de la calle del
faubourg Saint-Germain de nuestra buena
ciudad de París. »
Se hicieron
tres clases de oficiales y soldados,
que podían ser recibidos.
La primera
clase comprendía a quienes habían
servido veinte años.
La segunda
clase, aquellos que, tras haber cumplido
dos alistamientos de seis años,
no se encontraban, por su edad o por
su mala salud, en estado de continuar
el servicio.
La tercera
finalmente, quienes estaban lisiados
o gravemente heridos, sin considerarse
el tiempo durante el cual habían
servido.
|
Es inútil entra
en más amplios detalles acerca
de una organización que, desde
aquella época, ha sido considerablemente
modificada. En principio, el cuadro
de los inválidos residentes
se elevaba a cuatro o cinco mil; hay
lugar hoy para siete mil pensionarios,
bien alojados, bien alimentados, bien
calentados, mantenidos con esmero y
recibiendo: los oficiales, 10 francos
al mes, y los soldados 1 franco para
sus menudas necesidades.
El Hotel de Los Inválidos
parece ser el establecimiento nacional
al que Luis XIV más afecto le
tenía. Lo visitaba a menudo;
algunas veces su corte le seguía
en gran pompa.
Su último suspiro da testimonio
también de esta predilección:
« Fuera de los diferentes
establecimientos que hemos hecho en
el transcurso de nuestro reino
(dice en su testamento), no hay
uno que sea más útil al
Estado que el del Hotel real de Los
Inválidos... Toda clase de motivos
deben intimar al delfín y a todos
los reyes nuestros sucesores a apoyarlo
y a acordarle una protección
particular. Les exhortamos tanto como
está en nuestro poder. »
Coustou el joven, que
ha orgullosamente caracterizado a Luis
XIV a caballo, sobre la puerta de entrada,
tuvo pues razón de asentar en
los ángulos del pedestal, y dominando
las estatuas colosales de Marte y de
Minerva, las figuras más modestas
de la Justicia y de la Prudencia.
Situado en la extremidad del faubourg
Saint-Germain, casi en medio de la antigua
plaza de Grenelle, no lejos del río
que baña el centro de París,
en un terreno un poco elevado y en una
magnífica posición, el
Hotel de Los Inválidos ocupa
una superficie de 5 hectáreas,
460 áreas.
Cuando, en los dibujos de Libéral
Bruant, se elevaban esas fuertes murallas,
los jóvenes y los viejos soldados
ya no temían tanto a la guerra.
|
 |
Luis
XIV, rey de Francia y de Navarra
(1638-1715)
Retrato en busto y en coraza
por Charles Le Brun (1619-1690),
hacia 1662. |
|
|
« Muertos,
decían, Dios allá en lo alto
recompensa a los bravos; heridos, el rey en
París nos construye un palacio. ¡Adelante
pues, y viva Francia!... »
El clero y los monjes resultaron los únicos
pesarosos; perdían a sus campaneros (las
campanas y sus barrenderos de iglesia...
… Antaño,
para sostener sus días,
En un país ingrato, salvado por su coraje,
El guerrero no tenía, en el declive de
su edad,
Un asilo para vivir, una tumba para morir:
¡El Estado al que ha vengado se digna
al fin a alimentarlo!
La fachada del
Hotel de Los Inválidos tiene 198 metros
de largo, de una extremidad a otra de sus pabellones;
en el centro, está la puerta rematada
con una forma cintrada en la que se veía
un bajorrelieve representando a Luis XIV, rodeado
como el sol por los doce signos del zodiaco;
adelante está una plaza en media luna
rodeada de fosos, revestidos con mampostería
hasta altura de apoyo. Ahí, como para
anunciar a los huéspedes del lugar, dieciséis
piezas de cañón presentan su boca
taponada a los paseantes inofensivos. Un hermoso
paje, ora tuerto, ora manco, ora pata-de-palo,
monta guardia en la reja de entrada. Detrás
de él se extienden galantes parterres
simétricamente dibujados; y en los costados
de la plaza, algunos Inválidos rastrillan,
labran, cultivan finalmente jardincillos particulares,
donde la rosa florece para el corsé de
su bella; donde trepan también a sus
cunas enrejadas la gracia clemátide y
el volúbilis tricolor.
Recuerda
que Apolo construyó murallas,
Y no te sorprendas de que Marte sea jardinero.
Dejemos esta
plaza exterior, pasemos bajo la gran puerta,
y saludemos a la estatua ecuestre del real fundador,
entremos en el patio Napoleón, sigamos
con la mirada, en este patio, a los gloriosos
despojos de nuestros ejércitos inmortales;
veámoslos deslizarse, viejos o ciegos,
a lo largo de esos cuatro edificios; escuchemos
retumbar sus muletas sobre las lozas de los
arcos; suben, bajan, van y vienen como los habitantes
de un hormiguero. ¡Atención! El
tambor bate; los cuatro refectorios están
abiertos. Ahí, en medio de pinturas al
fresco, representando victorias del reino de
Luis XIV, mesas redondas de ocho cubiertos están
servidas, y cada soldado viene a sentarse en
su lugar acostumbrado. Entonces comienza un
curioso, un interesante espectáculo:
el ciego llega, apoyado sobre el hombro de un
manco que le sirve de guía, y el manco
halla a su vez a un soldado con pata de palo
que le corta los trozos y le da el bocado.
 |
Los Inválidos en el jardín
Ilustración de Célestin
Nanteuil (1813-1873). |
|
En la biblioteca,
en medio de 25,000 volúmenes, rico presente
del Emperador Napoleón, un círculo
de ciegos es formado, y un camarada les hace
la lectura. Todas las veces que llega al final
de la segunda pagina, « voltead »,
dice el lector que dejó sus dos brazos
en Wagram o en Moscú; y un ciego de las
Pirámides está ahí, cuyo
dedo ejercitado obedece la orden. Por doquier
el Hotel de Los Inválidos ofrece la realización
de la fábula de El Ciego y el Paralítico:
Yo caminaré
por vos, y vos veréis por mí.
Ahí la
ayuda mutua está organizada; digamos
mejor: está inspirada por la fraternidad
militar más que por el infortunio y la
necesidad.
No salgamos todavía; echemos un vistazo
en las vastas cocinas, donde el fuego crepita
bajo las marmitas gigantescas, de las que la
credulidad provincial ha sin embargo decuplado
las dimensiones. De hecho, se puede creer en
las marmitas de veinte metros de circunferencia,
funcionando de maravilla, cuando se cree en
la testarudez del inválido bon vivant.
Visitemos
también, y con un interés
muy diferente, las enfermerías
en donde los muros de la caridad no
cesan de prodigar abnegación
a los enfermos, a los viejecillos, a
los más lisiados de los pensionarios;
subamos hasta la cumbre del edificio,
a la sala de los planos en relieve
de las plazas fuertes de Francia,
a la que no se penetra más que
con el permiso del ministro de la guerra;
pasemos finalmente a la iglesia…
Pero no; el relato de ilustres funerales
nos hará volver más tarde;
volvamos por donde vinimos, a la Explanada
que nos reclama.
Le debemos
la Explanada de Los Inválidos
al conde de Argenson, ministro de guerra
durante el reinado de Luis XV. Es a
la sombra de esos tresbolillos anchos,
es bajo esas alamedas de olmos, y de
tilos que sirven de marco a frescos
tapetes de verdor, que los viejos soldados
pasean su ensueño: como a los
héroes de Homero y de Virgilio,
era preciso crearles un Eliseo. Esta
explanada silenciosa, donde el pájaro
canta y hace su nido tranquilo como
en el fondo de un bosque apartado, el
pueblo lo invade más de una vez,
y en él dejó la huella
de sus pies de gigante. ¿Hay
una calle de París, uno de sus
cruces, uno de sus paseos, que no tenga
su página gloriosa y su fecha
inmortal? Una vez… era el 14 de
julio de 1789:
Treinta mil hombres acampaban en el
camino de Versalles; los guardias suizos
ocupaban incluso la entrada de la plaza
Luis XV (hoy de la Concordia;
NdT.). El pretexto era el restablecimiento
del orden público; el objeto
real, la disolución de los estados
generales. Mirabeau, desde hacía
cuatro días, había redactado
la famosa esquela que demandaba el alejamiento
de las tropas y el despido de los suizos;
Luis XVI se había negado. La
víspera del gran día,
el príncipe de Lambesc había
acuchillado a sablazos a unos paseantes
en el jardín de las Tullerías,
y, una hora más tarde, Camille
Desmoulins había transformado
en cucardas con los colores de la esperanza
las hojas de los árboles del
Palais-Royal. Dos conspiraciones desde
hacía largo tiempo en presencia,
la de la aristocracia y la del pueblo,
iban a chocar por fin.
|
 |
Los
Inválidos en la sala
de lectura
Ilustración de Célestin
Nanteuil (1813-1873). |
|
|
El sol de la
libertad que iluminaría la caída
de la Bastilla aún no se había
levantado, pero ya despuntaba en el horizonte
de París la aurora de la libertad. Dos
hombres cruzaron entonces la reja del Hotel
y llegaron, continuando su conversación
comenzada, a los primeros árboles de
la Explanada. Uno de ellos era el Señor
de Sombreuil, gobernador de Los Inválidos;
el otro, un cortesano cuyo nombre quedó
desconocido.
« Decid al rey que haré mi
deber, Señor; pero os lo repito, al querer
hacer nacer el miedo, se puede generar el entusiasmo.
El pueblo se forja armas como por encanto cuando
la necesidad se lo manda. Anunciad en Versalles,
Señor, que ciento cincuenta mil picas
han sido fabricadas en una noche.
- ¿Picas?, respondió el desconocido,
sonriendo con desprecio, ¿qué
podrán las picas contra los cañones
y los fusiles del Señor de Besenval?
- Pero el pueblo sabe dónde duermen cañones
sobre sus cureñas; sabe dónde
miles de fusiles se encuentran en depósito.
Dos diputaciones de distritos vinieron ayer
ya para reclamar las 32,000 armas de fuego que
encierran los subterráneos del Hotel;
me negué a entregarlos a los diputados,
pero si el pueblo viene a tomarlos...
- Los defenderéis, Señor de Sombreuil…
- Sí, si mis inválidos escuchan
mi voz... Pero, llevad mis temores a Versalles...
ayer, después de haber despedido a las
dos diputaciones, imaginé hacer retirar
de todos los fusiles los gatillos y las baquetas.
- Está perfecto, Señor gobernador...
He aquí una astucia de comedia... que
hará toda tragedia imposible. El relato
de ello alegrará a la Corte.
- Paciencia, Señor; no os apresuréis
a reír. Hice pues bajar a veinte inválidos
para poner mi medio en ejecución.
- No se necesitaban más para hacer en
una noche todas esas armas inofensivas.
- ¡Pues bien! Señor, en el lapso
de seis horas, veinte inválidos escogidos
no habían desarmado más que veinte
fusiles
- ¡Un fusil por seis horas y por individuo!
¡Por mi honor! es demasiado inválido…
- Señor, respondió el Señor
de Sombreuil al desconocido que reía
a carcajadas de su mala broma, sois muy
libre de regocijar a la Corte con el relato
que os he hecho, y sobre todo con el juego de
palabras que acaba de inspiraros... Sin embargo,
no olvidéis decir a Su Majestad que un
peligro puede nacer, y que espero sus órdenes.
En esas el gobernador volvió la espalda
al cortesano, quien montó a caballo y
se dirigió hacia Versalles. Dos horas
después de este entremés, múltiples
agrupaciones desembocaban por las calles de
Grenelle, de Varennes, de la Universidad, e
invadían la Explanada.
|
 |
Dos imágenes del
ataque al Hotel de los Inválidos
el 14 de julio de 1789
A la izquierda, la Toma
de armas en los Inválidos,
en una acuatinta de Berthault. A la
derecha, El cura de Saint-Etienne-du-Mont
dirige a sus feligreses al pillaje
de los Inválidos. Acuatinta
de Guyot litografiada por Jean Baptiste
Arnout, en 1820. |
|
Había
un peligro real en esta expedición. El
procurador de la ciudad lo afrontó valientemente
a la cabeza de algunas compañías
de guardias franceses, formadas ya bajo la bandera
de las autoridades revolucionarias. En otros
grupos menos pacíficos se distinguían
los trajes rojos de los clercs de la Basoche;
pero la conglomeración más tumultuosa
era la que conducía el cura de Saint-Etienne-du-Mont,
animando con el gesto y con la voz a sus fieles
feligreses.
El Señor de Sombreuil respondió,
como la víspera, al magistrado que: depositario
de los fusiles, no podía librarlos sin
la autorización del ministro de guerra,
a quien se había dirigido; y añadió,
para ganar tiempo sin duda, que la respuesta
llegaría en una hora.
Era imprudente para el pueblo contentarse de
esta evasiva, de cara a los preparativos hostiles
del mariscal de Broglie y del Señor de
Besenval.
Una vez expresada en voz alta esta reflexión
por un simple obrero, la muchedumbre se precipita,
franquea los fosos del Hotel, con tanta más
facilidad cuanto que los inválidos asediados
tienden las manos y las muletas a los sitiadores;
se desarma a los centinelas, que se dejan. Para
arrastrar veinte piezas de cañón
de las cuales se apoderan, se toma del Señor
de Sombreuil, quien los entrega sin hacerse
de rogar, los caballos de su coche; finalmente
se baja a los subterráneos, bajo el domo;
se encuentran los fusiles, se les lleva en una
cantidad de cerca de 30,000, incluidos los veinte
que habían sido desorganizados el día
anterior por los dedos perezosos de los veinte
veteranos patriotas. Una vez armado, el pueblo
atraviesa la Explanada y se esparce en París;
un gran número de viejos soldados se
mezclan con la turba, la instruyen al marchar,
la dirigen militarmente; y todo ese pueblo va,
el mismo día, a hacer contra los muros
de la Bastilla la primera prueba de sus fuerzas
invencibles. Fue pues en la Explanada de Los
Inválidos que comenzó el gran
combate del « despotismo y de la libertad
». Esos soldados mutilados, sus cañones,
sus fusiles, figuraron a menudo en calidad de
actores y de accesorios en el magnífico
drama de la revolución. En cuanto a la
Explanada, fue invadida, ocupada, recorrida
todas las veces que el pueblo de París
se dirigió al Champ-de-Mars (Campo de
Marte) y el llano de Grenelle, en donde se llevaron
a cabo algunos de los más patéticos
cuadros de este sublime periodo.
El
terrible destino de Charles François
de Virot (o Viraud), marqués
de Sombreuil (1725-1794): los
horrores de la Revolución
|
Nacido
en 1725, héroe de la batalla
de Raucourt, había desposado
1776 a la hija del marqués
des Flottes de l’Eychoisier.
Gobernador del Hotel de los Inválidos
a partir de 1786, el marqués
se ve obligado a enfrentarse a las
hordas revolucionarias en julio
de 1789, sin poder oponerse al pillaje
del establecimiento. Enseguida,
fue capturado y detenido sucesivamente
en la Prison de l’Abbaye,
y posteriormente en Port-Libre
(ex-Port-Royal) el 27 de diciembre
de 1793. Su última etapa
tendrá lugar en Sainte
Pélagie el 2 de mayo
de 1794, antes de ser guillotinado
el 29 de pradial año II (17
de junio de 1794).
Aún cuando María Magdalena,
su esposa, era 23 años más
joven que él, había
muerto muy tempranamente dejando
a su esposo tres hijos. Una de sus
hijas, Marie-Maurille condesa de
Villelume, nacida en 1767, dejará
grabado su nombre en la historia
bajo el mote de « la heroína
del vaso de sangre » tras
defender a su padre contra los insurrectos
de la prison de l’Abbaye
(prisión de la
Abadía). Su acto heroico
fue honrado por diversos poetas
entre los cuales Hugo, Delille,
o Legouvé, así como
por un té que lleva su nombre.
La escena se narra a continuación:
«
Mi abuelo, el Señor Marqués
de Sombreuil, antiguo gobernador
de Los Inválidos, había
sido detenido inmediatamente después
del 10 de agosto y echado en los
calabozos de la abadía;
el domingo 2 de septiembre de
1792, el terrible Caveant consules
acababa de poner el poder en manos
de Dantón; por orden suya,
unos degolladores habían
sido solicitados al comité
de vigilancia, presidido por Marat,
donde habían recibido sus
instrucciones y habían
convenido su salario.
El día siguiente, lunes
3 de septiembre, hacia las cinco
de la mañana, los trabajadores
[Si empleamos esta expresión
para hablar de los asesinos de
septiembre, es porque así
son designados en los Estados
de servicio establecidos en las
oficinas de la Comuna, en los
que están constatados los
pagos que les fueron hechos. (Nota
del Señor de Sombreuil)],
bajo la dirección de Maillard,
apodado « Tape-dur »
(Pega-duro), se dirigieron
hacia la prisión de la
Abadía. Las víctimas
están todas, la carnicería
va a comenzar.
Maillard establece primero su
tribunal de juez popular en el
patio de la prisión, y
los degolladores están
dispuestos en dos filas; muy pronto
las puertas del claustro, que
ocultaba a los frailes detenidos
los días precedentes, son
abiertas, y todos son masacrados
sin que se le concediera gracia
a ni uno solo.
|
 |
|
Madame
de Sombreuil bebiendo
una copa de sangre
para salvar la vida
de su padre.
Cuadro de Pierre Puvis
de Chavannes. |
|
|
La
horrible matanza humana es suspendida
por un instante para dejar a los
trabajadores tomar sopa y beber
el vino que la Comuna les hizo distribuir
en la puerta de la prisión;
pero pronto recomenzaron su obra
sangrienta.
Hacia las once horas, se llama al
ciudadano Marsault y al ciudadano
de Sombreuil. El primero cae golpeado
de un hachazo que le hiende la cabeza;
ya el hierro estaba alzado para
alcanzar al Señor de Sombreuil,
cuando su hija lo percibe. Se abalanza
al cuello de su padre, que envuelve
con su magnífica cabellera,
y, presentando su pecho a los asesinos:
« ¡No llegaréis
a mi padre, dice, más que
después de haberme matado!
» Recibe tres heridas.
Su belleza, más grande aún
en esta escena terrible, conmueve
a uno de los asesinos: un grito
de piedad se deja oír.
Subyugados por ese ascendente que
inspira forzosamente la virtud,
y tal vez por el irresistible atractivo
de la belleza en lágrimas,
los degolladores rodean al padre
y a la hija, y uno de ellos, presentándole
un vaso de sangre que se escapaba
de la cabeza del Señor de
Saint-Marsault, le dijo: «
Bebe esta sangre a la salud
de la nación, ciudadana,
y tu padre será libre.»
Ella lo bebe de un trago, y conquista,
por este acto inaudito de amor filial,
la libertad de su padre.
|
Jules
Claretie, Ruines et
Fantômes (Ruinas y Fantasmas). |
|
Bonaparte
recordó en el follaje de este tresbolillo
los pájaros espantados; y si, a menudo
entonces, se les vio echar a volar a toda prisa,
es que los cañones de Los Inválidos,
vueltos a colocar en sus cureñas, tenían
como misión anunciar a Francia las victorias
de sus hijos.
En 1804, el conquistador de Italia colocó
el león de San Marcos en medio de la
gran alameda de la Explanada. ¡Ay! Permaneció
dieciséis años apenas sobre el
pedestal de Trepsat; pero Venecia no volvió
a ver a su paladión más que quebrado
en pedazos, y es en piezas reajustadas que volvió
a subir a su alta columna. La víspera
del día en que el austriaco debía
quitárnoslo, grúas y cabrestantes
habían sido instaladas alrededor del
soberbio trofeo. Un inválido, según
la costumbre, fue puesto ahí toda la
noche, como guardia; y llegado el día,
cuando las poleas giraron, cuando los cordajes
se tendieron bajo el esfuerzo de los obreros,
el león, levantado un instante, cayó
y se estrelló en el suelo de la Explanada.
¿No habría el guardián
nocturno devotamente cortado con su pequeño
sable de Italia algunas hebras del cáñamo,
que pareció romperse bajo el peso del
bronce colosal?
Un ramo de lis en plomo dorado remplazó,
bajo la Restauración, al león
ausente; y del centro de cada una de esas flores
escurría a veces un ligero chorrito de
agua, que iba a humectar el fondo de una gran
pila circular.
Después de la revolución de julio,
un busto de Lafayette destronó al bouquet
de flores reales; y ahora, busto y fuente han
desaparecido. Ya nada detiene la vista en la
larga línea que va prolongándose
entre tapetes de verdor y bellas alamedas, desde
la reja del Hotel hasta el parapeto que bordea
el Sena.
No hemos terminado
aún con la época imperial; nuestra
crónica debe tomar de ella otros recuerdos…
Un día,
los cañoneros inválidos estaban
en sus piezas, escobillón en mano y mecha
encendida. París esperaba todo sobresaltado.
Se decía que el doctor Dubois acababa
de ser llamado a las Tullerías; y de
inmediato la muchedumbre acude por todas las
avenidas hasta el terraplén de Los Inválidos,
entre los fosos y la Explanada.
¡Despejad! ¡Paso libre al paje del
Emperador que trae la gran nueva! Y el paje
entra al galope de su caballo en el patio del
Hotel. Algunos minutos después, una mecha
prendida trazó un semicírculo
a la derecha de una cureña, y dio un
beso de fuego a la luz de un cañón.
El primer disparo retumbó; y sobre esa
multitud que hablaba, que cotorreaba como una
mujer parlanchina, planeó de inmediato
uno de esos silencios imponentes, solemnes,
que se escapan de las multitudes inmensas. Solamente,
a cada detonación, zumbaba un ligero
murmullo, eco del bronce que había comenzado
a hablar. Se contaba en voz baja: uno... dos...
tres... cuatro... hasta veinte, límite
fatal, pues ese número, la duda acerca
del sexo de niño no había cesado.
Un saquete más quemado, y Napoleón
tenía un heredero varón, un sucesor
directo al trono imperial.
El inválido que debía prender
la vigésimo primer fulminante había
sido antaño el guasón del regimiento.
Viendo a la turba suspendida al borde de la
cuerda que ardía en su mano, lo bajó
en falso sobre la pieza, luego, como si la mecha
hubiera estado casi apagada, la acercó
a sus labios para reanimarla soplando. Durante
esas evoluciones calculadas, el intervalo deseado
entre dos detonaciones había transcurrido
y aún más; tanto que París,
con la oreja bien parada y al acecho, estaba
consternado. Estas palabras circulaban ya bajo
los tresbolillos: « - ¡Veinte! -
¡Nada más veinte! – ¡Se
acabó, es una niña!
El bromista cortó de tajo los comentarios.
El veintiunavo cañonazo estalló;
y de un extremo al otro de la Explanada un grito
se elevó en los aires: ¡Viva el
Emperador! - ¡Viva el Emperador! Respondieron
del otro lado de los fosos los mutilados del
Imperio. ¡Viva el Emperador! Dijeron también
los heridos de Sambre-et-Meuse; y viejos soldados
de Fontenoy lanzaron también este grito
que significaba: ¡Viva Francia, gloriosa
y respetada!...
 |
Napoleón
presenta el Rey de Roma a los dignatarios
del Imperio. 20 de marzo de 1811
Cuadro de Georges Rouget, Museo de
Versalles. |
|
Entonces el
Hotel alojaría aún más
de aquellos bravos militares, que tuvieron el
honor de servir bajo Maurice de Saxe o Richelieu.
Era un placer verles marchar fraternalmente,
apoyados sobre un camarada de Hoche, o sobre
un grognard de Oudinot. Sentados sobre
una banca de piedra de la Explanada, contaban
a los recién llegados Port Mahon y Laufelt;
luego, cuando los jóvenes hablaban, cuando
decían los arrebatos del torrente republicano
y los impulsos rápidos del águila
imperial, los viejos soldados de la antigua
monarquía traicionaban a su administración
con esta frase banal: « ¡hubiese
querido estar ahí! ». Y como el
bravo Crillon, se hubieran colgado de atrición
por no haber estado en semejantes fiestas.
¡Ah! El poeta había sorprendido
sin duda uno de esas charlas inocentes cuando
hizo decir por un soldado del antiguo régimen:
Viejos compañeros,
héroes de otra era
Como Nestor yo no os hablo;
Con todos los días en que brilló
mi coraje,
Compraría yo un día de vuestros
combates.
Pero pronto, a esas
épocas de alegría universal
sucedieron tiempos de luto.
Una mañana,
París desesperado fue a sacudir
la reja de Los Inválidos: «
¡A las armas!, se grita,
¡A las armas, viejos soldados…
el extranjero está en la barrera!
».
Repentinamente, como
al son de la trompeta del Juicio Final,
esos nobles despojos de nuestras legiones
sacuden su polvo, se enderezan, se buscan,
se combinan, y por trozos reunidos reconstituyen
soldados completos, forman pelotones,
se reagrupan en baterías, que
se arman, marchan, maniobran, se atalajan
a los cañones, los arrastran
hasta el camino de Vincennes, hasta
las lomas Saint-Chaumont, hasta la barrera
de Clichy; y ahí, con muleta
firme, defienden París, bajo
el mando de aquel que será más
tarde gobernador de Los Inválidos…
¡Último
y sublime hecho de armas que han popularizado
la pluma, el pincel y el buril!
|
 |
Los
inválidos durante
la defensa de París
Ilustración de Célestin
Nanteuil (1813-1873) |
|
 |
La
antigua Sala Napoleón
en el Museo del Ejército de
Los Inválidos
Retrato del Emperador en manto de
la Consagración por Ingres,
y bustos por Eugène Guillaume. |
|
Pero he aquí
la gran
jornada de la Explanada de Los Inválidos.
Desde el amanecer,
todo un pueblo está en movimiento, todas
las imaginaciones son excitadas; Francia entera
está representada en su capital; las
viejas generaciones lloran, los jóvenes
admiran. La nacionalidad francesa se despierta
y se une a una gran sombra que avanza. Bonaparte,
el Primer Cónsul, Napoleón, el
Emperador, el pequeño cabo, el proscrito
de Santa Helena, ¡todos esos grandes hombres
tan populares vuelven en un mismo féretro,
tras veinticinco años de exilio!
Las inmediaciones de la Explanada, la Explanada
misma, en la parte que no está prohibida,
todo está invadido antes del día
por hombres, mujeres, niños que se enfrentan
a una temperatura de hielo.
Pronto el domo dorado de Los Inválidos
refleja rayos destellantes; ¡es el sol
de Austerlitz
que se levanta! Todo el mundo lo ha reconocido
y saludado. Él también viene a
ver a su héroe...
Cada uno
decía: ¡qué bello tiempo!
¡El cielo, siempre le protege!
A las diez horas,
un cañonazo disparado de Neuilly anuncia
que el cortejo echa a andar. Mientras avanza
en todo su esplendor, en toda su majestad, mientras
Napoleón se detiene bajo este arco de
triunfo de la Éstrella que él
fundó con su mano poderosa; mientras
que en una larga línea, toda resplandeciente
de armas, de uniformes y de estandartes, pasa
su última revista; mientras el ejército
se estremece y llora, que los guardias nacionales
presentan las armas, que las banderas se agitan,
que los puentes gimen bajo el peso de la multitud,
echemos un vistazo rápido a la Explanada,
en el patio interior del Hotel y en la iglesia,
donde no hemos penetrado aún.
Treinta y siete
estatuas gigantescas están alineadas
a lo largo de los tresbolillos.
Entre estas estatuas hechas a la talla de los
héroes cuya imagen son, flamas fúnebres
brillan en trípodes dorados. Detrás
de esta doble fila de reyes, de generales, dos
estrados están construidos en las que
treinta y seis mil personas, de pie, escalonadas,
permanecerán ahí, en pleno aire
libre, en pleno viento, en pleno frío,
felices, en su sufrimiento, de su lugar privilegiado;
y atrás de esos estrados, una multitud
compacta, más de doscientos mil ciudadanos
recordando cuán grande fue Francia cuando
el hombre gigante combatía por ella.
La entrada del Hotel es imponente de cortinajes;
el patio interior, donde seis mil lugares han
sido marcados, ofrece una decoración
muy en armonía con la circunstancia;
tinturas negras, bordadas de plata, grisallas,
trofeos, escudos, iniciales de Napoleón;
todo aquello despierta ideas de gloria, todo
eso casa por sus colores sombríos con
el color gris del monumento.
 |
| La
Sala Turenne del Museo del
Ejército de Los Inválidos |
|
La iglesia,
dividida en dos partes, la primera, que debemos
a Bruant el joven, ya no ofrece a la mirada
sus dos órdenes de columnas iónicas
y compuestas una sobre la otra colocadas. Las
bellas figuras de Van-Clève y de Coustou
el mayor están cubiertas igualmente;
el mismo altar, sus seis columnas salomónicas,
doradas, engalanadas con espigas, pámpano,
follaje, portando manojos de palmas que, al
reunirse sostienen el baldaquín, este
altar ha desaparecido para la ceremonia. Completamente
transformada, esta parte de la iglesia resplandece
de oro y de plata sobre un fondo violeta y negro;
las filas laterales están dispuestas
en tribunas inferiores; en cada pilastra se
eleva una brazada de banderas tricolores; y
los nombres de los más ilustres generales
y de las más gloriosas victorias del
Consulado y del Imperio constelan los dos lados
de la nave.
La parte
llamada el domo, esa obra maestra de
arquitectura elevada por Jules Hardouin
Mansard, ha cambiado también
totalmente de carácter. Ahí
están reunidas las notabilidades
más eminentes del país,
en torno al catafalco, cuya parte inferior
espera el féretro del héroe.
En los ángulos de ese monumento
se elevan cuatro figuras de victorias,
dominadas por el águila imperial
con las alas desplegadas. ¿Dónde
están las pinturas de Lafosse?
¿La gloria del paraíso,
la felicidad de los bienaventurados?
¿Quién las busca con la
mirada? ¿Quién se informa
acerca de ellas? Ved, ved esos terciopelos,
ese oro, esos laureles representados
sobre un cortinaje sembrado de abejas...
Mirad, ante todo, esas banderas de veinte
naciones, que nuestros soldados arrebataron
al enemigo, y que se quiso arrancarles
con el león de San Marcos! Los
sublimes encubridores de esos trofeos
habían descendido en otro tiempo
al fondo de los subterráneos;
desenrollaron esos gloriosos jirones
manchados con su sangre probablemente;
los suspendieron de nuevo en la bóveda
del templo, donde se cree verlos inclinarse
ante la gran sombra que avanza.
Veintiún
cañonazos anuncian su llegada
a la Explanada. ¡Qué momento
solemne! ¡Napoleón muerto,
desfilando frente a la imagen de sus
generales, muertos como él, para
ir, a unos pasos de allí, a acostarse
en la tumba que les es preparada, y
que guardarán los restos mutilados
de sus gloriosas falanges!
El mausoleo
portado sobre cuatro ruedas centelleantes
de oro, remolcado por dieciséis
caballos encaparazonados, atraviesa
la Explanada. ¡Ahí, como
en todo el camino recorrido, todos las
frentes se descubren, y una voz enérgica,
la gran voz del pueblo, hace oír
ese grito de ¡viva el Emperador!
alrededor de sus restos inanimados!
El carro fúnebre se ha detenido
en la reja del Hotel. Treinta y seis
marineros se apoderan del féretro
y lo llevan hasta el patio interior;
Ahí, treinta y seis suboficiales
de la guardia nacional y del ejército,
los reemplazan hasta debajo del domo...
y las ceremonias de la iglesia comienzan.
Así, en la Explanada de Los Inválidos,
ya de por sí tan rica en recuerdos,
se ha cumplido el último voto
del Emperador Napoleón:
«
Deseo
que mis cenizas reposen en las orillas
del Sena ».
|
 |
Tumba
del S.M. el Emperador y Rey
Napoleón I
Iglesia San Luis del Hotel de
Los Inválidos, en París |
|
|
Etienne Arago.
|
|
|