| RESPUESTA
AL ARTÍCULO DE LA REVISTA
SCIENCE & VIE |
|
Por
el Doctor |
Ben
Weider |
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| Dr.
Ben Weider |
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|
Presidente
de la Sociedad Napoleónica
Internacional
Caballero de la Legión
de Honor
Miembro del Alto Consejo Honorario
del Instituto Napoleónico
México-Francia
Caballero de la Orden nacional
de Québec
Miembro del Salón
de la Fama Canadiense (Canadian
Hall of Fame) del Centro Comunitario
Judío de Montreal. |
Traducción
del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
|
En
su número de noviembre de 2002,
Science & Vie intenta volver
a poner en duda el envenenamiento del
cual fue víctima Napoleón
en Santa Elena. El artículo es
orquestado por la señora Isabelle
Bourdial.
Esta
dama, ante mi rechazo de acordarle en
la primavera de 2000 la exclusividad
de los resultados de mis trabajos, se
lanzó a montar lo que podríamos
llamar una farsa bufona que se actúa
en dos palabras: endógena y exógena.
Es decir, en lo concerniente a las densidades
de arsénico en los cabellos,
o arsénico transportado en la
sangre al momento del crecimiento del
cabello o arsénico de proveniencia
exterior depositado sobre los cabellos
de la persona o después de la
muerte.
Una
tasa endógena de arsénico
superior a 3 partes por millón
(3 ppm) indica una intoxicación
mediante arsénico, mientras que
el arsénico endógeno,
sea cual sea el nivel, no tiene nada
que ver con una intoxicación
mediante arsénico.
Antes
de abordar las manipulaciones y fábulas
contenidas en Science & Vie,
vamos primero a recordar las pruebas
del envenenamiento.
Históricas:
Desde
su llegada a Longwood en 1816, el Emperador
sufrió de manera intermitente,
a veces con treguas de dos a tres meses,
de malestares que presentaban siempre
los síntomas de la intoxicación
mediante arsénico. Aunque no
les guste a los “canceristas”
esto es absolutamente incompatible con
la evolución del cáncer.
Por una parte, el cáncer, sobre
todo el estomacal, lleva a la muerte
en mucho menos que cinco años
y, por otra parte, los malestares son
permanentes y van en crescendo hasta
la muerte.
Científicas:
El
doctor Hamilton Smith, inventor del
método de análisis por
espectrofotometría de absorción
atómica, después de haber
analizado, en 1960, unos cabellos de
la mecha que conservó el ayuda
de cámara Abram Noverraz (véase
en el anexo la carta y el sobre de autentificación)
escribió en su informe: “Las
cantidades de arsénico encontradas
en los cabellos de Napoleón de
1816 a su muerte son características
del envenenamiento crónico. El
arsénico se depositó en
los cabellos de modo biológico,
es decir mediante el flujo sanguíneo
mientras estaba vivo. Es una certidumbre
que descarta cualquier alegación
de contaminación por agente exterior,
como crema cosmética por ejemplo,
o incluso polvo o loción que
se habrían usado para conservar
los cabellos.
Mediante
estudio microscópico, pudimos
marcar la extremidad rasurada el 6 de
mayo de 1821, puesto que el rasurado
deja huellas muy diferentes a las del
corte con tijeras; tomando en cuenta
la velocidad promedio de crecimiento
de los cabellos, pudimos establecer
la curva de los datos de absorción
de las dosis de arsénico de enero
al 3 de mayo de 1821.”
La curva
muestra un máximo de arsénico
de 23 partes por millón (ppm)
al final de enero, cuando el doctor
Antommarchi notó que la enfermedad
se agravó severamente entre el
27 y el 31 de enero. El 26 de febrero,
el Emperador, que estaba bastante bien
desde hacía algunos días,
recae de repente muy enfermo y tiene
vómito, tos seca, ardor en las
entrañas, sed ardiente y…
la curva muestra que el nivel de arsénico,
que había bajado a 4.6 ppm, vuelve
a subir bruscamente a 12.6 ppm.
La correspondencia
de las fechas entre los máximos
de la curva de arsénico y la
reanudación de los malestares
señalados por los testigos oculares,
aporta la prueba irrefutable del envenenamiento.
El doctor
Pascal
Kintz, presidente de la Sociedad
francesa de toxicología analítica,
reconocido como uno de los mejores especialistas
mundiales de análisis de cabellos
ha confirmado, en 2001, las conclusiones
del doctor Hamilton Smith.
“El
análisis por espectrofotometría
de absorción atómica de
5 muestras de cabellos atribuidos a
Napoleón Bonaparte ha permitido
poner en evidencia una exposición
mayor al arsénico. Las concentraciones
medidas son compatibles con una intoxicación
crónica. Nuestro eficaz procedimiento
de descontaminación permitió
minimizar el problema de la contaminación
externa.
Concentración
de arsénico en los cabellos de
Napoleón:
Cabellos |
Concentración
de arsénico |
Las
Cases |
7.43
ppm |
Abate
Vignali |
15.50
ppm |
Lady
Holland |
38.53
ppm |
Abram
Noverraz |
6.99
ppm |
Luis
Marchand |
15.20
ppm |
Estas
concentraciones son de 14 a 77 veces
superiores a la media normal que es
de 0.5.
Las
diferencias de concentración
entre las diversas muestras, a pesar
de haberse recogido el mismo día,
pueden explicarse por el largo diferente
de los cabellos, las fases de crecimiento
diferentes (sólo los cabellos
en fase anágena incorporan los
xenobióticos) y finalmente por
una localización anatómica
variable del sitio de la toma de la
muestra.”
Pasemos
ahora a las fantasías de Science
et Vie:
Página
82: Las causas de la muerte de Napoleón
habían sido establecidas por
su médico personal, el doctor
Antommarchi, y por los siete médicos
ingleses que formaron parte de la autopsia;
su descripción de las lesiones
cancerígenas del estómago
del difunto no dejan ninguna duda, en
apariencia.
Respuesta:
Antommarchi, quien fue el único
que efectuó la autopsia, puesto
que los ingleses eran simples testigos,
indica una úlcera cancerígena,
es decir una úlcera que se extiende
como cáncer. Precisa también
que el orificio del píloro está
en un estado totalmente normal. Además,
cuando se le preguntaba de qué
había muerto el emperador, respondía:
“Ciertamente no de cáncer,
quizás de hepatitis, pero no
estoy seguro”.
Los
ingleses insisten en la corpulencia
de Napoleón y ellos tampoco atribuyen
la muerte al cáncer: “En
su apariencia exterior, el cuerpo se
veía muy gordo, lo que se confirmó
mediante la primera incisión.
Había más de dos centímetros
de espesor de grasa sobre el esternón
y cerca de cuatro centímetros
sobre el abdomen… El corazón
era de un tamaño normal, pero
recubierto de una capa espesa de grasa…
Al abrir el abdomen, constatamos que
el epiplón estaba muy graso y
cuando se abrió el estómago,
vimos que esta víscera era el
asiento de una vasta enfermedad. Unas
fuertes adhesiones soldaban toda la
cara del lado del píloro al lóbulo
izquierdo del hígado. Cuando
se separaron, nos dimos cuenta que una
úlcera había perforado
la pared del estómago y que el
hoyo, situado a 2.5 cm. del píloro,
permitía meter el dedo meñique.
La superficie interna del estómago
era sólo un cúmulo de
tejidos ulcerosos en evolución
hacia el cáncer.”
Podemos
morirnos de cáncer, pero no de
sus primicias.
En cuanto
al deterioro del estómago y de
las demás vísceras, se
explica por cinco años de absorción
de arsénico, como nos lo dice
el profesor Harrisson en su obra Principios
de medicina interna: “Las
manifestaciones de la intoxicación
crónica mediante arsénico,
están relacionadas con un daño
de la piel y de los fáneros:
eritrodermia, hiperqueratosis, hiperpigmentación,
dermatitis exfoliativa, líneas
de Aldrich-Mees (estrías blancas
en las uñas); daño de
las mucosas: laringitis, traqueitis
y bronquitis; daño del sistema
nervioso central que acarrea una polineurosis
sensitivo-motriz.
Los
epiteliomas (tipos de cáncer)
baso y espino-celulares, la enfermedad
de la piel de Bowen así como
los tipos de cáncer pulmonar
también han sido descritos en
el curso de la exposición crónica
al arsénico… Los demás
efectos acarrean lesiones capilares
y efectos tóxicos directos sobre
numerosos órganos. La anatomopatología
muestra una necrosis
del estómago y del intestino
delgado, lesiones vasculares y alteraciones
degenerativas del hígado y los
riñones.”
Las
constataciones del profesor Harrisson
se confirmaron mediante estudios recientes
efectuados en Estados Unidos sobre la
densidad aceptable de arsénico
en el agua del grifo (artículo
de John Heliprin de Associated Press):
“El servicio de salud del presidente
Bush acaba de decidir imponer nuevas
normas, más severas, para la
cantidad de arsénico aceptable
en el agua de las ciudades. Christie
Whitman, administradora de la agencia
para la protección del medio
ambiente (EPA), anunció que de
aquí a 2006, se bajaría
esa cantidad de 0.05 ppm a 0.01 ppm.
El presidente
Clinton, tres días antes del
final de su mandato, ya había
tomado esa decisión, pero la
administración Bush la había
suspendido, puesto que, había
declarado, costaría por lo menos
200 millones de dólares a las
comunidades locales y, además,
la administración Bush ponía
en duda las bases científicas
que habían llevado a esa decisión.
Whitman
había escrito una carta al diputado
republicano de Florida Bill Young, presidente
del comité de presupuesto: “Según
los mejores datos científicos,
la cantidad de 0.01 ppm es indispensable
para asegurar la seguridad total en
lo concerniente a la salud y los costos
de la purificación son aceptables.”
En julio
de 2001, la EPA había lanzado
una investigación pública
y había fijado el 31 de octubre
como fecha límite para la recepción
de los informes y, hace un mes, la Academia
Nacional de Ciencias había hecho
saber que la agencia había subestimado
los riesgos de los tipos de cáncer
provenientes del arsénico contenido
en el agua, y había declarado:
“Los riesgos son mucho más
elevados que los admitidos en el pasado
para las cantidades de arsénico
en el agua del grifo.”
El informe
de la Academia dice que incluso con
0.03 ppm, los riesgos de tipos de cáncer,
comprendidos los de pulmón y
de la vesícula causan de 4 a
10 decesos por 10,000 personas. El informe
señala también que el
arsénico puede causar otras enfermedades
que no son cáncer, en particular
enfermedades del corazón, hipertensión
y diabetes.
Nota:
Si una densidad de arsénico de
0.05 partes por millón en el
agua para beber causa daños en
el organismo, no hay que sorprenderse
si encontramos en Napoleón un
deterioro de la mayoría de las
vísceras y en particular del
estómago. Durante cinco años
se le hizo ingerir densidades 15 a 70
veces superiores a esta cifra de 0.05
ppm.
Los únicos responsables de la
impostura tragicómica que atribuye
la muerte al cáncer estomacal
son los dos cómplices Hudson
Lowe y Carlos de Montholon. En efecto,
a partir del 7 de mayo de 1821, Montholon
escribió a su mujer para informarle
que Napoleón había muerto
de la misma enfermedad que su padre,
es decir de un escirro del píloro.
Hudson Lowe transmitió la misma
mentira a los ministros ingleses quienes
se apresuraron a transmitirla a toda
Europa.
Para
acabar finalmente de torcerle el cuello
a la tesis del cáncer estomacal,
citemos a algunos de los oncólogos
más eminentes:
| El
profesor Lucien Israel, miembro
del Instituto: “El
estudio de los informes de autopsia
descarta formalmente el cáncer
como causa de la muerte de Napoleón.
Pienso que la tesis del envenenamiento
es la verdadera.”
Jean Tulard, durante una tertulia
cultural de Bernard Pivot, declaró:
“No voy a volver
a defender la tesis del cáncer,
puesto que el profesor Israel,
mi colega del Instituto, supo
convencerme que no podía
ser la causa de la muerte de Napoleón.”
El
doctor Tardot: “El cáncer
de píloro se caracteriza
por la presencia de un tumor que
termina tapándolo completamente.
Nada puede pasar hacia el intestino
y el enfermo muere de inanición
en un estado de flacura esquelética.
Fue el caso de Carlos Bonaparte,
padre de Napoleón, cuyo
informe de autopsia señala
la presencia de un tumor del tamaño
de una papa grande. En el caso
de Napoleón, no hay tumor,
el orificio del píloro
está en un estado completamente
normal, y además murió
gordo. Por lo tanto, no hubo cáncer
del píloro.” |
|
El doctor
Henri Pujol: “Reflexionemos sobre
el informe de autopsia firmado por F.
Antommarchi, teniendo en cuenta la hipótesis
del cáncer estomacal.
1. La
lesión que se describe como “úlcera
cancerígena” ocupa la pequeña
curvatura gástrica de la incisura
cardiaca al píloro.
2. Si tal lesión fuera realmente
de naturaleza histológica cancerígena,
se trataría de un tipo de cáncer
gástrico evolucionado. Sería
entonces muy improbable no observar
signos anatómicos de la propagación
extra gástrica de tal lesión:
- adenopatías
duras perigástricas
- granulaciones peritoneales
- invasión de bolsa en bolsa
de otras vísceras
- carcinosis peritoneal
El informe de autopsia no menciona ningún
otro padecimiento visceral que el gástrico
con una cubierta por el lóbulo
izquierdo del hígado de una ulceración
prepilórica. El hecho que el
informe mencione un poco de líquido
en cada pulmón permite considerar
que la presencia de líquido o
de nódulos en el peritoneo haya
sido mencionada también. A falta
de examen histopatológico, podemos
concluir:
1. que
hay signos de hemorragia digestiva importante
y de causa gástrica
2. que las lesiones gástricas
se extienden en superficie y en profundidad
(perforación)
3. que los alrededores perigástricos
no son los de un tipo de cáncer
estomacal evolucionado
Science & Vie. Página
87
Los doctores Philip Corso y Thomas Hindmarsh
ponen en duda el origen endógeno
del arsénico encontrado en los
cabellos de Napoleón.
Respuesta del doctor Pascal Kintz:
“Muchos
puntos críticos de nuestra experiencia
parecen haber encontrado una respuesta
satisfactoria para Hindmarsh y Corso,
quienes no objetan más que el
problema de la contaminación
externa para explicar la positividad
de los cabellos. Es un paso importante
hacia delante en relación a su
crítica precedente.
En
las experiencias de contaminación
objetadas por Hindmarsh y Corso, 3 puntos
merecen subrayarse: esas referencias
son particularmente antiguas y datan
de una época en que la Medicina
Legal no había aún integrado
de modo rutinario los cabellos como
matriz de investigación y por
lo tanto las cinéticas de descontaminación:
esos estudios se hicieron sobre todo
en roedores que no están dotados
de sistema de sudoración y, por
lo tanto, no incorporan los xenobióticos
de la misma manera que los humanos;
finalmente y sobre todo, todos esos
estudios se hicieron después
de remojo en medio acuoso de los cabellos
ya cortados, lo que constituye evidentemente
una vía de introducción
central por capilaridad del arsénico
en la médula capilar, lo que
no está conforme de ninguna manera
con la realidad.
La
utilización de arsénico
después de la recolección,
que habría podido depositarse
a lo largo de la cutícula no
es posible, puesto que los líquidos
de descontaminación habrían
estado altamente positivos en arsénico,
lo cual no fue el caso.
No
impugnamos que el remojo durante varios
días de los cabellos en un baño
de arsénico pueda conducir a
resultados positivos, incluso después
de descontaminación severa. De
hecho, ésa es la técnica
que usamos para preparar artificialmente
los cabellos enriquecidos en xenobióticos
para asegurar la validación de
nuestros métodos. Tengo, sin
embargo, serias dudas sobre este tipo
de práctica para conservar los
cabellos del Emperador, puesto que esto
se debería haber hecho, en las
mismas condiciones, en todas las muestras
disponibles (analizadas desde 1960 en
varios laboratorios) y en todos los
periodos. No olvidemos la positividad
de la mecha tomada en 1816, es decir,
cinco años antes del deceso.
Finalmente, esta práctica, tan
“corriente” para explicar
que todos los cabellos serían
positivos, no se reportó nunca
por parte de ninguna persona del círculo
estrecho de Santa Elena.
Es
cierto que existe una gran variabilidad
entre los cabellos, lo que se puede
explicar fácilmente por una fase
de crecimiento diferente, puesto que
el arsénico sólo se incorpora
en la fase anágena (por oposición
a las fases catágena y telógena)
que al menos representa 85% de los cabellos
presentes sobre el cuero cabelludo.
La multiplicación de los cabellos
y en nuestro caso de las mechas, permite
fácilmente evitarnos este aspecto
fisiológico, si por desventura
el único cabello analizado estuviera
en fase telógena (y no hubiera
entonces absorbido el arsénico).
En
total, ¿qué queda para
explicar la presencia de arsénico
en los cabellos del Emperador? Una exposición
crónica al arsénico por
vía oral o una contaminación
externa irrealista y sin objeto de todos
los cabellos, en cada corte, durante
años y bajo el mayor secreto,
en un gran baño de arsénico.
Una
mezcla de dudas, de certidumbres y de
lo razonable… ¡tanto mejor!
Yo
ya hice mi elección.”
Science & Vie. Página
84
La prueba
de tres de que no hubo intoxicación.
1-
Ya había ocurrido en la isla
de Elba.
2- Máximos sorprendentes
3- Dosis homogéneas
Respuesta:
Que comprenda quien pueda lo que querría
ser una demostración pero no
es más que una sarta de contradicciones:
Para la isla de Elba, se nos presentan
los máximos y mínimos
del arsénico de un cabello cortado
en… 1805. Máximos sorprendentes,
pero no se dice de dónde proviene
el cabello. Lo mismo para un cabello
anónimo que presenta dosis homogéneas.
Science
et Vie. Página 93.
Un estómago realmente deshecho
Respuesta:
Sí, un estómago deshecho,
pero son las dosis de arsénico
administradas por intermitencia durante
más de cinco años que
son responsables de las necrosis que
invadieron y royeron las paredes (véase
anteriormente las páginas 2 y
3 Principios de medicina interna del
doctor Harrisson). Y acerca de la perforación,
escuchemos lo que nos dice el doctor
Michel Ibos, un eminente cirujano que
ha operado cientos de cánceres:
“Después de estudiar con
cuidado los informes de autopsia de
Napoleón, estoy en medida de
hacer las siguientes observaciones:
Se menciona
una perforación gástrica
obstruida por el hígado. Hay
dos posibilidades:
1. Se
trata de una simple úlcera. Es
banal, frecuente y eso no pone en riesgo
el pronóstico vital. Es un accidente
local que el organismo cura por sí
mismo obstruyéndolo con el hígado.
Personalmente, es la hipótesis
que retengo.
2. Ciertos
tipos de cáncer pueden también
perforarse. Pero esta complicación
sobreviene tardíamente en el
curso de la evolución y cuando
la enfermedad ha invadido, de manera
evidente, la totalidad de la pared gástrica.
Sin embargo, la autopsia precisa que,
sobre el exterior del estómago,
la perforación poco visible se
encontraba al centro de un endurecimiento
muy moderado y poco extendido. No cuadra
de ninguna manera con la evolución
del cáncer hacia la perforación
puesto que, entonces, el aspecto exterior
habría sido evidente.
Todos
estos argumentos clínicos abogan
a favor de una simple úlcera
gástrica de la cual la gente
no se muere.”
Science
et Vie. Página 91
La profesora Chantal Bismuth arguye
que la queratinización de los
pies, la melanodermia y las estrías
de Mees, los cuales son signos característicos
de intoxicación mediante arsénico,
no se señalaron durante la autopsia.
Respuesta:
A propósito de este estribillo,
que cantan una y otra vez, siempre se
les olvida decir que la profesora Bismuth
ha precisado también que esos
signos no eran evidentes y que había
que buscarlos para encontrarlos. Si
añadimos que su correlación
con el arsénico sólo se
descubrió al final del siglo
XIX y principios del XX, no vemos cómo
Antommarchi habría podido tener
la idea de buscarlos en 1821. Podemos
todavía añadir que incluso
durante la segunda mitad del siglo XX,
esos signos pasaron desapercibidos en
numerosos casos de envenenamiento mediante
arsénico, descubiertos sólo
gracias a la denuncia muchos meses después
del deceso de la víctima. Así
sucedió con los casos Castellani
en Vancouver en 1967 y Buenoano en Florida
en 1978.
Acabamos
de pasar revista a las pruebas científicas
del envenenamiento; pero como las pruebas
científicas más irrefutables
no llegarán nunca a admitirlas
los individuos de mala fe, adjunto a
este texto el librillo Acta de acusación
contra el conde de Artois y los ministros
ingleses que contiene las pruebas
de la complicidad activa del gobernador
Hudson Lowe y del conde Carlos de Montholon
en la ejecución del asesinato
del Emperador.
Estas
pruebas se acaban de reforzar gracias
a una carta que me dirigió, el
2 de octubre de 2002, François
de Candé-Montholon, descendiente
en línea directa del conde Carlos
de Montholon: “… Finalmente,
debo confiarle que los últimos
documentos que descifré demuestran
el papel muy importante y, a pesar de
ello, desconocido del marqués
de Semonville en todo este asunto. Muy
cercano a Maret, duque de Bassano, pero
también de Luis XVIII, Semonville
tuvo una influencia decisiva en la elección
de la candidatura de Montholon entre
los que seguirían a Napoleón
al exilio. Debo reconocer, a la luz
de estos documentos en mi poder, que
pienso haberme equivocado al afirmar
que mi ancestro había actuado
sólo. Ahora me parece muy probable
que por lo menos haya tenido una misión
de vigilancia en Santa Elena, y que
en la medida en que admitimos su responsabilidad
en este asunto de envenenamiento, no
habría podido actuar sino con
el acuerdo de aliados. Por otra parte,
las relaciones que entretenía
con Hudson Lowe durante y después
del exilio, así como el retrato
que hace de él para su hija Napoleona,
quien a su vez lo registró en
sus memorias, prueban que los dos hombres
se habían frecuentado y se siguieron
frecuentando regularmente. He llegado
ahora a la conclusión que es
el análisis que usted siempre
ha sostenido el que me parece más
creíble…”
No vamos
a irnos sin tratar los casos de estos
dos grandes historiadores “profesionales”
que son Jean Tulard y Thierry Lentz
que aparecen en la página 90
de Science & Vie.
Jean
Tulard: “¿A quién
le habría beneficiado el crimen?
dice irónicamente. Napoleón
ya no representaba en esa época
ninguna amenaza, ni para los ingleses
ni para la realeza francesa.”
Respuesta:
Jean Tulard se ridiculizó a sí
mismo al dejar entrar en su “famoso”
diccionario, estupideces tales como:
“Las constataciones hechas
por O’Meara en el curso de la
autopsia de Napoleón”
(corrieron a O’Meara de Santa
Elena en julio de 1818) y: “Los
antecedentes familiares abogan a favor
de un escirro estomacal, así
como su vieja costumbre de llevar la
mano en la región del estómago,
como si hubiera querido calmar un dolor
latente” (Napoleón tenía
la costumbre de deslizar su mano entre
los botones de su chaleco o de su abrigo
desde la edad de 16 años). Jean
Tulard hizo también gala de su
ignorancia de los sucesos de Santa Elena
al dedicar sin parpadear el libro que
contiene el “Canto de Moina”
(véase el librillo Acta de acusación,
página 25).
Nos
hace dudar ahora de su inteligencia;
en efecto, un niño de ocho años
puede comprender que el mantenimiento
de una fuerza de 5,000 soldados y marinos
con varios barcos de guerra cuesta muy
caro y que eran mucho más útiles
en las colonias de la corona que vigilando
a un sólo hombre que habría
podido vivir 30 años más.
En cuanto al conde de Artois, tenía
tal pánico incontrolable del
temor de una sublevación popular
a favor de Napoleón, que le vendió
su alma al diablo para mantener, en
1818, la ocupación de Francia
por parte de los ejércitos extranjeros
(véase el librillo Acta de
acusación, página
16).
Thierry
Lentz: La ciencia, la historia y la
medicina regresan a los “envenenacionistas”
a sus estudios. La muerte del emperador
era de cualquier forma inminente, con
o sin arsénico.
Respuesta.
La muerte del Emperador era inminente
a causa del arsénico (véase,
entre otros, los Principios de medicina
interna de Harrisson). Lo único
que pudo decir Thierry Lentz después
de espulgar el librillo Acta de acusación
es que Hudson Lowe no dio a O’Meara
la orden de acortar los días
de Napoleón. Dicho de otra forma,
en conformidad con la arrogancia y la
suficiencia que son sus rasgos característicos,
pretende que entiende el inglés
mejor que el doctor O’Meara (véase
el librillo Acta de acusación,
páginas 6, 13 y 14).
En conclusión,
invitamos a los “canceristas profesionales”
a retomar sus estudios e insistimos
particularmente en los Principios
de medicina interna de Harrisson
y las Memorias o diarios de Gideón
Gorrequer, del doctor Verling, del capitán
Luytens y del lugarteniente Basil Jackson,
documentos que visiblemente ignoran
totalmente.
