
| RESPUESTA
AL ARTÍCULO DE LA REVISTA SCIENCE &
VIE |
|
por
el Doctor |
Ben
Weider |
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| Dr.
Ben Weider |
|
|
Presidente
de la Sociedad Napoleónica Internacional
Caballero de la Legión de Honor
Miembro del Alto Consejo Honorario del Instituto
Napoleónico México-Francia
Caballero de la Orden nacional de Québec
Miembro del Salón de la Fama
Canadiense (Canadian Hall of Fame)
del Centro Comunitario Judío de Montreal. |
Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
© |
En
su número de noviembre de 2002, Science
& Vie intenta volver a poner en duda el
envenenamiento del cual fue víctima Napoleón
en Santa Elena. El artículo es orquestado
por la señora Isabelle Bourdial.
Esta dama, ante mi rechazo de acordarle
en la primavera de 2000 la exclusividad de los resultados
de mis trabajos, se lanzó a montar lo que
podríamos llamar una farsa bufona que se
actúa en dos palabras: endógena y
exógena. Es decir, en lo concerniente a las
densidades de arsénico en los cabellos, o
arsénico transportado en la sangre al momento
del crecimiento del cabello o arsénico de
proveniencia exterior depositado sobre los cabellos
de la persona o después de la muerte.
Una tasa endógena de arsénico
superior a 3 partes por millón (3 ppm) indica
una intoxicación mediante arsénico,
mientras que el arsénico endógeno,
sea cual sea el nivel, no tiene nada que ver con
una intoxicación mediante arsénico.
Antes de abordar las manipulaciones
y fábulas contenidas en Science &
Vie, vamos primero a recordar las pruebas del
envenenamiento.
Históricas:
Desde su llegada a Longwood en
1816, el Emperador sufrió de manera intermitente,
a veces con treguas de dos a tres meses, de malestares
que presentaban siempre los síntomas de la
intoxicación mediante arsénico. Aunque
no les guste a los “canceristas” esto
es absolutamente incompatible con la evolución
del cáncer. Por una parte, el cáncer,
sobre todo el estomacal, lleva a la muerte en mucho
menos que cinco años y, por otra parte, los
malestares son permanentes y van en crescendo hasta
la muerte.
Científicas:
El doctor Hamilton Smith, inventor
del método de análisis por espectrofotometría
de absorción atómica, después
de haber analizado, en 1960, unos cabellos de la
mecha que conservó el ayuda de cámara
Abram Noverraz (véase en el anexo la carta
y el sobre de autentificación) escribió
en su informe: “Las cantidades de arsénico
encontradas en los cabellos de Napoleón de
1816 a su muerte son características del
envenenamiento crónico. El arsénico
se depositó en los cabellos de modo biológico,
es decir mediante el flujo sanguíneo mientras
estaba vivo. Es una certidumbre que descarta cualquier
alegación de contaminación por agente
exterior, como crema cosmética por ejemplo,
o incluso polvo o loción que se habrían
usado para conservar los cabellos.
Mediante estudio microscópico,
pudimos marcar la extremidad rasurada el 6 de mayo
de 1821, puesto que el rasurado deja huellas muy
diferentes a las del corte con tijeras; tomando
en cuenta la velocidad promedio de crecimiento de
los cabellos, pudimos establecer la curva de los
datos de absorción de las dosis de arsénico
de enero al 3 de mayo de 1821.”
La curva muestra un máximo
de arsénico de 23 partes por millón
(ppm) al final de enero, cuando el doctor Antommarchi
notó que la enfermedad se agravó severamente
entre el 27 y el 31 de enero. El 26 de febrero,
el Emperador, que estaba bastante bien desde hacía
algunos días, recae de repente muy enfermo
y tiene vómito, tos seca, ardor en las entrañas,
sed ardiente y… la curva muestra que el nivel
de arsénico, que había bajado a 4.6
ppm, vuelve a subir bruscamente a 12.6 ppm.
La correspondencia de las fechas
entre los máximos de la curva de arsénico
y la reanudación de los malestares señalados
por los testigos oculares, aporta la prueba irrefutable
del envenenamiento.
El doctor Pascal
Kintz, presidente de la Sociedad francesa
de toxicología analítica, reconocido
como uno de los mejores especialistas mundiales
de análisis de cabellos ha confirmado, en
2001, las conclusiones del doctor Hamilton Smith.
“El análisis por espectrofotometría
de absorción atómica de 5 muestras
de cabellos atribuidos a Napoleón Bonaparte
ha permitido poner en evidencia una exposición
mayor al arsénico. Las concentraciones medidas
son compatibles con una intoxicación crónica.
Nuestro eficaz procedimiento de descontaminación
permitió minimizar el problema de la contaminación
externa.
Concentración de arsénico
en los cabellos de Napoleón:
Cabellos |
Concentración
de arsénico |
Las
Cases |
7.43
ppm |
Abate
Vignali |
15.50
ppm |
Lady
Holland |
38.53
ppm |
Abram
Noverraz |
6.99
ppm |
Luis
Marchand |
15.20
ppm |
Estas concentraciones son de 14
a 77 veces superiores a la media normal que es de
0.5.
Las diferencias de concentración
entre las diversas muestras, a pesar de haberse
recogido el mismo día, pueden explicarse
por el largo diferente de los cabellos, las fases
de crecimiento diferentes (sólo los cabellos
en fase anágena incorporan los xenobióticos)
y finalmente por una localización anatómica
variable del sitio de la toma de la muestra.”
Pasemos ahora a las fantasías
de Science et Vie:
Página 82: Las causas de
la muerte de Napoleón habían sido
establecidas por su médico personal, el doctor
Antommarchi, y por los siete médicos ingleses
que formaron parte de la autopsia; su descripción
de las lesiones cancerígenas del estómago
del difunto no dejan ninguna duda, en apariencia.
Respuesta: Antommarchi, quien fue
el único que efectuó la autopsia,
puesto que los ingleses eran simples testigos, indica
una úlcera cancerígena, es decir una
úlcera que se extiende como cáncer.
Precisa también que el orificio del píloro
está en un estado totalmente normal. Además,
cuando se le preguntaba de qué había
muerto el emperador, respondía: “Ciertamente
no de cáncer, quizás de hepatitis,
pero no estoy seguro”.
Los ingleses insisten en la corpulencia
de Napoleón y ellos tampoco atribuyen la
muerte al cáncer: “En su apariencia
exterior, el cuerpo se veía muy gordo, lo
que se confirmó mediante la primera incisión.
Había más de dos centímetros
de espesor de grasa sobre el esternón y cerca
de cuatro centímetros sobre el abdomen…
El corazón era de un tamaño normal,
pero recubierto de una capa espesa de grasa…
Al abrir el abdomen, constatamos que el epiplón
estaba muy graso y cuando se abrió el estómago,
vimos que esta víscera era el asiento de
una vasta enfermedad. Unas fuertes adhesiones soldaban
toda la cara del lado del píloro al lóbulo
izquierdo del hígado. Cuando se separaron,
nos dimos cuenta que una úlcera había
perforado la pared del estómago y que el
hoyo, situado a 2.5 cm. del píloro, permitía
meter el dedo meñique. La superficie interna
del estómago era sólo un cúmulo
de tejidos ulcerosos en evolución hacia el
cáncer.”
Podemos morirnos de cáncer,
pero no de sus primicias.
En cuanto al deterioro
del estómago y de las demás vísceras,
se explica por cinco años de absorción
de arsénico, como nos lo dice el profesor
Harrisson en su obra Principios de medicina
interna: “Las manifestaciones de
la intoxicación crónica mediante arsénico,
están relacionadas con un daño de
la piel y de los fáneros: eritrodermia, hiperqueratosis,
hiperpigmentación, dermatitis exfoliativa,
líneas de Aldrich-Mees (estrías blancas
en las uñas); daño de las mucosas:
laringitis, traqueitis y bronquitis; daño
del sistema nervioso central que acarrea una polineurosis
sensitivo-motriz.
Los epiteliomas
(tipos de cáncer) baso y espino-celulares,
la enfermedad de la piel de Bowen así como
los tipos de cáncer pulmonar también
han sido descritos en el curso de la exposición
crónica al arsénico… Los demás
efectos acarrean lesiones capilares y efectos tóxicos
directos sobre numerosos órganos. La anatomopatología
muestra una necrosis del estómago
y del intestino delgado, lesiones vasculares y alteraciones
degenerativas del hígado y los riñones.”
Las constataciones del profesor
Harrisson se confirmaron mediante estudios recientes
efectuados en Estados Unidos sobre la densidad aceptable
de arsénico en el agua del grifo (artículo
de John Heliprin de Associated Press): “El
servicio de salud del presidente Bush acaba de decidir
imponer nuevas normas, más severas, para
la cantidad de arsénico aceptable en el agua
de las ciudades. Christie Whitman, administradora
de la agencia para la protección del medio
ambiente (EPA), anunció que de aquí
a 2006, se bajaría esa cantidad de 0.05 ppm
a 0.01 ppm.
El presidente Clinton, tres días
antes del final de su mandato, ya había tomado
esa decisión, pero la administración
Bush la había suspendido, puesto que, había
declarado, costaría por lo menos 200 millones
de dólares a las comunidades locales y, además,
la administración Bush ponía en duda
las bases científicas que habían llevado
a esa decisión.
Whitman había escrito una
carta al diputado republicano de Florida Bill Young,
presidente del comité de presupuesto: “Según
los mejores datos científicos, la cantidad
de 0.01 ppm es indispensable para asegurar la seguridad
total en lo concerniente a la salud y los costos
de la purificación son aceptables.”
En julio de 2001, la EPA había
lanzado una investigación pública
y había fijado el 31 de octubre como fecha
límite para la recepción de los informes
y, hace un mes, la Academia Nacional de Ciencias
había hecho saber que la agencia había
subestimado los riesgos de los tipos de cáncer
provenientes del arsénico contenido en el
agua, y había declarado: “Los riesgos
son mucho más elevados que los admitidos
en el pasado para las cantidades de arsénico
en el agua del grifo.”
El informe de la Academia dice que
incluso con 0.03 ppm, los riesgos de tipos de cáncer,
comprendidos los de pulmón y de la vesícula
causan de 4 a 10 decesos por 10,000 personas. El
informe señala también que el arsénico
puede causar otras enfermedades que no son cáncer,
en particular enfermedades del corazón, hipertensión
y diabetes.
Nota: Si una densidad
de arsénico de 0.05 partes por millón
en el agua para beber causa daños en el organismo,
no hay que sorprenderse si encontramos en Napoleón
un deterioro de la mayoría de las vísceras
y en particular del estómago. Durante cinco
años se le hizo ingerir densidades 15 a 70
veces superiores a esta cifra de 0.05 ppm.
Los únicos responsables de la impostura tragicómica
que atribuye la muerte al cáncer estomacal
son los dos cómplices Hudson Lowe y Carlos
de Montholon. En efecto, a partir del 7 de mayo
de 1821, Montholon escribió a su mujer para
informarle que Napoleón había muerto
de la misma enfermedad que su padre, es decir de
un escirro del píloro. Hudson Lowe transmitió
la misma mentira a los ministros ingleses quienes
se apresuraron a transmitirla a toda Europa.
Para acabar finalmente de torcerle
el cuello a la tesis del cáncer estomacal,
citemos a algunos de los oncólogos más
eminentes:
| El
profesor Lucien Israel, miembro del Instituto:
“El
estudio de los informes de autopsia descarta
formalmente el cáncer como causa de
la muerte de Napoleón. Pienso que la
tesis del envenenamiento es la verdadera.”
Jean Tulard, durante una tertulia cultural
de Bernard Pivot, declaró: “No
voy a volver a defender la tesis del cáncer,
puesto que el profesor Israel, mi colega del
Instituto, supo convencerme que no podía
ser la causa de la muerte de Napoleón.”
El doctor
Tardot: “El cáncer de píloro
se caracteriza por la presencia de un tumor
que termina tapándolo completamente.
Nada puede pasar hacia el intestino y el enfermo
muere de inanición en un estado de
flacura esquelética. Fue el caso de
Carlos Bonaparte, padre de Napoleón,
cuyo informe de autopsia señala la
presencia de un tumor del tamaño de
una papa grande. En el caso de Napoleón,
no hay tumor, el orificio del píloro
está en un estado completamente normal,
y además murió gordo. Por lo
tanto, no hubo cáncer del píloro.” |
|
El doctor Henri Pujol: “Reflexionemos
sobre el informe de autopsia firmado por F. Antommarchi,
teniendo en cuenta la hipótesis del cáncer
estomacal.
1. La lesión que se describe
como “úlcera cancerígena”
ocupa la pequeña curvatura gástrica
de la incisura cardiaca al píloro.
2. Si tal lesión fuera realmente de naturaleza
histológica cancerígena, se trataría
de un tipo de cáncer gástrico evolucionado.
Sería entonces muy improbable no observar
signos anatómicos de la propagación
extra gástrica de tal lesión:
- adenopatías duras perigástricas
- granulaciones peritoneales
- invasión de bolsa en bolsa de otras vísceras
- carcinosis peritoneal
El informe de autopsia no menciona ningún
otro padecimiento visceral que el gástrico
con una cubierta por el lóbulo izquierdo
del hígado de una ulceración prepilórica.
El hecho que el informe mencione un poco de líquido
en cada pulmón permite considerar que la
presencia de líquido o de nódulos
en el peritoneo haya sido mencionada también.
A falta de examen histopatológico, podemos
concluir:
1. que hay signos de hemorragia
digestiva importante y de causa gástrica
2. que las lesiones gástricas se
extienden en superficie y en profundidad (perforación)
3. que los alrededores perigástricos
no son los de un tipo de cáncer estomacal
evolucionado
Science & Vie. Página 87
Los doctores Philip Corso y Thomas Hindmarsh ponen
en duda el origen endógeno del arsénico
encontrado en los cabellos de Napoleón.
Respuesta del doctor Pascal Kintz:
“Muchos puntos críticos
de nuestra experiencia parecen haber encontrado
una respuesta satisfactoria para Hindmarsh y Corso,
quienes no objetan más que el problema de
la contaminación externa para explicar la
positividad de los cabellos. Es un paso importante
hacia delante en relación a su crítica
precedente.
En las experiencias de contaminación
objetadas por Hindmarsh y Corso, 3 puntos merecen
subrayarse: esas referencias son particularmente
antiguas y datan de una época en que la Medicina
Legal no había aún integrado de modo
rutinario los cabellos como matriz de investigación
y por lo tanto las cinéticas de descontaminación:
esos estudios se hicieron sobre todo en roedores
que no están dotados de sistema de sudoración
y, por lo tanto, no incorporan los xenobióticos
de la misma manera que los humanos; finalmente y
sobre todo, todos esos estudios se hicieron después
de remojo en medio acuoso de los cabellos ya cortados,
lo que constituye evidentemente una vía de
introducción central por capilaridad del
arsénico en la médula capilar, lo
que no está conforme de ninguna manera con
la realidad.
La utilización de arsénico
después de la recolección, que habría
podido depositarse a lo largo de la cutícula
no es posible, puesto que los líquidos de
descontaminación habrían estado altamente
positivos en arsénico, lo cual no fue el
caso.
No impugnamos que el remojo
durante varios días de los cabellos en un
baño de arsénico pueda conducir a
resultados positivos, incluso después de
descontaminación severa. De hecho, ésa
es la técnica que usamos para preparar artificialmente
los cabellos enriquecidos en xenobióticos
para asegurar la validación de nuestros métodos.
Tengo, sin embargo, serias dudas sobre este tipo
de práctica para conservar los cabellos del
Emperador, puesto que esto se debería haber
hecho, en las mismas condiciones, en todas las muestras
disponibles (analizadas desde 1960 en varios laboratorios)
y en todos los periodos. No olvidemos la positividad
de la mecha tomada en 1816, es decir, cinco años
antes del deceso. Finalmente, esta práctica,
tan “corriente” para explicar que todos
los cabellos serían positivos, no se reportó
nunca por parte de ninguna persona del círculo
estrecho de Santa Elena.
Es cierto que existe una gran
variabilidad entre los cabellos, lo que se puede
explicar fácilmente por una fase de crecimiento
diferente, puesto que el arsénico sólo
se incorpora en la fase anágena (por oposición
a las fases catágena y telógena) que
al menos representa 85% de los cabellos presentes
sobre el cuero cabelludo. La multiplicación
de los cabellos y en nuestro caso de las mechas,
permite fácilmente evitarnos este aspecto
fisiológico, si por desventura el único
cabello analizado estuviera en fase telógena
(y no hubiera entonces absorbido el arsénico).
En total, ¿qué
queda para explicar la presencia de arsénico
en los cabellos del Emperador? Una exposición
crónica al arsénico por vía
oral o una contaminación externa irrealista
y sin objeto de todos los cabellos, en cada corte,
durante años y bajo el mayor secreto, en
un gran baño de arsénico.
Una mezcla de dudas, de certidumbres
y de lo razonable… ¡tanto mejor!
Yo ya hice mi elección.”
Science & Vie. Página 84
La prueba de tres de que no hubo
intoxicación.
1- Ya había ocurrido en
la isla de Elba.
2- Máximos sorprendentes
3- Dosis homogéneas
Respuesta: Que comprenda quien
pueda lo que querría ser una demostración
pero no es más que una sarta de contradicciones:
Para la isla de Elba, se nos presentan los máximos
y mínimos del arsénico de un cabello
cortado en… 1805. Máximos sorprendentes,
pero no se dice de dónde proviene el cabello.
Lo mismo para un cabello anónimo que presenta
dosis homogéneas.
Science et Vie. Página
93.
Un estómago realmente deshecho
Respuesta: Sí, un estómago
deshecho, pero son las dosis de arsénico
administradas por intermitencia durante más
de cinco años que son responsables de las
necrosis que invadieron y royeron las paredes (véase
anteriormente las páginas 2 y 3 Principios
de medicina interna del doctor Harrisson). Y acerca
de la perforación, escuchemos lo que nos
dice el doctor Michel Ibos, un eminente cirujano
que ha operado cientos de cánceres: “Después
de estudiar con cuidado los informes de autopsia
de Napoleón, estoy en medida de hacer las
siguientes observaciones:
Se menciona una perforación
gástrica obstruida por el hígado.
Hay dos posibilidades:
1. Se trata de una simple úlcera.
Es banal, frecuente y eso no pone en riesgo el pronóstico
vital. Es un accidente local que el organismo cura
por sí mismo obstruyéndolo con el
hígado.
Personalmente, es la hipótesis que retengo.
2. Ciertos tipos de cáncer
pueden también perforarse. Pero esta complicación
sobreviene tardíamente en el curso de la
evolución y cuando la enfermedad ha invadido,
de manera evidente, la totalidad de la pared gástrica.
Sin embargo, la autopsia precisa que, sobre el exterior
del estómago, la perforación poco
visible se encontraba al centro de un endurecimiento
muy moderado y poco extendido. No cuadra de ninguna
manera con la evolución del cáncer
hacia la perforación puesto que, entonces,
el aspecto exterior habría sido evidente.
Todos estos argumentos clínicos
abogan a favor de una simple úlcera gástrica
de la cual la gente no se muere.”
Science et Vie. Página
91
La profesora Chantal Bismuth arguye que la queratinización
de los pies, la melanodermia y las estrías
de Mees, los cuales son signos característicos
de intoxicación mediante arsénico,
no se señalaron durante la autopsia.
Respuesta: A propósito de
este estribillo, que cantan una y otra vez, siempre
se les olvida decir que la profesora Bismuth ha
precisado también que esos signos no eran
evidentes y que había que buscarlos para
encontrarlos. Si añadimos que su correlación
con el arsénico sólo se descubrió
al final del siglo XIX y principios del XX, no vemos
cómo Antommarchi habría podido tener
la idea de buscarlos en 1821. Podemos todavía
añadir que incluso durante la segunda mitad
del siglo XX, esos signos pasaron desapercibidos
en numerosos casos de envenenamiento mediante arsénico,
descubiertos sólo gracias a la denuncia muchos
meses después del deceso de la víctima.
Así sucedió con los casos Castellani
en Vancouver en 1967 y Buenoano en Florida en 1978.
Acabamos de pasar revista a las
pruebas científicas del envenenamiento; pero
como las pruebas científicas más irrefutables
no llegarán nunca a admitirlas los individuos
de mala fe, adjunto a este texto el librillo Acta
de acusación contra el conde de Artois y
los ministros ingleses que contiene las pruebas
de la complicidad activa del gobernador Hudson Lowe
y del conde Carlos de Montholon en la ejecución
del asesinato del Emperador.
Estas pruebas se acaban de reforzar
gracias a una carta que me dirigió, el 2
de octubre de 2002, François de Candé-Montholon,
descendiente en línea directa del conde Carlos
de Montholon: “… Finalmente, debo
confiarle que los últimos documentos que
descifré demuestran el papel muy importante
y, a pesar de ello, desconocido del marqués
de Semonville en todo este asunto. Muy cercano a
Maret, duque de Bassano, pero también de
Luis XVIII, Semonville tuvo una influencia decisiva
en la elección de la candidatura de Montholon
entre los que seguirían a Napoleón
al exilio. Debo reconocer, a la luz de estos documentos
en mi poder, que pienso haberme equivocado al afirmar
que mi ancestro había actuado sólo.
Ahora me parece muy probable que por lo menos haya
tenido una misión de vigilancia en Santa
Elena, y que en la medida en que admitimos su responsabilidad
en este asunto de envenenamiento, no habría
podido actuar sino con el acuerdo de aliados. Por
otra parte, las relaciones que entretenía
con Hudson Lowe durante y después del exilio,
así como el retrato que hace de él
para su hija Napoleona, quien a su vez lo registró
en sus memorias, prueban que los dos hombres se
habían frecuentado y se siguieron frecuentando
regularmente. He llegado ahora a la conclusión
que es el análisis que usted siempre ha sostenido
el que me parece más creíble…”
No vamos a irnos sin tratar los
casos de estos dos grandes historiadores “profesionales”
que son Jean Tulard y Thierry Lentz que aparecen
en la página 90 de Science & Vie.
Jean Tulard: “¿A
quién le habría beneficiado el crimen?
dice irónicamente. Napoleón ya no
representaba en esa época ninguna amenaza,
ni para los ingleses ni para la realeza francesa.”
Respuesta: Jean Tulard se ridiculizó
a sí mismo al dejar entrar en su “famoso”
diccionario, estupideces tales como: “Las
constataciones hechas por O’Meara en el curso
de la autopsia de Napoleón” (corrieron
a O’Meara de Santa Elena en julio de 1818)
y: “Los antecedentes familiares abogan a favor
de un escirro estomacal, así como su vieja
costumbre de llevar la mano en la región
del estómago, como si hubiera querido calmar
un dolor latente” (Napoleón tenía
la costumbre de deslizar su mano entre los botones
de su chaleco o de su abrigo desde la edad de 16
años). Jean Tulard hizo también gala
de su ignorancia de los sucesos de Santa Elena al
dedicar sin parpadear el libro que contiene el “Canto
de Moina” (véase el librillo Acta de
acusación, página 25).
Nos hace dudar ahora de su inteligencia;
en efecto, un niño de ocho años puede
comprender que el mantenimiento de una fuerza de
5,000 soldados y marinos con varios barcos de guerra
cuesta muy caro y que eran mucho más útiles
en las colonias de la corona que vigilando a un
sólo hombre que habría podido vivir
30 años más. En cuanto al conde de
Artois, tenía tal pánico incontrolable
del temor de una sublevación popular a favor
de Napoleón, que le vendió su alma
al diablo para mantener, en 1818, la ocupación
de Francia por parte de los ejércitos extranjeros
(véase el librillo Acta de acusación,
página 16).
Thierry Lentz: La ciencia, la historia
y la medicina regresan a los “envenenacionistas”
a sus estudios. La muerte del emperador era de cualquier
forma inminente, con o sin arsénico.
Respuesta. La muerte del Emperador
era inminente a causa del arsénico (véase,
entre otros, los Principios de medicina interna
de Harrisson). Lo único que pudo decir Thierry
Lentz después de espulgar el librillo Acta
de acusación es que Hudson Lowe no dio a
O’Meara la orden de acortar los días
de Napoleón. Dicho de otra forma, en conformidad
con la arrogancia y la suficiencia que son sus rasgos
característicos, pretende que entiende el
inglés mejor que el doctor O’Meara
(véase el librillo Acta de acusación,
páginas 6, 13 y 14).
En conclusión, invitamos
a los “canceristas profesionales” a
retomar sus estudios e insistimos particularmente
en los Principios de medicina interna de
Harrisson y las Memorias o diarios de Gideón
Gorrequer, del doctor Verling, del capitán
Luytens y del lugarteniente Basil Jackson, documentos
que visiblemente ignoran totalmente.

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