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NAPOLEÓN Y LA RELIGIÓN
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« Ninguna sociedad puede existir sin moral. No hay buena moral sin religión. Luego no hay más que la religión que dé al Estado un apoyo fuerte y durable. Una sociedad sin religión es como un navío sin brújula »
Napoleón I.
 
Napoleón restaurador de los cultos
Representantes de las diferentes religiones se prosternan ante Dios y agradecen al Emperador el libre ejercicio de su culto. Estampa popular.
Por la Señora
Laureada de la Academia Francesa y de las Artes y Letras de Francia
Presidente del Comité Histórico del
Instituto Napoleónico México-Francia
Sra. Renée Casin
Traducción, notas y comentarios del INMF, con la amable aprobación de la Sra. Casin.
Napoleón había hecho su primera comunión en Briena (1); le guardó un particular agradecimiento al Padre Charles Patrault que lo había preparado a este gran acto. Al ir a tomar el mando del Ejército de Italia, el General Bonaparte creería faltar a su deber si no le mandara llamar en el albergue para darle un apretón de mano. Primer Cónsul, le tenía una pensión de francos con una carta en la que le dice: «no he olvidado que es a vuestro virtuoso ejemplo y a vuestras sabias lecciones a lo que debo la alta fortuna a la que he llegado. Sin la religión, no hay dicha, no hay porvenir posible. Me recomiendo a vuestras plegarias». Dirá más tarde con una voz conmovida: «Briena es mi patria, era feliz entonces».

Durante la primera campaña de Italia, en 1796, franqueado el paso de Cadibona, hace un alto en la primera aldea con sus oficiales. En el lugar, se eleva una iglesia magnífica. Para estupor de todos, los deja y empuja el portal. Por largos minutos, se aísla, medita, impregnándose de la atmósfera sagrada, que Francia acababa de poner a fugo y sangre…
El gobierno del Directorio le había mandado « revolucionar » Italia. Ahora, una vez habiendo entrado en Milán, convoca a los curas de todas las parroquias para serenarles: «¡un pueblo si religión es como un navío sin brújula!...» La pacificación de las almas, he ahí lo que desea el joven general de 27años.

Saltemos algunos años. Henos aquí al día siguiente de lo que se ha convenido en llamar el «Golpe de Estado» de los días 18 y 19 de Brumario del año VIII (9 y 10 de noviembre de 1799). Desde los primeros días, las iglesias – transformadas en salas de reuniones políticas por el Directorio – son reabiertas; y las prisiones también. Visita él mismo simbólicamente la famosa «prisión de la Force» en París para liberar a los prisioneros políticos del Directorio difunto…
En Guyana, se pudren centenas de sacerdotes deportados. Van a regresar a Francia, así como los curas «sac-au-dos» (“saco-al-dorso”) emigrados fuera de las fronteras francesas, que lavaban su ropa en los riachuelos…

Luego, el Primer Cónsul hizo abolir la famosa «Constitución Civil del Clero» que, desde 1790-91 obligaba a cada cura católico a prestar juramento al Estado, en detrimento de la fidelidad a Roma y preveía la elección de los curas y obispos por los ciudadanos, ¡así fuesen protestantes o judíos!

El Papa Pío VI, fallecido en Valence, prisionero del Directorio y enterrado casi anónimamente en el cementerio de esta ciudad, fue transferido solemnemente a Roma. Bonaparte apela a la unión: «Venid a mí, mi gobierno será el de la juventud y del espíritu», escribe a los jefes de la rebelión vendeana. En efecto, todo el Oeste de Francia, tras el « decreto de despoblación » de la Convención en 1793, había sido sistemáticamente devastado. Y los encuestadores del Primer Cónsul contabilizaron 500 000 muertos, entre los cuales algunos quemados vivos en las iglesias cerradas con candado, como en la comuna de los «Lucs» en Vendea. Sí, el General de Gaulle tuvo perfectamente razón al escribir: «Napoleón recogió a Francia HECHA POLVO».

Masacre de los niños de Petit-Luc (Mártires de Les Lucs-sur-Boulogne)
Vitral en la Iglesia de Saint-Pierre de Les Lucs-sur-Boulogne por Lux Fournier
El 2 de agosto de 1793, la Convención hace publicar en el Moniteur, órgano oficial del estado, el decreto siguiente: «Serán enviadas a Vendea materias combustibles de todas suertes para incendiar los bosques, los bosquecillos y las retamas. Los bosques serán abatidos, los antros de los rebeldes aniquilados, las cosechas cortadas y las bestias confiscadas. La raza rebelde será exterminada, la Vendea destruida».
Un segundo decreto del 1º de noviembre de 1793, añade que «toda ciudad que reciba en su seno a bandoleros o que no los haya rechazado con todos los medios de los que es capaz, será castigada como una ciudad rebelde, y en consecuencia será arrasada.» Inventando campos de concentración para los sacerdotes refractarios (Rochefort), los campos de exterminio para los vendeanos (Noirmoutier) y las tenerías de pieles humanas (Pont-de-Cé), el gobierno de la Convención, por medio de estos decretos abominables, firma el principio de lo que constituirá el primer genocidio de la era moderna, prefigurando por el exterminio oficial y sistemático del pueblo vendeano los holocaustos perpetrados en el siglo XX por regímenes como el Socialismo Nacional alemán o el Comunismo (más cerca de nosotros, en México, el paralelo con el drama de los Cristeros es evidente). Sobre este tema, el historiador judío Israel Eldad dirá que «La última piedra arrancada a la Bastilla sirvió de primera piedra a las cámaras de gas de Auschwitz», palabras justificadas cuando se sabe que la Vendea, como lo explicaba Gracchus Babeuf, no era sino un «laboratorio»; en efecto, como lo demostró Vladimir Volkoff, el exterminio de la Bretaña y de los bretones estaba previsto a partir del mes de mayo de 1794. El horror y el crimen se desencadenarían especialmente con las 12 Columnas Móviles llamadas «Infernales» del general Turreau, que destruyen y exterminan metódicamente a la población de la región en enero de 1794. Los crímenes y las exacciones son indecibles en ese «gran cementerio nacional» descrito por Turreau, del cual es preciso, siempre según sus palabras, «purgar enteramente el suelo de la libertad de esta raza maldita». No menos evocadoras son las palabras del general François Westermann en su descripción del panorama: «¡No hay más Vendea! Ciudadanos republicanos, ha muerto bajo nuestro sable libre, con sus mujeres y sus niños. Acabo de enterrarla en los pantanos de Savenay, siguiendo las órdenes que me habéis dado. Aplasté a los niños bajo los pies (sic) de mis caballos, masacré a las mujeres que al menos en lo que a ellas se refiere, no darán a luz a más bandoleros. No tengo un prisionero que reprocharme. Lo exterminé todo… Los caminos están sembrados de cadáveres. Hay tantos que en muchos puntos, hacen pirámides». Durante Termidor, el joven general Bonaparte de escasos 25 años había recibido de la Convención la orden de dirigirse a la Vendea... Rechazando con gran valor una directiva tan deshonrosa como contraria a sus principios, fue «rayado» de los cuadros del ejército por el Comité de Salud Pública, y luego detenido en peligro de pasar a la guillotina por insubordinación. Tras su accesión al poder, el Primer Cónsul, aclamado por la muchedumbre vendeana a gritos de «Viva el rey, viva Bonaparte» (15 de Brumario del año VIII ) se consagra a poner fin a esa «guerra impía» decretando la amnistía el 7 de nivoso del año VIII (28 de diciembre de 1799) y multiplicando las medidas de apaciguamiento: reconstrucción de la región, reducción de los retrasos fiscales, entrega de material agrícola, desarrollo de la enseñanza secundaria y atribución de una vivienda a los sacerdotes, a cargo de las comunas.
Piel curtida de Chuán Expuesta en el Museo de Ciencias Naturales de Nantes
En 2003, una gran manifestación tuvo como fin –sin éxito– retirar esta pieza de la exposición pública, así como obtener del Estado francés que reconozca oficialmente el genocidio de los católicos vendeanos y bretones. En efecto, doloroso episodio que ensombrece el corazón mismo del mito fundador de la república francesa, el Estado nunca ha querido reconocer la hecatombe, hacer acto de arrepentimiento, ni pagado daños y perjuicios a los derechohabientes de las víctimas de este espeluznante holocausto.
Ulteriormente, el Emperador Napoleón indemnizará a las poblaciones de la Vendea, ese «pueblo de gigantes», exentando a las localidades de impuestos durante 15 años a partir de 1808. Ese mismo año, el abate Boursier, cura de Mouchamps, declarará: «como Simeón, habiendo visto al redentor de Israel, puedo morir contento, he visto al pacificador de la Vendea».

Las negociaciones con Roma para firmar el CONCORDATO de 1801 (2) serán largas y delicadas. Qué dicha sin igual para los parisinos – cuando las catedrales habían sido «decretadas de demolición» y salvadas por heroicos ciudadanos, como los mármoles de la basílica de Saint-Denis – al oír la campana de Nuestra Señora de París el 9 de abril de 1802 para un TE DEUM solemne en presencia del Primer Cónsul y de las más altas autoridades del Estado. ¿Acaso no se escuchaban los ecos a decenas de kilómetros a la redonda? ¡En ese lugar mismo donde saturnales celebraban a la « diosa Razón » figurada en el altar mayor por una bailarina de la Ópera, Bonaparte tuvo que llamar a la orden a miembros de su entorno!

La Iglesia renuncia definitivamente a sus tierras, vendidas como «bienes nacionales» y, en compensación, el clero será pagado por el Estado. La Vendea es pacificada. Y los campesinos franceses permanecerán legítimamente agradecidos a Napoleón. Los mismos acuerdos serán firmados con los protestantes. Y el Primer Cónsul – luego el Emperador – y su esposa Josefina de Beauharnais, que asisten a la misa cada domingo en la capilla restaurada de las Tullerías, ¿qué hay con su fe?
– «¡No creéis en Dios!» exclama él de vez en cuando, harto, al final de una discusión.

Marie-Thérèse Davoux, apodada Mademoiselle Maillard (1766-1856)

Imaginando un culto laico encarnado por la «diosa Razón», los revolucionarios transformaron las iglesias y catedrales, cuando no las habían arrasado, en templos paganos. La Convención Nacional había sucedido oficialmente a la Asamblea Legislativa el 21 de septiembre de 1792. Pierre-Gaspard Chaumette, apodado « Anaxágoras » (1763-1794), violento anticristiano, procurador-síndico de la Comuna insurreccional de París, instituye la «fiesta de la Razón» el 20 de brumario del año II, (10 de noviembre de 1793). En París, la Señorita Maillart, cantatriz de la Ópera, representó a la diosa Razón en Nuestra-Señora por primera vez el 20 de brumario del año II, (10 de noviembre de 1793). Drapeada en un manto azul y tocada con un gorro rojo de la libertad, fue llevada en un sillón rodeado de guirlandas de fresno e instalada en el altar mayor de una catedral de Nuestra Dama pillada, devastada, transformada en «templo de la filosofía». Para la ocasión, Chaumette pronunció un discurso acalorado: «El pueblo acaba de hacer un sacrificio a la Razón, en la hasta aquí iglesia metropolitana; viene a ofrecer otro en el santuario de la ley... no hemos ofrecido nuestros sacrificios a vanas imágenes, a ídolos inanimados. No, es una obra maestra de la naturaleza lo que escogimos para representarla, y esta imagen sagrada ha inflamado todos los corazones. Un solo deseo, un solo grito se ha dejado oír en todas partes. El pueblo ha dicho: ya no más sacerdotes, ya no más dioses que los que la naturaleza nos brinda».

« Retrato de la Señorita Maillard como Diosa de la Razón »,
Cuadro de Jean-François Garneray (1755 - 1837)
Tras el restablecimiento del culto católico por Napoleón en 1802, desaparecidos el culto de los filósofos y del populacho de París, abandonada por sus adoradores, lejos del incienso y de los actos de devoción que se le prodigaban, Davoux, bajo el peso de su consciencia constantemente hechizada por el espectro de la guillotina, escapó de la metrópolis francesa para errar en la provincia como una vagabunda. Muchos años después, la vieja Davoux, desdentada, impotente, curvada, apoyándose en un palo, portando harapos por vestido, al apercibir la sotana de un cura del lugar, juntaba las manos y, agachando la cabeza, exclamaba: «¡Alabado sea Jesucristo!». Después de haber recibido la bendición del sacerdote, seguía su camino y, como todos los días, se iba a mendigar un trozo de pan donde una familia caritativa, y luego volvía a la soledad de su jacal, un cuartucho miserable de cuatro muros rematados con una techumbre en ruinas. Se dice que durante un buen número de años se la veía llevar bruscamente la mano a su cuello: pasmada por el espanto de la navaja fatal de la que se creía marcada. ¿Acaso no dijo Adolfo Thiers que el culto insensato de la diosa Razón nació al pie del cadalso? Consumida por el espanto, abatida por ese horrible recuerdo durante largos años, acabó sus días asistida por la beneficencia católica; en la hora última, un sacerdote estaba ahí para suavizar sus últimos momentos; falleció el 30 de septiembre de 1856, a la edad de noventa años.

En la víspera de la Consagración, el primero de diciembre de 1804, el Sr. De Ségur, ordenador de la ceremonia, le transmite la pregunta del Papa Pío VII: «¿Van Sus Majestades a comulgar?», y el Emperador responde: «No creemos lo suficiente… pero creemos demasiado para no arriesgarnos a un sacrilegio». Piensa en su madre Leticia, en el padre Patrault ciertamente. Un recuerdo de Briena atraviesa su mente: a los once años de edad, castigado por una tontería, debía hincarse de rodillas en el pasillo del refectorio. Se debate, se rehúsa tozudamente y hace un berrinche, llorando: «¡¿uno no se arrodilla más que ante Dios, no es cierto mamá?!» y se desploma… El padre Patrault, que comía en la mesa de los profesores, se levanta, acude, y se lo lleva…

Se volverían a ver, en marzo de 1815, una última vez, en Grenoble, en ocasión del regreso de la isla de Elba. En sus «Memorias», el ayuda de cámara, Saint-Denis – apodado Alí, en recuerdo del Mameluco desertor – sorprende gritos y de carcajadas en la pieza contigua. Luego, la puerta se abre y dos hombres llenos de emoción surgen: el Emperador y un sacerdote, el padre Patrault… que había hecho el viaje desde Briena, para volver a ver a su «alumno».
¡Cuántas anécdotas emotivas se podrían evocar sin fin, cuando se conoce un tanto la época y la vida del héroe!

Paseándose una noche con su amigo Junot en el parque, en Malmaison, oyó una campana que anunciaba el Ángelus. «Me conmueve», dijo al futuro duque. Su amistad databa del sitio de Tolón en 1793. Cuando, durante el gobierno indigno del Directorio, los parisinos más modestos morían de hambre y esculcaban en los basureros de los « nuevos ricos » escandalosos que le debían su fortuna a los robos y pillajes, Bonaparte y Junot, los días de «paga», escalaban a los desvanes, en el 6º, en los «tugurios», para llevar dinero y provisiones…

 
S.S. Giovanni Angelo Braschi, Pío VI (1717-1799)
Cuadro de Pompeo Batoni, 1775.
Antes de ser raptado y llevado prisionero a Francia por orden del Directorio, los revolucionarios «se dieron a la tarea de robar y pillar Roma a placer, sin siquiera respetar el apartamento privado del Papa y así, ante los ojos mismos de Pío VI, que se encontraba enfermo y encamado, toda su ropa le fue quitada y hasta su anillo le fue quitado del dedo. No se llevaron del vaticano solamente dinero, objetos preciosos, tesoros de arte, cuadros, vestiduras y tapices, sino que arrancaron hasta las cerraduras de las puertas. De los objetos de arte que robaron, 500 cajas fueron enviadas a París, que pesaban más de 30 000 quintales. De esta manera el pillaje rebasó de tal manera toda mesura que hasta el mismo Directorio se cansó, y los mismos hombres de confianza del gobierno hicieron observar que no era legal, ni políticamente prudente, llevar las cosas a semejantes extremos: que todo debía tener un límite, hasta el derecho de conquista». Mgr. Wilmoz Tower, Lo que los biógrafos de Napoleón callan.
El General Bonaparte
Cuadro de Louis Bacler D’Albe
«Si escuchara las sugerencias del Directorio, el vencedor de Rívoli iría a la misma Roma para destruir el “culto romano”, el “fanatismo”, y “la inquisición”. No tiene más que dar una orden para derrocar y arruinar por completo al poder pontifical. Esta orden, no la da. Y no solo no la da, no solo no se entromete en la negociación ni en la teología, ni en los asuntos de la Iglesia, sino que osa pronunciarse ante las poblaciones creyentes como el “protector de la religión” (…)
» En las legaciones arrebatadas a la Santa Sede, hace unírsele al obispo de Ímmola, el cardenal Chiaramonti que será Pío VII, el Papa de su coronación. Va más lejos. Por un movimiento de generosidad hábil, se abstiene de perseguir a los sacerdotes franceses emigrados que se habían refugiado en tierra pontificia. La política que aplica en Italia, parece que la medita ya para Francia». Jacques de Bainville, Napoleón.

La voluntad de DESCRISTIANIZACIÓN urdida por una francmasonería activa y alimentada por el ORO INGLÉS, era manifiesta. No solo en destrucciones materiales y masacres, pero manifestándose en todos los ámbitos. El nuevo « calendario revolucionario » que hacía estragos, había remplazado al calendario gregoriano. Ya no más santos, ya no más semana de siete días, sino «décadas», el domingo cristiano (que significa DIES DOMINICI: día del Señor) es remplazado por el «decadí». Los meses tienen 3 décadas de 10 días por supuesto, y los 15 días restantes debían ser días de fiesta. El poeta Fabre d’Eglantine, a quien se había confiado esta tarea, remplazó los «hasta aquí» santos por frutas y legumbres… diente de león… tupinambo… Los meses llevan los nombres poéticos de «Pradial»… «Floreal»… «Ventoso»… «Pluvioso» etc.

Si se quisiera efectuar un balance preciso de ese periodo – fue establecido por todos los historiadores serios – quedaríamos impactados: la ciudad de Lyon, por ejemplo, 12 000 talleres de «sedosos» (negociantes de seda) desaparecieron sobre 15 000. Al no haber la ciudad admitido el régimen del «Terror», es CONDENADA A MUERTE por la Convención cuyo decreto del 12 de octubre de 1793 está en todas las memorias: - LA CIUDAD DE LYON SERÁ DESTRUIDA Y SU NOMBRE BORRADO DEL CUADRO DE LAS CIUDADES DE LA REPÚBLICA.

Rapto del Papa Pío VI por los revolucionarios (20 de febrero de 1798), seguido de Muerte de Pío VI (29 de agosto de 1799) por Joseph-Toussaint Rossignon
«Hicieron salir de Roma a ese pobre viejecillo de 81 años y gravemente enfermo, lo llevaron a través de los Alpes inaccesibles, ora en coche, ora a pie hasta Valence (Drôme). Durante el viaje [los revolucionarios] le trataron con gran dureza porque estaban irritados de ver que por donde fuera que pasaba la gente acudía para verle, saludarle, y pedirle su bendición. En Valence se le albergó en la Ciudadela, donde 32 sacerdotes se hallaban encerrados en calidad de prisioneros políticos, y aunque pidieron ser presentados al Papa, no se les permitió ni siquiera verle. Fue encerrado en esa fortaleza como Pío VI murió, como consecuencia de las grandes fatigas y de los numerosos sufrimientos físicos y morales, prisionero de Francia, el 29 de agosto de 1799, a la edad de 82 años; y aún tras su muerte la ira de sus enemigos no se apaciguó, y lo poco de ropa que le quedaba fue vendido como «propiedad de la nación»; su cadáver fue dejado primero sin sepultura, enseguida, encerrado en una caja de plomo, fue llevado a una casa particular y colocado en un sótano lleno de ratones repugnantes que lo rodeaban constantemente, husmeando por doquier. Tal fue el fin, en la miseria más completa, prisionero de sus enemigos, que conoció este papa a quien hasta los mismos no católicos habían comparado a Tito, a quien llamaban delicias del género humano». Mgr. Wilmoz Tower, Lo que los biógrafos de Napoléon callan.

Se comienza a demoler al mismo tiempo que las masacres se generalizan. En la Plaza des Brotteaux, los condenados amontonados en todos los sótanos son arrastrados a la guillotina. La plaza entera está roja y pegajosa. En otras plazas se cañonea a las víctimas. Y la destrucción de barrios enteros se prosigue. Fue una visión terrible para Bonaparte a su regreso de Egipto, en medio de las aclamaciones. La ciudad salvada lo recibió varias veces. En 1815, regresando de la isla de Elba, es un delirio. Y su proclama, al salir de la ciudad, se termina por estas palabras: «Lioneses, os amo».

Que se me perdone estas digresiones, que me parecen bien ilustrativas. Ciertamente sí: « recogió a Francia hecha polvo ». (3)

El CONCORDATO firmado con la Iglesia Católica y el Consistorio será aplicado hasta 1905, fecha de su ruptura por las leyes Combes, con el drama de los inventaros y los decretos de exilio de las comunidades. Pero esto es otro episodio.

Hay sin embargo otra parte de la población, denigrada y perseguida hasta la acción liberadora de Napoleón I, los judíos. La cuestión que vamos a explicar no figura en NINGÚN MANUAL ESCOLAR francés, y este silencio «estrepitoso» debe, de una vez por todas, ser roto (4).

Estatua fúnebre de Pío VI
Obra de Cánova en la Basílica de San Pedro, en Roma

El 30 de enero de 1800, 122 días después de la muerte del Papa en la Ciudadela de Valence, Napoleón firmó la orden que permitía enterrar al cadáver en el cementerio de Santa Catalina, en dicha ciudad. Una vez instaurado el Consulado, por un gesto virtuoso y meritorio, el Primer Cónsul renegó las bajezas del Directorio para con Pío VI ordenando la erección de un monumento a la memoria del Santo padre y ordenó el transporte de sus restos a Roma, donde será inhumado en la Basílica de San Pedro, a proximidad del sepulcro del Apóstol. De hecho, estaba previsto que se erigiese un mausoleo espléndido en honor de Pío VI, pero el pontífice había hecho con anterioridad la petición expresa de que se contentaran representándolo de rodillas, en posición de plegaria frente a la confesión de San Pedro, deseo que Cánova respetó fielmente en su obra, la cual se caracteriza a la vez por su magnificencia, por la humildad, y la dulzura de su tema, «sin contar la gran fidelidad del parecido», precisa Quatremère de Quincy. El pueblo de Francia, deseoso de reparar las vergüenzas del pasado, conservará también una reliquia del santo prisionero gracias a la intermediación de Monseñor Bécherel, obispo de Valence, quien en la época del Consulado, reclamó para su ciudad episcopal el corazón y las entrañas del papa mártir. A petición de Cacault, su sucesor, Pío VII, se dignó acceder a cumplir ese deseo; llevado de vuelta a Francia, el corazón fue colocado en la catedral de Valence, sobre el altar de la capilla de la Santa Espina, en espera de que fuera puesto en el pequeño mausoleo que se preparaba para recibirlo.

Estatua del Papa Pio VI por Cánova

Instituto Napoleónico México-Francia.

Los primeros contactos de Napoleón con los judíos se produjeron durante la primera campaña de Italia, en Áncona. A su entrada en la ciudad, percibió entre la muchedumbre personas que portaban una estrella amarilla en su abrigo. «¿Qué es eso? - Son judíos mi general». Se las hizo quitar y los liberó de sus guetos en Venecia, Verona, Padua y más tarde en Roma. Luego, en 1798, la ocupación de Malta en el camino hacia Egipto le dará la ocasión de hacer lo mismo y de permitirles construir una sinagoga. El día de Pascuas de 1799 frente a San Juan de Acre, hizo una proclama reconociéndoles el derecho a un Estado independiente.

No creamos que en Francia todo fue fácil. Como el abate Gregorio frente a la Asamblea legislativa en 1791 ante una oposición obstinada, tuvo que enfrentarse a adversarios muy antisemitas. El mariscal Kellermann, Châteaubriand se desatan. Y cuando el Emperador liberó a los judíos por decreto en 1806, y enseguida convocó al GRAN SANEDRÍN de 1807, luego el 26 de julio de 1808 el de París en el Hôtel-de-Ville (Ayuntamiento) – 111 representantes de toda Francia y de Italia del Norte – ¡tuvo la desagradable sorpresa de ser designado por el zar Alejandro como «el anticristo y enemigo de Dios»! (5)
Y el Santo Sínodo de Moscú declaró: «con el objetivo de destruir las bases de las iglesias de la Cristiandad, el Emperador de los franceses ha invitado a todas las sinagogas judaicas y tiene el proyecto de fundar un nuevo Sanedrín hebreo, que es el mismo tribunal que antaño condenó a la cruz al Señor Jesús».

El Gran Sanedrín, que se reunió del 9 de febrero al 9 de marzo de 1807

En 2008, quedamos pasmados, nosotros que estamos tan penetrados, legítimamente, de las ideas de libertad y de igualdad de todos los hombres. Ideas que profesaba naturalmente el Emperador de los franceses, declarando en el Ayuntamiento: «Mi único deseo es hacer de los judíos de Francia ciudadanos útiles, de conciliar sus creencias con sus deberes de franceses, y de alejar los reproches que se ha podido hacérseles. Quiero que todos los hombres que viven en Francia sean iguales y gocen del conjunto de nuestras leyes».

Pero está íntimamente penetrado de su rol de pacificador y de reconciliador en una sociedad desquiciada por una década sangrienta, a la que él va momentáneamente a temporizar, para apaciguar esta deriva peligrosa. El 17 de marzo de 1808, habiendo por fin logrado a firmar una alianza con el zar de Rusia – vemos cuan, exteriormente, todo es complejo para él – acepta publicar un decreto restrictivo que limitaba las libertades acordadas a los judíos. Era contra su consciencia. Y cuando el 11 de abril de 1808, recibió una delegación llegada de provincia para presentar las reclamaciones de sus conciudadanos, se retractó. Su decreto fue anulado, primero en trece departamentos, enseguida en todo el Imperio. En 1811, la situación volvió a la normalidad. Y los judíos pudieron acceder a todos los empleos.

El Almanaque imperial de 1811 menciona que la religión judía es una de las tres religiones oficiales de Francia. Perseguido por aquellos a lo que le tenía tanto apego, dirá más tarde, en Santa Helena, a su médico O’Meara: «Quería liberar a los judíos para hacer de ellos ciudadanos plenamente. Debía gozar de las mismas ventajas que los católicos y los protestantes. Insistía en que fueran tratados como HERMANOS, puesto que somos todos los herederos del judaísmo».

Pero arrastrado a una guerra sin fin que la Europa del Antiguo Régimen, dirigida por Inglaterra, libra a la Francia nueva en siete coaliciones sucesivas, el Emperador de los franceses rodea a Francia de glacis protectores, que él moderniza…
Los franceses de 2008, a quienes nunca se les enseñó, ignoran pues que en Europa, «todos los judíos ven en Napoleón a su Mesías». Es un enemigo de Francia, el ministro austriaco Metternich, quien lo confiesa. Y por doquier, los judíos prenden fogatas de felicidad con las puertas y barreras que cerraban sus antiguos «guetos». ¡Pero en 1815, guetos y estrellas amarillas reaparecieron!

No sabría terminar mejor estas pocas líneas reveladoras más que proponiendo extractos de la « Plegaria de los hijos de Israel, ciudadanos de Francia y de Italia » compuesta para el Emperador Napoleón el Grande en el mes de Mar-Hechran del año 5667 (1807).

Qué bienaventurados somos, cuan agradable es nuestra suerte desde que colocaste a Napoleón el Grande en los tronos de Francia y de Italia. Ningún otro hombre es tan digno de reinar, ni merece tantos honores y gratitud; él dirige a los pueblos con una autoridad benefactora y toda la bondad de su corazón.
Cuando los reyes de la tierra le han librado batalla, tú, Dios, le has prodigado tus beneficios, lo has protegido, le has permitido someter a sus enemigos. Le han pedido misericordia y él, en su generosidad, se las ha acordado.
Ahora, nuevamente, los reyes se han ligado para traicionar los tratados y remplazar la paz por la sangre de la guerra. Ejércitos se han juntado para combatir al Emperador; he aquí a los enemigos que avanzan y que nuestro amo con su poderosa armada se prepara a rechazar la agresión.
¡Oh Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza, del poder y de la belleza, te imploramos mantenerte cerca de él. Ayúdale, sostenle, protégele y sálvale de todo mal. Dile « Yo soy tu salvador » y dale tu luz y tu verdad para guiarle.
Por piedad, desbarata los complots de todos sus enemigos. Que en las decisiones del Emperador aparezca tu esplendor. Refuerza y consolida sus legiones y a sus aliados, que todos sus movimientos estén marcados de inteligencia y de éxito.
Dale la victoria y obliga a sus enemigos a inclinarse ante él y a pedirle la paz. Esta paz, él se las concederá pues no desea sino la paz entre todas las naciones.
Dios de clemencia, Amo de la paz, implanta en el corazón de los reyes de la tierra sentimientos pacíficos para el mayor bien de toda la humanidad. No permitas a la espada venir donde nosotros a derramar la sangre de nuestros hermanos. Haz que todas las naciones vivan en la paz y la prosperidad eterna.
Amén.

¿No sería bueno que los franceses se interrogasen acerca de la manera sectaria y errónea como se les ha enseñado la historia de Francia en la escuela?

Leer este documento en su integridad.
Cantico dirigido a Napoleón el Grande, Emperador de los franceses y Rey de Italia
Por el ciudadano judío Moisés Milliaud, 1806.

En todas las sinagogas, se rezaba por él. He aquí cómo se terminaba en Vaucluse éste «cántico» compuesto por Moisés Milliaud, «diputado del departamento del Vauculuse en la Asamblea de los Ciudadanos franceses que profesan el culto de Moisés», en París, de la Imprenta imperial, 1806 (6):

¡Napoleón! Eres tú a quien el Señor ha ungido para vendar las llagas de aquellos que tienen el corazón quebrantado: todas mis alarmas están calmadas; el que hizo prodigios más grandes que los de Ciro, hará también para nosotros milagros de bondad. Los restos de la casa de Judá echarán profundas raíces: van a cubrirse de frutos abundantes.
¡Ah! ¿¡Cómo el Todopoderoso, terrible en sus obras, no me ha dado una lengua elocuente para celebrar tus loores en cantos que pasen a todos los siglos futuros, como los oráculos de Isaías inmortalizaron el nombre de Ciro!?
Pero hoy estoy obligado a dirigirte la expresión de mis votos en otra lengua, y a hacer pasar mis pensamientos en una lengua extranjera. Ningún serafín ha tocado mis labios, ni los ha purificado por medio de un carbón ardiente, ¿cómo entonces podría escucharme, a mi quien, en los días de mi juventud, no me ejercité para ese talento, y a quien no instruyeron maestros hábiles?
Cuando yo estaba en mi tierra natal, hace ya cuatro años, el día en que, por la elección de toda una nación, recibiste ¡O Napoleón!, el gobierno para toda la duración de tu vida, cuando los gritos de alegría que anunciaban ésta feliz noticia, resonaron en mis oídos, nuevos transportes se adueñaron de mi alma; el entusiasmo se apoderó de mí, y comencé a cantar las grandes acciones del Héroe que llenaba la tierra con su renombre. ¿Cómo me callaría yo hoy en el seno de la ciudad donde reside su majestad, cuando gozo de su presencia?
¿Pero qué más puedo añadir para expresar los sentimientos que me animan?
Jamás hombre semejante a él ha aparecido en la tierra. ¡Puedan todas sus empresas ser coronadas con el más alto éxito!
¡Que el cielo, favorable a mis deseos, le conceda largos años, y los hijos de Israel sometidos a sus leyes ser inundados como un río de paz!

No eran nada, dispersos en todas las naciones del mundo, SIN TENER SIQUIERA ESTADO CIVIL, diezmados por sangrientos «pogromos» en tantos países, sobre todo en Europa oriental, ¡y helos aquí ciudadanos libres!

Instituto Napoleónico México-Francia.

Atravesemos los años y los océanos. Estamos en Santa Helena, la «pequeña isla», como lo había escrito el colegial de Briena en un cuaderno de geografía al final de un capítulo sobre el Imperio británico – que extorsionaba a todos los navíos cruzados en todos los mares del orbe. El doctor O’Meara, citado más arriba, conquistado por la bondad natural y la inteligencia luminosa de su ilustre paciente, fue el primero en dejar dos grandes tomos de « Memorias » acerca del cautiverio. Irlandés y oficial de la «Royal Navy», fue echado por el gobernador Hudson Lowe bajo las órdenes de Bathurst, ministro de las colonias. Describiendo las condiciones de vida de los franceses en Longwood – techumbres de papel alquitranado que dejaban pasar las lluvias tropicales, invasión de ratas enormes, etc. (7) – sus dos tomos de Memorias le abrieron los ojos al mundo. Su despido de 1818 había tenido un precedente con el doctor Warden que atendió a Napoleón a bordo del «Northumberland», y que fue expeditado a Londres en el acto y degradado.
Hubo el tercer caso del doctor Stokoe, médico a bordo de uno de los navíos de guerra que cruzaban alrededor de la isla, llamado en urgencia durante una crisis de hepatitis aguda del Emperador. Reveló a los franceses que el 1/3 de las tripulaciones moría de hepatitis aguda (8). Despedido y degradado, tuvo que volver a Londres él también… ¡y comparecer ante un Consejo de Guerra!

Durante sus conversaciones con O’Meara, el Emperador le dijo un día: «Después de Dios, os debéis a vuestra patria y a vuestro soberano, enseguida a vuestros semejantes»; eso el 6 de mayo de 1816. Lo cual nos lleva de vuelta al corazón del tema.

Las veladas son largas en Longwood. Los centinelas, vigilando la entrada del jardín, montan entonces una guardia estrecha al ras de los muros de la casa, de la puesta a la salida del sol. Un oficial inglés está de hecho en una recámara, a dos pasos del Emperador y debe enviar día a día su reporte al gobernador…

Napoleón, lector insaciable, comenta para sus amigos. Una noche, trae su Biblia. Démosle la palabra:

– «Creo saber en materia de hombres y os digo que Jesucristo no era un hombre». Y otra noche:
– «Es cierto que Jesucristo propone a nuestra fe una serie de misterios, sin dar más razón que esta: Soy Dios. Pero una vez admitido el carácter de divinidad de Cristo, el cristianismo se presenta con la precisión y la claridad del álgebra… Apoyado en la Biblia, el Evangelio se aclara y los dogmas se refieren a ella como los anillos sellados de una cadena. El mundo es un enigma. Ahora, aceptad a Jesucristo y tendréis una admirable solución de la historia del hombre. El Evangelio posee una virtud secreta que actúa sobre el entendimiento y encanta al corazón. No es un libro, es un ser vivo, una acción, una potencia que invade todo lo que se opone a su extensión»… (1821).

El pináculo de la libertad
Caricatura satírica de James Gillray, 1793
Célebre imagen inglesa perteneciente a la serie «El zénit de la Gloria francesa». En esta «vista en perspectiva», el famoso dibujante denuncia las exacciones cometidas por los revolucionarios bajo la bandera de la igualdad y de la libertad, así como el asesinato de «la religión, la justicia, la lealtad…». Más tarde, en 1799, el obrero que había cerrado la caja de Pío VI había exclamado: «el último Papa ha muerto»; «el papado ya está acabado y la iglesia católica está terminada», pero los católicos ingleses cantaban en sus iglesias: «Los tronos y las coronas pueden perecer, Los reinos pueden surgir y caer, Pero a Pedro firme y alerta en el timón, Siempre los siglos deberán mirarlo». Y es que era cierto que Pío VI había fallecido, pero no lo era que el Papa estuviera muerto.

Al leer estas líneas, estas palabras pronunciadas tan cerca de la muerte, pensé en Blaise Pascal. Y estas palabras se unen a lo que había dicho al conde de Ségur la víspera de la Consagración: «La superioridad de la razón da la fe».

El día siguiente a la muerte de su amigo de infancia, Cipriani, en Longwood, había sido necesario apelar al pastor anglicano de Jamestown, en 1818 – «¿Dónde está su alma? Se pregunta el Emperador. Tal vez se fue a Roma para ver a su mujer y a su hijo, antes de emprender el largo y último viaje».

En Roma, su madre, Leticia, y su tío, el cardenal Fesch, se conmueven. Las cartas son raras y abiertas por el gabinete británico. Indignamente engañados por un emisario de Metternich, creen que Napoleón ya no está en Santa Helena, que está liberado. El Papa Pío VII, por su parte, sabe, y su mensaje al Congreso de Viena, muestra su corazón y su lucidez:

– «Napoleón es desdichado, muy desdichado, nosotros hemos olvidado sus entuertos (9). LA IGLESIA NO DEBE JAMÁS OLVIDAR SUS SERVICIOS. Él hizo a favor de su sede lo que ningún otro tal vez, en su posición, habría tenido el valor de emprender. No le seremos ingratos. Saber que este infortunado sufriría por nosotros es ya casi un suplicio sobre todo en el momento en que pide un sacerdote para reconciliarse con Dios. No queremos, no podemos, no debemos, no debemos participar en nada en los males que sobrelleve, deseamos al contrario desde lo más profundo de nuestro corazón que se los aligere y que se le haga la vida más dulce. Pedid esta gracia al príncipe regente de Inglaterra».

Ninguna respuesta, evidentemente.

El Papa Pío VII , por Auguste Garneray

Cuando desembarcó en Santa Helena la pequeña caravana, en 1818, ¡que decepción!

El doctor Antommarchi no tenía el grado de doctor, siendo simplemente prosector (disecciones) n la Academia de medicina de Florencia. Y de los dos frailes, hombres simples y buenos, los abates Vignali y Buonavita, éste último, debilitado y tullido, tuvo que ser reembarcado para Europa. Cuando el abate Vignali dijo su primera misa del domingo en Longwood, el Emperador tuvo un momento de dicha: «Henos aquí vueltos a ser cristianos», dijo.

Entre la partida de O’Meara en 1818 y la llegada de Antommarchi en 1819, se había quedado sin médico. Se tuvo que recurrir al Mayor Arnott, sus sufrimientos físicos tornándose intolerables. Se queja amargamente del tratamiento que le inflige el gobierno británico. Pero los mayores Arnott, Harrison y Reade quienes seguirán su estado de salud hasta 1821 y enviarán sus reportes al gobernador, obligatoriamente, osan escribir: «el doctor Arnott piensa que la enfermedad del general no es seria». Y Harrison escribe a Sir George Bingham: «comienzo a creer que toda esta historia de su enfermedad es pura comedia». Inglaterra rebasa los límites de la vergüenza.

¿Hacia quién voltearse sino hacia Dios?
Los últimos meses, sigue la misa desde su catre de campaña; se abre la puerta de la pieza contigua donde los pequeños Bertrand, en trajes litúrgicos, sirven en el altar.

El Rey de Roma (Napoleón II) durmiendo (1811)
Pintura alegórica de Pierre-Paul Prud’hon (1758-1823)
« Haced de él un buen francés y un buen cristiano: uno no va sin el otro », dirá el Emperador Napoleón a la aya de su hijo, Madama de Montesquiou.

Al estarle prohibida toda correspondencia con su mujer y su hijo, sus noches están pobladas de sueños en los que trata de tomarlos en sus brazos y se le escapan, se desvanecen…
Cuando despierta, es para oír los pasos y los consignes de los centinelas y los galopes de las ratas entre las dobles láminas de las vallas… A veces, quiere levantarse y cae, se revuelca en el suelo gimiendo, gritando de dolor físico y moral

– « Francia me ha dado la corona imperial, Italia la corona de hierro; Inglaterra me da la más bella, la del Salvador: una corona de espinas ».

Y es su testamento, escrito en su catre de campaña, con un cartón sobre sus rodillas:

– «Muero en la religión católica, apostólica y romana, en la que nací, hace más de cincuenta años… deseo que mis cenizas reposen a orillas del Sena, en medio de ese pueblo francés al que tanto amé…»

Monumento en el que no olvida a nadie hasta los más humildes servidores, tesoro de nuestros «Archivos nacionales». Lo confía al abate Vignali bajo el sello de la confesión. El 5 de mayo de 1821, a las 17h 49mn, devuelve a Dios su gran alma. El pañuelo que enjugó sus dos últimas lágrimas será conservado en su familia, enseguida en los Inválidos.
En el registro mortuorio del templo anglicano de Jamestown, se puede leer, entre los nombres de dos esclavos, negros o chinos:

« General Buonaparte: 5 de mayo de 1821 »

Y bajo la loza sin nombre, en 1840, se hallará su cuerpo intacto. Longwood se había vuelto a convertir en una granja destartalada.

Al anuncio de su muerte en julio, en Londres, los liberales – los famosos «whigs» – llaman a la población a llevar el duelo del héroe, detrás de lord y lady Holland que tanto habían tratado de socorrerlo. Invitan a los admiradores del héroe a señalarse por un velo negro anudado en la solapa. Son legión. En el Parlamento, lord Holland fustiga a sus adversarios: - «Temed que se compare su suerte a la de Juana de Arco».
¿Se sabe esto acaso?

El 15 de diciembre de 1840, en Los Inválidos, Monseñor Affre, futura víctima de las barricadas de 1848, dice el «Oficio de los mártires» frente a su féretro.
¿Se sabe esto acaso?

En Washington, en el zoclo del monumento fundador de la Unión, fue sellada una piedra proveniente de la tumba de Santa Helena.
¿Se sabe esto acaso?

En Alise-Sainte-Reine, cerca de Dijon, – la antigua Alesia – es elevada la estatua del héroe de las Galias, Vercingetórigue (10). En su zoclo, fueron colocados cofres de tierras de Ruán, de Verdun, de Santa Helena.
¿Se sabe esto acaso?

¿Y por qué no terminar por dos citas notables, bien ignoradas en Francia?

BYRON: « Y yo, extranjero a Francia, compatriota de los verdugos de Napoleón, quise echar algunas flores sobre su tumba, para esconder el oprobio de mi país ».
Y sobre todo BEETHOVEN, confiando a su amigo Peeters (Carnets de conversación): «él tenía el sentido del arte y de la ciencia, DETESTABA LAS TINIEBLAS. Fue el protector del DERECHO y de las LEYES. No pude soportarlo en otro tiempo, HOY, PIENSO MUY DIFERENTEMENTE».
Testimonio capital que los autores de manuales escolares en Francia, ignoran por supuesto totalmente, ¡qué lección!
¿Se sabe esto acaso?

Y cada domingo, hasta 2008 y siempre, la Gran Misa en Nuestra Señora de París, se termina, con los grandes órganos, por una plegaria por «el Emperador Napoleón I».
¿Se sabe esto acaso?

Para concluir, voy a dar la palabra al Emperador mismo. En el transcurso de las conversaciones y lecturas de la noche, en Longwood, cerca de s