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Napoleón
había hecho su primera comunión en Briena
(1); le guardó un particular
agradecimiento al Padre Charles Patrault que lo había
preparado a este gran acto. Al ir a tomar el mando del
Ejército de Italia, el General Bonaparte creería
faltar a su deber si no le mandara llamar en el albergue
para darle un apretón de mano. Primer Cónsul,
le tenía una pensión de francos con una
carta en la que le dice: «no
he olvidado que es a vuestro virtuoso ejemplo y a vuestras
sabias lecciones a lo que debo la alta fortuna a la
que he llegado. Sin la religión, no hay dicha,
no hay porvenir posible. Me recomiendo a vuestras plegarias».
Dirá más tarde con una voz conmovida:
«Briena es mi patria, era
feliz entonces».
Durante la primera campaña
de Italia, en 1796, franqueado el paso de Cadibona,
hace un alto en la primera aldea con sus oficiales.
En el lugar, se eleva una iglesia magnífica.
Para estupor de todos, los deja y empuja el portal.
Por largos minutos, se aísla, medita, impregnándose
de la atmósfera sagrada, que Francia acababa
de poner a fugo y sangre…
El gobierno del Directorio le había mandado «
revolucionar » Italia. Ahora, una vez habiendo
entrado en Milán, convoca a los curas de todas
las parroquias para serenarles: «¡un
pueblo si religión es como un navío sin
brújula!...» La pacificación
de las almas, he ahí lo que desea el joven general
de 27años.
Saltemos algunos años.
Henos aquí al día siguiente de lo que
se ha convenido en llamar el «Golpe de Estado»
de los días 18 y 19 de Brumario del año
VIII (9 y 10 de noviembre de 1799). Desde los primeros
días, las iglesias – transformadas en salas
de reuniones políticas por el Directorio –
son reabiertas; y las prisiones también. Visita
él mismo simbólicamente la famosa «prisión
de la Force» en París para liberar a los
prisioneros políticos del Directorio difunto…
En Guyana, se pudren centenas de sacerdotes deportados.
Van a regresar a Francia, así como los curas
«sac-au-dos» (“saco-al-dorso”)
emigrados fuera de las fronteras francesas, que lavaban
su ropa en los riachuelos…
Luego, el Primer Cónsul
hizo abolir la famosa «Constitución Civil
del Clero» que, desde 1790-91 obligaba a cada
cura católico a prestar juramento al Estado,
en detrimento de la fidelidad a Roma y preveía
la elección de los curas y obispos por los ciudadanos,
¡así fuesen protestantes o judíos!
El Papa Pío VI,
fallecido en Valence, prisionero del Directorio y enterrado
casi anónimamente en el cementerio de esta ciudad,
fue transferido solemnemente a Roma. Bonaparte apela
a la unión: «Venid
a mí, mi gobierno será el de la juventud
y del espíritu», escribe a los jefes
de la rebelión vendeana. En efecto, todo el Oeste
de Francia, tras el « decreto de despoblación
» de la Convención en 1793, había
sido sistemáticamente devastado. Y los encuestadores
del Primer Cónsul contabilizaron 500 000 muertos,
entre los cuales algunos quemados vivos en las iglesias
cerradas con candado, como en la comuna de los «Lucs»
en Vendea. Sí, el General de Gaulle tuvo perfectamente
razón al escribir: «Napoleón recogió
a Francia HECHA POLVO».
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Masacre
de los niños de Petit-Luc
(Mártires de Les Lucs-sur-Boulogne)
Vitral en la Iglesia de Saint-Pierre de
Les Lucs-sur-Boulogne por Lux Fournier |
El
2 de agosto de 1793, la Convención
hace publicar en el Moniteur,
órgano oficial del estado, el decreto
siguiente: «Serán enviadas
a Vendea materias combustibles de todas
suertes para incendiar los bosques, los
bosquecillos y las retamas. Los bosques
serán abatidos, los antros de los
rebeldes aniquilados, las cosechas cortadas
y las bestias confiscadas. La
raza rebelde será exterminada,
la Vendea destruida».
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Un
segundo decreto del 1º de noviembre
de 1793, añade que «toda
ciudad que reciba en su seno a bandoleros
o que no los haya rechazado con todos
los medios de los que es capaz, será
castigada como una ciudad rebelde, y en
consecuencia será arrasada.»
Inventando campos de concentración
para los sacerdotes refractarios (Rochefort),
los campos de exterminio para los vendeanos
(Noirmoutier) y las tenerías de
pieles humanas (Pont-de-Cé), el
gobierno de la Convención, por
medio de estos decretos abominables, firma
el principio de lo que constituirá
el primer genocidio de la era moderna,
prefigurando por el exterminio oficial
y sistemático del pueblo vendeano
los holocaustos perpetrados en el siglo
XX por regímenes como el Socialismo
Nacional alemán o el Comunismo
(más cerca de nosotros, en México,
el paralelo con el drama de los Cristeros
es evidente). Sobre este tema, el historiador
judío Israel Eldad dirá
que «La última piedra arrancada
a la Bastilla sirvió de primera
piedra a las cámaras de gas de
Auschwitz», palabras justificadas
cuando se sabe que la Vendea, como lo
explicaba Gracchus Babeuf, no era sino
un «laboratorio»; en efecto,
como lo demostró Vladimir Volkoff,
el exterminio de la Bretaña y de
los bretones estaba previsto a partir
del mes de mayo de 1794. El horror y el
crimen se desencadenarían especialmente
con las 12 Columnas Móviles llamadas
«Infernales» del general Turreau,
que destruyen y exterminan metódicamente
a la población de la región
en enero de 1794. Los crímenes
y las exacciones son indecibles en ese
«gran cementerio nacional»
descrito por Turreau, del cual es preciso,
siempre según sus palabras, «purgar
enteramente el suelo de la libertad
de esta raza maldita». No menos
evocadoras son las palabras del general
François Westermann en su descripción
del panorama: «¡No hay más
Vendea! Ciudadanos republicanos, ha muerto
bajo nuestro sable libre, con sus mujeres
y sus niños. Acabo de enterrarla
en los pantanos de Savenay, siguiendo
las órdenes que me habéis
dado. Aplasté a los niños
bajo los pies (sic) de mis caballos, masacré
a las mujeres que al menos en lo que a
ellas se refiere, no darán a luz
a más bandoleros. No tengo
un prisionero que reprocharme. Lo exterminé
todo… Los caminos están sembrados
de cadáveres. Hay tantos que en
muchos puntos, hacen pirámides».
Durante Termidor, el joven general Bonaparte
de escasos 25 años había
recibido de la Convención la orden
de dirigirse a la Vendea... Rechazando
con gran valor una directiva tan deshonrosa
como contraria a sus principios, fue «rayado»
de los cuadros del ejército por
el Comité de Salud Pública,
y luego detenido en peligro de pasar a
la guillotina por insubordinación.
Tras su accesión al poder, el Primer
Cónsul, aclamado por la muchedumbre
vendeana a gritos de «Viva el rey,
viva Bonaparte» (15 de Brumario
del año VIII ) se consagra a poner
fin a esa «guerra
impía» decretando
la amnistía el 7 de nivoso del
año VIII (28 de diciembre de 1799)
y multiplicando las medidas de apaciguamiento:
reconstrucción de la región,
reducción de los retrasos fiscales,
entrega de material agrícola, desarrollo
de la enseñanza secundaria y atribución
de una vivienda a los sacerdotes, a cargo
de las comunas. |
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En
2003, una gran manifestación
tuvo como fin –sin
éxito–
retirar esta pieza
de la exposición
pública, así
como obtener del Estado
francés que
reconozca oficialmente
el genocidio de los
católicos vendeanos
y bretones. En efecto,
doloroso episodio
que ensombrece el
corazón mismo
del mito fundador
de la república
francesa, el Estado
nunca ha querido reconocer
la hecatombe, hacer
acto de arrepentimiento,
ni pagado daños
y perjuicios a los
derechohabientes de
las víctimas
de este espeluznante
holocausto. |
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Ulteriormente, el Emperador Napoleón
indemnizará a las poblaciones de
la Vendea, ese «pueblo
de gigantes», exentando a
las localidades de impuestos durante 15
años a partir de 1808. Ese mismo
año, el abate Boursier, cura de
Mouchamps, declarará: «como
Simeón, habiendo visto al redentor
de Israel, puedo morir contento, he visto
al pacificador de la Vendea». |
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Las negociaciones con
Roma para firmar el CONCORDATO
de 1801 (2) serán largas
y delicadas. Qué dicha sin igual para los parisinos
– cuando las catedrales habían sido «decretadas
de demolición» y salvadas por heroicos
ciudadanos, como los mármoles de la basílica
de Saint-Denis – al oír la campana de Nuestra
Señora de París el 9 de abril de 1802
para un TE DEUM solemne en presencia
del Primer Cónsul y de las más altas autoridades
del Estado. ¿Acaso no se escuchaban los ecos
a decenas de kilómetros a la redonda? ¡En
ese lugar mismo donde saturnales celebraban a la «
diosa Razón » figurada en el altar mayor
por una bailarina de la Ópera, Bonaparte tuvo
que llamar a la orden a miembros de su entorno!
La Iglesia renuncia
definitivamente a sus tierras, vendidas como «bienes
nacionales» y, en compensación, el clero
será pagado por el Estado. La Vendea es pacificada.
Y los campesinos franceses permanecerán legítimamente
agradecidos a Napoleón. Los
mismos acuerdos serán firmados con los protestantes.
Y el Primer Cónsul – luego el Emperador
– y su esposa Josefina de Beauharnais, que asisten
a la misa cada domingo en la capilla restaurada de las
Tullerías, ¿qué hay con su fe?
– «¡No creéis
en Dios!» exclama él de vez en cuando,
harto, al final de una discusión.
Marie-Thérèse
Davoux, apodada Mademoiselle Maillard
(1766-1856)
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Imaginando
un culto laico encarnado por la «diosa
Razón», los revolucionarios
transformaron las iglesias y catedrales,
cuando no las habían arrasado,
en templos paganos. La Convención
Nacional había sucedido oficialmente
a la Asamblea Legislativa el 21 de septiembre
de 1792. Pierre-Gaspard Chaumette, apodado
« Anaxágoras » (1763-1794),
violento anticristiano, procurador-síndico
de la Comuna insurreccional de París,
instituye la «fiesta de la Razón»
el 20 de brumario del año II,
(10 de noviembre de 1793). En París,
la Señorita Maillart, cantatriz
de la
Ópera, representó
a la diosa Razón en Nuestra Señora
por primera vez el 20 de brumario del
año II, (10 de noviembre de 1793).
Drapeada en un manto azul y tocada con
un gorro rojo de la libertad,
fue llevada en un sillón rodeado
de guirlandas de fresno e instalada
en el altar mayor de una catedral de
Nuestra Señora pillada, devastada,
transformada en «templo de la
filosofía». Para la ocasión,
Chaumette pronunció un discurso
acalorado: «El pueblo acaba de
hacer un sacrificio a la Razón,
en la hasta aquí iglesia metropolitana;
viene a ofrecer otro en el santuario
de la ley... no hemos ofrecido nuestros
sacrificios a vanas imágenes,
a ídolos inanimados. No, es una
obra maestra de la naturaleza lo que
escogimos para representarla, y esta
imagen sagrada ha inflamado todos los
corazones. Un solo deseo, un solo grito
se ha dejado oír en todas partes.
El pueblo ha dicho: ya no más
sacerdotes, ya no más dioses
que los que la naturaleza nos brinda».
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«
Retrato de la Señorita
Maillard como Diosa de la Razón
»,
Cuadro de Jean-François Garneray
(1755 - 1837) |
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Tras el restablecimiento del culto católico
por Napoleón en 1802, desaparecidos
el culto de los filósofos y del
populacho de París, abandonada
por sus adoradores, lejos del incienso
y de los actos de devoción que
se le prodigaban, Davoux, bajo el peso
de su consciencia constantemente hechizada
por el espectro de la guillotina, escapó
de la metrópolis francesa para
errar en la provincia como una vagabunda.
Muchos años después, la
vieja Davoux, desdentada, impotente, curvada,
apoyándose en un palo, portando
harapos por vestido, al apercibir la sotana
de un cura del lugar, juntaba las manos
y, agachando la cabeza, exclamaba: «¡Alabado
sea Jesucristo!». Después
de haber recibido la bendición
del sacerdote, seguía su camino
y, como todos los días, se iba
a mendigar un trozo de pan donde una familia
caritativa, y luego volvía a la
soledad de su jacal, un cuartucho miserable
de cuatro muros rematados con una techumbre
en ruinas. Se dice que durante un buen
número de años se la veía
llevar bruscamente la mano a su cuello:
pasmada por el espanto de la navaja fatal
de la que se creía marcada. ¿Acaso
no dijo Adolfo Thiers que el culto
insensato de la diosa Razón nació
al pie del cadalso? Consumida por
el espanto, abatida por ese horrible recuerdo
durante largos años, acabó
sus días asistida por la beneficencia
católica; en la hora última,
un sacerdote estaba ahí para suavizar
sus últimos momentos; falleció
el 30 de septiembre de 1856, a la edad
de noventa años. |
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En la víspera
de la Consagración, el primero de diciembre de
1804, el Sr. De Ségur, ordenador de la ceremonia,
le transmite la pregunta del Papa Pío VII: «¿Van
Sus Majestades a comulgar?», y el Emperador responde:
«No creemos lo suficiente…
pero creemos demasiado para no arriesgarnos a un sacrilegio».
Piensa en su madre Leticia, en el padre Patrault ciertamente.
Un recuerdo de Briena atraviesa su mente: a los once
años de edad, castigado por una tontería,
debía hincarse de rodillas en el pasillo del
refectorio. Se debate, se rehúsa tozudamente
y hace un berrinche, llorando: «¡¿uno
no se arrodilla más que ante Dios, no es cierto
mamá?!» y se desploma… El
padre Patrault, que comía en la mesa de los profesores,
se levanta, acude, y se lo lleva…
Se volverían
a ver, en marzo de 1815, una última vez, en Grenoble,
en ocasión del regreso de la isla de Elba. En
sus «Memorias», el ayuda de cámara,
Saint-Denis – apodado Alí, en recuerdo
del Mameluco desertor – sorprende gritos y de
carcajadas en la pieza contigua. Luego, la puerta se
abre y dos hombres llenos de emoción surgen:
el Emperador y un sacerdote, el padre Patrault…
que había hecho el viaje desde Briena, para volver
a ver a su «alumno».
¡Cuántas anécdotas emotivas se podrían
evocar sin fin, cuando se conoce un tanto la época
y la vida del héroe!
Paseándose una
noche con su amigo Junot en el parque, en Malmaison,
oyó una campana que anunciaba el Ángelus.
«Me conmueve»,
dijo al futuro duque. Su amistad databa del sitio de
Tolón en 1793. Cuando, durante el gobierno indigno
del Directorio, los parisinos más modestos morían
de hambre y esculcaban en los basureros de los «
nuevos ricos » escandalosos que le debían
su fortuna a los robos y pillajes, Bonaparte y Junot,
los días de «paga», escalaban a los
desvanes, en el 6º, en los «tugurios»,
para llevar dinero y provisiones…
 |
|
 |
S.S.
Giovanni Angelo Braschi, Pío VI
(1717-1799)
Cuadro de Pompeo Batoni, 1775. |
Antes
de ser raptado y llevado prisionero a
Francia por orden del Directorio, los
revolucionarios «se dieron a la
tarea de robar y pillar Roma a placer,
sin siquiera respetar el apartamento privado
del Papa y así, ante los ojos mismos
de Pío VI, que se encontraba enfermo
y encamado, toda su ropa le fue quitada
y hasta su anillo le fue quitado del dedo.
No se llevaron del vaticano solamente
dinero, objetos preciosos, tesoros de
arte, cuadros, vestiduras y tapices, sino
que arrancaron hasta las cerraduras de
las puertas. De los objetos de arte que
robaron, 500 cajas fueron enviadas a París,
que pesaban más de 30 000 quintales.
De esta manera el pillaje rebasó
de tal manera toda mesura que hasta el
mismo Directorio se cansó, y los
mismos hombres de confianza del gobierno
hicieron observar que no era legal,
ni políticamente prudente, llevar
las cosas a semejantes extremos: que todo
debía tener un límite, hasta
el derecho de conquista». Mgr.
Wilmoz Tower, Lo que los biógrafos
de Napoleón callan. |
|
El
General Bonaparte
Cuadro de Louis Bacler D’Albe |
|
«Si
escuchara las sugerencias del Directorio,
el vencedor de Rívoli iría
a la misma Roma para destruir el “culto
romano”, el “fanatismo”,
y “la inquisición”.
No tiene más que dar una orden
para derrocar y arruinar por completo
al poder pontifical. Esta orden, no la
da. Y no solo no la da, no solo no se
entromete en la negociación ni
en la teología, ni en los asuntos
de la Iglesia, sino que osa pronunciarse
ante las poblaciones creyentes como el
“protector de la religión”
(…)
» En las legaciones arrebatadas
a la Santa Sede, hace unírsele
al obispo de Ímmola, el cardenal
Chiaramonti que será Pío
VII, el Papa de su coronación.
Va más lejos. Por un movimiento
de generosidad hábil, se abstiene
de perseguir a los sacerdotes franceses
emigrados que se habían refugiado
en tierra pontificia. La política
que aplica en Italia, parece que la medita
ya para Francia». Jacques de Bainville,
Napoleón. |
|
La voluntad de DESCRISTIANIZACIÓN
urdida por una francmasonería activa y alimentada
por el ORO
INGLÉS, era manifiesta. No solo en
destrucciones materiales y masacres, pero manifestándose
en todos los ámbitos. El nuevo « calendario
revolucionario » que hacía estragos, había
remplazado al calendario gregoriano. Ya no más
santos, ya no más semana de siete días,
sino «décadas», el domingo cristiano
(que significa DIES DOMINICI:
día del Señor) es remplazado por el «decadí».
Los meses tienen 3 décadas de 10 días
por supuesto, y los 15 días restantes debían
ser días de fiesta. El poeta Fabre d’Eglantine,
a quien se había confiado esta tarea, remplazó
los «hasta aquí» santos por frutas
y legumbres… diente de león… tupinambo…
Los meses llevan los nombres poéticos de «Pradial»…
«Floreal»… «Ventoso»…
«Pluvioso» etc.
Si se quisiera efectuar
un balance preciso de ese periodo – fue establecido
por todos los historiadores serios – quedaríamos
impactados: la ciudad de Lyon, por ejemplo, 12 000 talleres
de «sedosos» (negociantes de seda) desaparecieron
sobre 15 000. Al no haber la ciudad admitido el régimen
del «Terror», es CONDENADA
A MUERTE por la Convención cuyo decreto
del 12 de octubre de 1793 está en todas las memorias:
- LA CIUDAD DE LYON SERÁ
DESTRUIDA Y SU NOMBRE BORRADO DEL CUADRO DE LAS CIUDADES
DE LA REPÚBLICA.
 |
 |
| Rapto
del Papa Pío VI por los revolucionarios
(20 de febrero de 1798), seguido de Muerte
de Pío VI (29 de agosto
de 1799) por Joseph-Toussaint Rossignon |
|
«Hicieron
salir de Roma a ese pobre viejecillo de
81 años y gravemente enfermo, lo
llevaron a través de los Alpes
inaccesibles, ora en coche, ora a pie
hasta Valence (Drôme). Durante el
viaje [los revolucionarios] le trataron
con gran dureza porque estaban irritados
de ver que por donde fuera que pasaba
la gente acudía para verle, saludarle,
y pedirle su bendición. En Valence
se le albergó en la Ciudadela,
donde 32 sacerdotes se hallaban encerrados
en calidad de prisioneros políticos,
y aunque pidieron ser presentados al Papa,
no se les permitió ni siquiera
verle. Fue encerrado en esa fortaleza
como Pío VI murió, como
consecuencia de las grandes fatigas y
de los numerosos sufrimientos físicos
y morales, prisionero de Francia, el 29
de agosto de 1799, a la edad de 82 años;
y aún tras su muerte la ira de
sus enemigos no se apaciguó, y
lo poco de ropa que le quedaba fue vendido
como «propiedad de la nación»;
su cadáver fue dejado primero sin
sepultura, enseguida, encerrado en una
caja de plomo, fue llevado a una casa
particular y colocado en un sótano
lleno de ratones repugnantes que lo rodeaban
constantemente, husmeando por doquier.
Tal fue el fin, en la miseria más
completa, prisionero de sus enemigos,
que conoció este papa a quien hasta
los mismos no católicos habían
comparado a Tito, a quien llamaban delicias
del género humano».
Mgr. Wilmoz Tower, Lo que los biógrafos
de Napoléon callan. |
|
Se comienza a demoler
al mismo tiempo que las masacres se generalizan. En
la Plaza des Brotteaux, los condenados amontonados en
todos los sótanos son arrastrados a la guillotina.
La plaza entera está roja y pegajosa. En otras
plazas se cañonea a las víctimas. Y la
destrucción de barrios enteros se prosigue. Fue
una visión terrible para Bonaparte a su regreso
de Egipto,
en medio de las aclamaciones. La ciudad salvada lo recibió
varias veces. En 1815, regresando de la isla de Elba,
es un delirio. Y su proclama, al salir de la ciudad,
se termina por estas palabras: «Lioneses,
os amo».
Que se me perdone estas
digresiones, que me parecen bien ilustrativas. Ciertamente
sí: « recogió a Francia hecha polvo
». (3)
El CONCORDATO
firmado con la Iglesia Católica y el Consistorio
será aplicado hasta 1905, fecha de su ruptura
por las leyes Combes, con el drama de los inventaros
y los decretos de exilio de las comunidades. Pero esto
es otro episodio.
Hay sin embargo otra
parte de la población, denigrada y perseguida
hasta la acción liberadora de Napoleón
I, los
judíos. La cuestión que vamos a explicar
no figura en NINGÚN MANUAL ESCOLAR
francés, y este silencio «estrepitoso»
debe, de una vez por todas, ser roto (4).
Estatua
fúnebre de Pío VI
Obra de Cánova en la Basílica
de San Pedro, en Roma
|
El 30 de enero de 1800,
122 días después de la
muerte del Papa en la Ciudadela de Valence,
Napoleón firmó la orden
que permitía enterrar al cadáver
en el cementerio de Santa Catalina,
en dicha ciudad. Una vez instaurado
el Consulado, por un gesto virtuoso
y meritorio, el Primer Cónsul
renegó las bajezas del Directorio
para con Pío VI ordenando la
erección de un monumento a la
memoria del Santo padre y ordenó
el transporte de sus restos a Roma,
donde será inhumado en la Basílica
de San Pedro, a proximidad del sepulcro
del Apóstol. De hecho, estaba
previsto que se erigiese un mausoleo
espléndido en honor de Pío
VI, pero el pontífice había
hecho con anterioridad la petición
expresa de que se contentaran representándolo
de rodillas, en posición de plegaria
frente a la confesión de San
Pedro, deseo que Cánova respetó
fielmente en su obra, la cual se caracteriza
a la vez por su magnificencia, por la
humildad, y la dulzura de su tema, «sin
contar la gran fidelidad del parecido»,
precisa Quatremère de Quincy.
El pueblo de Francia, deseoso de reparar
las vergüenzas del pasado, conservará
también una reliquia del santo
prisionero gracias a la intermediación
de Monseñor Bécherel,
obispo de Valence, quien en la época
del Consulado, reclamó para su
ciudad episcopal el corazón y
las entrañas del papa mártir.
A petición de Cacault, su sucesor,
Pío VII, se dignó acceder
a cumplir ese deseo; llevado de vuelta
a Francia, el corazón fue colocado
en la catedral de Valence, sobre el
altar de la capilla de la Santa Espina,
en espera de que fuera puesto en el
pequeño mausoleo que se preparaba
para recibirlo.
|
 |
| Estatua
del Papa Pio VI
por Cánova |
|
|

Los
primeros contactos de Napoleón con los judíos
se produjeron durante la primera campaña de Italia,
en Áncona. A su entrada en la ciudad, percibió
entre la muchedumbre personas que portaban una estrella
amarilla en su abrigo. «¿Qué
es eso? - Son judíos mi general».
Se las hizo quitar y los liberó de sus guetos
en Venecia, Verona, Padua y más tarde en Roma.
Luego, en 1798, la ocupación de Malta en el camino
hacia Egipto le dará la ocasión de hacer
lo mismo y de permitirles construir una sinagoga. El
día de Pascuas de 1799 frente a San Juan de Acre,
hizo una proclama reconociéndoles el derecho
a un Estado independiente.
No creamos que en Francia
todo fue fácil. Como el abate Gregorio frente
a la Asamblea legislativa en 1791 ante una oposición
obstinada, tuvo que enfrentarse a adversarios muy antisemitas.
El mariscal Kellermann, Châteaubriand se desatan.
Y cuando el Emperador liberó a los judíos
por decreto en 1806, y enseguida convocó al GRAN
SANEDRÍN de 1807, luego el 26 de julio
de 1808 el de París en el Hôtel-de-Ville
(Ayuntamiento) – 111 representantes de toda Francia
y de Italia del Norte – ¡tuvo la desagradable
sorpresa de ser designado por el zar Alejandro como
«el anticristo y enemigo de Dios»!
(5)
Y el Santo Sínodo de Moscú declaró:
«con el objetivo de destruir las bases de las
iglesias de la Cristiandad, el Emperador de los franceses
ha invitado a todas las sinagogas judaicas y tiene el
proyecto de fundar un nuevo Sanedrín hebreo,
que es el mismo tribunal que antaño condenó
a la cruz al Señor Jesús».
|
| El
Gran Sanedrín, que se reunió
del 9 de febrero al 9 de marzo de 1807 |
|
En 2008, quedamos pasmados,
nosotros que estamos tan penetrados, legítimamente,
de las ideas de libertad y de igualdad de todos los
hombres. Ideas que profesaba naturalmente el Emperador
de los franceses, declarando en el Ayuntamiento: «Mi
único deseo es hacer de los judíos de
Francia ciudadanos útiles, de conciliar sus creencias
con sus deberes de franceses, y de alejar los reproches
que se ha podido hacérseles. Quiero que todos
los hombres que viven en Francia sean iguales y gocen
del conjunto de nuestras leyes».
Pero está íntimamente
penetrado de su rol de pacificador y de reconciliador
en una sociedad desquiciada por una década sangrienta,
a la que él va momentáneamente a temporizar,
para apaciguar esta deriva peligrosa. El 17 de marzo
de 1808, habiendo por fin logrado a firmar una alianza
con el zar de Rusia – vemos cuan, exteriormente,
todo es complejo para él – acepta publicar
un decreto restrictivo que limitaba las libertades acordadas
a los judíos. Era contra su consciencia. Y cuando
el 11 de abril de 1808, recibió una delegación
llegada de provincia para presentar las reclamaciones
de sus conciudadanos, se retractó. Su decreto
fue anulado, primero en trece departamentos, enseguida
en todo el Imperio. En 1811, la situación volvió
a la normalidad. Y los judíos pudieron acceder
a todos los empleos.
El Almanaque imperial
de 1811 menciona que la religión judía
es una de las tres religiones oficiales de Francia.
Perseguido por aquellos a lo que le tenía tanto
apego, dirá más tarde, en Santa Helena,
a su médico O’Meara: «Quería
liberar a los judíos para hacer de ellos ciudadanos
plenamente. Debía gozar de las mismas ventajas
que los católicos y los protestantes. Insistía
en que fueran tratados como HERMANOS,
puesto que somos todos los herederos del judaísmo».
Pero arrastrado a una
guerra sin fin que la Europa del Antiguo Régimen,
dirigida por Inglaterra, libra a la Francia nueva en
siete
coaliciones sucesivas, el Emperador de los franceses
rodea a Francia de glacis protectores, que él
moderniza…
Los franceses de 2008, a quienes nunca se les enseñó,
ignoran pues que en Europa, «todos los judíos
ven en Napoleón a su Mesías». Es
un enemigo de Francia, el ministro austriaco Metternich,
quien lo confiesa. Y por doquier, los judíos
prenden fogatas de felicidad con las puertas y barreras
que cerraban sus antiguos «guetos». ¡Pero
en 1815, guetos y estrellas amarillas reaparecieron!
No sabría terminar
mejor estas pocas líneas reveladoras más
que proponiendo extractos de la « Plegaria de
los hijos de Israel, ciudadanos de Francia y de Italia
» compuesta para el Emperador Napoleón
el Grande en el mes de Mar-Hechran del año 5667
(1807).
Qué
bienaventurados somos, cuan agradable es nuestra
suerte desde que colocaste a Napoleón
el Grande en los tronos de Francia y de Italia.
Ningún otro hombre es tan digno de reinar,
ni merece tantos honores y gratitud; él
dirige a los pueblos con una autoridad benefactora
y toda la bondad de su corazón.
Cuando los reyes de la tierra le han librado
batalla, tú, Dios, le has prodigado tus
beneficios, lo has protegido, le has permitido
someter a sus enemigos. Le han pedido misericordia
y él, en su generosidad, se las ha acordado.
Ahora, nuevamente, los reyes se han ligado para
traicionar los tratados y remplazar la paz por
la sangre de la guerra. Ejércitos se
han juntado para combatir al Emperador; he aquí
a los enemigos que avanzan y que nuestro amo
con su poderosa armada se prepara a rechazar
la agresión.
¡Oh Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza,
del poder y de la belleza, te imploramos mantenerte
cerca de él. Ayúdale, sostenle,
protégele y sálvale de todo mal.
Dile « Yo soy tu salvador » y dale
tu luz y tu verdad para guiarle.
Por piedad, desbarata los complots de todos
sus enemigos. Que en las decisiones del Emperador
aparezca tu esplendor. Refuerza y consolida
sus legiones y a sus aliados, que todos sus
movimientos estén marcados de inteligencia
y de éxito.
Dale la victoria y obliga a sus enemigos a inclinarse
ante él y a pedirle la paz. Esta paz,
él se las concederá pues no desea
sino la paz entre todas las naciones.
Dios de clemencia, Amo de la paz, implanta en
el corazón de los reyes de la tierra
sentimientos pacíficos para el mayor
bien de toda la humanidad. No permitas a la
espada venir donde nosotros a derramar la sangre
de nuestros hermanos. Haz que todas las naciones
vivan en la paz y la prosperidad eterna.
Amén. |
¿No sería
bueno que los franceses se interrogasen acerca de la
manera sectaria y errónea como se les ha enseñado
la historia de Francia en la escuela?
 |
Cantico
dirigido a Napoleón el Grande, Emperador
de los franceses y Rey de Italia
Por el ciudadano judío Moisés
Milliaud, 1806. |
|
En todas las sinagogas,
se rezaba por él. He aquí cómo
se terminaba en Vaucluse éste «cántico»
compuesto por Moisés Milliaud, «diputado
del departamento del Vauculuse en la Asamblea de los
Ciudadanos franceses que profesan el culto de Moisés»,
en París, de la Imprenta imperial, 1806 (6):
|
¡Napoleón!
Eres tú a quien el Señor ha ungido
para vendar las llagas de aquellos que tienen
el corazón quebrantado: todas mis alarmas
están calmadas; el que hizo prodigios
más grandes que los de Ciro, hará
también para nosotros milagros de bondad.
Los restos de la casa de Judá echarán
profundas raíces: van a cubrirse de frutos
abundantes.
¡Ah! ¿¡Cómo el Todopoderoso,
terrible en sus obras, no me ha dado una lengua
elocuente para celebrar tus loores en cantos
que pasen a todos los siglos futuros, como los
oráculos de Isaías inmortalizaron
el nombre de Ciro!?
Pero hoy estoy obligado a dirigirte la expresión
de mis votos en otra lengua, y a hacer pasar
mis pensamientos en una lengua extranjera. Ningún
serafín ha tocado mis labios, ni los
ha purificado por medio de un carbón
ardiente, ¿cómo entonces podría
escucharme, a mi quien, en los días de
mi juventud, no me ejercité para ese
talento, y a quien no instruyeron maestros hábiles?
Cuando yo estaba en mi tierra natal, hace ya
cuatro años, el día en que, por
la elección de toda una nación,
recibiste ¡O Napoleón!, el gobierno
para toda la duración de tu vida, cuando
los gritos de alegría que anunciaban
ésta feliz noticia, resonaron en mis
oídos, nuevos transportes se adueñaron
de mi alma; el entusiasmo se apoderó
de mí, y comencé a cantar las
grandes acciones del Héroe que llenaba
la tierra con su renombre. ¿Cómo
me callaría yo hoy en el seno de la ciudad
donde reside su majestad, cuando gozo de su
presencia?
¿Pero qué más puedo añadir
para expresar los sentimientos que me animan?
Jamás hombre semejante a él ha
aparecido en la tierra. ¡Puedan todas
sus empresas ser coronadas con el más
alto éxito!
¡Que el cielo, favorable a mis deseos,
le conceda largos años, y los hijos de
Israel sometidos a sus leyes ser inundados como
un río de paz! |
No eran nada, dispersos
en todas las naciones del mundo, SIN
TENER SIQUIERA ESTADO CIVIL, diezmados por sangrientos
«pogromos» en tantos países, sobre
todo en Europa oriental, ¡y helos aquí
ciudadanos libres!

Atravesemos
los años y los océanos. Estamos en Santa
Helena, la «pequeña isla», como
lo había escrito el colegial de Briena en un
cuaderno de geografía al final de un capítulo
sobre el Imperio británico – que extorsionaba
a todos los navíos cruzados en todos los mares
del orbe. El doctor O’Meara, citado más
arriba, conquistado por la bondad natural y la inteligencia
luminosa de su ilustre paciente, fue el primero en dejar
dos grandes tomos de « Memorias » acerca
del cautiverio. Irlandés y oficial de la «Royal
Navy», fue echado por el gobernador Hudson Lowe
bajo las órdenes de Bathurst, ministro de las
colonias. Describiendo las condiciones de vida de los
franceses en Longwood – techumbres de papel alquitranado
que dejaban pasar las lluvias tropicales, invasión
de ratas enormes, etc. (7) –
sus dos tomos de Memorias le abrieron los ojos al mundo.
Su despido de 1818 había tenido un precedente
con el doctor Warden que atendió a Napoleón
a bordo del «Northumberland», y que fue
expeditado a Londres en el acto y degradado.
Hubo el tercer caso del doctor Stokoe, médico
a bordo de uno de los navíos de guerra que cruzaban
alrededor de la isla, llamado en urgencia durante una
crisis de hepatitis aguda del Emperador. Reveló
a los franceses que el 1/3 de las tripulaciones moría
de hepatitis aguda (8). Despedido
y degradado, tuvo que volver a Londres él también…
¡y comparecer ante un Consejo de Guerra!
Durante
sus conversaciones con O’Meara, el Emperador
le dijo un día: «Después
de Dios, os debéis a vuestra patria y a
vuestro soberano, enseguida a vuestros semejantes»;
eso el 6 de mayo de 1816. Lo cual nos lleva de
vuelta al corazón del tema.
Las veladas son
largas en Longwood. Los centinelas, vigilando
la entrada del jardín, montan entonces
una guardia estrecha al ras de los muros de la
casa, de la puesta a la salida del sol. Un oficial
inglés está de hecho en una recámara,
a dos pasos del Emperador y debe enviar día
a día su reporte al gobernador…
Napoleón,
lector insaciable, comenta para sus amigos. Una
noche, trae su Biblia. Démosle la palabra:
– «Creo
saber en materia de hombres y os digo que Jesucristo
no era un hombre». Y otra
noche:
– «Es
cierto que Jesucristo propone a nuestra fe una
serie de misterios, sin dar más razón
que esta: Soy Dios. Pero una vez admitido el carácter
de divinidad de Cristo, el cristianismo se presenta
con la precisión y la claridad del álgebra…
Apoyado en la Biblia, el Evangelio se aclara y
los dogmas se refieren a ella como los anillos
sellados de una cadena. El mundo es un enigma.
Ahora, aceptad a Jesucristo y tendréis
una admirable solución de la historia del
hombre. El Evangelio posee una virtud secreta
que actúa sobre el entendimiento y encanta
al corazón. No es un libro, es un ser vivo,
una acción, una potencia que invade todo
lo que se opone a su extensión»…
(1821).
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El
pináculo de la libertad
Caricatura satírica
de James Gillray, 1793 |
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Célebre
imagen inglesa perteneciente a la
serie «El zénit
de la Gloria francesa».
En esta «vista en perspectiva»,
el famoso dibujante denuncia las exacciones
cometidas por los revolucionarios
bajo la bandera de la igualdad
y de la libertad, así
como el asesinato de «la religión,
la justicia, la lealtad…».
Más tarde, en 1799, el obrero
que había cerrado la caja de
Pío VI había exclamado:
«el último Papa ha muerto»;
«el papado ya está acabado
y la iglesia católica está
terminada», pero los católicos
ingleses cantaban en sus iglesias:
«Los tronos y las coronas
pueden perecer, Los reinos pueden
surgir y caer, Pero a Pedro firme
y alerta en el timón, Siempre
los siglos deberán mirarlo».
Y es que era cierto que Pío
VI había fallecido, pero no
lo era que el Papa estuviera muerto.
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Al leer estas líneas,
estas palabras pronunciadas tan cerca de la muerte,
pensé en Blaise Pascal. Y estas palabras se unen
a lo que había dicho al conde de Ségur
la víspera de la Consagración: «La
superioridad de la razón da la fe».
El día siguiente
a la muerte de su amigo de infancia, Cipriani, en Longwood,
había sido necesario apelar al pastor anglicano
de Jamestown, en 1818 – «¿Dónde
está su alma? Se pregunta el Emperador.
Tal vez se fue a Roma para ver
a su mujer y a su hijo, antes de emprender el largo
y último viaje».
En Roma, su madre, Leticia,
y su tío, el cardenal Fesch, se conmueven. Las
cartas son raras y abiertas por el gabinete británico.
Indignamente engañados por un emisario de Metternich,
creen que Napoleón ya no está en Santa
Helena, que está liberado. El Papa Pío
VII, por su parte, sabe, y su mensaje al Congreso de
Viena, muestra su corazón y su lucidez:
– «Napoleón
es desdichado, muy desdichado, nosotros hemos
olvidado sus entuertos (9).
LA IGLESIA
NO DEBE JAMÁS OLVIDAR SUS SERVICIOS.
Él hizo a favor de su sede lo que ningún
otro tal vez, en su posición, habría
tenido el valor de emprender. No le seremos
ingratos. Saber que este infortunado sufriría
por nosotros es ya casi un suplicio sobre todo
en el momento en que pide un sacerdote para
reconciliarse con Dios. No queremos, no podemos,
no debemos, no debemos participar en nada en
los males que sobrelleve, deseamos al contrario
desde lo más profundo de nuestro corazón
que se los aligere y que se le haga la vida
más dulce. Pedid esta gracia al príncipe
regente de Inglaterra».
Ninguna respuesta, evidentemente.
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El Papa Pío
VII , por Auguste Garneray
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Cuando desembarcó
en Santa Helena la pequeña caravana, en 1818,
¡que decepción!
El doctor Antommarchi
no tenía el grado de doctor, siendo simplemente
prosector (disecciones) n la Academia de medicina de
Florencia. Y de los dos frailes, hombres simples y buenos,
los abates Vignali y Buonavita, éste último,
debilitado y tullido, tuvo que ser reembarcado para
Europa. Cuando el abate Vignali dijo su primera misa
del domingo en Longwood, el Emperador tuvo un momento
de dicha: «Henos aquí
vueltos a ser cristianos», dijo.
Entre la partida de
O’Meara en 1818 y la llegada de Antommarchi en
1819, se había quedado sin médico. Se
tuvo que recurrir al Mayor Arnott, sus sufrimientos
físicos tornándose intolerables. Se queja
amargamente del tratamiento que le inflige el gobierno
británico. Pero los mayores Arnott, Harrison
y Reade quienes seguirán su estado de salud hasta
1821 y enviarán sus reportes al gobernador, obligatoriamente,
osan escribir: «el doctor Arnott piensa que la
enfermedad del general no es seria». Y Harrison
escribe a Sir George Bingham: «comienzo a creer
que toda esta historia de su enfermedad es pura comedia».
Inglaterra rebasa los límites de la vergüenza.
¿Hacia quién
voltearse sino hacia Dios?
Los últimos meses, sigue la misa desde su catre
de campaña; se abre la puerta de la pieza contigua
donde los pequeños Bertrand, en trajes litúrgicos,
sirven en el altar.
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El
Rey de Roma (Napoleón
II) durmiendo
(1811)
Pintura alegórica de Pierre-Paul
Prud’hon (1758-1823) |
| «
Haced de él
un buen francés y un buen cristiano:
uno no va sin el otro »,
dirá el Emperador
Napoleón a la aya de su hijo, Madama
de Montesquiou. |
|
Al estarle prohibida
toda correspondencia con su mujer y su hijo, sus noches
están pobladas de sueños en los que trata
de tomarlos en sus brazos y se le escapan, se desvanecen…
Cuando despierta, es para oír los pasos y los
consignes de los centinelas y los galopes de las ratas
entre las dobles láminas de las vallas…
A veces, quiere levantarse y cae, se revuelca en el
suelo gimiendo, gritando de dolor
físico y moral…
– « Francia
me ha dado la corona imperial, Italia la corona de hierro;
Inglaterra me da la más bella, la del Salvador:
una corona de espinas ».
Y es su testamento,
escrito en su catre de campaña, con un cartón
sobre sus rodillas:
– «Muero
en la religión católica, apostólica
y romana, en la que nací, hace más de
cincuenta años… deseo que mis cenizas reposen
a orillas del Sena, en medio de ese pueblo francés
al que tanto amé…»
Monumento en el que no olvida a nadie hasta los más
humildes servidores, tesoro de nuestros «Archivos
nacionales». Lo confía al abate Vignali
bajo el sello de la confesión. El 5 de mayo de
1821, a las 17h 49mn, devuelve a Dios su gran alma.
El pañuelo que enjugó sus dos últimas
lágrimas será conservado en su familia,
enseguida en los Inválidos.
En el registro mortuorio del templo anglicano de Jamestown,
se puede leer, entre los nombres de dos esclavos, negros
o chinos:
« General Buonaparte:
5 de mayo de 1821 »
Y bajo la loza sin nombre,
en 1840,
se hallará su cuerpo intacto. Longwood se había
vuelto a convertir en una granja destartalada.
Al anuncio de su muerte
en julio, en Londres, los liberales – los famosos
«whigs» – llaman a la población
a llevar el duelo del héroe, detrás de
lord y lady Holland que tanto habían tratado
de socorrerlo. Invitan a los admiradores del héroe
a señalarse por un velo negro anudado en la solapa.
Son legión. En el Parlamento, lord Holland fustiga
a sus adversarios: - «Temed que se compare su
suerte a la de Juana de Arco».
¿Se sabe esto acaso?
| El
15 de diciembre de 1840, en Los Inválidos,
Monseñor Affre, futura
víctima de las barricadas de 1848, dice
el «Oficio de los mártires»
frente a su féretro.
¿Se sabe esto acaso?
En Washington,
en el zoclo del monumento fundador de la Unión,
fue sellada una piedra proveniente de la tumba
de Santa Helena.
¿Se sabe esto acaso?
En Alise-Sainte-Reine,
cerca de Dijon, – la antigua Alesia –
es elevada la estatua del héroe de las
Galias, Vercingetórigue (10).
En su zoclo, fueron colocados cofres de tierras
de Ruán, de Verdun, de Santa Helena.
¿Se sabe esto acaso?
¿Y por
qué no terminar por dos citas notables,
bien ignoradas en Francia?
BYRON:
« Y yo, extranjero a Francia, compatriota
de los verdugos de Napoleón, quise echar
algunas flores sobre su tumba, para esconder el
oprobio de mi país ».
|
 |
Mons.
Denis-Auguste Affre (1840-1848)
Arzobispo de París |
|
|
Y sobre todo BEETHOVEN,
confiando a su amigo Peeters (Carnets de conversación):
«él tenía el sentido del arte y
de la ciencia, DETESTABA LAS TINIEBLAS.
Fue el protector del DERECHO y
de las LEYES. No pude soportarlo
en otro tiempo, HOY, PIENSO MUY DIFERENTEMENTE».
Testimonio capital que los autores de manuales escolares
en Francia, ignoran por supuesto totalmente, ¡qué
lección!
¿Se sabe esto acaso?
Y cada domingo, hasta
2008 y siempre, la Gran Misa en Nuestra Señora
de París, se termina, con los grandes órganos,
por una plegaria por «el Emperador Napoleón
I».
¿Se sabe esto acaso?
Para concluir,
voy a dar la palabra al Emperador mismo. En
el transcurso de las conversaciones y lecturas
de la noche, en Longwood, cerca de sus últimos
fieles, y a veces con la Biblia en la mano,
como lo he citado más arriba, alguien
le preguntó: «¿Cuál
fue la jornada en la que fuisteis más
feliz?».
Y él, sin vacilar, por encima de su matrimonio,
de la Consagración o de Austerlitz y
del nacimiento de su hijo… respondió:
«el día de
mi primera comunión» (11).
¿Se sabe esto acaso?
El bucle se
ha cerrado. Volvemos por encima de esos años
únicos en la Historia al principio de
mi exposición. ¡Cuántos
descubrimientos para nuestros buenos franceses,
a quienes se les ha tan indignamente engañado!
|
|
Renée
Casin.
NOTAS:
1) Hoy Brienne-le-Château:
http://www.ville-brienne-le-chateau.fr/
2) Nominación de los obispos – artesanos
de la reconciliación y pacificación nacionales
– por el Estado; confiriéndoles el Papa
la investidura espiritual. Reorganización de
las diócesis a causa de la organización
de los departamentos.
3) La expresión francesa es menos literal que
nuestra traducción, pero ciertamente más
poética, y bien merece un comentario: «
Napoléon ramassa la France à la petite
cuiller », Napoleón recogió a Francia
con cucharita.
4) [En complemento a este tema], les presento pues in-extenso
el pequeño
estudio que hice publicar en el mensual «Chrétiens
magazine» (nº 177) y que suscitó
muchos comentarios indignados de los lectores: «
¡nunca se nos habló de eso en la escuela!
» R.C.
5) A propósito de apodos tales como « Anticristo
», « Bestia del apocalipsis » o «
Diablo corso » con los que se caracterizaba tan
a menudo a Napoleón, la obra del Emperador a
favor del pueblo judío suscitó una auténtica
ofensiva de la prensa internacional. Hallamos un buen
ejemplo en este artículo del diario L’Ambigu:
« ¿Tiene acaso la pretensión
de hacerse pasar y reconocer por ellos por el Mesías
que esperan desde hace tanto tiempo? Es lo que el tiempo
nos desarrollará. No queda más que ver
en este anticristo luchar contra los decretos eternos
de la Divinidad: debe ser el último acto de su
existencia diabólica. » El odio del
clero español por Napoleón es bien conocido,
sin embargo fue en Rusia donde las reacciones fueron
más teñidas de rencor y de violencia,
incluso antes de 1812. En efecto, el Sanedrín
no había sido aun inaugurado y ya el Santo Sínodo
de Moscú difundía en todas las iglesias
ortodoxas del Imperio ruso: « Para acabar
de envilecer a la Iglesia, Napoleón convocó
en Francia a las sinagogas judaicas, devolvió
a los rabinos su dignidad y fundó un nuevo Gran
Sanedrín hebreo, el mismo infame tribunal que
antaño osó condenar a la cruz a Nuestro
Señor y Salvador Jesucristo. Y ahora osa pensar
en reunir a todos los judíos que la cólera
de Dios había dispersado sobre la faz del mundo
y lanzarlos a todos a la destrucción de la Iglesia
de Cristo para, oh audacia indecible que rebasa todas
las fechorías, que proclamen al Mesías
en la persona de Napoleón. »
6) Documento proporcionado por el Sr. Ben
Weider, coronel honorario en el ejército
canadiense, quien fundó filiales de la Sociedad
Napoleónica Internacional en 35 naciones del
mundo.
7) El mariscal Bertrand fue mordido en la mano durante
su sueño. Se mataban 6 a 7 de ellas al día.
8) A bordo del « Conqueror »: 112 hombres
sobre 600.
9) En 1809, ante la marina inglesa que amenazaba Roma,
el general Radet, sin órdenes de Napoleón,
raptó a Pío VII del Vaticano. El Emperador
hizo entonces transferir al Pala a Savona, y luego a
Fontainebleau. De ahí la fronda de múltiples
cardenales y la firma del Concordato de 1813, de inmediato
desaprobado por Pío VII. Napoleón le lo
mandó de regreso a Roma hasta 1814. Pío
VII se había negado a adherir al Bloqueo Continental.
Ahora, en 1807, la marina inglesa había bombardeado
Copenhague (500 muertos), no obstante siendo Dinamarca
un país neutro.
10) Visible a lo lejos, cuando se lo sabe, desde el
T.G.V., el Tren de Gran Velocidad.
11) La Primera Comunión de Napoleón tuvo
lugar el 14 de mayo de 1783 en Briena, siendo el servicio
oficiado por el abate Geoffroi. Su Confirmación
se llevó a cabo el 15 de mayo siguiente ante
el arzobispo de París, M. de Juigné, ocasión
que suscitó un episodio memorable que merece
su lugar en este espacio. Al no comprender la expresión
del pequeño Napoleón quien entonces pronunciaba
su nombre en italiano « Napoleone », el
obispo se lo hizo repetir varias veces, lo cual hizo
responder al niño, un tanto afligido: «
Señor, es que hay más
santos que días, y el mío no está
en el calendario ». Este recuerdo estaba
siempre presente en la mente del Primer Cónsul
quien, cuando prometió al Papa Pío VII
restablecer el culto católico en Francia así
como el calendario Gregoriano, pidió a Su Santidad
incluir a san Napoleón en el santoral. Pío
VII instituyó efectivamente el San-Napoleón,
el 15 de agosto, día del nacimiento del Emperador
y día de la Asunción de la Virgen. Sobre
este tema, es bien conocido que para preservarse de
la mala suerte, el Emperador Napoleón recurría
a una costumbre bien mediterránea que consistía
en hacer dos signos de cruz antes de emprender grandes
cosas; múltiples testigos mencionaron haber visto
a Napoleón persignarse de esa manera antes de
entablar una batalla. Lo que se sabe (y se dice) menos,
es que un ícono de la Virgen María acompañaba
a Napoleón todas las noches al momento de acostarse,
colocada detrás de su almohada. Una de esas imágenes
marianas estaba otrora expuesta en la Capilla de la
Caridad, en la isla de Elba. |