| Por
el Profesor |
Sir
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto
Napoleónico México-Francia,
INMF. |
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| E.
Garzón-Sobrado |
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«
Los hechos hablan por sí
solos, brillan como el sol.
¿De qué podrá
atacárseme que un historiador
no pueda defenderme?
¿Se me acusará de
haber amado demasiado la guerra?
¡Él mostrará
que siempre fui atacado!
»
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«
La Historia es una mentira que
nadie contesta » |
Napoleón
I. |
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Constituyendo
el principal pivote de acción
y polo geográfico que consolida
y consagra la representación
institucional y espiritual napoleónica
en América Latina, nuestro
Instituto Napoleónico
México-Francia busca
cristalizar múltiples objetivos
de los cuales los más importantes
son, sin lugar a dudas, la difusión
y el conocimiento de la historia y
la herencia napoleónica, así
como, sobre todo, la defensa de la
memoria y – término extraño
y hasta incomprensible en este principio
de Siglo XXI para la mayoría
– del Honor del EMPERADOR
NAPOLEÓN
I.
En efecto, es triste constatarlo,
las antífrasis embusteras,
las más arbitrarias maledicencias
y difamaciones baratas – en
una palabra el «
pensamiento único napoleónico
» que tan lúcidamente
denuncia el historiador francés
Jean-Claude
Damamme – han sido
a lo largo de los últimos 190
años intrusas constantes en
el marco de los estudios consagrados
a Napoleón y al Imperio.
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Forjado
con tanta astucia como malicia y difundido
a placer por los oligarcas plutócratas
del Gabinete de Londres y sus comparsas
tras el desmoronamiento del Imperio, este
cúmulo de mentiras, conocido comúnmente
como « la Leyenda Negra
» del Emperador, ha sido complacientemente
difundido hasta el hastío por historiadores
y escritores de mala fe, por toda clase
de autores oportunistas, o en muchos casos
simplemente desidiosos, hasta permear
y anclarse de manera perentoria en el
imaginario colectivo de un público
complaciente y confiado.
Explotada sistemáticamente,
resurgiendo con fuerza de manera periódica
y, en tiempos recientes, con encono y
premeditación como mínimo
extraños, esta enfadosa tendencia
se expresa esencialmente por medio de
la repetición perseverante de estereotipos
falaces e insidiosos constantemente machacados
al público no experto en la materia,
descarriando su opinión y transformando
así lentamente la mentira franca
en una « verdad »
supuestamente incontestable, y que aunque
absolutamente ilusoria, no deja de ser
menos oficial... En este contexto
desconcertante, y sin buscar ir más
lejos, podemos citar por ejemplo la imagen
por desgracia típica del supuesto
matasietes megalómano,
del conquistador obsesivo devorando
al mundo con avidez para satisfacer su
inagotable ambición personal.
Lejos de estas vulgares
caricaturas de vodevil, es un hecho histórico
demostrable que el Emperador Napoleón,
símbolo encarnado universal
de la resistencia ante las fuerzas invasoras
de opresión, último campeón
de la civilización Latina
en su lucha secular ante la amenaza
de las miras políticas y económicas
expansionistas anglosajonas, no
declaró nunca una sola guerra,
y que no participó en las incesantes
y cruentas batallas que le fueron
impuestas por las innumerables Coaliciones
europeas orquestadas y financiadas por
Inglaterra
más que contra su voluntad
y en estado de legítima defensa
de Francia y la propia. Es ésta
una realidad irrecusable que nos permite
certificar con aplomo y formal certeza
que las erróneamente llamadas «
Guerras Napoleónicas »
– expresión tendenciosa y
deshonesta que juega con un astuto artificio
dialéctico concienzudamente maquinado
para disfrazar lo que sería más
apropiado llamar « las Guerras de
las Coaliciones » – las
llamadas «Guerras Napoleónicas»
afirmábamos, ¡nunca
existieron!
Muy al contrario,
a lo largo de su fabuloso reinado
y hasta su inmolación ominosa
en un sombrío y remoto
peñasco en nombre de Francia,
de su integridad, de los valores
emancipadores y de los nacientes
derechos civiles – piedra
de ángulo de la moral y
de los fundamentos cívicos
de nuestro mundo libre contemporáneo
– Napoleón
nunca cejó en su búsqueda
de una paz durable, no
retrocedió jamás
ante ningún sacrificio
en sus esfuerzos por entablar
puentes de diálogo y apaciguar
a los enemigos agresores de Francia,
potencias conjuradas a sueldo
de la feroz talasocracia de los
Pitt y de los Castelreagh, esa
« pérfida Albión
» y su oligarquía
mercantilista que no podía
tolerar que tanto su hegemonía
comercial, como sus proyectos
de expansión colonial se
vieran amenazados por la Francia
gloriosa, Latina, próspera,
y floreciente del Consulado, y
enseguida del Gran Imperio francés.
Lavar
la memoria y velar por el honor
del Emperador Napoleón,
así como dar a conocer
al mundo hispánico su verdadero
rostro, el del gran genio creador,
del inigualable legislador, del
incansable constructor, del magnífico
mecenas y guardián de las
artes y las ciencias, constante
promotor de la paz y extraordinario
artífice del mundo moderno;
tales son el objetivo esencial
y la función central desarrollados
cotidianamente y en un esfuerzo
permanente por el Instituto
Napoleónico México-Francia.
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Modelo
de un retrato
del Emperador
Napoleón,
por David.
Realizado
en 1807, el
cuadro definitivo,
hoy perdido,
se encontraba
expuesto en
el Palacio
de Cassel,
donde reinaba
el rey Jerónimo
de Westfalia.
En esta magnífica
representación,
vemos al Emperador
en una actitud
de plácida
majestad,
con mirada
baja y serena,
observando
a sus pueblos.
De pie junto
al trono imperial,
ha posado
la corona
de Carlomagno
y la Mano
de Justicia,
« vara
de la virtud
y de la verdad
», para
tomar el globo
crucífero,
símbolo
del mundo,
coronado por
la cruz del
rey San
Luis.
« Está
bien, está
muy bien,
David. Habéis
adivinado
todo mi pensamiento.
Me habéis
hecho un caballero
francés
», dirá
el Emperador
a su pintor
oficial. |
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Agosto
de 2004. |

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