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NAPOLEÓN, MÉXICO Y AMÉRICA
 
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Armas del Imperio Mexicano.
Armas del Imperio de México
 
NAPOLEÓN Y MÉXICO: EL CONTEXTO HISTÓRICO
 

Aunque este aspecto de la historia de México no ha sido extensivamemente estudiado – de hecho podríamos incluso decir que ha sido voluntariamente escamoteado, y es aún muy mal conocido por el público en general, la figura del EMPERADOR NAPOLEÓN I es absolutamente fundamental para Iberoamérica, y muy en especial para la historia de México.

Seamos pues muy claros al iniciar nuestra exposición: el Emperador Napoleón y la generosa Francia de su tiempo siempre se mostraron de manera abierta y declarada favorables a la independencia de las naciones americanas, a su nacimiento y desarrollo, mientras por el otro lado, Inglaterra, y muy en especial los jóvenes Estados Unidos de América, siempre siguieron con gran atención el desarollo de dicho proceso con fines de ambición y mera especulación, esperando pacientemente pero a la vez intrigando y actuando de manera activa con el fin de ocasionar nuestro fracaso como naciones libres y, a la larga, hacerse de nuestros postreros despojos.

Pero primero que nada remontemos a la intervención del Emperador en España, de tan funesta memoria en los registros de la epopeya Napoleónica, para penetrar y asimilar el contexto que permitió la gestación de las ideas de emancipación en la América española.
La cuestión española es bien conocida, pero merece una mención renovada para entender bien los procesos que desencadenaron acontecimientos de tan vastas proporciones en nuestro continente.

Napoleón I en traje de  la Coronación, por el Barón Gérard (1805).
S.M. I. y R. Napoleón I
Emperador de los franceses y Rey de Italia
« Las jóvenes naciones de la América han lanzado un grito de la Independencia; los deseos del Universo los acompañan en una lucha tan gloriosa ». Napoleón, 1812.

Rememorando el contexto en el que se desarrolla la Guerra de España, señalemos que la flota francesa había sido destruida en la batalla de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805; Inglaterra se aseguraba definitivamente ya el dominio completo de los mares, no era por ende posible invadirla por vía marítima. Buscando entonces afanosamente doblegarla obligándola a firmar de nueva cuenta la anhelada paz que la belicosa Albión había ya violado unilateralmente tras el tratado de Amiens, Napoleón decidió forzarla a respetar una paz durable por otros medios: llevándola a la quiebra económica. Para ello, se le prohibiría el acceso a los puertos de Europa, cerrando así el continente al comercio y a los tráficos mercantiles británicos. No obstante, para poder concretar este proyecto desproporcionado, colosal, era preciso que España, que se decía un reino amigo, fuese ante todo un aliado seguro, y en ese sentido, Napoleón concertó con la corona española el célebre y secreto Tratado de Fontainebleau. Esta convención estipulaba que ambas naciones atacarían a Portugal, aliado constante de los ingleses y cabeza de puente de desembarco de productos comerciales, armamento y tropas de invasión, dando el Rey de España para ese efectosu consentimiento a fin de que las tropas francesas pudiesen ingresar en su territorio y llevar a cabo operaciones en él. Como vemos pues, ya desde ahora estamos muy lejos de la supuesta « invasión » de las tropas francesas que con tanta saña se le ha achacado a Napoleón.

Batalla de Somosierra, el 30 de noviembre de 1808.
Óleo de Louis-François, barón de Lejeune ( 1775-1848).


Para terminar este muy breve vistazo del tablero político del momento, recordemos tan sólo que después de la entrevista con el zar Alejandro en Tilsit, Napoleón se espera que Inglaterra, echada de Europa del norte, expulsada de Portugal, y contenida en Italia, intentara forjar una nueva coalición, volviéndose ésta vez furiosamente contra el « vientre flojo » español, con el objetivo de intentar encender en él un nuevo foco de guerra. En estas condiciones, más que prioritario, era vital para Francia impedir la creación por Inglaterra de un nuevo frente bélico a sus espaldas.
Ahora bien, en teoría todo parecía marchar de buena manera, e incluso se podía pensar que bastaba con mantener la alianza en vigor para conservar la seguridad en la frontera española; sin embargo, en realidad las cosas eran muy diferentes y, en efecto, ya se podían percibir en la cada vez más dudosa alianza española los signos inquietantes de una fragilidad más que manifiesta.

En Madrid, el Rey Carlos IV, a quien cada mexicano recuerda gracias a la célebre efigie del escultor Manuel Tolsá, conocida por todos como El Caballito, vegetaba mientras España, reino desvirtuado y en total decrepitud, era en realidad gobernada por el astuto y traicionero ministro Manuel Godoy, amante descarado de la reina María Luisa, esposa legítima del soberano español. Por su parte, el débil y pusilánime rey Carlos IV cerraba los ojos y permitía mansamente esta situación, no obstante tan vejatoria y deshonrosa tanto para él como para toda la corona.

Don Carlos IV, rey de España

Por esta y otras razones ciertamente menos jocosas, y para completar este patético cuadro, el desacreditado y en añadidura plebeyo Godoy no era bien visto por los arístocráticos círculos allegados al rey, lo cual llevaría a éstos últimos a conspirar con un ardor siempre creciente con el objeto de entronizar al príncipe don Fernando, hijo mayor del soberano. En efecto, nada ajeno a estas maquinaciones, don Fernando, heredero de la corona, estaba urdiendo de manera activa un complot tanto contra su padre como contra Godoy, a quien de hecho despreciaba profundamente y consideraba un feudatario ordinario y advenedizo.
Más allá de ese contexto local más que preocupante, los franceses tuvieron primero la prueba fehaciente de que la corte de Madrid maniobraba en el doble juego y en el disimulo constantes. Citando un evento que, como tantos otros de su naturaleza, es omitido de manera sistemática y deliberada por la historia oficial y la enseñanza pública, recalcaremos que cuando Napoleón pasó por Potsdam en 1806, durante la
campaña de Prusia, se topó por casualidad con una correspondencia entre el rey de España Carlos IV y el rey de Prusia, olvidada por éste último durante su huida frenética del palacio tras la derrota humillante de su ejército en la doble batalla de Jena y Auerstaedt.
Haciendo gala de su duplicidad habitual, el Borbón español, en dicha misiva, se ofrecía abierta y obsequiosamente a « atacar por la espalda » a su aliado Napoleón mientras éste se encontraba lejos y ocupado en la lejana Prusia.
Por su lado, el Infante Fernando trataba de apantallar a los franceses dando muestras de una francofília teatral y de pura fachada, mientras, en realidad, su correspondencia privada bullía de odio y de desprecio hacia los franceses y para con Francia toda entera.

En el otoño de 1807, la querella de la familia real española se exacerba alcanzando grados bochornosos, y los protagonistas, inmersos en un dédalo inextricable de confusión y de rivalidades larvadas, se vuelcan sobre el Emperador haciendo de él el árbitro de sus diferendos. El rey, a quien a esas alturas ya ninguna indignidad asustaba, acusa a su hijo de conspirar para destronarlo, e incluso de buscar atentar contra la vida de la reina, su propia madre; nada menos.
Al mismo tiempo, don Carlos le pide a Napoleón « ayudarle con su luz y con sus consejos ». Mientras tanto, el príncipe heredero, el apocamiento encarnado, le implora lloriqueando literalmente al Emperador tomarle bajo su protección para defenderlo de Godoy, quien le humilla y de quien sospecha quererle desposeer.
En esta situación surrealista y de constante degradación, Carlos IV, a principios del año 1808, manda arrestar a su hijo, sólo para ponerlo en libertad poco después. Todas estas circunstancias burlescas empiezan a impacientar a Napoleón, quien observa cómo su frágil « aliado » y vecino inmediato se convierte poco a poco en un eslabón más que débil en su gran proyecto político-económico continental, pero sobre todo una puerta latente, inminente de entrada para las fuerzas de incursión inglesas. Por lo demás, ciertamente el emperador de los franceses no sentía gran aprecio por este país hermético y degradado que, a ojos del resto de Europa, lo había perdido todo de su grandeza y glorias pasadas.

 Don Manuel Godoy

Con el fin de evitar el desembarco de los destacamentos británicos en ese país, y, como vimos anteriormente, con el aval previo y la participación del soberano español, las tropas francesas entran en territorio íbero. Sin embargo, los eventos se precipitan. Los días 18 y 19 de marzo la situación se agrava aún más al estallar una serie de disturbios conocidos como la revuelta o la insurrección de Aranjuez, fomentados por los partidarios de don Fernando e impulsados por éste último. Lejos de imaginar defender su causa y deberes para con la Casa Real, los reyes de España conciben entonces abandonar Madrid y dirigirse a América. Olvidando su título y dignidad, y sin la menor decencia, la reina destituida escribe al mariscal Murat para « que obtenga del Emperador que se le de al rey, mi esposo, a mí misma y al príncipe de la paz [su amante Manuel Godoy], lo necesario para vivir los tres juntos, en un lugar conveniente para nuestra salud, sin autoridad y sin intrigas ». No obstante, los propios españoles, dotados de valores y principios muchos más firmes que sus dirigentes, impiden esta fuga ignominiosa al manifestarse en contra de Godoy, quien había les aconsejado la huída a los soberanos pensando en el provecho exclusivo del príncipe Fernando... A la larga Godoy termina encarcelado y, de manera vergonzosa, Carlos IV se tiene que resignar a « abdicar en favor de su bien amado hijo, el príncipe de Asturias ». Es así como éste último, el 19 de marzo, se proclama rey de todas las Españas bajo la apelación de Fernando VII.
Consciente de la fragilísima estabilidad de la corona, pero también echándole el ojo al trono de España, el mariscal Murat, sin recibir órdenes del Emperador para tal efecto, decide por su propia cuenta ocupar Madrid, el 23 de marzo de 1808, y todavía se las arregla para hacer que el antiguo rey se eche para atrás en su abdicación. Carlos IV justificó la anulación de su renuncia con el pretexto de que, supuestamente, ésta le había sido « arrancada con violencia », y decidió entonces recurrir directamente a Napoleón en busca de apoyo, a la vez que el Emperador era solicitado por Fernando VII igualmente...

 El rey don Fernando VII

El rey don Carlos IV le escribe al Emperador Napoleón la siguiente y muy interesante misiva, que todos deben conocer: « He sido forzado a abdicar, pero, plenamente confiado, hoy en día, en la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre se ha mostrado mi amigo, he tomado la resolución de conformarme en todo a lo que ese gran hombre decida en cuanto concierne a mi suerte, la de la reina y la del príncipe de la paz. Dirijo a Vuestra Majestad mi protestación contra los eventos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me remito y me confío por completo al corazón y la amistad de Vuestra Majestad ».
Como vemos, Carlos IV, quien reniega de su abdicación, obtenida por coacción, se remite enteramente a Napoleón para que él resuelva el problema español. Esta carta no sólo es reveladora, es sobre todo incontestable.

De esta forma, tras mucho cavilar pero impulsado por los consejos del astuto príncipe de Talleyrand, Napoleón acepta y concede su « mediación » en el conflicto que divide y desgarra a la dinastía española.
Entre tanto, Junot ha obtenido ya algunas victorias en Portugal, y las tropas de apoyo del Emperador se encuentran ya firmemente posicionadas en territorio íbero.

En estas condiciones ricas en embrollos caóticos y sórdidas intrigas, el Emperador invita a todos los actores de la comedia a alcanzarlo en Bayona, en donde se firmará el famoso Tratado del mismo nombre.

Rendición de Madrid

Antes de su partida de París para Bayona, el Emperador Napoleón dirige una muy firme y austera carta al mariscal Murat, llena a la vez de reproches y de instrucciones claras a fin de evitar que la situación se agrave más con más e indeseables iniciativas propias. Nos parece importante publicar aquí un extracto revelador de este documento:

« (…) Me temo que os equivoquéis acerca de la situación de España y que os engañéis a vos mismo. No apruebo el partido que tomó Vuestra Alteza Imperial de apoderarse tan precipitadamente de Madrid. Daré aviso ulteriormente del partido que deberá tomarse. Os las arreglaréis para que los españoles no puedan sospechar el partido que he de tomar. Esto no os será difícil: yo mismo no tengo idea. Se tendrá para con el habitante los más grandes miramientos. Se respetarán principalmente las iglesias y los conventos. Si la guerra se prendiese, todo estaría perdido ».

Detengámonos un minuto en esta carta importantísima, que demuestra perfectamente que en el momento de su partida hacia Bayona, Napoleón no sólo no prepara ninguna « emboscada » como tanto se ha dicho y se repite insulsamente, sino que, como es evidente, no tiene en mente ninguna clase de plan de agresión armada y menos aún de conquista de España, a donde se dirigía como invitado y como mediador. Resulta igualmente manifiesto que el Emperador busca un arreglo pacífico que a la vez garantice la seguridad de Francia y arregle el conflicto familiar en España, pues, como lo fue siempre a lo largo de su reinado, el Emperador buscaba ante todo evitar la guerra. Recalquemos que la guerra de España, como todas las demás que tuvieron lugar durante el Imperio, no fue una guerra de conquista. Muy al contrario, de hecho, puesto que en el momento del reencuentro de toda la familia real, el día 30 de abril, don Fernando, a cambio de su reconocimiento por Napoleón como rey legítimo, le promete llanamente que su reino será « todo a la devoción de Napoleón ». En cuanto al rey Carlos IV, quien literalmente suplica a Napoleón impedirle a su hijo don Fernando apoderarse del trono de España, le escribe al príncipe de Asturias una misiva llena de reproches, declarándole que sus crímenes le impiden sucederle al trono y que « España no podría ser salvada más que por el Emperador ».

Entre tanto, Madrid se inflama al estallar una insurrección general, y al unirse el ejército español a los sublevados civiles. La conflagración es abominable, y los soldados franceses que son sorprendidos por la chusma son masacrados en masa. La barbarie y brutalidad con las que son perpetrados estos actos son pasmosos, y el día siguiente, Murat, primero madrugado y ahora respondiendo al tú por tú, sofoca la insurrección durísimamente y sin ninguna clase de miramiento. Poco después, llega a Bayona la noticia de la insurrección y represión sangrientas de Madrid, la tristemente famosa jornada del « Dos de Mayo », inmortalizado –bien hace falta admitirlo– tendenciosamente y con fines de propaganda por Francisco de Goya y Lucientes.

Estatua de Carlos IV 
En nuestra imagen, vemos esta elegante obra de Manuel Tolsá durante su estancia en el antiguo claustro de la Universidad de México. En 1824, se llegó a formular una propuesta para remplazar la cabeza de esta efigie por otra representando a la de don Agustín I, libertador y emperador de México. Daguerreotipo de Jean Prelier, 1839.

Como sabemos, los detractores y enemigos de Napoleón le acusan de haber tendido una trampa maquiavélica en España, y califican la entrevista entre el Emperador y la familia real española como la « celada de Bayona ». Como hemos visto, si existió jamás una emboscada, no está de más decir que al contrario, de muchas maneras, ¡ésta le fue tendida a Napoleón!
De hecho, la situación no era vista de otra forma en su momento, pues como se ha dicho, todo tendía a demostrar que la sublevación había sido organizada por los partidarios de don Fernando. Confrontados a su pérfido hijo, el rey y la reina, furiosos, le acusan nada menos que de haber sido él quien ha fomentado la insurrección. Esto es tan cierto que, en otra escena vergonzosa, la reina llega hasta golpear a su hijo en pleno rostro, le trata públicamente de « bastardo », e incluso no tiene reparos en amenazarle llanamente con llevarlo al cadalso.

Por desgracia, en este ambiente deletéreo que ya ha perdido todo tinte cómico para tornarse plenamente en una situación de un inquietante patetismo, Napoleón cederá igualmente a la cólera y caerá en uno de los errores de juicio más graves de su reinado. Impacientado al más alto grado, le ordena a don Fernando que antes de la media noche reconozca a su padre como lo que es, el rey legítimo de España, y dar a conocer públicamente la noticia en la capital so pena de ser tratado como un rebelde. Consternado, pero dando muestras una vez más de su débil carácter, Fernando, cabizbajo, se somete a la voluntad del Emperador y acepta servilmente la propuesta que le ofrece Talleyrand de retirarse al castillo de Valençay, donde, muy confortablemente instalado y dotado, dedicará gran parte de su tiempo a los festines y agasajos fantásticos con sus cortesanos.

Entre tanto, ese mismo día Carlos IV hace oficial su promesa de cederle a Napoleón todos sus derechos al trono de España, recibiendo a cambio una formidable renta de 30 millones de reales, amenizada además con los castillos y jardines de Compiègne y de Chambord. Fue así como, el 5 de mayo de 1808, lejos de haberlo perdido por invasión, violencia o coacción, los Borbones de España, muy al contrario, renunciaron voluntariamente a su trono cediéndolo a precio de oro, tierras y palacios.
Digamos de paso, pues es digno de mencionarse, y para quien aún dudara, que, algunos días más tarde, cuando el rey José I les sucede, Fernando, libremente y de su propio movimiento, le prestará lo más naturalmente del mundo « el juramento que le debo, así como el de los españoles que están conmigo ».

Sea como sea, y causa pesar decirlo, para los intereses de Francia la aventura de España terminará siendo un error político grave. Años después, deportado y recluido en la isla de Santa Helena, el Emperador lo reconocía y se lamentaba amargamente de ello: al caer, como él la llamaba, en la « fosa cubierta de flores » española, había puesto el dedo en un engranaje mortífero, que acabaría por roer lentamente al Imperio hasta derrumbarlo. En verdad, y es doloroso constatarlo, a pesar de la bajeza y poca valíal del príncipe Fernando, Napoleón debió sin duda haberlo restablecido en el trono, en vez de instalar en él a su hermano, el rey José I.

 Don José I, rey de España y de las Indias
« Pensad que, en realidad yo ya fui vuestro rey. ¿No lo recordáis?: rey de España… y de las Indias ».
Don José I a la delegación hispano-mexicana que, en 1815, le ofrecía la corona de México.

Pero volvamos por un momento a la insurrección general que se generó en todo el territorio español, que entre otras derivaciones nefandas provocó la aparición de innumerables juntas políticas que pretendían gobernar al país en ausencia del rey, y sobre todo que originarían una lucha de guerrillas sangrientas y sin cuartel contra los franceses. Más allá de los hechos y sus consecuencias inmediatos, la repercusión de estos sucesos llegaría mucho más lejos de las fronteras de España, atravesando el océano Atlántico y estremeciendo las costas de América, ya que, en lo que nos concierne directamente, la famosa promulgación de la Constitución de Bayona reconocía la autonomía de las provincias americanas del imperio español.

Esta circunstancia primordial, aunada a la fuerte presión de las ideas nuevas del Siglo XVIII, al precedente aún muy fresco entonces de la guerra de independencia de los Estados Unidos y sobre todo a la catastrófica situación política en España, daría nacimiento y un gran impulso a los ideales de soberanía y a los movimientos de emancipación en Hispanoamérica. Como era de esperarse, sus derivaciones fueron determinantes para que germinara la guerra de independencia en el Virreinato (que no colonia) de la Nueva España, así como el primer proyecto de creación de una monarquía específicamente local con la tentativa primero de proclamar a Napoleón I emperador de México, y algunos años después a su hermano José, ex-rey de España, ya para entonces exiliado en su retiro estadounidense.

Como en ese entonces el gobierno de la Nueva España dependía directamente del español, el virrey y la Real Audiencia estaban legítimamente preocupados ante el futuro más que incierto que se vislumbraba. De este modo, se le pidió al virrey convocar a un congreso destinado a gobernar al país hasta que Fernando VII recuperase el trono. Entretanto, los criollos vieron en este conflicto la oportunidad de separarse de España y forjar por fin un país independiente. De hecho, el ayuntamiento de la ciudad de México estaba controlado por éstos, quienes no tardaron en declarar que en ausencia del monarca legítimo la soberanía recaía en el pueblo. Mientras perdurara la crisis, el virrey debía pues gobernar libremente y sin dependencia alguna. Sin embargo, la audiencia, controlada por los españoles, rechazó el proyecto que prácticamente consistía en declarar la independencia del país, fracasando así el primer intento para independizar a la Nueva España, encabezado por el virrey don José Iturrigaray.

Don José de Iturrigaray y Arostegui (1742-1815)
Virrey de la Nueva España.

A pesar de esto, empezaron a surgir a lo largo del reino de la Nueva España múltiples focos de efervescencia independentista, y se multiplicaban las agrupaciones de simples rebeldes y agitadores, o de grupos organizados de criollos que imaginaban proyectos más o menos descabellados o coherentes se gún el caso para poner un término a la dependencia novohispana.

Un caso entre tantos, pero digno de mención a título de ilustración, es el que se suscitó en septiembre de 1808 al estallar en la ciudad de Valladolid, Michoacán, (la hoy llamada Morelia), una conspiración contra las autoridades dirigida por José Mariano Michelena.
El licenciado Michelena pretendía formar un congreso que asumiera la soberanía real mientras Fernando VII recuperaba el trono. Era de notarse que el conjurado contaba entre sus filas con miembros del bajo clero y varios oficiales del ejército. A pesar de esto, sus efectivos eran escasos, y por consiguiente se creyó obligado a recurrir a intrigas y a maniobras demagógicas bastante burdas buscando atraer a su causa a las masas campesinas, por ejemplo, ofreciendo abolir los impuestos que pesaban sobre los indios, recurso que como sabemos, tantos émulos ha generado desde entonces.
José Mariano Michelena
   
Hacendado mexicano
Propietario criollo en tempos de la guerra de Independencia. Estos terratenientes poseían dominios muy extensos que en Europa equivalían a veces a provincias enteras. Una vez sublevados, los criollos entregarán valientemente su sangre por la independencia de su país. Ilustración de Claudio Linati (1790-1832).

De todas formas, la insurrección no pudo cristalizarse al ser los confabuladores descubiertos y detenidos. A pesar de tan punzante fracaso, la conspiración de Michelena y sus impetuosos adeptos serían muy populares y generarían un movimiento de gran fuerza, mismo que fue extendiéndose y alcanzando otras ciudades cercanas a la región, creando émulos que llegarían a plasmar sus nombres en la historia de nuestro país.
Entre los más connotados, o al menos más conocidos, destacan personajes como Juan Aldama, Ignacio Allende o el propio cura Miguel Hidalgo y Costilla, quienes operaban básicamente en Querétaro, ulteriormente llamado « cuna de la independencia », pero que se verían obligados a iniciar una lucha prematura y deficiente después de ser igualmente descubierta la conspiración que estaban urdiendo. Por lo demás, es menester señalar que, contrariamente a lo que se inculca en la doctrina histórica oficial en México, los proyectos de cada uno de ellos no siempre coincidían, por decir lo menos, retrasaron de facto la independencia de como mínimo unos diez años, e incluso en ocasiones no necesariamente tenían como objetivo la independencia propiamente.

El padre Miguel Hidalgo y Costilla
Si bien no la más importante, es sin duda la figura más representativa en la narrativa histórica oficialista del movimiento de independencia de México.
 
El cura José María Morelos y Pavón
Alumno de Hidalgo, fue partícipe de varias campañas militares y del cuerpo legislativo formado en el Congreso de Anáhuac. Personaje ambivalente, fue padre biológico del general Juan Nepomuceno Almonte.

Como quiera que sea, el movimiento independentista se fue propagando paulatinamente, abriéndose camino cada vez con mayor energía, y la lucha armada se extendió fatalmente por todo el territorio, al estar éste clara y definitivamente desgarrado entre dos posturas antagónicas. Así pues, al son de los himnos a la Virgen de Guadalupe y siguiendo los estandartes que ondeaban con su santa y mexicanísima imagen, había comenzado, de manera irreversible, el movimiento de liberación que a la postre llevaría a la Nueva España a alcanzar su calidad de nación libre y soberana.

Una mañana, al salir a la calle, los habitantes de la Ciudad de México descubrieron los versos anónimos siguientes, frescamente pintados sobre el muro de una casona:

Abre los ojos pueblo mexicano
Y aprovecha ocasión tan oportuna.
Amados compatriotas, en la mano
Las libertades ha dispuesto la fortuna;
Si ahora no sacudís el yugo hispano
Miserables seréis sin duda alguna.

Miserables o afortunados, los compatriotas del autor anónimo –obscuro poeta pero inspirado patriota– no dejaron escapar la ocasión y, poco más tarde, mientras proseguía su lucha, la incipiente nación tuvo el privilegio señalado de recibir las congratulaciones expresas y la invitación explícita del Emperador Napoleón a realizar su independencia.
En efecto, cuando el Emperador parecía tener control absoluto sobre España, había manifestado públicamente su apoyo a la causa independentista anunciando que:
« Si los pueblos de México y Perú desean permanecer unidos a la madre patria o elevarse a las alturas de la noble independencia, Francia nunca se opondrá a sus deseos mientras no establezcan relaciones con Inglaterra ». El soberano francés refrendaría el 12 de diciembre de 1809 su declaración, explicando que dicho suceso: « está en el orden necesario de los acontecimientos, está en la justicia, está en el interés bien entendido de las potencias ».
Algunos años más tarde, esta mención especial del gran hombre sería renovada durante la apertura de las sesiones del Cuerpo Legislativo, en 1812, en las que pronunció estas líneas afamadas, pero no muy a menudo referidas:

« Las jóvenes naciones de la América han lanzado un grito de la Independencia; los deseos del Universo los acompañan en una lucha tan gloriosa ».

Más tarde, vencido, poco antes de partir expatriado a la isla de Elba en 1814, sin conocer aún cual sería su tierra de exilio, soñaba: « Pues bien, iré a México: ahí encontraré patriotas, y me pondré a su cabeza para fundar un nuevo imperio». Y unos años después, en la agonía de su prisión en la roca sombría del martirio, comparando su suplicio al del tlatoani mexica Cuauhtémoc siendo atormentado por sus captores (Memorial de Santa Elena, 18 de agosto de 1816), el Águila confinada todavía recordaría a nuestro país una vez más, lamentando, en uno de sus nostálgicos y quiméricos proyectos del cautiverio, el no haber ido a México:

« En el Valle de México, Arquímedes hubiese hallado su centro de gravedad; de allí, yo podía aún hacer temblar al mundo ».

Ciertamente, no carece de interés imaginar qué rumbo pudieron haber tomado las cosas de haber llegado Napoleón a nuestro país; suponer, de haberse cristalizado el sorprendente proyecto de la Confédération Napoléonienne, cuál hubiese sido el papel del Emperador en la guerra de independencia, y conjeturar acerca de lo que el destino le habría deparado a la nueva nación de ser ésta forjada por la mano del gran héroe universal, y enseguida dirigida por un príncipe de la dinastía napoleónida.

A pesar de todo, su ascendente y presencia espiritual marcarán con una huella profunda la historia de nuestro país, gracias al legado del Emperador Agustín I, libertador y padre de la Nación mexicana, y la elevación del incipiente Imperio mexicano por él concebido. Más tarde, a lo largo del siglo XIX y principios el XX, la influencia napoleónica quedará plasmada en nuestra tradición y costumbres a través de su inmortal Código Napoleón, hoy llamado Código Civil, que tendrá una enorme influencia en toda Europa, América, y que perdura aún hasta nuestros días, con gran vivacidad, en nuestra legislatura.
Asimismo, aunque exhaustivamente minada, calumniada y progresivamente borrada del espíritu y de los corazones de los mexicanos por la burocracia de las secretarías pseudo educativas de los gobiernos post-revolucionarios, la figura del Emperador Napoleón será sin embargo objeto de un constante interés por parte de nuestros literatos más insignes, destacando y ocupando un lugar trascendente en la obra y hasta en la vida de autores y sabios como el Maestro Juan José Arreola o el Prof. Ernesto de la Peña, por citar tan sólo a los más recientes, y sin duda entre todos ellos a don Alfonso Reyes.

Don Alfonso Reyes (1889-1959)
El sabio y pensador mexicano, poeta, ensayista, narrador, diplomático, leyendo en su estudio ante un busto del Emperador Napoleón.

 

S.M.I. Don Agustín I
Libertador y emperador de México, Padre fundador de la Nación mexicana.

En todo caso, junto con la muerte de Napoleón en mayo de 1821 llegaba también a su fin la última etapa de nuestra guerra de Independencia en la que el prócer don Agustín de Iturbide –admirador declarado de Napoleón el Grande y de su misión emancipadora y de latinización– daría un nuevo cauce al gran proyecto mexicano iluminándolo con una luz intensa gracias a su inmortal Plan de Iguala, que dará su impulso definitivo a la causa. En efecto, gracias a este Plan, también conocido como de Las TRES GARANTÍAS (Religión única, Unión de todos los grupos sociales, e Independencia de México), la independencia de nuestro país se convertía en una realidad. Será el propio Iturbide quien, cuatro meses más tarde, el 27 de septiembre de 1821, haga su entrada solemne y triunfal en la Ciudad de México a la cabeza de los 16 000 hombres del glorioso Ejercito Trigarante.

El día siguiente, 28 de septiembre de 1821, y primero de nuestra independencia, es redactada formalmente el Acta de Independencia por la Junta Soberana de México; el año siguiente, el 19 de mayo y entre las ovaciones y el clamor populares, el Congreso de la nación proclamaría constitucionalmente al Libertador de México emperador, bajo el nombre de Agustín I.
Como era natural en una nación que se erguía difícilmente, escueta y aún endeble, tras haber roto en dura lucha sus lazos seculares de dependencia con la corona de España, pero que avanzaba deseosa de conservar sus añejas tradiciones y perpetuar tanto la identidad como el patrimonio que le conferían sus hondas raíces, la manera natural de gobernarse era a través de un régimen respetuoso de dichas tradiciones y que, a la vez buscando proyectarse firmemente hacia el futuro, se basara en lo que el hombre tiene de más preciado: la memoria, la herencia y el espíritu. Consiguientemente, como lo explicara el mismo emperador Agustín, « la forma monárquica de gobierno era el sistema que mejor se adecuaba al pueblo que recién se había liberado del yugo español », adoptándose para tal efecto una monarquía constitucional que lo rigiera. Los estatutos de la nobilísima Orden de Nuestra Señora de Guadalupe, creada por el emperador Agustín en 1822 con el objetivo de recompensar « el mérito y las virtudes », así como el valor y el « patriotismo heroico » de los mexicanos, todavía recalcan esta voluntad señalando pertinentemente que la Orden era creada con el fin de « que nuestros descendientes tengan testimonio de la gloria de sus predecesores, y la historia un documento que fije la época de la libertad mexicana ».
De la libertad, pero también de los colores del lábaro patrio, los unos como el otro igualmente pensados, diseñados y concebidos por el emperador Agustín: verde de la esperanza y de la independencia, blanco de la pureza de la fe y de la unión por la religión católica, rojo de la sangre vertida y de la fusión sagrada de todos los mexicanos, cualesquieran que fuesen su raza, su etnia o su casta social.

Monarquía mexicana
El gran Imperio de México durante el reinado del Emperador Don Agustín I, libertador y padre de la Nación mexicana.

 

Así pues, el 21 de julio de 1822, el padre de la patria mexicana es consagrado emperador y coronado en magnífica ceremonia en la Catedral de México, naciendo así el glorioso –aunque breve y violentamente truncado– Primer Imperio Mexicano.
En efecto, apoyado, impulsado y acreditado por el nuevo Congreso mexicano, una multiplicidad de delegados y representantes de la Regencia y diversas diputaciones, del Ejército nacional, gozando asimismo del aplastante sufragio popular, y por último ungido por las autoridades pontificales de la Iglesia de México, el emperador Agustín, quien en un principio había rechazado la propuesta, acepta ante las instancias generales y sube al trono de México, contando con esta triple e irrefutable legitimidad. Cuádruple legitimidad, podríamos añadir, si se considerara igualmente aquella natural, es decir, el hecho de que el soberano mexicano había sido el único hombre capaz de dirigir y sacar a la nueva nación del caos de la guerra, de consumar su independencia y, consiguientemente, era el único que podía proteger los auténticos valores patrios, nuestro territorio, nuestras raíces, nuestra nacionalidad y nuestra religión, y levantar al país de su terrible estado de postración.
Orden de Nuestra Señora de Guadalupe
Modelo de Gran Cruz (sin su cordón).

En ese sentido, con una firme entereza, el Libertador les había anunciado a los mexicanos, en un comunicado por desgracia de tan funestos y proféticos augurios, que, de no adoptarse el sistema político por él propuesto, « Unos a otros nos devoraremos como fieras: la tierra fertilizada con la sangre humana, quedará a ser presa del primero que quiera ocuparla... Las rivalidades no se extinguirán; la guerra será infinita y desoladora y dará lugar a la codicia extranjera ». En estas líneas, expresaba tan sólo una de las grandes directivas del pensamiento napoleónico, claramente expuestas por el jóven Napoleón: « gobernar un partido, es ponerse tarde o temprano en su dependencia; ¡no se me atrapará en ello! Yo soy nacional » (es decir, situado por encima y fuera de todo partido, facción o color, fuentes inevitables de discordia y confrontación fratricidas).
Treinta años después, el vaticinio fatal se había consumado: México ya estaba caído, desgarrado, mutilado, hecho pedazos; por sus propios hijos vendido en trozos al enemigo y, lo que aún quedaba, yacía prostrado, humillado a los pies del invasor depredador. En efecto, como se verá a todo lo largo de los siglos XIX y XX, tras el destierro subsecuente y postrer y ruin asesinato del emperador Agustín a instigación de influencias, ideologías y sociedades secretas extranjeras, individuos siniestros pertenecientes « a la categoría de agentes del imperialismo anglosajón » que tan justamente denunciaba Vasconcelos, se demostraría, de una manera trágica, la realidad de tan terrible predicción, cuyos efectos y consecuencias, y es lamentable escribirlo, se perpetúan hasta nuestros días.

Joel Roberts Poinsett (1779-1851)
 
Vicente Guerrero Saldaña (1783-1831)
La acción de Poinsett es fundamental en la avanzada del imperialismo anglosajón en en México, obrando incesantemente por la aplicación de la Doctrina Monroe y dando inicio a la nefanda injerencia de los Estados Unidos de América y sus sociedades secretas en la política y en la vida del Estado mexicano. Ministro y agente secreto del gobierno estadounidense, Poinsett, paladín de la aplicación en la América Latina del « Destino Manifiesto », hace su primera incursión en México en los primeros años del Imperio, gracias a la ayuda del architraidor López de Santa Anna, en ese entonces pequeño y obscuro coronel, quien le recibe en Veracruz a pesar de la interdicción formal formulada por el Emperador Don Agustín I. Plenipotenciario en 1825, Poinsett, cuyas demandas de privilegios para la nación estadounidense habían sido en el pasado tajantemente repelidas por el emperador, se pone a la cabeza de una poderosamente dotada conjura anti-agustiniana e inicia la organización de las logias masónicas del rito de York, cuyos sectarios se distinguen por su liberalismo radical, su aversión de la hispanidad y su fiera y declarada hostilidad a Jesucristo y a la Iglesia católica, religión y fundamento social y espiritual de la nación y del pueblo mexicanos (recordemos que el Plan de Iguala contempla la traición a la Patria como segundo mayor crimen concebible, sólo después de la ofensa perpetrada contra Dios). Una vez sembrada y esmeradamente cuidada la « venenosa semilla » de la discordia en un Congreso infiltrado y fácilmente corrompido, empiezan a proliferar en las capas dirigentes facciones y partidos antagonistas que paralizan y desgarran a la nación. Por otro lado, Poinsett y sus acólitos se dedican a otra de sus misiones primeras, asegurar la expansión territorial de los Estados Unidos al sur, imponiendo para ese fin a traidores serviles y obedientes un tratado de límites entre México y Estados Unidos que sienta las bases para la ulterior colonización estadounidense de Texas. Entre tanto, el 22 de febrero de 1828, Poinsett escribe una carta edificante: « Esto entre nos, aquí no estaré mucho tiempo más, aunque mis amigos me ruegan que me quede por estimar mi presencia necesaria. El general [Vicente] Guerrero, que si vive será el próximo presidente, me ha hecho grandes ofrecimientos, pero yo no renunciaría a mi país por convertirme en emperador de México »... Derrotado en las elecciones el año siguiente, Guerrero, líder del partido yorquino, se hace del poder por la fuerza armada, usurpando la dignidad presidencial que pertenecía a Manuel Gómez Pedraza. Posteriormente, Guerrero se dirige a su mentor Poinsett: « En este puesto, como en otro cualquiera, tengo el honor de ofrecerme a la disposición de usted. Contaré con que usted me administrará sus luces, como un amante de la felicidad de los pueblos, y como un digno representante de la nación a la que pertenece »...

Terminemos esta triste constatación observando que, después del emperador Agustín I, ningún dirigente de nuestro país contaría jamás con legitimidad tan completa, pura e irrefragable. Esta gran verdad no pasaría desapercibida al así llamado « Libertador de América », el caudillo sudamericano Simón Bolívar, quien a pesar de su afiliación masónica la dejará plasmada con redoblado valor en la frase siguiente, sincera y edificante a la vez, muy digna de ser conocida por los mexicanos:

« Pocos soberanos europeos –afirmaba refiriéndose a Su Majestad Don Agustín I– son tan legítimos como él, y aún puede ser que no lo sean tanto ».

Innumerables tomos han sido escritos, infinidad de tinta se ha vertido y más aún se ha debatido en nuestro país, a lo largo de casi doscientos años, con el último objetivo de rebatir la irrefutable verdad expresada esta sentencia lacónica y sumaria. Para terminar, y como conclusión a esta breve exposición, tal vez sea pues éste el lugar adecuado para recordar las palabras del príncipe de Talleyrand, quien habría afirmado que: « quand on a raison, on n’écrit pas quarante pages » – cuando se tiene razón, no se escriben cuarenta páginas.

 

Religión, Independencia, Unión.
ESTROFA VIIª
Del Himno nacional de México
Si a la lid contra hueste enemiga,
nos convoca la trompa guerrera,
de Iturbide la sacra bandera,
mexicanos, valientes seguid.
Y a los fieros bridones les sirvan
las vencidas enseñas de alfombra;
los laureles del triunfo den sombra
a la frente del Bravo Adalid.
Nacimiento glorioso de la nación y el Imperio mexicanos
La Patria libre e independiente:
Pabellón Imperial de México.

 

LA CASA IMPERIAL DE MÉXICO
TRAS LA INFLUENCIA DE
NAPOLEÓN I EL GRANDE

El Primer Imperio de México

Religión, Independencia, Unión.
Nacional y Distinguida Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe
Leer la biografía del emperador Don Maximiliano I de México.
S.M. el Emperador Maximiliano I

El Segundo Imperio de México

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.

 

TEXTOS Y ARTÍCULOS DIVERSOS
   
La Confederación Napoleónica, por el E.S. Enrique F. Sada Sandoval. ¡Pronto en línea!
El Camino hacia la Libertad, por el E.S. Enrique F. Sada Sandoval.
Máscara mortuoria de Napoleón: México recupera la imagen del Emperador
Mensaje de S.A.I. el Príncipe Charles Napoléon al pueblo de México
Mensajes de los Mexicanos a S.A.I. el Príncipe Charles Napoléon
Una mirada a Napoleón en la obra de Alfonso Reyes, por Ulises Sánchez Segura.
Napoleón y América Latina por el Dr. Robert Mosnier.


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