NAPOLEÓN
Y MÉXICO: EL CONTEXTO HISTÓRICO
por
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador
del Instituto Napoleónico México-Francia |
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Aunque
este aspecto de la historia de México no ha
sido extensivamemente estudiado, y es aún mal
conocido, la figura de Napoleón es absolutamente
fundamental para Iberoamérica, y en especial
para la historia de nuestro país.
En efecto, debemos remontarnos
a la intervención del Emperador en España,
de tan funesta memoria en los registros de la epopeya
Napoleónica, para penetrar y asimilar el contexto
que permitió la gestación de las ideas
de emancipación en la América española.
La cuestión española es bien conocida,
pero merece una mención renovada para entender
bien los procesos que desencadenaron acontecimientos
de tan vastas proporciones en nuestro continente.
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| Batalla
de Somosierra, el 30 de noviembre
de 1808 |
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Rememorando el contexto
en el que se desarrolla la Guerra
de España,
recordemos que la flota francesa había sido destruida
en la batalla de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805;
Inglaterra tenía ya el dominio completo de los
mares, no era por ende posible invadirla por vía
marítima. Buscando entonces afanosamente doblegarla
obligándola a firmar esa paz que la belicosa
Albión había violado unilateralmente tras
el tratado de Amiens, Napoleón decidió
obligarla a respetar una paz durable por otros medios:
llevándola a la quiebra. Para ello, se le prohibiría
el acceso a los puertos de Europa, cerrando así
el continente al comercio británico. No obstante,
para poder cristalizar este proyecto colosal, era preciso
que España, que se decía un reino amigo,
fuese ante todo un aliado seguro, y en ese sentido,
Napoleón concertó con ese país
el célebre y secreto Tratado de Fontainebleau,
que estipulaba que ambas naciones atacarían a
Portugal, aliado constante de los ingleses, dando el
Rey de España, para ese efecto, su consentimiento
para que las tropas francesas pudiesen cruzar por su
territorio. Como vemos, ya desde ahora estamos
pues muy lejos de la supuesta « invasión
» de las tropas francesas que con tanta saña
se achaca a Napoleón.
Para terminar este muy breve vistazo del tablero político
del momento, recordemos tan solo que después
de Tilsit, Napoleón se espera que Inglaterra,
echada de Europa del norte, expulsada de Portugal, y
contenida en Italia, intentara forjar una nueva coalición
volviéndose
ésta vez furiosamente contra el « vientre
flojo » español, para tratar de encender
en él un nuevo foco de guerra. En estas condiciones,
más que prioritario, era vital para Francia impedir
la creación por Inglaterra de un nuevo frente
a sus espaldas.
Ahora, en teoría, todo parecía marchar
de buena manera, e incluso se podía pensar que
bastaba con mantener la alianza en vigor para conservar
la seguridad en la frontera española; sin embargo,
en realidad la cosa era muy diferente, y en efecto ya
se podían percibir en la cada vez más
dudosa alianza española los signos inquietantes
de una manifiesta fragilidad…
En Madrid, el Rey Carlos
IV, a quien cada mexicano recuerda gracias a la célebre
efigie del escultor Manuel Tolsá, conocida por
todos como El Caballito, vegetaba mientras
España, país desvirtuado y en total decrepitud,
era en realidad gobernada por el astuto y traicionero
ministro Manuel Godoy, amante insolente de la reina
María Luisa, esposa legítima del soberano
español. Por su parte, el débil y pusilánime
rey Carlos IV permitía mansamente esta situación
deshonrosa tanto para él como para la corona.
 |
| Don
Carlos IV, Rey de España |
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Por esta y otras razones
ciertamente menos « jocosas », y para completar
este patético cuadro, Godoy no era bien visto
por los círculos allegados al rey, lo que llevaría
a éstos a conspirar ardientemente con el objeto
de poner en el trono de España al príncipe
Don Fernando, hijo mayor del rey. En efecto, Don Fernando,
heredero de la corona, estaba maquinando un complot
tanto contra su padre como contra Godoy, a quien despreciaba
profundamente.
En ese contexto más que preocupante, los franceses
tuvieron primero la prueba de que la corte de Madrid
se movía en la duplicidad y el doble juego constantes.
Citando un evento que, como tantos otros de su naturaleza,
es sistemáticamente y de manera deliberada cuidadosamente
omitido, indicaremos que cuando Napoleón
pasó por Potsdam en 1806, durante la campaña
de Prusia,
se topó por casualidad con una correspondencia
entre el rey de España Carlos IV y el rey de
Prusia, olvidada por éste último durante
su huida frenética del palacio tras la derrota
humillante de su ejército en la doble batalla
de Jena
y Auerstaedt.
Haciendo gala
de su duplicidad habitual, el rey de España,
en su misiva, se ofrecía abierta y descaradamente
a « atacar por
la espalda » a su aliado
Napoleón mientras éste se encontraba lejos
y ocupado en la lejana Prusia...
Por su parte, el Infante Fernando trataba de apantallar
a los franceses dando muestras de una francofília
de pura fachada, mientras, en realidad, su correspondencia
privada hervía de odio y de desprecio hacia los
franceses y para con Francia toda entera.
La querella de la familia
real se exacerba en el otoño de 1807, y los protagonistas
se vuelcan sobre el Emperador haciendo de él
el árbitro de sus diferendos. El rey,
a quien ya ninguna indignidad asustaba, acusa a su hijo
de conspirar para destronarlo, y de buscar atentar contra
la vida de la reina, su propia madre; nada menos.
Al mismo tiempo, Don Carlos pide a Napoleón
« ayudarle con su luz y con sus consejos
». Mientras tanto, el príncipe
heredero, la pusilanimidad encarnada, implora lloriqueando
al Emperador tomarle bajo su protección para
defenderlo contra Godoy, quien le humilla, y del que
sospecha quererle desposeer.
En esta situación surrealista y de constante
degradación, Carlos IV, a principios del año
1808, manda arrestar a su hijo solo para ponerlo en
libertad poco después. Todas estas circunstancias
burlescas empiezan a impacientar a Napoleón,
quien observa cómo su frágil « aliado
» y vecino inmediato se convierte poco a poco
en un eslabón más que débil en
su gran proyecto político-económico continental.
Por lo demás, ciertamente Napoleón no
sentía gran aprecio por este país hermético
y degradado que había perdido todo de su grandeza
y glorias pasadas.
Con el fin de evitar
el desembarco de las fuerzas inglesas en ese país,
y, como vimos anteriormente, con el aval y la
participación del soberano español,
las tropas francesas entran en territorio íbero.
Sin embargo, los eventos se precipitan. Los días
18 y 19 de marzo la situación se agrava aún
más al estallar una serie de disturbios conocidos
como la « revuelta o la insurrección de
Aranjuez », fomentadas por los partisanos
de Don Fernando e impulsadas por éste último.
Lejos de imaginar defender su causa y los deberes de
la Casa Real, los reyes de España conciben entonces
abandonar Madrid y dirigirse a América;
olvidando su título y dignidad, y sin la menor
decencia, la reina destituida escribe al Mariscal
Joaquín Murat para « que obtenga
del Emperador que se le de al rey, mi esposo, a mí
misma y al príncipe de la paz [Manuel Godoy],
lo necesario para vivir los tres juntos, en un lugar
conveniente para nuestra salud, sin autoridad y sin
intrigas », pero los mismos españoles
impiden esta fuga al manifestarse en contra de Godoy,
quien había aconsejado la huída a los
soberanos pensando en el provecho exclusivo del príncipe
Fernando... Godoy termina encarcelado y, de manera vergonzosa,
Carlos IV se tiene que resignar a « abdicar
en favor de su bien amado hijo, el príncipe de
Asturias ». Éste último, el
19 de marzo, se proclama rey de todas las Españas
bajo la apelación de Fernando VII.
Consciente de la fragilísima estabilidad de la
corona, y echándole el ojo al trono de España,
el mariscal Murat, sin recibir órdenes del Emperador
para tal efecto, decide por su propia cuenta
ocupar Madrid, el 23 de marzo de 1808, y todavía
se las arregla para hacer que el antiguo rey se eche
para atrás en su abdicación. Carlos IV
justificó la anulación de su renuncia
con el pretexto que, supuestamente, ésta le había
sido « arrancada con violencia »,
y decidió recurrir directamente a Napoleón
en busca de apoyo, mientras el Emperador era solicitado
por Fernando VII igualmente...
El rey Don Carlos IV
escribe al Emperador Napoleón la siguiente y
muy interesante misiva, que todos deben conocer: «
He sido forzado a abdicar, pero,
plenamente confiado, hoy en día, en la magnanimidad
y el genio del gran hombre que siempre se ha mostrado
mi amigo, he tomado la resolución de conformarme
en todo a lo que ese gran hombre decida en cuanto concierne
a mi suerte, la de la reina y la del príncipe
de la paz. Dirijo a Vuestra Majestad mi protestación
contra los eventos de Aranjuez y contra mi abdicación.
Me remito y me confío por completo al corazón
y la amistad de Vuestra Majestad ».
Como vemos, Carlos IV, quien reniega su abdicación,
obtenida por coacción, se remite enteramente
a Napoleón para que él resuelva el problema
español. Esta carta no solo es reveladora,
es sobre todo incontestable.
De esta forma, tras
mucho cavilar pero impulsado por los consejos del astuto
Talleyrand, Napoleón acepta y concede su «
mediación » en el conflicto que divide
a la dinastía española.
Entre tanto, Junot ha obtenido ya algunas victorias
en Portugal, y las tropas de apoyo del Emperador se
encuentran ya firmemente posicionadas en territorio
íbero.
En estas condiciones
ricas en embrollos caóticos y de sórdidas
intrigas, el Emperador invita a todos los actores de
la comedia a alcanzarlo en Bayona, en donde se firmará
el famoso Tratado del mismo nombre.
Antes de su partida
de París para Bayona, Napoleón dirige
una carta al mariscal Murat llena de reproches e instrucciones
claras para evitar que la situación se agrave
más con otras iniciativas propias. Nos parece
importante publicar aquí un extracto revelador
de este documento:
« (…) Me temo
que os equivoquéis acerca de la situación
de España y que os engañéis a vos
mismo. No apruebo el partido que tomó Vuestra
Alteza Imperial de apoderarse tan precipitadamente de
Madrid. Daré aviso ulteriormente del
partido que deberá tomarse. Os las arreglaréis
para que los españoles no puedan sospechar el
partido que he de tomar. Esto no os será difícil:
yo mismo no tengo idea.
Se tendrá para con el habitante
los más grandes miramientos. Se respetarán
principalmente las iglesias y los conventos. Si la guerra
se prendiese, todo estaría perdido
».
Detengámonos
un minuto en esta carta importantísima, que demuestra
perfectamente que al momento de su partida hacia Bayona,
Napoleón no solo no prepara ninguna «
emboscada » como tanto se ha dicho y se repite
insulsamente, sino que, como es evidente, no
tiene en mente ninguna clase de plan
de agresión armada y menos aún de conquista
de España. Resulta igualmente manifiesto
que el Emperador busca un arreglo pacífico
que a la vez garantice la seguridad de Francia y arregle
el conflicto familiar en España, pues, como
lo fue siempre a lo largo de su reinado, el Emperador
busca ante todo evitar la guerra. Recalquemos
que la guerra de España, como todas las demás
que tuvieron lugar durante el Imperio, no fue
una guerra de conquista. Muy al contrario de
hecho, puesto que al momento del reencuentro de toda
la familia, el 30 de abril, Don Fernando, a cambio de
su reconocimiento por Napoleón como rey, promete
llanamente que su reino será « todo
a la devoción de Napoleón ».
En cuanto al rey Carlos IV, quien literalmente suplica
a Napoleón impedir a su hijo Don Fernando apoderarse
del trono de España, escribe al príncipe
de Asturias una misiva llena de reproches, declarándole
que sus crímenes le impiden sucederle
al trono y que « España
no podría ser salvada más que por el Emperador
».
Entre tanto, Madrid
se inflama al estallar la insurrección general,
y al unirse el ejército español a los
sublevados civiles. Los soldados franceses que son sorprendidos
son masacrados en masa. La barbarie y brutalidad con
que son perpetrados estos actos son sorprendentes, y
el día siguiente Murat, respondiendo al tú
por tú, acaba con la insurrección
sin ninguna clase de miramiento. Poco después,
llega a Bayona la noticia de la insurrección
sangrienta de Madrid, el famoso « Dos
de Mayo », inmortalizado, - bien
hace falta admitirlo - tendenciosamente, por Francisco
de Goya y Lucientes.
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| Estatua
de Carlos IV |
En
nuestra imagen, vemos esta bella obra
de Manuel Tolsá durante su estancia
en el antiguo claustro de la Universidad
de México.
En
1824, se llegó a formular una propuesta
para remplazar su cabeza por la del emperador
Don Agustín I. Daguerreotipo de
Jean Prelier, 1839. |
|
Como sabemos, los enemigos
del Emperador le acusan de haber tendido una trampa
maquiavélica en España, y califican
la entrevista entre Napoleón y la familia real
española de « celada de Bayona ».
Como hemos visto, si existió jamás una
emboscada, no está de más decir que al
contrario, en muchas maneras, ¡ésta le
fue tendida a Napoleón!
De hecho, la situación no era vista de otra forma
en su momento, pues como se ha dicho, todo tendía
a demostrar que la sublevación había
sido organizada por los partisanos de Don Fernando.
Confrontados a su pérfido hijo, el rey y la reina,
furiosos, le acusan nada menos que de haber fomentado
la insurrección. Esto es tan cierto,
que inclusive la reina llega hasta golpear a su hijo
en pleno rostro, lo trata públicamente de «
bastardo », e incluso no tiene reparos en amenazarle
llanamente con llevarlo al cadalso...
Por desgracia, en este
ambiente que ya ha perdido los tintes cómicos
para tornarse plenamente en una situación patética,
Napoleón cederá igualmente a la cólera
y caerá en el error de juicio más grave
de su reinado. Impacientado al más alto grado,
ordena a Don Fernando que antes de la media noche reconozca
a su padre como lo que es, el rey legítimo de
España, y de dar a conocer públicamente
la noticia en la capital so pena de ser tratado como
un rebelde. Consternado, pero dando muestras una vez
más de su débil carácter, Fernando,
cabizbajo, se somete a la voluntad del Emperador y acepta
servilmente la propuesta que le ofrece Talleyrand de
retirarse al castillo de Valençay, donde, confortablemente
instalado, consagrará gran parte de su tiempo
en festines y agasajos fantásticos.
Ese mismo día,
Carlos IV hace oficial su promesa de ceder a Napoleón
todos sus derechos al trono de España, recibiendo
a cambio una formidable renta (30 millones de reales),
amenizada además con los castillos y jardines
de Compiègne y de Chambord. Fue así
como, el 5 de mayo de 1808, lejos de haberlo perdido
por invasión, violencia o coacción, los
Borbones de España,
muy al contrario, renunciaron voluntariamente
a su trono cediéndolo a precio
de oro y tierras.
Por cierto, para quien aún dudara, es digno de
mencionarse que, algunos días más tarde,
cuando el rey José I les sucede,
Fernando, libremente y de su propio movimiento, le prestará
lo más naturalmente del mundo «
el juramento que le debo, así como el de
los españoles que están conmigo ».
Sea como sea, y causa
pesar decirlo, para los intereses de Francia la aventura
de España terminó siendo un error grave.
Deportado en Santa
Helena, el Emperador lo reconocía
y se lamentaba amargamente de ello: al caer, como él
la llamaba, en la « fosa
cubierta de flores » española,
había puesto el dedo en un engranaje mortífero,
que acabaría por roer el Imperio hasta derrumbarlo.
En verdad, y a pesar de la bajeza y poco valor del príncipe
Fernando, Napoleón debió sin duda haberlo
restablecido en el trono, en vez de instalar en él
a su hermano, el rey José I.
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El
Rey Don José I de España
“Pensad que, en realidad yo ya fui
vuestro rey. ¿No lo recordáis?:
rey de España… y de las Indias”.
Don José I a la delegación
hispano-mexicana que, en 1815, le ofrecía
la corona de México. |
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Pero volvamos por un
momento a la insurrección general que se generó
en todo el territorio español, que entre otras
derivaciones nefandas provocó la aparición
de innumerables juntas políticas que pretendían
gobernar al país en ausencia del Rey, y sobre
todo que originarían una lucha de guerrillas
sangrientas y sin cuartel contra los franceses. No obstante,
las consecuencias de estos sucesos llegarían
mucho más lejos de las fronteras de España,
atravesando el mar atlántico y estremeciendo
las costas de América, ya que en lo que nos concierne
directamente, la famosa promulgación de la
Constitución de Bayona reconocía la autonomía
de las provincias americanas del imperio español.
Esta circunstancia primordial,
aunada a la fuerte presión de las ideas nuevas
del Siglo XVIII, al precedente aún muy fresco
entonces de la guerra de independencia de los Estados
Unidos y sobre todo a la catastrófica situación
política en España, daría nacimiento
y un gran impulso a los ideales de soberanía
y a los movimientos de emancipación en Hispano
América. Como era de esperarse, sus repercusiones
fueron determinantes para que germinara la guerra de
Independencia de la Nueva España, así
como el primer proyecto de creación de una monarquía
específicamente mexicana con la tentativa primero
de proclamar a Napoleón I Emperador de México,
y algunos años después a su hermano José,
ex-rey de España, ya para entonces exiliado en
su retiro estadounidense.
Como en ese entonces
el gobierno de la Nueva España dependía
directamente del español, el Virrey y la Real
Audiencia estaban legítimamente preocupados ante
el futuro más que incierto que se vislumbraba.
De este modo, se pidió al Virrey convocar a un
congreso destinado a gobernar al país hasta que
Fernando VII pudiera recuperar el trono. Entretanto,
los criollos vieron en este conflicto la oportunidad
de separarse de España y forjar por fin un país
independiente. De hecho, el ayuntamiento de
la ciudad de México estaba controlado por éstos,
quienes no tardaron en declarar que en ausencia del
monarca legítimo la soberanía recaía
en el pueblo. Mientras perdurara la crisis, el virrey
debía gobernar libremente y sin dependencia alguna;
sin embargo, la audiencia, controlada por los españoles,
rechazó el proyecto que prácticamente
consistía en declarar la independencia del país,
fracasando así el primer intento para
independizar a la Nueva España, encabezado por
el Virrey José Iturrigaray.
 |
Don
José de Iturrigaray
y Arostegui
Virrey
de la Nueva España. |
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A pesar de esto, empezaron
a surgir lo largo del reino de la Nueva España
múltiples focos de efervescencia independentista,
y se multiplicaban las agrupaciones de simples rebeldes
o de grupos organizados de criollos que imaginaban proyectos
para poner un término a la dependencia novo hispana.
Un
caso digno de mención es el que se dio
en septiembre de 1808 al estallar en la ciudad
de Valladolid, Michoacán, (hoy llamada
Morelia), una conspiración contra las autoridades
coloniales dirigida por José Mariano
Michelena.
El licenciado Michelena pretendía formar
un congreso que asumiera la soberanía real
mientras Fernando VII recuperaba el trono. Era
de notarse que Michelena contaba en sus filas
con miembros del bajo clero y varios oficiales
del ejército. A pesar de esto, sus efectivos
eran escasos, y Michelena recurrió a intrigas
y a maniobras demagógicas bastante burdas
buscando atraer a su causa a las masas campesinas,
por ejemplo, ofreciendo abolir los impuestos que
pesaban sobre los indios, recurso que como sabemos,
tantos émulos ha generado desde entonces. |
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| El
Licenciado Michelena |
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| Criollo
mexicano en tiempos de Napoleón |
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De todas formas, la
insurrección no tuvo lugar al ser los conjurados
descubiertos, y detenidos. A pesar de tan punzante fracaso,
la conspiración de Michelena y sus impetuosos
adeptos generarían un movimiento de gran fuerza
que fue extendiéndose y alcanzando otras ciudades
cercanas a la región, creando émulos que
llegarían a inmortalizar sus nombres en la historia
de nuestro país.
Entre los más importantes destacan Juan Aldama,
Ignacio Allende, y principalmente el cura Don
Miguel Hidalgo y Costilla, quienes operaban
básicamente en Querétaro, «cuna
de la independencia», pero que se verían
obligados a iniciar una lucha prematura y deficiente
después de ser igualmente descubierta la conspiración
que estaban urdiendo.
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El
Padre don Miguel Hidalgo
y Costilla
Promotor
y héroe de la Independencia
de México |
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El
cura José María
Morelos y Pavón.
Su
gran talento de estratega era reconocido
por Napoleón. |
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Como quiera que sea,
el movimiento independentista se fue propagando cada
vez más enérgicamente y la lucha armada
se extendió fatalmente por todo el territorio,
al estar éste clara y definitivamente desgarrado
entre dos posturas antagónicas. Así pues,
al son de los himnos a la Virgen de Guadalupe
y siguiendo los estandartes que ondeaban con su santa
imagen, había comenzado, de manera irreversible,
el movimiento liberador que a la postre llevaría
a la Nueva España a alcanzar su calidad de nación
libre y soberana.
Una mañana, al
salir a la calle, los habitantes de la Ciudad de México
descubrieron los versos anónimos siguientes,
frescamente pintados sobre el muro de una casona:
Abre los ojos pueblo
mexicano
Y aprovecha ocasión tan oportuna.
Amados compatriotas, en la mano
Las libertades ha dispuesto la fortuna;
Si ahora no sacudís el yugo hispano
Miserables seréis sin duda alguna.
Miserables o afortunados,
los compatriotas del autor anónimo -pésimo
poeta pero inspirado patriota- no dejaron escapar la
ocasión y, poco más tarde, mientras proseguía
su lucha, nuestro país tuvo el privilegio único
de recibir las congratulaciones expresas y la invitación
explícita del Emperador Napoleón a realizar
nuestra independencia.
En efecto, cuando el Emperador parecía tener
control absoluto sobre España, había manifestado
públicamente su apoyo a la causa independentista
anunciando que: «
Si
los pueblos de México y Perú desean permanecer
unidos a la madre patria o elevarse a las alturas de
la noble independencia, Francia nunca se opondrá
a sus deseos mientras no establezcan relaciones con
Inglaterra
». El soberano francés
refrendaría el 12 de diciembre de 1809 su declaración,
explicando que dicho suceso: «
está en el orden necesario de los
acontecimientos, está en la justicia, está
en el interés bien entendido de las potencias
».
Algunos años mas tarde,
nuestra nación mereció nuevamente del
gran hombre una mención especial durante la apertura
de las sesiones del Cuerpo Legislativo, en 1812, en
las que pronunció estas afamadas líneas:
« Las
jóvenes naciones de la América han lanzado
un grito de la Independencia; los deseos del Universo
los acompañan en una lucha tan gloriosa
».
Más tarde, vencido,
poco antes de partir a la isla de Elba en 1814, sin
conocer aún cual sería su tierra de exilio,
soñaba: « Pues
bien, iré
a México: ahí encontraré patriotas,
y me pondré a su cabeza para fundar un nuevo
imperio »;
y unos años después, en la agonía
de su prisión en la roca sombría del martirio,
comparando su suplicio al del Tlatoani mexica Cuauhtémoc
torturado por sus captores (Memorial de Santa Elena,
18 de agosto de 1816), el gran hombre todavía
recordaría a nuestro país una vez más,
lamentando, en uno de sus nostálgicos y quiméricos
proyectos de la cautividad, el no haber venido a México:
«
En el Valle de México, Arquímedes
hubiese hallado su centro de gravedad; de ahí,
yo podía aún hacer temblar al mundo
».
Ciertamente, es digno
de interés imaginar qué rumbo pudieron
haber tomado las cosas de haber venido Napoleón
a nuestro país, suponer, de haberse cristalizado
el sorprendente proyecto de la Confédération
Napoléonienne, cuál hubiese
sido el papel del Emperador en la guerra de independencia,
y conjeturar acerca de lo que el destino hubiese deparado
a nuestro país al ser forjado por la mano del
gran héroe, o dirigido por un príncipe
de la dinastía
napoleónida.
A pesar de todo, su
ascendente y presencia espiritual marcarán con
una huella profunda la historia de nuestro país,
gracias al legado del Emperador Agustín I y la
elevación
del incipiente Imperio mexicano por él forjado.
Más tarde, la influencia
napoleónica quedará plasmada en nuestra
tradición y costumbres a través de su
inmortal Código
Napoleón, hoy llamado Código
Civil, que tendrá una enorme influencia en toda
Europa, América, y que perdura aún hasta
nuestros días, con gran vivacidad, en nuestra
legislatura. Asimismo, la figura
del Emperador será objeto de un constante interés
por parte de nuestros literatos más insignes,
destacando y ocupando un lugar trascendente en la obra
y hasta en la vida de autores como Don Alfonso
Reyes o el Maestro Juan José Arreola,
por citar tan solo a los más recientes.
En todo caso, a la muerte
de Napoleón en mayo de 1821, llegaba también
a su fin la última etapa de nuestra guerra de
Independencia en la que el prócer Don Agustín
de Iturbide - admirador de Napoleón el Grande
y de su misión emancipadora y de latinización
- daría un nuevo cauce al gran proyecto mexicano
iluminándolo con una luz intensa gracias a su
inmortal Plan de Iguala, que dará
su impulso definitivo a la causa.
En efecto, gracias a este Plan, también conocido
como de Las Tres Garantías
(Religión única, Unión de todos
los grupos sociales, e Independencia de México),
la independencia de nuestro país se convertía
en una realidad.
Será el mismo
Iturbide quien, cuatro meses más tarde, el 27
de septiembre de 1821, haga su entrada solemne y triunfal
en la Ciudad de México a la cabeza de los 16
000 hombres del glorioso Ejercito Trigarante.
 |
S.M.I.
Don Agustín I
Liberador
y emperador de México |
|
El día siguiente,
28 de septiembre de 1821, y primero de nuestra independencia,
es redactada formalmente el Acta de Independencia por
la Junta Soberana de México; el año siguiente,
el 19 de mayo y entre las ovaciones y el clamor popular,
el Congreso de la nación proclamaría constitucionalmente
al Liberador de México emperador, bajo el nombre
de Agustín Primero.
Como era natural en una nación que se erguía
difícilmente, escueta y aún endeble, tras
haber roto en dura lucha sus lazos seculares de dependencia
con la corona de España, pero avanzaba deseosa
de conservar sus añejas tradiciones y perpetuar
tanto la identidad como el patrimonio que le conferían
sus hondas raíces, la manera natural de gobernarse
era a través de un régimen respetuoso
de dichas tradiciones y que, a la vez buscando proyectarse
firmemente hacia el futuro, se basara en lo que el hombre
tiene de más preciado: la memoria
y la herencia. Consecuentemente, como
lo explicara el mismo emperador Agustín, «
la forma monárquica de gobierno era
el sistema que mejor se adecuaba al pueblo que recién
se había liberado del yugo español
», adoptándose para tal efecto una monarquía
constitucional. Los estatutos de la nobilísima
Orden de Nuestra Señora de Guadalupe,
creada por el emperador Agustín en 1822 para
recompensar « el mérito
y las virtudes », así
como el valor y « patriotismo
heroico » de los mexicanos, todavía
recalcan esta voluntad señalando pertinentemente
que la Orden era creada con el fin de « que
nuestros descendientes tengan testimonio de la gloria
de sus predecesores, y la historia un documento que
fije la época de la libertad mexicana ».
Así
pues, el 21 de julio de 1822, el padre de nuestra
la patria es consagrado emperador y coronado en
magnífica ceremonia en la Catedral de México,
naciendo así el glorioso -aunque violentamente
truncado- Primer Imperio Mexicano.
En efecto, apoyado, impulsado
y acreditado por el nuevo Congreso mexicano,
una multiplicidad de delegados y representantes
de la Regencia y diversas diputaciones, de la
Armada nacional, gozando asimismo del aplastante
sufragio popular, y ungido por
las autoridades pontificales de la Iglesia de
México, el emperador Agustín,
quien en un principio había rechazado la
propuesta, acepta ante las instancias generales
y sube al trono de México, contando con
esta triple e irrefutable legitimidad.
Cuádruple legitimidad, podríamos
añadir, si se considerara igualmente la
legitimidad material,
es decir, el hecho de que el soberano mexicano
había sido el único hombre
capaz de sacar a la nueva nación
del caos de la guerra, de consumar su independencia,
y, consecuentemente, era el único que podía
proteger los auténticos valores
patrios, nuestro territorio,
nuestras raíces, nuestra nacionalidad y
nuestra religión, y levantar al país
de su terrible estado de postración.
|
 |
Orden
de Nuestra Señora de Guadalupe
Modelo de Gran Cruz,
(sin su cordón). |
|
|
En ese sentido, el
Liberador había anunciado a los mexicanos que,
de no adoptarse el sistema político por él
propuesto, « Unos
a otros nos devoraremos como fieras: la tierra fertilizada
con la sangre humana, quedará a ser presa del
primero que quiera ocuparla... Las rivalidades no se
extinguirán; la guerra será infinita y
desoladora y dará lugar a la codicia extranjera
». En estas líneas, expresaba tan sólo
una de las grandes directivas del pensamiento napoleónico,
claramente expuestas por el jóven Napoleón:
« gobernar un partido,
es ponerse tarde o temprano en su dependencia; ¡no
se me atrapará! Yo soy nacional
».
Treinta años después, la profecía
fatal ya se había consumado: México ya
estaba caído, desgarrado, mutilado, hecho pedazos;
por sus propios hijos vendido en trozos al enemigo y,
lo que aún quedaba, yacía prostrado, humillado
a los pies del invasor. En efecto, como se verá
a todo lo largo de los Siglos XIX y XX, tras el destierro
subsecuente y postrer asesinato del emperador Agustín
a instigación de influencias, ideologías
y agentes extranjeros, se demostraría,
de una manera trágica, la realidad de tan terrible
predicción, cuyos efectos y consecuencias, y
es lamentable escribirlo, se perpetúan hasta
nuestros días.
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| Joel
Roberts Poinsett (1779–1851) |
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| Vicente
Guerrero Saldaña (1783-1831) |
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La
acción de Poinsett es fundamental
en la avanzada del imperialismo anglosajón
en en México, obrando incesantemente
por la aplicación de la Doctrina
Monroe y dando inicio a la nefanda injerencia
de los Estados Unidos de América
en la política y en la vida del
Estado mexicano. Ministro y agente secreto
del gobierno estadounidense, Poinsett,
paladín de la aplicación
en la América Latina del «Destino
Manifiesto»,
hace su primera incursión en México
en los primeros años del Imperio,
gracias a la ayuda del architraidor López
de Santa Anna quien le recibe en Veracruz
a pesar de la interdicción formulada
por el Emperador Don Agustín I.
Plenipotenciario en 1825, Poinsett inicia
la organización de logias masónicas
del rito de York, cuyos sectarios se distinguen
por su liberalismo radical, su aversión
de la hispanidad, y su fiera hostilidad
al «fanatismo»,
es decir al Catolicismo, religión
y fundamento social de la nación
mexicana. Sembrada y esmeradamente cuidada
la «venenosa semilla» de la
discordia, proliferan en las capas dirigentes
facciones y partidos antagonistas que
desgarran y paralizan a la nación.
Por otro lado, Poinsett y sus acólitos
se consagran a otra de sus misiones primeras,
asegurar la expansión territorial
de los Estados Unidos al sur, imponiendo
para ese fin a traidores serviles y obedientes
un tratado de límites entre México
y Estados Unidos que sienta las bases
para la ulterior colonización estadounidense
de Texas. El 22 de febrero de 1828, Poinsett
escribe una carta edificante: «Esto
entre nos, aquí no estaré
mucho tiempo más, aunque mis amigos
me ruegan que me quede por estimar mi
presencia necesaria. El general Guerrero,
que si vive será el próximo
presidente, me ha hecho grandes ofrecimientos,
pero yo no renunciaría a mi país
por convertirme en emperador de México»...
Derrotado en las elecciones el año
siguiente, Guerrero, líder del
partido yorquino, se hace del poder por
la fuerza armada, usurpando la dignidad
presidencial que pertenecía a Manuel
Gómez Pedraza. Posteriormente,
Guerrero se dirige a su mentor Poinsett:
«En este puesto, como en otro cualquiera,
tengo el honor de ofrecerme a la disposición
de usted. Contaré con que usted
me administrará sus luces, como
un amante de la felicidad de los pueblos,
y como un digno representante de la nación
a la que pertenece». |
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Terminemos esta triste
constatación observando que después del
emperador Agustín I, ningún dirigente
de nuestro país contaría jamás
con legitimidad tan completa, pura e irrefragable. Esta
gran verdad no pasaría desapercibida al llamado
« Libertador de América », el caudillo
sudamericano Simón Bolívar,
quien la dejará magistralmente plasmada en esta
frase memorable y edificante a la vez, muy digna de
ser conocida por los mexicanos: « pocos
soberanos europeos -afirmaba refiriéndose
a Don Agustín I- son tan legítimos
como él, y aún puede ser que no lo sean
tanto ».
Innumerables tomos han sido escritos, infinidad de tinta
se ha vertido, y más aún se ha debatido
en nuestro país, a lo largo de casi doscientos
años, con el último objetivo de contestar
y rebatir esta sentencia lacónica y sumaria;
tal vez sea pues este el lugar adecuado para recordar
las palabras del príncipe de Talleyrand, quien
habría afirmado que: «quand on a raison,
on n’écrit pas quarante pages» -cuando
se tiene razón, no se escribe cuarenta páginas.
EG-S.
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