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| Bonaparte
restaurador de los cultos |
El
Emperador Napoleón
fue el primer jefe de Estado
de Europa en acordar la libertad del
culto para todas las religiones. En
esta estampa de la época, entre
otros representantes de los diferentes
credos de Europa, Oriente, Asia y
América, distinguimos a un
cardenal sosteniendo el santo evangelio
y a un rabino las tablas de Moisés.
En la mano del Primer Cónsul
una pancarta reza “Libertad
de culto.” |
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Por
el Doctor |
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Ben
Weider |
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| Ben
Weider |
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Presidente
de la Sociedad Napoleónica Internacional
Caballero de la Legión de Honor
Miembro del Alto Consejo Honorario del Instituto
Napoleónico México-Francia
Caballero de la Orden nacional de Québec
Miembro del Salón de la Fama
Canadiense (Canadian Hall of Fame)
del Centro Comunitario Judío de Montreal. |
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Conferencia
leída durante el Congreso de la Sociedad
Napoleónica Internacional en Alejandría,
Italia, del 21 al 26 de junio de 1997. |
Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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EL GRAN SANEDRÍN
“Jamás,
desde la toma de Jerusalem por Titus, tantos hombres
ilustrados pertenecientes a la religión
Moisés pudieron reunirse en un mismo lugar.
Dispersos y perseguidos, los judíos fueron
sometidos ya sea a impuestos punitivos, ya sea
a la abjuración de su fe, o bien a otras
obligaciones y concesiones opuestas a sus intereses
y a su religión. Las circunstancias presentes
son desde todo punto de vista diferentes a las
que existieron en cualquier otra época.
Los judíos ya no deben abandonar su religión
ni aceptar las modificaciones que la profanarían
en la letra o en el espíritu.”
“Durante
las persecuciones de los judíos y durante
las épocas en que debieron esconderse para
escapar a dichas persecuciones, diferentes tipos
de doctrinas y de costumbres vieron el día.
Los rabinos tomaron individualmente la libertad
de interpretar los principios de su fe cada vez
que se presentaba una necesidad de clarificación.
Pero la línea recta de la fe religiosa
no puede ser trazada por gente aislada; debe ser
establecida por un gran congreso de judíos
legal y libremente reunidos y que comprenda miembros
de las comunidades españolas y portuguesas,
italianas, alemanas y francesas, es decir representantes
de los judíos de más de los tres
cuartos de Europa”.
23 de agosto
de 1806, Napoleón a su ministro del Interior.
Tomado de “El espíritu
de Napoleón:
Una selección de sus escritos y de sus
declaraciones” editado por
J. Christophe Herold.
“Debían
huir para escapar a las piedras”
| “Es
un hecho extraordinario que los judíos,
aunque dispersos en el mundo entero, hayan
conservado las mismas costumbres y los mismos
rasgos característicos. Antes de
la Revolución de 1789, los judíos
del condado Venaissin (une enclave del territorio
papal, cercano a Aviñón en
Francia) vivían en horribles condiciones.
Los cristianos de esta región no
consideraban que un hijo de Israel era un
ser humano similar a ellos. Los judíos
debían residir en un barrio que les
era asignado y del cual no podían
salir más que durante espacios horarios
estrictamente impuestos. Si, por mala suerte,
se encontraban en una calle en la que pasaba
una procesión cristiana (lo que era
frecuente), debían huir para escapar
a las piedras que les eran lanzadas de todos
lados.”
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“Siempre
tenían que portar un sombrero amarillo:
las judías tenían que llevar
una mascada del mismo color cruzada sobre
su pecho. Malhaya a quienes dejaban su barrio
sin esos signos distintivos. Los judíos
debían obligatoriamente, inclinándose
respetuosamente, saludar a todos los cristianos,
incluso los mendigos, quienes les decían
entonces “haced una ofrenda”.
El judío debía obedecer y
dar cinco tostones. Sólo Dios sabe
cuantas piezas de de veinticinco centavos
un judío estaba obligado a pagar
de esta manera cada vez que salía
de su casa.”
(Elzear
Blaze, « La vida militar
bajo Napoleón »,
traducido por John R. Elting).
Una de
las numerosas contribuciones de Napoleón
a la mejora de las condiciones de vida de
las poblaciones, y tal vez la más
importante y la más durable, es el
Código Civil. Comprometió
su responsabilidad personal en la mayoría
de los 2281 artículos que lo componen.
En esa época
de la historia, los jefes políticos
de la Revolución habían puesto
trabas a las prácticas religiosas.
Napoleón abrió las iglesias
católicas cerradas desde hacía
años y acordó la libertad
de ce culto a los judíos y a los
protestantes. En aplicación de la
divisa « Libertad, Igualdad, Fraternidad
», dio igualmente derecho de ciudadanía
a los francmasones.
En aquel
tiempo, los protestantes de Francia eran
aproximadamente 680,000, o sea 480,000 calvinistas
y 200,000 luteranos. Napoleón decidió
que sus pastores recibirían un salario
del Estado. |
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El
Código
Civil
o Código Napoleón |
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El Código
Civil, también llamado Código Napoleón,
promulgado en 1804, contiene 36 Leyes y 2281 artículos.
Fue elaborado en cuatro meses de sesiones cotidianas,
presididas en su mayoría por el Primer
Cónsul en persona. El Código Napoleón
sirvió de modelo a todos los juristas del
Siglo XIX.
¿QUÉ LLEVÓ
A NAPOLEÓN A INTERESARSE EN LOS JUDÍOS?
Napoleón
Bonaparte no conoció judíos en su
infancia, ni tal vez durante sus años de
estudio en Francia. Su primer contacto con una
comunidad judía se produjo el 9 de febrero
de 1797 durante la Campaña de Italia.
Cuando Napoleón
y su ejército entraron a Ancona, la comunidad
judía de esa ciudad vivía confinada
en un estrecho ghetto cerrado de noche. Le sorprendió
constatar que ciertas personas llevaban gorros
amarillos y brazales con la estrella de David.
Preguntó la razón de ello a uno
de sus oficiales. Éste le respondió
que eran judíos que debían obligatoriamente
regresar a su ghetto antes de la noche. Estaban
marcados de esa manera para permitir verificar
que no infringieran esta regla. Napoleón
ordenó inmediatamente que los gorros y
los brazales fueran quitados y los remplazó
por la roseta tricolor. Suprimió el ghetto
y dio instrucciones para que los judíos
pudiesen practicar abiertamente su religión
y vivir libremente en donde los desearan. Los
judíos de Ancona estuvieron sorprendidos
y encantados al constatar que los primeros soldados
franceses que entraron en el ghetto eran judíos.
Más tarde,
Napoleón liberó igualmente a los
judíos de los ghettos de Roma, Venecia,
Verona y Padua.
El “Liberador
de Italia” abolió las leyes de la
inquisición, y los judíos fueron
finalmente libres.
¿POR
QUÉ HIZO ESO NAPOLEÓN? ¿TENÍA
UN MOTIVO?
He aquí
otro hecho que merece ser señalado. El
12 de junio de 1798, cuando los franceses se apoderaron
de Malta, Napoleón se enteró de
que los Caballeros prohibían a los judíos
practicar su religión en una sinagoga.
Trataban a los prisioneros judíos como
esclavos y los utilizaban o los vendían
sin piedad. Napoleón dio inmediatamente
a los judíos permiso de construir una sinagoga.
PREGUNTO
NUEVAMENTE: ¿POR QUÉ NAPOLEÓN
TUVO ESE COMPORTAMIENTO?
¿CUÁL PODÍA SER SU MOTIVACIÓN?
Pero he aquí
un hecho sorprendente que es poco conocido.
Cuando los franceses
asediaban San Juan de Acre, Napoleón había
preparado una proclama creando en Palestina un
Estado judío independiente.
Pensaba ocupar
San Juan de Acre en los días siguientes
y dirigirse enseguida a Jerusalem para
lanzar ahí su proclama. A causa de los
ingleses que acorrieron en ayuda de los turcos,
no pudo realizar ese proyecto.
PROCLAMA
A LA NACIÓN JUDÍA
Cuartel general Jerusalem,
1ero floreal, año VII de
la República Francesa (20
de abril de 1799)
Bonaparte, comandante en jefe de
las armadas de la República
Francesa
en África y en Asia, a los
herederos legítimos de la
Palestina:
¡Israelitas,
nación única que las
conquistas y la tiranía han
podido, durante miles de años,
privar de su tierra ancestral, pero
ni de su nombre, ni de su existencia
nacional!
Los
observadores atentos e imparciales
del destino de las naciones, aún
si no tienen los dones proféticos
de Israel y de Joel, se dieron cuenta
de la justeza de las predicciones
de los grandes profetas quienes, la
víspera de la destrucción
de Sión, predijeron que los
hijos del Señor regresarían
a su patria con canciones y en la
felicidad y que la tristeza y que
los suspiros huirían para siempre
jamás. (Isaías 35. 10).
¡De
pie en la felicidad, los exiliados!
Esta guerra sin ejemplo en toda la
historia, ha sido emprendida por su
propia defensa por una nación
cuyas tierras hereditarias eran consideradas
por sus enemigos como una presa ofrecida
que desmenuzar. Ahora esta nación
se venga de dos mil años de
ignominia. Aunque la época
y las circunstancias parecen poco
favorables a la afirmación
o hasta a la expresión de vuestras
peticiones, esta guerra os ofrece
hoy, contrariamente a toda espera,
el patrimonio israelí.
La
Providencia me ha enviado aquí
con un joven ejército, guiado
por la justicia y acompañado
por la victoria. Mi cuartel general
está en Jerusalem y
en algunos días estaré
en Damas, cuya proximidad ya no es
de temer para la ciudad de David.
¡Herederos legítimos
de la Palestina!
La
Gran Nación que no trafica
los hombres y los países según
la manera de aquellos quienes han
vendido vuestros ancestros a todos
los pueblos (Joel 4. 6) no os llama
a conquistar vuestro patrimonio. No,
os pide tomar solamente lo que ya
ha conquistado con su apoyo y su autorización
de quedar amos de esta tierra y de
conservarla a pesar de todos los adversarios.
¡Levantaos!
Mostrad que todo el poder de vuestros
opresores no ha podido aniquilar el
valor de los descendientes de esos
héroes que habrían hecho
honor a Esparta y a Roma (Macabeo
12. 15). Mostrad que dos mil años
de esclavitud no han sido suficientes
para ahogar ese valor.
¡Apresuraos!
Es el momento que tal vez no volverá
de aquí a mil años,
de reclamar la restauración
de vuestros derechos civiles, de vuestro
lugar entre los pueblos del mundo.
Tenéis el derecho a una existencia
política en tanto que nación
entre las demás naciones. Tenéis
el derecho de adorar libremente al
Señor según vuestra
religión. (Joel 4. 20). |
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Sin el fracaso frente a Acre, Napoleón,
por medio de esta proclama impresa y fechada el
20 de abril de 1799, habría creado el Estado
de Israel. Los judíos no hubieran debido
esperar 150 años antes de volver a tener
un estado independiente.
Esta proclama,
sin embargo, produjo frutos. Dio nacimiento al
sionismo al reforzar la idea de que era justo
que los judíos recobraran una patria. Las
ideas expresadas por Napoleón exaltaron
el entusiasmo de todos aquellos que vieron en
ellas la realización de la profecía
bíblica según la cual los judíos
recobrarían un día la posesión
de la tierra de sus ancestros; muy especialmente
en Inglaterra. Ciento dieciocho años más
tarde, en 1917, el Conde de Balfour, que era el
jefe del partido conservador, declaró que
Inglaterra debía ayudar al pueblo judío
a recuperar su patria en Palestina, pero no fue
sino 31 años más tarde, en 1948,
cuando el Estado de Israel será reconocido
por un voto de la Asamblea General de las Naciones
Unidas. La declaración de Napoleón,
ese primer día de Pascua de 1799, tendrá
pues un papel importante en la creación
del Estado de Israel.
En el Moniteur
Universel de París, con fecha del
22 de mayo de 1799, hallamos: « Bonaparte
ha publicado una proclama por medio de la cual
invita a todos los judíos de Asia y de
África a juntarse bajo su lábaro
con miras a restablecer la antigua Jerusalem.
Ya armó a un gran número, y sus
batallones amenazan Alep. »
El 16 de agosto
de 1800, Napoleón declaró: “Si
yo gobernara una nación judía, restablecería
el templo de Salomón.”
¿POR
QUÉ HIZO NAPOLEÓN ESO?
Encontramos la
respuesta a esta pregunta en el diario del doctor
Barry O’Meara, el médico personal
del Emperador en Santa Elena.
El 10 de noviembre
de 1816, O’Meara había preguntado
a Napoleón por qué había
dado a los judíos tantos ánimos:
El Emperador respondió, y lo cito: «Quería
libertar a los judíos para hacer de ellos
ciudadanos enteramente. Debían beneficiarse
de las mismas ventajas que los católicos
y los protestantes. Insistía en que fuesen
tratados como hermanos puesto que somos todos
herederos del judaísmo. Por lo demás,
pensaba atraer a Francia un refuerzo precioso.
Los judíos son numerosos y hubieran venido
a instalarse en masa en un país que les
acordaba más privilegios que cualquier
otra parte. Sin los eventos de 1814, muchos judíos
de toda Europa hubiesen ido a establecerse en
Francia, en donde libertad, igualdad y fraternidad
les eran aseguradas, y donde la puerta de los
honores les estaba abierta. Así hubieran
participado a la grandeza nacional».
A lo largo de
su reinado, Napoleón sintió una
gran simpatía por los judíos. Siempre
hizo lo que le era posible para que éstos
gozaran de los mismos derechos que los católicos
y los protestantes.
La Revolución
de 1789 había aligerado en Francia las
medidas de ostracismo impuestas a los judíos.
El 27 de noviembre de 1791, un decreto de la Asamblea
Constituyente les había acordado la ciudadanía
plenamente. De hecho, se trataba en este caso
de una simple profesión de fe, sin dimensión
práctica. En efecto, la Asamblea Legislativa
no tomó ninguna medida de aplicación.
En cuanto a la Convención, cerró
las sinagogas, prohibió hablar hebreo y
de una manera general le hizo la vida difícil
a los judíos.
Durante el Directorio,
las sinagogas fueron devueltas al culto y algunos
judíos aislados pudieron dedicarse a los
negocios o a una carrera política.
No obstante, la
masa permaneció desaprobada o apenas tolerada.
Cuando el poder es confiado a Napoleón
en Francia, la condición de los judíos
es pues precaria e inestable. Se halla sometida,
según las regiones, al arbitrario de las
costumbres locales, ora liberales, ora tiránicas.
Las creencias personales de Napoleón en
materia de religión nunca fueron demasiado
marcadas. En cambio, tenía un espíritu
de tolerancia fuera de comparación. Por
doquier donde extendió su poder, estableció
la libertad de cultos. Decía “La
fe no es del dominio de la ley. Es un bien personal
del hombre y nadie tiene derecho de pedirle que
rinda cuentas sobre el tema”.
Él
quería que los judíos tuvieran su
Jerusalem en Francia
Metternich-Winneburg,
quien era Cónsul de Austria en París,
escribía en una carta dirigida en septiembre
de 1806 al Conde Standion, Ministro de asuntos
exteriores de Austria: « Todos los judíos
ven en Napoleón a su Mesías.
»
Napoleón
fue el primer jefe de estado en acordar la igualdad
a los judíos, en una época en que
los demás los mantenían en la servidumbre.
También suprimió los impuestos especiales
impuestos a los judíos en Alemania y les
dio, por vez primera, la igualdad cívica
y política. Cuando una fuerte oposición
se manifestó en Francia, Napoleón
mantuvo firmemente su apoyo a los judíos.
Cuando Napoleón
llegó al poder, no había más
de 40,000 Judíos en toda Francia y estaban
dispersos en diversas provincias. Era en Alsacia,
en donde vivía la mitad de la población
judía de Francia, donde las persecuciones
eran más severas. En París, había
aproximadamente 1,000 judíos. Les estaba
prohibido dedicarse a los negocios, ocupar puestos
oficiales y comprar propiedades.
Durante
la elaboración de la ley del 8 de
abril de 1802 sobre la organización
de los cultos, el Consejero de Estado Jean-Etienne
Portalis, principal autor del proyecto,
declaró: “Los judíos
gozarán, como los demás, de
la libertad dictada por nuestras leyes.”
Aún
cuando la oposición antisemita fue
muy fuerte, Isaac Cerf-Beer, un ciudadano
judío de los más eminentes,
presentó a Portalis, recientemente
nombrado ministro de los cultos, un notable
plan de integración de los judíos
en la nación. Este plan fue transmitido
a Napoleón en el campo de Boloña
en agosto de 1805. Lo aprobó y ordenó
a Portalis ponerlo en práctica tan
pronto como fuera posible.
En lo que
concierne a los judíos, no cabe ninguna
duda que las leyes de Napoleón constituyen
el viraje decisivo que les permitió
acceder a la libre sociedad tal como existe
hoy en día.
Cerf-Beer
jugó un papel importante en la abolición
del gravamen impuesto a cada judío
que pasaba un día en Estrasburgo.
En la primavera de 1806, después
de la campaña de Austerlitz, Napoleón
intervendrá personalmente con el
mayor vigor para que los judíos gocen
realmente de una total libertad. Sin embargo,
el «Mercure de France»
publicó un artículo violentamente
antisemita, en el cual se decía que
para pretender a la libertad en Francia,
los judíos deberían obligatoriamente
convertirse al catolicismo. Una fuerte oposición
dirigida por Molé, Beugnot, Ségur
y Régnier trató de hacer abortar
los planes de Napoleón a favor de
los judíos.
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Wieland
y
el Emperador Napoleón
Cristóbal
Martín Wieland
era un poeta
y filósofo judío
de lo más respetado. Durante
una estancia en Alemania, Napoleón
insistió en conocerle |
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Para dar fin a
las arremetidas antisemitas retomadas por múltiples
diarios, Napoleón declaró, lo cito:
“No es de esta forma como se arreglará
la cuestión judía. No se me podría
proponer nada peor que expulsar de mis estados
a un gran número de individuos que en ellos
son hombres como los demás. Habría
debilidad expulsando a los judíos, habrá
fuerza asimilándolos.”
El 30 de mayo
de 1806, un decreto prescribe la reunión
en París de una asamblea compuesta por
judíos de los más distinguidos y
rabinos de todas las regiones de Francia con miras
a estudiar y a establecer las formas propias para
conferir a los israelitas la calidad política
y civil de los franceses.
El sábado
26 de julio de 1806, ciento once representantes
de la comunidad judía de los distritos
de Francia y de Italia del norte se reúnen
en la Capilla San Juan, una dependencia del ayuntamiento
de París. Habían recibido una declaración
del Emperador: « Mi deseo es hacer de
los judíos de Francia ciudadanos útiles,
conciliar sus creencias con su deber de franceses
y alejar los reproches que pudieron hacérseles.
Quiero que todos los hombres que viven en Francia
sean iguales y gocen del conjunto de nuestras
leyes. »
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David
Sintzheim (1745-1812)
Presidente del Gran
Sanedrín, nombrado gran
rabino del Consistorio central
de los israelitas en el año
1808. |
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Desde la primera sesión, el banquero
bordalés Abraham Furtado es elegido
presidente. En su discurso inaugural hace,
en términos vibrantes, elogio de
Napoleón: “Aquel que quiso
poner un fin a una sangrienta anarquía
y a persecuciones seculares”.
La Asamblea
va a estudiar diversas cuestiones en el
transcurso de las sesiones llevadas a cabo
en agosto y en septiembre. Si la mayoría
no representan dificultades y suscitan respuestas
francas, algunas, sin embargo, como los
matrimonios mixtos y la definición
de la usura dan lugar a debates confusos.
Es entonces
cuando germina en el espíritu de
Napoleón la idea de reunir al Gran
Sanedrín a partir del año
siguiente. De emanación esencialmente
religiosa, el Gran Sanedrín es el
consejo supremo de la nación judía.
Esta asamblea había gobernado Israel
de 170 antes de J.C. a 70 después
de J.C.
El primero
en levantarse contra este proyecto es Alejandro,
el zar de Rusia. Se pronuncia violentamente
contra la libertad acordada a los judíos
y pide a la Iglesia Ortodoxa protestar con
la mayor energía. Designa a Napoleón
como « Anticristo y el enemigo de
Dios ».
Un ataque
ponzoñoso viene del Santo Sínodo
de Moscú que proclama: « Con
el fin de destruir las bases de las iglesias
del Cristianismo el Emperador de los franceses
ha invitado a su capital a todas las sinagogas
judaicas y tiene el proyecto de fundar un
nuevo Sanedrín hebreo, que es el
mismo tribunal que osó antaño
condenar a la cruz al Señor Jesús
».
En la católica
Austria, la irritación es grande. |
En Prusia, la
iglesia luterana se muestra muy hostil y las reacciones
en Italia, aunque menos virulentas, son sin embargo
desfavorables. La reacción de Londres es
también formal: « Rechazamos
la política y la doctrina de semejante
Asamblea. »
Napoleón
no toma en cuenta esas protestas, aunque sean
apoyadas, en la misma Francia, por personalidades
muy influyentes.
Poco después
de la victoria de Jena, dirige de Posen, el 29
de noviembre de 1806, una nota de ocho páginas
en la que ya entrevé el estatuto que se
le acordará a los judíos.
El Gran Sanedrín
se reúne solemnemente el 9 de febrero de
1807 para llevar a cabo una sesión de un
mes. El ceremonial es calcado de que se usaba
en el Estado hebreo, hace dos mil años.
La Capilla San Juan es dotada esta vez de una
vasta mesa en semicírculo alrededor de
la cual toman lugar los setenta y uno, como en
el Templo de Jerusalem.
Comentando las
disposiciones tomadas en el transcurso del Gran
Sanedrín, el viejo rabino Sinzheim diría
durante su alocución de clausura: “...
y a tí, Napoleón, a tí, el
bien amado, a tí, el ídolo de la
Francia y de la Italia, a tí, el terror
de los soberbios, el consolador del género
humano, el apoyo de los afligidos, el padre de
todos los pueblos, el elegido del Señor,
Israel te eleva un templo en su corazón;
todos sus pensamientos se dirigen sin cesar hacia
todo lo que puede colmar tu felicidad. Dispón,
sí, dispón completamente de la vida
y de los sentimientos de aquellos a quienes acabas
de poner en el rango de tus hijos, haciéndolos
participar en todas las prerrogativas de tus más
fieles súbditos.”
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| El
Gran Sanedrín, que se reunió
del 9 de febrero al 9 de marzo de 1807 |
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El Gran Sanedrín
era la más alta Asamblea de la nación
judía. No había celebrado sesión
desde hacía 18 siglos. Napoleón
tuvo la idea de reunir a los principales notables
judíos de toda Europa, con el fin de permitirles
exponer los problemas que les concernían.
Convocado por decreto del 23 de agosto de 1806,
el Gran Sanedrín se reunió del 9
de febrero al 9 de marzo de 1807. Al final de
la primera reunión, Napoleón fue
proclamado el « Ciro » de los tiempos
modernos (aquel rey de Persia, Cyrus el Grande,
a quien se le debió la primera restauración
de Israel). Fue calurosamente glorificado por
todos los representantes unánimes.
El decreto de
1806 había liberado a los judíos
de su aislamiento. El Gran Sanedrín de
1807, haciendo del judaísmo un tercer culto
oficial, los ligaba estrechamente a su patria
nueva. Las resoluciones del Sanedrín de
1807 conforman así una suerte de concordato
que sigue siendo, aún hoy, la base orgánica
del judaísmo francés.
Sin embargo,
la oposición no se dio por vencida. El
Cardenal Fesch, tío de Napoleón,
le dijo “¿Sabéis que las
Santas Escrituras predicen que el fin del mundo
llegará cuando los judíos sean reconocidos
como pertenecientes a una nación constituida?”.
El Mariscal Kellerman,
apoyado por Molé, moviliza la oposición
antisemita, lo que le cuesta ser objeto de las
amonestaciones del Emperador: « Hay
que impedirse reprochar al conjunto de los judíos
lo que no es el hecho más que de una minoría
de ellos. »
Chateaubriand
declara: «... medidas impuestas que,
de efecto en efecto, harán caer las finanzas
del mundo en los quioscos de los judíos,
y acarrearán por doquier una subversión
total. »
A causa de toda
esta oposición y tal vez sobretodo a razón
de su luna de miel con el zar Alejandro, después
de Tilsitt, Napoleón acepta firmar, el
17 de marzo de 1808, un decreto restrictivo que
limitaba las libertades acordadas a los judíos.
El 11 abril 1808,
Napoleón recibía al Sr. Furtado
y a Maurice Levy de Nancy, quienes querían
expresar la emoción de sus correligionarios
acerca del decreto restrictivo. Después
de haberlos escuchado, el Emperador dio inmediatamente
la orden de anular este decreto en 13 distritos
del sur, del suroeste y de las Vosges. En junio,
fueron Livorno y los bajos Pirineos los que gozaron
de esta medida.
Así, al
cabo de tres meses, más de la mitad de
los distritos restablecieron la libertad total
para todos sus ciudadanos judíos.
En 1811, las últimas
restricciones fueron levantadas en Alsacia. A
partir de esta fecha nada en las actividades civiles
o políticas en Francia distinguió
a los judíos de los no judíos.
Una anécdota
muestra hasta qué punto Napoleón
era sensible a la causa judía. Una vez
mientras condecoraba a un joven soldado, David
Bloom, éste le dijo: “Majestad,
yo soy de alsaciano y no puedo aceptar una condecoración
mientras mis parientes no sean completamente libres.”
El Emperador decidió entonces abolir las
últimas restricciones.
Los judíos
pudieron seguir los cursos de las Universidades
y escoger su profesión en todas las ramas
de la sociedad.
El Almanaque Imperial
de 1811 menciona que la religión judía
es una de las tres religiones oficiales de Francia.
Las decisiones de Napoleón para libertar
a los judíos se extendieron a todos los
países bajo su autoridad. El Código
Civil aseguró la libertad, igualdad, fraternidad
para todos, cualesquiera que fuesen su religión
o rango social.
En 1811, gracias
a Napoleón, Portugal acordó a los
judíos la total libertad y les permitió
abrir sus sinagogas que estaban cerradas desde
hacía más de 200 años.
En Alemania, en
los Países Bajos y en Italia los judíos
conocieron, por primera vez, la sensación
de entrar en la vida moderna con la posibilidad
de participar como hombres libres en la sociedad.
En las partes
de España que no estaban bajo la autoridad
de Francia, la inquisición proseguía
sus torturas y sus perjuicios.
Después
de Waterloo, la Santa Alianza reunida en Viena
suprimió en toda Europa las leyes liberales
de Napoleón. El retroceso más grave
se produjo en los Estados del Papa. Era como si
Pío VII hubiese querido vengarse sobre
la población judía de las humillaciones
que había sufrido en tiempos de Napoleón.
Hizo restablecer los ghettos e impuso de nuevo
la estrella amarilla.
En Francia y en
Holanda, no fue hasta 1830 cuando los judíos
recobraron la total libertad. Luego fue el caso
en Suecia en 1834 y en Suiza en 1838. Es notable
que en Inglaterra los judíos no fueron
libertados hasta 1858. Lord Lionel Rothchild tuvo
que ser elegido cinco veces antes de tener el
derecho de tener un escaño en el Parlamento.
Es un hecho histórico
que el final del reino de Napoleón conllevó
un retroceso de la emancipación y hundió
a los judíos en la desesperación.
Hay que notar igualmente que las leyes de 1808
restablecidas en 1830, están todavía
en vigor en Francia.
El encuentro del
pueblo judío y de Napoleón marca
un hito en la historia del judaísmo. En
efecto, el Emperador es el primer jefe de Estado
de los tiempos modernos en haberse interesado
con lucidez y benevolencia en los problemas del
pueblo judío y en haberle brindado soluciones
satisfactorias y conformes a la ética universal
de los derechos del hombre.
Napoleón
hizo más que los demás jefes de
Estado antes que él, para garantizar la
seguridad y la libertad religiosa de los judíos
en todas las naciones que controlaba. No tenía
sin embargo sino bien pocas ventajas políticas
que esperar de sus decisiones generosas, pues
no había más de 40,000 judíos
en esa época en Francia.
Los judíos
de Francia y del Imperio reconocieron que sus
beneficios eran la marca de un gran corazón
y de su respeto por todas las etnias y religiones.
Le estaban tan agradecidos, que compusieron la
plegaria siguiente en su honor. Esta plegaria
estaba comprendida en todos los misales de todas
las sinagogas del Imperio. Como consecuencia,
todos los fieles conocían esta plegaria
que recitaban frecuentemente.
|
Plegaria
de los hijos de Israel
Ciudadanos de Francia y de Italia
por el éxito y la prosperidad
de nuestro Señor
el Emperador, el Rey Napoleón
el Grande
(Que su gloria centellee)
Compuesta
en el mes de Mar-Hechran, año
5567 (1807)
Psalmos 20, 21, 27, 147
Imploro al Eterno, creador del cielo,
de la tierra y de todo lo que en ellos
vive. Tu as establecido todas las
fronteras del mundo y fijado a cada
pueblo su lenguaje. Tu as dado a los
reyes el cetro del poder para que
gobiernen con equidad, justicia y
rectitud a fin de que cada uno, en
su lugar, pueda vivir en paz.
Qué
bienaventurados somos, cuan agradable
es nuestra suerte desde que colocaste
a Napoleón el Grande en los
tronos de Francia y de Italia. Ningún
otro hombre es tan digno de reinar,
ni merece tantos honores y gratitud;
él dirige a los pueblos con
una autoridad benefactora y toda la
bondad de su corazón.
Cuando
los reyes de la tierra le han librado
batalla, tú, Dios, le has prodigado
tus beneficios, lo has protegido,
le has permitido someter a sus enemigos.
Le han pedido misericordia y él,
en su generosidad, se las ha acordado.
Ahora,
nuevamente, los reyes se han ligado
para traicionar los tratados y remplazar
la paz por la sangre de la guerra.
Ejércitos se han juntado para
combatir al Emperador; he aquí
a los enemigos que avanzan y que nuestro
amo con su poderosa armada se prepara
a rechazar la agresión.
¡Oh
Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza,
del poder y de la belleza, te imploramos
mantenerte cerca de él. Ayúdale,
sostenle, protégele y sálvale
de todo mal. Dile « Yo soy tu
salvador » y dale tu luz y tu
verdad para guiarle.
Por
piedad, desbarata los complots de
todos sus enemigos. Que en las decisiones
del Emperador aparezca tu esplendor.
Refuerza y consolida sus legiones
y a sus aliados, que todos sus movimientos
estén marcados de inteligencia
y de éxito.
Dale
la victoria y obliga a sus enemigos
a inclinarse ante él y a pedirle
la paz. Esta paz, él se las
concederá pues no desea sino
la paz entre todas las naciones.
Dios
de clemencia, Amo de la paz, implanta
en el corazón de los reyes
de la tierra sentimientos pacíficos
para el mayor bien de toda la humanidad.
No permitas a la espada venir donde
nosotros a derramar la sangre de nuestros
hermanos. Haz que todas las naciones
vivan en la paz y la prosperidad eterna.
Amén. |
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BIBLIOGRAFÍA
1. Anchel, Napoléon
et les Juifs, 1928
2. C. Roth, The Jews of Malta in: Transactions
of the Jewish Historical Society of England,
XII (1931).
3. The Jewish Press Magazine, abril de 1998, página
69.
4. The Memoirs of Dr. Barry O'Meara.
5. The New Judea, vol. 16, September
1949.
6. Simon Schwarz Fuchs, Napoleon, the Jews
and the Sanhedrin.
7. Proctor Jones, The Memoirs of Baron Fain,
First Secretary of the Emperor Cabinet, first
edition, 1998.
8. Frans Kobler, Napoleon and the Jews
(1975).
9. A.S. Yahuda, Conception d’un état
juif par Napoléon, Evidences publication,
1951, nº 19, Mayo-Junio.
Ver también
el Cántico
dirigido a Napoleón el Grande,
por Moisés Milliaud.