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| Napoleón
fue el primer jefe de Estado de Europa
en acordar la libertad del culto para
todas las religiones. En esta litografía
de la época, se la concede al
pueblo judío representado por
la mujer que sostiene la ménorah. |
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Por
el General (2S) |
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MICHEL
FRANCESCHI
General
de cuatro estrellas
Comendador de la
Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto
Napoleónico México-Francia
Consejero Histórico Especial
de la Sociedad Napoleónica Internacional |
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| El
General Franceschi |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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« ¡Oh Israel,
séanle dadas gracias al libertador de tu
pueblo! »
(El rabino Sinzheim, durante la apertura del Gran
Sanedrín de 1807).
La
obra ejemplar de Napoleón en favor de los
judíos no apasiona a los historiadores.
No obstante, este aspecto trata una de sus acciones
más nobles. Napoleón debe ser considerado
como el libertador de los judíos. En su
calidad de auténtico hombre de las luces,
se enfrentó a las más violentas
oposiciones en detrimento de su carrera para imponer
la tolerancia de su religión y restaurarlos
en su dignidad de humanos. Se le hizo pagar el
más alto precio…
Al advenimiento
de Napoleón, les judíos de Europa
viven en situación de verdadero apartheid.
Marcados desde la antigüedad de la inexpiable
infamia de la crucifixión de Cristo, son
considerados por doquier como parias, un pequeño
número de ellos se complace de hecho en
su marginalidad. Su rechazo es más o menos
marcado según los países o las regiones.
Se les prohíbe la propiedad y no pueden
en principio ejercer más que la profesión
del comercio. El abuso por algunos de ellos de
la práctica de la usura agrava la desconsideración
de todos. En ciertas ciudades, son obligados al
porte de señas distintivas amarillas y
se ven a veces confinados en ghettos. En fin,
una situación intolerable tras la proclamación
de los derechos del hombre.
¿Cuántos son ellos? En Francia,
se enumeran menos de 50 000 de los cuales aproximadamente
la mitad en Alsacia, en donde se les maltrata
más, unos mil en París, 8000 en
Lorena, 4500 en Burdeos, 2500 en Marsella y en
el Condado. Aproximadamente 30 000 más
viven en los países fronterizos, atraídos
por la Francia de los derechos del hombre. El
número de los que viven allende en Europa
es difícil de apreciar pero permanece pobre.
Cuando estalla
la Revolución, la situación des
Israelitas está en vías de una mejoría
en Francia. Un edicto de Luis XVI de 1785, inspirado
por Malesherbes, los ha colocado bajo la «
protección » de las autoridades
locales, y admitido entre los patentables. Bajo
el impulso del abate Grégoire, la Asamblea
Constituyente adopta el 27 de septiembre de 1791
un decreto que concede a los judíos la
plena ciudadanía, en aplicación
del artículo 10 de la Declaración
de los Derechos del Hombre autorizando la libertad
de culto. Pero a falta de toda decisión
de aplicación, la medida queda en calidad
de letra muerta. La Legislativa se desinteresa
de la suerte de los israelitas. La intratable
Convención relanza la persecución.
El Directorio se muestra tolerante pero no hace
avanzar la cuestión en nada.
Es entonces cuando
entra en escena Napoleón. A decir verdad,
Napoleón no esperó su acceso al
poder supremo para interesarse en los israelitas.
A su manera de ver de humanista, una comunidad
dispersa a los cuatros vientos y que conserva
cueste lo cueste su poderosa identidad a pesar
de cerca de dos milenarios de opresiones no puede
sino inspirar el mayor respeto. De puede datar
de la campaña de Italia su toma de conciencia
de la cuestión judía. Al entrar
a Ancona el 9 de febrero de 1797, queda indignado
ante la existencia de un ghetto. Ordena inmediatamente
su supresión. Posteriormente, hizo lo mismo
en Roma, Venecia, Verona, y Padua, libertando
con autoridad a los judíos de los estados
pontificios. Al tomar posesión de Malta
en junio de 1798, concede a los israelitas de
la isla la autorización de construir una
sinagoga y el derecho de practicar en ella su
culto, prohibido por los caballeros de Malta.
Durante la expedición de Egipto, enrola
en el cuerpo expedicionario un contingente israelita.
Frente a San Juan de Acre, concibe el proyecto
revolucionario de la fundación de un estado
judío en Palestina, 150 años antes
de su realización. En una « Proclama
a la nación judía »,
escribe estas palabras de una audacia inaudita
para la época: « ¡Apresuraos!
Es el momento que no volverá tal vez de
aquí a mil años de reclamar la restauración
de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar
entre los pueblos del mundo. Tendréis derecho
a una existencia política en tanto Nación
entre las naciones. Tendréis el derecho
de adorar libremente al señor de vuestra
religión ».
Durante las negociaciones
del Concordato, Napoleón se esfuerza
en extender al culto israelita el beneficio
de las medidas de tolerancia y de apaciguamiento
concedidas a las religiones cristianas.
Una infranqueable hostilidad le obliga
a dejar para más tarde lo que considera
como la coronación de su obra de
reconciliación nacional. Este objetivo
no podrá ser alcanzado hasta que
los judíos de Francia hayan pasado
de la posición de marginales completamente
segregados a la de ciudadanos franceses
de manera plena. Y el Emperador no separará
más de esta idea. ¡Pero cuántas
oposiciones que neutralizar y obstáculos
a franquear!
¿Qué
móvil anima a Napoleón en
este asunto de lo más sensible?
Para su confort político, Napoleón
debería lavarse las manos de la
suerte de un tan pequeño número
de habitantes despreciados por todos,
seguro de atraerse la hostilidad general
al defenderlos, cuando de por sí
se encuentra ya confrontado a tantas otras
dificultades graves. Pero para él
un principio moral no vale más
que si es cumplido en su plenitud, cualquiera
que sea el precio.
No se
trata de una preferencia religiosa cualquiera.
Católico de tradición y
de educación, Napoleón no
es ateo, sin ser sin embargo un practicante
asiduo. Altamente imbuido de las virtudes
de la religión para toda sociedad,
quiere hacer la práctica religiosa
compatible con los nuevos valores de tolerancia
y de libertad. A su manera de ver, todas
las religiones deben ser admitidas sin
excepción y coexistir pacíficamente,
sin que ninguna imponga su voluntad a
las demás, ni sobre todo al Estado.
Es lo que se llama la laicidad, motivación
primera de Napoleón, quien es el
iniciador de este valor.
Además, pertinazmente apegado a
la gran obra de la fundación de
la Francia nueva, el Emperador necesita
movilizar todas las energías y
los recursos del país, y las de
los judíos no son de las menores,
tanto más que son susceptibles
de atraer a Francia buen número
de sus correligionarios extranjeros.
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David
Sintzheim (1745-1812)
Presidente del Gran Sanedrín,
nombrado gran rabino del Consistorio
central de los israelitas en el
año 1808. |
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A principios de
1805, animados por las buenas disposiciones del
Emperador para con los judíos, un grupo
de sus representantes dirigidos por el augusto
Isaac Cerf-Berr, propone al ministro de los cultos,
Portalis, un plan de integración civil
y religiosa de los israelitas. Portalis no se
opone a él pero hace ver al Emperador la
implacable oposición que ha encontrado,
especialmente en el este. Entonces en el campo
de Boloña en donde se alista para enfrentarse
a la tercera Coalición, Napoleón
debe retrasar su decisión hasta después
de la guerra que le es impuesta.
Su autoridad, reforzada por la insuperable victoria
de Austerlitz, el Emperador retoma el asunto durante
la primavera de 1806, apoyado por el abate Grégoire
e Isaac Cerf-Berr. Hace someter al Consejo de
Estado un proyecto de integración de los
judíos en la nación. Debe sobreponerse
a una feroz resistencia de todos los bordes, insidiosamente
conducida por Mathieu Molé. Tras múltiples
peripecias, logra hacer que se adopte el decreto
decisivo del 30 de mayo de 1806, que organiza
« la reunión en París
de una Asamblea de individuos de la religión
judía (…) ¡de tal
suerte que se establezcan las formas propias para
conferir a los israelitas la calidad política
y civil de los franceses! »
Compuesta por
ciento once laicos y rabinos, esta Asamblea se
reúne en la capilla San Juan el 26 de julio
de 1806. La convocación oficial va acompañada
por una declaración solemne redactada de
puño y letra por el Emperador: «
Mi deseo es hacer de los judíos de
Francia ciudadanos útiles, conciliar sus
creencias con su deber de franceses y alejar los
reproches que pudieron hacérseles. Quiero
que todos los hombres que viven en Francia sean
iguales y gocen del conjunto de nuestras leyes
».
Los trabajos de
la Asamblea se llevan a cabo en agosto y septiembre
bajo la presidencia del honorable banquero Abraham
Furtado y en presencia de tres comisarios del
gobierno, entre los cuales Molé. Dos cuestiones
son objeto de debates animados: los matrimonios
mixtos y la práctica de la usura. Se acaba
por ponerse de acuerdo sobre la tolerancia de
los primeros y el encuadramiento legal de la segunda.
Redactado por Molé, la relación
conclusiva de los comisarios deja sin embargo
vislumbrar una reticencia manifiesta de los rabinos,
eclipsados en los debates por laicos brillantes.
Napoleón toma conciencia de la fragilidad
de los resultados obtenidos. Se da cuenta de que
su futura perennidad necesita de una unción
religiosa, a semejanza del Concordato algunos
años antes. Trazo de genio, probablemente
inspirado por Isaac Cerf-Berr, decide entonces
resucitar el Gran Sanedrín, el antiguo
Consejo Supremo de los judíos, caído
en el olvido desde la destrucción del Templo
de Jerusalén por Titus, en el año
70.
Simbólicamente
calcado de su ilustre ancestro, el Gran Sanedrín
de 1807 se reúne en gran solemnidad el
9 de febrero en la capilla San Juan para una sesión
de un mes. El venerable rabino Sinzheim, presidente
electo, abre la primera sesión con la exhortación
citada en el epígrafe. Prosigue con un
loor vívido de Napoleón: «
Ministro de la eterna justicia ante la cual
todos los hombres son iguales y sus derechos inmutables
»… Ponente designado, Abraham
Furtado cierra la sesión con la deificación
del Emperador: « ¡Bendito sea
el Dios de Israel que ha puesto en el trono de
Francia a un príncipe según su corazón!
Ha escogido a Napoleón el Grande para ser
el instrumento de su misericordia…
».
Suerte de Concordato judío, el Gran Sanedrín
de 1807 consagra el judaísmo como la tercera
religión de Francia. En lo esencial, constituye
todavía hoy su base en nuestros días.
A la noticia de su éxito, un alborozo indescriptible
se apodera de toda la comunidad israelita. Como
testimonio de su infinita gratitud, compone a
la gloria del Emperador la emotiva plegaria que
figura en el anexo.
La incensación
de Napoleón por los judíos tiene
como efecto la exacerbación las oposiciones.
En el extranjero, la condena del Gran Sanedrín
es general y virulenta. Confina al paroxismo en
Rusia, en donde la iglesia ortodoxa designa a
Napoleón como el « anticristo
y el enemigo de Dios » por haber «fundado
un nuevo Sanedrín hebreo que es el mismo
tribunal que osó antaño condenar
a la cruz al Señor Jesús».
¡Listo! En Francia, la oposición
antisemita se desata, principalmente en Alsacia.
Es apoyada por espíritus elevados como
el de Chateaubriand. Detrás de un silencio
forzado, el clero católico no se queda
atrás. Hasta el Cardinal Fesch, su tío,
reprocha al Emperador « ignorar que
las Escrituras anuncian el juicio final para el
día en que los judíos sean reconocidos
como cuerpo de la nación ».
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Napoleón
I da las tablas de la Ley a Moisés
Obra de A. Brenet basada en
un dibujo de vivant Denon, hacia 1807.
Colección del museo de Israel |
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De cara a esta
violenta oposición, Napoleón debe
operar un repliegue elástico pero no una
retirada. Es tanto más empujado a ello
que después de Tilsit debe tratar con contemplaciones
a Rusia para salvar la paz. El 17 de marzo de
1808, firma un decreto suspensivo, retrasando
de diez años la aplicación de las
medidas adoptadas, pero autorizando derogaciones
locales antes del término. La oposición
se calma, pero una inmensa decepción aflige
a los judíos. Es de corta duración.
El Emperador inicia las derogaciones de inmediato,
luego hace acelerar el ritmo. Y es así
como menos de tres años más tarde
todos los judíos del Imperio vuelven a
ser ciudadanos franceses de pleno ejercicio. El
genio de maniobra de Napoleón no era sólo
militar…
Pero la caída
del Imperio lo pondrá todo nuevamente en
cuestión. Después de Waterloo, los
judíos van a volver a encontrar por doquier
sus humillantes condiciones de existencia. No
recobrarán sus derechos hasta 1830 en Francia
y en Holanda, en 1834 en Suecia, en 1838 en Suiza,
en 1858 en Gran Bretaña, y mucho más
tarde en el resto de Europa.
Napoleón
pagó un precio exorbitante por su noble
voluntad de imponer la tolerancia religiosa y
la laicidad contra viento y marea. Sospechoso
de amistad con los verdugos putativos de Cristo,
Napoleón fue presentado por los integristas
de las iglesias cristianas como la encarnación
de Satán. La indomable hostilidad engendrada
ha constituido la levadura de todas las adversidades
que acabaron por sumergir al Imperio. Su declive
data en efecto del Gran Sanedrín.
En Prusia, la iglesia luterana fomentó
la emergencia del nacionalismo alemán,
volviendo contra Francia el entusiasmo emancipador
de la Revolución.
En Rusia, el fundamentalismo de la iglesia ortodoxa
dio barreno a la alianza franco-rusa sobre la
cual reposaba la paz en Europa. El espectro del
Gran Sanedrín no cesó de planear
sobre las relaciones franco-rusas. Socavó
insidiosamente la gran esperanza de paz de Tilsit.
En 1811, el Santo Sínodo de Moscú
hizo capotar bajo mano el matrimonio de Napoleón
con una gran duquesa rusa, última oportunidad
de paz.
En cuanto a la iglesia católica, el Gran
Sanedrín precipitó la ruptura total
de Napoleón con el papado. En Francia,
una minoría de prelados ilustrados conservó
una actitud moderada y a veces incluso benévola
en recuerdo del fabuloso Concordato. Pero una
mayoría del clero alimentó hasta
en la entorno del Emperador una sorda oposición
interna de nefastas consecuencias.
Pero fue en España en donde la hostilidad
de la iglesia católica produjo sus efectos
más devastadores. Ahí se convirtió
en fanatismo guerrero. Un clero obscurantista
aún bajo la influencia de la Inquisición
inspiró, alimentó, y hasta condujo,
una verdadera guerra santa oculta detrás
de un levantamiento patriótico. Para exacerbar
la agresividad de los fieles, un catecismo especial
anti-napoleónico, que escurría de
odio, fue incluso enseñado en las escuelas,
ante la indiferencia, si no el fomento, de la
Curia romana. Si se admite que la guerra de España
constituyó de hecho la tumba del Imperio,
nos es forzoso admitir que el sepulturero principal
fue el clero católico español.
En definitiva,
nuevo Ciro, pero no adepto de Poncio Pilato, en
la cuestión judía Napoleón
subordinó su devenir político al
estricto respeto de un derecho sagrado del hombre.
Es sin duda en este afrontamiento inexpiable donde
Napoleón fue moralmente el más grande.
ANEXO
Plegaria
de los hijos de Israel
Ciudadanos de Francia y de Italia
por el éxito y la prosperidad
de nuestro Amo
el Emperador, el Rey Napoleón
el Grande
(Que su gloria centellee)
Compuesta
en el mes de Mar-Hechran, año
5567 (1807)
Psalmos 20, 21, 27, 147
Imploro al Eterno, creador del cielo,
de la tierra y de todo lo que en ellos
vive. Tu as establecido todas las
fronteras del mundo y fijado a cada
pueblo su lenguaje. Tu as dado a los
reyes el cetro del poder para que
gobiernen con equidad, justicia y
rectitud a fin de que cada uno, en
su lugar, pueda vivir en paz.
Qué
bienaventurados somos, cuan agradable
es nuestra suerte desde que colocaste
a Napoleón el Grande en los
tronos de Francia y de Italia. Ningún
otro hombre es tan digno de reinar,
ni merece tantos honores y gratitud;
él dirige a los pueblos con
una autoridad benefactora y toda la
bondad de su corazón.
Cuando
los reyes de la tierra le han librado
batalla, tú, Dios, le has prodigado
tus beneficios, lo has protegido,
le has permitido someter a sus enemigos.
Le han pedido misericordia y él,
en su generosidad, se las ha acordado.
Ahora,
nuevamente, los reyes se han ligado
para traicionar los tratados y remplazar
la paz por la sangre de la guerra.
Ejércitos se han juntado para
combatir al Emperador; he aquí
a los enemigos que avanzan y que nuestro
amo con su poderosa armada se prepara
a rechazar la agresión.
¡Oh
Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza,
del poder y de la belleza, te imploramos
mantenerte cerca de él. Ayúdale,
sostenle, protégele y sálvale
de todo mal. Dile « Yo soy tu
salvador » y dale tu luz y tu
verdad para guiarle.
Por
piedad, desbarata los complots de
todos sus enemigos. Que en las decisiones
del Emperador aparezca tu esplendor.
Refuerza y consolida sus legiones
y a sus aliados, que todos sus movimientos
estén marcados de inteligencia
y de éxito.
Dale
la victoria y obliga a sus enemigos
a inclinarse ante él y a pedirle
la paz. Esta paz, él se las
concederá pues no desea sino
la paz entre todas las naciones.
Dios
de clemencia, Amo de la paz, implanta
en el corazón de los reyes
de la tierra sentimientos pacíficos
para el mayor bien de toda la humanidad.
No permitas a la espada venir donde
nosotros a derramar la sangre de nuestros
hermanos. Haz que todas las naciones
vivan en la paz y la prosperidad eterna.
Amén. |
|
- Ver también el Cántico
dirigido a Napoleón el Grande,
por Moisés Milliaud.