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| Orgaización
del culto israelita |
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Napoleón
fue el primer jefe de Estado de
Europa en acordar la libertad del
culto para todas las religiones.
En esta litografía de la
época, se la concede al pueblo
judío, representado por la
mujer que sostiene la ménorah,
restableciendo el culto israelita
el 30 de mayo de 1806. Estampa de
la época. |
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Por
el General (2S) |
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Michel
Franceschi
General de cuatro estrellas
Comendador de la
Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto
Napoleónico México-Francia
Consejero Histórico Especial
de la Sociedad Napoleónica Internacional |
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| El
General Franceschi |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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| «
¡Oh Israel, séanle
dadas gracias al libertador
de tu pueblo! » |
Rabino
David Sinzheim, durante
la apertura del Gran Sanedrín
de 1807 |
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La
obra ejemplar de Napoleón en favor de
los judíos no apasiona a los historiadores.
No obstante, este aspecto trata una de sus acciones
más nobles. Napoleón debe ser
considerado como el libertador de los judíos.
En su calidad de auténtico hombre de
las luces, se enfrentó a las más
violentas oposiciones en detrimento de su carrera
para imponer la tolerancia de su religión
y restaurarlos en su dignidad de humanos. Se
le hizo pagar el más alto precio…
Al advenimiento
de Napoleón, les judíos de Europa
viven en situación de verdadero apartheid.
Marcados desde la antigüedad de la inexpiable
infamia de la crucifixión de Cristo,
son considerados por doquier como parias, un
pequeño número de ellos se complace
de hecho en su marginalidad. Su rechazo es más
o menos marcado según los países
o las regiones. Se les prohíbe la propiedad
y no pueden en principio ejercer más
que la profesión del comercio. El abuso
por algunos de ellos de la práctica de
la usura agrava la desconsideración de
todos. En ciertas ciudades, son obligados al
porte de señas distintivas amarillas
y se ven a veces confinados en ghettos. En fin,
una situación intolerable tras la proclamación
de los derechos del hombre.
¿Cuántos son ellos? En Francia,
se enumeran menos de 50 000 de los cuales aproximadamente
la mitad en Alsacia, en donde se les maltrata
más, unos mil en París, 8000 en
Lorena, 4500 en Burdeos, 2500 en Marsella y
en el Condado. Aproximadamente 30 000 más
viven en los países fronterizos, atraídos
por la Francia de los derechos del hombre. El
número de los que viven allende en Europa
es difícil de apreciar pero permanece
pobre.
Cuando estalla
la Revolución, la situación des
Israelitas está en vías de una
mejoría en Francia. Un edicto de Luis
XVI de 1785, inspirado por Malesherbes, los
ha colocado bajo la « protección
» de las autoridades locales, y admitido
entre los patentables. Bajo el impulso del abate
Grégoire, la Asamblea Constituyente adopta
el 27 de septiembre de 1791 un decreto que concede
a los judíos la plena ciudadanía,
en aplicación del artículo 10
de la Declaración de los Derechos del
Hombre autorizando la libertad de culto. Pero
a falta de toda decisión de aplicación,
la medida queda en calidad de letra muerta.
La Legislativa se desinteresa de la suerte de
los israelitas. La intratable Convención
relanza la persecución. El Directorio
se muestra tolerante pero no hace avanzar la
cuestión en nada.
Es entonces
cuando entra en escena Napoleón. A decir
verdad, Napoleón no esperó su
acceso al poder supremo para interesarse en
los israelitas. A su manera de ver de humanista,
una comunidad dispersa a los cuatros vientos
y que conserva cueste lo cueste su poderosa
identidad a pesar de cerca de dos milenarios
de opresiones no puede sino inspirar el mayor
respeto. De puede datar de la campaña
de Italia su toma de conciencia de la cuestión
judía. Al entrar a Ancona el 9 de febrero
de 1797, queda indignado ante la existencia
de un ghetto. Ordena inmediatamente su supresión.
Posteriormente, hizo lo mismo en Roma, Venecia,
Verona, y Padua, libertando con autoridad a
los judíos de los estados pontificios.
Al tomar posesión de Malta en junio de
1798, concede a los israelitas de la isla la
autorización de construir una sinagoga
y el derecho de practicar en ella su culto,
prohibido por los caballeros de Malta. Durante
la expedición de Egipto, enrola en el
cuerpo expedicionario un contingente israelita.
Frente a San Juan de Acre, concibe el proyecto
revolucionario de la fundación de un
estado judío en Palestina, 150 años
antes de su realización. En una «
Proclama a la nación judía
», escribe estas palabras de una audacia
inaudita para la época: « ¡Apresuraos!
Es el momento que no volverá tal vez
de aquí a mil años de reclamar
la restauración de vuestros derechos
civiles, de vuestro lugar entre los pueblos
del mundo. Tendréis derecho a una existencia
política en tanto Nación entre
las naciones. Tendréis el derecho de
adorar libremente al señor de vuestra
religión ».
Durante las negociaciones
del Concordato, Napoleón se esfuerza
en extender al culto israelita el beneficio
de las medidas de tolerancia y de apaciguamiento
concedidas a las religiones cristianas.
Una infranqueable hostilidad le obliga
a dejar para más tarde lo que
considera como la coronación
de su obra de reconciliación
nacional. Este objetivo no podrá
ser alcanzado hasta que los judíos
de Francia hayan pasado de la posición
de marginales completamente segregados
a la de ciudadanos franceses de manera
plena. Y el Emperador no separará
más de esta idea. ¡Pero
cuántas oposiciones que neutralizar
y obstáculos a franquear!
¿Qué
móvil anima a Napoleón
en este asunto de lo más sensible?
Para su confort político, Napoleón
debería lavarse las manos de
la suerte de un tan pequeño número
de habitantes despreciados por todos,
seguro de atraerse la hostilidad general
al defenderlos, cuando de por sí
se encuentra ya confrontado a tantas
otras dificultades graves. Pero para
él un principio moral no vale
más que si es cumplido en su
plenitud, cualquiera que sea el precio.
No se
trata de una preferencia religiosa cualquiera.
Católico de tradición
y de educación, Napoleón
no es ateo, sin ser sin embargo un practicante
asiduo. Altamente imbuido de las virtudes
de la religión para toda sociedad,
quiere hacer la práctica religiosa
compatible con los nuevos valores de
tolerancia y de libertad. A su manera
de ver, todas las religiones deben ser
admitidas sin excepción y coexistir
pacíficamente, sin que ninguna
imponga su voluntad a las demás,
ni sobre todo al Estado. Es lo que se
llama la laicidad, motivación
primera de Napoleón, quien es
el iniciador de este valor.
Además, pertinazmente apegado
a la gran obra de la fundación
de la Francia nueva, el Emperador necesita
movilizar todas las energías
y los recursos del país, y las
de los judíos no son de las menores,
tanto más que son susceptibles
de atraer a Francia buen número
de sus correligionarios extranjeros.
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David
Sintzheim (1745-1812)
Presidente del Gran
Sanedrín, nombrado gran
rabino del Consistorio central
de los israelitas en el año
1808. |
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A principios
de 1805, animados por las buenas disposiciones
del Emperador para con los judíos, un
grupo de sus representantes dirigidos por el
augusto Isaac Cerf-Berr, propone al ministro
de los cultos, Portalis, un plan de integración
civil y religiosa de los israelitas. Portalis
no se opone a él pero hace ver al Emperador
la implacable oposición que ha encontrado,
especialmente en el este. Entonces en el campo
de Boloña en donde se alista para enfrentarse
a la tercera Coalición, Napoleón
debe retrasar su decisión hasta después
de la guerra que le es impuesta.
Su autoridad, reforzada por la insuperable victoria
de Austerlitz, el Emperador retoma el asunto
durante la primavera de 1806, apoyado por el
abate Grégoire e Isaac Cerf-Berr. Hace
someter al Consejo de Estado un proyecto de
integración de los judíos en la
nación. Debe sobreponerse a una feroz
resistencia de todos los bordes, insidiosamente
conducida por Mathieu Molé. Tras múltiples
peripecias, logra hacer que se adopte el decreto
decisivo del 30 de mayo de 1806, que organiza
« la reunión en París
de una Asamblea de individuos de la religión
judía (…) ¡de tal
suerte que se establezcan las formas propias
para conferir a los israelitas la calidad política
y civil de los franceses! »
Compuesta por
ciento once laicos y rabinos, esta Asamblea
se reúne en la capilla San Juan el 26
de julio de 1806. La convocación oficial
va acompañada por una declaración
solemne redactada de puño y letra por
el Emperador: « Mi deseo es hacer
de los judíos de Francia ciudadanos útiles,
conciliar sus creencias con su deber de franceses
y alejar los reproches que pudieron hacérseles.
Quiero que todos los hombres que viven en Francia
sean iguales y gocen del conjunto de nuestras
leyes ».
Los trabajos
de la Asamblea se llevan a cabo en agosto y
septiembre bajo la presidencia del honorable
banquero Abraham Furtado y en presencia de tres
comisarios del gobierno, entre los cuales Molé.
Dos cuestiones son objeto de debates animados:
los matrimonios mixtos y la práctica
de la usura. Se acaba por ponerse de acuerdo
sobre la tolerancia de los primeros y el encuadramiento
legal de la segunda.
Redactado por Molé, la relación
conclusiva de los comisarios deja sin embargo
vislumbrar una reticencia manifiesta de los
rabinos, eclipsados en los debates por laicos
brillantes. Napoleón toma conciencia
de la fragilidad de los resultados obtenidos.
Se da cuenta de que su futura perennidad necesita
de una unción religiosa, a semejanza
del Concordato algunos años antes. Trazo
de genio, probablemente inspirado por Isaac
Cerf-Berr, decide entonces resucitar el Gran
Sanedrín, el antiguo Consejo Supremo
de los judíos, caído en el olvido
desde la destrucción del Templo de Jerusalén
por Titus, en el año 70.
Simbólicamente
calcado de su ilustre ancestro, el Gran Sanedrín
de 1807 se reúne en gran solemnidad el
9 de febrero en la capilla San Juan para una
sesión de un mes. El venerable rabino
Sinzheim, presidente electo, abre la primera
sesión con la exhortación citada
en el epígrafe. Prosigue con un loor
vívido de Napoleón: « Ministro
de la eterna justicia ante la cual todos los
hombres son iguales y sus derechos inmutables
»… Ponente designado, Abraham
Furtado cierra la sesión con la deificación
del Emperador: « ¡Bendito sea
el Dios de Israel que ha puesto en el trono
de Francia a un príncipe según
su corazón! Ha escogido a Napoleón
el Grande para ser el instrumento de su misericordia…
».
Suerte de Concordato judío, el Gran Sanedrín
de 1807 consagra el judaísmo como la
tercera religión de Francia. En lo esencial,
constituye todavía hoy su base en nuestros
días.
A la noticia de su éxito, un alborozo
indescriptible se apodera de toda la comunidad
israelita. Como testimonio de su infinita gratitud,
compone a la gloria del Emperador la emotiva
plegaria que figura en el anexo.
La incensación
de Napoleón por los judíos tiene
como efecto la exacerbación las oposiciones.
En el extranjero, la condena del Gran Sanedrín
es general y virulenta. Confina al paroxismo
en Rusia, en donde la iglesia ortodoxa designa
a Napoleón como el « anticristo
y el enemigo de Dios » por haber
«fundado un nuevo Sanedrín
hebreo que es el mismo tribunal que osó
antaño condenar a la cruz al Señor
Jesús».
¡Listo! En Francia, la oposición
antisemita se desata, principalmente en Alsacia.
Es apoyada por espíritus elevados como
el de Chateaubriand. Detrás de un silencio
forzado, el clero católico no se queda
atrás. Hasta el Cardinal Fesch, su tío,
reprocha al Emperador « ignorar que
las Escrituras anuncian el juicio final para
el día en que los judíos sean
reconocidos como cuerpo de la nación
».
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Napoleón
I da las tablas de la Ley a Moisés
Obra de A. Brenet basada
en un dibujo de vivant Denon, hacia
1807. Colección del museo de
Israel |
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De cara a esta
violenta oposición, Napoleón debe
operar un repliegue elástico pero no
una retirada. Es tanto más empujado a
ello que después de Tilsit debe tratar
con contemplaciones a Rusia para salvar la paz.
El 17 de marzo de 1808, firma un decreto suspensivo,
retrasando de diez años la aplicación
de las medidas adoptadas, pero autorizando derogaciones
locales antes del término. La oposición
se calma, pero una inmensa decepción
aflige a los judíos. Es de corta duración.
El Emperador inicia las derogaciones de inmediato,
luego hace acelerar el ritmo. Y es así
como menos de tres años más tarde
todos los judíos del Imperio vuelven
a ser ciudadanos franceses de pleno ejercicio.
El genio de maniobra de Napoleón no era
sólo militar…
Pero la caída
del Imperio lo pondrá todo nuevamente
en cuestión. Después de Waterloo,
los judíos van a volver a encontrar por
doquier sus humillantes condiciones de existencia.
No recobrarán sus derechos hasta 1830
en Francia y en Holanda, en 1834 en Suecia,
en 1838 en Suiza, en 1858 en Gran Bretaña,
y mucho más tarde en el resto de Europa.
Napoleón
pagó un precio exorbitante por su noble
voluntad de imponer la tolerancia religiosa
y la laicidad contra viento y marea. Sospechoso
de amistad con los verdugos putativos de Cristo,
Napoleón fue presentado por los integristas
de las iglesias cristianas como la encarnación
de Satán. La indomable hostilidad engendrada
ha constituido la levadura de todas las adversidades
que acabaron por sumergir al Imperio. Su declive
data en efecto del Gran Sanedrín.
En Prusia, la iglesia luterana fomentó
la emergencia del nacionalismo alemán,
volviendo contra Francia el entusiasmo emancipador
de la Revolución.
En Rusia, el fundamentalismo de la iglesia ortodoxa
dio barreno a la alianza franco-rusa sobre la
cual reposaba la paz en Europa. El espectro
del Gran Sanedrín no cesó de planear
sobre las relaciones franco-rusas. Socavó
insidiosamente la gran esperanza de paz de Tilsit.
En 1811, el Santo Sínodo de Moscú
hizo capotar bajo mano el matrimonio de Napoleón
con una gran duquesa rusa, última oportunidad
de paz.
En cuanto a la iglesia católica, el Gran
Sanedrín precipitó la ruptura
total de Napoleón con el papado. En Francia,
una minoría de prelados ilustrados conservó
una actitud moderada y a veces incluso benévola
en recuerdo del fabuloso Concordato. Pero una
mayoría del clero alimentó hasta
en la entorno del Emperador una sorda oposición
interna de nefastas consecuencias.
Pero fue en España en donde la hostilidad
de la iglesia católica produjo sus efectos
más devastadores. Ahí se convirtió
en fanatismo guerrero. Un clero obscurantista
aún bajo la influencia de la Inquisición
inspiró, alimentó, y hasta condujo,
una verdadera guerra santa oculta detrás
de un levantamiento patriótico. Para
exacerbar la agresividad de los fieles, un catecismo
especial anti-napoleónico, que escurría
de odio, fue incluso enseñado en las
escuelas, ante la indiferencia, si no el fomento,
de la Curia romana. Si se admite que la guerra
de España constituyó de hecho
la tumba del Imperio, nos es forzoso admitir
que el sepulturero principal fue el clero católico
español.
En definitiva,
nuevo Ciro, pero no adepto de Poncio Pilato,
en la cuestión judía Napoleón
subordinó su devenir político
al estricto respeto de un derecho sagrado del
hombre. Es sin duda en este afrontamiento inexpiable
donde Napoleón fue moralmente el más
grande.
ANEXO
Plegaria
de los hijos de Israel
Ciudadanos de Francia y de Italia
por el éxito y la prosperidad
de nuestro Amo
el Emperador, el Rey Napoleón
el Grande
(Que su gloria centellee)
Compuesta
en el mes de Mar-Hechran, año
5567 (1807)
Psalmos 20, 21, 27, 147
Imploro al Eterno, creador del cielo,
de la tierra y de todo lo que en
ellos vive. Tu as establecido todas
las fronteras del mundo y fijado
a cada pueblo su lenguaje. Tu as
dado a los reyes el cetro del poder
para que gobiernen con equidad,
justicia y rectitud a fin de que
cada uno, en su lugar, pueda vivir
en paz.
Qué
bienaventurados somos, cuan agradable
es nuestra suerte desde que colocaste
a Napoleón el Grande en los
tronos de Francia y de Italia. Ningún
otro hombre es tan digno de reinar,
ni merece tantos honores y gratitud;
él dirige a los pueblos con
una autoridad benefactora y toda
la bondad de su corazón.
Cuando
los reyes de la tierra le han librado
batalla, tú, Dios, le has
prodigado tus beneficios, lo has
protegido, le has permitido someter
a sus enemigos. Le han pedido misericordia
y él, en su generosidad,
se las ha acordado.
Ahora,
nuevamente, los reyes se han ligado
para traicionar los tratados y remplazar
la paz por la sangre de la guerra.
Ejércitos se han juntado
para combatir al Emperador; he aquí
a los enemigos que avanzan y que
nuestro amo con su poderosa armada
se prepara a rechazar la agresión.
¡Oh
Dios! Amo de la grandeza, de la
fuerza, del poder y de la belleza,
te imploramos mantenerte cerca de
él. Ayúdale, sostenle,
protégele y sálvale
de todo mal. Dile « Yo soy
tu salvador » y dale tu luz
y tu verdad para guiarle.
Por
piedad, desbarata los complots de
todos sus enemigos. Que en las decisiones
del Emperador aparezca tu esplendor.
Refuerza y consolida sus legiones
y a sus aliados, que todos sus movimientos
estén marcados de inteligencia
y de éxito.
Dale
la victoria y obliga a sus enemigos
a inclinarse ante él y a
pedirle la paz. Esta paz, él
se las concederá pues no
desea sino la paz entre todas las
naciones.
Dios
de clemencia, Amo de la paz, implanta
en el corazón de los reyes
de la tierra sentimientos pacíficos
para el mayor bien de toda la humanidad.
No permitas a la espada venir donde
nosotros a derramar la sangre de
nuestros hermanos. Haz que todas
las naciones vivan en la paz y la
prosperidad eterna.
Amén. |
|
Ver
también en este sitio:
- Napoleón
y los judíos, por el Dr. Ben
Weider.
-
Cántico
dirigido a Napoleón el Grande,
por Moisés Milliaud.
- Napoleón,
¿un fundador del sionismo?,
por Isis Wirth Armenteros..
- La
interrogación napoleónica,
por Douglas Lancelot Reed.
- Napoleón
y los judíos,
por isis Wirth Armenteros.