Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
NAPOLEÓN, EL LIBERTADOR CASTIGADO DE LOS JUDÍOS
Conferencia leída duante el primer Gran Congreso Napoleónico de Israel (mayo de 2007).
Orgaización del culto israelita
Napoleón fue el primer jefe de Estado de Europa en acordar la libertad del culto para todas las religiones. En esta litografía de la época, se la concede al pueblo judío, representado por la mujer que sostiene la ménorah, restableciendo el derecho a profesar el culto israelita el 30 de mayo de 1806. Estampa de la época.

Por el General (2S)

Michel Franceschi
General de cuatro estrellas
Comendador de la Legión de Honor

Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia

Consejero Histórico Especial de la Sociedad Napoleónica Internacional

El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
El General Franceschi
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« ¡Oh Israel, séanle dadas gracias al libertador de tu pueblo! »
Rabino David Sinzheim, durante la apertura del Gran Sanedrín de 1807

La obra ejemplar de Napoleón en favor de los judíos no apasiona a los historiadores. No obstante, este aspecto trata una de sus acciones más nobles. Napoleón debe ser considerado como el libertador de los judíos. En su calidad de auténtico hombre de las luces, se enfrentó a las más violentas oposiciones en detrimento de su carrera para imponer la tolerancia de su religión y restaurarlos en su dignidad de humanos. Se le hizo pagar el más alto precio…

Al advenimiento de Napoleón, les judíos de Europa viven en situación de verdadero apartheid. Marcados desde la antigüedad de la inexpiable infamia de la crucifixión de Cristo, son considerados por doquier como parias, un pequeño número de ellos se complace de hecho en su marginalidad. Su rechazo es más o menos marcado según los países o las regiones. Se les prohíbe la propiedad y no pueden en principio ejercer más que la profesión del comercio. El abuso por algunos de ellos de la práctica de la usura agrava la desconsideración de todos. En ciertas ciudades, son obligados al porte de señas distintivas amarillas y se ven a veces confinados en ghettos. En fin, una situación intolerable tras la proclamación de los derechos del hombre.
¿Cuántos son ellos? En Francia, se enumeran menos de 50 000 de los cuales aproximadamente la mitad en Alsacia, en donde se les maltrata más, unos mil en París, 8000 en Lorena, 4500 en Burdeos, 2500 en Marsella y en el Condado. Aproximadamente 30 000 más viven en los países fronterizos, atraídos por la Francia de los derechos del hombre. El número de los que viven allende en Europa es difícil de apreciar pero permanece pobre.

Cuando estalla la Revolución, la situación des Israelitas está en vías de una mejoría en Francia. Un edicto de Luis XVI de 1785, inspirado por Malesherbes, los ha colocado bajo la « protección » de las autoridades locales, y admitido entre los patentables. Bajo el impulso del abate Grégoire, la Asamblea Constituyente adopta el 27 de septiembre de 1791 un decreto que concede a los judíos la plena ciudadanía, en aplicación del artículo 10 de la Declaración de los Derechos del Hombre autorizando la libertad de culto. Pero a falta de toda decisión de aplicación, la medida queda en calidad de letra muerta. La Legislativa se desinteresa de la suerte de los israelitas. La intratable Convención relanza la persecución. El Directorio se muestra tolerante pero no hace avanzar la cuestión en nada.

Es entonces cuando entra en escena Napoleón. A decir verdad, Napoleón no esperó su acceso al poder supremo para interesarse en los israelitas. A su manera de ver de humanista, una comunidad dispersa a los cuatros vientos y que conserva cueste lo cueste su poderosa identidad a pesar de cerca de dos milenarios de opresiones no puede sino inspirar el mayor respeto. De puede datar de la campaña de Italia su toma de conciencia de la cuestión judía. Al entrar a Ancona el 9 de febrero de 1797, queda indignado ante la existencia de un ghetto. Ordena inmediatamente su supresión. Posteriormente, hizo lo mismo en Roma, Venecia, Verona, y Padua, libertando con autoridad a los judíos de los estados pontificios. Al tomar posesión de Malta en junio de 1798, concede a los israelitas de la isla la autorización de construir una sinagoga y el derecho de practicar en ella su culto, prohibido por los caballeros de Malta. Durante la expedición de Egipto, enrola en el cuerpo expedicionario un contingente israelita. Frente a San Juan de Acre, concibe el proyecto revolucionario de la fundación de un estado judío en Palestina, 150 años antes de su realización. En una « Proclama a la nación judía », escribe estas palabras de una audacia inaudita para la época: « ¡Apresuraos! Es el momento que no volverá tal vez de aquí a mil años de reclamar la restauración de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar entre los pueblos del mundo. Tendréis derecho a una existencia política en tanto Nación entre las naciones. Tendréis el derecho de adorar libremente al señor de vuestra religión ».

Durante las negociaciones del Concordato, Napoleón se esfuerza en extender al culto israelita el beneficio de las medidas de tolerancia y de apaciguamiento concedidas a las religiones cristianas. Una infranqueable hostilidad le obliga a dejar para más tarde lo que considera como la coronación de su obra de reconciliación nacional. Este objetivo no podrá ser alcanzado hasta que los judíos de Francia hayan pasado de la posición de marginales completamente segregados a la de ciudadanos franceses de manera plena. Y el Emperador no separará más de esta idea. ¡Pero cuántas oposiciones que neutralizar y obstáculos a franquear!

¿Qué móvil anima a Napoleón en este asunto de lo más sensible? Para su confort político, Napoleón debería lavarse las manos de la suerte de un tan pequeño número de habitantes despreciados por todos, seguro de atraerse la hostilidad general al defenderlos, cuando de por sí se encuentra ya confrontado a tantas otras dificultades graves. Pero para él un principio moral no vale más que si es cumplido en su plenitud, cualquiera que sea el precio.

No se trata de una preferencia religiosa cualquiera. Católico de tradición y de educación, Napoleón no es ateo, sin ser sin embargo un practicante asiduo. Altamente imbuido de las virtudes de la religión para toda sociedad, quiere hacer la práctica religiosa compatible con los nuevos valores de tolerancia y de libertad. A su manera de ver, todas las religiones deben ser admitidas sin excepción y coexistir pacíficamente, sin que ninguna imponga su voluntad a las demás, ni sobre todo al Estado. Es lo que se llama la laicidad, motivación primera de Napoleón, quien es el iniciador de este valor.
Además, pertinazmente apegado a la gran obra de la fundación de la Francia nueva, el Emperador necesita movilizar todas las energías y los recursos del país, y las de los judíos no son de las menores, tanto más que son susceptibles de atraer a Francia buen número de sus correligionarios extranjeros.

David Sintzheim (1745-1812)
Presidente del Gran Sanedrín, nombrado gran rabino del Consistorio central de los israelitas en el año 1808.

A principios de 1805, animados por las buenas disposiciones del Emperador para con los judíos, un grupo de sus representantes dirigidos por el augusto Isaac Cerf-Berr, propone al ministro de los cultos, Portalis, un plan de integración civil y religiosa de los israelitas. Portalis no se opone a él pero hace ver al Emperador la implacable oposición que ha encontrado, especialmente en el este. Entonces en el campo de Boloña en donde se alista para enfrentarse a la tercera Coalición, Napoleón debe retrasar su decisión hasta después de la guerra que le es impuesta.
Su autoridad, reforzada por la insuperable victoria de Austerlitz, el Emperador retoma el asunto durante la primavera de 1806, apoyado por el abate Grégoire e Isaac Cerf-Berr. Hace someter al Consejo de Estado un proyecto de integración de los judíos en la nación. Debe sobreponerse a una feroz resistencia de todos los bordes, insidiosamente conducida por Mathieu Molé. Tras múltiples peripecias, logra hacer que se adopte el decreto decisivo del 30 de mayo de 1806, que organiza « la reunión en París de una Asamblea de individuos de la religión judía (…) ¡de tal suerte que se establezcan las formas propias para conferir a los israelitas la calidad política y civil de los franceses! »

Compuesta por ciento once laicos y rabinos, esta Asamblea se reúne en la capilla San Juan el 26 de julio de 1806. La convocación oficial va acompañada por una declaración solemne redactada de puño y letra por el Emperador: « Mi deseo es hacer de los judíos de Francia ciudadanos útiles, conciliar sus creencias con su deber de franceses y alejar los reproches que pudieron hacérseles. Quiero que todos los hombres que viven en Francia sean iguales y gocen del conjunto de nuestras leyes ».

Los trabajos de la Asamblea se llevan a cabo en agosto y septiembre bajo la presidencia del honorable banquero Abraham Furtado y en presencia de tres comisarios del gobierno, entre los cuales Molé. Dos cuestiones son objeto de debates animados: los matrimonios mixtos y la práctica de la usura. Se acaba por ponerse de acuerdo sobre la tolerancia de los primeros y el encuadramiento legal de la segunda.
Redactado por Molé, la relación conclusiva de los comisarios deja sin embargo vislumbrar una reticencia manifiesta de los rabinos, eclipsados en los debates por laicos brillantes. Napoleón toma conciencia de la fragilidad de los resultados obtenidos. Se da cuenta de que su futura perennidad necesita de una unción religiosa, a semejanza del Concordato algunos años antes. Trazo de genio, probablemente inspirado por Isaac Cerf-Berr, decide entonces resucitar el Gran Sanedrín, el antiguo Consejo Supremo de los judíos, caído en el olvido desde la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito, en el año 70.

Simbólicamente calcado de su ilustre ancestro, el Gran Sanedrín de 1807 se reúne en gran solemnidad el 9 de febrero en la capilla San Juan para una sesión de un mes. El venerable rabino Sinzheim, presidente electo, abre la primera sesión con la exhortación citada en el epígrafe. Prosigue con un loor vívido de Napoleón: « Ministro de la eterna justicia ante la cual todos los hombres son iguales y sus derechos inmutables »… Ponente designado, Abraham Furtado cierra la sesión con la deificación del Emperador: « ¡Bendito sea el Dios de Israel que ha puesto en el trono de Francia a un príncipe según su corazón! Ha escogido a Napoleón el Grande para ser el instrumento de su misericordia… ».
Suerte de Concordato judío, el Gran Sanedrín de 1807 consagra el judaísmo como la tercera religión de Francia. En lo esencial, constituye todavía hoy su base en nuestros días.
A la noticia de su éxito, un alborozo indescriptible se apodera de toda la comunidad israelita. Como testimonio de su infinita gratitud, compone a la gloria del Emperador la emotiva plegaria que figura en el anexo.

La incensación de Napoleón por los judíos tiene como efecto la exacerbación las oposiciones. En el extranjero, la condena del Gran Sanedrín es general y virulenta. Confina al paroxismo en Rusia, en donde la iglesia ortodoxa designa a Napoleón como el « anticristo y el enemigo de Dios » por haber « fundado un nuevo Sanedrín hebreo que es el mismo tribunal que osó antaño condenar a la cruz al Señor Jesús ».
¡Listo! En Francia, la oposición antisemita se desata, principalmente en Alsacia. Es apoyada por espíritus elevados como el de Chateaubriand. Detrás de un silencio forzado, el clero católico no se queda atrás. Hasta el Cardinal Fesch, su tío, reprocha al Emperador « ignorar que las Escrituras anuncian el juicio final para el día en que los judíos sean reconocidos como cuerpo de la nación ».

Napoleón I da las tablas de la Ley a Moisés
Pieza basada en un dibujo del barón Vivant Denon (1747-1825), hacia 1807. Obra de Nicolas-Guy-Antoine Brenet (1770-1846), Colección del museo de Israel.

De cara a esta violenta oposición, Napoleón debe operar un repliegue elástico pero no una retirada. Es tanto más empujado a ello cuanto que después de Tilsit debe tratar con contemplaciones a Rusia para salvar la paz. El 17 de marzo de 1808, firma un decreto suspensivo, retrasando de diez años la aplicación de las medidas adoptadas, pero autorizando derogaciones locales antes del plazo. La oposición se calma, pero una inmensa decepción aflige a los judíos. Es de corta duración.
El Emperador inicia las derogaciones de inmediato, luego hace acelerar el ritmo. Y es así como menos de tres años más tarde todos los judíos del Imperio vuelven a ser ciudadanos franceses de pleno ejercicio. El genio de maniobra de Napoleón no era sólo militar...

Pero la caída del Imperio lo pondrá todo nuevamente en cuestión. Después de Waterloo, los judíos van a volver a encontrar por doquier sus humillantes condiciones de existencia. No recobrarán sus derechos hasta 1830 en Francia y en Holanda, en 1834 en Suecia, en 1838 en Suiza, en 1858 en Gran Bretaña, y mucho más tarde en el resto de Europa.

Napoleón pagó un precio exorbitante por su noble voluntad de imponer la tolerancia religiosa y la laicidad contra viento y marea. Sospechoso de amistad con los verdugos putativos de Cristo, Napoleón fue presentado por los integristas de las iglesias cristianas como la encarnación de Satán. La indomable hostilidad engendrada ha constituido la levadura de todas las adversidades que acabaron por sumergir al Imperio. Su declive data en efecto del Gran Sanedrín.
En Prusia, la iglesia luterana fomentó la emergencia del nacionalismo alemán, volviendo contra Francia el entusiasmo emancipador de la Revolución.
En Rusia, el fundamentalismo de la iglesia ortodoxa dio barreno a la alianza franco-rusa sobre la cual reposaba la paz en Europa. El espectro del Gran Sanedrín no cesó de planear sobre las relaciones franco-rusas. Socavó insidiosamente la gran esperanza de paz de Tilsit. En 1811, el Santo Sínodo de Moscú hizo capotar bajo mano el matrimonio de Napoleón con una gran duquesa rusa, última oportunidad de paz.
En cuanto a la iglesia católica, el Gran Sanedrín precipitó la ruptura total de Napoleón con el papado. En Francia, una minoría de prelados ilustrados conservó una actitud moderada y a veces incluso benévola en recuerdo del fabuloso Concordato. Pero una mayoría del clero alimentó hasta en la entorno del Emperador una sorda oposición interna de nefastas consecuencias.
Pero fue en España en donde la hostilidad de la iglesia católica produjo sus efectos más devastadores. Ahí se convirtió en fanatismo guerrero. Un clero obscurantista aún bajo la influencia de la Inquisición inspiró, alimentó, y hasta condujo, una verdadera guerra santa oculta detrás de un levantamiento patriótico. Para exacerbar la agresividad de los fieles, un catecismo especial anti-napoleónico, que escurría de odio, fue incluso enseñado en las escuelas, ante la indiferencia, si no el fomento, de la Curia romana. Si se admite que la guerra de España constituyó de hecho la tumba del Imperio, nos es forzoso admitir que el sepulturero principal fue el clero católico español.

En definitiva, nuevo Ciro, pero no adepto de Poncio Pilato, en la cuestión judía Napoleón subordinó su devenir político al estricto respeto de un derecho sagrado del hombre. Es sin duda en este afrontamiento inexpiable donde Napoleón fue moralmente el más grande.

 

ANEXO

Plegaria de los hijos de Israel
Ciudadanos de Francia y de Italia
por el éxito y la prosperidad de nuestro Amo
el Emperador, el Rey Napoleón el Grande
(Que su gloria centellee)

Compuesta en el mes de Mar-Hechran, año 5567 (1807)
Psalmos 20, 21, 27, 147

Imploro al Eterno, creador del cielo, de la tierra y de todo lo que en ellos vive. Tu as establecido todas las fronteras del mundo y fijado a cada pueblo su lenguaje. Tu as dado a los reyes el cetro del poder para que gobiernen con equidad, justicia y rectitud a fin de que cada uno, en su lugar, pueda vivir en paz.

Qué bienaventurados somos, cuan agradable es nuestra suerte desde que colocaste a Napoleón el Grande en los tronos de Francia y de Italia. Ningún otro hombre es tan digno de reinar, ni merece tantos honores y gratitud; él dirige a los pueblos con una autoridad benefactora y toda la bondad de su corazón.

Cuando los reyes de la tierra le han librado batalla, tú, Dios, le has prodigado tus beneficios, lo has protegido, le has permitido someter a sus enemigos. Le han pedido misericordia y él, en su generosidad, se las ha acordado.

Ahora, nuevamente, los reyes se han ligado para traicionar los tratados y remplazar la paz por la sangre de la guerra. Ejércitos se han juntado para combatir al Emperador; he aquí a los enemigos que avanzan y que nuestro amo con su poderosa armada se prepara a rechazar la agresión.

¡Oh Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza, del poder y de la belleza, te imploramos mantenerte cerca de él. Ayúdale, sostenle, protégele y sálvale de todo mal. Dile « Yo soy tu salvador » y dale tu luz y tu verdad para guiarle.

Por piedad, desbarata los complots de todos sus enemigos. Que en las decisiones del Emperador aparezca tu esplendor. Refuerza y consolida sus legiones y a sus aliados, que todos sus movimientos estén marcados de inteligencia y de éxito.

Dale la victoria y obliga a sus enemigos a inclinarse ante él y a pedirle la paz. Esta paz, él se las concederá pues no desea sino la paz entre todas las naciones.

Dios de clemencia, Amo de la paz, implanta en el corazón de los reyes de la tierra sentimientos pacíficos para el mayor bien de toda la humanidad. No permitas a la espada venir donde nosotros a derramar la sangre de nuestros hermanos. Haz que todas las naciones vivan en la paz y la prosperidad eterna.

Amén.

 

Ver también en este sitio:

- Napoleón y los judíos, por el Dr. Ben Weider.
- Cántico dirigido a Napoleón el Grande, por Moisés Milliaud.
-
La interrogación napoleónica, por Douglas Lancelot Reed.
- Napoleón, los judíos y la hitoria de una traición, por Naum Kliksberg.

-
Napoleón y los judíos, por isis Wirth Armenteros.