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EL MITO NAPOLEÓNICO
 
Reliquias de Santa Helena
El péndulo de la rosa, el retrato del Rey de Roma, el testamento y la pluma empleados por Napoleón para escribir sus últimas voluntades
 
EL CULTO DEL EMPERADOR

por

André Castelot

André Castelot
Traducción del Instituto napoleónico México-Francia.

La religión Napoleónica comenzó desde la captura de Napoleón por Inglaterra. Manifestaciones, provocaciones, conspiraciones se sucedieron, y, sobre todo, el vencido de Waterloo permanece presente en todos los espíritus.
« Aquí, sobre mi roca, puede exclamarse el Emperador, no sin razón, sigo siendo el amo de Francia. Ved lo que allá pasa, leed los diarios, me encontraréis en cada línea ».

Después de su muerte, a través de Francia, los buhoneros venden tabaqueras, estatuillas o grabados que representan al «Antiguo». Napoleón, apenas descendido a la tumba, se ha convertido en un ser sobrenatural. Tras la publicación del exaltante Memorial de Las Cases será divinizado.

El mensaje de ultra tumba restituye la voz misma del Emperador quien parece dirigirse al mundo, aun cuando su cuerpo permanece prisionero, enterrado bajo una loza sin nombre, en el corazón del volcán sin nombre de Santa Helena. Cuando Luis Felipe sube al trono, es acarreado por el torrente e intenta diestramente deslizarse en la piel del león.

¿No fue él también, general republicano? El 28 de julio de 1833, levanta su sombrero empenachado frente a la columna Vendôme, gritando ¡Viva el Emperador! En el instante en que aparece la estatua colocada de vuelta en la cima del monumento. El clamor de entusiasmo hace olvidar la predicción de Casimir Perier, para quien volver a emplazar la estatua del Emperador sobre su pedestal de gloria era un acto de la última imprudencia para el Estado: «¡El pueblo, saturado de napoleonismo, tomará esa erección por una entronización!»

Helos aquí, todos son objetos de los que se rodeó allá, en la isla. Los miró, los tocó sin duda. La deportación añade a toda cosa. Confiere a estas reliquias, venidas de más allá de la tumba, un poder de emoción incomparable.

¡Qué no habría dicho cuando se acabe el Arco de Triunfo de la Estrella!

Y para servir de base a algún águila sublime,
Que vendrá a posarse en él y que será de bronce...

Aguijoneado por Thiers, el rey solicita a Inglaterra devolver a Francia los restos de Napoleón. Ni siquiera se quiso prestar atención a las palabras de Lamartine. Según él, las cenizas de Napoleón tal vez no estaban « suficientemente frías para que se les tocase ». ¿Acaso los griegos no dejaban pasar algo de tiempo entre « la muerte de los héroes y el juicio de la posteridad »? La advertencia era correcta: el trono del rey-ciudadano se verá « achicado ante semejante tumba ».

Lecho de muerte y crucifijo fúnebre del Emperador Napoleón
El 5 de mayo de 1821, durante toda la jornada, los últimos fieles, a quienes se han unido Arnott, los niños Bertrand y las mujeres de Noverraz, de Alí y de Archambault –en total dieciséis personas– no apartan su mirada del rostro de ceroso, emaciado ahora y cuyos rasgos se parecerán poco a poco a los del general Bonaparte. El silencio no es turbado más que por el tic-tac del péndulo.
Al final de la tarde, la respiración se hace corta y difícil. Napoleón se abandona ahora lentamente, muy lentamente, y se desliza hacia la muerte.
En el momento en que el sol se hunde en el mar, la respiración se detiene. Antommarchi toca la vena yugular del moribundo y le inclina la cabeza. Se ha acabado. Alguien se levanta y detiene el péndulo.
Son las cinco y cuarenta y nueve minutos. Dejando correr sus lágrimas, los asistentes van, uno por uno, a besar la mano del muerto.
 

Sabemos, en efecto, lo que fue la apoteosis del 15 de diciembre de 1840: los sobrevivientes de la epopeya, esos veteranos de la gloria, revestidos de sus viejos uniformes y encorvando el torso, levantando la cabeza y siguiendo el féretro de su dios por una última parada.
Muchos se resfriaron aquel día y, -como el general Moncey-, regresaron a casa después de ese desfile de fantasmas y se acostaron para morir.
La gran sombra había invadido al mundo...

Si se encuentra frecuentemente el mismo culto celebrado en toda Europa, lo más extraño es ver el lugar ocupado por el Emperador fuera del viejo mundo. En el Cabo, ya en 1816 -Las Cases reparará en ello- el gallo más usualmente vencedor o el caballo más rápido son bautizados Napoleón. En los Estados Unidos, se encuentran pronto ciudades que llevan el nombre del Emperador en los estados de Alabama, de Kentucky, de Indiana, de Michigan, de Missouri, de Dakota del Norte y de Ohio. Hay igualmente, en los Estados Unidos, dos ciudades Bonaparte, una en el Estado de Nueva York y la otra en el de Iowa.

Máscara mortuoria del Emperador Napoleón
Este hermoso y único ejemplar, perteneció al Conde General Bertrand, Gran Mariscal del Palacio.

Víctor Hugo afirmará que, hasta en una pagoda china*, existía una estatua del Emperador, convertido en Dios, y ante la cual ardían palitos de incienso.

Si la obra debe fatalmente, un día, difuminarse, el fulgurante destino de Napoleón y la prodigiosa epopeya harán siempre soñar a los hombres.

André Castelot.

* Ver nuestro artículo Napoleón en los campos, por Pierre Labracher.

 

ARTÍCULOS

   
El brillo de su gloria en el mundo, por el Comandante Henry Lachouque.
Grognards y viejos soldados le esperan, por el Comandante Henry Lachouque.
Napoleón en los campos, por Pierre Labracher.
El Médico rural (extractos), por Honorato de Balzac.
Elogio de Napoleón, por el Mariscal Foch
La revista nocturna, Por el barón Joseph Christian Zedlitz.
La Legión de Honor y la leyenda Napoleónica, por Claude Ducourtial-Rey.
El mito de los Medio-Sueldo ¡Próximamente en línea!
El Mito de Napoleón, por el Profesor Jean Tulard.

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