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“Firma
del Concordato”
Estampa popular que conmemora el restablecimiento
del culto Católico en Francia.
Vemos representados, de izquierda a
derecha: el cardenal Consalvi; el arzobispo
de Corinto; Napoleón; José
Bonaparte; el consejero de Estado Crétet;
el abad Bernier y el abad Caselli. |
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Si
bien tanto la compleja cuestión
política y diplomática
entre el Emperador y el Vaticano,
así como su tormentosa relación
con el Papa Pío VII han dado
lugar a las más diversas y
extrañas teorías, y
hasta a las locuras más extravagantes,
Napoleón se manifestó
sin embargo de manera muy clara en
lo que se refería a sus inquietudes
metafísicas y sus creencias
religiosas personales. Así,
afirmaba sin ambages desde un punto
de vista general que « el
sentimiento religioso es tan consolador
que es una bendición del cielo
poseerlo (…)
El ateismo –
afirmaba – es destructor
de toda moral, si no en los individuos,
al menos en las naciones
». Las citas de este tipo se
podrían multiplicar a voluntad.
En un plano individual, en el caso
personal de Napoleón, es importante
recordar los comentarios del Emperador
durante su deportación en Santa
Helena, cuando tuvo la oportunidad
de explayarse largamente con sus compañeros
de exilio y en especial con el conde
Emmanuel de Las Cases, sobre su sentimiento
religioso íntimo.
Educado en la religión Católica,
nunca se le ocurrió a Napoleón
renegarla en nada. De hecho, las primeras
palabras de su testamento serán
consagradas a afirmar esta fidelidad
de conciencia:
« Muero
en la religión apostólica
y romana en cuyo seno he nacido
».
Si
se abstuvo a lo largo de toda su vida
de toda práctica asidua, no
fue, como tantos lo afirman, por desinterés
y menos aún por “ateísmo”,
ya que, como lo afirmaba « todo
sobre la tierra proclama la existencia
de Dios », sino
bajo la influencia del racionalismo
discutible de ciertos filósofos
pre-revolucionarios, así como,
indubitablemente, desconfiando de
un cierto clero cuyo comportamiento
reprobable constituía una grave
ofensa para la verdadera fe cristiana.
Sin
más preámbulos, presentamos
a continuación un extracto
del importante pero muy mal conocido
libro, “Lo que los
biógrafos de Napoleón
callan”, del húngaro
Monseñor Guillermo Tower, prelado
pontificio, emérito Arcediano
castrense; esta obra fue publicada
por la Librería Salesiana,
Rákospalota, en 1937. |
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Es
un hecho que después de que la
revolución combatió a Dios y a la
religión, Napoleón restableció
en Francia los derechos de la Iglesia y restituyó
al pueblo la verdadera libertad religiosa. En
esta empresa encontró dificultades extraordinarias,
porque en esa época todos aquellos que
algo valían estaban influenciados por Voltaire
y sus compañeros y el mismo Napoleón
dijo que le había costado más trabajo
restablecer la religión que vencer en las
batallas, pero no cedió, porque decía:
“El enemigo
más temible no es el fanatismo, sino el
ateísimo” (1).
Cuando llegó
Pío VII a París para coronar a Napoleón,
lo saludó, en nombre de la asamblea legislativa,
su presidente, el famoso y eximio orador Fontanes,
el cual le dijo, entre otras cosas: “Cuando
el vencedor de Marengo concibió en medio
de los campos de batalla la idea de restablecer
la unidad religiosa y proporcionar a los franceses
su antiguo culto, preservó de la ruina
completa los principios de la civilización.
Día memorable, igualmente caro a la sabiduría
del hombre de Estado como a la fe del cristiano,
porque entonces Francia, abjurando graves errores,
pareció reconocer que todos los pensamientos
irreligiosos son impolíticos y que todo
atentado contra el cristianismo lo es contra la
sociedad”, (2)
Pero oigamos a
este propósito a la persona más
indicada, al Papa mismo, el cual en la carta que
escribió a Napoleón para rogarle
que interviniera en el negocio de la confiscación
de los bienes eclesiásticos en Alemania
le decía: “Prestasteis la más
grande ayuda cuando se trató de restablecer
en Francia la religión y darle seguridades,
por lo cual, después de Dios, a Vos debemos
dar las gracias por religión, que durante
largo tiempo estuvo expuesta todo lo que se hizo
en aquel país para el bien de la a los
asaltos más terribles. Esto nos mueve,
a recomendaros esta nueva ocasión de afirmar
vuestro acatamiento a la religión y acrecentar
nuevamente vuestra gloria”. Y después
cuando la familia de Napoleón volvió
sus miradas al Papa en interés del ex-emperador,
Pío VII, en la carta que con este fin dirigió
al cardenal Consalvi, su Secretario de Estado,
le decía: “A Napoleón
debemos sobre todo dar las gracias, después
de Dios, por el restablecimiento de la religión
en el gran reino de Francia; Savona y
Fontainebleau no fueron más que un error
del entendimiento y un paso en falso de la vanidad
humana, mientras que el Concordato fue
una obra de redención humana, digna de
un héroe”.
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|
Su
Santidad el Papa Pío VII
Por el pintor inglés T. E.
Lawrence (detalle). |
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Napoleón
no solamente salió a la defensa de la religión
en general, sino que veneraba y apreciaba expresamente
la religión católica y daba grande
importancia a la Iglesia católica. Cuánto
era el aprecio en que tenía la colaboración
con la Iglesia católica lo demuestra el
grande empeño con que quiso concluir con
ella un concordato, a toda costa y a pesar de
todos los obstáculos, y vaya que eran grandísimos,
no solo por parte de la Iglesia, sino también
de sus mismos consejeros y él mismo dice
que difícilmente podía creer las
resistencias que tuvo que vencer para restituir
el catolicismo. (3) Lo que
sentía Napoleón del catolicismo
está perfectamente expresado en el discurso
que pronunció en una reunión del
clero de Milán el 5 de julio de 1800, en
el cual dijo, entre otras cosas: “Deseaba
verme aquí en vuestra compañía
para poder manifestar personalmente mis vivos
sentimientos con relación a la religión
católica, apostólica, romana. Convencido
de que esta es la única que ofrece una
verdadera felicidad a una sociedad bien ordenada
y que puede fortalecer las bases de mi gobierno,
os aseguro que me empeñaré en sostenerla
y defenderla en todo tiempo y por todos los medios.
Declaro que aquel que se atreva
de cualquier manera a despreciar nuestra
común religión y a permitirse
la más pequeña ofensa contra vosotros,
como ministros consagrados de la religión,
lo tendré como un perturbador del orden
público y un enemigo del bien común,
lo trataré con el mayor rigor y si es necesario
lo castigaré con la muerte. Es
mi deseo que la religión cristiana, católica,
romana, se mantenga en toda su plenitud y sea
públicamente, practicada. Francia,
enmendada ya de su desdicha, ha terminado por
abrir los ojos y ha reconocido que solamente
la religión católica es el áncora
que la puede tener firme y salvarla en sus tempestades
y por eso recibió nuevamente la religión
católica en su seno. No niego haber tenido
alguna parte en obra tan bella y os aseguro que
en Francia se han abierto nuevamente los templos,
la religión católica ha readquirido
su prístino esplendor y el pueblo mira
con veneración a sus sacerdotes, que han
vuelto llenos de celo a su grey abandonada”.
(4)
En 1804 Napoleón dictó a Talleyrand
estas palabras: “El
emperador cifra su gloria y su felicidad en ser
uno de los sostenedores más constantes
de la Santa Sede y uno de los defensores más
sinceros del bienestar de las naciones cristianas
y quiere que la veneración con que siempre
se ha portado hacia la Iglesia de Roma sea considerada
entre los hechos primeros y principales que han
conquistado gloria a su vida”.
(5) Cuando ya habían
comenzado las discordias entre Napoleón
y el Papa, Alquier, en una carta que dirigió
al Papa en el nombre del gobierno imperial, con
fecha 8 de julio de 1806, decía que el
emperador consideraba como el más honroso
privilegio que le había sido concedido
con su dignidad, la gran ventaja de proteger a
la Iglesia, potencia benéfica y augusta,
que ninguno estimaba más que él.
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Napoleón,
defensor del Catolicismo
Estampa popular que celebra el restablecimiento
del culto católico en Francia. |
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Y es tanto más
de admirar el acatamiento de Napoleón a
la Iglesia y a la religión católica
cuanto que muchos de sus consejeros y la misma
Inglaterra en muchas ocasiones le aconsejaron
introducir el protestantismo o crear una nueva
religión “francesa”, independizándose
de la Iglesia y del Papa. En su discurso al clero
de Breda, en mayo de 1810, dijo que si se hubiera
vuelto protestante, 30 millones de franceses hubieran
seguido su ejemplo sin vacilar pero que no lo
había hecho porque creía que los
principios de la religión católica
bien podían estar de acuerdo con los del
gobierno civil, (6) en otra
ocasión rechazó el protestantismo,
porque no quería exponer su patria a los
horrores de la guerra y de la discordia religiosa
(7) o contrariando los consejos
de Inglaterra para que adoptara la religión
anglicana, respondió que la católica
es mejor que la anglicana, (8),
Y en otra ocasión decía: “Soy
católico y mantengo la religión
católica en Francia porque esta es la religión
verdadera, la religión de la Iglesia, y
haré cuanto esté en mi mano por
hacerla más fuerte”.
(9)
Teniendo que escoger mujer entre las familias
reinantes en Rusia y en Austria, entre los argumentos
que lo movieron a aceptar una mujer de la segunda
uno de ellos fue que la rusa no era católica.
(10)
A los que le aconsejaban que fundara una nueva
religión, la “francesa”,
respondió: “Espero
que no querráis que funde yo una religión
nueva. Yo veo las cosas de otra manera, porque
me parece que la religión vieja es la que
me puede ganar los corazones y allanar todos los
obstáculos”. (11)
Y un poco más tarde: “¿Que
funde yo una nueva religión? El que quiera
fundarla debe subir al Calvario, y por mi parte
no estoy dispuesto”. (12)
Y no solamente admitía Napoleón
en general la religión católica,
sino que también veneraba sus dogmas. A
una pregunta del Dr. O’Meara respondió:
“Sí,
creo todo lo que cree la Iglesia”.
(13) Y en otra ocasión:
“En mis cuestiones
con el Papa, mi primer cuidado será no
tocar los dogmas”.
(14) Y
en otra: “He tenido cuidado de no tocar
los dogmas, porque un soldado no debe tratar cosas
que no sean militares”. (15)
NOTAS:
1) Demetrio Sergejeviks
Merejskovski, “Vida de Napoleón”;
(traducción al húngaro ediciones
Dante, sin año, páginas 131 y 132).
2) También su madre era una mujer religiosa.
Napoleón nació el 15 de agosto,
fiesta de la Asunción, y poco faltó
para que naciera en el templo, pues de hecho su
madre presintió el nacimiento mientras
asistía a la misa solemne de aquel día;
se apresuró a regresar a su casa y dos
horas después nada Napoleón. (Marshall
v. Bieberstein. “Napoleon kurz vor seinem
Tode”, (“Napoleón
corre hacia su muerte”) Lipsia, 1903,
I, página 172. - Antommarchi, “Denkwürdigkeiten”,
(“Hechos memorables”) etc” Lipsia,
I, página 137).
(3) Conde de Las Cases, “Memorial de
Santa Helena”, 1840, VI, página
65, (17 de agosto de 1916) .
(4) “Correspondencia de Napoleón
I”, publicada por Napoleón III,
1858; VI, página 420.
(5) Artaud, “Histoire du Pape Pie VII”,1836,
edición alemana 1837-38, volumen II, capitulo
3.
(6) “El pontificado de Pío VII”,
c. s., II, página 90.
(7) Las Cases, Op. cit.
(8) Gourgaud, “Mémoires de Napoléon
à Ste. Hélène”,
1823, II, página 547.
(9) Dr. Engelbert Fischer, “Napoleón
I”, 1904, página 207.
(10) “El pontificado de PíoVII”,
II, página 40.
(11) Fasquier, “Histoire de mon temps”,
1893-5, I, página 60.
(12) Dr. Engelbert Fischer,Op. cit.,
página 208.
(13) Dr. Barry Edward O’Meara, “Napoleon
in Exile”, (“Napoleon in der
verbannung”), Dresden, 1822, I, página
130. En ese aspecto ver también nuestro
artículo ¿Qué
pasó en el almacén de Mason?,
del Dr. Arnold Chaplin.
(14) Las Cases, I, Op. cit.
(15) Dr. Engelbert Fischer, Op. cit.,
página 214.