Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
MÉRITOS DE NAPOLEÓN PARA CON EL PAPA Y EL CLERO ALTO Y BAJO
« El hombre nunca es tan grande como de rodillas ante Dios »
Napoleón.

Por

Monseñor Wilmoz Tower
Prelado pontificio, emérito Arcediano castrense

Traducción del Cgo. Jesús García Gutiérrez. Instituto Napoleónico México-Francia ©
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El Papa Barnabé Chiaramonti, Pío VII (1742-1823)
Célebre retrato por Jacques-Louis David, 1804.

Por cuanto Napoleón ocasionó a dos Papas, a saber a Pío VI y Pío VII, días y años de congoja y de afrenta, nos es sin embargo forzoso hacer resaltar dos hechos importantes.

El primero, que el Emperador honraba y estimaba al Papa, tanto en su persona cuanto en su carácter de jefe de la Iglesia. Si en los momentos que seguían inmediatamente a las resistencias del Papa con frecuencia se enfureció y pronunció palabras duras para él, fuera de aquellos momentos siempre lo alababa. Consideraba particularmente al bueno, manso y santo Pío VII y atribuía su intransigencia a la influencia de las personas que lo rodeaban.

No hay que olvidar que la conducta dura, ofensiva para el Papa fue favorecida por la conducta vil, oportunista, incierta, servil, interesada, sin principios, ni carácter, de una parte del clero alto y bajo.

Naturalmente que para Napoleón eran causa de grandísima irritación y ofensa que, en este caso el Papa, tuviera el atrevimiento de oponerse abierta y firmemente a su voluntad, y para excusar a Napoleón todavía podríamos recordar un fenómeno psicológico, el de que la increíble rapidez con que su afortunada carrera política lo llevó hasta una altura de dar vértigos y el reconocimiento obsequioso del mundo pudieron inducirlo fácilmente a creer que estaba escogido por la Historia y destinado por la Providencia para hacer una reforma mundial y que el puesto que ocupaba el Papa era para él uno de los mayores impedimentos, y de hecho, en los comienzos los designios de Napoleón eran modestos. Todavía en 1795 se sentía feliz porque la señora Tallien le había regalado un par de zapatos y algunas prendas de ropa, y todavía puedo decir más y es que cuando entró en Milán la mayor parte de sus oficiales andaban punto menos que descalzos y se pintaban los pies de negro, para disimular la falta de calzado.
Pero he aquí que alcanza victoria sobre victoria y esto contra ejércitos valientes y dirigidos por generales de fama y todos los periódicos del mundo se esmeraban a porfía en glorificar al general de 30 años; el emperador de Austria no se cansaba de admirar al Primer Cónsul y ya en 1802 repetía que si Napoleón le hubiera pedido la mano de su hija, se la hubiera dado de buena gana. Los Borbones hacían cuanto estaba de su parte para atraerse a este gran hombre y hasta los periódicos ingleses escribían artículos sobre el poder de fascinación de Napoleón, tanto que la corte de Inglaterra no se atrevía a proponerlo para una audiencia al rey Jorge. Sin hablar de su pueblo, que después de los acontecimientos de 1805-1807 y del 1809 glorificaba a Napoleón como a un semidiós, añadamos la conducta servil de los soberanos alemanes para él, en Erfurt y más tarde en Dresde y las exaltaciones obsequiosas de hombres como Goethe, Juan Miller y otros y no nos causará admiración que los designios de Napoleón hayan crecido hasta el infinito.
Napoleón y el Papa en conferencia en Fontainebleau
Ilustración de Sir David Wilkie (1785-1841).

Pero mientras acariciaba el ideal de un imperio universal, como el romano, que comprendiera, además de Europa, una buena parte de Asia y de África, he aquí que donde debía estar el centro del soñado imperio, en Roma, un hombre, – el Papa –, se interponía en su camino como un impedimento político. Desde un punto de vista psicológico debemos en todo caso considerar como una circunstancia atenuante el que hubiera querido quitar de su camino ese obstáculo político. (1)

El segundo hecho que debemos poner de relieve y todavía más que el anterior es el de que, por más que Napoleón humilló y ofendió al Papa, con respecto a la fe se inclinó siempre al poder espiritual y la supremacía religiosa del papado. He aquí lo que juzgaba de la institución del papado: « La institución que mantiene la unidad de la fe, esto es el Papa, guardián de la unidad católica, es una institución admirable. Tal vez echarán en cara a este jefe que sea un soberano extranjero: lo es, en efecto, pero por ello hay que dar gracias al Cielo. ¿Pues qué es posible imaginar en un mismo país una autoridad semejante al lado del gobierno del Estado? Esta autoridad, unida al gobierno, resultaría el despotismo del sultán; separada, tal vez hostil, produciría una rivalidad horrible e intolerable. El Papa no está en París, y está bien así; tampoco está en Madrid, ni en Viena y por eso soportamos su autoridad espiritual, y en Viena y en Madrid tienen sus razones para decir lo mismo. ¿Hay alguno que crea que, si estuviera en París, los vieneses y los españoles consentirían en acatar sus disposiciones? Estamos muy contentos de ver que reside fuera de nuestra casa, y porque, residiendo fuera, no reside entre nuestros rivales, sino en aquella vieja Roma, lejos de la mano de los emperadores germanos, lejos de la de los reyes de Francia y de España... Así lo han dispuesto los siglos y han hecho bien. Para el gobierno de las almas es la institución mejor y más benéfica que se puede imaginar ». (2)

Tiara del papa Pío VII
Obsequio del Emperador Napoleón al Santo Padre, el 4 de abril de 1805. Su Santidad se la agradecerá en una misiva fechada el 23 de junio siguiente, anunciándole que la portará por vez primera durante la fiesta de San Pedro y San Pablo, el próximo día 29. Ulteriormente, será utilizada en coronaciones papales subsiguientes, entre ellas la de Pío IX, el 21 de junio de 1846.

Cuando el encargado de negocios de Inglaterra quiso persuadir a Napoleón que rompiera todas relaciones con el Papa y trataba de hacer temer al Primer Cónsul que, si no lo hacía, el Papa lo dominaría, respondió: « Para esto hay dos autoridades: para los negocios de la tierra tengo mi espada, y con ella es bastante para mi poder: para los negocios del Cielo está Roma, y sobre estos particulares resolverá sin consultarme, y en ello tendrá razón, porque tiene para ello plenos poderes ». (3)
Y todavía en la carta ya mencionada, que escribió al Papa con fecha 13 de febrero de 1806, en la cual se expresaba rabiosamente y pretendía la sumisión política del Papa, le decía que como a jefe de la religión lo veneraba siempre con aquella manera filial de que le había dado pruebas en tantas ocasiones, y hasta en la carta ya citada de Alquier, se asegura que, aunque Su Majestad está muy amargado porque el Papa no satisface sus deseos, todavía no tiene otro deseo que el de darle pruebas de su piedad filial a la Cabeza de la Iglesia y una nueva muestra de su respeto personal a Su Santidad.
El 12 de noviembre de 1806, hablando con el obispo de Arezzo, le afirmó Napoleón que si el Papa no accedía a su voluntad, lo privaría del poder temporal, pero siempre lo veneraría como Cabeza de la Iglesia y en presencia del clero de Dyle dijo: « Quiero guardar todas las consideraciones posibles al Papa, porque lo reconozco como Cabeza espiritual de la Iglesia, sucesor de San Pedro y Vicario de Jesucristo en todo lo que se relaciona estrictamente con la religión, pero que no se entrometa en mis negocios temporales », y con la comisión eclesiástica de 1811 se expresaba de esta manera: « No niego al Papa su poder espiritual, porque lo ha recibido de Jesucristo, pero Jesucristo no le ha dado el poder temporal ». (4)

Los habitantes de la isla de Santa Helena tenían mucho respeto a los dos sacerdotes que habían sido enviados cerca de Napoleón, lo cual disgustaba al gobernador, que se lo hacía sentir a los sacerdotes, lo que hizo decir a Napoleón cuando le informaron de ello: « No consentiré que estos herejes ofendan a la Tiara, porque ni el Papa, ni el Consistorio me perdonarían semejante tolerancia. Llamadme a los dos apóstoles » y al ser despedidos, les dijo delante de otros « Y no digan después que no he cuidado del honor que se le debe a la Iglesia »...

En Santa Helena entendió Napoleón cuán peligroso es tocar al Papado: « El poder de Roma es incalculable, dijo: erramos rompiendo con él, porque es el único que no tiene superioridad ».(5)

Tuvo Napoleón también grandes merecimientos de parte del clero. En primer lugar hizo sentir su buena voluntad al clero de Italia, porque en mi principio era demasiado fuerte el sentimiento revolucionario en su misma patria. Ya en la proclama de Bolonia, en 1797, declaró que los sacerdotes, los religiosos y todos los ministros de la religión, cualquiera que fuera su título, serían protegidos y debían permanecer en los lugares que ocupaban (6). Después, en la proclama de Macerata permitió a los sacerdotes que habían sido expulsados de Francia que permanecieron en los Estados de la Iglesia; prohibió « con amenazas del más riguroso castigo », perturbarlos en algo; ordenó a los conventos que los mantuvieran y prometió pagar los gastos (7) Y declaró que agradecería todo 10 que los obispos y otros piadosos pastores de almas hicieron para mejorar la suerte de esos sacerdotes. (8)

Su Eminencia Jean-Claude, Cardenal Turcotte, arzobispo de Montreal; Protector espiritual del INMF, miembro del Alto Consejo de Honor del INMF.
Su Eminencia Jean-Claude, Cardenal Turcotte, arzobispo de Montreal
« Tuve la fortuna en mi juventud, en el colegio, de tener un profesor que tenía dos amores: Molière y Napoleón. Aquel profesor me dio el gusto de la historia y de la literatura, y yo mismo he sido siempre un gran admirador de Napoleón por diferentes razones, esa grandeza de alma de un hombre que supo tener un respeto por todos los humanos ».

Recordamos ya un trozo del discurso que pronunció en Milán el 5 de junio de 1800, que sería oportuno también en este lugar. En ese discurso dijo, además: « Sé cuanto habéis sufrido en vuestras personas y cuantas privaciones habéis padecido, pero una vez más os repito que de hoy en adelante serán respetadas vuestras personas y estarán seguras; por lo que hace a vuestros bienes, en cuanto lo permitan las circunstancias tomaré las medidas necesarias para que los recobréis, cuando menos en parte y cuidaré de que os aseguren réditos convenientes Y provisiones honrosas ». En realidad, Napoleón dejó en Italia los beneficios y los bienes inmuebles eclesiásticos: la Iglesia tuvo sumas importantes, mejoró la situación del clero y pudo obrar con mayor libertad.

Además Napoleón hizo mucho en favor del clero, aún en Francia. Es bien sabido que la Convención francesa persiguió a los sacerdotes y religiosos católicos, centenares de los cuales sufrieron el martirio por sus convicciones. Muchos fueron expulsados, por millares se habían refugiado en el extranjero y había muchos en Francia escondidos, errantes de una en otra parte para poder administrar los sacramentos con grande peligro de sus vidas. Napoleón fue el primero que tomó bajo su fuerte protección a los sacerdotes perseguidos y más tarde aseguró su situación material; propuso al Consejo de Estado que les aumentara el estipendio de manera que los párrocos tuvieran una renta no menor de seis mil francos, porque era preciso disminuir su número, reduciendo las parroquias menores al rango de iglesias filiales. (9)
Hablando con el Dr. Antonmarchi el 15 de febrero de 1820, le dijo: « Dispuse que el clero pudiera tener una renta decorosa, de la que hacía diez años que estaba privado y para la congrua sustentación de los párrocos quise que se proveyera con solicitud a su situación material. Supe que muchos de ellos, particularmente en los lugares montañosos, vivían con estrecheces y me apliqué a mejorar su estado lo más pronto posible ». Y todavía el 18 de marzo de 1821 decía al mismo: « Los pobres sacerdotes desterrados y perseguidos en Francia se hubieran perdido miserablemente si yo no les hubiera tendido la mano para ayudarles. Los tribunales populares ya no se atrevieron a molestar a los que yo protegía. Yo conservé a la Iglesia sus sacerdotes ». (10)
Napoleón proveyó también de rentas suficientes a los obispos y arzobispos y aseguró también las prebendas de los cabildos.
En Italia, bajo la dominación austriaca los Seminarios carecían de todo y no había uno solo que contara con entradas regulares. Napoleón los dotó de nuevo y llegó a declarar que « miraba esto como la primera obligación de su conciencia ». (11)

También los religiosos debieron mucho a Napoleón. Las Hermanas de la Caridad pudieron regresar a Francia (12) y el gran convento de S. Bernardo fue restablecido y dotado de una renta de 40,000 francos. Deseaba también Napoleón erigir en Francia cuatro nuevos conventos (13) y llegó a decir, el 12 de enero de 1817, que le gustaban los conventos y que de buena gana se retiraría a vivir en un claustro.

En una alocución a los cardenales, dijo Pío VII el 26 de junio de 1805: « En Francia los sacerdotes de San Vicente y su congregación han vuelto a la vida: decretos públicos han proveído a la restauración de las iglesias más importantes y a los gastos necesarios para el ejercicio del culto; fueron ofrecidos edificios amplios y hermosos para nuevos Seminarios y me prometieron que darán para ellos bienes muebles e inmuebles y para algunos darán subsidios del tesoro del Estado; fueron aumentadas las rentas de muchos obispos y cabildos; la capital y las provincias fueron obligadas a mantener las iglesias y amueblarlas; los misioneros franceses que están en, el extranjero por inspiración del emperador recibieron el derecho de adquirir propiedades y están apoyados y protegidos por el poder imperial; fue ampliado el poder disciplinar de los obispos; se tiene cuidado con la educación religiosa de la juventud y de proveer a las necesidades espirituales de los soldados y de los enfermos y del pueblo: esto fue lo que conseguimos en las negociaciones que entablamos con el gran soberano (Napoleón I) ». (14)

Y todavía tenemos que recordar dos actos característicos de Napoleón con su capellán Buonavita: escogió para que celebrara la santa misa la hora menos incómoda para el pobre viejo y cuando se dio cuenta de que le hacía daño vivir en Santa Helena lo regresó a su patria con una pensión de tres mil francos. (15)

NOTAS:

(1) Sobre este punto de vista psicológico se juzga a Napoleón en las obras siguientes: I. E. Dahault, « Napoléon en Italie », (París, Alcan, 1907) y A. Vandal, « L’avènement de Bonaparte », (París, Bloud, 1908, 2 volúmenes).
(2) Thiers, « Histoire du Consulat et de l’Empire », Bruselas, 1858, Libro Xll « Le Concordat », página 377.
(3) Dr. Engelbert Fischer, « Napoleón I », 1904, páginas. 207-8.
(4) « El Pontificado de Pío VII », II, páginas. 91 y 145.
(5) Francisco Antommarchi, « Les derniers momens » (« Los últimos momentos de Napoleón »), páginas 76 y 135.
(6) « Correspondencia de Napoleón I », publicada por Napoleón III, 1858; II, páginas 270-l.
(7 René vizconde de Chateaubriand, « Vida de Napoleón »
(8) « Correspondencia de Napoleón I », publicada por Napoleón III, 1858; II, páginas 431-2.
(9) Montholon, « Récits de la captivité de l’Empereur Napoléon à Sainte-Hélène », (« Relatos de la cautividad de Napoleón en Santa Helena ») II, página 351.
(10) Francisco Antommarchi, « Les derniers momens » (« Los últimos momentos de Napoleón »), páginas 16 y 30.
(11) « El pontificado de Pío VII », I, pág. 179.
(12) Mme de Rémusat, « Napoléon y su casa » (« Napoleon und sein Hof »), 1800, III, página 337.
(13) Gourgaud, « Mémoires de Napoléon à Sainte Hélène »,1823; I, páginas 409 y 450.
(14) « El pontificado de Pío VII »,I, págs. 201-3.
(15) Francisco Antommarchi, « Les derniers momens » (« Los últimos momentos de Napoleón »), página 29, (17 de marzo de 1821).