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El
Papa Barnabé Chiaramonti, Pío
VII (1742-1823)
Célebre retrato por Jacques-Louis
David, 1804. |
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Si
bien tanto la compleja cuestión
política y diplomática
entre el Emperador y el Vaticano,
así como su tormentosa relación
con el Papa Pío VII han dado
lugar a las más diversas
y extrañas teorías,
y hasta a las locuras más
extravagantes, Napoleón se
manifestó sin embargo de
manera muy clara en lo que se refería
a sus inquietudes metafísicas
y sus creencias religiosas personales.
Así, afirmaba sin ambages
desde un punto de vista general
que « el
sentimiento religioso es tan consolador
que es una bendición del
cielo poseerlo
(…) El
ateismo –
afirmaba – es
destructor de toda moral, si no
en los individuos, al menos en las
naciones ».
Las citas de este tipo se podrían
multiplicar a voluntad.
En un plano individual, en el caso
personal de Napoleón, es
importante recordar los comentarios
del Emperador durante su deportación
en Santa Helena, cuando tuvo la
oportunidad de explayarse largamente
con sus compañeros de exilio
y en especial con el conde Emmanuel
de Las Cases, sobre su sentimiento
religioso íntimo.
Educado en la religión Católica,
nunca se le ocurrió a Napoleón
renegarla en nada. De hecho, las
primeras palabras de su testamento
serán consagradas a afirmar
esta fidelidad de conciencia:
« Muero
en la religión apostólica
y romana en cuyo seno he nacido
».
Si
se abstuvo a lo largo de toda su
vida de toda práctica asidua,
no fue, como tantos lo afirman,
por desinterés y menos aún
por “ateísmo”,
ya que, como lo afirmaba «
todo sobre la tierra
proclama la existencia de Dios
», sino bajo la influencia
del racionalismo discutible de ciertos
filósofos pre-revolucionarios,
así como, indubitablemente,
desconfiando de un cierto clero
cuyo comportamiento reprobable constituía
una grave ofensa para la verdadera
fe cristiana.
Sin
más preámbulos, presentamos
a continuación un extracto
del importante pero muy mal conocido
libro, “Lo que
los biógrafos de Napoleón
callan”, del
húngaro Monseñor Guillermo
Tower, prelado pontificio, emérito
Arcediano castrense; esta obra fue
publicada por la Librería
Salesiana, Rákospalota, en
1937. |
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Por
cuanto Napoleón ocasionó a dos
Papas, a saber a Pío VI y Pío
VII, días y años de congoja y
de afrenta, nos es sin embargo forzoso hacer
resaltar dos hechos importantes.
El primero,
que el Emperador honraba y estimaba al Papa,
tanto en su persona cuanto en su carácter
de jefe de la Iglesia. Si en los momentos que
seguían inmediatamente a las resistencias
del Papa con frecuencia se enfureció
y pronunció palabras duras para él,
fuera de aquellos momentos siempre lo alababa.
Consideraba particularmente al bueno, manso
y santo Pío VII y atribuía su
intransigencia a la influencia de las personas
que lo rodeaban.
No hay que olvidar
que la conducta dura, ofensiva para el Papa
fue favorecida por la conducta vil, oportunista,
incierta, servil, interesada, sin principios,
ni carácter, de una parte del clero alto
y bajo.
Naturalmente
que para Napoleón eran causa de grandísima
irritación y ofensa que, en este caso
el Papa, tuviera el atrevimiento de oponerse
abierta y firmemente a su voluntad, y para excusar
a Napoleón todavía podríamos
recordar un fenómeno psicológico,
el de que la increíble rapidez con que
su afortunada carrera política lo llevó
hasta una altura de dar vértigos
y el reconocimiento obsequioso del mundo pudieron
inducirlo fácilmente a creer que estaba
escogido por la Historia y destinado por la
Providencia para hacer una reforma
mundial y que el puesto que ocupaba el Papa
era para él uno de los mayores impedimentos,
y de hecho, en los comienzos los designios de
Napoleón eran modestos. Todavía
en 1795 se sentía feliz porque la señora
Tallien le había regalado un par de zapatos
y algunas prendas de ropa, y todavía
puedo decir más y es que cuando entró
en Milán la mayor parte de sus oficiales
andaban punto menos que descalzos y se pintaban
los pies de negro, para disimular la falta de
calzado.
Pero he aquí que alcanza victoria
sobre victoria y esto contra ejércitos
valientes y dirigidos por generales de fama
y todos los periódicos del mundo se esmeraban
a porfía en glorificar al general de
30 años; el emperador de Austria no se
cansaba de admirar al Primer Cónsul y
ya en 1802 repetía que si Napoleón
le hubiera pedido la mano de su hija, se la
hubiera dado de buena gana. Los Borbones hacían
cuanto estaba de su parte para atraerse a este
gran hombre y hasta los periódicos ingleses
escribían artículos sobre el poder
de fascinación de Napoleón, tanto
que la corte de Inglaterra
no se atrevía a proponerlo para una audiencia
al rey Jorge. Sin hablar de su pueblo, que después
de los acontecimientos de 1805-1807 y del 1809
glorificaba a Napoleón como a un semidiós,
añadamos la conducta servil
de los soberanos alemanes para él, en
Erfurt y más tarde en Dresde y las exaltaciones
obsequiosas de hombres como Goethe, Juan Miller
y otros y no nos causará admiración
que los designios de Napoleón hayan crecido
hasta el infinito.
Pero mientras
acariciaba el ideal de un imperio universal,
como el romano, que comprendiera, además
de Europa, una buena parte de Asia y de África,
he aquí que donde debía estar
el centro del soñado imperio, en Roma,
un hombre, - el Papa -, se interponía
en su camino como un impedimento político.
Desde un punto de vista psicológico debemos
en todo caso considerar como una circunstancia
atenuante el que hubiera querido quitar de su
camino ese obstáculo político.
(1)
El segundo hecho
que debemos poner de relieve y todavía
más que el anterior es el de que, por
más que Napoleón humilló
y ofendió al Papa, con respecto a la
fe se inclinó siempre al poder espiritual
y la supremacía religiosa
del Papado. He aquí lo que juzgaba de
la institución del Papado: “La
institución que mantiene la unidad de
la fe, esto es el Papa, guardián de la
unidad católica, es una institución
admirable. Tal vez echarán en cara a
este jefe que sea un soberano extranjero: lo
es, en efecto, pero por ello hay que dar gracias
al Cielo. ¿Pues qué es posible
imaginar en un mismo país una autoridad
semejante al lado del gobierno del Estado? Esta
autoridad, unida al gobierno, resultaría
el despotismo del sultán; separada, tal
vez hostil, produciría una rivalidad
horrible e intolerable. El Papa no está
en París, y está bien así;
tampoco está en Madrid, ni en Viena y
por eso soportamos su autoridad espiritual,
y en Viena y en Madrid tienen sus razones para
decir lo mismo. ¿Hay alguno que crea
que, si estuviera en París, los vieneses
y los españoles consentirían en
acatar sus disposiciones? Estamos muy contentos
de ver que reside fuera de nuestra casa, y porque,
residiendo fuera, no reside entre nuestros rivales,
sino en aquella vieja Roma, lejos de la mano
de los emperadores germanos, lejos de la de
los reyes de Francia y de España... Así
lo han dispuesto los siglos y han hecho bien.
Para el gobierno de las almas es la institución
mejor y más benéfica que se puede
imaginar”.
(2)
Cuando el encargado
de negocios de Inglaterra quiso persuadir a
Napoleón que rompiera todas relaciones
con el Papa y trataba de hacer temer al Primer
Cónsul que, si no lo hacía, el
Papa lo dominaría, respondió:
“Para esto hay
dos autoridades: para los negocios de la tierra
tengo mi espada, y con ella es bastante para
mi poder: para los negocios del Cielo está
Roma, y sobre estos particulares resolverá
sin consultarme, y en ello tendrá razón,
porque tiene para ello plenos poderes”.
(3)
Y todavía en la carta ya mencionada,
que escribió al Papa con fecha 13 de
febrero de 1806, en la cual se expresaba rabiosamente
y pretendía la sumisión política
del Papa, le decía que como a jefe de
la religión lo veneraba siempre con aquella
manera filial de que le había dado pruebas
en tantas ocasiones, y hasta en la carta ya
citada de Alquier, se asegura que, aunque Su
Majestad está muy amargado porque e1
Papa no satisface sus deseos, todavía
no tiene otro deseo que el de darle pruebas
de su piedad filial a la Cabeza de la Iglesia
y una nueva muestra de su respeto personal a
Su Santidad.
El 12 de noviembre de 1806, hablando con el
obispo de Arezzo, le afirmó Napoleón
que si el Papa no accedía a su voluntad,
lo privaría del poder temporal, pero
siempre lo veneraría como Cabeza de la
Iglesia y en presencia del clero
de Dyle dijo: “Quiero
guardar todas las consideraciones posibles al
Papa, porque lo reconozco como Cabeza
espiritual de la Iglesia, sucesor de San Pedro
y Vicario de Jesucristo en todo lo
que se relaciona estrictamente con la religión,
pero que no se entrometa en mis negocios temporales”,
y con la comisión eclesiástica
de 1811 se expresaba de esta manera: “No
niego al Papa su poder espiritual, porque lo
ha recibido de Jesucristo, pero Jesucristo no
le ha dado el poder temporal”
. (4)
Los habitantes de la isla de Santa
Helena tenían mucho respeto a los
dos sacerdotes que habían sido enviados
cerca de Napoleón, lo cual disgustaba
al gobernador, que se lo hacía sentir
a los sacerdotes, lo que hizo decir a Napoleón
cuando le informaron de ello: “No
consentiré que estos herejes ofendan
a la Tiara, porque ni el Papa,
ni el Consistorio me perdonarían semejante
tolerancia. Llamadme a los dos apóstoles”
y al ser despedidos, les dijo delante de
otros “Y no
digan después que no he cuidado del honor
que se le debe a la Iglesia”...
En Santa Helena entendió Napoleón
cuán peligroso es tocar al Papado: “El
poder de Roma es incalculable, dijo:
erramos rompiendo
con él, porque es el único que
no tiene superioridad.
(5)
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Napoleón
y Pío VII
en Fontainebleau |
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Tuvo
Napoleón también grandes merecimientos
de parte del clero. En primer lugar
hizo sentir su buena voluntad al clero de Italia,
porque en mi principio era demasiado fuerte
el sentimiento revolucionario en su misma patria.
Ya en la proclama de Bolonia, en 1797, declaró
que los sacerdotes, los religiosos y
todos los ministros de la religión,
cualquiera que fuera su título, serían
protegidos y debían permanecer
en los lugares que ocupaban (6).
Después, en la proclama de Macerata permitió
a los sacerdotes que habían sido expulsados
de Francia que permanecieron en los Estados
de la Iglesia; prohibió “con amenazas
del más riguroso castigo”, perturbarlos
en algo; ordenó a los conventos que los
mantuvieran y prometió pagar los gastos
(7) Y declaró que
agradecería todo 10 que los obispos y
otros piadosos pastores de almas hicieron para
mejorar la suerte de esos sacerdotes. (8)
Recordamos ya
un trozo del discurso que pronunció en
Milán el 5 de junio de 1800, que sería
oportuno también en este lugar. En ese
discurso dijo, además: “Sé
cuanto habéis sufrido en vuestras personas
y cuantas privaciones habéis padecido,
pero una vez más os repito que de hoy
en adelante serán respetadas vuestras
personas y estarán seguras; por lo que
hace a vuestros bienes, en cuanto lo permitan
las circunstancias tomaré las medidas
necesarias para que los recobréis, cuando
menos en parte y cuidaré de que os aseguren
réditos convenientes Y provisiones honrosas”.
En realidad, Napoleón dejó en
Italia los beneficios y los bienes inmuebles
eclesiásticos: la Iglesia tuvo sumas
importantes, mejoró la situación
del clero y pudo obrar con mayor libertad.
Además
Napoleón hizo mucho en favor
del clero, aún en Francia. Es
bien sabido que la Convención francesa
persiguió a los sacerdotes y religiosos
católicos, centenares de los cuales sufrieron
el martirio por sus convicciones. Muchos fueron
expulsados, por millares se habían refugiado
en el extranjero y había muchos en Francia
escondidos, errantes de una en otra parte para
poder administrar los sacramentos con grande
peligro de sus vidas. Napoleón
fue el primero que tomó bajo su fuerte
protección a los sacerdotes perseguidos
y más tarde aseguró su
situación material; propuso
al Consejo de Estado que les aumentara el estipendio
de manera que los párrocos tuvieran una
renta no menor de seis mil francos, porque era
preciso disminuir su número, reduciendo
las parroquias menores al rango de iglesias
filiales. (9)
Hablando con el Dr. Antonmarchi el 15 de febrero
de 1820, le dijo: “Dispuse
que el clero pudiera tener una renta decorosa,
de la que hacía diez años que
estaba privado y para la congrua sustentación
de los párrocos quise que se proveyera
con solicitud a su situación material.
Supe que muchos de ellos, particularmente en
los lugares montañosos, vivían
con estrecheces y me apliqué a mejorar
su estado lo más pronto posible”.
Y todavía el 18 de marzo de 1821 decía
al mismo: “Los pobres sacerdotes desterrados
y perseguidos en Francia se hubieran perdido
miserablemente si yo no les hubiera tendido
la mano para ayudarles. Los tribunales populares
ya no se atrevieron a molestar a los que yo
protegía. Yo conservé
a la Iglesia sus sacerdotes”.
(10)
Napoleón proveyó también
de rentas suficientes a los obispos y arzobispos
y aseguró también las prebendas
de los cabildos.
En Italia, bajo la dominación austriaca
los Seminarios carecían de todo y no
había uno solo que contara con entradas
regulares. Napoleón los dotó de
nuevo y llegó a declarar que “miraba
esto como la primera obligación de su
conciencia”.
(11)
También
los religiosos debieron mucho a Napoleón.
Las Hermanas de la Caridad pudieron regresar
a Francia (12) y el gran
convento de S. Bernardo fue restablecido y dotado
de una renta de 40,000 francos. Deseaba también
Napoleón erigir en Francia cuatro nuevos
conventos (13) y llegó
a decir, el 12 de enero de 1817, que le gustaban
los conventos y que de buena gana se retiraría
a vivir en un claustro.
En una alocución
a los cardenales, dijo Pío VII el 26
de junio de 1805: “En Francia los
sacerdotes de San Vicente y su congregación
han vuelto a la vida: decretos públicos
han proveído a la restauración
de las iglesias más importantes y a los
gastos necesarios para el ejercicio del culto;
fueron ofrecidos edificios amplios y hermosos
para nuevos Seminarios y me prometieron que
darán para ellos bienes muebles
e inmuebles y para algunos darán
subsidios del tesoro del Estado;
fueron aumentadas las rentas de muchos obispos
y cabildos; la capital y las provincias
fueron obligadas a mantener las iglesias y amueblarlas;
los misioneros franceses que están en,
el extranjero por inspiración del emperador
recibieron el derecho de adquirir propiedades
y están apoyados y protegidos
por el poder imperial; fue ampliado
el poder disciplinar de los obispos; se tiene
cuidado con la educación religiosa
de la juventud y de proveer
a las necesidades espirituales de los soldados
y de los enfermos y del pueblo: esto
fue lo que conseguimos en las negociaciones
que entablamos con el gran soberano (Napoleón
I)”. (14)
Y todavía
tenemos que recordar dos actos característicos
de Napoleón con su capellán Buonavita:
escogió para que celebrara la santa misa
la hora menos incómoda para el pobre
viejo y cuando se dio cuenta de que le hacía
daño vivir en Santa Helena lo regresó
a su patria con una pensión de tres mil
francos. (15)
NOTAS:
(1) Sobre este
punto de vista psicológico se juzga a
Napoleón en las obras siguientes: I.
E. Dahault, “Napoléon en Italie”,
(París, Alcan, 1907) y A. Vandal, “L’avènement
de Bonaparte”, (París, Bloud,
1908, 2 volúmenes).
(2) Thiers, “Histoire du Consulat
et de l’Empire”, Bruselas,
1858, Libro Xll “Le Concordat”,
página 377.
(3) Dr. Engelbert Fischer, “Napoleón
I”, 1904, páginas. 207-8.
(4) “El Pontificado de Pío
VII”, II, páginas. 91 y 145.
(5) Francisco Antommarchi, “Les derniers
momens” (“Los últimos
momentos de Napoleón”), páginas
76 y 135.
(6) “Correspondencia de Napoleón
I”, publicada por Napoleón
III, 1858; II, páginas 270-l.
(7 René vizconde de Chateaubriand, “Vida
de Napoleón”
(8) “Correspondencia de Napoleón
I”, publicada por Napoleón
III, 1858; II, páginas 431-2.
(9) Montholon, “Récits de la
captivité de l’Empereur Napoléon
à Sainte-Hélène”,
(“Relatos de la cautividad de Napoleón
en Santa Helena”) II, página 351.
(10) Francisco Antommarchi, “Les derniers
momens” (“Los últimos
momentos de Napoleón”), páginas
16 y 30.
(11) “El pontificado de Pío
VII”, I, pág. 179.
(12) Mme de Rémusat, “Napoléon
y su casa” (“Napoleon und sein
Hof”), 1800, III, página 337.
(13) Gourgaud, “Mémoires de
Napoléon à Sainte Hélène”,1823;
I, páginas 409 y 450.
(14) “El pontificado de Pío
VII”,I, págs. 201-3.
(15) Francisco Antommarchi, “Les derniers
momens” (“Los últimos
momentos de Napoleón”), página
29, (17 de marzo de 1821).