Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
¿QUÉ PASÓ EN EL ALMACÉN DE MASON?
Por el Dr.
Arnold Hancock Chaplin (1864-1944)
Arnold Hancock Chaplin (1864-1944).
Arnold H. Chaplin
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador de la Francósfera México-Francia.
Nunca antes traducido al castellano, el texto siguiente es un artículo prácticamente desconocido y en extremo interesante tomado del importante libro del Dr. Thomas Hancock Arnold Chaplin (1864-1944), A St. Helena who’s who (Napoleon’s captivity on St. Helena 1815-1821) (1), obra publicada en 1919 por Antony Rowe Ltd., y reimpreso en 2002 por Savannah Publications.

Esta pequeña morada estaba situada en el lado opuesto de Fisher’s Valley, y contaba con una excelente vista de Longwood. En virtud de esto era empleada como puesto de observación, y una guardia de tenientes siempre estaba en funciones.

Esta casa es famosa por dos episodios.

Primeramente, cuando el Teniente R. H. Reardon, del 66º [regimiento], estaba apostado en ella, los Bertrand salieron a caballo y conversaron con él acerca del arresto y la deportación de O’Meara.
Una investigación se llevó a cabo en lo relativo a esto, y como resultado Reardon, en compañía el Teniente-coronel Lascelles, fue enviado de regreso a Inglaterra.

En segundo lugar, cuando estaba siendo ocupada por el Teniente G. H. Wood, del 20º regimiento, fue el hogar por un tiempo del Sr. R. Grant (2), un guardiamarina del Vigo, quien estaba muriendo de consunción. Wood y Grant, que eran de un carácter serio, tenían la costumbre de pedir a otros personajes similares que los visitasen. Por consiguiente, los tenientes White y Oakley, del 20º regimiento, el Sr. Mellish, un guardiamarina, y el teniente Armstrong, del Regimiento de Artillería de Santa Helena, acudían durante la noche al almacén de Mason y elevaban plegarias por la salvación del alma de Napoleón.
Una relación de este episodio figura en las Memorias de Santa Helena, por Robson, 1827, y se presenta como sigue (3):

«El pequeño relato siguiente, sacado de las informaciones que me fueron proporcionadas por el Teniente W—d (4), el querido amigo del Sr. Gr—t, propenderán a mostrar, no sólo más del carácter y del estado mental del afligido, sino también, cuáles eran los sentimientos generales de los Young Christians (Jóvenes Cristianos) de Santa Helena para con su real prisionero. Así, el Sr. W—d escribe: «M—h (5) y yo solíamos llevar por doquier al pobre Gr—t en un «tonjon» (6); pero nosotros, sus portadores, éramos tan felices durante la faena como lo era él mismo; y le comparábamos frecuentemente, su situación, su estado de ánimo, y eternas bendiciones y privilegios, desplazándose de esta forma en su humilde silla y su pértiga, con la situación, honores, y comitiva del gran y maravilloso hombre, Buonaparte, quien vivía aproximadamente a un tiro de fusil de nosotros, del otro lado del valle; y quien también tenía la costumbre de salir a cabalgar en el bosque detrás de su casa en Longwood, acompañado por su séquito en traje completo, que podíamos ver claramente desde mi puesto. Preguntábamos con frecuencia a Gr—t, cuál de las dos condiciones era la más deseable, ¿si la suya o la del gran hombre? El pobre Gr—t sonreía, y compadecía a ese hombre extraordinario; pero coincidía con quienes lo cargaban en que su propia situación, aun cuando estaba a punto de decirle adiós a este mundo para siempre, era preferible a la de Buonaparte, en cualquier momento de su espléndida historia; y que no la cambiaría con ningún potentado que haya existido jamás en el mundo.

Bonaparte
« Según un dibujo hecho en Sta. Helena en 1817 por el personal del Cuerpo del Sr. [mayor Edward] Jackson », al mando del 20° a pie.

«Pero, en todas nuestras reuniones de plegaria, nunca omitimos orar por nuestro exaltado vecino, vertiendo nuestras súplicas abundante y fervientemente en su atención, para que Dios mitigara sus severos sufrimientos corporales durante su larga enfermedad, y los santificase para la conversión y la salvación de su alma inmortal.

«Él era frecuentemente el objeto de nuestra conversación, y decíamos, «¡Ah, si le pluguiera a Dios convertirle, y hacerle cristiano, qué monumento triunfante de la gracia él sería!» (7) Mas, si alcanzara un arrepentimiento verdadero, el mundo diría, «se acobardó»; o que fue su conciencia culpable corroyéndolo por los horrendos crímenes con los que carga; y que era bastante natural que un pecador tan grande se arrepintiese. Sabemos que esta es la manera como el mundo auto-moralista hablaría, si él alcanzara el arrepentimiento evangélico ante la vida; pero aún así continuábamos rogando determinadamente por él, y muy verdaderamente era objeto de piedad, compasión, y benevolencia cristiana. Teníamos el deseo de escuchar, de ser posible, cualquier cosa en relación a sus ideas y opiniones espirituales o religiosas; pero nunca pudimos obtener ninguna clase de información satisfactoria hasta después de su muerte, cuando supimos por algunos de su séquito que al final tenía la costumbre constante de rezar con el cura, pero particularmente se le oyó (cuando él no sabía que alguien estaba presente en la recámara) rezar reverentemente a Dios, a través de Jesucristo, por su salvación; pero no pudimos saber más que esto.
Todos dijeron que no estaba alarmado ante la muerte, como el Dr. A— (8) también lo sabe, a quien le habló de su fin próximo con calma filosófica. Pero toda esta calma y despreocupación era fruto meramente de una maduración natural; resultando en parte de su ignorancia de las consecuencias de la muerte, y también de la persuasión de que no sólo no fue culpable de los crímenes flagrantes que sus enemigos le imputaron, sino de que abusó menos de su poder, en lo que el mundo llama crimen, que cualquier otro monarca; y acostumbraba apelar a la historia para confirmar esta afirmación.

No obstante, aunque esto pudiera ser verdad, semejante estilo de razonamiento y de tranquilidad de filosofía (falsamente así llamada) era una prueba de que entonces no fue visitado por la Gracia, sea lo que haya tenido en su lecho de muerte, cuando fue visto u oído rezando a Dios a través de Jesucristo. Siempre oímos que él creía en las escrituras como puede hacerlo, y frecuentemente lo hace, el cristiano común, para su propia condenación. Siempre habló de ellas con respeto y reverencia, y las leía con frecuencia, particularmente al final. En tiempos del Dr. O’Meara acostumbraba leerlas cuidadosamente y con frecuencia, tanto por placer como para su información; pero, principalmente las partes históricas, especialmente los relatos de Josué, David, etc., y sus batallas; y siempre valoró la Biblia como la más antigua historia existente, independientemente de toda otra buena calidad que le recomendara su lectura.

Pero a pesar del desprendimiento que poseía, por su gran conocimiento de, y sus relaciones con, la humanidad, aun así era muy mojigato (9); lo era tanto como para pensar que nadie podía salvarse fuera de la Iglesia católica romana; y por ende, solía instar al Dr. A— a ir a misa.

Una cosa es segura, que no creía en la eficacia del sacramento papal de la extrema unción (como supongo que no creía otras absurdidades de esa iglesia), porque no quería recibirla y no la recibió (10). Pero un día o dos antes de su fallecimiento, conciente de estar muriendo, recibió, con gran acatamiento y devoción, el sacramento de la Cena del Señor; esto lo oímos de la Señora Bertrand, y otros de su casa.

«El siguiente es también un interesante e importante hecho en lo que le concierne, generalmente no sabido. Es éste: el difunto y venerable Padre en Cristo, el Dr. Bogue, de Gosport, envió múltiples copias de la traducción al francés de su Essay on the New Testament (11), a Buonaparte y su séquito. Una de esas copias, que había pertenecido a Buonaparte, la obtuve gracias a uno de nuestros sargentos, que le enseñó a los hijos del Conde Bertrand a escribir y a contar, y que lo recibió como un presente del Conde con su declaración de que había sido uno de los libros pertenecientes a Napoleón y que éste valoraba; pero no dijo cuánto o qué tan profundamente; y el Conde, a sabiendas de que el sargento era un hombre pío, por esa razón se lo obsequió, junto con otros más.
A mi llegada a Inglaterra, tuve el placer de entregárselo al Dr. Bogue, quien estuvo encantado de recibir a su hijo de regreso, después de sus vicisitudes y peregrinajes, particularmente después de haber sido adoptado por ese hombre maravilloso que fue Napoleón, y [estado] frecuentemente bajo su mirada.

«Después de toda conjetura, no lo sabemos pero podríamos volverlo a encontrar en el cielo, como un monumento a la piedad, salvado en la hora última.
Los cristianos que fueron a meditar frente al cuerpo sin vida de este hombre extraordinario, se encontraron particularmente conmovidos: Y recuerdo como vino a nuestra memoria aquel pasaje en Isaías XVI, versículos 9 a 21, que tanto parecían haber sido escritos para él como para el rey de Babilonia —qué maravillosamente apropiado nos pareció el 12º versículo— pero más particularmente, nosotros quienes lo admiramos yaciendo en la muerte, y tomamos esa mano, que alguna vez sostuvo el cetro del mundo, en la nuestra, quedamos pasmados por la aplicación de los 16º, 18º, y 19º versículos, que entonces se cumplieron literalmente».

NOTAS:

1) Un quién es quién de Santa Helena (el cautiverio de Napoleón en Santa Elena 1815-1821).
2) Robert Grant; nacido en 1799, protestante muy devoto, murió en efecto de consunción en el High Peak Hospital, en 1820.
3) St. Helena Memoirs, por el reverendo Thomas Robson, 1827.
4) El Teniente George Horsley Wood (1796-1874), quien además de formar parte del círculo de los Young Christians, fue uno de los pocos hombres que tuvieron el honor de asistir tanto al entierro como a la exhumación de Napoleón, en 1821 y 1840 respectivamente. Horsley Wood nos dejó algunos poemas de circunstancia relativos a sus reflexiones filosóficas sobre el Emperador.
5) El Sr. Mellish.
6) Un «tonjon», también conocido como Ladie’s carriage (carruaje de damas) era, en las colonias inglesas de la India, una pequeña cabina portátil para un pasajero; era sostenida por dos postes horizontales y cargada por cuatro portadores situados dos al frente y dos en la parte trasera, un poco a la manera de algunos artefactos medievales similares.
7) «Él» se refiere a Napoleón
8) El Dr. Antommarchi; en sus memorias, Les derniers momens, evoca con frecuencia las observaciones y comentarios de Napoleón acerca de sus creencias religiosas.
9) «Bigotted», en el texto inglés; mojigato, en México diríamos de una manera familiar «muy mocho».
10) El narrador, probablemente inducido en un error por la Señora Bertrand, se equivoca en su aseveración, pues, como lo testifica el ateo e irreligioso Antommarchi en sus memorias el 21 de abril de 1821, el Emperador recibió la extremaunción del abate Vignali el día 3 de mayo de 1821, tras haber declarado públicamente su deseo de «recibir los beneficios que la iglesia católica administra y cumplir con las obligaciones que impone». Al respecto, ver también nuestro artículo Vida religiosa de Napoleón por Monseñor Guillermo Tower.
11) Ensayo sobre el Nuevo Testamento.