Esta
pequeña morada estaba situada en el lado
opuesto de Fisher’s Valley, y contaba con
una excelente vista de Longwood. En virtud de
esto era empleada como puesto de observación,
y una guardia de tenientes siempre estaba en funciones.
Esta casa es famosa
por dos episodios.
Primeramente,
cuando el Teniente R. H. Reardon, del 66º
[regimiento], estaba apostado en ella, los Bertrand
salieron a caballo y conversaron con él
acerca del arresto y la deportación de
O’Meara.
Una investigación se llevó a cabo
en lo relativo a esto, y como resultado Reardon,
en compañía el Teniente-coronel
Lascelles, fue enviado de regreso a Inglaterra.
En segundo lugar,
cuando estaba siendo ocupada por el Teniente G.
H. Wood, del 20º regimiento, fue el hogar
por un tiempo del Sr. R. Grant (2),
un guardiamarina del Vigo, quien estaba
muriendo de consunción. Wood y Grant, que
eran de un carácter serio, tenían
la costumbre de pedir a otros personajes similares
que los visitasen. Por consiguiente, los tenientes
White y Oakley, del 20º regimiento, el Sr.
Mellish, un guardiamarina, y el teniente Armstrong,
del Regimiento de Artillería de Santa Elena,
acudían durante la noche al almacén
de Mason y elevaban plegarias por la salvación
del alma de Napoleón.
Una relación de este episodio figura en
las Memorias de Santa Helena, por Robson,
1827, y se presenta como sigue (3):
“El pequeño
relato siguiente, sacado de las informaciones
que me fueron proporcionadas por el Teniente W—d
(4), el querido amigo del
Sr. Gr—t, propenderán a mostrar,
no solo más del carácter y del estado
mental del afligido, sino también, cuáles
eran los sentimientos generales de los Young
Christians (Jóvenes Cristianos) de
Santa Helena para con su real prisionero. Así,
el Sr. W—d escribe: “M—h (5)
y yo solíamos llevar por doquier
al pobre Gr—t en un “tonjon”
(6); pero nosotros, sus
portadores, éramos tan felices durante
la faena como lo era él mismo; y le comparábamos
frecuentemente, su situación, su estado
de ánimo, y eternas bendiciones y privilegios,
desplazándose de esta forma en su humilde
silla y su pértiga, con la situación,
honores, y comitiva del gran y maravilloso hombre,
Buonaparte, quien vivía aproximadamente
a un tiro de fusil de nosotros, del otro lado
del valle; y quien también tenía
la costumbre de salir a cabalgar en el bosque
detrás de su casa en Longwood, acompañado
por su séquito en traje completo, que podíamos
ver claramente desde mi puesto. Preguntábamos
con frecuencia a Gr—t, cuál de las
dos condiciones era la más deseable, ¿si
la suya o la del gran hombre? El pobre Gr—t
sonreía, y compadecía a ese hombre
extraordinario; pero coincidía con quienes
lo cargaban en que su propia situación,
aún cuando estaba a punto de decirle adiós
a este mundo para siempre, era preferible a la
de Buonaparte, en cualquier momento de su espléndida
historia; y que no la cambiaría con ningún
potentado que haya existido jamás en el
mundo.
“Pero, en
todas nuestras reuniones de plegaria, nunca omitimos
orar por nuestro exaltado vecino, vertiendo nuestras
súplicas abundante y fervientemente en
su atención, para que Dios mitigara sus
severos sufrimientos corporales durante su larga
enfermedad, y los santificase para la conversión
y la salvación de su alma inmortal.
“Él
era frecuentemente el objeto de nuestra conversación,
y decíamos, “¡Ah, si le pluguiera
a Dios convertirle, y hacerle cristiano, qué
monumento triunfante de la gracia él sería!”
(7) Mas, si alcanzara un
arrepentimiento verdadero, el mundo diría,
“se acobardó”; o que fue su
conciencia culpable corroyéndolo por los
horrendos crímenes con los que carga; y
que era bastante natural que un pecador tan grande
se arrepintiese. Sabemos que esta es la manera
como el mundo auto-moralista hablaría,
si él alcanzara el arrepentimiento evangélico
ante la vida; pero aún así continuábamos
rogando determinadamente por él, y muy
verdaderamente era objeto de piedad, compasión,
y benevolencia cristiana. Teníamos el deseo
de escuchar, de ser posible, cualquier cosa en
relación a sus ideas y opiniones espirituales
o religiosas; pero nunca pudimos obtener ninguna
clase de información satisfactoria hasta
después de su muerte, cuando supimos por
algunos de su séquito que al final tenía
la costumbre constante de rezar con el cura, pero
particularmente se le oyó (cuando él
no sabía que alguien estaba presente en
la recámara) rezar reverentemente a Dios,
a través de Jesucristo, por su salvación;
pero no pudimos saber más que esto.
Todos dijeron que no estaba alarmado ante la muerte,
como el Dr. A— (8) también
lo sabe, a quien le habló de su fin próximo
con calma filosófica. Pero toda esta calma
y despreocupación era fruto meramente de
una maduración natural; resultando en parte
de su ignorancia de las consecuencias de la muerte,
y también de la persuasión de que
no solo no fue culpable de los crímenes
flagrantes que sus enemigos le imputaron, sino
de que abusó menos de su poder, en lo que
el mundo llama crimen, que cualquier otro monarca;
y acostumbraba apelar a la historia para confirmar
esta afirmación.
No obstante, aunque
esto pudiera ser verdad, semejante estilo de razonamiento
y de tranquilidad de filosofía (falsamente
así llamada) era una prueba de que entonces
no fue visitado por Gracia, sea lo que haya tenido
en su lecho de muerte, cuando fue visto u oído
rezando a Dios a través de Jesucristo.
Siempre oímos que él creía
en las escrituras como puede hacerlo, y frecuentemente
lo hace, el cristiano común, para su propia
condenación. Siempre habló de ellas
con respeto y reverencia, y las leía con
frecuencia, particularmente al final. En tiempos
del Dr. O’Meara acostumbraba leerlas cuidadosamente
y con frecuencia, tanto por placer como para su
información; pero, principalmente las partes
históricas, especialmente los relatos de
Josué, David, etc., y sus batallas; y siempre
valoró la Biblia como la más antigua
historia existente, independientemente de toda
otra buena calidad que le recomendara su lectura.
Pero a pesar del
desprendimiento que poseía, por su gran
conocimiento de, y sus relaciones con, la humanidad,
aún así era muy mojigato (9);
lo era tanto como para pensar que nadie podía
salvarse fuera de la Iglesia Católica Romana;
y por ende, solía instar al Dr. A—
ir a misa.
Una cosa es segura,
que no creía en la eficacia del sacramento
papal de la extrema unción (como supongo
que no creía otras absurdidades de esa
iglesia), porque no quería recibirla y
no la recibió (10).
Pero un día o dos antes de su fallecimiento,
conciente de estar muriendo, recibió, con
gran acatamiento y devoción, el sacramento
de la Cena del Señor; esto lo oímos
de la Señora Bertrand, y otros de su casa.
“El siguiente
es también un interesante e importante
hecho en lo que le concierne, generalmente no
sabido. Es éste: el difunto y venerable
Padre en Cristo, el Dr. Bogue, de Gosport, envió
múltiples copias de la traducción
al francés de su Essay on the New Testament
(11), a Buonaparte y su
séquito. Una de esas copias, que había
pertenecido a Buonaparte, la obtuve gracias a
uno de nuestros sargentos, que le enseñó
a los hijos del Conde Bertrand a escribir y a
contar, y que lo recibió como un presente
del Conde con su declaración de que había
sido uno de los libros pertenecientes a Napoleón
y que éste valoraba; pero no dijo cuánto
o qué tan profundamente; y el Conde, a
sabiendas de que el sargento era un hombre pío,
por esa razón se lo obsequió, junto
con otros más.
A mi llegada a Inglaterra, tuve el placer de entregárselo
al Dr. Bogue, quien estuvo encantado de recibir
a su hijo de regreso, después de sus vicisitudes
y peregrinajes, particularmente después
de haber sido adoptado por ese hombre maravilloso
que fue Napoleón, y [estado] frecuentemente
bajo su mirada.
“Después
de toda conjetura, no lo sabemos pero podríamos
volverlo a encontrar en el cielo, como un monumento
a la piedad, salvado en la hora última.
Los Cristianos que fueron a meditar frente al
cuerpo sin vida de este hombre extraordinario,
se encontraron particularmente conmovidos: Y recuerdo
como vino a nuestra memoria aquel pasaje en Isaías
XVI, versículos 9 a 21, que tanto parecían
haber sido escritos para él como para el
rey de Babilonia —qué maravillosamente
apropiado nos pareció el 12º versículo—
pero más particularmente, nosotros quienes
lo admiramos yaciendo en la muerte, y tomamos
esa mano, que alguna vez sostuvo el cetro del
mundo, en la nuestra, quedamos pasmados por la
aplicación de los 16º, 18º, y
19º versículos, que entonces se cumplieron
literalmente.”
NOTAS:
1) Un quién
es quién de Santa Helena (el cautiverio
de Napoleón en Santa Elena 1815-1821).
2) Robert Grant; nacido en 1799, protestante muy
devoto, murió en efecto de consunción
en el High Peak Hospital, en 1820.
3) St. Helena Memoirs, por el reverendo
Thomas Robson, 1827.
4) El Teniente George Horsley Wood (1796-1874),
quien además de formar parte del círculo
de los Young Christians, fue uno de los
pocos hombres que tuvieron el honor de asistir
tanto al entierro como a la exhumación
de Napoleón, en 1821 y 1840 respectivamente.
Horsley Wood nos dejó algunos poemas de
circunstancia relativos a sus reflexiones filosóficas
sobre el Emperador.
5) El Sr. Mellish.
6) Un “tonjon”, también conocido
como Ladie’s carriage (carruaje
de damas) era, en las colonias inglesas de la
India, una pequeña cabina portátil
para un pasajero; era sostenida por dos postes
horizontales y cargada por cuatro portadores situados
dos al frente y dos en la parte trasera, un poco
a la manera de algunos artefactos medievales similares.
7) “Él” se refiere a Napoleón
8) El Dr. Antommarchi; en sus memorias, Les
derniers momens, evoca con frecuencia las
observaciones y comentarios de Napoleón
acerca de sus creencias religiosas.
9) “Bigotted”, en el texto inglés;
mojigato, en México diríamos de
una manera familiar “muy mocho”.
10) El narrador, tal vez inducido en un error
por la Señora Bertrand, se equivoca en
su aseveración, pues, como lo testifica
el irreligioso Antommarchi en sus memorias el
21 de abril de 1821, el Emperador recibió
la extremaunción del abate Vignali el día
3 de mayo de 1821, tras haber declarado públicamente
su deseo de “recibir los beneficios que
la iglesia católica administra y cumplir
con las obligaciones que impone”. Al respecto,
ver también nuestro artículo Vida
religiosa de Napoleón
por Monseñor Guillermo Tower.
11) Ensayo sobre el Nuevo Testamento.