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Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
Envenenamiento de Napoleón
DESPUÉS DE LA IRRISIÓN
LA LEY DEL SILENCIO TOMA EL RELEVO

Por el señor

Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional

Jean-Claude Damamme

Pasan en Francia, en el campo de la Historia Napoleónica, cosas bien extrañas.

Hubo primero, el 2 de diciembre pasado, esa lamentable ausencia de conmemoración oficial de la victoria de Austerlitz.

A propósito, creo útil precisar un detalle que parece escapar – puesto que les conviene en su combate mezquino – a los detractores de Napoleón: esta victoria, que puso fin a la tercera Coalición, no es únicamente la de Napoleón nada más, sino la de Francia – agredida y no agresora – contra dos de las potencias más poderosas de aquel tiempo: Rusia y, no Austria tal como la conocemos hoy, sino el gigantesco imperio austriaco de entonces. No me extiendo más sobre este tema, evocado allende en este sitio.

Regreso ahora a otra extrañeza de este país.

Concierne un asunto que las 160 000 personas que visitan cada mes el sitio de la Sociedad Napoleónica Internacional conocen bien: el envenenamiento del Emperador.
No insisto en los detalles de esta historia, que es tratada largamente, científicamente, y de manera muy detallada en dicho sitio y desde ahora en el sitio hermano del Instituto Napoleónico México-Francia, sino en una de sus constantes más detestables.

Desde los años sesenta, que marcaron los inicios, aún balbucientes, de las interrogantes acerca de las causas de la enfermedad y del fallecimiento del Emperador, los historiadores napoleónicos patentados no han dejado de bromear sobre esta tesis.
Hubiesen podido, como se practica usualmente, estudiarlo, aunque fuera, de ser necesario, para rebatirla, pues una tesis no se acepta de entrada.
Prefieren, y con una hermosa uniformidad que no deja de sorprender, tomarla a broma, pues era el medio más eficaz de desanimar a cualquier medio un tanto serio que hubiera estado tentado en interesarse en ella.

Recuerdo, a quien los hubiera olvidado, los sarcasmos de un historiador napoleónico bien conocido acerca del « infortunado dentista ». Se trataba del sueco Sten Forshufvud, cuya lectura atenta de las Memorias, entonces recientemente publicadas de Marchand, el primer valet del Emperador, honra el recuerdo.
Es no obstante, fue este « infortunado dentista » – subrayo que había hecho estudios de toxicología en una facultad francesa – quien permitió al departamento de medicina forense medicina forense de la universidad de Glasgow poner en evidencia, por primera vez, la presencia de arsénico en los cabellos de Napoleón.

Cuando el canadiense Ben Weider tomó el relevo, esos mismos historiadores napoleónicos no vieron en él más que a otra víctima que ridiculizar con su « nueva serpiente marina ». Por desgracia, para ellos, este interlocutor tenía – y tiene siempre – los tamaños para defenderse. Y peor, para atacar.
Ben Weider se lanzó entonces a este combate con su energía, su determinación a toda prueba y su indefectible cariño y admiración por Napoleón. En fin, un adversario rudo, coriáceo, capaz de resistir a los bajos ataques de los medios napoleónicos franceses.
Muerto el hombre, no tendré la crueldad de contar las amenazas irrisorias de un antiguo presidente del Souvenir Napoleónien, médico de profesión, hacia quien acababa de fundar la Sociedad Napoleónica Internacional, y se obstinaba en querer demostrar que Napoleón había sido muy probablemente – se estaba aún lejos de las certezas científicas del día de hoy – víctima de un envenenamiento con arsénico.

Cronología sumaria: en 1995, el FBI dio a conocer sus resultados (presentados en París en mayo de 2000). Éstos confirmaron la presencia de importantes cantidades de arsénico en los cabellos de Napoleón, ya evidenciadas por los análisis hechos, en los años sesenta, en la universidad de Glasgow.
Vinieron enseguida los análisis efectuados en Estrasburgo en 2000-2001 por el doctor Pascal Kintz, entonces presidente de la Sociedad Francesa de Toxicología Analítica. No lograron quebrantar el desprecio de los medios napoleónicos franceses por esa « mala novela policíaca » como tampoco suscitar la curiosidad de la prensa, especializada o no.
La publicación de esos resultados tuvo sin embargo una consecuencia inesperada.

Se presentó en forma de un contraataque lanzado (¿por sugestión de quien?) por la revista de vulgarización científica Science & Vie, que comanditó unos sorprendentes análisis. Anunciados de manera estruendosa en la revista, concluyeron – ¿quién se sorprenderá de ello? – que la tesis del envenenamiento de Napoleón con arsénico « no se sostenía ». Al estar el tóxico sobre la superficie, éste no podía tener su origen más que en los productos de conservación de los cabellos. Esta vez nuevamente, el « descubrimiento » que se suponía aniquilaría la tesis contestada fue acogida con benevolencia.

Pero, a pesar de un desembalaje pomposo de argumentos perentorios propios para impresionar al público en general, había, en esos análisis efectuados por el laboratorio de la Prefectura de Policía París, un serio problema: habían « descuidado » ir a explorar el corazón de los cabellos imperiales.

Es lo que fue hecho en la universidad del gran ducado de Luxemburgo por el profesor Robert Wennig y el doctor Pascal Kintz, para entonces nombrado presidente de la Asociación Internacional de Toxicólogos de Medicina Forense.
Lo que descubrieron, los visitantes de este sitio lo conocen bien: el arsénico impregnaba completamente el interior del cabello (la médula), lo que significaba que el tóxico había sido empujado ahí por el flujo sanguíneo, luego entonces había pasado por vía digestiva (ver en este sitio: «Envenenamiento de Napoleón – La Última Prueba» ). Se estaba muy lejos de las conclusiones que nos es preciso, en el mejor de los casos, calificar de complacencia de la revista citada más arriba.

Los trabajos efectuados por estos dos científicos de reputación internacional tenían una importancia capital, pues desmoronaban de manera indiscutible y definitiva los (pseudo) argumentos tan tranquilizantes y tan laboriosamente invocados, de la contaminación externa.

Una serie de expedientes de prensa fueron enviados, y… nada, con excepción de dos medios, Nice Matin, y France Info, que no tuvieron en cuenta imposiciones, así fuesen ocultos.

El ejemplo que sigue es particularmente representativo de esta capa protectora de plomo que pesa sobre la tesis del envenenamiento. Concierne a la revista bien conocida Historia.
Se podía esperar – lógicamente – que este mensual especializado se interesara a las condiciones del fin de la vida del más grande y más ilustre de los soberanos franceses.

¿Cuál fue la respuesta del director de la redacción tras el envío del expediente de prensa?

« El comité editorial no contempla la publicación de este artículo en un número próximo ».

Reacción extraña, pero en apariencia tan solo, pues los vínculos editoriales entre esta revista y las ediciones Tallandier, uno de los cuarteles generales « descentralizados » de los historiadores napoleónicos, irreductibles e « irracionales » oponentes a esta tesis, podría explicar esta falta de curiosidad.

Esta presunción se vio reforzada cuando unos investigadores (sic) suizos dieron a conocer los resultados de sus trabajos de sus « trabajos »: habían llegado a la conclusión de que el Emperador sí había muerto de su emblemático cáncer del estómago, ¡midiendo la… talla de sus pantalones! Una cumbre de la ciencia.

Y en este caso, extrañamente, Historia no quedó indiferente a esta « bufonada ». La revista consagró, en efecto, un corto artículo a esta singular novación médica y científica que fue, como se debe, bien acogida en otras columnas.

El 2 de junio de 2005, en Estrasburgo, el Dr. Kintz y la Sociedad Napoleónica Internacional dieron una conferencia de prensa en los locales del laboratorio ChemTox, donde habían sido llevados a cabo los últimos análisis que establecían de manera indiscutible la naturaleza del arsénico ingerido por el Emperador (mata-ratas, en términos vulgares), y relegaban al armario de los accesorios las alegaciones sobre la « culpabilidad » del humo de la estufa y la del pegamento del papel tapiz – que, en su tiempo, habían recibido los honores de la prestigiosa revista l’Histoire, cuyos responsables no habían sin embargo considerado útil interrogarse acerca de las razones que habían llevado a esos extraños agentes exterminadores a no atacar más que a Napoleón.

El éxito de esta conferencia de prensa fue planetario. ¿Entonces, de qué se trata esto de la supuesta ley del silencio?

¿Los « envenenistas », según el mote socarrón que nos dio el director de la Fundación Napoleón, serían víctimas del delirio de persecución?

No lo creo, puesto que, si la noticia fue difundida en los diarios televisivos de TF1, France 2, France 3, M6, Canal+, TV5, y en Europe 1, RMC…, no hubo un solo medio en Francia, ni siquiera los que la tuvieron en cuenta (con la excepción notable, nuevamente, de Nice Matin), que retomara la información, y, como se hace normalmente después de un evento de tal alcance mediático, buscara profundizar el tema y trascender la inmediatez de esta información.

Todavía más reveladora de esta voluntad de bloquear la tesis del envenenamiento de Napoleón es la desventura siguiente, ocurrida a un historiador, antiguo director de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), y uno de los coautores del Diccionario Napoleón.

Cuando, tras la publicación de los primeros resultados de los análisis de Estrasburgo, se atrevió a decir, en el invierno de 2000-2001, ante los miembros del Instituto Napoleón, que la tesis del envenenamiento « valía más que el desprecio », vio, según su propia expresión, « los micrófonos cerrarse », y, después de una treintena de años consagrados al servicio de la historia napoleónica, le fue, desde ese momento, prohibida la palabra, inclusive en el mismo Instituto Napoleón.

Un testimonio abrumador que dice mucho sobre el crédito que se le puede acordar a los argumentos sostenidos por todos aquellos quienes, gravitando en la órbita directa del Souvenir Napoleónien, de la « Fundación Napoleón », y otros organismos asimilados, se expresan acerca del tema.

Hoy en día, tras las conclusiones que han sido sacadas de todos estos análisis efectuados por personalidades científicas tan eminentes como el doctor Pascal Kintz y el profesor Robert Wennig, la irrisión se ha convertido en un ejercicio difícil, y hasta peligroso.

Afortunadamente, no todo está perdido. En efecto, les queda a los historiadores napoleónicos une arma de última disuasión, si se puede decir: la ley del silencio, de la cual los ejemplos evocados más arriba muestran que hacen el « mejor » uso.

Una doble pregunta se plantea entonces muy naturalmente: ¿por qué esta voluntad encarnizada de esconder una verdad histórica?

¿Por qué, hoy, en Francia, no es posible decir y dar a conocer que Napoleón fue víctima de un envenenamiento arsenical?

Que admire o no a Napoleón, el público en general tiene el derecho de saber, y es abusar con cinismo y deshonestidad de una posición dominante, hecha posible mediante procedimientos de « bloqueo » que sería demasiado largo detallar aquí, mantener en la ignorancia de una realidad histórica, que es también, y sobre todo, una indiscutible verdad científica.

J.C.D.

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