Envenenamiento de
Napoleón
DESPUÉS
DE LA IRRISIÓN
LA LEY DEL SILENCIO TOMA EL RELEVO |
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por |
Jean-Claude
Dammame |
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| Jean-Claude
Damamme |
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Pasan
en Francia, en el campo de la Historia Napoleónica,
cosas bien extrañas.
Hubo primero, el
2 de diciembre pasado, esa lamentable ausencia de
conmemoración oficial de la victoria de Austerlitz.
A propósito,
creo útil precisar un detalle que parece
escapar – puesto que les conviene en su combate
mezquino – a los detractores de Napoleón:
esta victoria, que puso fin a la tercera Coalición,
no es únicamente la de
Napoleón nada más, sino la de Francia
– agredida y no agresora – contra dos
de las potencias más poderosas de aquel tiempo:
Rusia y, no Austria tal como la conocemos hoy, sino
el gigantesco imperio austriaco de entonces. No
me extiendo más sobre este tema, evocado
allende en este sitio.
Regreso ahora a
otra extrañeza de este país.
Concierne un asunto que las 160 000 personas que
visitan cada mes el sitio de la Sociedad Napoleónica
Internacional conocen bien: el envenenamiento
del Emperador.
No insisto en los detalles de esta historia, que
es tratada largamente, científicamente, y
de manera muy detallada en dicho sitio y desde ahora
en el sitio hermano del Instituto Napoleónico
México-Francia, sino en una de sus constantes
más detestables.
Desde los años
sesenta, que marcaron los inicios, aún balbucientes,
de las interrogantes acerca de las causas de la
enfermedad y del fallecimiento del Emperador, los
historiadores napoleónicos patentados no
han dejado de bromear sobre esta tesis.
Hubiesen podido, como se practica usualmente, estudiarlo,
aunque fuera, de ser necesario, para rebatirla,
pues una tesis no se acepta de entrada.
Prefieren, y con una hermosa uniformidad que no
deja de sorprender, tomarla a broma, pues era el
medio más eficaz de desanimar a cualquier
medio un tanto serio que hubiera estado tentado
en interesarse en ella.
Recuerdo, a quien
los hubiera olvidado, los sarcasmos de un historiador
napoleónico bien conocido acerca del «
infortunado dentista ». Se trataba del sueco
Sten Forshufvud, cuya lectura atenta de las Memorias,
entonces recientemente publicadas de Marchand, el
primer valet del Emperador, honra el recuerdo.
Es no obstante, fue este « infortunado dentista
» – subrayo que había hecho estudios
de toxicología en una facultad francesa –
quien permitió al departamento de medicina
forense medicina forense de la universidad de Glasgow
poner en evidencia, por primera vez, la presencia
de arsénico en los cabellos de Napoleón.
Cuando el canadiense
Ben Weider tomó el relevo, esos mismos historiadores
napoleónicos no vieron en él más
que a otra víctima que ridiculizar con su
« nueva serpiente marina ». Por desgracia,
para ellos, este interlocutor tenía –
y tiene siempre – los tamaños para
defenderse. Y peor, para atacar.
Ben Weider se lanzó entonces a este combate
con su energía, su determinación a
toda prueba y su indefectible cariño y admiración
por Napoleón. En fin, un adversario rudo,
coriáceo, capaz de resistir a los bajos ataques
de los medios napoleónicos franceses.
Muerto el hombre, no tendré la crueldad de
contar las amenazas irrisorias de un antiguo presidente
del Souvenir Napoleónien, médico de
profesión, hacia quien acababa de fundar
la Sociedad Napoleónica Internacional,
y se obstinaba en querer demostrar que Napoleón
había sido muy probablemente – se estaba
aún lejos de las certezas científicas
del día de hoy – víctima de
un envenenamiento con arsénico.
Cronología
sumaria: en 1995, el FBI dio a conocer sus resultados
(presentados en París en mayo de 2000). Éstos
confirmaron la presencia de importantes cantidades
de arsénico en los cabellos de Napoleón,
ya evidenciadas por los análisis hechos,
en los años sesenta, en la universidad de
Glasgow.
Vinieron enseguida los análisis efectuados
en Estrasburgo en 2000-2001 por el doctor Pascal
Kintz, entonces presidente de la Sociedad Francesa
de Toxicología Analítica. No lograron
quebrantar el desprecio de los medios napoleónicos
franceses por esa « mala novela policíaca
» como tampoco suscitar la curiosidad de la
prensa, especializada o no.
La publicación de esos resultados tuvo sin
embargo una consecuencia inesperada.
Se presentó en forma de un contraataque lanzado
(¿por sugestión de quien?) por la
revista de vulgarización científica
Science & Vie, que comanditó
unos sorprendentes análisis. Anunciados de
manera estruendosa en la revista, concluyeron –
¿quién se sorprenderá de ello?
– que la tesis del envenenamiento de Napoleón
con arsénico « no se sostenía
». Al estar el tóxico sobre la superficie,
éste no podía tener su origen más
que en los productos de conservación de los
cabellos. Esta vez nuevamente, el « descubrimiento
» que se suponía aniquilaría
la tesis contestada fue acogida con benevolencia.
Pero, a pesar de un desembalaje pomposo de argumentos
perentorios propios para impresionar al público
en general, había, en esos análisis
efectuados por el laboratorio de la Prefectura de
Policía París, un serio problema:
habían « descuidado » ir a explorar
el corazón de los cabellos imperiales.
Es lo que fue hecho
en la universidad del gran ducado de Luxemburgo
por el profesor Robert Wennig y el doctor Pascal
Kintz, para entonces nombrado presidente de la Asociación
Internacional de Toxicólogos de Medicina
Forense.
Lo que descubrieron, los visitantes de este sitio
lo conocen bien: el arsénico impregnaba completamente
el interior del cabello (la médula), lo que
significaba que el tóxico había sido
empujado ahí por el flujo sanguíneo,
luego entonces había pasado por vía
digestiva (ver en este sitio: «Envenenamiento
de Napoleón – La Última Prueba»
). Se estaba muy lejos de las conclusiones que nos
es preciso, en el mejor de los casos, calificar
de complacencia de la revista citada más
arriba.
Los trabajos efectuados
por estos dos científicos de reputación
internacional tenían una importancia capital,
pues desmoronaban de manera indiscutible y definitiva
los (pseudo) argumentos tan tranquilizantes y tan
laboriosamente invocados, de la contaminación
externa.
Una serie de expedientes
de prensa fueron enviados, y… nada, con excepción
de dos medios, Nice Matin, y France Info, que no
tuvieron en cuenta imposiciones, así fuesen
ocultos.
El ejemplo que sigue es particularmente representativo
de esta capa protectora de plomo que pesa sobre
la tesis del envenenamiento. Concierne a la revista
bien conocida Historia.
Se podía esperar – lógicamente
– que este mensual especializado se interesara
a las condiciones del fin de la vida del más
grande y más ilustre de los soberanos franceses.
¿Cuál
fue la respuesta
del director de la redacción tras
el envío del expediente de prensa?
« …
El comité editorial no contempla la publicación
de este artículo en un número próximo
».
Reacción
extraña, pero en apariencia tan solo, pues
los vínculos editoriales entre esta revista
y las ediciones Tallandier, uno de los cuarteles
generales « descentralizados » de los
historiadores napoleónicos, irreductibles
e « irracionales » oponentes a esta
tesis, podría explicar esta falta de curiosidad.
Esta presunción
se vio reforzada cuando unos investigadores (sic)
suizos dieron a conocer los resultados de sus trabajos
de sus « trabajos »: habían llegado
a la conclusión de que el Emperador sí
había muerto de su emblemático cáncer
del estómago, ¡midiendo la… talla
de sus pantalones! Una cumbre de la ciencia.
Y en este caso,
extrañamente, Historia no quedó indiferente
a esta « bufonada ». La revista consagró,
en efecto, un corto artículo a esta singular
novación médica y científica
que fue, como se debe, bien acogida en otras columnas.
El 2 de junio de
2005, en Estrasburgo, el Dr. Kintz y la Sociedad
Napoleónica Internacional dieron una conferencia
de prensa en los locales del laboratorio ChemTox,
donde habían sido llevados a cabo los últimos
análisis que establecían de manera
indiscutible la naturaleza del arsénico ingerido
por el Emperador (mata-ratas, en términos
vulgares), y relegaban al armario de los accesorios
las alegaciones sobre la « culpabilidad »
del humo de la estufa y la del pegamento del papel
tapiz – que, en su tiempo, habían recibido
los honores de la prestigiosa revista l’Histoire,
cuyos responsables no habían sin embargo
considerado útil interrogarse acerca de las
razones que habían llevado a esos extraños
agentes exterminadores a no atacar más que
a Napoleón.
El éxito
de esta conferencia de prensa fue planetario. ¿Entonces,
de qué se trata esto de la supuesta ley del
silencio?
¿Los «
envenenistas », según el mote socarrón
que nos dio el director de la Fundación Napoleón,
serían víctimas del delirio de persecución?
No lo creo, puesto
que, si la noticia fue difundida en los diarios
televisivos de TF1, France 2, France 3, M6, Canal+,
TV5, y en Europe 1, RMC…, no hubo un solo
medio en Francia, ni siquiera los que la tuvieron
en cuenta (con la excepción notable, nuevamente,
de Nice Matin), que retomara la información,
y, como se hace normalmente después de un
evento de tal alcance mediático, buscara
profundizar el tema y trascender la inmediatez de
esta información.
Todavía más
reveladora de esta voluntad de bloquear la tesis
del envenenamiento de Napoleón es la desventura
siguiente, ocurrida a un historiador, antiguo director
de investigación del Centro Nacional de Investigación
Científica (CNRS), y uno de los coautores
del Diccionario Napoleón.
Cuando, tras la publicación de
los primeros resultados de los análisis de
Estrasburgo, se atrevió a decir, en el invierno
de 2000-2001, ante los miembros del Instituto Napoleón,
que la tesis del envenenamiento « valía
más que el desprecio », vio, según
su propia expresión, « los micrófonos
cerrarse », y, después de una treintena
de años consagrados al servicio de la historia
napoleónica, le fue, desde ese momento, prohibida
la palabra, inclusive en el mismo Instituto Napoleón.
Un testimonio
abrumador que dice mucho sobre el crédito
que se le puede acordar a los argumentos sostenidos
por todos aquellos quienes, gravitando en la órbita
directa del Souvenir Napoleónien,
de la « Fundación Napoleón »,
y otros organismos asimilados, se expresan acerca
del tema.
Hoy en día, tras las conclusiones que han
sido sacadas de todos estos análisis efectuados
por personalidades científicas tan eminentes
como el doctor Pascal Kintz y el profesor Robert
Wennig, la irrisión se ha convertido en un
ejercicio difícil, y hasta peligroso.
Afortunadamente, no todo está perdido. En
efecto, les queda a los historiadores napoleónicos
une arma de última disuasión, si se
puede decir: la ley del silencio,
de la cual los ejemplos evocados más arriba
muestran que hacen el « mejor » uso.
Una doble pregunta
se plantea entonces muy naturalmente: ¿por
qué esta voluntad encarnizada de esconder
una verdad histórica?
¿Por qué,
hoy, en Francia, no es posible decir y dar a conocer
que Napoleón fue víctima de un envenenamiento
arsenical?
Que admire o no
a Napoleón, el público en general
tiene el derecho de saber, y es abusar con cinismo
y deshonestidad de una posición dominante,
hecha posible mediante procedimientos de «
bloqueo » que sería demasiado largo
detallar aquí, mantener en la ignorancia
de una realidad histórica, que es también,
y sobre todo, una indiscutible verdad científica.
J.C.D. |