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LA LITERATURA DURANTE EL IMPERIO

Ossian evoca a los fantasmas al son de su harpa, por el barón François Gérard
Ossian evoca a los fantasmas al son del harpa
Óleo del barón François Gérard (1770–1837).

Por
Jean Mistler
(1897-1988)

De la Academia Francesa

Traducido del francés por J. E. Cirlot y Ángel Alandí.
Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.

« Tengo en mi favor a la literatura de poca monta, y en contra mía a la gran literatura ».

Esta frase, que habría sido dicha a Fontanes por Napoleón, ¿es auténtica o apócrifa? Poco importa, resume bastante bien las posiciones respectivas del poder y de las letras durante el Imperio y todos los regímenes absolutos. Se ha intentado explicar de dos maneras la mediocridad de la literatura francesa desde finales del reinado de Luis XVI hasta las vísperas de la revolución de 1830. « Las letras necesitan un clima de libertad para florecer - han dicho los liberales -; la censura es poco favorable al genio y la policía lo persigue con frecuencia ». Napoleón, que había estado a punto de ser novelista y que siempre fue un gran lector, consideraba que el Gobierno debía ocuparse, en el plano administrativo, de la literatura. Aplicando por instinto el precepto chino por el cual las palancas del poder son los castigos y las recompensas, favoreció a los escritores que dieron pruebas de ser juiciosos y actuó contra los otros. Los estímulos consistieron en premios decenales, que el Instituto no concedió, por lo demás, sino una sola vez, y, sobre todo, pensiones y gratificaciones. En Schoenbrunn, después de Austerlitz, el emperador leyó una mañana en Le Moniteur una Oda al Gran Ejército por Lebrun. Creyó que se trataba de Ecouchard-Lebrun, llamado Lebrun-Píndaro por sus varios tomos de Odas republicanas. Feliz por una « conversión » inesperada, otorga al viejo poeta una pensión de 6000 francos. Había error en la persona, pues el autor de la oda era un joven de veinte años, Pierre Lebrun, alumno a la sazón en el Prytanée. Napoleón no retiró sus 6000 francos a Lebrun-Píndaro y otorgó una pensión de 1200 francos al principiante. Por otro lado, no se los dio a un ingrato, ya que Pierre Lebrun le fue fiel después de sus derrotas.

El palacio Mazarino al final de la Revolución Francesa. Este palacio, cuya cúpula aún está rematada en esa época por el gorro frigio, pronto se convertiría en sede del Instituto de Francia, cuando éste haya de dejar el Louvre. Dibujo anónimo. Museo Carnavalet.

Bastantes escritores fueron agregados a la dirección de la librería, a la censura de los diarios o a la teatral. Esménard, Lemontey se hallan entre éstos.

Varios autores desempeñaron el papel, mucho más escabroso, de informadores políticos, como Fiévée, el ingenioso novelista de La Dot de Suzette a quien sus desacreditadas costumbres no impidieron obtener una prefectura.

La otra palanca no fue menos utilizada por el Gobierno. Madame de Staël ha narrado las persecuciones que tuvo que padecer, la prohibición de residir en París, la incautación y destrucción de L'Allemagne. Escritores menos conocidos también fueron perseguidos. En 1802, Laharpe fue exiliado a veinte leguas de la capital; en 1803 el abate Delille fue molestado por su poema La Pitié, en el que hablaba de las guerras de Vendea. En 1805, un poeta contrahecho, Joseph Desorgues, fue encarcelado en Charenton por una canción y un juego de palabras. La canción tenía por estribillo:

Sí, el gran Napoleón
Es un gran camaleón.

En cuanto al juego de palabras, Desorgues había dicho en el Café de la Rotonde, cuando le servían un helado de limón: «Je n'aime pas l'écorce» (No me gusta la corteza (fonéticamente: los corsos).

A veces, la censura actuaba por motivos ajenos a la política; en 1811, por ejemplo, una reimpresión de La Guerre des Dieux, el poema irreligioso de Parny, fue incautada en la librería Barba. Pero ¿se podía actuar así contra un miembro del Instituto (Parny había sido elegido en la Academia en 1803)? Al fin, Savary hizo devolver los volúmenes al librero.

Respecto al teatro podría escribirse un libro con la historia de las piezas prohibidas, como el Tibère de M.-J. Chénier, y de aquellas otras en las que el autor fue obligado a cambiar la época y el lugar, cual le sucedió a Charles Brifaut. Autor de un Don Sancho que sucedía en España, se le obligó a llevar la acción de su obra a Asiria: Don Sancho fue convertido en Ninus II y Barcelona se transformó en Babilonia, lo que dejaba intacta la rima (en ne).

Jacques Delille (1738-1813). Poeta oficial de la Francia imperial, alcanzó entonces el apogeo de su gloria. Retrato por Henri-Pierre Danloux, fechado en 1809. Museo Denon, Châlon-sur-Saône.
En cuanto al color local, un desplazamiento de cuarenta siglos y de mil leguas podía pasar inadvertido a la sazón, dentro del mecánico desarrollo de los alejandrinos.

Se ha dado una explicación algo distinta de la debilidad de la literatura francesa durante el Imperio. Lamartine, en el prefacio que agregó en 1834 a sus Meditaciones, que habían anunciado en 1820 una nueva primavera poética, imputó a los matemáticos el eclipse de la poesía: « Todos esos hombres geométricos, que eran los únicos que tenían la palabra y nos aplastaban a los jóvenes, creían haber secado para siempre en nosotros lo que mataran en ellos... Sólo la cifra estaba permitida, y era honrada, protegida, pagada. Como la cifra no razona [...] el jefe militar de esa época no quería otra misionera ».

L’imagination, poema de Jacques Delille (1806). Ilustración del frontispicio y comienzo del segundo canto.

Nadie ha expresado esta idea con tanta elocuencia como Lamartine; pero aparece ya en textos anteriores. Le Spectateur du Nord, por ejemplo, en su número de octubre de 1802, se alzaba contra « la importancia exclusiva que se otorga a las ciencias abstractas desde la Revolución en la mayoría de las escuelas francesas », y la acusaba de secar los espíritus. Discusión vana: los programas de estudios científicos durante el primer Imperio nos parecen hoy de una sencillez casi infantil. La tiranía del sable, y la menos evidente de la cifra, son explicaciones demasiado sumarias para un fenómeno muy complejo. Estudiando las letras francesas durante Napoleón, comprobaremos que ciertos géneros, abundantemente cultivados, no eran sino supervivencias, mientras que obras desconocidas en la época de su publicación llegaron a tener gran influencia. Ante todo, debemos distinguir entre la librería y la literatura, entre los éxitos de un día y las obras llamadas a durar, y que eran ignoradas del público. Durante Napoleón se editan y se leen muchos poemas, una multitud de novelas, y el teatro, sobre todo la tragedia, es muy frecuentado. El nacimiento, impacientemente esperado, del hijo de María Luisa y el emperador fue cantado por los poetas a no pedir más. Fueron propuestos 50 premios a su lira y se presentaron... ¡12 730 concursantes! La recompensa suprema le tocó a un tal Barjaud, cuya reputación no duró más que los fuegos artificiales descritos por sus estrofas.

De su lado, la novela era próspera; un Ducray Duminil conoció tiradas superiores a las de los peores novelistas del presente (Caelina ou l'Enfant du Mystère fue reeditada 42 veces y se asegura que se vendieron 1 200 000 ejemplares); pero, durante ese tiempo, una obra maestra, Adolphe, terminada en 1809, quedaba sin imprimir, y no debía editarse hasta 1816, en tirada de 1000 ejemplares, que tardaron siete años en agotarse.
Stendhal, en su estilo ocurrente, contraponía las novelas destinadas a las duquesas a las que se dirigían a las camareras: las primeras, en octavo y bien impresas, costaban 6 francos; las segundas, en dozavo a 3 francos, eran tiradas en papel de envolver por el « tío Pigoreau », que ganaría durante la Restauración «medio millón haciendo llorar a los ojos bonitos de provincias ». ¿Significa esto que sólo las malas novelas se leyeran? Seguramente no, y madame de Staël debió su celebridad mucho más a Delphine y a Corinne que a su Essai sur les Passions; pero la Valérie de madame de Krudener
-publicada dos años más tarde que Delphine - provocó igual diluvio de lágrimas y la oscureció. ¿Rivalidad de autoras, o envidias femeninas? Ambas cosas, probablemente. Sin duda, hemos dicho bastante para mostrar que los problemas de la literatura durante Napoleón son menos simples en la realidad viva de la historia que en los resúmenes de los manuales.

Delphine y Valérie. Estas obras fueron los dos grandes éxitos novelescos de la época imperial. Delphine, de la señora de Staël, se publicó en 1802, y Valérie, de la señora de Krudener, en 1804. Colección Jean Mistler.

 

EL INSTITUTO DE FRANCIA

Una ruptura brutal se produjo en 1789: en tres años, una forma de sociedad desaparece. Muchos escritores emigraron; otros, en especial Chénier y Cazotte, mueren en el cadalso; y otros, como Chamfort y Condorcet, se suicidan. La edición se limita cada vez más a la publicación de folletos de circunstancia; la Academia, después de hacer, en 5 de marzo de 1789, una última elección, la del abate Barthélemy, se desvanece y es suprimida en agosto de 1793. A partir de Termidor, sin embargo, una relativa seguridad se instaura, una nueva sociedad se forma, y no es ceder al atractivo de un díptico de imágenes de Epinal contraponer el cierre del club de los jacobinos a la creación, un año más tarde, del Instituto de Francia, organizado por la ley de 25 de octubre de 1795.

Sucediendo a las cuatro academias del antiguo régimen, el Instituto comprendía tres clases. La primera era la de ciencias físicas y matemáticas de que se hablará en el capítulo redactado por André George. La segunda clase, de ciencias morales y políticas, comprendía seis secciones: análisis de las sensaciones y de las ideas, moral, ciencias sociales, legislación, economía política, historia, geografía. La tercera (literatura y bellas artes) contaba ocho secciones: gramática, lenguas antiguas, poesía, antigüedades y monumentos, pintura, escultura, arquitectura, música y declamación. El efectivo total era de 144 miembros que residían en París, más 144 asociados que vivían en provincias y 24 asociados extranjeros.
Según la expresión de Daunou, el Instituto constituía « una enciclopedia viva ». Si la Academia Francesa, refundida con la de Bellas Artes, experimentaba un pasajero eclipse, la segunda clase era en Francia algo nuevo; su fundación daba carácter oficial, en cierto modo, a ciertas ramas de la actividad y del saber humanos, como la economía política y la ciencia social, y liberaba la psicología y la moral de la tutela de la Iglesia: así, cincuenta años después de Diderot, las ideas de los enciclopedistas triunfaban.

El Instituto se hallaba muy próximo al Gobierno. Varios filósofos fueron directores o ministros; otros tuvieron puesto en el Consejo de los Antiguos y en los Quinientos. Bonaparte era asiduo a las sesiones de la primera clase, sección de mecánica, y, en la sesión

De l' Allemagne, por Madama de Staël. Página primera de la edición original de 1810, que fue secuestrada por la censura. Abajo, la anotación y firma de Ch. Nicolle, librero de París: Certificado de conformidad con la última prueba de Mme de Staël.
pública del 15 Nivoso año VI, tras la paz de Campo Formio, Garat; haciendo el elogio de sus amplios conocimientos y de sus dones, decía que sería considerado por la posteridad como « un filósofo que por un momento se halló al frente de los ejércitos ». El general, sin reírse, respondió: « Las verdaderas conquistas, las que no causan ningún pesar, son las que se logran sobre la ignorancia ».

El papel del Instituto en la preparación del 18 Brumario fue desdeñable. Unos años más tarde, en el volumen que contiene las Memorias de la segunda clase, relativas al año XI, el golpe de Estado era celebrado así: « Día para siempre memorable en los anales de Francia, en los del Instituto, que ha dado al Gobierno el primer cónsul, Bonaparte; el segundo, Cambacérès, y llamado a sí al tercero, Charles-François Lebrun». Al margen de la adulación, estos sentimientos no deben sorprendernos. En Mesidor año IX, Volney, autor de las Ruinas de Palmira, viejo liberal que ya se había apartado bastante del Primer Cónsul, le escribía a Jefferson: « Estábamos en disolución pútrida en el exterior y en el interior, y estamos más reconstruidos que nunca ». La proclamación del Consulado vitalicio y luego del Imperio, motivó una degradación bastante rápida de las relaciones entre el poder y el Instituto, a tal punto que la segunda clase fue transformada, por el decreto de 3 Pluvioso año XI, que restableció las cuatro academias del antiguo régimen. Sólo en 1832 revivió con el nombre de Academia de Ciencias morales y políticas.

La filosofía imperante en el Instituto era la ideología heredera del sensualismo de Condillac y del materialismo de Helvetius y de Holbach. Pierre Cabanis, médico e incluso gran médico, comparaba el cuerpo humano a un clavecín y el sistema nervioso a una botella de Leyden cuyo fluido animaba los órganos. La serie de las memorias que presentó al Instituto y que reiteró en 1802 con el título general de Considérations sur les rapports du physique et du moral ha podido ser considerada como el manifiesto del materialismo; pero algunos de sus axiomas conquistaron la celebridad, cual el que muestra al cerebro produciendo el pensamiento « como el estómago y los intestinos operan la digestión ».

Madame de Staël y su hija Albertine, futura duquesa de Broglie. Palacio de Coppet.

Más matizado que Cabanis, Destutt de Tracy, que le sucedió en la Academia, era oficial del ejército real antes de 1789. No emigró y sólo el 9 Termidor le salvó de la guillotina. Partiendo nuevamente del célebre análisis de la estatua de Condillac, señaló su insuficiencia y mostró que la adición de los datos facilitados por nuestros sentidos no bastaría para darnos un conocimiento completo del mundo. Un sexto sentido es necesario; le da el nombre de motilidad, facultad que tenemos de buscar por medio del movimiento la impresión de resistencia que nos dan los objetos. Estamos ya en el camino de la gran idea de Maine de Biran, que, con Laromiguière y bajo la influencia de la psicología escocesa, subrayó el papel de la voluntad y preparó la reacción espiritualista del siglo XIX.

A veces se ha querido ver su punto de partida en la lección de apertura de los cursos de Royer-Collard en la Sorbona. Se ha contado que Napoleón, habiendo leído ese discurso, dijo al siguiente día a Talleyrand cuando fue a una audiencia íntima: « Se alza en mi Universidad una nueva filosofía, muy seria, que podrá librarnos de los ideólogos matándolos en el acto por medio del razonamiento ». No exageremos, el auditorio de Royer-Collard en esa lección inaugural fue de... ¡tres personas!

El retorno al espiritualismo, esbozado en el plano del sentimiento por el Genio del Cristianismo, de Chateaubriand, no iba a triunfar tan deprisa. Se apoyará sobre una metafísica diametralmente opuesta a las doctrinas de Locke y Condillac; me refiero al sistema de Kant, y la lucha será muy dura. El filósofo de Koenigsberg, muerto en 1804 y célebre en Alemania desde la publicación de su Crítica de la razón pura (1781), fue revelado a Francia por un oficial emigrado, Charles de Villers. Redactor del Spectateur du Nord, Villers publicó en él muchos artículos, especialmente, en 1798, dos estudios sobre el kantismo. Preparaba un tercero; pero Baudus, director del Spectateur, le aconsejó que «esperase unos meses antes de volver a hablar de Kant. De 500 suscriptores, 450 no leen esos artículos o les molestan... Preferimos, en la medida que sea posible, la literatura ligera y la moral tratada con ligereza».
Introducir a Kant en Francia no era, pues, cosa fácil. Villers redactó, sin embargo, un libro, Exposition de la philosophie de Kant, que regaló al Instituto el 22 de julio de 1801.
El Vizconde François René de Chateaubriand en 1809, por Girodet. Museo de Saint-Malo.
Su trabajo fue vivamente discutido, y Sébastien Mercier, que intentó explicar Kant a sus colegas, provocó tales risas que interrumpió su exposición diciendo: « Ciudadanos, bien veo que no me comprendéis; pero puedo aseguraros que yo sí que me entiendo ».
De esta tentativa fracasada, Villers conservó viva amargura cuya huella encontramos en su correspondencia con madame de Staël. Más tarde, guiará los primeros pasos de su amiga en el mundo del pensamiento y de la literatura germánicas; pero el libro De l’Allemagne, publicado en 1810 e incautado por la policía, sólo sería conocido en Francia cuando se reimprimió en París, en 1814, y en esa fecha Napoleón había caído.

El nombre de madame de Staël evoca fatalmente el recuerdo de sus altercados con el emperador y de las persecuciones que ella relató en Dix Années d' Exil. El de Benjamin Constant recuerda su eliminación del Tribunado por haber criticado allí un proyecto de ley, de acuerdo con el papel asignado a esta Asamblea por la Constitución del año VIII. En 1814, cuando, en su voluntario exilio, publique en Alemania el admirable libelo De l'esprit de conquête, inscribirá bajo su nombre, en la portada: « Miembro del Tribunado, eliminado
en 1802 ». Las relaciones de Chateaubriand con el poder son menos tensas: su Genio del Cristianismo le gustó a Napoleón en el momento en que restauraba la religión en Francia por medio del concordato. No debe creerse ciegamente todo lo que René ha contado de sus relaciones con Bonaparte; pero se le ha juzgado con malevolencia cuando se ha dicho que, a posteriori, se presentó como más oponente al régimen de lo que fue. Si el emperador creía tener con Chateaubriand un turiferario de más talento que los literatos predispuestos a alabarle se equivocó. Es sabido cómo se produjo la ruptura. Irritado por una frase del discurso redactado por Chateaubriand para la Academia, Napoleón se opuso a su solemne recepción. El discurso circuló en copia manuscrita y Stendhal observaba, el 21 de marzo de 1813, en su Diario, que ese texto era « irremediablemente mediocre », salvo este pensamiento: « Las letras, que hablan un idioma universal, encadenadas languidecen y mueren ».
Después de esta visión demasiado rápida del movimiento de las ideas durante el Imperio (...) pasaremos revista a las diversas ramas de la literatura: poesía, teatro, novela.

 

LA POESÍA OFICIAL

Cuando André Chénier, meditando sus grandes poemas de Hermès y de L' Amérique, pedía:

Con pensamientos nuevos hacer versos antiguos

pensaba revestir de una forma comparable a la de Virgilio o Lucrecio un cuadro filosófico de los progresos del espíritu humano. ¿Qué habría realizado si, en vez de ser decapitado a los treinta y dos años, hubiera vivido
lo bastante para asistir a los inicios de Lamartine y de Hugo? Es inútil plantear la cuestión y cabe incluso suponer que, hacia 1825, en lugar de reivindicar como antecesor al poeta asesinado, los románticos le habrían combatido como clásico retardatario. En efecto, si los fragmentos bucólicos de Chénier le convierten en el último gran poeta de la Pléyade, los fragmentos de sus grandes poemas están mucho más cerca de Delille, y, si los hubiera terminado, probablemente no habría esquivado los escollos del género. De todos modos, Chénier no pertenece a la época imperial; la primera edición de sus obras, por Latouche, es de 1819, y, durante el Imperio, sólo algunos breves fragmentos se publicaron, como, por ejemplo, La Jeune Tarentine, insertada en L' Almanach des Dames pour 1811.

Teatro de la Montansier (actualmente, sala del Palais-Royal). La antesala hacia finales del Consulado.

Durante Napoleón, la poesía parece haber oscilado sin cesar entre las piezas fugitivas, ramos sin perfume de flores artificiales, y los grandes poemas didácticos y enojosos. La lengua, gastada y empobrecida aún más, después de Malherbe y Boileau, por los gramáticos puristas del siglo XVIII, la versificación cada vez más monótona en su fría corrección, no dejan a los poetas sino un campo que se estrecha progresivamente: se fabrican versos franceses a golpe de diccionarios de la rima, como los versos latinos a golpe de Gradus. Género en favor es el de las odas, en las que Jean-Baptiste Rousseau, Lefranc de Pompiguan, Ecouchard-Lebrun parecen haber querido justificar el excelente epigrama atribuido a Buffon:

Lebrun, en el furor de su apacible delirio,
Tomó un día su lápiz, que llamaba su lira
E hizo en mi favor una oda que me gustó...

He olvidado la continuación, o Buffon no prosiguió, lo ignoro. Observemos, no obstante, que estos versificadores poseían un oficio bastante notable y las estrofas cuyo molde forjaron serán usadas aún en las Méditations, las Odes et Ballades y las Harmonies.

Cuando Victor Hugo, en su célebre Réponse à un acte d'accusation, fechada en 1834, pero compuesta veinte años más tarde, escribe:

Quité del cuello del perro estupefacto su collar de epítetos...

ridiculiza a los pedantes que prohíben las palabras vulgares y explican gravemente de qué modo Racine había borrado la vulgaridad de la palabra perros por el hábil empleo del adjetivo devorantes. Los tratados de estilística de finales del siglo XVIII contienen páginas enteras sobre estos graves problemas, y los manuales de retórica, con su estudio de las figuras de palabras o de frases, acabaron por transformar la poesía en un arte de la adivinanza. Sobre todo, florecía la perífrasis: los frutos se convertían en los dones de Pomona; el ruiseñor, como un cantante que torna un seudónimo para la escena, se llamaba Filomelo. El poeta buscaba su inspiración en la fuente de Hippocréno o de Castalia, según los exigencias de la rima, y, también por la misma razón, podía ascender al Pindo o al Parnaso. A veces, la perífrasis era más complicada y docta, y en J.-B. Lalanne, autor del Potager, llega a lo sublime en lo grotesco:

Este insecto, con todo, que nuestro orgullo aplasta
Con los fuegos de un nuevo himen cada primavera se abrasa
Y gustando placeres que los humanos ignoran,
Asaetea y a la vez recibe el dardo de Venus.

Amablemente, el autor esclarece el sentido de sus versos en su nota 28: Todo el mundo sabe que el caracol es hermafrodita. Pero, ese mismo Lalanne, a quien el joven Stendhal, en su Diario, llama siempre « el poeta Lalanne », arroja a manos llenas parecidas perlas y se supera en otro poema, Les Oiseaux de la Ferme, contándonos cómo la granjera bretona se las arregla para hacer que un capón incube los huevos:

Ese frío soltero, inhábil para el placer,
Del lujo de la mesa mártir infortunado.

Cómo le despluma la rabadilla y le fustiga con ortigas; después de ese sádico tratamiento, el capón se echa sobre los huevos:

Aliviado, el animal se torna reconocido,
Guía bajo tus ojos, cubre con su ala
A sus bienhechores queridos, a su familia nueva.

Hay veinte versos de esta calidad.
El abate Delille, ciertamente, era menos ridículo. Su traducción de Virgilio, trabajo de gran paciencia, le había permitido adquirir notable maestría en el estilo y la versificación. En absoluto temió emplear palabras técnicas, ni nombrar la reja u otros elementos del arado. Cuesta distinguir de sus traducciones sus obras originales, corno Les jardins o L'imagination. Delille emigró en 1795 y primero fue a Suiza, luego a Alemania y por último a Inglaterra. Amenazado de ceguera - similitud con Hornero que no se dejó de destacar en prosa y en verso -, vivió con su « sobrina », la señorita Vaudechamp, a la que llamaba su Antígona: acabó casándose, aunque ella le arrojase a veces los libros a la cabeza y por la mañana se negara a darle los vestidos si no le entregaba cierto número de alejandrinos, que los libreros pagaban a 6 libras pieza, de lo cual le daban una comisión de 30 sueldos para ella. En Hamburgo, Delille conoció a Klopstock; emprendió el trabajo de traducir La Mesíada, de una versión en prosa que le facilitó Villers, pero el proyecto no llegó a la realización. En Londres desde luego no pudo conocer a Milton, que había muerto más de un siglo antes, pero tradujo su Paraíso perdido. Gozaba de un renombre europeo, sus obras se tradujeron a todos los idiomas, incluido el latín, y superaron tiradas de 50 000 ejemplares. A su regreso a Francia gozó del prestigio del poeta laureado y fue nombrado profesor de poesía latina en el Colegio de Francia; a su muerte, su cuerpo fue expuesto en un catafalco, con la cabeza coronada de laurel. Desde luego, tuvo enemigos y aún se recita este epigrama:

Virgilio, en los frescos valles,
Celebró la agricultura,
Vos, abate, observáis a la natura
En los salones...

Pero no careció de admiradores entre los grandes escritores de su tiempo, y tanto Germaine de Staël corno Benjamin Constant citaron más de una vez, en sus cartas, los versos que, en el Dithyrambe sur l'lnmortalité de l' Âme, terminan con una antítesis oratoria la estrofa que vitupera a los tiranos:

¡Temblad, sois inmortales!

y la que se dirige a sus víctimas:

¡Consolaos, sois inmortales!

¿Es preciso enumerar a otros versificadores con los títulos de otras vulgaridades? ¿La Navigation de Esménard o Le Verger de Fontanes? De Le Mérite des Femmes de Legouvé se hicieron 15 ediciones que no agotaron el éxito, obra de la que el verso:

Cae a los pies del sexo al que debes tu madre

es el más famoso, pero no el más digno de risa. Benoît Decomberouse tuvo una idea más original: puso en verso el Código de Napoleón, mientras que Philibert Bouchotte rimaba en 1805 los Principes de la jauge de l'Octroi de Paris. El sistema métrico servía así para prodigar alabanzas a Napoleón, con sus pesas y medidas que

... no pueden alterarse ni destruirse
Como el nombre del héroe cuyo Imperio se bendice.

Berchoux publicó en 1801 su Gastronomie, pronto refutada por L'Anti-gastronomie, ouvrage trouvé dans un paté (de Gouriet), y seguida por L'Art de dîner en ville, a l'usage des gens de lettres (por Ravel), tratado lleno de doctos consejos a los parásitos, que termina bastante graciosamente con estos versos:

Si al papel de adulador temes descender
Retorna, filósofo, a tu sucio granero
Y por el justo precio de tu noble coraje
Come con dignidad tu pan y tu queso.

En fin, ¿recordaremos algunas de las innumerables epopeyas patrióticas, inspiradas tanto por los merovingios y las cruzadas como por la campaña de Italia? Es conveniente, pues, del inmenso naufragio de la poesía imperial, ¿sobrenada algo más que la chispa de Arnault?:

De tu tallo separada
Pobre hoja seca
¿A dónde vas? No sé...

Son quince versos, pero encantadores en su sencillez.
Sin embargo, la poesía no estaba por entero ausente del movimiento que más tarde sería llamado prerromanticismo y cuyos heraldos fueron Chateaubriand y madame de Staël. Si la superchería literaria de las obras de Clotilde de Surville fue rápidamente aventada, el éxito de los Poemas de Osián fue inmenso y duradero. Letourneur los había traducido al francés, y Napoleón los puso de moda, llevándolos en su calesa de campaña hasta Berlín y Varsovia. Esos poemas no eran sino una hábil fabricación de Macpherson, y el crítico Johnson había demostrado hacía tiempo su carácter apócrifo. No importa, los bardos de larga barba blanca, el bello Oscar y sus rubios guerreros, la tierna Malvina relevaron a los aedos griegos, a Aquiles y Elena, y la novedad del decorado: brezos y nubes, nieves, lagos y bosques, hizo olvidar la monotonía de esas rapsodias. Lo que obras maestras como Werther o René habían significado para una minoría selecta, el seudo Osián lo fue para círculos más amplios; el sentido novelesco y la imagine ría popular se pusieron de su parte y muchos niños recibieron en la pila bautismal, en esa época, nombres que hicieron reír a sus expensas más tarde.

Decorado del Théâtre-Français, realizado para la tragedia bíblica Omasis o Joseph en Egypte de Baour-Lormian. Esta obra estaría enteramente olvidada de no haber servido de libreto al Joseph de Méhul (1807), una de las obras maestras de la música lírica. Grabado de Charles. Museo Carnavalet.
La traducción en verso de Baour-Lormian prolongó ese éxito, con su facilidad armoniosa y algo blanda, y ciertos poetas como Millevoye o Chenedollé supieron a veces transmitir a sus elegías la soñadora melancolía que se admiraba en Macpherson como evocación de no se sabe qué época, anterior incluso al « canto de los trovadores ».

SADE EN CHARENTON

El 27 de febrero 1813, el célebre ermitaño de la Chaussée d'Antin, Jouy, visita el manicomio de Charenton. « Me detuve – escribe - a observar un hombre flaco cuya mirada, más que huraña era maligna, y que nos amenazaba con una sonrisa cuya expresión de crueldad sólo he visto en el rostro del primero de nuestros trágicos. “Este desgraciado - me dijo el guía - es un hombre de noble origen a quien la naturaleza ha dotado con el corazón de un león y la mente de un mono. Todos sus años de juventud han sido señalados con crímenes cuya apología se ha atrevido a hacer pública en una edad más avanzada. Privado, como único castigo, del poder de hacer el mal, se ha vuelto loco de maldad y a falta de otra víctima, ahora desahoga su rabia sobre sí mismo. Su existencia acusaba a la justicia de las leyes y su demencia ha vengado la moral pública.” Nos alejamos rápidamente de este loco que por todo adiós nos envió esta caritativa advertencia: “¡Idos tranquilos! ¡Yo me encargaré de haceros desollar vivos!”. »
Hay mucha exageración en este relato del marqués de Sade. Detenido en casa del librero Massé, el 6 de marzo 1801, al mismo tiempo que eran retirados de su domicilio los ejemplares de la famosa Justina, que Napoleón juzgó « inmunda », Sade fue recluido en Sainte-Pélagie y después en Bicêtre. Pese a sus peticiones, no compareció ante ningún tribunal. Era considerado un prisionero de Estado y su internamiento recuerda las órdenes selladas del antiguo régimen. El 27 de abril fue trasladado al manicomio de Charenton por « demencia libertina ». «Creo - escribió el prefecto de policía - que conviene dejarlo en Charenton donde su familia paga su pensión y donde, por su honor, desea que se quede.» Su actitud en Charenton no corresponde a su leyenda. Su conducta fue tan correcta que el director le autorizó a montar, con la ayuda de los enfermos, algunas piezas teatrales. Respecto a estas representaciones, a las que podían asistir personas del exterior, se dispone del testimonio del estudiante de medicina Faure, en aquel entonces internado en dicho establecimiento por una manifestación anti-napoleónica.
Una referencia sobre Charenton, que se conserva en los Archivos del Sena, se refiere, a propósito de estas representaciones, a las relaciones entre el director, Columier, y Sade: « Lo primero que se ofrece a mis ojos es la relación íntima con un monstruo objeto de abominación pública y que el Gobierno ha tenido que condenar a reclusión perpetua para librar de él a la sociedad; se adivina que quiero hablar aquí del autor de la infame novela Justina; pues sólo a él pueden convenir semejantes calificaciones... ¿Qué confianza puede inspirar un director en quien existe tolerancia y favor para un ser al que no puedo denominar hombre; un director que acoge semejante panegirista; que deja representar públicamente en su teatro una obra hecha por él y para su alabanza, obra en la que se encuentran las más bajas adulaciones y en las que se le compara a los mismos dioses; más aún, que le permite interpretar un papel en otra obra, y qué papel además? El del malvado que expresa con toda veracidad el crimen que anida en su corazón. He visto el público temblando horrorizado ante semejante espectáculo, mientras el director general enrojecía de cólera al no oír ningún aplauso en la sala [...] Lo que acabará de excitar la más viva indignación es que en la representación de [...] se han introducido unas coplas en alabanza de la familia imperial, especialmente del rey de Roma, y que la sala sabía que estas coplas eran del autor de Justina ».
Por motivos de decencia, la policía puso fin a estas representaciones. Sade murió en Charenton en 1814.

 

EL EMPERADOR Y LA TRAGEDIA

Si el teatro, cuando Napoleón, desempeña un papel eminente en la vida social, su interés es muy escaso desde el ángulo de la historia literaria. El gusto del Emperador por la tragedia vuelve a ponerla de moda y el Teatro Francés, que le dedica tres veladas semanales llena sus programas reponiendo, aparte de a los « tres grandes », Corneille, Racine y Voltaire, numerosas piezas de finales del siglo XVIII y ensayando novedades.

Napoleón prefiere Corneille a sus rivales: « Si hubiera vivido en mi tiempo – decía -, le habría hecho príncipe ». Ciertamente, Corneille no escribió nada que pudiera resultar ingrato al poder, y el autor de la demasiado amable dedicatoria a De Montauron hubiese alabado, no sólo al emperador, sino a sus grandes dignatarios. Sin embargo, mejores jueces que el emperador ponen a Racine a su lado; Benjamin Constant, por ejemplo, escribe en su Diario, en 1804: Racine, el más grande, acaso el único poeta francés.

En los principales papeles trágicos, un actor, Talma, por su técnica menos convencional que la de Lekain, y su declamación menos solemne y cantarina, introdujo en el Teatro Francés algo más de vida y movimiento. Pero, al desaparecer Talma, la tragedia sufrió un eclipse y tuvo que venir Rachel para reanimarla.
La platea, que se sabía de memoria los clásicos, no se privaba de subrayar, con risas irónicas, en Britannicus, el verso en que una Junia de fáciles costumbres, la Bourgoin, hablaba de entrar en la clausura de las vestales. Ciertos pasajes se prestaban a sobrentendidos políticos; la censura los hacía suprimir o retocar ligeramente. Naturalmente, la platea demostraba que se hallaba al tanto.
Varias reposiciones lograron grandes éxitos; puede citarse Le Siège de Calais, por De Belloy, obra de la que madame de Staël cita frecuentemente el verso:

Cuanto más vivo en el extranjero, más amo a mi patria.

Gaston et Bayard del mismo autor, y Manlius de Lafosse también fueron aplaudidos.

Imitaciones de imitaciones; las tragedias nuevas que representaban los comediantes franceses como el Hector de Luce de Lancival son producciones que nacieron muertas, laboriosos centones de hemistiquios de rimas que avanzan dócilmente a pares como viejos bueyes de labor.
Entre las novedades, ninguna logró un triunfo comparable a los Templarios de Raynouard. El tema, tomado de uno de los episodios más horribles de la historia de Francia, el proceso y muerte de Jacques de Molay, tenía elementos para conmover al público en mayor medida que las leyendas mitológicas o los anales de Roma. Naturalmente, el suplicio de los templarios fue relatado como lo exigía la dignidad de la tragedia y ese fragmento hizo derramar muchas lágrimas. Su último verso:

Pero ya no era tiempo, los cantos habían cesado

debía inspirar, treinta años más tarde, al libretista de Los hugonotes: ¡Ya no cantan!

La tiranía de las reglas y el dogma de las tres unidades gozaban todavía de una autoridad poco menos que indiscutida. Un espíritu tan original como el de Benjamin Constant, cuando emprendió la adaptación del Wallenstein de Schiller redujo los 9000 versos a 2000, Y las tres jornadas del texto alemán a una sola de cinco actos; trató como relato lo que era acción y, en su prefacio, lleno de ideas nuevas, escribió: « A pesar de las trabas que imponen y de las faltas que pueden motivar, las unidades me parecen una ley sabia ». Así transformada, la trilogía de Schiller, ¿le pareció a TaIma demasiado fría o demasiado audaz? ¿O, más sencillamente, no vio el trágico en ella ningún papel que le interesara? El Walstein de Constant fue publicado en 1809; pero nunca afrontó el escenario, y sólo las adaptaciones shakespearianas de Ducis, a pesar de sus precauciones « para domar a la fiera », nos parecen anunciar a veces el drama romántico de la escena, donde se librará en 1830 la batalla de Hernani.
El día de fin de año de 1804, Stendhal escribe en su Diario, a propósito de una pieza de Fabre d'Eglantine, al que admira tanto como a Molière: « Las peores tragedias atraen mucho público, todo está lleno; las mejores comedias no atraen a nadie.Este hecho, enteramente cierto, es una verdad para la historia de la Revolución.
El final del proceso. Esta caricatura, que contrapone la delgada Duchesnois a la escultural señorita George, recuerda una de las mayores intrigas de la historia del teatro. A pesar de los artículos de Geoffroy, que apoyaban a la señorita George en el Journal des Débats, ésta, no soportando ver que se prefería a la señorita Duchesnois, se fue de París.
Sentimos más las impresiones fuertes de la tragedia, y nuestro ingenio y nuestros hábitos mundanos, menos ejercitados, no tienen la finura ni el tacto del ridículo necesarios a la comedia ».

No puede decirse mejor: las obras de Molière, de Marivaux, de Beaumarchais, presuponían la existencia de palacios y salones; la desaparición de la sociedad para la cual fueron escritas dejó desorientado al público.
Sin embargo, se representan comedias como La Suite du Menteur, de Andrieux, que pretendía ser el continuador de las obras maestras del siglo XVII; pero son meras distracciones de literatos. Picard, que era actor, director de teatro y autor, tenía más inspiración y originalidad. En sus primeras obras (Médiocre et Rampant, Du Hautcours ou le Contrat d'union) se atrevía a hacer sátira social y denunciaba las especulaciones financieras del Directorio: el salón de madame de Saint-Allard es un tugurio y la dueña de la casa vive del producto del juego. Una vez instaurado el Imperio, al adquirir las costumbres algo más de decencia, Picard elige los temas más anodinos, y su Petite Ville, destinada a hacer reír a los parisienses a expensas de los provincianos, provocará vivas cóleras en una docena de prefecturas, que se reconocieron tanto más fácilmente en el cuadro descrito por Picard cuanto que éste carecía de pormenores concretos, a la manera de la famosa página de La Bruyère. El principal rival de Picard fue Charles Etienne, uno de los favoritos del régimen, que pasó de la oficina literaria de la policía a la dirección de los Débats. Su comedia los Deux Gendres primero le valió una violenta polémica y la acusación de haber plagiado una pieza latina, Conaxa, obra de un jesuita del siglo XVII, y le abrió luego las puertas de la Academia. En 1814, Luis XVIII le expulsó de ella, pero fue reelegido en 1829.

Para terminar nuestra noticia sobre el teatro señalaremos la moda, después de la Revolución, de un nuevo género, derivado de la comedia sentimental de La Chaussée, el melodrama, en que las sustituciones de niños, el claro de luna en el bosque, los castillos en ruinas y los fantasmas que arrastran cadenas acompañan a los reconocimientos, duelos y raptos. Con frecuencia, novelas francesas (Ducray-Duminil), inglesas (Anne Radcliffe) o piezas extranjeras (Misantropía y Arrepentimiento de Kotzebue) proporcionan la materia prima de estos espectáculos cuyo éxito proseguirá hasta el segundo Imperio, y que, adornados con algo más de estilo, se convertirán en el drama romántico en prosa y verso.

El maestro del género fue Guibert de Pixérécourt, « el Corneille del bulevar del Temple », como se le llamaba sin que protestara. Cada año producía dos o tres obras que se representaban al menos doscientas veces seguidas. Por cada una le pagaban 900 francos, y proporcionaban a los directores miles de luises. Se comprende que Pixérécourt fundara, en 1805, para defender los intereses de los dramaturgos, el Comité d'Auteurs, sucesor de la asociación fundada por Beaumarchais y antecesora de la actual Société des Auteurs et Compositeurs dramatiques.
El éxito de las obras espectaculares, como Le Pied de Mouton, de Martainville, futuro redactor del legitimista Drapeau Blanc, fue mayor aún.

Talma, interpretando el papel de Marigny en Les Templiers de Raynouard.

Todavía se daba el Pied de Mouton, algo retocado y puesto al gusto del día, cuando la presidencia de Mac Mahon.

El teatro seguía de cerca la actualidad, sea que se leyeran en los entreactos del Francés los boletines del Gran Ejército, o que se insertaran en una ópera una o dos estrofas suplementarias para celebrar el estado interesante de María Luisa, o bien que se pusiera en escena algo oportuno para celebrar un tratado de paz. En fin, al igual que los panoramas permitían admirar al público los campos de batalla en que las banderas francesas habían vencido, así el Circo Olímpico escenificaba pantomimas en las que las cargas de caballería, los fuegos graneado s y los cañonazos daban a los paisanos la ilusión de asistir a Austerlitz o a Wagram. Ante la necedad de estas producciones, se tiene la tentación de creerlas fruto de la propaganda oficial. La verdad nos obliga a decir que si muchas obras anti-inglesas y anti-prusianas fueron encargadas por el Gobierno, cuando eran demasiado tontas Napoleón reprendía a Cambacérès y a Champagny: « Si el ejército intenta honrar a la nación todo lo que puede, hay que confesar que los literatos hacen todo lo posible para deshonrarla [...] Hay quien se lamenta de que carecemos de literatura, y es por culpa del ministro del Interior. Es ridículo encargar una égloga a un poeta como se encarga un traje de muselina » (carta de 21 de noviembre de 1806).

 

ESPERANDO EL ROMANTICISMO

Los tres principales novelistas del reinado de Luis XVI vivieron lo bastante para ver los comienzos del régimen napoleónico: Sénac de Meilhan y LacIos murieron en 1803 y Restif de la Bretonne en 1806; pero los dos primeros terminaron sus días fuera de Francia y Restif pasó los últimos años de su vida en un olvido casi total. En cuanto al marqués de Sade, que no era conocido del público sino por su Justine, publicada antes de la Revolución, continuó escribiendo en Charenton, donde estaba internado; pero su caso no interesaba más que a la Administración y a los médicos.
Durante el Consulado y el Imperio, las obras de imaginación más leídas eran traducciones o adaptaciones de las « novelas negras » inglesas; entre las obras originales destacan las novelas humorísticas de Pigault-Lebrun, tan picarescas como su propia vida, y los relatos sentimentales escritos por mujeres de las que sólo una, madame de Staël, tuvo talento.
Muy a comienzos del siglo, se publica una obra maestra, Atala, de Chateaubriand, pronto seguida de René. Son poemas en prosa mejor que novelas. Treinta años más tarde la juventud buscará en ellas la justificación del « mal del siglo » que padece, y Chateaubriand casi lamentará haber escrito René como Goethe desaprobó su Werther. Esa inspiración no abandonó por entero a Chateaubriand; pero pasa a un segundo término en sus relatos de viajes, como el bello itinerario De París a Jerusalén. En cuanto a la epopeya en prosa de Los mártires, es tan artificial como las obras de los poetas oficiales, salvo algunos pasajes en que el autor evoca sus recuerdos personales en el ejército de Condé y se pone en escena bajo los rasgos de Eudoro.
Madame de Staël tuvo dos grandes éxitos con Delphine y Corinne. Son novelas en las que la pasión afirma sus derechos frente a los convencionalismos sociales; pero las dos protagonistas, tan próximas a la autora por muchos rasgos, son vencidas en esa lucha desigual. Delphine, cuyo desenlace se inspira evidentemente en L'Emigré, vale sobre todo para nosotros, como la novela de Sénac de Meilhan, por su descripción de la existencia de los franceses refugiados en el extranjero. En cuanto a Corinne, menos dramática, es más rica en el plano intelectual y ha podido decirse muy justamente que era, para la vida artística y literaria de Italia, una guía tan preciosa como De l'Allemagne para los países del otro lado del Rin.

Respecto a las otras novelas femeninas, basta con citar unos nombres. La señora Cottin, que murió a los treinta y siete años, apenas con más edad que sus protagonistas, alcanzó enormes éxitos con Malvina y Catherine Mansfield. Por ella, un joven - Jacques Lafargue, su primo - se disparó un balazo en la cabeza, y más tarde un académico, De Vaines, se envenenó. Dos suicidios comprobados, sin contar todos los desenlaces de sus libros...; nos encontramos ante una corriente de moda, que debía durar mucho: de 1817 a 1836 se publicaron diez ediciones de las obras completas de la señora Cottin.

Debo decir que tengo, en mi biblioteca, en encantadores libritos en 16.0, todas sus novelas, pero que no he podido avanzar en su lectura más que en las obras de las señoras de Souza o de Genlis, sus coetáneas. En cuanto a la baronesa de Montolieu, que, según se afirma, publicó más de 105 volúmenes y dirigió lo que hoy se llama un taller literario, no he leído sino su traducción de Ondine de La Motte-Fouqué, bien distante del encanto del original.

Podríamos citar algunos libros en los que ya hay algo más que las líneas principales del romanticismo. El Obermann de Senancour no debía hallar su público hasta 1830, aproximadamente, y las primeras novelas de Nodier, ingenuas imitaciones de Werther, casi pasaron tan inadvertidas como sus primeros ensayos de entomología. Dos notables obras, Les Sources occultes du Romantisme, de Auguste Viatte, y Le Mouvement des ldées dans l'Emigration française, de Fernand Baldensperger, han mostrado insuperablemente cómo el gran movimiento del romanticismo francés fue preparado por mil secretos caminos. Los escritores oficiales del Imperio ni siquiera sospecharon esa evolución profunda, cuyos efectos no se manifestaron en Francia sino treinta o cuarenta años después que en Alemania e Inglaterra. La propia madame de Staël, en Weimar, se hizo traducir Faust; sin embargo, se interesó particularmente por Egmont y Guillermo Tell. Stendhal, en Brunswick, leyó, ayudado por su profesor de alemán, Lénore, de Burger; pero el único de los grandes escritores franceses de ese tiempo que sabía perfectamente el alemán y el inglés, Benjamin Constant, ciertamente prefirió Voltaire a Goethe, y, antes de adaptar Wallenstein, había trabajado en una tragedia sobre L'Anneau de Polycrate. Se adivina lo que el destino del tirano de Samos, que arrojó una sortija muy valiosa al mar para conjurar la mala suerte y la volvió a encontrar en el interior de un pez, podía tener de alusivo a la fortuna de Bonaparte, y de profético respecto al desquite de la fatalidad.

 

ARTÍCULOS Y ESCRITOS
   
Discurso de recepción en la Academia Francesa (extracto), por Víctor Hugo.
El Médico rural (extractos), por Honorato de Balzac.
La generación perdida, por Alfred de Musset.
La revista nocturna, por el barón Joseph Christian Zedlitz.
La noche en el Hotel de Los Inválidos, por Émile Gigault de la Bédollière.
Siguiendo las huellas de la Gloria: La carrera Napoleónica de Stendhal, J. David Markham.
Napoleón, escritor, por Isis Wirth.
Acrósticos, por el Doctor Ulises Casab Rueda.
Los signos de la fatalidad, por el Profesor José de Jesús Ochoa Vázquez.
Balzac y Napoleón, por Stefan Zweig.
Los signos helénicos empleados por Napoleón, por el Dr. Antonio P. Rivas.
Viejos de la vieja, poema de Théophile Gautier.
La cría de Navidad, por el capitán Maurice Letourneux.
Los dos granaderos, poema de heinrich Heine.
El cementerio de Eylau, poema de Víctor Hugo.
Cabeza armada, poema de Gérard de Nerval.
El Éxtasis, cuento histórico, por Gustave Lenôtre.
Cruz de Napoleón, por Víctor Hugo.
Ensayo laureado del Premio Memorial Conde de Las Cases. Una mirada a Napoleón en la obra de Alfonso Reyes, por Ulises Sánchez Segura.
Oda a la Columna Vendôme, por Víctor Hugo.
La literatura se apodera de él, por Jules Bertaut.
Napoleón, orador y periodista, por Alfonso Reyes.
Efemérides de Napoleón, por Santiago Zubiría
Al Aniversario de la Muerte de Napoleón, por Gabriel “Plácido” de la Concepción Valdés.


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