| LA
LITERATURA DURANTE EL IMPERIO |
 |
Ossian
evoca a los fantasmas al son del harpa
Óleo del barón François Gérard
(1770–1837). |
Por
Jean Mistler
(1897 - 1988)
De la Academia Francesa
|
Traducido del francés por J. E. Cirlot y Ángel
Alandí.
Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público
de manera gratuita y puede ser reproducida con fines
no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se
cite la fuente completa y su dirección electrónica.
De otra forma, requiere permiso previo por escrito de
la institución.
|
« Tengo
en mi favor a la literatura de poca monta, y en contra mía
a la gran literatura ».
Esta frase, que habría
sido dicha a Fontanes por Napoleón, ¿es auténtica
o apócrifa? Poco importa, resume bastante bien las
posiciones respectivas del poder y de las letras durante el
Imperio y todos los regímenes absolutos. Se ha intentado
explicar de dos maneras la mediocridad de la literatura francesa
desde finales del reinado de Luis XVI hasta las vísperas
de la revolución de 1830. « Las letras necesitan
un clima de libertad para florecer - han dicho los liberales
-; la censura es poco favorable al genio y la policía
lo persigue con frecuencia ». Napoleón, que había
estado a punto de ser novelista y que siempre fue un gran
lector, consideraba que el Gobierno debía ocuparse,
en el plano administrativo, de la literatura. Aplicando por
instinto el precepto chino por el cual las palancas del poder
son los castigos y las recompensas, favoreció a los
escritores que dieron pruebas de ser juiciosos y actuó
contra los otros. Los estímulos consistieron en premios
decenales, que el Instituto no concedió, por lo demás,
sino una sola vez, y, sobre todo, pensiones y gratificaciones.
En Schoenbrunn, después de Austerlitz, el emperador
leyó una mañana en Le Moniteur una
Oda al Gran Ejército por Lebrun. Creyó
que se trataba de Ecouchard-Lebrun, llamado Lebrun-Píndaro
por sus varios tomos de Odas republicanas. Feliz
por una « conversión » inesperada, otorga
al viejo poeta una pensión de 6000 francos. Había
error en la persona, pues el autor de la oda era un joven
de veinte años, Pierre Lebrun, alumno a la sazón
en el Prytanée. Napoleón no retiró sus
6000 francos a Lebrun-Píndaro y otorgó una pensión
de 1200 francos al principiante. Por otro lado, no se los
dio a un ingrato, ya que Pierre Lebrun le fue fiel después
de sus derrotas.
 |
El palacio Mazarino al final de la Revolución
Francesa. Este palacio, cuya cúpula
aún está rematada en esa época
por el gorro frigio, pronto se convertiría en
sede del Instituto de Francia, cuando éste haya
de dejar el Louvre. Dibujo anónimo. Museo Carnavalet.
|
Bastantes escritores fueron
agregados a la dirección de la librería, a la
censura de los diarios o a la teatral. Esménard, Lemontey
se hallan entre éstos.
Varios autores desempeñaron
el papel, mucho más escabroso, de informadores políticos,
como Fiévée, el ingenioso novelista de La
Dot de Suzette a quien sus desacreditadas costumbres
no impidieron obtener una prefectura.
La otra palanca no fue menos
utilizada por el Gobierno. Madame de Staël ha narrado
las persecuciones que tuvo que padecer, la prohibición
de residir en París, la incautación y destrucción
de L'Allemagne. Escritores menos conocidos también
fueron perseguidos. En 1802, Laharpe fue exiliado a veinte
leguas de la capital; en 1803 el abate Delille fue molestado
por su poema La Pitié, en el que hablaba de
las guerras de Vendea. En 1805, un poeta contrahecho, Joseph
Desorgues, fue encarcelado en Charenton por una canción
y un juego de palabras. La canción tenía por
estribillo:
Sí, el gran Napoleón
Es un gran camaleón.
En cuanto al juego
de palabras, Desorgues había dicho en el Café
de la Rotonde, cuando le servían un helado
de limón: «Je n'aime pas l'écorce»
(No me gusta la corteza (fonéticamente:
los corsos).
A veces, la censura
actuaba por motivos ajenos a la política; en
1811, por ejemplo, una reimpresión de La
Guerre des Dieux, el poema irreligioso de Parny,
fue incautada en la librería Barba. Pero ¿se
podía actuar así contra un miembro del
Instituto (Parny había sido elegido en la Academia
en 1803)? Al fin, Savary hizo devolver los volúmenes
al librero.
Respecto al teatro
podría escribirse un libro con la historia
de las piezas prohibidas, como el Tibère
de M.-J. Chénier, y de aquellas otras en las
que el autor fue obligado a cambiar la época
y el lugar, cual le sucedió a Charles Brifaut.
Autor de un Don Sancho que sucedía
en España, se le obligó a llevar la
acción de su obra a Asiria: Don Sancho fue
convertido en Ninus II y Barcelona se transformó
en Babilonia, lo que dejaba intacta la rima (en ne).
|
 |
|
Jacques Delille
(1738-1813).
Poeta oficial de la Francia imperial, alcanzó
entonces el apogeo de su gloria. Retrato por Henri-Pierre
Danloux, fechado en 1809. Museo Denon, Châlon-sur-Saône. |
|
En cuanto al color
local, un desplazamiento de cuarenta siglos y de mil
leguas podía pasar inadvertido a la sazón,
dentro del mecánico desarrollo de los alejandrinos. |
Se ha dado una explicación
algo distinta de la debilidad de la literatura francesa durante
el Imperio. Lamartine, en el prefacio que agregó en
1834 a sus Meditaciones, que habían anunciado
en 1820 una nueva primavera poética, imputó
a los matemáticos el eclipse de la poesía: «
Todos esos hombres geométricos, que eran los únicos
que tenían la palabra y nos aplastaban a los jóvenes,
creían haber secado para siempre en nosotros lo que
mataran en ellos... Sólo la cifra estaba permitida,
y era honrada, protegida, pagada. Como la cifra no razona
[...] el jefe militar de esa época no quería
otra misionera ».
|
|
|
L’imagination,
poema de Jacques Delille (1806). Ilustración
del frontispicio y comienzo del segundo canto. |
Nadie ha expresado esta idea
con tanta elocuencia como Lamartine; pero aparece ya en textos
anteriores. Le Spectateur du Nord, por ejemplo, en
su número de octubre de 1802, se alzaba contra «
la importancia exclusiva que se otorga a las ciencias abstractas
desde la Revolución en la mayoría de las escuelas
francesas », y la acusaba de secar los espíritus.
Discusión vana: los programas de estudios científicos
durante el primer Imperio nos parecen hoy de una sencillez
casi infantil. La tiranía del sable, y la menos evidente
de la cifra, son explicaciones demasiado sumarias para un
fenómeno muy complejo. Estudiando las letras francesas
durante Napoleón, comprobaremos que ciertos géneros,
abundantemente cultivados, no eran sino supervivencias, mientras
que obras desconocidas en la época de su publicación
llegaron a tener gran influencia. Ante todo, debemos distinguir
entre la librería y la literatura, entre los éxitos
de un día y las obras llamadas a durar, y que eran
ignoradas del público. Durante Napoleón se editan
y se leen muchos poemas, una multitud de novelas, y el teatro,
sobre todo la tragedia, es muy frecuentado. El nacimiento,
impacientemente esperado, del hijo de María Luisa y
el emperador fue cantado por los poetas a no pedir más.
Fueron propuestos 50 premios a su lira y se presentaron...
¡12 730 concursantes! La recompensa suprema le tocó
a un tal Barjaud, cuya reputación no duró más
que los fuegos artificiales descritos por sus estrofas.
De su lado, la novela era
próspera; un Ducray Duminil conoció tiradas
superiores a las de los peores novelistas del presente (Caelina
ou l'Enfant du Mystère fue reeditada 42 veces
y se asegura que se vendieron 1 200 000 ejemplares); pero,
durante ese tiempo, una obra maestra, Adolphe, terminada
en 1809, quedaba sin imprimir, y no debía editarse
hasta 1816, en tirada de 1000 ejemplares, que tardaron siete
años en agotarse.
Stendhal, en su estilo ocurrente, contraponía las novelas
destinadas a las duquesas a las que se dirigían a las
camareras: las primeras, en octavo y bien impresas, costaban
6 francos; las segundas, en dozavo a 3 francos, eran tiradas
en papel de envolver por el « tío Pigoreau »,
que ganaría durante la Restauración «medio
millón haciendo llorar a los ojos bonitos de provincias
». ¿Significa esto que sólo las malas
novelas se leyeran? Seguramente no, y madame de Staël
debió su celebridad mucho más a Delphine
y a Corinne que a su Essai sur les Passions;
pero la Valérie de madame de Krudener
-publicada dos años más tarde que Delphine
- provocó igual diluvio de lágrimas y la oscureció.
¿Rivalidad de autoras, o envidias femeninas? Ambas
cosas, probablemente. Sin duda, hemos dicho bastante para
mostrar que los problemas de la literatura durante Napoleón
son menos simples en la realidad viva de la historia que en
los resúmenes de los manuales.
 |
| Delphine
y Valérie. Estas obras fueron
los dos grandes éxitos novelescos de la época
imperial. Delphine, de la señora de Staël,
se publicó en 1802, y Valérie,
de la señora de Krudener, en 1804. Colección
Jean Mistler. |
EL INSTITUTO DE FRANCIA
Una ruptura brutal se produjo
en 1789: en tres años, una forma de sociedad desaparece.
Muchos escritores emigraron; otros, en especial Chénier
y Cazotte, mueren en el cadalso; y otros, como Chamfort y
Condorcet, se suicidan. La edición se limita cada vez
más a la publicación de folletos de circunstancia;
la Academia, después de hacer, en 5 de marzo de 1789,
una última elección, la del abate Barthélemy,
se desvanece y es suprimida en agosto de 1793. A partir de
Termidor, sin embargo, una relativa seguridad se instaura,
una nueva sociedad se forma, y no es ceder al atractivo de
un díptico de imágenes de Epinal contraponer
el cierre del club de los jacobinos a la creación,
un año más tarde, del Instituto de Francia,
organizado por la ley de 25 de octubre de 1795.
Sucediendo a las cuatro academias
del antiguo régimen, el Instituto comprendía
tres clases. La primera era la de ciencias físicas
y matemáticas de que se hablará en el
capítulo redactado por André George.
La segunda clase, de ciencias morales y políticas,
comprendía seis secciones: análisis
de las sensaciones y de las ideas, moral, ciencias
sociales, legislación, economía política,
historia, geografía. La tercera (literatura
y bellas artes) contaba ocho secciones: gramática,
lenguas antiguas, poesía, antigüedades
y monumentos, pintura, escultura, arquitectura, música
y declamación. El efectivo total era de 144
miembros que residían en París, más
144 asociados que vivían en provincias y 24
asociados extranjeros.
Según la expresión de Daunou, el Instituto
constituía « una enciclopedia viva ».
Si la Academia Francesa, refundida con la de Bellas
Artes, experimentaba un pasajero eclipse, la segunda
clase era en Francia algo nuevo; su fundación
daba carácter oficial, en cierto modo, a ciertas
ramas de la actividad y del saber humanos, como la
economía política y la ciencia social,
y liberaba la psicología y la moral de la tutela
de la Iglesia: así, cincuenta años después
de Diderot, las ideas de los enciclopedistas triunfaban.
El Instituto se hallaba muy próximo
al Gobierno. Varios filósofos fueron directores
o ministros; otros tuvieron puesto en el Consejo de
los Antiguos y en los Quinientos. Bonaparte era asiduo
a las sesiones de la primera clase, sección
de mecánica, y, en la sesión
|
 |
| De
l' Allemagne, por Madama de
Staël. Página primera de la
edición original de 1810, que fue secuestrada
por la censura. Abajo, la anotación y firma
de Ch. Nicolle, librero de París: Certificado
de conformidad con la última prueba de Mme
de Staël. |
|
pública
del 15 Nivoso año VI, tras la paz de Campo Formio,
Garat; haciendo el elogio de sus amplios conocimientos
y de sus dones, decía que sería considerado
por la posteridad como « un filósofo que
por un momento se halló al frente de los ejércitos
». El general, sin reírse, respondió:
« Las verdaderas conquistas, las que no causan
ningún pesar, son las que se logran sobre la
ignorancia ». |
El papel del Instituto en
la preparación del 18 Brumario fue desdeñable.
Unos años más tarde, en el volumen que contiene
las Memorias de la segunda clase, relativas al año
XI, el golpe de Estado era celebrado así: « Día
para siempre memorable en los anales de Francia, en los del
Instituto, que ha dado al Gobierno el primer cónsul,
Bonaparte; el segundo, Cambacérès, y llamado
a sí al tercero, Charles-François Lebrun».
Al margen de la adulación, estos sentimientos no deben
sorprendernos. En Mesidor año IX, Volney, autor de
las Ruinas de Palmira, viejo liberal que ya se había
apartado bastante del Primer Cónsul, le escribía
a Jefferson: « Estábamos en disolución
pútrida en el exterior y en el interior, y estamos
más reconstruidos que nunca ». La proclamación
del Consulado vitalicio y luego del Imperio, motivó
una degradación bastante rápida de las relaciones
entre el poder y el Instituto, a tal punto que la segunda
clase fue transformada, por el decreto de 3 Pluvioso año
XI, que restableció las cuatro academias del antiguo
régimen. Sólo en 1832 revivió con el
nombre de Academia de Ciencias morales y políticas.
La filosofía imperante
en el Instituto era la ideología heredera del sensualismo
de Condillac y del materialismo de Helvetius y de Holbach.
Pierre Cabanis, médico e incluso gran médico,
comparaba el cuerpo humano a un clavecín y el sistema
nervioso a una botella de Leyden cuyo fluido animaba los órganos.
La serie de las memorias que presentó al Instituto
y que reiteró en 1802 con el título general
de Considérations sur les rapports du physique
et du moral ha podido ser considerada como el manifiesto
del materialismo; pero algunos de sus axiomas conquistaron
la celebridad, cual el que muestra al cerebro produciendo
el pensamiento « como el estómago y los intestinos
operan la digestión ».
 |
| Madame
de Staël y su hija Albertine, futura
duquesa de Broglie. Palacio de Coppet. |
Más matizado que Cabanis,
Destutt de Tracy, que le sucedió en la Academia, era
oficial del ejército real antes de 1789. No emigró
y sólo el 9 Termidor le salvó de la guillotina.
Partiendo nuevamente del célebre análisis de
la estatua de Condillac, señaló su insuficiencia
y mostró que la adición de los datos facilitados
por nuestros sentidos no bastaría para darnos un conocimiento
completo del mundo. Un sexto sentido es necesario; le da el
nombre de motilidad, facultad que tenemos de buscar
por medio del movimiento la impresión de resistencia
que nos dan los objetos. Estamos ya en el camino de la gran
idea de Maine de Biran, que, con Laromiguière y bajo
la influencia de la psicología escocesa, subrayó
el papel de la voluntad y preparó la reacción
espiritualista del siglo XIX.
A veces se ha querido ver
su punto de partida en la lección de apertura de los
cursos de Royer-Collard en la Sorbona. Se ha contado que Napoleón,
habiendo leído ese discurso, dijo al siguiente día
a Talleyrand cuando fue a una audiencia íntima: «
Se alza en mi Universidad una nueva filosofía, muy
seria, que podrá librarnos de los ideólogos
matándolos en el acto por medio del razonamiento ».
No exageremos, el auditorio de Royer-Collard en esa lección
inaugural fue de... ¡tres personas!
El
retorno al espiritualismo, esbozado en el plano del
sentimiento por el Genio del Cristianismo,
de Chateaubriand, no iba a triunfar tan deprisa. Se
apoyará sobre una metafísica diametralmente
opuesta a las doctrinas de Locke y Condillac; me refiero
al sistema de Kant, y la lucha será muy dura.
El filósofo de Koenigsberg, muerto en 1804 y
célebre en Alemania desde la publicación
de su Crítica de la razón pura
(1781), fue revelado a Francia por un oficial emigrado,
Charles de Villers. Redactor del Spectateur
du Nord, Villers publicó en él
muchos artículos, especialmente, en 1798, dos
estudios sobre el kantismo. Preparaba un tercero; pero
Baudus, director del Spectateur, le aconsejó
que «esperase unos meses antes de volver a hablar
de Kant. De 500 suscriptores, 450 no leen esos artículos
o les molestan... Preferimos, en la medida que sea posible,
la literatura ligera y la moral tratada con ligereza».
Introducir a Kant en Francia no era, pues, cosa fácil.
Villers redactó, sin embargo, un libro, Exposition
de la philosophie de Kant, que regaló al
Instituto el 22 de julio de 1801. |
|
El
Vizconde François
René de Chateaubriand en
1809, por Girodet. Museo de Saint-Malo. |
|
Su
trabajo fue vivamente discutido, y Sébastien
Mercier, que intentó explicar Kant a sus colegas,
provocó tales risas que interrumpió su
exposición diciendo: « Ciudadanos, bien
veo que no me comprendéis; pero puedo aseguraros
que yo sí que me entiendo ».
De esta tentativa fracasada, Villers conservó
viva amargura cuya huella encontramos en su correspondencia
con madame de Staël. Más tarde, guiará
los primeros pasos de su amiga en el mundo del pensamiento
y de la literatura germánicas; pero el libro
De l’Allemagne, publicado en 1810 e incautado
por la policía, sólo sería conocido
en Francia cuando se reimprimió en París,
en 1814, y en esa fecha Napoleón había
caído. |
El nombre de madame de Staël
evoca fatalmente el recuerdo de sus altercados con el emperador
y de las persecuciones que ella relató en Dix Années
d' Exil. El de Benjamin Constant recuerda su eliminación
del Tribunado por haber criticado allí un proyecto
de ley, de acuerdo con el papel asignado a esta Asamblea por
la Constitución del año VIII. En 1814, cuando,
en su voluntario exilio, publique en Alemania el admirable
libelo De l'esprit de conquête, inscribirá
bajo su nombre, en la portada: « Miembro del Tribunado,
eliminado
en 1802 ». Las relaciones de Chateaubriand con el poder
son menos tensas: su Genio del Cristianismo le gustó
a Napoleón en el momento en que restauraba la religión
en Francia por medio del concordato. No debe creerse ciegamente
todo lo que René ha contado de sus relaciones con Bonaparte;
pero se le ha juzgado con malevolencia cuando se ha dicho
que, a posteriori, se presentó como más
oponente al régimen de lo que fue. Si el emperador
creía tener con Chateaubriand un turiferario de más
talento que los literatos predispuestos a alabarle se equivocó.
Es sabido cómo se produjo la ruptura. Irritado por
una frase del discurso redactado por Chateaubriand para la
Academia, Napoleón se opuso a su solemne recepción.
El discurso circuló en copia manuscrita y Stendhal
observaba, el 21 de marzo de 1813, en su Diario,
que ese texto era « irremediablemente mediocre »,
salvo este pensamiento: « Las letras, que hablan un
idioma universal, encadenadas languidecen y mueren ».
Después de esta visión demasiado rápida
del movimiento de las ideas durante el Imperio (...) pasaremos
revista a las diversas ramas de la literatura: poesía,
teatro, novela.
LA POESÍA OFICIAL
Cuando André Chénier,
meditando sus grandes poemas de Hermès y de
L' Amérique, pedía:
Con pensamientos nuevos
hacer versos antiguos
pensaba revestir de una forma
comparable a la de Virgilio o Lucrecio un cuadro filosófico
de los progresos del espíritu humano. ¿Qué
habría realizado si, en vez de ser decapitado a los
treinta y dos años, hubiera vivido
lo bastante para asistir a los inicios de Lamartine y de Hugo?
Es inútil plantear la cuestión y cabe incluso
suponer que, hacia 1825, en lugar de reivindicar como antecesor
al poeta asesinado, los románticos le habrían
combatido como clásico retardatario. En efecto, si
los fragmentos bucólicos de Chénier le convierten
en el último gran poeta de la Pléyade, los fragmentos
de sus grandes poemas están mucho más cerca
de Delille, y, si los hubiera terminado, probablemente no
habría esquivado los escollos del género. De
todos modos, Chénier no pertenece a la época
imperial; la primera edición de sus obras, por Latouche,
es de 1819, y, durante el Imperio, sólo algunos breves
fragmentos se publicaron, como, por ejemplo, La Jeune
Tarentine, insertada en L' Almanach des Dames pour
1811.
|
|
|
Teatro
de la Montansier (actualmente, sala del Palais-Royal).
La antesala hacia finales del Consulado. |
Durante Napoleón, la
poesía parece haber oscilado sin cesar entre las piezas
fugitivas, ramos sin perfume de flores artificiales, y los
grandes poemas didácticos y enojosos. La lengua, gastada
y empobrecida aún más, después de Malherbe
y Boileau, por los gramáticos puristas del siglo XVIII,
la versificación cada vez más monótona
en su fría corrección, no dejan a los poetas
sino un campo que se estrecha progresivamente: se fabrican
versos franceses a golpe de diccionarios de la rima, como
los versos latinos a golpe de Gradus. Género
en favor es el de las odas, en las que Jean-Baptiste Rousseau,
Lefranc de Pompiguan, Ecouchard-Lebrun parecen haber querido
justificar el excelente epigrama atribuido a Buffon:
Lebrun, en el furor de
su apacible delirio,
Tomó un día su lápiz, que llamaba su
lira
E hizo en mi favor una oda que me gustó...
He olvidado la continuación,
o Buffon no prosiguió, lo ignoro. Observemos, no obstante,
que estos versificadores poseían un oficio bastante
notable y las estrofas cuyo molde forjaron serán usadas
aún en las Méditations, las Odes
et Ballades y las Harmonies.
Cuando Victor Hugo, en su
célebre Réponse à un acte d'accusation,
fechada en 1834, pero compuesta veinte años más
tarde, escribe:
Quité del cuello
del perro estupefacto su collar de epítetos...
ridiculiza a los pedantes
que prohíben las palabras vulgares y explican
gravemente de qué modo Racine había borrado
la vulgaridad de la palabra perros por el hábil
empleo del adjetivo devorantes. Los tratados de estilística
de finales del siglo XVIII contienen páginas enteras
sobre estos graves problemas, y los manuales de retórica,
con su estudio de las figuras de palabras o de frases, acabaron
por transformar la poesía en un arte de la adivinanza.
Sobre todo, florecía la perífrasis: los frutos
se convertían en los dones de Pomona; el ruiseñor,
como un cantante que torna un seudónimo para la escena,
se llamaba Filomelo. El poeta buscaba su inspiración
en la fuente de Hippocréno o de Castalia, según
los exigencias de la rima, y, también por la misma
razón, podía ascender al Pindo o al Parnaso.
A veces, la perífrasis era más complicada y
docta, y en J.-B. Lalanne, autor del Potager, llega
a lo sublime en lo grotesco:
Este insecto, con todo,
que nuestro orgullo aplasta
Con los fuegos de un nuevo himen cada primavera se abrasa
Y gustando placeres que los humanos ignoran,
Asaetea y a la vez recibe el dardo de Venus.
Amablemente, el autor esclarece
el sentido de sus versos en su nota 28: Todo el mundo sabe
que el caracol es hermafrodita. Pero, ese mismo Lalanne, a
quien el joven Stendhal, en su Diario, llama siempre «
el poeta Lalanne », arroja a manos llenas parecidas
perlas y se supera en otro poema, Les Oiseaux de la Ferme,
contándonos cómo la granjera bretona se las
arregla para hacer que un capón incube los huevos:
Ese frío soltero,
inhábil para el placer,
Del lujo de la mesa mártir infortunado.
Cómo le despluma la
rabadilla y le fustiga con ortigas; después de ese
sádico tratamiento, el capón se echa sobre los
huevos:
Aliviado, el animal se
torna reconocido,
Guía bajo tus ojos, cubre con su ala
A sus bienhechores queridos, a su familia nueva.
Hay veinte versos de esta
calidad.
El abate Delille, ciertamente, era menos ridículo.
Su traducción de Virgilio, trabajo de gran paciencia,
le había permitido adquirir notable maestría
en el estilo y la versificación. En absoluto temió
emplear palabras técnicas, ni nombrar la reja u otros
elementos del arado. Cuesta distinguir de sus traducciones
sus obras originales, corno Les jardins o L'imagination.
Delille emigró en 1795 y primero fue a Suiza, luego
a Alemania y por último a Inglaterra. Amenazado de
ceguera - similitud con Hornero que no se dejó de destacar
en prosa y en verso -, vivió con su « sobrina
», la señorita Vaudechamp, a la que llamaba su
Antígona: acabó casándose, aunque ella
le arrojase a veces los libros a la cabeza y por la mañana
se negara a darle los vestidos si no le entregaba cierto número
de alejandrinos, que los libreros pagaban a 6 libras pieza,
de lo cual le daban una comisión de 30 sueldos para
ella. En Hamburgo, Delille conoció a Klopstock; emprendió
el trabajo de traducir La Mesíada, de una
versión en prosa que le facilitó Villers, pero
el proyecto no llegó a la realización. En Londres
desde luego no pudo conocer a Milton, que había muerto
más de un siglo antes, pero tradujo su Paraíso
perdido. Gozaba de un renombre europeo, sus obras se
tradujeron a todos los idiomas, incluido el latín,
y superaron tiradas de 50 000 ejemplares. A su regreso a Francia
gozó del prestigio del poeta laureado y fue nombrado
profesor de poesía latina en el Colegio de Francia;
a su muerte, su cuerpo fue expuesto en un catafalco, con la
cabeza coronada de laurel. Desde luego, tuvo enemigos y aún
se recita este epigrama:
Virgilio, en los frescos
valles,
Celebró la agricultura,
Vos, abate, observáis a la natura
En los salones...
Pero no careció de
admiradores entre los grandes escritores de su tiempo, y tanto
Germaine de Staël corno Benjamin Constant citaron más
de una vez, en sus cartas, los versos que, en el Dithyrambe
sur l'lnmortalité de l' Âme, terminan con
una antítesis oratoria la estrofa que vitupera a los
tiranos:
¡Temblad, sois inmortales!
y la que se dirige a sus víctimas:
¡Consolaos, sois
inmortales!
¿Es preciso enumerar
a otros versificadores con los títulos de otras vulgaridades?
¿La Navigation de Esménard o Le
Verger de Fontanes? De Le Mérite des Femmes
de Legouvé se hicieron 15 ediciones que no agotaron
el éxito, obra de la que el verso:
Cae a los pies del sexo
al que debes tu madre
es el más famoso, pero
no el más digno de risa. Benoît Decomberouse
tuvo una idea más original: puso en verso el Código
de Napoleón, mientras que Philibert Bouchotte rimaba
en 1805 los Principes de la jauge de l'Octroi de Paris.
El sistema métrico servía así para prodigar
alabanzas a Napoleón, con sus pesas y medidas que
... no pueden alterarse
ni destruirse
Como el nombre del héroe cuyo Imperio se bendice.
Berchoux publicó en
1801 su Gastronomie, pronto refutada por L'Anti-gastronomie,
ouvrage trouvé dans un paté (de Gouriet),
y seguida por L'Art de dîner en ville, a l'usage
des gens de lettres (por Ravel), tratado lleno de doctos
consejos a los parásitos, que termina bastante graciosamente
con estos versos:
Si al papel de adulador
temes descender
Retorna, filósofo, a tu sucio granero
Y por el justo precio de tu noble coraje
Come con dignidad tu pan y tu queso.
En fin, ¿recordaremos
algunas de las innumerables epopeyas patrióticas, inspiradas
tanto por los merovingios y las cruzadas como por la campaña
de Italia? Es conveniente, pues, del inmenso naufragio de
la poesía imperial, ¿sobrenada algo más
que la chispa de Arnault?:
De tu tallo separada
Pobre hoja seca
¿A dónde vas? No sé...
Son quince versos,
pero encantadores en su sencillez.
Sin embargo, la poesía no estaba por entero
ausente del movimiento que más tarde sería
llamado prerromanticismo y cuyos heraldos fueron Chateaubriand
y madame de Staël. Si la superchería literaria
de las obras de Clotilde de Surville fue rápidamente
aventada, el éxito de los Poemas de Osián
fue inmenso y duradero. Letourneur los había
traducido al francés, y Napoleón los
puso de moda, llevándolos en su calesa de campaña
hasta Berlín y Varsovia. Esos poemas no eran
sino una hábil fabricación de Macpherson,
y el crítico Johnson había demostrado
hacía tiempo su carácter apócrifo.
No importa, los bardos de larga barba blanca, el bello
Oscar y sus rubios guerreros, la tierna Malvina relevaron
a los aedos griegos, a Aquiles y Elena, y la novedad
del decorado: brezos y nubes, nieves, lagos y bosques,
hizo olvidar la monotonía de esas rapsodias.
Lo que obras maestras como Werther o René habían
significado para una minoría selecta, el seudo
Osián lo fue para círculos más
amplios; el sentido novelesco y la imagine ría
popular se pusieron de su parte y muchos niños
recibieron en la pila bautismal, en esa época,
nombres que hicieron reír a sus expensas más
tarde.
|
 |
| Decorado
del Théâtre-Français,
realizado para la tragedia bíblica Omasis
o Joseph en Egypte de Baour-Lormian. Esta obra
estaría enteramente olvidada de no haber
servido de libreto al Joseph de Méhul
(1807), una de las obras maestras de la música
lírica. Grabado de Charles. Museo Carnavalet. |
|
La
traducción en verso de Baour-Lormian prolongó
ese éxito, con su facilidad armoniosa y algo
blanda, y ciertos poetas como Millevoye o Chenedollé
supieron a veces transmitir a sus elegías la
soñadora melancolía que se admiraba en
Macpherson como evocación de no se sabe qué
época, anterior incluso al « canto de los
trovadores ». |
| SADE
EN CHARENTON |

El
27 de febrero 1813, el célebre ermitaño
de la Chaussée d'Antin, Jouy, visita
el manicomio de Charenton. « Me detuve
– escribe - a observar un hombre flaco
cuya mirada, más que huraña
era maligna, y que nos amenazaba con una sonrisa
cuya expresión de crueldad sólo
he visto en el rostro del primero de nuestros
trágicos. “Este desgraciado -
me dijo el guía - es un hombre de noble
origen a quien la naturaleza ha dotado con
el corazón de un león y la mente
de un mono. Todos sus años de juventud
han sido señalados con crímenes
cuya apología se ha atrevido a hacer
pública en una edad más avanzada.
Privado, como único castigo, del poder
de hacer el mal, se ha vuelto loco de maldad
y a falta de otra víctima, ahora desahoga
su rabia sobre sí mismo. Su existencia
acusaba a la justicia de las leyes y su demencia
ha vengado la moral pública.”
Nos alejamos rápidamente de este loco
que por todo adiós nos envió
esta caritativa advertencia: “¡Idos
tranquilos! ¡Yo me encargaré
de haceros desollar vivos!”. »
Hay mucha exageración en este relato
del marqués de Sade. Detenido en casa
del librero Massé, el 6 de marzo 1801,
al mismo tiempo que eran retirados de su domicilio
los ejemplares de la famosa Justina,
que Napoleón juzgó « inmunda
», Sade fue recluido en Sainte-Pélagie
y después en Bicêtre. Pese a
sus peticiones, no compareció ante
ningún tribunal. Era considerado un
prisionero de Estado y su internamiento recuerda
las órdenes selladas del antiguo régimen.
El 27 de abril fue trasladado al manicomio
de Charenton por « demencia libertina
». «Creo - escribió el
prefecto de policía - que conviene
dejarlo en Charenton donde su familia paga
su pensión y donde, por su honor, desea
que se quede.» Su actitud en Charenton
no corresponde a su leyenda. Su conducta fue
tan correcta que el director le autorizó
a montar, con la ayuda de los enfermos, algunas
piezas teatrales. Respecto a estas representaciones,
a las que podían asistir personas del
exterior, se dispone del testimonio del estudiante
de medicina Faure, en aquel entonces internado
en dicho establecimiento por una manifestación
anti-napoleónica.
Una referencia sobre Charenton, que se conserva
en los Archivos del Sena, se refiere, a propósito
de estas representaciones, a las relaciones
entre el director, Columier, y Sade: «
Lo primero que se ofrece a mis ojos es la
relación íntima con un monstruo
objeto de abominación pública
y que el Gobierno ha tenido que condenar a
reclusión perpetua para librar de él
a la sociedad; se adivina que quiero hablar
aquí del autor de la infame novela
Justina; pues sólo a él
pueden convenir semejantes calificaciones...
¿Qué confianza puede inspirar
un director en quien existe tolerancia y favor
para un ser al que no puedo denominar hombre;
un director que acoge semejante panegirista;
que deja representar públicamente en
su teatro una obra hecha por él y para
su alabanza, obra en la que se encuentran
las más bajas adulaciones y en las
que se le compara a los mismos dioses; más
aún, que le permite interpretar un
papel en otra obra, y qué papel además?
El del malvado que expresa con toda veracidad
el crimen que anida en su corazón.
He visto el público temblando horrorizado
ante semejante espectáculo, mientras
el director general enrojecía de cólera
al no oír ningún aplauso en
la sala [...] Lo que acabará de excitar
la más viva indignación es que
en la representación de [...] se han
introducido unas coplas en alabanza de la
familia imperial, especialmente del rey de
Roma, y que la sala sabía que estas
coplas eran del autor de Justina
».
Por motivos de decencia, la policía
puso fin a estas representaciones. Sade murió
en Charenton en 1814.
|
|
EL EMPERADOR Y LA TRAGEDIA
Si el teatro, cuando Napoleón,
desempeña un papel eminente en la vida social, su interés
es muy escaso desde el ángulo de la historia literaria.
El gusto del Emperador por la tragedia vuelve a ponerla de
moda y el Teatro Francés, que le dedica tres veladas
semanales llena sus programas reponiendo, aparte de a los
« tres grandes », Corneille, Racine y Voltaire,
numerosas piezas de finales del siglo XVIII y ensayando novedades.
Napoleón prefiere Corneille
a sus rivales: « Si hubiera vivido en mi tiempo –
decía -, le habría hecho príncipe ».
Ciertamente, Corneille no escribió nada que pudiera
resultar ingrato al poder, y el autor de la demasiado amable
dedicatoria a De Montauron hubiese alabado, no sólo
al emperador, sino a sus grandes dignatarios. Sin embargo,
mejores jueces que el emperador ponen a Racine a su lado;
Benjamin Constant, por ejemplo, escribe en su Diario,
en 1804: Racine, el más grande, acaso el único
poeta francés.
En los principales papeles
trágicos, un actor, Talma, por su técnica menos
convencional que la de Lekain, y su declamación menos
solemne y cantarina, introdujo en el Teatro Francés
algo más de vida y movimiento. Pero, al desaparecer
Talma, la tragedia sufrió un eclipse y tuvo que venir
Rachel para reanimarla.
La platea, que se sabía de memoria los clásicos,
no se privaba de subrayar, con risas irónicas, en Britannicus,
el verso en que una Junia de fáciles costumbres, la
Bourgoin, hablaba de entrar en la clausura de las vestales.
Ciertos pasajes se prestaban a sobrentendidos políticos;
la censura los hacía suprimir o retocar ligeramente.
Naturalmente, la platea demostraba que se hallaba al tanto.
Varias reposiciones lograron grandes éxitos; puede
citarse Le Siège de Calais, por De Belloy,
obra de la que madame de Staël cita frecuentemente el
verso:
Cuanto más vivo
en el extranjero, más amo a mi patria.
Gaston et Bayard del mismo
autor, y Manlius de Lafosse también fueron
aplaudidos.
Imitaciones de imitaciones;
las tragedias nuevas que representaban los comediantes franceses
como el Hector de Luce de Lancival son producciones
que nacieron muertas, laboriosos centones de hemistiquios
de rimas que avanzan dócilmente a pares como viejos
bueyes de labor.
Entre las novedades, ninguna logró un triunfo comparable
a los Templarios de Raynouard. El tema, tomado de
uno de los episodios más horribles de la historia de
Francia, el proceso y muerte de Jacques de Molay, tenía
elementos para conmover al público en mayor medida
que las leyendas mitológicas o los anales de Roma.
Naturalmente, el suplicio de los templarios fue relatado como
lo exigía la dignidad de la tragedia y ese fragmento
hizo derramar muchas lágrimas. Su último verso:
Pero ya no era tiempo,
los cantos habían cesado
debía inspirar, treinta
años más tarde, al libretista de Los hugonotes:
¡Ya no cantan!
La
tiranía de las reglas y el dogma de las tres
unidades gozaban todavía de una autoridad poco
menos que indiscutida. Un espíritu tan original
como el de Benjamin Constant, cuando emprendió
la adaptación del Wallenstein de Schiller
redujo los 9000 versos a 2000, Y las tres jornadas del
texto alemán a una sola de cinco actos; trató
como relato lo que era acción y, en su prefacio,
lleno de ideas nuevas, escribió: « A pesar
de las trabas que imponen y de las faltas que pueden
motivar, las unidades me parecen una ley sabia ».
Así transformada, la trilogía de Schiller,
¿le pareció a TaIma demasiado fría
o demasiado audaz? ¿O, más sencillamente,
no vio el trágico en ella ningún papel
que le interesara? El Walstein de Constant
fue publicado en 1809; pero nunca afrontó el
escenario, y sólo las adaptaciones shakespearianas
de Ducis, a pesar de sus precauciones « para domar
a la fiera », nos parecen anunciar a veces el
drama romántico de la escena, donde se librará
en 1830 la batalla de Hernani.
El día de fin de año de 1804, Stendhal
escribe en su Diario, a propósito de
una pieza de Fabre d'Eglantine, al que admira tanto
como a Molière: « Las peores tragedias
atraen mucho público, todo está lleno;
las mejores comedias no atraen a nadie.Este hecho, enteramente
cierto, es una verdad para la historia de la Revolución. |
 |
| El
final del proceso. Esta caricatura,
que contrapone la delgada Duchesnois a la escultural
señorita George, recuerda una de las mayores
intrigas de la historia del teatro. A pesar de
los artículos de Geoffroy, que apoyaban
a la señorita George en el Journal
des Débats, ésta, no soportando
ver que se prefería a la señorita
Duchesnois, se fue de París. |
|
Sentimos más
las impresiones fuertes de la tragedia, y nuestro ingenio
y nuestros hábitos mundanos, menos ejercitados,
no tienen la finura ni el tacto del ridículo
necesarios a la comedia ». |
No puede decirse mejor: las
obras de Molière, de Marivaux, de Beaumarchais, presuponían
la existencia de palacios y salones; la desaparición
de la sociedad para la cual fueron escritas dejó desorientado
al público.
Sin embargo, se representan comedias como La Suite du
Menteur, de Andrieux, que pretendía ser el continuador
de las obras maestras del siglo XVII; pero son meras distracciones
de literatos. Picard, que era actor, director de teatro y
autor, tenía más inspiración y originalidad.
En sus primeras obras (Médiocre et Rampant, Du
Hautcours ou le Contrat d'union) se atrevía a
hacer sátira social y denunciaba las especulaciones
financieras del Directorio: el salón de madame de Saint-Allard
es un tugurio y la dueña de la casa vive del producto
del juego. Una vez instaurado el Imperio, al adquirir las
costumbres algo más de decencia, Picard elige los temas
más anodinos, y su Petite Ville, destinada
a hacer reír a los parisienses a expensas de los provincianos,
provocará vivas cóleras en una docena de prefecturas,
que se reconocieron tanto más fácilmente en
el cuadro descrito por Picard cuanto que éste carecía
de pormenores concretos, a la manera de la famosa página
de La Bruyère. El principal rival de Picard fue Charles
Etienne, uno de los favoritos del régimen, que pasó
de la oficina literaria de la policía a la dirección
de los Débats. Su comedia los Deux Gendres
primero le valió una violenta polémica
y la acusación de haber plagiado una pieza latina,
Conaxa, obra de un jesuita del siglo XVII, y le abrió
luego las puertas de la Academia. En 1814, Luis XVIII le expulsó
de ella, pero fue reelegido en 1829.
Para terminar nuestra
noticia sobre el teatro señalaremos la moda,
después de la Revolución, de un nuevo
género, derivado de la comedia sentimental
de La Chaussée, el melodrama, en que las sustituciones
de niños, el claro de luna en el bosque, los
castillos en ruinas y los fantasmas que arrastran
cadenas acompañan a los reconocimientos, duelos
y raptos. Con frecuencia, novelas francesas (Ducray-Duminil),
inglesas (Anne Radcliffe) o piezas extranjeras (Misantropía
y Arrepentimiento de Kotzebue) proporcionan la
materia prima de estos espectáculos cuyo éxito
proseguirá hasta el segundo Imperio, y que,
adornados con algo más de estilo, se convertirán
en el drama romántico en prosa y verso.
El maestro del género
fue Guibert de Pixérécourt, «
el Corneille del bulevar del Temple », como
se le llamaba sin que protestara. Cada año
producía dos o tres obras que se representaban
al menos doscientas veces seguidas. Por cada una le
pagaban 900 francos, y proporcionaban a los directores
miles de luises. Se comprende que Pixérécourt
fundara, en 1805, para defender los intereses de los
dramaturgos, el Comité d'Auteurs, sucesor de
la asociación fundada por Beaumarchais y antecesora
de la actual Société des Auteurs et
Compositeurs dramatiques.
El éxito de las obras espectaculares, como
Le Pied de Mouton, de Martainville, futuro
redactor del legitimista Drapeau Blanc, fue
mayor aún.
|
 |
| Talma,
interpretando el papel de Marigny en Les Templiers
de Raynouard. |
|
Todavía se
daba el Pied de Mouton, algo retocado y puesto
al gusto del día, cuando la presidencia de Mac
Mahon.
|
El teatro seguía de
cerca la actualidad, sea que se leyeran en los entreactos
del Francés los boletines del Gran Ejército,
o que se insertaran en una ópera una o dos estrofas
suplementarias para celebrar el estado interesante de María
Luisa, o bien que se pusiera en escena algo oportuno para
celebrar un tratado de paz. En fin, al igual que los panoramas
permitían admirar al público los campos de batalla
en que las banderas francesas habían vencido, así
el Circo Olímpico escenificaba pantomimas en las que
las cargas de caballería, los fuegos graneado s y los
cañonazos daban a los paisanos la ilusión de
asistir a Austerlitz o a Wagram. Ante la necedad de estas
producciones, se tiene la tentación de creerlas fruto
de la propaganda oficial. La verdad nos obliga a decir que
si muchas obras anti-inglesas y anti-prusianas fueron encargadas
por el Gobierno, cuando eran demasiado tontas Napoleón
reprendía a Cambacérès y a Champagny:
« Si el ejército intenta honrar a la nación
todo lo que puede, hay que confesar que los literatos hacen
todo lo posible para deshonrarla [...] Hay quien se lamenta
de que carecemos de literatura, y es por culpa del ministro
del Interior. Es ridículo encargar una égloga
a un poeta como se encarga un traje de muselina » (carta
de 21 de noviembre de 1806).
ESPERANDO EL ROMANTICISMO
Los tres principales novelistas
del reinado de Luis XVI vivieron lo bastante para ver los
comienzos del régimen napoleónico: Sénac
de Meilhan y LacIos murieron en 1803 y Restif de la Bretonne
en 1806; pero los dos primeros terminaron sus días
fuera de Francia y Restif pasó los últimos años
de su vida en un olvido casi total. En cuanto al marqués
de Sade, que no era conocido del público sino por su
Justine, publicada antes de la Revolución,
continuó escribiendo en Charenton, donde estaba internado;
pero su caso no interesaba más que a la Administración
y a los médicos.
Durante el Consulado y el Imperio, las obras de imaginación
más leídas eran traducciones o adaptaciones
de las « novelas negras » inglesas; entre las
obras originales destacan las novelas humorísticas
de Pigault-Lebrun, tan picarescas como su propia vida, y los
relatos sentimentales escritos por mujeres de las que sólo
una, madame de Staël, tuvo talento.
Muy a comienzos del siglo, se publica una obra maestra, Atala,
de Chateaubriand, pronto seguida de René.
Son poemas en prosa mejor que novelas. Treinta años
más tarde la juventud buscará en ellas la justificación
del « mal del siglo » que padece, y Chateaubriand
casi lamentará haber escrito René como
Goethe desaprobó su Werther. Esa inspiración
no abandonó por entero a Chateaubriand; pero pasa a
un segundo término en sus relatos de viajes, como el
bello itinerario De París a Jerusalén.
En cuanto a la epopeya en prosa de Los mártires,
es tan artificial como las obras de los poetas oficiales,
salvo algunos pasajes en que el autor evoca sus recuerdos
personales en el ejército de Condé y se pone
en escena bajo los rasgos de Eudoro.
Madame de Staël tuvo dos grandes éxitos con Delphine
y Corinne. Son novelas en las que la pasión
afirma sus derechos frente a los convencionalismos sociales;
pero las dos protagonistas, tan próximas a la autora
por muchos rasgos, son vencidas en esa lucha desigual. Delphine,
cuyo desenlace se inspira evidentemente en L'Emigré,
vale sobre todo para nosotros, como la novela de Sénac
de Meilhan, por su descripción de la existencia de
los franceses refugiados en el extranjero. En cuanto a Corinne,
menos dramática, es más rica en el plano intelectual
y ha podido decirse muy justamente que era, para la vida artística
y literaria de Italia, una guía tan preciosa como De
l'Allemagne para los países del otro lado del
Rin.
Respecto a las otras novelas
femeninas, basta con citar unos nombres. La señora
Cottin, que murió a los treinta y siete años,
apenas con más edad que sus protagonistas, alcanzó
enormes éxitos con Malvina y Catherine
Mansfield. Por ella, un joven - Jacques Lafargue, su
primo - se disparó un balazo en la cabeza, y más
tarde un académico, De Vaines, se envenenó.
Dos suicidios comprobados, sin contar todos los desenlaces
de sus libros...; nos encontramos ante una corriente de moda,
que debía durar mucho: de 1817 a 1836 se publicaron
diez ediciones de las obras completas de la señora
Cottin.
Debo decir que tengo, en mi
biblioteca, en encantadores libritos en 16.0, todas sus novelas,
pero que no he podido avanzar en su lectura más que
en las obras de las señoras de Souza o de Genlis, sus
coetáneas. En cuanto a la baronesa de Montolieu, que,
según se afirma, publicó más de 105 volúmenes
y dirigió lo que hoy se llama un taller literario,
no he leído sino su traducción de Ondine
de La Motte-Fouqué, bien distante del encanto del original.
Podríamos citar algunos
libros en los que ya hay algo más que las líneas
principales del romanticismo. El Obermann de Senancour
no debía hallar su público hasta 1830, aproximadamente,
y las primeras novelas de Nodier, ingenuas imitaciones de
Werther, casi pasaron tan inadvertidas como sus primeros
ensayos de entomología. Dos notables obras, Les
Sources occultes du Romantisme, de Auguste Viatte, y
Le Mouvement des ldées dans l'Emigration française,
de Fernand Baldensperger, han mostrado insuperablemente cómo
el gran movimiento del romanticismo francés fue preparado
por mil secretos caminos. Los escritores oficiales del Imperio
ni siquiera sospecharon esa evolución profunda, cuyos
efectos no se manifestaron en Francia sino treinta o cuarenta
años después que en Alemania e Inglaterra. La
propia madame de Staël, en Weimar, se hizo traducir Faust;
sin embargo, se interesó particularmente por Egmont
y Guillermo Tell. Stendhal, en Brunswick, leyó,
ayudado por su profesor de alemán, Lénore,
de Burger; pero el único de los grandes escritores
franceses de ese tiempo que sabía perfectamente el
alemán y el inglés, Benjamin Constant, ciertamente
prefirió Voltaire a Goethe, y, antes de adaptar Wallenstein,
había trabajado en una tragedia sobre L'Anneau
de Polycrate. Se adivina lo que el destino del tirano
de Samos, que arrojó una sortija muy valiosa al mar
para conjurar la mala suerte y la volvió a encontrar
en el interior de un pez, podía tener de alusivo a
la fortuna de Bonaparte, y de profético respecto al
desquite de la fatalidad.

| |
|
 |
Discurso
de recepción en la Academia Francesa
(extracto), por Víctor Hugo. |
 |
El
Médico rural (extractos),
por Honorato de Balzac. |
 |
La
generación perdida, por Alfred de Musset. |
 |
La
revista nocturna, por el barón Joseph
Christian Zedlitz. |
 |
La
noche en el Hotel de Los Inválidos, por
Émile Gigault de la Bédollière. |
 |
Siguiendo
las huellas de la Gloria: La carrera Napoleónica
de Stendhal, J. David Markham. |
 |
Napoleón,
escritor, por Isis
Wirth. |
 |
Acrósticos,
por el Doctor Ulises Casab Rueda. |
 |
Los
signos de la fatalidad, por el Profesor José
de Jesús Ochoa Vázquez. |
 |
Los
signos helénicos empleados por Napoleón,
por el Dr. Antonio P. Rivas. |
 |
Viejos
de la vieja, poema
de Théophile Gautier. |
 |
La
cría de Navidad,
por el capitán Maurice Letourneux. |
 |
Los
dos granaderos,
poema de heinrich Heine. |
 |
El
cementerio de Eylau,
poema de Víctor Hugo. |
 |
Cabeza
armada, poema
de Gérard de Nerval. |
 |
El
Éxtasis, cuento histórico,
por Gustave Lenôtre. |
 |
Cruz
de Napoleón,
por Víctor Hugo. |
 |
Una
mirada a Napoleón en la obra de Alfonso Reyes,
por Ulises Sánchez Segura. |
 |
Oda
a la Columna Vendôme,
por Víctor Hugo. |
 |
La
literatura se apodera de él,
por Jules Bertaut. |
 |
Napoleón,
orador y periodista, por Alfonso Reyes. |
 |
Efemérides
de Napoleón,
por Santiago Zubiría |
 |
Al
Aniversario de la Muerte de Napoleón,
por Gabriel “Plácido” de la Concepción
Valdés. |

|