
| A
PROPÓSITO DE LA INTERVENCIÓN DEL SEÑOR
THIERRY LENTZ |
Durante
la conferencia « a dos voces » en
la que participaron el doctor Pascal Kintz,
del Instituto de Medicina Forense (Universidad
Louis-Pasteur) de Estrasburgo, y el Sr. Thierry
Lentz, director de la Fundación Napoleón,
el 14 de enero de 2004 por iniciativa del diario
Últimas Noticias de Alsacia (Dernières
Nouvelles d’Alsace). |
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Comenzando
por un recuerdo del inicio del asunto (el envenenamiento de
Napoleón), el director de la Fundación Napoleón
evoca la « revelación » que un estomatólogo
sueco, Sten Forshufvud, tuvo en los años sesenta durante
la lectura de las memorias, recientemente publicadas, del doméstico
de Napoleón en Santa Helena, Louis Marchand. Muy esquemáticamente
expuesto, constatando una degradación inexplicable de
la salud del Emperador, Forshufvud –quien había
hecho estudios de toxicología– había creído
identificar los síntomas de una intoxicación arsenical.
Después de haberse procurado un cabello de Napoleón
a través de una personalidad incontestable del medio
Napoleónico, bien conocido por todos los entusiastas
del periodo, el comandante Henry Lachouque, había confiado
para su análisis, al profesor Hamilton Smith, jefe del
Departamento de Medicina Forense a la Universidad de Glasgow.
En colaboración con un laboratorio inglés de investigaciones
nucleares que trabajaba para la Defensa nacional, Hamilton Smith
había podido, por un « bombardeo » neutrónico,
poner en evidencia la presencia de arsénico en el cabello
provisto por Forshufvud.
Lachouque, el 8 de octubre de 1960, había, por escrito,
rendido homenaje al trabajo de Forshufvud:
« Mi querido Doctor,
« He leído
y releído su magnifico trabajo que naturalmente me ha
interesado mucho. Permítame primeramente felicitarle
por su paciente estudio, por su erudición, por su sentido
crítico, por su fidelidad a los textos.
« Todo esto forma parte de un conjunto admirable de calidades
sin las cuales el historiador se aparenta al novelista histórico.
»
Después de una serie
de consejos para permitirle dar toda su fuerza a la tesis desarrollada,
Lachouque terminaba así:
« Habrá algunos
retoques a su texto, pero es insignificante. Veo muy bien lo
que se puede hacer, y es muy interesante... »
Hacía falta que hubiera algo verdadero en las deducciones
del sueco, pues se imagina difícilmente a un personaje
tan estricto como lo era el comandante Lachouque escribiendo
estas líneas a un charlatán. El brusco cambio
que dará poco después de conocer los resultados
de los análisis es – teóricamente –
inexplicable.
Luego, vino el tiempo de los sarcasmos. Se burlaron del sueco,
especialmente por su libro, publicado en 1961, cuyo título,
ya desde entonces, planteaba esta pregunta: ¿Fue
Napoleón envenenado?
La obra fue recibida con desprecio por los medios napoleónicos
franceses, como lo recordaba amablemente el profesor Tulard
en Le Figaro Littéraire del 27 de mayo de 1999:
« La traducción francesa fue acogida con jolgorio.
Los doctores Godlewski y Ganière, grandes especialistas
de Santa Helena y seguros de sus conocimientos médicos,
no hicieron más que un bocado del infortunado dentista.
»
Recordemos para la pequeña historia que es a este mismo
doctor Ganière a quien le debemos esa frase que figura
en la página 1521 del Diccionario Napoleón
(bajo la dirección de Jean Tulard):
« ... Por otro lado, apoyándose en las constataciones
hechas por O'Meara durante la autopsia, la existencia del alrededor
del estómago de un sistema linfático tumefacto
y de ganglios en vía de supuración hacen pensar
en un tumor canceroso... »
Lo ignorábamos, el doctor Ganière lo revela: O’Meara
era visionario. ¿Si no, cómo explicar que haya
sido capaz de asistir a una autopsia practicada tres años...
después de que dejara Santa Elena, el 25 de julio de
1818?
En los años que siguieron, Forshufvud siguió siendo
el « dentista sueco » descarriado en la Historia.
¡Sorpresa! El 14 de enero pasado en Estrasburgo, Forshufvud
se convierte repentinamente, pero sin que se conozcan las razones
de esta mansedumbre inesperada, en un « estomatólogo
» que posee « una real formación toxicológica
». Hoy difunto, Sten Forshufvud, investigador aficionado
– y desinteresado, lo que hace de él una
simpática curiosidad – estará tal vez feliz
de este (tardío) reconocimiento póstumo.
Viene enseguida la evocación de los trabajos del presidente
de la Sociedad Napoleónica Internacional de
Montreal, Ben Weider, y de la tesis de un posible envenenamiento
(conservemos este vocablo por facilidad) de Napoleón.
El orador, el Sr. Lentz, se asegura de recordar que Ben Weider
hizo fortuna « en el músculo »: para tratar
de destrozar la credibilidad de un hombre, y por la misma ocasión,
de lo que defiende, una sospecha de irrisión, factual
en apariencia, no podría hacer daño. En esto,
el Sr. Lentz sigue fielmente las huellas de su mentor, el profesor
Tulard, quien nunca ha visto en este caso nada más que
una « nueva serpiente marina » retomada por un «
fabricante canadiense de artículos de deporte ».
Quien no haya leído, en la revista editada por el «
Recuerdo Napoleónico » (Le Souvenir Napoléonien),
las críticas [!] por el Sr. Lentz de las obras del profesor
en cuestión ignorará siempre lo que es la adulación
servil y cortesana.
Para la edificación de los visitantes del sitio internet
de la Sociedad Napoleónica Internacional, precisemos
que el gran historiador inglés del periodo, el profesor
David Chandler, cuya competencia esperamos que el Sr. Lentz
se dignará admitir –internacionalmente reconocida–
no se cree obligado a semejantes bajezas. Rinde homenaje y no
toma en cuenta más que el trabajo efectuado por el canadiense:
« Nunca ha sido mi ambición tratar de probar
que Napoleón haya sido asesinado. Esta tarea fue la de
Ben Weider, cuyo interés apasionado por la suerte de
Napoleón ha obtenido resultados espectaculares a lo largo
de los veinticinco años que han pasado… »
Sin embargo, así como sus homólogos franceses,
el profesor Chandler no creía en la tesis de un envenenamiento
de Napoleón, y durante años, dudó. Pero,
contrariamente a sus homólogos franceses, demostró
una elemental honestidad al observar la metodología histórica
del canadiense. Como la encontró « seria »,
analizó con cuidado los elementos científicos
sobre los cuales Ben Weider fundamentaba su argumentación.
Y desde 1975, fecha de su encuentro fortuito con el presidente
de la Sociedad Napoleónica Internacional en
el campo de batalla de Waterloo, no ha dejado de seguir los
avances de la tesis.
La metodología del director de la Fundación Napoleón,
quien es también, como era de esperarse, la del profesor
Tulard, se presenta bien diferente.
Tras haber afirmado que Ben Weider había pasado de una
« tentación histórica » a una «
íntima convicción », El Sr. Lentz, por su
parte, declara que « se burla de saber si Napoleón
fue envenenado o no », pues se trata de un fenómeno
« secundario » –es oportuno de su parte que
se haya negado la enfadosa expresión de « detalle
»– por no apegarse más que a la incidencia,
en la Historia, de la muerte del Emperador.
Si esta preocupación es de un interés que nadie,
evidentemente, contestará, esta actitud es por lo menos
extraña de parte del director de esta Fundación
Napoleón que, salvo error, tiene como vocación
explicar a Napoleón, su vida –¿y porqué
no entonces su muerte, sobre todo si se trata de un crimen que
fue probablemente un asesinato político?– su obra
y, dado el caso, pero es esencial, defender su memoria frecuentemente
atacada. Es por cierto toda, y la única, justificación
de la herencia –de la que bastará decir que es
« astronómica »– otorgada por un industrial,
el Señor Marcial Lapeyre, al «Recuerdo Napoleónico».
Actitud extraña y un tanto ligera para deshacerse de
lo que constituye un enigma, y, de todas maneras, injustificable
de parte de un historiador. À menos que estemos en presencia
de una escapatoria de parte de los oponentes confrontados hoy
al implacable rigor de los resultados científicos.
Recordemos brevemente los móviles posibles que hubieran
podido llevar a algunos a tratar de envenenar a Napoleón,
cuyas causas de su muerte, acaecida a los cincuenta y un años,
están en el centro de una polémica. Una cosa es
segura: el Emperador tenía en sus cabellos de siete a
treinta y ocho veces la cantidad de arsénico «
tolerada ». ¿Cuáles podían ser esos
móviles?
- La realeza francesa, poco gloriosamente y
frágilmente restaurada tras la batalla de Waterloo gracias
al apoyo entusiasta de los ingleses y prusianos, no se sentía
segura sabiendo al Emperador, ciertamente lejos, pero bien vivo,
y de quien podía temer que viviese aún varios
años:
« Si -escribe Chateaubriand, quien fue también
ministro de Luis XVIII- Napoleón, escapado de las garras
de sus carceleros, se retirara a los Estados Unidos, sus miradas
fijas sobre el océano bastarían para turbar a
los pueblos del viejo mundo. Su mera presencia sobre la orilla
americana del Atlántico forzaría a Europa a acamparse
en la orilla opuesta. »
En una situación política inestable susceptible
de bascular en todo momento, los realistas debían hacer
olvidar que habían tomado las armas contra su país
para reconstruir un sistema del que Francia se había
deshecho por la Revolución, ¡por desgracia con
las abominaciones que sabemos!
- En cuanto a los ingleses, eran los sesenta
y seis millones de libras (¡o sea mil millones y medio
de francos de oro de la época!) entregados a las monarquías
europeas de 1793 a 1815, de los cuales la mayoría entre
1811 y 1815, para arruinar a la Francia Napoleónica por
medio de guerras incesantes, lo que les hacía falta hacer
olvidar. Una política que, recordémoslo, estaba
lejos de hacer la unanimidad del otro lado de la Mancha. Por
otra parte, el cautiverio del Emperador costaba muy caro a los
ingleses: muchos millones de libras anuales.
En el expediente que Science & Vie consagró
a los (sorprendentes) análisis realizados a petición
de la revista, el profesor Tulard explica, ironizando subraya
el autor del artículo, que Napoleón, en esa época
no representaba ya amenaza alguna, ni para los ingleses, ni
para la realeza francesa, no vemos « a quien le hubiera
beneficiado el crimen ». En efecto, se concibe fácilmente
que la presencia, durante cinco años, de múltiples
navíos de guerra y de algunos miles de hombres –cifra
enorme para la armada británica de ese tiempo–
se imponía para guardar, en ese peñasco perdido
en los confines del Atlántico sur, a 1 800 kilómetros
de las costas de África y a 3 500 kilómetros de
las de Brasil, a un solo hombre que no era una amenaza para
nadie. Nos es forzoso pues concluir que la presencia de esos
soldados y de esos marinos ingleses no era sino la manifestación
de una preocupación tardía de rendir los honores
al Emperador deportado por la felonía de su gobierno.
A propósito de Santa Helena, no puedo resistir a la tentación
de rememorar una expresión utilizada por el Sr. Lentz,
que nos muestra al siniestro gobernador, Hudson Lowe, administrando
« cuan buen padre de familia » (¡sic!) el
presupuesto asignado para la custodia del ilustre deportado.
No dudo ni un instante que los verdaderos Napoleónicos
–y me honro de incluirme en este número–
apreciarán como es debido este rasgo estampado con una
incontestable originalidad.
- El general de Montholon: no olvidemos sobretodo
al intendente de Longwood. Ese falso soldado, mentiroso y prevaricador,
quien no obtuvo ninguno de sus grados en el campo de batalla,
de quien todas las declaraciones acerca de sus hechos de armas
y sus heridas supuestas son falaces (mencionemos el falso sable
de honor, por no citar más que este ejemplo), simple
coronel bajo el Imperio, hecho mariscal de campo (general de
brigada) por Luis XVIII en agosto de 1814, es, de todos los
compañeros de deportación, el único cuyo
pasado sea tan escandaloso.
Cinco meses antes de su nominación de mariscal de campo,
ese mismo Montholon, permanentemente arruinado, había,
dizque para pagarle a sus tropas, « distraído »
de la caja del habilitado del departamento la suma de 5 970
francos (de la época), cuyo empleo nunca justificó.
Cuando el escándalo estalló, Montholon, amenazado
de comparecer ante un consejo de guerra, fue sacado del aprieto
por el conde de Artois… ¡Menos de un año
más tarde, le volveremos a encontrar –extrañamente–
elevado a la dignidad de compañero de deportación
del Emperador para quien es prácticamente un desconocido!
Pero sabrá arreglárselas tan bien –con la
ayuda de su mujer, Albine– que en abril de 1821, cuando
Napoleón redacte su testamento (en presencia del mismo
Montholon), este personaje dudoso resultará ser, con
dos millones de francos de oro (siempre de la época),
el principal beneficiario del testamento del Emperador.
Retomemos aquí la singular interrogante, ya antes mencionada,
de este adversario pertinaz de la tesis, el profesor Jean Tulard,
en Science & Vie: « ¿A quién
le hubiera beneficiado el crimen? »
A pesar de este pasado cargado, imperturbable, el Sr. Lentz
declara que no cree en la culpabilidad eventual de Montholon,
y lo disculpa, pues imagina mal al descendiente de una muy antigua
familia aristocrática « ponerse en cuatro patas
» para ir a sacar un pellizco de arsénico –o,
para retomar la expresión del orador, de « ¡polvos
de la madre Celestina! »– destinado a ese vino de
Constanza que el Emperador era el único en beber.
¿Disculpar a un eventual sospechoso en nombre de
su pertenencia a una antigua familia, no es acaso « la
íntima convicción » del director de la Fundación
Napoleón y de nadie más?
El Sr. Lentz evoca enseguida a dos autores más, los señores
Maury y de Candé-Montholon, quienes se abismaron en esta
atractiva puerta abierta. El método es astuto, que mezcla
con destreza los géneros, ya que el Sr. Lentz no ignora
la amalgama de lo razonable –el móvil político
y/o crapuloso– y de lo extravagante, puede fácilmente
ser fatal al primero.
Evoquemos brevemente las tesis sostenidas por los dos autores.
Para el profesor de economía René Maury, Napoleón
habría sido asesinado por celos, al no soportar Montholon
las « debilidades » de su esposa, Albine, por el
Emperador. En ese caso, le hubiera sido necesario suprimir también
a uno de los oficiales ingleses de la guarnición, el
teniente Jackson, con quien la Señora de Montholon tenía
igualmente bondades.
Más quimérica es la tesis del Sr. Candé-Montholon,
descendiente del presunto culpable: es por devoción por
lo que su ancestro habría administrado a este Emperador,
a quien casi no conoce, arsénico en pobres dosis con
el fin de hacer que se enfermase lo suficiente –pero sin
poner sus días en peligro– para obligar a los ingleses
a repatriarlo a Francia.
El director de la Fundación Napoleón evoca enseguida
lo que él llama con ese cuidado de la irrisión
que le es habitual, « la última ocurrencia pública
de los “envenenistas”. »
Una palabra primeramente sobre el origen de esta « ocurrencia
».
Durante la jornada del 4 de mayo de 2000 en el Senado, Ben
Weider había presentado los resultados de los análisis
hechos, a petición suya, por el FBI. Esos análisis
revelaban, ellos también, importantes concentraciones
en arsénico. Entre las voces de los « especialistas
» que se habían hecho oír, una de ellas
imputaba la presencia del veneno a los… ostiones y otros
mariscos. No nos atrevemos a imaginar la cantidad de ostiones
y de mariscos –nunca mencionados en sus costumbres culinarias,
por cierto bastante modestas– que el Emperador hubiera
tenido que ingurgitar para presentar tal concentración
de veneno en sus cabellos. La respuesta a esta hipótesis
–aún más pintoresca por el hecho de que
emanaba de un representante de un laboratorio oficial–
había sido aportada por un profesor de medicina presente:
el arsénico orgánico que se encuentra en los crustáceos
y los mariscos es inmediatamente destruido por el cuerpo.
A pesar de los resultados cifrados, los especialistas habían
dado a entender sin ambages que no estaban dispuestos a aceptar
los resultados de un laboratorio extranjero, aunque fuera el
del FBI. Ben Weider se puso a la obra y sacrificó cinco
mechones de cabellos del Emperador para hacerlos analizar por
científicos franceses de muy alto nivel pertenecientes
a la Universidad Louis-Pasteur.
Esa « ocurrencia pública de los envenenistas »
de la que habla el director de la Fundación Napoleón
no fue pues otra cosa que la presentación de los resultados
reclamados durante la jornada en el Senado. ¿Cómo,
en efecto, llevar esos resultados al conocimiento de todos,
sino por medio de una conferencia de prensa?
Pero, para el Sr. Lentz, no hubo conferencia de prensa,
a lo mucho un simulacro, puesto que no se contaban en la sala
más que « tres periodistas » perdidos en
un patio de butacas de « seguidores » del Sr. Weider
(un resultado realmente milagroso para una Sociedad que no contaría
en Francia más que con « cinco adeptos »,
como lo afirmará el orador al final de su exposición;
ver más lejos). Sin embargo, sin pestañear, el
mismo evoca inmediatamente después la « marejada
» mediática al día siguiente de la conferencia
de prensa. Argumentos que vaya que suscitan la perplejidad:
¿cómo, en efecto, explicar, de no ser por la gracia
de una intervención casi divina, que esos tres periodistas
abandonados hayan podido inundar así los medios del mundo
entero?
Tras esta « conferencia de prensa » –dudo
en recurrir a esta expresión por miedo a hacerme pegar
en los dedos por el censor de la Fundación Napoleón–
los señores Tulard, Lemaire (médico e historiador
de la medicina), y Lentz se sintieron « obligados a reaccionar,
ya que, en la metodología de los envenenistas, nada
se sostiene. »
Con esta reserva, hay que decirlo: fue gracias a « la
escuela envenenista » que los científicos pusieron
en evidencia la presencia de dosis masivas de arsénico
en los cabellos del Emperador. Y, aunque les desagrade, eso
« se sostiene » muy bien.
Fue igualmente gracias a « la escuela envenenista »
que, durante una de las últimas emisiones de Bouillon
de Culture (emisión cultural francesa) los telespectadores
pudieron oír al profesor Jean Tulard declarar que, nunca
más, diría que Napoleón murió de
cáncer del estómago. ¿Las razones de este
cambio brusco? Las explicaciones que le había dado su
« colega » del Instituto, el doctor Lucien Israel,
profesor emérito de cancerología. Útil
precisión: el « cancerista » emblemático
de los napoleónicos se había sin embargo cuidado
de dar al canadiense lo que le pertenece.
¡Y no obstante! Si el profesor Israel había logrado
convencer a Jean Tulard, era porque, en vista de los resultados
de los análisis efectuados por petición de Ben
Weider, se había enterado de que la tesis oficial del
cáncer de estómago no « tenía pies
ni cabeza ».
La mala fe del Sr. Lentz nos obliga pues a recordar, una vez
más, los términos de la carta escrita el 6 de
septiembre de 2000 a Ben Weider por esa incontestable personalidad
del mundo médico que es el profesor Israel:
« He leído atentamente su libro,
y comparto sus conclusiones.
« Al haber comenzado los malestares
del Emperador en 1816, duraron pues cinco años. Un cáncer
del estómago (por cierto, no es hereditario) evolucionando
tan largo tiempo no hubiera podido matar más que por
metástasis pulmonares y sobre todo hepáticas.
Ahora, no se constató ninguna en la autopsia. Otra causa
hubiese sido una hemorragia cataclísmica. No se produjo.
Estos son los argumentos principales, pero hay otros, el hecho
por ejemplo de que los ganglios regionales y del mediastino
muestran aspectos supurativos, lo que no se explicaría
en caso de cáncer gástrico.
« Pienso pues que su tesis
[la del envenenamiento] es la buena. »
No soñemos. Basta escuchar, durante sus numerosas apariciones
en televisión, a Jean Tulard, quien no es ni médico
ni cancerólogo, para convencerse de que su opinión
sobre el envenenamiento del Emperador no ha evolucionado.
Seguiremos gustosos a los Señores Tulard, Lemaire y Lentz
en su afirmación de que « nada se sostiene
» en los procedimientos de los envenenistas si piensan
en las tesis Maury-Montholon.
Les concedemos también que hubo, de parte de una
persona del entorno de Ben Weider, interpretaciones abusivas,
y por lo menos temerarias de ciertas citas, que, lejos de reforzar
la tesis sostenida, le fueron nefastas. Según el mismo
Sr. Lentz, que no retrocede ante ningún efecto, tan solo
la evocación de una de sus interpretaciones hubiera de
hecho provocado entre las personas presentes en esa conferencia
de prensa « emoción, pasmo, desmayo a
veces ».
La generosidad nos impone la obligación de no comentar
esa… ¡ocurrencia!
Escuchemos –y recordemos– una opinión más
honesta. En vista de los resultados obtenidos por los científicos
de la Universidad de Glasgow, del FBI y, apenas recientemente,
por el Instituto de Medicina Forense de Estrasburgo, he aquí
lo que el profesor David Chandler, antes citado, declaró
a esta venerable institución británica que es
el Sunday Times, en su número del 12 de enero
de 2003:
« Es claro ahora que Napoleón
murió envenenado. Acepto este hecho aunque, durante años,
tuve dudas sobre el tema. »
Y en la revista de la Folio Society inglesa, escribe:
« Pero queda por esclarecer quien era (o eran) el
asesino (o los asesinos) ».
Este antiguo director del Departamento de Estudios Militares
de la Academia Real Militar inglesa de Sandhurst, autor de numerosas
obras que hacen autoridad y referencia sobre el Primer Imperio,
niega, lo que puede comprenderse sin forzosamente admitirse,
toda implicación de su país en este asunto sórdido.
En cambio, la realeza francesa –por medio de ese conspirador
marrullero y cobarde que era el conde de Artois, futuro Carlos
X– y Montholon le parecen tener el buen perfil y las buenas
motivaciones.
|
El
profesor David Chandler |
¿Por qué lo
que parece plausible a un gran historiador inglés es
considerado grotesco por un puñado de historiadores
napoleónicos franceses? Ahora, no más que Lachouque,
Chandler es un hombre que se aventure en terreno peligroso
sin sólidas garantías.
He aquí por lo demás lo que escribe, del otro
lado del Atlántico, el historiador estadounidense Donald
D. Horward, Director del Instituto de Historia Napoleónica
y de la Revolución Francesa en la Florida State
University:
« Por sus investigaciones, Ben Weider permite a
los lectores reconsiderar las causas del fallecimiento de
Napoleón, y no cabe la menor duda de que su explicación
de los eventos entorno a su muerte sea la más verosímil.
»
|
El
profesor Donald Horward |
Esto no impide al Sr. Lentz,
imperturbable, quedarse firme en sus posiciones, « derecho
en sus botas » de alguna manera:
« En el fondo del
fondo - resume – no creo en el envenenamiento
de Napoleón ».
Para él, a pesar de
las cantidades de arsénico reveladas en sus cabellos,
el Emperador murió « de muerte natural.
»
Uno estaría tentado de escribir: ¡Qué
salud!
Luego, muy seguro de sí mismo, tomando sin embargo
la precaución oratoria de precisar que se trata de
una « humorada », aconseja a los científicos
ocuparse primero del problema del arsénico a principios
del siglo XIX antes de venir « a ayudarnos
» en el expediente de Napoleón.
Uno no podría ser más condescendiente. ¡Cuidado,
coto reservado! Peligro.
¿Que haría falta pues al Sr. Lentz para que
acepte la tesis del envenenamiento criminal del Emperador?
Poca cosa en verdad:
« Que me traigan una carta de Montholon diciendo:
“Yo maté a Napoleón”, y lo creeré.
»
¿Es esto seguro?
¿Quién sabe si no iría a hacer una ronda
en ciertas estaciones acogedoras, interrogándose gravemente
acerca de la autenticidad del documento?
Pues, después de los cabellos « atribuidos
» al Emperador, no hay duda de que trataría de
convencernos que la confesión de Montholon es apócrifa…
Finalmente, la única
originalidad de la intervención del director de la
Fundación Napoleón habrá sido su discreción
ejemplar acerca de los resultados de los análisis de
Science & Vie.
