« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
A PROPÓSITO DE LA INTERVENCIÓN DEL SEÑOR THIERRY LENTZ

Por el Señor

Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional

El Sr. Jean-Claude Damamme, Miembro de Honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
Sr. Damamme
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
Durante la conferencia « a dos voces » en la que participaron el doctor Pascal Kintz, del Instituto de Medicina Forense (Universidad Louis-Pasteur) de Estrasburgo, y el Sr. Thierry Lentz, director de la Fundación Napoleón, el 14 de enero de 2004 por iniciativa del diario Dernières Nouvelles d’Alsace (« Últimas Noticias de Alsacia »).

Comenzando por un recuerdo del inicio del asunto (el envenenamiento de Napoleón), el director de la Fundación Napoleón evoca la « revelación » que un estomatólogo sueco, Sten Forshufvud, tuvo en los años sesenta durante la lectura de las memorias, recientemente publicadas, del doméstico de Napoleón en Santa Helena, Louis Marchand. Muy esquemáticamente expuesto, constatando una degradación inexplicable de la salud del Emperador, Forshufvud – quien había hecho estudios de toxicología – había creído identificar los síntomas de una intoxicación arsenical.

Después de haberse procurado un cabello de Napoleón a través de una personalidad incontestable del medio Napoleónico, bien conocido por todos los entusiastas del periodo, el comandante Henry Lachouque, había confiado para su análisis, al profesor Hamilton Smith, jefe del Departamento de Medicina Forense a la Universidad de Glasgow. En colaboración con un laboratorio inglés de investigaciones nucleares que trabajaba para la Defensa nacional, Hamilton Smith había podido, por un « bombardeo » neutrónico, poner en evidencia la presencia de arsénico en el cabello provisto por Forshufvud.

Lachouque, el 8 de octubre de 1960, había, por escrito, rendido homenaje al trabajo de Forshufvud:

« Mi querido Doctor,

« He leído y releído su magnifico trabajo que naturalmente me ha interesado mucho. Permítame primeramente felicitarle por su paciente estudio, por su erudición, por su sentido crítico, por su fidelidad a los textos.
« Todo esto forma parte de un conjunto admirable de calidades sin las cuales el historiador se aparenta al novelista histórico
. »

Después de una serie de consejos para permitirle dar toda su fuerza a la tesis desarrollada, Lachouque terminaba así:

« Habrá algunos retoques a su texto, pero es insignificante. Veo muy bien lo que se puede hacer, y es muy interesante... »

Hacía falta que hubiera algo verdadero en las deducciones del sueco, pues se imagina difícilmente a un personaje tan estricto como lo era el comandante Lachouque escribiendo estas líneas a un charlatán. El brusco cambio que dará poco después de conocer los resultados de los análisis es –teóricamente– inexplicable.

Luego, vino el tiempo de los sarcasmos. Se burlaron del sueco, especialmente por su libro, publicado en 1961, cuyo título, ya desde entonces, planteaba esta pregunta: ¿Fue Napoleón envenenado?

La obra fue recibida con desprecio por los medios napoleónicos franceses, como lo recordaba amablemente el profesor Tulard en Le Figaro Littéraire del 27 de mayo de 1999:

« La traducción francesa fue acogida con jolgorio. Los doctores Godlewski y Ganière, grandes especialistas de Santa Helena y seguros de sus conocimientos médicos, no hicieron más que un bocado del infortunado dentista. »
Recordemos para la pequeña historia que es a este mismo doctor Ganière a quien le debemos esa frase que figura en la página 1521 del Diccionario Napoleón (bajo la dirección de Jean Tulard):

« ... Por otro lado, apoyándose en las constataciones hechas por O'Meara durante la autopsia, la existencia del alrededor del estómago de un sistema linfático tumefacto y de ganglios en vía de supuración hacen pensar en un tumor canceroso... »

Lo ignorábamos, el doctor Ganière lo revela: O’Meara era visionario. ¿Si no, cómo explicar que haya sido capaz de asistir a una autopsia practicada tres años... después de que dejara Santa Elena, el 25 de julio de 1818?

En los años que siguieron, Forshufvud siguió siendo el « dentista sueco » descarriado en la Historia.

¡Sorpresa! El 14 de enero pasado en Estrasburgo, Forshufvud se convierte repentinamente, pero sin que se conozcan las razones de esta mansedumbre inesperada, en un « estomatólogo » que posee « una real formación toxicológica ». Hoy difunto, Sten Forshufvud, investigador aficionado – y desinteresado, lo que hace de él una simpática curiosidad – estará tal vez feliz de este (tardío) reconocimiento póstumo.

Viene enseguida la evocación de los trabajos del presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional de Montreal, Ben Weider, y de la tesis de un posible envenenamiento (conservemos este vocablo por facilidad) de Napoleón.

El orador, el Sr. Lentz, se asegura de recordar que Ben Weider hizo fortuna « en el músculo »: para tratar de destrozar la credibilidad de un hombre, y por la misma ocasión, de lo que defiende, una sospecha de irrisión, factual en apariencia, no podría hacer daño. En esto, el Sr. Lentz sigue fielmente las huellas de su mentor, el profesor Tulard, quien nunca ha visto en este caso nada más que una « nueva serpiente marina » retomada por un « fabricante canadiense de artículos de deporte ».

Quien no haya leído, en la revista editada por el « Recuerdo Napoleónico » (Le Souvenir Napoléonien), las críticas [!] por el Sr. Lentz de las obras del profesor en cuestión ignorará siempre lo que es la adulación servil y cortesana.

Para la edificación de los visitantes del sitio internet de la Sociedad Napoleónica Internacional, precisemos que el gran historiador inglés del periodo, el profesor David Chandler, cuya competencia esperamos que el Sr. Lentz se dignará admitir –internacionalmente reconocida– no se cree obligado a semejantes bajezas. Rinde homenaje y no toma en cuenta más que el trabajo efectuado por el canadiense:

« Nunca ha sido mi ambición tratar de probar que Napoleón haya sido asesinado. Esta tarea fue la de Ben Weider, cuyo interés apasionado por la suerte de Napoleón ha obtenido resultados espectaculares a lo largo de los veinticinco años que han pasado… »

Sin embargo, así como sus homólogos franceses, el profesor Chandler no creía en la tesis de un envenenamiento de Napoleón, y durante años, dudó. Pero, contrariamente a sus homólogos franceses, demostró una elemental honestidad al observar la metodología histórica del canadiense. Como la encontró « seria », analizó con cuidado los elementos científicos sobre los cuales Ben Weider fundamentaba su argumentación. Y desde 1975, fecha de su encuentro fortuito con el presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional en el campo de batalla de Waterloo, no ha dejado de seguir los avances de la tesis.

La metodología del director de la Fundación Napoleón, quien es también, como era de esperarse, la del profesor Tulard, se presenta bien diferente.

Tras haber afirmado que Ben Weider había pasado de una « tentación histórica » a una « íntima convicción », El Sr. Lentz, por su parte, declara que « se burla de saber si Napoleón fue envenenado o no », pues se trata de un fenómeno « secundario » –es oportuno de su parte que se haya negado la enfadosa expresión de « detalle »– por no apegarse más que a la incidencia, en la Historia, de la muerte del Emperador.

Si esta preocupación es de un interés que nadie, evidentemente, contestará, esta actitud es por lo menos extraña de parte del director de esta Fundación Napoleón que, salvo error, tiene como vocación explicar a Napoleón, su vida –¿y porqué no entonces su muerte, sobre todo si se trata de un crimen que fue probablemente un asesinato político?– su obra y, dado el caso, pero es esencial, defender su memoria frecuentemente atacada. Es por cierto toda, y la única, justificación de la herencia –de la que bastará decir que es « astronómica »– otorgada por un industrial, el Señor Marcial Lapeyre, al «Recuerdo Napoleónico».

Actitud extraña y un tanto ligera para deshacerse de lo que constituye un enigma, y, de todas maneras, injustificable de parte de un historiador. À menos que estemos en presencia de una escapatoria de parte de los oponentes confrontados hoy al implacable rigor de los resultados científicos.

Recordemos brevemente los móviles posibles que hubieran podido llevar a algunos a tratar de envenenar a Napoleón, cuyas causas de su muerte, acaecida a los cincuenta y un años, están en el centro de una polémica. Una cosa es segura: el Emperador tenía en sus cabellos de siete a treinta y ocho veces la cantidad de arsénico « tolerada ». ¿Cuáles podían ser esos móviles?

- La realeza francesa, poco gloriosamente y frágilmente restaurada tras la batalla de Waterloo gracias al apoyo entusiasta de los ingleses y prusianos, no se sentía segura sabiendo al Emperador, ciertamente lejos, pero bien vivo, y de quien podía temer que viviese aún varios años:

« Si -escribe Chateaubriand, quien fue también ministro de Luis XVIII- Napoleón, escapado de las garras de sus carceleros, se retirara a los Estados Unidos, sus miradas fijas sobre el océano bastarían para turbar a los pueblos del viejo mundo. Su mera presencia sobre la orilla americana del Atlántico forzaría a Europa a acamparse en la orilla opuesta. »

En una situación política inestable susceptible de bascular en todo momento, los realistas debían hacer olvidar que habían tomado las armas contra su país para reconstruir un sistema del que Francia se había deshecho por la Revolución, ¡por desgracia con las abominaciones que sabemos!

- En cuanto a los ingleses, eran los sesenta y seis millones de libras (¡o sea mil millones y medio de francos de oro de la época!) entregados a las monarquías europeas de 1793 a 1815, de los cuales la mayoría entre 1811 y 1815, para arruinar a la Francia Napoleónica por medio de guerras incesantes, lo que les hacía falta hacer olvidar. Una política que, recordémoslo, estaba lejos de hacer la unanimidad del otro lado de la Mancha. Por otra parte, el cautiverio del Emperador costaba muy caro a los ingleses: muchos millones de libras anuales.

En el expediente que Science & Vie consagró a los (sorprendentes) análisis realizados a petición de la revista, el profesor Tulard explica, ironizando subraya el autor del artículo, que Napoleón, en esa época no representaba ya amenaza alguna, ni para los ingleses, ni para la realeza francesa, no vemos « a quien le hubiera beneficiado el crimen ». En efecto, se concibe fácilmente que la presencia, durante cinco años, de múltiples navíos de guerra y de algunos miles de hombres –cifra enorme para la armada británica de ese tiempo– se imponía para guardar, en ese peñasco perdido en los confines del Atlántico sur, a 1 800 kilómetros de las costas de África y a 3 500 kilómetros de las de Brasil, a un solo hombre que no era una amenaza para nadie. Nos es forzoso pues concluir que la presencia de esos soldados y de esos marinos ingleses no era sino la manifestación de una preocupación tardía de rendir los honores al Emperador deportado por la felonía de su gobierno.

A propósito de Santa Helena, no puedo resistir a la tentación de rememorar una expresión utilizada por el Sr. Lentz, que nos muestra al siniestro gobernador, Hudson Lowe, administrando « cuan buen padre de familia » (¡sic!) el presupuesto asignado para la custodia del ilustre deportado. No dudo ni un instante que los verdaderos Napoleónicos –y me honro de incluirme en este número– apreciarán como es debido este rasgo estampado con una incontestable originalidad.

- El general de Montholon: no olvidemos sobretodo al intendente de Longwood. Ese falso soldado, mentiroso y prevaricador, quien no obtuvo ninguno de sus grados en el campo de batalla, de quien todas las declaraciones acerca de sus hechos de armas y sus heridas supuestas son falaces (mencionemos el falso sable de honor, por no citar más que este ejemplo), simple coronel bajo el Imperio, hecho mariscal de campo (general de brigada) por Luis XVIII en agosto de 1814, es, de todos los compañeros de deportación, el único cuyo pasado sea tan escandaloso.

Cinco meses antes de su nominación de mariscal de campo, ese mismo Montholon, permanentemente arruinado, había, dizque para pagarle a sus tropas, « distraído » de la caja del habilitado del departamento la suma de 5 970 francos (de la época), cuyo empleo nunca justificó. Cuando el escándalo estalló, Montholon, amenazado de comparecer ante un consejo de guerra, fue sacado del aprieto por el conde de Artois… ¡Menos de un año más tarde, le volveremos a encontrar –extrañamente– elevado a la dignidad de compañero de deportación del Emperador para quien es prácticamente un desconocido!

Pero sabrá arreglárselas tan bien –con la ayuda de su mujer, Albine– que en abril de 1821, cuando Napoleón redacte su testamento (en presencia del mismo Montholon), este personaje dudoso resultará ser, con dos millones de francos de oro (siempre de la época), el principal beneficiario del testamento del Emperador.

Retomemos aquí la singular interrogante, ya antes mencionada, de este adversario pertinaz de la tesis, el profesor Jean Tulard, en Science & Vie: « ¿A quién le hubiera beneficiado el crimen? »

A pesar de este pasado cargado, imperturbable, el Sr. Lentz declara que no cree en la culpabilidad eventual de Montholon, y lo disculpa, pues imagina mal al descendiente de una muy antigua familia aristocrática « ponerse en cuatro patas » para ir a sacar un pellizco de arsénico –o, para retomar la expresión del orador, de « ¡polvos de la madre Celestina! »– destinado a ese vino de Constanza que el Emperador era el único en beber.

¿Disculpar a un eventual sospechoso en nombre de su pertenencia a una antigua familia, no es acaso « la íntima convicción » del director de la Fundación Napoleón y de nadie más?

El Sr. Lentz evoca enseguida a dos autores más, los señores Maury y de Candé-Montholon, quienes se abismaron en esta atractiva puerta abierta. El método es astuto, que mezcla con destreza los géneros, ya que el Sr. Lentz no ignora la amalgama de lo razonable –el móvil político y/o crapuloso– y de lo extravagante, puede fácilmente ser fatal al primero.

Evoquemos brevemente las tesis sostenidas por los dos autores.

Para el profesor de economía René Maury, Napoleón habría sido asesinado por celos, al no soportar Montholon las « debilidades » de su esposa, Albine, por el Emperador. En ese caso, le hubiera sido necesario suprimir también a uno de los oficiales ingleses de la guarnición, el teniente Jackson, con quien la Señora de Montholon tenía igualmente bondades.

Más quimérica es la tesis del Sr. Candé-Montholon, descendiente del presunto culpable: es por devoción por lo que su ancestro habría administrado a este Emperador, a quien casi no conoce, arsénico en pobres dosis con el fin de hacer que se enfermase lo suficiente –pero sin poner sus días en peligro– para obligar a los ingleses a repatriarlo a Francia.

El director de la Fundación Napoleón evoca enseguida lo que él llama con ese cuidado de la irrisión que le es habitual, « la última ocurrencia pública de los “envenenistas”. »

Una palabra primeramente sobre el origen de esta « ocurrencia ».

Durante la jornada del 4 de mayo de 2000 en el Senado, Ben Weider había presentado los resultados de los análisis hechos, a petición suya, por el FBI. Esos análisis revelaban, ellos también, importantes concentraciones en arsénico. Entre las voces de los « especialistas » que se habían hecho oír, una de ellas imputaba la presencia del veneno a los… ostiones y otros mariscos. No nos atrevemos a imaginar la cantidad de ostiones y de mariscos –nunca mencionados en sus costumbres culinarias, por cierto bastante modestas– que el Emperador hubiera tenido que ingurgitar para presentar tal concentración de veneno en sus cabellos. La respuesta a esta hipótesis –aún más pintoresca por el hecho de que emanaba de un representante de un laboratorio oficial– había sido aportada por un profesor de medicina presente: el arsénico orgánico que se encuentra en los crustáceos y los mariscos es inmediatamente destruido por el cuerpo.

A pesar de los resultados cifrados, los especialistas habían dado a entender sin ambages que no estaban dispuestos a aceptar los resultados de un laboratorio extranjero, aunque fuera el del FBI. Ben Weider se puso a la obra y sacrificó cinco mechones de cabellos del Emperador para hacerlos analizar por científicos franceses de muy alto nivel pertenecientes a la Universidad Louis-Pasteur.

Esa « ocurrencia pública de los envenenistas » de la que habla el director de la Fundación Napoleón no fue pues otra cosa que la presentación de los resultados reclamados durante la jornada en el Senado. ¿Cómo, en efecto, llevar esos resultados al conocimiento de todos, sino por medio de una conferencia de prensa?

Pero, para el Sr. Lentz, no hubo conferencia de prensa, a lo mucho un simulacro, puesto que no se contaban en la sala más que « tres periodistas » perdidos en un patio de butacas de « seguidores » del Sr. Weider (un resultado realmente milagroso para una Sociedad que no contaría en Francia más que con « cinco adeptos », como lo afirmará el orador al final de su exposición; ver más lejos). Sin embargo, sin pestañear, el mismo evoca inmediatamente después la « marejada » mediática al día siguiente de la conferencia de prensa. Argumentos que vaya que suscitan la perplejidad: ¿cómo, en efecto, explicar, de no ser por la gracia de una intervención casi divina, que esos tres periodistas abandonados hayan podido inundar así los medios del mundo entero?

Tras esta « conferencia de prensa » –dudo en recurrir a esta expresión por miedo a hacerme pegar en los dedos por el censor de la Fundación Napoleón– los señores Tulard, Lemaire (médico e historiador de la medicina), y Lentz se sintieron « obligados a reaccionar, ya que, en la metodología de los envenenistas, nada se sostiene. »

Con esta reserva, hay que decirlo: fue gracias a « la escuela envenenista » que los científicos pusieron en evidencia la presencia de dosis masivas de arsénico en los cabellos del Emperador. Y, aunque les desagrade, eso « se sostiene » muy bien.

Fue igualmente gracias a « la escuela envenenista » que, durante una de las últimas emisiones de Bouillon de Culture (emisión cultural francesa) los telespectadores pudieron oír al profesor Jean Tulard declarar que, nunca más, diría que Napoleón murió de cáncer del estómago. ¿Las razones de este cambio brusco? Las explicaciones que le había dado su « colega » del Instituto, el doctor Lucien Israel, profesor emérito de cancerología. Útil precisión: el « cancerista » emblemático de los napoleónicos se había sin embargo cuidado de dar al canadiense lo que le pertenece.

¡Y no obstante! Si el profesor Israel había logrado convencer a Jean Tulard, era porque, en vista de los resultados de los análisis efectuados por petición de Ben Weider, se había enterado de que la tesis oficial del cáncer de estómago no « tenía pies ni cabeza ».

La mala fe del Sr. Lentz nos obliga pues a recordar, una vez más, los términos de la carta escrita el 6 de septiembre de 2000 a Ben Weider por esa incontestable personalidad del mundo médico que es el profesor Israel:

« He leído atentamente su libro, y comparto sus conclusiones.

« Al haber comenzado los malestares del Emperador en 1816, duraron pues cinco años. Un cáncer del estómago (por cierto, no es hereditario) evolucionando tan largo tiempo no hubiera podido matar más que por metástasis pulmonares y sobre todo hepáticas. Ahora, no se constató ninguna en la autopsia. Otra causa hubiese sido una hemorragia cataclísmica. No se produjo. Estos son los argumentos principales, pero hay otros, el hecho por ejemplo de que los ganglios regionales y del mediastino muestran aspectos supurativos, lo que no se explicaría en caso de cáncer gástrico.
« Pienso pues que su tesis
[la del envenenamiento] es la buena. »

No soñemos. Basta escuchar, durante sus numerosas apariciones en televisión, a Jean Tulard, quien no es ni médico ni cancerólogo, para convencerse de que su opinión sobre el envenenamiento del Emperador no ha evolucionado.

Seguiremos gustosos a los Señores Tulard, Lemaire y Lentz en su afirmación de que « nada se sostiene » en los procedimientos de los envenenistas si piensan en las tesis Maury-Montholon.

Les concedemos también que hubo, de parte de una persona del entorno de Ben Weider, interpretaciones abusivas, y por lo menos temerarias de ciertas citas, que, lejos de reforzar la tesis sostenida, le fueron nefastas. Según el mismo Sr. Lentz, que no retrocede ante ningún efecto, tan solo la evocación de una de sus interpretaciones hubiera de hecho provocado entre las personas presentes en esa conferencia de prensa « emoción, pasmo, desmayo a veces ».

La generosidad nos impone la obligación de no comentar esa… ¡ocurrencia!
Escuchemos –y recordemos– una opinión más honesta. En vista de los resultados obtenidos por los científicos de la Universidad de Glasgow, del FBI y, apenas recientemente, por el Instituto de Medicina Forense de Estrasburgo, he aquí lo que el profesor David Chandler, antes citado, declaró a esta venerable institución británica que es el Sunday Times, en su número del 12 de enero de 2003:

« Es claro ahora que Napoleón murió envenenado. Acepto este hecho aunque, durante años, tuve dudas sobre el tema. »

Y en la revista de la Folio Society inglesa, escribe:

« Pero queda por esclarecer quien era (o eran) el asesino (o los asesinos) ».

Este antiguo director del Departamento de Estudios Militares de la Academia Real Militar inglesa de Sandhurst, autor de numerosas obras que hacen autoridad y referencia sobre el Primer Imperio, niega, lo que puede comprenderse sin forzosamente admitirse, toda implicación de su país en este asunto sórdido. En cambio, la realeza francesa –por medio de ese conspirador marrullero y cobarde que era el conde de Artois, futuro Carlos X– y Montholon le parecen tener el buen perfil y las buenas motivaciones.

El profesor David Chandler

¿Por qué lo que parece plausible a un gran historiador inglés es considerado grotesco por un puñado de historiadores napoleónicos franceses? Ahora, no más que Lachouque, Chandler es un hombre que se aventure en terreno peligroso sin sólidas garantías.

He aquí por lo demás lo que escribe, del otro lado del Atlántico, el historiador estadounidense Donald D. Horward, Director del Instituto de Historia Napoleónica y de la Revolución Francesa en la Florida State University:

« Por sus investigaciones, Ben Weider permite a los lectores reconsiderar las causas del fallecimiento de Napoleón, y no cabe la menor duda de que su explicación de los eventos entorno a su muerte sea la más verosímil. »

El profesor Donald Horward

Esto no impide al Sr. Lentz, imperturbable, quedarse firme en sus posiciones, « derecho en sus botas » de alguna manera:

« En el fondo del fondo - resume – no creo en el envenenamiento de Napoleón ».

Para él, a pesar de las cantidades de arsénico reveladas en sus cabellos, el Emperador murió « de muerte natural. »

Uno estaría tentado de escribir: ¡Qué salud!

Luego, muy seguro de sí mismo, tomando sin embargo la precaución oratoria de precisar que se trata de una « humorada », aconseja a los científicos ocuparse primero del problema del arsénico a principios del siglo XIX antes de venir « a ayudarnos » en el expediente de Napoleón.

Uno no podría ser más condescendiente. ¡Cuidado, coto reservado! Peligro.
¿Que haría falta pues al Sr. Lentz para que acepte la tesis del envenenamiento criminal del Emperador? Poca cosa en verdad:

« Que me traigan una carta de Montholon diciendo: “Yo maté a Napoleón”, y lo creeré. »

¿Es esto seguro?

¿Quién sabe si no iría a hacer una ronda en ciertas estaciones acogedoras, interrogándose gravemente acerca de la autenticidad del documento?
Pues, después de los cabellos « atribuidos » al Emperador, no hay duda de que trataría de convencernos que la confesión de Montholon es apócrifa…

Finalmente, la única originalidad de la intervención del director de la Fundación Napoleón habrá sido su discreción ejemplar acerca de los resultados de los análisis de Science & Vie.

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