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PREÁMBULO
A LA TEORÍA DEL ENVENENAMIENTO
DE NAPOLEÓN |
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Por
el Comandante |
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Henry
Lachouque |
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| El
Dr. Sten Forshufvud |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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La
villa-de Rueil-Malmaison le debe la mitad de su
nombre; Napoleón Bonaparte, la única
avenida francesa que lleva el suyo; el Emperador,
un camino que conduce a Saint-Cloud; los franceses,
una evocación magistral del Trianón
consular, al que Pierre Schommer ha echado la
última mano; la Historia, un gran número
de obras, entre ellas la primera parte de las
Memorias de Marchand.
Se trata de mi maestro y amigo Jean Bourguignon,
miembro del Instituto, gran oficial de la Legión
de Honor, fallecido antes de haber publicado la
última parte -la más importante-
consagrada a la cautividad del emperador en Santa
Helena.
Debo a su hija,
la señora Rooke-Bourguignon, el haber tenido
el honor de terminar la tarea de su padre, y desde
aquíle renuevo la expresión de mi
respetuoso agradecimiento.
Le debo, también, la oportunidad de haber
conocido al doctor Sten
Forshufvud.
Cirujano dentista
en el Instituto de Estocolmo, en la Universidad
de Burdeos, realizó su tesis en la Facultad
de Medicina de Lund, especialmente conocido en
el mundo por sus trabajos de histología,
de patología y de fisiología alimenticia,
este sabio sueco, profesor de categoría
y escritor de talento, se interesa además
por la obra y la persona de Napoleón I,
del que es ferviente admirador.
Por tanto, leyó las Memorias de Marchand
relativas a la cautividad en Santa Elena; volvió
a leerlas, a estudiarlas, a pasarlas por la criba
de su intuición, primero; después,
de sus conocimientos científicos, obteniendo
poco a poco, me ha escrito, « la clave del
enigma que constituye la enfermedad de Napoleón
en Santa Elena y llegando a la conclusión
de que el ilustre cautivo fue envenenado y muerto
con diabólico refinamiento ». Mientras
me explicaba prolijamente, en el curso de una
interesante visita que tuvo la amabilidad de hacerme,
que el emperador había sido, como él
mismo había escrito, « asesinado
largamente, en detalle, con premeditación
», Sten Forshufvud me pidió que,
para añadir a las pruebas históricas
otras pruebas químicas del envenenamiento,
le ayudara a encontrar cabellos del Emperador.
Yo los poseía,
procedentes de dos orígenes indiscutibles:
1° Un paquete
donde había escrito, de puño y letra
de Marchand: « Cabellos del emperador »,
sin precisión de fecha.
2º Un paquete
procedente del pintor Isabey, autentificado y
firmado por él: « Cabellos recogidos
en Troyes de la Champaña, el 14 germinal
del año XIII, con motivo de una parada
del emperador en esa villa, durante su viaje hacia
Milán, donde iba a recibir la corona de
Italia. » Los diarios de la época
indican, efectivamente, la presencia del emperador
en Troyes en esa fecha.
Entregué
a Sten Forshufvud varios cabellos de cada paquete.
Poco tiempo después,
el doctor Forshufvud me envió el resultado
del análisis hecho por el laboratorio de
Glasgow sobre « unos cabellos » cuya
procedencia ignoraba el analista... Este añadía
a los resultados químicos obtenidos:
« El
sujeto ha absorbido grandes cantidades de arsénico...
Me gustaría conocer la historia de este
caso particular. »
Así, pues,
¡novedades respecto a Santa Helena!
¡Napoleón,
envenenado!
Sten Forshufvud
conoce a fondo el drama de la cautividad, los
actores y los comparsas, los personajes del séquito
del emperador; y esto tiene ya mucho mérito.
Pero el sabio sueco se ha superado, escribiendo
en francés un libro importante, sólidamente
estructurado, que apasiona al lector desde las
primeras páginas y le conduce hasta la
muerte del emperador, a través de las múltiples
escenas de un nuevo « caso de los venenos,
cuyas circunstancias los hombres de ciencia estudiarán,
sin duda, y discutirán, tal vez.
¡Nunca había
lamentado tanto como hoy no haber profundizado
más mis estudios científicos, iniciados
durante una juventud agitada!
Henry Lachouque.
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