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Este
artículo raro proviene
de “The Speaking Oak”
(El roble parlante) colección
de historias dedicadas a ilustrar
algún aspecto notable,
heroico, o de virtud cristiana
en la vida de los grandes hombres.
Fue publicado en 1902 por Louis
Klopsch (1852-1910), filántropo
erudito estadounidense quien durante
20 años y hasta su muerte
fue dueño de un diario
muy popular, el “Christian
Herald”, consagrado a la
enseñanza de la caridad
pública del pueblo estadounidense.
Famoso además tanto por
su integridad como por su probidad
intachable, el Louis Klopsch ha
sido llamado “el caballero
moderno de la misericordia”.
Nunca antes traducido al castellano,
este texto es sin duda una singularidad
digna de ser conocida. |
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El
exilio de Napoleón le brindó
la oportunidad de reflexionar y de comunicarse
con Dios, lo cual hizo constantemente. Sus
opiniones religiosas se hicieron muy claras,
y su fe fuerte en exceso. Hacia el final de
su vida tuvo una conversación con el
General Bertrand, que no era creyente, en
la cual expresó algunos puntos de vista
religiosos que son dignos de ser preservados
a través de los siglos. Dijo: “Percibo
a Dios; lo veo; tengo necesidad de él.
Creo en él. Si no lo percibís,
si no creéis en él, tanto peor
para vos. Pero vos, General Bertrand, ya creeréis
en Dios. Puedo perdonar muchas cosas, pero
tengo horror de un ateo y de un materialista.”
Prosiguiendo, hace la siguiente referencia
a las Escrituras del Nuevo Testamento: “Los
Evangelios poseen una virtud secreta, una
misteriosa eficacia, una calidez que penetra
y alivia el corazón. Uno halla, al
meditar en él, lo que uno experimenta
al contemplar los cielos. Los Evangelios no
son un libro; son un ser vivo, con una acción,
un poder que invade todo cuanto se opone a
su extensión. Admiradlo en esta mesa,
este libro que sobrepasa a todos los demás
(aquí el Emperador puso solemnemente
su mano sobre él). Nunca
dejo de leerlo, y cada día con el mismo
placer”.
“En
ninguna parte se puede encontrar semejante
serie de hermosas ideas, de máximas
morales admirables, que se alinean como los
batallones de un ejército celestial,
y que produce en nuestra alma la misma emoción
que uno experimenta al contemplar la infinita
expansión de los cielos, resplandecientes
en una noche de verano con todo el resplandor
de las estrellas. No solo nuestra mente queda
absorta, es controlada, y el alma nunca puede
descarriarse teniendo este libro como su guía.
Una vez que son amos de nuestro espíritu,
los fieles Evangelios nos aman. Dios es nuestro
amigo, nuestro padre, y verdaderamente nuestro
Dios. Una madre no cuida más del hijo
al que cría.”
En la discusión
sobre la divinidad de Cristo, el General Bertrand
dijo: “Si Jesús ha apasionado
y atado a su carroza a las multitudes, si
revolucionó al mundo, veo en ello sólo
el poder del genio y la acción de un
espíritu comandante, que vence al mundo
como tantos otros conquistadores lo han hecho
—Alejandro, César, vos, Majestad,
y Mahoma— por la espada.”
Napoleón replica con un sentimiento
considerable, “Algo
conozco de los hombres, y os digo que Jesucristo
no es un hombre. Las mentes superficiales
ven una similitud entre Cristo y los fundadores
de imperios, y los dioses de otras religiones.
Ese parentesco no existe. Hay entre el cristianismo
y cualquier otra religión la distancia
de la infinitud”.
“Podemos
decir al autor de toda otra religión,
vos no sois ni dioses ni los agentes de la
Deidad. Sois tan solo los misionarios de la
falsedad modelados con la misma arcilla que
el resto de los mortales. Estáis hechos
con todas las pasiones y los vicios inseparables
de ellos. Vuestros templos y vuestros prestes
proclaman vuestro origen. Tal será
el juicio, el clamor de la conciencia, de
quienquiera que examine a los dioses y los
templos del paganismo. Todo en Cristo me sorprende.
Su espíritu me asombra, y su voluntad
me confunde. Entre él y cualquier otro
en el mundo, no hay comparación posible.
Es un ser por él mismo. Su nacimiento,
y la historia de su vida; la profundidad de
su doctrina, que desafía las mayores
dificultades; sus Evangelios, su aparición,
su imperio, su marcha a través de las
eras y de los reinos; todo es para mí
un prodigio. No veo ahí nada humano”.
“¡En
toda otra existencia, salvo la de Cristo,
cuantas imperfecciones! ¿Dónde
está el personaje que no se ha rendido,
vencido por los obstáculos? ¿Dónde
está el individuo que nunca ha sido
gobernado por las circunstancias o los lugares,
que nunca ha sucumbido a la influencia de
los tiempos, que nunca se ha sometido a ninguna
costumbre o a ninguna pasión? Desde
el primer día hasta el ultimo, él
es el mismo, siempre el mismo, majestuoso
y simple, infinitamente firme, e infinitamente
gentil”.
“Cristo
murió, siendo el objeto de la ira y
del desprecio de la nación, abandonado
y negado por sus propios discípulos.
“Van a aprehenderme, dijo, y a crucificarme.
Seré abandonado por todo el mundo.
Mi principal discípulo me negará
al comienzo de mi castigo. Seré dejado
a la merced de los perversos. Pero entonces,
satisfecha la justicia divina, el pecado original
expiado por mis sufrimientos, el vínculo
entre el hombre y Dios será renovado
y mi muerte será la vida de mis discípulos.
Entonces serán más fuertes sin
mí que conmigo, pues me verán
levantarme de nuevo. Ascenderé a los
cielos, y les enviaré un espíritu
que los instruirá. El espíritu
de la Cruz les hará capaces de entender
mis Evangelios. Al final, creerán en
ellos, los predicarán, y convertirán
al mundo.”
En sus propias
palabras, Bonaparte casi no le puso atención
a la religión durante su carrera pública.
Estaba tan ocupado con su mundo que no pudo
darse el tiempo de pensar en el próximo.
Pero al tornarse este mundo pequeño
y obscuro para él en Santa
Helena, el otro se hizo grande y claro.
Cuando perdió los Alpes, miró
hacia el Monte Sión; al resbalársele
Europa entre los dedos, extendió la
mano para alcanzar el celeste Canaan. Perdió
un reino terrenal, conquistó un mayor
imperio dentro de sí mismo. Perdió
la corona de Francia, ganó una corona
de inmortalidad (…).