Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
LA RELIGIÓN DE NAPOLEÓN
« Cristo pide el corazón, eso es lo que Él quiere. No pide nada más y lo obtiene »
Napoleón.
Por
Louis Klopsch
"De qué murió Napoleón", "Cómo murió Napoleón", "Dónde murió Napoleón", "Asesinato de Napoleón"
Louis Klopsch
 
Este artículo raro proviene de « The Speaking Oak » (El roble parlante) colección de historias dedicadas a ilustrar algún aspecto notable, heroico, o de virtud cristiana en la vida de los grandes hombres.
Fue publicado en 1902 por Louis Klopsch (1852-1910), filántropo erudito estadounidense quien durante 20 años y hasta su muerte fue dueño de un diario muy popular, el « Christian Herald », consagrado a la enseñanza de la caridad pública del pueblo estadounidense. Famoso además tanto por su integridad como por su probidad intachable, el Louis Klopsch ha sido llamado
« el caballero moderno de la misericordia ». Nunca antes traducido al castellano, este texto es sin duda una singularidad digna de ser conocida.

El exilio de Napoleón le brindó la oportunidad de reflexionar y de comunicarse con Dios, lo cual hizo constantemente. Sus opiniones religiosas se hicieron muy claras, y su fe fuerte en exceso. Hacia el final de su vida tuvo una conversación con el General Bertrand, que no era creyente, en la cual expresó algunos puntos de vista religiosos que son dignos de ser preservados a través de los siglos. Dijo: « Percibo a Dios; lo veo; tengo necesidad de él. Creo en él. Si no lo percibís, si no creéis en él, tanto peor para vos. Pero vos, General Bertrand, ya creeréis en Dios. Puedo perdonar muchas cosas, pero tengo horror de un ateo y de un materialista. » Prosiguiendo, hace la siguiente referencia a las Escrituras del Nuevo Testamento: « Los Evangelios poseen una virtud secreta, una misteriosa eficacia, una calidez que penetra y alivia el corazón. Uno halla, al meditar en él, lo que uno experimenta al contemplar los cielos. Los Evangelios no son un libro; son un ser vivo, con una acción, un poder que invade todo cuanto se opone a su extensión. Admiradlo en esta mesa, este libro que sobrepasa a todos los demás (aquí el Emperador puso solemnemente su mano sobre él). Nunca dejo de leerlo, y cada día con el mismo placer ».

« En ninguna parte se puede encontrar semejante serie de hermosas ideas, de máximas morales admirables, que se alinean como los batallones de un ejército celestial, y que produce en nuestra alma la misma emoción que uno experimenta al contemplar la infinita expansión de los cielos, resplandecientes en una noche de verano con todo el resplandor de las estrellas. No solo nuestra mente queda absorta, es controlada, y el alma nunca puede descarriarse teniendo este libro como su guía. Una vez que son amos de nuestro espíritu, los fieles Evangelios nos aman. Dios es nuestro amigo, nuestro padre, y verdaderamente nuestro Dios. Una madre no cuida más del hijo al que cría. »

En la discusión sobre la divinidad de Cristo, el General Bertrand dijo: « Si Jesús ha apasionado y atado a su carroza a las multitudes, si revolucionó al mundo, veo en ello sólo el poder del genio y la acción de un espíritu comandante, que vence al mundo como tantos otros conquistadores lo han hecho —Alejandro, César, vos, Majestad, y Mahoma— por la espada. » Napoleón replica con un sentimiento considerable, « Algo conozco de los hombres, y os digo que Jesucristo no es un hombre. Las mentes superficiales ven una similitud entre Cristo y los fundadores de imperios, y los dioses de otras religiones. Ese parentesco no existe. Hay entre el cristianismo y cualquier otra religión la distancia de la infinitud ».

« Podemos decir al autor de toda otra religión, vos no sois ni dioses ni los agentes de la Deidad. Sois tan solo los misionarios de la falsedad modelados con la misma arcilla que el resto de los mortales. Estáis hechos con todas las pasiones y los vicios inseparables de ellos. Vuestros templos y vuestros prestes proclaman vuestro origen. Tal será el juicio, el clamor de la conciencia, de quienquiera que examine a los dioses y los templos del paganismo. Todo en Cristo me sorprende. Su espíritu me asombra, y su voluntad me confunde. Entre él y cualquier otro en el mundo, no hay comparación posible. Es un ser por él mismo. Su nacimiento, y la historia de su vida; la profundidad de su doctrina, que desafía las mayores dificultades; sus Evangelios, su aparición, su imperio, su marcha a través de las eras y de los reinos; todo es para mí un prodigio. No veo ahí nada humano ».

« ¡En toda otra existencia, salvo la de Cristo, cuantas imperfecciones! ¿Dónde está el personaje que no se ha rendido, vencido por los obstáculos? ¿Dónde está el individuo que nunca ha sido gobernado por las circunstancias o los lugares, que nunca ha sucumbido a la influencia de los tiempos, que nunca se ha sometido a ninguna costumbre o a ninguna pasión? Desde el primer día hasta el ultimo, él es el mismo, siempre el mismo, majestuoso y simple, infinitamente firme, e infinitamente gentil ».

« Cristo murió, siendo el objeto de la ira y del desprecio de la nación, abandonado y negado por sus propios discípulos. « Van a aprehenderme, dijo, y a crucificarme. Seré abandonado por todo el mundo. Mi principal discípulo me negará al comienzo de mi castigo. Seré dejado a la merced de los perversos. Pero entonces, satisfecha la justicia divina, el pecado original expiado por mis sufrimientos, el vínculo entre el hombre y Dios será renovado y mi muerte será la vida de mis discípulos. Entonces serán más fuertes sin mí que conmigo, pues me verán levantarme de nuevo. Ascenderé a los cielos, y les enviaré un espíritu que los instruirá. El espíritu de la Cruz les hará capaces de entender mis Evangelios. Al final, creerán en ellos, los predicarán, y convertirán al mundo. »

En sus propias palabras, Bonaparte casi no le puso atención a la religión durante su carrera pública. Estaba tan ocupado con su mundo que no pudo darse el tiempo de pensar en el próximo. Pero al tornarse este mundo pequeño y obscuro para él en Santa Helena, el otro se hizo grande y claro. Cuando perdió los Alpes, miró hacia el Monte Sión; al resbalársele Europa entre los dedos, extendió la mano para alcanzar el celeste Canaan. Perdió un reino terrenal, conquistó un mayor imperio dentro de sí mismo. Perdió la corona de Francia, ganó una corona de inmortalidad (…).