El
célebre cuadro de Gros, “Napoleón
visitando el campo de batalla de Eylau”,
acaso lo dice todo. Una de las obras maestras
del pintor, como se sabe ganadora del concurso
abierto en 1807 y expuesta en 1808, que preludia
un romanticismo intenso.
La mirada de
Napoleón es la clave. ¿Qué
parece estar viendo el Emperador? ¿Un
más allá que él solamente
ve? ¿O justo la desolación de
la guerra, el precio de la victoria? No lo sabríamos.
En la diversidad de posibilidades, en la ambigüedad,
consiste el arte.
La vastedad
de esta mirada sobrecoge e intriga. ¿Qué
percibe Napoleón que nosotros no podemos?
Tratándose de miradas en la iconografía
del Emperador, prefiero, sin embargo, otra sólo
antes que esta de Gros: la del retrato de David
en el traje de la coronación, que se
encuentra en la colección Thiers. Aquí,
es tan cercano como tan lejano. El hombre es
tan palpable como el inmortal, ése que
trascendió a todo y a todos. Quizás
por esto al Emperador no le gustó el
retrato.
En el lienzo
de Gros, por el contrario, sólo hay lejanía
y metafísica. No sabemos qué es
lo que Napoleón ve, pero gracias a sus
ojos tocamos algo de la sustancia del infinito
que a él lo habitaba.
“Un
padre que pierde sus hijos no encuentra ningún
encanto en la victoria”, escribe
Napoleón el 12 de febrero. “Cuando
el corazón habla, la gloria ya no ofrece
ilusión alguna”, agregó.
¿Es ésta la mirada del
cuadro de Gros? No lo siento de esa manera.
Napoleón mira incluso más allá
de la gloria, que así pasa a ser algo
terrenal y preciso. La mirada de Napoleón
está desprendida de cualquier atadura
con este mundo.
Lo cierto es
que 20000 franceses quedaron fuera de combate
tras la victoria sobre los rusos. Los generales
d’Hautpoul, Desjardins, Corbineau, Dahlmann,
Bonnet, Varé, murieron. Después
de la batalla (el 8 de febrero de 1807), el
Emperador permanece hasta el siguiente 16 en
el campo de la misma. Quiere velar él
mismo por la evacuación de los heridos.
Coignet, granadero
de la Guardia, relata en sus memorias:
“Los
estragos en nuestros rangos fueron espantosos.
Sea que tuviésemos los pies en la nieve
o en el hielo, no sentíamos el frío.
Diría que incluso esta temperatura tan
rigurosa excitaba nuestro coraje. ¡Pero
qué posición tan horrible! Permanecer
inmóviles durante dos horas, esperando
la muerte sin poder defenderse, y sin poder
distraerse. En todas partes, los hombres caían,
y filas completas desaparecieron (…) Las
balas y los obuses desfondaron el hielo en la
parte del lago más cercana a la villa
de Eylau. Muchos cazadores a caballo desaparecieron
en este abismo, justo cuando el Emperador se
decidió a hacernos entrar en movimiento
(…) Pero todo esto era nada en comparación
con los desastres que ocurrían en otros
puntos. A la derecha, justo enfrente de nosotros,
el 14º Regimiento de línea fue hecho
pedazos. Los rusos entraron en la formación
de este regimiento y no hicieron ni un prisionero;
acuchillaron a sablazos hasta el último
hombre (…) Gritábamos frenéticos:
‘¡Adelante!¡Viva el Emperador!
¡Adelante!. ¡Adelante! Napoleón
decidió comprometer el segundo regimiento
de los granaderos a pie y un regimiento de cazadores
a caballo, bajo las órdenes del general
Dorsenne. Se lanzaron sobre la guardia imperial
rusa, sin tirar un disparo, sólo con
la bayoneta (…) Al mismo tiempo, el Emperador
lanza dos escuadrones de granaderos y dos de
cazadores a caballo de la Guardia. La carga
fue tan impetuosa que los granaderos atravesaron
completamente las líneas del ejército
ruso (…) Perdieron algunos hombres que
fueron hechos prisioneros y conducidos a Königsberg.
Pero la mayor parte de los escuadrones regresó
donde nosotros, en buen orden, y cubiertos de
sangre y de gloria. Estos esfuerzos prodigiosos
detuvieron el progreso de los rusos y calmaron
su furor. Era tiempo. El coraje de nuestras
tropas llegaba a su límite. Sin la Guardia,
posiblemente hubiesen sucumbido. No perdimos
el campo de batalla, pero tampoco lo ganamos.
En la noche, el Emperador le dijo a Dorsenne:
‘No bromeaste con
mis viejos soldados. Estoy contento de tí.
Los rusos han sido derrotados. Lamentablemente,
hemos sufrido mucho’.”
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Esta
conmovedora fotografía muestra
el lugar en el que el
14º Regimiento de línea
fue exterminado por los rusos |
Hay que tener
en cuenta que el enfrentamiento se produjo entre
un ejército francés incompleto
y, por el contrario, un ejército ruso
completo.
Los rusos, bajo
el comando de Benningsen, eran todavía
60000, aun después de la persecución
posterior a Allenstein. Y esperaban incluso
que se les una un cuerpo prusiano de 10000 hombres.
El ejército
francés, muy debilitado por las marchas
de los días anteriores, cuenta apenas
55000 efectivos. La artillería no comprende
sino 200 piezas. El cuerpo de Ney, de casi 10000
hombres, será esperado pero llegará
al final del día. Prácticamente,
Napoleón tendrá 40000 efectivos
para oponerse a esos 60000 rusos.
Ney, por la
izquierda; Davout arribará por la derecha.
Esto lo sabrá Bennigsen, de modo que
lanzará su propia derecha, al mando de
Tuczkov, la cual comienza su movimiento desde
las primeras horas del 8 de febrero. Davout
ataca. A mitad de la mañana, Napoleón
considera que es el momento de “créer
l’événement”,
ordenándole a Augereau que se dirija
sobre el centro ruso. Augereau, enfermo, lleva
sus divisiones al sur del cementerio de Eylau.
La artillería ya se encuentra ahí,
en posición. Pero se presenta esa famosa
tormenta de nieve de Eylau, “tan densa
que no se distinguía a dos pasos”,
según el Boletín del 9 de febrero.
Y el viento viene del este, de modo que la nieve
cae sobre los ojos de los franceses, quienes
pierden la dirección y se encuentran
en pleno centro ruso…
Napoleón
decide lanzar la caballería de Murat.
El fuego de los cañones no cesa. El suelo
congelado empeora las cosas. Las balas rebotan,
estallan y ocasionan así más daños.
Entonces el Emperador ordena al coronel Lepic
que cargue con los seis escuadrones de granaderos
de la Guardia, seguidos por los cazadores a
caballo. Los granaderos permanecen casi una
hora bajo este fuego, con un coraje único:
el de la Guardia.
Cuando, ante
las balas, instintivamente doblaban el cuello,
Lepic los increpa: “¡En alto, la
cabeza! La metralla, no es m…”.
Esta carga entrará
en la leyenda, bajo el nombre de la “carga
de los 80 escuadrones”. Como la frase
que le profiere Napoleón a Murat, cerca
de él, inmóvil sobre su caballo,
en el momento en que esperaba la orden del Emperador
de lanzar la caballería: “Dime,
Murat, ¿tú vas permitir que estas
gentes nos devoren?”. Y la
respuesta de Murat, dirigiéndose a sus
hombres: “¡A la carga! ¡Todo
esto es para mí!”.
Tal
choque de titanes fue una de las cumbres
de la carrera de Murat, la carga más
fantástica que él haya
encabezado. El ataque ruso fue detenido.
Pero los granaderos del zar resistían
y ametrallaban por la espalda a los
franceses que Murat trataba de reunir
del otro lado del campo de batalla.
Al ver esto, Napoleón, que había
guardado la caballería de la
Guardia en reserva, decide usarla y
ordena a Béssières socorrer
a su amigo Murat.
Con
solamente 3000 caballos, un Béssières
desencadenado atraviesa el centro ruso
en tres ocasiones. Y Lepic, de nuevo
él, que avanza tan lejos que
se vio rodeado de caballeros rusos.
Un oficial entre éstos, que hablaba
francés, lo conmina a rendirse.
“—
Observa a estas gentes sólo un
poco a ver si quieren rendirse”.
Y atravesó
a su vez el ejército ruso, pero
dejó ahí la mitad de sus
gentes.
Sin
que dejemos de mencionar a los granaderos
de la Guardia, conducidos por el general
Dorsenne, referido por Coignet. Esta
carga a la bayoneta, de frente, como
si se tratara de una parada, sin disparar
un tiro…
El centro
enemigo ya está quebrantado.
Pero el cuerpo prusiano de Lestocq arriba
sobre los hombres de Davout. El héroe
de Auerstaedt se da por completo, y
conserva su posición durante
tres horas, lo cual permitirá
que Ney, finalmente, arribe. Son las
siete de la noche. Bennigsen ordena
la retirada.
El campo
de batalla está en manos de los
franceses. Los rusos han perdido.
Quizás
en los momentos que siguieron a la victoria,
Napoleón, al conocer la extensión
de las pérdidas – de la
parte rusa, también –,
fue invadido por ese sentido cósmico
(las leyes ineluctables del equilibrio
que impone el destino) que luego Gros
imaginaría por medio de esa mirada.
Y ya
veremos próximamente por Friedland.
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Habitación
donde durmió Napoleón
en el castillo de Putulsk
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¡Viva
el Emperador!
I.W.
Leer también:
Viaje
al fin de Europa, Eylau - 9 al 13 de febrero
de 2007, por Henri Caporali.