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| Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial. |
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DANZAS
DE LA ÉPOCA DE NAPOLEÓN
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Representante oficial en Alemania
y Suiza
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| Isis
Wirth |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
© |
ESTRELLAS
DE LA REVOLUCIÓN
La
era de la Revolución Francesa y los
focos de resistencia dentro del mundo de
la danza clásica. Los bailarines,
como empleados del estado, debían
participar en las festividades de propaganda
revolucionaria.
¿Podría
alguien imaginarse a una de esas «
étoiles » femeninas del actual
Ballet de la Ópera de París,
medio desnuda o del todo, en la catedral
Notre Dame de París, reverenciada
por los « feligreses » como
« Diosa Razón »? Ocurrió
durante la Revolución francesa. Varios
siglos después, y en otra revolución
– la rusa, de octubre de 1917 –
otra estrella, Matilde Tchessinskaya (del
Mariinsky de San Petersburgo) casi estuvo
a punto de someterse a situación
similar. Si la bailarina no hubiese estado
demasiado comprometida en todo sentido con
los zares, Lenin también la habría
obligado, quizá no a aligerarse de
ropa, pero al menos a disfrazarse de «
Madre Coraje del proletariado ». A
cambio de eso, Lenin sólo utilizó
el balcón de la residencia de la
Matilde para « arengar a las masas
».
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En
el caso de la « madre de todas
las revoluciones » (la francesa),
un somero pase de revista revelaría
hechos absurdos como ese. En tanto
empleados del Estado, los bailarines
tenían que participar en las
festividades de propaganda revolucionaria,
organizadas (muchas de ellas, por
el pintor Jacques-Louis David, el
« compañero – citoyen
– comisario de la cultura »)
fuera de la ópera.
La
« Diosa Razón »
en Notre Dame fue Mademoiselle Aubry,
hacia 1794. Esta figura tutelar fue
instaurada por Robespierre, pues se
había abolido la religión,
pero el "Incorruptible"
se resistía al ateísmo
radical de sus « correligionarios
» jacobinos, ya que estimaba
que el pueblo tenía que creer
en algo. Si la Aubry se hubiese negado
a oficiar de « Diosa Razón
» – como era su derecho,
además de semejante humillación
–, la guillotina la esperaba
en la Plaza de la Revolución.
La misma que hoy se llama en París
Place de la Concorde, nombre
que le dieron después del Terror
Jacobino, o la concordia de la nación
en ese lugar ensangrentado.
Por
cierto, el día en que guillotinaban
a Luis XVI en la Plaza de la Revolución,
el Ballet de la Ópera de París
representaba la obra « El juicio
de Paris » (el de Helena de
Troya), coreografía de Pierre
Gardel. Asombroso que este ballet
con tema intemporal y apolítico
pudiera subir a escena en tal momento,
si se exceptúa lo de «
juicio » ya que al rey Capeto
le habían también hecho
un juicio. Es que Pierre Gardel, entonces
director (maître de ballet,
antiguamente) de la compañía,
era un hombre muy prudente. Hábilmente,
evitaba ofender a los políticos
y convenía con ellos en lo
obligatorio (como « la fiesta
de la Razón » en Notre-Dame).
A cambio de ello, mantenía
una cierta libertad en la opción
de sus temas. O, acaso mejor dicho:
el conservar en el repertorio los
ballets cuyos temas no eran propagandísticos
sino que remitían estéticamente
al Ancien Régime,
como ese « Paris » de
gusto mitológico. Postura prudente
que quizá explicaría
cómo la esposa de Gardel, Marie,
bailarina de la troupe, se evitó
la indignidad de representar casi
en cueros a la mentada Diosa. En su
lugar, el marido envió a la
Aubry. |
 |
| Marie
Miller, musa
y mujer de Pierre Gardel,
una de las grandes «
etoiles » de la
Ópera de París,
en el rol principal de
« Psyché
», con coreografía
de su marido |
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¿Sentido
común? (« el arte por encima
de todo; bajar la cabeza, ¡para que
no nos la corten!, hasta que pase la tormenta...revolucionaria
») que, en definitiva, el Ballet de
la Ópera de París tiene que
agradecerle, hasta el día de hoy,
a Pierre Gardel. No hay que olvidar cómo
la institución del ballet francés
estaba tan esencialmente identificada al
antiguo régimen. Desde los primeros
días de la Revolución francesa,
en 1789, el pueblo de París enfocó
a la ópera como uno de sus objetivos
a abolir, sino a arrasar como habían
ya hecho con la Bastilla.
 |
| Pierre
Gardel, entonces
director del Ballet de la
Ópera de París
durante la dictadura de
Robespierre |
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|
Así
como en el siglo XX los bolcheviques
hubiesen querido hacer casi lo mismo
con el Mariinski de San Petersburgo.
Pero Lenin fue más astuto:
en previsión de que «
el arte es para el pueblo »,
se apoderó del balcón
de la Tchessinskaya.
Como Robespierre no era Lenin (éste
vino después, así aprendió
lo suficiente y más), no se
le ocurrió hacer a tiempo un
discurso en el balcón de la
ópera. Pero no lo necesitó,
pues ahí estaba ese gran artista
« comprometido », Jacques-Louis
David, encargado de la conscripción
de bailarinas a la fuerza.
Y había un Pierre Gardel que
en vez de exiliarse y aprovechar en
época tan incierta de jugosos
contratos fuera de Francia, «
se quedó en su país
». Fructífero o vital
para el ballet que su prudencia proverbial
logró resguardar « hasta
nuevo aviso » el arte de la
danza clásica. Sin contar que,
a cambio de « quedarse en su
país », Gardel obtuvo
el ser de facto el dictador
del Ballet de la Ópera de París
hasta su retiro parcial, en 1820.
O sea, comenzó su carrera antes
de la revolución, y la prosiguió
sin interrupción lo mismo bajo
la convención jacobina, el
directorio, Napoleón y la restauración
de los Borbones que siguió
a la derrota final del emperador.
Y además, se mantuvo durante
el intermedio de los Cien Días,
cuando Napoleón volvió
al poder antes de Waterloo.
Tanta
resistencia del « patriota »
Gardel justificaría su reticencia
a aceptar nuevamente en el Ballet
de la Ópera a los bailarines
que regresaban del exilio. Si, por
citar tan sólo un ejemplo entre
la diáspora de los «
rusos blancos », George Balanchine
hubiese querido regresar al ya Ballet
Kírov alrededor de 1962, ¿Konstantin
Sergueiev lo hubiese rechazado, invocando
« nosotros nos quedamos aquí
»? |
Pero,
más allá de comparaciones
que podrían extenderse –de
revolución en revolución–
hasta la actualidad, el período
fundador, el de la Revolución
Francesa, fue bien sazonado de sucesos
relacionados con la danza, fuera y
dentro de la ópera. Como cuando,
pasado el terror de la guillotina,
se organizaron espontáneamente
los « bailes de las víctimas
», que Bonaparte más
tarde prohibiría, una vez que
se hizo del poder. |
¡VIVE
LALIBERTÉ!
 |
| Alrededor
de 3.000 ó 4.000 personas
tomaron la Ópera de París
el 12 de julio de 1789, con la
intención de arrebatar
las armas (de utilería)
que existían en el teatro |
|
La
toma de la ópera de París
en días previos a la Revolución
Francesa y el Imperio. Una época
próspera donde surgen danzas populares
como la Carmañola y el baile de las
víctimas. Las reformas de Napoleón.
Durante
la época de la Revolución
y el Imperio que cambiaron al mundo
y al arte, el pueblo de París,
desde los primeros días de
la revuelta, también quiso
destruir la Ópera tal como
lo había hecho con la Bastilla.
Precisión: lo intentaron
incluso antes de hacerlo con la
Bastilla, el 14 de julio de 1789.
En efecto: « los sediciosos,
en número entre 3.000 y 4.000,
se presentaron a las 4.30 p.m. el
12 de julio de 1789, frente a las
puertas de la Ópera, profiriendo
gritos horribles. Exigían
que se cerrara el teatro, y que
se les dieran las armas que en él
existían. "Yo los calmé
al entregándoles dinero y
prometiéndoles que los espectáculos
se iban a suspender »,
dice una carta del señor
Antoine Dauvergne.
Sin embargo, otra carta, del señor
Jansen, inspector general de la
Academia Real de la Música,
fechada el mismo 12 de julio, y
dirigida al ministro, dice: «
Creo mi deber advertirle que
en este momento una tropa del pueblo
se ha presentado frente a la Ópera;
he llamado a los guardias pero el
número del pueblo aumenta.
Me temo que se cometerán
algunos excesos. Cumpliré
mi deber, aun si al precio de utilizar
los medios que estimo los más
eficaces ». En definitiva,
los manifestantes entraron al teatro,
lo hicieron cerrar, y se llevaron
consigo las armas... de los espectáculos.
Parece que pronto se dieron cuenta
de que estas « armas de destrucción
teatral » no eran las más
apropiadas, porque dos días
después arrasaban con el
arsenal de la Bastilla.
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 |
| La
Carmagnole, danza
popular que se baila en
redondo o en cadena, acompañada
de la canción que
le dio su nombre |
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 |
| Imagen
de un « Sans-culotte
» bailando la Carmagnole |
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Podría
elucubrarse que si hubo un 14 de julio
en la historia de la humanidad –
quizá tan celebrado como otra
fecha del mismo mes, quitándole
el 1 – fue porque el pueblo
parisiense comprendió que las
armas de la Ópera, entonces
situada en la Porte Saint-Martin,
eran de utilería.
De
manera que la Revolución se
hizo carne – sangre –
y habitó en la sociedad y también,
en el Ballet de la Ópera. Vale
la pena imaginarse a Gaetan Vestris,
el « dios de la danza »,
un bailarín « noble »
según la definición
estilística en boga, pidiendo,
junto a Maximilien Gardel (el padre
de Pierre), ser eximido de la obligación
de asistir a las reuniones del Comité...
revolucionario del Ballet de la Ópera.
No es que quisieran no pertenecer
–¿cómo se atreverían?–,
si no tan sólo el ser dispensados.
El
entrenamiento cotidiano, a los que
se debían para mantener su
reconocida calidad artística,
se los impedía. Más
importante era continuar sirviendo
a la Revolución en lo suyo,
el arte.
No
obstante, la época fue riquísima
para la danza, la cual, por algún
motivo, rima con « revolución
», por aquello de que «
la danza, siempre, oficio de alción
». Ahí está, por
ejemplo, la famosa Carmañola
de los revolucionarios franceses,
bailada muchas veces por los sans-culottes,
en versión castellana, los
« descamisados » de Evita
Perón.
Esta
danza devino un símbolo de
la libertad del pueblo, hasta tal
punto que todavía en tiempos
más recientes, el 29 de mayo
de 2005, fue bailada eufóricamente
para festejar el « No
» a la Constitución europea,
en la, ¡no podía ser
otra!, plaza de la Bastilla. Casi
nunca la historia tiene coincidencias:
en el lugar donde estuvo la fortaleza-prisión
que el pueblo de 1789 atacó
buscando las armas « de verdad
», se levanta hoy la Ópera-Bastille
de París. |
CARMAGNOLE
Y BAILE DE LAS VÍCTIMAS
¿Cómo
era la Carmagnole? Por supuesto,
una « danza popular »
– pues, para su opuesto, lo
aristocrático, estilizado,
profesional y académico,
estaba la Ópera, contra la
cual no casualmente el pueblo enfiló
–, en redondo o en cadena,
acompañada de la canción
que le dio su nombre. Éste
provenía de una chaqueta
que usaban los trabajadores de la
región de la Carmagnola,
en la Italia del norte. Los federados
marselleses la adoptaron y, además,
« La Marsellesa », su
canto de guerra en la marcha sobre
París, para « defender
la Revolución ».
La Carmagnole Se convirtió,
en breve, en el himno nacional francés
que entonaban, también, las
tropas napoleónicas en el
combate.
Lo cierto es que
los cantos enfáticos de la
Revolución francesa, como
la Marsellesa y la Carmañola,
influyeron mucho en el cambio total
de estilo con el que Beethoven revolucionaría,
la historia de la música.
O el santo y seña de los
« comprometidos con la libertad
».
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| «
Dansomanie », ballet
creado por Pierre
Gardel con música
de Étienne
Méhul. Se
estrenó en la Ópera
de París el 14 de
junio de 1800. |
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Pero esta
Carmañola podía ser macabra,
y no tan sólo inspiradora de Beethoven.
Durante el Terror jacobino, su ejecución
acompañaba al mismo tiempo a otra,
la de los guillotinados. Bonaparte, apenas
tomó el poder en 1799, la prohibió.
Como asimismo
Bonaparte, Primer Cónsul, prohibió
el también popular Bal des victimes
(Baile de las víctimas). Esto tenía
lugar en las calles y casas de París,
después del Terror, cuando el Directorio
que a tiempo guillotinó a Robespierre
(antes que éste no lo hiciera con
ellos), limitó a lo estrictamente
necesario (¡?) las ejecuciones en
la guillotina.
Pasado el
Terror, la sociedad parisina dio rienda
suelta al frenesí de la vida, y en
él la danza fue acaso lo más
importante, tanto que se instauró
una dansomanie que titularía
uno de los ballets de Gardel más
significativos del período. Frenesí
que se tradujo, en otra medida, por la ligereza
del vestuario, o casi caminar las mujeres
desnudas por las calles, y lo menos calzadas
posible. Resultado: el origen de la actual
zapatilla de puntas.
En
la dansomanie, el Baile
de las víctimas consistía
en que las personas que habían
perdido sus familiares en la guillotina,
celebraban la alegría de
haber escapado al destino de sus
parientes por medio de varios días
de baile – mucho « waltz
», que recién se introducía
de... Suiza –, bebida y comida
« a corazón abierto
». En vez del duelo habitual,
«¡vive la liberté
de la danse!». Pero,
eso sí, para participar en
los numerosos Bals des victimes,
había que presentar un certificado
oficial donde se constara que se
había perdido un marido,
una mujer, un padre, una madre,
un hermano, o una hermana, bajo
la cuchilla del invento del doctor
Guillotin, porque éste sólo
le prestó su nombre.
No es raro que el Primer Cónsul
los prohibiera, pues con tal de
participar cualquiera podía
falsificar el dichoso certificado.
Tal tráfico hacía
a esas « danzas de la muerte
» más trágicas,
pese a su espíritu de «
triunfo de la vida ». Aún
hoy siguen estremeciendo.
¿Serían
como las de los « fieles difuntos
» el 2 de noviembre en México,
con sus calaveras? O mejor dicho,
sin éstas, pues se trataba
de guillotinados.
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 |
| Caricatura
publicada en un periódico
de la época con la
intención de reflejar
la pasión por el
ballet. Aparecen Vestris,
Millon, Gardel. |
|
|
Josefina
Bonaparte participó en varios
de estos « Bals ». Su
primer esposo fue ejecutado por «
no haber estado a la altura en la
defensa de la Revolución »
(como general, fue derrotado en una
batalla contra el enemigo «
reaccionario » austríaco)
y ella misma escapó justo en
el último minuto. Pero no fue
por celos que Napoleón los
prohibió. Eran demasiado ¿diabólicos?
Por lo pronto, Napoleón se
encargó de reorganizar la institución
de la Ópera de París,
luego de que los Vestris y Gardel,
con tanto desorden, implorasen ser
exentos de las reuniones del Comité,
o la ballerina Aubry hiciese de «
Diosa Razón » en Notre-Dame.
De esta manía napoleónica
de ordenar todo – ¿no
redactó la « constitución
» de la Comedia Francesa en
un trineo deslizándose en la
nieve, durante la retirada de Rusia?
–, también se ocupó
del el ballet. |
LOCOS POR EL BAILE
«
Dansomanie », el título más
famoso creado a comienzos del siglo XIX.
Reconstruida por Ivo Cramer para el Ballet
de la Ópera de París en 1988,
la obra rescata el valor de la danza en
sí misma versus la pantomima.
La
pasión por la danza desatada
por la turbulencia de la Revolución
Francesa, incluidos esos truculentos
« bailes de las víctimas
» que Napoleón prohibió,
sin dudas influyó en la creación
de Pierre Gardel del ballet Dansomanie.
Obra que se estrenó el 14 de
junio de 1800, en la Ópera
de París, con música
de Étienne Méhul. Los
intérpretes: Madame Gardel,
Auguste Vestris, y Filippo Taglioni,
el padre de María. Todavía
no hacía un año que
Napoleón había tomado
el poder, por medio del golpe de Estado
del 18 Brumario (23 de octubre).
La
Dansomanie de Gardel fue
quizás el título de
más impacto en esos años.
Y uno de los raros – con la
gran excepción de « La
fille mal gardée » –
que fue objeto de una reconstrucción,
de Ivo Cramer, para el Ballet de la
Ópera de París en 1988.
Aunque ya en 1976, Cramer junto a
Mary Skeaping habían trabajado
en ella.
El
éxito de la obra obedeció
a que, al igual que « Giselle
» 41 años más
tarde, el tema es la danza misma.
Pero si en « Giselle »
es trágico y metafísico,
en la Dansomanie es ligero
y efervescente. |
 |
| El
exotismo del ballet en la
época napoleónica
anunciaba el romanticismo.
En la imagen, vemos una
ilustración de «
El estandarte de
Granada »,
obra con música de
Cherubini y coreografía
de Pierre Gardel (1813). |
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|
| En realidad, es una
transposición de « El burgués
gentilhombre » de Molière,
comedia-ballet, coreografía de
Beauchamps, cuya « marcha turca
» todavía puede hacer las
delicias de cualquier balletómano
que se respete. |
Un burgués
de provincias tiene los síntomas
de la « locura por el baile »,
o danzamanía. Toma lecciones
de baile con el maestro Flic-Flac (interpretado
por Milon). Rehúsa otorgarle la mano
de su hija Frosina (Madame Gardel) a Demarsept
– en el nombre de este rol hay indicios
de la egiptomanía en boga, luego
de la campaña de Egipto del general
Bonaparte –, porque el pretendiente
no sabe bailar la gavota de Vestris. ¡Y
Demarsept era interpretado por el propio
Vestris! He aquí una temprana asunción
en la historia de las artes escénicas,
« séptimo arte » incluido,
de la auto-parodia y la complicidad con
el público.
Cuentan
las crónicas de la época que
la hilaridad provocada en el público
llegaba a su paroxismo cuando Vestris fingía
ignorar su misma gavota. Y esto era su parte
de bravura, la más virtuosa durante
el ballet de dos actos.
Acaso roído
por el resentimiento, con su obsesión
demasiado seria – pero, a la larga,
no muy feliz en la historia de la danza
– por el « drama profundo »,
quien únicamente manifestó
entonces una crítica a Dansomanie
fue Jean-Georges Noverre. Decía que
estaba apenado por cómo la «
danza noble » era ridiculizada.
Pero, ¿no
clamaba Noverre por la « expresión
de la realidad » y la « verosimilitud
dramática »? Pues ahí
estaba. Por primera vez en la escena de
la Ópera de París se representaba
un ballet cuyos protagonistas eran burgueses
y no nobles. Signo de la estabilidad que
había traído Bonaparte: ya
la Revolución se revelaba que «
había venido para quedarse ».
Ni Gardel tenía que continuar cumpliendo
con los dictados del « camarada David
», enviando bailarinas semidesnudas
a las grandes concentraciones de propaganda,
ni tampoco tenía que aferrarse al
repertorio del Ancien Régime.
Podía ahora, con más sosiego
y seguridad, asumir la nueva época
en consonancia con ésta.
De la otra
parte, fue en Dansomanie donde
por primera vez subió a escena el
vals, « la valse », danza de
origen germánico que había
sido importada en Francia, en estos años
de guerras revolucionarias con los países
vecinos, probablemente por los militares
que la conocieron en sus incursiones para
« defender la frontera del Rin ».
En sus
memorias, « En París bajo el
Consulado », el músico alemán
Johann Friedrich Reichardt apunta: «
La "Dansomanie" fue perfectamente
ejecutada. (...) Sólo el padre dará
la mano de su hija a los bailarines cuyas
piruetas le seduzcan. En una escena que
arranca lágrimas de risa al público,
el padre pisotea con furia los pies de un
pretendiente porque no los juzga conforme
a las reglas estéticas. (...) El
ballet, en definitiva, se corresponde al
estilo actual de la danza, mucho mejor de
lo que harían los temas trágico-heroicos
».
¡Pobre
Noverre! No « entendió nada
». Y fue Gardel quien frenó,
todavía a tiempo, la influencia de
Noverre en la Ópera de París
y le otorgó una plaza mayor a la
danza – no sólo en Dansomanie
sino en todos sus ballets – en detrimento
de la « pantomima veraz » que
enarbolaba su crítico.
El mismo día en que se estrenaba
el ballet, Napoleón ganaba en Italia
la batalla de Marengo, una de sus más
brillantes victorias políticas. Guiños
del azar: el ballet se adentraba en una
era diferente; Napoleón afianzaba
su poder.
BALLET
BAJO CONTROL
Napoleón
sabía que un fastuoso teatro de ópera
y ballet contribuiría, en la misma
línea de Luis XIV, al prestigio de
su gobierno y a la grandeza de la Francia.
Los nuevos presupuestos y el control absoluto.
Para hablar claro: a Napoleón no
le gustaba el ballet. Ni siquiera la música
(pues le « impedía concentrarse
en los asuntos del estado »).
Entre las artes, sólo el teatro (pues,
como gran político, era un actor
nato) y la literatura (pues era un escritor
frustrado) gozaron de su sincera devoción.
Así, discutía de « tú
a tú » con el célebre
actor Talma, después de una representación
en la Comedia Francesa. Y el mejor crítico
de Napoleón en tanto actor fue el
papa Pío VII, cuando el Corso lo
secuestró y lo llevó, prisionero,
a Francia. Napoleón le « montó
» en el castillo de Fontainebleau
(donde hay una placa, en la habitación
del pontífice, dice: « Aquí
Pío VII fue huésped »)
una de sus habituales escenas, donde lo
mismo buscaba intimidar que engatusar. El
Santo Padre, impertérrito –
¿qué más podía
hacer el « huésped »?
–, sólo pronunció dos
palabras a lo largo del monólogo:
« Comediante », y, al final,
« tragediante ».
Si sus
relaciones con la pintura, especialmente
con David, fueron privilegiadas (la perspectiva
del cuadro « La coronación
de Napoleón » fue « mejorada
» por las observaciones del emperador),
se debió a que este inventor de la
propaganda política en el sentido
moderno entendió, cuando no había
fotografía ni televisión,
que sólo la pintura – y luego
su reproducción – podía
« transmitir su mensaje ». Pero,
además de la pintura, Napoleón
enseguida reconoció que la ópera
– donde había textos recitados
o cantados, o sea, « mensaje »
–, y el ballet – donde no había
palabras, pero sí una pantomima que
suplía éstas, si no es que
se imbricaba la danza en vastas óperas
– también podían ser
útiles a sus propósitos.
El resto
fue su olfato de estadista: Napoleón
sabía que un fastuoso teatro de ópera
y ballet contribuiría, en la misma
línea de Luis XIV – de quien
fue el continuador –, al prestigio
de su gobierno y a la grandeur de la
France en Europa.
La
situación de la Ópera
de París cuando Napoleón
tomó el poder era desastrosa.
Había sobrevivido de milagro
a las turbulencias revolucionarias
(se llamó entonces «Teatro
de la República»), y
sus espectáculos servían
al « fervor del pueblo »,
como por ejemplo, « La reunión
del 10 de agosto » o «
La inauguración de la República
». Más grave aún:
el déficit en sus finanzas.
Napoleón, que no obstante era
un excelente administrador, enseguida
dio esta orden: « Para la
Ópera, bótese el dinero
por las puertas que luego entrará
por las ventanas ».
Los
« primeros cantantes »
y los premiers danseurs estaban,
decíase, sobrepagados con salarios
muy jugosos. Como los derechos de
autor, por óperas y ballets,
según su duración, eran
más que satisfactorios: un
incentivo a la creación.
Pero
esta magnificencia no le bastaba al
emperador. Él quería
el control – el suyo, y de nadie
más – sobre la Ópera.
Aún si desde el 17 de ventoso
del año X (8 de marzo de 1802),
la institución pasó
a depender únicamente de él,
todavía, primer cónsul,
quien cada lunes aprobaba personalmente
el repertorio, sin que pasara por
el Ministerio del Interior (¿Se
podría imaginar hoy a Jacques
Chirac haciendo lo mismo...?). |
 |
| Exotismo
en las producciones, fuerte
impronta del período
napoleónico. Este
decorado pertenece al ballet
« Paul et
Virginie »,
de Gardel, creado en 1806 |
|
|
Napoleón
sentía que, pese a esta censura
directa, sin intermediarios, no tenía
« la situación bajo control
», especialmente por las intrigas
habituales de cantantes y bailarines
que, a su juicio, eran un «
mal ejemplo », además
de enrevesar el buen funcionamiento
ejecutivo. |
Cuando una
querella bastante subida entre dos prime
donne llegó, por enésima
vez, a sus oídos, perdió la
compostura y amenazó: « ¡Decidles
a esas pequeñas gentes que se conduzcan
de acuerdo con su rango. Si no, voy a poner
a la Ópera bajo la disciplina que
yo aplico en mi ejército! ».
Esto se le puede reprochar al emperador:
que haya abordado « disciplinas »
artísticas desde una óptica
militar. Pero, por el contrario, su mecenazgo
fue irreprochable, y sólo puede compararse,
en la historia de Francia, al de Luis XIV.
Pese a
que – y sabido es, en cualquier época
– las trifulcas entre cantantes eran
más coloridas que las de bailarines,
fue curiosamente una proveniente de la compañía
de ballet la que le dio a Napoleón
la ocasión que esperaba para reorganizar
la administración de su propia manera.
Producto de rivalidades y claques
internas, una maquinaria de la escenografía
aparentemente fue saboteada durante la representación
del ballet « El retorno de Ulises
», en 1807, y la ballerina Aubry cayó
desde los aires, y se fracturó gravemente
el brazo.
Aunque
Napoleón estaba en esos momentos
en plena batalla de Eylau (victoria, pero
muy sangrienta), desde el campo de batalla
ordenó a París que había
que terminar, de una vez por todas, con
las intrigas fútiles de la Ópera,
y cesó a sus directores. Había
llegado la verdadera reorganización
napoleónica.
UNA
NUEVA ÉPOCA
Napoleón
proclamó un nuevo reglamento en la
escuela de ballet donde se exigían
condiciones naturales y una moral impecable.
La llegada de las puntas y las nuevas formas
que prenunciaba el romanticismo.
Cuando Napoleón asumió completamente
el control de la Ópera de París
en 1807, tras despedir a sus directores,
nombró especialmente a uno, el conde
de Rémusat, de su absoluta confianza,
pues era una antigua relación de
Josefina.
 |
| Mademoiselle
Bigottini, la bailarina
preferida de Napoleón. |
|
|
Más
allá de la reorganización
de la Ópera (pues Napoleón
organizaba todo lo que tocaba, naturalmente
como respiraba; otra cosa es si
lo convertía en oro o no),
el emperador hizo de la Ópera
otro brazo de su política,
como lo era la publicación
oficial del Imperio, « Le
Moniteur », que muchas veces
él redactaba. Se decía
en Francia: « tan mentiroso
como el Moniteur ». Acaso
las « mentiras » artísticas
de las óperas y los ballets
eran mejor aceptadas. Sin embargo,
las decisiones del repertorio y
la programación del mismo
según la coyuntura política,
estaban minuciosamente fiscalizadas.
Por ejemplo, tras el matrimonio
del Corso con María Luisa,
hija del kaiser de Austria, se programó
« Alceste » de Gluck,
donde un pasaje agregado por Méhul
hacía anunciar el nacimiento
de un futuro heredero.
Y
hay que decir que en esta reorganización,
Pierre Gardel era uno de los «
hombres de confianza » de
Napoleón, quien siempre lo
mantuvo en el « Gran jurado
» de la Ópera, instancia
superior para aprobar las producciones.
En una carta de Gardel a Napoleón
en 1805, el coreógrafo le
explica al emperador que todas las
obras de la Ópera necesitaban
ballets como divertissements,
pues era la manera de desarrollar
a los bailarines.
Gardel
insistía en que la danza
en sí era lo importante.
Parece que Napoleón lo escuchó.
Por ejemplo, en 1812, tras el desastre
de Rusia, la programación
se atuvo a enfatizar lo «
positivo » de la derrota.
No obstante, en la misma temporada,
la única obra sin alusiones
políticas fue el ballet «
El hijo pródigo »,
que sólo parecía estar
destinado a mostrar la técnica
de la trouppe. En tal sentido, es
notorio que en el mismo año,
1807, en que Napoleón tomó
todas las riendas de la Ópera,
se proclamó el nuevo reglamento
de la escuela de ballet de la institución.
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Allí
se precisaban las condiciones naturales
que debían poseer los aspirantes
y que su ulterior éxito dependía
de su talento y su esfuerzo, así
como de su « buena conducta »
y su « moral » (una obsesión
napoleónica). En función de
estas pautas « morales », se
estableció que los alumnos de uno
y otro sexo sólo se debían
« mezclar » en razón
del aprendizaje de pas de deux.
Naturalmente,
Gardel reinaba en la escuela. Consciente
de la relevancia de la técnica, nombró
en 1807, ese año mágico, a
Jean-François Coulon responsable
de la clase de perfeccionamiento. Coulon
fue uno de los grandes profesores de la
época, y entre sus más famosos
alumnos figuró Geneviève Gosselin.
Fue en los
días del Imperio, bajo la tutela
intuitiva de Gardel y la bendición
de Napoleón, que el estilo y la técnica
se desarrollaron: el antecedente inmediato
de la revolución romántica,
que cambió la faz del ballet hasta
el día de hoy, en una manera similar
a lo que la Revolución Francesa y
Napoleón hicieron con Europa. El
arte, dicen, suele seguir a los acontecimientos
históricos.
LAS
PUNTAS
Entre esas adquisiciones
técnicas, las pirouettes
de un virtuosismo creciente, y un
cambio de la posición de
base: los pies se elevan en demi-pointes
(como se observa sin excepción
en todos los grabados de bailarines
del Imperio). Más aún,
las demi-pointes son llevadas
al extremo límite, y pronto
se trasladan a la mera punta del
pie.
Fue
en 1813, en pleno Imperio, que Geneviève
Gosselin se elevó por primera
vez sobre sus puntas, también
plenamente, pues hasta entonces
sus colegas se elevaban, sí,
pero de modo fugaz. Gosselin hizo
de lo fugaz o casual, algo definitivo
en el tiempo y, también definitorio,
pues el público se excitó
no sólo con la proeza física
sino con la elegancia y la expresividad
del nuevo estilo. Gosselin murió
prematuramente en 1818 y cuando
María Taglioni hizo su «
entrée »,
la crítica vio en ella la
reencarnación de Gosselin.
Además del nacimiento del
baile en puntas, la otra gran impronta
del Imperio en el ballet fue el
exotismo de las producciones, alimentado
de una parte por las pródigas
subvenciones de Napoleón.
Los escenógrafos debían
gastar el dinero en diseños
grandilocuentes, remitentes, por
lo tanto, a diversas geografías
y períodos, ya no sólo
a la antigüedad greco-latina.
Por
otra parte, porque ese « color
local » (España, Egipto,
Rusia, incluso la América
latina), ya romántico, se
imponía gracias a las necesidades
de propaganda imperial de las campañas
del « maître-en-chef
» de la Ópera
de París: Napoleón
I.
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| En
1813, en pleno Imperio,
Geneviève
Gosselin fue la
primera bailarina que se
elevó plenamente
sobre sus puntas |
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