DANZAS DE LA ÉPOCA DE NAPOLEÓN
por
Isis
Wirth
Estrellas de la revolución
La era de la Revolución
Francesa y los focos de resistencia dentro del mundo de la danza
clásica. Los bailarines, como empleados del estado, debían
participar en las festividades de propaganda revolucionaria.
¿Podría
alguien imaginarse a una de esas « étoiles »
femeninas del actual Ballet de la Ópera de París,
medio desnuda o del todo, en la catedral Notre Dame de París,
reverenciada por los « feligreses » como « Diosa
Razón »? Ocurrió durante la Revolución
francesa. Varios siglos después, y en otra revolución
– la rusa, de octubre de 1917 – otra estrella, Matilde
Tchessinskaya (del Mariinsky de San Petersburgo) casi estuvo a punto
de someterse a situación similar. Si la bailarina no hubiese
estado demasiado comprometida en todo sentido con los zares, Lenin
también la habría obligado, quizá no a aligerarse
de ropa, pero al menos a disfrazarse de « Madre Coraje del
proletariado ». A cambio de eso, Lenin sólo utilizó
el balcón de la residencia de la Matilde para « arengar
a las masas ».
En
el caso de la « madre de todas las revoluciones »
(la francesa), un somero pase de revista revelaría
hechos absurdos como ese. En tanto empleados del Estado, los
bailarines tenían que participar en las festividades
de propaganda revolucionaria, organizadas (muchas de ellas,
por el pintor Jacques-Louis David, el « compañero
– citoyen – comisario de la cultura ») fuera
de la ópera.
La « Diosa Razón
» en Notre Dame fue Mademoiselle Aubry, hacia 1794.
Esta figura tutelar fue instaurada por Robespierre, pues se
había abolido la religión, pero el "Incorruptible"
se resistía al ateísmo radical de sus «
correligionarios » jacobinos, ya que estimaba que el
pueblo tenía que creer en algo. Si la Aubry se hubiese
negado a oficiar de « Diosa Razón » –
como era su derecho, además de semejante humillación
–, la guillotina la esperaba en la Plaza de la Revolución.
La misma que hoy se llama en París Place de la
Concorde, nombre que le dieron después del Terror
Jacobino, o la concordia de la nación en ese lugar
ensangrentado.
Por cierto, el día
en que guillotinaban a Luis XVI en la Plaza de la Revolución,
el Ballet de la Ópera de París representaba
la obra « El juicio de Paris » (el de Helena de
Troya), coreografía de Pierre Gardel. Asombroso que
este ballet con tema intemporal y apolítico pudiera
subir a escena en tal momento, si se exceptúa lo de
« juicio » ya que al rey Capeto le habían
también hecho un juicio. Es que Pierre Gardel, entonces
director (maître de ballet, antiguamente) de la compañía,
era un hombre muy prudente. Hábilmente, evitaba ofender
a los políticos y convenía con ellos en lo obligatorio
(como « la fiesta de la Razón » en Notre-Dame).
A cambio de ello, mantenía una cierta libertad en la
opción de sus temas. O, acaso mejor dicho: el conservar
en el repertorio los ballets cuyos temas no eran propagandísticos
sino que remitían estéticamente al Ancien
Régime, como ese « Paris » de gusto
mitológico. Postura prudente que quizá explicaría
cómo la esposa de Gardel, Marie, bailarina de la troupe,
se evitó la indignidad de representar casi en cueros
a la mentada Diosa. En su lugar, el marido envió a
la Aubry.
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Marie
Miller, musa y mujer de Pierre Gardel, una de las
grandes « etoiles » de la Ópera
de París, en el rol principal de « Psyché
», con coreografía de su marido |
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¿Sentido común? («
el arte por encima de todo; bajar la cabeza, ¡para que no
nos la corten!, hasta que pase la tormenta...revolucionaria »)
que, en definitiva, el Ballet de la Ópera de París
tiene que agradecerle, hasta el día de hoy, a Pierre Gardel.
No hay que olvidar cómo la institución del ballet
francés estaba tan esencialmente identificada al antiguo
régimen. Desde los primeros días de la Revolución
francesa, en 1789, el pueblo de París enfocó a la
ópera como uno de sus objetivos a abolir, sino a arrasar
como habían ya hecho con la Bastilla.
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Pierre
Gardel, entonces director del Ballet de la Ópera
de París durante la dictadura de Robespierre |
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Así como
en el siglo XX los bolcheviques hubiesen querido hacer casi
lo mismo con el Mariinski de San Petersburgo. Pero Lenin fue
más astuto: en previsión de que « el arte
es para el pueblo », se apoderó del balcón
de la Tchessinskaya.
Como Robespierre no era Lenin (éste vino después,
así aprendió lo suficiente y más), no
se le ocurrió hacer a tiempo un discurso en el balcón
de la ópera. Pero no lo necesitó, pues ahí
estaba ese gran artista « comprometido », Jacques-Louis
David, encargado de la conscripción de bailarinas a
la fuerza.
Y había un Pierre Gardel que en vez de exiliarse y
aprovechar en época tan incierta de jugosos contratos
fuera de Francia, « se quedó en su país
». Fructífero o vital para el ballet que su prudencia
proverbial logró resguardar « hasta nuevo aviso
» el arte de la danza clásica. Sin contar que,
a cambio de « quedarse en su país », Gardel
obtuvo el ser de facto el dictador del Ballet de
la Ópera de París hasta su retiro parcial, en
1820. O sea, comenzó su carrera antes de la revolución,
y la prosiguió sin interrupción lo mismo bajo
la convención jacobina, el directorio, Napoleón
y la restauración de los Borbones que siguió
a la derrota final del emperador. Y además, se mantuvo
durante el intermedio de los Cien Días, cuando Napoleón
volvió al poder antes de Waterloo.
Tanta resistencia del «
patriota » Gardel justificaría su reticencia
a aceptar nuevamente en el Ballet de la Ópera a los
bailarines que regresaban del exilio. Si, por citar tan sólo
un ejemplo entre la diáspora de los « rusos blancos
», George Balanchine hubiese querido regresar al ya
Ballet Kírov alrededor de 1962, ¿Konstantin
Sergueiev lo hubiese rechazado, invocando « nosotros
nos quedamos aquí »?
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Pero, más allá
de comparaciones que podrían extenderse –de revolución
en revolución– hasta la actualidad, el período
fundador, el de la Revolución Francesa, fue bien sazonado
de sucesos relacionados con la danza, fuera y dentro de la
ópera. Como cuando, pasado el terror de la guillotina,
se organizaron espontáneamente los « bailes de
las víctimas », que Bonaparte más tarde
prohibiría, una vez que se hizo del poder. |
¡Vive la liberté!
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Alrededor
de 3.000 ó 4.000 personas tomaron la Ópera de
París el 12 de julio de 1789, con la intención
de arrebatar las armas (de utilería) que existían
en el teatro |
La toma de la ópera
de París en días previos a la Revolución Francesa
y el Imperio. Una época próspera donde surgen danzas
populares como la Carmañola y el baile de las víctimas.
Las reformas de Napoleón.
Durante la época
de la Revolución y el Imperio que cambiaron al mundo
y al arte, el pueblo de París, desde los primeros
días de la revuelta, también quiso destruir
la Ópera tal como lo había hecho con la Bastilla.
Precisión: lo intentaron incluso antes de hacerlo
con la Bastilla, el 14 de julio de 1789. En efecto: «
los sediciosos, en número entre 3.000 y 4.000,
se presentaron a las 4.30 p.m. el 12 de julio de 1789, frente
a las puertas de la Ópera, profiriendo gritos horribles.
Exigían que se cerrara el teatro, y que se les dieran
las armas que en él existían. "Yo los
calmé al entregándoles dinero y prometiéndoles
que los espectáculos se iban a suspender »,
dice una carta del señor Antoine Dauvergne.
Sin embargo, otra carta,
del señor Jansen, inspector general de la Academia
Real de la Música, fechada el mismo 12 de julio,
y dirigida al ministro, dice: « Creo mi deber
advertirle que en este momento una tropa del pueblo se ha
presentado frente a la Ópera; he llamado a los guardias
pero el número del pueblo aumenta. Me temo que se
cometerán algunos excesos. Cumpliré mi deber,
aun si al precio de utilizar los medios que estimo los más
eficaces ». En definitiva, los manifestantes
entraron al teatro, lo hicieron cerrar, y se llevaron consigo
las armas... de los espectáculos. Parece que pronto
se dieron cuenta de que estas « armas de destrucción
teatral » no eran las más apropiadas, porque
dos días después arrasaban con el arsenal
de la Bastilla.
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| Carmagnole,
danza popular que se baila en redondo o en cadena, acompañada
de la canción que le dio su nombre |
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| Imagen
de un « Sans-culotte » bailando la Carmagnole |
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Podría
elucubrarse que si hubo un 14 de julio en la historia de la
humanidad – quizá tan celebrado como otra fecha
del mismo mes, quitándole el 1 – fue porque el
pueblo parisiense comprendió que las armas de la Ópera,
entonces situada en la Porte Saint-Martin, eran de utilería.
De manera que la Revolución
se hizo carne – sangre – y habitó en la
sociedad y también, en el Ballet de la Ópera.
Vale la pena imaginarse a Gaetan Vestris, el « dios
de la danza », un bailarín « noble »
según la definición estilística en boga,
pidiendo, junto a Maximilien Gardel (el padre de Pierre),
ser eximido de la obligación de asistir a las reuniones
del Comité... revolucionario del Ballet de la Ópera.
No es que quisieran no pertenecer –¿cómo
se atreverían?–, si no tan sólo el ser
dispensados.
El entrenamiento cotidiano,
a los que se debían para mantener su reconocida calidad
artística, se los impedía. Más importante
era continuar sirviendo a la Revolución en lo suyo,
el arte.
No obstante, la época
fue riquísima para la danza, la cual, por algún
motivo, rima con « revolución », por aquello
de que « la danza, siempre, oficio de alción
». Ahí está, por ejemplo, la famosa Carmañola
de los revolucionarios franceses, bailada muchas veces por
los sans-culottes, en versión castellana,
los « descamisados » de Evita Perón.
Esta danza devino un símbolo
de la libertad del pueblo, hasta tal punto que todavía
en tiempos más recientes, el 29 de mayo de 2005, fue
bailada eufóricamente para festejar el « No
» a la Constitución europea, en la, ¡no
podía ser otra!, plaza de la Bastilla. Casi nunca la
historia tiene coincidencias: en el lugar donde estuvo la
fortaleza-prisión que el pueblo de 1789 atacó
buscando las armas « de verdad », se levanta hoy
la Ópera-Bastille de París. |
Carmagnole y Baile de las
víctimas
¿Cómo era la Carmagnole? Por
supuesto, una « danza popular » – pues,
para su opuesto, lo aristocrático, estilizado, profesional
y académico, estaba la Ópera, contra la cual
no casualmente el pueblo enfiló –, en redondo
o en cadena, acompañada de la canción que
le dio su nombre. Éste provenía de una chaqueta
que usaban los trabajadores de la región de la Carmagnola,
en la Italia del norte. Los federados marselleses la adoptaron
y, además, « La Marsellesa », su canto
de guerra en la marcha sobre París, para «
defender la Revolución ». La Carmagnole Se
convirtió, en breve, en el himno nacional francés
que entonaban, también, las tropas napoleónicas
en el combate.
Lo cierto es que los cantos enfáticos
de la Revolución francesa, como la Marsellesa y la
Carmañola, influyeron mucho en el cambio total de
estilo con el que Beethoven revolucionaría, la historia
de la música. O el santo y seña de los «
comprometidos con la libertad ».
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| «
Dansomanie », ballet creado por Pierre Gardel con
música de Étienne Méhul. Se estrenó
en la Ópera de París el 14 de junio de 1800 |
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Pero esta Carmañola podía
ser macabra, y no tan sólo inspiradora de Beethoven. Durante
el Terror jacobino, su ejecución acompañaba al mismo
tiempo a otra, la de los guillotinados. Bonaparte, apenas tomó
el poder en 1799, la prohibió.
Como asimismo Bonaparte, Primer
Cónsul, prohibió el también popular Bal
des victimes (Baile de las víctimas). Esto tenía
lugar en las calles y casas de París, después del
Terror, cuando el Directorio que a tiempo guillotinó a Robespierre
(antes que éste no lo hiciera con ellos), limitó a
lo estrictamente necesario (¡?) las ejecuciones en la guillotina.
Pasado el Terror, la sociedad parisina
dio rienda suelta al frenesí de la vida, y en él la
danza fue acaso lo más importante, tanto que se instauró
una dansomanie que titularía uno de los ballets
de Gardel más significativos del período. Frenesí
que se tradujo, en otra medida, por la ligereza del vestuario, o
casi caminar las mujeres desnudas por las calles, y lo menos calzadas
posible. Resultado: el origen de la actual zapatilla de puntas.
En la dansomanie,
el Baile de las víctimas consistía en que
las personas que habían perdido sus familiares en
la guillotina, celebraban la alegría de haber escapado
al destino de sus parientes por medio de varios días
de baile – mucho « waltz », que recién
se introducía de... Suiza –, bebida y comida
« a corazón abierto ». En vez del duelo
habitual, « ¡vive la liberté de la
danse! ». Pero, eso sí, para participar
en los numerosos Bals des victimes, había
que presentar un certificado oficial donde se constara que
se había perdido un marido, una mujer, un padre,
una madre, un hermano, o una hermana, bajo la cuchilla del
invento del doctor Guillotin, porque éste sólo
le prestó su nombre.
No es raro que el Primer
Cónsul los prohibiera, pues con tal de participar
cualquiera podía falsificar el dichoso certificado.
Tal tráfico hacía a esas "danzas de la
muerte" más trágicas, pese a su espíritu
de « triunfo de la vida ». Aún hoy siguen
estremeciendo. ¿Serían como las de los «
fieles difuntos » el 2 de noviembre en México,
con sus calaveras? O mejor dicho, sin éstas, pues
se trataba de guillotinados.
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| Caricatura
publicada en un periódico de la época con
la intención de reflejar la pasión por el
ballet. Aparecen Vestris, Millon, Gardel. |
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Josefina Bonaparte participó
en varios de estos « Bals ». Su primer esposo
fue ejecutado por « no haber estado a la altura en la
defensa de la Revolución » (como general, fue
derrotado en una batalla contra el enemigo « reaccionario
» austríaco) y ella misma escapó justo
en el último minuto. Pero no fue por celos que Napoleón
los prohibió. Eran demasiado ¿diabólicos?
Por lo pronto, Napoleón se encargó de reorganizar
la institución de la Ópera de París,
luego de que los Vestris y Gardel, con tanto desorden, implorasen
ser exentos de las reuniones del Comité, o la ballerina
Aubry hiciese de « Diosa Razón » en Notre-Dame.
De esta manía napoleónica de ordenar todo –
¿no redactó la « constitución »
de la Comedia Francesa en un trineo deslizándose en
la nieve, durante la retirada de Rusia? –, también
se ocupó del el ballet. |
Locos por el baile
« Dansomanie »,
el título más famoso creado a comienzos del siglo
XIX. Reconstruida por Ivo Cramer para el Ballet de la Ópera
de París en 1988, la obra rescata el valor de la danza en
sí misma versus la pantomima.
La
pasión por la danza desatada por la turbulencia de
la Revolución Francesa, incluidos esos truculentos
« bailes de las víctimas » que Napoleón
prohibió, sin dudas influyó en la creación
de Pierre Gardel del ballet Dansomanie. Obra que
se estrenó el 14 de junio de 1800, en la Ópera
de París, con música de Étienne Méhul.
Los intérpretes: Madame Gardel, Auguste Vestris, y
Filippo Taglioni, el padre de María. Todavía
no hacía un año que Napoleón había
tomado el poder, por medio del golpe de Estado del 18 Brumario
(23 de octubre).
La Dansomanie de
Gardel fue quizás el título de más impacto
en esos años. Y uno de los raros – con la gran
excepción de « La fille mal gardée »
– que fue objeto de una reconstrucción, de Ivo
Cramer, para el Ballet de la Ópera de París
en 1988. Aunque ya en 1976, Cramer junto a Mary Skeaping habían
trabajado en ella.
El éxito de la obra
obedeció a que, al igual que « Giselle »
41 años más tarde, el tema es la danza misma.
Pero si en « Giselle » es trágico y metafísico,
en la Dansomanie es ligero y efervescente.
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El
exotismo del ballet en la época napoleónica
anunciaba el romanticismo. En la imagen, vemos una ilustración
de « El estandarte de Granada », obra con
música de Cherubini y coreografía de Pierre
Gardel (1813). |
|
| En realidad, es una transposición de
« El burgués gentilhombre » de Molière,
comedia-ballet, coreografía de Beauchamps, cuya «
marcha turca » todavía puede hacer las delicias
de cualquier balletómano que se respete. |
Un burgués de provincias
tiene los síntomas de la « locura por el baile »,
o danzamanía. Toma lecciones de baile con el maestro
Flic-Flac (interpretado por Milon). Rehúsa otorgarle la mano
de su hija Frosina (Madame Gardel) a Demarsept – en el nombre
de este rol hay indicios de la egiptomanía en boga, luego
de la campaña de Egipto del general Bonaparte –, porque
el pretendiente no sabe bailar la gavota de Vestris. ¡Y Demarsept
era interpretado por el propio Vestris! He aquí una temprana
asunción en la historia de las artes escénicas, «
séptimo arte » incluido, de la auto-parodia y la complicidad
con el público.
Cuentan las crónicas de
la época que la hilaridad provocada en el público
llegaba a su paroxismo cuando Vestris fingía ignorar su misma
gavota. Y esto era su parte de bravura, la más virtuosa durante
el ballet de dos actos.
Acaso roído por el resentimiento,
con su obsesión demasiado seria – pero, a la larga,
no muy feliz en la historia de la danza – por el « drama
profundo », quien únicamente manifestó entonces
una crítica a Dansomanie fue Jean-Georges Noverre.
Decía que estaba apenado por cómo la « danza
noble » era ridiculizada.
Pero, ¿no clamaba Noverre
por la « expresión de la realidad » y la «
verosimilitud dramática »? Pues ahí estaba.
Por primera vez en la escena de la Ópera de París
se representaba un ballet cuyos protagonistas eran burgueses y no
nobles. Signo de la estabilidad que había traído Bonaparte:
ya la Revolución se revelaba que « había venido
para quedarse ». Ni Gardel tenía que continuar cumpliendo
con los dictados del « camarada David », enviando bailarinas
semidesnudas a las grandes concentraciones de propaganda, ni tampoco
tenía que aferrarse al repertorio del Ancien Régime.
Podía ahora, con más sosiego y seguridad, asumir la
nueva época en consonancia con ésta.
De la otra parte, fue en Dansomanie
donde por primera vez subió a escena el vals, « la
valse », danza de origen germánico que había
sido importada en Francia, en estos años de guerras revolucionarias
con los países vecinos, probablemente por los militares que
la conocieron en sus incursiones para « defender la frontera
del Rin ».
En sus memorias, « En París
bajo el Consulado », el músico alemán Johann
Friedrich Reichardt apunta: « La "Dansomanie"
fue perfectamente ejecutada. (...) Sólo el padre dará
la mano de su hija a los bailarines cuyas piruetas le seduzcan.
En una escena que arranca lágrimas de risa al público,
el padre pisotea con furia los pies de un pretendiente porque no
los juzga conforme a las reglas estéticas. (...) El ballet,
en definitiva, se corresponde al estilo actual de la danza, mucho
mejor de lo que harían los temas trágico-heroicos
».
¡Pobre Noverre! No «
entendió nada ». Y fue Gardel quien frenó, todavía
a tiempo, la influencia de Noverre en la Ópera de París
y le otorgó una plaza mayor a la danza – no sólo
en Dansomanie sino en todos sus ballets – en detrimento
de la « pantomima veraz » que enarbolaba su crítico.
El mismo día en que se estrenaba el ballet, Napoleón
ganaba en Italia la batalla de Marengo, una de sus más brillantes
victorias políticas. Guiños del azar: el ballet se
adentraba en una era diferente; Napoleón afianzaba su poder.
Ballet bajo control
Napoleón sabía
que un fastuoso teatro de ópera y ballet contribuiría,
en la misma línea de Luis XIV, al prestigio de su gobierno
y a la grandeza de la Francia. Los nuevos presupuestos y el control
absoluto.
Para hablar claro: a Napoleón no le gustaba el ballet. Ni
siquiera la música (pues le « impedía concentrarse
en los asuntos del estado »). Entre las artes, sólo
el teatro (pues, como gran político, era un actor nato) y
la literatura (pues era un escritor frustrado) gozaron de su sincera
devoción. Así, discutía de « tú
a tú » con el célebre actor Talma, después
de una representación en la Comedia Francesa. Y el mejor
crítico de Napoleón en tanto actor fue el papa Pío
VII, cuando el Corso lo secuestró y lo llevó, prisionero,
a Francia. Napoleón le « montó » en el
castillo de Fontainebleau (donde hay una placa, en la habitación
del pontífice, dice: « Aquí Pío VII fue
huésped ») una de sus habituales escenas, donde lo
mismo buscaba intimidar que engatusar. El Santo Padre, impertérrito
– ¿qué más podía hacer el «
huésped »? –, sólo pronunció dos
palabras a lo largo del monólogo: « Comediante »,
y, al final, « tragediante ».
Si sus relaciones con la pintura,
especialmente con David, fueron privilegiadas (la perspectiva del
cuadro « La coronación de Napoleón » fue
« mejorada » por las observaciones del emperador), se
debió a que este inventor de la propaganda política
en el sentido moderno entendió, cuando no había fotografía
ni televisión, que sólo la pintura – y luego
su reproducción – podía « transmitir su
mensaje ». Pero, además de la pintura, Napoleón
enseguida reconoció que la ópera – donde había
textos recitados o cantados, o sea, « mensaje » –,
y el ballet – donde no había palabras, pero sí
una pantomima que suplía éstas, si no es que se imbricaba
la danza en vastas óperas – también podían
ser útiles a sus propósitos.
El resto fue su olfato de estadista:
Napoleón sabía que un fastuoso teatro de ópera
y ballet contribuiría, en la misma línea de Luis XIV
– de quien fue el continuador –, al prestigio de su
gobierno y a la grandeur de la France en Europa.
La situación
de la Ópera de París cuando Napoleón
tomó el poder era desastrosa. Había sobrevivido
de milagro a las turbulencias revolucionarias (se llamó
entonces « Teatro de la República »), y
sus espectáculos servían al « fervor del
pueblo », como por ejemplo, « La reunión
del 10 de agosto » o « La inauguración
de la República ». Más grave aún:
el déficit en sus finanzas. Napoleón, que no
obstante era un excelente administrador, enseguida dio esta
orden: « Para la Ópera, bótese el
dinero por las puertas que luego entrará por las ventanas
».
Los « primeros cantantes
» y los premiers danseurs estaban, decíase,
sobrepagados con salarios muy jugosos. Como los derechos de
autor, por óperas y ballets, según su duración,
eran más que satisfactorios: un incentivo a la creación.
Pero esta magnificencia no
le bastaba al emperador. Él quería el control
– el suyo, y de nadie más – sobre la Ópera.
Aún si desde el 17 de ventoso del año X (8 de
marzo de 1802), la institución pasó a depender
únicamente de él, todavía, primer cónsul,
quien cada lunes aprobaba personalmente el repertorio, sin
que pasara por el Ministerio del Interior (¿Se podría
imaginar hoy a Jacques Chirac haciendo lo mismo...?).
|
 |
| Exotismo
en las producciones, fuerte impronta del período
napoleónico. Este decorado pertenece al ballet
« Paul et Virginie », de Gardel, creado en
1806 |
|
Napoleón sentía
que, pese a esta censura directa, sin intermediarios, no tenía
« la situación bajo control », especialmente
por las intrigas habituales de cantantes y bailarines que,
a su juicio, eran un « mal ejemplo », además
de enrevesar el buen funcionamiento ejecutivo. |
Cuando una querella bastante subida
entre dos prime donne llegó, por enésima
vez, a sus oídos, perdió la compostura y amenazó:
« ¡Decidles a esas pequeñas gentes que se
conduzcan de acuerdo con su rango. Si no, voy a poner a la Ópera
bajo la disciplina que yo aplico en mi ejército! ».
Esto se le puede reprochar al emperador: que haya abordado «
disciplinas » artísticas desde una óptica militar.
Pero, por el contrario, su mecenazgo fue irreprochable, y sólo
puede compararse, en la historia de Francia, al de Luis XIV.
Pese a que – y sabido es,
en cualquier época – las trifulcas entre cantantes
eran más coloridas que las de bailarines, fue curiosamente
una proveniente de la compañía de ballet la que le
dio a Napoleón la ocasión que esperaba para reorganizar
la administración de su propia manera.
Producto de rivalidades y claques internas, una maquinaria
de la escenografía aparentemente fue saboteada durante la
representación del ballet « El retorno de Ulises »,
en 1807, y la ballerina Aubry cayó desde los aires, y se
fracturó gravemente el brazo.
Aunque Napoleón estaba en
esos momentos en plena batalla de Eylau (victoria, pero muy sangrienta),
desde el campo de batalla ordenó a París que había
que terminar, de una vez por todas, con las intrigas fútiles
de la Ópera, y cesó a sus directores. Había
llegado la verdadera reorganización napoleónica.
Una nueva época
Napoleón proclamó
un nuevo reglamento en la escuela de ballet donde se exigían
condiciones naturales y una moral impecable. La llegada de las puntas
y las nuevas formas que prenunciaba el romanticismo.
Cuando Napoleón asumió completamente el control de
la Ópera de París en 1807, tras despedir a sus directores,
nombró especialmente a uno, el conde de Rémusat, de
su absoluta confianza, pues era una antigua relación de Josefina.
 |
| Mademoiselle
Bigottini, la bailarina preferida de Napoleón. |
|
Más allá de
la reorganización de la Ópera (pues Napoleón
organizaba todo lo que tocaba, naturalmente como respiraba;
otra cosa es si lo convertía en oro o no), el emperador
hizo de la Ópera otro brazo de su política,
como lo era la publicación oficial del Imperio, «
Le Moniteur », que muchas veces él redactaba.
Se decía en Francia: « tan mentiroso como el
Moniteur ». Acaso las « mentiras » artísticas
de las óperas y los ballets eran mejor aceptadas.
Sin embargo, las decisiones del repertorio y la programación
del mismo según la coyuntura política, estaban
minuciosamente fiscalizadas. Por ejemplo, tras el matrimonio
del Corso con María Luisa, hija del kaiser de Austria,
se programó « Alceste » de Gluck, donde
un pasaje agregado por Méhul hacía anunciar
el nacimiento de un futuro heredero.
Y hay que decir que en esta
reorganización, Pierre Gardel era uno de los «
hombres de confianza » de Napoleón, quien siempre
lo mantuvo en el « Gran jurado » de la Ópera,
instancia superior para aprobar las producciones. En una
carta de Gardel a Napoleón en 1805, el coreógrafo
le explica al emperador que todas las obras de la Ópera
necesitaban ballets como divertissements, pues
era la manera de desarrollar a los bailarines.
Gardel insistía en
que la danza en sí era lo importante. Parece que
Napoleón lo escuchó. Por ejemplo, en 1812,
tras el desastre de Rusia, la programación se atuvo
a enfatizar lo « positivo » de la derrota. No
obstante, en la misma temporada, la única obra sin
alusiones políticas fue el ballet « El hijo
pródigo », que sólo parecía estar
destinado a mostrar la técnica de la trouppe. En
tal sentido, es notorio que en el mismo año, 1807,
en que Napoleón tomó todas las riendas de
la Ópera, se proclamó el nuevo reglamento
de la escuela de ballet de la institución.
|
Allí se precisaban las condiciones
naturales que debían poseer los aspirantes y que su ulterior
éxito dependía de su talento y su esfuerzo, así
como de su « buena conducta » y su « moral »
(una obsesión napoleónica). En función de estas
pautas « morales », se estableció que los alumnos
de uno y otro sexo sólo se debían « mezclar
» en razón del aprendizaje de pas de deux.
Naturalmente, Gardel reinaba en
la escuela. Consciente de la relevancia de la técnica, nombró
en 1807, ese año mágico, a Jean-François Coulon
responsable de la clase de perfeccionamiento. Coulon fue uno de
los grandes profesores de la época, y entre sus más
famosos alumnos figuró Geneviève Gosselin.
Fue en los días del Imperio,
bajo la tutela intuitiva de Gardel y la bendición de Napoleón,
que el estilo y la técnica se desarrollaron: el antecedente
inmediato de la revolución romántica, que cambió
la faz del ballet hasta el día de hoy, en una manera similar
a lo que la Revolución Francesa y Napoleón hicieron
con Europa. El arte, dicen, suele seguir a los acontecimientos históricos.
Las puntas
Entre esas adquisiciones técnicas,
las pirouettes de un virtuosismo creciente, y un
cambio de la posición de base: los pies se elevan
en demi-pointes (como se observa sin excepción
en todos los grabados de bailarines del Imperio). Más
aún, las demi-pointes son llevadas al extremo
límite, y pronto se trasladan a la mera punta del
pie.
Fue en 1813, en pleno Imperio,
que Geneviève Gosselin se elevó por primera
vez sobre sus puntas, también plenamente, pues hasta
entonces sus colegas se elevaban, sí, pero de modo
fugaz. Gosselin hizo de lo fugaz o casual, algo definitivo
en el tiempo y, también definitorio, pues el público
se excitó no sólo con la proeza física
sino con la elegancia y la expresividad del nuevo estilo.
Gosselin murió prematuramente en 1818 y cuando María
Taglioni hizo su « entrée »,
la crítica vio en ella la reencarnación de
Gosselin.
Además del nacimiento
del baile en puntas, la otra gran impronta del Imperio en
el ballet fue el exotismo de las producciones, alimentado
de una parte por las pródigas subvenciones de Napoleón.
Los escenógrafos debían gastar el dinero en
diseños grandilocuentes, remitentes, por lo tanto,
a diversas geografías y períodos, ya no sólo
a la antigüedad greco-latina.
Por otra parte, porque ese
« color local » (España, Egipto, Rusia,
incluso la América latina), ya romántico,
se imponía gracias a las necesidades de propaganda
imperial de las campañas del « maître-en-chef
» de la Ópera de París: Napoleón
I.
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| En
1813, en pleno Imperio, Geneviève Gosselin fue
la primera bailarina que se elevó plenamente sobre
sus puntas |
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Isis Wirth.
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