Los
recientes ataques contra Napoleón, y
su cronometrada aparición con el bicentenario
de Austerlitz, posiblemente provocarían
que el Emperador se sonría en Los Inválidos:
todavía no son 500 años después
de mi muerte, y continúan atacándome
como si estuviera vivo, acaso diría.
¿Quizás
del modo en que las madres inglesas de la época
napoleónica amenazaban a sus hijos para
conseguir que rezaran?: “Si no lo
haces, vendrá Bonny y te llevará”.
Sabido es que
no se ataca a un muerto — en este caso,
lo es sólo físicamente —
si no es que los vivos, o un “vivo”,
obtienen un beneficio. Y sabemos, también,
quiénes son estos “vivos”.
Desde las páginas
del Instituto Napoleónico México-Francia,
varios artículos, entre ellos el de su
presidente, don Eduardo Garzón-Sobrado,
muy oportunamente analizan el por qué
de esta súbita “napoleofobia”,
cuyo carácter, ya no oportuno, sino arteramente
oportunista, no acusa, sin embargo, nada de
un “deus es machina”.
Probablemente,
forma parte de una guerra cultural — de
la misma manera en que el Emperador, en vida,
no pudo sustraerse a la guerra en el campo de
batalla; hoy se trata de otra — más
extendida, a veces subrepticia, enmascarada
bajo el “multiculturalismo”, para
ya no decir lo “políticamente correcto”,
aún si las conmemoraciones de Austerlitz,
como todas las de su tipo, napoléonicas
o no, incluyendo la de Trafalgar, lo son comme
il faut.
Esta confrontación,
maquillada bajo varios nombres — uno de
ellos, el de “asimilación”
— no se circunscribe, desde luego, tan
sólo a Francia. El país de Napoleón
es uno de sus escenarios, pero el fantasma —
como el del tristemente célebre manifiesto
de 1848 — que pretende doblegar a Occidente,
recorre Europa y las ramas que salieron de ella.
Sólo
que tratándose de una figura fundadora
— en pensamiento y acción, lo último
se perdona menos — de la modernidad occidental
de la estatura inalcanzable de Napoleón,
los irredentos — no por gusto, la palabra
en la salsa marxista — que intentan presentar
pretendidas cuentas dizque “históricas”,
encuentran el blanco más idóneo
en Napoleón, y, naturalmente, en Francia.
Atacar a Napoleón
es, así, “atacar” a Francia
y a Occidente, en un sentido concreto y abstracto
al mismo tiempo. Concreto, porque obedece a
un chantaje, cuyo objetivo político se
logró, aparentemente.
Abstracto, porque con ello se busca establecer
una preeminencia — la del resentimiento
— que no se posee, y que otrora tampoco
se poseyó, utilizando lo que denominan
“reivindicaciones”. De las cuales,
contradictoriamente, no se habla cuando se trata
de disfrutar de los beneficios que ha proporcionado
y proporciona la civilización occidental,
incluso si colonizadora.
Por supuesto,
no vamos a mencionar al “Libro”,
ese que se lanzó para saludar la No-Conmemoración
de Austerlitz, como llamó
Pierre
Nora a estos lamentables sucesos,
más que de auto-flagelación lacerante,
sintomáticos de un peligroso espíritu
de auto-destrucción, contra el cual,
felizmente, muchos se rebelaron.
Y las mayúsculas
para referirnos al susodicho panfleto no son
gratuitas. Porque, desde el punto de vista filosófico,
la misma confusión — con comillas
en el caso del panfleto de marras, pues fue
premeditada — entre creencias (y supuestos)
y hechos históricos se evidenció
en el affaire de las caricaturas danesas.
En su fanatismo
incendiario, esos musulmanes que aducían
que Occidente debía aplicar el mismo
rasero a lo que ellos llaman el “mito”
del Holocausto judío, o sea, permitir
la irrisión con éste o su negacionismo,
si querían que ellos cesasen de emitir
fatwas y quemar embajadas por lo que consideraban
una blasfemia cometida en su fe, demuestran
que en su cultura, como apuntó André
Glucksmann, la separación entre credo
y hechos históricos no se conoce. Una
cosa es creer en Dios, en Alá y su profeta,
en Yahvé y en Moisés, o ser agnóstico
o ateo. Otra, es la realidad, que se “cuenta”,
como se han contado, desgraciadamente, los muertos
de la Shoah.
Mutatis mutandis,
el autor de ese “Libro” partió
de una premisa similar: ignorar o metamorfosear
los hechos históricos, pero no para mejor
enarbolar su afiliación, como en el caso
de los musulmanes enardecidos, a un credo, sino
para, diríase, inventarlo.
Sólo
que los creyentes islámicos, en su confusión
ancestral y tradicional, fueron más ingenuos.
Lo cual no puede decirse de ese “autor”,
hombre, además, proveniente de la cultura
occidental.
Más allá
de Napoleón — ¡o mejor dicho,
gracias a él! — el affaire de tales
burdos ataques en su contra ha puesto en el
tapete ciertos cuestionamientos claves acerca
del papel de la historia en su relación
con los que especulan con ella, y con el Estado.
Con respecto a lo relacionado con lo último,
nótese que los alemanes se disponen a
celebrar su propia derrota en Iena y Auerstadt,
en 1806, en el mismo sentido en que los checos
celebraron Austerlitz. ¿No era en 1805
la Moravia parte del Imperio de los Habsburgos?
¿No fue la bohemia Praga una vez capital
del Imperio, antes que Viena? ¿Y, por
qué no?, si también Francia celebró
Trafalgar.
En “Presence.
History and theory”, Eelco Runia
afirma: “La presencia del pasado no
radica, en primer lugar, en una narración
determinada, o en el contexto metafórico
que se manifiesta a partir de tal texto, si
no en lo que tal narración y el texto
contienen a pesar de las intenciones del historiador”.
Ese contenido
es lo que, a su vez, le pesa al “historiador”
que escribió ese “Libro”,
y a sus cófrades: la presencia del legado
histórico, tal como lo define abstractamente
Runia, de Napoléon Bonaparte. Legado
cuyos beneficios concretos se extienden hasta
el día de hoy, e incluso trascienden,
como sabemos, a las “Europas”: o
sea, lo que denominamos “Occidente”.
Runia aduce
que la “necesidad de la presencia del
pasado” puede ser entendida como una cuestión
existencial de primera importancia: el problema
de la continuidad y la discontinuidad, es decir,
la historia misma, y la identidad que resulta
de ella. Identidad que, por otra parte, suele
prostituirse en “identidad” cuando
es utilizada para servir a determinados fines.
Sin que ello signifique que la discontinuidad
no tenga, también, un rol primordial,
que es el del decursar histórico per
se.
En el caso de
los estudios académicos sobre Napoleón
a través del vasto mundo, las coordenadas
entre la continuidad y la discontinuidad de
su herencia, según el postulado de Runia,
son así analizadas y continuamente esclarecidas,
como sabemos.
Y, desde luego
que Napoleón, incluso para los napoleofílicos,
no es un credo. El primero que se reiría
de ello sería el propio Emperador, quien
adaptaba su pensamiento casi cotidianamente
a lo que la realidad y la práctica desvelaban.
Ello forma parte,
asimismo, de la “presencia”—
en el término de Runia — de Napoleón
en nuestros días.
Cabría
entonces preguntarse, en el caso de los ataques
napoleofóbicos: ¿no se trata de
una necesidad de la “ausencia” de
Napoleón?
Poco importa
la respuesta, aunque, como hemos visto, lo que
sí importa es el por qué de tal
“necesidad de ausencia”, para mejor
combatirlo. No obstante, ese “Libro”
y otros de su ralea ya han ido a parar al basurero
de la historia.