Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
¿NECESIDAD DE LA « AUSENCIA » DE NAPOLEÓN?
EL BASURERO DE LA HISTORIA
Desapareciendo a “Boney”; caricatura de George Cruikshank. Mayo de 1814.

Por

Isis Wirth Armenteros
Jefe de la Delegación cubana del INMF
Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos

La Sra. Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Los recientes ataques contra Napoleón, y su cronometrada aparición con el bicentenario de Austerlitz, posiblemente provocarían que el Emperador se sonría en Los Inválidos: todavía no son 500 años después de mi muerte, y continúan atacándome como si estuviera vivo, acaso diría.

¿Quizás del modo en que las madres inglesas de la época napoleónica amenazaban a sus hijos para conseguir que rezaran?: “Si no lo haces, vendrá Bonny y te llevará”.

Sabido es que no se ataca a un muerto — en este caso, lo es sólo físicamente — si no es que los vivos, o un “vivo”, obtienen un beneficio. Y sabemos, también, quiénes son estos “vivos”.

Desde las páginas del Instituto Napoleónico México-Francia, varios artículos, entre ellos el de su presidente, don Eduardo Garzón-Sobrado, muy oportunamente analizan el por qué de esta súbita “napoleofobia”, cuyo carácter, ya no oportuno, sino arteramente oportunista, no acusa, sin embargo, nada de un “deus es machina”.

Probablemente, forma parte de una guerra cultural — de la misma manera en que el Emperador, en vida, no pudo sustraerse a la guerra en el campo de batalla; hoy se trata de otra — más extendida, a veces subrepticia, enmascarada bajo el “multiculturalismo”, para ya no decir lo “políticamente correcto”, aún si las conmemoraciones de Austerlitz, como todas las de su tipo, napoléonicas o no, incluyendo la de Trafalgar, lo son comme il faut.

Esta confrontación, maquillada bajo varios nombres — uno de ellos, el de “asimilación” — no se circunscribe, desde luego, tan sólo a Francia. El país de Napoleón es uno de sus escenarios, pero el fantasma — como el del tristemente célebre manifiesto de 1848 — que pretende doblegar a Occidente, recorre Europa y las ramas que salieron de ella.

Sólo que tratándose de una figura fundadora — en pensamiento y acción, lo último se perdona menos — de la modernidad occidental de la estatura inalcanzable de Napoleón, los irredentos — no por gusto, la palabra en la salsa marxista — que intentan presentar pretendidas cuentas dizque “históricas”, encuentran el blanco más idóneo en Napoleón, y, naturalmente, en Francia.

Atacar a Napoleón es, así, “atacar” a Francia y a Occidente, en un sentido concreto y abstracto al mismo tiempo. Concreto, porque obedece a un chantaje, cuyo objetivo político se logró, aparentemente.
Abstracto, porque con ello se busca establecer una preeminencia — la del resentimiento — que no se posee, y que otrora tampoco se poseyó, utilizando lo que denominan “reivindicaciones”. De las cuales, contradictoriamente, no se habla cuando se trata de disfrutar de los beneficios que ha proporcionado y proporciona la civilización occidental, incluso si colonizadora.

Por supuesto, no vamos a mencionar al “Libro”, ese que se lanzó para saludar la No-Conmemoración de Austerlitz, como llamó Pierre Nora a estos lamentables sucesos, más que de auto-flagelación lacerante, sintomáticos de un peligroso espíritu de auto-destrucción, contra el cual, felizmente, muchos se rebelaron.

Y las mayúsculas para referirnos al susodicho panfleto no son gratuitas. Porque, desde el punto de vista filosófico, la misma confusión — con comillas en el caso del panfleto de marras, pues fue premeditada — entre creencias (y supuestos) y hechos históricos se evidenció en el affaire de las caricaturas danesas.

En su fanatismo incendiario, esos musulmanes que aducían que Occidente debía aplicar el mismo rasero a lo que ellos llaman el “mito” del Holocausto judío, o sea, permitir la irrisión con éste o su negacionismo, si querían que ellos cesasen de emitir fatwas y quemar embajadas por lo que consideraban una blasfemia cometida en su fe, demuestran que en su cultura, como apuntó André Glucksmann, la separación entre credo y hechos históricos no se conoce. Una cosa es creer en Dios, en Alá y su profeta, en Yahvé y en Moisés, o ser agnóstico o ateo. Otra, es la realidad, que se “cuenta”, como se han contado, desgraciadamente, los muertos de la Shoah.

Mutatis mutandis, el autor de ese “Libro” partió de una premisa similar: ignorar o metamorfosear los hechos históricos, pero no para mejor enarbolar su afiliación, como en el caso de los musulmanes enardecidos, a un credo, sino para, diríase, inventarlo.

Sólo que los creyentes islámicos, en su confusión ancestral y tradicional, fueron más ingenuos. Lo cual no puede decirse de ese “autor”, hombre, además, proveniente de la cultura occidental.

Más allá de Napoleón — ¡o mejor dicho, gracias a él! — el affaire de tales burdos ataques en su contra ha puesto en el tapete ciertos cuestionamientos claves acerca del papel de la historia en su relación con los que especulan con ella, y con el Estado. Con respecto a lo relacionado con lo último, nótese que los alemanes se disponen a celebrar su propia derrota en Iena y Auerstadt, en 1806, en el mismo sentido en que los checos celebraron Austerlitz. ¿No era en 1805 la Moravia parte del Imperio de los Habsburgos? ¿No fue la bohemia Praga una vez capital del Imperio, antes que Viena? ¿Y, por qué no?, si también Francia celebró Trafalgar.

En “Presence. History and theory”, Eelco Runia afirma: “La presencia del pasado no radica, en primer lugar, en una narración determinada, o en el contexto metafórico que se manifiesta a partir de tal texto, si no en lo que tal narración y el texto contienen a pesar de las intenciones del historiador”.

Ese contenido es lo que, a su vez, le pesa al “historiador” que escribió ese “Libro”, y a sus cófrades: la presencia del legado histórico, tal como lo define abstractamente Runia, de Napoléon Bonaparte. Legado cuyos beneficios concretos se extienden hasta el día de hoy, e incluso trascienden, como sabemos, a las “Europas”: o sea, lo que denominamos “Occidente”.

Runia aduce que la “necesidad de la presencia del pasado” puede ser entendida como una cuestión existencial de primera importancia: el problema de la continuidad y la discontinuidad, es decir, la historia misma, y la identidad que resulta de ella. Identidad que, por otra parte, suele prostituirse en “identidad” cuando es utilizada para servir a determinados fines. Sin que ello signifique que la discontinuidad no tenga, también, un rol primordial, que es el del decursar histórico per se.

En el caso de los estudios académicos sobre Napoleón a través del vasto mundo, las coordenadas entre la continuidad y la discontinuidad de su herencia, según el postulado de Runia, son así analizadas y continuamente esclarecidas, como sabemos.

Y, desde luego que Napoleón, incluso para los napoleofílicos, no es un credo. El primero que se reiría de ello sería el propio Emperador, quien adaptaba su pensamiento casi cotidianamente a lo que la realidad y la práctica desvelaban.

Ello forma parte, asimismo, de la “presencia”— en el término de Runia — de Napoleón en nuestros días.

Cabría entonces preguntarse, en el caso de los ataques napoleofóbicos: ¿no se trata de una necesidad de la “ausencia” de Napoleón?

Poco importa la respuesta, aunque, como hemos visto, lo que sí importa es el por qué de tal “necesidad de ausencia”, para mejor combatirlo. No obstante, ese “Libro” y otros de su ralea ya han ido a parar al basurero de la historia.

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