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«
El Magistrado del Verbo ante el
Verbo »
Curiosa litografía popular
típica de las décadas
de 1830-50, en la que el artista
pretende representar al Emperador
como una figura trasfigurada,
incluso deificada. |
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Si
bien tanto la compleja cuestión
política y diplomática
entre el Emperador y el Vaticano,
así como su tormentosa
relación con el Papa
Pío VII han dado lugar
a las más diversas y
extrañas teorías,
y hasta a las locuras más
extravagantes, Napoleón
se manifestó sin embargo
de manera muy clara en lo que
se refería a sus inquietudes
metafísicas y sus creencias
religiosas personales. Así,
afirmaba sin ambages desde un
punto de vista general que «
el sentimiento religioso
es tan consolador que es una
bendición del cielo poseerlo
(…) El ateismo
– afirmaba – es
destructor de toda moral, si
no en los individuos, al menos
en las naciones
». Las citas de este tipo
se podrían multiplicar
a voluntad.
En un plano individual, en el
caso personal de Napoleón,
es importante recordar los comentarios
del Emperador durante su deportación
en Santa Helena, cuando tuvo
la oportunidad de explayarse
largamente con sus compañeros
de exilio y en especial con
el conde Emmanuel de Las Cases,
sobre su sentimiento religioso
íntimo.
Educado en la religión
Católica, nunca se le
ocurrió a Napoleón
renegarla en nada. De hecho,
las primeras palabras de su
testamento serán consagradas
a afirmar esta fidelidad de
conciencia:
« Muero
en la religión apostólica
y romana en cuyo seno he nacido
».
Si
se abstuvo a lo largo de toda
su vida de toda práctica
asidua, no fue, como tantos
lo afirman, por desinterés
y menos aún por “ateísmo”,
ya que, como lo afirmaba «
todo sobre la tierra
proclama la existencia de Dios
», sino bajo la influencia
del racionalismo discutible
de ciertos filósofos
pre-revolucionarios, así
como, indubitablemente, desconfiando
de un cierto clero cuyo comportamiento
reprobable constituía
una grave ofensa para la verdadera
fe cristiana.
Sin
más preámbulos,
presentamos a continuación
un extracto del importante pero
muy mal conocido libro, “Lo
que los biógrafos de
Napoleón callan”,
del húngaro Monseñor
Guillermo Tower, prelado pontificio,
emérito Arcediano castrense;
esta obra fue publicada por
la Librería Salesiana,
Rákospalota, en 1937. |
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... ¿Tenía
Napoleón convicciones religiosas?
Sí, las tenía, pero su fe
no descansaba sobre los principios bien
definidos, por lo que era religioso, pero
a su manera.
Creía
en Dios. “No
soy ateo en lo absoluto”,
solía decir, (1)
Y durante su viaje a Egipto,
como estando sobre el puente de la nave
oyera decir que hombres doctos dudaban de
la existencia de Dios, levantó la
mano hacia el cielo estrellado y preguntó:
“¿y
esto quien lo ha creado?”
(2) Estando en Santa
Helena y observando la estructura maravillosa
de la flor de la habichuela, pensó
en la sabiduría de Dios y comenzó
a hablar de la existencia del Creador. (3)
O’Meara le recordó un día
que muchos lo tenían por incrédulo,
pero él corrigió desde luego
el error, diciendo: “¡No
es verdad! Estoy muy lejos de ser ateo”
(4), y en otra ocasión dijo
estas palabras, que registra Las Cases:
“Se cree
en Dios porque lo proclama todo lo que nos
rodea y los hombres de más talento
lo han creído; no solamente Bossuet,
porque era su oficio, sino Newton y Leibnitz
que no tenía interés en ello.
Puedo afirmar que ni en las grandes
tempestades, ni en las mismas sugestiones
accidentales de la inmoralidad he sentido
en manera alguna la influencia de esta falta
de fe religiosa y jamás he dudado
de la existencia de Dios, porque si mi razón
no hubiera bastado para entenderla, lo íntimo
de mi ser me lo hubiera hecho creer”
(5). Y en otra ocasión
dijo que el hombre que no llegue allá
con su inteligencia, lo cree el instinto
natural de su alma: todo el sentir íntimo
del alma armoniza con los sentimientos religiosos.
(6)
El 8 de
junio de 1816 escribió Las Cases
en su Memorial: “El emperador,
después de un movimiento très
vif et très chaud (muy vivo
y caluroso), dijo: “Todo
proclama la existencia de Dios y sobre esto
no es posible dudar”.
Y añadió: “Somos
como el reloj, que existe, pero no se conoce
a sí mismo; de tal manera es consolador
el sentimiento religioso que tenerlo es
un beneficio del cielo”.
A muchos miembros de su personal había
reprochado el Emperador que no creyeran
en Dios. Por ejemplo, había dicho
a Talleyrard: “Sois
un hombre sin conciencia, pues que no creéis
en Dios” (7)
Y cuando el cardenal Fesch le mandó
a Santa Helena dos misioneros, observó:
“¡Qué
criterio tan estrecho el de este cardenal!
Me manda dos misioneros como si fuera yo
un infiel...”.
En una ocasión hablaba con Antonmarchi
en Santa Helena sobre religión, y
el doctor dice, a este propósito
lo siguiente: “Observaba yo con
inquietud las contracciones musculares del
rostro del emperador y él creyó
notar en mi cara no sé qué
movimiento particular que le disgustó,
y me dijo: "Bien
sé que os creéis superior
a estos sentimientos de la debilidad humana,
pero tened en cuenta que yo no soy filósofo,
ni médico. Yo creo en Dios
y profeso la religión de mi padre.
No son ateos todos los que quieren parecerlo.
¿Cómo es posible ser incrédulo
y no creer en Dios, cuya existencia manifiesta
todo lo que nos rodea? ¿Y por ventura
no cree en Dios toda inteligencia verdaderamente
grande?” Pero Majestad,
le respondí, yo no soy de los que
niegan a Dios. Solamente estaba observando
con atención las pulsaciones de Vuestra
Majestad y Vuestra Majestad entendió
malamente mi actitud. Sois
médico, me replicó
Napoleón, y
esos señores se limitan no más
que a la parte material y no creen en Dios,
ni en la inmortalidad”.
(8)
Un día
llegó Napoleón a echar fuera
de sus habitaciones al mismo Antonmarchi,
porque le pareció que se reía
de su fe en Dios y dicen que llegó
al grado de dar un puntapié en el
estómago al filósofo Volney
porque había blasfemado. (9)
Napoleón
creía también en los milagros.
“Los hombres,
decía, tienen
necesidad de los milagros”
(10); y en otra ocasión:
“Vivimos
en medio de milagros”
(11); y aún:
“Todo es
milagro”
(12).
Es verdad
que en alguna ocasión se expresó
en tales términos que se podía
pensar que no creía en Dios, pero
se trataba nada más de modos de hablar
que se le escapaban raras veces, y por incidencia,
pero nunca en ocasiones serias. En tales
ocasiones o no hablaba con libertad o decía
cualquier cosa sin importancia, pero su
alma creía profundamente Y plenamente
convencida en un Dios providente y gobernador
del mundo, lo que se sabe no solamente por
muchas expresiones suyas en momentos graves
y por multitud de cartas suyas y recomendaciones,
sino Dar todos los actos de su vida, por
muchas de sus instituciones y por la conducta,
que observó en muchas circunstancias.
Después
de esto, que su fe no haya sido “dogmática”,
que no haya tenido límites precisos
y que no haya florecido en una vida ejemplarmente
religiosa, se puede explicar por diversas
circunstancias. La primera el ambiente de
Irreligiosidad del tiempo en que vivió,
porque Napoleón fue educado en el
ambiente de la revolución, cuando
estaba de moda negar a Dios, la existencia
del alma, la eternidad, la vida futura,
.y las ideas ateas, irreligiosas y anticlericales
de su tiempo invadieron e inficionaron hasta
su alma (13). Además,
en aquellos tiempos no se enseñaba
la religión en las escuelas militares
y Napoleón nunca recibió una
instrucción religiosa regularizada,
si exceptuamos los elementos de religión
que le impartió el P. Pianti S. J.
(14).
Expuesto
después al fluctuar de las opiniones
cuando era un jovencito de 13 años,
inexperto y sin firmeza, perdió la
fe y durante muchos años no se preocupó
por las cuestiones religiosas. El mismo
confiesa: “Me
sucedió perder la fe cuando no tenía
más que 13 años y tal vez
volveré a creer ciegamente. ¡Dios
lo quiera! Ciertamente que yo no opongo
ninguna resistencia; no busco lo mejor,
pero comprendo que debe ser una verdadera
felicidad”,
(15).
Sus afirmaciones
sobre la necesidad de la religión
son extraordinariamente frecuentes. He aquí
algunas: “La
religión es capaz de purificar y
ennoblecer la conciencia. El mayor bien
se hace en los países más
religiosos” (16).
“La religión
es, verdaderamente, la patria del alma,
significa esperanza; más todavía,
seguridad, salvación de los males
(17). “¿Hasta
dónde decaería la humanidad
sin religión? Se estrangularían
recíprocamente por una pera más
grande, por una muchacha más bella”
(18).
Por lo que
respecta a la persona de Jesucristo, primero
se dejó influenciar por la lectura
de Voltaire, de Rousseau y los Enciclopedistas,
pero después fue creciendo en él
poco a poco la convicción de que
Jesucristo es Dios. Le impresionó
particularmente el hecho de que en toda
la Historia una sola vez se ha dado el caso
de que alguno se declare Dios, porque aunque
es verdad que hubo tiranos paganos que se
hicieron llamar dioses, pero era evidente
lo que con ello se proponían, que
no era sino buscar para ellos, en su insensata
vanidad, aquellos honores que sus súbditos
rendían a los ídolos.
Pero si un hombre de alma noble y de inteligencia
privilegiada se declara Señor de
los cielos y tierra en el sentido estricto
de la palabra, y en los siglos siguientes
todos los pueblos civilizados y millones
de hombres y sabios aceptan esta declaración,
ese hombre tiene que ser Dios: “Así
como estoy persuadido de que no soy sino
un hombre, dice Napoleón,
así lo estoy
de que Jesucristo es algo más que
un hombre”. (19)
“Creo
que algo entiendo de hombres y así
digo que Jesucristo no fue un hombre”
(20).
En la isla
de Santa Helena habló Napoleón
al general Bertrand en estos términos:
“Esto es
lo que admiro mayormente y lo que es para
mí la prueba indudable de la divinidad
de Jesucristo: también yo soy capaz
de entusiasmar a las turbas, que por mí
se arrojaban a la muerte; pero para encender
en los corazones el fuego era necesaria
mi presencia, el esplendor relampagueante
de mi mirada, mi voz, mi palabra. Es cierto
que tengo el secreto de aquella fuerza fascinadora
que es capaz de arrastrar a los hombres,
pero no puedo darla a otros y no pude comunicarla
ni a uno siquiera de mis generales, y no
conozco el secreto de eternizar en el corazón
de los hombres mi nombre y mi amor, para
hacerlos que obren milagros sin el auxilio
de la materia. Lo mismo sucedió a
César y a Alejandro el Grande. Acabaron
por ser olvidados y el nombre de los conquistadores
servirá tan solo para argumento de
ejercicios escolares. Cuan grande es el
abismo que se abre entre la miseria mía
y el reino eterno de Cristo, que es amado,
adorado y predicado en todo el mundo ¿Puede
decirse que Cristo ha muerto? ¿No
más bien vive en la eternidad? Esta
es propiamente la muerte de Cristo: no la
muerte de un hombre, sino la de un Dios”.
(21)
NOTAS:
(1) Frédéric
Masson, “Napoleón.
Manuscrits inédits”,
1907. 5.
(2) Dimitri Merejkovski, “Napoleón
el hombre”.
(3) Las Cases, “Mémorial
de Sainte Hélène”,
1823, II, páginas 76-77.
(4) Dr. Barry Edward O’Meara, “Napoleon
in Exile”, (“Napoleon in
der verbannung”), Dresda, 1822, II,
páginas 106-7.
(5) Las Cases, “Mémorial
de Sainte Hélène”
(París, 1840, VI, páginas
64-65).
(6) Conde de Montholon, “Geschichte
der Gefangenschaft Napoleon auf St. Helena”
(Historia de la cautividad del Emperador
Napoleón en Santa Helena), (Deutsch
von Díezmann, 1816, II, página
343).
(7) Dimitri Merejkovski, “Napoleón
el hombre”, página 126.
(8) Francisco Antommarchi, “Les
derniers momens”, I, página
51, (25 de septiembre de 1820) y 11, página
67, (21 de abril de 1821).
(9) Dimitri Merejkovski, “Napoleón
el hombre”, página 126.
Nota: Es esta una leyenda tenaz y sin fundamento
histórico; por supuesto, Napoleón
jamás golpeó de tal forma
al ilustre Volney, ni a ningún otro...
(10) Masson, « Napoleón,
manuscrits inédits »,
1907, página 6.
(11) Masson, « Napoleón
à Sainte Hélène
», 1912, páginas. 434, 478.
(12) Dr. Barry Edward O’Meara, “Napoleon
in Exile”, (“Napoleon in
der verbannung”), Dresden, 1822, 11,
página 39.
(13) En Lanzac de Laboire, “Paris
sous Napoléon”, se puede
ver un estudio que agota la materia relativa
a la vida religiosa de los tiempos de Napoleón,
(3 vals. Paris, Plon et Nourrit).
(14) En la obra excelente de Arthur Chuquet,
“La Jeunesse de Napoléon”,
se pueden ver particularmente desconocidas
y características sobre la deficiente
educación religiosa de Napoleón,
3 vols. Paris, Colin).
(15) Las Cases, “Mémorial
de Sainte Hélène”
(París, 1840, VI, páginas
64-65).
(16) Gourgaud, “Sainte-Hélène”
(Paris, I, página 441).
(17) Conde de Montholon, “Récits
de la captivité de l’Empereur
Napoléon à Sainte-Hélène”,
(“Relatos de la cautividad de Napoleón
en Santa Helena”), 1846, I, página
334.
(18) Francisco Antommarchi, “Mémoires”,
1825, I, página 91.
(19) Dr. Engelbert Fischer, “Napoleón”,
1904, página 206.
(20) Gourgaud, “Mémoires
de Napoléon à Ste. Hélène”,
1823, II, página 409. En realidad
Jesucristo fue verdadero Dios y verdadero
hombre. Puesto que Napoleón no pensó
jamás en negar la humanidad de Cristo,
las dos últimas palabras deben entenderse
así: Cristo era además
otra cosa que hombre; Cristo no era solamente
hombre. (Nota de G.B. Giario, traductor
de la versión italiana de la obra).
(21) Fr. W. Foerster, “Christus
und das menschliche Leben” (“Cristo
y la vida humana”), 1922, página
93.