Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
LAS IDEAS RELIGIOSAS DE NAPOLEÓN
« Alejandro, César, Carlomagno y yo hemos fundado imperios, ¿pero sobre qué basamos las realizaciones de nuestro genio? Sobre la fuerza. Sólo Jesucristo fundó su reino sobre el amor, y miles de hombres darían, en esta hora misma, alegremente su vida por él »
Napoleón I.

Por

Monseñor Wilmoz Tower
Prelado pontificio, emérito Arcediano castrense

Traducción del Cgo. Jesús García Gutiérrez. Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
Pulsar para leer "Imaginería Napoleónica".
El Magistrado del Verbo
Misteriosa estampa típica de las décadas de 1830-50, en la que el artista pretende representar al Emperador como una figura trasfigurada, incluso deificada. Litografía de Tony Touillon.

... ¿Tenía Napoleón convicciones religiosas? Sí, las tenía, pero su fe no descansaba sobre los principios bien definidos, por lo que era religioso, pero a su manera.

Creía en Dios. «No soy ateo en lo absoluto», solía decir, (1) Y durante su viaje a Egipto, como estando sobre el puente de la nave oyera decir que hombres doctos dudaban de la existencia de Dios, levantó la mano hacia el cielo estrellado y preguntó: «¿y esto quien lo ha creado?» (2) Estando en Santa Helena y observando la estructura maravillosa de la flor de la habichuela, pensó en la sabiduría de Dios y comenzó a hablar de la existencia del Creador. (3) O’Meara le recordó un día que muchos lo tenían por incrédulo, pero él corrigió desde luego el error, diciendo: «¡No es verdad! Estoy muy lejos de ser ateo» (4), y en otra ocasión dijo estas palabras, que registra Las Cases: «Se cree en Dios porque lo proclama todo lo que nos rodea y los hombres de más talento lo han creído; no solamente Bossuet, porque era su oficio, sino Newton y Leibnitz que no tenía interés en ello. Puedo afirmar que ni en las grandes tempestades, ni en las mismas sugestiones accidentales de la inmoralidad he sentido en manera alguna la influencia de esta falta de fe religiosa y jamás he dudado de la existencia de Dios, porque si mi razón no hubiera bastado para entenderla, lo íntimo de mi ser me lo hubiera hecho creer» (5). Y en otra ocasión dijo que el hombre que no llegue allá con su inteligencia, lo cree el instinto natural de su alma: todo el sentir íntimo del alma armoniza con los sentimientos religiosos. (6)

El 8 de junio de 1816 escribió Las Cases en su Memorial: «El emperador, después de un movimiento très vif et très chaud (muy vivo y cálido), dijo: «Todo proclama la existencia de Dios y sobre esto no es posible dudar». Y añadió: «Somos como el reloj, que existe, pero no se conoce a sí mismo; de tal manera es tan consolador el sentimiento religioso que tenerlo es un beneficio del cielo». A muchos miembros de su personal había reprochado el Emperador que no creyeran en Dios. Por ejemplo, había dicho a Talleyrard: «Sois un hombre sin conciencia, pues que no creéis en Dios» (7) Y cuando el cardenal Fesch le mandó a Santa Helena dos misioneros, observó: «¡Qué criterio tan estrecho el de este cardenal! Me manda dos misioneros como si fuera yo un infiel...».
En una ocasión hablaba con Antonmarchi en Santa Helena sobre religión, y el doctor dice, a este propósito lo siguiente: «Observaba yo con inquietud las contracciones musculares del rostro del emperador y él creyó notar en mi cara no sé qué movimiento particular que le disgustó, y me dijo:“Bien sé que os creéis superior a estos sentimientos de la debilidad humana, pero tened en cuenta que yo no soy filósofo, ni médico. Yo creo en Dios y profeso la religión de mi padre. No son ateos todos los que quieren parecerlo. ¿Cómo es posible ser incrédulo y no creer en Dios, cuya existencia manifiesta todo lo que nos rodea? ¿Y por ventura no cree en Dios toda inteligencia verdaderamente grande?” Pero Majestad, le respondí, yo no soy de los que niegan a Dios. Solamente estaba observando con atención las pulsaciones de Vuestra Majestad y Vuestra Majestad entendió malamente mi actitud. “Sois médico, me replicó Napoleón, y esos señores se limitan no más que a la parte material y no creen en Dios, ni en la inmortalidad». (8)

Retrato de Napoleón durante una misa en las Tullerías
Dibujo al lápiz esbozado del natural por Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867), perteneciente a la colección del Sr. Germain Bapst.

Un día llegó Napoleón a echar fuera de sus habitaciones al mismo Antonmarchi, porque le pareció que se reía de su fe en Dios y dicen que llegó al grado de dar un puntapié en el estómago al filósofo Volney porque había blasfemado. (9)

Napoleón creía también en los milagros. «Los hombres, decía, tienen necesidad de los milagros» (10); y en otra ocasión: «Vivimos en medio de milagros» (11); y aun: «Todo es milagro» (12).

Es verdad que en alguna ocasión se expresó en tales términos que se podía pensar que no creía en Dios, pero se trataba nada más de modos de hablar que se le escapaban raras veces, y por incidencia, pero nunca en ocasiones serias. En tales ocasiones o no hablaba con libertad o decía cualquier cosa sin importancia, pero su alma creía profundamente Y plenamente convencida en un Dios providente y gobernador del mundo, lo que se sabe no solamente por muchas expresiones suyas en momentos graves y por multitud de cartas suyas y recomendaciones, sino dar todos los actos de su vida, por muchas de sus instituciones y por la conducta, que observó en muchas circunstancias.
Después de esto, que su fe no haya sido «dogmática», que no haya tenido límites precisos y que no haya florecido en una vida ejemplarmente religiosa, se puede explicar por diversas circunstancias. La primera el ambiente de Irreligiosidad del tiempo en que vivió, porque Napoleón fue educado en el ambiente de la revolución, cuando estaba de moda negar a Dios, la existencia del alma, la eternidad, la vida futura, .y las ideas ateas, irreligiosas y anticlericales de su tiempo invadieron e inficionaron hasta su alma (13). Además, en aquellos tiempos no se enseñaba la religión en las escuelas militares y Napoleón nunca recibió una instrucción religiosa regularizada, si exceptuamos los elementos de religión que le impartió el P. Pianti S. J. (14).

Expuesto después al fluctuar de las opiniones cuando era un jovencito de 13 años, inexperto y sin firmeza, perdió la fe y durante muchos años no se preocupó por las cuestiones religiosas. El mismo confiesa: «Me sucedió perder la fe cuando no tenía más que 13 años y tal vez volveré a creer ciegamente. ¡Dios lo quiera! Ciertamente que yo no opongo ninguna resistencia; no busco lo mejor, pero comprendo que debe ser una verdadera felicidad», (15).

Sus afirmaciones sobre la necesidad de la religión son extraordinariamente frecuentes. He aquí algunas: «La religión es capaz de purificar y ennoblecer la conciencia. El mayor bien se hace en los países más religiosos» (16). «La religión es, verdaderamente, la patria del alma, significa esperanza; más todavía, seguridad, salvación de los males (17). «¿Hasta dónde decaería la humanidad sin religión? Se estrangularían recíprocamente por una pera más grande, por una muchacha más bella» (18).

Por lo que respecta a la persona de Jesucristo, primero se dejó influenciar por la lectura de Voltaire, de Rousseau y los Enciclopedistas, pero después fue creciendo en él poco a poco la convicción de que Jesucristo es Dios. Le impresionó particularmente el hecho de que en toda la Historia una sola vez se ha dado el caso de que alguno se declare Dios, porque aunque es verdad que hubo tiranos paganos que se hicieron llamar dioses, pero era evidente lo que con ello se proponían, que no era sino buscar para ellos, en su insensata vanidad, aquellos honores que sus súbditos rendían a los ídolos.
Pero si un hombre de alma noble y de inteligencia privilegiada se declara Señor de los cielos y tierra en el sentido estricto de la palabra, y en los siglos siguientes todos los pueblos civilizados y millones de hombres y sabios aceptan esta declaración, ese hombre tiene que ser Dios: «Así como estoy persuadido de que no soy sino un hombre, dice Napoleón, así lo estoy de que Jesucristo es algo más que un hombre». (19) «Creo que algo entiendo de hombres y así digo que Jesucristo no fue un hombre» (20).

En la isla de Santa Helena habló Napoleón al general Bertrand en estos términos: «Esto es lo que admiro mayormente y lo que es para mí la prueba indudable de la divinidad de Jesucristo: también yo soy capaz de entusiasmar a las turbas, que por mí se arrojaban a la muerte; pero para encender en los corazones el fuego era necesaria mi presencia, el esplendor relampagueante de mi mirada, mi voz, mi palabra. Es cierto que tengo el secreto de aquella fuerza fascinadora que es capaz de arrastrar a los hombres, pero no puedo darla a otros y no pude comunicarla ni a uno siquiera de mis generales, y no conozco el secreto de eternizar en el corazón de los hombres mi nombre y mi amor, para hacerlos que obren milagros sin el auxilio de la materia. Lo mismo sucedió a César y a Alejandro el Grande. Acabaron por ser olvidados y el nombre de los conquistadores servirá tan solo para argumento de ejercicios escolares. Cuan grande es el abismo que se abre entre la miseria mía y el reino eterno de Cristo, que es amado, adorado y predicado en todo el mundo ¿Puede decirse que Cristo ha muerto? ¿No más bien vive en la eternidad? Esta es propiamente la muerte de Cristo: no la muerte de un hombre, sino la de un Dios». (21)

NOTAS:

(1) Frédéric Masson, «Napoleón. Manuscrits inédits», 1907. 5.
(2) Dimitri Merejkovski, «Napoleón el hombre».
(3) Las Cases, «Mémorial de Sainte Hélène», 1823, II, páginas 76-77.
(4) Dr. Barry Edward O’Meara, «Napoleon in Exile», («Napoleon in der verbannung»), Dresda, 1822, II, páginas 106-7.
(5) Las Cases, «Mémorial de Sainte Hélène» (París, 1840, VI, páginas 64-65).
(6) Conde de Montholon, «Geschichte der Gefangenschaft Napoleon auf St. Helena» (Historia de la cautividad del Emperador Napoleón en Santa Helena), (Deutsch von Díezmann, 1816, II, página 343).
(7) Dimitri Merejkovski, «Napoleón el hombre», página 126.
(8) Francisco Antommarchi, «Les derniers momens», I, página 51, (25 de septiembre de 1820) y 11, página 67, (21 de abril de 1821).
(9) Dimitri Merejkovski, «Napoleón el hombre», página 126. Nota: Es esta una leyenda tenaz y sin fundamento histórico; por supuesto, Napoleón jamás golpeó de tal forma al ilustre Volney, no más que a ningún otro...

(10) Masson, «Napoleón, manuscrits inédits », 1907, página 6.
(11) Masson, «Napoleón à Sainte Hélène », 1912, páginas. 434, 478.
(12) Dr. Barry Edward O’Meara, «Napoleon in Exile», («Napoleon in der verbannung»), Dresden, 1822, 11, página 39.
(13) En Lanzac de Laboire, «Paris sous Napoléon», se puede ver un estudio que agota la materia relativa a la vida religiosa de los tiempos de Napoleón, (3 vals. Paris, Plon et Nourrit).
(14) En la obra excelente de Arthur Chuquet, «La Jeunesse de Napoléon», se pueden ver particularmente desconocidas y características sobre la deficiente educación religiosa de Napoleón, 3 vols. Paris, Colin).
(15) Las Cases, «Mémorial de Sainte Hélène» (París, 1840, VI, páginas 64-65).
(16) Gourgaud, «Sainte-Hélène» (Paris, I, página 441).
(17) Conde de Montholon, «Récits de la captivité de l’Empereur Napoléon à Sainte-Hélène», («Relatos de la cautividad de Napoleón en Santa Helena»), 1846, I, página 334.
(18) Francisco Antommarchi, «Mémoires», 1825, I, página 91.
(19) Dr. Engelbert Fischer, «Napoleón», 1904, página 206.
(20) Gourgaud, «Mémoires de Napoléon à Ste. Hélène», 1823, II, página 409. En realidad Jesucristo fue verdadero Dios y verdadero hombre. Puesto que Napoleón no pensó jamás en negar la humanidad de Cristo, las dos últimas palabras deben entenderse así: Cristo era además otra cosa que hombre; Cristo no era solamente hombre. (Nota de G.B. Giario, traductor de la versión italiana de la obra).
(21) Fr. W. Foerster, «Christus und das menschliche Leben» («Cristo y la vida humana»), 1922, página 93.