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| S.M.
Napoleón I el Grande, Emperador de los franceses
y Rey de Italia |
| INTRODUCCIÓN
A LA VIDA DE NAPOLEÓN |
Por
ANDRÉ MAUROIS (1885-1967)
de la Academia Francesa
«
Entre mejor se conozca la verdad toda entera, más grande
será Napoleón »
Stendhal.
He
aquí una extraordinaria epopeya y uno de los destinos
más asombrosos de la historia. Ascensión tan
rápida como las de Alejandro o César, e incluso
por una pendiente más escarpada, pues Alejandro era
hijo de rey, y César pertenecía a una familia
consular. Napoleón Bonaparte había nacido en
el seno de una familia corsa sin fortuna, más tarde
exiliada de su isla natal. Nadie parecía menos preparado
para gobernar a Francia que el becario orgulloso y tímido
cuyo acento extranjero divertía a sus compañeros
de Brienne.
A
los dieciséis años era teniente de artillería.
Sus planes eran modestos: ganarse la vida, ayudar
a su clan familiar; regresar a Córcega para
hacer allí una carrera política y militar.
De un modo vago, soñaba con escribir una historia
de su isla, pues este artillero, romántico
antes del romanticismo, se creía, y no sin
razón, literato.
Curado
de su mito corso por la hostilidad de los partidarios
de Paoli, volvió a Francia con su madre, hermanos
y hermanas. ¿Con qué cuentan para vivir
todos esos Bonaparte? Un sueldo de capitán,
los débiles recursos de repatriamiento, la
amistad de un comerciante marsellés.
A
los veinticuatro años, edad en la que muchos
soldados de su generación se apresuran por
el camino de la gloria, Napoleón no es todavía
sino un capitán sin porvenir.
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Bonaparte,
teniente de artillería;
hermosa miniatura realizada por Lié-Perrin
Salbreux. |
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Primeros milagros:
el asedio de Tolón, los éxitos que logra como
artillero, la protección de los comisarios corsos,
la de los Robespierre, el grado de general de brigada. Pero,
bajo el Terror, los generales se nombraban con facilidad;
y eran destituidos más de prisa aún.
Segundo milagro: el 13 Vendimiario. Joven general en situación
de disponible,
por conocer a Barras y a Josefina de Beauharnais, por haber
necesidad de un hombre fuerte, recibe el mando de las tropas
de París y salva a la Convención. General en
jefe del ejército del Interior, se halla bien situado
para obtener el mando del ejército de Italia.
Entonces su
genio surge, deslumbrante. Después de Lodi, comprende
que puede abrigar las más altas ambiciones. «
Veía el mundo huir bajo mí,
como si fuera arrastrado hacia lo alto. »
Dueño de Italia, se revela jefe de Estado como gran
soldado. En el momento de su regreso a Francia (regreso triunfal,
pues Bonaparte ha logrado la victoria y la paz), tiene la
prudencia de contemporizar. El fruto no está maduro.
La campaña de Egipto, aunque vana, le confiere el misterioso
prestigio de Oriente. En un tiempo en que el Directorio parece
afectado de consunción senil, este joven héroe
vuelve de Egipto como salvador. El hombre del destino desaloja
a los abogados. « Francia no era violada, se entregaba.
»
Hele aquí
cónsul, primer cónsul, cónsul vitalicio,
y luego, a los treinta y cinco años, en 1804, emperador
de los franceses. Goza del poder como hombre que se siente
creado para ejercerlo tanto en los ejércitos a los
que conduce a fulgurantes victorias, como en el interior de
la nación, donde sabe reconciliar a los franceses,
forjar la paz religiosa, dotar a Francia de instituciones,
muchas de las cuales sobreviven en la actualidad. En 1807
domina Europa y se
encuentra con el zar Alejandro en Tilsitt. Parte de la entrevista
con la convicción de que ha conseguido un amigo seguro.
« Me veía victorioso,
dictando leyes, con reyes y emperadores como corte.
» Todo esto parece verdadero. « Nunca estimé
a nadie más que a ese hombre », diría
el zar.
Sin embargo,
en ese inmenso edificio, de soberbia estructura, aparecen
grietas. Inglaterra no había aceptado nunca ni la Revolución
francesa, ni el Imperio, ni sobre todo la anexión de
Bélgica. Por tradición, era enemiga de la potencia
más fuerte del continente, sea la que fuere. Contra
ella, Napoleón había construido una máquina
de guerra comercial: el bloqueo continental. Pero el bloqueo
muestra grietas que el Emperador quiere taponar. De ahí
las guerras de Portugal, España, Rusia. Las malas noticias
llegan en negra serie. A pesar de victorias como Wagram, a
pesar del matrimonio austriaco, generales y reyes saben ya
que el coloso es vulnerable. « Decayó desde
que dejó de desorientar ». Talleyrand prepara
su retirada.
Pronto comienza la disputa del botín. Toda Europa marcha
contra Napoleón. Francia es invadida. «Sólo
el general Bonaparte puede salvar al emperador Napoleón.»
Jamás tuvo el general Bonaparte el genio que en esa
campaña de Francia, pero el Emperador es traicionado
y vencido. Tiene que abdicar. Con su maravilloso sentido del
teatro y de la historia, pone en escena la despedida de Fontainebleau.
Luego vienen la isla de Elba, el prodigioso retorno y el más
bello canto de la epopeya: la marcha sobre Grenoble y París,
la reconquista de Francia sin disparar un tiro.
En último
análisis, como decía el propio emperador, la
victoria corresponde a las tropas nutridas. Europa podía
movilizar contra él un millón de hombres; Francia,
desangrada, apenas tenía la mitad. La monótona
llanura de Waterloo presenció la derrota del héroe,
no el final de la epopeya. Un último canto quedaba
por escribir y por vivir. Podía preverse que sería
sublime. Entonces se produjo el gesto a lo Plutarco, la carta
al príncipe regente, Temístocles. Esto se convertirá
más tarde - y él es muy consciente de ello -
en una admirable página de la historia.
Durante seis años, el mundo vería al «
gigante histórico » en una islita, « lejos,
detrás del África, encerrado por los prudentes
reyes », poner una legítima coquetería
en tomar, para la posteridad, la actitud más halagadora.
Rodeado de testigos, busca complacer, y complace, en efecto,
por una lozanía inesperada del espíritu y del
sentimiento, por una recobrada juventud. Con frecuencia, en
ese desierto de miseria y de hastío, lamentó
no haber muerto en Moscú: « Sire, la historia
se hubiera visto privada del retorno de la isla de Elba, el
acto más heroico que un hombre pudiera realizar jamás...
». « ¡Bien! Lo
admito –repuso
el emperador–;
acaso aquello significa algo; pero
¿y Waterloo...? Allí debí morir.
» Estos grandes buscadores de gloria se despegan de
su propia existencia, vuelan por encima de ella y no la conciben
sino como obra de arte. Napoleón, en sus días
de perfecta lucidez, sabía que, en su vida, Santa Elena
constituía el sórdido, el sublime, el indispensable
epílogo.
Cada vez que se revive, mediante
la lectura, esa aventura única y fulgurante,
uno acaba preguntándose: « ¿Por
qué él? ¿Por qué ese niño
corso, tan poco favorecido por el nacimiento y la
fortuna, se convirtió en emperador de los franceses,
y, durante unos años, fue el dueño de
Europa? ¿Por qué ha seguido siendo durante
tanto tiempo el héroe preferido de los poetas?
¿Por qué su vida es aún tema
inagotable y suscita un interés renovado sin
cesar? ».
A estas preguntas
se han dado respuestas muy diversas. A veces se ha
intentado, cuando se estudia esta asombrosa carrera,
atribuir, como –
él, una parte
del éxito al « general Azar ».
« El éxito
es el que hace los grandes hombres »,
dijo un día. En Waterloo, las disposiciones
tomadas por Wellington eran lamentables, o, por decirlo
más claro, no había ninguna. Esto es
lo que acabó por salvarle. El propio emperador
confesaba haber jugado con frecuencia a la primera
carta que se le presentaba. «Querido
mío, los nombramientos y cargos que yo daba
tenían mucho de lotería.»
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Bonaparte
en Árcole, por el barón
Gros |
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Ganaba cuando jugaba
Berthier, perdía cuando jugaba Soult. Sin embargo,
el azar hubiera sido más inconstante.
Durante largo tiempo, Bonaparte ganó mucho más
que perdió. Luego veremos lo que debe pensarse de su
« suerte ».
Ciertos historiadores
atribuyen sus fortunas a la coyuntura, es decir, a un conjunto
de circunstancias que facilitaban el éxito. Es la tesis
de Tolstoi en Guerra y Paz. « Cada vez que hay conquista
-viene a decir Tolstoi-, admiramos a un conquistador.
Pero cada vez que la locomotora arranca, suena un silbido.
Sin embargo, no es el silbato el que hace marchar a la locomotora.
No fue Napoleón el que condujo a los franceses a Austerlitz;
sino que fueron cientos de miles de franceses los que empujaron
a Napoleón a Austerlitz. »
Veamos, pues, lo que fueron, en el transcurso de su vida,
las coyunturas sucesivas. Comenzó su carrera activa
en un momento en el que, en Francia, una monarquía
se hundía y una revolución estallaba. Sin duda,
estos cambios bruscos son favorables a las rápidas
ascensiones. Una clase dirigente era decapitada; una clase
nueva ascendía. Parte de los oficiales del antiguo
régimen emigraban o morían; estos vacíos
dejan campo abierto a los talentos. Bonaparte no será
el único general de veinticinco años. Sólo
sucede (excepto con Bernadotte, que fundó una dinastía)
que los otros no llegarán tan lejos como él.
Contemporáneo
de la Revolución francesa, habiendo encarnado en sus
primeras campañas a la milicia de esa revolución,
¿cree en ella? Por instinto y por educación,
Napoleón es monárquico. Se formó en una
escuela real. Soberano, corte, nobleza son palabras cargadas
de sentido y de fuerza para él; lo demostrará.
Pero si su corazón era monárquico, su inteligencia
era jacobina. De ahí la búsqueda de una posición
intermedia: « Ni gorro frigio,
ni tacón rojo ». En muchas páginas
del Memorial se encuentran las huellas del combate
que las dos formas de gobierno libran en su interior. Tiene
frases de revolucionario: « Un
trono no es más que una tabla forrada de terciopelo
». Incluso después de la victoria de la Santa
Alianza, cree que la Revolución perdurará: «
Ahogamos las mancillas en olas de
gloria... Y esta era memorable se relacionará, dígase
lo que se quiera, con mi persona ».
¿Por qué, si tal era su sentimiento, se convirtió
en uno de los jefes de la contrarrevolución? «
Pero, querido amigo, la exigencia
del momento, ¿no supone nada para usted? »
Pretender regenerar a un pueblo a cada instante, opina, sería
un acto de demencia. La revolución continua destruiría
toda sociedad. Pudo elegir entre dos políticas: seguir
siendo jacobino o convertirse en igual a un rey. Eligió
la segunda; con frecuencia debió de lamentarlo. ¡Cuántos
sacrificios hizo en vano por monarcas que buscaban su apoyo
en la época en que parecía todopoderoso, y que
le traicionaron en cuanto le vieron vacilar! Pero ¿qué
hacer? ¿Eran gobernables los jacobinos? « Después
de vencer con ellos, casi de inmediato tuve que vencerlos
a ellos. Un grupo no soporta en absoluto un jefe duradero.
Servirse de un partido para atacarle al día siguiente,
siempre es peligroso. No entraba en mis principios.
»
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El
Primer Cónsul en Lieja,
por Ingres |
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Verdaderamente,
durante sus mejores años careció de sistema.
«La Revolución
–decía–
debe
aprender a no prever nada.» Se adaptaba
a la coyuntura. ¿Cuál era ésta
en 1799? Francia hormigueaba de revolucionarios enriquecidos
(que no querían perder sus cargos ni los bienes
nacionales que habían adquirido muy fácilmente)
y de antiguos sospechosos dispuestos a ceder si se les
aseguraba el libre ejercicio de su religión.
Era preciso satisfacer a unos y a otros. Bonaparte jugó
esa doble
partida. Quiso ser, y lo fue, el reconciliador. No quería
saber nada de lo que los ciudadanos habían hecho
con anterioridad; y les pregunta: « ¿Queréis
ser buenos franceses conmigo hoy y mañana? Y
si me responden “sí”, les muestro
el camino del honor ».
Esta amplitud de espíritu, esta grandeza de alma
implicaban una entera indiferencia respecto a las doctrinas.
« En lo que respecta
a la sabiduría –decía–,
hay que reservarse siempre
el derecho de reírse mañana de las ideas
de la víspera. » Y en otro
lugar: « Jamás
quise torcer los hechos para que se doblegasen a mi
sistema; por el contrario, siempre hice que mi sistema
se sometiera al imprevisto carácter de los hechos...
Y en esto radica –agregaba–
el verdadero imperio de la
razón ». |
Sí,
pero ese imperio no es fácil de ejercer. Acaso era
fácil, en 1799, advertir que la situación exigía
flexibilidad, perdón, reconciliación. Pero era
necesaria una infrecuente prudencia para adaptarse a las exigencias.
No es poco mérito el haberlas reconocido. El hombre
no domina su circunstancia sino obedeciéndola.
Bouthoul ha expuesto, con mucha claridad, otro aspecto de
la coyuntura. La situación económica y demográfica
de Francia hacía que la guerra fuera posible y probable.
Un mejor estado sanitario había originado el aumento
de la población. Una juventud numerosa y sin empleo
creaba la incitación a la guerra. Francia era el país
más poblado del continente. Ofrecía profusión
de soldados. « Tengo cien
mil hombres de renta. »
Frase terrible y peligrosa. Es una gran tentación para
un estadista mantener el orden en el interior vertiendo el
exceso de energía hacia el exterior. La suprema sabiduría
hubiera sido, no ignorar la coyuntura,
sino emplear de otra manera las temibles fuerzas que ofrecía.
Pues la situación iba a cambiar y una nueva coyuntura,
a partir de 1810, prefiguraría la derrota final, por
falta de efectivos.
Por esto se advierte que si la coyuntura constituye, efectivamente,
una fuerza capaz de desencadenar los acontecimientos, también
sería posible dominarla, interpretarla y prevenir sus
efectos. La historia de Napoleón proporciona otro ejemplo.
La situación, de 1794 a 1804, parecía favorable
a una expansión pacífica de Francia en Europa
y a un imperialismo ideológico que sería aceptado
por los pueblos a causa de que los ejércitos franceses
aportaban consigo las libertades. Esto fue cierto en Italia
(en La cartuja de Parma puede verse cómo los
soldados franceses fueron acogidos allí como liberadores).
También lo fue en el Rin, en Bélgica, en Polonia.
Pero no podía extenderse esta verdad a todo el continente
(otras naciones, como España, Austria, Rusia, tenían
tradiciones diferentes), ni durar, porque la ocupación
por un ejército extranjero, aunque primero sea amistosa,
fatalmente llega a resultar penosa, creadora de abusos y,
al fin, insoportable.
Si es cierto, como creyó Tolstoi, que los soldados
de la Revolución, convencidos de que llevaban la civilización
a los pueblos, impulsaban al emperador a guerras cada vez
más lejanas, y si es cierto que el pueblo y el ejército
se mantuvieron fieles durante mucho tiempo a quien, incluso
después de la coronación, salvaguardaba a sus
ojos lo esencial de las conquistas de la Revolución,
esto no sólo fue consecuencia de las presiones demográficas
y económicas. Es evidente que, sin la coyuntura favorable,
la asombrosa aventura napoleónica hubiera sido imposible;
pero sin Napoleón la coyuntura no hubiese producido
los mismos efectos. Por encima de las circunstancias, debe
tenerse en cuenta la grandeza del hombre.
Esta grandeza
es innegable. Según la leyenda, antes de la lucha entre
ambos clanes, Paoli le dijo a Bonaparte adolescente: «
¡Oh, Napoleón!, tú nada tienes de
moderno; perteneces por entero a Plutarco ». Sí,
por naturaleza, pertenecía a Plutarco, y a Corneille.
En Santa Elena, con frecuencia pensaba que un día le
sería posible, de nuevo, sentarse en la platea de la
Comedia Francesa para ver Cinna. La clemencia de
Augusto le gustaba, aunque la razón de Estado a veces
le hiciera tropezar por ese camino. Le gustaba ligar su persona
a arquetipos históricos. De ahí el atractivo
que ejercía Oriente sobre él; de ahí
su idea de realzar el nombre de emperador; y también
la necesidad de hacer que la Iglesia y el Papa sancionaran
su ascensión. De ahí, por último, su
gusto constante por la Antigüedad clásica.
Pero si busca –y
encuentra con frecuencia–
la verdadera grandeza, conoce y menosprecia la falsa. No se
forja ilusiones sobre los hombres. No esperando la perfección,
perdona las debilidades. Con frecuencia, rompe o quema cartas
cuya lectura le resulta penosa. « Valía más
ignorar. » No muestra ante Las Cases la menor animosidad
contra los que le abandonaron.
Atribuye su conducta a las circunstancias y a las debilidades
humanas. « No conocéis
a los hombres. ¡Son tan difíciles de captar cuando
se quiere ser justo! » Pero no permite que
le roben. A los proveedores demasiado ávidos les obliga
a restituir los beneficios ilícitos. Arruinado por
los contratistas de transportes militares, crea su propio
servicio de transportes y prescinde de ellos. Cuida de que
los forestales no se enriquezcan a expensas del bosque.
|
El
cortejo de la Consagración. Bonaparte
deja las Tullerías para dirigirse a Nuestra Señora.
Dibujo de Isabey para Le Livre du Sacre.
|
Trátese
del ejército o de asuntos civiles, posee el genio del
mando. Quiere saberlo todo, y asombra a quienes emplea por
la extensión de sus conocimientos. Nunca se cansó
de la lectura de los estados de efectivos y de material. Cuando,
en su correspondencia, se descubren innumerables instrucciones
sobre los temas más diversos, siempre pertinentes,
siempre originales, por fuerza hay que sentirse admirado.
Pocos jefes de Estado velaron de tal manera respecto al empleo
de los créditos, luchando contra los gastos de la pompa,
reaccionando contra las prodigalidades de quienes le rodeaban
(al margen de los gastos de Josefina). Pocos generales se
preocuparon como él de averiguar, en los furgones de
su artillería, si las cifras de obuses que se indicaban
eran exactas. Trabajaba constantemente. « La
noche pasada me levanté a las dos; me senté
en una meridiana ante nuestros fuegos para examinar los estados
de situación que ayer me envió el ministro de
la Guerra. He descubierto veinte faltas de las que he mandado
nota al ministro esta mañana. »
Sabe mejor que nadie lo que su aventura tiene de
milagroso, y que se halla a merced de un accidente. Para durar
hay que convencer, complacer a los franceses. « Mi
política es gobernar a los hombres como la inmensa
mayoría quiere ser gobernada. Ésta, creo, es
la manera de reconocer la soberanía del pueblo.
» ¿Cómo convencer y complacer a los franceses?
Cree que prefieren la gloria a la libertad. Les da gloria
militar con creces.
Durante quince
años gana todas las batallas. « Vencí
a diez reyes, pasé los Alpes y el Rin.»
¿Fue un gran estratega? Sus adversarios tienen idea
de ello. Es verdad que la lectura de Guibert le había
enseñado ya en su juventud los principios de la guerra
llamada « napoleónica »: Ser el más
fuerte en un punto, atacar por él, asombrar por la
celeridad de movimientos, mantener una masa de reserva. Pero
si aprendió mucho de Guibert y de Federico n de Prusia,
sabe también que, en el arte militar, los principios
solamente son una armazón. « La
guerra es un arte sencillo y todo él de ejecución.
» Lo que le da la victoria son sus súbitas intuiciones
en el campo de batalla, su valor, pues no vacila en exponer
su persona yendo a comprobar los hechos donde sea; esto es
lo que le vale la confianza de sus veteranos.
Pues, en su grandeza, se manifiesta ese imponderable: «
la presencia ». Todavía la percibimos, con emoción,
en los relatos de Roederer, en los versos de Víctor
Hugo, en las novelas de Balzac (El médico de campaña;
el comienzo de La mujer de treinta años).
El emperador, a pesar de sus defectos, fue amado, adorado;
inspiró sentimientos tan vivos que sobrevivieron al
desastre. Santa Elena los reavivó e incluso hoy los
experimentamos. Esto se debe en parte, dice Jules Romains,
« a un magnífico sentido común ».
Si funda una corte, un ceremonial, una nobleza, en ningún
instante le embriaga ese cuento de hadas. Siempre persiste
en él « el teniente corso, algo de Maquiavelo
y algo de jacobinismo ». El día de la coronación,
le dice a su hermano José: « ¡Si
nuestro padre nos viese! ». Conserva el
sentido del humor y mide el camino recorrido. A la reina madre,
que le reprocha trabaje demasiado, le responde con una expresión
corsa: « ¿Acaso soy
hijo de la gallina blanca? ». A Josefina,
cuando se instala en las Tullerías: « ¡Vamos,
criollita, acostaos en el lecho de vuestros señores!
». A Bourrienne, su secretario: « Bourrienne,
no todo consiste en llegar hasta las Tullerías; es
necesario mantenerse ». « Lo que tenía
de encantador - dice Stendhal era su franqueza, su hombría
de bien. Un día en que se discutía un asunto
que tenía pendiente con el Papa:
«Esto
es fácil para vosotros –dijo–
pero a mí, si el Papa viniera
a decirme: "El
arcángel san Gabriel se me ha aparecido esta noche
y me ha ordenado tal cosa, me vería obligado
a creerle”.»
Gusta también a las « almas sensibles »
por su despego altanero y poético. Ossian y Werther
alternan en él con César y Alejandro. A Roederer,
que, al verle por vez primera en las Tullerías, entre
antiguos y sombríos tapices, le dice: « Esto
es triste, general », « Sí
–le
responde Bonaparte–,
triste como la grandeza
», frase de filósofo y de poeta. Cuando, hojeando
un atlas, veía el mapa de Córcega, se quedaba
mucho tiempo mirándolo. Allí todo había
sido mejor. Sólo el olor de la tierra, decía,
le habría bastado para saber que estaba en Córcega.
No había vuelto a percibir ese olor en parte alguna.
De la reina madre sólo con admiración hablaba.
« En ella –dice–
domina la grandeza. El orgullo,
la noble ambición coexisten con la avaricia.
» Un rasgo en él bastante conmovedor es su continua
avidez de lectura. Sus preferencias nunca son mediocres. Hace
que le lean Los Evangelios, La Odisea, Corneille,
Rousseau. No es muy distinto de Stendhal, y éste lo
sabía.
Con frecuencia,
el estilo es signo y testimonio de la grandeza. Al teniente
Bonaparte le había costado desprenderse del tono sensible
y lírico de La nueva Eloísa. Habiéndose
suicidado por amor un granadero del ejército de Italia,
el primer cónsul manda que se consigne en la orden
del día de la Guardia: « Un
soldado debe saber vencer la melancolía de las pasiones;
hay tanto valor verdadero en padecer con constancia las penas
del alma como en mantenerse firme bajo la metralla de una
batería ». Más tarde, sus
proclamas, sus boletines, son bellos. Este mediterráneo,
pertrechado de cultura antigua, lector de Plutarco, sabe hallar
el tono de sus héroes: « Soldados,
estoy contento de vosotros... Mi pueblo os recibirá
con alegría y os bastará con decir: “Estuve
en la batalla de Austerlitz” para que os respondan:
“¡He aquí un bravo!”
». ¿Estilo enfático? ¿Tema para
remate decorativo? No, era el estilo de la época, hecho
para gustar al pueblo y a los soldados. «Soldados
de mi Vieja Guardia, me despido de vosotros. Desde hace veinte
años, siempre os he encontrado en el camino del honor
y de la gloria... Si he aceptado sobrevivir, ha sido para
servir aún a vuestra gloria. Quiero escribir las cosas
grandes que hicimos juntos.» ¿Podría
decirse algo mejor en tal momento? Cuando abrazó el
águila, los veteranos lloraron. De otro lado, cuando
quiere, termina su frase con dureza, a lo Tácito. Después
de la carta Temístocles al príncipe regente:
« Mas, ¿cómo se respondió en Inglaterra
a tal magnanimidad? Se fingió tender una mano hospitalaria
a semejante enemigo, y, cuando éste se entregó
de buena fe, se le inmoló ». La caída
es bella en su brusca dureza.
Con
frecuencia se ha aludido a su suerte. Se ha dicho: «
Si Luis XV no hubiera adquirido Córcega, Bonaparte
habría nacido genovés y no hubiera tenido,
para su carrera, el inmenso teatro de Francia y de la
Revolución... Si Paoli le hubiera aceptado como
lugarteniente, hubiera sido un patriota corso, pronto
vencido, y no el emperador de los franceses ».
Es evidente que un grande hombre, para desplegar todas
sus fuerzas, debe « hallarse en situación
». Pero, en cuanto se le ofrece la menor oportunidad,
se adueña de ella, la alimenta, la utiliza y
la transforma en una certidumbre. |
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El
nacimiento de Napoleón II.
Grabado popular. |
|
Sobre todo,
se dispone a sacar partido de las posibilidades aún
latentes entre las brumas del porvenir.
Pensad en Bonaparte en el asedio de Tolón. Desde luego,
tuvo la suerte de que hubiese allí un jefe incapaz
y comisarios favorables a él. Pero no olvidemos que,
habiendo ido a Tolón como simple viajero, examinó
la rada, buscó la posición de las baterías
y advirtió que desde la punta de la Eguillette se podían
bombardear los navíos de la rada y obligarlos a evacuarla.
En ese momento nada le permitía prever que un día
mandaría la artillería del asedio. Su espíritu
siempre despierto había tratado el problema en sí.
Considerad su papel el 13 Vendimiario. Ciertamente, tuvo la
suerte de hallarse en París a la sazón, de conocer
a Barras y de que éste le eligiera como adjunto. Pero
otros generales, Pichegru, Menou, habían sido llamados
antes que él y habían tratado de parlamentar
con los sublevados. Bonaparte, desde que tomó ignoraba.
Su relación con Barras, ¿no resultaría
comprometida por las infidelidades de Josefina? Armoniza bien
con ella, tanto por exigencia de sus sentidos como porque
necesita contar con una esposa bien informada. Queda aún
el peligro de
la violenta hostilidad de los jacobinos. En los Consejos,
todo estuvo a punto de fracasar. El héroe era un orador
desmañado. Allí intervino un factor dimanado
de la suerte; pero los planes habían sido bien preparados.
El fracaso, aunque posible, era poco probable.
Después
de Brumario, durante más de diez años, tuvo
muchas razones para creer en su « estrella ».
Y creyó, pues era supersticioso, y en el fondo modesto.
Pero, de hecho, su estrella era su mérito. Todos los
grandes conductores de hombres tienen rasgos comunes que justifican
su prestigio. Ante todo, se interesan poco por lo que codician
los seres mediocres. Nunca hubo soberano que dispusiera de
tan grandes riquezas y se apropiara de menos. Además,
conservan en la acción la sabiduría de ver las
cosas tal cual son y no como desearían que fuesen.
Durante toda la parte triunfal de su carrera, Napoleón
se niega a engañarse a sí mismo.
¿Cabe decir que, al final, su
estrella cesa de protegerle y la suerte le traiciona?
Esto no es así en la isla de Elba, donde prueba
que « no hay orden de magnitud en el espíritu
» y que es capaz de administrar el reino de Sancho
Panza con el mismo cuidado que el Imperio de Carlomagno.
Tampoco es así cuando retorna
de la isla de Elba y los obstáculos parecen desvanecerse,
y los fusiles se bajan ante él en cuanto aparece
ante el pueblo y el ejército. En cambio, parece
verdad el abandono de su estrella en Waterloo. En ese
campo de batalla, el último para él, no
tiene suerte. Las órdenes que da son mal transmitidas,
mal entendidas. Grouchy no acierta con la artillería;
Blücher se excede. Pero ¿sólo es
cuestión de mala suerte? Las órdenes no
llegan porque el infalible Berthier no está allí
y porque Napoleón cometió el error de
nombrar general en jefe a Soult en vez de a Davout.
No es la suerte que falta; es la voluntad que ya no
tiene la misma fuerza, ni el juicio la misma seguridad.
Sobre todo, la partida era desigual. Aunque la batalla
de Waterloo hubiera sido milagrosamente ganada, el Imperio
no hubiese dejado de sucumbir. Más allá
de la suerte y del genio, se imponía el destino. |
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Napoleón
en la cubierta del Belerofonte, en
la rada de Plyrnouth, en espera de que el Gobierno
inglés decida su suerte. Pintura
de sir Charles Lock Eastlake. |
|
El espíritu
más rápido, los conocimientos más amplios,
honradez intelectual, poca vanidad, ninguna ilusión
sobre los hombres, un gran arte de seducirlos sin adularlos,
genio militar y civil, he aquí lo que debió
fijar la Fortuna. Pero Napoleón se halla en Santa Elena.
¿Por qué debilidad del prodigioso instrumento?
Sin duda,
sus últimos fracasos se debieron a una imaginación
demasiado viva. En la acción inmediata, en el campo
de batalla y en el Consejo de Estado, era admirable; pero
cuando, olvidando sus prudentes máximas, forjaba proyectos
para el futuro, recuerda repentinamente a Picrochole. Ver
las cosas en grande es, a la vez, su fuerza y su debilidad.
Su buen sentido decae, y su inteligencia. En Egipto, se cree
ya en la India. Incluso para las otras naciones, no puede
impedirse pensar planes de conquista. « Europa será
suya si encuentra un emperador de Rusia valiente, impetuoso
y capaz. Puede comenzar las operaciones en el propio suelo
alemán, a una legua de las dos capitales, Berlín
y Viena. Ya ahí, estará en el corazón
de Alemania, entre príncipes de segundo orden. De ser
necesario, arrojará de paso, por encima de los Alpes,
algunos tizones encendidos sobre la tierra italiana, preparada
para la explosión; luego avanzará triunfante
hacia Francia, de la que nuevamente
se proclamará libertador. Con seguridad en tal situación,
llegaría a Calais en el momento establecido de antemano,
fijado por jornadas y etapas, y allí sería el
árbitro y señor de Europa... « Acaso,
querido mío, sentís la tentación de decirme
como el ministro de Pirro a su señor: “Y todo
eso, ¿para qué?”. Os responderé:
“Para fundar una nueva sociedad y evitar grandes desgracias”.
»
Sus designios,
incluso desmedidos, jamás carecían de inteligencia.
Incluso tenía visiones proféticas. Expone a
Las Cases un proyecto de reconstitución europea en
el cual prevé la unidad de Italia, la de Alemania,
la unidad eslava y una confederación de todos esos
pueblos con Francia. Adivina la continuación de la
historia de Inglaterra y describe por adelantado los Dominios.
« ¿Por qué Inglaterra,
en una situación enteramente nueva, había de
seguir una marcha rutinaria? Era preciso que imaginara una
especie de emancipación de sus colonias; como sin duda
muchas se le evadirían con el tiempo, ha de aprovechar
el momento para anudar con ellas lazos nuevos y relaciones
más ventajosas. La madre patria se aligeraría
así de sus cargas sin que perdiera sus antiguas ventajas;
rasgos e intereses recíprocos, la similitud del lenguaje,
la fuerza de la costumbre... ¿Qué perdería?
Nada. Y evitaría las molestias y los gastos de una
administración que, con frecuencia, sólo le
vale ser detestada. »
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Napoleón
en Santa Elena,
por Samuel William Reynolds. |
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No
se puede ser más clarividente. Pero su inteligencia
le lleva a pedir demasiado a las fuerzas humanas. Por
una excesiva necesidad de armonía, constituyó
la administración francesa de un modo geométrico
y en torno a un centro único: París. Stendhal
se lo reprocha. « Hubiera sido mejor despertar
las instituciones locales, como en Inglaterra. La máquina
hubiera resultado menos frágil. »
« La mayoría
de esos resortes sólo están en mi pensamiento
–responde
el emperador–
como instituciones de autoritarismo,
como armas de guerra. Cuando hubiese llegado para mí
el tiempo de dejar más sueltas las riendas, todos
los filamentos hubieran perdido esa tensión y
habríamos procedido entonces a crear las organizaciones
de paz, las instituciones legales. »
Pero ¿le era posible aún hacer la paz?
Aquí resulta preciso responder a Napoleón
con Napoleón: « Se
puede dar un primer impulso a los asuntos; después,
os arrastran ».
Os arrastran y entonces suena la hora de Cineas. «Detengámonos,
señor.» El peligro de un estadista que
cree demasiado en su estrella es que se enfrente con
riesgos crecientes. |
Si se juega
durante mucho tiempo a doblar la puesta, se acaba por perder.
Es en doble sentido como sería necesario saber «
hacer el Carlomagno ». Durante la retirada de Rusia,
se advierte que Napoleón está asombrado por
la resistencia que le ofrece el destino: « Me
he equivocado, señor caballerizo mayor... Esta guerra
de Rusia es un mal asunto ». Pero el jugador
vuelve a sentirse esperanzado; cree que Europa va a retornar
a él. « Los reveses
que acaba de sufrir Francia darán fin a todos los celos...
No hay más que un enemigo en Europa: el coloso ruso.
» A lo cual, Caulaincourt, más neutral, replica:
« Es a vuestra majestad a quien se teme ».
Napoleón se asombra. ¿Temerle?, ¿a él?
Nunca quiso la guerra. Inglaterra le forzó
en todo cuanto hizo.
« Soy
un ser razonable que no hace más que lo que juzga útil.
»
Es sincero.
Fue Alejandro quien tomó la iniciativa en la ruptura.
Pero poco importa. De todos modos, Napoleón no podía
detenerse. Antes de nacer y de ser bautizada, la Santa Alianza
existía de hecho. El club de los soberanos hereditarios
quería la pérdida del advenedizo; Inglaterra
deseaba la ruina del hombre demasiado poderoso. Pronto o tarde,
esos odios conjugados deberían perderle. Incluso heroica,
Francia no podía enfrentarse con toda Europa. Pero
los franceses no guardan rencor al emperador. Si su tumba,
en los Inválidos, sigue siendo para ellos un lugar
de peregrinación, no sólo es a causa de la gloria:
Arcole, Lodi, Áusterlitz, Wagram, Montmirail, nombres
bordados en letras de oro en los corazones como en las banderas;
sino también por el Consejo de Estado, el Código
civil, la Legión de Honor, la Universidad, el Arco
de Triunfo, la calle de Rívoli, la columna Vendôme.
La moda de hoy, desdeñar al individuo en favor del
determinismo histórico, insinuará con gusto
que, sin Napoleón, la historia hubiera seguido más
o menos un igual camino, que otro hubiera hecho las mismas
reformas y logrado idénticas victorias. La sabiduría
instintiva de las naciones se levanta contra esa tesis. Jules
Romains responde, y estoy de acuerdo con él, que Napoleón
es, por el contrario, entre los casos privilegiados, el que
mejor muestra hasta qué punto la presencia del individuo
puede modificar el curso de la historia. El conocimiento de
su vida es uno de los temas menos triviales que puede proponerse
un historiador. La Francia moderna sabe que fue modelada por
esa buena mano.
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Epitafio
de William Pitt, el verdadero carnicero de Europa
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Napoleón,
por André Castelot. |
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Breve
cuadro cronológico razonado de las Coaliciones
Europeas |
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Austerlitz,
una victoria de la energía francesa,
por Thierry Choffat. |
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¡Napoleón,
hombre de paz!, por David Saforcada. |
 |
Breve
cuadro cronológico razonado de las Coaliciones
Europeas |
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¿Merece
Napoleón la gloria que envuelve a su nombre?
por Jean-Claude Damamme. |
 |
Bonaparte
Primer Cónsul, por el Coronel Émile
Guéguen. |
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El
Cónsul
por Dimitri Merejkovsky. |
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María
Walewska cuenta cómo conoció al Emperador,
de la colección del Conde Walewski.
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Austerlitz,
2 de diciembre de 1804
- por el General Michel Franceschi.
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España,
un pararrayos que precipita al relámpago
- por el General
Michel Franceschi. |
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Napoleón
y las obras sociales,
por el General-mayor Henri-Jean Couvreur |
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El
duelo con Inglaterra
por Dimitri Merejkovsky
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El
Camino hacia la Libertad, por el E.S.
Enrique F. Sada Sandoval. |
 |
La
propaganda y la la guerra psicológica |
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El
Bloqueo Continental
¡En línea
próximamente!
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 |
De
Waterloo a la isla de Aix: embarque hacia el exilio,
por Jacques L’Azou. |
 |
El
Concordato
¡En línea
próximamente!
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Marengo
¡En línea
próximamente!
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Bonaparte,
Napoleón, Egipto y el Oriente por
el Profesor Jean Leclant. |
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Palabras
de un Poeta
discurso de Victor Hugo
a la Academia Francesa. |
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Napoleón,
el gran reconciliador
por Paul Ravignant. |
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El
imperio de la juventud
por Paul Ravignant. |
 |
El
imperio del talento
por Paul Ravignant. |
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Napoleón
en Egipto,
por el General Michel Franceschi. |
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Decreto
del Bloqueo continental del 21 de noviembre de 1806 |
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Segundo
decreto de Milán del 17 de diciembre de 1807 |
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Decreto
de Bayona y Proclama a los españoles (25 de mayo
de 1808) |
