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HISTORIA GENERAL
 
Ingres - Napoleón I sobre el trono Imperial en traje de Coronación, 1806.
Napoleón I en su trono imperial
Óleo (detalle) de Jean-Auguste Dominique Ingres (1769–1821).

 

INTRODUCCIÓN A LA VIDA DE NAPOLEÓN

Por

ANDRÉ MAUROIS
de la Academia Francesa

Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
André Maurois.

« Entre mejor se conozca la verdad toda entera, más grande será Napoleón »
Stendhal.

He aquí una extraordinaria epopeya y uno de los destinos más asombrosos de la historia. Ascensión tan rápida como las de Alejandro o César, e incluso por una pendiente más escarpada, pues Alejandro era hijo de rey, y César pertenecía a una familia consular. Napoleón Bonaparte había nacido en el seno de una familia corsa sin fortuna, más tarde exiliada de su isla natal. Nadie parecía menos preparado para gobernar a Francia que el becario orgulloso y tímido cuyo acento extranjero divertía a sus compañeros de Brienne.

A los dieciséis años era teniente de artillería. Sus planes eran modestos: ganarse la vida, ayudar a su clan familiar; regresar a Córcega para hacer allí una carrera política y militar. De un modo vago, soñaba con escribir una historia de su isla, pues este artillero, romántico antes del romanticismo, se creía, y no sin razón, literato.

Curado de su mito corso por la hostilidad de los partidarios de Paoli, volvió a Francia con su madre, hermanos y hermanas. ¿Con qué cuentan para vivir todos esos Bonaparte? Un sueldo de capitán, los débiles recursos de repatriamiento, la amistad de un comerciante marsellés.

A los veinticuatro años, edad en la que muchos soldados de su generación se apresuran por el camino de la gloria, Napoleón no es todavía sino un capitán sin porvenir.

Bonaparte, teniente de artillería
Miniatura de Lié-Perrin Salbreux (1753-1817).

Primeros milagros: el asedio de Tolón, los éxitos que logra como artillero, la protección de los comisarios corsos, la de los Robespierre, el grado de general de brigada. Pero, bajo el Terror, los generales se nombraban con facilidad; y eran destituidos más de prisa aún.
Segundo milagro: el 13 Vendimiario. Joven general en situación de di
sponible, por conocer a Barras y a Josefina de Beauharnais, por haber necesidad de un hombre fuerte, recibe el mando de las tropas de París y salva a la Convención. General en jefe del ejército del Interior, se halla bien situado para obtener el mando del ejército de Italia.

Entonces su genio surge, deslumbrante. Después de Lodi, comprende que puede abrigar las más altas ambiciones. « Veía el mundo huir bajo mí, como si fuera arrastrado hacia lo alto. »
Dueño de Italia, se revela jefe de Estado como gran soldado. En el momento de su regreso a Francia (regreso triunfal, pues Bonaparte ha logrado la victoria y la paz), tiene la prudencia de contemporizar. El fruto no está maduro. La campaña de Egipto, aunque vana, le confiere el misterioso prestigio de Oriente. En un tiempo en que el Directorio parece afectado de consunción senil, este joven héroe vuelve de Egipto como salvador. El hombre del destino desaloja a los abogados. « Francia no era violada, se entregaba. »

Hele aquí cónsul, primer cónsul, cónsul vitalicio, y luego, a los treinta y cinco años, en 1804, emperador de los franceses. Goza del poder como hombre que se siente creado para ejercerlo tanto en los ejércitos a los que conduce a fulgurantes victorias, como en el interior de la nación, donde sabe reconciliar a los franceses, forjar la paz religiosa, dotar a Francia de instituciones, muchas de las cuales sobreviven en la actualidad. En 1807 domina Europa y se encuentra con el zar Alejandro en Tilsitt. Parte de la entrevista con la convicción de que ha conseguido un amigo seguro. « Me veía victorioso, dictando leyes, con reyes y emperadores como corte. » Todo esto parece verdadero. « Nunca estimé a nadie más que a ese hombre », diría el zar.

Sin embargo, en ese inmenso edificio, de soberbia estructura, aparecen grietas. Inglaterra no había aceptado nunca ni la Revolución francesa, ni el Imperio, ni sobre todo la anexión de Bélgica. Por tradición, era enemiga de la potencia más fuerte del continente, sea la que fuere. Contra ella, Napoleón había construido una máquina de guerra comercial: el bloqueo continental. Pero el bloqueo muestra grietas que el Emperador quiere taponar. De ahí las guerras de Portugal, España, Rusia. Las malas noticias llegan en negra serie. A pesar de victorias como Wagram, a pesar del matrimonio austriaco, generales y reyes saben ya que el coloso es vulnerable. « Decayó desde que dejó de desorientar ». Talleyrand prepara su retirada.
Pronto comienza la disputa del botín. Toda Europa marcha contra Napoleón. Francia es invadida. «Sólo el general Bonaparte puede salvar al emperador Napoleón.» Jamás tuvo el general Bonaparte el genio que en esa campaña de Francia, pero el Emperador es traicionado y vencido. Tiene que abdicar. Con su maravilloso sentido del teatro y de la historia, pone en escena la despedida de Fontainebleau. Luego vienen la isla de Elba, el prodigioso retorno y el más bello canto de la epopeya: la marcha sobre Grenoble y París, la reconquista de Francia sin disparar un tiro.

En último análisis, como decía el propio emperador, la victoria corresponde a las tropas nutridas. Europa podía movilizar contra él un millón de hombres; Francia, desangrada, apenas tenía la mitad. La monótona llanura de Waterloo presenció la derrota del héroe, no el final de la epopeya. Un último canto quedaba por escribir y por vivir. Podía preverse que sería sublime. Entonces se produjo el gesto a lo Plutarco, la carta al príncipe regente, Temístocles. Esto se convertirá más tarde - y él es muy consciente de ello - en una admirable página de la historia.
Durante seis años, el mundo vería al « gigante histórico » en una islita, « lejos, detrás del África, encerrado por los prudentes reyes », poner una legítima coquetería en tomar, para la posteridad, la actitud más halagadora. Rodeado de testigos, busca complacer, y complace, en efecto, por una lozanía inesperada del espíritu y del sentimiento, por una recobrada juventud. Con frecuencia, en ese desierto de miseria y de hastío, lamentó no haber muerto en Moscú: « Sire, la historia se hubiera visto privada del retorno de la isla de Elba, el acto más heroico que un hombre pudiera realizar jamás... ». « ¡Bien! Lo admito
repuso el emperador; acaso aquello significa algo; pero ¿y Waterloo...? Allí debí morir. » Estos grandes buscadores de gloria se despegan de su propia existencia, vuelan por encima de ella y no la conciben sino como obra de arte. Napoleón, en sus días de perfecta lucidez, sabía que, en su vida, Santa Elena constituía el sórdido, el sublime, el indispensable epílogo.

Cada vez que se revive, mediante la lectura, esa aventura única y fulgurante, uno acaba preguntándose: « ¿Por qué él? ¿Por qué ese niño corso, tan poco favorecido por el nacimiento y la fortuna, se convirtió en emperador de los franceses, y, durante unos años, fue el dueño de Europa? ¿Por qué ha seguido siendo durante tanto tiempo el héroe preferido de los poetas? ¿Por qué su vida es aún tema inagotable y suscita un interés renovado sin cesar? ».

A estas preguntas se han dado respuestas muy diversas. A veces se ha intentado, cuando se estudia esta asombrosa carrera, atribuir, como él, una parte del éxito al « general Azar ». « El éxito es el que hace los grandes hombres », dijo un día. En Waterloo, las disposiciones tomadas por Wellington eran lamentables, o, por decirlo más claro, no había ninguna. Esto es lo que acabó por salvarle. El propio emperador confesaba haber jugado con frecuencia a la primera carta que se le presentaba. «Querido mío, los nombramientos y cargos que yo daba tenían mucho de lotería

Bonaparte en Árcole, por el barón Gros

Ganaba cuando jugaba Berthier, perdía cuando jugaba Soult. Sin embargo, el azar hubiera sido más inconstante.
Durante largo tiempo, Bonaparte ganó mucho más que perdió. Luego veremos lo que debe pensarse de su « suerte ».

Ciertos historiadores atribuyen sus fortunas a la coyuntura, es decir, a un conjunto de circunstancias que facilitaban el éxito. Es la tesis de Tolstoi en Guerra y Paz. « Cada vez que hay conquista -viene a decir Tolstoi-, admiramos a un conquistador. Pero cada vez que la locomotora arranca, suena un silbido. Sin embargo, no es el silbato el que hace marchar a la locomotora. No fue Napoleón el que condujo a los franceses a Austerlitz; sino que fueron cientos de miles de franceses los que empujaron a Napoleón a Austerlitz. »
Veamos, pues, lo que fueron, en el transcurso de su vida, las coyunturas sucesivas. Comenzó su carrera activa en un momento en el que, en Francia, una monarquía se hundía y una revolución estallaba. Sin duda, estos cambios bruscos son favorables a las rápidas ascensiones. Una clase dirigente era decapitada; una clase nueva ascendía. Parte de los oficiales del antiguo régimen emigraban o morían; estos vacíos dejan campo abierto a los talentos. Bonaparte no será el único general de veinticinco años. Sólo sucede (excepto con Bernadotte, que fundó una dinastía) que los otros no llegarán tan lejos como él.

Contemporáneo de la Revolución francesa, habiendo encarnado en sus primeras campañas a la milicia de esa revolución, ¿cree en ella? Por instinto y por educación, Napoleón es monárquico. Se formó en una escuela real. Soberano, corte, nobleza son palabras cargadas de sentido y de fuerza para él; lo demostrará. Pero si su corazón era monárquico, su inteligencia era jacobina. De ahí la búsqueda de una posición intermedia: « Ni gorro frigio, ni tacón rojo ». En muchas páginas del Memorial se encuentran las huellas del combate que las dos formas de gobierno libran en su interior. Tiene frases de revolucionario: « Un trono no es más que una tabla forrada de terciopelo ». Incluso después de la victoria de la Santa Alianza, cree que la Revolución perdurará: « Ahogamos las mancillas en olas de gloria... Y esta era memorable se relacionará, dígase lo que se quiera, con mi persona ».
¿Por qué, si tal era su sentimiento, se convirtió en uno de los jefes de la contrarrevolución? « Pero, querido amigo, la exigencia del momento, ¿no supone nada para usted? » Pretender regenerar a un pueblo a cada instante, opina, sería un acto de demencia. La revolución continua destruiría toda sociedad. Pudo elegir entre dos políticas: seguir siendo jacobino o convertirse en igual a un rey. Eligió la segunda; con frecuencia debió de lamentarlo. ¡Cuántos sacrificios hizo en vano por monarcas que buscaban su apoyo en la época en que parecía todopoderoso, y que le traicionaron en cuanto le vieron vacilar! Pero ¿qué hacer? ¿Eran gobernables los jacobinos? « Después de vencer con ellos, casi de inmediato tuve que vencerlos a ellos. Un grupo no soporta en absoluto un jefe duradero. Servirse de un partido para atacarle al día siguiente, siempre es peligroso. No entraba en mis principios. »

El Primer Cónsul en Lieja, por Ingres
Verdaderamente, durante sus mejores años careció de sistema. «La Revolución decía debe aprender a no prever nada.» Se adaptaba a la coyuntura. ¿Cuál era ésta en 1799? Francia hormigueaba de revolucionarios enriquecidos (que no querían perder sus cargos ni los bienes nacionales que habían adquirido muy fácilmente) y de antiguos sospechosos dispuestos a ceder si se les aseguraba el libre ejercicio de su religión. Era preciso satisfacer a unos y a otros. Bonaparte jugó esa doble partida. Quiso ser, y lo fue, el reconciliador. No quería saber nada de lo que los ciudadanos habían hecho con anterioridad; y les pregunta: « ¿Queréis ser buenos franceses conmigo hoy y mañana? Y si me responden “sí”, les muestro el camino del honor ».
Esta amplitud de espíritu, esta grandeza de alma implicaban una entera indiferencia respecto a las doctrinas. « En lo que respecta a la sabiduría –decía, hay que reservarse siempre el derecho de reírse mañana de las ideas de la víspera. » Y en otro lugar: « Jamás quise torcer los hechos para que se doblegasen a mi sistema; por el contrario, siempre hice que mi sistema se sometiera al imprevisto carácter de los hechos... Y en esto radica agregaba
el verdadero imperio de la razón ».

Sí, pero ese imperio no es fácil de ejercer. Acaso era fácil, en 1799, advertir que la situación exigía flexibilidad, perdón, reconciliación. Pero era necesaria una infrecuente prudencia para adaptarse a las exigencias. No es poco mérito el haberlas reconocido. El hombre no domina su circunstancia sino obedeciéndola.
Bouthoul ha expuesto, con mucha claridad, otro aspecto de la coyuntura. La situación económica y demográfica de Francia hacía que la guerra fuera posible y probable. Un mejor estado sanitario había originado el aumento de la población. Una juventud numerosa y sin empleo creaba la incitación a la guerra. Francia era el país más poblado del continente. Ofrecía profusión de soldados. « Tengo cien mil hombres de renta. »
Frase terrible y peligrosa. Es una gran tentación para un estadista mantener el orden en el interior vertiendo el exceso de energía hacia el exterior. La suprema sabiduría hubie
ra sido, no ignorar la coyuntura, sino emplear de otra manera las temibles fuerzas que ofrecía. Pues la situación iba a cambiar y una nueva coyuntura, a partir de 1810, prefiguraría la derrota final, por falta de efectivos.
Por esto se advierte que si la coyuntura constituye, efectivamente, una fuerza capaz de desencadenar los acontecimientos, también sería posible dominarla, interpretarla y prevenir sus efectos. La historia de Napoleón proporciona otro ejemplo. La situación, de 1794 a 1804, parecía favorable a una expansión pacífica de Francia en Europa y a un imperialismo ideológico que sería aceptado por los pueblos a causa de que los ejércitos franceses aportaban consigo las libertades. Esto fue cierto en Italia (en La cartuja de Parma puede verse cómo los soldados franceses fueron acogidos allí como liberadores). También lo fue en el Rin, en Bélgica, en Polonia. Pero no podía extenderse esta verdad a todo el continente (otras naciones, como España, Austria, Rusia, tenían tradiciones diferentes), ni durar, porque la ocupación por un ejército extranjero, aunque primero sea amistosa, fatalmente llega a resultar penosa, creadora de abusos y, al fin, insoportable.
Si es cierto, como creyó Tolstoi, que los soldados de la Revolución, convencidos de que llevaban la civilización a los pueblos, impulsaban al emperador a guerras cada vez más lejanas, y si es cierto que el pueblo y el ejército se mantuvieron fieles durante mucho tiempo a quien, incluso después de la coronación, salvaguardaba a sus ojos lo esencial de las conquistas de la Revolución, esto no sólo fue consecuencia de las presiones demográficas y económicas. Es evidente que, sin la coyuntura favorable, la asombrosa aventura napoleónica hubiera sido imposible; pero sin Napoleón la coyuntura no hubiese producido los mismos efectos. Por encima de las circunstancias, debe tenerse en cuenta la grandeza del hombre.

Esta grandeza es innegable. Según la leyenda, antes de la lucha entre ambos clanes, Paoli le dijo a Bonaparte adolescente: « ¡Oh, Napoleón!, tú nada tienes de moderno; perteneces por entero a Plutarco ». Sí, por naturaleza, pertenecía a Plutarco, y a Corneille. En Santa Elena, con frecuencia pensaba que un día le sería posible, de nuevo, sentarse en la platea de la Comedia Francesa para ver Cinna. La clemencia de Augusto le gustaba, aunque la razón de Estado a veces le hiciera tropezar por ese camino. Le gustaba ligar su persona a arquetipos históricos. De ahí el atractivo que ejercía Oriente sobre él; de ahí su idea de realzar el nombre de emperador; y también la necesidad de hacer que la Iglesia y el Papa sancionaran su ascensión. De ahí, por último, su gusto constante por la Antigüedad clásica.
Pero si busca
y encuentra con frecuencia la verdadera grandeza, conoce y menosprecia la falsa. No se forja ilusiones sobre los hombres. No esperando la perfección, perdona las debilidades. Con frecuencia, rompe o quema cartas cuya lectura le resulta penosa. « Valía más ignorar. » No muestra ante Las Cases la menor animosidad contra los que le abandonaron.
Atribuye su conducta a las circunstancias y a las debilidades humanas. « No conocéis a los hombres. ¡Son tan difíciles de captar cuando se quiere ser justo! » Pero no permite que le roben. A los proveedores demasiado ávidos les obliga a restituir los beneficios ilícitos. Arruinado por los contratistas de transportes militares, crea su propio servicio de transportes y prescinde de ellos. Cuida de que los forestales no se enriquezcan a expensas del bosque.

El cortejo de la Consagración
V
Bonaparte deja las Tullerías para dirigirse a Nuestra Señora. Dibujo de Isabey para Le Livre du Sacre.

Trátese del ejército o de asuntos civiles, posee el genio del mando. Quiere saberlo todo, y asombra a quienes emplea por la extensión de sus conocimientos. Nunca se cansó de la lectura de los estados de efectivos y de material. Cuando, en su correspondencia, se descubren innumerables instrucciones sobre los temas más diversos, siempre pertinentes, siempre originales, por fuerza hay que sentirse admirado. Pocos jefes de Estado velaron de tal manera respecto al empleo de los créditos, luchando contra los gastos de la pompa, reaccionando contra las prodigalidades de quienes le rodeaban (al margen de los gastos de Josefina). Pocos generales se preocuparon como él de averiguar, en los furgones de su artillería, si las cifras de obuses que se indicaban eran exactas. Trabajaba constantemente. « La noche pasada me levanté a las dos; me senté en una meridiana ante nuestros fuegos para examinar los estados de situación que ayer me envió el ministro de la Guerra. He descubierto veinte faltas de las que he mandado nota al ministro esta mañana. »
Sabe mejor que nadie lo que su aventura tiene d
e milagroso, y que se halla a merced de un accidente. Para durar hay que convencer, complacer a los franceses. « Mi política es gobernar a los hombres como la inmensa mayoría quiere ser gobernada. Ésta, creo, es la manera de reconocer la soberanía del pueblo. » ¿Cómo convencer y complacer a los franceses? Cree que prefieren la gloria a la libertad. Les da gloria militar con creces.

Durante quince años gana todas las batallas. « Vencí a diez reyes, pasé los Alpes y el Rin.» ¿Fue un gran estratega? Sus adversarios tienen idea de ello. Es verdad que la lectura de Guibert le había enseñado ya en su juventud los principios de la guerra llamada « napoleónica »: Ser el más fuerte en un punto, atacar por él, asombrar por la celeridad de movimientos, mantener una masa de reserva. Pero si aprendió mucho de Guibert y de Federico n de Prusia, sabe también que, en el arte militar, los principios solamente son una armazón. « La guerra es un arte sencillo y todo él de ejecución. » Lo que le da la victoria son sus súbitas intuiciones en el campo de batalla, su valor, pues no vacila en exponer su persona yendo a comprobar los hechos donde sea; esto es lo que le vale la confianza de sus veteranos.
Pues, en su grandeza, se manifiesta ese imponderable: « la presencia ». Todavía la percibimos, con emoción, en los relatos de Roederer, en los versos de Víctor Hugo, en las novelas de Balzac (El médico de campaña; el comienzo de La mujer de treinta años). El emperador, a pesar de sus defectos, fue amado, adorado; inspiró sentimientos tan vivos que sobrevivieron al desastre. Santa Elena los reavivó e incluso hoy los experimentamos. Esto se debe en parte, dice Jules Ro
mains, « a un magnífico sentido común ». Si funda una corte, un ceremonial, una nobleza, en ningún instante le embriaga ese cuento de hadas. Siempre persiste en él « el teniente corso, algo de Maquiavelo y algo de jacobinismo ». El día de la coronación, le dice a su hermano José: « ¡Si nuestro padre nos viese! ». Conserva el sentido del humor y mide el camino recorrido. A la reina madre, que le reprocha trabaje demasiado, le responde con una expresión corsa: « ¿Acaso soy hijo de la gallina blanca? ». A Josefina, cuando se instala en las Tullerías: « ¡Vamos, criollita, acostaos en el lecho de vuestros señores! ». A Bourrienne, su secretario: « Bourrienne, no todo consiste en llegar hasta las Tullerías; es necesario mantenerse ». « Lo que tenía de encantador - dice Stendhal era su franqueza, su hombría de bien. Un día en que se discutía un asunto que tenía pendiente con el Papa:
«Esto es fácil para vosotros dijo pero a mí, si el Papa viniera a decirme: "El arcángel san Gabriel se me ha aparecido esta noche y me ha ordenado tal cosa, me vería obligado a creerle
Gusta también a las « almas sensibles » por su despego altanero y poético. Ossian y Werther alternan en él con César y Alejandro. A Roederer, que, al verle por vez primera en las Tullerías, entre antiguos y sombríos tapices, le dice: « Esto es triste, general », « le responde Bonaparte
, triste como la grandeza », frase de filósofo y de poeta. Cuando, hojeando un atlas, veía el mapa de Córcega, se quedaba mucho tiempo mirándolo. Allí todo había sido mejor. Sólo el olor de la tierra, decía, le habría bastado para saber que estaba en Córcega. No había vuelto a percibir ese olor en parte alguna. De la reina madre sólo con admiración hablaba. « En ella dice domina la grandeza. El orgullo, la noble ambición coexisten con la avaricia. » Un rasgo en él bastante conmovedor es su continua avidez de lectura. Sus preferencias nunca son mediocres. Hace que le lean Los Evangelios, La Odisea, Corneille, Rousseau. No es muy distinto de Stendhal, y éste lo sabía.

Con frecuencia, el estilo es signo y testimonio de la grandeza. Al teniente Bonaparte le había costado desprenderse del tono sensible y lírico de La nueva Eloísa. Habiéndose suicidado por amor un granadero del ejército de Italia, el primer cónsul manda que se consigne en la orden del día de la Guardia: « Un soldado debe saber vencer la melancolía de las pasiones; hay tanto valor verdadero en padecer con constancia las penas del alma como en mantenerse firme bajo la metralla de una batería ». Más tarde, sus proclamas, sus boletines, son bellos. Este mediterráneo, pertrechado de cultura antigua, lector de Plutarco, sabe hallar el tono de sus héroes: « Soldados, estoy contento de vosotros... Mi pueblo os recibirá con alegría y os bastará con decir: “Estuve en la batalla de Austerlitz” para que os respondan: “¡He aquí un bravo!” ». ¿Estilo enfático? ¿Tema para remate decorativo? No, era el estilo de la época, hecho para gustar al pueblo y a los soldados. «Soldados de mi Vieja Guardia, me despido de vosotros. Desde hace veinte años, siempre os he encontrado en el camino del honor y de la gloria... Si he aceptado sobrevivir, ha sido para servir aún a vuestra gloria. Quiero escribir las cosas grandes que hicimos juntos.» ¿Podría decirse algo mejor en tal momento? Cuando abrazó el águila, los veteranos lloraron. De otro lado, cuando quiere, termina su frase con dureza, a lo Tácito. Después de la carta Temístocles al príncipe regente: « Mas, ¿cómo se respondió en Inglaterra a tal magnanimidad? Se fingió tender una mano hospitalaria a semejante enemigo, y, cuando éste se entregó de buena fe, se le inmoló ». La caída es bella en su brusca dureza.

Con frecuencia se ha aludido a su suerte. Se ha dicho: « Si Luis XV no hubiera adquirido Córcega, Bonaparte habría nacido genovés y no hubiera tenido, para su carrera, el inmenso teatro de Francia y de la Revolución... Si Paoli le hubiera aceptado como lugarteniente, hubiera sido un patriota corso, pronto vencido, y no el emperador de los franceses ». Es evidente que un grande hombre, para desplegar todas sus fuerzas, debe « hallarse en situación ». Pero, en cuanto se le ofrece la menor oportunidad, se adueña de ella, la alimenta, la utiliza y la transforma en una certidumbre.
El nacimiento de Napoleón II. Grabado popular.

Sobre todo, se dispone a sacar partido de las posibilidades aún latentes entre las brumas del porvenir.
Pensad en Bonaparte en el asedio de Tolón. Desde luego, tuvo la suerte de que hubiese allí un jefe incapaz y comisarios favorables a él. Pero no olvidemos que, habiendo ido a Tolón como simple viajero, examinó la rada, buscó la posición de las baterías y advirtió que desde la punta de la Eguillette se podían bombardear los navíos de la rada y obligarlos a evacuarla. En ese momento nada le permitía prever que un día mandaría la artillería del asedio. Su espíritu siempre despierto había tratado el problema en sí.
Considerad su papel el 13 Vendimiario. Ciertamente, tuvo la suerte de hallarse en París a la sazón, de conocer a Barras y de que éste le eligiera como adjunto. Pero otros generales, Pichegru, Menou, habían sido llamados antes que él y habían tratado de parlamentar con los sublevados. Bonaparte, desde que tomó ignoraba. Su relación con Barras, ¿no resultaría comprometida por las infidelidades de Josefina? Armoniza bien con ella, tanto por exigencia de sus sentidos como porque necesita contar con una esposa bien informada. Queda aún el pelig
ro de la violenta hostilidad de los jacobinos. En los Consejos, todo estuvo a punto de fracasar. El héroe era un orador desmañado. Allí intervino un factor dimanado de la suerte; pero los planes habían sido bien preparados. El fracaso, aunque posible, era poco probable.

Después de Brumario, durante más de diez años, tuvo muchas razones para creer en su « estrella ». Y creyó, pues era supersticioso, y en el fondo modesto. Pero, de hecho, su estrella era su mérito. Todos los grandes conductores de hombres tienen rasgos comunes que justifican su prestigio. Ante todo, se interesan poco por lo que codician los seres mediocres. Nunca hubo soberano que dispusiera de tan grandes riquezas y se apropiara de menos. Además, conservan en la acción la sabiduría de ver las cosas tal cual son y no como desearían que fuesen. Durante toda la parte triunfal de su carrera, Napoleón se niega a engañarse a sí mismo.

¿Cabe decir que, al final, su estrella cesa de protegerle y la suerte le traiciona? Esto no es así en la isla de Elba, donde prueba que « no hay orden de magnitud en el espíritu » y que es capaz de administrar el reino de Sancho Panza con el mismo cuidado que el Imperio de Carlomagno. Tampoco es así cuando retorna de la isla de Elba y los obstáculos parecen desvanecerse, y los fusiles se bajan ante él en cuanto aparece ante el pueblo y el ejército. En cambio, parece verdad el abandono de su estrella en Waterloo. En ese campo de batalla, el último para él, no tiene suerte. Las órdenes que da son mal transmitidas, mal entendidas. Grouchy no acierta con la artillería; Blücher se excede. Pero ¿sólo es cuestión de mala suerte? Las órdenes no llegan porque el infalible Berthier no está allí y porque Napoleón cometió el error de nombrar general en jefe a Soult en vez de a Davout. No es la suerte que falta; es la voluntad que ya no tiene la misma fuerza, ni el juicio la misma seguridad. Sobre todo, la partida era desigual. Aunque la batalla de Waterloo hubiera sido milagrosamente ganada, el Imperio no hubiese dejado de sucumbir. Más allá de la suerte y del genio, se imponía el destino.
Napoleón en la cubierta del Belerofonte, en la rada de Plyrnouth, en espera de que el Gobierno inglés decida su suerte. Pintura de sir Charles Lock Eastlake.

El espíritu más rápido, los conocimientos más amplios, honradez intelectual, poca vanidad, ninguna ilusión sobre los hombres, un gran arte de seducirlos sin adularlos, genio militar y civil, he aquí lo que debió fijar la Fortuna. Pero Napoleón se halla en Santa Elena. ¿Por qué debilidad del prodigioso instrumento?

Sin duda, sus últimos fracasos se debieron a una imaginación demasiado viva. En la acción inmediata, en el campo de batalla y en el Consejo de Estado, era admirable; pero cuando, olvidando sus prudentes máximas, forjaba proyectos para el futuro, recuerda repentinamente a Picrochole. Ver las cosas en grande es, a la vez, su fuerza y su debilidad. Su buen sentido decae, y su inteligencia. En Egipto, se cree ya en la India. Incluso para las otras naciones, no puede impedirse pensar planes de conquista. « Europa será suya si encuentra un emperador de Rusia valiente, impetuoso y capaz. Puede comenzar las operaciones en el propio suelo alemán, a una legua de las dos capitales, Berlín y Viena. Ya ahí, estará en el corazón de Alemania, entre príncipes de segundo orden. De ser necesario, arrojará de paso, por encima de los Alpes, algunos tizones encendidos sobre la tierra italiana, preparada para la explosión; luego avanzará triunfante hacia Francia, de la que nuevamente se proclamará libertador. Con seguridad en tal situación, llegaría a Calais en el momento establecido de antemano, fijado por jornadas y etapas, y allí sería el árbitro y señor de Europa... « Acaso, querido mío, sentís la tentación de decirme como el ministro de Pirro a su señor: “Y todo eso, ¿para qué?”. Os responderé: “Para fundar una nueva sociedad y evitar grandes desgracias”. »

Sus designios, incluso desmedidos, jamás carecían de inteligencia. Incluso tenía visiones proféticas. Expone a Las Cases un proyecto de reconstitución europea en el cual prevé la unidad de Italia, la de Alemania, la unidad eslava y una confederación de todos esos pueblos con Francia. Adivina la continuación de la historia de Inglaterra y describe por adelantado los Dominios. « ¿Por qué Inglaterra, en una situación enteramente nueva, había de seguir una marcha rutinaria? Era preciso que imaginara una especie de emancipación de sus colonias; como sin duda muchas se le evadirían con el tiempo, ha de aprovechar el momento para anudar con ellas lazos nuevos y relaciones más ventajosas. La madre patria se aligeraría así de sus cargas sin que perdiera sus antiguas ventajas; rasgos e intereses recíprocos, la similitud del lenguaje, la fuerza de la costumbre... ¿Qué perdería? Nada. Y evitaría las molestias y los gastos de una administración que, con frecuencia, sólo le vale ser detestada. »

Napoleón en Santa Elena, por Samuel William Reynolds.
No se puede ser más clarividente. Pero su inteligencia le lleva a pedir demasiado a las fuerzas humanas. Por una excesiva necesidad de armonía, constituyó la administración francesa de un modo geométrico y en torno a un centro único: París. Stendhal se lo reprocha. « Hubiera sido mejor despertar las instituciones locales, como en Inglaterra. La máquina hubiera resultado menos frágil. » « La mayoría de esos resortes sólo están en mi pensamiento responde el emperador como instituciones de autoritarismo, como armas de guerra. Cuando hubiese llegado para mí el tiempo de dejar más sueltas las riendas, todos los filamentos hubieran perdido esa tensión y habríamos procedido entonces a crear las organizaciones de paz, las instituciones legales. » Pero ¿le era posible aún hacer la paz? Aquí resulta preciso responder a Napoleón con Napoleón: « Se puede dar un primer impulso a los asuntos; después, os arrastran ».
Os arrastran y entonces suena la hora de Cineas. «Detengámonos, señor.» El peligro de un estadista que cree demasiado en su estrella es que se enfrente con riesgos crecientes.

Si se juega durante mucho tiempo a doblar la puesta, se acaba por perder. Es en doble sentido como sería necesario saber « hacer el Carlomagno ». Durante la retirada de Rusia, se advierte que Napoleón está asombrado por la resistencia que le ofrece el destino: « Me he equivocado, señor caballerizo mayor... Esta guerra de Rusia es un mal asunto ». Pero el jugador vuelve a sentirse esperanzado; cree que Europa va a retornar a él. « Los reveses que acaba de sufrir Francia darán fin a todos los celos... No hay más que un enemigo en Europa: el coloso ruso. » A lo cual, Caulaincourt, más neutral, replica: « Es a vuestra majestad a quien se teme ». Napoleón se asombra. ¿Temerle?, ¿a él? Nunca quiso la guerra. Inglaterra le forzó en todo cuanto hizo.

« Soy un ser razonable que no hace más que lo que juzga útil. »

Es sincero. Fue Alejandro quien tomó la iniciativa en la ruptura. Pero poco importa. De todos modos, Napoleón no podía detenerse. Antes de nacer y de ser bautizada, la Santa Alianza existía de hecho. El club de los soberanos hereditarios quería la pérdida del advenedizo; Inglaterra deseaba la ruina del hombre demasiado poderoso. Pronto o tarde, esos odios conjugados deberían perderle. Incluso heroica, Francia no podía enfrentarse con toda Europa. Pero los franceses no guardan rencor al emperador. Si su tumba, en los Inválidos, sigue siendo para ellos un lugar de peregrinación, no sólo es a causa de la gloria: Arcole, Lodi, Áusterlitz, Wagram, Montmirail, nombres bordados en letras de oro en los corazones como en las banderas; sino también por el Consejo de Estado, el Código civil, la Legión de Honor, la Universidad, el Arco de Triunfo, la calle de Rívoli, la columna Vendôme. La moda de hoy, desdeñar al individuo en favor del determinismo histórico, insinuará con gusto que, sin Napoleón, la historia hubiera seguido más o menos un igual camino, que otro hubiera hecho las mismas reformas y logrado idénticas victorias. La sabiduría instintiva de las naciones se levanta contra esa tesis. Jules Romains responde, y estoy de acuerdo con él, que Napoleón es, por el contrario, entre los casos privilegiados, el que mejor muestra hasta qué punto la presencia del individuo puede modificar el curso de la historia. El conocimiento de su vida es uno de los temas menos triviales que puede proponerse un historiador. La Francia moderna sabe que fue modelada por esa buena mano.

 

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