![]() |
| |
Al buscar nuevas armas y más feroces argumentos para atacar al EMPERADOR NAPOLEÓN, muchos de sus enemigos más encarnizados se sorprenden al hallar, fruto de la pluma de los más ardientes críticos del Emperador, páginas, e inclusive libros enteros en los cuales podemos encontrar párrafos como el siguiente: « ... Bonaparte es grande por haber creado un gobierno regular y poderoso, un código de leyes adoptado en diversos países, cortes de justicia, escuelas, una administración fuerte, activa e inteligente, y sobre la cual vivimos todavía; es grande por haber resucitado, iluminado y administrado superiormente a Italia; es grande por haber hecho renacer en Francia al orden del seno del caos, por haber reducido a furiosos demagogos, a orgullosos sabios, a literatos anárquicos, a ateos voltairianos, a oradores de encrucijada, a degolladores de prisión y callejeros, a gárrulos de tribuna, de clubes y de cadalso por haberlos reducido a servir bajo él (...) Es grande por haber vencido a todos los reyes sus oponentes, por haber deshecho a todas las armadas, cualquiera que haya sido la diferencia de su disciplina y de su valor, por haber enseñado su nombre a los pueblos salvajes como a los pueblos civilizados, por haber sobrepasado a todos los vencedores que le precedieron, por haber llenado diez años de prodigios tales que nos es difícil hoy comprenderlos ». Estas líneas tan inspiradas como
verídicas son voces “de ultratumba”, escritas nada
menos que por el gran vizconde René de Chateaubriand, realista
legitimista, chantre de la contra-revolución y tal vez el más
duro crítico en Francia del periodo del Imperio. Tratar de describir los aportes y el legado del Emperador Napoleón en este breve espacio sería una tarea ilusoria, sin embargo su obra es tan importante que podemos darnos una idea suficientemente clara de su grandeza tan sólo mencionando los hechos más brillantes. Antes que nada, cabe recordar que si bien nace en una familia de la nobleza de Córcega, Napoleón surge de las tinieblas populares antes de elevarse a la cima y a la gloria imperiales. El joven Bonaparte entra a la historia en una época en la que Francia se halla hundida en un caos de sangre y de corrupción, deshecha bajo los golpes y los crímenes fruto de la ira revolucionaria, que llegará a su fin con la proclamación del Consulado, en 1800. En efecto, Napoleón pone fin a esta página sangrienta de la historia de Francia y sube al poder no por medio del regicidio, la represión o la guillotina, como sus antecesores inmediatos, sino por la voluntad del pueblo francés, por la profundidad de su genio, y la fuerza de su espada ante los enemigos coaligados de Francia. En efecto, sería tendencioso y muy superficial pensar que las múltiples coaliciones europeas contra el Emperador tenían como fin la restauración de la realeza francesa con el único propósito de restablecer el orden y la paz interna de Francia. Forjadas y financiadas incansablemente por la despiadada oligarquía de Inglaterra - la Pérfida Albión - que no podía permitir que Francia se levantara de sus cenizas y eventualmente pusiera en peligro sus proyectos de hegemonía en Europa en vistas de materializar su proyecto de dominación mundial, las guerras erróneamente llamadas “Napoleónicas” son en realidad el fruto de las agresiones constantes de las potencias europeas contra el Imperio. En función de esta situación, es fácil entender porqué los franceses siempre siguieron ciegamente en todas sus campañas a Napoleón, su emperador, quien les había regresado la paz interior, la prosperidad, y les defendía de las agresiones extranjeras poniendo continuamente en juego su propia salud y su vida. Los Franceses daban la suya por Napoleón, porque éste estaba dispuesto a morir por ellos en el campo de batalla, al lado de sus soldados. A este nivel, es una verdad universalmente reconocida que Napoleón fue un pionero, si no el iniciador, de los llamados “principios de la guerra”, metodología, bases de organización, entrenamiento y técnicas que eran básicamente las de la Grande Armada del Impero, y se enseñan aún hoy en las más importantes academias militares del mundo, empezando por la de West Point, en los Estados Unidos de América. Sin embargo, no fueron solo sus guerras
legendarias las que hacen de Napoleón un coloso sin par de la
historia. El mismo emperador durante su exilio hacía mención
de la infinita superioridad de su obra civil y cultural sobre la militar.
Junto con la institución de las
Prefecturas y de los Liceos, con el inmortal Código Civil, o
Código Napoleón, el Emperador establece de manera
definitiva la igualdad de los hombres ante la ley, insistiendo categóricamente
en el carácter sagrado de la familia y los valores cívicos
y morales. En 1807 crea el Código de Comercio, seguido en 1808
por el Código de Instrucción Criminal y el Código
Penal en 1810, instituciones y tribunales especializados que fijaron
y permitieron la realización de leyes que aún nuestros
días siguen vigentes no sólo en Francia, sino en Europa
entera e inclusive allende, ya que efectivamente el Código Civil
es la base de la legislación de prácticamente toda América. Siempre en el marco de la higiene y
las instituciones de bienestar público, las ciudades de Francia
deben a Napoleón el saneamiento y agrandamiento de las canalizaciones
de desagüe, la forma abombada de las calles para la evacuación
de los desechos hacia las orillas y coladeras, y el aseo de las vías
públicas, con sus anchas aceras y altos arcos para protegerse
de las intemperies. Siempre en el campo de los trabajos públicos,
Napoleón hizo construir durante su corto reinado más de
20,000 kilómetros de rutas regionales y 36,000 kilómetros
de rutes imperiales, entre las cuales destacan las carreteras de montaña
que atraviesan los Alpes a través de los pasos del Simplón
y el del Monte Cenis. Regresando a su obra urbana y ya entrando
en el marco artístico y cultural, Napoleón embelleció
las ciudades poniendo especial énfasis en París, “su
capital”, la ciudad que se convirtió en la capital de Europa
bajo su reinado, en donde construyó amplias avenidas, soberbios
bulevares, puentes y monumentos de universal renombre. Fue también
Napoleón quien instauró el inigualable Museo Napoleón,
en el palacio del Louvre, en donde por cierto concedió una sede
permanente a los Archivos Nacionales de Francia. Finalmente, para concluir esta breve
introducción, citaremos lo que en palabras del mismo Emperador
fue su más difícil logro, “La cosa más difícil
que realicé”, dirá más tarde en Santa Elena,
refiriéndose al inmortal “Concordato” (16 de julio
1801): el restablecimiento del culto católico en una Francia
desgarrada por los crímenes inimaginables – destrucciones,
violaciones, persecuciones y masacres - perpetradas por los revolucionarios,
enemigos mortales del Cristianismo, quienes entre otras tantas fechorías,
tan tristemente se distinguen por haber perpetrado el primer genocidio
de la era moderna, al ordenar la exterminación sistemática
de todo el país insurgente, específicamente en la heroica
región de la Vendée. En resumen, como hemos podido observarlo,
la herencia inmediata de Napoleón fue la de haber sido un hombre
providencial, el salvador de Francia, quien arrancándola del
caos y de la corrupción, restableció la disciplina y el
orden, poniéndola de pie nuevamente, y restableciendo el honor
de ese país. Finalmente, tras la caída y su
dramático exilio, encadenado sobre un peñasco sombrío
del océano Atlántico, el Emperador Napoleón se
convierte en un modelo para una generación aburrida y desencantada
pero desbordante de genio artístico - la “generación
perdida” - de los románticos de la segunda época:
Stendhal, Balzac, Nerval, Musset, Victor Hugo, etc., quienes se apasionan
por el personaje trágico y terminan de dar forma a la leyenda
napoleónica, hasta entonces esencialmente popular, y que llega
a su clímax con el regreso de los restos fúnebres del
Emperador, en 1840.
|
|
|||||||||||||||