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LEGADO Y PATRIMONIO

 

La columna de Austerlitz
Plaza Vendôme, París.

Al buscar nuevas armas y más feroces argumentos para atacar al EMPERADOR NAPOLEÓN, muchos de sus enemigos más encarnizados se sorprenden al hallar, fruto de la pluma de los más ardientes críticos del Emperador, páginas, e inclusive libros enteros en los cuales podemos encontrar párrafos como el siguiente:

« ... Bonaparte es grande por haber creado un gobierno regular y poderoso, un código de leyes adoptado en diversos países, cortes de justicia, escuelas, una administración fuerte, activa e inteligente, y sobre la cual vivimos todavía; es grande por haber resucitado, iluminado y administrado superiormente a Italia; es grande por haber hecho renacer en Francia al orden del seno del caos, por haber reducido a furiosos demagogos, a orgullosos sabios, a literatos anárquicos, a ateos voltairianos, a oradores de encrucijada, a degolladores de prisión y callejeros, a gárrulos de tribuna, de clubes y de cadalso por haberlos reducido a servir bajo él (...) Es grande por haber vencido a todos los reyes sus oponentes, por haber deshecho a todas las armadas, cualquiera que haya sido la diferencia de su disciplina y de su valor, por haber enseñado su nombre a los pueblos salvajes como a los pueblos civilizados, por haber sobrepasado a todos los vencedores que le precedieron, por haber llenado diez años de prodigios tales que nos es difícil hoy comprenderlos ».

Estas líneas tan inspiradas como verídicas son voces “de ultratumba”, escritas nada menos que por el gran vizconde René de Chateaubriand, realista legitimista, chantre de la contra-revolución y tal vez el más duro crítico en Francia del periodo del Imperio.
Por otra parte, del otro lado del Canal de la Mancha, en 1833, a 12 años del fallecimiento de Napoleón, Lord Holland sorprendía a los miembros de la Cámara de los Pares en Londres, afirmando, en plena sesión, que aún quienes han detestado a ese gran hombre han reconocido que fue el más extraordinario personaje que haya aparecido en la tierra desde hace diez siglos.

Tratar de describir los aportes y el legado del Emperador Napoleón en este breve espacio sería una tarea ilusoria, sin embargo su obra es tan importante que podemos darnos una idea suficientemente clara de su grandeza tan sólo mencionando los hechos más brillantes.

Antes que nada, cabe recordar que si bien nace en una familia de la nobleza de Córcega, Napoleón surge de las tinieblas populares antes de elevarse a la cima y a la gloria imperiales. El joven Bonaparte entra a la historia en una época en la que Francia se halla hundida en un caos de sangre y de corrupción, deshecha bajo los golpes y los crímenes fruto de la ira revolucionaria, que llegará a su fin con la proclamación del Consulado, en 1800. En efecto, Napoleón pone fin a esta página sangrienta de la historia de Francia y sube al poder no por medio del regicidio, la represión o la guillotina, como sus antecesores inmediatos, sino por la voluntad del pueblo francés, por la profundidad de su genio, y la fuerza de su espada ante los enemigos coaligados de Francia. En efecto, sería tendencioso y muy superficial pensar que las múltiples coaliciones europeas contra el Emperador tenían como fin la restauración de la realeza francesa con el único propósito de restablecer el orden y la paz interna de Francia. Forjadas y financiadas incansablemente por la despiadada oligarquía de Inglaterra - la Pérfida Albión - que no podía permitir que Francia se levantara de sus cenizas y eventualmente pusiera en peligro sus proyectos de hegemonía en Europa en vistas de materializar su proyecto de dominación mundial, las guerras erróneamente llamadas “Napoleónicas” son en realidad el fruto de las agresiones constantes de las potencias europeas contra el Imperio. En función de esta situación, es fácil entender porqué los franceses siempre siguieron ciegamente en todas sus campañas a Napoleón, su emperador, quien les había regresado la paz interior, la prosperidad, y les defendía de las agresiones extranjeras poniendo continuamente en juego su propia salud y su vida. Los Franceses daban la suya por Napoleón, porque éste estaba dispuesto a morir por ellos en el campo de batalla, al lado de sus soldados.

A este nivel, es una verdad universalmente reconocida que Napoleón fue un pionero, si no el iniciador, de los llamados “principios de la guerra”, metodología, bases de organización, entrenamiento y técnicas que eran básicamente las de la Grande Armada del Impero, y se enseñan aún hoy en las más importantes academias militares del mundo, empezando por la de West Point, en los Estados Unidos de América.

Sin embargo, no fueron solo sus guerras legendarias las que hacen de Napoleón un coloso sin par de la historia. El mismo emperador durante su exilio hacía mención de la infinita superioridad de su obra civil y cultural sobre la militar.
Napoleón creó una gran cantidad de instituciones que rigen aún hoy a la Francia moderna, e inclusive a una multiplicidad de países en todo el mundo.
Primeramente, apenas llegado al poder, el entonces Primer Cónsul se consagró de inmediato a mejorar la condición tanto social como económica de los campesinos organizando un reparto equitativo del impuesto, instituyendo la célebre “Cartilla Obrera” - primera tentativa de “seguro social” - y creando la Banca de Francia y la Bolsa de París. De igual manera, con su constante voluntad de favorecer y premiar todos los méritos, Napoleón instituyó un sistema de recompensas coronado por la creación de la gloriosa Legión de Honor, galardón cuya finalidad es marcar e inmortalizar el reconocimiento y la gratitud de la nación para quienes la merecen, cualquiera que sea su rango, profesión o estatuto, razón por la cual fueron recipiendarios de dicha presea tanto el simple soldado como los más insignes artistas, los más acreditados industriales, los más ilustres científicos.

Junto con la institución de las Prefecturas y de los Liceos, con el inmortal Código Civil, o Código Napoleón, el Emperador establece de manera definitiva la igualdad de los hombres ante la ley, insistiendo categóricamente en el carácter sagrado de la familia y los valores cívicos y morales. En 1807 crea el Código de Comercio, seguido en 1808 por el Código de Instrucción Criminal y el Código Penal en 1810, instituciones y tribunales especializados que fijaron y permitieron la realización de leyes que aún nuestros días siguen vigentes no sólo en Francia, sino en Europa entera e inclusive allende, ya que efectivamente el Código Civil es la base de la legislación de prácticamente toda América.
Napoleón creó también la Corte de las Cuentas (1807), así como centros de investigación cuyo fin consistía en llevar a cabo proyectos de desarrollo en materia de economía e industria nacional. Fruto de estos centros de exploración y de información fueron gran cantidad de importantes hallazgos como el de la cultura del betabel de azúcar y el desarrollo... ¡de las conservas!
Siguiendo en el campo de la investigación y el desarrollo, Napoleón creó la Universidad Imperial (1808), ésta última asegurando a todo sujeto del Imperio la instrucción desde a escuela primaria hasta las facultades.
Las especializaciones tenían lugar en escuelas técnicas y de ingeniería. En lo que se refiere a la medicina, Napoleón fue quien desarrolló las escuelas de cirugía, y especialmente las de obstetricia. Cabe subrayar que fue el Emperador quien creó la escuela veterinaria...

Siempre en el marco de la higiene y las instituciones de bienestar público, las ciudades de Francia deben a Napoleón el saneamiento y agrandamiento de las canalizaciones de desagüe, la forma abombada de las calles para la evacuación de los desechos hacia las orillas y coladeras, y el aseo de las vías públicas, con sus anchas aceras y altos arcos para protegerse de las intemperies. Siempre en el campo de los trabajos públicos, Napoleón hizo construir durante su corto reinado más de 20,000 kilómetros de rutas regionales y 36,000 kilómetros de rutes imperiales, entre las cuales destacan las carreteras de montaña que atraviesan los Alpes a través de los pasos del Simplón y el del Monte Cenis.
En cuanto a las obras fluviales y marítimas, el Emperador realizó cerca de 2,000 kilómetros de canales, doblando en 10 años lo que se había hecho jamás antes de él hasta 1800; de la misma forma, construyó y amplió puertos como los de Amberes, Dunkerque o Cherbourg, edificando por cierto el gran dique de ésta última ciudad.

Regresando a su obra urbana y ya entrando en el marco artístico y cultural, Napoleón embelleció las ciudades poniendo especial énfasis en París, “su capital”, la ciudad que se convirtió en la capital de Europa bajo su reinado, en donde construyó amplias avenidas, soberbios bulevares, puentes y monumentos de universal renombre. Fue también Napoleón quien instauró el inigualable Museo Napoleón, en el palacio del Louvre, en donde por cierto concedió una sede permanente a los Archivos Nacionales de Francia.
Más allá de este país, la mano generosa del Emperador se extendió a todos los rincones del Imperio, siendo emprendidas infinidad de construcciones monumentales y restauraciones en toda Europa, como en el caso de la Catedral de Speyer, o de la Catedral de Colonia, cuyas torres fueron erigidas por orden personal y expresa de Napoleón. Un mejor ejemplo lo tenemos en la ciudad de Roma, que es un ejemplo en sí misma de la importante obra arquitectónica del Emperador

Finalmente, para concluir esta breve introducción, citaremos lo que en palabras del mismo Emperador fue su más difícil logro, “La cosa más difícil que realicé”, dirá más tarde en Santa Elena, refiriéndose al inmortal “Concordato” (16 de julio 1801): el restablecimiento del culto católico en una Francia desgarrada por los crímenes inimaginables – destrucciones, violaciones, persecuciones y masacres - perpetradas por los revolucionarios, enemigos mortales del Cristianismo, quienes entre otras tantas fechorías, tan tristemente se distinguen por haber perpetrado el primer genocidio de la era moderna, al ordenar la exterminación sistemática de todo el país insurgente, específicamente en la heroica región de la Vendée.
Regresando al Concordato, este texto, tan arduamente deseado como negociado, anula los edictos antirreligiosos de la revolución, permitiendo un buen entendimiento entre la Iglesia Católica y el Estado, el cual brindará indemnizaciones a los los religiosos.
Además, por este tratado, Napoleón - presionado y agredido por los revolucionarios ateos - establece la total libertad de culto en beneficio de otras creencias como, en primera instancia, la protestante.
Es de señalar que fue también Napoleón - a quien parlanchines de ocasión, pendencieros ignorantes e historiadores de mala fe comparan gratuitamente con sombríos tiranos modernos de triste memoria - quien confirió por primera vez a los judíos el estatus de ciudadano, destruyendo los ghettos por doquier y suprimiendo el porte humillante de la estrella amarilla. A propósito, detalle generalmente callado, es de notar que más allá de los católicos y protestantes, los revolucionarios también se ensañaron contra los judíos, destruyendo sus templos y aprisionando y masacrando a los rabinos.

En resumen, como hemos podido observarlo, la herencia inmediata de Napoleón fue la de haber sido un hombre providencial, el salvador de Francia, quien arrancándola del caos y de la corrupción, restableció la disciplina y el orden, poniéndola de pie nuevamente, y restableciendo el honor de ese país.
En segunda instancia, es indudable que Napoleón, símbolo viviente de la meritocracia, fue el fundador del Estado de derecho, el hombre que con su obra tendió a la completa unificación de Europa y la liberación de pueblos oprimidos, de los cuales Polonia fue tal vez el ejemplo más brillante.
Por lo demás, su influencia no se limitó al sólo viejo continente, y la obra de Napoleón se extendió más allá de los océanos brillando en las costas Americanas.
En efecto, es bien sabida la admiración que Bolívar tuvo por el Primer Cónsul, y para nadie es un misterio la influencia que la figura de Napoleón ejerció sobre los próceres de nuestra independencia, por ejemplo su gran ascendiente en la política y obra del Emperador Don Agustín de Iturbide, de su influjo en la concepción estratégica y táctica del Padre Morelos, así como en el desarrollo teórico de los principios del Cura Don Miguel Hidalgo.
Es también digno de mencionarse el fervoroso imperio que ejerció Napoleón en la imaginación popular y en la vida política y social mexicana de la época, fascinada por este coloso que desde el otro lado del mundo, ordenaba la composición de operas sobre temas mexicanos, mientras invitaba abiertamente a los novo hispanos, durante las sesiones oficiales de las instancias imperiales, a luchar por obtener su independencia. El mismísimo Napoleón, era un fiel seguidor de las operaciones de las fuerzas insurgentes de la Nueva España, y se decía maravillado de la agudeza y penetración que caracterizaban las hazañas de los próceres de nuestras independencias.

Finalmente, tras la caída y su dramático exilio, encadenado sobre un peñasco sombrío del océano Atlántico, el Emperador Napoleón se convierte en un modelo para una generación aburrida y desencantada pero desbordante de genio artístico - la “generación perdida” - de los románticos de la segunda época: Stendhal, Balzac, Nerval, Musset, Victor Hugo, etc., quienes se apasionan por el personaje trágico y terminan de dar forma a la leyenda napoleónica, hasta entonces esencialmente popular, y que llega a su clímax con el regreso de los restos fúnebres del Emperador, en 1840.
A partir de entonces, la figura de Napoleón se convierte en un verdadero mito, el modelo y prototipo de la voluntad de poder, del “alma del mundo” dirá Hegel, del superhombre Nietszcheano, hasta convertirse, ya al iniciarse el Siglo XX, en un símbolo de Francia, y poco a poco, del superhéroe histórico, en una figura poética y literaria internacional y, a ese título, en herencia y patrimonio cultural universal.

 

ARTÍCULOS

La Obra de S.M. el Emperador y Rey Napoleón I. Lista no exhaustiva
La instrucción pública
Las « masas de granito » de la historiografía napoleónica, por el general Michel Franceschi.
Código Civil y administración
Napoleón y América Latina por el Dr. Robert Mosnier.


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