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ESPAÑA
Un Pararrayos que precipita al relámpago
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Traducción,
notas y comentarios del Instituto Napoleónico
México-Francia.
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No fueron ni las batallas
ni los enfrentamientos lo que
agotaron a las fuerzas francesas,
sino los incesantes acosos de
un enemigo invisible, que, de
ser perseguido, se perdía
entre la gente, de la cual reaparecía
inmediatamente después
con fuerza renovada. El león
de la fábula atormentado
a muerte por un jején
da una imagen verdadera del
ejército francés
» |
Abate
de Pradt. |
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Por el General (2S) Michel
Franceschi
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico
México-Francia.
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| Rendición
de Madrid, por Antoine-Jean
Gros |
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¡Bien
sombrío y tortuoso asunto es el de España!
Los detractores de Napoleón lo presentan,
junto con la guerra de Rusia que está por
venir, como la marca incontestable de la megalomanía
de Napoleón. Hay que cuidarse de los juicios
simplistas. Eminentemente compleja, la cuestión
merece que nos extendamos en ella.
Se puede afirmar
de entrada que la guerra de España estaba
inscrita en la naturaleza de las cosas si uno
se refiere a la situación belígera
y a la coyuntura del momento.
Después de Tilsit, Napoleón espera
a que Inglaterra, echada de Europa del norte,
expulsada de Portugal, y contenida en Italia,
se volviese contra el « vientre flojo
» español para encender en él
una nueva hoguera. Es vital para Francia prevenir
la abertura de un nuevo frente a sus espaldas.
En 1808 España
es aliada de Francia, con la cual ha compartido
el desastre de Trafalgar. Acaba de echar a los
ingleses de Buenos Aires y de aportar al ejército
francés el concurso de un contingente militar
en Alemania, bajo las órdenes del general
La Romana. Y muy recientemente, ha cooperado lealmente
con Francia en la expedición militar de
Portugal con miras a destruir la primera cabeza
de puente inglesa. En teoría, todo va de
la mejor manera en el mejor de los mundos. Basta
mantener la alianza en vigor para conservar la
seguridad de la guardia de flanco española.
En realidad, la cosa es muy diferente. La alianza
española presenta todos los estigmas de
una inquietante fragilidad.
Primero, se tuvo
la prueba de que la corte de Madrid se complacía
en la duplicidad y el doble juego. Cuando pasó
por Potsdam en 1806, Napoleón cayó
de casualidad sobre una correspondencia entre
el rey de España Carlos IV y el rey de
Prusia, olvidada por éste último
en su huida frenética. En su carta, el
rey de España se ofrecía para «
atacar por la espalda
» a Napoleón mientras está
lejos en Prusia. El Infante Fernando, por su parte,
muestra una francofília de pura fachada,
pero sus correspondencias hierven de odio por
Francia y los franceses. Su entorno reúne
a un gran número de aristócratas
y de religiosos anti-franceses, en particular
su preceptor, el canónigo Escoiquiz.
Por
lo demás, esos Borbones de España,
aunque descendientes de Luis XIV, presentan
todos los signos de una decadencia avanzada,
sobre la cual por caridad cristiana no nos
explayaremos. El pintor Goya no tuvo los
mismos escrúpulos en sus cuadros.
El mayor desacuerdo reina entre los miembros
de la familia. El rey, personaje de zarzuela,
la reina María Luisa, marimacha de
temperamento excesivo, y el primer ministro
favorito de la reina, Godoy, bautizado príncipe
de la paz, forman un ménage à
trois muy unido. El hijo mayor Fernando,
príncipe de Asturias, seguido en
este aspecto por todo el país, no
soporta esta situación indigna y
profesa desprecio por sus padres y odio
por Godoy, quienes se lo regresan al céntuplo.
La querella familiar se encona en el otoño
de 1807 y los protagonistas hacen del Emperador
el árbitro de sus diferendos. El
rey acusa a su hijo de complotar para destronarlo
y de querer atentar contra la vida de su
madre. Pide a Napoleón « ayudarle
con su luz y con sus consejos ».
El príncipe heredero, la pusilanimidad
encarnada, le implora lloriqueando tomarle
bajo su protección para defenderlo
contra Godoy, del que sospecha quererle
desposeer. Llega hasta solicitar un matrimonio
con una princesa Bonaparte. Por supuesto,
Napoleón no da seguimiento alguno
a este repugnante cambalache, pero envía
a su chambelán de Tournon a la corte
de España para calmar el juego y
establecerle un reporte de la situación
en el país.
La alianza franco-española de octubre
de 1807 y la conquista de Portugal ponen
la querella familiar bajo sordina por algún
tiempo. |
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Don
Carlos IV, Rey
de España |
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¿Cuál
es el estado de ánimo de la población
española? La presencia del ejército
francés en España en tránsito
por Portugal es muy bien vista. El pueblo español,
actor esencial de la pieza que está por
realizarse, está menos evolucionado que
los demás pueblos europeos. Ha permanecido
bajo la influencia sofocante de un clero aún
no totalmente librado del fundamentalismo «
torquemadiano » de la Inquisición.
Por ahora, la opinión espera que Francia
ponga fin a la inaceptable situación de
la familia real. Siente lástima por el
rey, execra a la reina y a Godoy. A falta de algo
mejor, se inclina por el príncipe de Asturias.
Se le informa
entonces a Napoleón que Inglaterra
activa su regreso militar en la península
ibérica. Albión presiente
que habrá una oportunidad que aprovechar
en la revolución de palacio que se anuncia
en Madrid. Esta noticia no constituye una sorpresa,
pero confirma la necesidad de hallar rápidamente
una solución al embrollo dinástico
español.
A estas alturas del asunto, el problema que se
plantea no es saber si se debe actuar en España,
sino cómo y cuándo actuar, en función
de la evolución de la situación,
pero sin tardar demasiado.
Talleyrand resulta un consejero muy radical. En
virtud de una especie de derecho de retracto nacional,
empuja a Napoleón a destronar sin miramientos
a los lastimeros Borbones de España, indignos
descendientes del gran Luis XIV. A su manera de
ver, su reemplazo por una nueva dinastía
derivada de la familia imperial es la única
solución para garantizar una España
segura. Esta opción expeditiva, viniendo
de un experto generalmente moderado, sorprende
al Emperador y lo echa en una espantosa sospecha.
¿Despechado por su reemplazo por Champagny
a la cabeza de los Asuntos Exteriores, estaría
Talleyrand buscando vengarse empujando a la política
de lo peor?
Entre tanto, Napoleón toma una medida militar
preventiva. Nombra a Murat su teniente general
en España, a la cabeza de un cuerpo de
armada que se instala en el norte de la capital,
Madrid. Hecho notorio, el ejército
francés es bien recibido por una
población que todavía no ha sido
montada contra él. Al mismo tiempo, la
escuadra del almirante Rosily va a acostar en
Cádiz. Permitida por los acuerdos franco-españoles
de octubre, dentro del marco del asunto de Portugal,
esta decisión presenta también la
ventaja de poder disponer rápidamente de
fuerzas en ese país, ya que los
ingleses, esto se confirma, maquinan algo.
Pero los eventos
se precipitan. Los días 18 y 19 de marzo,
estallan unas insurrecciones en Aranjuez, fomentadas
por los partisanos de Fernando. Godoy es encarcelado
y no le debe la vida más que a la intervención
personal del mismo Fernando. Carlos IV se resigna
vergonzosamente a « abdicar en favor
de su bien amado hijo, el príncipe de Asturias
». Éste último se proclama
rey de todas las Españas bajo la apelación
de Fernando VII.
Sin la menor decencia, la reina destituida escribe
a Murat para « que obtenga del Emperador
que se le de al rey, mi esposo, a mí misma
y al príncipe de la paz, lo necesario para
vivir los tres juntos, en un lugar conveniente
para nuestra salud, sin autoridad y sin intrigas
».
En este
instante crucial, hubiese sido necesario
tener en el lugar mismo una cabeza política
capaz de tomar inmediatamente decisiones
apropiadas a la situación. Echándole
el ojo al trono de España, Murat
decide por su cuenta ocupar Madrid el
23 de marzo de 1808 y se las arregla para
hacer que el antiguo rey se eche para
atrás en su abdicación.
¡La situación empieza a convertirse
en una farsa! Carlos IV escribe a Napoleón:
« He sido forzado a abdicar,
pero, plenamente confiado, hoy en día,
en la magnanimidad y el genio del gran
hombre que siempre se ha mostrado mi amigo,
he tomado la resolución de conformarme
en todo a lo que ese gran hombre decida
en cuanto concierne a mi suerte, la de
la reina y la del príncipe de la
paz. Dirijo a Vuestra Majestad mi protestación
contra los eventos de Aranjuez y contra
mi abdicación. Me remito
y me confió por completo al corazón
y la amistad de Vuestra Majestad
». No sabemos si esto es totalmente
sincero, pero es claro: Carlos IV reniega
su abdicación, obtenida por coacción,
y se remite enteramente a Napoleón
para resolver el problema español.
A este
nivel del asunto, el Emperador no ve realmente
como arreglárselas. Si Murat no
hubiera intervenido, no habría
dos reyes en ese instante en España,
y sólo tendría que arreglárselas
con el nuevo. Se siente tentado a abandonar
pura y simplemente a Carlos IV, pero los
consejos de Talleyrand le vuelven en mente.
Para todos los efectos, prepara la solución
de la devolución del trono de España
a un Bonaparte. Piensa en primera instancia
en Luis quien se niega con desplante.
José se mostrará más
cooperativo en poco tiempo…
Por otro lado, el reporte de la misión
de información que había
mandado, pone de manifiesto la
francofobia aseverada del nuevo rey y
sobre todo de su entorno.
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Napoleón
se da todavía tiempo para reflexionar.
Como antes de una batalla, decide ir a darse cuenta
in situ y por sí mismo, y de proceder a
una confrontación de los protagonistas
de Bayona. Encarga a Savary ir a convencer a Fernando
VII de prestarse a ello. No debería representar
dificultades puesto que el interesado ha solicitado
el concurso del Emperador hace poco.
Antes de su partida
de París, Napoleón dirige por carta
a Murat sus reproches y sus instrucciones para
que no agrave la situación con otras iniciativas
intempestivas. Comienza a dudar de la lealtad
del gran duque de Berg, el esposo de su hermana
Carolina…
Muchos se hubieran ahorrado escribir inepcias
si se hubiesen tomado la pena de leer con cuidado
y objetividad esta carta a Murat. Retomemos aquí
los extractos reveladores de la prudencia, de
la clarividencia y de la política de espera
de Napoleón en ese momento:
« (…) Me
temo que os equivoquéis acerca de la situación
de España y que os engañéis
a vos mismo. El asunto del 23 de marzo ha complicado
singularmente los eventos. Sigo en una
gran perplejidad. No creáis que
atacáis una nación desarmada y que
no tengáis más que mostrar tropas
para someter a España. (…) Hay energía
en los españoles. Tenéis que véroslas
con un pueblo nuevo. Tiene todo el coraje y tendrá
todo el entusiasmo que se encuentra en los hombres
que las pasiones políticas no han desgastado.
La aristocracia y el clero son los amos
de España. Si temen por sus privilegios
y por su existencia, harán contra nosotros
levas en masa que podrán eternizar la guerra.
Tengo partisanos: si yo me presento como conquistador,
no los tendré más (…) No es
nunca útil hacerse odioso e inflamar los
odios. España tiene más de cien
mil hombres bajo las armas, es más de lo
que hace falta para sostener con ventaja una guerra
interior (…) Inglaterra no dejará
escapar esta ocasión de multiplicar nuestros
apuros. Expide diariamente avisos a las fuerzas
que tiene en las costas de Portugal y en el Mediterráneo.
Hace enrolamientos de sicilianos y de portugueses
(…) ¿Cuáles son las mejores
medidas que tomar? ¿Iré a Madrid?
¿Ejerceré el acto de un gran protectorado,
escogiendo entre el padre y el hijo? Me parece
difícil hacer reinar a Carlos IV: su gobierno
y su favorito están tan despopularizados
que no se sostendrían tres meses. Fernando
es enemigo de Francia, es por eso que lo hicieron
rey. Ponerlo sobre el trono será
servir a las facciones que desde hace 25 años
quieren el aniquilamiento de Francia. Una alianza
de familia sería un débil bien (…)
Pienso que no hay que precipitar nada
(…) No apruebo el partido que tomó
Vuestra Alteza imperial de apoderarse tan precipitadamente
de Madrid. Había que mantener al ejército
a diez leguas de la capital (…) Vuestra
entrada a Madrid, inquietando a los españoles,
ha servido poderosamente a Fernando. He ordenado
a Savary ir donde el nuevo rey para ver lo que
pasa (…) Avisaré ulteriormente
el partido que deberá tomarse.
Entretanto, he aquí lo que juzgo conveniente
prescribiros. No me comprometeréis a una
entrevista en España con Fernando más
que si juzgáis la situación de las
cosas tal, que deba reconocerle como rey de España.
(…) Os las arreglaréis para que los
españoles no puedan sospechar el partido
que he de tomar. Esto no os será difícil:
yo mismo no tengo idea. Haréis
entender a la nobleza y al clero que si Francia
debe intervenir en los asuntos de España,
sus privilegios y sus inmunidades serán
respetados. (…) Les demostraréis
las ventajas que pueden sacar de una regeneración
política (…) No forcéis ningún
trámite (…) Yo pensaré en
vuestros intereses particulares, no penséis
en ellos vos mismo (…) Que ningún
proyecto personal os ocupe ni dirija vuestra conducta:
eso me perjudicaría aun más que
a mí (…) Ordeno que la disciplina
sea mantenida de la manera más severa:
nada de gracia por las pequeñas faltas.
Se tendrá para con el habitante
los más grandes miramientos. Se respetarán
principalmente las iglesias y los conventos.
El ejército evitará cualquier encuentro
con los Cuerpos del ejército español
(…) De ningún lado, debe quemarse
un cartucho (…) Si la guerra se
prendiese, todo estaría perdido.
Es a la política y a las negociaciones
a las que compete decidir el destino de España
(…) ».
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Murat
da cuenta a Napoleón de
su viaje a España
Imagen
satírica española
en la que el diablo tiende al
Emperador pasmado un papel en
el que se lee «
Dios puede más que yo».
Escarnece las decepcionadas ambiciones
de Murat, que esperaba la concesión
del trono de España. Interesante
documento, esta caricatura es
prueba de que los españoles
no ignoraban las motivaciones
del mariscal. |
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Esta carta
resume perfectamente la incertidumbre
de Napoleón en el momento
de su partida para Bayona:
-------------1
– No ha decidido nada aún
porque todavía no ve claro en el
embrollo español. Espera a estar
sobre el terreno para actuar. No prepara
ninguna « celada »
como tanto se ha dicho neciamente. Ambas
partes solicitan su arbitraje, el rey
destronado para obtener venganza, y el
nuevo para ser reconocido. ¿Por
qué rechazaría cualquier
posibilidad de arreglo?
-------------2
– Busca un compromiso en toda suavidad
entre el imperativo de seguridad de Francia
y la querella real española, con
el asentimiento de la población
española. Quiere ante todo
evitar la guerra. En todo caso,
no abriga ninguna intención de
conquista.
-------------3
– No oculta a Murat que su conducta
ya ha comprometido las oportunidades de
una solución y que no se ha dejado
engañar por su juego. ¡Que
no sueñe con el trono de España!
Sale de
París el 2 de abril 1808 y recibe
el 20 del mismo en Bayona, en el castillo
de Marracq, a Fernando
y a la corte reducida que le acompaña.
Al acercarse a Francia, el seudo-rey se
muestra reticente en penetrar a ella.
En Vitoria, sus dos principales consejeros,
el canónigo Escoiquiz,
quien es también su confesor, y
su primer gentilhombre Cevallos, le aconsejan
no dar un paso más, a pesar de
las garantías proporcionadas por
Savary que corre a rendir cuenta de ello
a Bayona. Regresa inmediatamente donde
Fernando con la carta siguiente del Emperador
que lo decide a terminar su viaje: «
Lo digo a Vuestra
Alteza, a los españoles y al mundo
entero, si la abdicación del rey
Carlos es de puro movimiento, si no ha
sido forzado por la insurrección
y por el motín de Aranjuez, no
pongo ninguna dificultad en admitirla,
y reconozco a Vuestra Alteza real como
rey de España. Deseo pues discutir
con él este objeto…
». Nada ha cambiado en la posición
de Napoleón: quiere arbitrar el
conflicto real español que le ha
sido sometido, en presencia de los interesados,
de viso, de alguna manera.
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En su
primer encuentro, Fernando le dio al Emperador
una impresión horrible. El hombre
inspira la repulsión. No se puede
fundar la seguridad de Francia y la felicidad
de España en semejante personaje.
Es claro que no es más que un fantoche
en manos de una facción de la nobleza
y del clero. El porvenir lo confirmará,
su única fuerza reside en el asco
que inspiran sus padres a la nación
española. ¿Napoleón
debe estar condenado a elegir entre la
peste y el cólera?
Esa misma noche, hace que se le lleve
a Fernando por Savary una propuesta a
propósito provocante, cuya única
finalidad es poner de entrada muy alto
la barra de las negociaciones que están
por venir: su renunciación a la
corona en provecho de su padre, a cambio
de la muy modesta corona de Etruria. Fernando
y sus consejeros claman con fuerza su
indignación. Es la entrada en materia
deseada.
Las negociaciones
se abren en esas condiciones, en espera
del arribo de la otra parte. Escoiquiz
defiende con ardor la posición
de su señor. A cambio de su reconocimiento
como rey, promete un gobierno «
todo a la devoción de Napoleón
». Sería la mejor solución.
¿Pero qué seguridad puede
tener Napoleón de que esta promesa
será cumplida, conociendo los sentimientos
hostiles del interesado y de su señor,
hacia Francia en general, y hacia su persona
en particular? Ante la reticencia de Napoleón,
va inclusive hasta prometerle como garantía
una provincia septentrional del país.
Para que pueda decidirse, Napoleón
necesita ahora conocer la actitud del
otro protagonista, Carlos IV.
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El
príncipe Don Fernando
«el rey deseado» |
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El reencuentro
de toda la familia el 30 de abril estuvo cerca
de llegar hasta el pugilato. El espectáculo
no puede ser más afligente, es el de un
padre precipitándose sobre su hijo y tratándolo
de todos los nombres, y de su madre encareciendo.
Y todo eso en presencia de Godoy, amante transido...
La actitud y los argumentos de Carlos IV convencen
a Napoleón de que la única cosa
que cuenta desde ahora para él es la interdicción
del trono de España a su hijo. Oficializa
esta posición por una carta al príncipe
de Asturias el 2 de mayo, por medio de la cual
le da a conocer que sus crímenes le impiden
sucederle al trono y que « España
no podría ser salvada más que por
el Emperador ».
Sabiendo a qué atenerse por ese lado, pero
todavía en negociaciones con Escoiquiz,
el Emperador avanza un poco en la idea del reemplazo
de Fernando por José, llamado de Nápoles
donde le sucedería Murat. Sin embargo aún
no ha decidido nada oficialmente; algo lo retiene
aún… El asunto tendrá un desenlace
brutal el 5 de mayo.
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Escena
del Tres de Mayo de
1808 en Madrid: los
fusilamientos en la Montaña del
Príncipe Pío
(1814). |
Célebre
cuadro de Francisco de Goya y Lucientes,
esta obra, que muestra el fusilamiento
de 43 combatientes españoles,
es una de las primeras durante el
periodo del Imperio que retratan una
matanza no de manera anecdótica
sino a manera de franca acusación.
A la postre se convirtió en
un símbolo de la lucha y el
martirio de los patriotas virtuosos
y libertarios; Edouard Manet hace
clara referencia a ella en 1868, en
su emotiva composición
La ejecución de Maximiliano,
emperador de México. |
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Durante el día,
llega a Bayona la noticia de la insurrección
sangrienta del 2 de mayo en Madrid, el famoso
« dos de mayo
» que proyectó el renombre de Goya.
Los despreciadores de Napoleón califican
la entrevista entre Napoleón y la familia
real española de « celada de
Bayona ». ¡Vaya si es un juicio
falaz! En realidad, se trata de una emboscada
tendida a Napoleón en Madrid.
El anuncio de
la salida de la capital de los infantes, llamados
por su padre, fue presentada por agitadores como
un rapto por el ejército francés.
Al conocerse esta noticia, Madrid se inflama.
Algunos soldados franceses sorprendidos son masacrados
en gran número con un pasmoso salvajismo.
El ejército español se une a los
sublevados. Murat acaba con la insurrección
al día siguiente sin ningún miramiento.
Se deploran muchos miles de muertos…
Este evento sangriento
hará cometer a Napoleón el error
de juicio más grave de su reinado. Todo
hace pensar que la sublevación ha sido
organizada por los partisanos de Fernando. Puestos
en presencia suya, el rey y la reina le acusan
con furor de haber fomentado la insurrección.
La reina inclusive llega hasta golpear a su hijo
en el rostro, se atreve a tratarlo de «
bastardo » y habla de llevarlo al cadalso.
En este ambiente trágico, Napoleón
cede igualmente a la cólera. Ordena agriamente
a Fernando reconocer antes de la media noche a
su padre como rey legítimo, y de hacerlo
saber a Madrid, de lo contrario será tratado
como un rebelde. Fernando no resiste y acepta
la propuesta de tomar un confortable retiro en
el castillo de Valençay, que ofrece Talleyrand.
Ese mismo día, Carlos IV oficializa su
promesa de ceder al Emperador todos sus derechos
al trono de España, a cambio de los castillos
de Compiègne y de Chambord, y de una muy
confortable renta. De tal forma, aquel 5 de mayo
de 1808, los Borbones de España
renunciaron voluntariamente a su trono.
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|
S.M.
el rey Don Carlos IV y su familia |
Apreciamos
en esta obra, de izquierda a derecha,
al infante Don Carlos María
Isidoro de Borbón y Borbón-Parma,
a la infanta Doña María
Josefa, a una princesa no identificada,
a la infanta Doña María
Isabel, a la reina María Luisa,
al infante Don Francisco de Paula,
a S.M. el rey Don Carlos IV, al infante
Don Antonio Pascual, a la infanta
Doña Carlota Joaquina, a Don
Luis de Borbón, a Don Carlos
Luis, y a la infanta Doña María
Luisa Josefina. El cuadro es de Francisco
de Goya y Lucientes (1746-1828) quien
se representó a sí mismo
en la extrema izquierda, al fondo,
frente a su caballete. |
|
Cuando José
les sucede, algunos días más tarde,
a Fernando le parece muy natural, sin que se le
pida nada, prestarle « el juramento
que le debo, así como el de los españoles
que están conmigo ».
¡Tal era el individuo al que Napoleón
hubiese debido subordinar la seguridad de Francia!
En vez de tranquilizar
la situación, su decisión impulsiva
va al contrario a agravarla. Ni su proclama tranquilizadora
a los españoles, ni el reconocimiento de
José por una junta española, van
a cambiar nada a la agitación que se extiende.
Pronto, con la participación del ejército
español, se convertirá en una guerrilla
generalizada, procediendo justamente de ésta
el término « guerrilla ».
Una espiral de reveses se engrana. El 14 de junio,
el almirante Rosily se rinde ante los españoles
en Cádiz. Dos días después
de la entrada de José a Madrid, el general
Dupont capitula en campo raso el 22 de julio en
Bailén. Cerca de 20 000
soldados franceses se rinden sin pelear frente
al general Castaños. José debe huir
vergonzosamente de su capital.
La capitulación deshonrosa de Bailén
tendrá una repercusión considerable
a través de toda Europa. Le dará
un golpe serio a la reputación de la Grande
Armada, hasta entonces considerada invencible,
y por ende, constituirá un estimulo para
todos los enemigos de Francia, que están
al acecho.
Evidentemente,
los ingleses no tardan en hacer acto de presencia.
El mediocre Junot capitula el 30 de agosto en
Cintra ante Wellesley, futuro
duque de Wellington, quien explota sin demora
las dificultades de Francia. La fatal guerra de
España ha comenzado…
No eludiremos
las propias responsabilidades de Napoleón
en este asunto de España. Las consideraciones
que siguen no tienen otro objetivo que esclarecer
un poco mejor las cosas.
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| Dos
aspectos de la insurrección de
Madrid: A la izquierda, la Resistencia
de Madrid contra los franceses el 2
de mayo de 1808 (defensa
del parque de artillería de Monteleo),
de Joaquín Sorolla (1884); a
la derecha, la Lucha contra
los mamelucos, de Francisco
de Goya y Lucientes. Esta obra es ejemplar
de la naturaleza de fanatismo religioso
que adquirió la guerra de España,
una suerte de extraña Reconquista
callejera contra los franceses, «infieles
agentes de Satanás».
Extraña en más de una
forma, pues la colaboración armada
con los ingleses, luteranos apóstatas,
no causó grandes problemas de
consciencia ni al pueblo ni al clero
españoles en su lucha contra
el Emperador a quien, no obstante católico,
la iglesia española no vacilaba
en condenar con el calificativo infamante
de «anticristo».
Vemos en la imagen a un grupo de mamelucos
con su típico atuendo alla
turca, inmersos en una refriega
brutal. Es de notar que todos éstos
personajes son representados por Goya
con rasgos semitas, con una clara intención
dramática y propagandística:
en efecto, a pesar de sus típicos
turbante, cadatario, cimitarra y vestimenta
orientales, los mamelucos eran, en su
gran mayoría, descendientes de,
o ellos mismos antiguos esclavos caucásicos,
provenientes (ya sea por captura o por
compra) de los países eslavos,
o bien europeos simplemente luciendo
el exótico atuendo, por consiguiente
hombres de raza blanca. |
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Ese funesto 5
de mayo de 1808, Napoleón cometió
el error capital de exigir la renunciación
de Fernando al trono de España para confiarlo
a un miembro de su casa. La sed de venganza de
la sangre francesa derramada el 2 de mayo y la
falta absoluta de confianza que le inspiraban
los Borbones de Madrid pueden explicar la reacción
de un hombre, pero no justificar la decisión
de un Jefe de Estado, que no debe nunca ceder
a la cólera.
¿Si la insurrección del 2 de mayo
no hubiese acaecido, se hubieran desarrollado
las cosas de otra manera? No es imposible que
Escoiquiz hubiese logrado ofrecer garantías
convincentes; las negociaciones se centraban en
ese punto hasta el 5 de mayo. ¿Dichas garantías
habrían sido fiables? Nadie puede decirlo,
pero eso no hubiera podido ser peor que el levantamiento
de toda España…
La insurrección
del 2 de mayo constituyó el detonador de
la tragedia española. ¿Quién
la fomentó? Los amotinados de Madrid atacaron
a los soldados franceses al grito de « muerte
a los infieles ». Algunos
monjes y sacerdotes predicaron la revuelta contra
Napoleón, el « anticristo
». Los soldados eran llamados « satélites
del diablo » o también
« tropas de Voltaire
». En Oviedo, el furor del canónigo
Llano Ponte asombró. A la cabeza de los
amotinados que degollaron a 338 soldados de la
guarnición de Valencia se encontraba el
canónigo Calvo, etc., etc….
A los notables
españoles favorables a Francia, y había
muchos, no se les pasó por alto. En Badajoz,
el conde de la Torre fue descuartizado y hecho
pedazos. En Sevilla, el conde de Águila
fue fusilado y colgado en un balcón. En
Cádiz, el general Solano fue apuñalado
y decapitado. En Málaga, el general Trujillo
fue quemado vivo...
Todo acusa a un
clero local obscurantista y fanatizado, que arrastró
a un pueblo bajo influencia a una cruzada vengadora
contra el anticlericalismo de la Revolución.
El receloso nacionalismo español no constituyó
más que un mantillo fértil y no
la causa del levantamiento. La revuelta fue de
esencia católica, algo que el Emperador,
él mismo católico, no se esperaba.
Como ejemplo, he aquí un extracto del catecismo
español de la época: «¿De
quién procede Napoleón? ¡Del
infierno y del pecado! ¿Cuáles
son sus principales oficios? ¡Los de engañar,
robar, asesinar y oprimir! ¿Es pecado matar
franceses? ¡Al contrario es hacerse digno
de la Patria si, por ese medio, se la libera de
los insultos, del robo y de los ardides!».
Es un verdadero llamamiento al homicidio, que
mezcla integrismo religioso y fanatismo nacionalista.
Pero el
clero local no se hubiera comportado de
esta manera tan declarada si no hubiese
recibido las exhortaciones de la Curia
romana. Algunos altos prelados nunca admitieron
el Concordato que rebajaba el poder de
la Iglesia en Francia. A su manera de
ver, el más grande crimen de Napoleón
era el haber planteado el principio de
la laicidad. Sus recientes altercados
con el Papa no mejoraron su imagen para
los católicos. El 12 de mayo, Pío
VII ha decidido negar su investidura a
los obispos nombrados por el Emperador,
como previsto. Diez días después,
prohibió a sus fieles prestar juramento
al gobierno francés.
Y para terminar, el Papa pidió
a todos los obispos españoles no
reconocer a José, « ese
rey francmasón, hereje, luterano,
como lo son todos los Bonaparte y la nación
francesa ».
En realidad,
Napoleón pagó en España
su gran tolerancia religiosa, en particular
hacia los judíos,
a quienes acaba de acordar la libertad
de culto. Tratando de evitar la peste
inglesa y el cólera Borbón,
Napoleón contrajo la rabia romana.
Más que a un levantamiento nacional,
va a enfrentarse a una guerra santa.
Si estamos de acuerdo en pensar que esta
guerra atroz constituyó la tumba
del Imperio, no es exagerado afirmar que
fue un cierto sector del papado el que
cavó la fosa.
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¿Quid de
las operaciones militares?
En la situación en la que se encuentra,
Napoleón no tiene elección. Le es
preciso restablecer cuanto antes el orden en España.
| EL
EFÍMERO RESTABLECIMIENTO DE LA SITUACIÓN |
Para Napoleón,
lo ideal sería intervenir inmediatamente
con fuerza. Un incendio es dominado más
fácilmente en la medida que su tratamiento
es rápido. Pero el Emperador debe primero
impedir imperativamente la apertura de un segundo
frente en Alemania mientras esté comprometido
en España. Es el objetivo del congreso
de Erfurt de septiembre a octubre de
1808, cuya duración es aprovechada para
elevar el ejército de España a 150
000 excelentes soldados, aguerridos en Austerlitz,
Iena y Friedland.
Simple
como de costumbre, el plan de campaña
de Napoleón consiste, a partir de
la orilla norte del Elba, en vencer primero
al ejército español y volver
a poner al rey José en su trono en
Madrid. |
Esta
primera acción debe lógicamente
atraer al interior de España a los
40 000 Ingleses de Moore, acudiendo de Portugal
en ayuda del ejército español.
El ejército francés se volcará
entonces por sorpresa sobre los ingleses
para aniquilarlos antes de que tengan el
tiempo de decir uf. Este plan será
ejecutado casi a la perfección. Sólo
las condiciones climáticas espantosas
salvarán a los ingleses de un aniquilamiento
total.
Napoleón entra en campaña
el 4 de noviembre. Vence primero a la izquierda
anglo-española de Blake, destruye
la derecha de Palafox, y luego va directo
al centro sobre Burgos. Bellas victorias
son obtenidas por Soult en Reinosa, Víctor
en Espinoza, y Lannes en Tudela sobre Castaños.
Saragoza es sitiada.
En Burgos, el Emperador es testigo de los
aterradores desbordes de esta guerra atroz.
Aunque insostenibles, prácticas de
una crueldad inaudita no deben ser ocultadas
para ilustrar el carácter fanático
de la guerra de España. Citemos algunas
escenas horribles extraídas de un
reporte oficial entre otros tantos:
« (…) Soldados [franceses]
capturados son torturados, emasculados,
las partes nobles colocadas en la boca (…).
Otros más son aserrados en dos entre
dos tablas (…). Otros son enterrados
vivos, o colgados por los pies en las chimeneas
prendidas (…). Y ese desdichado
capitán de húsares crucificado
en una puerta, de cabeza sobre el fuego
(…). Y también el
buen general René, capturado con
su mujer y su niño, aserrado en dos
frente a su mujer después de haberla
visto deshonrada. Enseguida, el niño
fue cortado en dos frente a su madre que
también fue serrada en dos como su
marido (…). Los habitantes
de Manzanares degollaron en el hospital
de la ciudad a 1200 soldados enfermos o
heridos. Un capitán fue cortado en
pedazos y echado a los puercos (…)
». |
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Mapa
de la Campaña de
España de 1808
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En represalias,
el ejército francés se deja llevar
igualmente a espantosos excesos y tiene que ser
vuelto a controlar firmemente.
Tras la toma de Burgos y de Santander,
Napoleón prosigue hacia Madrid. El 30 de
noviembre, los lanceros polacos se apoderan del
paso de Somosierra después
de una carga heroica memorable. Madrid
capitula el 3 de diciembre. José
regresa a su trono y Napoleón le
da a España una Constitución liberal.
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Batalla
de Somosierra, el 30 de noviembre
de 1808
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Como se esperaba,
Moore ha pasado de Portugal a España con
35 000 hombres que vienen a reforzar otros 5000
más desembarcados en la Coruña.
Se une al ejército español de La
Romana. La aprensión de Napoleón
de una intervención en fuerza de Inglaterra
en España no era una impresión fruto
de un estado de ánimo, justificando su
acción preventiva en la península.
El Emperador pasa
entonces a la segunda fase de su plan. El 22 de
diciembre de 1808, se vuelve a poner en marcha
hacia el norte. Proyecta aniquilar a Moore que
se ha aventurado en la región de Valladolid.
Pero el frío, la nieve y el lodo lo retrasan
considerablemente, dándole una probada
anticipada de la retirada de Rusia. Moore escapa
apenas al aniquilamiento. En su fuga frenética,
incluso abandona, dejándolos en manos de
este « satélite del diablo
» que es Napoleón, a un millar de
mujeres y de niños ingleses, hallados el
2 de enero de 1809 en un hangar de Astorga, hambrientos,
tiritando de frío y temblando de miedo.
Las madres se echan a los pies del Emperador y
le suplican preservar la vida de sus hijos. Napoleón
hace que se tomen todas las disposiciones para
tranquilizar, alojar, calentar y alimentar a esos
desgraciados, antes de enviarlos de regreso en
excelente estado de salud al ejército británico.
En Astorga,
llegan a Napoleón despachos alarmantes
referentes a la situación interior y exterior
de Francia. El 17 de enero decide regresar a París
a todas riendas, confiando a Soult la responsabilidad
de acabar la campaña. Demasiado lento,
éste último deja embarcarse en la
Coruña, el 19 de enero, a una gran parte
de las fuerzas de Moore, quien sin embargo muere
en este asunto.
La situación
militar en España ha sido provisionalmente
restablecida. Pero no es más que un alivio
del cáncer español que no sanará.
Napoleón no comandará nunca más
directamente en España. Algunos no han
dejado de reprochárselo sin razón.
Demasiado acaparado por las demás guerras,
más amenazadoras, no podía consagrar
el resto de su tiempo a otra cosa que al gobierno
de Francia. Asimismo, la naturaleza de la guerra
de España, a base de guerrilla y no de
grandes batallas, exigía una descentralización
del mando. ¿Por lo demás, los mismos
que acusan a Napoleón de belicismo desenfrenado,
tienen derecho de reprocharle esta « deserción
» guerrera?
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| Teatro
de las operaciones de España
(1809-1813) |
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Tras la partida
del Emperador, las operaciones de saneamiento
prosiguen. El 21 de febrero de 1809, Lannes hace
capitular a Zaragoza. El 28 de marzo, Víctor
y Sebastiani baten a los españoles respectivamente
en Medellín y en Ciudad
Real. El día siguiente, Soult
toma Porto en Portugal pero no
explota sobre Lisboa.
Después
de la batalla indecisa de Talavera el
28 de julio de 1809, Arthur Wellesley, nuevo comandante
del cuerpo expedicionario británico, se
convierte en vizconde Wellington
y se retira a Portugal. Es la ocasión de
algunos éxitos franceses. El 19 de noviembre,
Soult se lleva la victoria de Ocaña
abriéndose Andalucía. En diciembre,
Gouvion-Saint-Cyr toma Gerona
en Cataluña mientras Suchet pacifica Aragón.
En enero de 1810, Soult y Víctor lanzan
una ofensiva hacia Sevilla y
vuelven a tomar el control del sur del país;
no obstante fracasan ante Cádiz.
En mayo de 1810, Suchet se apodera de Lérida
y Soult de Badajoz, mientras
que Masséna es vencedor en Ciudad
Rodrigo en junio, y en Almeida
en agosto.
El 27 de septiembre, Masséna deja pasar
en Busaco una buena ocasión
de acabar con Wellington.
Víctima
de su desacuerdo con los demás
generales y de dificultades de aprovisionamiento,
Masséna abandona Portugal en marzo
de 1811. Durante todo ese año,
los combates van a concentrarse en torno
a las fortalezas de la frontera hispano-portuguesa,
Almeida, Ciudad Rodrigo y Badajoz.
El 3 de mayo de 1811, Masséna inflige
un serio revés a Wellington en
Fuentes de Oñoro. La indisciplina
de Bessières impide su aplastamiento.
Una victoria decisiva se desvanece así…
El 10 de mayo, Marmont remplaza a la cabeza
del ejército de España a
Masséna, que está ya en
las últimas.
El 16 de mayo Soult obtiene un gran éxito
en Albufera, pero se
abstiene una vez más de perseguir
y se retira hacia Sevilla. En Cataluña,
Suchet se apodera de Tarragona.
Durante el resto del año 1811,
Wellington trata en vano de apoderarse
de Badajoz y de Ciudad Rodrigo. A principios
del invierno, se repliega de nuevo hacia
Portugal, esperando una inversión
de la relación de fuerzas.
Ésta
se produce apenas iniciado el año
1812 cuando Napoleón se ve obligado
a tomar unidades en España para
hacer frente al peligro del este. Wellington
se aprovecha de inmediato. El 18 de enero,
inflige un grave revés al mustio
Marmont frente a Ciudad Rodrigo.
La ciudad sufre atrocidades inauditas.
En el mismo momento, el valeroso Suchet
ocupa Valencia, permitiendo
la incorporación de Cataluña
al Imperio el 26 de enero.
El 6 de abril de 1812, Badajoz
sufre la misma suerte que Ciudad Rodrigo.
Portugal se pierde definitivamente.
En junio, los combates se prolongan alrededor
de Salamanca. El 22 de
julio, Marmont, no obstante en igualdad
de fuerzas, es vencido severamente en
los Arapiles, perdiendo
14 000 hombres de los 50 000 que entraron
en acción. Wellington entra el
1º de agosto a Madrid,
abandonado una vez más por el rey
José. Clausel remplaza a Marmont,
herido.
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Arthur
Wellesley, duque de Vitoria
Peculiar retrato por Francisco
de Goya |
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Del 9 de septiembre
al 18 de octubre, Wellington fracasa en su intento
de apoderarse de Burgos, heroicamente
defendido por el general Dubreton. Amenazado por
una contraofensiva francesa, evita prudentemente
una gran batalla. Levantando el sitio de Burgos
y abandonando Madrid, toma sus cuarteles de invierno
abrigado tras las murallas de Cuidad Rodrigo.
En el transcurso de su retirada, fue duramente
cogido por Soult en una segunda batalla de los
Arapiles. Una vez más,
Soult no explotó su éxito.
Pero la partida
ya está definitivamente perdida. El gravísimo
fracaso de la campaña de Rusia que acaba
de terminarse, obliga a Napoleón a puncionar
cada vez más fuerzas en España mientras
que por su lado Wellington no cesa de recibir
refuerzos.
El gobierno español en exilio pone 21 000
soldados a disposición de Wellington, nombrado
comandante en jefe tras su victoria en los Arapiles.
De ahora en adelante, va a poder coordinar la
acción de las grandes bandas de guerrilleros
con su ofensiva general. Además se abre
una nueva base de avituallamiento marítimo
más cercana en Santander.
A partir de ahora,
para el ejército francés ya no se
trata de conservar España sino de defender
la frontera de los Pirineos.
El Emperador ordena a José reagrupar sus
unidades menoscabadas sobre una línea de
defensa apoyada en el Ebro. Wellington
no le deja tiempo. Desbordado por fuerzas superiores
en número el 21 de junio de 1813, José,
tras una defensa tesonera, es completamente deshecho
en Vitoria. Los vestigios de
su ejército refluyen en desorden hacia
la frontera.
Soult toma el mando de lo que queda del ejército
francés, con excepción del ejército
de Suchet en Aragón y Cataluña.
Después de haber reagrupado sus magras
fuerzas atrás de la frontera, trata de
ir en ayuda de las guarniciones sitiadas de Pamplona
y de San Sebastián. Retrasa
la capitulación de San Sebastián
hasta el 31 de agosto, después de 69 días
de sitio, y la de Pamplona hasta finales de octubre.
El 8 de noviembre de 1813, Wellington franquea
el Bidassoa, y ataca las posiciones
de Soult detrás del Nivelle.
Aculado a una defensiva retardadora sin esperanza,
Soult conduce brillantemente su retirada. Su resistencia
se inscribe desde entonces en la arrebatiña
general contra Francia. Última plaza española
conservada, Lérida cae
el 25 de enero de 1814. El 27 de febrero, Soult
es derrotado en Orthez. Los ingleses
entran a Burdeos el 12 de marzo.
La última batalla de Soult ante Wellington
tiene lugar el 10 de abril de 1814 frente a Tolosa.
El 11 de diciembre
de 1813 había sido firmado en Valençay
el tratado que restablecía a Fernando VII
en su trono, algo por lo cual los españoles
no tendrán que congratularse.
¿Qué
opinión de conjunto tener como conclusión
a la desastrosa guerra de España? Si tuviésemos
que definirla en una sola palabra, la que más
convendría sería fatalidad.
Napoleón sufrió en España
la más larga y mortífera de las
guerras, cuando de hecho había intervenido
justamente para evitarla.
El pararrayos, paradójicamente, precipitó
al relámpago…
M.F.
Ver también:
- El
asunto español: cronología razonada
hasta el 5 de Mayo,
por Eduardo Garzón-Sobrado.
- Guerra
de España: reacción de enfado,
por Jean-Claude Damamme.
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