Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

ESPAÑA
Un Pararrayos que precipita al relámpago

Rendición de Madrid, por Antoine-Jean Gros

Por el General (2S) Michel Franceschi

El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.

Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia.

« No fueron ni las batallas ni los enfrentamientos lo que agotaron a las fuerzas francesas, sino los incesantes acosos de un enemigo invisible, que, de ser perseguido, se perdía entre la gente, de la cual reaparecía inmediatamente después con fuerza renovada. El león de la fábula atormentado a muerte por un jején da una imagen verdadera del ejército francés »
Abate de Pradt.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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¡Bien sombrío y tortuoso asunto es el de España! Los detractores de Napoleón lo presentan, junto con la guerra de Rusia que está por venir, como la marca incontestable de la megalomanía de Napoleón. Hay que cuidarse de los juicios simplistas. Eminentemente compleja, la cuestión merece que nos extendamos en ella.

Se puede afirmar de entrada que la guerra de España estaba inscrita en la naturaleza de las cosas si uno se refiere a la situación belígera y a la coyuntura del momento.
Después de Tilsit, Napoleón espera a que Inglaterra, echada de Europa del norte, expulsada de Portugal, y contenida en Italia, se volviese contra el «vientre flojo» español para encender en él una nueva hoguera. Es vital para Francia prevenir la abertura de un nuevo frente a sus espaldas.

En 1808 España es aliada de Francia, con la cual ha compartido el desastre de Trafalgar. Acaba de echar a los ingleses de Buenos Aires y de aportar al ejército francés el concurso de un contingente militar en Alemania, bajo las órdenes del general La Romana. Y muy recientemente, ha cooperado lealmente con Francia en la expedición militar de Portugal con miras a destruir la primera cabeza de puente inglesa. En teoría, todo va de la mejor manera en el mejor de los mundos. Basta mantener la alianza en vigor para conservar la seguridad de la guardia de flanco española.
En realidad, la cosa es muy diferente. La alianza española presenta todos los estigmas de una inquietante fragilidad.

Primero, se tuvo la prueba de que la corte de Madrid se complacía en la duplicidad y el doble juego. Cuando pasó por Potsdam en 1806, Napoleón cayó de casualidad sobre una correspondencia entre el rey de España Carlos IV y el rey de Prusia, olvidada por éste último en su huida frenética. En su carta, el rey de España se ofrecía para « atacar por la espalda » a Napoleón mientras está lejos en Prusia. El Infante Fernando, por su parte, muestra una francofília de pura fachada, pero sus correspondencias hierven de odio por Francia y los franceses. Su entorno reúne a un gran número de aristócratas y de religiosos anti-franceses, en particular su preceptor, el canónigo Escoiquiz.

Por lo demás, esos Borbones de España, aunque descendientes de Luis XIV, presentan todos los signos de una decadencia avanzada, sobre la cual por caridad cristiana no nos explayaremos. El pintor Goya no tuvo los mismos escrúpulos en sus cuadros.
El mayor desacuerdo reina entre los miembros de la familia. El rey, personaje de zarzuela, la reina María Luisa, marimacha de temperamento excesivo, y el primer ministro favorito de la reina, Godoy, bautizado príncipe de la paz, forman un ménage à trois muy unido. El hijo mayor Fernando, príncipe de Asturias, seguido en este aspecto por todo el país, no soporta esta situación indigna y profesa desprecio por sus padres y odio por Godoy, quienes se lo regresan al céntuplo.
La querella familiar se encona en el otoño de 1807 y los protagonistas hacen del Emperador el árbitro de sus diferendos. El rey acusa a su hijo de complotar para destronarlo y de querer atentar contra la vida de su madre. Pide a Napoleón « ayudarle con su luz y con sus consejos ». El príncipe heredero, la pusilanimidad encarnada, le implora lloriqueando tomarle bajo su protección para defenderlo contra Godoy, del que sospecha quererle desposeer. Llega hasta solicitar un matrimonio con una princesa Bonaparte. Por supuesto, Napoleón no da seguimiento alguno a este repugnante cambalache, pero envía a su chambelán de Tournon a la corte de España para calmar el juego y establecerle un reporte de la situación en el país.
La alianza franco-española de octubre de 1807 y la conquista de Portugal ponen la querella familiar bajo sordina por algún tiempo.
Don Carlos IV, Rey de España

¿Cuál es el estado de ánimo de la población española? La presencia del ejército francés en España en tránsito por Portugal es muy bien vista. El pueblo español, actor esencial de la pieza que está por realizarse, está menos evolucionado que los demás pueblos europeos. Ha permanecido bajo la influencia sofocante de un clero aún no totalmente librado del fundamentalismo « torquemadiano » de la Inquisición. Por ahora, la opinión espera que Francia ponga fin a la inaceptable situación de la familia real. Siente lástima por el rey, execra a la reina y a Godoy. A falta de algo mejor, se inclina por el príncipe de Asturias.

Se le informa entonces a Napoleón que Inglaterra activa su regreso militar en la península ibérica. Albión presiente que habrá una oportunidad que aprovechar en la revolución de palacio que se anuncia en Madrid. Esta noticia no constituye una sorpresa, pero confirma la necesidad de hallar rápidamente una solución al embrollo dinástico español.
A estas alturas del asunto, el problema que se plantea no es saber si se debe actuar en España, sino cómo y cuándo actuar, en función de la evolución de la situación, pero sin tardar demasiado.
Talleyrand resulta un consejero muy radical. En virtud de una especie de derecho de retracto nacional, empuja a Napoleón a destronar sin miramientos a los lastimeros Borbones de España, indignos descendientes del gran Luis XIV. A su manera de ver, su reemplazo por una nueva dinastía derivada de la familia imperial es la única solución para garantizar una España segura. Esta opción expeditiva, viniendo de un experto generalmente moderado, sorprende al Emperador y lo echa en una espantosa sospecha. ¿Despechado por su reemplazo por Champagny a la cabeza de los Asuntos Exteriores, estaría Talleyrand buscando vengarse empujando a la política de lo peor?
Entre tanto, Napoleón toma una medida militar preventiva. Nombra a Murat su teniente general en España, a la cabeza de un cuerpo de armada que se instala en el norte de la capital, Madrid. Hecho notorio, el ejército francés es bien recibido por una población que todavía no ha sido montada contra él. Al mismo tiempo, la escuadra del almirante Rosily va a acostar en Cádiz. Permitida por los acuerdos franco-españoles de octubre, dentro del marco del asunto de Portugal, esta decisión presenta también la ventaja de poder disponer rápidamente de fuerzas en ese país, ya que los ingleses, esto se confirma, maquinan algo.

Pero los eventos se precipitan. Los días 18 y 19 de marzo, estallan unas insurrecciones en Aranjuez, fomentadas por los partisanos de Fernando. Godoy es encarcelado y no le debe la vida más que a la intervención personal del mismo Fernando. Carlos IV se resigna vergonzosamente a « abdicar en favor de su bien amado hijo, el príncipe de Asturias ». Éste último se proclama rey de todas las Españas bajo la apelación de Fernando VII.
Sin la menor decencia, la reina destituida escribe a Murat para « que obtenga del Emperador que se le de al rey, mi esposo, a mí misma y al príncipe de la paz, lo necesario para vivir los tres juntos, en un lugar conveniente para nuestra salud, sin autoridad y sin intrigas ».

En este instante crucial, hubiese sido necesario tener en el lugar mismo una cabeza política capaz de tomar inmediatamente decisiones apropiadas a la situación. Echándole el ojo al trono de España, Murat decide por su cuenta ocupar Madrid el 23 de marzo de 1808 y se las arregla para hacer que el antiguo rey se eche para atrás en su abdicación. ¡La situación empieza a convertirse en una farsa! Carlos IV escribe a Napoleón: « He sido forzado a abdicar, pero, plenamente confiado, hoy en día, en la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre se ha mostrado mi amigo, he tomado la resolución de conformarme en todo a lo que ese gran hombre decida en cuanto concierne a mi suerte, la de la reina y la del príncipe de la paz. Dirijo a Vuestra Majestad mi protestación contra los eventos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me remito y me confió por completo al corazón y la amistad de Vuestra Majestad ». No sabemos si esto es totalmente sincero, pero es claro: Carlos IV reniega su abdicación, obtenida por coacción, y se remite enteramente a Napoleón para resolver el problema español.

A este nivel del asunto, el Emperador no ve realmente como arreglárselas. Si Murat no hubiera intervenido, no habría dos reyes en ese instante en España, y sólo tendría que arreglárselas con el nuevo. Se siente tentado a abandonar pura y simplemente a Carlos IV, pero los consejos de Talleyrand le vuelven en mente. Para todos los efectos, prepara la solución de la devolución del trono de España a un Bonaparte. Piensa en primera instancia en Luis quien se niega con desplante. José se mostrará más cooperativo en poco tiempo…
Por otro lado, el reporte de la misión de información que había mandado, pone de manifiesto la francofobia aseverada del nuevo rey y sobre todo de su entorno.

El ministro Manuel Godoy

Napoleón se da todavía tiempo para reflexionar. Como antes de una batalla, decide ir a darse cuenta in situ y por sí mismo, y de proceder a una confrontación de los protagonistas de Bayona. Encarga a Savary ir a convencer a Fernando VII de prestarse a ello. No debería representar dificultades puesto que el interesado ha solicitado el concurso del Emperador hace poco.

Antes de su partida de París, Napoleón dirige por carta a Murat sus reproches y sus instrucciones para que no agrave la situación con otras iniciativas intempestivas. Comienza a dudar de la lealtad del gran duque de Berg, el esposo de su hermana Carolina…
Muchos se hubieran ahorrado escribir inepcias si se hubiesen tomado la pena de leer con cuidado y objetividad esta carta a Murat. Retomemos aquí los extractos reveladores de la prudencia, de la clarividencia y de la política de espera de Napoleón en ese momento:
« (…) Me temo que os equivoquéis acerca de la situación de España y que os engañéis a vos mismo. El asunto del 23 de marzo ha complicado singularmente los eventos. Sigo en una gran perplejidad. No creáis que atacáis una nación desarmada y que no tengáis más que mostrar tropas para someter a España. (…) Hay energía en los españoles. Tenéis que véroslas con un pueblo nuevo. Tiene todo el coraje y tendrá todo el entusiasmo que se encuentra en los hombres que las pasiones políticas no han desgastado. La aristocracia y el clero son los amos de España. Si temen por sus privilegios y por su existencia, harán contra nosotros levas en masa que podrán eternizar la guerra. Tengo partisanos: si yo me presento como conquistador, no los tendré más (…) No es nunca útil hacerse odioso e inflamar los odios. España tiene más de cien mil hombres bajo las armas, es más de lo que hace falta para sostener con ventaja una guerra interior (…) Inglaterra no dejará escapar esta ocasión de multiplicar nuestros apuros. Expide diariamente avisos a las fuerzas que tiene en las costas de Portugal y en el Mediterráneo. Hace enrolamientos de sicilianos y de portugueses (…) ¿Cuáles son las mejores medidas que tomar? ¿Iré a Madrid? ¿Ejerceré el acto de un gran protectorado, escogiendo entre el padre y el hijo? Me parece difícil hacer reinar a Carlos IV: su gobierno y su favorito están tan despopularizados que no se sostendrían tres meses. Fernando es enemigo de Francia, es por eso que lo hicieron rey. Ponerlo sobre el trono será servir a las facciones que desde hace 25 años quieren el aniquilamiento de Francia. Una alianza de familia sería un débil bien (…) Pienso que no hay que precipitar nada (…) No apruebo el partido que tomó Vuestra Alteza imperial de apoderarse tan precipitadamente de Madrid. Había que mantener al ejército a diez leguas de la capital (…) Vuestra entrada a Madrid, inquietando a los españoles, ha servido poderosamente a Fernando. He ordenado a Savary ir donde el nuevo rey para ver lo que pasa (…) Avisaré ulteriormente el partido que deberá tomarse. Entretanto, he aquí lo que juzgo conveniente prescribiros. No me comprometeréis a una entrevista en España con Fernando más que si juzgáis la situación de las cosas tal, que deba reconocerle como rey de España. (…) Os las arreglaréis para que los españoles no puedan sospechar el partido que he de tomar. Esto no os será difícil: yo mismo no tengo idea. Haréis entender a la nobleza y al clero que si Francia debe intervenir en los asuntos de España, sus privilegios y sus inmunidades serán respetados. (…) Les demostraréis las ventajas que pueden sacar de una regeneración política (…) No forcéis ningún trámite (…) Yo pensaré en vuestros intereses particulares, no penséis en ellos vos mismo (…) Que ningún proyecto personal os ocupe ni dirija vuestra conducta: eso me perjudicaría aun más que a mí (…) Ordeno que la disciplina sea mantenida de la manera más severa: nada de gracia por las pequeñas faltas. Se tendrá para con el habitante los más grandes miramientos. Se respetarán principalmente las iglesias y los conventos. El ejército evitará cualquier encuentro con los Cuerpos del ejército español (…) De ningún lado, debe quemarse un cartucho (…) Si la guerra se prendiese, todo estaría perdido. Es a la política y a las negociaciones a las que compete decidir el destino de España (…) ».

Murat da cuenta a Napoleón de su viaje a España
Imagen satírica española en la que el diablo tiende al Emperador pasmado un papel en el que se lee
« Dios puede más que yo». Escarnece las decepcionadas ambiciones de Murat, que esperaba la concesión del trono de España. Interesante documento, esta caricatura es prueba de que los españoles no ignoraban las motivaciones del mariscal.

Esta carta resume perfectamente la incertidumbre de Napoleón en el momento de su partida para Bayona:
-------------1 – No ha decidido nada aún porque todavía no ve claro en el embrollo español. Espera a estar sobre el terreno para actuar. No prepara ninguna « celada » como tanto se ha dicho neciamente. Ambas partes solicitan su arbitraje, el rey destronado para obtener venganza, y el nuevo para ser reconocido. ¿Por qué rechazaría cualquier posibilidad de arreglo?
-------------2 – Busca un compromiso en toda suavidad entre el imperativo de seguridad de Francia y la querella real española, con el asentimiento de la población española. Quiere ante todo evitar la guerra. En todo caso, no abriga ninguna intención de conquista.
-------------3 – No oculta a Murat que su conducta ya ha comprometido las oportunidades de una solución y que no se ha dejado engañar por su juego. ¡Que no sueñe con el trono de España!

Sale de París el 2 de abril 1808 y recibe el 20 del mismo en Bayona, en el castillo de Marracq, a Fernando y a la corte reducida que le acompaña. Al acercarse a Francia, el seudo-rey se muestra reticente en penetrar a ella. En Vitoria, sus dos principales consejeros, el canónigo Escoiquiz, quien es también su confesor, y su primer gentilhombre Cevallos, le aconsejan no dar un paso más, a pesar de las garantías proporcionadas por Savary que corre a rendir cuenta de ello a Bayona. Regresa inmediatamente donde Fernando con la carta siguiente del Emperador que lo decide a terminar su viaje: « Lo digo a Vuestra Alteza, a los españoles y al mundo entero, si la abdicación del rey Carlos es de puro movimiento, si no ha sido forzado por la insurrección y por el motín de Aranjuez, no pongo ninguna dificultad en admitirla, y reconozco a Vuestra Alteza real como rey de España. Deseo pues discutir con él este objeto… ». Nada ha cambiado en la posición de Napoleón: quiere arbitrar el conflicto real español que le ha sido sometido, en presencia de los interesados, de viso, de alguna manera.

 

En su primer encuentro, Fernando le dio al Emperador una impresión horrible. El hombre inspira la repulsión. No se puede fundar la seguridad de Francia y la felicidad de España en semejante personaje. Es claro que no es más que un fantoche en manos de una facción de la nobleza y del clero. El porvenir lo confirmará, su única fuerza reside en el asco que inspiran sus padres a la nación española. ¿Napoleón debe estar condenado a elegir entre la peste y el cólera?
Esa misma noche, hace que se le lleve a Fernando por Savary una propuesta a propósito provocante, cuya única finalidad es poner de entrada muy alto la barra de las negociaciones que están por venir: su renunciación a la corona en provecho de su padre, a cambio de la muy modesta corona de Etruria. Fernando y sus consejeros claman con fuerza su indignación. Es la entrada en materia deseada.

Las negociaciones se abren en esas condiciones, en espera del arribo de la otra parte. Escoiquiz defiende con ardor la posición de su señor. A cambio de su reconocimiento como rey, promete un gobierno « todo a la devoción de Napoleón ». Sería la mejor solución. ¿Pero qué seguridad puede tener Napoleón de que esta promesa será cumplida, conociendo los sentimientos hostiles del interesado y de su señor, hacia Francia en general, y hacia su persona en particular? Ante la reticencia de Napoleón, va inclusive hasta prometerle como garantía una provincia septentrional del país.
Para que pueda decidirse, Napoleón necesita ahora conocer la actitud del otro protagonista, Carlos IV.

El príncipe Don Fernando «el rey deseado»

El reencuentro de toda la familia el 30 de abril estuvo cerca de llegar hasta el pugilato. El espectáculo no puede ser más afligente, es el de un padre precipitándose sobre su hijo y tratándolo de todos los nombres, y de su madre encareciendo. Y todo eso en presencia de Godoy, amante transido...
La actitud y los argumentos de Carlos IV convencen a Napoleón de que la única cosa que cuenta desde ahora para él es la interdicción del trono de España a su hijo. Oficializa esta posición por una carta al príncipe de Asturias el 2 de mayo, por medio de la cual le da a conocer que sus crímenes le impiden sucederle al trono y que « España no podría ser salvada más que por el Emperador ».
Sabiendo a qué atenerse por ese lado, pero todavía en negociaciones con Escoiquiz, el Emperador avanza un poco en la idea del reemplazo de Fernando por José, llamado de Nápoles donde le sucedería Murat. Sin embargo aún no ha decidido nada oficialmente; algo lo retiene aún… El asunto tendrá un desenlace brutal el 5 de mayo.

LA CELADA DE MADRID
 
Escena del Tres de Mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío (1814).
Célebre cuadro de Francisco de Goya y Lucientes, esta obra, que muestra el fusilamiento de 43 combatientes españoles, es una de las primeras durante el periodo del Imperio que retratan una matanza no de manera anecdótica sino a manera de franca acusación. A la postre se convirtió en un símbolo de la lucha y el martirio de los patriotas virtuosos y libertarios; Edouard Manet hace clara referencia a ella en 1868, en su emotiva composición La ejecución de Maximiliano, emperador de México.

Durante el día, llega a Bayona la noticia de la insurrección sangrienta del 2 de mayo en Madrid, el famoso « dos de mayo » que proyectó el renombre de Goya. Los despreciadores de Napoleón califican la entrevista entre Napoleón y la familia real española de « celada de Bayona ». ¡Vaya si es un juicio falaz! En realidad, se trata de una emboscada tendida a Napoleón en Madrid.

El anuncio de la salida de la capital de los infantes, llamados por su padre, fue presentada por agitadores como un rapto por el ejército francés. Al conocerse esta noticia, Madrid se inflama. Algunos soldados franceses sorprendidos son masacrados en gran número con un pasmoso salvajismo. El ejército español se une a los sublevados. Murat acaba con la insurrección al día siguiente sin ningún miramiento. Se deploran muchos miles de muertos…

Este evento sangriento hará cometer a Napoleón el error de juicio más grave de su reinado. Todo hace pensar que la sublevación ha sido organizada por los partisanos de Fernando. Puestos en presencia suya, el rey y la reina le acusan con furor de haber fomentado la insurrección. La reina inclusive llega hasta golpear a su hijo en el rostro, se atreve a tratarlo de « bastardo » y habla de llevarlo al cadalso.
En este ambiente trágico, Napoleón cede igualmente a la cólera. Ordena agriamente a Fernando reconocer antes de la media noche a su padre como rey legítimo, y de hacerlo saber a Madrid, de lo contrario será tratado como un rebelde. Fernando no resiste y acepta la propuesta de tomar un confortable retiro en el castillo de Valençay, que ofrece Talleyrand.
Ese mismo día, Carlos IV oficializa su promesa de ceder al Emperador todos sus derechos al trono de España, a cambio de los castillos de Compiègne y de Chambord, y de una muy confortable renta. De tal forma, aquel 5 de mayo de 1808, los Borbones de España renunciaron voluntariamente a su trono.

S.M. el rey Don Carlos IV y su familia
Apreciamos en esta obra, de izquierda a derecha, al infante Don Carlos María Isidoro de Borbón y Borbón-Parma, a la infanta Doña María Josefa, a una princesa no identificada, a la infanta Doña María Isabel, a la reina María Luisa, al infante Don Francisco de Paula, a S.M. el rey Don Carlos IV, al infante Don Antonio Pascual, a la infanta Doña Carlota Joaquina, a Don Luis de Borbón, a Don Carlos Luis, y a la infanta Doña María Luisa Josefina. El cuadro es de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) quien se representó a sí mismo en la extrema izquierda, al fondo, frente a su caballete.

Cuando José les sucede, algunos días más tarde, a Fernando le parece muy natural, sin que se le pida nada, prestarle « el juramento que le debo, así como el de los españoles que están conmigo ».
¡Tal era el individuo al que Napoleón hubiese debido subordinar la seguridad de Francia!

En vez de tranquilizar la situación, su decisión impulsiva va al contrario a agravarla. Ni su proclama tranquilizadora a los españoles, ni el reconocimiento de José por una junta española, van a cambiar nada a la agitación que se extiende. Pronto, con la participación del ejército español, se convertirá en una guerrilla generalizada, procediendo justamente de ésta el término « guerrilla ».
Una espiral de reveses se engrana. El 14 de junio, el almirante Rosily se rinde ante los españoles en Cádiz. Dos días después de la entrada de José a Madrid, el general Dupont capitula en campo raso el 22 de julio en Bailén. Cerca de 20 000 soldados franceses se rinden sin pelear frente al general Castaños. José debe huir vergonzosamente de su capital.
La capitulación deshonrosa de Bailén tendrá una repercusión considerable a través de toda Europa. Le dará un golpe serio a la reputación de la Grande Armada, hasta entonces considerada invencible, y por ende, constituirá un estimulo para todos los enemigos de Francia, que están al acecho.

Evidentemente, los ingleses no tardan en hacer acto de presencia. El mediocre Junot capitula el 30 de agosto en Cintra ante Wellesley, futuro duque de Wellington, quien explota sin demora las dificultades de Francia. La fatal guerra de España ha comenzado…

No eludiremos las propias responsabilidades de Napoleón en este asunto de España. Las consideraciones que siguen no tienen otro objetivo que esclarecer un poco mejor las cosas.

Dos aspectos de la insurrección de Madrid: A la izquierda, la Resistencia de Madrid contra los franceses el 2 de mayo de 1808 (defensa del parque de artillería de Monteleo), de Joaquín Sorolla (1884); a la derecha, la Lucha contra los mamelucos, de Francisco de Goya y Lucientes. Esta obra es ejemplar de la naturaleza de fanatismo religioso que adquirió la guerra de España, una suerte de extraña Reconquista callejera contra los franceses, «infieles agentes de Satanás». Extraña en más de una forma, pues la colaboración armada con los ingleses, luteranos apóstatas, no causó grandes problemas de consciencia ni al pueblo ni al clero españoles en su lucha contra el Emperador a quien, no obstante católico, la iglesia española no vacilaba en condenar con el calificativo infamante de «anticristo». Vemos en la imagen a un grupo de mamelucos con su típico atuendo alla turca, inmersos en una refriega brutal. Es de notar que todos éstos personajes son representados por Goya con rasgos semitas, con una clara intención dramática y propagandística: en efecto, a pesar de sus típicos turbante, cadatario, cimitarra y vestimenta orientales, los mamelucos eran, en su gran mayoría, descendientes de, o ellos mismos antiguos esclavos caucásicos, provenientes (ya sea por captura o por compra) de los países eslavos, o bien europeos simplemente luciendo el exótico atuendo, por consiguiente hombres de raza blanca.

Ese funesto 5 de mayo de 1808, Napoleón cometió el error capital de exigir la renunciación de Fernando al trono de España para confiarlo a un miembro de su casa. La sed de venganza de la sangre francesa derramada el 2 de mayo y la falta absoluta de confianza que le inspiraban los Borbones de Madrid pueden explicar la reacción de un hombre, pero no justificar la decisión de un Jefe de Estado, que no debe nunca ceder a la cólera.
¿Si la insurrección del 2 de mayo no hubiese acaecido, se hubieran desarrollado las cosas de otra manera? No es imposible que Escoiquiz hubiese logrado ofrecer garantías convincentes; las negociaciones se centraban en ese punto hasta el 5 de mayo. ¿Dichas garantías habrían sido fiables? Nadie puede decirlo, pero eso no hubiera podido ser peor que el levantamiento de toda España…

La insurrección del 2 de mayo constituyó el detonador de la tragedia española. ¿Quién la fomentó? Los amotinados de Madrid atacaron a los soldados franceses al grito de « muerte a los infieles ». Algunos monjes y sacerdotes predicaron la revuelta contra Napoleón, el « anticristo ». Los soldados eran llamados « satélites del diablo » o también « tropas de Voltaire ». En Oviedo, el furor del canónigo Llano Ponte asombró. A la cabeza de los amotinados que degollaron a 338 soldados de la guarnición de Valencia se encontraba el canónigo Calvo, etc., etc….

A los notables españoles favorables a Francia, y había muchos, no se les pasó por alto. En Badajoz, el conde de la Torre fue descuartizado y hecho pedazos. En Sevilla, el conde de Águila fue fusilado y colgado en un balcón. En Cádiz, el general Solano fue apuñalado y decapitado. En Málaga, el general Trujillo fue quemado vivo...

Todo acusa a un clero local obscurantista y fanatizado, que arrastró a un pueblo bajo influencia a una cruzada vengadora contra el anticlericalismo de la Revolución. El receloso nacionalismo español no constituyó más que un mantillo fértil y no la causa del levantamiento. La revuelta fue de esencia católica, algo que el Emperador, él mismo católico, no se esperaba. Como ejemplo, he aquí un extracto del catecismo español de la época: «¿De quién procede Napoleón? ¡Del infierno y del pecado! ¿Cuáles son sus principales oficios? ¡Los de engañar, robar, asesinar y oprimir! ¿Es pecado matar franceses? ¡Al contrario es hacerse digno de la Patria si, por ese medio, se la libera de los insultos, del robo y de los ardides!». Es un verdadero llamamiento al homicidio, que mezcla integrismo religioso y fanatismo nacionalista.

Pero el clero local no se hubiera comportado de esta manera tan declarada si no hubiese recibido las exhortaciones de la Curia romana. Algunos altos prelados nunca admitieron el Concordato que rebajaba el poder de la Iglesia en Francia. A su manera de ver, el más grande crimen de Napoleón era el haber planteado el principio de la laicidad. Sus recientes altercados con el Papa no mejoraron su imagen para los católicos. El 12 de mayo, Pío VII ha decidido negar su investidura a los obispos nombrados por el Emperador, como previsto. Diez días después, prohibió a sus fieles prestar juramento al gobierno francés.
Y para terminar, el Papa pidió a todos los obispos españoles no reconocer a José, « ese rey francmasón, hereje, luterano, como lo son todos los Bonaparte y la nación francesa ».

En realidad, Napoleón pagó en España su gran tolerancia religiosa, en particular hacia los judíos, a quienes acaba de acordar la libertad de culto. Tratando de evitar la peste inglesa y el cólera Borbón, Napoleón contrajo la rabia romana. Más que a un levantamiento nacional, va a enfrentarse a una guerra santa.
Si estamos de acuerdo en pensar que esta guerra atroz constituyó la tumba del Imperio, no es exagerado afirmar que fue un cierto sector del papado el que cavó la fosa.

El Rey Don José I

¿Quid de las operaciones militares?
En la situación en la que se encuentra, Napoleón no tiene elección. Le es preciso restablecer cuanto antes el orden en España.

 

EL EFÍMERO RESTABLECIMIENTO DE LA SITUACIÓN

Para Napoleón, lo ideal sería intervenir inmediatamente con fuerza. Un incendio es dominado más fácilmente en la medida que su tratamiento es rápido. Pero el Emperador debe primero impedir imperativamente la apertura de un segundo frente en Alemania mientras esté comprometido en España. Es el objetivo del congreso de Erfurt de septiembre a octubre de 1808, cuya duración es aprovechada para elevar el ejército de España a 150 000 excelentes soldados, aguerridos en Austerlitz, Iena y Friedland.

Simple como de costumbre, el plan de campaña de Napoleón consiste, a partir de la orilla norte del Elba, en vencer primero al ejército español y volver a poner al rey José en su trono en Madrid.
Esta primera acción debe lógicamente atraer al interior de España a los 40 000 Ingleses de Moore, acudiendo de Portugal en ayuda del ejército español. El ejército francés se volcará entonces por sorpresa sobre los ingleses para aniquilarlos antes de que tengan el tiempo de decir uf. Este plan será ejecutado casi a la perfección. Sólo las condiciones climáticas espantosas salvarán a los ingleses de un aniquilamiento total.
Napoleón entra en campaña el 4 de noviembre. Vence primero a la izquierda anglo-española de Blake, destruye la derecha de Palafox, y luego va directo al centro sobre Burgos. Bellas victorias son obtenidas por Soult en Reinosa, Víctor en Espinoza, y Lannes en Tudela sobre Castaños. Saragoza es sitiada.
En Burgos, el Emperador es testigo de los aterradores desbordes de esta guerra atroz. Aunque insostenibles, prácticas de una crueldad inaudita no deben ser ocultadas para ilustrar el carácter fanático de la guerra de España. Citemos algunas escenas horribles extraídas de un reporte oficial entre otros tantos:
« (…) Soldados [franceses] capturados son torturados, emasculados, las partes nobles colocadas en la boca (…). Otros más son aserrados en dos entre dos tablas (…). Otros son enterrados vivos, o colgados por los pies en las chimeneas prendidas (…). Y ese desdichado capitán de húsares crucificado en una puerta, de cabeza sobre el fuego (…). Y también el buen general René, capturado con su mujer y su niño, aserrado en dos frente a su mujer después de haberla visto deshonrada. Enseguida, el niño fue cortado en dos frente a su madre que también fue serrada en dos como su marido (…). Los habitantes de Manzanares degollaron en el hospital de la ciudad a 1200 soldados enfermos o heridos. Un capitán fue cortado en pedazos y echado a los puercos (…) ».
Mapa de la Campaña de España de 1808

En represalias, el ejército francés se deja llevar igualmente a espantosos excesos y tiene que ser vuelto a controlar firmemente.
Tras la toma de Burgos y de Santander, Napoleón prosigue hacia Madrid. El 30 de noviembre, los lanceros polacos se apoderan del paso de Somosierra después de una carga heroica memorable. Madrid capitula el 3 de diciembre. José regresa a su trono y Napoleón le da a España una Constitución liberal.

Batalla de Somosierra, el 30 de noviembre de 1808

Como se esperaba, Moore ha pasado de Portugal a España con 35 000 hombres que vienen a reforzar otros 5000 más desembarcados en la Coruña. Se une al ejército español de La Romana. La aprensión de Napoleón de una intervención en fuerza de Inglaterra en España no era una impresión fruto de un estado de ánimo, justificando su acción preventiva en la península.

El Emperador pasa entonces a la segunda fase de su plan. El 22 de diciembre de 1808, se vuelve a poner en marcha hacia el norte. Proyecta aniquilar a Moore que se ha aventurado en la región de Valladolid.
Pero el frío, la nieve y el lodo lo retrasan considerablemente, dándole una probada anticipada de la retirada de Rusia. Moore escapa apenas al aniquilamiento. En su fuga frenética, incluso abandona, dejándolos en manos de este « satélite del diablo » que es Napoleón, a un millar de mujeres y de niños ingleses, hallados el 2 de enero de 1809 en un hangar de Astorga, hambrientos, tiritando de frío y temblando de miedo. Las madres se echan a los pies del Emperador y le suplican preservar la vida de sus hijos. Napoleón hace que se tomen todas las disposiciones para tranquilizar, alojar, calentar y alimentar a esos desgraciados, antes de enviarlos de regreso en excelente estado de salud al ejército británico.

En Astorga, llegan a Napoleón despachos alarmantes referentes a la situación interior y exterior de Francia. El 17 de enero decide regresar a París a todas riendas, confiando a Soult la responsabilidad de acabar la campaña. Demasiado lento, éste último deja embarcarse en la Coruña, el 19 de enero, a una gran parte de las fuerzas de Moore, quien sin embargo muere en este asunto.

La situación militar en España ha sido provisionalmente restablecida. Pero no es más que un alivio del cáncer español que no sanará. Napoleón no comandará nunca más directamente en España. Algunos no han dejado de reprochárselo sin razón. Demasiado acaparado por las demás guerras, más amenazadoras, no podía consagrar el resto de su tiempo a otra cosa que al gobierno de Francia. Asimismo, la naturaleza de la guerra de España, a base de guerrilla y no de grandes batallas, exigía una descentralización del mando. ¿Por lo demás, los mismos que acusan a Napoleón de belicismo desenfrenado, tienen derecho de reprocharle esta « deserción » guerrera?

 

EL CÁNCER ESPAÑOL
 
Teatro de las operaciones de España (1809-1813)

Tras la partida del Emperador, las operaciones de saneamiento prosiguen. El 21 de febrero de 1809, Lannes hace capitular a Zaragoza. El 28 de marzo, Víctor y Sebastiani baten a los españoles respectivamente en Medellín y en Ciudad Real. El día siguiente, Soult toma Porto en Portugal pero no explota sobre Lisboa.

Después de la batalla indecisa de Talavera el 28 de julio de 1809, Arthur Wellesley, nuevo comandante del cuerpo expedicionario británico, se convierte en vizconde Wellington y se retira a Portugal. Es la ocasión de algunos éxitos franceses. El 19 de noviembre, Soult se lleva la victoria de Ocaña abriéndose Andalucía. En diciembre, Gouvion-Saint-Cyr toma Gerona en Cataluña mientras Suchet pacifica Aragón. En enero de 1810, Soult y Víctor lanzan una ofensiva hacia Sevilla y vuelven a tomar el control del sur del país; no obstante fracasan ante Cádiz.
En mayo de 1810, Suchet se apodera de Lérida y Soult de Badajoz, mientras que Masséna es vencedor en Ciudad Rodrigo en junio, y en Almeida en agosto.
El 27 de septiembre, Masséna deja pasar en Busaco una buena ocasión de acabar con Wellington.

Víctima de su desacuerdo con los demás generales y de dificultades de aprovisionamiento, Masséna abandona Portugal en marzo de 1811. Durante todo ese año, los combates van a concentrarse en torno a las fortalezas de la frontera hispano-portuguesa, Almeida, Ciudad Rodrigo y Badajoz.
El 3 de mayo de 1811, Masséna inflige un serio revés a Wellington en Fuentes de Oñoro. La indisciplina de Bessières impide su aplastamiento. Una victoria decisiva se desvanece así… El 10 de mayo, Marmont remplaza a la cabeza del ejército de España a Masséna, que está ya en las últimas.
El 16 de mayo Soult obtiene un gran éxito en Albufera, pero se abstiene una vez más de perseguir y se retira hacia Sevilla. En Cataluña, Suchet se apodera de Tarragona.
Durante el resto del año 1811, Wellington trata en vano de apoderarse de Badajoz y de Ciudad Rodrigo. A principios del invierno, se repliega de nuevo hacia Portugal, esperando una inversión de la relación de fuerzas.

Ésta se produce apenas iniciado el año 1812 cuando Napoleón se ve obligado a tomar unidades en España para hacer frente al peligro del este. Wellington se aprovecha de inmediato. El 18 de enero, inflige un grave revés al mustio Marmont frente a Ciudad Rodrigo. La ciudad sufre atrocidades inauditas. En el mismo momento, el valeroso Suchet ocupa Valencia, permitiendo la incorporación de Cataluña al Imperio el 26 de enero.
El 6 de abril de 1812, Badajoz sufre la misma suerte que Ciudad Rodrigo. Portugal se pierde definitivamente.
En junio, los combates se prolongan alrededor de Salamanca. El 22 de julio, Marmont, no obstante en igualdad de fuerzas, es vencido severamente en los Arapiles, perdiendo 14 000 hombres de los 50 000 que entraron en acción. Wellington entra el 1º de agosto a Madrid, abandonado una vez más por el rey José. Clausel remplaza a Marmont, herido.

Arthur Wellesley, duque de Vitoria
Retrato por Francisco de Goya.

Del 9 de septiembre al 18 de octubre, Wellington fracasa en su intento de apoderarse de Burgos, heroicamente defendido por el general Dubreton. Amenazado por una contraofensiva francesa, evita prudentemente una gran batalla. Levantando el sitio de Burgos y abandonando Madrid, toma sus cuarteles de invierno abrigado tras las murallas de Cuidad Rodrigo. En el transcurso de su retirada, fue duramente cogido por Soult en una segunda batalla de los Arapiles. Una vez más, Soult no explotó su éxito.

Pero la partida ya está definitivamente perdida. El gravísimo fracaso de la campaña de Rusia que acaba de terminarse, obliga a Napoleón a puncionar cada vez más fuerzas en España mientras que por su lado Wellington no cesa de recibir refuerzos.
El gobierno español en exilio pone 21 000 soldados a disposición de Wellington, nombrado comandante en jefe tras su victoria en los Arapiles. De ahora en adelante, va a poder coordinar la acción de las grandes bandas de guerrilleros con su ofensiva general. Además se abre una nueva base de avituallamiento marítimo más cercana en Santander.

A partir de ahora, para el ejército francés ya no se trata de conservar España sino de defender la frontera de los Pirineos.
El Emperador ordena a José reagrupar sus unidades menoscabadas sobre una línea de defensa apoyada en el Ebro. Wellington no le deja tiempo. Desbordado por fuerzas superiores en número el 21 de junio de 1813, José, tras una defensa tesonera, es completamente deshecho en Vitoria. Los vestigios de su ejército refluyen en desorden hacia la frontera.
Soult toma el mando de lo que queda del ejército francés, con excepción del ejército de Suchet en Aragón y Cataluña. Después de haber reagrupado sus magras fuerzas atrás de la frontera, trata de ir en ayuda de las guarniciones sitiadas de Pamplona y de San Sebastián. Retrasa la capitulación de San Sebastián hasta el 31 de agosto, después de 69 días de sitio, y la de Pamplona hasta finales de octubre.
El 8 de noviembre de 1813, Wellington franquea el Bidassoa, y ataca las posiciones de Soult detrás del Nivelle. Aculado a una defensiva retardadora sin esperanza, Soult conduce brillantemente su retirada. Su resistencia se inscribe desde entonces en la arrebatiña general contra Francia. Última plaza española conservada, Lérida cae el 25 de enero de 1814. El 27 de febrero, Soult es derrotado en Orthez. Los ingleses entran a Burdeos el 12 de marzo. La última batalla de Soult ante Wellington tiene lugar el 10 de abril de 1814 frente a Tolosa.

El 11 de diciembre de 1813 había sido firmado en Valençay el tratado que restablecía a Fernando VII en su trono, algo por lo cual los españoles no tendrán que congratularse.

¿Qué opinión de conjunto tener como conclusión a la desastrosa guerra de España? Si tuviésemos que definirla en una sola palabra, la que más convendría sería fatalidad. Napoleón sufrió en España la más larga y mortífera de las guerras, cuando de hecho había intervenido justamente para evitarla.
El pararrayos, paradójicamente, precipitó al relámpago…

M.F.

Ver también:
- El asunto español: cronología razonada hasta el 5 de Mayo, por Eduardo Garzón-Sobrado.
- Guerra de España: reacción de enfado, por Jean-Claude Damamme.