
|
BONAPARTE
EN EGIPTO
|
O
LA
SUBLIME VACILACIÓN
DE LA HISTORIA |
|
Por
el GENERAL (2S) MICHEL
FRANCESCHI
Comendador de la Legión
de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto
Napoleónico México-Francia |
|
|
Traducción, documentación,
notas y comentarios del Instituto Napoleónico
México-Francia. ©
|
|
|
| |
 |
| Napoleón
en El Cairo, por
Anne-Louis Girodet. |
| De
noche, al terminar la jornada
de trabajo, imaginando las hazañas
de César en las puertas
del Oriente, Napoleón
se pasea por las calles de El
Cairo mientras un oficial que
le sigue le lee la Farsalia
de Lucano. |
|
|
«
El tiempo que pasé
en Egipto fue el más
hermoso de mi vida, pues fue
el más ideal (…).
Las verdaderas conquistas
son aquellas que se hacen
sobre la ignorancia ». |
Napoleón
en Santa Helena. |
|
|
Los
historiadores descuidan algo la expedición
del General Bonaparte en Egipto. Incluso llegan
a hacer burla de ella. ¡¿Qué
diablos fue a hacer metiéndose en esa galera?!
Esta actitud es muy lamentable, pues se trata
de un evento fabuloso en los planos militar, político
y cultural.
| 1–
UN CONCEPTO ESTRATÉGICO DE
ALTO VUELO |
|
Tras sus fulgurantes
victorias de la guerra de Italia (1796-1797),
el general Bonaparte hace una entrada triunfal
a París el 5 de diciembre de 1797. Acaba
de firmar, el 30 de noviembre en Rastadt, en nombre
del Directorio, el final de la guerra con Austria,
pero la paz general dista mucho de estar establecida.
Nombrado comandante del ejército de Inglaterra,
se libra a una reflexión geoestratégica
con detenimiento. Entre los múltiples enemigos
de la Francia nueva, el más peligroso y
más determinado es sin duda Inglaterra.
Ésta ya se consagra a coaligar de nuevo
a las cortes europeas para abatir a la Francia
surgida de la Revolución. No puede tolerar
su radiante expansión porque representa
un peligro mortal para sus instituciones absolutistas
y constituye un obstáculo mayor a su imperialismo
colonial.
A menos de capitular de inmediato, la guerra es
ineluctable. Luego es de vital interés
para Francia buscar sin demora la mejor manera
de defenderse.
Para combatir a la intratable Albión, dos
opciones militares se presentan:
-------------------------------
ya sea un ataque directo a Gran Bretaña,
-------------------------------
o bien una operación indirecta sobre sus
comunicaciones imperiales.
El General Bonaparte
estudia primero la factibilidad de una invasión
de Inglaterra. En febrero de 1798, con sus ayudas
de campo Lannes, Bourrienne y Julkowski, emprende
una gira de inspección de quince días
en las costas y puertos. Examine con minucia las
posibilidades propuestas por los puertos de Étaples,
Ambleteuse, Boloña, Calais, Dunkerque,
Furnes, Newport, Ostende, Amberes y la isla de
Walcheren. Se realiza el censo de todos los medios
de transportes que se podrían juntar como
complemento a la flota de guerra. El resultado
obtenido es inapelable: se está muy lejos
de poder esperar predominar sobre la potencia
naval británica. El general Bonaparte informa
al Directorio que debe renunciar a la invasión
de Inglaterra mientras Francia no haya constituido
una marina nacional en relación con su
política extranjera y de defensa, tarea
a la que es preciso consagrarse urgentemente.
La cuestión se presentará bajo mejores
auspicios en 1805…
Al presentarse el ataque directo a Inglaterra
como imposible en un futuro próximo, la
elección de una estrategia indirecta se
impone. Después de una profunda reflexión,
el General Bonaparte propone al Directorio una
expedición a Egipto.
|
|
«
La
expedición de Napoleón
rompió las cadenas forjadas
por los mongoles; ideas nuevas se
abrieron paso, abriéndonos
nuevos horizontes. Mohammed Alí
quiso continuar la tradición
de los Mamelucos adaptándose
a la vez a las necesidades del momento
y teniendo en cuenta el estado de
espíritu creado por los franceses.
Así es como, saliendo de nuestro
aislamiento, retomamos contacto con
Europa y el mundo civilizado. Era
el inicio del renacimiento ».
|
|
Gamal
Abdel Nasser, Filosofía
de la Revolución. |
|
UN PROYECTO
LARGAMENTE MADURADO
¿Por qué
Egipto? Se han contado muchos disparates sobre
esta operación. Se ha escrito que su objeto
principal era alejar de París a un «héroe
desempleado», peligroso para las instituciones.
La explicación es un poco corta. Si es
verdad que el vencedor de Austria incomodaba,
existían métodos mucho más
expeditivos para neutralizarle. Además,
en esta hipótesis, ¿por qué
los Directores habrían cavilado tanto tiempo
antes de dar su aprobación?
Algunos han visto en la empresa una «fantasía»
consentida por un Directorio acomplejado ante
un general prestigioso, deseoso de dárselas
de Alejandro o de César. La tesis es aún
menos admisible.
En verdad, la expedición de Egipto concreta
una gran idea estratégica concebida mucho
antes de la Revolución y vuelta a poner
a la orden del día por la situación.
El deseo de alejar al general Bonaparte no jugó
más que un papel totalmente menor.
En 1672,
Leibniz escribe a Luis XIV para presumir
las ventajas de una conquista de Egipto
en su guerra contra Holanda: «(…)
Es en Egipto donde hay que
golpear. Ahí encontraréis
la gran ruta del comercio de las Indias.
Arrebataréis ese comercio a los
holandeses. Aseguraréis la eterna
dominación de Francia en el Levante.
Regocijaréis a toda la cristiandad.
Llenaréis al mundo de asombro y
de admiración. Lejos de ligarse
contra vos, Europa os aplaudirá».
Luis XIV se muestra interesado pero no
puede dar curso al plan.
En 1769, Choiseul retoma el proyecto bajo
el reinado de Luis XV, «para
remplazar la pérdida de las colonias
americanas».
Bajo Luis XVI – ¡qué
continuidad! – el Señor de
Sartine se esfuerza a su vez en convencer
al rey con los mismos argumentos que Leibniz,
los ingleses remplazando a los holandeses.
Estos trámites oficiales son confortados
por los informes de los agentes consulares
y otros negociantes o viajeros influyentes.
Actualizada en 1798, la conquista de Egipto
le asegura a Francia ventajas geoestratégicas
considerables.
Al amenazar la ruta de las Indias, joya
de la corona británica, la aísla
en parte de Europa. La obliga a dispersar
sus poderosos medios navales.
La posesión de Egipto y de su relevo
natural, Malta, representa de todas formas
una incomparable moneda de cambio en toda
futura negociación de paz.
Por le demás, Egipto pertenece
por derecho, si no de facto, al imperio
otomano en descomposición. La presencia
de Francia en este territorio la coloca
en mejores condiciones para una sucesión
o un reparto internacional eventual.
|
 |
El
conde de Choiseul-Gouffier
(1752-1817)
|
|
«Egipto
ya no es de los turcos,
el pachá no es
nada ahí; no
le pertenece a nadie»
Grabado de la época. |
|
|
|
Finalmente, los
agentes consulares dan a saber que Inglaterra
intensifica desde hace algún tiempo sus
relaciones directas con los beys (señores)
de Egipto sobre la base del tratado de comercio
firmado con ellos en 1775. Se prepara manifiestamente
a hacer de Egipto la pieza clave de su expansión
colonial en Oriente. La posesión simultánea
de Egipto y de Malta, además de Gibraltar
desde 1713, le garantizaría la supremacía
en el Mediterráneo y haría pesar
sobre las costas mediterráneas de Francia
una amenaza permanente. En esta perspectiva, Francia
vería además comprometida toda su
política africana.
Francia está en casa en el Mediterráneo,
que costea sobre mil kilómetros sin contar
Córcega. No es el caso de Inglaterra que
quiere hacer de él un trampolín
de su imperialismo.
En definitiva, Egipto constituye un envite mayor
en el afrontamiento con Inglaterra. Una carrera
de velocidad es iniciada por su control. En interés
superior del país, es necesario para el
Directorio no perderla.
El Egipto
de fines del Siglo XVIII ya no les debe
nada a los faraones de sus orígenes,
ni a sus prestigiosos conquistadores sucesivos,
Alejandro, Tolomeo, César y Saladino.
Les Coptos cristianizados son los únicos
autóctonos del país. Fueron
se vieron hundidos en el Siglo VII por
la conquista árabe pero sin renunciar
a su religión. Los Otomanos se
impusieron en el Siglo XVI. Encontramos
estas tres capas humanas un poco por doquier
en el imperio otomano, llamado de la Sublime
Puerta.
La gran originalidad humana de Egipto
en aquella época resida en la presencia
de un cuarto componente que no existe
en ningún otro lugar: los Mamelucos,
«los hombres comprados»
en lengua árabe. Hacia 1230, un
cierto sultán de Egipto compra
doce mil jóvenes del Cáucaso,
principalmente georgianos y circasianos,
para hacer de ellos la élite de
su ejército. Seleccionados con
minucia, adquirieron pronto una gran influencia
y, en la generación siguiente,
se impusieron por la fuerza como amos
del país. Una vez al poder, aportaron
a Egipto una civilización refinada,
todavía enriqueciendo las dos culturas
precedentes, faraónica y árabe.
A su llegada
en 1517, los turcos otomanos se arreglan
con ellos. A cambio del reconocimiento
de la soberanía de Turquía,
representada por un pachá, dejan
la administración del país
a los beys mamelucos agrupados en un Consejo
de Gobierno, el diwan, presidido nominalmente
por el pachá.
Emancipándose progresivamente de
la autoridad del sultán de Constantinopla,
los mamelucos terminan por liberarse y
sojuzgar a la población, totalmente
cortados de ella, y llevando una vida
lujosa. Contando una docena de miles,
no representan así más que
una casta dirigente opresiva y cruel,
extranjera al país. La Sublime
Puerta sólo espera al hombre providencial
que ponga fin a su tiranía, a su
arrogancia y a sus rapiñas.
El noble móvil
de una intervención por ende se
presenta por él mismo, tanto más
cuanto que Francia es la amiga de siempre
del sultán de Constantinopla. La
carta de una operación de socorro
en provecho de una población amiga
oprimida se puede jugar perfectamente
en el plano diplomático en esos
tiempos de emancipación de los
pueblos. ¡Pero aún hay que
convencer a los Directores!
|
 |
Joven
mameluco
Jinetes incomparables,
los mamelucos son combatientes
aguerridos. Estampa
romántica. |
|
|
|
Ciertos autores
atribuyen a Talleyrand la completa
paternidad del asunto. Veamos eso más de
cerca…
Desde sus primeras lecturas históricas
de Brienne, la fascinación de Napoleón
por el Oriente no hizo más que crecer,
aureolada por las epopeyas de Alejandro y de César.
Su interés particular por Egipto, cuna
de diversas civilizaciones prestigiosas, fue aguzado
en especial por la lectura del «Voyage
en Egypte en en Syrie» (Viaje a Egipto
y Siria) de Volney, a quien tuvo la oportunidad
de conocer en Córcega durante una de sus
licencias. Quedó profundamente marcado.
Es en Áncona, durante
la guerra de Italia, cuando se precisa su sueño
oriental todavía difuso. Entra en ese puerto
del Adriático el 5 de febrero de 1797.
Corre de inmediato hacia el mar en una suerte
de embriaguez. Es lo que algunos llaman «la
revelación de Áncona».
Él, que de costumbre no se detiene en ningún
lado, permanece ahí diez días para
recopilar datos acerca de esta «puerta
del Oriente». Informa al Directorio
el interés de conservar Áncona,
pase lo que pase, así como las islas Corfú,
Zante y Cefalonia en el Adriático.
Sus ideas se precisan en las semanas siguientes,
en especial en su cuartel general de Paseriano.
Ahí, sus generales y ayudas de campo reciben
la primicia de su proyecto egipcio. Abundan en
sus ideas así como Gaspard Monge, fundador
de la Escuela Politécnica, y ya parte.
Por una carta del 16 de junio de 1797, prepara
al gobierno a una idea de la expedición
de Egipto: «Los
tiempos no están lejos en que sentiremos
que, para destruir verdaderamente a Inglaterra,
hay que apoderarnos de Egipto. El vasto imperio
otomano, que perece todos los días, nos
pone en la obligación de pensar tempranamente
a tomar los medios para conservar nuestro comercio
del Levante».
Al permanecer
el gobierno sordo, el general Bonaparte
se vuelve entonces hacia Talleyrand, ministro
de Relaciones Exteriores, a través
de un correo del 13 de septiembre de 1797.
|
|
Desarrolla
en él las ideas ya expuestas y le
sugiere un acercamiento diplomático
al gobierno de Constantinopla.
A su llegada al Ministerio de Relaciones
Exteriores, Talleyrand había tenido
conocimiento, con el mayor interés,
de los archivos evocados más arriba
en lo concierne a Egipto. De inmediato había
vislumbrado la importancia política
y estratégica de un proyecto que
volvía a ser de actualidad. El trámite
del general Bonaparte no podía ser
más oportuno.
En su pronta respuesta, Talleyrand le expresa
su entera aprobación: «Vuestras
ideas referentes a Egipto son grandes y
su utilidad debe ser sentida. Os
escribiré en lo referente al tema
más ampliamente». Pero
no hará nada. Su prudencia diplomática
decepciona un poco al bullicioso comandante
en jefe del ejército de Italia.
De regreso a París a fines de 1797,
el general Bonaparte vuelve a evocar su
idea, contribuyendo a tensar un poco más
sus relaciones con los Directores. Uno de
ellos, La Révellière-Lépeaux
exclama: «¡Pero no vamos
a exponer a treinta mil de los mejores soldados
franceses al azar de una batalla naval,
con el único fin de deshacernos de
un general ambicioso!».
Talleyrand entra entonces en escena de manera
decisiva. Para preparar la vía, había
presentado al Instituto una relación
sobre Egipto en los últimos meses
de 1797, después de la solicitación
del general Bonaparte. El 13 de febrero
de 1798, dirige al Directorio una «Reporte
sobre la cuestión de Egipto».
Defiende de la manera más hábil
la causa de una expedición. Vale
la pena citar algunos extractos: «Egipto
fue una provincia de la República
Romana; es preciso que se convierta en una
de la República Francesa (…)
Los Romanos sisaron Egipto a reyes ilustres
en las artes y las ciencias; los franceses
se la arrebatarán a los más
horribles tiranos que hayan existido jamás.
El antiguo gobierno de Francia se había
nutrido por largo tiempo de este proyecto
de conquista, pero era demasiado débil
para consagrarse a él. Su expedición
le estaba reservada al Directorio ejecutivo,
como el complemento a todo lo que la Revolución
francesa ha presentado al mundo asombrado,
de hermoso, de grande y de útil». |
 |
Bey
egipcio
Los beys (señores)
son los mamelucos de la
más alta jerarquía,
responsables de la administración
provincial. Aquí
vemos uno seguido de un
joven esclavo en la obra
de Luigi Mayer, Views
in Egypt (1804) |
|
|
|
Ciertas personas
han pretendido más tarde que en esta circunstancia
Talleyrand había sido estipendiado por
Inglaterra para alejar la tormenta que la amenazaba
en el continente. Es una pura calumnia. Una prueba
de ello es que los ingleses no tuvieron noticia
de la destinación de la expedición,
lo cual la hubiera condenado por anticipado.
Por fin convencido, el Directorio da su aprobación
el 5 de marzo de 1798. El general Bonaparte recibe
«todos poderes para reunir a treinta
mil hombres en Tolón, y juntar ahí
a una escuadra para el transporte y la seguridad
de la expedición». Por razones
evidentes de seguridad, la destinación
debe permanecer secreta hasta el último
momento…
He aquí cómo fue concebido el proyecto
de la expedición de Egipto. La idea formaba
parte de la herencia nacional. El general Bonaparte
le dio nuevo impulso el primero, pero sin Talleyrand,
ésta se habría probablemente quedado
en los cartones.
| 2–
UNA APLICACIÓN CONDUCIDA CON
MANO MAESTRA |
|
Por motivos relacionados
con la crecida del Nilo, hay que estar sobre el
terreno a más tardar en julio.
UNA PREPARACIÓN
LLEVADA A LA BAQUETA
Entre
la decisión del 5 de marzo y la
salida de Tolón el 19 de mayo,
el jefe de la expedición no dispuso
más que de diez semanas, prodigio
de velocidad, para juntar al ejército
más formidable jamás visto
en el Mediterráneo desde la batalla
de Lepanto.
De los
puertos de Tolón, Génova,
Civitavecchia y Ajaccio, cerca de trescientos
bastimentos hacen a la vela simultáneamente,
entre los cuales trece navíos,
nueve fragatas, once corvetas y avisos,
doscientas treinta y dos urcas. Esta flota
lleva, además de diecisiete mil
hombres de tripulación, a un cuerpo
expedicionario de treinta mil hombres
repartidos en veinticinco mil soldados
de infantería, cuatro mil jinetes,
tres mil artilleros y mil auxiliares.
Son embarcados igualmente más de
mil piezas de artillería de campaña
y de sitio, cien mil bolas de cañón,
doce mil fusiles de reserva y cantidad
de cartuchos y de pólvora, cuatrocientos
sesenta y siete vehículos, seiscientos
ochenta caballos, víveres para
tres meses, sin olvidar una biblioteca
y una imprenta, objeto de estupefacción
para muchos. ¡Vaya idea descabellada,
partir a la guerra con una biblioteca
y una imprenta!
Napoleón
elige para acompañarle a la flor
de los oficiales, que, en su mayoría,
constituirán más tarde los
jerarcas de la Grande Armada: Berthier,
ya entonces jefe de estado mayor general,
los generales de división Desaix,
Kléber, Menou, Reynier, Bon, Dugua;
los generales de brigada Lannes, Murat,
Marmont, Davout, Lanusse, Vial, Veaux,
Rampon, Friand, Belliard, Dumas [padre
del célebre escritor; NdT.], Leclerc,
Verdier y Andréossy. Las funciones
de ayuda de campo son ejercidas por Junot,
Duroc, Eugenio de Beauharnais y su hermano
Luis. Bourrienne, condiscípulo
de Brienne, se encarga del secretariado.
La flota
está bajo el mando del vicealmirante
Brueys, asistido por cinco contralmirantes
entre los cuales figura el pronto célebre
Villeneuve.
En compañía
de sus colaboradores cercanos, el general
Bonaparte se embarca a bordo del Orient
- «Oriente» -, nave almirante,
comandado por el capitán de navío
Luce de Casabianca
|
 |
Bonaparte
|
Medallón
ejecutado por André
Dutertre (1753--1842),
dibujante de la Comisión
de las ciencias y las
artes, durante la travesía
hacia Egipto a bordo
del navio almirante
Orient. Con
sus ojos azules y sus
«cabellos amarillos»
que tanto impresionarán
a los egipcios, el ascendente
de este muchacho de
28 años era sobrenatural.
¿Veis ese
hombre? -dice,
señalándolo,
el banquero Gollot durante
la travesía-
de así desearlo,
no hay uno solo de nosotros
a quien no hiciera echar
por la borda; ahora
que, por servirle, todos
nosotros nos arrojaríamos
de cabeza al agua antes
de que lo hubiese dicho
él. |
|
|
|
 |
Partida
del Ejército de Oriente
hacia Egipto,
19 de mayo de 1798.
El 31 de mayo de 1798, el diario
Publiciste relata el
evento haciendo hincapié
en « la cantidad prodigiosa
de artistas y de sabios »
que componían la expedición.
Grabado de Martinet. |
|
|
Pero lo
que distingue sobre todo a esta operación
militar de toda otra, es su dimensión
cultural y científica
que pocos historiadores ponen de relieve.
En efecto, Napoleón insistió
ante el Directorio para que la expedición
tuviese también como objeto el
«progreso
de las Luces y el desarrollo de las Ciencias
y de las Artes». Se
le miró con sorpresa, pero no se
estuvo opuesto al designio. Es sin duda
este aspecto particular del asunto lo
que hizo escribir a Thiers, no obstante
poco tierno para con él: «En
toda su prodigiosa carrera, Napoleón
no imaginó nada más grande,
ni más hermoso».
Desde el momento de la firma de los decretos
gubernamentales, el general Bonaparte
encarga a MONGE,
ya convencido, reunir una comisión
de sabios y de artistas, dispuestos a
acompañarle. Se les autoriza hacerse
asistir por los alumnos voluntarios de
todas las grandes escuelas y establecimientos
del Estado: Politécnico, Central,
Normal, Minas, Puentes y Calzadas, Conservatorio
de las Artes y Oficios, Museo de Historia
Natural, etc. La medicina, la arquitectura,
la arqueología, y hasta la pintura
y la música, son igualmente solicitados.
El pobre Monge debe primero resolver un
delicado problema conyugal. Su mujer se
opone a su participación en la
aventura, estimando que a los cincuenta
y dos años ya no es de su edad.
El general Bonaparte visita a la señora
Monge para ablandarla. Primero debe disipar
un malentendido. ¡En el momento
de abrir la puerta, se le toma por un
alumno del profesor! Una vez corregido
el error, logra difícilmente convencer
a la señora Monge.
En cuanto
a los demás, se ve forzado a rechazar
a mucha gente. Signo revelador de los
tiempos nuevos y marca deslumbrante de
la vitalidad de la Francia posrevolucionaria,
una plétora de voluntarios se presenta,
a pesar de los reales peligros presumidos.
Algunos de los más grandes nombres
del momento no dudan a jugarse toda su
carrera y tal vez su vida en lo que no
es ante todo más que una expedición
militar. Citemos en particular, además
del matemático, al químico
Berthollet, el mecánico
Conté, el geógrafo
Lescene, el zoólogo
Geoffroy Saint-Hilaire,
el botanista Coquevert de Montbret,
los médicos Desgenettes
y Larrey, el mineralogista
Dolomieu, el dibujante
Vivant
Denon
etc., etc. En total ciento sesenta
y siete científicos, entre
los cuales un gran número de jóvenes
estudiantes, repartidos en dieciocho disciplinas.
Para marcar su interés, el general
Bonaparte se inscribe él mismo
en la de los geómetras.
En este agrupamiento de los más
diversos intelectuales reina una singular
exaltación. Uno de ellos, du Bois-Aymé,
nos ha dejado un testimonio que refleja
bien el ánimo común de esta
élite valiente: «Ignorábamos
a donde Bonaparte iba a llevar nuestros
pasos, pues la finalidad de la expedición
había sido rigurosamente guardada
en secreto. ¡Pero qué nos
importaba! Ese guerrero célebre
inspiraba entonces una confianza ciega…».
Es bien sabido, la cosecha cultural de
esos audaces pioneros se revelará
considerable para el renombre de Francia
en el mundo.
|
 |
Gaspard
Monge por Jean
Naigeon (1811)
|
|
Genio
incomparable de las
matemáticas,
Gaspard Monge (1746-1818)
es
considerado, después
de Euclides, el geómetra
más grande de
la Historia. Miembro
de la Academia de Ciencias
a los 34 años,
es el creador de la
geometría descriptiva
e impulsor de la geometría
proyectiva, fue uno
de los creadores, junto
con Euler y Jean-Baptiste
Meusnier, de los primeros
teoremas de geometría
diferencial. Por otro
lado, efectuó
importantes estudios
tanto a nivel teórico
como práctico
en materia de metalurgia
del hierro, publicando,
junto con Berthollet
y Vandermonde en 1785,
la primera teoría
de la fundición
del acero según
la doctrina de Lavoisier.
Maravillado por la profundidad
del genio del joven
Napoleón de escasos
28 años, diría
de él que «
Dios se complació
en dotar a este héroe
de todas las cualidades
» |
|
|
|
Para asegurarse
de que todo está en orden, el general Bonaparte
pasa una última revista antes de la partida.
Las tropas tienen bella estampa. Como en el caso
del ejército de Italia dos años
antes, les dirige una arenga a la antigua. Ya
se ha consagrado como un maestro en este arte
de la comunicación directa entre el jefe
y sus hombres en el instante crucial. Exalta los
corazones y motiva los espíritus. Hace
soñar a los hombres…
La grandiosa empresa que les espera exige un tono
épico a la altura: «(…) Las
legiones romanas que habéis imitado algunas
veces pero todavía nunca igualado, combatían
a Cartago, a veces en esta misma mar y en las
planicies de Zama. La victoria no las abandonó
jamás porque, constantemente, fueron bravas,
pacientes soportando la fatiga, disciplinadas
y unidas entre ellas. Soldados, Europa tiene los
ojos fijos sobre vosotros. Tenéis grandes
destinos que llenar, batallas por librar, peligros
y fatigas que vencer. Haréis más
de lo que nunca habéis hecho por la prosperidad
de la Patria, la dicha de los hombres y vuestra
propia gloria (…) Voy
a llevaros a un país donde, por vuestras
hazañas futuras, rebasaréis a quienes
hoy asombran a vuestros admiradores
(…) Yo prometo
a cada soldado que al regreso de esta expedición
tendrá a su disposición con qué
comprar seis arpendes de tierra».
Un inmenso ¡hurra! responde a estas
palabras, puntuadas de gritos «Viva
la República».
Llevada la gigantesca
preparación a bien en un tiempo record,
puesta la tropa en condición moral, dada
la partida en fanfarria, importa ahora llegar
a buen puerto...
JAQUE A
NELSON
La travesía
del Mediterráneo en toda su extensión,
con la poderosa flota inglesa a espaldas, ferozmente
decidida a arruinar la expedición, representa
innegablemente una apuesta arriesgada. Variando
sin embargo las rutas marítimas, es posible
ganarla. Pero bastaría que las dos flotas
se encuentren para que toda la empresa se caiga
al agua, en todo el sentido del término.
Así pues, la travesía va a resumirse
en un angustioso juego de escondidas entre el
almirante Brueys y el almirante Nelson. Brueys
la ganará, pero Nelson se vengará
poco después.
 |
|
El Vicealmirante François-Paul
conde de Brueys d’Aigailliers,
(1753-1798)
Retrato póstumo
(1859)
|
|
|
|
|
 |
|
El
contralmirante vizconde
Horatio Nelson
(1758-1805)
Óleo de Lemuel
Francis Abbott (1800) |
|
|
|
Por asombroso
que parezca, los agentes del servicio de información
ingleses no pudieron penetrar el secreto de la
destinación de la expedición. La
amplitud de los preparativos evidentemente alarmó
al gobierno británico. Expedido de urgencia
a Gibraltar, Nelson toma el mando de los navíos
disponibles, en espera de prontos y substanciales
refuerzos. Su misión no sufre ambigüedad
alguna: «Buscar las fuerzas francesas
antes de que hayan partido y, una vez en presencia
de ellas, tomarlas, hundirlas, quemarlas o destruirlas.»
Este encarnizamiento devastador dice mucho sobre
la implacable determinación del gobierno
inglés y de su conciencia de lo que estaba
en juego. ¿¡Qué más
convincente justificación de la expedición!?
Nelson analiza correctamente la situación
estratégica. «Pienso que la intención
de los franceses es apoderarse de algún
puerto egipcio, a fin de poder enviar un ejército
formidable a las Indias», escribe a
sus superiores. Disponiendo de navíos dos
veces más veloces que los franceses, el
presuntuoso Nelson piensa que éstos no
irán muy lejos. Pero, engañado por
falsos informes, no cesa de descaminarse en los
cuatro extremos del Mediterráneo oriental,
sin nunca encontrar a la flota francesa que retrospectivamente
ha experimentado dos grandes espantos. ¡En
la noche del 22 al 23 de junio, las dos flotas
se cruzan a algunas millas de distancia ignorándose
soberbiamente! ¡Llegando a Alejandría,
el general Bonaparte se entera de que Nelson acaba
de partir de ahí hacia el norte, treinta
y seis horas antes!. ¡En ambas circunstancias,
toda la carrera de Napoleón pendió
de un hilo! ¡Hay que creer que su legendaria
buena estrella velaba por él!
Es conveniente añadir que el itinerario
hábilmente escogido por Brueys a lo largo
de las costas norte antes de doblar hacia el sur,
había alejado a la flota francesa de la
zona de búsqueda natural de Nelson.
Pero antes de
lograr llegar de esta forma y sin estorbos a Egipto,
hay que arreglar de paso el problema de Malta.
No se puede proseguir con la expedición
sin asegurarse la posesión de este inestimable
cerrojo de las comunicaciones marítimas
entre las dos partes occidental y oriental del
Mediterráneo. Y hay que actuar rápido
a causa de Nelson…
CONQUISTA
DE MALTA SOBRE LA MARCHA
 |
Toma
de Malta
|
|
La isla de Malta era la plataforma
estratégica esencial
para cualquier operación
en el Levante. Tomada el 11
de junio, Napoleón impone
de inmediato su sistema: declara
a todos los habitantes iguales
en derechos, se le autoriza
la práctica de su culto
a los griegos ortodoxos y a
los judíos, que no deberán
más portar la estrella
amarilla y podrán construir
una sinagoga; 2000 esclavos
musulmanes son liberados. Si
bien el tesoro de la Orden es
confiscado, numerosos serán
los caballeros que se unirán
a la expedición. El general
Bonaparte se dirige a sus hombres:
«¡Soldados!
Vais a emprender una conquista
cuyos efectos sobre la civilización
y el comercio del mundo son
incalculables »,
y puesto que llega como liberador
para descargar a las poblaciones
del yugo de los mamelucos, intima
a sus tropas a respetar la religión
de los indígenas y sus
costumbres. Grabado popular. |
|
|
La isla fortaleza
de Malta pertenece a la orden del mismo nombre
desde que Carlos Quinto la donó a los Caballeros
de San Juan de Jerusalén que huían
de Palestina. Esos prestes-soldados resistieron
heroicamente a todos los ataques del Islam conquistador.
Su Gran Maestre, Jean Parisot de la Valette, le
hizo ganar a la isla una reputación de
inviolabilidad al resistir en 1565 con nueve mil
soldados a cuarenta mil turcos.
Desde
entonces, este antiguo bastión
prestigioso del cristianismo no había
dejado de declinar. En 1798, su poder
no impresiona más. Repartidos en
ocho naciones desde su origen, los caballeros
yo no son más que trescientos,
de una edad promedio elevada, y en malos
términos con los aproximadamente
cien mil habitantes. Entre ellos, doscientos
franceses, entre los cuales el influyente
de Bosredon de Rancijat.
Los fuertes y murallas están mal
mantenidos. La vieja artillería
de la fortaleza está falta de municiones.
La marina es casi inexistente. Lo nueve
mil milicianos, fuerza principal de la
isla, mal equipados, son mediocres combatientes.
El gran
Maestre en ejercicio, el húngaro
Ferdinand Von Hompesch,
había imprudentemente tomado, hacía
poco, el partido de los enemigos de la
República francesa poniéndose
bajo la protección del zar Pablo
I. Durante la guerra de Italia, se le
habían confiscado todos los bienes
de la Orden.
Con la intención de facilitar la
rendición de la isla, el Directorio
había despachado a Malta algunos
meses antes al encargado de misión
Poussielgue, quien había
logrado ganarse el favor de los Caballeros
franceses.
Cuando el ejército francés
se presenta frente a Malta el 9 de junio
de 1798, la situación es pues favorable,
pero no enteramente madura para una capitulación
rápida. El general Bonaparte debe
mostrar ostensiblemente su fuerza desplegando
toda la flota a lo largo de la costa.
Esta gesticulación militar descompone
los nervios de la guarnición. El
día siguiente al amanecer, un desembarque
simultáneo en siete puntos de la
isla se impone rápidamente a una
débil oposición. A las diez
de la mañana, la totalidad de la
isla está conquistada, con excepción
de La Valette cuya resistencia se desmorona
por ella misma en la velada. El Gran Maestre
capitula. La isla se hace francesa.
Antes
de proseguir la expedición, es
importante organizar la posición
y asegurar su defensa. No hay un minuto
que perder, siempre a causa de Nelson.
Para dar una idea de la intensidad del
trabajo realizado en esta circunstancia,
el general Bonaparte dicta en ocho días
ciento setenta decretos relativos a todos
los ámbitos de la administración
de la isla. Un orden moderno remplaza
a un poder obsoleto. Las inmensas riquezas
de la isla se convierten en propiedad
francesa. Napoleón otorga a los
israelitas el derecho de edificar una
sinagoga, preludio a su gran proyecto
de emancipación del pueblo judío.
Hecho notable, libera a los aproximadamente
setecientos forzados musulmanes que sirven
en las galeras de la Orden.
Haciéndose a la mar nuevamente
el 18 de junio, se embarca a esos prisioneros
para servir de testigos ante la población
egipcia del poderío de Francia
y mensajeros de su amistad para con el
Islam. Dos mil hombres de la Legión
Maltesa y cuarenta y dos Caballeros voluntarios
se unen a la expedición.
El general Vaubois permanece en la isla
con cuatro mil soldados para asegurarse
de que esta posición estratégica
irremplazable no caiga en manos de los
ingleses.
|
 |
|
Ferdinand
von Hompesch zu Bolheim,
Gran Maestre de la Orden
de Malta (1744 -1805) |
.La
controvertida capitulación
de Malta es firmada
el 11 de junio de 1798,
sin resistencia real
previa. Si bien es verdad
que el número
de las tropas francesas
era aplastante, la isla
gozaba de fortificaciones
que hubieran obligado
a la flota de Egipto
a mantener un sitio
demasiado prolongado,
haciéndola, vistas
las circunstancias,
no viable. A pesar de
ello, von Hompesch abandonó
la isla con muchos de
sus caballeros sin combate.
Aun cuando es cierto
que las reglas de la
Orden prohibían
toda contienda contra
cristianos, graves acusaciones
de confabulación
en contra de von Hompesch
fueron levantadas En
efecto, en virtud de
los pactos acordados
entre ambos, se estipulaba
que el Gran Maestre
percibiría una
renta igual a la que
perdía con su
cargo, respetándose
por otro lado todo su
patrimonio; asimismo,
todos sus honores y
distinciones le eran
conservados, lo que
algunos han querido
ver como una recompensa
por su sumisión.
Sea como fuere, el gran
Maestre se retiró
a Trieste con sus bienes
y algunos tesoros, entre
los cuales figuraba
la legendaria Madonna
de Filermo. |
|
|
|
Napoleón
consagra el resto de la travesía a una
preparación psicológica
del desembarque destinada a los tres actores principales
de la operación: su ejército, la
población egipcia y el representante del
sultán en El Cairo.
A los soldados, hace que se les lea en cada navío
el 22 de junio una nueva proclama que exige un
comportamiento ejemplar para con las poblaciones
de Egipto. Inscribe la acción
que está por venir toda entera bajo el
signo de una auténtica tolerancia.
Todo impregnado de humanismo, su propósito
merece una cita in extenso: «Soldados,
vais a emprender una conquista cuyos efectos sobre
la civilización y el comercio del mundo
serán incalculables. Asestaréis
a Inglaterra el golpe más seguro y más
sensible, en espera de que podáis darle
el golpe mortal. Haremos algunas marchas fatigantes.
Libraremos múltiples combates. Tendremos
éxito en todas nuestras empresas, los destinos
son para nosotros (…). Los
Beys mamelucos que favorecen exclusivamente al
comercio inglés, que han cubierto de agravios
a nuestros negociantes y que tiranizan a los desdichados
habitantes del Nilo, algunos días después
de nuestra llegada no existirán más.
Los pueblos con los cuales vamos a vivir son mahometanos.
Su primer artículo de fe es éste:
no hay otro dios que Dios y Mahoma es su profeta.
No los contradigáis. Comportaos con ellos
como nos hemos comportado con los judíos,
los italianos. Tened atenciones son sus muftíes
y sus imams, como los tuvisteis para con los rabinos
y los obispos. Tened por las ceremonias que prescribe
el Alcorán y por las mezquitas la misma
tolerancia que habéis tenido por los conventos,
por las sinagogas, por la religión de Moisés
y de Jesucristo.
Las legiones romanas protegían a todas
las religiones. Encontraréis aquí
costumbres diferentes a las de Europa. Hay que
habituaros a ellas. Los pueblos donde vamos tratan
a las mujeres diferentemente que nosotros. Pero
en todos los países, aquel que viola es
un monstruo. El pillaje no enriquece más
que a un número pequeño de hombres.
Nos deshonra, destruye nuestros recursos y nos
hace enemigos de los pueblos que es de nuestro
interés tener por amigos. La primera ciudad
que encontraremos fue erigida por Alejandro. En
ella hallaremos a cada paso recuerdos dignos de
excitar la emulación de los franceses.»
A la población
egipcia Napoleón dirige una proclama
reconfortante redactada en árabe.
Fustiga a los mamelucos opresores, promete
la aniquilación de su yugo, se
compromete a respetar la administración
local y sobre todo proclama su amistad
por el Islam, sin por ello confundir tolerancia
y debilidad: «Pueblo
de Egipto, desde hace demasiado tiempo,
esta pandilla de esclavos comprados que
os gobiernan tiraniza a la más
bella parte del mundo. Pero Dios, de quien
todo depende, ha ordenado que su imperio
se acabe. Se os dirá que vengo
a destruir vuestra religión. No
lo creáis. Responded que vengo
a restituiros vuestros derechos, a castigar
a los usurpadores y que respeto más
que a los mamelucos, a Dios, su Profeta
y el Alcorán.(…)
¿Qué
sabiduría, qué talentos,
qué virtudes distinguen a los mamelucos
para que tengan exclusivamente todo lo
que hace a la vida amable y dulce?
(…) ¡Si
Egipto es su granja, que muestren el arriendo
que Dios les ha hecho! (…) Todos
los Egipcios serán llamados a administrar
todas las plazas. Los más sabios,
los más instruidos, los más
virtuosos gobernarán, y el pueblo
será dichoso. (…) Cadis,
Sheiks, Imams, decid al pueblo que somos
los verdaderos amigos de los musulmanes.
(...) ¿No
somos nosotros quienes hemos sido en todos
los siglos los amigos del gran Señor,
el Sultán de Constantinopla, y
el enemigo de sus enemigos? Los mamelucos,
al contrario, siempre se han revelado
contra la autoridad del Gran Señor
que nuevamente no reconocían. ¡Tres
veces dichosos quienes estén con
nosotros! (…) Pero
malhaya, tres veces malhaya a quienes
se armen a favor de los mamelucos y combatan
contra nosotros. No habrá esperanza
para ellos: ¡perecerán!».
Es el
turno ahora del representante del sultán
en El Cairo, Abu Bakr,
suerte de rey holgazán. Es preciso
reconfortar a la Sublime Puerta, paralelamente
a la acción diplomática
esperada de Talleyrand. Es de un interés
primordial evitar un conflicto con Constantinopla.
Pero la hábil diplomacia británica
se opondrá a ello.
La carta expedida al pachá, escrita
a bordo del « Orient »
la víspera del desembarque, está
destinada a anunciarle que el ejército
francés no viene sino a liberarlo
de la humillante tutela en la que lo tienen
los beys mamelucos. Así redactada,
es llevada al Cairo por un oficial turco
embarcado en Malta: «El
Directorio Ejecutivo de la República
francesa se ha dirigido en múltiples
ocasiones a la Sublime Puerta para demandar
el castigo de los beys de Egipto que agobian
a los comerciantes franceses
(…). La
República francesa se ha decidido
a enviar un poderoso ejército para
poner fin a los bandidajes de los beys
de Egipto, así como se vio obligada
a hacerlo en múltiples ocasiones
este siglo, contra los beys de Túnez
y de Argel. Tú, que deberías
ser el amo de los beys y que, sin embargo,
ellos mantienen en El Cairo sin autoridad
y sin poder, tú debes ver mi llegada
con placer. Sin duda estás al tanto
de que no vengo para hacer algo contra
el Alcorán, ni contra el Sultán.
Sabes que la Nación francesa es
la única aliada que el Sultán
tenga en Europa. Ven luego a mi encuentro
y maldice conmigo a la raza impía
de los beys.»
En resumen,
el general Bonaparte propone a Abu Bakr
un protectorado ventajoso para Constantinopla,
en reemplazo de la humillante tiranía
mameluca. Pero, por desgracia, esta misiva
no llegará a su destinatario. ¿Lo
hubiera influenciado? A decir verdad,
nos es permitido dudarlo.
¡Después
de este condicionamiento psicológico,
¡paso libre a la acción!
|
 |
|
Sabio
de la Comisión
de Egipto
|
Los
sabios eran fácilmente
reconocibles por su
traje verde que «
chocaba mucho a los
musulmanes »,
por ser éste
el color reservado para
los descendientes de
Mahoma. |
|
|
|
LA RUDA
TOMA DE POSESIÓN DE EGIPTO
 |
El
desembarque de Bonaparte en
Egipto |
El
desembarco del Ejército
de Oriente se lleva a cabo el
2 de julio de 1789 a la una
de la madrugada. Apenas hubo
puesto el pie en las arenas
egipcias, Napoleón lanza
su proclama famosa «
Desde
hace demasiado tiempo, esta
pandilla de esclavos
[los mamelucos]
tiraniza
a la más bella parte
del mundo; pero Dios, el Señor
de todos los mundos, el todopoderoso,
ha ordenado que su imperio acabase
».
Dibujo de Charles Lemire |
|
|
La víspera
del desembarque, el general Bonaparte necesita
conocer con precisión la situación
en el lugar mismo. El 27 de junio, pide al almirante
Brueys de destacar un navío rápido
a Alejandría con el fin de embarcar lo
antes posible al cónsul francés
Magallon. Designada para este
efecto, la fragata «Juno» está
de regreso en la tarde del 30 con mar gruesa.
Magallon indica que la escuadra inglesa acaba
de irse de Alejandría con dirección
al norte. Brueys expresa su inquietud, cogido
como está entre dos peligros, Nelson por
un lado, y del otro, la tempestad que vuelve peligroso
a un desembarque. Propone demorar unas horas la
toma de tierra, el tiempo necesario para que el
mar se calme un poco. Para el general Bonaparte
el riesgo principal es un regreso inopinado de
Nelson y ordena a Brueys comenzar cuanto antes
las operaciones de desembarque. Éstas se
presentan muy acrobáticas. Múltiples
zozobran y se deplora un cierto número
de ahogamientos. Las tropas ponen pie en la playa
del Marabú, unos cuantos
kilómetros al oeste de Alejandría.
Napoleón desembarca en la noche del 1º
al 2 de julio. Después de echar un sueño
sobre la arena misma, pasa en revista a las tropas
ya sobre el terreno y, sin esperar su refuerzo
por la artillería aún en los barcos,
las pone en marcha hacia Alejandría para
no dejar a la defensa el tiempo de organizarse.
¡Siempre la velocidad como modo de operatorio
privilegiado de Bonaparte, luego de Napoleón!
Tomada por asalto
sobre la marcha, la ciudad cae en la mañana,
no sin algunos combates serios. Kléber
es herido.
 |
|
Mapa
estratégico de la Expedición
de Egipto |
|
|
Los días
siguientes, la plaza es organizada como
base operacional para los combates que
están por venir. Primer objetivo,
la capital El Cairo.
La noticia del desembarque llega rápidamente
al lugar. Los beys Murad
e Ibrahím se reparten
el poder, el primero como jefe del ejército,
el segundo de la administración.
Ponen de inmediato a todo el país
en alerta y Murad agrupa a sus fuerzas
en El Cairo. Es a él y s su fantástica
caballería mameluca a lo que el
ejército francés tendrá
que enfrentarse principalmente.
Para desplazarse de Alejandría
al Cairo existen dos itinerarios: uno
de ellos, el más practicable, remonta
la orilla izquierda del Nilo a partir
de Roseta; el otro, más directo
pero excesivamente pesado, cruza por setenta
kilómetros el desierto de Bahyreth
y se une al primero en Rahmanyeh pasando
por Damanhour.
Fiel al principio de surgir justo en donde
menos se le espera, Napoleón no
pone en marcha en el primer itinerario
más que a la División Dugua,
quien remplaza provisionalmente a Kléber.
Este cuerpo escolta a una flotilla bajo
las órdenes del almirante Pérée,
que transporta todas las impedimenta.
Las otras cuatro divisiones, Vial, Bon,
Reynier y Desaix, éste último
en la vanguardia, toman la difícil
vía del desierto. El general en
jefe prevé el agrupamiento del
conjunto en Rahmanyeh (El Rahmanyeh) para
una progresión directa sobre El
Cairo con todas las fuerzas reunidas.
El general Bonaparte subestimó
las dificultades del desierto; su travesía
resulta espantosa. La sed por poco abate
al ejército que no llega a Rahmanyeh
hasta el 10 de julio a costa de atroces
sufrimientos para tomar un reposo de tres
días. Dugua alcanza al conjunto
el 12 y las tropas al fin reunidas retoman
la progresión el 13 de julio.
|
|
Enterándose
de estas dificultades, Murad se enardece hasta
la temeridad. Piensa que su caballería
no hará más que un bocado de esta
banda de rezagados agotados que sus espías
y auxiliares beduinos no dejan de hostigar. Decide
entablar las hostilidades lo cuanto antes.
 |
La
agotadora marcha en el desierto
|
|
Impropiamente equipados, vistiendo
uniformes de lana, portando
armas, municiones y varias decenas
de kilos de carga, los franceses,
abrumados por el
spleen,
como dirá el Emperador
en Santa Helena, efectúan
una aplastante marcha de seis
días, alejados de las
aguas del Nilo, a través
de las dunas infinitas cual
espectros entre las flamas del
averno. « Los hombres,
señala Merejkovski, se
morían, enloquecían,
no tanto de calor, de hambre
y de sed, como de espanto. Hubo
deserciones, protestas, actos
de franca rebelión casi,
pero bastaba que apareciese
Bonaparte para que todo se callase
y para que los hombres le siguiesen
de nuevo por el infierno abrasado
con la misma docilidad de las
sombras que siguen a Hermes,
conductor de almas » |
|
|
LA BATALLA
DE CHEBREIS
El primer encuentro
se produce el 13 de julio en Chebreis
(o Chobrakhyt). El espectáculo de esos
terribles jinetes rutilantes tiene con qué
impresionar. Además de diversas armas de
fuego, sus temibles cimitarras centellean con
mil destellos bajo sus arneses de un extraordinario
resplandor. Sus uniformes engalanados flamean
bajo el sol. Ricamente encaparazonados, sus caballos
de pura sangre piafan esperando la carga. El fanatismo
ciego de esos temibles guerreros es bien conocido.
Su manera de batirse es de lo más rudimentario:
cargar directo y de frente y aplastar todo a su
paso. Esta caballería cuenta aproximadamente
con cuatro mil mamelucos, apoyados y cubiertos
por otros jinetes y soldados de infantería
árabes. En total unos quince mil hombres…
El general
Bonaparte les opone la única táctica
que valga en ese caso: fuego graneado
y concentrado de la formación en
cuadro por división. Los costados
de los cuadros están constituidos
por seis filas de soldados de infantería
estrechados. Dispuesta en los cuatro cuadros,
la artillería puede barrer con
metralla el terreno en un ángulo
de doscientos setenta grados. En el centro,
con las impedimenta, se encuentra la caballería
en reserva. De las seis filas de soldados
de infantería, tres pueden eventualmente
salir del cuadro para un contraataque,
en apoyo o no de la caballería.
Los cuadros no están inmóviles,
la inmovilidad llevando generalmente a
la derrota. Evolucionan y maniobran al
paso, sin deshacerse. Las distancias entre
los cuadros están calculadas para
que puedan apoyarse mutuamente.
Cuando, en voz alta, Napoleón ordena
«¡Formación
en cuadros, equipajes al centro!»,
se oye a un bromista añadir: «¡los
sabios con los burros!». Esto
relaja un poco la atmósfera, sobre
todo entre esos intelectuales forzosamente
ligados al ejército y que se preguntan
en ese instante lo que fueron a hacer
en esa galera...
Y para darle un poco de valor a la tropa,
turbada por la novedad del asunto, las
músicas hacen resonar la Marsellesa.
¡Después de todo, estamos
a un día del 14 de julio! El efecto
es mágico.
Si los
franceses están impresionados por
los mamelucos, éstos están
desconcertados por el dispositivo francés,
que avanza arrojadamente hacia ellos en
orden perfecto. De inmediato arremeten
contra los cuadros, tratando de abrir
una brecha. Al no lograrlo, se reagrupan
y recomienzan, un poco más concertados,
sobre la derecha francesa. Conformemente
a las consignas, los franceses no abren
fuego hasta el último momento,
aplacando de golpe su ímpetu a
los pies mismos de las primeras filas.
Remolinan todavía algunos instantes,
y luego se repliegan hacia El Cairo, dejando
doscientos muertos sobre el terreno, contra
solamente algunos heridos franceses. La
táctica adoptada hace maravillas.
Mínima por las pérdidas,
esta batalla de Chebreis tiene una gran
resonancia moral. Los mamelucos pierden
su soberbia, mientras los franceses recuperan
confianza en ellos mismos después
de los terribles retos que acaban de sobrellevar.
Han tomado el ascendente moral sobre el
enemigo, lo cual es determinante la guerra.
|
 |
Retrato
de Murad Bey (1750–1801)
|
|
Gobernante
de Egipto junto con
Ibrahim Bey, era igualmente
el jefe de los mamelucos
y comandante de caballería.
De una disciplina completamente
diferente a la europea,
los mamelucos desdeñaban
las formaciones, menospreciaban
la artillería,
y no confiaban más
que en su destreza,
su puñal
de Damasco, su caballo
beduino, y el Profeta.
Al enterarse de que
los franceses carecían
de caballería,
Murad Bey exclamó:
« voy a cortarles
la cabeza como una sandía
». Dibujo de André
Dutertre. |
|
|
|
El trayecto Chebreis
– El Cairo no es tampoco puro reposo. La
tropa sufre de nuevo de calor, de sed, de hambre.
Murad practica la táctica de la tierra
quemada. Para jalonar la progresión francesa
y debilitarla, la hace acosar por hordas de beduinos
saqueadores. ¡Ay de quien se aleje de la
columna, es masacrado sin piedad en los más
atroces sufrimientos!
LA VICTORIA
DECISIVA DE LAS PIRÁMIDES
La localidad de
Embabeh es alcanzada por fin el 21 de julio a
principios de la tarde. Lo ojos embelesados de
los soldados contemplan entonces un cuadro grandioso.
A lo lejos, del otro lado del Nilo, destacan los
cientos de alminares del Cairo y las murallas
de la ciudadela de Saladino. A su derecha, se
yerguen hacia el cielo las pirámides de
Guizeh. Y frente a ellos, de este lado del río,
todo el ejército de Murad en orden de batalla,
los intrépidos mamelucos atrayendo la mirada.
 |
|
Bonaparte
arengando al ejército
antes de la batalla de las Pirámides,
el 21 de julio de 1798
Cuadro
del barón Jean-Antoine
Gros
|
Estampa
para la historia, este cuadro
representa el momento legendario
en que Napoleón a sus
hombres la frase famosa: «
¡Soldados!
¡Id, y pensad que desde
lo alto de esas pirámides,
cuarenta siglos os contemplan!
».
Tanto el « nuevo Alejandro
» como su campaña
épica se convierten respectivamente
en jefe romántico y manifiesto
del Romanticismo por excelencia.
«Egipto es, en su carrera,
como Atala en la carrera
de Chateaubriand», señala
Bainville. |
|
|
Jugándose
el todo por el todo, Murad ha movilizado todo
lo que Egipto ha podido proveer de combatientes:
seis mil mamelucos, miles de fellahs y de beduinos,
y el cuerpo de Janisarios del pachá Abu
Bakr, en total unos cincuenta mil hombres.
El general Bonaparte advierte el dispositivo
lineal de su enemigo, adosado a la orilla izquierda
del Nilo. Su izquierda se apoya en Guizeh, donde
se encuentra el campo de Murad y se concentran
sus mamelucos; su derecha se engancha en el pueblo
de Embabeh, fortificado y tenido por una masa
de fellahs y los janisarios turcos.
El ejército francés adopta el mismo
dispositivo en cuadros que en Chebreis. Poco antes
de la orden de ataque, Napoleón dirige
a sus soldados su habitual arenga. La majestad
del lugar, la importancia histórica de
la batalla, le inspiran su célebre metáfora:
«¡Soldados,
vais a librar una batalla que quedará grabada
en la memoria de los hombres! Vais a combatir
a los dominadores de Egipto. ¡Decios que,
de lo alto de estos monumentos, cuarenta
siglos os observan!»
Una formidable ovación se eleva de las
filas… Y la célebre batalla
de las Pirámides se entabla...
A la derecha, los cuadros Desaix y Reynier progresan
para desbordar Guizeh, amenazando la comunicación
de Murad con el alto Egipto. Los cuadros Bon y
Vial se ocupan de Embabeh. En el punto de junción
se posiciona Dugua.
Las cargas de los mamelucos se suceden sin discontinuar
sobre todo el frente. Se rompen todas con pérdidas
muy pesada sobre los cuadros que no logran mermar.
Muy al contrario, Bon y Vial hacen salir sus columnas
de ataque y se apoderan de Embabeh. Guizeh cae
a su vez. Murad escapa hacia el alto Egipto con
dos mil mamelucos supervivientes. El resto de
su armada busca escapar por el Nilo. La artillería
entra entonces en juego y acaba con los huidizos
en una terrible aniquilación.
Antes de refugiarse en el Sinaí, imitado
por Abu Bakr, el bey Ibrahim incendia la flotilla
del Nilo para impedir la travesía del río
hacia la capital abandonada.
 |
Batalla
de las pirámides, 21
de julio de 1798
|
La
batalla épica que se
lleva a cabo en Imbabá
duró apenas unas dos
horas. Viendo que el orgulloso
Murad Bey persistía en
sus faltas y en sus errores,
el joven Bunaberdis Bey
- como los mamelucos lo
llamaban - ordena la formación
en cuadros (a la derecha), que
tanto daño habían
causado en Chebreis, de las
divisiones. Después de
una carga feroz de los mamelucos
de élite que casi desbarata
al ala derecha del general Desaix,
los cuadros vuelven a formarse.
Faltos de una concepción
estratégica y de dispositivos
tácticos, los mamelucos,
rabiosos, sin recursos, vacilan,
se desbandan, y pronto la batalla
se convierte en un sálvese
quien pueda general; muchos
caen al río y se pierden.
Desesperados por la impotencia,
los antes altivos mamelucos
lanzan ahora sus sables a la
cara de los franceses, que avanzan
lenta pero implacablemente.
Despavoridos, los hasta entonces
señores de Egipto se
defienden ora a puñetazos,
ora a mordidas, para después
huír aterrorizados (a
la izquierda)... Más
importante, la caballería
de élite y una gran cantidad
de beys han sido aniquilados;
« así expiraba
a los pies de la Europa civilizada
la libertad salvaje del Asia
» resume un cronista.
Cuadro del capitán Louis-François
Lejeune, participante y testigo
ocular en el conflicto. |
|
|
La batalla apenas duró algunas horas. La
victoria es completa. Desprovisto de protección,
El Cairo está a la mano.
Abandonada a ella misma y presa del más
grande pavor, la población se subleva contra
sus notables et se libre a numerosas exacciones.
Los jeques árabes y los ulemas, asambleas
de notables, designan una delegación encargada
de negociar la capitulación de la ciudad
en las mejores condiciones. El general Bonaparte
la recibe con muchas atenciones en su cuartel
general de Guizeh y le asegura sus buenas intenciones.
Nombra prontamente al general Dupuy comandante
de armas del Cairo y le ordena tomar de inmediato
posesión de la ciudad.
Hace colocar por doquier una proclama tranquilizadora:
«He venido a destruir
a la raza de los mamelucos, a proteger el comercio
y los naturales del país (…)
No temáis nada
por vuestras familias, vuestras casas, vuestras
propiedades, y sobre todo por la religión
del profeta, a la que estimo…»
Reconfortada por el comportamiento calmante de
los soldados de Dupuy, esta actitud apaciguadora
calma inmediatamente los ánimos.
Pero Bonaparte permanece prudente. Antes de hacer
su entrada al Cairo el 25 de julio, toma medidas
de seguridad.
Coloca a Desaix a algunas leguas al sur, a manera
de cobertura, ante un regreso posible de Murad
Bey del alto Nilo. Instala su base operacional
en Guizeh, al abrigo de una insurrección
de la bulliciosa población del Cairo.
 |
|
 |
A
la izquierda, en una illustración
tardía de M-G.
Bourguoin (1912), contemplamos
la Entrada
del General de Bonaparte
al Cairo.
Los egipcios,
liberados del yugo de
los mamelucos, le alaban
y le llaman Sultán
El-Kebír («el
Grande»). A la derecha,
una estampa popular muestra
a Napoleón, vestido
a la oriental, discutiendo
con el bajá de
El Cairo. Mostrando un
gran respeto por la cultura
y la religión locales,
Napoleón reorganiza
las instituciones, estructura
la administración
fiscal y de protección
civil, instaura también
un sistema de higiene,
y constituye un Diwán,
consejo de nueve miembros
escogidos entre los ulemas
y los altos funcionarios
vernáculos. Para
apaciguar los espíritus,
el Sultán de
Fuego (otro de los
nombres que le fueron
puestos) se pone a tono
con las circunstancias
y se «pasaba
el final del día
dedicándo[se]
a
la teología con
los beyes, diciéndoles
que no había más
dios que el dios Mahoma».
Los enemigos de Napoleón,
especialmente los realistas
que hacían de su
mojigatería remilgosa
y fingida un arma acerada
de propaganda, no dejarán
de machacar estas evocaciones
en sus intentos por presentar
al Emperador como un anticristo
(lo cual, sea dicho de
paso, nunca les impidió
coaligarse con los ingleses
y los turcos, quienes
alegremente masacraban
cristianos a diestra y
siniestra...). Por su
lado, Napoleón
«
[se]
divertía
con eso»
recordando que «aquello
era charlatanería,
pero de la más
subida» y
que «el
ejército
(...) no
hubiese visto en todo
aquello otra cosa que
risa y broma»
(Memorial de Santa
Helena). En efecto,
recordemos que el voltairiano
general Menou, convertido
ulteriormente al mahometanismo,
se convertirá en
objeto de irrisión
y de desprecio general
entre los franceses. |
|
|
|
Apenas instalado
en la capital, el general Bonaparte dicta las
medidas de reorganización administrativa
del país. Su principio es asociar lo más
estrechamente posible a los jeques, de los cuales
los más eminentes constituyen un diwan
de nueve miembros, suerte de gobierno indígena,
ante el cual nombra a Monge como Comisario de
la República. Del mismo modo, un diwan
local es creado en cada provincia. En resumen,
no procede a una anexión sino a
un protectorado descentralizado.
Para exteriorizar
bien su solicitud para con la población
y su respeto por la religión y las costumbres
locales, asiste a todas las fiestas y ceremonias
tradicionales.
La población le da el mote de Sultán
El-Kebír [es decir, el Grande,
o el Gran Sultán. Napoleón
también era llamado el Sultán
de los francos. NdT].
Un día, lleva su voluntad de integración
hasta vestirse a la oriental.
Este mimetismo fuera de tono es mal visto por
los suyos, y no renueva más la experiencia.
Consciente de que la religión constituye
el factor primordial de su política, toma
medidas en pro de la protección de los
peregrinos de la Meca y muestra la mayor benevolencia
con los dirigentes de la célebre Universidad
Al-Azhar, a quienes alienta a proseguir
su enseñanza.
Como prueba de su confianza, incorpora voluntarios
en el ejército francés y constituye
una unidad especial emparejada a los Guías.
Pone en pie una «unidad de dromedarios»,
ancestro de las unidades meharistas.
 |
|
 |
|
A
la izquierda, una «
Vista interior
de la gran sala del palacio
de Hassán Kashef
destinada a las sesiones
del Instituto de Egipto
»,
fundado por Napoleón,
en un grabado
de Duplessis-Bertaux (Description
de l’Egypte).
Según relata el
naturalista Geoffroy de
Saint-Hilaire, el Instituto
de Egipto « era
la amante favorita del
general... ». A
la derecha, la La
Universidad de Al-Azhar
en una litografía
romántica. |
|
|
|
La cuestión
del desarrollo económico y técnico
también está en el primer plano
de las preocupaciones de Napoleón. En este
ámbito, los sabios aportan una inapreciable
contribución, en particular el químico-mecánico
Nicolas-Jacques Conté,
futuro fundador del Conservatorio de las Artes
y Oficios. Echan las bases de la apertura de Egipto
al mundo moderno, incluso, ya entonces, la idea
del futuro Canal de Suez.
En la esfera cultural,
Napoleón toma inmediatamente todas las
medidas para proteger, inventariar, estudiar y
dar a conocer los tesoros arqueológicos
de la brillantísima civilización
egipcia. Desde el 22 de agosto de 1798, funda
el Instituto de Egipto, que da
origen a la egiptología.
Desea ser el vicepresidente. El afectísimo
Monge acepta la presidencia. Uno de los sabios,
Geoffroy Saint-Hilaire, dio testimonio en estos
términos del ambiente estudioso que reinaba:
« Aquí encuentro hombres que
no piensan más que en las Ciencias. Vivo
en el centro de un foco ardiente de Luces. Nosotros
nos ocupamos con ardor de todas las cuestiones
que interesan al gobierno y a las ciencias a las
cuales nos hemos voluntariamente dedicado
».
LA EPOPEYA
AUTÓNOMA DE DESAIX, « EL SULTÁN
JUSTO »
 |
|
Louis-Charles
Antoine Desaix, general de división,
leyendo una orden del día
del general Bonaparte a dos
egipcios;
Por Appiani el mayor (1754-1817).
|
|
Representación
del legendario general Desaix
(1768-1800), apodado «
el Sultán Justo »
por los egipcios en virtud de
su bondad y gran humanidad. |
|
|
Es en este ambiente
cultural que se lleva a cabo la calaverada en
el alto Egipto de la división Desaix, lanzada
en persecución de los mamelucos en fuga
de Murad. A todo lo largo de su ascenso del Nilo,
Desaix es presa de un acoso incesante hasta Syena
(Asuán), a novecientos kilómetros
del Cairo. Murad no se aventura a una batalla
campal más que en tres circunstancias.
El 8 de octubre en Sedimán,
ataca a tres contra uno los cuadros franceses
como en las Pirámides. En esta ocasión
sufre la misma severa derrota. El 8 de noviembre,
reincide en Medinet el Fayoun
con un resultado idéntico, pero, esta vez,
bajo las aclamaciones de la población.
El 21 de enero de 1799 en Samanhout,
Desaix inflige a Murad un último y vergonzoso
revés, abriendo Syena al ejército
francés.
Pero lo
más importante reside en la expedición
científica conducida en paralelo
por Caffarelli y Vivant Denon, quienes
dirigen un equipo de una veintena de alumnos
de Politécnico que acompañan
al ejército. ¿Su misión?
¡Nada menos que ser los primeros
europeos, después de las Legiones
de César, en inventariar los sublimes
vestigios de una civilización de
«cuarenta siglos»!
Podemos imaginar su asombro al descubrir
uno tras otro los templos erigidos por
veinticinco dinastías de Faraones:
Menfis, Abydos, Esné, Denderáh,
Karnak, Louqsor, Kom Ombo, Edfu, los colosos
de Memnon y Philae. El esplendor
de los monumentos descubiertos les hace
olvidar sus muy duras condiciones de existencia,
en particular una espantosa epidemia de
oftalmia.
Hasta el más zafio de los troperos
no puede escapar de la emoción.
El extraordinario capitán Duvernois,
con sus diecinueve heridas, contó
el impacto sentido por sus soldados a
la vista del templo de Karnak: «Sin
orden alguna fuese dada, los hombres formaron
las filas y presentaron las armas al son
de los tambores y de los clarines.»
Las únicas depredaciones a deplorar
son algunos graffiti de nombres en la
piedra, través no exclusivamente
francés: Los Dupont Durand avecinan
con prestigiosos Valérius Priscus
y otros tantos Quintus Viator…
|
 |
Batalla
de Sedimán
En esta primera victoria
de Desaix, los 5000
mamelucos de Murad Bey
son vencidos, una vez
más, por los
cuadros franceses, para
finalmente desbandarse
y huir. Acuarela de
Dejuine, soldado que
participó en
la campaña. |
|
|
|
Ante la amplitud
de los descubrimientos, Napoleón decide
reforzar el primer equipo de sabios por medio
de dos comisiones. Juzguemos su importancia: una
de ellas está encargada de trazar la topografía
del valle del Nilo. La otra tiene como tarea principal
estudiar las inscripciones murales, claves de
la egiptología naciente.
La actitud de la población del valle del
Nilo sorprende agradablemente a los soldados.
Aprecia el ser liberada del yugo de los mamelucos.
Primero intrigada por los trabajos de los sabios,
pronto comprende su sentido profundo y su interés.
Se mezcla con la tropa y coopera en la medida
de sus medios.
 |
|
Alto
del ejército francés
en Syena en el Alto Egipto,
el 2 de febrero de 1799
Cuadro (1812) de Jean-Charles
Tardieu (1765-1830) que representa
una de las escenas en las que
soldados franceses graban sobre
las ruinas sus nombres y hazañas
por la « ruta de París
a Syena ». |
|
|
Uno de los sabios
franceses más brillantes, Villiers
du Terrage, dejó un elocuente
testimonio de la fabulosa aventura de Desaix en
el alto Egipto: «En Esné, había
en la extremidad septentrional de la ciudad un
magnífico jardín, plantado a la
oriental, perteneciente a Hasán Bey. Los
franceses lo habían adoptado como lugar
de paseo y de reunión. Durante nuestra
estancia en Esné, los principales jeques
de la ciudad nos dieron un convite cuya singularidad
y la franca alegría que reinaron me impidieron
olvidar. Me recordó muy exactamente las
descripciones que han llegado hasta nosotros de
esas suertes de fiestas donde los pueblos antiguos
del Oriente. (…) Todos los oficiales
de la guarnición y los principales habitantes
de la ciudad fueron convocados en el jardín.
La gran alameda, en todo su largor, estaba cubierta
de tapetes sobre los cuales la cena fue servida.
Alrededor de dichos tapetes se sentaron en el
suelo, en desorden, los franceses y los musulmanes,
y, por muy poco que estuvieran instruidos los
egipcios de la lengua francesa, y los franceses
de la lengua árabe, la conversación
no languideció en ningún momento
(…) Los habitantes de Esné
eran naturalmente dulces (…). Una
parte de la bravía 21a semi-brigada ligera,
después de haber vencido a los mamelucos,
gozaba en Esné de la paz que había
conquistado y muchos soldados hallaban tanto placer
como provecho ene ejercer sus antiguos oficios
(…). Los jóvenes egipcios
se ponían en aprendizaje con nuestros obreros.
Los usos, las costumbres, el lenguaje se mezclaban
al grado de hacernos creer que pronto estarían
confundidos.
El año VIII de la República, fiesta
de nuestra Patria, fue celebrado con gran pompa
en una de las salas del palacio de Luqsor. Impresionados
de lo que tenía de maravilloso este conjunto
de ruinas, los generales y los mismos soldados
le rindieron el más bello tributo de admiración.
El general Belliard arengó a las tropas
en medio del más vasto palacio de Tebas.
Entonces se renovaron los gritos de victoria et
de alegría, y esas ruinas, desde hacía
tanto tiempo bajo la advocación del silencio,
retumbaron con el ruido repentino de esos rayos
de bronce que jamás se habían hecho
oír en este recinto». Otro admirador
añadió: «En la noche,
los templos fueron iluminados, y, hasta que despuntó
el día, se vio a los jinetes de Desaix,
mezclados a los campesinos tebanos, bailar la
farándula en torno a los carneros de Amón
y los gavilanes de Horus…».
En resumen, por
él mismo, Desaix condujo en el alto Egipto
una epopeya dentro de la epopeya. Napoleón
le manifestará su viva admiración.
Pero la evolución de la situación
militar lo hace volver a las duras realidades
de la guerra…
EL DESASTRE
NAVAL DE ABUKÍR
Después
de haber enviado a Desaix en el alto Egipto, el
general Bonaparte en persona se había lanzado
a la persecución del bey Ibrahim en el
Sinaí. Es en Belbeis, el 14 de agosto solamente,
cuando se entera del desastre naval de Abukír,
acaecido el 1º de agosto. ¿Qué
fue lo que pasó?
A su salida de Alejandría
para El Cairo, Bonaparte no se desinteresa
evidentemente de la suerte de la escuadra,
garante de sus comunicaciones con Francia.
Da al almirante Brueys la directiva de
colocarse fuera del alcance de la flota
inglesa que no puede dejar de regresar
de un momento a otro. No teniendo ya necesidad
de sus servicios por ahora, le sugiere
incluso ponerla al abrigo en Malta o en
otra parte. Ya sea por pusilanimidad,
o por error de juicio, Brueys decide abrigar
los bajeles de línea en la bahía
de Abukír, dejando los navíos
de transporte en Alejandría.
Protegido al norte por un islote separado
de la costa por un banco de arena, el
abrigo parece a primera vista muy seguro
y propicio a una defensa en línea
frente a alta mar. Para incrementar el
poder de fuego de los bastimentos, se
refuerza los puentes que dan sobre alta
mar en detrimento de los que dan del lado
de la orilla.
Brueys sobrestima el valor de la posición
al grado de olvidar informarse por medio
de reconocimientos. Agrava su negligencia
dejando partir a tierra a un gran número
de permisionarios.
Enterándose el
24 de julio que estaba todavía
en Abukír, el general Bonaparte
envía a Brueys un mensajero que
lleva la orden de aparejamiento inmediato.
Esta orden, que todavía habría
podido salvar todo, no llega a su destinatario,
al ser el mensajero interceptado y masacrado.
Y la tragedia se trama el 1º de agosto
durante la velada. La escuadra de Nelson
llega a la vista de Abukír hacia
las dieciocho horas, sorprendiendo totalmente
a Brueys. Nelson entabla inmediatamente
el combate, portando todos sus esfuerzos
al norte sobre la vanguardia francesa.
Las fuerzas en presencia son en teoría
más o menos equivalentes. Trece
navíos y cuatro fragatas para Brueys,
catorce navíos y un bricbarca para
Nelson. El abrigo de Abukír no
tarda en mostrar cuan ilusorio era. Lo
ingleses, por suerte o por olfato, descubren
un paso entre el islote y la línea
francesa, se infiltran a través
de él y desbordan por el norte
a la línea de Brueys. La flota
francesa es tomada entre dos fuegos, con
exclusión de la retaguardia, comandada
por Villeneuve. Ambas
escuadras se libran a un cañoneo
encarnizado de una quincena de horas,
entrecortada por breves periodos de calma.
Hacia las veintidós horas, el navío
francés « Orient
», armado por un equipaje de unos
mil hombres, explota como una granada,
provocando graves estragos colaterales
a otros bastimentos franceses. Con el
« Orient » se pierden
igualmente todos los tesoros tomados en
Malta.
|
 |
El
«Orient» explotando
en la bahía de
Abukír, 1 de agosto
de 1798
|
|
El
buque de guerra Orient
era nada menos que el
legendario Dauphin
Royal, navío
de primer rango de tipo
Océan,
joya de la antigua armada
naval real, y al cual
la república había
cambiado el nombre al
apoderarse del gobierno
de Francia. Para darnos
una idea de su poderío
de guerra, imaginemos
que él solo, con
sus 118 cañones,
estaba literalmente más
armado que todo el ejército
de Italia. La fenomenal
explosión de este
navío, consecuencia
de un incendio previo,
probablementede las velas,
fue tan intensa e impresionante
que fue visible a 20 km
de distancia y se convirtió,
manteniéndose así
hasta nuestros días,
en una referencia en materia
de catástrofes
marítimas. Su capitán,
Luc-Joseph-Julien Casabianca,
muere heroicamente manteniendo
su puesto en una nave
sin embargo ya condenada
por las llamas, así
como su hijo de 12 años
quien se niega a abandonar
a su padre. El almirante
Brueys también
fallece en la refriega,
combatiendo sin una pierna
que le fue arrancada por
una bola de cañón.
Óleo de Arnald
George (1763-1841). |
|
|
|
 |
|
La ciudad de El Cairo
tal como la encontraron los
franceses a su llegada. Dibujo
del sabio Nicolás Conté
(1755-1805), miembro de la expedición. |
|
|
Entonces es el
alalí. Los únicos que pueden escapar
son dos bajeles y dos fragatas de la retaguardia,
con los almirantes Villeneuve y Decrès.
Todos los demás navíos franceses
están destruidos, con excepción
de dos que los ingleses incorporarán a
su flota después de ser reparados. La escuadra
británica está muy dañada
también,. Herido en la cabeza, Nelson cree
por un instante que su última hora ha llegado.
Las pérdidas humanas son tres veces más
importantes del lado francés, donde se
deplora a más de mil muertos y heridos.
A falta de poderlos guardar, los ingleses abandonan
a su suerte en la costa desértica a tres
mil prisioneros.
Todos los eventos trágicos revelan héroes
y cobardes. El desastre naval de Abukír
no deroga la regla. De manera general se ha combatido
con bravía de ambos lados. El almirante
Brueys halló la muerte en su puesto que
no abandonó a pesar de sufrir numerosas
heridas. Dupetit-Thouars, comandante
de «le Tonnant» (el Tonante),
quien había preconizado en vano un aparejamiento
de la flota, pierde una pierna, arrancada por
una bola de cañón. Se hace transportar
sobre un barril de salvado para frenar la hemorragia
y continúa comandando su bastimento hasta
su muerte. ¡Quitémonos el sombrero!
Sobre el «Orient» se lleva a cabo
antes de la explosión una escena de tragedia
antigua. El comandante Luce de
Casabianca tiene a su servicio como grumete
a su hijo Giocante, de unos diez años de
edad. Viendo el incendio acercarse al almacén
de pólvoras, le ordena dejar el navío
con la tripulación. Giocante se niega de
golpe y se precipita a los brazos de su padre.
De esa forma entra en la leyenda algunos instantes
más tarde. La Marina Nacional perpetuará
la memoria de eso dos héroes corsos dando
su nombre a uno de sus bastimentos. Feliz guiño
de la Historia, el submarino Casabianca, escapado
del catastrófico barreno de la flota del
27 de noviembre de 1942 en Tolón, jugará
un papel eminente en la liberación de Córcega
en 1943…
Pero, junto a múltiples actos de bravura,
se debe deplorar que un cierto número de
navíos franceses haya arriado bandera antes
de lo necesario. ¿Y qué pensar de
la actitud de Villeneuve? No hizo nada por captar
las señales de Brueys ordenándole
poner en acción la retaguardia sobre el
flanco inglés, y asistió pasivamente
durante horas a la masacre de sus camaradas. Salvó
así, es verdad, cuatro bastimentos... Y,
pobre consolación, capturará al
sur de Creta al navío británico
que transportaba a Inglaterra el botín
de guerra de Abukír.
De ahora en adelante, Inglaterra gozará
de la supremacía marítima en el
Mediterráneo.
 |
|
 |
|
Dos
estampas de la epopeya:
Bonaparte
visitando un mercado en
El Cairo, 1798,
por Maurice Henri Orange,
y a la derecha, Visita
a las tumbas de las pirámides,
en un heliograbado de
E. le Deley, hacia 1900. |
|
|
|
La noticia del
desastre aterra a Bonaparte, pero no deja ver
nada a su entorno. Vuelve de inmediato al Cairo.
Ahora que todo el ejército está
prácticamente prisionero en Egipto, hay
que darle razones de tener esperanza para remontar
el moral caído brutalmente a lo más
bajo. Junta a las tropas y las arenga largamente.
Hace valer que el ejército posee todavía
los barcos de transporte en Alejandría
y que existe siempre en Francia una flota del
Atlántico. Además, el ejército
de Egipto es numeroso y victorioso en vastas regiones
en el cruce de África y Asia. Puede hacer
grandes cosas y hasta fundar un imperio. La magia
oratoria de Bonaparte opera de nueva cuenta. Logra
en la medida de lo posible reconfortar a toda
su gente.
Fundar un imperio… He aquí que el
sueño concebido en Áncona, y que
conserva siempre en reserva mental, recibe una
suerte de aliento con el aislamiento provocado
por la pérdida de la flota. El proyecto
se precisa en su mente. Rebasando la diversión
estratégica que opera en Egipto como general,
imagina constituir como « Sultán
el-Kebír » un vasto conjunto árabe,
liberado de la dominación otomana y amigo
de Francia. El Cairo se convertiría en
la capital de una federación que se extendería
de Bagdad a Marruecos. Ya tiene el apoyo del jerife
de la Meca y del sultán de Mascate para
la leva de un Ejército Árabe de
Liberación.
La condición sine qua non de este proyecto
es la caución del Islam, lo cual explica
su política religiosa que se extiende mucho
más allá de Egipto. En efecto, mantiene
una correspondencia continua con el califa de
Constantinopla, con el jerife de la Meca cuyos
peregrinos protege, con Siria, los beys de Trípoli
y de Túnez, con el dey de Argel y el pachá
de Acre. Cuenta con entrar pronto en contacto
con el sultán del Darfúr, el sultán
de Marruecos y el de Misora, Tippoo Sahib, enemigo
jurado de los ingleses. Tal es en sus grandes
rasgos el famoso «sueño oriental»
del joven general Bonaparte.
Seguramente, Napoleón piensa en Alejandro
en ese instante preciso. Pero su imperio imaginario
se distingue totalmente del de Alejandro en lo
que se refiere al móvil y a las modalidades.
Alejandro fue esencialmente un conquistador. Su
objetivo fue imponer por la fuerza la civilización
griega a poblaciones más dominadas que
asociadas. Por lo mismo, su imperio no le sobrevivió.
Napoleón apunta al contrario a la activa
participación de los pueblos a su liberación
de un yugo extranjero. Como heredero convencido
de las Luces, su objetivo es la emancipación
y su método la auto administración,
el protectorado humanista en vez de la anexión
brutal.
Y, en todo caso, el efecto de la diversión
estratégica está asegurado, cualquiera
que sea la evolución del «sueño».
Por ahora, debe
evadirse de él para hacer frente a las
dificultades del momento. Pues el desastre de
Abukír constituye un excelente asunto para
sus enemigos. Antes de explotar la nueva situación
en el ámbito militar, van a intentar una
operación de subversión interna
en Egipto.
LA SANGRIENTA
INSURRECCIÓN DE OCTUBRE
|
Al tener
noticia del desastre de Abukír, el
pueblo egipcio conserva su quietud, al menos
en apariencia. Para dar el pego, Bonaparte
organiza múltiples festividades durante
un mes. |
 |
La
entrada de Dupuy al Cairo
Por Jean-André
Rixens |
|
|
|
Pero los agentes secretos y agitadores ingleses
y turcos redoblan de activismo, estimulados
por la declaración de guerra de la
Sublime Puerta a Francia. Disfrazados de
mendigos o de negociantes, recorren el valle
del Nilo. Por doquier, excitan el fanatismo
religioso de las poblaciones. Sus manifiestos
presentan a os franceses como infieles rufianes,
irrespetuosos de todas las religiones y
no solamente del Islam. Hacen un llamado
a la guerra santa.
Acompañadas de discretas sumas de
dinero, sus violentas imprecaciones logran
influenciar hasta a los ulemas de Al-Azhar.
Prendida en Alejandría y en el delta,
la insurrección llega rápidamente
al Cairo. En la noche del 20 al 21 de octubre,
una treintena de notables se reúnen
en secreto en la mezquita Al-Azhar y ponen
a punto las modalidades de la sublevación.
El día siguiente al alba, los muecines
exhortan a la población al jihad
(Guerra Santa) desde sus minaretes. Muy
rápidamente la ciudad entera se inflama.
Una turba de fanáticos crueles y
llenos de odio se arma con machetes y se
esparce en los barrios. Masacra sin distinción
a los negociantes europeos y a todo militar
que es sorprendido. Los musulmanes sospechosos
de colaboración con los franceses
sufren la misma suerte. Agentes provocadores
encuadran abiertamente a la masa desencadenada.
En menos de una hora, la ciudad entera se
encuentra en estado de revuelta abierta.
Beduinos de los alrededores llegan para
reforzar el levantamiento.
El general Dupuy, que comanda la plaza del
Cairo, es uno de los primeros en morir.
Apenas informado, el general Bonaparte da
la orden a todas las tropas de recuperar
la ciudad sin miramientos. Al llevar sus
directivas, su muy apreciado ayuda de campo
Sulkowski es masacrado a su vez.
El orden no es restablecido hasta fines
de la segunda jornada de tumultos con la
capitulación de la gran mezquita,
cañoneada por varias horas.
La rebelión cuesta la vida a trescientos
franceses, entre los cuales numerosos sabios
y oficiales eminentes. Los insurgentes cuentan
más de tres mil muertos. El ejército
francés acaba de hacer la demostración
de su fuerza, lo cual, en la mentalidad
local, suscita respeto.
El general Bonaparte concluye el asunto
al estilo oriental, mostrándose a
la vez clemente y despiadado. En revancha,
en aplicación de la ley islámica
local, los instigadores y todos los prisioneros
cogidos en delito flagrante de asesinato
o de pillaje son ejecutados públicamente.
Sus cuerpos, echados al Nilo, son acarreados
hacia el mar.
Conforme a sus costumbres, este tratamiento
fiero impresiona la imaginación de
la población musulmana. El rumor
corre entre el pueblo que Alá es
favorable al «Sultán el
Kebír», que se le apareció
para darle su aprobación de castigar
al pueblo criminal de el El Cairo… |
Ocho días
más tarde todo ha vuelto al orden, tras
algunas medidas de reorganización de la
administración.
No obstante, al tanto de la versatilidad de los
orientales, el general Bonaparte manda construir
por precaución toda una serie de fuertes
alrededor de El Cairo para tener a la ciudad en
respeto.
Habiendo fallado la intentona de la insurrección
popular, Inglaterra y la Sublime Porte van entonces
a consagrar sus esfuerzos a una invasión
militar de Egipto, nueva prueba, como si fuera
necesaria, de que la intervención de Francia
en Egipto causa un gran problema al imperialismo
británico.
 |
La
revuelta del Cairo, 21 de octubre
de 1798
|
El
marco en el que estalla la insurrección
de octubre es el de una población
delirante por el fanatismo intencionalmente
enardecido por agentes ingleses,
la inquietud debida a los rumores
de una guerra efectivamente
declarada a Francia por el sultán
de la Sublime Puerta, Selím
III, y la amenzza de una conjura
en proceso felizmente descubierta
a tiempo; su objetivo era raptar
al general Bonaparte, llevarle
preso a Alejandría, y
una vez allí obligarle
a doblegarse ante las autoridades
inglesas, haciendo entrega de
Egipto y sus tesoros a Inglaterra
a cambio del regreso a salvo
del ejército a Francia.
Óleo de Girodet de Roussy-Trioson
(1767-1824) |
|
|
| 3
– LA PERTINAZ DEFENSA DE LA
CONQUISTA |
|
En el momento
de la concepción de la expedición,
había sido convenido con Talleyrand que
una misión diplomática conducida
por él mismo se dirigiría a Constantinopla
para tratar de ablandar a la Sublime Porte y apartarla
de una alianza británica. Talleyrand no
hizo nada. Sin duda estimó que las magras
oportunidades de éxito no valían
el menor riesgo personal. Hay que reconocer que,
falta de otra moneda de cambio que la retórica
diplomática, la misión estaba condenada
al fracaso. Para el sultán de Constantinopla,
el mantén de una soberanía sobre
Egipto, así fuera teórica, valía
evidentemente más que una oferta de protectorado
y sus riesgos de contagio a sus demás provincias.
El conflicto con el imperio otomano era inevitable,
así como una alianza anglo-turca, firmada
ésta en diciembre de 1798, ella misma precedida
por una alianza ruso-turca algunos días
antes.
 |
Bonaparte
perdona a los insurrectos del
Cairo, 23 de octubre de 1798
|
|
Bien al tanto de la forma
de proceder de adalides mahometanos
como El-Djezzar o Abu Dahab,
quien dos décadas antes
había castigado brutalmente
la ciudad de Jaffa con el fin
de inspirar terror a toda la
comarca, Napoleón, en
diversas ocasiones a lo largo
de la expedición de Egipto
(El Cairo, Jaffa), procederá
a la manera de los musulmanes,
con algunas diferencias de peso
sin embargo, como el hecho de
someter situaciones e incriminados
a juicios y procesos a través
de una comisión militar,
previamente a toda acción.
Semejante actitud ha sido descrita
como injustificable, pero no
fue diferente a la del general
de Gaulle para con los Nazis
durante la II Guerra Mundial,
previniéndoles que los
prisioneros alemanes sufrirían
el mismo trato que el que se
les infligiera a los prisioneros
de la Francia Libre... En nuestra
imagen, ante la violencia de
la represión ejercida
por el ejército francés
en El Cairo, los insurrectos
se prosternan ante el Sultán
El-Kebír pidiendo
perdón y simbólicamente
arbolando cucardas tricolores.
Magnánimo, éste
les concede el perdón,
pero les prohibe el porte de
la insignia, decretando que
son « indignos de dicho
privilegio ». Óleo
de Pierre-Narcisse Guérin
(1774-1835). |
|
|
A principios de
1799, dos amenazas militares pesan sobre: una
invasión terrestre proveniente de Siria,
y un desembarque en el delta del Nilo, ambas pudiendo
combinarse. Según los informes recibidos,
la primera es inminente. Más tardada para
ser montada, la operación marítima
en el delta deja al ejército francés
un cierto descanso.
Conforme a sus principios, la concepción
estratégica del general Bonaparte consiste
en aniquilar lo más lejos y lo antes posible
la amenaza terrestre, luego, en volver rápidamente
a Egipto para rechazar hacia el mar cualquier
invasión marítima. ¡Para ello
precisa actuar rápido!
UNA PRIMAVERA
EN PALESTINA
Un cuerpo expedicionario,
el «ejército de Siria»,
es constituido con las divisiones Reynier, Kléber,
y Bon. Lannes y Murat forman igualmente parte
de él, es decir, en total, trece mil hombres.
En previsión de la resistencia de las plazas
fuertes, el almirante Pérée embarca
la artillería de sitio en una decena de
barcos de transporte, escoltados por tres fragatas
supervivientes de Abukír. Su misión
es acompañar al ejército a lo largo
de la costa, en condiciones de desembarcar los
cañones a petición.
|
Retrato
de Ahmed Djezzar, el Carnicero,
pachá de Acre y de Saida (1804). |
|
Este
hombre, verdaderamente extraordinario
por su crueldad, había nacido
en Bosnia. Habiéndose vendido
él mismo, en su juventud, a
un mercader de esclavos (…)
murió en mayo de 1804, dejando
tesoros inmensos. Relataremos aquí
el retrato que un viajero inglés,
que visitó Acre en 1801, hace
de ese pachá; contiene muchos
trazos que le harán conocer
bien: « Djezzar era a la vez
su ministro, su canciller, su tesorero
y su secretario, a menudo incluso
su cocinero y su jardinero, y algunas
veces juez y verdugo… El interior
del harem de Djezzar era inaccesible
para todo el mundo, salvo para él.
No se conocía el número
de sus mujeres; las que entraban una
vez en aquella prisión misteriosa
estaban perdidas para el mundo: no
se oía más hablar de
ellas. Se las enviaba la cena por
una torre a la entrada del harem:
si una de ellas enfermaba, Djezzar
llevaba un médico a esa abertura;
la enferma presentaba su brazo para
que el médico tomase su pulso;
enseguida el tirano se la llevaba,
y nadie sabía lo que era de
la enferma. En las antecámaras,
se veían domésticos
mutilados de todas las maneras: uno
había perdido una oreja, otro
un brazo, otro un ojo. Los ingleses
fueron anunciados por un judío,
otrora su secretario, que había
pagado una indiscreción con
la pérdida de una oreja y un
ojo. Después de un peregrinaje
de La Meca, Dezzar mató con
su propia mano a siete mujeres de
su harem, sospechosas de infidelidad.
Tenía sesenta años;
pero su vigor era aun el de un hombre
en la fuerza de la edad. (…)
portaba el traje de un simple árabe,
y su barba blanca bajaba sobre su
pecho. En su cintura, llevaba un puñal
adornado con diamantes, como marca
de honor de su gobierno (…)
Podríamos relatar aquí
múltiples trazos de la barbarie
de este pachá, que se glorificaba
del apodo de Djezzar, y se esforzaba
por justificar su aplicación.
El barón de Tott nos indica
que mandó emparedar a cantidad
de personas del rito griego, para
defender Beirut de la invasión
de los rusos; hizo reconstruir el
recinto. Durante su viaje a las costas
de Siria, se veían todavía
las cabezas de esas desdichadas víctimas,
que el carnicero había dejado
al descubierto a fin de gozar más
con sus tormentos. J-N. (Jourdain)
Biografía universal antigua
y moderna, tomo XI; Michaud.. |
|
Bonaparte
tiene algunas dificultades para convencer
a sus subordinados de lo bien fundado
de esta nueva expedición a través
de parajes difíciles. ¿No
es menos fatigante y más seguro
esperar al enemigo a pie firme? –
objetan. Termina por hacerles entender
que en la guerra siempre es más
económico adelantarse y sorprender
al enemigo antes de que esté bien
listo. Por lo demás eso procura
un espacio de maniobra más profundo
y, tercera ventaja, es el territorio enemigo
el que sufre daños colaterales
intrínsecos a toda guerra. Hallamos
aquí un principio intangible del
arte de la guerra de Napoleón.
Las primeras salidas tienen lugar el 24
de enero de 1799. La progresión
se hace difícil, ora por la arena,
ora por la lluvia.
El 9 de febrero en El Arich,
se produce la toma de contacto con el
ejército otomano del pachá
de San Juan de Acre, El Djezzar,
llamado – entre los mismos musulmanes
(...) – «el carnicero»,
y cuyo apodo resume la crueldad legendaria.
En efecto, el pasatiempo favorito de este
«humanista», que nunca tomaba
prisioneros, es la exterminación
sistemática de los cristianos con
los procedimientos más atroces,
siendo la decapitación su modo
favorito. En esas condiciones, los franceses
saben de inicio que la confrontación
será sin piedad. ¡Y estarán
servidos!
Por medio
de una hábil maniobra nocturna,
Reynier saca provecho brillantemente de
este primer enfrentamiento. Luego Gaza
cae el 24 de febrero después de
un breve combate.
El 3 de marzo en Jaffa,
las cosas comienzan a ponerse serias.
Conformemente a la costumbre local, el
general Bonaparte despacha un emisario
al comandante de la plaza para ofrecer
a la guarnición la vida salva a
cambio de la capitulación. En caso
de rechazo, no habrá cuartel. Es
la despiadada y única regla en
vigor en la guerra en curso.
Por toda respuesta, se expone ostensiblemente
sobre las murallas la cabeza cortada del
mensajero. ¡Esta provocación
bárbara no está encaminada
a suscitar compasión! Las cosas
están claras en su terrible simplicidad.
No habrá piedad alguna ni de un
lado ni del otro.
La plaza resiste durante dos días
de combates feroces. El saqueo de la ciudad
es espantoso. Los soldados franceses conservan
el recuerdo de la horrible masacre de
cientos de los suyos cuando la insurrección
de El Cairo. Piensan también en
la suerte reservada a los rezagados y
perdidos, salvajemente asesinados después
de abominables torturas y mutilaciones.
En estas condiciones, van a desatarse
contra la guarnición y los habitantes
que tomaron las armas. En semejantes circunstancias,
es imposible evitar derrapes odiosos.
Al menos los oficiales tratan de limitarlos
interponiéndose, conformemente
a las instrucciones que para ello les
ha dado el general Bonaparte. Así,
entre tantos otros, el general Robin no
vacila, poniendo en riesgo su propia vida,
en arremeter contra a sus propios soldados
para detener los desbordes.
|
 |
| Napoleón
y su estado mayor en Egipto |
A
inicios de 1798 Napoleón
y su ejército salen
hacia la campaña de
Siria, emprendiendo una travesía
por las dunas mismas donde
en tiempos bíblicos
los israelitas habían
errado durante cuatro décadas.
En un mes, bajo un sol candente,
asediados por el enemigo y
librando batallas en todo
el trayecto, habrán
recorrido los 700 kilómetros
que separan a El Cairo de
San Juan de Acre, la antigua
Ptolemaida. Pintura de Jean-Léon
Gérôme (1824-1904).
|
|
|
Es en estas circunstancias
atroces que se desarrolla la tragedia de la ejecución
de unos 2,500 prisioneros turcos, en su mayoría
albaneses.
Últimos resistentes refugiados en la ciudadela,
su suerte ya estaba sellada en virtud de su negativa
de capitular. Justo antes de su aplastamiento,
Bonaparte envía de cualquier forma a Eugenio
de Beauharnais y a otro ayuda de campo, Crozier,
«para calmar en lo posible el furor
de los soldados». Apenas perciben sus
signos distintivos, los sitiados demandan rendirse,
a condición de tener la vida salva. No
escuchando más que sus buenos sentimientos,
a pesar de la sentencia de muerte tácita
pronunciada contra los combatientes, los dos oficiales
aceptan su rendición y los conducen al
campo francés.
¡Pavoroso malentendido! Bonaparte no había
enviado a sus ayudas de campo más que a
salvar a las mujeres, los niños y los viejos,
y no para hacer una excepción en lo que
concierne a los combatientes.
Helo aquí puesto ante un terrible caso
de conciencia. La aceptación de la medida
de clemencia de sus ayudas de campo sería
incontestablemente considerada por su intratable
enemigo como una marca de debilidad de alma, susceptible
de incitarle a una resistencia a ultranza. Las
operaciones que están por venir se verían
comprometidas.
Desde un punto de vista práctico, esta
masa humana es imposible de administrar. Su vigilancia
reclama guardias que disminuirían de otro
tanto los efectivos ya insuficientes de los combatientes.
La grave penuria en víveres que causa estragos
no permite su subsistencia. Un intercambio negociado
con el ominoso El Djezzar ni siquiera es pensable.
El abandono puro y simple en ese lugar, en pleno
desierto, equivaldría a condenar a esos
hombres a una abominable muerte lenta o a que
los supervivientes volvieran a encontrarlos posteriormente
como combatientes...
En interés superior de su misión,
Bonaparte debe pues decidirse a ejecutar en frío
y de manera diferida una condena a muerte que,
de todas formas, habría sido aplicada sin
dilema moral en el fragor de la acción.
A pesar de ello, el General no toma esta
cruel medida arbitrariamente, sino que
somete el caso a la aprobación de su alta
oficialidad, obtenida tras una larga deliberación
en consejo de guerra. La decisión es sometida
a la opinión de cada uno. Una primera sesión
se termina sin resultado. Dos reuniones más
tampoco hacen avanzar las cosas. Finalmente, en
una última y larga asamblea a la que son
convocados todos los generales de división,
se resuelve lo inevitable. Sobrevino entonces
una atroz hecatombe sobre la cual no es necesario
explayarse…
 |
Masacres
de Jaffa
|
Para
explicar su inesperada decisión,
recuerda Bourrienne, los ayudas
de campo se justificaron diciendo
al general en jefe que éste
les había recomendado
detener la matanza.
« Sí, sin duda,
replicó
con fuerza el general en jefe,
para
las mujeres, los niños,
los viejos, los habitantes apacibles,
pero no para soldados armados;
había que morir y no
traerme a estos desdichados.
¿Qué queréis
que haga con ellos? »
Sin
agua ni víveres suficientes
para alimentarlos, sin navíos
para embarcarlos, sin medios
para desalojarlos a Egipto,
las deliberaciones no llegan
a ninguna decisión y
se plantea entonces la posibilidad
de liberarlos llanamente. Esos
hombres irán de inmediato
a San Juan de acre a reforzar
al Pachá, o bien se echarán
a las montañas de Naplusa,
nos harán mucho daño
en la retaguardia y sobre nuestro
flanco derecho, y nos darán
muerte por precio de la vida
que les habremos dejado. Eso
es incontestable. ¿Qué
es un perro cristiano para un
turco? Eso será
incluso para ellos un acto religioso
y meritorio a los ojos del Profeta.
Así, después de
tres días de deliberaciones
intensas y la unanimidad del
comité, el consejo de
guerra se pronuncia por la más
«horrible necesidad».
El general en jefe, siempre
según Bourrienne, «fue
uno de los que tal vez vieron
la masacre con más dolor».
Después de los eventos,
Napoleón escribe al Directorio:
«jamás
la guerra me ha parecido tan
horrorosa»,
refiere Ségur.
Caricatura propagandística
inglesa. |
|
|
Decididamente
Jaffa no es portadora de dicha para el ejército.
Una epidemia de peste se declara y se extiende.
Algunos estarían tentados de ver en ella
la manifestación de un castigo inmanente.
De hecho, los primeros casos habían aparecido
en Alejandría antes de la partida, y Bonaparte
esperaba que la enfermedad no los seguiría.
¡El Djezzar y los ingleses no podían
esperar mejor aliado! La moral del ejército
cae a su grado más bajo, a pesar de la
dedicación y la competencia del médico
en jefe Desgenettes y de su personal.
Un gran golpe psicológico se impone para
hacer que la máquina se eche a andar nuevamente.
Para mostrar ostensiblemente que el contagio no
es una fatalidad, el general Bonaparte visita
prolongadamente el hospital, buscando el contacto
de los enfermos. En un cuarto muy asestado, ayuda
a transportar el cadáver de un soldado
manchado por el estallido de un enorme bubón.
Sin duda es un gesto teatral, pero no vacila en
hacerlo a costa de su vida. A decir verdad, habitado
por un poderoso sentimiento de invulnerabilidad,
la idea de la muerte ni siquiera le viene a la
mente.
 |
|
Bonaparte
visitando a los apestados
de Jaffa |
|
Otra
estampa para la leyenda:
deseoso de impedir el
pánico y de infundir
valor en sus hombres,
Napoleón decide
dar el ejemplo visitando
a los enfermos en los
hospitales, que en algunos
casos son ya meros morideros.
En nuestra imagen, el
joven héroe toca
el bubón purulento
de un desahuciado, mientras
otros enfermos tratan
de acercársele.
En otra ocasión,
« Bonaparte ayudó
a levantar el cadáver
horroroso de un soldado,
cuyas ropas estaban ensuciadas
por la abertura repentina
de un bubón abscedado
», relata Desgenettes.
Desde un punto de vista
simbólico, esta
composición, dada
a conocer en 1804, año
de la Consagración
del Emperador, reviste
una importancia particular,
pues es una evocación
de la tradición
de curación taumaturga
de las escrófulas
por los reyes de Francia,
que tocaban a los escrofulosos
a fin de curarlos. Óleo
de Antoine-Jean Gros (1771-1835). |
|
|
|
Rápidamente
conocida por todos, la temeridad del general en
jefe produce el efecto mágico buscado.
Un pequeño milagro se produce. La confianza
renace inmediatamente en todo el ejército.
El valor resulta ser a fin de cuentas más
contagioso que la peste, y el ejército
se vuelve a poner en marcha…
El 19 de marzo, la vanguardia llega a la fabulosa
fortaleza de San Juan de Acre,
poderosamente armada y comandada por El Djezzar
en persona. Aquí, se aborda los altos lugares
del Cristianismo. El ejército francés
pone sus huellas sobre las de los Cruzados que
no habían podido apoderarse de esta plaza
fuerte en 1189 más que después de
tres años de sitio. La gran hora del Destino
de Napoleón acaba de sonar. Durante dos
meses, la Historia va a balancear…
 |
|
Sitio
de la fortaleza de San
Juan de Acre |
|
Apoyado
por los ingleses, el ejército
otomano de Ahmed Pachá,
apodado Djezzar
(“el carnicero”),
quien en añadidura
ha recibido refuerzos
reclutados en Bosnia y
en Albania, rechaza salvajemente
los ataques de las fuerzas
francesas, que se baten
valerosamente a pesar
de no contar con su artillería
de sitio. Es tal la importancia
geopolítica y económica
de esta fortaleza, la
antigua Ptolemaís,
que el
18 de marzo de 1799
Napoleón
exclama «si
San Juan de acre cae,
seré mañana
emperador de todo el Oriente».
Dibujo de W. Hearth. |
|
|
|
 |
Defensa
de la brecha de San
Juan de acre por sir
William Sidney Smith
|
|
Junto
con el capitán
Miller y Phélippeaux,
Sir William Smith (1764-1840)
llega a la fortaleza
de San Juan
de Acre, primer
puerto comercial del
Mediterráneo
oriental y objetivo
principal de la expedición,
donde es recibido por
el cruel Djezzar Pachá,
quien se ha encerrado
en ella tras masacrar
a toda la población
cristiana. Smith comanda
la división naval
inglesa que se apodera
de la indispensable
artillería de
sitio de Bonaparte,
dificultando grandemente
las operaciones francesas.
Grabado romántico. |
|
|
|
El asunto se presenta
mal. Las fortificaciones están
adosadas a la mar en un tercio de su perímetro.
Dos navíos y múltiples otros
bastimentos británicos están
anclados en el puerto con algunas naves
artilleras turcas. El comodoro británico
Sidney Smith ejerce el
comando al mismo tiempo que las funciones
de influyente consejero militar de El
Djezzar. Bonaparte ya conoce a Sidney
Smith por haberle derrotado en Tolón
en 1793. Capturado un poco más
tarde, se había evadido con la
ayuda de un traidor, un cierto Antoine
Le Picard de Phélippeaux,
el enemigo jurado del joven Bonaparte
en la Escuela Militar, luego, pasado con
el enemigo en el ejército de Coblenz...
Los dos comparsas no se dejaron más.
Phélippeaux siguió a Smith
a San Juan de Acre y comanda la artillería
de El Djezzar contra el ejército
de su propio país.
Un nuevo sinsabor marítimo
aguarda a Bonaparte. La flotilla que transporta
la artillería de sitio es capturada
por Smith, y las piezas son vueltas contra
los franceses en las murallas de Acre.
¡Un colmo de la felonía de
Phélippeaux!
Como respuesta a una nueva oferta de paz,
El Djezzar masacra bestialmente a centenas
de cristianos de la ciudad - que nada
tenían que ver con el asunto -
sin una sola protesta de Smith y de Phélippeaux.
Bonaparte no tiene opción. A pesar
de la ausencia de artillería de
sitio, en especial las grandes piezas
de 24 que le permitirían romper
las murallas, comienza el 28 de marzo
una serie de asaltos costosos. Tras muchos
días de bombardeos y de minages,
los atacantes están a punto de
llevarse la victoria. Un grupo de asalto
comandado por Mailly de Chateaurenaud
llega hasta el torreón y arranca
el pabellón otomano. Este héroe
es el hermano del parlamentario decapitado
de Jaffa.
|
Invadido por
el pánico, El Djezzar se precipita al puerto
a bordo de una galera turca con su tesoro. Pero
las tropas que deben apoyar a Chateaurenaud, estorbados
por una contraescarpa, son barridos por un contraataque.
Aislado, Chateaurenaud se bate hasta la muerte
con su destacamento. El ataque fracasa y El Djezzar
regresa a su palacio. Dos días más
tarde, se permite una salida, captura algunos
prisioneros y los hace estrangular con ostentación.
Muchos otros asaltos infructuosos se suceden los
días siguientes.
LA SOBERBIA
VICTORIA DEL MONTE THABOR
En esos momentos,
Bonaparte se entera de que el imponente ejército
del pachá de Damas, Abdallah,
se vuelca sobre Acre para tomar al ejército
francés de revés. Despacha a Murat
a la cabeza de una columna móvil de mil
hombres sobre el Jordán en Yacub,
al norte del lago de Tiberiades.
Cayendo como el relámpago sobre la vanguardia,
Murat la vence, surge en el campo del hijo del
pachá, y se apodera de su artillería
y de un botín considerable. ¡Santo
Murat!
Para reforzar su cobertura, el general Bonaparte
manda ocupar Nazareth al sudeste
por Junot con trescientos soldados de infantería
y cien jinetes. Frente a Caná,
el 6 de abril, Junot cae sobre
un destacamento turco de más de dos mil
hombres. Formándose en cuadro, resiste
atrevidamente a sus asaltos durante muchas horas.
Enterándose
del asunto, el general Bonaparte envía
el 10 de abril a división Kléber
al rescate. Hace pedazos una nueva vanguardia
de siete mil hombres del pachá de Damas
sobre la colina de Lubyeh, luego
se instala con Junot en Nazareth. Entre los dos
no rebasan los 2500 hombres.
El grueso del ejército damasquino, treinta
mil hombres y una excelente caballería,
se dirige hacia el sur con la intención
de cortarlos del mar. Para salirse del avispero,
Kléber concibe una audaz maniobra. Decide
filtrarse por medio de una marcha nocturna entre
el enemigo y el Jordán y caer por sorpresa
al alba sobre su campo.
Envía una estafeta para informar al general
Bonaparte.
Pero las cosas no pasan como previsto. Los guías
se pierden y cuando Kléber llega a la altura
del campo enemigo, ya la mañana está
muy entrada en este 16 de abril de 1799. La sorpresa
ya no interviene y los franceses se encuentran
rodeados por una multitud al sudeste del monte
Thabor. La situación se torna
crítica y la resistencia no podría
prolongarse mucho.
El mensaje de Kléber es entregado el 15
de abril hacia el medio día al general
Bonaparte, que adivina inmediatamente que su maniobra
está destinada al desastre. Le es preciso
volar en su ayuda sin perder un minuto. Reúne
instantáneamente las fuerzas disponibles
que tiene a la mano, en especial la división
Bon, algunos jinetes y una batería de artillería.
Entonces se lanza a rienda suelta hacia el monte
Thabor, distante de cincuenta kilómetros.
Espera estar de regreso en Acre antes de que El
Djezzar se dé cuenta del debilitamiento
del dispositivo de sitio. Al mismo tiempo, despacha
a Murat sobre la retaguardia del enemigo con un
fuerte destacamento de caballería.
El general Bonaparte marcha sin detenerse toda
la noche. Al final de la mañana del 16
de abril, llega a la vista del campo de batalla.
Hace seis horas que Kléber resiste a los
asaltos incesantes de los otomanos, fuertes de
su superioridad de doce contra uno.
 |
|
Batalla
del monte Thabor, 16 de abril
de 1799 |
|
El monte Thabor, lugar de
tan especial significado y simbolismo
por haber visto la transfiguración
de Cristo, está situado
entre Damas, al norte, y Naplusa
al sur. Es en ese escenario
donde, con sus escasos 2 000
hombres, el general Kléber,
a quien Bonaparte llama el
Nestor del ejército,
resiste con gran heroísmo
enfrentándose a 25 000
jinetes otomanos que además
le atacan por sorpresa. Adivinando
con una increíble visión
el error que cometerá
el enemigo, Napoleón,
contra toda espera, acude en
su ayuda desde Acre y transforma
la resistencia desesperada en
una victoria gloriosa que le
da a los franceses el control
de Galilea. Pintura de Louis-François
Lejeune (1775-1848). |
|
|
Está a
punto de jugarse el todo por el todo tratando
de abrirse una salida. Es una cuestión
de minutos. El general Bonaparte se da cuenta
desde el primer vistazo de la urgencia de la situación.
Por lo mismo, antes que tomarse el tiempo de un
acercamiento discreto en vista de un ataque al
improvisto, manifiesta su presencia a lo lejos
por medio de una salva de artillería.
La sorpresa es general. En el campo de Kléber,
« La esperanza cambia de campo y el
combate cambia de alma ». « ¡He
aquí nuestro pequeño cabo! »
exclaman los veteranos de Italia que, de golpe,
pasan a la ofensiva. Por su parte, los refuerzos
cargan con fogosidad, todas sus fuerzas reunidas.
Petrificados y tomados entre dos fuegos, los otomanos
se desbandan y buscan su salvación en una
fuga desesperada hacia Naplusa y el Jordán
que, colmo de la desgracia para ellos, una tormenta
hace crecer repentinamente. Muchos miles se ahogan.
Los aprovisionamientos, la artillería y
todas las banderas caen en manos de los franceses.
Los fugitivos son perseguidos el resto de ese
día y el siguiente. Son desbaratados sin
dificultad. Al norte de Yacoub, Murat intercepta
a los últimos huidizos y los aniquila sin
piedad. El ejército del pachá de
Damas no existe más.
Magnífico hecho de armas, la victoria del
monte Thabor constituye una de las más
bellas combinaciones tácticas de la campaña
de Egipto. Ilustra de manera magistral la legendaria
aptitud de Napoleón para hacerle frente
a lo imprevisto. ¡La mayor parte de los
historiadores ni siquiera se dieron cuenta!...
En ese instante,
la fabulosa Damas se encuentra
solamente a algunas horas de marcha y desprovista
de defensa. El general Bonaparte está tentado
de enviar a Kléber a plantar la bandera
tricolor sobre la tumba de Saladino; renuncia
a ello por falta de medios.
Él querría permanecer más
tiempo en esos lugares cargados de Historia y
espiritualidad.
Va a Nazareth y ahí ordena la realización
de un Te Deum solemne en la Basílica.
No deja de lado la ascensión del monte
Thabor que Nabucodonosor había subido,
y donde Jesucristo se transfiguró...
Pero ya desde el 18 de abril está de regreso
en San Juan de Acre donde la situación
no se ha mejorado en nada.
El sitio degenera en batalla de usura, y en semejante
juego los sitiadores son perdedores. El mar estándole
abierto y gozando de su dominio, la guarnición
recibe sin cesar avituallamientos y refuerzos,
en particular muchos miles de hombres venidos
de Rodas a bordo de treinta navíos anglo-turcos.
El séptimo asalto, el 8 de mayo, está
a punto de tener éxito pero un contraataque
lo vuelve a rechazar. El octavo y último
se lleva a cabo el día siguiente, sin mayor
éxito.
Las pérdidas francesas se elevan a 500
muertos y mi ochocientos heridos y enfermos. Se
deplora la muerte de los lamentados generales
Bon, Rambaud, y Caffarelli. Las dificultades se
amontonan. La única buena noticia es la
muerte por insolación de Phélippeaux
el 1º de mayo, como golpeado por una suerte
de justicia inmanente.
La relación de fuerzas se ha vuelto demasiado
desfavorable. El general Bonaparte ya no puede
retrasarse más lejos del delta del Nilo,
amenazado de invasión. Le es forzoso renunciar
a apoderarse de la fortaleza. Con el corazón
roto, ordena el regreso a Egipto el 17 de mayo,
después de una estruendosa proclama a las
tropas.
Su « sueño oriental »
acaba de estrellarse contra las murallas de Acre,
reduciendo a nada las fabulosas perspectivas de
esa primavera en Palestina.
 |
|
 |
|
Cama
portatil para uso de los
heridos inventada por
el cirujano Larrey |
|
A la izquierda, la estructura
montada, y enseguida el
interior del compartimiento
para los enfermos. El
nombre de este sistema,
puesto a punto por el
barón Dominique-Jean
Larrey (1766-1842), era
de hecho « ambulancia
volante », y consistía
en un par de canastos
que colgaban de cada lado
de la joroba de un dromedario.
Por supuesto, su objetivo
era brindar un máximo
de comodidad y reposo
a los ocupantes, pero
a la vez acelerar de manera
importante el transporte
de los mismos, quienes
de otra forma frenaban
las de por sí difíciles
marchas en el desierto
y en añadidura
corrían el enorme
riesgo de quedarse rezagados
o de perderse. En esos
casos, morirían
de sed o, peor aún,
serían hallados
por los enemigos musulmanes,
quienes los masacrarían
después de abominables
torturas como la emasculación,
el descuartizamiento o
el desollamiento en vida... |
|
|
|
La decepción
es tanto más cruel para Napoleón
cuanto que coronaba sus vistas orientales con
el más intrépido de los proyectos:
la creación de un estado judío
en Palestina ya desde 1799, 150 años
antes de la fundación del Estado de Israel.
Como digno heredero del Siglo de las Luces, Napoleón
tomó realmente conciencia durante la guerra
de Italia de la desdicha de los israelitas de
Europa. Tratados como parias, estaban sometidos
desde siempre a un degradante régimen de
apartheid: confinamiento en ghettos, porte de
un signo distintivo, prohibición de ejercer
responsabilidades. Es cierto que en Francia un
decreto de la Constituyente de 1791 les había
acordado la completa ciudadanía, pero su
aplicación fue muy imperfecta. Permitió
al menos a algunos judíos servir en el
ejército francés y entrar los primeros
a Áncona el 9 de febrero
de 1797. El general Bonaparte no recibió
ahí solo la revelación de su «
sueño oriental »; descubrió
también el horrible ghetto de la ciudad.
Le puso fin inmediatamente y se prometió
tratar el problema judío a fondo en cuanto
estuviera en su poder.
La operación en Palestina le proporcionó
la idea de restaurar la antigua soberanía
del pueblo judío en los lugares sagrados
cuya propiedad espiritual se repartían
con los cristianos y los musulmanes. La condición
sine qua non es la toma de San Juan de Acre. Pensando
lograrlo, redacta el 20 de abril de 1799 un audaz
texto fundador en forma de una « Proclama
a la Nación judía »,
enviada por el « comandante en jefe
de los ejércitos de la República
Francesa en África y en Asia, a los herederos
legítimos de la Palestina ».
El texto auténtico fue encontrado en Praga
poco antes de la última guerra. Se puede
leer en él especialmente: « ¡Apresuraros!
Es el momento que tal vez no volverá de
aquí en mil años de reclamar Restauración
de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar
entre los pueblos del mundo. Tenéis derecho
a una existencia política en tanto que
Nación entre las naciones. Tenéis
derecho a adorar libremente al Señor según
vuestra religión ».
La resistencia
de San Juan de Acre mató en el huevo a
esta gran idea. Más adelante sin embargo,
Napoleón fue en Francia el primer jefe
de Estado en realizar la integración de
los judíos, a pesar de una oposición
llena de odio. En adelante, y hasta nuestros días,
no cesará de pagar a un precio exorbitante
su valiente tolerancia.
Si, verdaderamente,
en esa primavera de 1799 en Palestina, la Historia,
en dos ocasiones, vaciló cruelmente…
El regreso a Egipto
ha sido presentado a menudo como una desastrosa
retirada, prefigurando la de Rusia. Hay en eso
mucho de exageración. Si la progresión
fue a veces extenuante, fue porque se llevó
a cabo en gran parte a pie para todo el mundo,
incluido para el general en jefe, ya que las monturas
estaban reservadas al transporte de los heridos
y los enfermos. Nunca fue inquietada por el enemigo.
Se desarrolló siempre en buen orden.
También
hay que hacer caso omiso del seudo envenenamiento
de los apestados de Jaffa, ¡otra
vez esta infeliz ciudad! Al llegar a esa
ciudad, el 24 de mayo, se plantea el trágico
problema de la evacuación de los
heridos y de los enfermos que habían
sido abandonados ahí, y particularmente
los aprestados. El general Bonaparte les
visita nuevamente en el hospital y se
entrevista con Desgenettes acerca de su
suerte. Imposibles de transportar, están
condenados a una ineluctable masacre por
los musulmanes turcos. Para acortar sus
horribles sufrimientos, la eventualidad
de una administración « de
opio » es evocada, pudiéndose
comprender el término como veneno.
Desgenettes se niega con nobleza y ahí
se termina el asunto. A partir de entonces,
no entra dentro de las atribuciones del
general Bonaparte prescribir cualquier
cosa. La decisión es dejada a Desgenettes.
Ninguna orden de « envenenamiento
» le fue dada jamás. Algunos
afirman que, en cualquier caso, aquello
habría sido imposible, puesto que
la farmacia ya no disponía de «
opio », remplazado por diversas
decocciones vegetales…
La llegada
a El Cairo es simplemente triunfal, al
haber precedido la noticia de la victoria
del monte Thabor al regreso del cuerpo
expedicionario. El Diwan acoge al general
Bonaparte calurosamente a su entrada a
la ciudad: « Ha llegado a El
Cairo, en buena salud, el « Bien
cuidado », el jefe del ejército
francés, el general Bonaparte que
ama la religión de Mahoma »,
proclama. El Bekry, el
jeque descendiente de Mahoma, le obsequia
un soberbio caballo negro, cubierto con
una magnífica gualdrapa centelleante
de bordados y de piedras preciosas (además
de estar engalanado con arneses de oro,
perlas y turquesas. NdT). También
le dona a un joven mameluco esclavo que
lo conduce, llamado Roustan (Rustán
o Rustám), que profesará
a su nuevo amo una fidelidad absoluta
hasta 1814, y lo abandonará enseguida.
Napoleón salta sobre su caballo
y hace su entrada a la cabeza del cortejo
por la puerta de la Victoria (puerta de
Bab-el-Nasr. NdT).
|
 |
|
Nicolás-René Dufriche,
Barón Desgenettes
(1762-1837)
Retrato por Antoine-Francois
Callet (1741-1823) |
|
|
|
Algunos presentan
esta incursión militar de cuatro meses
en Palestina y en Siria como un revés evidente.
Es conveniente más bien hablar de un éxito
parcial. Ciertamente San Juan de Acre no cayó,
pero todo el resto es positivo. El ejército
francés zurró seriamente al ejército
otomano y rechazó por largo tiempo una
nueva invasión terrestre de Egipto. Desvió
hacia San Juan de Acre una primera invasión
marítima sobre el delta. Es verdad que
deplora en total a cerca de mil muertos y heridos;
pero el enemigo perdió cinco veces más…
Los anglo-turcos
evidentemente no se consideran vencidos.
LA REVANCHA
TERRESTRE DE ABUKÍR
 |
Mustafá
Pachá, comandante
en jefe del ejército
turco
|
| Será
hecho prisionero durante
la batalla de Abukír,
junto con 200 turcos,
y su ejército es
literalmente aniquilado.
|
|
|
|
El 11 de julio de 1799,
una flota de una centena de navíos
anglo-turcos desembarca sobre la península
de Abukír a un
ejército de dieciocho mil turcos,
encuadrados por ingleses, e incluyendo
un cuerpo de janisarios.
Esta expedición es comandada por
el visir Mustafá pachá,
asistido por el comodoro Smith; otra vez
él...
El fuerte de Abukír
es atacado en fuerza. Su guarnición
de trescientos hombres es sumergida y
perece en la explosión del almacén
de pólvora. El enemigo se apodera
de la obra y se fortifica en ella.
Comandante de la plaza de Alejandría,
Marmont reacciona tardía
y flojamente. Muy felizmente, Mustafá
se acantona en la península, esperando
prudentemente ligar su acción con
la de Murad Bey, quien se supone llegará
del alto Egipto.
El general Bonaparte es informado en El
Cairo, el 15 de julio en la tarde. Una
vez más le es preciso tomar al
enemigo por velocidad. Llama de vuelta
a Desaix del alto Egipto a El Cairo. Reagrupa
sus otras fuerzas en el delta a marchas
forzadas. Para la seguridad de su retaguardia,
escribe a los jeques de Al-Azhar. Les
asegura su victoria aplastante y les recomienda
« velar
mientras tanto por la tranquilidad pública
».
El 25 de julio en la mañana, instala
su dispositivo en la desembocadura de
la península de Abukír.
Lannes (2,700 hombres) a la derecha –
Lanusse (2,400 hombres) a la izquierda
– Murat (2,300 hombres) en el centro
con su caballería y la brigada
Destaing. Davout se mantiene en reserva
atrás. La división Kléber
todavía no ha llegado.
Como de costumbre antes de entablar el
combate, el general Bonaparte observa
minuciosamente el dispositivo enemigo,
articulado en dos líneas de defensa.
Constata que más fuerzas continúan
desembarcando, reforzando progresivamente
la posición. Sobre la derecha,
la península presenta una avanzada
en el mar. Es la clave de la victoria,
un poco como el fuerte de l’Éguillette
en Tolón. Cesando todos los asuntos,
manda colocar una batería grande
de artillería cuyos disparos poderosos
de revés van a desestabilizar la
defensa. El valeroso coronel Crétin
se encargará de ella.
|
El tiempo obra
contra el general Bonaparte. Entre más
espera, más el se refuerza el enemigo.
Ni modo, no contará con Kléber.
Ataca inmediatamente. La primera línea
es hundida por las cargas de Lannes y Lanusse,
explotadas por Murat entre lo dos. Los turcos
reaccionan con un tímido contraataque.
¡Es el turno
ahora de la segunda línea! Los fuegos bien
ajustados de Crétin hacen maravillas. Desamparados,
los janisarios refluyen en desorden hacia el fuerte.
Murat lanza entonces masivamente la caballería
en la brecha. Lannes sigue en su rastro. Invadidos
por el pánico, los turcos buscan su salvación
precipitándose en el mar para alcanzar
los barcos anclados. Son alcanzados y acabados
a sablazos en la playa, o se ahogan en masa. En
el mar flotan miles de turbantes. Toda la península
es ganada, pues a la izquierda no se estuvo inactivo
tampoco. Solo algunos janisarios fanáticos
resisten en el fuerte de Abukír antes de
rendirse el 2 de agosto. El comodoro Smith escapa
por poco a la captura. La batalla se acaba con
el combate singular de Mustafá contra Murat.
El primero hiere sin gravedad al segundo de un
tiro de pistola en el mentón. Murat le
cercena dos dedos de la mano derecha de un sablazo
y lo hace prisionero.
 |
La
Batalla de Abukír, 25
de julio de 1799
|
Para
Napoleón, este enfrentamiento
tiene un significado muy especial
que le hará decir que
«
esta batalla
va a decidir la suerte del mundo
».
Por su lado, el barón
Vivant Denon se muestra menos
entusiasta pues el general ha
decidido abandonar las formaciones
en cuadro, que han demostrado
ser tan eficaces en oriente,
para privilegiar la caballería.
La situación en Abukír
es delicada, pues un ejército
turco de 25 000 hombres acaba
de desembarcar bajo la protección
de la flota inglesa, y trabaja
para establecer un campo atrincherado.
Bajo los asaltos de Lannes y
de Murat, esta armada es totalmente
desbaratada. Cortándole
la retirada hacia el fuerte
al enemigo, éste, confundido
y luego aterrado, es acuchillado
por la caballería. Al
verse sin otra opción
que lanzarse al mar, 6 ó
7 000 otomanos se precipitan
al agua bajo el fuego de los
mosquetes y la metralla, y a
dos leguas de distancia de los
navíos ingleses: ninguno
llega a ellos. En el campo de
batalla yacen dos mil hombres.
Los franceses se apoderan de
20 piezas de cañón,
dos de ellas inglesas, y dos
barcos ingleses huyen. Napoleón
escribe al Directorio: «
La batalla de Abukír
es una de las más bellas
que he visto. Del ejército
enemigo desembarcado ni un hombre
escapó ».
Pintura de Louis-François
Lejeune (1775-1848). |
|
|
En unas cuantas
horas, el ejército otomano ha sido aniquilado.
Pocos hombres lograron llegar a los barcos. Diez
mil están muertos o heridos, tres mil son
prisioneros. Cien banderas, treinta y dos piezas
de artillería, cuatrocientos caballos y
todos los bagajes son embargados. Los franceses
no deploran más que doscientos muertos.
Kléber alcanza al general Bonaparte poco
después de la batalla. Echándose
en sus brazos, él, el eterno rezongón
contestatario, se abandona a la emoción
y pronuncia estas palabras que la Historia a conservado:
« ¡General, permitidme
que os abrace! ¡Sois grande como el mundo,
pero el mundo no es bastante grande para vos!
».
La dicha de los
egipcios iguala a la de los franceses. El desembarque
del ejército otomano los había llenado
de espanto. Su victoria se hubiera traducido en
terribles represalias por su colaboración
con los franceses.
Tras las victorias
del monte Thabor y de Abukír, Egipto está
tranquilo por algún tiempo. Es la situación
en Francia y en Europa lo que acapara ahora la
atención del general Bonaparte.
LA SITUACIÓN
EN FRANCIA HACE QUE NAPOLEÓN DECIDA VOLVER
 |
Francia
llama de vuelta a Bonaparte
|
Cautivo
en Santa Helena, el Emperador
rememoraba la campaña
de Egipto diciendo «
un grano
de arena detuvo mi suerte. Una
vez tomado San Juan de Acre,
el ejército francés
volaba a Damasco y Alepo; en
un abrir y cerrar de ojos hubiera
estado en el Éufrates.
Seis mil drusos cristianos se
le hubieran unido, y ¿quién
puede calcular lo que de aquello
hubiese resultado? Me hubiera
sido posible llegar a Constantinopla
y a las indias: ¡habría
cambiado la faz del mundo!».
Efectivamente, la
población de «toda
Siria, a la que tanto ha indignado
la ferocidad de Djezzar
(...) pedía
a
Dios
a cada asalto [al fuerte
de Acre] la
caída »
del tirano, y de hecho
las llaves de Damas ya
habían sido ofrecidas
al general en jefe del ejército
francés. En todo caso,
fatalmente, Napoleón
cambiaría en efecto la
faz del mundo, pero el llamado
del destino llegaba de Occidente,
desde una Francia corrompida
desde su seno y amenazada de
invasión. Grabado
de Rosaspina según un
dibujo de Appiani. |
|
|
En el colmo de
la satisfacción la noche de Abukír,
el general Bonaparte debe pronto desengañarse.
No tenía noticias de Francia hacía
meses. El 2 de agosto de 1799, en ocasión
de las charlas relativas a un intercambio de prisioneros,
Sidney Smith le hace llegar insidiosamente algunos
periódicos de Europa, la « Gazette
française de Francfort » y «
le Courrier de Londres ». Datando
del mes de junio, las nuevas que encuentra en
lo referente a la situación en Francia
le hunden en una profunda inquietud y una viva
cólera. En un año, el Directorio
ha dilapidado todas las adquisiciones que él
le había dejado al partir. Llendo de crisis
en revés, ha malbaratado todas sus conquistas.
En Alemania los franceses han sido desbaratados
por el archiduque Carlos, su vencido de Italia.
Ese país está perdido. Los ejércitos
austro-rusos batieron a Scherer sobre el Adigio
y Moreau en el Adda, Mantua está sitiada.
La República Cisalpina no existe más.
Los Cosacos de Suvorov bordean la frontera de
los Alpes. Malta, llave del Mediterráneo
oriental e irremplazable parada de comunicaciones
con Egipto, se encuentra en una situación
crítica. Una revuelta estalló ahí
y Nelson está sitiándola.
En el interior, la Vendée ha vuelto a caer
en la insurrección, y la anarquía
se generaliza.
En lo que concierne a Egipto, el Directorio ha
suprimido el « convoy de Egipto
», organismo encargado de la logística
del cuerpo expedicionario. Así se explica
la no-satisfacción de todas las peticiones
de refuerzo... ¡Egipto está simplemente
condenado a una lenta asfixia!
Una sola buena noticia, la escuadra del Atlántico,
en crucero en el Mediterráneo, no se atrevió
a cruzar Gibraltar como había recibido
la orden de hacerlo, y volvió a Tolón,
donde todavía se halla.
¿Qué hacer? ¿No moverse,
curvar la espalda y esperar una hipotética
mejora? ¡Conociendo a los Directores, eso
dependería de un milagro! ¡No, no
hay lugar a dudas! ¡El imperioso deber que
se impone al general Bonaparte es dirigirse lo
más pronto posible a París, al menos
para defender la causa del apoyo del cuerpo expedicionario
de Egipto, y sobre todo salvar a Francia del abismo
hacia el cual se precipita! Y eso cualesquiera
que sean los serios peligros de la travesía.
¡La elección es desgarradora, pero
debe hacerlo!
 |
|
 |
| La
obra de los sabios |
|
Al iniciarse la Expedición,
los conocimientos que
se tenían en Occidente
de la geografía
de Egipto era más
que vaga, como se puede
apreciar en el mapa de
la izquierda, obra de
Sicard que data de 1771,
y que representa la zona
de los desiertos de la
baja Tebaida, es decir
la del Alto Egipto cuya
capital era Tebas. A la
derecha, quedamos admirados
de la precisión
y claridad de la «Carta
topográfica de
Egipto y de varias partes
de los países limítrofes,
tomada durante la expedición
del ejército francés»
elaborada por el geómetra
Pierre Jacotin (1765-1829).
De regreso en Francia
será nombrado jefe
de la sección topográfica
del ministerio de Guerra,
y establecerá un
primer mapa a escala de
1/100 000º constituido
de 47 hojas, y con una
dimensión impresionante
de 11 m x 6,40 m. Éste
es solo un ejemplo entre
tantos del rigor y de
la precisión de
la labor realizada por
los sabios de las diversas
comisiones de la expedición
de Egipto, así
como de los beneficios
incalculables que esta
iniciativa sin par en
la historia aportará
a la cultura occidental,
pero también al
futuro desarrollo de Egipto
especialmente y del Medio
Oriente en general. |
|
|
|
Aquí hay
que hacer tabla rasa de la infamante acusación
de deserción que algunos han levantado
contra Napoleón. El Directorio le había
dado tres poderes, incluido el de darse un sucesor
en caso de necesidad. Pero ni siquiera tuvo que
hacer uso de esta prerrogativa. Medida poco conocida,
el mismo Directorio decidió su regreso
el 26 de mayo. El general Bonaparte tuvo conocimiento
de esta decisión a fines de julio, materia
con qué barrer con sus escrúpulos
si en todo caso hubiera podido albergarlos.
Enseguida, no abandona a un ejército en
dificultad, sino que deja a su pesar un ejército
victorioso, aureolado con la gloria de Abukír,
comandado por excelentes generales, en un país
apaciguado, donde la simbiosis franco-egipcia
está en muy buen camino. ¡En vez
de un abandono, es de un sacrificio de lo que
se trata para Napoleón! De hecho da a entender
al partir que cuenta regresar.
¡Y además, vaya fugitivo, aquel que
toma con toda conciencia el enorme riesgo de una
captura en el mar por la jauría de navíos
ingleses que le pisan los talones! ¡Y vaya
ambicioso, quien se juega así su futuro,
como quien lanza unos dados!
Incluso se ha acusado al general Bonaparte de
no haber tenido el valor de enfrentar a su sucesor
Kléber, designado por él mismo.
¡Qué no se va a buscar cuando la
voluntad de perjudicar tiene ventaja sobre la
simple lógica! ¿Por qué habría
estado impresionado por ese general a quien le
había salvado la vida unos meses antes
en el monte Thabor y que, quince días antes
en Abukír, lo había abrazado proclamando,
repitámoslo, que era « grande
como el mundo, y que el mundo no era bastante
grande para él »?
En verdad, la explicación es muy simple.
El general Bonaparte había convocado a
Kléber a su embarco para entregarle en
manos propias sus directivas. Responsable de la
travesía, el almirante Ganteaume le apresura
en ese instante con la mayor insistencia para
embarcar de inmediato. Espera un minuto a otro
ver surgir los navíos ingleses. Por ende,
el embarque inmediato toma prioridad sobre la
espera de Kléber, cuya duración
no se puede prever. Es así como Bonaparte
encarga al general Menou, presente, hacer entrega
de sus directivas escritas a Kléber. Además,
por la misma razón, no ve tampoco al general
Desaix quien debía seguirlo y que lo alcanzará
más tarde en Marengo.
En definitiva, Napoleón no deja Egipto
más que para salvar a Francia. ¡Y
malhaya al que piense mal todavía!
 |
| Gustave
Flaubert |
|
«
El
sábado 29 a las 3 horas de
la tarde, fui a Bulak a hacer nuestra
primera visita a Lambert-Bey –
en la noche, viejo personaje que viene
a vernos con su cuento que toma a
la mitad – conoció a
Bonaparte y nos hace la descripción
exacta de su persona: pequeño,
sin barba, la más bella figura
que jamás haya visto, hermoso
como una mujer, con cabellos todos
amarillos – daba indistintamente
limosna a los judíos, a los
cristianos y a los musulmanes ». |
Gustave
Flaubert, Viaje a Egipto. |
|
El general Bonaparte
pasa los días que preceden su salida a
dejar todo en orden. Al diwan de El Cairo, le
«recomiendo mantener
la confianza entre el pueblo. Decidle a menudo
que quiero a los musulmanes y que mi intención
es hacer su felicidad. Hacedle saber que tengo,
para conducir a los hombres, los más grandes
medios: la persuasión y la fuerza. Que
con una busco hacerme de amigos, que con la otra
destruyo a mis enemigos». ¡A
buen entendedor, pocas palabras!
Su proclama al ejército está destinada
a tranquilizarlo: «Las
noticias de Europa me han decidido a partir hacia
Francia (…).
El interés de la Patria, su gloria,
la obediencia, los eventos extraordinarios que
acaban de pasar allá, me deciden solos
a pasar en medio de las escuadras enemigas para
ir a Europa. El ejército tendrá
pronto noticias mías. No puedo decir más.
Me cuesta dejar a los soldados a los que estoy
lo más apegado, pero no será más
que momentáneamente, y el general que les
dejo tiene la confianza del Gobierno y la mía».
Emprende una última tentativa de paz con
el sultán de Constantinopla. Le hace llevar
una carta por medio de su visir, el efendi Mustafá
Pachá hecho prisionero en Abukír,
en la cual escribe: «(…) Cesad
pues armamentos dispendiosos e inútiles.
Vuestros enemigos no están en Egipto: están
en el Bósforo, están en Corfú,
y en medio del archipiélago
(…) Estad listo para
desplegar pronto el estandarte del profeta, no
contra Francia sino contra los rusos y los alemanes,
que ríen de la guerra insensata que nos
hacemos. Cuando os hayan debilitado lo suficiente,
levantarán la cabeza y declararán
bien alto las pretensiones que ya tienen
(…)».
Sus directivas a Kléber son muy elásticas.
Por supuesto debe hacerlo todo por conservar Egipto.
Pero, en el límite extremo, está
autorizado para negociar su evacuación
si no hay otra escapatoria para salvar al ejército.
Le promete su entera solicitud y su total apoyo:
« El ejército
que os confío está todo entero compuesto
por mis hijos (…) Veré
como mal empleados todos los días de mi
vida en que no haga algo por él y por consolidar
el magnífico establecimiento cuyos fundamentos
acaban de ser plantados (…)».
Hace énfasis en el envite de su misión:
«(…) Sabéis
apreciar tan bien como nadie, ciudadano general,
cuan importante es la posesión de Egipto
para Francia. Su evacuación sería
una desgracia tanto más grande cuanto que
veríamos esta bella provincia en otras
manos europeas. (…) Abandono
con el mayor pesar Egipto. El interés de
la Patria, su gloria, la obediencia, los eventos
extraordinarios que acaban de sucederse aquí
me deciden solos a pasar a través de las
escuadras enemigas para dirigirme a Europa. Estaré
de espíritu y de con vos. Vuestros éxitos
me serán tan caros como aquellos en los
que me encontraba yo mismo (…)».
Última formalidad, pide al ordenador en
jefe Sartelon establecer un balance de las pérdidas
sufridas por el ejército de Egipto. Se
detallan de la manera siguiente, desde el desembarque
hasta los dos meses siguientes a su partida:
|
- Muertos en combate: 3614;
-
Muertos a consecuencia de sus heridas: 854;
-
Decesos por accidente: 290;
-
Fallecimientos por enfermedades ordinarias:
2468;
- Muertos de peste:
1689;
- Total: 8915. |
Observamos que
las enfermedades y los accidentes (4447) costaron
igual número de vidas que las batallas
(4468).
El general Bonaparte
se embarca para Francia el 22 de agosto de 1799
en las circunstancias expuestas más arriba.
Superviviente del desastre naval de Abukír,
el almirante Ganteaume ha constituido un pequeño
convoy de cuatro bastimentos, principalmente dos
fragatas, la «Carrère» y la
«Muiron», ésta última
del nombre de su muy sentido ayuda de campo, muerto
en el puente de Árcole, cubriéndole
con su cuerpo. Se instala en ella con sus principales
colaboradores. Dos chebecs los escoltan, la «Revanche»
(Revancha) y la «Fortune» (Fortuna).
Le acompañan Berthier, Murat, Marmont,
Bessières, Andreossy, Bourrienne, Eugenio
de Beauharnais y los sabios Monge, Berthollet,
Vivant Denon y Parseval Granmaison. Trescientos
soldados de élite componen su escolta.
De acuerdo con Ganteaume, opta por la navegación
bordeando lo más de cerca posible las costas
de África, de tal forma de permitirse encallar
y batirse en la costa en caso de intercepción
por la flota inglesa. Muchos, a bordo, no se dan
oportunidades de escapar. El itinerario elegido
es bastante más largo pero más seguro.
La selección resultará juiciosa.
Un nuevo pequeño milagro se produce. La
legendaria estrella de Napoleón vela por
él. Un día, «la Muiron»
da derecho con la flota inglesa en plena niebla.
Por reflejo, Ganteaume quiere virar de lado. ¡Napoleón
se lo impide para no poner en guardia y la niebla
salva al crucero!
Tras una navegación fastidiosa y monótona,
fuera de este último incidente, se llega
a Ajaccio el 1º de octubre. El general Bonaparte
ha decidido hacer escala ahí más
para juntar las últimas noticias de Francia
que para volver a ver su isla natal, cuyo último
recuerdo siempre le es doloroso. El acogimiento
es entusiasta. Fuera de su nodriza Camilla Ílari,
quien le prodiga marcas de atención maternales,
su familia no está ahí, de regreso
en el continente después de haber restaurado
la casa familiar saqueada por los paolistas. No
tiene interés en quedarse por más
tiempo, pero los vientos contrarios le retienen
hasta el 7 de octubre. El 9 de octubre, desembarca
en Fréjus, diecisiete meses después
de su partida de Francia. El día siguiente,
llega a Aix desde donde informa por carta al Directorio
su llegada.
 |
Desembarco
en Fréjus,
el 9 de octubre de 1799
|
|
Mientras
el general Bonaparte desembarca
en las costas de Provenza, en
París el gobierno del
Directorio está más
librado que nunca a las intrigas
y a la corrupción, es
un régimen obsceno, disoluto
y en plena pudrición.
En el extranjero, los ejércitos
franceses sufren derrota tras
derrota, y todos los logros
y adquisiciones de Napoleón
en Italia se han perdido, las
fronteras están en peligro.
El camino del « pacificador
» hasta la capital será,
de pueblo en pueblo, una marcha
triunfal caracterizada por las
aclamaciones y los vítores
en honor del joven héroe:
Francia está lista para
acoger a su « salvador
». |
|
|
El viaje hasta
París desata un entusiasmo popular creciente
en cada etapa. En Aviñón, es acogido
por una muchedumbre inmensa frente al hotel al
que llega. En Lyon, se ilumina y se engalanan
todas las casas. Se baila en las calles lanzando
cohetes. El teatro da una pieza de circunstancia
en su honor. Y por doquier se dejan oír
ritos de « viva Bonaparte »,
a menudo seguidos de « que viene a salvar
a la Patria ». Y por doquier igualmente
se elevan quejas contra el Directorio...
Esta fiebre cunde progresivamente por toda Francia
apenas es conocida la noticia de su regreso. En
Nevers, conscriptos que se negaban a integrarse
a sus regimientos cambian de opinión. En
Pontarlier, «algunos republicanos vierten
lágrimas, creyendo soñar»,
según una crónica de la época...
En París, a donde llega el 16 de octubre,
el júbilo popular confina con el delirio.
El público de los teatros interrumpe los
espectáculos para entonar cantos patrióticos.
De las casernas salen las fanfarrias de los regimientos
que tocan marchas militares. La «Gazette
de France» escribe que «nada
iguala la dicha que propaga el regreso de Bonaparte.
Es el único evento que, desde hace mucho
tiempo, haya vuelto a encender el entusiasmo popular».
En el Palacio Borbón, el Consejo de los
Quinientos, no obstante revoltoso como lo mostrará
el futuro próximo, aplaude de pie el anuncio
de su regreso con gritos de «viva la
República», y levanta la sesión
cantando aires patrióticos.
La muchedumbre se junta frente al domicilio de
Napoleón en la calle de la Victoria y entona
una vibrante Marsellesa, entrecortada por las
exclamaciones de «viva Bonaparte el
salvador de la Patria». Al llegar la
noche, se improvisan iluminaciones en todas las
calles.
Napoleón no se equivocó en su decisión
de volver. El pueblo le esperaba con la más
viva impaciencia. Es plebiscitado en la calle,
desafiando a esos Directores incapaces, totalmente
desacreditados. Francia se entrega a él
de una manera tan evidente que, cualesquiera que
sean las peripecias por venir de su ascensión
a las responsabilidades supremas, nadie podrá
contestar su unción popular.
Napoleón desde ahora ausente de la epopeya
egipcia, no nos queda más que relatar su
epílogo.
 |
Egipto
conquistado
Dibujo de Vivant Denon para
un proyecto de medalla conmemorativa. |
|
|
Entre la partida
del general Bonaparte en agosto de 1799 y el final
de la epopeya en septiembre de 1801, la situación
en Egipto conoce múltiples volteretas.
Kléber comienza mal su gobierno. Sin duda
para cubrirse por anticipado, redacta para el
Directorio un informe local de lo más pesimista
que llega directamente a Napoleón, convertido
entre tanto en Primer Cónsul. Napoleón
se siente profundamente apesadumbrado porque la
mayoría de las apreciaciones son falsas
o muy exageradas.
Valeroso soldado
pero triste gobernador de una provincia árabe
musulmán, de la cual su espíritu
rígido no puede captar todos los matices
orientales, echa a perder rápidamente sus
relaciones con los notables y la población.
Inconsecuente, se muestra de una brutalidad inaudita
mandando dar doscientos bastonazos al jeque Saada,
descendiente del profeta. Pronuncia así
su propia condena de muerte.
Antes de lo previsto, tiene que enfrentarse a
una nueva invasión militar. La tentativa
de apaciguamiento del general Bonaparte antes
de su partida con el sultán de Constantinopla
evidentemente no tuvo éxito. No se hacía
grandes ilusiones. Los generosos subsidios británicos
son mucho más convincentes que las reprobaciones
políticas.
A fines de octubre de 1799, un nuevo cuerpo de
janisarios desembarca en la embocadura del Nilo,
transportado por cincuenta y tres bastimentos
ingleses, bajo la capitanía de Sidney Smith,
¡siempre él! Simultáneamente,
un ejército de cuarenta mil hombres proveniente
de Siria bajo las órdenes del gran visir
Nassif Pachá, llega para
asediar El Arich. Los ingleses no escatimaron
medios.
Reaccionando cual buen alumno, el general Verdier
arremete contra los janisarios y los hace pedazos,
cerca del lago Menzaléh.
Mata a más de dos mil, captura a ochocientos
prisioneros, pone al resto en fuga, arrebata dieciséis
cañones y treinta y dos banderas. ¡Este
éxito extraordinario es logrado con solamente
mil hombres! El ardor de los anglo-turcos es enfriado
de nueva cuenta por algunas semanas!
Consciente sin embargo de la precariedad de su
posición, Kléber acepta a fines
de diciembre las proposiciones de negociación
de Sidney Smith, a condición de una suspensión
de hostilidades durante las charlas. Esta cláusula
no es hecha del conocimiento de Nassif Pachá,
a propósito o por omisión, no se
sabe realmente...
Entre tanto, Napoleón a penas nombrado
Primer Cónsul, hace llegar al ejército
de Egipto una nueva proclama fechada el 2 de diciembre
de 1799, confirmando la solicitud de los Cónsules
y de Francia para su acción, alentándole
a resistir: «¡Soldados,
Europa entera os mira. Estoy a menudo en pensamiento
con vosotros. En cualquier situación en
que los azares de la guerra os pongan, sed siempre
los soldados de Rívoli y de Abukír:
seréis invencibles!».
Impaciente, Nassif Pachá no resiste a la
tentación de explotar en El Arich
una sublevación interna en la guarnición,
que le abre las puertas de la ciudad. Se apodera
de ella y masacra a todos los franceses sin distinción.
Luego marcha a El Cairo, donde se produce una
nueva rebelión.
Furioso por esta felonía, sospechando que
Smith le ha engañado, Kléber vuelve
entonces a ser él mismo: ¡«No
se responde a semejantes insolencias más
que por la victoria. Preparaos a combatir»
proclama con arresto dirigiéndose a las
tropas!
Juntando todas sus unidades, se dirige resueltamente
ante Nassif Pachá y se conduce una vez
más como gran capitán.
En Heliópolis el 20 de
marzo de 1800, obtiene una victoria total, calificada
de milagrosa. Se apodera incluso del campo del
gran visir que se escapa a Siria. Luego, de regreso
a El Cairo, somete duramente la insurrección,
golpeando además a los cairotas con una
contribución de doce millones.
¡En unos cuantos días, Kléber
le ha dado la vuelta a la situación! Por
desgracia, el 14 de junio de 1800, es apuñalado
a muerte por un joven fanático musulmán,
el mismo día y casi a la misma hora en
que Desaix haya una muerte gloriosa en Marengo.
Las cartas cambian entonces por completo. El sucesor,
Menou, es prácticamente
el contrario de Kléber. Cultivado, es un
buen administrador. Tras haber desposado a una
musulmana y, habiéndose convertido al Islam,
destaca con excelencia en sus relaciones con los
egipcios. Pero es un jefe militar totalmente incompetente,
detestado por los demás generales. Los
soldados se burlan de este general que hace su
plegaria cinco veces al día volteándose
hacia la Meca...
Al haber clarificado
Kléber radicalmente la situación,
la calma reina durante diez meses en Egipto. Menou
la aprovecha para profundizar la amistad franco-egipcia.
Le debemos esta justicia, es en mucho gracias
a él que se ha perpetuado hasta nuestros
días.
|
La
figura de Napoleón y de su
expedición son elementos recurrentes
en el Viaje a Oriente de
Gustave de Nerval (1808-1855). En
el capítulo intitulado «
Las mujeres del Cairo », el
poeta describe una fiesta en honor
de la circuncisión de un muchacho.
El mutahír, un viejecillo,
evoca el recuerdo de Napoleón:
------------------«
La ceremonia había
tenido lugar en la mezquita, y estábamos
apenas en el segundo día de
los regocijos. [...] Se pusieron a
distribuir café y pipas, y
unas nubias comenzaron a bailar al
son de los tarabúks
(tambores de terracota), que muchas
mujeres sostenían con una mano
y golpeaban con la otra [...].
Durante uno de los intervalos de la
música y de la danza, el réis
me había hecho instalarme cerca
de un viejecillo que me dijo ser su
padre. Este buen hombre, al enterarse
de cuál era mi país,
me acogió con una palabrota
esencialmente francesa, que su pronunciación
transformaba de manera cómica.
Era de todo lo que se acordaba de
la lengua de los vencedores de 98.
Le respondí gritando: “¡Napoleón!”.
No pareció comprenderme. Eso
me sorprendió; pero pronto
pensé que ese nombre databa
solamente del Imperio.
“¿Habéis
conocido a Bonaparte?” le dije
en árabe. Inclinó la
cabeza hacia atrás con una
suerte de ensoñación
solemne, y se puso a cantar a pleno
pulmón: |
 |
| Gérard
de Nerval |
|
------------------“¡Ya
salam, Bunabarteh!”
------------------¡Salud
a tí! o Bonaparte!
No pude evitar prorrumpir en lágrimas
al escuchar a ese viejito repetir
el viejo canto de los egipcios en
honor de aquel a quien llamaban
el Sultán Kebír.
Le exhorté a que lo cantara
todo entero; pero su memoria no
había conservado más
que pocos versos.
“¡Nos
has hecho suspirar por tu ausencia,
o general encantador cuyas mejillas
son tan agradables, tú cuya
espada golpeó a los turcos!
¡Salud a ti! ¡O tú
cuya cabellera es tan hermosa! ¡Desde
el día que entraste a El
Cairo, esta ciudad brilló
con un fulgor semejante al de una
lámpara de cristal; salud
a ti!”
|
| Gérard
de Nerval, Viaje a Oriente;
1851. |
|
A principios de
marzo de 1801, las primeras decisiones del Primer
Cónsul se concretan con el envío
a Egipto de un primer refuerzo de tropas de seiscientos
hombres. Constituye la vanguardia de un destacamento
de cinco mil soldados transportados por Ganteaume.
Las cosas parecen mejorarse.
¡Pero no hay que hacerse ilusiones! Después
de sus sinsabores repetidos con el ejército
turco, el gabinete inglés decide tomar
directamente las cosas en mano. En Malta, caída
entre las manos de Nelson, se constituye un cuerpo
de desembarque inglés de diecisiete mil
hombres. Al mismo tiempo, un segundo cuerpo de
cinco mil hombres, formado en las Indias y en
África del Sur, se prepara a intervenir
en el Mar Rojo, cogiendo así en una tenaza
al ejército de Egipto.
Menou se queda extrañamente pasivo ante
estos preparativos, de los que tiene conocimiento.
¡El 8 de abril de 1801, deja que los ingleses
que llegan de Malta desembarquen tranquilamente
en Abukír y se apoderen
del fuerte, en vez de buscar volverlos a echar
inmediatamente al mar antes de que se reagrupen
en tierra! Luego, dejando al general Belliard
en El Cairo con la mitad de las fuerzas, avanza
hacia el enemigo con solamente nueve mil hombres
contra los dieciséis del general inglés
Abercrombie. ¡El desastre está programado!
 |
|
 |
|
A
la izquierda, página
de título de la
edición llamada
«gran imperial»
de la Description
de l’Egypte
(Descrición de
Egipto), colosal compendio
ricamente ilustrado en
el que se hallan reunidos
los descubrimientos en
todos los ámbitos
científicos y culturales
realizados durante la
expedición. A la
derecha, retrato de Mohamed-Alí,
Virrey de Egipto (1769-1849)
quien una vez en el poder
iniciará con mano
firme la reconstrucción
de su país. Orgulloso
de haber «nacido
en el mismo país
que Alejandro y el mismo
año que Napoleón»,
este hombre, que gustaba
de presentarse como «el
continuador musulmán
de la obra de Bonaparte»,
acudirá prioritariamente
a Francia en 1805 en el
momento de encarrilar
a Egipto en la vía
de la modernidad. Pintura
realizada en 1803 por
Auguste Couder 1789-1813. |
|
|
|
El 21 de marzo
en Canopa, entre Alejandría
y Abukír, Menou se hace aplastar, perdiendo
cuatro mil hombres contra solamente trescientos
del lado inglés. El heroísmo de
los soldados no había podido compensar
la incoherencia de Menou.
Los generales Boussart, Roize, Beaudot, Silly
y Lanusse hallan la muerte. Antes de expirar,
éste último escupe su desprecio
a Menou. Del lado británico, Abercrombie,
mortalmente herido, es remplazado por Hutchinson.
Con lo que le queda, Menou se encierra entonces
en Alejandría en espera de los refuerzos
de Ganteaume. Esta nueva falta le deja toda libertad
de acción a Hutchinson.
Más grave aún, la revuelta ruge
en el seno del ejército. Temiendo que el
general Reynier le arrebate su
mando, Menou le manda arrestar, así como
al general Dumas, y los manda
a ambos de regreso a Francia.
De muy grave, la situación se torna trágica
cuando los ingleses hacen estallar el 13 de abril
el istmo que separa el lago Madyeh del lago Mareotis,
provocando una gigantesca inundación que
arrasa de un solo golpe con siglos de trabajos
de desecación... Las guarniciones de Alejandría
y del Cairo, son cortadas una de otra. Menou y
Belliard ya no pueden comunicarse.
Colmo de la desgracia, y nuevo sinsabor marítimo,
el pusilánime Ganteaume da media vuelta
al sur de Creta y vuelve a Tolón. Napoleón
le deja ver su muy vivo descontento, pero es demasiado
tarde.
¡A partir de entonces, la pérdida
de Egipto está sellada. El desenlace no
es más que una cuestión de tiempo!
Atacado por más
de veinte mil combatientes del gran visir que
ha vuelto de Siria, coordinando su movimiento
con el del general Baird que
remonta del Mar Rojo, cortado de Menou, Belliard
capitula en El Cairo el 27 de
junio de 1801. Obtiene poder dejar Egipto en Damieta
con sus doce mil hombres válidos, y mil
trescientos enfermos. Cerca de ochocientos coptos,
griegos y mamelucos, temiendo las represalias,
reciben la autorización de acompañarlos.
En Alejandría, Menou espera en vano a Ganteaume
y finalmente se decide a capitular a su vez el
2 de septiembre de 1801. Se embarca poco después
hacia Francia con lo que queda del cuerpo expedicionario.
 |
|
Bonaparte
en Egipto,
por Jean-Léon Gérome
|
|
|
|
La expedición
de Egipto se acaba en la derrota, un poco más
de tres años después de su partida.
Se da vuelta a una bella página de la Historia
de Francia. En la tristeza del fracaso no se sospecha
que esta grandiosa operación ha
engendrado la egiptología
y sembrado las semillas de la influencia
y de
la irradiación de Francia en el Oriente
Próximo, vivaces aún
hoy en nuestros días.
Fantástica epopeya de la juventud,
Egipto marcará para siempre a Napoleón
en el fondo del alma. Hasta su último respiro,
conservará grabado en la memoria ese maravilloso
espejismo oriental. Fue en San Juan de Acre donde
su Destino basculó. Entre Alejandro y Carlomagno,
entre el Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente,
la Providencia decidió...
Cuando, al alba
del 15 de octubre de 1815 a bordo del «Northumberland»,
percibe perfilarse en la bruma la isla maldita
de Santa
Helena, no puede evitar exclamar: «¡Hubiese
hecho mejor quedándome en Egipto!».
Sutrello, septiembre de 2006.
|
|
|