Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
BONAPARTE EN EGIPTO
O
LA SUBLIME VACILACIÓN DE LA HISTORIA
Por el GENERAL (2S) MICHEL FRANCESCHI
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
Traducción, documentación, notas y comentarios del del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Napoleón en El Cairo, por Anne-Louis Girodet.
De noche, al terminar la jornada de trabajo, imaginando las hazañas de César en las puertas del Oriente, Napoleón se pasea por las calles de El Cairo mientras un oficial que le sigue le lee la Farsalia de Lucano.
« El tiempo que pasé en Egipto fue el más hermoso de mi vida, pues fue el más ideal (…). Las verdaderas conquistas son aquellas que se hacen sobre la ignorancia ».
Napoleón en Santa Helena.

Los historiadores descuidan algo la expedición del General Bonaparte en Egipto. Incluso llegan a hacer burla de ella. ¡¿Qué diablos fue a hacer metiéndose en esa galera?!
Esta actitud es muy lamentable, pues se trata de un evento fabuloso en los planos militar, político y cultural.

 

1– UN CONCEPTO ESTRATÉGICO DE ALTO VUELO

 

Tras sus fulgurantes victorias de la guerra de Italia (1796-1797), el general Bonaparte hace una entrada triunfal a París el 5 de diciembre de 1797. Acaba de firmar, el 30 de noviembre en Rastadt, en nombre del Directorio, el final de la guerra con Austria, pero la paz general dista mucho de estar establecida.
Nombrado comandante del ejército de Inglaterra, se libra a una reflexión geoestratégica con detenimiento. Entre los múltiples enemigos de la Francia nueva, el más peligroso y más determinado es sin duda Inglaterra. Ésta ya se consagra a coaligar de nuevo a las cortes europeas para abatir a la Francia surgida de la Revolución. No puede tolerar su radiante expansión porque representa un peligro mortal para sus instituciones absolutistas y constituye un obstáculo mayor a su imperialismo colonial.
A menos de capitular de inmediato, la guerra es ineluctable. Luego es de vital interés para Francia buscar sin demora la mejor manera de defenderse.
Para combatir a la intratable Albión, dos opciones militares se presentan:

------------------------------- ya sea un ataque directo a Gran Bretaña,
------------------------------- o bien una operación indirecta sobre sus comunicaciones imperiales.

El General Bonaparte estudia primero la factibilidad de una invasión de Inglaterra. En febrero de 1798, con sus ayudas de campo Lannes, Bourrienne y Julkowski, emprende una gira de inspección de quince días en las costas y puertos. Examine con minucia las posibilidades propuestas por los puertos de Étaples, Ambleteuse, Boloña, Calais, Dunkerque, Furnes, Newport, Ostende, Amberes y la isla de Walcheren. Se realiza el censo de todos los medios de transportes que se podrían juntar como complemento a la flota de guerra. El resultado obtenido es inapelable: se está muy lejos de poder esperar predominar sobre la potencia naval británica. El general Bonaparte informa al Directorio que debe renunciar a la invasión de Inglaterra mientras Francia no haya constituido una marina nacional en relación con su política extranjera y de defensa, tarea a la que es preciso consagrarse urgentemente. La cuestión se presentará bajo mejores auspicios en 1805…
Al presentarse el ataque directo a Inglaterra como imposible en un futuro próximo, la elección de una estrategia indirecta se impone. Después de una profunda reflexión, el General Bonaparte propone al Directorio una expedición a Egipto.

Gamal Abdel Nasser.
« La expedición de Napoleón rompió las cadenas forjadas por los mongoles; ideas nuevas se abrieron paso, abriéndonos nuevos horizontes. Mohammed Alí quiso continuar la tradición de los Mamelucos adaptándose a la vez a las necesidades del momento y teniendo en cuenta el estado de espíritu creado por los franceses. Así es como, saliendo de nuestro aislamiento, retomamos contacto con Europa y el mundo civilizado. Era el inicio del renacimiento ».
Gamal Abdel Nasser, Filosofía de la Revolución.

 

UN PROYECTO LARGAMENTE MADURADO

¿Por qué Egipto? Se han contado muchos disparates sobre esta operación. Se ha escrito que su objeto principal era alejar de París a un «héroe desempleado», peligroso para las instituciones. La explicación es un poco corta. Si es verdad que el vencedor de Austria incomodaba, existían métodos mucho más expeditivos para neutralizarle. Además, en esta hipótesis, ¿por qué los Directores habrían cavilado tanto tiempo antes de dar su aprobación?
Algunos han visto en la empresa una «fantasía» consentida por un Directorio acomplejado ante un general prestigioso, deseoso de dárselas de Alejandro o de César. La tesis es aún menos admisible.
En verdad, la expedición de Egipto concreta una gran idea estratégica concebida mucho antes de la Revolución y vuelta a poner a la orden del día por la situación. El deseo de alejar al general Bonaparte no jugó más que un papel totalmente menor.

En 1672, Leibniz escribe a Luis XIV para presumir las ventajas de una conquista de Egipto en su guerra contra Holanda: «(…) Es en Egipto donde hay que golpear. Ahí encontraréis la gran ruta del comercio de las Indias. Arrebataréis ese comercio a los holandeses. Aseguraréis la eterna dominación de Francia en el Levante. Regocijaréis a toda la cristiandad. Llenaréis al mundo de asombro y de admiración. Lejos de ligarse contra vos, Europa os aplaudirá». Luis XIV se muestra interesado pero no puede dar curso al plan.
En 1769, Choiseul retoma el proyecto bajo el reinado de Luis XV, «para remplazar la pérdida de las colonias americanas».
Bajo Luis XVI – ¡qué continuidad! – el Señor de Sartine se esfuerza a su vez en convencer al rey con los mismos argumentos que Leibniz, los ingleses remplazando a los holandeses. Estos trámites oficiales son confortados por los informes de los agentes consulares y otros negociantes o viajeros influyentes.
Actualizada en 1798, la conquista de Egipto le asegura a Francia ventajas geoestratégicas considerables.
Al amenazar la ruta de las Indias, joya de la corona británica, la aísla en parte de Europa. La obliga a dispersar sus poderosos medios navales.
La posesión de Egipto y de su relevo natural, Malta, representa de todas formas una incomparable moneda de cambio en toda futura negociación de paz.
Por le demás, Egipto pertenece por derecho, si no de facto, al imperio otomano en descomposición. La presencia de Francia en este territorio la coloca en mejores condiciones para una sucesión o un reparto internacional eventual.

El conde de Choiseul-Gouffier (1752-1817)
«Egipto ya no es de los turcos, el pachá no es nada ahí; no le pertenece a nadie» Grabado de la época.

Finalmente, los agentes consulares dan a saber que Inglaterra intensifica desde hace algún tiempo sus relaciones directas con los beys (señores) de Egipto sobre la base del tratado de comercio firmado con ellos en 1775. Se prepara manifiestamente a hacer de Egipto la pieza clave de su expansión colonial en Oriente. La posesión simultánea de Egipto y de Malta, además de Gibraltar desde 1713, le garantizaría la supremacía en el Mediterráneo y haría pesar sobre las costas mediterráneas de Francia una amenaza permanente. En esta perspectiva, Francia vería además comprometida toda su política africana.
Francia está en casa en el Mediterráneo, que costea sobre mil kilómetros sin contar Córcega. No es el caso de Inglaterra que quiere hacer de él un trampolín de su imperialismo.
En definitiva, Egipto constituye un envite mayor en el afrontamiento con Inglaterra. Una carrera de velocidad es iniciada por su control. En interés superior del país, es necesario para el Directorio no perderla.

El Egipto de fines del Siglo XVIII ya no les debe nada a los faraones de sus orígenes, ni a sus prestigiosos conquistadores sucesivos, Alejandro, Tolomeo, César y Saladino. Les Coptos cristianizados son los únicos autóctonos del país. Fueron se vieron hundidos en el Siglo VII por la conquista árabe pero sin renunciar a su religión. Los Otomanos se impusieron en el Siglo XVI. Encontramos estas tres capas humanas un poco por doquier en el imperio otomano, llamado de la Sublime Puerta.
La gran originalidad humana de Egipto en aquella época resida en la presencia de un cuarto componente que no existe en ningún otro lugar: los Mamelucos, «los hombres comprados» en lengua árabe. Hacia 1230, un cierto sultán de Egipto compra doce mil jóvenes del Cáucaso, principalmente georgianos y circasianos, para hacer de ellos la élite de su ejército. Seleccionados con minucia, adquirieron pronto una gran influencia y, en la generación siguiente, se impusieron por la fuerza como amos del país. Una vez al poder, aportaron a Egipto una civilización refinada, todavía enriqueciendo las dos culturas precedentes, faraónica y árabe.

A su llegada en 1517, los turcos otomanos se arreglan con ellos. A cambio del reconocimiento de la soberanía de Turquía, representada por un pachá, dejan la administración del país a los beys mamelucos agrupados en un Consejo de Gobierno, el diwan, presidido nominalmente por el pachá.
Emancipándose progresivamente de la autoridad del sultán de Constantinopla, los mamelucos terminan por liberarse y sojuzgar a la población, totalmente cortados de ella, y llevando una vida lujosa. Contando una docena de miles, no representan así más que una casta dirigente opresiva y cruel, extranjera al país. La Sublime Puerta sólo espera al hombre providencial que ponga fin a su tiranía, a su arrogancia y a sus rapiñas.
El noble móvil de una intervención por ende se presenta por él mismo, tanto más cuanto que Francia es la amiga de siempre del sultán de Constantinopla. La carta de una operación de socorro en provecho de una población amiga oprimida se puede jugar perfectamente en el plano diplomático en esos tiempos de emancipación de los pueblos. ¡Pero aún hay que convencer a los Directores!

Joven mameluco
Jinetes incomparables, los mamelucos son combatientes aguerridos. Estampa romántica.

Ciertos autores atribuyen a Talleyrand la completa paternidad del asunto. Veamos eso más de cerca…
Desde sus primeras lecturas históricas de Brienne, la fascinación de Napoleón por el Oriente no hizo más que crecer, aureolada por las epopeyas de Alejandro y de César.
Su interés particular por Egipto, cuna de diversas civilizaciones prestigiosas, fue aguzado en especial por la lectura del «Voyage en Egypte en en Syrie» (Viaje a Egipto y Siria) de Volney, a quien tuvo la oportunidad de conocer en Córcega durante una de sus licencias. Quedó profundamente marcado.
Es en Áncona, durante la guerra de Italia, cuando se precisa su sueño oriental todavía difuso. Entra en ese puerto del Adriático el 5 de febrero de 1797. Corre de inmediato hacia el mar en una suerte de embriaguez. Es lo que algunos llaman «la revelación de Áncona». Él, que de costumbre no se detiene en ningún lado, permanece ahí diez días para recopilar datos acerca de esta «puerta del Oriente». Informa al Directorio el interés de conservar Áncona, pase lo que pase, así como las islas Corfú, Zante y Cefalonia en el Adriático.
Sus ideas se precisan en las semanas siguientes, en especial en su cuartel general de Paseriano. Ahí, sus generales y ayudas de campo reciben la primicia de su proyecto egipcio. Abundan en sus ideas así como Gaspard Monge, fundador de la Escuela Politécnica, y ya parte.
Por una carta del 16 de junio de 1797, prepara al gobierno a una idea de la expedición de Egipto: «Los tiempos no están lejos en que sentiremos que, para destruir verdaderamente a Inglaterra, hay que apoderarnos de Egipto. El vasto imperio otomano, que perece todos los días, nos pone en la obligación de pensar tempranamente a tomar los medios para conservar nuestro comercio del Levante».

Al permanecer el gobierno sordo, el general Bonaparte se vuelve entonces hacia Talleyrand, ministro de Relaciones Exteriores, a través de un correo del 13 de septiembre de 1797.

Desarrolla en él las ideas ya expuestas y le sugiere un acercamiento diplomático al gobierno de Constantinopla.
A su llegada al Ministerio de Relaciones Exteriores, Talleyrand había tenido conocimiento, con el mayor interés, de los archivos evocados más arriba en lo concierne a Egipto. De inmediato había vislumbrado la importancia política y estratégica de un proyecto que volvía a ser de actualidad. El trámite del general Bonaparte no podía ser más oportuno.
En su pronta respuesta, Talleyrand le expresa su entera aprobación: «Vuestras ideas referentes a Egipto son grandes y su utilidad debe ser sentida. Os escribiré en lo referente al tema más ampliamente». Pero no hará nada. Su prudencia diplomática decepciona un poco al bullicioso comandante en jefe del ejército de Italia.
De regreso a París a fines de 1797, el general Bonaparte vuelve a evocar su idea, contribuyendo a tensar un poco más sus relaciones con los Directores. Uno de ellos, La Révellière-Lépeaux exclama: «¡Pero no vamos a exponer a treinta mil de los mejores soldados franceses al azar de una batalla naval, con el único fin de deshacernos de un general ambicioso!».
Talleyrand entra entonces en escena de manera decisiva. Para preparar la vía, había presentado al Instituto una relación sobre Egipto en los últimos meses de 1797, después de la solicitación del general Bonaparte. El 13 de febrero de 1798, dirige al Directorio una «Reporte sobre la cuestión de Egipto». Defiende de la manera más hábil la causa de una expedición. Vale la pena citar algunos extractos: «Egipto fue una provincia de la República Romana; es preciso que se convierta en una de la República Francesa (…) Los Romanos sisaron Egipto a reyes ilustres en las artes y las ciencias; los franceses se la arrebatarán a los más horribles tiranos que hayan existido jamás. El antiguo gobierno de Francia se había nutrido por largo tiempo de este proyecto de conquista, pero era demasiado débil para consagrarse a él. Su expedición le estaba reservada al Directorio ejecutivo, como el complemento a todo lo que la Revolución francesa ha presentado al mundo asombrado, de hermoso, de grande y de útil».
Bey egipcio
Los beys (señores) son los mamelucos de la más alta jerarquía, responsables de la administración provincial. Aquí vemos uno seguido de un joven esclavo en la obra de Luigi Mayer, Views in Egypt (1804)

Ciertas personas han pretendido más tarde que en esta circunstancia Talleyrand había sido estipendiado por Inglaterra para alejar la tormenta que la amenazaba en el continente. Es una pura calumnia. Una prueba de ello es que los ingleses no tuvieron noticia de la destinación de la expedición, lo cual la hubiera condenado por anticipado.
Por fin convencido, el Directorio da su aprobación el 5 de marzo de 1798. El general Bonaparte recibe «todos poderes para reunir a treinta mil hombres en Tolón, y juntar ahí a una escuadra para el transporte y la seguridad de la expedición». Por razones evidentes de seguridad, la destinación debe permanecer secreta hasta el último momento…
He aquí cómo fue concebido el proyecto de la expedición de Egipto. La idea formaba parte de la herencia nacional. El general Bonaparte le dio nuevo impulso el primero, pero sin Talleyrand, ésta se habría probablemente quedado en los cartones.

 

2– UNA APLICACIÓN CONDUCIDA CON MANO MAESTRA

 

Por motivos relacionados con la crecida del Nilo, hay que estar sobre el terreno a más tardar en julio.

UNA PREPARACIÓN LLEVADA A LA BAQUETA

Entre la decisión del 5 de marzo y la salida de Tolón el 19 de mayo, el jefe de la expedición no dispuso más que de diez semanas, prodigio de velocidad, para juntar al ejército más formidable jamás visto en el Mediterráneo desde la batalla de Lepanto.

De los puertos de Tolón, Génova, Civitavecchia y Ajaccio, cerca de trescientos bastimentos hacen a la vela simultáneamente, entre los cuales trece navíos, nueve fragatas, once corvetas y avisos, doscientas treinta y dos urcas. Esta flota lleva, además de diecisiete mil hombres de tripulación, a un cuerpo expedicionario de treinta mil hombres repartidos en veinticinco mil soldados de infantería, cuatro mil jinetes, tres mil artilleros y mil auxiliares. Son embarcados igualmente más de mil piezas de artillería de campaña y de sitio, cien mil bolas de cañón, doce mil fusiles de reserva y cantidad de cartuchos y de pólvora, cuatrocientos sesenta y siete vehículos, seiscientos ochenta caballos, víveres para tres meses, sin olvidar una biblioteca y una imprenta, objeto de estupefacción para muchos. ¡Vaya idea descabellada, partir a la guerra con una biblioteca y una imprenta!

Napoleón elige para acompañarle a la flor de los oficiales, que, en su mayoría, constituirán más tarde los jerarcas de la Grande Armada: Berthier, ya entonces jefe de estado mayor general, los generales de división Desaix, Kléber, Menou, Reynier, Bon, Dugua; los generales de brigada Lannes, Murat, Marmont, Davout, Lanusse, Vial, Veaux, Rampon, Friand, Belliard, Dumas [padre del célebre escritor; NdT.], Leclerc, Verdier y Andréossy. Las funciones de ayuda de campo son ejercidas por Junot, Duroc, Eugenio de Beauharnais y su hermano Luis. Bourrienne, condiscípulo de Brienne, se encarga del secretariado.

La flota está bajo el mando del vicealmirante Brueys, asistido por cinco contralmirantes entre los cuales figura el pronto célebre Villeneuve.

En compañía de sus colaboradores cercanos, el general Bonaparte se embarca a bordo del Orient – «Oriente» –, nave almirante, comandado por el capitán de navío Luce de Casabianca

Bonaparte
Medallón ejecutado por André Dutertre (1753-1842), dibujante de la Comisión de las ciencias y las artes, durante la travesía hacia Egipto a bordo del navio almirante Orient. Con sus ojos azules y sus «cabellos amarillos» que tanto impresionarán a los egipcios, el ascendente de este muchacho de 28 años era sobrenatural. ¿Veis a ese hombre? – dice, señalándolo, el banquero Gollot durante la travesía- de así desearlo, no hay uno solo de nosotros a quien no hiciera echar por la borda; ahora que, por servirle, todos nosotros nos arrojaríamos de cabeza al agua antes de que lo hubiese dicho él.
 
Partida del Ejército de Oriente hacia Egipto, 19 de mayo de 1798.
El 31 de mayo de 1798, el diario Publiciste relata el evento haciendo hincapié en « la cantidad prodigiosa de artistas y de sabios » que componían la expedición. Grabado de Martinet.
     

Pero lo que distingue sobre todo a esta operación militar de toda otra, es su dimensión cultural y científica que pocos historiadores ponen de relieve. En efecto, Napoleón insistió ante el Directorio para que la expedición tuviese también como objeto el «progreso de las Luces y el desarrollo de las Ciencias y de las Artes». Se le miró con sorpresa, pero no se estuvo opuesto al designio. Es sin duda este aspecto particular del asunto lo que hizo escribir a Thiers, no obstante poco tierno para con él: «En toda su prodigiosa carrera, Napoleón no imaginó nada más grande, ni más hermoso».
Desde el momento de la firma de los decretos gubernamentales, el general Bonaparte encarga a MONGE, ya convencido, reunir una comisión de sabios y de artistas, dispuestos a acompañarle. Se les autoriza hacerse asistir por los alumnos voluntarios de todas las grandes escuelas y establecimientos del Estado: Politécnico, Central, Normal, Minas, Puentes y Calzadas, Conservatorio de las Artes y Oficios, Museo de Historia Natural, etc. La medicina, la arquitectura, la arqueología, y hasta la pintura y la música, son igualmente solicitados.
El pobre Monge debe primero resolver un delicado problema conyugal. Su mujer se opone a su participación en la aventura, estimando que a los cincuenta y dos años ya no es de su edad. El general Bonaparte visita a la señora Monge para ablandarla. Primero debe disipar un malentendido. ¡En el momento de abrir la puerta, se le toma por un alumno del profesor! Una vez corregido el error, logra difícilmente convencer a la señora Monge.

En cuanto a los demás, se ve forzado a rechazar a mucha gente. Signo revelador de los tiempos nuevos y marca deslumbrante de la vitalidad de la Francia posrevolucionaria, una plétora de voluntarios se presenta, a pesar de los reales peligros presumidos. Algunos de los más grandes nombres del momento no dudan a jugarse toda su carrera y tal vez su vida en lo que no es ante todo más que una expedición militar. Citemos en particular, además del matemático, al químico Berthollet, el mecánico Conté, el geógrafo Lescene, el zoólogo Geoffroy Saint-Hilaire, el botanista Coquevert de Montbret, los médicos Desgenettes y Larrey, el mineralogista Dolomieu, el dibujante Vivant Denon etc., etc. En total ciento sesenta y siete científicos, entre los cuales un gran número de jóvenes estudiantes, repartidos en dieciocho disciplinas. Para marcar su interés, el general Bonaparte se inscribe él mismo en la de los geómetras.
En este agrupamiento de los más diversos intelectuales reina una singular exaltación. Uno de ellos, du Bois-Aymé, nos ha dejado un testimonio que refleja bien el ánimo común de esta élite valiente: «Ignorábamos a donde Bonaparte iba a llevar nuestros pasos, pues la finalidad de la expedición había sido rigurosamente guardada en secreto. ¡Pero qué nos importaba! Ese guerrero célebre inspiraba entonces una confianza ciega…».
Es bien sabido, la cosecha cultural de esos audaces pioneros se revelará considerable para el renombre de Francia en el mundo.

Gaspard Monge por Jean Naigeon (1811)
Genio incomparable de las matemáticas, Gaspard Monge (1746-1818) es considerado, después de Euclides, el geómetra más grande de la Historia. Miembro de la Academia de Ciencias a los 34 años, es el creador de la geometría descriptiva e impulsor de la geometría proyectiva, fue uno de los creadores, junto con Euler y Jean-Baptiste Meusnier, de los primeros teoremas de geometría diferencial. Por otro lado, efectuó importantes estudios tanto a nivel teórico como práctico en materia de metalurgia del hierro, publicando, junto con Berthollet y Vandermonde en 1785, la primera teoría de la fundición del acero según la doctrina de Lavoisier. Maravillado por la profundidad del genio del joven Napoleón de escasos 28 años, diría de él que « Dios se complació en dotar a este héroe de todas las cualidades »

Para asegurarse de que todo está en orden, el general Bonaparte pasa una última revista antes de la partida. Las tropas tienen bella estampa. Como en el caso del ejército de Italia dos años antes, les dirige una arenga a la antigua. Ya se ha consagrado como un maestro en este arte de la comunicación directa entre el jefe y sus hombres en el instante crucial. Exalta los corazones y motiva los espíritus. Hace soñar a los hombres…
La grandiosa empresa que les espera exige un tono épico a la altura: «(…) Las legiones romanas que habéis imitado algunas veces pero todavía nunca igualado, combatían a Cartago, a veces en esta misma mar y en las planicies de Zama. La victoria no las abandonó jamás porque, constantemente, fueron bravas, pacientes soportando la fatiga, disciplinadas y unidas entre ellas. Soldados, Europa tiene los ojos fijos sobre vosotros. Tenéis grandes destinos que llenar, batallas por librar, peligros y fatigas que vencer. Haréis más de lo que nunca habéis hecho por la prosperidad de la Patria, la dicha de los hombres y vuestra propia gloria (…) Voy a llevaros a un país donde, por vuestras hazañas futuras, rebasaréis a quienes hoy asombran a vuestros admiradores (…) Yo prometo a cada soldado que al regreso de esta expedición tendrá a su disposición con qué comprar seis arpendes de tierra». Un inmenso ¡hurra! responde a estas palabras, puntuadas de gritos «Viva la República».

Llevada la gigantesca preparación a bien en un tiempo record, puesta la tropa en condición moral, dada la partida en fanfarria, importa ahora llegar a buen puerto...

 

JAQUE A NELSON

La travesía del Mediterráneo en toda su extensión, con la poderosa flota inglesa a espaldas, ferozmente decidida a arruinar la expedición, representa innegablemente una apuesta arriesgada. Variando sin embargo las rutas marítimas, es posible ganarla. Pero bastaría que las dos flotas se encuentren para que toda la empresa se caiga al agua, en todo el sentido del término.
Así pues, la travesía va a resumirse en un angustioso juego de escondidas entre el almirante Brueys y el almirante Nelson. Brueys la ganará, pero Nelson se vengará poco después.

El Vicealmirante François-Paul conde de Brueys d’Aigailliers, (1753-1798)
Retrato póstumo (1859
)
 
El contralmirante vizconde Horatio Nelson (1758-1805)
Óleo de Lemuel Francis Abbott (1800)

Por asombroso que parezca, los agentes del servicio de información ingleses no pudieron penetrar el secreto de la destinación de la expedición. La amplitud de los preparativos evidentemente alarmó al gobierno británico. Expedido de urgencia a Gibraltar, Nelson toma el mando de los navíos disponibles, en espera de prontos y substanciales refuerzos. Su misión no sufre ambigüedad alguna: «Buscar las fuerzas francesas antes de que hayan partido y, una vez en presencia de ellas, tomarlas, hundirlas, quemarlas o destruirlas.» Este encarnizamiento devastador dice mucho sobre la implacable determinación del gobierno inglés y de su conciencia de lo que estaba en juego. ¿¡Qué más convincente justificación de la expedición!?
Nelson analiza correctamente la situación estratégica. «Pienso que la intención de los franceses es apoderarse de algún puerto egipcio, a fin de poder enviar un ejército formidable a las Indias», escribe a sus superiores. Disponiendo de navíos dos veces más veloces que los franceses, el presuntuoso Nelson piensa que éstos no irán muy lejos. Pero, engañado por falsos informes, no cesa de descaminarse en los cuatro extremos del Mediterráneo oriental, sin nunca encontrar a la flota francesa que retrospectivamente ha experimentado dos grandes espantos. ¡En la noche del 22 al 23 de junio, las dos flotas se cruzan a algunas millas de distancia ignorándose soberbiamente! ¡Llegando a Alejandría, el general Bonaparte se entera de que Nelson acaba de partir de ahí hacia el norte, treinta y seis horas antes!. ¡En ambas circunstancias, toda la carrera de Napoleón pendió de un hilo! ¡Hay que creer que su legendaria buena estrella velaba por él!
Es conveniente añadir que el itinerario hábilmente escogido por Brueys a lo largo de las costas norte antes de doblar hacia el sur, había alejado a la flota francesa de la zona de búsqueda natural de Nelson.

Pero antes de lograr llegar de esta forma y sin estorbos a Egipto, hay que arreglar de paso el problema de Malta. No se puede proseguir con la expedición sin asegurarse la posesión de este inestimable cerrojo de las comunicaciones marítimas entre las dos partes occidental y oriental del Mediterráneo. Y hay que actuar rápido a causa de Nelson…

 

CONQUISTA DE MALTA SOBRE LA MARCHA

Toma de Malta
La isla de Malta era la plataforma estratégica esencial para cualquier operación en el Levante. Tomada el 11 de junio, Napoleón impone de inmediato su sistema: declara a todos los habitantes iguales en derechos, se le autoriza la práctica de su culto a los griegos ortodoxos y a los judíos, que no deberán más portar la estrella amarilla y podrán construir una sinagoga; 2000 esclavos musulmanes son liberados. Si bien el tesoro de la Orden es confiscado, numerosos serán los caballeros que se unirán a la expedición. El general Bonaparte se dirige a sus hombres: «¡Soldados! Vais a emprender una conquista cuyos efectos sobre la civilización y el comercio del mundo son incalculables », y puesto que llega como liberador para descargar a las poblaciones del yugo de los mamelucos, intima a sus tropas a respetar la religión de los indígenas y sus costumbres. Grabado popular.

La isla fortaleza de Malta pertenece a la orden del mismo nombre desde que Carlos Quinto la donó a los Caballeros de San Juan de Jerusalén que huían de Palestina. Esos prestes-soldados resistieron heroicamente a todos los ataques del Islam conquistador. Su Gran Maestre, Jean Parisot de la Valette, le hizo ganar a la isla una reputación de inviolabilidad al resistir en 1565 con nueve mil soldados a cuarenta mil turcos.

Desde entonces, este antiguo bastión prestigioso del cristianismo no había dejado de declinar. En 1798, su poder no impresiona más. Repartidos en ocho naciones desde su origen, los caballeros yo no son más que trescientos, de una edad promedio elevada, y en malos términos con los aproximadamente cien mil habitantes. Entre ellos, doscientos franceses, entre los cuales el influyente de Bosredon de Rancijat.
Los fuertes y murallas están mal mantenidos. La vieja artillería de la fortaleza está falta de municiones. La marina es casi inexistente. Lo nueve mil milicianos, fuerza principal de la isla, mal equipados, son mediocres combatientes.

El gran Maestre en ejercicio, el húngaro Ferdinand Von Hompesch, había imprudentemente tomado, hacía poco, el partido de los enemigos de la República francesa poniéndose bajo la protección del zar Pablo I. Durante la guerra de Italia, se le habían confiscado todos los bienes de la Orden.
Con la intención de facilitar la rendición de la isla, el Directorio había despachado a Malta algunos meses antes al encargado de misión Poussielgue, quien había logrado ganarse el favor de los Caballeros franceses.
Cuando el ejército francés se presenta frente a Malta el 9 de junio de 1798, la situación es pues favorable, pero no enteramente madura para una capitulación rápida. El general Bonaparte debe mostrar ostensiblemente su fuerza desplegando toda la flota a lo largo de la costa.
Esta gesticulación militar descompone los nervios de la guarnición. El día siguiente al amanecer, un desembarque simultáneo en siete puntos de la isla se impone rápidamente a una débil oposición. A las diez de la mañana, la totalidad de la isla está conquistada, con excepción de La Valette cuya resistencia se desmorona por ella misma en la velada. El Gran Maestre capitula. La isla se hace francesa.

Antes de proseguir la expedición, es importante organizar la posición y asegurar su defensa. No hay un minuto que perder, siempre a causa de Nelson. Para dar una idea de la intensidad del trabajo realizado en esta circunstancia, el general Bonaparte dicta en ocho días ciento setenta decretos relativos a todos los ámbitos de la administración de la isla. Un orden moderno remplaza a un poder obsoleto. Las inmensas riquezas de la isla se convierten en propiedad francesa. Napoleón otorga a los israelitas el derecho de edificar una sinagoga, preludio a su gran proyecto de emancipación del pueblo judío. Hecho notable, libera a los aproximadamente setecientos forzados musulmanes que sirven en las galeras de la Orden.
Haciéndose a la mar nuevamente el 18 de junio, se embarca a esos prisioneros para servir de testigos ante la población egipcia del poderío de Francia y mensajeros de su amistad para con el Islam. Dos mil hombres de la Legión Maltesa y cuarenta y dos Caballeros voluntarios se unen a la expedición.
El general Vaubois permanece en la isla con cuatro mil soldados para asegurarse de que esta posición estratégica irremplazable no caiga en manos de los ingleses.

Ferdinand von Hompesch zu Bolheim, Gran Maestre de la Orden de Malta (1744 -1805)
La controvertida capitulación de Malta es firmada el 11 de junio de 1798, sin resistencia real previa. Si bien es verdad que el número de las tropas francesas era aplastante, la isla gozaba de fortificaciones que hubieran obligado a la flota de Egipto a mantener un sitio demasiado prolongado, haciéndola, vistas las circunstancias, no viable. A pesar de ello, von Hompesch abandonó la isla con muchos de sus caballeros sin combate. Aun cuando es cierto que las reglas de la Orden prohibían toda contienda contra cristianos, graves acusaciones de confabulación en contra de von Hompesch fueron levantadas En efecto, en virtud de los pactos acordados entre ambos, se estipulaba que el Gran Maestre percibiría una renta igual a la que perdía con su cargo, respetándose por otro lado todo su patrimonio; asimismo, todos sus honores y distinciones le eran conservados, lo que algunos han querido ver como una recompensa por su sumisión. Sea como fuere, el gran Maestre se retiró a Trieste con sus bienes y algunos tesoros, entre los cuales figuraba la legendaria Madonna de Filermo.

Napoleón consagra el resto de la travesía a una preparación psicológica del desembarque destinada a los tres actores principales de la operación: su ejército, la población egipcia y el representante del sultán en El Cairo.
A los soldados, hace que se les lea en cada navío el 22 de junio una nueva proclama que exige un comportamiento ejemplar para con las poblaciones de Egipto. Inscribe la acción que está por venir toda entera bajo el signo de una auténtica tolerancia. Todo impregnado de humanismo, su propósito merece una cita in extenso: «Soldados, vais a emprender una conquista cuyos efectos sobre la civilización y el comercio del mundo serán incalculables. Asestaréis a Inglaterra el golpe más seguro y más sensible, en espera de que podáis darle el golpe mortal. Haremos algunas marchas fatigantes. Libraremos múltiples combates. Tendremos éxito en todas nuestras empresas, los destinos son para nosotros (…). Los Beys mamelucos que favorecen exclusivamente al comercio inglés, que han cubierto de agravios a nuestros negociantes y que tiranizan a los desdichados habitantes del Nilo, algunos días después de nuestra llegada no existirán más.
Los pueblos con los cuales vamos a vivir son mahometanos. Su primer artículo de fe es éste: no hay otro dios que Dios y Mahoma es su profeta. No los contradigáis. Comportaos con ellos como nos hemos comportado con los judíos, los italianos. Tened atenciones son sus muftíes y sus imams, como los tuvisteis para con los rabinos y los obispos. Tened por las ceremonias que prescribe el Alcorán y por las mezquitas la misma tolerancia que habéis tenido por los conventos, por las sinagogas, por la religión de Moisés y de Jesucristo.
Las legiones romanas protegían a todas las religiones. Encontraréis aquí costumbres diferentes a las de Europa. Hay que habituaros a ellas. Los pueblos donde vamos tratan a las mujeres diferentemente que nosotros. Pero en todos los países, aquel que viola es un monstruo. El pillaje no enriquece más que a un número pequeño de hombres. Nos deshonra, destruye nuestros recursos y nos hace enemigos de los pueblos que es de nuestro interés tener por amigos. La primera ciudad que encontraremos fue erigida por Alejandro. En ella hallaremos a cada paso recuerdos dignos de excitar la emulación de los franceses

A la población egipcia Napoleón dirige una proclama reconfortante redactada en árabe. Fustiga a los mamelucos opresores, promete la aniquilación de su yugo, se compromete a respetar la administración local y sobre todo proclama su amistad por el Islam, sin por ello confundir tolerancia y debilidad: «Pueblo de Egipto, desde hace demasiado tiempo, esta pandilla de esclavos comprados que os gobiernan tiraniza a la más bella parte del mundo. Pero Dios, de quien todo depende, ha ordenado que su imperio se acabe. Se os dirá que vengo a destruir vuestra religión. No lo creáis. Responded que vengo a restituiros vuestros derechos, a castigar a los usurpadores y que respeto más que a los mamelucos, a Dios, su Profeta y el Alcorán.(…) ¿Qué sabiduría, qué talentos, qué virtudes distinguen a los mamelucos para que tengan exclusivamente todo lo que hace a la vida amable y dulce? (…) ¡Si Egipto es su granja, que muestren el arriendo que Dios les ha hecho! (…) Todos los Egipcios serán llamados a administrar todas las plazas. Los más sabios, los más instruidos, los más virtuosos gobernarán, y el pueblo será dichoso. (…) Cadis, Sheiks, Imams, decid al pueblo que somos los verdaderos amigos de los musulmanes. (...) ¿No somos nosotros quienes hemos sido en todos los siglos los amigos del gran Señor, el Sultán de Constantinopla, y el enemigo de sus enemigos? Los mamelucos, al contrario, siempre se han revelado contra la autoridad del Gran Señor que nuevamente no reconocían. ¡Tres veces dichosos quienes estén con nosotros! (…) Pero malhaya, tres veces malhaya a quienes se armen a favor de los mamelucos y combatan contra nosotros. No habrá esperanza para ellos: ¡perecerán!».

Es el turno ahora del representante del sultán en El Cairo, Abu Bakr, suerte de rey holgazán. Es preciso reconfortar a la Sublime Puerta, paralelamente a la acción diplomática esperada de Talleyrand. Es de un interés primordial evitar un conflicto con Constantinopla. Pero la hábil diplomacia británica se opondrá a ello.
La carta expedida al pachá, escrita a bordo del « Orient » la víspera del desembarque, está destinada a anunciarle que el ejército francés no viene sino a liberarlo de la humillante tutela en la que lo tienen los beys mamelucos. Así redactada, es llevada al Cairo por un oficial turco embarcado en Malta: «El Directorio Ejecutivo de la República francesa se ha dirigido en múltiples ocasiones a la Sublime Puerta para demandar el castigo de los beys de Egipto que agobian a los comerciantes franceses (…). La República francesa se ha decidido a enviar un poderoso ejército para poner fin a los bandidajes de los beys de Egipto, así como se vio obligada a hacerlo en múltiples ocasiones este siglo, contra los beys de Túnez y de Argel. Tú, que deberías ser el amo de los beys y que, sin embargo, ellos mantienen en El Cairo sin autoridad y sin poder, tú debes ver mi llegada con placer. Sin duda estás al tanto de que no vengo para hacer algo contra el Alcorán, ni contra el Sultán. Sabes que la Nación francesa es la única aliada que el Sultán tenga en Europa. Ven luego a mi encuentro y maldice conmigo a la raza impía de los beys

En resumen, el general Bonaparte propone a Abu Bakr un protectorado ventajoso para Constantinopla, en reemplazo de la humillante tiranía mameluca. Pero, por desgracia, esta misiva no llegará a su destinatario. ¿Lo hubiera influenciado? A decir verdad, nos es permitido dudarlo.

¡Después de este condicionamiento psicológico, ¡paso libre a la acción!

Sabio de la Comisión de Egipto
Los sabios eran fácilmente reconocibles por su traje verde que « chocaba mucho a los musulmanes », por ser éste el color reservado para los descendientes de Mahoma.

 

LA RUDA TOMA DE POSESIÓN DE EGIPTO

El desembarque de Bonaparte en Egipto
El desembarco del Ejército de Oriente se lleva a cabo el 2 de julio de 1789 a la una de la madrugada. Apenas hubo puesto el pie en las arenas egipcias, Napoleón lanza su proclama famosa « Desde hace demasiado tiempo, esta pandilla de esclavos [los mamelucos] tiraniza a la más bella parte del mundo; pero Dios, el Señor de todos los mundos, el todopoderoso, ha ordenado que su imperio acabase ». Dibujo de Charles Lemire

La víspera del desembarque, el general Bonaparte necesita conocer con precisión la situación en el lugar mismo. El 27 de junio, pide al almirante Brueys de destacar un navío rápido a Alejandría con el fin de embarcar lo antes posible al cónsul francés Magallon. Designada para este efecto, la fragata «Juno» está de regreso en la tarde del 30 con mar gruesa. Magallon indica que la escuadra inglesa acaba de irse de Alejandría con dirección al norte. Brueys expresa su inquietud, cogido como está entre dos peligros, Nelson por un lado, y del otro, la tempestad que vuelve peligroso a un desembarque. Propone demorar unas horas la toma de tierra, el tiempo necesario para que el mar se calme un poco. Para el general Bonaparte el riesgo principal es un regreso inopinado de Nelson y ordena a Brueys comenzar cuanto antes las operaciones de desembarque. Éstas se presentan muy acrobáticas. Múltiples zozobran y se deplora un cierto número de ahogamientos. Las tropas ponen pie en la playa del Marabú, unos cuantos kilómetros al oeste de Alejandría.
Napoleón desembarca en la noche del 1º al 2 de julio. Después de echar un sueño sobre la arena misma, pasa en revista a las tropas ya sobre el terreno y, sin esperar su refuerzo por la artillería aún en los barcos, las pone en marcha hacia Alejandría para no dejar a la defensa el tiempo de organizarse. ¡Siempre la velocidad como modo de operatorio privilegiado de Bonaparte, luego de Napoleón!

Tomada por asalto sobre la marcha, la ciudad cae en la mañana, no sin algunos combates serios. Kléber es herido.

Mapa estratégico de la Expedición de Egipto
     

Los días siguientes, la plaza es organizada como base operacional para los combates que están por venir. Primer objetivo, la capital El Cairo.
La noticia del desembarque llega rápidamente al lugar. Los beys Murad e Ibrahím se reparten el poder, el primero como jefe del ejército, el segundo de la administración. Ponen de inmediato a todo el país en alerta y Murad agrupa a sus fuerzas en El Cairo. Es a él y s su fantástica caballería mameluca a lo que el ejército francés tendrá que enfrentarse principalmente.
Para desplazarse de Alejandría al Cairo existen dos itinerarios: uno de ellos, el más practicable, remonta la orilla izquierda del Nilo a partir de Roseta; el otro, más directo pero excesivamente pesado, cruza por setenta kilómetros el desierto de Bahyreth y se une al primero en Rahmanyeh pasando por Damanhour.
Fiel al principio de surgir justo en donde menos se le espera, Napoleón no pone en marcha en el primer itinerario más que a la División Dugua, quien remplaza provisionalmente a Kléber. Este cuerpo escolta a una flotilla bajo las órdenes del almirante Pérée, que transporta todas las impedimenta. Las otras cuatro divisiones, Vial, Bon, Reynier y Desaix, éste último en la vanguardia, toman la difícil vía del desierto. El general en jefe prevé el agrupamiento del conjunto en Rahmanyeh (El Rahmanyeh) para una progresión directa sobre El Cairo con todas las fuerzas reunidas.
El general Bonaparte subestimó las dificultades del desierto; su travesía resulta espantosa. La sed por poco abate al ejército que no llega a Rahmanyeh hasta el 10 de julio a costa de atroces sufrimientos para tomar un reposo de tres días. Dugua alcanza al conjunto el 12 y las tropas al fin reunidas retoman la progresión el 13 de julio.

Rendición de Alejandría

Enterándose de estas dificultades, Murad se enardece hasta la temeridad. Piensa que su caballería no hará más que un bocado de esta banda de rezagados agotados que sus espías y auxiliares beduinos no dejan de hostigar. Decide entablar las hostilidades lo cuanto antes.

La agotadora marcha en el desierto
Impropiamente equipados, vistiendo uniformes de lana, portando armas, municiones y varias decenas de kilos de carga, los franceses, abrumados por el spleen, como dirá el Emperador en Santa Helena, efectúan una aplastante marcha de seis días, alejados de las aguas del Nilo, a través de las dunas infinitas cual espectros entre las flamas del averno. « Los hombres, señala Merejkovski, se morían, enloquecían, no tanto de calor, de hambre y de sed, como de espanto. Hubo deserciones, protestas, actos de franca rebelión casi, pero bastaba que apareciese Bonaparte para que todo se callase y para que los hombres le siguiesen de nuevo por el infierno abrasado con la misma docilidad de las sombras que siguen a Hermes, conductor de almas »

 

LA BATALLA DE CHEBREIS

El primer encuentro se produce el 13 de julio en Chebreis (o Chobrakhyt). El espectáculo de esos terribles jinetes rutilantes tiene con qué impresionar. Además de diversas armas de fuego, sus temibles cimitarras centellean con mil destellos bajo sus arneses de un extraordinario resplandor. Sus uniformes engalanados flamean bajo el sol. Ricamente encaparazonados, sus caballos de pura sangre piafan esperando la carga. El fanatismo ciego de esos temibles guerreros es bien conocido. Su manera de batirse es de lo más rudimentario: cargar directo y de frente y aplastar todo a su paso. Esta caballería cuenta aproximadamente con cuatro mil mamelucos, apoyados y cubiertos por otros jinetes y soldados de infantería árabes. En total unos quince mil hombres…

El general Bonaparte les opone la única táctica que valga en ese caso: fuego graneado y concentrado de la formación en cuadro por división. Los costados de los cuadros están constituidos por seis filas de soldados de infantería estrechados. Dispuesta en los cuatro cuadros, la artillería puede barrer con metralla el terreno en un ángulo de doscientos setenta grados. En el centro, con las impedimenta, se encuentra la caballería en reserva. De las seis filas de soldados de infantería, tres pueden eventualmente salir del cuadro para un contraataque, en apoyo o no de la caballería.
Los cuadros no están inmóviles, la inmovilidad llevando generalmente a la derrota. Evolucionan y maniobran al paso, sin deshacerse. Las distancias entre los cuadros están calculadas para que puedan apoyarse mutuamente.
Cuando, en voz alta, Napoleón ordena «¡Formación en cuadros, equipajes al centro!», se oye a un bromista añadir: «¡los sabios con los burros!». Esto relaja un poco la atmósfera, sobre todo entre esos intelectuales forzosamente ligados al ejército y que se preguntan en ese instante lo que fueron a hacer en esa galera...
Y para darle un poco de valor a la tropa, turbada por la novedad del asunto, las músicas hacen resonar la Marsellesa. ¡Después de todo, estamos a un día del 14 de julio! El efecto es mágico.

Si los franceses están impresionados por los mamelucos, éstos están desconcertados por el dispositivo francés, que avanza arrojadamente hacia ellos en orden perfecto. De inmediato arremeten contra los cuadros, tratando de abrir una brecha. Al no lograrlo, se reagrupan y recomienzan, un poco más concertados, sobre la derecha francesa. Conformemente a las consignas, los franceses no abren fuego hasta el último momento, aplacando de golpe su ímpetu a los pies mismos de las primeras filas. Remolinan todavía algunos instantes, y luego se repliegan hacia El Cairo, dejando doscientos muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses. La táctica adoptada hace maravillas.
Mínima por las pérdidas, esta batalla de Chebreis tiene una gran resonancia moral. Los mamelucos pierden su soberbia, mientras los franceses recuperan confianza en ellos mismos después de los terribles retos que acaban de sobrellevar. Han tomado el ascendente moral sobre el enemigo, lo cual es determinante la guerra.

Retrato de Murad Bey (1750–1801)
Gobernante de Egipto junto con Ibrahim Bey, era igualmente el jefe de los mamelucos y comandante de caballería. De una disciplina completamente diferente a la europea, los mamelucos desdeñaban las formaciones, menospreciaban la artillería, y no confiaban más que en su destreza, su puñal de Damasco, su caballo beduino, y el Profeta. Al enterarse de que los franceses carecían de caballería, Murad Bey exclamó: « voy a cortarles la cabeza como una sandía ». Dibujo de André Dutertre.

El trayecto Chebreis – El Cairo no es tampoco puro reposo. La tropa sufre de nuevo de calor, de sed, de hambre. Murad practica la táctica de la tierra quemada. Para jalonar la progresión francesa y debilitarla, la hace acosar por hordas de beduinos saqueadores. ¡Ay de quien se aleje de la columna, es masacrado sin piedad en los más atroces sufrimientos!

 

LA VICTORIA DECISIVA DE LAS PIRÁMIDES

La localidad de Embabeh es alcanzada por fin el 21 de julio a principios de la tarde. Lo ojos embelesados de los soldados contemplan entonces un cuadro grandioso. A lo lejos, del otro lado del Nilo, destacan los cientos de alminares del Cairo y las murallas de la ciudadela de Saladino. A su derecha, se yerguen hacia el cielo las pirámides de Guizeh. Y frente a ellos, de este lado del río, todo el ejército de Murad en orden de batalla, los intrépidos mamelucos atrayendo la mirada.

Bonaparte arengando al ejército antes de la batalla de las Pirámides, el 21 de julio de 1798
Cuadro del barón Jean-Antoine Gros
Estampa para la historia, este cuadro representa el momento legendario en que Napoleón a sus hombres la frase famosa: « ¡Soldados! ¡Id, y pensad que desde lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos os contemplan! ». Tanto el « nuevo Alejandro » como su campaña épica se convierten respectivamente en jefe romántico y manifiesto del Romanticismo por excelencia. «Egipto es, en su carrera, como Atala en la carrera de Chateaubriand», señala Bainville.

Jugándose el todo por el todo, Murad ha movilizado todo lo que Egipto ha podido proveer de combatientes: seis mil mamelucos, miles de fellahs y de beduinos, y el cuerpo de Janisarios del pachá Abu Bakr, en total unos cincuenta mil hombres.
E
l general Bonaparte advierte el dispositivo lineal de su enemigo, adosado a la orilla izquierda del Nilo. Su izquierda se apoya en Guizeh, donde se encuentra el campo de Murad y se concentran sus mamelucos; su derecha se engancha en el pueblo de Embabeh, fortificado y tenido por una masa de fellahs y los janisarios turcos.
El ejército francés adopta el mismo dispositivo en cuadros que en Chebreis. Poco antes de la orden de ataque, Napoleón dirige a sus soldados su habitual arenga. La majestad del lugar, la importancia histórica de la batalla, le inspiran su célebre metáfora: «¡Soldados, vais a librar una batalla que quedará grabada en la memoria de los hombres! Vais a combatir a los dominadores de Egipto. ¡Decios que, de lo alto de estos monumentos, cuarenta siglos os observan!» Una formidable ovación se eleva de las filas… Y la célebre batalla de las Pirámides se entabla...
A la derecha, los cuadros Desaix y Reynier progresan para desbordar Guizeh, amenazando la comunicación de Murad con el alto Egipto. Los cuadros Bon y Vial se ocupan de Embabeh. En el punto de junción se posiciona Dugua.
Las cargas de los mamelucos se suceden sin discontinuar sobre todo el frente. Se rompen todas con pérdidas muy pesada sobre los cuadros que no logran mermar. Muy al contrario, Bon y Vial hacen salir sus columnas de ataque y se apoderan de Embabeh. Guizeh cae a su vez. Murad escapa hacia el alto Egipto con dos mil mamelucos supervivientes. El resto de su armada busca escapar por el Nilo. La artillería entra entonces en juego y acaba con los huidizos en una terrible aniquilación.
Antes de refugiarse en el Sinaí, imitado por Abu Bakr, el bey Ibrahim incendia la flotilla del Nilo para impedir la travesía del río hacia la capital abandonada.

Batalla de las pirámides, 21 de julio de 1798
La batalla épica que se lleva a cabo en Imbabá duró apenas unas dos horas. Viendo que el orgulloso Murad Bey persistía en sus faltas y en sus errores, el joven Bunaberdis Bey - como los mamelucos lo llamaban - ordena la formación en cuadros (a la derecha), que tanto daño habían causado en Chebreis, de las divisiones. Después de una carga feroz de los mamelucos de élite que casi desbarata al ala derecha del general Desaix, los cuadros vuelven a formarse. Faltos de una concepción estratégica y de dispositivos tácticos, los mamelucos, rabiosos, sin recursos, vacilan, se desbandan, y pronto la batalla se convierte en un sálvese quien pueda general; muchos caen al río y se pierden. Desesperados por la impotencia, los antes altivos mamelucos lanzan ahora sus sables a la cara de los franceses, que avanzan lenta pero implacablemente. Despavoridos, los hasta entonces señores de Egipto se defienden ora a puñetazos, ora a mordidas, para después huír aterrorizados (a la izquierda)... Más importante, la caballería de élite y una gran cantidad de beys han sido aniquilados; « así expiraba a los pies de la Europa civilizada la libertad salvaje del Asia » resume un cronista. Cuadro del capitán Louis-François Lejeune, participante y testigo ocular en el conflicto.


La batalla apenas duró algunas horas. La victoria es completa. Desprovisto de protección, El Cairo está a la mano.
Abandonada a ella misma y presa del más grande pavor, la población se subleva contra sus notables et se libre a numerosas exacciones. Los jeques árabes y los ulemas, asambleas de notables, designan una delegación encargada de negociar la capitulación de la ciudad en las mejores condiciones. El general Bonaparte la recibe con muchas atenciones en su cuartel general de Guizeh y le asegura sus buenas intenciones. Nombra prontamente al general Dupuy comandante de armas del Cairo y le ordena tomar de inmediato posesión de la ciudad.
Hace colocar por doquier una proclama tranquilizadora: «He venido a destruir a la raza de los mamelucos, a proteger el comercio y los naturales del país (…) No temáis nada por vuestras familias, vuestras casas, vuestras propiedades, y sobre todo por la religión del profeta, a la que estimo…»
Reconfortada por el comportamiento calmante de los soldados de Dupuy, esta actitud apaciguadora calma inmediatamente los ánimos.
Pero Bonaparte permanece prudente. Antes de hacer su entrada al Cairo el 25 de julio, toma medidas de seguridad.
Coloca a Desaix a algunas leguas al sur, a manera de cobertura, ante un regreso posible de Murad Bey del alto Nilo. Instala su base operacional en Guizeh, al abrigo de una insurrección de la bulliciosa población del Cairo.

 
A la izquierda, en una ilustración tardía de M-G. Bourguoin (1912), contemplamos la Entrada del General Bonaparte al Cairo. Los egipcios, liberados del yugo de los mamelucos, le alaban y le llaman Sultán El-Kebír («el Grande»). A la derecha, una estampa popular muestra a Napoleón, vestido a la oriental, discutiendo con el bajá de El Cairo. Mostrando un gran respeto por la cultura y la religión locales, Napoleón reorganiza las instituciones, estructura la administración fiscal y de protección civil, instaura también un sistema de higiene, y constituye un Diwán, consejo de nueve miembros escogidos entre los ulemas y los altos funcionarios vernáculos. Para apaciguar los espíritus, el Sultán de Fuego (otro de los nombres que le fueron puestos) se pone a tono con las circunstancias y se «pasaba el final del día dedicándo[se] a la teología con los beyes, diciéndoles que no había más dios que el dios Mahoma». Los enemigos de Napoleón, especialmente los realistas que hacían de su mojigatería remilgosa y fingida un arma acerada de propaganda, no dejarán de machacar estas evocaciones en sus intentos por presentar al Emperador como un anticristo (lo cual, sea dicho de paso, nunca les impidió coaligarse con los ingleses y los turcos, quienes alegremente masacraban cristianos a diestra y siniestra...). Por su lado, Napoleón « [se] divertía con eso» recordando que «aquello era charlatanería, pero de la más subida» y que «el ejército (...) no hubiese visto en todo aquello otra cosa que risa y broma» (Memorial de Santa Helena). En efecto, recordemos que el voltairiano general Menou, convertido ulteriormente al mahometanismo, se convertirá en objeto de irrisión y de desprecio general entre los franceses.

Apenas instalado en la capital, el general Bonaparte dicta las medidas de reorganización administrativa del país. Su principio es asociar lo más estrechamente posible a los jeques, de los cuales los más eminentes constituyen un diwan de nueve miembros, suerte de gobierno indígena, ante el cual nombra a Monge como Comisario de la República. Del mismo modo, un diwan local es creado en cada provincia. En resumen, no procede a una anexión sino a un protectorado descentralizado.

Para exteriorizar bien su solicitud para con la población y su respeto por la religión y las costumbres locales, asiste a todas las fiestas y ceremonias tradicionales.
La población le da el mote de Sultán El-Kebír [es decir, el Grande, o el Gran Sultán. Napoleón también era llamado el Sultán de los francos. NdT].
Un día, lleva su voluntad de integración hasta vestirse a la oriental.
Este mimetismo fuera de tono es mal visto por los suyos, y no renueva más la experiencia.
Consciente de que la religión constituye el factor primordial de su política, toma medidas en pro de la protección de los peregrinos de la Meca y muestra la mayor benevolencia con los dirigentes de la célebre Universidad Al-Azhar, a quienes alienta a proseguir su enseñanza.
Como prueba de su confianza, incorpora voluntarios en el ejército francés y constituye una unidad especial emparejada a los Guías. Pone en pie una «unidad de dromedarios», ancestro de las unidades meharistas.

 
A la izquierda, una « Vista interior de la gran sala del palacio de Hassán Kashef destinada a las sesiones del Instituto de Egipto », fundado por Napoleón, en un grabado de Duplessis-Bertaux (Description de l’Egypte). Según relata el naturalista Geoffroy de Saint-Hilaire, el Instituto de Egipto « era la amante favorita del general... ». A la derecha, la La Universidad de Al-Azhar en una litografía romántica.

La cuestión del desarrollo económico y técnico también está en el primer plano de las preocupaciones de Napoleón. En este ámbito, los sabios aportan una inapreciable contribución, en particular el químico-mecánico Nicolas-Jacques Conté, futuro fundador del Conservatorio de las Artes y Oficios. Echan las bases de la apertura de Egipto al mundo moderno, incluso, ya entonces, la idea del futuro Canal de Suez.

En la esfera cultural, Napoleón toma inmediatamente todas las medidas para proteger, inventariar, estudiar y dar a conocer los tesoros arqueológicos de la brillantísima civilización egipcia. Desde el 22 de agosto de 1798, funda el Instituto de Egipto, que da origen a la egiptología. Desea ser el vicepresidente. El afectísimo Monge acepta la presidencia. Uno de los sabios, Geoffroy Saint-Hilaire, dio testimonio en estos términos del ambiente estudioso que reinaba: « Aquí encuentro hombres que no piensan más que en las Ciencias. Vivo en el centro de un foco ardiente de Luces. Nosotros nos ocupamos con ardor de todas las cuestiones que interesan al gobierno y a las ciencias a las cuales nos hemos voluntariamente dedicado ».

LA EPOPEYA AUTÓNOMA DE DESAIX, « EL SULTÁN JUSTO »

Louis-Charles Antoine Desaix, general de división, leyendo una orden del día del general Bonaparte a dos egipcios; Por Appiani el mayor (1754-1817).
Representación del legendario general Desaix (1768-1800), apodado « el Sultán Justo » por los egipcios en virtud de su bondad y gran humanidad.

Es en este ambiente cultural que se lleva a cabo la calaverada en el alto Egipto de la división Desaix, lanzada en persecución de los mamelucos en fuga de Murad. A todo lo largo de su ascenso del Nilo, Desaix es presa de un acoso incesante hasta Syena (Asuán), a novecientos kilómetros del Cairo. Murad no se aventura a una batalla campal más que en tres circunstancias. El 8 de octubre en Sedimán, ataca a tres contra uno los cuadros franceses como en las Pirámides. En esta ocasión sufre la misma severa derrota. El 8 de noviembre, reincide en Medinet el Fayoun con un resultado idéntico, pero, esta vez, bajo las aclamaciones de la población. El 21 de enero de 1799 en Samanhout, Desaix inflige a Murad un último y vergonzoso revés, abriendo Syena al ejército francés.

Pero lo más importante reside en la expedición científica conducida en paralelo por Caffarelli y Vivant Denon, quienes dirigen un equipo de una veintena de alumnos de Politécnico que acompañan al ejército. ¿Su misión? ¡Nada menos que ser los primeros europeos, después de las Legiones de César, en inventariar los sublimes vestigios de una civilización de «cuarenta siglos»! Podemos imaginar su asombro al descubrir uno tras otro los templos erigidos por veinticinco dinastías de Faraones: Menfis, Abydos, Esné, Denderáh, Karnak, Louqsor, Kom Ombo, Edfu, los colosos de Memnon y Philae. El esplendor de los monumentos descubiertos les hace olvidar sus muy duras condiciones de existencia, en particular una espantosa epidemia de oftalmia.
Hasta el más zafio de los troperos no puede escapar de la emoción. El extraordinario capitán Duvernois, con sus diecinueve heridas, contó el impacto sentido por sus soldados a la vista del templo de Karnak: «Sin orden alguna fuese dada, los hombres formaron las filas y presentaron las armas al son de los tambores y de los clarines
Las únicas depredaciones a deplorar son algunos graffiti de nombres en la piedra, través no exclusivamente francés: Los Dupont Durand avecinan con prestigiosos Valérius Priscus y otros tantos Quintus Viator…

Batalla de Sedimán
En esta primera victoria de Desaix, los 5000 mamelucos de Murad Bey son vencidos, una vez más, por los cuadros franceses, para finalmente desbandarse y huir. Acuarela de Dejuine, soldado que participó en la campaña.

Ante la amplitud de los descubrimientos, Napoleón decide reforzar el primer equipo de sabios por medio de dos comisiones. Juzguemos su importancia: una de ellas está encargada de trazar la topografía del valle del Nilo. La otra tiene como tarea principal estudiar las inscripciones murales, claves de la egiptología naciente.
La actitud de la población del valle del Nilo sorprende agradablemente a los soldados. Aprecia el ser liberada del yugo de los mamelucos. Primero intrigada por los trabajos de los sabios, pronto comprende su sentido profundo y su interés. Se mezcla con la tropa y coopera en la medida de sus medios.

Alto del ejército francés en Syena en el Alto Egipto, el 2 de febrero de 1799
Cuadro (1812) de Jean-Charles Tardieu (1765-1830) que representa una de las escenas en las que soldados franceses graban sobre las ruinas sus nombres y hazañas por la « ruta de París a Syena ».

Uno de los sabios franceses más brillantes, Villiers du Terrage, dejó un elocuente testimonio de la fabulosa aventura de Desaix en el alto Egipto: «En Esné, había en la extremidad septentrional de la ciudad un magnífico jardín, plantado a la oriental, perteneciente a Hasán Bey. Los franceses lo habían adoptado como lugar de paseo y de reunión. Durante nuestra estancia en Esné, los principales jeques de la ciudad nos dieron un convite cuya singularidad y la franca alegría que reinaron me impidieron olvidar. Me recordó muy exactamente las descripciones que han llegado hasta nosotros de esas suertes de fiestas donde los pueblos antiguos del Oriente. (…) Todos los oficiales de la guarnición y los principales habitantes de la ciudad fueron convocados en el jardín. La gran alameda, en todo su largor, estaba cubierta de tapetes sobre los cuales la cena fue servida. Alrededor de dichos tapetes se sentaron en el suelo, en desorden, los franceses y los musulmanes, y, por muy poco que estuvieran instruidos los egipcios de la lengua francesa, y los franceses de la lengua árabe, la conversación no languideció en ningún momento (…) Los habitantes de Esné eran naturalmente dulces (…). Una parte de la bravía 21a semi-brigada ligera, después de haber vencido a los mamelucos, gozaba en Esné de la paz que había conquistado y muchos soldados hallaban tanto placer como provecho ene ejercer sus antiguos oficios (…). Los jóvenes egipcios se ponían en aprendizaje con nuestros obreros. Los usos, las costumbres, el lenguaje se mezclaban al grado de hacernos creer que pronto estarían confundidos.
El año VIII de la República, fiesta de nuestra Patria, fue celebrado con gran pompa en una de las salas del palacio de Luqsor. Impresionados de lo que tenía de maravilloso este conjunto de ruinas, los generales y los mismos soldados le rindieron el más bello tributo de admiración. El general Belliard arengó a las tropas en medio del más vasto palacio de Tebas. Entonces se renovaron los gritos de victoria et de alegría, y esas ruinas, desde hacía tanto tiempo bajo la advocación del silencio, retumbaron con el ruido repentino de esos rayos de bronce que jamás se habían hecho oír en este recinto».
Otro admirador añadió: «En la noche, los templos fueron iluminados, y, hasta que despuntó el día, se vio a los jinetes de Desaix, mezclados a los campesinos tebanos, bailar la farándula en torno a los carneros de Amón y los gavilanes de Horus…».

En resumen, por él mismo, Desaix condujo en el alto Egipto una epopeya dentro de la epopeya. Napoleón le manifestará su viva admiración.
Pero la evolución de la situación militar lo hace volver a las duras realidades de la guerra…

 

EL DESASTRE NAVAL DE ABUKÍR

Después de haber enviado a Desaix en el alto Egipto, el general Bonaparte en persona se había lanzado a la persecución del bey Ibrahim en el Sinaí. Es en Belbeis, el 14 de agosto solamente, cuando se entera del desastre naval de Abukír, acaecido el 1º de agosto. ¿Qué fue lo que pasó?

A su salida de Alejandría para El Cairo, Bonaparte no se desinteresa evidentemente de la suerte de la escuadra, garante de sus comunicaciones con Francia. Da al almirante Brueys la directiva de colocarse fuera del alcance de la flota inglesa que no puede dejar de regresar de un momento a otro. No teniendo ya necesidad de sus servicios por ahora, le sugiere incluso ponerla al abrigo en Malta o en otra parte. Ya sea por pusilanimidad, o por error de juicio, Brueys decide abrigar los bajeles de línea en la bahía de Abukír, dejando los navíos de transporte en Alejandría.
Protegido al norte por un islote separado de la costa por un banco de arena, el abrigo parece a primera vista muy seguro y propicio a una defensa en línea frente a alta mar. Para incrementar el poder de fuego de los bastimentos, se refuerza los puentes que dan sobre alta mar en detrimento de los que dan del lado de la orilla.
Brueys sobrestima el valor de la posición al grado de olvidar informarse por medio de reconocimientos. Agrava su negligencia dejando partir a tierra a un gran número de permisionarios.

Enterándose el 24 de julio que estaba todavía en Abukír, el general Bonaparte envía a Brueys un mensajero que lleva la orden de aparejamiento inmediato. Esta orden, que todavía habría podido salvar todo, no llega a su destinatario, al ser el mensajero interceptado y masacrado.
Y la tragedia se trama el 1º de agosto durante la velada. La escuadra de Nelson llega a la vista de Abukír hacia las dieciocho horas, sorprendiendo totalmente a Brueys. Nelson entabla inmediatamente el combate, portando todos sus esfuerzos al norte sobre la vanguardia francesa. Las fuerzas en presencia son en teoría más o menos equivalentes. Trece navíos y cuatro fragatas para Brueys, catorce navíos y un bricbarca para Nelson. El abrigo de Abukír no tarda en mostrar cuan ilusorio era. Lo ingleses, por suerte o por olfato, descubren un paso entre el islote y la línea francesa, se infiltran a través de él y desbordan por el norte a la línea de Brueys. La flota francesa es tomada entre dos fuegos, con exclusión de la retaguardia, comandada por Villeneuve. Ambas escuadras se libran a un cañoneo encarnizado de una quincena de horas, entrecortada por breves periodos de calma.
Hacia las veintidós horas, el navío francés « Orient », armado por un equipaje de unos mil hombres, explota como una granada, provocando graves estragos colaterales a otros bastimentos franceses. Con el « Orient » se pierden igualmente todos los tesoros tomados en Malta.

El «Orient» explotando en la bahía de Abukír, 1 de agosto de 1798
El buque de guerra Orient era nada menos que el legendario Dauphin Royal, navío de primer rango de tipo Océan, joya de la antigua armada naval real, y al cual la república había cambiado el nombre al apoderarse del gobierno de Francia. Para darnos una idea de su poderío de guerra, imaginemos que él solo, con sus 118 cañones, estaba literalmente más armado que todo el ejército de Italia. La fenomenal explosión de este navío, consecuencia de un incendio previo, probablementede las velas, fue tan intensa e impresionante que fue visible a 20 km de distancia y se convirtió, manteniéndose así hasta nuestros días, en una referencia en materia de catástrofes marítimas. Su capitán, Luc-Joseph-Julien Casabianca, muere heroicamente manteniendo su puesto en una nave sin embargo ya condenada por las llamas, así como su hijo de 12 años quien se niega a abandonar a su padre. El almirante Brueys también fallece en la refriega, combatiendo sin una pierna que le fue arrancada por una bola de cañón. Óleo de Arnald George (1763-1841).
La ciudad de El Cairo tal como la encontraron los franceses a su llegada. Dibujo del sabio Nicolás Conté (1755-1805), miembro de la expedición.

Entonces es el alalí. Los únicos que pueden escapar son dos bajeles y dos fragatas de la retaguardia, con los almirantes Villeneuve y Decrès. Todos los demás navíos franceses están destruidos, con excepción de dos que los ingleses incorporarán a su flota después de ser reparados. La escuadra británica está muy dañada también,. Herido en la cabeza, Nelson cree por un instante que su última hora ha llegado.
Las pérdidas humanas son tres veces más importantes del lado francés, donde se deplora a más de mil muertos y heridos.
A falta de poderlos guardar, los ingleses abandonan a su suerte en la costa desértica a tres mil prisioneros.
Todos los eventos trágicos revelan héroes y cobardes. El desastre naval de Abukír no deroga la regla. De manera general se ha combatido con bravía de ambos lados. El almirante Brueys halló la muerte en su puesto que no abandonó a pesar de sufrir numerosas heridas. Dupetit-Thouars, comandante de «le Tonnant» (el Tonante), quien había preconizado en vano un aparejamiento de la flota, pierde una pierna, arrancada por una bola de cañón. Se hace transportar sobre un barril de salvado para frenar la hemorragia y continúa comandando su bastimento hasta su muerte. ¡Quitémonos el sombrero!
Sobre el «Orient» se lleva a cabo antes de la explosión una escena de tragedia antigua. El comandante Luce de Casabianca tiene a su servicio como grumete a su hijo Giocante, de unos diez años de edad. Viendo el incendio acercarse al almacén de pólvoras, le ordena dejar el navío con la tripulación. Giocante se niega de golpe y se precipita a los brazos de su padre. De esa forma entra en la leyenda algunos instantes más tarde. La Marina Nacional perpetuará la memoria de eso dos héroes corsos dando su nombre a uno de sus bastimentos. Feliz guiño de la Historia, el submarino Casabianca, escapado del catastrófico barreno de la flota del 27 de noviembre de 1942 en Tolón, jugará un papel eminente en la liberación de Córcega en 1943…
Pero, junto a múltiples actos de bravura, se debe deplorar que un cierto número de navíos franceses haya arriado bandera antes de lo necesario. ¿Y qué pensar de la actitud de Villeneuve? No hizo nada por captar las señales de Brueys ordenándole poner en acción la retaguardia sobre el flanco inglés, y asistió pasivamente durante horas a la masacre de sus camaradas. Salvó así, es verdad, cuatro bastimentos... Y, pobre consolación, capturará al sur de Creta al navío británico que transportaba a Inglaterra el botín de guerra de Abukír.
De ahora en adelante, Inglaterra gozará de la supremacía marítima en el Mediterráneo.

 
Dos estampas de la epopeya: Bonaparte visitando un mercado en El Cairo, 1798, por Maurice Henri Orange, y a la derecha, Visita a las tumbas de las pirámides, en un heliograbado de E. le Deley, hacia 1900.

La noticia del desastre aterra a Bonaparte, pero no deja ver nada a su entorno. Vuelve de inmediato al Cairo. Ahora que todo el ejército está prácticamente prisionero en Egipto, hay que darle razones de tener esperanza para remontar el moral caído brutalmente a lo más bajo. Junta a las tropas y las arenga largamente. Hace valer que el ejército posee todavía los barcos de transporte en Alejandría y que existe siempre en Francia una flota del Atlántico. Además, el ejército de Egipto es numeroso y victorioso en vastas regiones en el cruce de África y Asia. Puede hacer grandes cosas y hasta fundar un imperio. La magia oratoria de Bonaparte opera de nueva cuenta. Logra en la medida de lo posible reconfortar a toda su gente.
Fundar un imperio… He aquí que el sueño concebido en Áncona, y que conserva siempre en reserva mental, recibe una suerte de aliento con el aislamiento provocado por la pérdida de la flota. El proyecto se precisa en su mente. Rebasando la diversión estratégica que opera en Egipto como general, imagina constituir como « Sultán el-Kebír » un vasto conjunto árabe, liberado de la dominación otomana y amigo de Francia. El Cairo se convertiría en la capital de una federación que se extendería de Bagdad a Marruecos. Ya tiene el apoyo del jerife de la Meca y del sultán de Mascate para la leva de un Ejército Árabe de Liberación.
La condición sine qua non de este proyecto es la caución del Islam, lo cual explica su política religiosa que se extiende mucho más allá de Egipto. En efecto, mantiene una correspondencia continua con el califa de Constantinopla, con el jerife de la Meca cuyos peregrinos protege, con Siria, los beys de Trípoli y de Túnez, con el dey de Argel y el pachá de Acre. Cuenta con entrar pronto en contacto con el sultán del Darfúr, el sultán de Marruecos y el de Misora, Tippoo Sahib, enemigo jurado de los ingleses. Tal es en sus grandes rasgos el famoso «sueño oriental» del joven general Bonaparte.
Seguramente, Napoleón piensa en Alejandro en ese instante preciso. Pero su imperio imaginario se distingue totalmente del de Alejandro en lo que se refiere al móvil y a las modalidades. Alejandro fue esencialmente un conquistador. Su objetivo fue imponer por la fuerza la civilización griega a poblaciones más dominadas que asociadas. Por lo mismo, su imperio no le sobrevivió. Napoleón apunta al contrario a la activa participación de los pueblos a su liberación de un yugo extranjero. Como heredero convencido de las Luces, su objetivo es la emancipación y su método la auto administración, el protectorado humanista en vez de la anexión brutal.
Y, en todo caso, el efecto de la diversión estratégica está asegurado, cualquiera que sea la evolución del «sueño».

Por ahora, debe evadirse de él para hacer frente a las dificultades del momento. Pues el desastre de Abukír constituye un excelente asunto para sus enemigos. Antes de explotar la nueva situación en el ámbito militar, van a intentar una operación de subversión interna en Egipto.

 

LA SANGRIENTA INSURRECCIÓN DE OCTUBRE

Al tener noticia del desastre de Abukír, el pueblo egipcio conserva su quietud, al menos en apariencia. Para dar el pego, Bonaparte organiza múltiples festividades durante un mes.
La entrada de Dupuy al Cairo
Por Jean-André Rixens
Pero los agentes secretos y agitadores ingleses y turcos redoblan de activismo, estimulados por la declaración de guerra de la Sublime Puerta a Francia. Disfrazados de mendigos o de negociantes, recorren el valle del Nilo. Por doquier, excitan el fanatismo religioso de las poblaciones. Sus manifiestos presentan a os franceses como infieles rufianes, irrespetuosos de todas las religiones y no solamente del Islam. Hacen un llamado a la guerra santa.
Acompañadas de discretas sumas de dinero, sus violentas imprecaciones logran influenciar hasta a los ulemas de Al-Azhar.
Prendida en Alejandría y en el delta, la insurrección llega rápidamente al Cairo. En la noche del 20 al 21 de octubre, una treintena de notables se reúnen en secreto en la mezquita Al-Azhar y ponen a punto las modalidades de la sublevación. El día siguiente al alba, los muecines exhortan a la población al jihad (Guerra Santa) desde sus minaretes. Muy rápidamente la ciudad entera se inflama. Una turba de fanáticos crueles y llenos de odio se arma con machetes y se esparce en los barrios. Masacra sin distinción a los negociantes europeos y a todo militar que es sorprendido. Los musulmanes sospechosos de colaboración con los franceses sufren la misma suerte. Agentes provocadores encuadran abiertamente a la masa desencadenada. En menos de una hora, la ciudad entera se encuentra en estado de revuelta abierta. Beduinos de los alrededores llegan para reforzar el levantamiento.
El general Dupuy, que comanda la plaza del Cairo, es uno de los primeros en morir. Apenas informado, el general Bonaparte da la orden a todas las tropas de recuperar la ciudad sin miramientos. Al llevar sus directivas, su muy apreciado ayuda de campo Sulkowski es masacrado a su vez.
El orden no es restablecido hasta fines de la segunda jornada de tumultos con la capitulación de la gran mezquita, cañoneada por varias horas.
La rebelión cuesta la vida a trescientos franceses, entre los cuales numerosos sabios y oficiales eminentes. Los insurgentes cuentan más de tres mil muertos. El ejército francés acaba de hacer la demostración de su fuerza, lo cual, en la mentalidad local, suscita respeto.
El general Bonaparte concluye el asunto al estilo oriental, mostrándose a la vez clemente y despiadado. En revancha, en aplicación de la ley islámica local, los instigadores y todos los prisioneros cogidos en delito flagrante de asesinato o de pillaje son ejecutados públicamente. Sus cuerpos, echados al Nilo, son acarreados hacia el mar.
Conforme a sus costumbres, este tratamiento fiero impresiona la imaginación de la población musulmana. El rumor corre entre el pueblo que Alá es favorable al «Sultán el Kebír», que se le apareció para darle su aprobación de castigar al pueblo criminal de el El Cairo…

Ocho días más tarde todo ha vuelto al orden, tras algunas medidas de reorganización de la administración.
No obstante, al tanto de la versatilidad de los orientales, el general Bonaparte manda construir por precaución toda una serie de fuertes alrededor de El Cairo para tener a la ciudad en respeto.
Habiendo fallado la intentona de la insurrección popular, Inglaterra y la Sublime Puerta van entonces a consagrar sus esfuerzos a una invasión militar de Egipto, nueva prueba, como si fuera necesaria, de que la intervención de Francia en Egipto causa un gran problema al imperialismo británico.

La revuelta del Cairo, 21 de octubre de 1798
El marco en el que estalla la insurrección de octubre es el de una población delirante por el fanatismo intencionalmente enardecido por agentes ingleses, la inquietud debida a los rumores de una guerra efectivamente declarada a Francia por el sultán de la Sublime Puerta, Selím III, y la amenaza de una conjura en proceso felizmente descubierta a tiempo; su objetivo era raptar al general Bonaparte, llevarle preso a Alejandría, y una vez allí obligarle a doblegarse ante las autoridades inglesas, haciendo entrega de Egipto y sus tesoros a Inglaterra a cambio del regreso a salvo del ejército a Francia. Óleo de Girodet de Roussy-Trioson (1767-1824)

 

3 – LA PERTINAZ DEFENSA DE LA CONQUISTA

 

En el momento de la concepción de la expedición, había sido convenido con Talleyrand que una misión diplomática conducida por él mismo se dirigiría a Constantinopla para tratar de ablandar a la Sublime Porte y apartarla de una alianza británica. Talleyrand no hizo nada. Sin duda estimó que las magras oportunidades de éxito no valían el menor riesgo personal. Hay que reconocer que, falta de otra moneda de cambio que la retórica diplomática, la misión estaba condenada al fracaso. Para el sultán de Constantinopla, el mantén de una soberanía sobre Egipto, así fuera teórica, valía evidentemente más que una oferta de protectorado y sus riesgos de contagio a sus demás provincias. El conflicto con el imperio otomano era inevitable, así como una alianza anglo-turca, firmada ésta en diciembre de 1798, ella misma precedida por una alianza ruso-turca algunos días antes.

Bonaparte perdona a los insurrectos del Cairo, 23 de octubre de 1798
Bien al tanto de la forma de proceder de adalides mahometanos como El-Djezzar o Abu Dahab, quien dos décadas antes había castigado brutalmente la ciudad de Jaffa con el fin de inspirar terror a toda la comarca, Napoleón, en diversas ocasiones a lo largo de la expedición de Egipto (El Cairo, Jaffa), procederá a la manera de los musulmanes, con algunas diferencias de peso sin embargo, como el hecho de someter situaciones e incriminados a juicios y procesos a través de una comisión militar, previamente a toda acción. Semejante actitud ha sido descrita como injustificable, pero no fue diferente a la del general de Gaulle para con los Nazis durante la II Guerra Mundial, previniéndoles que los prisioneros alemanes sufrirían el mismo trato que el que se les infligiera a los prisioneros de la Francia Libre... En nuestra imagen, ante la violencia de la represión ejercida por el ejército francés en El Cairo, los insurrectos se prosternan ante el Sultán El-Kebír pidiendo perdón y simbólicamente arbolando cucardas tricolores. Magnánimo, éste les concede el perdón, pero les prohibe el porte de la insignia, decretando que son « indignos de dicho privilegio ». Óleo de Pierre-Narcisse Guérin (1774-1835).

A principios de 1799, dos amenazas militares pesan sobre: una invasión terrestre proveniente de Siria, y un desembarque en el delta del Nilo, ambas pudiendo combinarse. Según los informes recibidos, la primera es inminente. Más tardada para ser montada, la operación marítima en el delta deja al ejército francés un cierto descanso.
Conforme a sus principios, la concepción estratégica del general Bonaparte consiste en aniquilar lo más lejos y lo antes posible la amenaza terrestre, luego, en volver rápidamente a Egipto para rechazar hacia el mar cualquier invasión marítima. ¡Para ello precisa actuar rápido!

 

UNA PRIMAVERA EN PALESTINA

Un cuerpo expedicionario, el «ejército de Siria», es constituido con las divisiones Reynier, Kléber, y Bon. Lannes y Murat forman igualmente parte de él, es decir, en total, trece mil hombres. En previsión de la resistencia de las plazas fuertes, el almirante Pérée embarca la artillería de sitio en una decena de barcos de transporte, escoltados por tres fragatas supervivientes de Abukír. Su misión es acompañar al ejército a lo largo de la costa, en condiciones de desembarcar los cañones a petición.

Retrato de Ahmed Djezzar, el Carnicero, pachá de Acre y de Saida (1804).
Este hombre, verdaderamente extraordinario por su crueldad, había nacido en Bosnia. Habiéndose vendido él mismo, en su juventud, a un mercader de esclavos (…) murió en mayo de 1804, dejando tesoros inmensos. Relataremos aquí el retrato que un viajero inglés, que visitó Acre en 1801, hace de ese pachá; contiene muchos trazos que le harán conocer bien: « Djezzar era a la vez su ministro, su canciller, su tesorero y su secretario, a menudo incluso su cocinero y su jardinero, y algunas veces juez y verdugo… El interior del harem de Djezzar era inaccesible para todo el mundo, salvo para él. No se conocía el número de sus mujeres; las que entraban una vez en aquella prisión misteriosa estaban perdidas para el mundo: no se oía más hablar de ellas. Se las enviaba la cena por una torre a la entrada del harem: si una de ellas enfermaba, Djezzar llevaba un médico a esa abertura; la enferma presentaba su brazo para que el médico tomase su pulso; enseguida el tirano se la llevaba, y nadie sabía lo que era de la enferma. En las antecámaras, se veían domésticos mutilados de todas las maneras: uno había perdido una oreja, otro un brazo, otro un ojo. Los ingleses fueron anunciados por un judío, otrora su secretario, que había pagado una indiscreción con la pérdida de una oreja y un ojo. Después de un peregrinaje de La Meca, Dezzar mató con su propia mano a siete mujeres de su harem, sospechosas de infidelidad. Tenía sesenta años; pero su vigor era aun el de un hombre en la fuerza de la edad. (…) portaba el traje de un simple árabe, y su barba blanca bajaba sobre su pecho. En su cintura, llevaba un puñal adornado con diamantes, como marca de honor de su gobierno (…) Podríamos relatar aquí múltiples trazos de la barbarie de este pachá, que se glorificaba del apodo de Djezzar, y se esforzaba por justificar su aplicación. El barón de Tott nos indica que mandó emparedar a cantidad de personas del rito griego, para defender Beirut de la invasión de los rusos; hizo reconstruir el recinto. Durante su viaje a las costas de Siria, se veían todavía las cabezas de esas desdichadas víctimas, que el carnicero había dejado al descubierto a fin de gozar más con sus tormentos. J-N. (Jourdain) Biografía universal antigua y moderna, tomo XI; Michaud..
 

Bonaparte tiene algunas dificultades para convencer a sus subordinados de lo bien fundado de esta nueva expedición a través de parajes difíciles. ¿No es menos fatigante y más seguro esperar al enemigo a pie firme? – objetan. Termina por hacerles entender que en la guerra siempre es más económico adelantarse y sorprender al enemigo antes de que esté bien listo. Por lo demás eso procura un espacio de maniobra más profundo y, tercera ventaja, es el territorio enemigo el que sufre daños colaterales intrínsecos a toda guerra. Hallamos aquí un principio intangible del arte de la guerra de Napoleón.
Las primeras salidas tienen lugar el 24 de enero de 1799. La progresión se hace difícil, ora por la arena, ora por la lluvia.
El 9 de febrero en El Arich, se produce la toma de contacto con el ejército otomano del pachá de San Juan de Acre, El Djezzar, llamado – entre los mismos musulmanes (...) – «el carnicero», y cuyo apodo resume la crueldad legendaria. En efecto, el pasatiempo favorito de este «humanista», que nunca tomaba prisioneros, es la exterminación sistemática de los cristianos con los procedimientos más atroces, siendo la decapitación su modo favorito. En esas condiciones, los franceses saben de inicio que la confrontación será sin piedad. ¡Y estarán servidos!

Por medio de una hábil maniobra nocturna, Reynier saca provecho brillantemente de este primer enfrentamiento. Luego Gaza cae el 24 de febrero después de un breve combate.
El 3 de marzo en Jaffa, las cosas comienzan a ponerse serias. Conformemente a la costumbre local, el general Bonaparte despacha un emisario al comandante de la plaza para ofrecer a la guarnición la vida salva a cambio de la capitulación. En caso de rechazo, no habrá cuartel. Es la despiadada y única regla en vigor en la guerra en curso.
Por toda respuesta, se expone ostensiblemente sobre las murallas la cabeza cortada del mensajero. ¡Esta provocación bárbara no está encaminada a suscitar compasión! Las cosas están claras en su terrible simplicidad. No habrá piedad alguna ni de un lado ni del otro.
La plaza resiste durante dos días de combates feroces. El saqueo de la ciudad es espantoso. Los soldados franceses conservan el recuerdo de la horrible masacre de cientos de los suyos cuando la insurrección de El Cairo. Piensan también en la suerte reservada a los rezagados y perdidos, salvajemente asesinados después de abominables torturas y mutilaciones. En estas condiciones, van a desatarse contra la guarnición y los habitantes que tomaron las armas. En semejantes circunstancias, es imposible evitar derrapes odiosos. Al menos los oficiales tratan de limitarlos interponiéndose, conformemente a las instrucciones que para ello les ha dado el general Bonaparte. Así, entre tantos otros, el general Robin no vacila, poniendo en riesgo su propia vida, en arremeter contra a sus propios soldados para detener los desbordes.

Napoleón y su estado mayor en Egipto
A inicios de 1798 Napoleón y su ejército salen hacia la campaña de Siria, emprendiendo una travesía por las dunas mismas donde en tiempos bíblicos los israelitas habían errado durante cuatro décadas. En un mes, bajo un sol candente, asediados por el enemigo y librando batallas en todo el trayecto, habrán recorrido los 700 kilómetros que separan a El Cairo de San Juan de Acre, la antigua Ptolemaida. Pintura de Jean-Léon Gérôme (1824-1904).

Es en estas circunstancias atroces que se desarrolla la tragedia de la ejecución de unos 2,500 prisioneros turcos, en su mayoría albaneses.
Últimos resistentes refugiados en la ciudadela, su suerte ya estaba sellada en virtud de su negativa de capitular. Justo antes de su aplastamiento, Bonaparte envía de cualquier forma a Eugenio de Beauharnais y a otro ayuda de campo, Crozier, «para calmar en lo posible el furor de los soldados». Apenas perciben sus signos distintivos, los sitiados demandan rendirse, a condición de tener la vida salva. No escuchando más que sus buenos sentimientos, a pesar de la sentencia de muerte tácita pronunciada contra los combatientes, los dos oficiales aceptan su rendición y los conducen al campo francés.
¡Pavoroso malentendido! Bonaparte no había enviado a sus ayudas de campo más que a salvar a las mujeres, los niños y los viejos, y no para hacer una excepción en lo que concierne a los combatientes.
Helo aquí puesto ante un terrible caso de conciencia. La aceptación de la medida de clemencia de sus ayudas de campo sería incontestablemente considerada por su intratable enemigo como una marca de debilidad de alma, susceptible de incitarle a una resistencia a ultranza. Las operaciones que están por venir se verían comprometidas.
Desde un punto de vista práctico, esta masa humana es imposible de administrar. Su vigilancia reclama guardias que disminuirían de otro tanto los efectivos ya insuficientes de los combatientes. La grave penuria en víveres que causa estragos no permite su subsistencia. Un intercambio negociado con el ominoso El Djezzar ni siquiera es pensable. El abandono puro y simple en ese lugar, en pleno desierto, equivaldría a condenar a esos hombres a una abominable muerte lenta o a que los supervivientes volvieran a encontrarlos posteriormente como combatientes...
En interés superior de su misión, Bonaparte debe pues decidirse a ejecutar en frío y de manera diferida una condena a muerte que, de todas formas, habría sido aplicada sin dilema moral en el fragor de la acción.
A pesar de ello, el General no toma esta cruel medida arbitrariamente, sino que somete el caso a la aprobación de su alta oficialidad, obtenida tras una larga deliberación en consejo de guerra. La decisión es sometida a la opinión de cada uno. Una primera sesión se termina sin resultado. Dos reuniones más tampoco hacen avanzar las cosas. Finalmente, en una última y larga asamblea a la que son convocados todos los generales de división, se resuelve lo inevitable. Sobrevino entonces una atroz hecatombe sobre la cual no es necesario explayarse…

Masacres de Jaffa
Para explicar su inesperada decisión, recuerda Bourrienne, los ayudas de campo se justificaron diciendo al general en jefe que éste les había recomendado detener la matanza. « Sí, sin duda, replicó con fuerza el general en jefe, para las mujeres, los niños, los viejos, los habitantes apacibles, pero no para soldados armados; había que morir y no traerme a estos desdichados. ¿Qué queréis que haga con ellos? » Sin agua ni víveres suficientes para alimentarlos, sin navíos para embarcarlos, sin medios para desalojarlos a Egipto, las deliberaciones no llegan a ninguna decisión y se plantea entonces la posibilidad de liberarlos llanamente. Esos hombres irán de inmediato a San Juan de acre a reforzar al Pachá, o bien se echarán a las montañas de Naplusa, nos harán mucho daño en la retaguardia y sobre nuestro flanco derecho, y nos darán muerte por precio de la vida que les habremos dejado. Eso es incontestable. ¿Qué es un perro cristiano para un turco? Eso será incluso para ellos un acto religioso y meritorio a los ojos del Profeta. Así, después de tres días de deliberaciones intensas y la unanimidad del comité, el consejo de guerra se pronuncia por la más «horrible necesidad». El general en jefe, siempre según Bourrienne, «fue uno de los que tal vez vieron la masacre con más dolor». Después de los eventos, Napoleón escribe al Directorio: «jamás la guerra me ha parecido tan horrorosa», refiere Ségur. Caricatura propagandística inglesa.

Decididamente Jaffa no es portadora de dicha para el ejército. Una epidemia de peste se declara y se extiende. Algunos estarían tentados de ver en ella la manifestación de un castigo inmanente. De hecho, los primeros casos habían aparecido en Alejandría antes de la partida, y Bonaparte esperaba que la enfermedad no los seguiría. ¡El Djezzar y los ingleses no podían esperar mejor aliado! La moral del ejército cae a su grado más bajo, a pesar de la dedicación y la competencia del médico en jefe Desgenettes y de su personal.
Un gran golpe psicológico se impone para hacer que la máquina se eche a andar nuevamente. Para mostrar ostensiblemente que el contagio no es una fatalidad, el general Bonaparte visita prolongadamente el hospital, buscando el contacto de los enfermos. En un cuarto muy asestado, ayuda a transportar el cadáver de un soldado manchado por el estallido de un enorme bubón. Sin duda es un gesto teatral, pero no vacila en hacerlo a costa de su vida. A decir verdad, habitado por un poderoso sentimiento de invulnerabilidad, la idea de la muerte ni siquiera le viene a la mente.

Bonaparte visitando a los apestados de Jaffa
Otra estampa para la leyenda: deseoso de impedir el pánico, de reconfortar y de infundir valor en sus hombres, Napoleón decide dar el ejemplo visitando a los enfermos en los hospitales, que en los peores casos son ya meros morideros. Recorriendo el hopital del monasterio armenio de la ciudad, y tras quitarse el guante, el joven héroe toca el bubón purulento de un desahuciado, mientras otros enfermos tratan de acercársele. En otra ocasión, « Bonaparte ayudó a levantar el cadáver horroroso de un soldado, cuyas ropas estaban ensuciadas por la abertura repentina de un bubón abscedado », relata Desgenettes, cirujano en jefe del ejército de Oriente. Desde un punto de vista simbólico, esta composición, presentada en 1804, año de la Consagración del Emperador, reviste una importancia particular, pues es una evocación de la tradición de sanación taumaturga de las escrófulas por los reyes de Francia, que tocaban a los escrofulosos a fin de curarlos. Óleo de Antoine-Jean Gros (1771-1835).

Rápidamente conocida por todos, la temeridad del general en jefe produce el efecto mágico buscado. Un pequeño milagro se produce. La confianza renace inmediatamente en todo el ejército. El valor resulta ser a fin de cuentas más contagioso que la peste, y el ejército se vuelve a poner en marcha…
El 19 de marzo, la vanguardia llega a la fabulosa fortaleza de San Juan de Acre, poderosamente armada y comandada por El Djezzar en persona. Aquí, se aborda los altos lugares del Cristianismo. El ejército francés pone sus huellas sobre las de los Cruzados que no habían podido apoderarse de esta plaza fuerte en 1189 más que después de tres años de sitio. La gran hora del Destino de Napoleón acaba de sonar. Durante dos meses, la Historia va a balancear…

Sitio de la fortaleza de San Juan de Acre
Apoyado por los ingleses, el ejército otomano de Ahmed Pachá, apodado Djezzar (“el carnicero”), quien en añadidura ha recibido refuerzos reclutados en Bosnia y en Albania, rechaza salvajemente los ataques de las fuerzas francesas, que se baten valerosamente a pesar de no contar con su artillería de sitio. Es tal la importancia geopolítica y económica de esta fortaleza, la antigua Ptolemaís, que el 18 de marzo de 1799 Napoleón exclama «si San Juan de acre cae, seré mañana emperador de todo el Oriente». Dibujo de W. Hearth.
 
Defensa de la brecha de San Juan de acre por sir William Sidney Smith
Junto con el capitán Miller y Phélippeaux, Sir William Smith (1764-1840) llega a la fortaleza de San Juan de Acre, primer puerto comercial del Mediterráneo oriental y objetivo principal de la expedición, donde es recibido por el cruel Djezzar Pachá, quien se ha encerrado en ella tras masacrar a toda la población cristiana. Smith comanda la división naval inglesa que se apodera de la indispensable artillería de sitio de Bonaparte, dificultando grandemente las operaciones francesas. Grabado romántico.

El asunto se presenta mal. Las fortificaciones están adosadas a la mar en un tercio de su perímetro. Dos navíos y múltiples otros bastimentos británicos están anclados en el puerto con algunas naves artilleras turcas. El comodoro británico Sidney Smith ejerce el comando al mismo tiempo que las funciones de influyente consejero militar de El Djezzar. Bonaparte ya conoce a Sidney Smith por haberle derrotado en Tolón en 1793. Capturado un poco más tarde, se había evadido con la ayuda de un traidor, un cierto Antoine Le Picard de Phélippeaux, el enemigo jurado del joven Bonaparte en la Escuela Militar, luego, pasado con el enemigo en el ejército de Coblenz... Los dos comparsas no se dejaron más. Phélippeaux siguió a Smith a San Juan de Acre y comanda la artillería de El Djezzar contra el ejército de su propio país.

Un nuevo sinsabor marítimo aguarda a Bonaparte. La flotilla que transporta la artillería de sitio es capturada por Smith, y las piezas son vueltas contra los franceses en las murallas de Acre. ¡Un colmo de la felonía de Phélippeaux!
Como respuesta a una nueva oferta de paz, El Djezzar masacra bestialmente a centenas de cristianos de la ciudad - que nada tenían que ver con el asunto - sin una sola protesta de Smith y de Phélippeaux.
Bonaparte no tiene opción. A pesar de la ausencia de artillería de sitio, en especial las grandes piezas de 24 que le permitirían romper las murallas, comienza el 28 de marzo una serie de asaltos costosos. Tras muchos días de bombardeos y de minages, los atacantes están a punto de llevarse la victoria. Un grupo de asalto comandado por Mailly de Chateaurenaud llega hasta el torreón y arranca el pabellón otomano. Este héroe es el hermano del parlamentario decapitado de Jaffa.

Invadido por el pánico, El Djezzar se precipita al puerto a bordo de una galera turca con su tesoro. Pero las tropas que deben apoyar a Chateaurenaud, estorbados por una contraescarpa, son barridos por un contraataque. Aislado, Chateaurenaud se bate hasta la muerte con su destacamento. El ataque fracasa y El Djezzar regresa a su palacio. Dos días más tarde, se permite una salida, captura algunos prisioneros y los hace estrangular con ostentación.
Muchos otros asaltos infructuosos se suceden los días siguientes.

LA SOBERBIA VICTORIA DEL MONTE THABOR

En esos momentos, Bonaparte se entera de que el imponente ejército del pachá de Damas, Abdallah, se vuelca sobre Acre para tomar al ejército francés de revés. Despacha a Murat a la cabeza de una columna móvil de mil hombres sobre el Jordán en Yacub, al norte del lago de Tiberiades. Cayendo como el relámpago sobre la vanguardia, Murat la vence, surge en el campo del hijo del pachá, y se apodera de su artillería y de un botín considerable. ¡Santo Murat!
Para reforzar su cobertura, el general Bonaparte manda ocupar Nazareth al sudeste por Junot con trescientos soldados de infantería y cien jinetes. Frente a Caná, el 6 de abril, Junot cae sobre un destacamento turco de más de dos mil hombres. Formándose en cuadro, resiste atrevidamente a sus asaltos durante muchas horas.

Jean-Andoche Junot.   Joachim Murat.   Jean-Baptiste Kléber.
A la izquierda y la derecha respectivamente, los generales Jean-Andoche Junot, futuro duque de Abrantes (1771–1813), y el general Jean-Baptiste Kléber (1753–1800) retratados por André Dutertre durante la campaña de Egipto. Al centro, el general Joachim Murat durante la batalla de Abukír, detalle del cuadro más tardío del mismo título por Antoine-Jean Gros (1806)

Enterándose del asunto, el general Bonaparte envía el 10 de abril a división Kléber al rescate. Hace pedazos una nueva vanguardia de siete mil hombres del pachá de Damas sobre la colina de Lubyeh, luego se instala con Junot en Nazareth. Entre los dos no rebasan los 2500 hombres.
El grueso del ejército damasquino, treinta mil hombres y una excelente caballería, se dirige hacia el sur con la intención de cortarlos del mar. Para salirse del avispero, Kléber concibe una audaz maniobra. Decide filtrarse por medio de una marcha nocturna entre el enemigo y el Jordán y caer por sorpresa al alba sobre su campo.
Envía una estafeta para informar al general Bonaparte.
Pero las cosas no pasan como previsto. Los guías se pierden y cuando Kléber llega a la altura del campo enemigo, ya la mañana está muy entrada en este 16 de abril de 1799. La sorpresa ya no interviene y los franceses se encuentran rodeados por una multitud al sudeste del monte Thabor. La situación se torna crítica y la resistencia no podría prolongarse mucho.
El mensaje de Kléber es entregado el 15 de abril hacia el medio día al general Bonaparte, que adivina inmediatamente que su maniobra está destinada al desastre. Le es preciso volar en su ayuda sin perder un minuto. Reúne instantáneamente las fuerzas disponibles que tiene a la mano, en especial la división Bon, algunos jinetes y una batería de artillería. Entonces se lanza a rienda suelta hacia el monte Thabor, distante de cincuenta kilómetros. Espera estar de regreso en Acre antes de que El Djezzar se dé cuenta del debilitamiento del dispositivo de sitio. Al mismo tiempo, despacha a Murat sobre la retaguardia del enemigo con un fuerte destacamento de caballería.
El general Bonaparte marcha sin detenerse toda la noche. Al final de la mañana del 16 de abril, llega a la vista del campo de batalla. Hace seis horas que Kléber resiste a los asaltos incesantes de los otomanos, fuertes de su superioridad de doce contra uno.

Batalla del monte Thabor, 16 de abril de 1799
El monte Thabor, lugar de tan especial significado y simbolismo por haber visto la transfiguración de Cristo, está situado entre Damas, al norte, y Naplusa al sur. Es en ese escenario donde, con sus escasos 2 000 hombres, el general Kléber, a quien Bonaparte llama el Nestor del ejército, resiste con gran heroísmo enfrentándose a 25 000 jinetes otomanos que además le atacan por sorpresa. Adivinando con una increíble visión el error que cometerá el enemigo, Napoleón, contra toda espera, acude en su ayuda desde Acre y transforma la resistencia desesperada en una victoria gloriosa que le da a los franceses el control de Galilea. Pintura de Louis-François Lejeune (1775-1848).

Está a punto de jugarse el todo por el todo tratando de abrirse una salida. Es una cuestión de minutos. El general Bonaparte se da cuenta desde el primer vistazo de la urgencia de la situación. Por lo mismo, antes que tomarse el tiempo de un acercamiento discreto en vista de un ataque al improvisto, manifiesta su presencia a lo lejos por medio de una salva de artillería.
La sorpresa es general. En el campo de Kléber, « La esperanza cambia de campo y el combate cambia de alma ». « ¡He aquí nuestro pequeño cabo! » exclaman los veteranos de Italia que, de golpe, pasan a la ofensiva. Por su parte, los refuerzos cargan con fogosidad, todas sus fuerzas reunidas. Petrificados y tomados entre dos fuegos, los otomanos se desbandan y buscan su salvación en una fuga desesperada hacia Naplusa y el Jordán que, colmo de la desgracia para ellos, una tormenta hace crecer repentinamente. Muchos miles se ahogan. Los aprovisionamientos, la artillería y todas las banderas caen en manos de los franceses. Los fugitivos son perseguidos el resto de ese día y el siguiente. Son desbaratados sin dificultad. Al norte de Yacoub, Murat intercepta a los últimos huidizos y los aniquila sin piedad. El ejército del pachá de Damas no existe más.
Magnífico hecho de armas, la victoria del monte Thabor constituye una de las más bellas combinaciones tácticas de la campaña de Egipto. Ilustra de manera magistral la legendaria aptitud de Napoleón para hacerle frente a lo imprevisto. ¡La mayor parte de los historiadores ni siquiera se dieron cuenta!...

En ese instante, la fabulosa Damas se encuentra solamente a algunas horas de marcha y desprovista de defensa. El general Bonaparte está tentado de enviar a Kléber a plantar la bandera tricolor sobre la tumba de Saladino; renuncia a ello por falta de medios.
Él querría permanecer más tiempo en esos lugares cargados de Historia y espiritualidad.
Va a Nazareth y ahí ordena la realización de un Te Deum solemne en la Basílica.
No deja de lado la ascensión del monte Thabor que Nabucodonosor había subido, y donde Jesucristo se transfiguró...
Pero ya desde el 18 de abril está de regreso en San Juan de Acre donde la situación no se ha mejorado en nada.
El sitio degenera en batalla de usura, y en semejante juego los sitiadores son perdedores. El mar estándole abierto y gozando de su dominio, la guarnición recibe sin cesar avituallamientos y refuerzos, en particular muchos miles de hombres venidos de Rodas a bordo de treinta navíos anglo-turcos.
El séptimo asalto, el 8 de mayo, está a punto de tener éxito pero un contraataque lo vuelve a rechazar. El octavo y último se lleva a cabo el día siguiente, sin mayor éxito.
Las pérdidas francesas se elevan a 500 muertos y mi ochocientos heridos y enfermos. Se deplora la muerte de los lamentados generales Bon, Rambaud, y Caffarelli. Las dificultades se amontonan. La única buena noticia es la muerte por insolación de Phélippeaux el 1º de mayo, como golpeado por una suerte de justicia inmanente.
La relación de fuerzas se ha vuelto demasiado desfavorable. El general Bonaparte ya no puede retrasarse más lejos del delta del Nilo, amenazado de invasión. Le es forzoso renunciar a apoderarse de la fortaleza. Con el corazón roto, ordena el regreso a Egipto el 17 de mayo, después de una estruendosa proclama a las tropas.
Su « sueño oriental » acaba de estrellarse contra las murallas de Acre, reduciendo a nada las fabulosas perspectivas de esa primavera en Palestina.

 
Cama portatil para uso de los heridos inventada por el cirujano Larrey
A la izquierda, la estructura montada, y enseguida el interior del compartimiento para los enfermos. El nombre de este sistema, puesto a punto por el barón Dominique-Jean Larrey (1766-1842), era de hecho « ambulancia volante », y consistía en un par de canastos que colgaban de cada lado de la joroba de un dromedario. Por supuesto, su objetivo era brindar un máximo de comodidad y reposo a los ocupantes, pero a la vez acelerar de manera importante el transporte de los mismos, quienes de otra forma frenaban las de por sí difíciles marchas en el desierto y en añadidura corrían el enorme riesgo de quedarse rezagados o de perderse. En esos casos, morirían de sed o, peor aún, serían hallados por los enemigos musulmanes, quienes los masacrarían después de abominables torturas como la emasculación, el descuartizamiento o el desollamiento en vida...

La decepción es tanto más cruel para Napoleón cuanto que coronaba sus vistas orientales con el más intrépido de los proyectos: la creación de un estado judío en Palestina ya desde 1799, 150 años antes de la fundación del Estado de Israel.
Como digno heredero del Siglo de las Luces, Napoleón tomó realmente conciencia durante la guerra de Italia de la desdicha de los israelitas de Europa. Tratados como parias, estaban sometidos desde siempre a un degradante régimen de apartheid: confinamiento en ghettos, porte de un signo distintivo, prohibición de ejercer responsabilidades. Es cierto que en Francia un decreto de la Constituyente de 1791 les había acordado la completa ciudadanía, pero su aplicación fue muy imperfecta. Permitió al menos a algunos judíos servir en el ejército francés y entrar los primeros a Áncona el 9 de febrero de 1797. El general Bonaparte no recibió ahí solo la revelación de su « sueño oriental »; descubrió también el horrible ghetto de la ciudad. Le puso fin inmediatamente y se prometió tratar el problema judío a fondo en cuanto estuviera en su poder.
La operación en Palestina le proporcionó la idea de restaurar la antigua soberanía del pueblo judío en los lugares sagrados cuya propiedad espiritual se repartían con los cristianos y los musulmanes. La condición sine qua non es la toma de San Juan de Acre. Pensando lograrlo, redacta el 20 de abril de 1799 un audaz texto fundador en forma de una « Proclama a la Nación judía », enviada por el « comandante en jefe de los ejércitos de la República Francesa en África y en Asia, a los herederos legítimos de la Palestina ». El texto auténtico fue encontrado en Praga poco antes de la última guerra. Se puede leer en él especialmente: « ¡Apresuraros! Es el momento que tal vez no volverá de aquí en mil años de reclamar Restauración de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar entre los pueblos del mundo. Tenéis derecho a una existencia política en tanto que Nación entre las naciones. Tenéis derecho a adorar libremente al Señor según vuestra religión ».

La resistencia de San Juan de Acre mató en el huevo a esta gran idea. Más adelante sin embargo, Napoleón fue en Francia el primer jefe de Estado en realizar la integración de los judíos, a pesar de una oposición llena de odio. En adelante, y hasta nuestros días, no cesará de pagar a un precio exorbitante su valiente tolerancia.

Si, verdaderamente, en esa primavera de 1799 en Palestina, la Historia, en dos ocasiones, vaciló cruelmente…

El regreso a Egipto ha sido presentado a menudo como una desastrosa retirada, prefigurando la de Rusia. Hay en eso mucho de exageración. Si la progresión fue a veces extenuante, fue porque se llevó a cabo en gran parte a pie para todo el mundo, incluido para el general en jefe, ya que las monturas estaban reservadas al transporte de los heridos y los enfermos. Nunca fue inquietada por el enemigo. Se desarrolló siempre en buen orden.

También hay que hacer caso omiso del seudo envenenamiento de los apestados de Jaffa, ¡otra vez esta infeliz ciudad! Al llegar a esa ciudad, el 24 de mayo, se plantea el trágico problema de la evacuación de los heridos y de los enfermos que habían sido abandonados ahí, y particularmente los aprestados. El general Bonaparte les visita nuevamente en el hospital y se entrevista con Desgenettes acerca de su suerte. Imposibles de transportar, están condenados a una ineluctable masacre por los musulmanes turcos. Para acortar sus horribles sufrimientos, la eventualidad de una administración « de opio » es evocada, pudiéndose comprender el término como veneno. Desgenettes se niega con nobleza y ahí se termina el asunto. A partir de entonces, no entra dentro de las atribuciones del general Bonaparte prescribir cualquier cosa. La decisión es dejada a Desgenettes. Ninguna orden de « envenenamiento » le fue dada jamás. Algunos afirman que, en cualquier caso, aquello habría sido imposible, puesto que la farmacia ya no disponía de « opio », remplazado por diversas decocciones vegetales…

La llegada a El Cairo es simplemente triunfal, al haber precedido la noticia de la victoria del monte Thabor al regreso del cuerpo expedicionario. El Diwan acoge al general Bonaparte calurosamente a su entrada a la ciudad: « Ha llegado a El Cairo, en buena salud, el « Bien cuidado », el jefe del ejército francés, el general Bonaparte que ama la religión de Mahoma », proclama. El Bekry, el jeque descendiente de Mahoma, le obsequia un soberbio caballo negro, cubierto con una magnífica gualdrapa centelleante de bordados y de piedras preciosas (además de estar engalanado con arneses de oro, perlas y turquesas. NdT). También le dona a un joven mameluco esclavo que lo conduce, llamado Roustan (Rustán o Rustám), que profesará a su nuevo amo una fidelidad absoluta hasta 1814, y lo abandonará enseguida. Napoleón salta sobre su caballo y hace su entrada a la cabeza del cortejo por la puerta de la Victoria (puerta de Bab-el-Nasr. NdT).

Nicolás-René Dufriche, Barón Desgenettes (1762-1837)
Retrato por Antoine-Francois Callet (1741-1823)

Algunos presentan esta incursión militar de cuatro meses en Palestina y en Siria como un revés evidente. Es conveniente más bien hablar de un éxito parcial. Ciertamente San Juan de Acre no cayó, pero todo el resto es positivo. El ejército francés zurró seriamente al ejército otomano y rechazó por largo tiempo una nueva invasión terrestre de Egipto. Desvió hacia San Juan de Acre una primera invasión marítima sobre el delta. Es verdad que deplora en total a cerca de mil muertos y heridos; pero el enemigo perdió cinco veces más…

Los anglo-turcos evidentemente no se consideran vencidos.

LA REVANCHA TERRESTRE DE ABUKÍR

Mustafá Pachá, comandante en jefe del ejército turco
Será hecho prisionero durante la batalla de Abukír, junto con 200 turcos, y su ejército es literalmente aniquilado.

El 11 de julio de 1799, una flota de una centena de navíos anglo-turcos desembarca sobre la península de Abukír a un ejército de dieciocho mil turcos, encuadrados por ingleses, e incluyendo un cuerpo de janisarios.
Esta expedición es comandada por el visir Mustafá pachá, asistido por el comodoro Smith; otra vez él...

El fuerte de Abukír es atacado en fuerza. Su guarnición de trescientos hombres es sumergida y perece en la explosión del almacén de pólvora. El enemigo se apodera de la obra y se fortifica en ella.
Comandante de la plaza de Alejandría, Marmont reacciona tardía y flojamente. Muy felizmente, Mustafá se acantona en la península, esperando prudentemente ligar su acción con la de Murad Bey, quien se supone llegará del alto Egipto.
El general Bonaparte es informado en El Cairo, el 15 de julio en la tarde. Una vez más le es preciso tomar al enemigo por velocidad. Llama de vuelta a Desaix del alto Egipto a El Cairo. Reagrupa sus otras fuerzas en el delta a marchas forzadas. Para la seguridad de su retaguardia, escribe a los jeques de Al-Azhar. Les asegura su victoria aplastante y les recomienda « velar mientras tanto por la tranquilidad pública ».
El 25 de julio en la mañana, instala su dispositivo en la desembocadura de la península de Abukír. Lannes (2,700 hombres) a la derecha – Lanusse (2,400 hombres) a la izquierda – Murat (2,300 hombres) en el centro con su caballería y la brigada Destaing. Davout se mantiene en reserva atrás. La división Kléber todavía no ha llegado.
Como de costumbre antes de entablar el combate, el general Bonaparte observa minuciosamente el dispositivo enemigo, articulado en dos líneas de defensa. Constata que más fuerzas continúan desembarcando, reforzando progresivamente la posición. Sobre la derecha, la península presenta una avanzada en el mar. Es la clave de la victoria, un poco como el fuerte de l’Éguillette en Tolón. Cesando todos los asuntos, manda colocar una batería grande de artillería cuyos disparos poderosos de revés van a desestabilizar la defensa. El valeroso coronel Crétin se encargará de ella.

El tiempo obra contra el general Bonaparte. Entre más espera, más el se refuerza el enemigo. Ni modo, no contará con Kléber. Ataca inmediatamente. La primera línea es hundida por las cargas de Lannes y Lanusse, explotadas por Murat entre lo dos. Los turcos reaccionan con un tímido contraataque.

¡Es el turno ahora de la segunda línea! Los fuegos bien ajustados de Crétin hacen maravillas. Desamparados, los janisarios refluyen en desorden hacia el fuerte. Murat lanza entonces masivamente la caballería en la brecha. Lannes sigue en su rastro. Invadidos por el pánico, los turcos buscan su salvación precipitándose en el mar para alcanzar los barcos anclados. Son alcanzados y acabados a sablazos en la playa, o se ahogan en masa. En el mar flotan miles de turbantes. Toda la península es ganada, pues a la izquierda no se estuvo inactivo tampoco. Solo algunos janisarios fanáticos resisten en el fuerte de Abukír antes de rendirse el 2 de agosto. El comodoro Smith escapa por poco a la captura. La batalla se acaba con el combate singular de Mustafá contra Murat. El primero hiere sin gravedad al segundo de un tiro de pistola en el mentón. Murat le cercena dos dedos de la mano derecha de un sablazo y lo hace prisionero.

La Batalla de Abukír, 25 de julio de 1799
Para Napoleón, este enfrentamiento tiene un significado muy especial que le hará decir que « esta batalla va a decidir la suerte del mundo ». Por su lado, el barón Vivant Denon se muestra menos entusiasta pues el general ha decidido abandonar las formaciones en cuadro, que han demostrado ser tan eficaces en oriente, para privilegiar la caballería. La situación en Abukír es delicada, pues un ejército turco de 25 000 hombres acaba de desembarcar bajo la protección de la flota inglesa, y trabaja para establecer un campo atrincherado. Bajo los asaltos de Lannes y de Murat, esta armada es totalmente desbaratada. Cortándole la retirada hacia el fuerte al enemigo, éste, confundido y luego aterrado, es acuchillado por la caballería. Al verse sin otra opción que lanzarse al mar, 6 ó 7 000 otomanos se precipitan al agua bajo el fuego de los mosquetes y la metralla, y a dos leguas de distancia de los navíos ingleses: ninguno llega a ellos. En el campo de batalla yacen dos mil hombres. Los franceses se apoderan de 20 piezas de cañón, dos de ellas inglesas, y dos barcos ingleses huyen. Napoleón escribe al Directorio: « La batalla de Abukír es una de las más bellas que he visto. Del ejército enemigo desembarcado ni un hombre escapó ». Pintura de Louis-François Lejeune (1775-1848).

En unas cuantas horas, el ejército otomano ha sido aniquilado. Pocos hombres lograron llegar a los barcos. Diez mil están muertos o heridos, tres mil son prisioneros. Cien banderas, treinta y dos piezas de artillería, cuatrocientos caballos y todos los bagajes son embargados. Los franceses no deploran más que doscientos muertos.
Kléber alcanza al general Bonaparte poco después de la batalla. Echándose en sus brazos, él, el eterno rezongón contestatario, se abandona a la emoción y pronuncia estas palabras que la Historia a conservado: « ¡General, permitidme que os abrace! ¡Sois grande como el mundo, pero el mundo no es bastante grande para vos! ».

La dicha de los egipcios iguala a la de los franceses. El desembarque del ejército otomano los había llenado de espanto. Su victoria se hubiera traducido en terribles represalias por su colaboración con los franceses.

Tras las victorias del monte Thabor y de Abukír, Egipto está tranquilo por algún tiempo. Es la situación en Francia y en Europa lo que acapara ahora la atención del general Bonaparte.

 

LA SITUACIÓN EN FRANCIA HACE QUE NAPOLEÓN DECIDA VOLVER

Francia llama de vuelta a Bonaparte
Cautivo en Santa Helena, el Emperador rememoraba la campaña de Egipto diciendo « un grano de arena detuvo mi suerte. Una vez tomado San Juan de Acre, el ejército francés volaba a Damasco y Alepo; en un abrir y cerrar de ojos hubiera estado en el Éufrates. Seis mil drusos cristianos se le hubieran unido, y ¿quién puede calcular lo que de aquello hubiese resultado? Me hubiera sido posible llegar a Constantinopla y a las indias: ¡habría cambiado la faz del mundo!». Efectivamente, la población de «toda Siria, a la que tanto ha indignado la ferocidad de Djezzar (...) pedía a Dios a cada asalto [al fuerte de Acre] la caída » del tirano, y de hecho las llaves de Damas ya habían sido ofrecidas al general en jefe del ejército francés. En todo caso, fatalmente, Napoleón cambiaría en efecto la faz del mundo, pero el llamado del destino llegaba de Occidente, desde una Francia corrompida desde su seno y amenazada de invasión. Grabado de Francesco Rosaspina (1762–1841) según un dibujo de Andrea Appiani (1754-1817). Los Fastos de Napoleón.

En el colmo de la satisfacción la noche de Abukír, el general Bonaparte debe pronto desengañarse. No tenía noticias de Francia hacía meses. El 2 de agosto de 1799, en ocasión de las charlas relativas a un intercambio de prisioneros, Sidney Smith le hace llegar insidiosamente algunos periódicos de Europa, la « Gazette française de Francfort » y « le Courrier de Londres ». Datando del mes de junio, las nuevas que encuentra en lo referente a la situación en Francia le hunden en una profunda inquietud y una viva cólera. En un año, el Directorio ha dilapidado todas las adquisiciones que él le había dejado al partir. Llendo de crisis en revés, ha malbaratado todas sus conquistas. En Alemania los franceses han sido desbaratados por el archiduque Carlos, su vencido de Italia. Ese país está perdido. Los ejércitos austro-rusos batieron a Scherer sobre el Adigio y Moreau en el Adda, Mantua está sitiada. La República Cisalpina no existe más. Los Cosacos de Suvorov bordean la frontera de los Alpes. Malta, llave del Mediterráneo oriental e irremplazable parada de comunicaciones con Egipto, se encuentra en una situación crítica. Una revuelta estalló ahí y Nelson está sitiándola.
En el interior, la Vendée ha vuelto a caer en la insurrección, y la anarquía se generaliza.
En lo que concierne a Egipto, el Directorio ha suprimido el « convoy de Egipto », organismo encargado de la logística del cuerpo expedicionario. Así se explica la no-satisfacción de todas las peticiones de refuerzo... ¡Egipto está simplemente condenado a una lenta asfixia!
Una sola buena noticia, la escuadra del Atlántico, en crucero en el Mediterráneo, no se atrevió a cruzar Gibraltar como había recibido la orden de hacerlo, y volvió a Tolón, donde todavía se halla.
¿Qué hacer? ¿No moverse, curvar la espalda y esperar una hipotética mejora? ¡Conociendo a los Directores, eso dependería de un milagro! ¡No, no hay lugar a dudas! ¡El imperioso deber que se impone al general Bonaparte es dirigirse lo más pronto posible a París, al menos para defender la causa del apoyo del cuerpo expedicionario de Egipto, y sobre todo salvar a Francia del abismo hacia el cual se precipita! Y eso cualesquiera que sean los serios peligros de la travesía. ¡La elección es desgarradora, pero debe hacerlo!

 
La obra de los sabios
Al iniciarse la Expedición, los conocimientos que se tenían en Occidente de la geografía de Egipto era más que vaga, como se puede apreciar en el mapa de la izquierda, obra de Sicard que data de 1771, y que representa la zona de los desiertos de la baja Tebaida, es decir la del Alto Egipto cuya capital era Tebas. A la derecha, quedamos admirados de la precisión y claridad de la «Carta topográfica de Egipto y de varias partes de los países limítrofes, tomada durante la expedición del ejército francés» elaborada por el geómetra Pierre Jacotin (1765-1829). De regreso en Francia será nombrado jefe de la sección topográfica del ministerio de Guerra, y establecerá un primer mapa a escala de 1/100 000º constituido de 47 hojas, y con una dimensión impresionante de 11 m x 6,40 m. Éste es solo un ejemplo entre tantos del rigor y de la precisión de la labor realizada por los sabios de las diversas comisiones de la expedición de Egipto, así como de los beneficios incalculables que esta iniciativa sin par en la historia aportará a la cultura occidental, pero también al futuro desarrollo de Egipto especialmente y del Medio Oriente en general.

Aquí hay que hacer tabla rasa de la infamante acusación de deserción que algunos han levantado contra Napoleón. El Directorio le había dado tres poderes, incluido el de darse un sucesor en caso de necesidad. Pero ni siquiera tuvo que hacer uso de esta prerrogativa. Medida poco conocida, el mismo Directorio decidió su regreso el 26 de mayo. El general Bonaparte tuvo conocimiento de esta decisión a fines de julio, materia con qué barrer con sus escrúpulos si en todo caso hubiera podido albergarlos.
Enseguida, no abandona a un ejército en dificultad, sino que deja a su pesar un ejército victorioso, aureolado con la gloria de Abukír, comandado por excelentes generales, en un país apaciguado, donde la simbiosis franco-egipcia está en muy buen camino. ¡En vez de un abandono, es de un sacrificio de lo que se trata para Napoleón! De hecho da a entender al partir que cuenta regresar.
¡Y además, vaya fugitivo, aquel que toma con toda conciencia el enorme riesgo de una captura en el mar por la jauría de navíos ingleses que le pisan los talones! ¡Y vaya ambicioso, quien se juega así su futuro, como quien lanza unos dados!
Incluso se ha acusado al general Bonaparte de no haber tenido el valor de enfrentar a su sucesor Kléber, designado por él mismo. ¡Qué no se va a buscar cuando la voluntad de perjudicar tiene ventaja sobre la simple lógica! ¿Por qué habría estado impresionado por ese general a quien le había salvado la vida unos meses antes en el monte Thabor y que, quince días antes en Abukír, lo había abrazado proclamando, repitámoslo, que era « grande como el mundo, y que el mundo no era bastante grande para él »?
En verdad, la explicación es muy simple. El general Bonaparte había convocado a Kléber a su embarco para entregarle en manos propias sus directivas. Responsable de la travesía, el almirante Ganteaume le apresura en ese instante con la mayor insistencia para embarcar de inmediato. Espera un minuto a otro ver surgir los navíos ingleses. Por ende, el embarque inmediato toma prioridad sobre la espera de Kléber, cuya duración no se puede prever. Es así como Bonaparte encarga al general Menou, presente, hacer entrega de sus directivas escritas a Kléber. Además, por la misma razón, no ve tampoco al general Desaix quien debía seguirlo y que lo alcanzará más tarde en Marengo.
En definitiva, Napoleón no deja Egipto más que para salvar a Francia. ¡Y malhaya al que piense mal todavía!

Gustave Flaubert 
« El sábado 29 a las 3 horas de la tarde, fui a Bulak a hacer nuestra primera visita a Lambert-Bey – en la noche, viejo personaje que viene a vernos con su cuento que toma a la mitad – conoció a Bonaparte y nos hace la descripción exacta de su persona: pequeño, sin barba, la más bella figura que jamás haya visto, hermoso como una mujer, con cabellos todos amarillos – daba indistintamente limosna a los judíos, a los cristianos y a los musulmanes ».
Gustave Flaubert, Viaje a Egipto.

El general Bonaparte pasa los días que preceden su salida a dejar todo en orden. Al diwan de El Cairo, le «recomiendo mantener la confianza entre el pueblo. Decidle a menudo que quiero a los musulmanes y que mi intención es hacer su felicidad. Hacedle saber que tengo, para conducir a los hombres, los más grandes medios: la persuasión y la fuerza. Que con una busco hacerme de amigos, que con la otra destruyo a mis enemigos». ¡A buen entendedor, pocas palabras!
Su proclama al ejército está destinada a tranquilizarlo: «Las noticias de Europa me han decidido a partir hacia Francia (…). El interés de la Patria, su gloria, la obediencia, los eventos extraordinarios que acaban de pasar allá, me deciden solos a pasar en medio de las escuadras enemigas para ir a Europa. El ejército tendrá pronto noticias mías. No puedo decir más. Me cuesta dejar a los soldados a los que estoy lo más apegado, pero no será más que momentáneamente, y el general que les dejo tiene la confianza del Gobierno y la mía».
Emprende una última tentativa de paz con el sultán de Constantinopla. Le hace llevar una carta por medio de su visir, el efendi Mustafá Pachá hecho prisionero en Abukír, en la cual escribe: «(…) Cesad pues armamentos dispendiosos e inútiles. Vuestros enemigos no están en Egipto: están en el Bósforo, están en Corfú, y en medio del archipiélago (…) Estad listo para desplegar pronto el estandarte del profeta, no contra Francia sino contra los rusos y los alemanes, que ríen de la guerra insensata que nos hacemos. Cuando os hayan debilitado lo suficiente, levantarán la cabeza y declararán bien alto las pretensiones que ya tienen (…)».
Sus directivas a Kléber son muy elásticas. Por supuesto debe hacerlo todo por conservar Egipto. Pero, en el límite extremo, está autorizado para negociar su evacuación si no hay otra escapatoria para salvar al ejército. Le promete su entera solicitud y su total apoyo: « El ejército que os confío está todo entero compuesto por mis hijos (…) Veré como mal empleados todos los días de mi vida en que no haga algo por él y por consolidar el magnífico establecimiento cuyos fundamentos acaban de ser plantados (…)».
Hace énfasis en el envite de su misión: «(…) Sabéis apreciar tan bien como nadie, ciudadano general, cuan importante es la posesión de Egipto para Francia. Su evacuación sería una desgracia tanto más grande cuanto que veríamos esta bella provincia en otras manos europeas. (…) Abandono con el mayor pesar Egipto. El interés de la Patria, su gloria, la obediencia, los eventos extraordinarios que acaban de sucederse aquí me deciden solos a pasar a través de las escuadras enemigas para dirigirme a Europa. Estaré de espíritu y de con vos. Vuestros éxitos me serán tan caros como aquellos en los que me encontraba yo mismo (…)».
Última formalidad, pide al ordenador en jefe Sartelon establecer un balance de las pérdidas sufridas por el ejército de Egipto. Se detallan de la manera siguiente, desde el desembarque hasta los dos meses siguientes a su partida:

- Muertos en combate: 3614;
- Muertos a consecuencia de sus heridas: 854;
- Decesos por accidente: 290;
- Fallecimientos por enfermedades ordinarias: 2468;
- Muertos de peste: 1689;
- Total: 8915.

Observamos que las enfermedades y los accidentes (4447) costaron igual número de vidas que las batallas (4468).

El general Bonaparte se embarca para Francia el 22 de agosto de 1799 en las circunstancias expuestas más arriba.
Superviviente del desastre naval de Abukír, el almirante Ganteaume ha constituido un pequeño convoy de cuatro bastimentos, principalmente dos fragatas, la «Carrère» y la «Muiron», ésta última del nombre de su muy sentido ayuda de campo, muerto en el puente de Árcole, cubriéndole con su cuerpo. Se instala en ella con sus principales colaboradores. Dos chebecs los escoltan, la «Revanche» (Revancha) y la «Fortune» (Fortuna). Le acompañan Berthier, Murat, Marmont, Bessières, Andreossy, Bourrienne, Eugenio de Beauharnais y los sabios Monge, Berthollet, Vivant Denon y Parseval Granmaison. Trescientos soldados de élite componen su escolta.
De acuerdo con Ganteaume, opta por la navegación bordeando lo más de cerca posible las costas de África, de tal forma de permitirse encallar y batirse en la costa en caso de intercepción por la flota inglesa. Muchos, a bordo, no se dan oportunidades de escapar. El itinerario elegido es bastante más largo pero más seguro. La selección resultará juiciosa. Un nuevo pequeño milagro se produce. La legendaria estrella de Napoleón vela por él. Un día, «la Muiron» da derecho con la flota inglesa en plena niebla. Por reflejo, Ganteaume quiere virar de lado. ¡Napoleón se lo impide para no poner en guardia y la niebla salva al crucero!
Tras una navegación fastidiosa y monótona, fuera de este último incidente, se llega a Ajaccio el 1º de octubre. El general Bonaparte ha decidido hacer escala ahí más para juntar las últimas noticias de Francia que para volver a ver su isla natal, cuyo último recuerdo siempre le es doloroso. El acogimiento es entusiasta. Fuera de su nodriza Camilla Ílari, quien le prodiga marcas de atención maternales, su familia no está ahí, de regreso en el continente después de haber restaurado la casa familiar saqueada por los paolistas. No tiene interés en quedarse por más tiempo, pero los vientos contrarios le retienen hasta el 7 de octubre. El 9 de octubre, desembarca en Fréjus, diecisiete meses después de su partida de Francia. El día siguiente, llega a Aix desde donde informa por carta al Directorio su llegada.

Desembarco en Fréjus, el 9 de octubre de 1799
Mientras el general Bonaparte desembarca en las costas de Provenza, en París el gobierno del Directorio está más librado que nunca a las intrigas y a la corrupción, es un régimen obsceno, disoluto y en plena pudrición. En el extranjero, los ejércitos franceses sufren derrota tras derrota, y todos los logros y adquisiciones de Napoleón en Italia se han perdido, las fronteras están en peligro. El camino del « pacificador » hasta la capital será, de pueblo en pueblo, una marcha triunfal caracterizada por las aclamaciones y los vítores en honor del joven héroe: Francia está lista para acoger a su « salvador ».

El viaje hasta París desata un entusiasmo popular creciente en cada etapa. En Aviñón, es acogido por una muchedumbre inmensa frente al hotel al que llega. En Lyon, se ilumina y se engalanan todas las casas. Se baila en las calles lanzando cohetes. El teatro da una pieza de circunstancia en su honor. Y por doquier se dejan oír ritos de « viva Bonaparte », a menudo seguidos de « que viene a salvar a la Patria ». Y por doquier igualmente se elevan quejas contra el Directorio...

Esta fiebre cunde progresivamente por toda Francia apenas es conocida la noticia de su regreso. En Nevers, conscriptos que se negaban a integrarse a sus regimientos cambian de opinión. En Pontarlier, «algunos republicanos vierten lágrimas, creyendo soñar», según una crónica de la época...
En París, a donde llega el 16 de octubre, el júbilo popular confina con el delirio. El público de los teatros interrumpe los espectáculos para entonar cantos patrióticos. De las casernas salen las fanfarrias de los regimientos que tocan marchas militares. La «Gazette de France» escribe que «nada iguala la dicha que propaga el regreso de Bonaparte. Es el único evento que, desde hace mucho tiempo, haya vuelto a encender el entusiasmo popular».
En el Palacio Borbón, el Consejo de los Quinientos, no obstante revoltoso como lo mostrará el futuro próximo, aplaude de pie el anuncio de su regreso con gritos de «viva la República», y levanta la sesión cantando aires patrióticos.
La muchedumbre se junta frente al domicilio de Napoleón en la calle de la Victoria y entona una vibrante Marsellesa, entrecortada por las exclamaciones de «viva Bonaparte el salvador de la Patria». Al llegar la noche, se improvisan iluminaciones en todas las calles.
Napoleón no se equivocó en su decisión de volver. El pueblo le esperaba con la más viva impaciencia. Es plebiscitado en la calle, desafiando a esos Directores incapaces, totalmente desacreditados. Francia se entrega a él de una manera tan evidente que, cualesquiera que sean las peripecias por venir de su ascensión a las responsabilidades supremas, nadie podrá contestar su unción popular.
Napoleón desde ahora ausente de la epopeya egipcia, no nos queda más que relatar su epílogo.

 

EPÍLOGO
 
Egipto conquistado
Dibujo de Vivant Denon para un proyecto de medalla conmemorativa.

Entre la partida del general Bonaparte en agosto de 1799 y el final de la epopeya en septiembre de 1801, la situación en Egipto conoce múltiples volteretas.
Kléber comienza mal su gobierno. Sin duda para cubrirse por anticipado, redacta para el Directorio un informe local de lo más pesimista que llega directamente a Napoleón, convertido entre tanto en Primer Cónsul. Napoleón se siente profundamente apesadumbrado porque la mayoría de las apreciaciones son falsas o muy exageradas.

Valeroso soldado pero triste gobernador de una provincia árabe musulmán, de la cual su espíritu rígido no puede captar todos los matices orientales, echa a perder rápidamente sus relaciones con los notables y la población. Inconsecuente, se muestra de una brutalidad inaudita mandando dar doscientos bastonazos al jeque Saada, descendiente del profeta. Pronuncia así su propia condena de muerte.
Antes de lo previsto, tiene que enfrentarse a una nueva invasión militar. La tentativa de apaciguamiento del general Bonaparte antes de su partida con el sultán de Constantinopla evidentemente no tuvo éxito. No se hacía grandes ilusiones. Los generosos subsidios británicos son mucho más convincentes que las reprobaciones políticas.
A fines de octubre de 1799, un nuevo cuerpo de janisarios desembarca en la embocadura del Nilo, transportado por cincuenta y tres bastimentos ingleses, bajo la capitanía de Sidney Smith, ¡siempre él! Simultáneamente, un ejército de cuarenta mil hombres proveniente de Siria bajo las órdenes del gran visir Nassif Pachá, llega para asediar El Arich. Los ingleses no escatimaron medios.
Reaccionando cual buen alumno, el general Verdier arremete contra los janisarios y los hace pedazos, cerca del lago Menzaléh. Mata a más de dos mil, captura a ochocientos prisioneros, pone al resto en fuga, arrebata dieciséis cañones y treinta y dos banderas. ¡Este éxito extraordinario es logrado con solamente mil hombres! El ardor de los anglo-turcos es enfriado de nueva cuenta por algunas semanas!
Consciente sin embargo de la precariedad de su posición, Kléber acepta a fines de diciembre las proposiciones de negociación de Sidney Smith, a condición de una suspensión de hostilidades durante las charlas. Esta cláusula no es hecha del conocimiento de Nassif Pachá, a propósito o por omisión, no se sabe realmente...
Entre tanto, Napoleón a penas nombrado Primer Cónsul, hace llegar al ejército de Egipto una nueva proclama fechada el 2 de diciembre de 1799, confirmando la solicitud de los Cónsules y de Francia para su acción, alentándole a resistir: «¡Soldados, Europa entera os mira. Estoy a menudo en pensamiento con vosotros. En cualquier situación en que los azares de la guerra os pongan, sed siempre los soldados de Rívoli y de Abukír: seréis invencibles!».
Impaciente, Nassif Pachá no resiste a la tentación de explotar en El Arich una sublevación interna en la guarnición, que le abre las puertas de la ciudad. Se apodera de ella y masacra a todos los franceses sin distinción. Luego marcha a El Cairo, donde se produce una nueva rebelión.
Furioso por esta felonía, sospechando que Smith le ha engañado, Kléber vuelve entonces a ser él mismo: ¡«No se responde a semejantes insolencias más que por la victoria. Preparaos a combatir» proclama con arresto dirigiéndose a las tropas!
Juntando todas sus unidades, se dirige resueltamente ante Nassif Pachá y se conduce una vez más como gran capitán.
En Heliópolis el 20 de marzo de 1800, obtiene una victoria total, calificada de milagrosa. Se apodera incluso del campo del gran visir que se escapa a Siria. Luego, de regreso a El Cairo, somete duramente la insurrección, golpeando además a los cairotas con una contribución de doce millones.
¡En unos cuantos días, Kléber le ha dado la vuelta a la situación! Por desgracia, el 14 de junio de 1800, es apuñalado a muerte por un joven fanático musulmán, el mismo día y casi a la misma hora en que Desaix haya una muerte gloriosa en Marengo.
Las cartas cambian entonces por completo. El sucesor, Menou, es prácticamente el contrario de Kléber. Cultivado, es un buen administrador. Tras haber desposado a una musulmana y, habiéndose convertido al Islam, destaca con excelencia en sus relaciones con los egipcios. Pero es un jefe militar totalmente incompetente, detestado por los demás generales. Los soldados se burlan de este general que hace su plegaria cinco veces al día volteándose hacia la Meca...

Al haber clarificado Kléber radicalmente la situación, la calma reina durante diez meses en Egipto. Menou la aprovecha para profundizar la amistad franco-egipcia. Le debemos esta justicia, es en mucho gracias a él que se ha perpetuado hasta nuestros días.

La figura de Napoleón y de su expedición son elementos recurrentes en el Viaje a Oriente de Gustave de Nerval (1808-1855). En el capítulo intitulado « Las mujeres del Cairo », el poeta describe una fiesta en honor de la circuncisión de un muchacho. El mutahír, un viejecillo, evoca el recuerdo de Napoleón:
------------------« La ceremonia había tenido lugar en la mezquita, y estábamos apenas en el segundo día de los regocijos. [...] Se pusieron a distribuir café y pipas, y unas nubias comenzaron a bailar al son de los tarabúks (tambores de terracota), que muchas mujeres sostenían con una mano y golpeaban con la otra [...].
Durante uno de los intervalos de la música y de la danza, el réis me había hecho instalarme cerca de un viejecillo que me dijo ser su padre. Este buen hombre, al enterarse de cuál era mi país, me acogió con una palabrota esencialmente francesa, que su pronunciación transformaba de manera cómica. Era de todo lo que se acordaba de la lengua de los vencedores de 98. Le respondí gritando: “¡Napoleón!”. No pareció comprenderme. Eso me sorprendió; pero pronto pensé que ese nombre databa solamente del Imperio.
“¿Habéis conocido a Bonaparte?” le dije en árabe. Inclinó la cabeza hacia atrás con una suerte de ensoñación solemne, y se puso a cantar a pleno pulmón:
Gérard de Nerval 

------------------¡Ya salam, Bunabarteh!
------------------¡Salud a tí! o Bonaparte!
No pude evitar prorrumpir en lágrimas al escuchar a ese viejecillo repetir el viejo canto de los egipcios en honor de aquel a quien llamaban el Sultán Kebír. Le exhorté a que lo cantara todo entero; pero su memoria no había conservado más que pocos versos.
¡Nos has hecho suspirar por tu ausencia, o general encantador cuyas mejillas son tan agradables, tú cuya espada golpeó a los turcos! ¡Salud a ti! ¡O tú cuya cabellera es tan hermosa! ¡Desde el día que entraste a El Cairo, esta ciudad brilló con un fulgor semejante al de una lámpara de cristal; salud a ti!

Gérard de Nerval, Viaje a Oriente; 1851.

A principios de marzo de 1801, las primeras decisiones del Primer Cónsul se concretan con el envío a Egipto de un primer refuerzo de tropas de seiscientos hombres. Constituye la vanguardia de un destacamento de cinco mil soldados transportados por Ganteaume. Las cosas parecen mejorarse.
¡Pero no hay que hacerse ilusiones! Después de sus sinsabores repetidos con el ejército turco, el gabinete inglés decide tomar directamente las cosas en mano. En Malta, caída entre las manos de Nelson, se constituye un cuerpo de desembarque inglés de diecisiete mil hombres. Al mismo tiempo, un segundo cuerpo de cinco mil hombres, formado en las Indias y en África del Sur, se prepara a intervenir en el Mar Rojo, cogiendo así en una tenaza al ejército de Egipto.
Menou se queda extrañamente pasivo ante estos preparativos, de los que tiene conocimiento. ¡El 8 de abril de 1801, deja que los ingleses que llegan de Malta desembarquen tranquilamente en Abukír y se apoderen del fuerte, en vez de buscar volverlos a echar inmediatamente al mar antes de que se reagrupen en tierra! Luego, dejando al general Belliard en El Cairo con la mitad de las fuerzas, avanza hacia el enemigo con solamente nueve mil hombres contra los dieciséis del general inglés Abercrombie. ¡El desastre está programado!

 
A la izquierda, página de título de la edición llamada «gran imperial» de la Description de l’Egypte (Descrición de Egipto), colosal compendio ricamente ilustrado en el que se hallan reunidos los descubrimientos en todos los ámbitos científicos y culturales realizados durante la expedición. A la derecha, retrato de Mohamed-Alí, Virrey de Egipto (1769-1849) quien una vez en el poder iniciará con mano firme la reconstrucción de su país. Orgulloso de haber «nacido en el mismo país que Alejandro y el mismo año que Napoleón», este hombre, que gustaba de presentarse como «el continuador musulmán de la obra de Bonaparte», acudirá prioritariamente a Francia en 1805 en el momento de encarrilar a Egipto en la vía de la modernidad. Pintura realizada en 1803 por Auguste Couder 1789-1813.

El 21 de marzo en Canopa, entre Alejandría y Abukír, Menou se hace aplastar, perdiendo cuatro mil hombres contra solamente trescientos del lado inglés. El heroísmo de los soldados no había podido compensar la incoherencia de Menou.
Los generales Boussart, Roize, Beaudot, Silly y Lanusse hallan la muerte. Antes de expirar, éste último escupe su desprecio a Menou. Del lado británico, Abercrombie, mortalmente herido, es remplazado por Hutchinson.
Con lo que le queda, Menou se encierra entonces en Alejandría en espera de los refuerzos de Ganteaume. Esta nueva falta le deja toda libertad de acción a Hutchinson.
Más grave aún, la revuelta ruge en el seno del ejército. Temiendo que el general Reynier le arrebate su mando, Menou le manda arrestar, así como al general Dumas, y los manda a ambos de regreso a Francia.
De muy grave, la situación se torna trágica cuando los ingleses hacen estallar el 13 de abril el istmo que separa el lago Madyeh del lago Mareotis, provocando una gigantesca inundación que arrasa de un solo golpe con siglos de trabajos de desecación... Las guarniciones de Alejandría y del Cairo, son cortadas una de otra. Menou y Belliard ya no pueden comunicarse.
Colmo de la desgracia, y nuevo sinsabor marítimo, el pusilánime Ganteaume da media vuelta al sur de Creta y vuelve a Tolón. Napoleón le deja ver su muy vivo descontento, pero es demasiado tarde.
¡A partir de entonces, la pérdida de Egipto está sellada. El desenlace no es más que una cuestión de tiempo!

Atacado por más de veinte mil combatientes del gran visir que ha vuelto de Siria, coordinando su movimiento con el del general Baird que remonta del Mar Rojo, cortado de Menou, Belliard capitula en El Cairo el 27 de junio de 1801. Obtiene poder dejar Egipto en Damieta con sus doce mil hombres válidos, y mil trescientos enfermos. Cerca de ochocientos coptos, griegos y mamelucos, temiendo las represalias, reciben la autorización de acompañarlos.
En Alejandría, Menou espera en vano a Ganteaume y finalmente se decide a capitular a su vez el 2 de septiembre de 1801. Se embarca poco después hacia Francia con lo que queda del cuerpo expedicionario.

Bonaparte en Egipto
Óleo de
Jean-Léon Gérome (1824-1904)

La expedición de Egipto se acaba en la derrota, un poco más de tres años después de su partida. Se da vuelta a una bella página de la Historia de Francia. En la tristeza del fracaso no se sospecha que esta grandiosa operación ha engendrado la egiptología y sembrado las semillas de la influencia y de la irradiación de Francia en el Oriente Próximo, vivaces aún hoy en nuestros días.

Fantástica epopeya de la juventud, Egipto marcará para siempre a Napoleón en el fondo del alma. Hasta su último respiro, conservará grabado en la memoria ese maravilloso espejismo oriental. Fue en San Juan de Acre donde su Destino basculó. Entre Alejandro y Carlomagno, entre el Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente, la Providencia decidió...

Cuando, al alba del 15 de octubre de 1815 a bordo del «Northumberland», percibe perfilarse en la bruma la isla maldita de Santa Helena, no puede evitar exclamar: «¡Hubiese hecho mejor quedándome en Egipto!».

Sutrello, septiembre de 2006.