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BONAPARTE
EN EGIPTO
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O
LA
SUBLIME VACILACIÓN
DE LA HISTORIA |
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Por
el GENERAL (2S) MICHEL
FRANCESCHI
Comendador de la Legión
de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto
Napoleónico México-Francia |
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Traducción,
notas y comentarios del Instituto Napoleónico
México-Francia.
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| Napoleón
en El Cairo, por
Anne-Louis Girodet. |
| De
noche, al terminar la jornada
de trabajo, imaginando las hazañas
de César en las puertas
del Oriente, Napoleón
se pasea por las calles de El
Cairo mientras un oficial que
le sigue le lee la Farsalia
de Lucano. |
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«
El tiempo que pasé
en Egipto fue el más
hermoso de mi vida, pues fue
el más ideal (…).
Las verdaderas conquistas
son aquellas que se hacen
sobre la ignorancia ». |
Napoleón
en Santa Helena. |
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Los
historiadores descuidan algo la expedición
del General Bonaparte en Egipto. Incluso llegan
a hacer burla de ella. ¡¿Qué
diablos fue a hacer metiéndose en esa galera?!
Esta actitud es muy lamentable, pues se trata
de un evento fabuloso en los planos militar, político
y cultural.
| 1–
UN CONCEPTO ESTRATÉGICO DE
ALTO VUELO |
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Tras sus fulgurantes
victorias de la guerra de Italia (1796-1797),
el general Bonaparte hace una entrada triunfal
a París el 5 de diciembre de 1797. Acaba
de firmar, el 30 de noviembre en Rastadt, en nombre
del Directorio, el final de la guerra con Austria,
pero la paz general dista mucho de estar establecida.
Nombrado comandante del ejército de Inglaterra,
se libra a una reflexión geoestratégica
con detenimiento. Entre los múltiples enemigos
de la Francia nueva, el más peligroso y
más determinado es sin duda Inglaterra.
Ésta ya se consagra a coaligar de nuevo
a las cortes europeas para abatir a la Francia
surgida de la Revolución. No puede tolerar
su radiante expansión porque representa
un peligro mortal para sus instituciones absolutistas
y constituye un obstáculo mayor a su imperialismo
colonial.
A menos de capitular de inmediato, la guerra es
ineluctable. Luego es de vital interés
para Francia buscar sin demora la mejor manera
de defenderse.
Para combatir a la intratable Albión, dos
opciones militares se presentan:
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ya sea un ataque directo a Gran Bretaña,
-------------------------------
o bien una operación indirecta sobre sus
comunicaciones imperiales.
El General Bonaparte
estudia primero la factibilidad de una invasión
de Inglaterra. En febrero de 1798, con sus ayudas
de campo Lannes, Bourrienne y Julkowski, emprende
una gira de inspección de quince días
en las costas y puertos. Examine con minucia las
posibilidades propuestas por los puertos de Étaples,
Ambleteuse, Boloña, Calais, Dunkerque,
Furnes, Newport, Ostende, Amberes y la isla de
Walcheren. Se realiza el censo de todos los medios
de transportes que se podrían juntar como
complemento a la flota de guerra. El resultado
obtenido es inapelable: se está muy lejos
de poder esperar predominar sobre la potencia
naval británica. El general Bonaparte informa
al Directorio que debe renunciar a la invasión
de Inglaterra mientras Francia no haya constituido
una marina nacional en relación con su
política extranjera y de defensa, tarea
a la que es preciso consagrarse urgentemente.
La cuestión se presentará bajo mejores
auspicios en 1805…
Al presentarse el ataque directo a Inglaterra
como imposible en un futuro próximo, la
elección de una estrategia indirecta se
impone. Después de una profunda reflexión,
el General Bonaparte propone al Directorio una
expedición a Egipto.
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«
La
expedición de Napoleón
rompió las cadenas forjadas
por los mongoles; ideas nuevas se
abrieron paso, abriéndonos
nuevos horizontes. Mohammed Alí
quiso continuar la tradición
de los Mamelucos adaptándose
a la vez a las necesidades del momento
y teniendo en cuenta el estado de
espíritu creado por los franceses.
Así es como, saliendo de nuestro
aislamiento, retomamos contacto con
Europa y el mundo civilizado. Era
el inicio del renacimiento ».
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|
Gamal
Abdel Nasser, Filosofía
de la Revolución. |
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UN PROYECTO
LARGAMENTE MADURADO
¿Por qué
Egipto? Se han contado muchos disparates sobre
esta operación. Se ha escrito que su objeto
principal era alejar de París a un «héroe
desempleado», peligroso para las instituciones.
La explicación es un poco corta. Si es
verdad que el vencedor de Austria incomodaba,
existían métodos mucho más
expeditivos para neutralizarle. Además,
en esta hipótesis, ¿por qué
los Directores habrían cavilado tanto tiempo
antes de dar su aprobación?
Algunos han visto en la empresa una «fantasía»
consentida por un Directorio acomplejado ante
un general prestigioso, deseoso de dárselas
de Alejandro o de César. La tesis es aún
menos admisible.
En verdad, la expedición de Egipto concreta
una gran idea estratégica concebida mucho
antes de la Revolución y vuelta a poner
a la orden del día por la situación.
El deseo de alejar al general Bonaparte no jugó
más que un papel totalmente menor.
En 1672,
Leibniz escribe a Luis XIV para presumir
las ventajas de una conquista de Egipto
en su guerra contra Holanda: «(…)
Es en Egipto donde hay que
golpear. Ahí encontraréis
la gran ruta del comercio de las Indias.
Arrebataréis ese comercio a los
holandeses. Aseguraréis la eterna
dominación de Francia en el Levante.
Regocijaréis a toda la cristiandad.
Llenaréis al mundo de asombro y
de admiración. Lejos de ligarse
contra vos, Europa os aplaudirá».
Luis XIV se muestra interesado pero no
puede dar curso al plan.
En 1769, Choiseul retoma el proyecto bajo
el reinado de Luis XV, «para
remplazar la pérdida de las colonias
americanas».
Bajo Luis XVI – ¡qué
continuidad! – el Señor de
Sartine se esfuerza a su vez en convencer
al rey con los mismos argumentos que Leibniz,
los ingleses remplazando a los holandeses.
Estos trámites oficiales son confortados
por los informes de los agentes consulares
y otros negociantes o viajeros influyentes.
Actualizada en 1798, la conquista de Egipto
le asegura a Francia ventajas geoestratégicas
considerables.
Al amenazar la ruta de las Indias, joya
de la corona británica, la aísla
en parte de Europa. La obliga a dispersar
sus poderosos medios navales.
La posesión de Egipto y de su relevo
natural, Malta, representa de todas formas
una incomparable moneda de cambio en toda
futura negociación de paz.
Por le demás, Egipto pertenece
por derecho, si no de facto, al imperio
otomano en descomposición. La presencia
de Francia en este territorio la coloca
en mejores condiciones para una sucesión
o un reparto internacional eventual.
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El
conde de Choiseul-Gouffier
(1752-1817)
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«Egipto
ya no es de los turcos,
el pachá no es
nada ahí; no
le pertenece a nadie»
Grabado de la época. |
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Finalmente, los
agentes consulares dan a saber que Inglaterra
intensifica desde hace algún tiempo sus
relaciones directas con los beys (señores)
de Egipto sobre la base del tratado de comercio
firmado con ellos en 1775. Se prepara manifiestamente
a hacer de Egipto la pieza clave de su expansión
colonial en Oriente. La posesión simultánea
de Egipto y de Malta, además de Gibraltar
desde 1713, le garantizaría la supremacía
en el Mediterráneo y haría pesar
sobre las costas mediterráneas de Francia
una amenaza permanente. En esta perspectiva, Francia
vería además comprometida toda su
política africana.
Francia está en casa en el Mediterráneo,
que costea sobre mil kilómetros sin contar
Córcega. No es el caso de Inglaterra que
quiere hacer de él un trampolín
de su imperialismo.
En definitiva, Egipto constituye un envite mayor
en el afrontamiento con Inglaterra. Una carrera
de velocidad es iniciada por su control. En interés
superior del país, es necesario para el
Directorio no perderla.
El Egipto
de fines del Siglo XVIII ya no les debe
nada a los faraones de sus orígenes,
ni a sus prestigiosos conquistadores sucesivos,
Alejandro, Tolomeo, César y Saladino.
Les Coptos cristianizados son los únicos
autóctonos del país. Fueron
se vieron hundidos en el Siglo VII por
la conquista árabe pero sin renunciar
a su religión. Los Otomanos se
impusieron en el Siglo XVI. Encontramos
estas tres capas humanas un poco por doquier
en el imperio otomano, llamado de la Sublime
Puerta.
La gran originalidad humana de Egipto
en aquella época resida en la presencia
de un cuarto componente que no existe
en ningún otro lugar: los Mamelucos,
«los hombres comprados»
en lengua árabe. Hacia 1230, un
cierto sultán de Egipto compra
doce mil jóvenes del Cáucaso,
principalmente georgianos y circasianos,
para hacer de ellos la élite de
su ejército. Seleccionados con
minucia, adquirieron pronto una gran influencia
y, en la generación siguiente,
se impusieron por la fuerza como amos
del país. Una vez al poder, aportaron
a Egipto una civilización refinada,
todavía enriqueciendo las dos culturas
precedentes, faraónica y árabe.
A su llegada
en 1517, los turcos otomanos se arreglan
con ellos. A cambio del reconocimiento
de la soberanía de Turquía,
representada por un pachá, dejan
la administración del país
a los beys mamelucos agrupados en un Consejo
de Gobierno, el diwan, presidido nominalmente
por el pachá.
Emancipándose progresivamente de
la autoridad del sultán de Constantinopla,
los mamelucos terminan por liberarse y
sojuzgar a la población, totalmente
cortados de ella, y llevando una vida
lujosa. Contando una docena de miles,
no representan así más que
una casta dirigente opresiva y cruel,
extranjera al país. La Sublime
Puerta sólo espera al hombre providencial
que ponga fin a su tiranía, a su
arrogancia y a sus rapiñas.
El noble móvil
de una intervención por ende se
presenta por él mismo, tanto más
cuanto que Francia es la amiga de siempre
del sultán de Constantinopla. La
carta de una operación de socorro
en provecho de una población amiga
oprimida se puede jugar perfectamente
en el plano diplomático en esos
tiempos de emancipación de los
pueblos. ¡Pero aún hay que
convencer a los Directores!
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Joven
mameluco
Jinetes incomparables,
los mamelucos son combatientes
aguerridos. Estampa
romántica. |
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Ciertos autores
atribuyen a Talleyrand la completa
paternidad del asunto. Veamos eso más de
cerca…
Desde sus primeras lecturas históricas
de Brienne, la fascinación de Napoleón
por el Oriente no hizo más que crecer,
aureolada por las epopeyas de Alejandro y de César.
Su interés particular por Egipto, cuna
de diversas civilizaciones prestigiosas, fue aguzado
en especial por la lectura del «Voyage
en Egypte en en Syrie» (Viaje a Egipto
y Siria) de Volney, a quien tuvo la oportunidad
de conocer en Córcega durante una de sus
licencias. Quedó profundamente marcado.
Es en Áncona, durante
la guerra de Italia, cuando se precisa su sueño
oriental todavía difuso. Entra en ese puerto
del Adriático el 5 de febrero de 1797.
Corre de inmediato hacia el mar en una suerte
de embriaguez. Es lo que algunos llaman «la
revelación de Áncona».
Él, que de costumbre no se detiene en ningún
lado, permanece ahí diez días para
recopilar datos acerca de esta «puerta
del Oriente». Informa al Directorio
el interés de conservar Áncona,
pase lo que pase, así como las islas Corfú,
Zante y Cefalonia en el Adriático.
Sus ideas se precisan en las semanas siguientes,
en especial en su cuartel general de Paseriano.
Ahí, sus generales y ayudas de campo reciben
la primicia de su proyecto egipcio. Abundan en
sus ideas así como Gaspard Monge, fundador
de la Escuela Politécnica, y ya parte.
Por una carta del 16 de junio de 1797, prepara
al gobierno a una idea de la expedición
de Egipto: «Los
tiempos no están lejos en que sentiremos
que, para destruir verdaderamente a Inglaterra,
hay que apoderarnos de Egipto. El vasto imperio
otomano, que perece todos los días, nos
pone en la obligación de pensar tempranamente
a tomar los medios para conservar nuestro comercio
del Levante».
Al permanecer
el gobierno sordo, el general Bonaparte
se vuelve entonces hacia Talleyrand, ministro
de Relaciones Exteriores, a través
de un correo del 13 de septiembre de 1797.
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Desarrolla
en él las ideas ya expuestas y le
sugiere un acercamiento diplomático
al gobierno de Constantinopla.
A su llegada al Ministerio de Relaciones
Exteriores, Talleyrand había tenido
conocimiento, con el mayor interés,
de los archivos evocados más arriba
en lo concierne a Egipto. De inmediato había
vislumbrado la importancia política
y estratégica de un proyecto que
volvía a ser de actualidad. El trámite
del general Bonaparte no podía ser
más oportuno.
En su pronta respuesta, Talleyrand le expresa
su entera aprobación: «Vuestras
ideas referentes a Egipto son grandes y
su utilidad debe ser sentida. Os
escribiré en lo referente al tema
más ampliamente». Pero
no hará nada. Su prudencia diplomática
decepciona un poco al bullicioso comandante
en jefe del ejército de Italia.
De regreso a París a fines de 1797,
el general Bonaparte vuelve a evocar su
idea, contribuyendo a tensar un poco más
sus relaciones con los Directores. Uno de
ellos, La Révellière-Lépeaux
exclama: «¡Pero no vamos
a exponer a treinta mil de los mejores soldados
franceses al azar de una batalla naval,
con el único fin de deshacernos de
un general ambicioso!».
Talleyrand entra entonces en escena de manera
decisiva. Para preparar la vía, había
presentado al Instituto una relación
sobre Egipto en los últimos meses
de 1797, después de la solicitación
del general Bonaparte. El 13 de febrero
de 1798, dirige al Directorio una «Reporte
sobre la cuestión de Egipto».
Defiende de la manera más hábil
la causa de una expedición. Vale
la pena citar algunos extractos: «Egipto
fue una provincia de la República
Romana; es preciso que se convierta en una
de la República Francesa (…)
Los Romanos sisaron Egipto a reyes ilustres
en las artes y las ciencias; los franceses
se la arrebatarán a los más
horribles tiranos que hayan existido jamás.
El antiguo gobierno de Francia se había
nutrido por largo tiempo de este proyecto
de conquista, pero era demasiado débil
para consagrarse a él. Su expedición
le estaba reservada al Directorio ejecutivo,
como el complemento a todo lo que la Revolución
francesa ha presentado al mundo asombrado,
de hermoso, de grande y de útil». |
 |
Bey
egipcio
Los beys (señores)
son los mamelucos de la
más alta jerarquía,
responsables de la administración
provincial. Aquí
vemos uno seguido de un
joven esclavo en la obra
de Luigi Mayer, Views
in Egypt (1804) |
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Ciertas personas
han pretendido más tarde que en esta circunstancia
Talleyrand había sido estipendiado por
Inglaterra para alejar la tormenta que la amenazaba
en el continente. Es una pura calumnia. Una prueba
de ello es que los ingleses no tuvieron noticia
de la destinación de la expedición,
lo cual la hubiera condenado por anticipado.
Por fin convencido, el Directorio da su aprobación
el 5 de marzo de 1798. El general Bonaparte recibe
«todos poderes para reunir a treinta
mil hombres en Tolón, y juntar ahí
a una escuadra para el transporte y la seguridad
de la expedición». Por razones
evidentes de seguridad, la destinación
debe permanecer secreta hasta el último
momento…
He aquí cómo fue concebido el proyecto
de la expedición de Egipto. La idea formaba
parte de la herencia nacional. El general Bonaparte
le dio nuevo impulso el primero, pero sin Talleyrand,
ésta se habría probablemente quedado
en los cartones.
| 2–
UNA APLICACIÓN CONDUCIDA CON
MANO MAESTRA |
|
Por motivos relacionados
con la crecida del Nilo, hay que estar sobre el
terreno a más tardar en julio.
UNA PREPARACIÓN
LLEVADA A LA BAQUETA
Entre
la decisión del 5 de marzo y la
salida de Tolón el 19 de mayo,
el jefe de la expedición no dispuso
más que de diez semanas, prodigio
de velocidad, para juntar al ejército
más formidable jamás visto
en el Mediterráneo desde la batalla
de Lepanto.
De los
puertos de Tolón, Génova,
Civitavecchia y Ajaccio, cerca de trescientos
bastimentos hacen a la vela simultáneamente,
entre los cuales trece navíos,
nueve fragatas, once corvetas y avisos,
doscientas treinta y dos urcas. Esta flota
lleva, además de diecisiete mil
hombres de tripulación, a un cuerpo
expedicionario de treinta mil hombres
repartidos en veinticinco mil soldados
de infantería, cuatro mil jinetes,
tres mil artilleros y mil auxiliares.
Son embarcados igualmente más de
mil piezas de artillería de campaña
y de sitio, cien mil bolas de cañón,
doce mil fusiles de reserva y cantidad
de cartuchos y de pólvora, cuatrocientos
sesenta y siete vehículos, seiscientos
ochenta caballos, víveres para
tres meses, sin olvidar una biblioteca
y una imprenta, objeto de estupefacción
para muchos. ¡Vaya idea descabellada,
partir a la guerra con una biblioteca
y una imprenta!
Napoleón
elige para acompañarle a la flor
de los oficiales, que, en su mayoría,
constituirán más tarde los
jerarcas de la Grande Armada: Berthier,
ya entonces jefe de estado mayor general,
los generales de división Desaix,
Kléber, Menou, Reynier, Bon, Dugua;
los generales de brigada Lannes, Murat,
Marmont, Davout, Lanusse, Vial, Veaux,
Rampon, Friand, Belliard, Dumas [padre
del célebre escritor; NdT.], Leclerc,
Verdier y Andréossy. Las funciones
de ayuda de campo son ejercidas por Junot,
Duroc, Eugenio de Beauharnais y su hermano
Luis. Bourrienne, condiscípulo
de Brienne, se encarga del secretariado.
La flota
está bajo el mando del vicealmirante
Brueys, asistido por cinco contralmirantes
entre los cuales figura el pronto célebre
Villeneuve.
En compañía
de sus colaboradores cercanos, el general
Bonaparte se embarca a bordo del Orient
- «Oriente» -, nave almirante,
comandado por el capitán de navío
Luce de Casabianca
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Bonaparte
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Medallón
ejecutado por André
Dutertre (1753--1842),
dibujante de la Comisión
de las ciencias y las
artes, durante la travesía
hacia Egipto a bordo
del navio almirante
Orient. Con
sus ojos azules y sus
«cabellos amarillos»
que tanto impresionarán
a los egipcios, el ascendente
de este muchacho de
28 años era sobrenatural.
¿Veis ese
hombre? -dice,
señalándolo,
el banquero Gollot durante
la travesía-
de así desearlo,
no hay uno solo de nosotros
a quien no hiciera echar
por la borda; ahora
que, por servirle, todos
nosotros nos arrojaríamos
de cabeza al agua antes
de que lo hubiese dicho
él. |
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Partida
del Ejército de Oriente
hacia Egipto,
19 de mayo de 1798.
El 31 de mayo de 1798, el diario
Publiciste relata el
evento haciendo hincapié
en « la cantidad prodigiosa
de artistas y de sabios »
que componían la expedición.
Grabado de Martinet. |
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Pero lo
que distingue sobre todo a esta operación
militar de toda otra, es su dimensión
cultural y científica
que pocos historiadores ponen de relieve.
En efecto, Napoleón insistió
ante el Directorio para que la expedición
tuviese también como objeto el
«progreso
de las Luces y el desarrollo de las Ciencias
y de las Artes». Se
le miró con sorpresa, pero no se
estuvo opuesto al designio. Es sin duda
este aspecto particular del asunto lo
que hizo escribir a Thiers, no obstante
poco tierno para con él: «En
toda su prodigiosa carrera, Napoleón
no imaginó nada más grande,
ni más hermoso».
Desde el momento de la firma de los decretos
gubernamentales, el general Bonaparte
encarga a MONGE,
ya convencido, reunir una comisión
de sabios y de artistas, dispuestos a
acompañarle. Se les autoriza hacerse
asistir por los alumnos voluntarios de
todas las grandes escuelas y establecimientos
del Estado: Politécnico, Central,
Normal, Minas, Puentes y Calzadas, Conservatorio
de las Artes y Oficios, Museo de Historia
Natural, etc. La medicina, la arquitectura,
la arqueología, y hasta la pintura
y la música, son igualmente solicitados.
El pobre Monge debe primero resolver un
delicado problema conyugal. Su mujer se
opone a su participación en la
aventura, estimando que a los cincuenta
y dos años ya no es de su edad.
El general Bonaparte visita a la señora
Monge para ablandarla. Primero debe disipar
un malentendido. ¡En el momento
de abrir la puerta, se le toma por un
alumno del profesor! Una vez corregido
el error, logra difícilmente convencer
a la señora Monge.
En cuanto
a los demás, se ve forzado a rechazar
a mucha gente. Signo revelador de los
tiempos nuevos y marca deslumbrante de
la vitalidad de la Francia posrevolucionaria,
una plétora de voluntarios se presenta,
a pesar de los reales peligros presumidos.
Algunos de los más grandes nombres
del momento no dudan a jugarse toda su
carrera y tal vez su vida en lo que no
es ante todo más que una expedición
militar. Citemos en particular, además
del matemático, al químico
Berthollet, el mecánico
Conté, el geógrafo
Lescene, el zoólogo
Geoffroy Saint-Hilaire,
el botanista Coquevert de Montbret,
los médicos Desgenettes
y Larrey, el mineralogista
Dolomieu, el dibujante
Vivant
Denon
etc., etc. En total ciento sesenta
y siete científicos, entre
los cuales un gran número de jóvenes
estudiantes, repartidos en dieciocho disciplinas.
Para marcar su interés, el general
Bonaparte se inscribe él mismo
en la de los geómetras.
En este agrupamiento de los más
diversos intelectuales reina una singular
exaltación. Uno de ellos, du Bois-Aymé,
nos ha dejado un testimonio que refleja
bien el ánimo común de esta
élite valiente: «Ignorábamos
a donde Bonaparte iba a llevar nuestros
pasos, pues la finalidad de la expedición
había sido rigurosamente guardada
en secreto. ¡Pero qué nos
importaba! Ese guerrero célebre
inspiraba entonces una confianza ciega…».
Es bien sabido, la cosecha cultural de
esos audaces pioneros se revelará
considerable para el renombre de Francia
en el mundo.
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Gaspard
Monge por Jean
Naigeon (1811)
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Genio
incomparable de las
matemáticas,
Gaspard Monge (1746-1818)
es
considerado, después
de Euclides, el geómetra
más grande de
la Historia. Miembro
de la Academia de Ciencias
a los 34 años,
es el creador de la
geometría descriptiva
e impulsor de la geometría
proyectiva, fue uno
de los creadores, junto
con Euler y Jean-Baptiste
Meusnier, de los primeros
teoremas de geometría
diferencial. Por otro
lado, efectuó
importantes estudios
tanto a nivel teórico
como práctico
en materia de metalurgia
del hierro, publicando,
junto con Berthollet
y Vandermonde en 1785,
la primera teoría
de la fundición
del acero según
la doctrina de Lavoisier.
Maravillado por la profundidad
del genio del joven
Napoleón de escasos
28 años, diría
de él que «
Dios se complació
en dotar a este héroe
de todas las cualidades
» |
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Para asegurarse
de que todo está en orden, el general Bonaparte
pasa una última revista antes de la partida.
Las tropas tienen bella estampa. Como en el caso
del ejército de Italia dos años
antes, les dirige una arenga a la antigua. Ya
se ha consagrado como un maestro en este arte
de la comunicación directa entre el jefe
y sus hombres en el instante crucial. Exalta los
corazones y motiva los espíritus. Hace
soñar a los hombres…
La grandiosa empresa que les espera exige un tono
épico a la altura: «(…) Las
legiones romanas que habéis imitado algunas
veces pero todavía nunca igualado, combatían
a Cartago, a veces en esta misma mar y en las
planicies de Zama. La victoria no las abandonó
jamás porque, constantemente, fueron bravas,
pacientes soportando la fatiga, disciplinadas
y unidas entre ellas. Soldados, Europa tiene los
ojos fijos sobre vosotros. Tenéis grandes
destinos que llenar, batallas por librar, peligros
y fatigas que vencer. Haréis más
de lo que nunca habéis hecho por la prosperidad
de la Patria, la dicha de los hombres y vuestra
propia gloria (…) Voy
a llevaros a un país donde, por vuestras
hazañas futuras, rebasaréis a quienes
hoy asombran a vuestros admiradores
(…) Yo prometo
a cada soldado que al regreso de esta expedición
tendrá a su disposición con qué
comprar seis arpendes de tierra».
Un inmenso ¡hurra! responde a estas
palabras, puntuadas de gritos «Viva
la República».
Llevada la gigantesca
preparación a bien en un tiempo record,
puesta la tropa en condición moral, dada
la partida en fanfarria, importa ahora llegar
a buen puerto...
JAQUE A
NELSON
La travesía
del Mediterráneo en toda su extensión,
con la poderosa flota inglesa a espaldas, ferozmente
decidida a arruinar la expedición, representa
innegablemente una apuesta arriesgada. Variando
sin embargo las rutas marítimas, es posible
ganarla. Pero bastaría que las dos flotas
se encuentren para que toda la empresa se caiga
al agua, en todo el sentido del término.
Así pues, la travesía va a resumirse
en un angustioso juego de escondidas entre el
almirante Brueys y el almirante Nelson. Brueys
la ganará, pero Nelson se vengará
poco después.
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El Vicealmirante François-Paul
conde de Brueys d’Aigailliers,
(1753-1798)
Retrato póstumo
(1859)
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El
contralmirante vizconde
Horatio Nelson
(1758-1805)
Óleo de Lemuel
Francis Abbott (1800) |
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Por asombroso
que parezca, los agentes del servicio de información
ingleses no pudieron penetrar el secreto de la
destinación de la expedición. La
amplitud de los preparativos evidentemente alarmó
al gobierno británico. Expedido de urgencia
a Gibraltar, Nelson toma el mando de los navíos
disponibles, en espera de prontos y substanciales
refuerzos. Su misión no sufre ambigüedad
alguna: «Buscar las fuerzas francesas
antes de que hayan partido y, una vez en presencia
de ellas, tomarlas, hundirlas, quemarlas o destruirlas.»
Este encarnizamiento devastador dice mucho sobre
la implacable determinación del gobierno
inglés y de su conciencia de lo que estaba
en juego. ¿¡Qué más
convincente justificación de la expedición!?
Nelson analiza correctamente la situación
estratégica. «Pienso que la intención
de los franceses es apoderarse de algún
puerto egipcio, a fin de poder enviar un ejército
formidable a las Indias», escribe a
sus superiores. Disponiendo de navíos dos
veces más veloces que los franceses, el
presuntuoso Nelson piensa que éstos no
irán muy lejos. Pero, engañado por
falsos informes, no cesa de descaminarse en los
cuatro extremos del Mediterráneo oriental,
sin nunca encontrar a la flota francesa que retrospectivamente
ha experimentado dos grandes espantos. ¡En
la noche del 22 al 23 de junio, las dos flotas
se cruzan a algunas millas de distancia ignorándose
soberbiamente! ¡Llegando a Alejandría,
el general Bonaparte se entera de que Nelson acaba
de partir de ahí hacia el norte, treinta
y seis horas antes!. ¡En ambas circunstancias,
toda la carrera de Napoleón pendió
de un hilo! ¡Hay que creer que su legendaria
buena estrella velaba por él!
Es conveniente añadir que el itinerario
hábilmente escogido por Brueys a lo largo
de las costas norte antes de doblar hacia el sur,
había alejado a la flota francesa de la
zona de búsqueda natural de Nelson.
Pero antes de
lograr llegar de esta forma y sin estorbos a Egipto,
hay que arreglar de paso el problema de Malta.
No se puede proseguir con la expedición
sin asegurarse la posesión de este inestimable
cerrojo de las comunicaciones marítimas
entre las dos partes occidental y oriental del
Mediterráneo. Y hay que actuar rápido
a causa de Nelson…
CONQUISTA
DE MALTA SOBRE LA MARCHA
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Toma
de Malta
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La isla de Malta era la plataforma
estratégica esencial
para cualquier operación
en el Levante. Tomada el 11
de junio, Napoleón impone
de inmediato su sistema: declara
a todos los habitantes iguales
en derechos, se le autoriza
la práctica de su culto
a los griegos ortodoxos y a
los judíos, que no deberán
más portar la estrella
amarilla y podrán construir
una sinagoga; 2000 esclavos
musulmanes son liberados. Si
bien el tesoro de la Orden es
confiscado, numerosos serán
los caballeros que se unirán
a la expedición. El general
Bonaparte se dirige a sus hombres:
«¡Soldados!
Vais a emprender una conquista
cuyos efectos sobre la civilización
y el comercio del mundo son
incalculables »,
y puesto que llega como liberador
para descargar a las poblaciones
del yugo de los mamelucos, intima
a sus tropas a respetar la religión
de los indígenas y sus
costumbres. Grabado popular. |
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La isla fortaleza
de Malta pertenece a la orden del mismo nombre
desde que Carlos Quinto la donó a los Caballeros
de San Juan de Jerusalén que huían
de Palestina. Esos prestes-soldados resistieron
heroicamente a todos los ataques del Islam conquistador.
Su Gran Maestre, Jean Parisot de la Valette, le
hizo ganar a la isla una reputación de
inviolabilidad al resistir en 1565 con nueve mil
soldados a cuarenta mil turcos.
Desde
entonces, este antiguo bastión
prestigioso del cristianismo no había
dejado de declinar. En 1798, su poder
no impresiona más. Repartidos en
ocho naciones desde su origen, los caballeros
yo no son más que trescientos,
de una edad promedio elevada, y en malos
términos con los aproximadamente
cien mil habitantes. Entre ellos, doscientos
franceses, entre los cuales el influyente
de Bosredon de Rancijat.
Los fuertes y murallas están mal
mantenidos. La vieja artillería
de la fortaleza está falta de municiones.
La marina es casi inexistente. Lo nueve
mil milicianos, fuerza principal de la
isla, mal equipados, son mediocres combatientes.
El gran
Maestre en ejercicio, el húngaro
Ferdinand Von Hompesch,
había imprudentemente tomado, hacía
poco, el partido de los enemigos de la
República francesa poniéndose
bajo la protección del zar Pablo
I. Durante la guerra de Italia, se le
habían confiscado todos los bienes
de la Orden.
Con la intención de facilitar la
rendición de la isla, el Directorio
había despachado a Malta algunos
meses antes al encargado de misión
Poussielgue, quien había
logrado ganarse el favor de los Caballeros
franceses.
Cuando el ejército francés
se presenta frente a Malta el 9 de junio
de 1798, la situación es pues favorable,
pero no enteramente madura para una capitulación
rápida. El general Bonaparte debe
mostrar ostensiblemente su fuerza desplegando
toda la flota a lo largo de la costa.
Esta gesticulación militar descompone
los nervios de la guarnición. El
día siguiente al amanecer, un desembarque
simultáneo en siete puntos de la
isla se impone rápidamente a una
débil oposición. A las diez
de la mañana, la totalidad de la
isla está conquistada, con excepción
de La Valette cuya resistencia se desmorona
por ella misma en la velada. El Gran Maestre
capitula. La isla se hace francesa.
Antes
de proseguir la expedición, es
importante organizar la posición
y asegurar su defensa. No hay un minuto
que perder, siempre a causa de Nelson.
Para dar una idea de la intensidad del
trabajo realizado en esta circunstancia,
el general Bonaparte dicta en ocho días
ciento setenta decretos relativos a todos
los ámbitos de la administración
de la isla. Un orden moderno remplaza
a un poder obsoleto. Las inmensas riquezas
de la isla se convierten en propiedad
francesa. Napoleón otorga a los
israelitas el derecho de edificar una
sinagoga, preludio a su gran proyecto
de emancipación del pueblo judío.
Hecho notable, libera a los aproximadamente
setecientos forzados musulmanes que sirven
en las galeras de la Orden.
Haciéndose a la mar nuevamente
el 18 de junio, se embarca a esos prisioneros
para servir de testigos ante la población
egipcia del poderío de Francia
y mensajeros de su amistad para con el
Islam. Dos mil hombres de la Legión
Maltesa y cuarenta y dos Caballeros voluntarios
se unen a la expedición.
El general Vaubois permanece en la isla
con cuatro mil soldados para asegurarse
de que esta posición estratégica
irremplazable no caiga en manos de los
ingleses.
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Ferdinand
von Hompesch zu Bolheim,
Gran Maestre de la Orden
de Malta (1744 -1805) |
.La
controvertida capitulación
de Malta es firmada
el 11 de junio de 1798,
sin resistencia real
previa. Si bien es verdad
que el número
de las tropas francesas
era aplastante, la isla
gozaba de fortificaciones
que hubieran obligado
a la flota de Egipto
a mantener un sitio
demasiado prolongado,
haciéndola, vistas
las circunstancias,
no viable. A pesar de
ello, von Hompesch abandonó
la isla con muchos de
sus caballeros sin combate.
Aun cuando es cierto
que las reglas de la
Orden prohibían
toda contienda contra
cristianos, graves acusaciones
de confabulación
en contra de von Hompesch
fueron levantadas En
efecto, en virtud de
los pactos acordados
entre ambos, se estipulaba
que el Gran Maestre
percibiría una
renta igual a la que
perdía con su
cargo, respetándose
por otro lado todo su
patrimonio; asimismo,
todos sus honores y
distinciones le eran
conservados, lo que
algunos han querido
ver como una recompensa
por su sumisión.
Sea como fuere, el gran
Maestre se retiró
a Trieste con sus bienes
y algunos tesoros, entre
los cuales figuraba
la legendaria Madonna
de Filermo. |
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Napoleón
consagra el resto de la travesía a una
preparación psicológica
del desembarque destinada a los tres actores principales
de la operación: su ejército, la
población egipcia y el representante del
sultán en El Cairo.
A los soldados, hace que se les lea en cada navío
el 22 de junio una nueva proclama que exige un
comportamiento ejemplar para con las poblaciones
de Egipto. Inscribe la acción
que está por venir toda entera bajo el
signo de una auténtica tolerancia.
Todo impregnado de humanismo, su propósito
merece una cita in extenso: «Soldados,
vais a emprender una conquista cuyos efectos sobre
la civilización y el comercio del mundo
serán incalculables. Asestaréis
a Inglaterra el golpe más seguro y más
sensible, en espera de que podáis darle
el golpe mortal. Haremos algunas marchas fatigantes.
Libraremos múltiples combates. Tendremos
éxito en todas nuestras empresas, los destinos
son para nosotros (…). Los
Beys mamelucos que favorecen exclusivamente al
comercio inglés, que han cubierto de agravios
a nuestros negociantes y que tiranizan a los desdichados
habitantes del Nilo, algunos días después
de nuestra llegada no existirán más.
Los pueblos con los cuales vamos a vivir son mahometanos.
Su primer artículo de fe es éste:
no hay otro dios que Dios y Mahoma es su profeta.
No los contradigáis. Comportaos con ellos
como nos hemos comportado con los judíos,
los italianos. Tened atenciones son sus muftíes
y sus imams, como los tuvisteis para con los rabinos
y los obispos. Tened por las ceremonias que prescribe
el Alcorán y por las mezquitas la misma
tolerancia que habéis tenido por los conventos,
por las sinagogas, por la religión de Moisés
y de Jesucristo.
Las legiones romanas protegían a todas
las religiones. Encontraréis aquí
costumbres diferentes a las de Europa. Hay que
habituaros a ellas. Los pueblos donde vamos tratan
a las mujeres diferentemente que nosotros. Pero
en todos los países, aquel que viola es
un monstruo. El pillaje no enriquece más
que a un número pequeño de hombres.
Nos deshonra, destruye nuestros recursos y nos
hace enemigos de los pueblos que es de nuestro
interés tener por amigos. La primera ciudad
que encontraremos fue erigida por Alejandro. En
ella hallaremos a cada paso recuerdos dignos de
excitar la emulación de los franceses.»
A la población
egipcia Napoleón dirige una proclama
reconfortante redactada en árabe.
Fustiga a los mamelucos opresores, promete
la aniquilación de su yugo, se
compromete a respetar la administración
local y sobre todo proclama su amistad
por el Islam, sin por ello confundir tolerancia
y debilidad: «Pueblo
de Egipto, desde hace demasiado tiempo,
esta pandilla de esclavos comprados que
os gobiernan tiraniza a la más
bella parte del mundo. Pero Dios, de quien
todo depende, ha ordenado que su imperio
se acabe. Se os dirá que vengo
a destruir vuestra religión. No
lo creáis. Responded que vengo
a restituiros vuestros derechos, a castigar
a los usurpadores y que respeto más
que a los mamelucos, a Dios, su Profeta
y el Alcorán.(…)
¿Qué
sabiduría, qué talentos,
qué virtudes distinguen a los mamelucos
para que tengan exclusivamente todo lo
que hace a la vida amable y dulce?
(…) ¡Si
Egipto es su granja, que muestren el arriendo
que Dios les ha hecho! (…) Todos
los Egipcios serán llamados a administrar
todas las plazas. Los más sabios,
los más instruidos, los más
virtuosos gobernarán, y el pueblo
será dichoso. (…) Cadis,
Sheiks, Imams, decid al pueblo que somos
los verdaderos amigos de los musulmanes.
(...) ¿No
somos nosotros quienes hemos sido en todos
los siglos los amigos del gran Señor,
el Sultán de Constantinopla, y
el enemigo de sus enemigos? Los mamelucos,
al contrario, siempre se han revelado
contra la autoridad del Gran Señor
que nuevamente no reconocían. ¡Tres
veces dichosos quienes estén con
nosotros! (…) Pero
malhaya, tres veces malhaya a quienes
se armen a favor de los mamelucos y combatan
contra nosotros. No habrá esperanza
para ellos: ¡perecerán!».
Es el
turno ahora del representante del sultán
en El Cairo, Abu Bakr,
suerte de rey holgazán. Es preciso
reconfortar a la Sublime Puerta, paralelamente
a la acción diplomática
esperada de Talleyrand. Es de un interés
primordial evitar un conflicto con Constantinopla.
Pero la hábil diplomacia británica
se opondrá a ello.
La carta expedida al pachá, escrita
a bordo del « Orient »
la víspera del desembarque, está
destinada a anunciarle que el ejército
francés no viene sino a liberarlo
de la humillante tutela en la que lo tienen
los beys mamelucos. Así redactada,
es llevada al Cairo por un oficial turco
embarcado en Malta: «El
Directorio Ejecutivo de la República
francesa se ha dirigido en múltiples
ocasiones a la Sublime Puerta para demandar
el castigo de los beys de Egipto que agobian
a los comerciantes franceses
(…). La
República francesa se ha decidido
a enviar un poderoso ejército para
poner fin a los bandidajes de los beys
de Egipto, así como se vio obligada
a hacerlo en múltiples ocasiones
este siglo, contra los beys de Túnez
y de Argel. Tú, que deberías
ser el amo de los beys y que, sin embargo,
ellos mantienen en El Cairo sin autoridad
y sin poder, tú debes ver mi llegada
con placer. Sin duda estás al tanto
de que no vengo para hacer algo contra
el Alcorán, ni contra el Sultán.
Sabes que la Nación francesa es
la única aliada que el Sultán
tenga en Europa. Ven luego a mi encuentro
y maldice conmigo a la raza impía
de los beys.»
En resumen,
el general Bonaparte propone a Abu Bakr
un protectorado ventajoso para Constantinopla,
en reemplazo de la humillante tiranía
mameluca. Pero, por desgracia, esta misiva
no llegará a su destinatario. ¿Lo
hubiera influenciado? A decir verdad,
nos es permitido dudarlo.
¡Después
de este condicionamiento psicológico,
¡paso libre a la acción!
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Sabio
de la Comisión
de Egipto
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Los
sabios eran fácilmente
reconocibles por su
traje verde que «
chocaba mucho a los
musulmanes »,
por ser éste
el color reservado para
los descendientes de
Mahoma. |
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LA RUDA
TOMA DE POSESIÓN DE EGIPTO
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El
desembarque de Bonaparte en
Egipto |
El
desembarco del Ejército
de Oriente se lleva a cabo el
2 de julio de 1789 a la una
de la madrugada. Apenas hubo
puesto el pie en las arenas
egipcias, Napoleón lanza
su proclama famosa «
Desde
hace demasiado tiempo, esta
pandilla de esclavos
[los mamelucos]
tiraniza
a la más bella parte
del mundo; pero Dios, el Señor
de todos los mundos, el todopoderoso,
ha ordenado que su imperio acabase
».
Dibujo de Charles Lemire |
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La víspera
del desembarque, el general Bonaparte necesita
conocer con precisión la situación
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