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BONAPARTE EN EGIPTO
O
LA SUBLIME VACILACIÓN DE LA HISTORIA
Por el GENERAL (2S) MICHEL FRANCESCHI
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Traducción, notas y comentarios del Instituto Napoleónico México-Francia.
El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
General Franceschi
 
Napoleón en El Cairo, por Anne-Louis Girodet.
De noche, al terminar la jornada de trabajo, imaginando las hazañas de César en las puertas del Oriente, Napoleón se pasea por las calles de El Cairo mientras un oficial que le sigue le lee la Farsalia de Lucano.
« El tiempo que pasé en Egipto fue el más hermoso de mi vida, pues fue el más ideal (…). Las verdaderas conquistas son aquellas que se hacen sobre la ignorancia ».
Napoleón en Santa Helena.

Los historiadores descuidan algo la expedición del General Bonaparte en Egipto. Incluso llegan a hacer burla de ella. ¡¿Qué diablos fue a hacer metiéndose en esa galera?!
Esta actitud es muy lamentable, pues se trata de un evento fabuloso en los planos militar, político y cultural.

1– UN CONCEPTO ESTRATÉGICO DE ALTO VUELO

Tras sus fulgurantes victorias de la guerra de Italia (1796-1797), el general Bonaparte hace una entrada triunfal a París el 5 de diciembre de 1797. Acaba de firmar, el 30 de noviembre en Rastadt, en nombre del Directorio, el final de la guerra con Austria, pero la paz general dista mucho de estar establecida.
Nombrado comandante del ejército de Inglaterra, se libra a una reflexión geoestratégica con detenimiento. Entre los múltiples enemigos de la Francia nueva, el más peligroso y más determinado es sin duda Inglaterra. Ésta ya se consagra a coaligar de nuevo a las cortes europeas para abatir a la Francia surgida de la Revolución. No puede tolerar su radiante expansión porque representa un peligro mortal para sus instituciones absolutistas y constituye un obstáculo mayor a su imperialismo colonial.
A menos de capitular de inmediato, la guerra es ineluctable. Luego es de vital interés para Francia buscar sin demora la mejor manera de defenderse.
Para combatir a la intratable Albión, dos opciones militares se presentan:

------------------------------- ya sea un ataque directo a Gran Bretaña,
------------------------------- o bien una operación indirecta sobre sus comunicaciones imperiales.

El General Bonaparte estudia primero la factibilidad de una invasión de Inglaterra. En febrero de 1798, con sus ayudas de campo Lannes, Bourrienne y Julkowski, emprende una gira de inspección de quince días en las costas y puertos. Examine con minucia las posibilidades propuestas por los puertos de Étaples, Ambleteuse, Boloña, Calais, Dunkerque, Furnes, Newport, Ostende, Amberes y la isla de Walcheren. Se realiza el censo de todos los medios de transportes que se podrían juntar como complemento a la flota de guerra. El resultado obtenido es inapelable: se está muy lejos de poder esperar predominar sobre la potencia naval británica. El general Bonaparte informa al Directorio que debe renunciar a la invasión de Inglaterra mientras Francia no haya constituido una marina nacional en relación con su política extranjera y de defensa, tarea a la que es preciso consagrarse urgentemente. La cuestión se presentará bajo mejores auspicios en 1805…
Al presentarse el ataque directo a Inglaterra como imposible en un futuro próximo, la elección de una estrategia indirecta se impone. Después de una profunda reflexión, el General Bonaparte propone al Directorio una expedición a Egipto.

Gamal Abdel Nasser.
« La expedición de Napoleón rompió las cadenas forjadas por los mongoles; ideas nuevas se abrieron paso, abriéndonos nuevos horizontes. Mohammed Alí quiso continuar la tradición de los Mamelucos adaptándose a la vez a las necesidades del momento y teniendo en cuenta el estado de espíritu creado por los franceses. Así es como, saliendo de nuestro aislamiento, retomamos contacto con Europa y el mundo civilizado. Era el inicio del renacimiento ».
Gamal Abdel Nasser, Filosofía de la Revolución.

 

UN PROYECTO LARGAMENTE MADURADO

¿Por qué Egipto? Se han contado muchos disparates sobre esta operación. Se ha escrito que su objeto principal era alejar de París a un «héroe desempleado», peligroso para las instituciones. La explicación es un poco corta. Si es verdad que el vencedor de Austria incomodaba, existían métodos mucho más expeditivos para neutralizarle. Además, en esta hipótesis, ¿por qué los Directores habrían cavilado tanto tiempo antes de dar su aprobación?
Algunos han visto en la empresa una «fantasía» consentida por un Directorio acomplejado ante un general prestigioso, deseoso de dárselas de Alejandro o de César. La tesis es aún menos admisible.
En verdad, la expedición de Egipto concreta una gran idea estratégica concebida mucho antes de la Revolución y vuelta a poner a la orden del día por la situación. El deseo de alejar al general Bonaparte no jugó más que un papel totalmente menor.

En 1672, Leibniz escribe a Luis XIV para presumir las ventajas de una conquista de Egipto en su guerra contra Holanda: «(…) Es en Egipto donde hay que golpear. Ahí encontraréis la gran ruta del comercio de las Indias. Arrebataréis ese comercio a los holandeses. Aseguraréis la eterna dominación de Francia en el Levante. Regocijaréis a toda la cristiandad. Llenaréis al mundo de asombro y de admiración. Lejos de ligarse contra vos, Europa os aplaudirá». Luis XIV se muestra interesado pero no puede dar curso al plan.
En 1769, Choiseul retoma el proyecto bajo el reinado de Luis XV, «para remplazar la pérdida de las colonias americanas».
Bajo Luis XVI – ¡qué continuidad! – el Señor de Sartine se esfuerza a su vez en convencer al rey con los mismos argumentos que Leibniz, los ingleses remplazando a los holandeses. Estos trámites oficiales son confortados por los informes de los agentes consulares y otros negociantes o viajeros influyentes.
Actualizada en 1798, la conquista de Egipto le asegura a Francia ventajas geoestratégicas considerables.
Al amenazar la ruta de las Indias, joya de la corona británica, la aísla en parte de Europa. La obliga a dispersar sus poderosos medios navales.
La posesión de Egipto y de su relevo natural, Malta, representa de todas formas una incomparable moneda de cambio en toda futura negociación de paz.
Por le demás, Egipto pertenece por derecho, si no de facto, al imperio otomano en descomposición. La presencia de Francia en este territorio la coloca en mejores condiciones para una sucesión o un reparto internacional eventual.

El conde de Choiseul-Gouffier (1752-1817)
«Egipto ya no es de los turcos, el pachá no es nada ahí; no le pertenece a nadie» Grabado de la época.

Finalmente, los agentes consulares dan a saber que Inglaterra intensifica desde hace algún tiempo sus relaciones directas con los beys (señores) de Egipto sobre la base del tratado de comercio firmado con ellos en 1775. Se prepara manifiestamente a hacer de Egipto la pieza clave de su expansión colonial en Oriente. La posesión simultánea de Egipto y de Malta, además de Gibraltar desde 1713, le garantizaría la supremacía en el Mediterráneo y haría pesar sobre las costas mediterráneas de Francia una amenaza permanente. En esta perspectiva, Francia vería además comprometida toda su política africana.
Francia está en casa en el Mediterráneo, que costea sobre mil kilómetros sin contar Córcega. No es el caso de Inglaterra que quiere hacer de él un trampolín de su imperialismo.
En definitiva, Egipto constituye un envite mayor en el afrontamiento con Inglaterra. Una carrera de velocidad es iniciada por su control. En interés superior del país, es necesario para el Directorio no perderla.

El Egipto de fines del Siglo XVIII ya no les debe nada a los faraones de sus orígenes, ni a sus prestigiosos conquistadores sucesivos, Alejandro, Tolomeo, César y Saladino. Les Coptos cristianizados son los únicos autóctonos del país. Fueron se vieron hundidos en el Siglo VII por la conquista árabe pero sin renunciar a su religión. Los Otomanos se impusieron en el Siglo XVI. Encontramos estas tres capas humanas un poco por doquier en el imperio otomano, llamado de la Sublime Puerta.
La gran originalidad humana de Egipto en aquella época resida en la presencia de un cuarto componente que no existe en ningún otro lugar: los Mamelucos, «los hombres comprados» en lengua árabe. Hacia 1230, un cierto sultán de Egipto compra doce mil jóvenes del Cáucaso, principalmente georgianos y circasianos, para hacer de ellos la élite de su ejército. Seleccionados con minucia, adquirieron pronto una gran influencia y, en la generación siguiente, se impusieron por la fuerza como amos del país. Una vez al poder, aportaron a Egipto una civilización refinada, todavía enriqueciendo las dos culturas precedentes, faraónica y árabe.

A su llegada en 1517, los turcos otomanos se arreglan con ellos. A cambio del reconocimiento de la soberanía de Turquía, representada por un pachá, dejan la administración del país a los beys mamelucos agrupados en un Consejo de Gobierno, el diwan, presidido nominalmente por el pachá.
Emancipándose progresivamente de la autoridad del sultán de Constantinopla, los mamelucos terminan por liberarse y sojuzgar a la población, totalmente cortados de ella, y llevando una vida lujosa. Contando una docena de miles, no representan así más que una casta dirigente opresiva y cruel, extranjera al país. La Sublime Puerta sólo espera al hombre providencial que ponga fin a su tiranía, a su arrogancia y a sus rapiñas.
El noble móvil de una intervención por ende se presenta por él mismo, tanto más cuanto que Francia es la amiga de siempre del sultán de Constantinopla. La carta de una operación de socorro en provecho de una población amiga oprimida se puede jugar perfectamente en el plano diplomático en esos tiempos de emancipación de los pueblos. ¡Pero aún hay que convencer a los Directores!

Joven mameluco
Jinetes incomparables, los mamelucos son combatientes aguerridos. Estampa romántica.

Ciertos autores atribuyen a Talleyrand la completa paternidad del asunto. Veamos eso más de cerca…
Desde sus primeras lecturas históricas de Brienne, la fascinación de Napoleón por el Oriente no hizo más que crecer, aureolada por las epopeyas de Alejandro y de César.
Su interés particular por Egipto, cuna de diversas civilizaciones prestigiosas, fue aguzado en especial por la lectura del «Voyage en Egypte en en Syrie» (Viaje a Egipto y Siria) de Volney, a quien tuvo la oportunidad de conocer en Córcega durante una de sus licencias. Quedó profundamente marcado.
Es en Áncona, durante la guerra de Italia, cuando se precisa su sueño oriental todavía difuso. Entra en ese puerto del Adriático el 5 de febrero de 1797. Corre de inmediato hacia el mar en una suerte de embriaguez. Es lo que algunos llaman «la revelación de Áncona». Él, que de costumbre no se detiene en ningún lado, permanece ahí diez días para recopilar datos acerca de esta «puerta del Oriente». Informa al Directorio el interés de conservar Áncona, pase lo que pase, así como las islas Corfú, Zante y Cefalonia en el Adriático.
Sus ideas se precisan en las semanas siguientes, en especial en su cuartel general de Paseriano. Ahí, sus generales y ayudas de campo reciben la primicia de su proyecto egipcio. Abundan en sus ideas así como Gaspard Monge, fundador de la Escuela Politécnica, y ya parte.
Por una carta del 16 de junio de 1797, prepara al gobierno a una idea de la expedición de Egipto: «Los tiempos no están lejos en que sentiremos que, para destruir verdaderamente a Inglaterra, hay que apoderarnos de Egipto. El vasto imperio otomano, que perece todos los días, nos pone en la obligación de pensar tempranamente a tomar los medios para conservar nuestro comercio del Levante».

Al permanecer el gobierno sordo, el general Bonaparte se vuelve entonces hacia Talleyrand, ministro de Relaciones Exteriores, a través de un correo del 13 de septiembre de 1797.

Desarrolla en él las ideas ya expuestas y le sugiere un acercamiento diplomático al gobierno de Constantinopla.
A su llegada al Ministerio de Relaciones Exteriores, Talleyrand había tenido conocimiento, con el mayor interés, de los archivos evocados más arriba en lo concierne a Egipto. De inmediato había vislumbrado la importancia política y estratégica de un proyecto que volvía a ser de actualidad. El trámite del general Bonaparte no podía ser más oportuno.
En su pronta respuesta, Talleyrand le expresa su entera aprobación: «Vuestras ideas referentes a Egipto son grandes y su utilidad debe ser sentida. Os escribiré en lo referente al tema más ampliamente». Pero no hará nada. Su prudencia diplomática decepciona un poco al bullicioso comandante en jefe del ejército de Italia.
De regreso a París a fines de 1797, el general Bonaparte vuelve a evocar su idea, contribuyendo a tensar un poco más sus relaciones con los Directores. Uno de ellos, La Révellière-Lépeaux exclama: «¡Pero no vamos a exponer a treinta mil de los mejores soldados franceses al azar de una batalla naval, con el único fin de deshacernos de un general ambicioso!».
Talleyrand entra entonces en escena de manera decisiva. Para preparar la vía, había presentado al Instituto una relación sobre Egipto en los últimos meses de 1797, después de la solicitación del general Bonaparte. El 13 de febrero de 1798, dirige al Directorio una «Reporte sobre la cuestión de Egipto». Defiende de la manera más hábil la causa de una expedición. Vale la pena citar algunos extractos: «Egipto fue una provincia de la República Romana; es preciso que se convierta en una de la República Francesa (…) Los Romanos sisaron Egipto a reyes ilustres en las artes y las ciencias; los franceses se la arrebatarán a los más horribles tiranos que hayan existido jamás. El antiguo gobierno de Francia se había nutrido por largo tiempo de este proyecto de conquista, pero era demasiado débil para consagrarse a él. Su expedición le estaba reservada al Directorio ejecutivo, como el complemento a todo lo que la Revolución francesa ha presentado al mundo asombrado, de hermoso, de grande y de útil».
Bey egipcio
Los beys (señores) son los mamelucos de la más alta jerarquía, responsables de la administración provincial. Aquí vemos uno seguido de un joven esclavo en la obra de Luigi Mayer, Views in Egypt (1804)

Ciertas personas han pretendido más tarde que en esta circunstancia Talleyrand había sido estipendiado por Inglaterra para alejar la tormenta que la amenazaba en el continente. Es una pura calumnia. Una prueba de ello es que los ingleses no tuvieron noticia de la destinación de la expedición, lo cual la hubiera condenado por anticipado.
Por fin convencido, el Directorio da su aprobación el 5 de marzo de 1798. El general Bonaparte recibe «todos poderes para reunir a treinta mil hombres en Tolón, y juntar ahí a una escuadra para el transporte y la seguridad de la expedición». Por razones evidentes de seguridad, la destinación debe permanecer secreta hasta el último momento…
He aquí cómo fue concebido el proyecto de la expedición de Egipto. La idea formaba parte de la herencia nacional. El general Bonaparte le dio nuevo impulso el primero, pero sin Talleyrand, ésta se habría probablemente quedado en los cartones.

2– UNA APLICACIÓN CONDUCIDA CON MANO MAESTRA

Por motivos relacionados con la crecida del Nilo, hay que estar sobre el terreno a más tardar en julio.

UNA PREPARACIÓN LLEVADA A LA BAQUETA

Entre la decisión del 5 de marzo y la salida de Tolón el 19 de mayo, el jefe de la expedición no dispuso más que de diez semanas, prodigio de velocidad, para juntar al ejército más formidable jamás visto en el Mediterráneo desde la batalla de Lepanto.

De los puertos de Tolón, Génova, Civitavecchia y Ajaccio, cerca de trescientos bastimentos hacen a la vela simultáneamente, entre los cuales trece navíos, nueve fragatas, once corvetas y avisos, doscientas treinta y dos urcas. Esta flota lleva, además de diecisiete mil hombres de tripulación, a un cuerpo expedicionario de treinta mil hombres repartidos en veinticinco mil soldados de infantería, cuatro mil jinetes, tres mil artilleros y mil auxiliares. Son embarcados igualmente más de mil piezas de artillería de campaña y de sitio, cien mil bolas de cañón, doce mil fusiles de reserva y cantidad de cartuchos y de pólvora, cuatrocientos sesenta y siete vehículos, seiscientos ochenta caballos, víveres para tres meses, sin olvidar una biblioteca y una imprenta, objeto de estupefacción para muchos. ¡Vaya idea descabellada, partir a la guerra con una biblioteca y una imprenta!

Napoleón elige para acompañarle a la flor de los oficiales, que, en su mayoría, constituirán más tarde los jerarcas de la Grande Armada: Berthier, ya entonces jefe de estado mayor general, los generales de división Desaix, Kléber, Menou, Reynier, Bon, Dugua; los generales de brigada Lannes, Murat, Marmont, Davout, Lanusse, Vial, Veaux, Rampon, Friand, Belliard, Dumas [padre del célebre escritor; NdT.], Leclerc, Verdier y Andréossy. Las funciones de ayuda de campo son ejercidas por Junot, Duroc, Eugenio de Beauharnais y su hermano Luis. Bourrienne, condiscípulo de Brienne, se encarga del secretariado.

La flota está bajo el mando del vicealmirante Brueys, asistido por cinco contralmirantes entre los cuales figura el pronto célebre Villeneuve.

En compañía de sus colaboradores cercanos, el general Bonaparte se embarca a bordo del Orient - «Oriente» -, nave almirante, comandado por el capitán de navío Luce de Casabianca

Bonaparte
Medallón ejecutado por André Dutertre (1753--1842), dibujante de la Comisión de las ciencias y las artes, durante la travesía hacia Egipto a bordo del navio almirante Orient. Con sus ojos azules y sus «cabellos amarillos» que tanto impresionarán a los egipcios, el ascendente de este muchacho de 28 años era sobrenatural. ¿Veis ese hombre? -dice, señalándolo, el banquero Gollot durante la travesía- de así desearlo, no hay uno solo de nosotros a quien no hiciera echar por la borda; ahora que, por servirle, todos nosotros nos arrojaríamos de cabeza al agua antes de que lo hubiese dicho él.
 
Partida del Ejército de Oriente hacia Egipto, 19 de mayo de 1798.
El 31 de mayo de 1798, el diario Publiciste relata el evento haciendo hincapié en « la cantidad prodigiosa de artistas y de sabios » que componían la expedición. Grabado de Martinet.
     

Pero lo que distingue sobre todo a esta operación militar de toda otra, es su dimensión cultural y científica que pocos historiadores ponen de relieve. En efecto, Napoleón insistió ante el Directorio para que la expedición tuviese también como objeto el «progreso de las Luces y el desarrollo de las Ciencias y de las Artes». Se le miró con sorpresa, pero no se estuvo opuesto al designio. Es sin duda este aspecto particular del asunto lo que hizo escribir a Thiers, no obstante poco tierno para con él: «En toda su prodigiosa carrera, Napoleón no imaginó nada más grande, ni más hermoso».
Desde el momento de la firma de los decretos gubernamentales, el general Bonaparte encarga a MONGE, ya convencido, reunir una comisión de sabios y de artistas, dispuestos a acompañarle. Se les autoriza hacerse asistir por los alumnos voluntarios de todas las grandes escuelas y establecimientos del Estado: Politécnico, Central, Normal, Minas, Puentes y Calzadas, Conservatorio de las Artes y Oficios, Museo de Historia Natural, etc. La medicina, la arquitectura, la arqueología, y hasta la pintura y la música, son igualmente solicitados.
El pobre Monge debe primero resolver un delicado problema conyugal. Su mujer se opone a su participación en la aventura, estimando que a los cincuenta y dos años ya no es de su edad. El general Bonaparte visita a la señora Monge para ablandarla. Primero debe disipar un malentendido. ¡En el momento de abrir la puerta, se le toma por un alumno del profesor! Una vez corregido el error, logra difícilmente convencer a la señora Monge.

En cuanto a los demás, se ve forzado a rechazar a mucha gente. Signo revelador de los tiempos nuevos y marca deslumbrante de la vitalidad de la Francia posrevolucionaria, una plétora de voluntarios se presenta, a pesar de los reales peligros presumidos. Algunos de los más grandes nombres del momento no dudan a jugarse toda su carrera y tal vez su vida en lo que no es ante todo más que una expedición militar. Citemos en particular, además del matemático, al químico Berthollet, el mecánico Conté, el geógrafo Lescene, el zoólogo Geoffroy Saint-Hilaire, el botanista Coquevert de Montbret, los médicos Desgenettes y Larrey, el mineralogista Dolomieu, el dibujante Vivant Denon etc., etc. En total ciento sesenta y siete científicos, entre los cuales un gran número de jóvenes estudiantes, repartidos en dieciocho disciplinas. Para marcar su interés, el general Bonaparte se inscribe él mismo en la de los geómetras.
En este agrupamiento de los más diversos intelectuales reina una singular exaltación. Uno de ellos, du Bois-Aymé, nos ha dejado un testimonio que refleja bien el ánimo común de esta élite valiente: «Ignorábamos a donde Bonaparte iba a llevar nuestros pasos, pues la finalidad de la expedición había sido rigurosamente guardada en secreto. ¡Pero qué nos importaba! Ese guerrero célebre inspiraba entonces una confianza ciega…».
Es bien sabido, la cosecha cultural de esos audaces pioneros se revelará considerable para el renombre de Francia en el mundo.

Gaspard Monge por Jean Naigeon (1811)
Genio incomparable de las matemáticas, Gaspard Monge (1746-1818) es considerado, después de Euclides, el geómetra más grande de la Historia. Miembro de la Academia de Ciencias a los 34 años, es el creador de la geometría descriptiva e impulsor de la geometría proyectiva, fue uno de los creadores, junto con Euler y Jean-Baptiste Meusnier, de los primeros teoremas de geometría diferencial. Por otro lado, efectuó importantes estudios tanto a nivel teórico como práctico en materia de metalurgia del hierro, publicando, junto con Berthollet y Vandermonde en 1785, la primera teoría de la fundición del acero según la doctrina de Lavoisier. Maravillado por la profundidad del genio del joven Napoleón de escasos 28 años, diría de él que « Dios se complació en dotar a este héroe de todas las cualidades »

Para asegurarse de que todo está en orden, el general Bonaparte pasa una última revista antes de la partida. Las tropas tienen bella estampa. Como en el caso del ejército de Italia dos años antes, les dirige una arenga a la antigua. Ya se ha consagrado como un maestro en este arte de la comunicación directa entre el jefe y sus hombres en el instante crucial. Exalta los corazones y motiva los espíritus. Hace soñar a los hombres…
La grandiosa empresa que les espera exige un tono épico a la altura: «(…) Las legiones romanas que habéis imitado algunas veces pero todavía nunca igualado, combatían a Cartago, a veces en esta misma mar y en las planicies de Zama. La victoria no las abandonó jamás porque, constantemente, fueron bravas, pacientes soportando la fatiga, disciplinadas y unidas entre ellas. Soldados, Europa tiene los ojos fijos sobre vosotros. Tenéis grandes destinos que llenar, batallas por librar, peligros y fatigas que vencer. Haréis más de lo que nunca habéis hecho por la prosperidad de la Patria, la dicha de los hombres y vuestra propia gloria (…) Voy a llevaros a un país donde, por vuestras hazañas futuras, rebasaréis a quienes hoy asombran a vuestros admiradores (…) Yo prometo a cada soldado que al regreso de esta expedición tendrá a su disposición con qué comprar seis arpendes de tierra». Un inmenso ¡hurra! responde a estas palabras, puntuadas de gritos «Viva la República».

Llevada la gigantesca preparación a bien en un tiempo record, puesta la tropa en condición moral, dada la partida en fanfarria, importa ahora llegar a buen puerto...

 

JAQUE A NELSON

La travesía del Mediterráneo en toda su extensión, con la poderosa flota inglesa a espaldas, ferozmente decidida a arruinar la expedición, representa innegablemente una apuesta arriesgada. Variando sin embargo las rutas marítimas, es posible ganarla. Pero bastaría que las dos flotas se encuentren para que toda la empresa se caiga al agua, en todo el sentido del término.
Así pues, la travesía va a resumirse en un angustioso juego de escondidas entre el almirante Brueys y el almirante Nelson. Brueys la ganará, pero Nelson se vengará poco después.

El Vicealmirante François-Paul conde de Brueys d’Aigailliers, (1753-1798)
Retrato póstumo (1859
)
 
El contralmirante vizconde Horatio Nelson (1758-1805)
Óleo de Lemuel Francis Abbott (1800)

Por asombroso que parezca, los agentes del servicio de información ingleses no pudieron penetrar el secreto de la destinación de la expedición. La amplitud de los preparativos evidentemente alarmó al gobierno británico. Expedido de urgencia a Gibraltar, Nelson toma el mando de los navíos disponibles, en espera de prontos y substanciales refuerzos. Su misión no sufre ambigüedad alguna: «Buscar las fuerzas francesas antes de que hayan partido y, una vez en presencia de ellas, tomarlas, hundirlas, quemarlas o destruirlas.» Este encarnizamiento devastador dice mucho sobre la implacable determinación del gobierno inglés y de su conciencia de lo que estaba en juego. ¿¡Qué más convincente justificación de la expedición!?
Nelson analiza correctamente la situación estratégica. «Pienso que la intención de los franceses es apoderarse de algún puerto egipcio, a fin de poder enviar un ejército formidable a las Indias», escribe a sus superiores. Disponiendo de navíos dos veces más veloces que los franceses, el presuntuoso Nelson piensa que éstos no irán muy lejos. Pero, engañado por falsos informes, no cesa de descaminarse en los cuatro extremos del Mediterráneo oriental, sin nunca encontrar a la flota francesa que retrospectivamente ha experimentado dos grandes espantos. ¡En la noche del 22 al 23 de junio, las dos flotas se cruzan a algunas millas de distancia ignorándose soberbiamente! ¡Llegando a Alejandría, el general Bonaparte se entera de que Nelson acaba de partir de ahí hacia el norte, treinta y seis horas antes!. ¡En ambas circunstancias, toda la carrera de Napoleón pendió de un hilo! ¡Hay que creer que su legendaria buena estrella velaba por él!
Es conveniente añadir que el itinerario hábilmente escogido por Brueys a lo largo de las costas norte antes de doblar hacia el sur, había alejado a la flota francesa de la zona de búsqueda natural de Nelson.

Pero antes de lograr llegar de esta forma y sin estorbos a Egipto, hay que arreglar de paso el problema de Malta. No se puede proseguir con la expedición sin asegurarse la posesión de este inestimable cerrojo de las comunicaciones marítimas entre las dos partes occidental y oriental del Mediterráneo. Y hay que actuar rápido a causa de Nelson…

 

CONQUISTA DE MALTA SOBRE LA MARCHA

Toma de Malta
La isla de Malta era la plataforma estratégica esencial para cualquier operación en el Levante. Tomada el 11 de junio, Napoleón impone de inmediato su sistema: declara a todos los habitantes iguales en derechos, se le autoriza la práctica de su culto a los griegos ortodoxos y a los judíos, que no deberán más portar la estrella amarilla y podrán construir una sinagoga; 2000 esclavos musulmanes son liberados. Si bien el tesoro de la Orden es confiscado, numerosos serán los caballeros que se unirán a la expedición. El general Bonaparte se dirige a sus hombres: «¡Soldados! Vais a emprender una conquista cuyos efectos sobre la civilización y el comercio del mundo son incalculables », y puesto que llega como liberador para descargar a las poblaciones del yugo de los mamelucos, intima a sus tropas a respetar la religión de los indígenas y sus costumbres. Grabado popular.

La isla fortaleza de Malta pertenece a la orden del mismo nombre desde que Carlos Quinto la donó a los Caballeros de San Juan de Jerusalén que huían de Palestina. Esos prestes-soldados resistieron heroicamente a todos los ataques del Islam conquistador. Su Gran Maestre, Jean Parisot de la Valette, le hizo ganar a la isla una reputación de inviolabilidad al resistir en 1565 con nueve mil soldados a cuarenta mil turcos.

Desde entonces, este antiguo bastión prestigioso del cristianismo no había dejado de declinar. En 1798, su poder no impresiona más. Repartidos en ocho naciones desde su origen, los caballeros yo no son más que trescientos, de una edad promedio elevada, y en malos términos con los aproximadamente cien mil habitantes. Entre ellos, doscientos franceses, entre los cuales el influyente de Bosredon de Rancijat.
Los fuertes y murallas están mal mantenidos. La vieja artillería de la fortaleza está falta de municiones. La marina es casi inexistente. Lo nueve mil milicianos, fuerza principal de la isla, mal equipados, son mediocres combatientes.

El gran Maestre en ejercicio, el húngaro Ferdinand Von Hompesch, había imprudentemente tomado, hacía poco, el partido de los enemigos de la República francesa poniéndose bajo la protección del zar Pablo I. Durante la guerra de Italia, se le habían confiscado todos los bienes de la Orden.
Con la intención de facilitar la rendición de la isla, el Directorio había despachado a Malta algunos meses antes al encargado de misión Poussielgue, quien había logrado ganarse el favor de los Caballeros franceses.
Cuando el ejército francés se presenta frente a Malta el 9 de junio de 1798, la situación es pues favorable, pero no enteramente madura para una capitulación rápida. El general Bonaparte debe mostrar ostensiblemente su fuerza desplegando toda la flota a lo largo de la costa.
Esta gesticulación militar descompone los nervios de la guarnición. El día siguiente al amanecer, un desembarque simultáneo en siete puntos de la isla se impone rápidamente a una débil oposición. A las diez de la mañana, la totalidad de la isla está conquistada, con excepción de La Valette cuya resistencia se desmorona por ella misma en la velada. El Gran Maestre capitula. La isla se hace francesa.

Antes de proseguir la expedición, es importante organizar la posición y asegurar su defensa. No hay un minuto que perder, siempre a causa de Nelson. Para dar una idea de la intensidad del trabajo realizado en esta circunstancia, el general Bonaparte dicta en ocho días ciento setenta decretos relativos a todos los ámbitos de la administración de la isla. Un orden moderno remplaza a un poder obsoleto. Las inmensas riquezas de la isla se convierten en propiedad francesa. Napoleón otorga a los israelitas el derecho de edificar una sinagoga, preludio a su gran proyecto de emancipación del pueblo judío. Hecho notable, libera a los aproximadamente setecientos forzados musulmanes que sirven en las galeras de la Orden.
Haciéndose a la mar nuevamente el 18 de junio, se embarca a esos prisioneros para servir de testigos ante la población egipcia del poderío de Francia y mensajeros de su amistad para con el Islam. Dos mil hombres de la Legión Maltesa y cuarenta y dos Caballeros voluntarios se unen a la expedición.
El general Vaubois permanece en la isla con cuatro mil soldados para asegurarse de que esta posición estratégica irremplazable no caiga en manos de los ingleses.

Ferdinand von Hompesch zu Bolheim, Gran Maestre de la Orden de Malta (1744 -1805)
.La controvertida capitulación de Malta es firmada el 11 de junio de 1798, sin resistencia real previa. Si bien es verdad que el número de las tropas francesas era aplastante, la isla gozaba de fortificaciones que hubieran obligado a la flota de Egipto a mantener un sitio demasiado prolongado, haciéndola, vistas las circunstancias, no viable. A pesar de ello, von Hompesch abandonó la isla con muchos de sus caballeros sin combate. Aun cuando es cierto que las reglas de la Orden prohibían toda contienda contra cristianos, graves acusaciones de confabulación en contra de von Hompesch fueron levantadas En efecto, en virtud de los pactos acordados entre ambos, se estipulaba que el Gran Maestre percibiría una renta igual a la que perdía con su cargo, respetándose por otro lado todo su patrimonio; asimismo, todos sus honores y distinciones le eran conservados, lo que algunos han querido ver como una recompensa por su sumisión. Sea como fuere, el gran Maestre se retiró a Trieste con sus bienes y algunos tesoros, entre los cuales figuraba la legendaria Madonna de Filermo.

Napoleón consagra el resto de la travesía a una preparación psicológica del desembarque destinada a los tres actores principales de la operación: su ejército, la población egipcia y el representante del sultán en El Cairo.
A los soldados, hace que se les lea en cada navío el 22 de junio una nueva proclama que exige un comportamiento ejemplar para con las poblaciones de Egipto. Inscribe la acción que está por venir toda entera bajo el signo de una auténtica tolerancia. Todo impregnado de humanismo, su propósito merece una cita in extenso: «Soldados, vais a emprender una conquista cuyos efectos sobre la civilización y el comercio del mundo serán incalculables. Asestaréis a Inglaterra el golpe más seguro y más sensible, en espera de que podáis darle el golpe mortal. Haremos algunas marchas fatigantes. Libraremos múltiples combates. Tendremos éxito en todas nuestras empresas, los destinos son para nosotros (…). Los Beys mamelucos que favorecen exclusivamente al comercio inglés, que han cubierto de agravios a nuestros negociantes y que tiranizan a los desdichados habitantes del Nilo, algunos días después de nuestra llegada no existirán más.
Los pueblos con los cuales vamos a vivir son mahometanos. Su primer artículo de fe es éste: no hay otro dios que Dios y Mahoma es su profeta. No los contradigáis. Comportaos con ellos como nos hemos comportado con los judíos, los italianos. Tened atenciones son sus muftíes y sus imams, como los tuvisteis para con los rabinos y los obispos. Tened por las ceremonias que prescribe el Alcorán y por las mezquitas la misma tolerancia que habéis tenido por los conventos, por las sinagogas, por la religión de Moisés y de Jesucristo.
Las legiones romanas protegían a todas las religiones. Encontraréis aquí costumbres diferentes a las de Europa. Hay que habituaros a ellas. Los pueblos donde vamos tratan a las mujeres diferentemente que nosotros. Pero en todos los países, aquel que viola es un monstruo. El pillaje no enriquece más que a un número pequeño de hombres. Nos deshonra, destruye nuestros recursos y nos hace enemigos de los pueblos que es de nuestro interés tener por amigos. La primera ciudad que encontraremos fue erigida por Alejandro. En ella hallaremos a cada paso recuerdos dignos de excitar la emulación de los franceses

A la población egipcia Napoleón dirige una proclama reconfortante redactada en árabe. Fustiga a los mamelucos opresores, promete la aniquilación de su yugo, se compromete a respetar la administración local y sobre todo proclama su amistad por el Islam, sin por ello confundir tolerancia y debilidad: «Pueblo de Egipto, desde hace demasiado tiempo, esta pandilla de esclavos comprados que os gobiernan tiraniza a la más bella parte del mundo. Pero Dios, de quien todo depende, ha ordenado que su imperio se acabe. Se os dirá que vengo a destruir vuestra religión. No lo creáis. Responded que vengo a restituiros vuestros derechos, a castigar a los usurpadores y que respeto más que a los mamelucos, a Dios, su Profeta y el Alcorán.(…) ¿Qué sabiduría, qué talentos, qué virtudes distinguen a los mamelucos para que tengan exclusivamente todo lo que hace a la vida amable y dulce? (…) ¡Si Egipto es su granja, que muestren el arriendo que Dios les ha hecho! (…) Todos los Egipcios serán llamados a administrar todas las plazas. Los más sabios, los más instruidos, los más virtuosos gobernarán, y el pueblo será dichoso. (…) Cadis, Sheiks, Imams, decid al pueblo que somos los verdaderos amigos de los musulmanes. (...) ¿No somos nosotros quienes hemos sido en todos los siglos los amigos del gran Señor, el Sultán de Constantinopla, y el enemigo de sus enemigos? Los mamelucos, al contrario, siempre se han revelado contra la autoridad del Gran Señor que nuevamente no reconocían. ¡Tres veces dichosos quienes estén con nosotros! (…) Pero malhaya, tres veces malhaya a quienes se armen a favor de los mamelucos y combatan contra nosotros. No habrá esperanza para ellos: ¡perecerán!».

Es el turno ahora del representante del sultán en El Cairo, Abu Bakr, suerte de rey holgazán. Es preciso reconfortar a la Sublime Puerta, paralelamente a la acción diplomática esperada de Talleyrand. Es de un interés primordial evitar un conflicto con Constantinopla. Pero la hábil diplomacia británica se opondrá a ello.
La carta expedida al pachá, escrita a bordo del « Orient » la víspera del desembarque, está destinada a anunciarle que el ejército francés no viene sino a liberarlo de la humillante tutela en la que lo tienen los beys mamelucos. Así redactada, es llevada al Cairo por un oficial turco embarcado en Malta: «El Directorio Ejecutivo de la República francesa se ha dirigido en múltiples ocasiones a la Sublime Puerta para demandar el castigo de los beys de Egipto que agobian a los comerciantes franceses (…). La República francesa se ha decidido a enviar un poderoso ejército para poner fin a los bandidajes de los beys de Egipto, así como se vio obligada a hacerlo en múltiples ocasiones este siglo, contra los beys de Túnez y de Argel. Tú, que deberías ser el amo de los beys y que, sin embargo, ellos mantienen en El Cairo sin autoridad y sin poder, tú debes ver mi llegada con placer. Sin duda estás al tanto de que no vengo para hacer algo contra el Alcorán, ni contra el Sultán. Sabes que la Nación francesa es la única aliada que el Sultán tenga en Europa. Ven luego a mi encuentro y maldice conmigo a la raza impía de los beys

En resumen, el general Bonaparte propone a Abu Bakr un protectorado ventajoso para Constantinopla, en reemplazo de la humillante tiranía mameluca. Pero, por desgracia, esta misiva no llegará a su destinatario. ¿Lo hubiera influenciado? A decir verdad, nos es permitido dudarlo.

¡Después de este condicionamiento psicológico, ¡paso libre a la acción!

Sabio de la Comisión de Egipto
Los sabios eran fácilmente reconocibles por su traje verde que « chocaba mucho a los musulmanes », por ser éste el color reservado para los descendientes de Mahoma.

 

LA RUDA TOMA DE POSESIÓN DE EGIPTO

El desembarque de Bonaparte en Egipto
El desembarco del Ejército de Oriente se lleva a cabo el 2 de julio de 1789 a la una de la madrugada. Apenas hubo puesto el pie en las arenas egipcias, Napoleón lanza su proclama famosa « Desde hace demasiado tiempo, esta pandilla de esclavos [los mamelucos] tiraniza a la más bella parte del mundo; pero Dios, el Señor de todos los mundos, el todopoderoso, ha ordenado que su imperio acabase ». Dibujo de Charles Lemire

La víspera del desembarque, el general Bonaparte necesita conocer con precisión la situación