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| El
Emperador Napoleón en Austerlitz,
por Job. |
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«
La batalla de Austerlitz es la más
bella de todas las que di… »
Napoleón
PRESENTACIÓN
GENERAL
por Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto
Napoleónico México-Francia |
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«
Podemos permitirnos todo en la
empresa contra Francia. Hay que destruir
la anarquía en Francia. Debemos
impedir que retome su antigua preponderancia.
Parece que ambos objetos bien pueden
ejecutarse a la vez. Apoderémonos
de las provincias francesas que nos
son convenientes (…).
Una vez esto hecho, trabajemos todos
de concierto para dar a lo que quede
de Francia un gobierno estable y permanente.
Se convertirá en una potencia
de segundo orden que ya no será
temible para nadie y haremos desaparecer
de Europa el foco de democracia que
ha pensado abrasar a Europa ». |
Carta
del Conde de Markov, plenipotenciario
ruso. |
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No
representa novedad alguna hacer
mención de la resplandeciente
estela de gloria inscrita en las
páginas de la Historia por
la inmortal batalla de Austerlitz,
así como tampoco innovaríamos
los esquemas habituales del sitio
del Instituto Napoleónico
México-Francia señalando
que, en el caso de esta batalla
como en el de tantas otras que componen
la pléyade de hazañas
épicas del periodo napoleónico,
nos encontramos frente a otro ejemplo
más de los innumerables conflictos
bélicos que fueron impuestos
por la fuerza a Napoleón
por las no menos numerosas Coaliciones
europeas, las cuales, financiadas
por el gabinete de Inglaterra con
una largueza solo igualada por su
frío metodismo, no dejaron
de abrevar de sangre al Viejo Continente
durante más de dos décadas.
Los
ingleses son mercantes de carne
humana, exclama poco después
de la gran batalla el emperador
del Santo Imperio Romano Germánico,
Francisco II, no sin añadir:
¡No hay duda, en su querella
con Inglaterra, Francia tiene razón!
Palabras pesadas de significado
que sellan la confesión edificante
de un fautor de guerra contrito
– desencantado, y tal vez
hasta remordido, al menos en ese
fugaz momento –, desahogo
sin embargo cuya terrible realidad,
por desgracia, no bastará
para impedir al soberano austriaco
incurrir nuevamente en los errores
– las faltas – que bien
habrían podido costarle el
trono, de no haber sido su vencedor
el generoso Emperador Napoleón.
Generoso, sí, y hasta magnánimo,
sin duda, si se considera que, como
decíamos, contrariamente
a la idea generalizada y difundida
maliciosamente y a placer por los
detractores de Napoleón,
y secundada por autores y docentes
complacientes, la batalla de Austerlitz,
y globalmente la campaña
de 1805, no fueron el resultado
de una « agresión »
francesa – o napoleónica,
si se le quiere decir de esa manera
– sino muy al contrario, la
expresión virtuosa y genuina
de una legítima manifestación
de defensa propia deslumbrantemente
ejecutada por el Emperador.
Esta
realidad elemental, que se presenta
de manera clara y franca ante cualquier
investigador que no limite su estudio
a la repetición llana de
simples estereotipos y lugares comunes,
incontables veces repetidos en obras
de acceso inmediato y superficial,
sino que al contrario alimente su
indagación con verdaderos
conocimientos y fundamentándose
en lineamientos de análisis
historiográfico serio, esta
realidad decíamos, no podrá
más que estallar ante los
ojos del estudioso, dorando con
un nuevo lustre no solo el prestigio
y la gloria del Emperador Napoleón,
sino ante todo sus grandes virtudes
como estratega, político
y dirigente, y esencialmente sus
méritos eminentes a nivel
humano y moral.
A
pesar de esto, bien lo sabemos,
Napoleón I se ha vuelto –
debería decir le han
vuelto – en el chivo
expiatorio predilecto del mundo
entero; la víctima sacrificatoria
por excelencia que, retomando las
palabras de un historiador bien
conocido, « cristaliza en
su cabeza todos los descontentos
». Tan solo nos bastará
recordar sucintamente, el caso sorprendente
ocurrido recientemente en el marco
de las emisiones de una televisora
mexicana, de una periodista que
creyó conveniente, a fin
de ilustrar un dudoso y efímero
reportaje matinal sobre los enfermos
mitómanos, ¡citar nada
menos que al Emperador Napoleón
a guisa de paciente tipo! ¿Nos
es preciso subrayar que esta aserción
tan burlesca como gratuita no fue
sostenida por ninguna clase de argumento,
no digamos ya clínico, ni
siquiera anecdótico? ¿¡Qué
importa!?: ¡en el caso que
nos ocupa, la afirmación
perentoria hace las veces automáticamente
de verdad certificada! La imagen
era fuerte, su sonoridad poderosa
y, a fin de cuentas, el liliputiense
espantado por el rostro vago y lejano
del gigante cuyos rasgos no puede
vislumbrar, de alguna manera precisa
componerse un retrato a su medida
y a la de sus alcances, ¡conforme
a sus necesidades, a sus miedos
y a los delirios de su fantasía!
En el mismo orden de ideas, aunque
de una naturaleza de una gravedad
muy diferente, no podemos olvidar
que fue justamente este extraño
tipo comportamiento, especialmente
característico – lo
cual es triste constatar –
de una cierta clase francesa,
el que llevó al gobierno
francés a echar al sótano
del olvido la conmemoración
de la victoria de Austerlitz, un
triunfo que no fue, por mucho que
disguste a algunos, un éxito
estrictamente personal y egoísta
del « Usurpador », ese
«ogro» conquistador,
sino palmariamente el de la Nación
francesa sobre tres monarquías
absolutistas que le habían
declarado arbitrariamente la guerra,
haciendo oídos sordos y de
manera desdeñosa a las constantes
aperturas de paz incansablemente
avanzadas por el Emperador.
Por
supuesto – y lo subrayábamos
más arriba – una omisión
tan inexcusable no fue sino el efecto
lastimoso de una presión
ejercida por falsos franceses sobre
otra cierta clase
política francesa aminorada
y timorata, no por ello siendo ajenas
al problema importantes personalidades
del medio de las altas eminencias
culturales y patrióticas
francesas. ¡Felizmente!, estaríamos
tentados de exclamar, recordando
la sentencia terrible, y que cobra
tintes sombríos en la actualidad,
del mismo Emperador: ¡«mientras
los franceses se acuerden de mi
nombre, constituirán una
Nación»!.
Entre
las susodichas altas personalidades,
nos honramos en invocar al General
Michel Franceschi, general de Cuerpo
de Armada (2S), comendador de la
Legión de Honor, Consultor
Militar Especial de nuestro orgulloso
Instituto Napoleónico de
México, a quien el bicentenario
escamoteado de la colosal batalla
de los Tres Emperadores
brindó una ocasión
especialmente simbólica para
rememorar y revisitar, sobre la
base de un riguroso y metódico
estudio analítico, todos
los aspectos que rodearon y dieron
forma al legendario conflicto.
En efecto, es muy digno de mención
que la maniobra magistral de Austerlitz
prevalece, a doscientos años
de distancia, como el ejemplo mismo,
– la joya inigualada del
arte de la guerra, nos dice
el autor –, siendo enseñada
como modelo en las principales escuelas
militares del mundo, particularmente
en la Academia de West Point en
los Estados Unidos de América.
Aunque apenas acariciado de manera
anecdótica en este breve
espacio, ciertamente el dato no
deja de tener su peso.
A pesar de esto, y de ninguna manera
limitándose al aspecto estrictamente
militar del asunto, el General Franceschi
extiende al contrario su reflexión
al marco amplio del contexto geopolítico,
cuyo buen conocimiento es esencial
para poder explicar – y comprender
– el fondo y el trasfondo
de esta campaña de 1805,
la cual, no más que las demás,
Napoleón no solo no desató,
sino inclusive, nunca deseó.
EG-S. |
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AUSTERLITZ
2 DE DICIEMBRE DE 1805
Obra
maestra del arte de la guerra, la legendaria batalla
de Austerlitz corona una resplandeciente campaña
militar y pone fin a la guerra declarada a Francia
por la tercera coalición, que reunía
a las principales monarquías de Europa.
Esta primera guerra
del Imperio tiene valor general. Constituye, en
efecto, la quintaesencia de la Historia del Imperio,
obligado a defender por las armas a la Francia
nueva derivada de la Revolución contra
las viejas monarquías europeas legitimistas,
temerosas por su supervivencia, e instrumentadas
por Inglaterra, eterna rival de Francia. El génesis
de este primer afrontamiento contiene el guión
de guerra tipo que será renovado a saciedad
por cinco veces hasta Waterloo en una inmutable
secuencia:
------------------------------------
violación de un tratado de paz
existente bajo un pretexto falaz.
------------------------------------
campaña victoriosa de Napoleón.
------------------------------------
conclusión de un nuevo tratado
de paz, la mayoría de las veces
generoso para el vencido.
------------------------------------
reinicio de la guerra por otro motivo
mendaz, así sucesivamente hasta
1815…
| I
– SITUACIÓN GENERAL EN
1805 |
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Consagrado Emperador
el 2 de diciembre de 1804, Napoleón no
aspira en 1805 a nada más que a la tranquilidad
para perfeccionar la obra colosal de paz que condujo
como Primer Cónsul en cuatro años
de una fenomenal intensidad creadora. Recordémosla
sucintamente.
En el exterior,
Bonaparte ha logrado el prodigio de hacer la paz
con todos los enemigos de Francia. Las victorias
de Marengo, el 14 de junio de 1800, y de Hohenlinden,
el 3 de diciembre, permitieron la firma del tratado
de Lunéville con Austria el 9 de febrero
de 1801. Un tratado de paz franco-rusa fue firmado
en París el 8 de octubre de 1801. Inglaterra,
aislada, consintió a su vez el cese de
hostilidades por medio del tratado de Amiens del
25 de marzo de 1802. Por primera vez desde hace
trece años, Francia no está en guerra
con ninguna gran monarquía europea:
La obra de paz
internacional se manifestó por la extinción
de todos los demás focos belígeros.
Una impresionante compilación de dieciséis
tratados y convenciones concluidos entre 1800
y 1802 han reconciliado a Francia con Turquía,
las regencias de Argel y de Túnez, España,
Portugal y los jóvenes Estados Unidos de
América. Para reforzar las buenas relaciones
de Francia con la joven república pujante
americana, el Primer Cónsul le ha vendido
la Luisiana el 30 de abril de 1803 en condiciones
muy ventajosas. La desdichada expedición
de Santo Domingo se ha acabado en noviembre de
1803.
Pero los pergaminos
no bastan para asegurar la paz. La política
de defensa de Napoleón se funda sobre el
principio de prevención
de los conflictos. Ya ha logrado un gran paso
en este sentido con el reconocimiento internacional
de las fronteras de la nueva Francia, objetivo
de seguridad perseguido desde siempre por el Antiguo
Régimen, retomado por la Revolución.
Realista, no se ha contentado sin embargo de este
amparo, ciertamente precioso pero no obstante
precario. Lo ha prolongado por medio de un glacis
protector en consolidación constante, compuesto
de reinos y de estados, amigos, aliados o familiares.
De este modo encontramos:
------------------------------------
en el norte, Holanda, ácida manzana de
discordia con Inglaterra.
------------------------------------
más allá de los Alpes, el Piamonte,
los reinos de Italia y de Nápoles.
------------------------------------
del otro lado de los Pirineo, la alianza con España
------------------------------------
y sobre todo, frente a la Alemania austro-prusiana,
la Confederación del Rin, en vías
de realizarse.
La acción
pacificadora exterior del Primer Cónsul
se hizo en paralelo con una no menos edificante
obra de concordia
nacional entre franceses, trágicamente
divididos por la Revolución: reintegración
generosa de los emigrados (paz de los corazones),
reducción magnánima de la chuanería
(paz de los bravos), y reconciliación religiosa
por el Concordato (paz de las almas).
Y el Primer Cónsul
todavía encontró el tiempo para
construir un Estado moderno sobre las cenizas
del Antiguo Régimen. Como verdadero arquitecto
de una Francia nueva, no hay un
ámbito en el que no haya incansablemente
dejado impresa su marca indeleble: estructuras
administrativas, derecho y justicia, enseñanza
y cultura, economía y finanzas, grandes
trabajos, etc., etc… ¡El magistral
Código Civil emerge como una joya de esta
prodigiosa obra civil sin precedentes!
Fiera para el
trabajo, el Primer Cónsul había
consagrado sus días y sus noches a esta
titánica acción pacificadora, todavía
lejos de su término en 1805. En estas condiciones,
la idea de la guerra no podía más
que serle totalmente ajena, como mínimo
porque no tenía ni un minuto que consagrarle.
Convertido en Emperador, seguía no aspirando
más que a la paz para perfeccionar su tarea
inmensa. Creía sinceramente que el tratado
de Amiens había aportado un apaciguamiento
durable a Francia y a Europa. Era subestimar la
ambición hegemónica de Inglaterra
que, atizando el temor del contagio democrático
de las monarquías europeas, va a sacrificar
la tranquilidad del mundo a sus intereses imperialistas…
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II - INGLATERRA VUELVE A ENCENDER
LA HOGUERA DE LA GUERRA |
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|
William
Pitt «
el
Joven
»
El carnicero de Europa |
|
« Nunca
hice la guerra por espíritu de conquista.
Acepté las guerras que el Ministerio inglés
levantó contra la Revolución francesa
». Napoleón.
Inglaterra no
firmó el tratado de Amiens en 1802 más
que a su pesar. Lo lamenta muy pronto dándose
cuenta de que la paz trabaja a favor de Francia.
Decide de inmediato reiniciar las hostilidades,
esforzándose por hacerle cargar a Napoleón
la responsabilidad de la ruptura de la paz. El
Primer Ministro William Pitt encarna en ese entonces
el partido de la guerra.
La tesis usualmente
sostenida de una responsabilidad compartida en
la ruptura de la paz de Amiens no resiste a un
examen serio. El reinicio de la guerra resulta
de la sola voluntad deliberada del gabinete inglés.
Napoleón
no tiene más que desventajas en hacer la
guerra. ¿Sería acaso tonto hasta
el punto de jugarse en un campo de batalla la
suerte de una Francia convaleciente, por fin apaciguada,
que goza de instituciones estables, detrás
de fronteras por fin seguras? La refundación
del país, ya muy avanzada, está
lejos de ser terminada. Reclama su presencia asidua
en París y no puede más que sufrir
por ausencias prolongadas en los campos de batalla.
Napoleón ya dio a conocer a sus enemigos
potenciales que su sola y única ambición
era el desarrollo y la prosperidad de Francia,
y que toda su política de defensa era exclusivamente
defensiva, sin ningún espíritu de
conquista. Entrevistándose con el embajador
ruso Markov, le declara, recalcando sus palabras:
« ¡Es con
horror que hago la guerra! ».
Del lado británico,
en cambio, existen dos razones mayores de hostilidades.
La Francia nueva surgida de la Revolución
representa un ejemplo democrático contagioso
para el conjunto de las monarquías absolutistas
reinantes. Para Inglaterra, por lo demás,
constituye el principal obstáculo a su
ambición mundial. El embajador de Rusia
en Londres en 1803, Woronzov, dejó un testimonio
sin equívoco en ese sentido: « El
sistema del gabinete inglés será
siempre aniquilar a Francia como a su único
rival, y reinar después, despóticamente,
sobre el universo entero ».
La propaganda
de Londres para hacerle endosar a Francia la responsabilidad
de la guerra no reposa más que sobre argucias
falaces. La conservación de la paz depende
esencialmente del respeto de las cláusulas
del tratado de Amiens que la restauró en
1802. El gobierno británico encuentra toda
clase de pretextos para no cumplir con sus promesas,
en particular la evacuación de Malta que
tenía que haberse producido septiembre
de 1802. A principios de 1803, todavía
no manifiesta señales de partida. No obstante,
por su parte, Francia ya ha evacuado los puertos
napolitanos, cláusula ligada a la retirada
inglesa de Malta.
Cuando Napoleón
le hace la observación de esta circunstancia
al gabinete inglés, éste último
trata de justificarse reprochándole la
anexión del Piamonte y la permanencia de
tropas en Holanda. Pero el Piamonte se ha hecho
francés por petición de sus representantes.
Y las dos cuestiones no tienen absolutamente nada
que ver con el tratado de Amiens. ¿En qué
puede el Piamonte francés representar una
amenaza militar para Inglaterra? La presencia
de las tropas francesas en Holanda es legítima
en un territorio concedido por un tratado internacional,
el de Lunéville, independiente del de Amiens.
Acostumbrada
a dominar, Inglaterra querría simplemente
dictar a Francia su política exterior.
¡Si al
menos mostrara un mínimo de cortesía!
Napoleón es al contrario víctima
de una innoble campaña de prensa que lo
arrastra en el lodo. En Londres, se humilla abiertaente
a la Francia nueva. Se le hace al Conde de Artois
el honor de pasar en revista a un regimiento inglés.
El Príncoipe de Gales ofrece una cena al
embajador de Francia, el general Andreossy, e
invita al duque de Orleáns, futuro Luis
Felipe, que luce el cordón azul real. ¿Es
este el comportamiento de un gobierno que aspira
a la paz?
¡Demasiado
es demasiado! El 18 de febrero de 1803, Napoleón
convoca a Lord Whitworth, embajador británico,
para llevar a cabo una indispensable puesta a
punto. Desde hace tiempo está ansioso por
decirle sus cuatro verdades a este diplomático
lleno de arrogancia que no hace ningún
esfuerzo por ocultar su desprecio por Francia.
Ordena muy firmemente a Inglaterra cumplir con
sus compromisos y de dar fin a los ataques innobles
contra su persona.
La respuesta del gabinete británico consiste
en pedir al Parlamento, el 8 de marzo, créditos
militares suplementarios. Inglaterra ya ha decidido
volver a encender la hoguera de la guerra...
El 13 de marzo,
Napoleón dirige una nueva reprobación
personal a Lord Whitworth: « ¡Conque
los ingleses quieren la guerra! (…)
¡Malhaya a quienes
no respetan los tratados! ¡Ellos serán
responsables ante toda Europa! ».
El 26 de abril, el embajador británico
tiene la caradura de proponer a Talleyrand un
trato increíble, visiblemente concebido
para ser rechazado, sobre todo porque está
presentado en forma de ultimátum que expira
siete días más tarde.
Inglaterra propone conservar Malta durante diez
años, y la isla vecina de Lampedusa para
siempre, mientras que Francia evacuaría
Holanda y Bélgica. ¡Dicho de otra
forma, Inglaterra conserva lo que hubiera debido
dejar, al mismo tiempo que Francia debe regresar
lo que no estaba previsto! ¡Qué desdeñoso
descaro!
Deseoso de dejarle
a la paz una última oportunidad, Napoleón
reprime su tentación de romper inmediatamente
y encarga a Talleyrand proseguir las negociaciones.
Su fracaso es total. El gabinete inglés
no quiere cambiar absolutamente nada de sus exigencias
exorbitantes. Talleyrand da cuenta a Napoleón
de su convicción que Inglaterra se encuentra
ya en estado de guerra contra Francia.
A pesar de ello,
el Emperador le encarga sin hacerse una última
tentativa por salvar la paz concediendo neutralizar
de Malta, dada en garantía a una potencia
(Rusia) del tratado de Amiens. Whitworth le opone
una desdeñosa inadmisibilidad. ¡La
paz no existe más!
Un mano a mano
se entabla entonces. El 12 de mayo de 1803 el
embajador inglés regresa a su país.
El día siguiente, el gabinete británico
confirma su voluntad de conservar Malta durante
diez años, en violación abierta
del tratado de Amiens. Para enfatizar su determinación,
Napoleón manda entonces ocupar en Italia
por Gouvion-Saint-Cyr los puertos de Otranto,
Brindisi y Tarento.
El 17 de mayo,
sin declaración de guerra, el gobierno
británico del ultra belicista Pitt hace
incautar todos los navíos franceses y holandeses
que se encuentran en los parajes de Gran Bretaña.
Se apodera así de 1 200 barcos y 200 millones
de mercancías, por un acto de piratería
de Estado a gran escala. Aquí se trata
de una agresión abierta. ¡La máscara
cae!
Napoleón replica
el 22 de mayo con el arresto de todos
los sujetos británicos que se hayan
en Francia y en sus posesiones.
Al día siguiente, Pitt
declara oficialmente la guerra a Francia,
una guerra total que no se terminará
hasta el 18 de junio de 1815 en Waterloo.
Inglaterra
saca provecho de su superioridad marítima
para ejecutar sus primeros golpes en las
colonias francesas. Santa Lucía
y Tobago, San Pedro y Miquelón
y las factorías de la India son
inmediatamente ocupadas.
Francia responde el 27 de mayo apropiándose
de Hanover, propiedad personal del rey
de Inglaterra Jorge III. Asegura de este
modo el control de los estuarios del Weser
y del Elba, puertas de entrada de las
mercancías inglesas en Alemania,
inicio de una guerra económica
que no cesará de intensificarse.
La guerra
será igualmente clandestina y terrorista.
El gobierno inglés no retrocederá
ante ningún medio para abatir a
Napoleón, incluso por medio del
crimen. No tendrá ningún
escrúpulo en contratar asesinos
a sueldo o fanáticos. ¿No
fue ya sorprendido con las manos en la
masa en ocasión de la conjura de
Cadoudal en 1802?
|
 |
| Jorge
III
,
rey de Inglaterra |
|
|
¿Cuál
es la política de defensa de Napoleón
en esta guerra impuesta?
Antes que nada,
le es preciso prevenir una nueva coalición
Europa.
En Rusia, Francia
no está en olor de santidad. El embajador
del zar, Markov, le es abiertamente hostil. Pero
por el momento, Rusia, aislada, no puede más
que quedarse tranquila. Se sabe sin embargo que
agentes británicos y traidores franceses
ya están a la obra en la corte de San Petersburgo.
Con Prusia, las
relaciones son momentáneamente buenas.
Duroc, embajador en Berlín, hace buen trabajo.
Para consolidar estas buenas disposiciones, se
le obsequia al rey Federico Guillermo Hanover,
arrebatado a los ingleses. Rechaza el regalo,
por miedo a desavenirse con Londres. Pero permanece
favorable a Francia. El acercamiento franco-prusiano
neutraliza sin embargo a Austria que espera la
hora de la revancha por sus derrotas en Italia
y en Alemania.
Detrás
de su glacis protector, la frontera del este está
en seguridad por algún tiempo. Napoleón
tiene entonces las manos libres ante Inglaterra,
pero está consciente de que esta situación
no podrá durar mucho.
Así, le
es preciso derrotar al ejército inglés
antes de que el gabinete británico logre
formar una tercera coalición. No considera
en la hipótesis de un desembarque inglés
en Francia, cuya superioridad militar y reputación
de invencibilidad hacen muy improbable. No le
queda entonces más que la solución
de librar batalla en la misma Inglaterra, adelantándose
a la ofensiva diplomática inglesa al este.
El tiempo está
en su contra. Dejando de lado todos los asuntos,
se consagra a este proyecto audaz, que exige largos
preparativos marítimos.
Para compensar
su inferioridad naval aplastante, Napoleón
obtiene el concurso, primero de la marina holandesa,
y luego, en enero de 1805, de la flota española.
Portugal se declara neutro. Se pone en obra en
todos los puertos, comprendidos los fluviales,
una flotilla de 2000 embarcaciones de fondo plano
y armadas, capaces de transportar un ejército
de 150 000 hombres, 450 cañones y 11 000
caballos.
Todos estos medios
se concentran progresivamente alrededor de Boloña,
de ahí la apelación de Campo de
Boloña, que el Emperador visita frecuentemente
para asegurarse de que todo se pone bien en su
lugar. En el otoño de 1804, el ejército
francés está por fin listo. Pronto
tomará el nombre de Grande Armada. Ya no
hay tiempo que perder…
|
III- LA OPORTUNIDAD PERDIDA DEL CAMPO
DE BOLOÑA - TRAFALGAR |
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El campo
de Boloña.
Aclamado el 15 de agosto de 1804 por
cien mil soldados en ocasión
de su aniversario, vemos a Napoleón
sentado en un enorme podio decorado
con banderas y armaduras. Detrás
de él, los navíos ingleses
contemplan la escena que se lleva a
cabo al ritmo de numerosas piezas musicales,
entre ellas, la marcha que será
ejecutada durante la misa de Consagración,
el 2 de diciembre de 1804. |
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Para permitir
el cruce de la Mancha a la Grande Armada, es preciso
que los almirantes tomen el control del brazo
de mar durante dos a tres días. Pero, decididamente,
las relaciones de Napoleón con sus almirantes
se hallan bajo el signo de una persistente fatalidad
desde Egipto. El valeroso almirante Latouche-Tréville,
comandante en jefe de la operación naval,
muere súbitamente en Tolón el 19
de agosto de 1804. No hay más alternativa
que remplazarlo en el lugar mismo por Villeneuve,
quien se había mostrado muy endeble durante
el desastre de Abukir. Es un mal presagio.
La misma desgracia
se abate en marzo de 1805 sobre el almirante Bruix,
comandante de la flota de desembarco en Boloña.
Todo parece ligarse para hacer fracasar la operación.
El plan de Napoleón consiste en atraer
la flota de Nelson a las Antillas por medio de
la amenaza que hará pesar sobre las colonias
inglesas la concentración de la flota francesa.
Hecho esto, regresar enseguida a todas velas fuera
de la Mancha, con el objetivo de conseguir una
superioridad naval durante los pocos días
necesarios para la travesía.
Una primera tentativa
tiene lugar en enero de 1805. Se da la orden a
las escuadras de Tolón (Villeneuve) y Rochefort
(Missiessy), de aparejar hacia las Antillas, operación
que la escuadra de Brest (Ganteaume) debe aprovechar
para desembarcar un cuerpo expedicionario en Irlanda,
diversión estratégica.
El fracaso es
inmediato. Aparejando el 17 de enero, Villeneuve
vuelve a Tolón cuatro días más
tarde, tras haber sido sacudido por una fuerte
tempestad. Missiessy sí llega a la Martinica
el 20 de febrero, pero, al no encontrar ahí
a Villeneuve, vuelve a partir el 28 de marzo para
estar de regreso el 20 de mayo en Rochefort. Ganteaume
no ha podido moverse de Brest, al estar bloqueando
los ingleses la salida.
Es asunto es
reiniciado a principios de marzo, postergando
la iniciativa de desembarco al verano, último
plazo compatible con la situación internacional.
Para ese efecto, Villeneuve debe salir del Mediterráneo
con la escuadra de Tolón, reunirse en Cádiz
a la flota española del almirante Gravina,
y enseguida dirigirse con hacia la Martinica.
Ahí, deben encontrar la escuadra del almirante
Missiessy proveniente de de Rochefort, y la del
almirante Ganteaume salida de Brest. Todas sus
fuerzas reunidas tendrán entonces la misión
de lanzarse a toda velocidad a la Mancha bajo
el mando de Ganteaume, para encontrarse listos
para la obra entre el 10 de junio y el 10 de julio
de 1805. Napoleón envía para ello
la directiva siguiente a Ganteaume: « Confiándoos
el mando de un ejército tan importante
cuyas operaciones tendrán tanta influencia
sobre los destinos del mundo, contamos con vuestra
dedicación, con vuestros talentos, y con
vuestro apego a mi persona ».
A lo largo e los
preparativos, no cesará de estimular a
los almirantes, implorándoles asegurarle
el dominio de la Mancha durante solamente dos
días: « Resistid
dos días solamente, Ganteaume. No perdáis
de vista los grandes destinos que tenéis
en las manos. Si no os falta audacia, el éxito
es infalible ».
La audacia es lo que más faltará
a los almirantes, como petrificados de inhibición
ante la reputación de la marina británica.
No se maneja,
por desgracia, a los almirantes y a las escuadras
como a los generales de divisiones. El plan de
invasión, no obstante totalmente realizable
según la opinión misma de los especialistas
de la guerra marítima, no tuvo para ejecutarla,
manifiestamente, almirantes a la altura.
|
|
El Emperador
Napoleón en el Canal de la Mancha
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Villeneuve apareja
de Tolón el 30 de marzo... con quince días
de retraso. Mientras Nelson, obnubilado por Egipto,
le espera en Cerdeña y Túnez, él
cruza sin estorbo el estrecho de Gibraltar el
9 de abril. Hace su junción
con el almirante español Gravina en Cádiz,
y singla hacia la Martinica a la que llega el
14 de mayo. Instrucciones con fecha del 29 de
abril le ordenan esperar hasta finales de junio,
a Ganteaume proveniente de Brest, y a Missiessy
de Rochefort. Pero el primero no puede, de nuevo,
salir de Brest después de una tímida
tentativa, y el segundo está en camino
de vuelta cuando la orden de esperar en la Martinica
llega a Fort-de-France. Así toda la responsabilidad
de la operación va a recaer sobre los deleznables
hombros de Villeneuve.
Enterándose
el 7 de junio que Nelson llegó a Barbados
desde hacía algunos días, Villeneuve
entra en pánico y, desobedeciendo las órdenes
recibidas, vuelve a salir para Europa el 11 de
junio, perseguido de lejos por Nelson. Hace rumbo
hacia Le Ferrol. Es interceptado el 22 de julio
por el almirante Calder. Después de un
cañoneo indeciso en la neblina, Villeneuve
va a fondear el 2 de agosto en la Coruña,
reuniendo ahí a todos los navíos
franceses y españoles de la región.
Napoleón
hace expresar su descontento a Villeneuve por
medio de un mensaje severo del almirante Decrès,
ministro de la Marina: « Su Majestad
quiere apagar esa circunspección que reprocha
a la Marina, ese sistema de defensiva que mata
la audacia y que redobla la del enemigo.
». Decrès ha edulcorado el furor
verbal del Emperador: « Villeneuve
es un miserable que hay que echar ignominiosamente.
¡Sacrificaría todo con tal de salvar
su pellejo! ». Pensaba en Abukir…
Por una nueva
directiva, le ordena alcanzar en alta mar a la
escuadra de Rochefort, ahora capitaneada por Allemand,
para tratar juntos de desbloquear a Ganteaume
en Brest en caso de imposibilidad de salida, y
luego de penetrar en la Mancha una vez reunidas
todas las escuadras.
Ganteaume no
logra ejecutar la orden de salida después
de muchas tentativas timoratas. Allemand lo logra
en Rochefort, pero no consigue reunirse con Villeneuve
el 14 de agosto. Las dos escuadras se perciben
pero no se atreven a acercarse, pensando estar
viéndoselas con el enemigo. ¡Increíble
pero cierto!
El día
siguiente, cada vez más inquieto de toparse
con la flota inglesa, Villeneuve se refugia en
Cádiz, donde atraca el 18 de agosto. Nombrado
entre tanto almirante en jefe, Nelson se apresura
a bloquear el puerto.
Después
de todos estos retardos, el plan de invasión
de Inglaterra se ha vuelto caduco. La Gran Armada
ya está en camino a Alemania cuando Napoleón
se entera el 2 de septiembre de que Villeneuve
se encuentra todavía en Cádiz. Confirmándole
su pusilánime incuria, esta noticia lo
saca de quicio. Y para que su escuadra sirva para
algo, le confía el 15 de septiembre la
misión de operar una diversión naval
frente a las costas del reino de Nápoles,
tentado de unirse a la coalición en formación.
Pero, estimando que Villeneuve sería incapaz
de llevara a bien esta operación, decide
el 17 de septiembre remplazarle por el almirante
Rosily, quien no tendrá el tiempo de tomar
su mando antes de Trafalgar.
Cuando se entera
de su destitución el 18 de octubre, Villeneuve
todavía no se ha movido. Es verdad que
la orden de maniobra de salida de Cádiz
iba acompañada por la restricción:
« salvo en caso de obstáculos invencibles
». El almirante Gravina le aconsejaba igualmente
una comprensible prudencia.
Sintiéndose
deshonrado por haber sido dejado fuera, el neurasténico
Villeneuve pierde la cabeza y decide entonces
salir el 20 de octubre. El 21 al alba, se topa
con la flota de Nelson en mar abierto del cabo
de Trafalgar. La batalla se entabla al final de
la mañana. Cerrando su línea sin
idea táctica bien definida, Villeneuve
se contenta con ordenar que « todo capitán
que no estuviese en el fuego no estaría
en su puesto ». ¡Orgullosa pero
insuficiente encantación! La confrontación
se lleva a cabo con una violencia extrema hasta
el final de la tarde.
Villeneuve dispone
33 navíos (18 franceses y 15 españoles)
y 6 fragatas, armadas con 2,856 cañones.
Nelson comanda 27 navíos y 6 fragatas,
armados con 2,314 cañones. Esta ligera
superioridad de la escuadra franco-española,
y la incontestable bravura de sus marinos, nada
pueden contra el profesionalismo superior de los
equipajes ingleses, y sobre todo el genio de Nelson,
quien halla en la muerte una gloria eterna salvando
a Inglaterra.
Aislado y muy
maltrecho, Villeneuve baja pabellón a media
tarde. Sucediéndole al mando, Gravina halla
la muerte en su puesto poco después, así
como el contralmirante Magon. El desastre se consume
hacia las 18 horas.
La desproporción
de las pérdidas mide la amplitud de la
derrota. Del lado franco-español se deplora
4,408 muertos, 2,549 heridos, más de 7,000
prisioneros. Con excepción de un bastimento
que logra regresar a Cádiz, todos los demás
son destruidos o capturados. Del lado inglés,
se enumeran 449 muertos, 1,241 heridos y pérdidas
navales mínimas, compensadas por las apresas.
El desdichado
Villeneuve será liberado por los ingleses
en abril de 1806 pero, desesperado, pondrá
fin a sus días poco después en una
taberna de Rennes.
Las consecuencias de Trafalgar son catastróficas.
Napoleón no volverá nunca a tener
la posibilidad de reducir por las armas a Inglaterra,
foco de la hostilidad contra Francia.
Trafalgar, de hecho, ha sellado ya el destino
del Imperio…
Por ahora, los sinsabores marítimos de
Francia han dejado a sus enemigos el tiempo necesario
para juntarse.
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IV- LA TERCERA COALICIÓN Y
LA INVERSIÓN ESTRATÉGICA
RELÁMPAGO |
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Salida del
campo de Boloña |
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Recordemos que
la primera coalición levantó en
1793 contra la Francia de la Revolución,
a Austria, Rusia, Prusia, Inglaterra, Holanda,
Cerdeña, Nápoles y España.
La segunda opuso
a la Francia del Directorio en 1798, a Inglaterra,
Austria, Rusia y el reino de Nápoles. Durante
los preparativos de invasión de Inglaterra,
la diplomacia francesa se muestra muy activa para
ganar tiempo y mantener el mayor tiempo posible
a las cortes europeas fuera del conflicto franco-inglés.
El 2 de enero
de 1805, Napoleón propone una última
vez a Jorge George III la apertura de negociaciones
de paz. Persiste en querer mostrar que no es un
fautor de guerra. Pena perdida, una vez más.
Tenemos la confirmación de que la paz no
es el negocio del británico, todo volcado
en sus miras hegemónicas, tanto más
cuanto que siente la batalla diplomática
inclinarse en su ventaja.
Trabajada por
los agentes británicos e influenciada por
los biliosos emigrados franceses traidores a su
país, la corte de San Petersburgo se acerca,
en efecto, insensiblemente a Inglaterra.
El 11 de abril
de 1805, Inglaterra y Rusia firman un tratado
de alianza que no busca nada menos que la evacuación
de Italia, el restablecimiento del rey de Cerdeña
en el Piamonte, la independencia de Holanda y
de Suiza, y la evacuación de Hanover. Esto
equivale a propinar un golpe fatal al glacis protector
de Francia.
Inglaterra se
muestra muy generosa para con los coaligados.
Se compromete a hacer entrega de 1,250,000 libras
sterling por grupo de 100,000 soldados rusos.
La guerra por procuración de Inglaterra
comienza.
Al haber reconocido
oficialmente al Imperio francés, Austria
se muestra primero reticente a los avances británicos.
Enseguida, presta oídos complacientes a
las insinuaciones embusteras anglo-rusas relativas
a su seguridad supuestamente amenazada por la
fuerte presencia francesa en Italia. Aprovecha
sin chistar este pretexto falaz para unirse a
la coalición el 9 de agosto. No tardará
en morderse los dedos por esta grosera manipulación,
pues será ella la principal víctima.
Suecia se incorporará a la coalición
el 30 de octubre.
En la corte prusiana se
desarrolla una delirante francofobia,
animada por la influyente reina Luisa,
a la cabeza de un poderoso partido pro
ruso que espera su hora. El hábil
embajador francés Duroc logra difícilmente
mantener en la neutralidad al indeciso
rey de Prusia, Federico Guillermo, que
se prepara sin embargo para una inquietante
mediación armada.
Cuando, poco después
de la entrada de Austria en la coalición,
Napoleón se entera en el campo
de Boloña de que Villeneuve sigue
encerrado en Cádiz y Ganteaume
en Brest, recibe una ducha fría.
Una evidencia estratégica se impone
a él: ya no tiene tiempo para invadir
Inglaterra antes de que los austro-rusos
caigan sobre la espalda de Francia. A
consecuencia de la desidia de los almirantes,
la flota inglesa, sin ni siquiera haber
entablado confrontación alguna,
ya ha permitido al gabinete británico
de ganar la carrera diplomático
que salva a Inglaterra.
Para
precaverse de lo más urgente, Napoleón
se ve obligado a suspender el proyecto
de desembarco en Inglaterra y hacer frente
inmediatamente al peligro apremiante que
viene del Este.
En algunos
días nada más, monta un
nuevo plan de campaña basculando
el campo de Boloña sobre Alemania.
Como de costumbre, la rapidez de ejecución
constituye su rasgo dominante. Ante la
aplastante superioridad numérica
de los coaligados, le es preciso, según
su método habitual, sorprender
al enemigo y sobre todo vencer sucesivamente
a los austriacos y a los rusos, antes
de que operen su junción. Por añadidura,
de esa manera evita hacer la guerra en
el territorio nacional, preocupación
constante de Napoleón.
El dispositivo
de los coaligados es impresionante:
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| El
Conde Pierre-Antoine Daru (1767-1829),
administrador de los ejércitos |
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------------------------
En el teatro alemán: 40 000 rusos, suecos
e ingleses en Hanover, 180 000 austro-rusos en
el Danubio (lo dos-ejércitos
austriaco de Mack y del archiduque Fernando, seguidos
por el ejército ruso de Kutusov). Otros
ejércitos rusos están en camino
para reforzar el dispositivo.
------------------------
En el teatro italiano: 142 000 austriacos del
archiduque Carlos en Italia del norte y 30 000
anglo-rusos en Nápoles.--------------------------------------
En el punto de junción de Alemania y de
Italia, los 53 000 hombres del archiduque Juan.
El dispositivo
francés se articula como sigue:
------------------------
25 000 hombres son dejados en Boloña.
------------------------
El 1er Cuerpo de Bernadotte se moviliza de Hanover
a Baviera.
------------------------
El 2º Cuerpo de Marmont hace lo mismo desde
Holanda.
------------------------
De Boloña, los Cuerpos de Davout (3º),
Soult (4º), Lannes (5º), Ney (6º),
Augereau (7º), y la Guardia Imperial, se-ponen
en ----------------------------movimiento
a marchas forzadas hacia el Danubio.
En total 160
000 hombres que oponer a unos 250 000 austro-rusos,
muy afortunadamente todavía dispersos.
Es de notar que 30 000 extranjeros sirven ya en
la armada francesa: italianos, belgas, holandeses,
suizos, irlandeses y hasta sirios…
En Italia, Masséna
y sus 50 000 hombres tienen que mantener en raya
al ejército del archiduque Carlos.
Esta afluencia
torrencial de unidades francesas con dirección
a Alemania aplica una planificación minuciosa
de los movimientos y de los itinerarios. Napoleón
determinó cada detalle con Daru, su incomparable
administrador general de los ejércitos.
Conoce de memoria el itinerario de cada unidad
y le suele pasar que, en pleno camino, vuelva
a poner en la buena dirección a algún
regimiento perdido. La velocidad es tan rápida
que a la intendencia le cuesta seguir el paso.
La Grande Armada soporta una prueba física
sobrehumana, pero está animada por un ánimo
de acero. « Es
para eximir la sangre de mis soldados que les
hago soportar tantas fatigas »,
afirma el Emperador.
|
V- LA DESLUMBRANTE CAMPAÑA
DE 1805 |
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Mapa de la
campaña de 1805 |
|
Siempre
conforme a su regla primera, el plan del
Emperador es simple:
------------------------
operar una diversión en Baden,
al sur, para confortar al enemigo en su
espera de ver surgir al ejército
francés por la Selva Negra, línea
de operación lógica.
------------------------
desembocar en fuerza al norte del Danubio,
lejos hacia el este.
------------------------
retornar al sur para encerrar al enemigo
en la nasa así creada.
Aunque
acostumbrados a combatir, los austriacos
van a conformarse dócilmente a
lo que Napoleón espera de ellos.
Para
engañarlos, el Emperador vuelve
a París en vez de seguir a sus
ejércitos.
Mack
invade Baviera, aliada de Francia, el
13 de septiembre de 1805, más temprano
de lo que se esperaba. De tal forma, no
hacía más que favorecer
el plan francés. Se apodera un
poco más tarde de Munich y prosigue
su avance hacia Ulm. Es exactamente lo
que se espera de él.
|
|
A fines de septiembre,
Napoleón alcanza a sus ejércitos
llegados al Rin dentro del plazo record previsto.
El 30 de septiembre, antes de dejar el suelo de
la Patria, les dirige la proclama siguiente: «
Soldados, la guerra de la
tercera coalición ha comenzado. Habéis
debido acudir a marchas forzadas a la defensa
de nuestras fronteras. Ya no haremos paz sin garantías.
Nuestra generosidad no engañará
más a nuestra política. Soldados,
vuestro Emperador está entre vosotros
(…) ».
La Grande Armada
cruza el Rin en Mannheim, Durbach y Kehl entre
el 30 de septiembre y el 2 de octubre, y arremete
sobre los objetivos previstos, siempre a marchas
forzadas. Desde el 7 de octubre, el grueso del
ejército se vuelve hacia el sur atravesando
el Danubio en Donauworth, a unos cien kilómetros
al este de Ulm.
El 10 de octubre
ocupa el cerrojo de Ausburgo más al sur.
Todos los puentes del Danubio entre Donauworth
y Ulm están en poder de los franceses,
salvo el de Elchingen a 7 km de Ulm. Los caminos
de Viena y de Munich están cortados. El
ejército de Mack, rodeado. Intenta una
tímida penetración y enseguida se
refugia en Ulm. El ejército ruso de Kutusov
ya no puede unírsele.
|
|
El
Emperador Napoleón
arenga
a las tropas antes del ataque de
Ausburgo el 10 de octubre |
|
El 14 de octubre,
volviendo a pasar el Danubio para cortar la retirada
de Mack por la orilla norte, Ney obtiene una brillante
victoria en Elchingen, que le
valdrá su título de duque de Elchingen.
Antes de que
la nasa se haya cerrado herméticamente,
el archiduque Fernando logra escaparse con 20
000 hombres hacia Bohemia. La caballería
de Murat le da alcance y hace 12 000 prisioneros,
entre los cuales 7 generales y el tesoro del ejército.
 |
|
 |
| Ney
vuelve a pasar el puente de
Elchingen el 15 de octubre…
|
|
|
| …
y se apodera de la localidad |
|
Encerrado en Ulm,
Mack intenta una última y costosa salida
el 16 de octubre, en vano. El 20 de octubre, sin
ninguna esperanza de ser socorrido por el ejército
ruso que se repliega hacia el norte, Mack capitula
sin condiciones.
La rendición
da lugar a una escena digna de un triunfo antiguo:
27,000 prisioneros austriacos, de los cuales 18
generales, desfilan ante el Emperador durante
cinco horas, poniendo a sus pies sus armas y sus
banderas, 40 en total. El botín comprende
igualmente 60 cañones atalajados. 3,000
heridos no pudieron participar en este desfile
surrealista.
Hecho notable,
mientras desfilaban, muchos prisioneros gritaban
«¡viva el Emperador!»
cuando llegaban a la altura de donde él
se encontraba. ¡Incluso en el ejército
austriaco, Napoleón pasaba por ser un libertador
a los ojos de los simples soldados!
Un coronel austriaco
se sorprende de verle « tan enlodado
y fatigado como el último de los tambores
». Él le responde: « Vuestro
señor ha querido hacerme volver recordar
que yo era un soldado. Espero que reconocerá
que el trono y la púrpura imperial no me
han hecho olvidar mi primer of