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Versión en castellano
LA BATALLA DE AUSTERLITZ
2 DE DICIEMBRE DE 1805
Version en Français
Por el GENERAL (2S) MICHEL FRANCESCHI
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
El Emperador Napoleón en Austerlitz, por Job.

« La batalla de Austerlitz es la más bella de todas las que di… »
Napoleón

PRESENTACIÓN GENERAL
por Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia
Pr. Eduardo Garzón-Sobrado.
« Podemos permitirnos todo en la empresa contra Francia. Hay que destruir la anarquía en Francia. Debemos impedir que retome su antigua preponderancia. Parece que ambos objetos bien pueden ejecutarse a la vez. Apoderémonos de las provincias francesas que nos son convenientes (…). Una vez esto hecho, trabajemos todos de concierto para dar a lo que quede de Francia un gobierno estable y permanente. Se convertirá en una potencia de segundo orden que ya no será temible para nadie y haremos desaparecer de Europa el foco de democracia que ha pensado abrasar a Europa ».
Carta del Conde de Markov, plenipotenciario ruso.
 

No representa novedad alguna hacer mención de la resplandeciente estela de gloria inscrita en las páginas de la Historia por la inmortal batalla de Austerlitz, así como tampoco innovaríamos los esquemas habituales del sitio del Instituto Napoleónico México-Francia señalando que, en el caso de esta batalla como en el de tantas otras que componen la pléyade de hazañas épicas del periodo napoleónico, nos encontramos frente a otro ejemplo más de los innumerables conflictos bélicos que fueron impuestos por la fuerza a Napoleón por las no menos numerosas Coaliciones europeas, las cuales, financiadas por el gabinete de Inglaterra con una largueza solo igualada por su frío metodismo, no dejaron de abrevar de sangre al Viejo Continente durante más de dos décadas.

Los ingleses son mercantes de carne humana, exclama poco después de la gran batalla el emperador del Santo Imperio Romano Germánico, Francisco II, no sin añadir: ¡No hay duda, en su querella con Inglaterra, Francia tiene razón!
Palabras pesadas de significado que sellan la confesión edificante de un fautor de guerra contrito – desencantado, y tal vez hasta remordido, al menos en ese fugaz momento –, desahogo sin embargo cuya terrible realidad, por desgracia, no bastará para impedir al soberano austriaco incurrir nuevamente en los errores – las faltas – que bien habrían podido costarle el trono, de no haber sido su vencedor el generoso Emperador Napoleón.
Generoso, sí, y hasta magnánimo, sin duda, si se considera que, como decíamos, contrariamente a la idea generalizada y difundida maliciosamente y a placer por los detractores de Napoleón, y secundada por autores y docentes complacientes, la batalla de Austerlitz, y globalmente la campaña de 1805, no fueron el resultado de una « agresión » francesa – o napoleónica, si se le quiere decir de esa manera – sino muy al contrario, la expresión virtuosa y genuina de una legítima manifestación de defensa propia deslumbrantemente ejecutada por el Emperador.

Esta realidad elemental, que se presenta de manera clara y franca ante cualquier investigador que no limite su estudio a la repetición llana de simples estereotipos y lugares comunes, incontables veces repetidos en obras de acceso inmediato y superficial, sino que al contrario alimente su indagación con verdaderos conocimientos y fundamentándose en lineamientos de análisis historiográfico serio, esta realidad decíamos, no podrá más que estallar ante los ojos del estudioso, dorando con un nuevo lustre no solo el prestigio y la gloria del Emperador Napoleón, sino ante todo sus grandes virtudes como estratega, político y dirigente, y esencialmente sus méritos eminentes a nivel humano y moral.

A pesar de esto, bien lo sabemos, Napoleón I se ha vuelto – debería decir le han vuelto – en el chivo expiatorio predilecto del mundo entero; la víctima sacrificatoria por excelencia que, retomando las palabras de un historiador bien conocido, « cristaliza en su cabeza todos los descontentos ». Tan solo nos bastará recordar sucintamente, el caso sorprendente ocurrido recientemente en el marco de las emisiones de una televisora mexicana, de una periodista que creyó conveniente, a fin de ilustrar un dudoso y efímero reportaje matinal sobre los enfermos mitómanos, ¡citar nada menos que al Emperador Napoleón a guisa de paciente tipo! ¿Nos es preciso subrayar que esta aserción tan burlesca como gratuita no fue sostenida por ninguna clase de argumento, no digamos ya clínico, ni siquiera anecdótico? ¿¡Qué importa!?: ¡en el caso que nos ocupa, la afirmación perentoria hace las veces automáticamente de verdad certificada! La imagen era fuerte, su sonoridad poderosa y, a fin de cuentas, el liliputiense espantado por el rostro vago y lejano del gigante cuyos rasgos no puede vislumbrar, de alguna manera precisa componerse un retrato a su medida y a la de sus alcances, ¡conforme a sus necesidades, a sus miedos y a los delirios de su fantasía!
En el mismo orden de ideas, aunque de una naturaleza de una gravedad muy diferente, no podemos olvidar que fue justamente este extraño tipo comportamiento, especialmente característico – lo cual es triste constatar – de una cierta clase francesa, el que llevó al gobierno francés a echar al sótano del olvido la conmemoración de la victoria de Austerlitz, un triunfo que no fue, por mucho que disguste a algunos, un éxito estrictamente personal y egoísta del « Usurpador », ese «ogro» conquistador, sino palmariamente el de la Nación francesa sobre tres monarquías absolutistas que le habían declarado arbitrariamente la guerra, haciendo oídos sordos y de manera desdeñosa a las constantes aperturas de paz incansablemente avanzadas por el Emperador.

Por supuesto – y lo subrayábamos más arriba – una omisión tan inexcusable no fue sino el efecto lastimoso de una presión ejercida por falsos franceses sobre otra cierta clase política francesa aminorada y timorata, no por ello siendo ajenas al problema importantes personalidades del medio de las altas eminencias culturales y patrióticas francesas. ¡Felizmente!, estaríamos tentados de exclamar, recordando la sentencia terrible, y que cobra tintes sombríos en la actualidad, del mismo Emperador: ¡«mientras los franceses se acuerden de mi nombre, constituirán una Nación»!.

Entre las susodichas altas personalidades, nos honramos en invocar al General Michel Franceschi, general de Cuerpo de Armada (2S), comendador de la Legión de Honor, Consultor Militar Especial de nuestro orgulloso Instituto Napoleónico de México, a quien el bicentenario escamoteado de la colosal batalla de los Tres Emperadores brindó una ocasión especialmente simbólica para rememorar y revisitar, sobre la base de un riguroso y metódico estudio analítico, todos los aspectos que rodearon y dieron forma al legendario conflicto.
En efecto, es muy digno de mención que la maniobra magistral de Austerlitz prevalece, a doscientos años de distancia, como el ejemplo mismo, – la joya inigualada del arte de la guerra, nos dice el autor –, siendo enseñada como modelo en las principales escuelas militares del mundo, particularmente en la Academia de West Point en los Estados Unidos de América. Aunque apenas acariciado de manera anecdótica en este breve espacio, ciertamente el dato no deja de tener su peso.
A pesar de esto, y de ninguna manera limitándose al aspecto estrictamente militar del asunto, el General Franceschi extiende al contrario su reflexión al marco amplio del contexto geopolítico, cuyo buen conocimiento es esencial para poder explicar – y comprender – el fondo y el trasfondo de esta campaña de 1805, la cual, no más que las demás, Napoleón no solo no desató, sino inclusive, nunca deseó.

EG-S.

 

AUSTERLITZ
2 DE DICIEMBRE DE 1805

Obra maestra del arte de la guerra, la legendaria batalla de Austerlitz corona una resplandeciente campaña militar y pone fin a la guerra declarada a Francia por la tercera coalición, que reunía a las principales monarquías de Europa.

Esta primera guerra del Imperio tiene valor general. Constituye, en efecto, la quintaesencia de la Historia del Imperio, obligado a defender por las armas a la Francia nueva derivada de la Revolución contra las viejas monarquías europeas legitimistas, temerosas por su supervivencia, e instrumentadas por Inglaterra, eterna rival de Francia. El génesis de este primer afrontamiento contiene el guión de guerra tipo que será renovado a saciedad por cinco veces hasta Waterloo en una inmutable secuencia:
------------------------------------ violación de un tratado de paz existente bajo un pretexto falaz.
------------------------------------ campaña victoriosa de Napoleón.
------------------------------------ conclusión de un nuevo tratado de paz, la mayoría de las veces generoso para el vencido.
------------------------------------ reinicio de la guerra por otro motivo mendaz, así sucesivamente hasta 1815…

 

I – SITUACIÓN GENERAL EN 1805

Consagrado Emperador el 2 de diciembre de 1804, Napoleón no aspira en 1805 a nada más que a la tranquilidad para perfeccionar la obra colosal de paz que condujo como Primer Cónsul en cuatro años de una fenomenal intensidad creadora. Recordémosla sucintamente.

En el exterior, Bonaparte ha logrado el prodigio de hacer la paz con todos los enemigos de Francia. Las victorias de Marengo, el 14 de junio de 1800, y de Hohenlinden, el 3 de diciembre, permitieron la firma del tratado de Lunéville con Austria el 9 de febrero de 1801. Un tratado de paz franco-rusa fue firmado en París el 8 de octubre de 1801. Inglaterra, aislada, consintió a su vez el cese de hostilidades por medio del tratado de Amiens del 25 de marzo de 1802. Por primera vez desde hace trece años, Francia no está en guerra con ninguna gran monarquía europea:

La obra de paz internacional se manifestó por la extinción de todos los demás focos belígeros. Una impresionante compilación de dieciséis tratados y convenciones concluidos entre 1800 y 1802 han reconciliado a Francia con Turquía, las regencias de Argel y de Túnez, España, Portugal y los jóvenes Estados Unidos de América. Para reforzar las buenas relaciones de Francia con la joven república pujante americana, el Primer Cónsul le ha vendido la Luisiana el 30 de abril de 1803 en condiciones muy ventajosas. La desdichada expedición de Santo Domingo se ha acabado en noviembre de 1803.

Pero los pergaminos no bastan para asegurar la paz. La política de defensa de Napoleón se funda sobre el principio de prevención de los conflictos. Ya ha logrado un gran paso en este sentido con el reconocimiento internacional de las fronteras de la nueva Francia, objetivo de seguridad perseguido desde siempre por el Antiguo Régimen, retomado por la Revolución. Realista, no se ha contentado sin embargo de este amparo, ciertamente precioso pero no obstante precario. Lo ha prolongado por medio de un glacis protector en consolidación constante, compuesto de reinos y de estados, amigos, aliados o familiares. De este modo encontramos:

------------------------------------ en el norte, Holanda, ácida manzana de discordia con Inglaterra.
------------------------------------ más allá de los Alpes, el Piamonte, los reinos de Italia y de Nápoles.
------------------------------------ del otro lado de los Pirineo, la alianza con España
------------------------------------ y sobre todo, frente a la Alemania austro-prusiana, la Confederación del Rin, en vías de realizarse.

La acción pacificadora exterior del Primer Cónsul se hizo en paralelo con una no menos edificante obra de concordia nacional entre franceses, trágicamente divididos por la Revolución: reintegración generosa de los emigrados (paz de los corazones), reducción magnánima de la chuanería (paz de los bravos), y reconciliación religiosa por el Concordato (paz de las almas).

Y el Primer Cónsul todavía encontró el tiempo para construir un Estado moderno sobre las cenizas del Antiguo Régimen. Como verdadero arquitecto de una Francia nueva, no hay un ámbito en el que no haya incansablemente dejado impresa su marca indeleble: estructuras administrativas, derecho y justicia, enseñanza y cultura, economía y finanzas, grandes trabajos, etc., etc… ¡El magistral Código Civil emerge como una joya de esta prodigiosa obra civil sin precedentes!

Fiera para el trabajo, el Primer Cónsul había consagrado sus días y sus noches a esta titánica acción pacificadora, todavía lejos de su término en 1805. En estas condiciones, la idea de la guerra no podía más que serle totalmente ajena, como mínimo porque no tenía ni un minuto que consagrarle. Convertido en Emperador, seguía no aspirando más que a la paz para perfeccionar su tarea inmensa. Creía sinceramente que el tratado de Amiens había aportado un apaciguamiento durable a Francia y a Europa. Era subestimar la ambición hegemónica de Inglaterra que, atizando el temor del contagio democrático de las monarquías europeas, va a sacrificar la tranquilidad del mundo a sus intereses imperialistas…

 

II - INGLATERRA VUELVE A ENCENDER LA HOGUERA DE LA GUERRA
 
William Pitt « el Joven »
El carnicero de Europa

« Nunca hice la guerra por espíritu de conquista. Acepté las guerras que el Ministerio inglés levantó contra la Revolución francesa ». Napoleón.

Inglaterra no firmó el tratado de Amiens en 1802 más que a su pesar. Lo lamenta muy pronto dándose cuenta de que la paz trabaja a favor de Francia. Decide de inmediato reiniciar las hostilidades, esforzándose por hacerle cargar a Napoleón la responsabilidad de la ruptura de la paz. El Primer Ministro William Pitt encarna en ese entonces el partido de la guerra.

La tesis usualmente sostenida de una responsabilidad compartida en la ruptura de la paz de Amiens no resiste a un examen serio. El reinicio de la guerra resulta de la sola voluntad deliberada del gabinete inglés.

Napoleón no tiene más que desventajas en hacer la guerra. ¿Sería acaso tonto hasta el punto de jugarse en un campo de batalla la suerte de una Francia convaleciente, por fin apaciguada, que goza de instituciones estables, detrás de fronteras por fin seguras? La refundación del país, ya muy avanzada, está lejos de ser terminada. Reclama su presencia asidua en París y no puede más que sufrir por ausencias prolongadas en los campos de batalla. Napoleón ya dio a conocer a sus enemigos potenciales que su sola y única ambición era el desarrollo y la prosperidad de Francia, y que toda su política de defensa era exclusivamente defensiva, sin ningún espíritu de conquista. Entrevistándose con el embajador ruso Markov, le declara, recalcando sus palabras: « ¡Es con horror que hago la guerra! ».

Del lado británico, en cambio, existen dos razones mayores de hostilidades. La Francia nueva surgida de la Revolución representa un ejemplo democrático contagioso para el conjunto de las monarquías absolutistas reinantes. Para Inglaterra, por lo demás, constituye el principal obstáculo a su ambición mundial. El embajador de Rusia en Londres en 1803, Woronzov, dejó un testimonio sin equívoco en ese sentido: « El sistema del gabinete inglés será siempre aniquilar a Francia como a su único rival, y reinar después, despóticamente, sobre el universo entero ».

La propaganda de Londres para hacerle endosar a Francia la responsabilidad de la guerra no reposa más que sobre argucias falaces. La conservación de la paz depende esencialmente del respeto de las cláusulas del tratado de Amiens que la restauró en 1802. El gobierno británico encuentra toda clase de pretextos para no cumplir con sus promesas, en particular la evacuación de Malta que tenía que haberse producido septiembre de 1802. A principios de 1803, todavía no manifiesta señales de partida. No obstante, por su parte, Francia ya ha evacuado los puertos napolitanos, cláusula ligada a la retirada inglesa de Malta.

Cuando Napoleón le hace la observación de esta circunstancia al gabinete inglés, éste último trata de justificarse reprochándole la anexión del Piamonte y la permanencia de tropas en Holanda. Pero el Piamonte se ha hecho francés por petición de sus representantes. Y las dos cuestiones no tienen absolutamente nada que ver con el tratado de Amiens. ¿En qué puede el Piamonte francés representar una amenaza militar para Inglaterra? La presencia de las tropas francesas en Holanda es legítima en un territorio concedido por un tratado internacional, el de Lunéville, independiente del de Amiens.

Acostumbrada a dominar, Inglaterra querría simplemente dictar a Francia su política exterior.

¡Si al menos mostrara un mínimo de cortesía! Napoleón es al contrario víctima de una innoble campaña de prensa que lo arrastra en el lodo. En Londres, se humilla abiertaente a la Francia nueva. Se le hace al Conde de Artois el honor de pasar en revista a un regimiento inglés. El Príncoipe de Gales ofrece una cena al embajador de Francia, el general Andreossy, e invita al duque de Orleáns, futuro Luis Felipe, que luce el cordón azul real. ¿Es este el comportamiento de un gobierno que aspira a la paz?

¡Demasiado es demasiado! El 18 de febrero de 1803, Napoleón convoca a Lord Whitworth, embajador británico, para llevar a cabo una indispensable puesta a punto. Desde hace tiempo está ansioso por decirle sus cuatro verdades a este diplomático lleno de arrogancia que no hace ningún esfuerzo por ocultar su desprecio por Francia. Ordena muy firmemente a Inglaterra cumplir con sus compromisos y de dar fin a los ataques innobles contra su persona.
La respuesta del gabinete británico consiste en pedir al Parlamento, el 8 de marzo, créditos militares suplementarios. Inglaterra ya ha decidido volver a encender la hoguera de la guerra...

El 13 de marzo, Napoleón dirige una nueva reprobación personal a Lord Whitworth: « ¡Conque los ingleses quieren la guerra! (…) ¡Malhaya a quienes no respetan los tratados! ¡Ellos serán responsables ante toda Europa! ».

El 26 de abril, el embajador británico tiene la caradura de proponer a Talleyrand un trato increíble, visiblemente concebido para ser rechazado, sobre todo porque está presentado en forma de ultimátum que expira siete días más tarde.
Inglaterra propone conservar Malta durante diez años, y la isla vecina de Lampedusa para siempre, mientras que Francia evacuaría Holanda y Bélgica. ¡Dicho de otra forma, Inglaterra conserva lo que hubiera debido dejar, al mismo tiempo que Francia debe regresar lo que no estaba previsto! ¡Qué desdeñoso descaro!

Deseoso de dejarle a la paz una última oportunidad, Napoleón reprime su tentación de romper inmediatamente y encarga a Talleyrand proseguir las negociaciones. Su fracaso es total. El gabinete inglés no quiere cambiar absolutamente nada de sus exigencias exorbitantes. Talleyrand da cuenta a Napoleón de su convicción que Inglaterra se encuentra ya en estado de guerra contra Francia.

A pesar de ello, el Emperador le encarga sin hacerse una última tentativa por salvar la paz concediendo neutralizar de Malta, dada en garantía a una potencia (Rusia) del tratado de Amiens. Whitworth le opone una desdeñosa inadmisibilidad. ¡La paz no existe más!

Un mano a mano se entabla entonces. El 12 de mayo de 1803 el embajador inglés regresa a su país. El día siguiente, el gabinete británico confirma su voluntad de conservar Malta durante diez años, en violación abierta del tratado de Amiens. Para enfatizar su determinación, Napoleón manda entonces ocupar en Italia por Gouvion-Saint-Cyr los puertos de Otranto, Brindisi y Tarento.

El 17 de mayo, sin declaración de guerra, el gobierno británico del ultra belicista Pitt hace incautar todos los navíos franceses y holandeses que se encuentran en los parajes de Gran Bretaña. Se apodera así de 1 200 barcos y 200 millones de mercancías, por un acto de piratería de Estado a gran escala. Aquí se trata de una agresión abierta. ¡La máscara cae!

Napoleón replica el 22 de mayo con el arresto de todos los sujetos británicos que se hayan en Francia y en sus posesiones.
Al día siguiente, Pitt declara oficialmente la guerra a Francia, una guerra total que no se terminará hasta el 18 de junio de 1815 en Waterloo.

Inglaterra saca provecho de su superioridad marítima para ejecutar sus primeros golpes en las colonias francesas. Santa Lucía y Tobago, San Pedro y Miquelón y las factorías de la India son inmediatamente ocupadas.
Francia responde el 27 de mayo apropiándose de Hanover, propiedad personal del rey de Inglaterra Jorge III. Asegura de este modo el control de los estuarios del Weser y del Elba, puertas de entrada de las mercancías inglesas en Alemania, inicio de una guerra económica que no cesará de intensificarse.

La guerra será igualmente clandestina y terrorista. El gobierno inglés no retrocederá ante ningún medio para abatir a Napoleón, incluso por medio del crimen. No tendrá ningún escrúpulo en contratar asesinos a sueldo o fanáticos. ¿No fue ya sorprendido con las manos en la masa en ocasión de la conjura de Cadoudal en 1802?

Jorge III , rey de Inglaterra 

¿Cuál es la política de defensa de Napoleón en esta guerra impuesta?

Antes que nada, le es preciso prevenir una nueva coalición Europa.

En Rusia, Francia no está en olor de santidad. El embajador del zar, Markov, le es abiertamente hostil. Pero por el momento, Rusia, aislada, no puede más que quedarse tranquila. Se sabe sin embargo que agentes británicos y traidores franceses ya están a la obra en la corte de San Petersburgo.

Con Prusia, las relaciones son momentáneamente buenas. Duroc, embajador en Berlín, hace buen trabajo. Para consolidar estas buenas disposiciones, se le obsequia al rey Federico Guillermo Hanover, arrebatado a los ingleses. Rechaza el regalo, por miedo a desavenirse con Londres. Pero permanece favorable a Francia. El acercamiento franco-prusiano neutraliza sin embargo a Austria que espera la hora de la revancha por sus derrotas en Italia y en Alemania.

Detrás de su glacis protector, la frontera del este está en seguridad por algún tiempo. Napoleón tiene entonces las manos libres ante Inglaterra, pero está consciente de que esta situación no podrá durar mucho.

Así, le es preciso derrotar al ejército inglés antes de que el gabinete británico logre formar una tercera coalición. No considera en la hipótesis de un desembarque inglés en Francia, cuya superioridad militar y reputación de invencibilidad hacen muy improbable. No le queda entonces más que la solución de librar batalla en la misma Inglaterra, adelantándose a la ofensiva diplomática inglesa al este.

El tiempo está en su contra. Dejando de lado todos los asuntos, se consagra a este proyecto audaz, que exige largos preparativos marítimos.

Para compensar su inferioridad naval aplastante, Napoleón obtiene el concurso, primero de la marina holandesa, y luego, en enero de 1805, de la flota española. Portugal se declara neutro. Se pone en obra en todos los puertos, comprendidos los fluviales, una flotilla de 2000 embarcaciones de fondo plano y armadas, capaces de transportar un ejército de 150 000 hombres, 450 cañones y 11 000 caballos.

Todos estos medios se concentran progresivamente alrededor de Boloña, de ahí la apelación de Campo de Boloña, que el Emperador visita frecuentemente para asegurarse de que todo se pone bien en su lugar. En el otoño de 1804, el ejército francés está por fin listo. Pronto tomará el nombre de Grande Armada. Ya no hay tiempo que perder…

III- LA OPORTUNIDAD PERDIDA DEL CAMPO DE BOLOÑA - TRAFALGAR
 
El campo de Boloña. Aclamado el 15 de agosto de 1804 por cien mil soldados en ocasión de su aniversario, vemos a Napoleón sentado en un enorme podio decorado con banderas y armaduras. Detrás de él, los navíos ingleses contemplan la escena que se lleva a cabo al ritmo de numerosas piezas musicales, entre ellas, la marcha que será ejecutada durante la misa de Consagración, el 2 de diciembre de 1804.

Para permitir el cruce de la Mancha a la Grande Armada, es preciso que los almirantes tomen el control del brazo de mar durante dos a tres días. Pero, decididamente, las relaciones de Napoleón con sus almirantes se hallan bajo el signo de una persistente fatalidad desde Egipto. El valeroso almirante Latouche-Tréville, comandante en jefe de la operación naval, muere súbitamente en Tolón el 19 de agosto de 1804. No hay más alternativa que remplazarlo en el lugar mismo por Villeneuve, quien se había mostrado muy endeble durante el desastre de Abukir. Es un mal presagio.

La misma desgracia se abate en marzo de 1805 sobre el almirante Bruix, comandante de la flota de desembarco en Boloña. Todo parece ligarse para hacer fracasar la operación. El plan de Napoleón consiste en atraer la flota de Nelson a las Antillas por medio de la amenaza que hará pesar sobre las colonias inglesas la concentración de la flota francesa. Hecho esto, regresar enseguida a todas velas fuera de la Mancha, con el objetivo de conseguir una superioridad naval durante los pocos días necesarios para la travesía.

Una primera tentativa tiene lugar en enero de 1805. Se da la orden a las escuadras de Tolón (Villeneuve) y Rochefort (Missiessy), de aparejar hacia las Antillas, operación que la escuadra de Brest (Ganteaume) debe aprovechar para desembarcar un cuerpo expedicionario en Irlanda, diversión estratégica.

El fracaso es inmediato. Aparejando el 17 de enero, Villeneuve vuelve a Tolón cuatro días más tarde, tras haber sido sacudido por una fuerte tempestad. Missiessy sí llega a la Martinica el 20 de febrero, pero, al no encontrar ahí a Villeneuve, vuelve a partir el 28 de marzo para estar de regreso el 20 de mayo en Rochefort. Ganteaume no ha podido moverse de Brest, al estar bloqueando los ingleses la salida.

Es asunto es reiniciado a principios de marzo, postergando la iniciativa de desembarco al verano, último plazo compatible con la situación internacional. Para ese efecto, Villeneuve debe salir del Mediterráneo con la escuadra de Tolón, reunirse en Cádiz a la flota española del almirante Gravina, y enseguida dirigirse con hacia la Martinica. Ahí, deben encontrar la escuadra del almirante Missiessy proveniente de de Rochefort, y la del almirante Ganteaume salida de Brest. Todas sus fuerzas reunidas tendrán entonces la misión de lanzarse a toda velocidad a la Mancha bajo el mando de Ganteaume, para encontrarse listos para la obra entre el 10 de junio y el 10 de julio de 1805. Napoleón envía para ello la directiva siguiente a Ganteaume: « Confiándoos el mando de un ejército tan importante cuyas operaciones tendrán tanta influencia sobre los destinos del mundo, contamos con vuestra dedicación, con vuestros talentos, y con vuestro apego a mi persona ».

A lo largo e los preparativos, no cesará de estimular a los almirantes, implorándoles asegurarle el dominio de la Mancha durante solamente dos días: « Resistid dos días solamente, Ganteaume. No perdáis de vista los grandes destinos que tenéis en las manos. Si no os falta audacia, el éxito es infalible ».
La audacia es lo que más faltará a los almirantes, como petrificados de inhibición ante la reputación de la marina británica.

No se maneja, por desgracia, a los almirantes y a las escuadras como a los generales de divisiones. El plan de invasión, no obstante totalmente realizable según la opinión misma de los especialistas de la guerra marítima, no tuvo para ejecutarla, manifiestamente, almirantes a la altura.

El Emperador Napoleón en el Canal de la Mancha

Villeneuve apareja de Tolón el 30 de marzo... con quince días de retraso. Mientras Nelson, obnubilado por Egipto, le espera en Cerdeña y Túnez, él cruza sin estorbo el estrecho de Gibraltar el 9 de abril. Hace su junción con el almirante español Gravina en Cádiz, y singla hacia la Martinica a la que llega el 14 de mayo. Instrucciones con fecha del 29 de abril le ordenan esperar hasta finales de junio, a Ganteaume proveniente de Brest, y a Missiessy de Rochefort. Pero el primero no puede, de nuevo, salir de Brest después de una tímida tentativa, y el segundo está en camino de vuelta cuando la orden de esperar en la Martinica llega a Fort-de-France. Así toda la responsabilidad de la operación va a recaer sobre los deleznables hombros de Villeneuve.

Enterándose el 7 de junio que Nelson llegó a Barbados desde hacía algunos días, Villeneuve entra en pánico y, desobedeciendo las órdenes recibidas, vuelve a salir para Europa el 11 de junio, perseguido de lejos por Nelson. Hace rumbo hacia Le Ferrol. Es interceptado el 22 de julio por el almirante Calder. Después de un cañoneo indeciso en la neblina, Villeneuve va a fondear el 2 de agosto en la Coruña, reuniendo ahí a todos los navíos franceses y españoles de la región.

Napoleón hace expresar su descontento a Villeneuve por medio de un mensaje severo del almirante Decrès, ministro de la Marina: « Su Majestad quiere apagar esa circunspección que reprocha a la Marina, ese sistema de defensiva que mata la audacia y que redobla la del enemigo. ». Decrès ha edulcorado el furor verbal del Emperador: « Villeneuve es un miserable que hay que echar ignominiosamente. ¡Sacrificaría todo con tal de salvar su pellejo! ». Pensaba en Abukir…

Por una nueva directiva, le ordena alcanzar en alta mar a la escuadra de Rochefort, ahora capitaneada por Allemand, para tratar juntos de desbloquear a Ganteaume en Brest en caso de imposibilidad de salida, y luego de penetrar en la Mancha una vez reunidas todas las escuadras.

Ganteaume no logra ejecutar la orden de salida después de muchas tentativas timoratas. Allemand lo logra en Rochefort, pero no consigue reunirse con Villeneuve el 14 de agosto. Las dos escuadras se perciben pero no se atreven a acercarse, pensando estar viéndoselas con el enemigo. ¡Increíble pero cierto!

El día siguiente, cada vez más inquieto de toparse con la flota inglesa, Villeneuve se refugia en Cádiz, donde atraca el 18 de agosto. Nombrado entre tanto almirante en jefe, Nelson se apresura a bloquear el puerto.

Después de todos estos retardos, el plan de invasión de Inglaterra se ha vuelto caduco. La Gran Armada ya está en camino a Alemania cuando Napoleón se entera el 2 de septiembre de que Villeneuve se encuentra todavía en Cádiz. Confirmándole su pusilánime incuria, esta noticia lo saca de quicio. Y para que su escuadra sirva para algo, le confía el 15 de septiembre la misión de operar una diversión naval frente a las costas del reino de Nápoles, tentado de unirse a la coalición en formación. Pero, estimando que Villeneuve sería incapaz de llevara a bien esta operación, decide el 17 de septiembre remplazarle por el almirante Rosily, quien no tendrá el tiempo de tomar su mando antes de Trafalgar.

Cuando se entera de su destitución el 18 de octubre, Villeneuve todavía no se ha movido. Es verdad que la orden de maniobra de salida de Cádiz iba acompañada por la restricción: « salvo en caso de obstáculos invencibles ». El almirante Gravina le aconsejaba igualmente una comprensible prudencia.

 
El Almirante Villeneuve
 
El Almirante Lord Nelson

Sintiéndose deshonrado por haber sido dejado fuera, el neurasténico Villeneuve pierde la cabeza y decide entonces salir el 20 de octubre. El 21 al alba, se topa con la flota de Nelson en mar abierto del cabo de Trafalgar. La batalla se entabla al final de la mañana. Cerrando su línea sin idea táctica bien definida, Villeneuve se contenta con ordenar que « todo capitán que no estuviese en el fuego no estaría en su puesto ». ¡Orgullosa pero insuficiente encantación! La confrontación se lleva a cabo con una violencia extrema hasta el final de la tarde.

Villeneuve dispone 33 navíos (18 franceses y 15 españoles) y 6 fragatas, armadas con 2,856 cañones. Nelson comanda 27 navíos y 6 fragatas, armados con 2,314 cañones. Esta ligera superioridad de la escuadra franco-española, y la incontestable bravura de sus marinos, nada pueden contra el profesionalismo superior de los equipajes ingleses, y sobre todo el genio de Nelson, quien halla en la muerte una gloria eterna salvando a Inglaterra.

Aislado y muy maltrecho, Villeneuve baja pabellón a media tarde. Sucediéndole al mando, Gravina halla la muerte en su puesto poco después, así como el contralmirante Magon. El desastre se consume hacia las 18 horas.

La desproporción de las pérdidas mide la amplitud de la derrota. Del lado franco-español se deplora 4,408 muertos, 2,549 heridos, más de 7,000 prisioneros. Con excepción de un bastimento que logra regresar a Cádiz, todos los demás son destruidos o capturados. Del lado inglés, se enumeran 449 muertos, 1,241 heridos y pérdidas navales mínimas, compensadas por las apresas.

El desdichado Villeneuve será liberado por los ingleses en abril de 1806 pero, desesperado, pondrá fin a sus días poco después en una taberna de Rennes.
Las consecuencias de Trafalgar son catastróficas. Napoleón no volverá nunca a tener la posibilidad de reducir por las armas a Inglaterra, foco de la hostilidad contra Francia.
Trafalgar, de hecho, ha sellado ya el destino del Imperio…
Por ahora, los sinsabores marítimos de Francia han dejado a sus enemigos el tiempo necesario para juntarse.

IV- LA TERCERA COALICIÓN Y LA INVERSIÓN ESTRATÉGICA RELÁMPAGO
 
Salida del campo de Boloña

Recordemos que la primera coalición levantó en 1793 contra la Francia de la Revolución, a Austria, Rusia, Prusia, Inglaterra, Holanda, Cerdeña, Nápoles y España.

La segunda opuso a la Francia del Directorio en 1798, a Inglaterra, Austria, Rusia y el reino de Nápoles. Durante los preparativos de invasión de Inglaterra, la diplomacia francesa se muestra muy activa para ganar tiempo y mantener el mayor tiempo posible a las cortes europeas fuera del conflicto franco-inglés.

El 2 de enero de 1805, Napoleón propone una última vez a Jorge George III la apertura de negociaciones de paz. Persiste en querer mostrar que no es un fautor de guerra. Pena perdida, una vez más. Tenemos la confirmación de que la paz no es el negocio del británico, todo volcado en sus miras hegemónicas, tanto más cuanto que siente la batalla diplomática inclinarse en su ventaja.

Trabajada por los agentes británicos e influenciada por los biliosos emigrados franceses traidores a su país, la corte de San Petersburgo se acerca, en efecto, insensiblemente a Inglaterra.

El 11 de abril de 1805, Inglaterra y Rusia firman un tratado de alianza que no busca nada menos que la evacuación de Italia, el restablecimiento del rey de Cerdeña en el Piamonte, la independencia de Holanda y de Suiza, y la evacuación de Hanover. Esto equivale a propinar un golpe fatal al glacis protector de Francia.

Inglaterra se muestra muy generosa para con los coaligados. Se compromete a hacer entrega de 1,250,000 libras sterling por grupo de 100,000 soldados rusos. La guerra por procuración de Inglaterra comienza.

Al haber reconocido oficialmente al Imperio francés, Austria se muestra primero reticente a los avances británicos. Enseguida, presta oídos complacientes a las insinuaciones embusteras anglo-rusas relativas a su seguridad supuestamente amenazada por la fuerte presencia francesa en Italia. Aprovecha sin chistar este pretexto falaz para unirse a la coalición el 9 de agosto. No tardará en morderse los dedos por esta grosera manipulación, pues será ella la principal víctima. Suecia se incorporará a la coalición el 30 de octubre.

En la corte prusiana se desarrolla una delirante francofobia, animada por la influyente reina Luisa, a la cabeza de un poderoso partido pro ruso que espera su hora. El hábil embajador francés Duroc logra difícilmente mantener en la neutralidad al indeciso rey de Prusia, Federico Guillermo, que se prepara sin embargo para una inquietante mediación armada.

Cuando, poco después de la entrada de Austria en la coalición, Napoleón se entera en el campo de Boloña de que Villeneuve sigue encerrado en Cádiz y Ganteaume en Brest, recibe una ducha fría. Una evidencia estratégica se impone a él: ya no tiene tiempo para invadir Inglaterra antes de que los austro-rusos caigan sobre la espalda de Francia. A consecuencia de la desidia de los almirantes, la flota inglesa, sin ni siquiera haber entablado confrontación alguna, ya ha permitido al gabinete británico de ganar la carrera diplomático que salva a Inglaterra.

Para precaverse de lo más urgente, Napoleón se ve obligado a suspender el proyecto de desembarco en Inglaterra y hacer frente inmediatamente al peligro apremiante que viene del Este.

En algunos días nada más, monta un nuevo plan de campaña basculando el campo de Boloña sobre Alemania. Como de costumbre, la rapidez de ejecución constituye su rasgo dominante. Ante la aplastante superioridad numérica de los coaligados, le es preciso, según su método habitual, sorprender al enemigo y sobre todo vencer sucesivamente a los austriacos y a los rusos, antes de que operen su junción. Por añadidura, de esa manera evita hacer la guerra en el territorio nacional, preocupación constante de Napoleón.

El dispositivo de los coaligados es impresionante:

El Conde Pierre-Antoine Daru (1767-1829), administrador de los ejércitos

------------------------ En el teatro alemán: 40 000 rusos, suecos e ingleses en Hanover, 180 000 austro-rusos en el Danubio (lo dos-ejércitos austriaco de Mack y del archiduque Fernando, seguidos por el ejército ruso de Kutusov). Otros ejércitos rusos están en camino para reforzar el dispositivo.

------------------------ En el teatro italiano: 142 000 austriacos del archiduque Carlos en Italia del norte y 30 000 anglo-rusos en Nápoles.-------------------------------------- En el punto de junción de Alemania y de Italia, los 53 000 hombres del archiduque Juan.

El dispositivo francés se articula como sigue:

------------------------ 25 000 hombres son dejados en Boloña.
------------------------ El 1er Cuerpo de Bernadotte se moviliza de Hanover a Baviera.
------------------------ El 2º Cuerpo de Marmont hace lo mismo desde Holanda.
------------------------ De Boloña, los Cuerpos de Davout (3º), Soult (4º), Lannes (5º), Ney (6º), Augereau (7º), y la Guardia Imperial, se-ponen en ----------------------------movimiento a marchas forzadas hacia el Danubio.

En total 160 000 hombres que oponer a unos 250 000 austro-rusos, muy afortunadamente todavía dispersos. Es de notar que 30 000 extranjeros sirven ya en la armada francesa: italianos, belgas, holandeses, suizos, irlandeses y hasta sirios…

En Italia, Masséna y sus 50 000 hombres tienen que mantener en raya al ejército del archiduque Carlos.

Esta afluencia torrencial de unidades francesas con dirección a Alemania aplica una planificación minuciosa de los movimientos y de los itinerarios. Napoleón determinó cada detalle con Daru, su incomparable administrador general de los ejércitos. Conoce de memoria el itinerario de cada unidad y le suele pasar que, en pleno camino, vuelva a poner en la buena dirección a algún regimiento perdido. La velocidad es tan rápida que a la intendencia le cuesta seguir el paso. La Grande Armada soporta una prueba física sobrehumana, pero está animada por un ánimo de acero. « Es para eximir la sangre de mis soldados que les hago soportar tantas fatigas », afirma el Emperador.

V- LA DESLUMBRANTE CAMPAÑA DE 1805
 
Mapa de la campaña de 1805
 

Siempre conforme a su regla primera, el plan del Emperador es simple:

------------------------ operar una diversión en Baden, al sur, para confortar al enemigo en su espera de ver surgir al ejército francés por la Selva Negra, línea de operación lógica.
------------------------ desembocar en fuerza al norte del Danubio, lejos hacia el este.
------------------------ retornar al sur para encerrar al enemigo en la nasa así creada.

Aunque acostumbrados a combatir, los austriacos van a conformarse dócilmente a lo que Napoleón espera de ellos.

Para engañarlos, el Emperador vuelve a París en vez de seguir a sus ejércitos.

Mack invade Baviera, aliada de Francia, el 13 de septiembre de 1805, más temprano de lo que se esperaba. De tal forma, no hacía más que favorecer el plan francés. Se apodera un poco más tarde de Munich y prosigue su avance hacia Ulm. Es exactamente lo que se espera de él.

El General Mack

A fines de septiembre, Napoleón alcanza a sus ejércitos llegados al Rin dentro del plazo record previsto. El 30 de septiembre, antes de dejar el suelo de la Patria, les dirige la proclama siguiente: « Soldados, la guerra de la tercera coalición ha comenzado. Habéis debido acudir a marchas forzadas a la defensa de nuestras fronteras. Ya no haremos paz sin garantías. Nuestra generosidad no engañará más a nuestra política. Soldados, vuestro Emperador está entre vosotros (…) ».

La Grande Armada cruza el Rin en Mannheim, Durbach y Kehl entre el 30 de septiembre y el 2 de octubre, y arremete sobre los objetivos previstos, siempre a marchas forzadas. Desde el 7 de octubre, el grueso del ejército se vuelve hacia el sur atravesando el Danubio en Donauworth, a unos cien kilómetros al este de Ulm.

El 10 de octubre ocupa el cerrojo de Ausburgo más al sur. Todos los puentes del Danubio entre Donauworth y Ulm están en poder de los franceses, salvo el de Elchingen a 7 km de Ulm. Los caminos de Viena y de Munich están cortados. El ejército de Mack, rodeado. Intenta una tímida penetración y enseguida se refugia en Ulm. El ejército ruso de Kutusov ya no puede unírsele.

El Emperador Napoleón arenga a las tropas antes del ataque de Ausburgo el 10 de octubre

El 14 de octubre, volviendo a pasar el Danubio para cortar la retirada de Mack por la orilla norte, Ney obtiene una brillante victoria en Elchingen, que le valdrá su título de duque de Elchingen.

Antes de que la nasa se haya cerrado herméticamente, el archiduque Fernando logra escaparse con 20 000 hombres hacia Bohemia. La caballería de Murat le da alcance y hace 12 000 prisioneros, entre los cuales 7 generales y el tesoro del ejército.

 
Ney vuelve a pasar el puente de Elchingen el 15 de octubre…
 
… y se apodera de la localidad

Encerrado en Ulm, Mack intenta una última y costosa salida el 16 de octubre, en vano. El 20 de octubre, sin ninguna esperanza de ser socorrido por el ejército ruso que se repliega hacia el norte, Mack capitula sin condiciones.

La rendición da lugar a una escena digna de un triunfo antiguo: 27,000 prisioneros austriacos, de los cuales 18 generales, desfilan ante el Emperador durante cinco horas, poniendo a sus pies sus armas y sus banderas, 40 en total. El botín comprende igualmente 60 cañones atalajados. 3,000 heridos no pudieron participar en este desfile surrealista.

Hecho notable, mientras desfilaban, muchos prisioneros gritaban «¡viva el Emperador!» cuando llegaban a la altura de donde él se encontraba. ¡Incluso en el ejército austriaco, Napoleón pasaba por ser un libertador a los ojos de los simples soldados!

Un coronel austriaco se sorprende de verle « tan enlodado y fatigado como el último de los tambores ». Él le responde: « Vuestro señor ha querido hacerme volver recordar que yo era un soldado. Espero que reconocerá que el trono y la púrpura imperial no me han hecho olvidar mi primer of