| NAPOLEÓN
EN EL CINE |
| Mito
y figura de la era moderna |
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Por
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Centro
Mexicano de Cine Mudo |
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del Instituto
Mexicano de Cinematografía, IMCINE
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| Guerra
y Paz,
de King Vidor. |
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Todo
aquel que esté al tanto de que el Memorial de Santa
Elena es el libro más reproducido de la historia, después
por supuesto, de la Biblia y del Nuevo Testamento, se enterará
sin gran sorpresa de que ningún personaje, después
de N. S. Jesucristo, ha sido tan llevado a la pantalla como
Napoleón, quien ha sido un protagonista de primer plano
en la cinematografía desde los inicios del 7o Arte.
¿Al respecto, debemos acaso recordar al Profesor Jean
Tulard, quien asevera que el Emperador ha « inspirado
más películas que Juana de Arco, Lenin y Lincoln
reunidos »?.
Apenas emergiendo de los albores
decimonónicos del cine, inciertos, brumosos, caracterizados
por las fantasmagorías de las misteriosas sombras
chinas, los fantásticos fenaquistiscopios
y las linternas mágicas, ya desde el año 1897
los estudios de los hermanos Augusto y Luis Lumière
se lanzan esforzadamente a la realización de toda una
serie de cortometrajes, ciertamente bastante anodinos, de
apenas algunos segundos en lo que se refiere a los más
breves, que no serían sino los primeros de una verdadera
epopeya cinematográfica que llenaría todo el
Siglo XX a través de un sinnúmero de estilos,
escuelas y géneros, y proyectaría la figura
del Emperador a los confines más alejados y recónditos
del orbe.
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| Diógenes
mostrando la Linterna Mágica a Alejandro.
Litografía
decimonónica. |
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En efecto, después
de las pequeñas escenas de circunstancia de los hermanos
Lumière – la Entrevista de Napoleón
y del Papa (1), Napoleón y el centinela
(2), La firma del Tratado de Campo-Formio (3), Napoleón
y el « grognard » (4) – los jefes de
fila del movimiento naciente se dieron bien pronto cuenta
del formidable alcance de este tema, todavía inédito
en este nuevo soporte, y dieron de inmediato la tonalidad
y el color de lo que se estaba gestando: después de
haber llenado con su figura la literatura, la poesía,
la pintura, la ilustración, la escultura... en suma,
el panorama artístico todo entero de su siglo y en
todos los campos de la creación, el Emperador se disponía
ahora a conquistar las pantallas del mundo llegando primero
a los pequeños teatros y cinemas de pueblo,
acaparando enseguida las marquesinas y luminarias de las grandes
urbes, y muy pronto, con el advenimiento de la televisión,
las pantallas chicas de todos los hogares.
Como en 1796, en un preludio
de tintes heroicos a la nueva era que se anunciaba, la década
de 1890 se cierra con un Bonaparte au pont d'Arcole
(5), en 1898, justo antes de abrir de lleno el siglo con filmes
de mayor envergadura como por ejemplo La epopeya napoleónica:
Napoleón Bonaparte, fresco épico en quince
cuadros de Ferdinand Zecca y Lucien Nonguet, que data de 1903.
« Epopeya »; el término, categórico
y cargado de significados, es sin duda alguna la voz que se
requería para introducir este mito universal que es
el Emperador en el medio de comunicación más
internacional de todos, y que dominará sin contestación
la era de la imagen y del lenguaje visual, nuestra
era moderna; en una palabra, la era creada e instituida por
Napoleón...
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Napoleón y Bonaparte, dos
placas de linterna
mágica pintadas a mano, 1850. |
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Cándidos en algunos
casos, ingenuos en otros, los directores pioneros explotan
en sus producciones la novedad del medio cinematográfico
privilegiando escenas sencillas, estructural y narrativamente
simples, en las que las delicadas limitantes técnicas
imponían evocaciones cortas que descartaban de oficio
cualquier veleidad espacial, y en muchos casos temática,
incluso entorpeciendo y hasta limitando el discurso y las
posibilidades del relato. Estas producciones, las más
veces de una construcción estática y estrictamente
frontal, refieren a pequeños guiones modestos e «
intimistas » que se desarrollan en escenarios de una
llaneza cercana a lo pretextual, y en los que la parquedad
de los medios no deja de sorprender, incluso de divertir al
espectador moderno.
No obstante, estas espinosas
deficiencias incipientes no logran mermar el frescor, el dinamismo
propio de la teatralidad gestual ni el poder evocador de estas
obras originales: en este ocaso del Siglo XIX, los estudios
Lumière nos muestran a un exasperado general Bonaparte
en toda la frescura y el ímpetu de su juventud echando
fuera del escenario al cuerpo diplomático austriaco,
durante unas ríspidas negociaciones de Campo-Formio
(17 de octubre de 1797). Gracias a la magia propia del cinematógrafo,
viajamos en un abrir y cerrar de ojos diegético al
castillo de Fontainebleau para volver a encontrar al irascible
Emperador del imaginario Lumière, esta vez proyectando
a los pies del Papa Pío VII – a quien acusa de
no proteger debidamente a Europa de los « herejes ingleses
», esa « nación de boticarios »,
y sobre todo reprochándole su negativa a participar
en el bloqueo continental impuesto por la política
económica Imperial – los artículos preliminares
conocidos como el Concordato de Fontainebleau.
A partir de 1905, y a grandes
rasgos hasta 1914, Napoleón ya ha sido adoptado en
todos los países de Europa, y, presto como el Águila,
ha surcado los vientos volando de una sala otra hasta asentarse
en América, su nuevo nido transcontinental que no dejará
más.
Así, en los Estados Unidos, basado en la obra de Emerson,
James Stuart Blackton abandona con resolución los ejercicios
de estilo y las humildes scènes de genre,
y vislumbrando con claridad la dimensión legendaria
de su personaje, recrea la vida del héroe (7) el mismo
año en que plasma su enfoque personal y filosófico
del personaje en su Napoleón, el hombre del Destino
(8), reflexión profunda y fatalista que no deja de
recordar los pasajes novelescos y desbordantes de poesía
de un León Bloy o de un Dimitri Merejkovsky.
En el marco político
sombrío en el que de antemano se dibuja la Primera
Guerra Mundial, que ya se olfatea en el aire, esa misma búsqueda
de lo trascendente no es ajena a las producciones del Viejo
Continente, en donde Napoleón se presenta a priori
como la figura natural e idónea con la cual se busca
enaltecer y avivar el espíritu patriótico y
nacionalista de las diferentes poblaciones. En una Francia
suspicaz y recelosa, resurge la sombra del duque de Enghien
y su cortejo de fantasmas evocando a los enemigos intestinos
que desde el extranjero conspiran contra la Nación
(9); en Italia, el ya citado Zecca torna su mirada hacia las
gélidas estepas rusas en donde, lentamente, ya la bestia
del Comunismo se está gestando, y con sorprendente
visión filma gracias a su lente vaticinadora un episodio
de la atroz debacle de 1812, hecatombe durante la cual los
soldados de la libertad eran hervidos vivos y luego
comidos por los abominables Cosacos. Pavoroso presagio...
En esta obra, en pleno desastre de la retirada, el Emperador
recompensa el valor y el espíritu de sacrificio de
un valiente soldado que, en detrimento de su propia vida,
salva un pabellón francés y junto con él
el honor y la dignidad de su Patria amenazada por las hordas
barbáricas.
Rusia no se queda atrás, y Gontcharov (10) explora
el suceso con su Napoleón en Rusia. Por su
parte, Alemania no duda en invocar el feroz y aguerrido espíritu
nacional insuflando vida a la más terrible enemiga
de Napoleón, la acerba reina Luisa de Prusia, arquetipo
de la resistencia y de la hostilidad teutona contra el Emperador.
Este contexto belicoso se presta sin duda a todo tipo de reflexiones
homéricas, pero también melancólicas
y hasta fúnebres, con lo que no será sorprendente
ver aparecer las dos primeras representaciones de Napoleón
en la soledad del exilio, en Elba primero con el Napoleón
en la isla de Elba de Larsen, obra danesa de 1910, y
un año más tarde en la mórbida Santa
Elena (12) gracias a Caserini, quien inaugura con este filme
un tema destinado a conocer un auge significativo en el futuro,
y que no pasará desapercibido por mucho tiempo (13);
prueba de ello la cinta El Memorial de Santa Elena
de Carré, (14), que es presentada al público
escasos meses después. En cuanto a los ingleses, no
se quedan rezagados y como era de esperarse lanzan la inevitable
The Battle of Waterloo... (15)
Como lo podemos apreciar,
a estas alturas, y cualquiera que sea el uso que haya podido
hacerse de su personaje, Napoleón se ha convertido
ya plenamente en un mito cinematográfico cabal.
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Al
terminar la guerra, como tratando de dejar atrás
el recuerdo de las recientes penurias y hambrunas que
han desolado a Europa, se inicia un periodo durante
el cual renace indudablemente el gusto por las grandes
epopeyas y los relatos de aventuras. De esta forma vemos
surgir obras inspiradas en grandes clásicos literarios
tales como Guerra y Paz, de Gardine (16), La
Agonía de las Águilas de Bernard
Deschamps (17) (inspirada en una obra maravillosa de
Georges d'Esparbès « Les Demi-Soldes »);
y por supuesto el ineludible Monte-Cristo de
Emmet J. Flynn, obra estadounidense de 1924.
Y ya que mencionamos a Dumas, otro género también
típico de aquellos tiempos de recuperación
son las grandes sagas románticas y de apasionados
arrebatos novelescos, que van de la par con el baby
boom obligado y en pleno proceso. En este sentido mencionaremos
tan solo La Condesa Walewska de Otto Rippert
(18) o la infalible Napoleon and Josephine
de Alexander Butler (Reino Unido), obra muy propia a
resucitar las emociones sentimentales y literarias de
las bas-bleus encandiladas y otras damas de
sociedad post victorianas, por tanto tiempo cohibidas
durante la Der des ders, como decían
del otro lado de la Mancha. |
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Severin
Mars interpreta a Napoleón
en L'Agonie des Aigles,
1920-21. |
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El año 1927 marca un
parte aguas en nuestra secuencia con la llegada de una obra
que aún hoy sigue dando de qué hablar. En aquel
tiempo, como bien lo nota el profesor Tulard, « el cine
silente está en su apogeo, y Francia igualmente, aún
aureolada del prestigio de la victoria de 1918 »; aparece
entonces en la constelación cinematográfica
napoleónica la que será su más deslumbrante
estrella, « una obra – insiste el catedrático
francés - a la medida de ese prestigio »: el
muy romántico y casi apologético Napoleón
de Abel Gance. No es este el espacio apropiado para explayarnos
en una creación tan vasta como compleja, por así
decirlo heurística: filme que a la vez que renueva
el discurso narrativo, explota, transforma e innova todos
los aspectos formales entonces conocidos (creación
de la cámara subjetiva, gestión de pantallas
múltiples, trabajo primordial de superposición
de imágenes, concepción tabular del soporte
visual, transgresiones jerárquicas de los diferentes
planos, hyper-fluidez de la secuencia, empleo rico y holgado
de las diferentes modalidades de lectura secuencial...), este
auténtico paradigma fílmico, para las necesidades
de la anécdota, es asimismo el vector a través
del cual se encuentran y entrelazan destinos de leyenda en
el ámbito cultural de la radiante Francia de aquellos
años. ¿Actuando junto al mismo Gance que asume
el papel de Saint-Just, quién olvidaría la indescriptible
interpretación del maniático alienado Marat
por un no menos delirante Antonin Artaud?
El día de la presentación de este filme en la
Ópera de París, sería objeto de una discusión
entre el general De Gaulle, entonces presidente de la república
francesa, y André Malraux, quienes aprovechan la ocasión
para conocerse. Y a propósito de grandes personajes,
¿qué decir del controvertido Albert Dieudonné?
Personificó al general Bonaparte con una entrega y
un compromiso tales que le llevaron a la locura; acabó
tomándose por el mismísimo Napoleón.
Después de todo, se dice que Bela Lugosi tenía
la costumbre – ciertamente de una ortopedia poco ortodoxa
– de dormir en un féretro, y Johnny Weismmüller,
ya anciano, la de asustar a las enfermeras saltando de cama
en cama profiriendo alaridos aterradores, y lidiando con leones
y aborígenes imaginarios, aunque no por ello menos
fieros. En lo que a él respecta, Dieudonné habrá
dado la pauta siendo un digno predecesor, puesto que a su
muerte será inhumado portando rumboso uniforme de general
en jefe del Ejército del Interior...
Napoleón. Esta obra
maestra de la narrativa discursiva había sido
concebida, o mejor dicho prevista, como un gran políptico:
Gance anunciaba varios episodios más; sólo
Waterloo, y Santa Elena serán recuperados y
posteriormente filmados en Alemania. Estruendoso fracaso
comercial, Gance tuvo que limitarse a su primera parte
únicamente, que básicamente concierne
el advenimiento de Bonaparte y la mítica campaña
de Italia.
Ejecutemos una intrépida prolepsis
para señalar que años más tarde,
tras un largo silencio, fuertemente presionado por
productores sin escrúpulos y ávidos
de ganancias, Gance rodará un insípido
Austerlitz, con Pierre Mondy en el papel de Napoleón
(1959). Este filme chapuceado y algo guiñolesco
fue hecho a la medida combinando, cuan nigromante
medieval, todos los elementos necesarios para hacer
de él un éxito de taquilla.
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| El
mítico Albert Dieudonné
en Napoleón,
de Abel Gance,
1927. |
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Evidentemente,
como era de esperarse, fue al contrario un fracaso ineluctable,
podríase decir tragicómico. |
No obstante, cerraremos el
paréntesis señalando que Gance había
al menos tenido la satisfacción de ver uno de sus libretos
ser recuperado y generar una obra importante que ha perdurado
hasta nuestros días y sin duda permanecerá a
flote en los anales de la historia del cine, nos referimos
al Napoleón en Santa Elena del rumano Lupu
Pick, estupenda y melancólica evocación del
cautiverio y últimos días del Emperador, interpretado
con brío por ese coloso de la pantalla que fue Werner
Krauss (20).
El periodo que se extiende
entre las dos guerras mundiales sigue un tanto cuanto la línea
aludida más arriba, no faltando en el mercado películas
de mero entretenimiento tanto en Europa como en los Estados
Unidos, donde Hollywood no ha dejado de percatarse del impacto
y gran peso comercial del personaje. Así, en 1938 nada
menos que la glamorosa Greta Garbo interpretará a la
esposa polonesa de Napoleón, la condesa María
Walewska, y para personificar al Emperador, los avisados empresarios
californianos traerán desde Francia nada menos que
a Charles Boyer, quintaesencia del galán latino y en
su caso concreto, del proverbial French lover: un
Napoleón manierista de ojos lánguidos, pesados
párpados y voz aterciopelada.
Al acercarse la Segunda Guerra
Mundial, inicia una nueva etapa muy específica característica
por la recuperación sistemática de la figura
de Napoleón con fines exclusivamente de propaganda
política y en especial guerrera. ¡Corolario de
esta desinformación metódica y estratégica,
y por medio de una pirueta gratuita y grosera pero de fácil
e inmediata asimilación por las masas populares, el
vencido de Waterloo, quien paradójicamente encarnara
en su vida al héroe de la libertad en perpetua lucha
contra los déspotas del absolutismo feudal y de la
servidumbre, se transforma entonces, en manos de los publicistas
y políticos sin escrúpulos de las dictaduras
nacientes, en el « precursor » de los tiranos
del nuevo siglo, imagen falaz y perniciosa que perdura hasta
nuestros días y se cultiva con un esmero tan tenaz
como extraño!
Así, una cinta muy
popular en Italia, Los Cien Días, es realizada
en 1931 en una coproducción italo-germana por el fascista
Vittorio Mussolini, hijo nada menos que del mismísimo
Duce. Con esta obra, la Francia desmembrada y amenazada
– pero no subyugada – por las fuerzas coaligadas
se convierte en la metáfora extravagante de una Italia
« resistente » que busca una justificación
a sus ideales expansionistas...
Siempre dentro del tema del opresor, ya en plena guerra, surge
en la Gran Bretaña una producción memorable
en ese sentido, Lady Hamilton (21), que constituye
un inequívoco paralelo entre la situación del
momento y la de Inglaterra bajo el reino de Napoleón.
De un simplismo bastante afligente por las amalgamas baratas
que se emplean, se pretende recrear de manera extraña
el contexto del mítico Campo de Boloña de 1805
asimilándolo a los proyectos... del Tercer Reich...
¡De ese modo, el Primer Ministro William Pitt (que simboliza
a Churchill), impulsando a la poderosa flota de Nelson (es
decir la R.A.F.), detiene y desbarata a las armadas de Napoleón
(asimilado a Hitler...), impidiendo su intento de desembarco
en las costas de Albión!
Por su lado, Stalin recurrirá igualmente a este tipo
de procedimientos al encargar a V. Petrov, en 1943, su famosa
película Kutusov, que se convertirá
en el filme preferido del brutal dictador soviético.
Esta obra trata del fracaso de Napoleón en Rusia en
1812; aquí también encontraremos ese juego de
paralelos dudosos según la fórmula Kutusov (representando
al general Jukov) y el Zar Alejandro (o sea Stalin) contra
el invasor de occidente Napoleón (... Hitler).
Por supuesto, el Socialismo
Nacional en Alemania, nunca remiso en materia de propaganda
ni falto de inspiración demagógica y populachera,
también aportará su granito de arena a este
capítulo con la superproducción en relumbrante
Agfacolor, Kolberg, obra que data de 1943-45. Tras
la ruina de los nazis en Rusia y la inminente invasión
soviética subsiguiente, el realizador Veit Harlan (22)
recibirá un magnánimo patrocinio de 8,5 millones
de Reichsmarks y la orden directa del Führer de realizar
un « gran filme » que galvanice al pueblo alemán
y lo incite a la lucha. El paralelo se hará rememorando
una escena de la campaña de Polonia de 1807, la resistencia
justamente de la ciudadela de Kolberg ante las tropas francesas
del general Loison, asimilando la caída de esta plaza
fuerte a la de la ciudad de Dresde bajo los bombardeos anglosajones.
Este sería el más grandioso filme político
del Tercer Reich, y la última cinta de esencia nazi
de Harlan.
Con la llegada de la Guerra
Fría, presenciamos un duelo bizarro entre los grandes
polos políticos antagónicos del momento, desafío
por el que - ¿es preciso decirlo? - se le endosará
la factura a Napoleón... Basta recordar la impresionante
Guerra y Paz del « artista del pueblo »
Serguei Bondarchouk (23), quien con un presupuesto jamás
antes visto (se rumoran 100 millones de dólares a los
que se suma la participación aseverada de más
de cuarenta museos) forja un fresco de casi nueve horas en
el cual se canta el heroísmo del pueblo ruso a la vez
que Napoleón se convierte en el símbolo del
invasor imperialista.
Esta obra, que fue premiada con los más insignes galardones
internacionales (24) no es nada menos que la respuesta soviética
a un filme estadounidense homónimo de 1956, War
and Peace de King Vidor, en el que con gran maestría
se resucitan los momentos más heroicos de la tragedia
del paso del río Berezina.
Paralelamente a estas obras de manifiesto contenido socio-político,
las producciones puramente lúdicas o de tendencia historicista
se abren camino, como en el caso en 1954 del famosísimo
Napoléon de Sacha Guitry con Daniel Gélin
y Raymond Pellegrin, o la muy decorativa y esteticista Désirée
de Henry Koster, en la cual Napoleón es interpretado
por un Marlon Brando inesperado y bastante caricatural pero
indudablemente no falto de su acostumbrado aplomo.
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| Rod
Steiger en el Waterloo
de Bondarchuk |
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La década
de los ‘70 inicia con un impresionante Waterloo,
firmado Serguei Bondarchuk. Esta evocación apabullante
de la última batalla del Emperador es sin duda
alguna la más grande y exacta representación
de un conflicto bélico jamás llevada a
la pantalla; la más espectacular igualmente,
lo que sin embargo no bastó para evitar un fiasco
estrepitoso en el box-office estadounidense.
A partir de entonces y hasta nuestros días, se
multiplicarán a un ritmo sostenido las obras
que van desde lo más o menos rescatable (Napoleon
and Josephine: a love story, teleserie estadounidense
de Richard T. Heffron de 1987 con Armand Assante y Jacqueline
Bisset; El coronel Chabert de Yves Angelo,
con Gérard Depardieu, en 1994; Monsieur N
de Antoine de Caunes, en 2003) hasta lo francamente
triste y a veces lastimoso (Adieu Bonaparte de
Youssef Chahine, 1985), que apenas merecen una breve
mención de mera y penosa rutina. |
Esto dicho, volvamos pues
un momento y para concluir al año 1977, que nos brinda
la última gran obra del género, Los Duelistas
(25), de Ridley Scott. Basada en una historia corta de Joseph
Conrad, The Duel, este filme capital, en cierta forma
la opera prima del director británico, es
una verdadera obra maestra que de manera prácticamente
unánime por parte de los expertos ha sido catalogada
- a pesar de ser una obra decidida y violentamente antinapoleónica
- como la mejor evocación de la epopeya imperial jamás
llevada a cabo en el cine. Particularidad notable de esta
película, la presencia colosal de Napoleón inunda
la atmósfera sin que el soberano aparezca un solo segundo
en la pantalla.
Tanto como en su propio siglo,
si no es que más aún, la figura de Napoleón
ha atravesado todas los períodos y sucesos del siglo
XX fungiendo como protagonista primordial de los acontecimientos
en todos los ámbitos culturales, políticos y
sociales.
¿Cómo explicar esta intensa fascinación
que de manera constante se ha perpetuado hasta los albores
de nuestro naciente Siglo XXI?: Limitándonos tan solo
al mundo anglosajón, mencionemos que Stanley Kubrick
murió dejando tras de sí un script
titulado escuetamente Napoleón, íntegramente
terminado y que permanece reservado en un obscuro cajón
a la espera de algún director pronto a asumir el desafío.
Jack Nicholson sueña con interpretar el papel, y Robert
de Niro espera pacientemente su turno mientras Al Pacino,
tras años de paciente elaboración, se alista
para presentar próximamente su propia visión
del soberano en la deportación...
Tal
vez la respuesta a este acertijo nos la brinde nada
menos que el único genio desarrollado
por el cine, según las palabras de George Bernard
Shaw, el incomparable Charles Chaplin, ese hombre que
con solo tres atributos simples de vestimenta vueltos
universales – bastón, bigote menudo y un
bombín – supo erigirse universalmente como
el « emblema de la sensibilidad popular de nuestro
tiempo » (26), y que a su manera también
cambiaba el orden del mundo, como el « Inmortal
de Santa Elena », a quien expresa y declaradamente
soñaba con revivir en la pantalla de plata. Recordemos
que conservamos del gran Charlot una rara y
única fotografía en la cual el maestro,
al tanto que fija al observador con una mirada penetrante
y plena de una ensoñación no disimulada,
posa con el característico atuendo del Petit
Tondu (25): legendario bicornio, gabardina gris,
la Cruz de Honor prendida al pecho... |
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| Charles
Chaplin caracterizando
al Emperador |
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Permanentemente rodeado de
colosales granaderos de estampa gallarda y solemne, de mamelucos
de fantástico exotismo oriental, así como de
espigados mariscales engalanados con garbosas plumas, chaquetas
vistosas y rutilantes condecoraciones, también el Emperador,
como antes de él el buen rey Enrique IV de
Francia, en la majestuosa sobriedad de su atavío había
sabido componerse una vigorosa imagen concretamente sugestiva
y gráfica, diríamos hoy una imagen eminentemente
visual.
Con ese coup d’oeil proverbial que le caracterizaba,
Napoleón, maestro consumado en el arte de la representación,
virtuoso inigualable de la comunicación y pionero de
la propaganda moderna, se convirtió a sí mismo
en un ícono, en un símbolo viviente, proyectando
su efigie por anticipado a la era de la imagen y
percibiendo con extraordinaria claridad lo que algunas décadas
más tarde Baudelaire plasmaría en esta desenvuelta
y lapidaria fórmula: «Crear un tópico,
es el genio. Debo crear un tópico» (27).
EG-S.
Notas
1) Entrevue de Napoléon
et du Pape.
2) Napoléon et la Sentinelle.
3) La signature du Traité de Campo-Formio.
4) Napoléon et le grognard. « Grognard
», es decir gruñón, era el nombre que
se les daba a los soldados de la vieja Guardia, también
conocidos como viejos mostachos.
5) Bonaparte au pont d'Arcole.
6) L’épopée napoléonienne,
Napoléon Bonaparte.
7) The Life of Napoleon (1909).
8) Napoleon, the man of the Destiny.
9) La mort du duc d’Enghien de Albert Capellani,
1909.
10) Vasilij Gontcharov.
11) El Budskab til Napoleon pa Elba.
12) Sainte-Hélène.
13) Sobre este tema, ver el artículo de David Chanteranne
« Sainte-Hélène au cinéma »,
2005.
14) Le Mémorial de Sainte-Hélène,
de Michel Carré y Jules Barbier, Francia, 1912.
15) De Charles Weston, 1913.
16) Voina i mir, 1919.
17) L'Agonie des Aigles, Francia, 1921.
18) Gräfin Walewska (Napoleons liebe) 1922.
19) De Karl Grüne, 1929.
20) Napoleon auf St. Helena, Alemania, 1927.
21) De Alexander Korda, 1941.
22) Autor de El judío Süss.
23) Vojna i mir; 1967.
24) Moscú, Cannes, Mostra de Venecia, Oscar etc.
25) El Rapadito, apodo cariñoso que le daban
los soldados a Napoleón.
26) Según las palabras del maestro Paco Ignacio Taibo
I.
27) Créer un poncif, c’est le génie.
Je dois créer un poncif; Fusées, 20.
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Filmografía
Napoleónica - ¡Próximamente
en línea! |
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