El
hombre que disponía de tantos
tesoros no había escatimado nada
para imprimir a todo lo que le rodeaba
el sello de la grandeza. Las obras maestras
de la pintura y de la escultura apenas
podían ser contenidos en nuestros
museos. Los virtuosos más célebres
de Europa estaban incorporados a nuestros
teatros y, además del encanto
que los artistas siempre han hallado
en la habitación de París,
su emulación era excitada por
la grandeza de las recompensas que les
eran acordadas y por la consideración
de la que gozaban. |