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| La
batalla de Iena, por
Horace Vernet, 1836 (detalle). |
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«
Esta guerra no era más que la lucha
del principio de legitimidad de los estados
europeos contra el heredero de la Revolución
»
(Leopold von Ranke, historiador alemán)
En
la noche del 2 de diciembre de 1805, cuando
los cañones se callaron en el campo de
batalla
de Austerlitz, Rusia y Austria acababan
de sufrir una derrota lancinante, y Napoleón
de llevarse una victoria ejemplar, que conmemoraba,
de manera a la vez trágica y magnífica,
el primer aniversario del joven Imperio francés.
Puesto que acabamos de emplear el vocablo «
trágico », y porque la responsabilidad
de cada guerra declarada a la Francia imperial
por las monarquías absolutas de Europa
es sistemáticamente imputada a Napoleón,
recordemos, como lo hacemos frecuentemente en
el sitio del Instituto Napoleónico México-Francia,
que esta tercera Coalición fue, como
las precedentes, y como lo serán las
siguientes, montada por instigación de
Inglaterra, cuidadosa, en aquel momento preciso,
de disipar la amenaza que se había concretado,
en las costas de la Mancha, por la presencia
de ese ejército, llamado también
« de las Costas del Océano »,
reunido ahí en la espera febril y gozosa
de un embarque con destino a las playas de Inglaterra:
« Jamás trabajos más
duros, escribió un joven oficial
de marina y futuro almirante, Jean Grivel,
fueron ejecutados con semejante alegría
por esos soldados, cuya devoción a la
Patria, al honor francés y al hombre
que, para ellos, personificaba todas esas cosas,
era puro y libre de codicia y de egoísmo.
»
Para llevar a Austria (y a Rusia) a participar
a su salvación, Inglaterra, como era
su costumbre, no había escatimado en
el empleo de la « caballería de
San Jorge »: dos millones y medio de libras
desembolsadas a mediados del año 1804
para incitar a Austria y a Rusia a declarar
la guerra a Francia, y cinco millones más
depositados a fines del mismo año por
los negociantes de Londres para financiar la
Coalición.
Una canasta a la cual Austria no había
podido resistir: estaba casi en estado de bancarrota,
como lo indica este extracto de una carta enviada
al Emperador, el 11 de octubre de 1805, por
su ministro de Relaciones exteriores, Talleyrand:
« Señor,
« Tengo el honor de dirigir a S.M. dos
cartas del Sr. de La Rochefoucauld [embajador
de Francia en Viena] de una fecha un poco
antigua y que no contienen más que pocas
noticias, pero de las cuales algunas tienen
interés. En general, confirman aquellos
de lo que nos habíamos enterado por cierto
de los apuros y del desamparo de la corte de
Viena. Ésta pide a sus pueblos ayudas
gratuitas confesando que el tesoro no está
en estado de pagar por sus productos…
»
¡Qué importaba entonces que se
hiciera matar, herir y mutilar algunos miles
de hombres con tal de que Inglaterra respirase
y que la corte de Viena recuperara su lustre!
Pero, si los dos protagonistas y atacantes austriacos
y rusos habían sido vencidos, había
un tercero, que, aunque perteneciente a la Coalición,
se las había arreglado para salir sin
daños.
Por una razón simple: no había
aparecido en el campo de batalla. ¿Por
qué?
Ese vencido –en espera de serlo–
era Prusia.
Un regreso hacia atrás se impone aquí.
| LOS
« TAPUJOS » DEL REY
DE PRUSIA |
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Desde el tratado
de Potsdam firmado el 3 de noviembre de 1805,
Prusia formaba oficialmente parte de la 3ª
Coalición. No se había salvado
del desastre más que por el plazo –
un mes – que le había ido acordado
para poner a su ejército en pie de guerra.
La noticia de la rendición de Ulm, llevada
a Berlín por uno de los hermanos del
emperador de Austria, no había influido
poco en el poco ardor manifestado por el rey
Federico Guillermo III.
Mantenido en la ignorancia completa de todos
los tratos de la corte de Prusia, el embajador
de Francia, el Sr. de Laforest, no podía
instruir a Napoleón en cuanto a los eventos
que se tramaban. Seamos justos: ¡tampoco
su homólogo prusiano en París
había sido informado del tratado de Potsdam!
 |
| Federico
Guillermo III: éste
rey débil y limitado
reina, pero no gobierna, pues
es su esposa, la hermosa reina
Luisa, quien es la verdadera
ama del país. |
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 |
| La
reina Luisa de Prusia,
enemiga mortal y declarada de
Francia. Su odio hacia Napoleón
era tal, que le enseñaba
a... su perico... ¡a insultar
al Emperador! |
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A pesar de esta
« cortina de hierro » antes de tiempo,
el Emperador había tenido noticia de
esta alianza de Prusia con sus enemigos austriacos
y rusos a través de una proclama hecha
a su ejército por Francisco II de Austria,
el día mismo de la entrada de Napoleón
en Viena. Proclama en la cual el soberano declaraba:
« En estas circunstancias,
no queda al Emperador de Austria más
que conformarse con los recursos poderosos que
halla en los corazones, en la prosperidad, en
la fidelidad y la fuerza de sus pueblos, apoyarse
en el poder aún intacto de sus grandes
amigos y aliados, el emperador de Rusia y el
rey de Prusia, y de perseverar en esta unión
estrecha. »
No se podía ser más claro.
Y, mientras su Primer ministro Haugwitz trataba
de « adormecer » a Napoleón
con argumentos tranquilizantes y grandes protestas
de fidelidad –« La convención
del 3 de noviembre es una simple declaración
que lleva el ofrecimiento de buenos oficios
y de mediación… »
Federico Guillermo se apresuraba a escribir
al zar Alejandro que « el
grueso de [sus] tropas va a concentrarse
en Franconia », y eso con
toda la celeridad posible « en
espera del resultado de la negociación
del conde de Haugwitz, que sin embargo no las
paraliza en nada. »
La maña estaba tan perfectamente montada
que el mismo Talleyrand, aunque gran maestro
en el arte de la duplicidad, se había
dejado atrapar:
« El hecho es, escribía
a uno de sus amigos diplomáticos,
que estoy contento del Sr. De Haugwitz. No hubo
tratado en Potsdam el 3 de noviembre. Hubo un
intercambio de declaraciones. La declaración
de Prusia fue que ésta ofrecería
sus buenos oficiosos, su mediación para
establecer y garantizar la paz del Continente;
he ahí todo. »
La
negociación no estaba acabada cuando,
el 2 de diciembre, Napoleón había
infligido a los austro-rusos la corrección
que sabemos.
Asimismo, cuando, tres días más
tarde, le fue informado por el ministro
francés de Relaciones exteriores,
Talleyrand, que el vencedor deseaba entrevistarse
con él, Haugwitz se esperaba a
lo peor.
En efecto, habiéndose encontrado
después de la batalla Napoleón
– había dejado al zar escaparse
sin buscar perseguirlo – y el emperador
de Austria Francisco II, el prusiano ya
no representaba nada. Ni para el emperador
de Austria, ni para el de los franceses,
que no podía ver más en
él a un mediador, puesto que, por
el hecho de la derrota austriaca, la supuesta
« convención de buenos oficios
» firmada en Potsdam, ya no podía
servir de sostén a aquel prusiano,
venido con el único fin de engañar
a Napoleón.
Éste último dejara estallar
su justa cólera ante tanta trapacería:
«
Señor conde, os he acogido
en Brünn con los miramientos debidos
al ministro de un gran soberano que otrora
me había hecho creer que podía
contar con su amistad. Pero hoy, conozco
el tratado que habéis concluido
con los enemigos de Francia; sé
que, según vuestras convenciones
con ellos, vuestros ochenta mil hombres
debían caerme encima si rechazase
las condiciones que estáis encargado
de dictarme; sé también
que no os bastó declararos mi enemigo,
pero que, en vuestro encarnizamiento contra
Francia, ibais a arrastrar con vosotros
a los Estados que están bajo vuestra
dependencia y a Europa entera si pudieseis
lograrlo… » |
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| Haugwitz
tratará en múltiples
ocasiones de engañar
a Napoleón mientras
que Prusia se entendía
con Rusia para engañar
a Francia. |
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Napoleón
pudo haber lanzado inmediatamente a su ejército
- que acababa de vencer rápido y bien,
y cuyas pérdidas habían sido pobres
contra los 80 000 prusianos. Hubiera estado
en la línea recta de la imagen de bruto
guerrero que sus incondicionales e (¡hay!)
infatigables detractores dan de él.
¿Qué pasó entonces?
Lejos de echarse en una nueva campaña,
que no habría tenido otro resultado que
el que veremos pronto, Napoleón pidió
a Duroc, su Gran Mariscal del Palacio, ir a
buscar a Haugwitz y conducirlo al palacio de
Schönbrunn donde el prusiano, bien sorprendido,
encontró a un Napoleón de humor
jovial, que le dijo:
« Todavía
esta mañana, creía que la guerra
con Prusia era inevitable, y ahora, si lo queréis,
si podéis firmar conmigo el tratado que
os propondré, tendréis lo que,
a fin de cuentas, debe interesaros prodigiosamente,
y yo tendré una garantía de la
amistad [!]
del rey, y la unión entre Francia y Prusia
será establecida para siempre. »
Y ante Haugwitz atónito, Napoleón
había dictado a Duroc los términos
del tratado que proponía a Prusia.
¿Qué podía hacer el prusiano?
Vencidos los aliados austriaco y ruso, ¿era
prudente exponer, por una negativa, a su país
a una guerra cuyo resultado no dejaba lugar
a dudas?
Pero, por otro lado, ¿era oportuno aceptar
firmar un tratado cuando toda Prusia clamaba
la guerra?
Prudencia obliga, Haugwitz, el 16 de diciembre
(1805) había firmado el tratado propuesto
por Napoleón, estando a cargo de Federico
Guillermo III el ratificarlo o no. Él,
Haugwitz, había ganado tiempo. No mucho
tampoco, pues el Emperador, cuidadoso de no
mostrarse inocente ante este adversario cuya
marrullería acababa de descubrir, había
acordado un plazo de tres semanas.
| REACCIÓN
IRRITADA DE LA CORTE DE PRUSIA |
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Los continuos esfuerzos desplegados
por el Emperador Napoleón
para evitar la guerra que
habría de llevar al
aplastamiento de Prusia, no
son, como de costumbre, nunca
mencionados. |
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El 25 de diciembre,
Haugwitz arribó a Berlín, con,
a manera de regalo de Navidad, este gesto de
(bien) buena voluntad del Emperador de los franceses,
acompañado de una carta personal de Napoleón
para Federico Guillermo. Hela aquí, reproducida
en la lengua en uso en aquel tiempo entre soberanos
y de la que conviene hacer abstracción:
«Señor
mi hermano, he visto al Sr. conde de Haugwitz;
ha charlado largamente con él de mis
sentimientos, de mis proyectos y de mis vistas.
Él vio en mi alma, la vio al desnudo.
Era una situación tan nueva para mi corazón
haber tenido de qué quejarse de Vuestra
Majestad, que él no pudo cubrirse con
ningún artificio. Deseo mucho que el
Sr. Conde de Haugwitz no esconda nada a Vuestra
Majestad de todo lo que le he dicho; y, si Ella
tiene algo de qué quejarse, me precio
de que Ella verá que si Ella hubiese
sido para mí un simple personaje de política,
mi corazón no se hubiera visto así
tan sensiblemente afectado. El Sr. Conde de
Haugwitz es portador de un tratado en el que
Vuestra Majestad juzgará que nada ha
podido hacerme olvidar seis años de amistad
y sobre todo la prueba de interés que
Ella me dio del interés que tenía
para conmigo, habiendo sido la primera en reconocer
a mi dinastía. No dependerá más
que de Vuestra Majestad que yo sea constantemente
el mismo para con Ella. Si Ella desea, por el
pensamiento, colocarse exactamente en mi posición
y apreciar en esta circunstancia lo que he hecho
por Ella, se convencerá de toda la verdad
de mis sentimientos. Uno de los mayores beneficios
que quiero deber a los éxitos que he
obtenido, es el reconocer que me han puesto
más allá de los prejuicios ordinarios
y en caso de no consultar más que a mi
corazón y a esta amistad que le he profesado
desde hace largo tiempo. Me ha sido bien doloroso
pensar un instante que nuestros enemigos comunes
me la habían hecho perder; pero siento
hoy que, cualquiera que sea la situación
en que la política coloque desde ahora
nuestras coronas, no me pertenece más
librarme a un sentimiento que me ha constantemente
guiado en tantas circunstancias importantes.»
| EL
TRATADO REVISADO Y CORREGIDO POR
LOS PRUSIANOS |
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Como era de
esperarse, y a pesar de las frases de paz escritas
por Napoleón, la recepción que
el entorno de Federico Guillermo III reservó
a este esbozo de tratado dicho de Schönbrunn
fue de las más frescas.
Echemos un vistazo a este tratado para tratar
de discernir lo que, en sus propuestas, podía
provocar la ira de los prusianos.
Si el tratado era ratificado, Prusia cedería
Baviera al país de Anspach, y a Francia
Clèves y Neuchâtel; como compensación,
Baviera entregaría a Prusia un territorio
de veinte mil habitantes para redondear el Margraviato
de Bayreuth, y Francia daría a Prusia
el muy codiciado Hannover – esa posesión
de la corona inglesa había sido conquistada
por el futuro mariscal Mortier como represalia
de la ruptura, por parte de Inglaterra, del
tratado de paz de Amiens.
Hablemos en cifras: en esta eventualidad, Prusia
perdería, es verdad, una treintena de
miles de habitantes, pero recuperaría
un poco más de novecientos mil por la
obtención de Hannover, y se elevaría,
por lo demás, al rango de potencia marítima
convirtiéndose en ama de la mar del Norte,
puesto que la región se extendería
del centro de Alemania hasta el mar del Norte,
y de los Países Bajos al oeste hasta
Sajonia al este.
Cuando el vencedor de Austerlitz hubiera estado
en su derecho de portar sus armas contra ella,
Prusia, la hipócrita vencida virtual
de la tercera Coalición, habría
podido estimarse feliz de zafarse en tan buenos
términos. En demasiado buenos términos.
No fue así, y, reunidos en torno a su
soberano, los ministros de Federico Guillermo
III emprendieron aportar « enmiendas »
de su manera al proyecto de tratado concebido
por Napoleón.
Dos artículos adicionales merecen ser
subrayados:
- Por el ARTÍCULO 2, consciente de que
« la adquisición del
Electorado de Hannover era para el reposo y
la seguridad de la monarquía prusiana
de un precio que el rey siente cada día
mejor. » Federico Guillermo « acepta
como consecuencia la cesión que Su Majestad
el Emperador [Napoleón] cuenta
hacerle. Entretanto, el Rey tomará posesión
del Electorado y responderá a Francia
por la tranquilidad del norte de Alemania.
»
- En cuanto al ARTÍCULO 3, estipula que
« en cuanto la posesión
de Hanover se haya convertido en propiedad por
las disposiciones de la paz entre Francia e
Inglaterra, el Rey cederá al instante
a Baviera, a un príncipe del Santo Imperio
designado por Su Majestad el Emperador Napoleón
y a la misma Francia, los tres objetos estipulados
en las actas III, IV y V de la convención.
»
En otros términos,
el rey de Prusia se otorgaba Hanover,
se instalaba, y sacaba de él
las ganancias subsecuentes, pero sin
retroceder nada antes de que la paz,
aún bien hipotética, se
hubiera tornado efectiva entre Francia
e Inglaterra.
Y es en posesión de este documento
sorprendente como Haugwitz se había
vuelto a poner en marcha hacia París.
En Berlín, en donde era bien
sabida la devoción respetuosa
que Napoleón tenía por
los manes del Gran Federico, nadie dudaba:
« el Usurpador »
se dejaría engañar sin
siquiera cuidarse.
No obstante fino, el mismo Haugwitz
lo creía firmemente cuando llegó
a París el 1º de febrero
de 1806 para someter a Napoleón
el tratado revisado y corregido.
De hecho, en la capital prusiana, les
tenía sin cuidado que Napoleón
aceptase o no la pasmosa proposición
prusiana, pues el entorno directo del
rey, la reina Luisa la primera, pregonaba
una suerte de guerra santa, y fortificados
por el pacto místico de Potsdam
– en una puesta en escena rocambolesca
imaginada por la reina, iniciadora de
la « ceremonia », el rey
y el zar habían jurado ante la
tumba del difunto Gran Federico proseguir
la lucha contra « el heredero
de la Revolución » los
prusianos soñaban de venir a
las manos con la Francia impía.
El desastre que va a
marcar, para Prusia, el fin de este
año 1806 y reducirla a nada por
algunos años, es tan ejemplar,
tan trágico –y al mismo
tiempo tan merecido– que conviene
detenerse un instante en los que cargan
con la responsabilidad.
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 |
| Imagen
popular del juramento entre el rey
de Prusia y el zar de Rusia frente
a la tumba del Gran Federico. |
|
| UN
BOTAFUEGO LLAMADO LUISA DE PRUSIA |
|
En primer lugar,
miremos, o más precisamente, admiremos
a la reina Luisa, pues, más que su esposo,
es ella quien reina sobre Prusia.
Nacida Luisa de Mecklembourg-Strelitz, esta
joven mujer –en 1806, tiene treinta años
de edad– reina también sobre los
corazones, pues su belleza es proverbial.
« Hay que haber visto, escribió
la Sra. Vigée-Lebrun, retratista titulada
de María Antonieta, a la reina de Prusia
para comprender cómo, a su primer aspecto,
quedé primero como encantada. »
El mismísimo gran Goethe escribió
todavía más hermosamente que un
día la reina pasó ante sus ojos
cuan « aparición celeste cuya impresión
no se extinguirá jamás. »
Bien evidentemente, la situación era
la misma para el rey, enteramente bajo la férula
de su encantadora mujer, este Federico Guillermo
III (treinta y seis años en 1806), juzgado
así por Napoleón:
« Ningún
sastre sabía más que el rey Federico
Guillermo acerca de cuánto era necesario
de tela para hacer un vestido. Si el ejército
francés hubiera sido comandado por un
sastre, el rey de Prusia habría ciertamente
ganado la batalla como consecuencia de su saber
superior en esta materia. »
De manera menos gráfica y más
cruel, en 1807 en Tilsit, dirá del mismo:
« Es
un hombre totalmente limitado, sin carácter,
sin medios [intelectuales], un verdadero
pánfilo, un palurdo, un aburrido.
»
La ausencia de carácter del soberano
prusiano pronto se revelaría trágica.
Como todos los soberanos de aquel tiempo, la
reina Luisa de Prusia odiaba aquella Francia
nueva encarnada por « Buonaparte »,
y como el verdadero rey era de hecho la reina,
la « demisión » de Federico
Guillermo le dejaba el campo libre para pregonar
su cruzada anti-francesa.
Para agravar las cosas, el entorno de la soberana
estaba constituido por una jauría de
jóvenes oficiales turbulentos y arrogantes,
quienes, cada día, bajo la impulsión
dada por la reina, se persuadían de que,
ellos, los herederos del Gran Federico, vencedor
de los franceses en Rossbach, el 5 de noviembre
de 1757 durante la guerra de Siete Años,
harían, con que se les proporcionara
la ocasión, un bocado de los miserables
franceses, que no eran los herederos más
que de la morralla revolucionaria.
A su cabeza, el sobrino en línea directa
del Gran Federico, el príncipe Luis Fernando
de Prusia, treinta y cuatro años, personaje
controvertido, valiente hasta la temeridad –
o la estupidez – esgrimidor y juerguista
reputado.
Aureolados por la protección de la hermosa
reina, esos jóvenes se pusieron a calentar
la opinión pública prusiana contra
Francia, y, peor aún, lograron arrastrar
a los grandes jefes del ejército prusiano,
honores que, por consideración a su rango,
debieron haberse mantenido al margen de semejante
mascarada.
| SOBREPUJA
EN LAS INVECTIVAS |
|
 |
Mientras
Napoleón se esforzaba por
todos los medios en su
poder por preservar la paz en Berlín,
se multiplicaban las provocaciones.
En esta imágen, vemos a los
alumnos oficiales prusianos quienes,
bajo la influencia del príncipe
Luis Fernando, provocan al embajador
de Francia en Berlín, el
Sr. de Laforest, afilando sus sables
en los escalones de la embajada
de Francia. Dibujo de Myrbach |
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Cada cual cargó
las tintas.
El príncipe de Hohenlohe afirmaba que
él, que había vencido a los franceses
en más de « sesenta asuntos »
se comprometía a vencer a Napoleón
con que se le dejaran los « brazos libres
» cuando estuviera « enfrentándose
a él. »
Hay que precisar que, para este personaje, como
para, prácticamente, todos los oficiales
prusianos así fueran de los más
pequeños grados, el Emperador «
no era digno de ser cabo en el ejército
prusiano ».
|
¿Qué
decir de los mariscales y generales, si
no que « zapateros remendones improvisados
generales por la Revolución »,
no tenían ninguna oportunidad frente
a los oficiales prusianos que «
han aprendido la guerra desde su juventud
»?
« En tres meses, y con
fuerzas de dos tercios de las suyas, echaríamos
a fuetazos a esos tíos más
allá del Rin; lo apuesto por mi
salvación »,
peroraba otro.
Mencionemos igualmente, aunque sea bien
conocida, la anécdota de los alumnos
oficiales que iban, en un gesto de pura
provocación, a afilar sus sables
en los escalones de la residencia del
embajador de Francia, el Sr. de Laforest.
Viéndolos a la obra, se señala
que su coronel habría dicho:
« Lamento que nuestros
bravos prusianos empleen sables y fusiles;
unos garrotes bastarían para echar
a esos perros franceses. »
Por poco, hubiesen tenido piedad, si el
desprecio no hubiera prevalecido.
Una frase de Blücher, pues este personaje
odioso y vindicativo regresa frecuentemente
en la historia del Primer Imperio, en
especial en ocasión de las derrotas
repetidas que le infligió Napoleón
–la última (¡hay!)
en Ligny, dos días antes de Waterloo–
y que no hicieron sino reforzar su odio
de Francia y de su jefe. La ambición
de Blücher: preparar la « tumba
de todos los franceses que se encontraban
a lo largo del Rin ».
Estos argumentos, en sí ya odiosos,
revelaban por lo demás una vanidad
y una estupidez sorprendentes, pues quienes
los formulaban parecían olvidar
que esos « zapateros remendones
» y su « cabo » acababan,
el 2 de diciembre del año precedente,
de triunfar de bella manera ante los dos
ejércitos ruso y austriaco. |
 |
| El
príncipe Luis
Fernando de Prusia |
|
|
Cuando Haugwitz
llegó a París con el proyecto
de tratado de Napoleón revisado por los
prusianos, ignoraba que el embajador francés
ya había transmitido una copia de él.
Resultado: una nota seca del Emperador transmitida
por Talleyrand:
« El
ministro de las relaciones exteriores ha recibido
la orden expresa de Su Majestad el Emperador
de dar a conocer al Sr. de Haugwitz, en la primera
entrevista, que por defecto de ratificación
en los tiempos previstos, Su Majestad no podría
ver el tratado concluido en Viena como existente;
que Su Majestad no reconocerá a ninguna
potencia y menos a Prusia que a ninguna otra,
porque la experiencia ha probado que había
que hablar claramente y sin rodeos, el derecho
de modificar los diferentes artículos
de un tratado; que el tener dos textos de un
mismo tratado no es intercambiar ratificaciones
y que la irregularidad parece todavía
más grande si se consideran las tres
o cuatro páginas del informe añadidas
a las ratificaciones de Prusia… »
| NAPOLEÓN
AJENO A TODA IDEA DE GUERRA CON
PRUSIA |
|
Cuando, el 9
de febrero, concedió finalmente una audiencia
a Haugwitz, Napoleón, entre otras cosas,
le significó que, para que los dos países
quedasen en buenos términos, lo mejor
era regresar a la situación tal como
estaba antes de la campaña de 1805 –
lo cual, evidentemente, implicaba que se mantuviera
la ocupación de Hannover por las tropas
francesas.
Finalmente, acorralado, temiendo que, ante estas
tergiversaciones, Napoleón endureciera,
cada día que pasara, los términos
de lo que había sido el tratado de Schönbrunn,
y rechazara mañana lo que había
acordado la víspera, Haugwitz, con todo
su pesar, firmó, el 15 de febrero, el
tratado. Fue ratificado por Federico Guillermo
el 26 del mismo mes.
En Berlín, cuando se conoció la
noticia, una ola de odio sacudió al partido
de la guerra, y, a partir de entonces, el incendio
se propagó en las casernas de todo el
país.
Aún cuando era el primer concernido,
uno solo permanecía imperturbablemente
sereno en medio de toda esta efervescencia:
el mismo Napoleón, pues no albergaba
ninguna animosidad particular contra Prusia.
Así, en el momento en que había
iniciado el proceso de creación de la
Confederación del Rin, concretada el
12 de julio precedente, había propuesto
al rey de Prusia tomar la cabeza de un equivalente
puesto bajo su autoridad: la Confederación
del Norte. El argumento, frecuentemente utilizado,
de que la creación de la Confederación
del Rin haya sido el origen de la campaña
de 1806 es peor que falso: deshonesto.
 |
| El
Señor de Laforest,
embajador de Francia en Berlín. |
|
|
El
embajador francés en Berlín
había de hecho manifestado a su
ministro de tutela, Talleyrand, la intensa
satisfacción de la corte de Federico
Guillermo III ante esta marca de confianza:
« El rey [de Prusia]
declara pues hoy formalmente que brinda
su adhesión entera a la Confederación
del Rin, que tomará todas las medidas
del partido que acoge y que acepta la
proposición que le ha hecho el
Emperador de asentir igualmente las disposiciones
del mismo tipo que Prusia adoptará
en el Norte [una Confederación
idéntica constituida con los Estados
pertenecientes al Santo Imperio romano
germánico, que cesará de
existir el 6 de agosto]. La modestia
natural de Su Majestad prusiana hace que
no esté aún bien seguro
si aprovechará la ocasión
de hacer integrarse la corona imperial
en la casa de Brandenburgo. Su Gabinete
no puede más que aconsejárselo
y comprender su utilidad para el destino
de Prusia… El Rey no solo se ve
a sí mismo como el aliado de Francia
sino como el aliado del soberano del Imperio
francés, y es de esta manera como
contribuye con un fervor amistoso a todo
lo que consolida la dinastía imperial.
»
Tales eran, contados por Laforest, los
sentimientos supuestos de Prusia hacia
Napoleón. Pero los argumentos de
Federico Guillermo III tomarán
toda su dimensión cuando se sepa
que emanan del mismo personaje que, tan
sólo un mes antes, – el 12
de julio – había firmado
la paz con el zar Alejandro, otro tratado
que no tenía otro fin que el aniquilamiento
de la Francia imperial. Recordemos el
artículo VII, que no puede ser
más claro: |
«
Nos ocuparemos primero de los medios necesarios
para poner nuestro ejército en una condición
formidable, y de un plan de operaciones detalladas,
pero eventual, para ser ejecutado tan pronto
como el caso de actuar viniera a presentarse,
ya sea para la defensa común, ya sea
para sostener las garantías de las que
nos encargamos por el artículo III.»
Un artículo III que nos revela que el
zar y el rey de Prusia harán todo para
« concurrir a los arreglos
por medio de los cuales, cuando la paz general,
se podrá por fin lograr arreglar y garantizar
un estado de las cosas estable y permanente
en Europa. »
Así pues, sobre la base de las informaciones
transmitidas por su embajador, Napoleón
era extranjero a toda idea de guerra. Tenemos
por cierto registros escritos de sus disposiciones
pacíficas.
El 17 de agosto de 1806 – en menos de
dos meses, Prusia habrá declarado la
guerra y habrá sido magistralmente aplastada
– , he aquí lo que escribía
al mariscal Berthier, jefe de estado mayor general
de la Gran Armada, a propósito de las
tropas que quedaron en ocupación a lo
largo del Rin después de la victoria
de Austerlitz:
« Hay
que pensar seriamente en el regreso de la Gran
Armada puesto que me parece que todas las dudas
sobre Alemania se han despejado…
« Podéis anunciar que el ejército
va a ponerse en marcha; que todo el mundo esté
listo para volver a Francia. »
Es difícil imaginar a un Napoleón
listo para saltarle a la garganta a Federico
Guillermo III – es decir a volver a irse
a la guerra – y, al mismo tiempo anunciando,
a sus tropas, que toma las medidas para su regreso
a la Patria, la más bella de las recompensas
para todo soldado.
En el mismo orden de ideas, por medio del Exposé
de la situación de l’Empire
(Exposición de la situación del
Imperio) el Cuerpo legislativo había
podido, desde el 5 de marzo, tener conocimiento
oficialmente, no solo del anuncio del próximo
regreso de la Gran Armada a su hogar, sino también
de los proyectos del Emperador:
« Después
de lo que el gobierno ha hecho por la gloria
y la prosperidad de Francia, el Emperador no
contempla más que lo que queda por hacer
y lo encuentra bien por debajo de lo que ha
hecho; pero no son conquistas lo que proyecta;
ha agotado la gloria militar, no ambiciona esos
laureles sangrientos que le han forzado a recoger:
perfeccionar la administración, hacer
de ella para su pueblo la fuente de una felicidad
durable, de una prosperidad siempre creciente,
tal es la gloria que ambiciona, tal es la recompensa
que él se promete de una vida dedicada
toda entera a las más nobles pero a las
más difíciles funciones.
»
 |
| Tan
poco se esperaba Napoleón
a una declaración de
guerra de Prusia, que había
dado la orden a las tropas de
Alemania de volver a Francia. |
|
|
Exactamente
lo que, Primer Cónsul, él
decía en 1802 –¡ya
entonces!– a ese marqués
de Lucchesini, embajador prusiano en París.
En un despacho enviado a su soberano,
Lucchesini le informaba que Bonaparte
le había parecido decidido «
a descartar cuidadosamente todo tema
relativo a la guerra a fin de poder hacer
que se dediquen al provecho de la agricultura,
de la industria, del comercio, de las
artes, los recursos pecuniarios que la
guerra absorbe y extingue a la vez.
»
El diplomático proseguía
explicando que el Primer Cónsul
le había hablado «
con convicción de canales que
perfeccionar y abrir, de caminos por trazar
y reparar, de puertos que limpiar, de
ciudades por embellecer, del culto y de
los establecimientos piadosos que dotar,
de instrucción y de educación
públicas que pagar. »
En cuanto a las inquietudes de su embajador
en Berlín, el señor de Laforest,
Napoleón no podía pues sino
juzgarlas infundadas, como lo prueba este
extracto de una carta enviada a Talleyrand:
«
La carta del Sr. de Laforest del 12
de agosto me parece una locura. Es un
exceso de miedo que inspira piedad. Hay
que permanecer tranquilos hasta que sepamos
positivamente qué esperar. » |
¿En donde
está ese Napoleón camorrista descrito
hasta la náusea por una multitud de historiadores,
en especial ingleses y, casi igual de numerosos,
e igualmente nocivos… franceses; ese Napoleón
listo para hacer marchar a sus ejércitos
contra el primero que se hubiese atrevido a
incluso aparentar no querer doblegarse a sus
cuatro voluntades?
Un evento –inglés– vino a
perturbar este simulacro de relaciones armoniosas.
Un evento feliz sin embargo: la muerte, el 23
de enero de 1806, del Primer ministro inglés,
William Pitt, víctima de un poco glorioso
ataque… de gota.
| LA
ESPERANZA DEFRAUDADA DE NAPOLEÓN |
|
 |
Esta
caricatura francesa cruel pero bien
fundada ilustra a su manera la muerte
en 1806 del Primer ministro inglés
William Pitt, llamado
« el Segundo »
algunas semanas después del
anuncio de la derrota de los austriacos
y de los rusos en Austerlitz a quienes
había subvencionado para que
declarasen la guerra a Napoleón.
Es él quien fue, junto con
sus predecesores y sus sucesores,
ese «carnicero de Europa»,
para retomar la expresión abyecta
empleada recientemente por una agencia
de prensa extranjera hacia el Emperador
Napoleón. |
|
Su sucesor,
Lord Grenville, había nombrado en los
Asuntos extranjeros a un hombre de cincuenta
y siete años, al que Napoleón,
entonces Bonaparte, había conocido poco
después de la firma, el 25 de marzo de
1802, de la paz de Amiens.
El nuevo ministro inglés y el Primer
Cónsul se habían encontrado varias
veces, y habiendo aprendido a conocerse, habían
desarrollado una estima recíproca.
EPITAFIO
DE WILLIAM PITT POR NAPOLEÓN
|
|
«
El
Sr. Pitt ha sido el amo de toda
la política europea; ha tenido
en sus manos la suerte moral de
los pueblos; hizo un mal uso de
ella; incendió el universo
y se inscribirá en la Historia
a la manera de Erostrato [Habitante
de Efeso, quien, para inmortalizar
su nombre, prendió fuego
al templo de Artemisa, una de las
Siete Maravillas del mundo.] entre
flamas, lamentos y lágrimas…
« Primeramente, las chispas
iniciales de nuestra Revolución,
luego todas las resistencias al
deseo nacional, en fin todos los
crímenes horribles que fueron
la consecuencia de ello son obra
suya. Esa conflagración universal
de veinticinco años; esas
numerosas coaliciones que la mantuvieron;
el trastorno, la devastación
de Europa; los mares de sangre de
los pueblos que de ella fueron el
resultado; la deuda espantosa de
Inglaterra que pagó todas
esas cosas; el sistema pestilencial
de los préstamos, bajo el
cual los pueblos permanecen curvados;
el malestar universal de hoy, todo
eso es de su obra. La posteridad
lo reconocerá; ella lo señalará
como un verdadero azote: ese hombre
tan elogiado en su tiempo, no será
un día más que el
genio del mal… |
 |
William Pitt
«
el
Joven
»
El verdadero carnicero
de Europa |
|
|
Pero
lo que la posteridad reprochará
sobre todo al Sr. Pitt, será
la horrible escuela que ha dejado
tras de él; el maquiavelismo
insolente de ésta, su inmoralidad
profunda, su frío egoísmo,
su desprecio por la suerte de los
hombres o de la justicia de las
cosas. »
|
Embusteramente
indoctrinada por los esmeros vigilantes
de los ingleses y de sus deudores,
los realistas franceses, la posteridad,
desgraciadamente, se ha equivocado
de culpable. Peor: persiste en su
error. |
|
Ese hombre,
Charles James Fox, era bien conocido por ser,
en Inglaterra, el más talentoso y más
virulento oponente a la política anti-francesa
de Pitt. Para Napoleón, siempre en busca
de esa paz que buscaba desesperadamente con
Albión –su carta enviada el 2 de
enero de 1805 al rey de Inglaterra Jorge III:
« La
paz es el deseo de mi corazón »,
podemos leer entre otras palabras de apertura,
había quedado sin respuesta– la
llegada al poder de este hombre de bien constituía
el anuncio de un posible y durable relajación
entre ambos países.
Pero en ese caso, se tornaba imposible ceder
a Prusia, como había sido inicialmente
contemplado y prometido, ese Hannover que ésta
codiciaba, pero que era también la cuna
de la familia reinante de Inglaterra.
 |
| El
ministro inglés Charles
James Fox |
|
|
Por medio de una estratagema
dudosa, demasiado larga para desarrollarla
aquí, el enviado de Berlín
ante Napoleón, el marqués
de Lucchesini, prusiano de origen italiano
(Lucca), tuvo conocimiento de este viraje
de la política del Emperador.
Pero, en vez de pedir una audiencia
para obtener aclaraciones sobre las
compensaciones –que habían
sido previstas por Napoleón comunicó
sin esperar la noticia a Berlín.
El frenesí anti-francés
se convirtió entonces en una
histeria colectiva.
Para concretar el cambio
que podía instaurarse en las
relaciones entre los dos países,
enemigos hereditarios, Fox dirigió
a su homólogo francés,
Talleyrand, una carta informándole
que había recibido a un individuo
de nacionalidad francesa que quería
revelarle « cosas que le agradarían
». He aquí, descritas por
el mismísimo Fox, las «
cosas » en cuestión:
« Conversé
con él solo en mi gabinete donde,
después de algunos discursos
poco importantes, ese bribón
tuvo la osadía de decirme que,
para tranquilizar a las Coronas, hacía
falta hacer morir al jefe de los franceses,
y que, con este objeto, se había
rentado una casa en Passy desde donde
se podía, con toda seguridad
y sin riesgo, ejecutar ese proyecto
detestable… »
|
Se podrá
evaluar el camino recorrido al saber que una
carta proveniente de Londres, fechada el 23
de diciembre de 1805, e incautada por la policía
francesa, mencionaba la necesidad de un «
asesinato deseable ». El de Napoleón,
por supuesto.
A petición
del Emperador, Talleyrand agradeció a
Fox en estos términos:
«
Señor, puse
la carta de Vuestra Excelencia ante los ojos
de Su Majestad. Su primer comentario, después
de haber acabado su lectura, fue: “reconozco
aquí los principios de honor y de virtud
que siempre han animado al Sr. Fox. Agradecedle
de mi parte, y decidle que, ya sea que la política
de su soberano nos haga permanecer aún
por largo tiempo en guerra, ya sea que una querella
tan inútil para la humanidad tenga un
término tan cercano como ambas naciones
deben desearlo, me regocijo del nuevo carácter
que, por medio de este trámite, la guerra
ya ha tomado, y que es el presagio de lo que
se puede esperar de un Gabinete cuyos principios
me plazco en apreciar en virtud de los del Sr.
Fox, uno de los hombres mejor hechos para sentir
en toda cosa lo que es bello, lo que es verdaderamente
grande”. No me permitiré, señor,
añadir nada a las propias expresiones
de Su Majestad Imperial. Firmado: Talleyrand
».
A este correo,
estaba adjunto un documento destinado a mostrar
a Fox que Napoleón estaba siempre listo
para entablar negociaciones de paz con Londres.
Ante tal perspectiva –la paz con Inglaterra,
era la paz con Europa– Napoleón
no oía, o no quería oír,
el ruido de botas y espuelas que los matamoros
de Berlín hacían resonar de lo
lindo.
Ya no le quedaba al Emperador más que
esperar a que el viento que soplaba de Inglaterra
le aportase la buena nueva: la afirmativa
del gabinete de Saint-James para la apertura
de negociaciones de paz.
Una noticia le llegó efectivamente, pero
fue una triste noticia: la muerte, acaecida
el 13 de septiembre, del respetable Charles
Fox.
Sobre ese peñasco maldito de Santa Helena
a donde los ingleses lo habían deportado,
el Emperador dirá, pero lo pensó
ciertamente en el instante en que el anuncio
de ese fallecimiento le llegó:
« La muerte del Sr. Fox es
una de las fatalidades de mi carrera. Si hubiese
seguido viviendo, los asuntos hubieran tomado
un giro muy diferente; la causa de los pueblos
hubiera prevalecido, y hubiésemos fijado
un nuevo orden de las cosas en Europa.
»
Con Fox, era
la paz, esa paz tan deseada por Napoleón,
la que bajaba a la tumba.
En Londres, donde los viejos demonios volvieron
a predominar, se pusieron a hacer funcionar
febrilmente la « plancha de billetes ».
Napoleón, entonces, no pudo hacer otra
cosa que escuchar las vociferaciones venidas
de Berlín, en donde se habían
preparado los garrotes para « echar a
esos perros franceses ».
Los prusianos, henchidos de orgullo y ebrios
por su jactancia – una relación
de la policía menciona: «
En el ejército, se patalea de impaciencia,
y Dios sabe lo que pasaría si no nos
batiésemos » se dirigían
sin saberlo hacia un espectacular suicidio colectivo.
El primer acto de la tragedia se presentó
en forma de un ultimátum enviado a Napoleón
por Federico Guillermo III que exigía
que « las tropas francesas
vuelvan a pasar el Rin, todas sin excepciones,
comenzando su marcha el día fijado por
el Rey [!!] y prosiguiéndola
sin detenerse; pues su retirada al instante,
completa, es, en el punto en que están
las cosas, la única garantía de
seguridad que el Rey pueda admitir. »
Lo que Federico Guillermo III, ese rey que nadie
había amenazado, pero que exigía
una garantía de seguridad, ignoraba,
es que se acercaba el momento en que iba a ver
realizarse –con algunas semanas de retraso–
una predicción de Mirabeau:
« Si el rey de Prusia se lanza
al partido de los ingleses, en quince años
será el marqués de Brandenburgo.
»
| NAPOLEÓN
JUEGA SUS ÚLTIMAS CARTAS
DE PAZ |
|
El Emperador
quiso sondear una última vez las intenciones
de Londres.
Basta tener conocimiento de las concesiones
que propuso para apreciar su buena voluntad
y su deseo de poner un punto final a este estado
de guerra larvado con el gabinete de
Londres: restitución de Hannover a Inglaterra,
con compensaciones acordadas a Prusia, la isla
de Malta reconocida propiedad inglesa (aun cuando
le había sido dada a Francia por el tratado
de Amiens), abandono, en provecho de Londres,
de las factorías francesas de Pondichéry,
Chandernagor y Mahé, y de una de las
pequeñas Antillas, Tobago, que, después
de haberle sido arrebatada a Francia en 1795,
le había sido devuelta en 1802 por ese
mismo tratado de Amiens.
Al hacer esto, el Emperador se jugaba prácticamente
sus últimas cartas de paz, pero le era
absolutamente preciso saber a qué atenerse
antes de volcar su atención hacia Prusia.
En cuanto a Federico Guillermo, seguro de salirse
con la suya, se volteó hacia su proveedor
de fondos habitual: Inglaterra.
He aquí por cierto con qué convencer
a los escépticos – y Dios sabe
que son numerosos cuando uno ambiciona, por
respeto a su memoria, demostrar la verdad, siempre
disimulada porque molesta para aquellos quienes
lo ultrajan desde su caída, de que Napoleón
fue verdaderamente un hombre de paz. Se trata
de una carta enviada, el 6 de septiembre de
1806, por el rey de Prusia al zar Alejandro:
«
He seguido vuestros consejos. Por ello es
que he terminado mis diferendos con Suecia.
Discusiones de detalle en este momento serían
la muerte de la unión. Lo esencial es
actuar, y, para ponerme en estado de poderlo
con vigor, es preciso ante todo que Inglaterra
me proporcione medios prontos, suficientes,
a reserva de contar más rigurosamente
juntos cuando los éxitos nos dejen tiempo
para ello. Vuestro ministro podría prestarme
servicios esenciales persuadiendo al gabinete
de Londres de que es éste el único
medio de obtener todavía éxitos
contra el perturbador del reposo del universo.
»
Por el momento,
el « perturbador » se esforzaba
por todos los medios, y esto en detrimento incluso
de su dignidad y de la del país que gobernaba,
de preservar la paz.
Como respuesta a las (demasiado) generosas concesiones
francesas, el plenipotenciario inglés,
Lord Lauderdale, no dio más indicación
que pedir sus pasaportes – lo cual era
la señal de una ruptura definitiva.
El zar, por su lado, acababa de romper, el 15
de agosto, el tratado que su enviado, el consejero
de Estado d’Oubril, había firmado
con Napoleón el 20 de julio –recordemos
que, ocho días antes, el mismo Alejandro
había firmado con Prusia un tratado de
alianza ofensiva contra Francia–, bajo
el pretexto que « esa convención
era enteramente opuesta a las órdenes
y a las instrucciones de que ese plenipotenciario
había sido provisto. »
Pretexto perfectamente falaz que dice mucho
sobre la villanía de Alejandro, pues,
poco antes de la llegada a París del
enviado de San Petersburgo, el gran canciller
de Rusia había escrito a Talleyrand:
« Me queda rogaros dar crédito
a todo lo que el Sr. Consejero de Estado d’Oubril
os dirá en nombre de Su Majestad Imperial.
»
Una Majestad imperial que había, por
lo demás, dado plenos poderes a su diplomático
para « entrar en charlas con
aquel o aquellos que estén suficientemente
autorizados por parte del gobierno francés,
concluir y firmar con ellos una acta o convención
sobre bases propias para afirmar la paz que
será restablecida entre Rusia y Francia
».
Hubiese sido difícil ser más explícito.
¿La
situación? Hela aquí: un zar que
rompe un compromiso solemne; un embajador inglés
que demanda sus pasaportes después de
haber encarecido sin cesar sus exigencias –
siempre aceptadas; prusianos que se abalanzan
sobre sus monturas.
¿Cómo hubiera podido Napoleón,
sin poner gravemente en peligro al país
del cual estaba a cargo, sustraerse a la obligación
de prepararse al conflicto?
| PUESTA
EN MARCHA DE LA MÁQUINA IMPERIAL |
|
Obligado, a
pesar de él, a la guerra, el Emperador
va entonces a desplegar los recursos de su prodigiosa
inteligencia y de su igualmente prodigiosa energía,
y el jefe de Estado demasiado conciliador deja
su lugar al jefe de guerra, el único
talento que se digna reconocérsele –
aun cuando para un historiador napoleónico
bien conocido « su concepción [la
de Napoleón] de la guerra tenía
más de póquer que de ajedrez [!!!]
* ».
La maniobra magistral de Austerlitz ha demostrado
toda la pertinencia de esta apreciación.
 |
|
El Mariscal Louis Alexandre
Berthier (1753 - 1815),
Príncipe de Neuchâtel
y de Wagram. |
|
|
En el caso de esta campaña
de 1806, Napoleón atacó
tan poco a Prusia, y entraba tan poco
en sus intenciones hacerlo, que le fue
necesario primero saber todo para poder
prever todo.
Así las preguntas
se pusieron a prorrumpir en dirección
de su indispensable « ordenador
», el mariscal Berthier, jefe
de estado mayor general de la Gran Armada.
Preguntas acerca de los ríos,
los puentes, los caminos «
Haréis buscar los mejores
mapas que pueden hallarse en Munich
y en Dresden. Enviaréis oficiales
inteligentes a Dresden y a Berlín.
Se detendrán por doquier en el
camino para desayunar, cenar, dormir,
no caminarán de noche y estudiarán
bien el local. Dadme también
detalles sobre el Spree. No necesito
decir que la mayor prudencia es precisa
para obtener estas informaciones. »sobre
los equipajes militares, sobre el servicio
de ambulancias – le parece que
«
las carretillas de la compañía
Breidt no son propias para este servicio.
Cada regimiento debe tener su ambulancia.
» sobre los
herrajes necesarios a la caballería,
y sobre los… hornos de pan que
no tienen ningún secreto para
él – «
Un buen horno puede hacer cocer
pan para tres mil hombres. ».
Tantos detalles que pueden parecernos
irrisorios el día de hoy –pero,
en aquella época, el problema,
por ejemplo, de los herrajes para los
caballos era tan primordial como lo
es para un ejército moderno su
avituallamiento en carburante–
y de los que uno podría sorprenderse
con toda razón de que Napoleón
se preocupara en persona.
|
Pero, decía en
1800, «
en la guerra, nada se obtiene sino
por el cálculo, todo lo que no
es profundamente meditado en los detalles
no produce ningún resultado.
»
Los prusianos no iban a tardar en verificar
a sus expensas la justeza de este pensamiento.
A esos « detalles
», se aunaba la preparación
de los movimientos de los ejércitos,
preparación tanto más
compleja cuanto que éstos no
estaban acantonados en un mismo lugar.
Algunos se encontraban ya en Alemania,
mientras otros estaban en Maastricht,
Gante, Tournai, otros aún en
Moulins, Saint-Quentin, Boloña,
Saint-Brieuc, Grenoble, y otros todavía
en Italia: Turín, Alejandría…
Y todos, a pesar de las distancias,
a pesar de su rapidez de marcha diferentes
–infantes, jinetes, artilleros,
zapadores y pontoneros no se desplazaban
a la misma velocidad– deberán,
en un instante dado, encontrarse en
el lugar preciso que él habrá
escogido. Por ello es que le hacía
falta conocer el estado de los caminos,
las distancias, los medios de franqueamiento,
etc.
Quien sea, de buena
fe se entiende, lo que esclarece los
rangos, no puede permanecer insensible
a esa inteligencia fuera de lo común
–la expresión es débil–
capaz de pasar, de lo infinitamente
pequeño a lo infinitamente grande.
|
 |
| Napoleón
trabajando en su despacho. Ningún
detalle, por pequeño
que fuera en apariencia, se
le escapa. |
|
|
*) El historiador francés
Jean Tulard (NdT).
| TRÁMITES
DE LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD
CON LA CORTE DE PRUSIA |
|
No obstante,
aún al preparar la guerra (que le era
impuesta) para tener la paz (que él deseaba),
Napoleón guardaba aún una esperanza
–mientras– que franceses y prusianos
se quedaran cada cual en casa.
Es con esta preocupación presente en
la mente como hay que considerar los dos trámites,
que podemos calificar de «la última
oportunidad» (para los prusianos) que
Napoleón efectuó con el rey Federico
Guillermo III los días 7 y 12 de septiembre.
El primero se presenta en forma de una audiencia
que acordó al embajador prusiano. Las
palabras que Napoleón pronunció
aquel día deben ser leídas y comprendidas
por lo que son verdaderamente: las palabras
de un hombre sinceramente –uno estaría
tentado de escribir: furiosamente apegado a
la paz:
«
Si yo no tuviera una repugnancia extrema
en hacerle la guerra a Prusia, después
de Austerlitz, hubiese caído sobre ella
como una bomba y hubiese podido hacerle mucho
daño. Pero consideraba la muerte de un
prusiano o de un francés, una guerra
tan insensata, como un crimen político…
»
Sin embargo,
para mostrar bien que su deseo de conciliación
no era de debilidad, había añadido:
«
He ordenado al mariscal Berthier hacer retomar
a mi armada de Alemania todas las posiciones
de las que había comenzado a retirarse…
Si soy forzado a emprender una guerra tan contraria
a mis proyectos y a los intereses de los dos
pueblos, es preciso que aproveche las ventajas
de mis posiciones. He aquí lo que me
obliga a acuciar las determinaciones de vuestra
Corte para la cesación de sus armamentos…
»
Igual de reveladora,
y más aún probablemente, pues
se trata en este caso de un diálogo de
soberano a soberano, es su carta personal a
Federico Guillermo III.
Segunda y última gestión para
evitar el choque de dos naciones, esta carta
debe ser leída con la más grande
atención, pues, al no poder ya ir más
lejos, Napoleón había, a su pesar,
alcanzado el punto en el que no había
vuelta atrás. Es, por lo demás,
una carta llena de nobleza, en los términos
y en los sentimientos, que hace aún más
odiosas las bravuconerías y los insultos
de la corte de Berlín y de los jefes
prusianos para con él:
«
… Si me veo obligado a tomar las armas
para defenderme, será con el mayor pesar
como las emplearé contra las tropas de
Vuestra Majestad. Consideraré esta guerra
como una guerra civil, por lo mucho que los
intereses de nuestros Estados están ligados.
Yo no quiero nada de Vuestra Majestad. Nada
le he pedido. Tengo una tal opinión de
su justicia que me remito a Ella para saber
quien se equivoca en esta circunstancia, si
Prusia o Francia. Todos los informes que le
han dado son falsos. Yo soy amigo o enemigo
francamente. Le tengo apego a Vuestra majestad
más que por el corazón, le tengo
apego por la razón. No obstante, acabo
de hacer también disposiciones para prepararme
contra sus tropas que amenazan con atacar a
mi ejército de Alemania. Lo he hecho
porque hubiere sido culpable hacia mi pueblo,
si no me hubiese prevenido contra los preparativos
formidables que Ella [Vuestra Majestad] hace,
preparativos que están tan avanzados
que las tropas de su capital se han marchado.
Debo decirlo a Vuestra Majestad, jamás
la guerra se deberá a mi iniciativa,
porque, si así fuere, me consideraría
como un criminal; así es como llamo a
un soberano que hace una guerra de fantasía,
que no está justificada por la política
de sus Estados… Que Vuestra Majestad me
responda que ha rescindido sus disposiciones,
y yo rescindiré las mías. »
Pero, cuando
hubo recibido el ultimátum mencionado
más arriba, Napoleón comprendió
al fin que los dados, esta vez, estaban echados.
| QUINCE
MIL PALABRAS EN TRES DÍAS |
|
En Berlín,
el frenesí guerrero estaba en su apogeo.
Ciñendo un uniforme de dragón
de comedia, la reina Luisa de Prusia pasaba
frente a las tropas electrizando, por su presencia,
a oficiales y soldados.
En revancha, en el castillo de Saint-Cloud en
donde residía de manera casi permanente
desde el mes de mayo, Napoleón trabajaba
duro. Y con tanta más energía
cuanto que le era necesario recuperar el tiempo
que sus ofrecimientos de paz, y las respuestas
que esperaba, le habían hecho perder.
La prodigiosa máquina intelectual se
había puesto a la obra.
En menos de tres días, el Emperador no
dictó menos de cuarenta y cinco órdenes,
o sea, pues el cálculo ha sido hecho,
¡el equivalente de quince mil palabras!
Y no cualquier tipo de palabras, puestas unas
tras las otras, o salidas de un pensamiento
confuso. No, palabras sopesadas, que tienen
todas un significado preciso, pues cada una
de ellas podrá, en algunos días,
ser de graves consecuencias, benéficas
o trágicas.
He aquí un ejemplo –elocuente–
de la inconcebible minucia del hombre sobre
el cual, ahora, reposan la organización
de la campaña por venir y la suerte de
decenas de miles de hombres, quienes no más
que él, no deseaban entrar en campaña.
Se trata de una de sus directivas relativas
a la marcha de la Guardia Imperial. Estas pocas
líneas dicen, sin que sea necesario comentar
más, toda la amplitud de los conocimientos
que el Emperador tenía de los detalles
de su ejército (entre otros ámbitos),
de los caminos que seguir, de los albergues,
del número de vagones necesarios para
el encaminamiento de las tropas. Lista no exhaustiva:
«
EL 1ER REGIMIENTO DE GRANADEROS
DE MI GUARDIA PARTIRÁ MAÑANA
A LAS DIEZ DE LA MAÑANA, Y PERNOCTARÁ
EN CLAYE. SE MARCHARÁ DE AHÍ
EL DÍA SIGUIENTE, AL AMANECER.
EL 2º DE GRANADEROS PARTIRÁ
A LAS SEIS DE LA MAÑANA E IRÁ
A PASAR LA NOCHE A MEAUX. LOS CAZADORES
DORMIRÁN EN DAMMARTIN. AHÍ
Y EN MEAUX, HABRÁ CIEN CARRETAS
ATALAJADAS CADA UNA CON CUATRO COLLARES
CAPACES DE PORTAR DIEZ HOMBRES. LAS DE
MEAUX ESTARÁN LISTAS EN ESE LUGAR
A LAS DIEZ DE LA MAÑANA; LAS DE
DAMMARTIN A LAS OCHO DE LA MAÑANA.
DOS COMISARIOS DE GUERRA PARTIRÁN
MAÑANA EN LA MAÑANA ANTES
DE LAS DOS PARA ARREGLAR CON EL SUBPREFECTO
DE MEAUX LA REUNIÓN DE ESOS VEHÍCULOS.
ENSEGUIDA, SEGUIRÁN CON LA PREPARACIÓN
DE TODOS LOS ALBERGUES EN AMBAS RUTAS,
UNA POR METZ PARA LOS GRANADEROS, LA OTRA
POR LUXEMBURGO PARA LOS CAZADORES. LA
PRIMERA TENDRÁ CATORCE ALBERGUES
DE MEAUX A WORMS; LA SEGUNDA TRECE, DE
DAMMARTIN A BINGEN… CADA CABALLO
SERÁ PAGADO EN CINCO FRANCOS DIARIOS.
LOS PROPIETARIOS DE LOS CABALLOS PROVEERÁN
ELLOS MISMOS LOS FORRAJES. LOS VEHÍCULOS
SERÁN PAGADOS POR EL MAYOR DE CADA
REGIMIENTO, LOS RECIBOS SERÁN REMITIDAS
AL SUBPREFECTO QUE OS LOS ENVIARÁ
DE INMEDIATO… COMO EL TIEMPO ES
MUY CORTO PARA LOS PRIMEROS ALBERGUES,
HICE ENVIAR POR EL MARISCAL BESSIÈRES
UN OFICIAL DE ESTADO MAYOR QUE HABRÁ
VISTO AL SUBPREFECTO DE MEAUX ANTES DE
LAS CUATRO DE LA MAÑANA, DE MANERA
QUE CUANDO LOS COMISARIOS DE GUERRA LLEGUEN
EL SUBPREFECTO YA HABRÁ TOMADO
SUS DISPOSICIONES ».
|
 |
| La
Gran Armada en movimiento |
|
En ese momento,
sus ejércitos están diseminados
en un vasto tablero cuyas cuatro esquinas están
materializadas por Amsterdam y Berlín
arriba, Nápoles y Bayona abajo.
En los cuadros de este tablero, que llevan por
nombre Utrecht, Montpellier, Le Havre, Stuttgart,
Tolón, Baden, Grenoble, Munich, Génova,
Karlsruhe…, va a ir a « recoger
» batallones, escuadrones, a veces compañías,
lo más frecuentemente regimientos o brigadas,
incluso simplemente a un oficial o a un general,
y va a diseminarlos –en apariencia sin
disposición precisa– en los caminos
–caminos sobre los cuales todo ha sido
previsto y pensado en materia de posadas de
etapas y de avituallamiento– que llevan
a Wesel, Mayence, Frankfurt, Wurtzbourg y Bamberg.
Bamberg, en Baviera, siendo el lugar que había
elegido para la conjunción del ejército.
Al final, como una fórmula algebraica,
esos elementos dispersos darán una ecuación
compleja: la que rige la concentración,
en un punto determinado por él, de la
Gran Armada.
Aún cuando esto es (en principio) bien
sabido, es conveniente recordar aquí
que las hábiles combinaciones de Napoleón,
que invocan al cálculo matemático,
no son del ámbito del azar; son el fruto
de las verdaderas « investigaciones »
que hace llevar a cabo por sus colaboradores,
y cuyas informaciones traduce en parámetros
precisos.
¿Es posible concebir el « poder
de cálculo », cómo decimos
hoy a propósito de nuestras computadoras,
que era precisa –con los medios de la
época: papel, plumas de ganso, ayudas
de campo y caballos para armonizar la marcha
de todas esas armas: infantería, caballería,
genio, artillería, desplazándose,
como ha sido dicho más arriba, a velocidades
diferentes, haciendo altos en etapas diferentes
a horas diferentes, y durante duraciones variables,
y que, como por milagro, se encontraban el día
previsto en el lugar que les había sido
designado?
Lo más portentoso, si un superlativo
tiene alguna significación con un hombre
semejante, es que, además de sus preparativos
de una campaña, cuyo advenimiento había
hecho todo por retrasar, con la esperanza, ahora
vana, de conservar la paz –acordémonos
de esa frase al embajador de Rusia en 1802:
« Es
con horror que hago la guerra »,
frase que, bien evidentemente, no se cita jamás
, vigila lo que, a cualquier otro, le parecería
bien vulgar: el calzado, los capotes, los bidones,
las marmitas –«
Si no hay bastantes, que se compren donde
el habitante, pero sobre todo que no se cometan
villanías, que se les pague exactamente.
»–, las legumbres,
la harina –«
¿Se ha pensado que hacía falta
madera para transformar esa harina en pan?
» –; sin perjuicio
de sus consejos de gobierno a su hermano José,
rey de Nápoles y a su hijastro Eugenio,
virrey de Italia.
En más
largas cartas dirigidas a sus aliados, los reyes
de Wurtemberg y de Baviera, y al Elector de
Baden, para ilustrarlos acerca de las causas
de esta guerra que le es impuesta, descubrimos,
en medio de esta suma colosal de despachos políticos,
diplomáticos, estratégicos y logísticos
capitales, esta cosita, una decisión
relativa a un viejo soldado de ciento dos años,
llamado Vilcot, quien se ha encomendado a su
benevolencia. Recibido en audiencia en Saint-Cloud
el 20 de septiembre, este gran veterano se vio
acordar « 2 400 francos por una indemnidad
de viaje y una pensión anual de 600 francos
».
¿Y qué pensar del sentimiento
que inspira la carta que envió a Talleyrand,
siempre de Saint-Cloud, el 22 de septiembre?:
«
Señor Príncipe de Benevento,
es necesario que el Sr. de Hohenzollern forme
una compañía de 140 dragones a
caballo, todos alemanes.
« COMO TODOS LOS
ESFUERZOS QUE HARÁ NO ESTÁN DE
ACUERDO CON SUS MEDIOS, LE DIRÉIS QUE
EN SECRETO LE DARÉ EL SUBSIDIO NECESARIO.
« LE HARÉIS SABER QUE MI MOTIVO
ES PROPORCIONAR A LA CASA DE HOHENZOLLERN LOS
MEDIOS DE MOSTRASE EN ESTA CIRCUNSTANCIA.
»
Hijo de una
amiga de Josefina y su compañera de prisión
durante el Terror, la princesa Amelia de Hohenzollern-Sigmaringen,
Carlos Antonio, el beneficiario de esta largueza,
se convertirá en oficial de ordenanza
del Emperador.
¿Qué relación, se nos preguntará
probablemente, existe entre estos detalles «
domésticos » y la preparación
de esta guerra puesto que se le ha negado la
paz que ofreció?
Ninguno, de no ser que ese Napoleón tan
cruelmente criticado, insultado sería
un vocablo más apropiado, por los soberanos
llamados « por derecho divino »,
sabía conservar, a pesar de tantas preocupaciones,
de obligaciones y de trabajos abrumadores, el
sentido de lo humano, en especial hacia los
pequeños, incluidos los principitos.
El 25 de septiembre, acompañado por la
Emperatriz Josefina, Napoleón dejaba
Saint-Cloud, en dirección a Mayence,
donde llegó tres días después.
Dentro de tres semanas, Prusia habrá
dejado de existir.
| JEFES
DE GUERRA DE LA TERCERA EDAD |
|
El 18 de septiembre,
el rey de Prusia se había, el igualmente,
puesto en marcha para ejecutar « su »
guerra, de la cual el historiador –alemán–
Leopold von Ranke ha escrito que «
no era más que la lucha del principio
de la legitimidad de los Estados europeos contra
el heredero de la Revolución. ».
Con él, la reina
Luisa, quien se había esforzado
tanto por que esta guerra fuese declarada,
y un cortejo de unas dos mil personas
–cifra proporcionada por un testigo
ocular del entorno real. Se hubiera
dicho, por lo mucho que el ambiente
era locuaz, que todas esa gente se dirigía
a una fiesta o a unas nupcias principescas,
y no al funeral del ejército
prusiano. La certeza de aplastar a los
« zapateros remendones »
estaba tan anclada en las mentalidades
que, en el curso de las dos primeras
semanas, no hubo más que galas
y recepciones.
Algunos jefes prusianos estimaban sin
embargo que la presencia de la reina
no convenía a los azares de un
ejército en marcha, pero éstos
eran poco numerosos, estimando la mayoría,
no sin razón, que la presencia
de esta joven y hermosa mujer era indispensable,
pues ella era el alma de la armada,
el alma de los soldados, el alma de
su marido, y muchos de los jefes prusianos
sabían muy bien que, sin esta
mujer de la cual el rey estaba justamente
prendado y que era su « motor
», el insignificante rey de Prusia,
aunque joven –treinta y seis años–
tal vez se hubiera regresado a Berlín.
Al acercarse el momento
en que los dos adversarios se alistan
para llegar a las manos, conviene echar
un vistazo a quienes van a entrar a
la liza.
|
|
Honor al adversario
prusiano.
En primer lugar, los jefes.
A la cabeza de los ejércitos prusianos,
se distinguía al duque Carlos de Brunswick,
el hombre del Manifiesto que lleva
su nombre, y lanzado de Coblenz, el 25 de julio
de 1792 en nombre de las potencias coaligadas.
Por medio de este documento, redactado por un
emigrado francés, el marqués de
Limon, a petición de la reina María-Antonieta,
y contra la opinión del representante
de Luis XVI, los Coaligados amenazaban de librar
París « a una ejecución
militar y a una subversión total »,
si se cometía « el
menor ultraje » a la familia
real. Conocido en París el 1º de
agosto, este factum violento exacerbó
la violencia de los parisinos, ya de por sí
sobreexcitados, indispuso a la Asamblea legislativa,
y tuvo como consecuencia la caída, ampliamente
previsible, de la realeza el 10 del mismo mes,
e incluso probablemente, la muerte del rey y
de la reina María Antonieta.
El 20 de septiembre siguiente, Brunswick, convertido
en jefe de los ejércitos coaligados era
vencido en Valmy, primera victoria –toda
simbólica– del ejército
revolucionario sobre los prusianos y los austriacos.
Este fracaso no había empañado
la reputación de Brunswick, puesto que
es a él a quien Federico Guillermo III
había confiado el alto comando del ejército
encargado de echar a los « perros franceses
».
Notemos, pues este detalle no está falto
de interés, que en 1806 Brunswick tenía
71 años de edad. Un gran viejecillo,
según los criterios de esa época.
El resto del alto mando prusiano estaba acorde.
El feld-mareschal von Möllendorf: 82 años,
el feld-mareschal conde von Kalkreuth: 69 años,
el príncipe de Hohenlohe: 60 años,
los generales Prittwitz, Arnim, Holzendorf:
respectivamente 72, 66 y 65 años, y el
detestable Blücher: 64.
En medio de este areópago anquilosado,
el príncipe Luis Fernando de Prusia,
con sus 34 años, era considerado un «
galopín ».
| LOS
TREINTAÑEROS FLAMEANTES DE
LA GRAN ARMADA |
|
 |
|
El
Emperador Napoleón
rodeado por sus mariscales |
Vayamos ahora
al campo francés. ¿Qué
es lo que vemos?
El jefe supremo, Napoleón: 37 años,
encuadrado por sus mariscales: Lannes, Ney,
Soult, 37 años también, Davout,
el benjamín, con sus 36 años,
Bessières, 38 años, Murat, 39
años, y dos cuadragenarios valientes
que nada tenían que enviarles: Bernadotte,
43 años y Augereau, quien, con sus 49
años, pasaba por ser un ancestro.
¡Treintañeros rutilantes frente
a « señores de la guerra »
de la tercera edad!
 |
El
mariscal Jean Lannes
(1769-1809) |
|
|
|
 |
El
mariscal Jean-Baptiste
Bessières
(1768-1813) |
|
|
Observemos ahora a las tropas.
El ejército prusiano
era magnífico. La maniobra se hacía
con majestad pero con lentitud, y una marcha
de diez o de veinte kilómetros no estaba
lejos de pasar por una hazaña, mientras
que, en la de Napoleón, se podía
hacer sin pestañear –si no sin
gruñir– fácilmente el
doble, incluso el triple cuando las circunstancias
lo exigían. Y ahí donde el soldado
imperial pasaba su noche al raso, su homólogo
prusiano, en la etapa, construía una
verdadera ciudad de tela que desmontaba al
día siguiente. Como en el circo.
En cuanto al arte del combate, había
evolucionado singularmente, gracias, en especial,
a la emergencia de esas armadas revolucionarias,
que, al principio, habían tenido que
paliar lo que les faltaba en disciplina y
en entrenamiento por el entusiasmo, la rapidez
y la soltura.
Y, hoy, menos de un año después
de su victoria de Austerlitz, se puede escribir
que los soldados de Napoleón «
tenían agallas ». Nada los asustaba.
Otra diferencia de talla: mientras Prusia
había permanecido una buena docena
de años sin tener guerra alguna que
sostener, Francia, por su lado, acosada sin
reposo desde 1792 por las monarquías
europeas, no había cesado de batirse
para defenderse.
Así,
en ese mes de octubre de 1806, los soldados
franceses estaban acostumbrados a soportar
fatigas y peligros bajo el mando de
jefes que habían visto en acción,
batiéndose en medio de ellos
y soportando, las más veces,
las mismas adversidades y las mismas
privaciones que ellos. Un ejército
convertido ciertamente en imperial,
pero permanecido republicano de espíritu.
En lo
que concierne a los efectivos pronto
en presencia, las fuerzas movilizadas
por Prusia estaban estimadas en 240
000 hombres, de los cuales el ejército
activo representaba 154 000 de ellos,
de todas armas, incluyendo el resto
los efectivos de las guarniciones y
de las milicias.
Estas fuerzas estaban divididas en tres
cuerpos:
- El ejército de Hannover
(34 000 hombres) comandados
por el general von Rüchel, en las
fronteras del Hesse;
- El ejército principal,
llamado « ejército del
rey » (70 000 hombres) bajo las
órdenes del duque de Brunswick,
con, por adjuntos, lo feld-mareschal
von Möllendorf y von Kalkreuth,
atrás del Elba, en los alrededores
de Magdeburg;
- El ejército sajo-prusiano
o armada de Silesia: 50 000 hombres,
de los cuales 20 000 sajones, bajo las
órdenes del general Hohenlohe,
cuya vanguardia estaba comandada por
ese cabeza loca de Luis Fernando.
|
 |
|
Majestuosos, pero poco habituados
a la guerra de movimiento,
los soldados prusianos se
derrumbarán ante los
de Napoleón. |
|
|
La Gran Armada,
por su parte, estaba repartida en múltiples
cuerpos de armada, los de los mariscales Augereau:
20 000 hombres, Bernadotte:
23 000, Lannes: 22 000, Davout:
29 000, Ney: 33 000, Soult,
el más numeroso con sus 41 000 hombres,
a lo que se añadía reserva de
caballería, comandada por Murat
y la Guardia Imperial bajo las órdenes
de Bessières.
EL
COMBATE DE SAALFELD
PRELIMINAR SINIESTRO PARA LOS PRUSIANOS
|
|
 |
| Algunas
figuras de soldados de la Guardia
Imperial, élite de
la Gran Armada |
|
El primer contacto
con el enemigo fue una escaramuza, que opuso,
del lado de Schleiz, a unos cuarenta kilómetros
al sur de Jena, por un lado, al cuerpo de Bernadotte,
seguido por dos divisiones de reserva y precedido
por la brigada de caballería ligera del
general Lasalle, a una división, compuesta
de aproximadamente 6 000 Prusianos y 3 000 Sajones
encargada de flanquear al ejército enemigo
en ese punto, fue fácilmente rechazada.
Fue sobre el mariscal Lannes, quien comandaba
al 5º cuerpo, que recayó el primer
asunto serio de la campaña. El más
simbólico también.
El mariscal Lannes, cuyo cuerpo de armada formaba
la cabeza del ala izquierda del ejército,
había recibido del Emperador la orden
de atacar al enemigo en Saalfeld si sus fuerzas
no excedían los 18 000 hombres, y, en
caso contrario, de esperar la llegada del mariscal
Augereau con su 7º cuerpo.
Por su lado, el 9 de octubre, el príncipe
Luis Fernando de Prusia había recibido
de Hohenlohe la orden formal de no emprender
acción alguna contra los franceses antes
de haber sido alcanzado por la vanguardia del
ejército capitaneado por Blücher,
y si sobreviniera que fuese atacado, debía
replegarse cerca de Orlamünde (a igual
distancia: aproximadamente 19 kilómetros,
de Jena al sur, y de Saalfeld al noreste), bajo
la protección del general Grawert.
Pero el mismo día, Luis Fernando fue
informado de que los franceses, que habían
rechazado a los puestos avanzados, estarían
muy verosímilmente desde el día
siguiente ante Saalfeld. Esto fue suficiente
para que transgrediera la orden formal recibida.
Mientras las tropas francesas confluían
de todas partes en la orilla derecha del río,
Luis Fernando, el día 10, se dirigió
entonces hacia Saalfeld, que se encuentra en
la orilla izquierda de la Saale, y esperó
a esos franceses que tanto despreciaba en una
posición bien poco estratégica:
frente a él, una montaña poblada
de árboles, detrás de él
un río muy encajonado, afluente del Elba,
la Saale, de 427 kilómetros de largo.
En caso de problema, este personaje arrogante,
pero poco al tanto de las realidades de la guerra,
no tendrá, como campo de combate, más
que el fondo de un barranco adosado a dos ríos:
el Saale, ya mencionado, y el Schwarza.
No
atendiendo más que a su odio y
su desprecio, se lanzó al ataque
de las cabezas de columna de todo el cuerpo
de armada del mariscal Lannes.
Lo que tenía que llegar se produjo:
hacia la una de la tarde, las tropas prusianas,
que combatían adelante y atrás
de Saalfeld, no tardaron en ser rotas,
y todos los batallones dispersados.
Evaluando entonces la medida de la trágica
realidad, y comprendiendo la necesidad
de una retirada inmediata, Luis Fernando
se puso a la cabeza de cinco escuadrones
de húsares prusianos y sajones.
Éstos cargaron con impetuosidad
contra el flanco izquierdo del 9º
de húsares francés (división
de caballería ligera Treilhard)
enviado contra la infantería prusiana.
En una primera instancia, los húsares
franceses plegaron ante el choque. No
por mucho tiempo, pues los del 10º
regimiento llegaron inmediatamente al
rescate y acometieron sobre los dos flancos
de la caballería sajo-prusiana,
volcándola sobre la infantería
que fue puesta en la más extrema
confusión, que la desigualdad del
terreno que Luis Fernando había
escogido como palenque no hizo más
que agravar.
En medio de este caos, el príncipe,
que se esforzaba por reunir a los fugitivos,
tomó conciencia de que sus condecoraciones
y su alto penacho habían hecho
que los jinetes franceses lo notaran.
Cubriendo sus órdenes con su sombrero,
buscó extirparse de la refriega
saltando sobre una valla que cercaba a
un jardín, pero las patas de su
caballo se atoraron en ella.
Fue entonces cuando fue alcanzado por
un sargento de caballería del 10º
de húsares, Guindey, quien le asestó
un sablazo en la cabeza ordenándole
en múltiples ocasiones, pero sin
saber con quién se las veía,
rendirse. Como única respuesta,
Luis Fernando respondió, obligando
a Guindey a propinarle un último
golpe, éste mortal, en el pecho,
que lo tiró de su caballo (Guindey,
nombrado a los granaderos a caballo de
la Guardia Imperial, encontrará
la muerte en Hanau en 1813. Era entonces
capitán y oficial de la Legión
de Honor).
|
 |
| El
príncipe Luis-Fernando
muere de una magistral estocada
por parte del sargento de
caballería Guindey. |
|
|
El mariscal
Lannes hizo recoger el cuerpo de Luis Fernando,
y dio las órdenes para que se rindieran
honores militares al príncipe.
Cuando tuvo noticia de la muerte del príncipe
Luis-Fernando, Napoleón hizo escribir
por Berthier el mensaje siguiente:
« Señor,
el Emperador Napoleón me delega tener
el honor de dar testimonio a Vuestra majestad
de lo mucho que comparte la pena que debió
causarle la muerte del príncipe Luis.
»
Y Napoleón hizo además asentar
en el 2º boletín de la Gran Armada
esta mención:
« La
muerte del príncipe Luis Fernando es
gloriosa y digna de respeto; murió como
debe desear morir todo buen soldado. »
¡Así, se puede ser indigno del
grado modesto de cabo en el ejército
prusiano y tener savoir-vivre!
| ÚLTIMO
LLAMADO DEL EMPERADOR A LA RAZÓN |
|
Esta muerte
de uno de los más ardientes partisanos
de la guerra constituía un muy mal presagio
para la continuación de la campaña.
Hemos dicho más arriba, y lo repetimos
tan frecuentemente como es posible en el sitio
del Instituto Napoleónico México-Francia,
que Napoleón no es el
matón sanguinario, el conquistador neurótico
usualmente –por no decir siempre–
descrito por sus detractores, cuya mala fe no
es el menor defecto.
Escribimos también anteriormente que
en cierto fascículo « histórico
», el autor acusaba a Napoleón
de haber « atacado a Prusia ».
He aquí lo que el 12 de octubre, es decir
dos días después de la muerte
en combate singular de Luis Fernando, «
el agresor » escribió al rey Federico
Guillermo (para leerse con atención):
«
¿Por qué verter tanta sangre?
¿Con qué fin? Me dirigiré
a Vuestra Majestad de la misma forma como lo
hice con el Emperador Alejandro dos días
antes de la batalla de Austerlitz… Señor,
he sido vuestro amigo desde hace seis años.
No quiero aprovecharme de esa especie de vértigo
que anima a sus consejeros y que le ha hecho
cometer errores políticos de los cuales
Europa está todavía toda sorprendida
y errores militares por cuya enormidad Europa
no tardará en resonar. Si Ella me hubiera
pedido cosas posibles en su nota, yo las hubiese
acordado; Elle pidió mi deshonor, Elle
tenía que estar segura de mi respuesta.
Así pues la guerra está hecha
entre nosotros, la alianza está rota
por siempre jamás. ¿Pero porqué
mandar a degollar a nuestros sujetos? No celebro
en nada una victoria que será comprada
con la sangre de un buen número de mis
hijos. Si estuviera en mis inicios en la carrera
militar, y si pudiese temer los azares de los
combates, este lenguaje estaría totalmente
fuera de lugar. Señor, vuestro ejército
será vencido. Ella habrá comprometido
el reposo de sus días sin la sombra de
un pretexto. Ella está hoy intacta y
puede tratar conmigo de una manera conforme
a su rango. Ella tratará antes de un
mes en una situación diferente. Ella
me ha dicho que me había frecuentemente
rendido servicios. Pues bien, quiero darle la
prueba del recuerdo que tengo de ello. De Ella
depende ahorrarle a sus sujetos las desgracias
y los estragos de la guerra. Apenas comenzada,
Ella puede terminarla, y Ella hará una
cosa por la que Europa le estará agradecida.
Señor, no tengo nada que ganar contra
Vuestra Majestad. No quiero nada y nada he querido
de Ella. La guerra actual es una guerra impolítica…
Ruego a Vuestra Majestad de no ver en esta carta
más que el deseo que tengo de impedir
derramar la sangre de los hombres y evitar a
una nación, que geográficamente
no podría ser enemiga de la mía,
el amargo arrepentimiento de haber escuchado
demasiado sentimientos efímeros que se
excitan y se calman con tanta facilidad entre
los pueblos. »
Como algunos
se la pasan siempre buscando significaciones
ocultas e intenciones sórdidas detrás
de cada una de sus palabras, he aquí
otra carta de Napoleón, ésta muy
personal puesto que el destinatario no es otro
que la Emperatriz Josefina, quien, en ese momento,
se encuentra en Mayence:
«
Gera, [a una
treintena de kilómetros al oeste de Jena]
dos de la mañana.
« Estoy en Gera, mi buena amiga; mis asuntos
van muy bien y todo como podía esperarlo.
Con la ayuda de Dios, en pocos días,
ello habrá tomado un carácter
bien terrible, creo, para el pobre rey de Prusia,
a quien compadezco personalmente porque es bueno.
La reina está en Erfurt con el rey; si
quiere ver la batalla, tendrá ese cruel
placer… »
Con más
abandono y brevedad, esta carta no hace más
que confirmar los términos de la que
fue enviada precedentemente a Federico Guillermo
III.
Nunca, son citados estos documentos, sin duda
porque no « cuadran » con la imagen
que se da ordinariamente de Napoleón.
Si el asunto
de Saalfeld no costó a los prusianos
« más que » tres mil hombres
aproximadamente, muertos, heridos o prisioneros,
hizo mucho ruido cuando llegó a Berlín,
sembrando la consternación donde, precedentemente,
no había más que altanería
y desprecio.
Entre los jefes prusianos, había al menos
uno que daba muestra de lucidez. Era el feld-mareschal
conde von Kalkreuth (1735-1818).
Ante los retrasos de sus pares –no se
le habían escapado al Emperador: «
Todas las cartas interceptadas dejan ver
que los enemigos han perdido la cabeza. Se reúnen
en consejo noche y día y no saben qué
partido tomar… Hasta el momento, muestran
bien su ignorancia del arte de la guerra…
», escribía, el
12 de octubre al mariscal Lannes – , Kalkreuth
pronosticó:
« El término fatal
avanzaba a grandes pasos, y, a menos de un milagro,
nos dirigíamos a un desastre. »
Es a uno de
sus oficiales de ordenanza, Montesquiou, a quien
Napoleón había confiado la tarea
de llevar al cuartel general prusiano la muy
bella carta que citamos más arriba.
¿De qué depende el destino de
una Nación?
En este caso preciso, de la actitud cerrada
de un oficial prusiano que le negó a
Montesquiou la calidad de parlamentario porque
no iba precedido de una trompeta reglamentaria.
No fue pues sino hasta el día siguiente,
el 13 pues, cuando el enviado de Napoleón
pudo entregar a Hohenlohe la carta destinada
a su soberano. Percibiendo inmediatamente la
importancia y las implicaciones que recelaba
este documento de la última oportunidad,
Hohenlohe puso todo en obra para transmitirla
sin más demora a Federico Guillermo.
Pero cuando llegue a su destinatario, la batalla
estará no solo iniciada sino ya prácticamente
perdida por los prusianos.
| LA
DOBLE CATÁSTROFE DE JENA-AUERSTAEDT |
|
 |
| Plano
de la batalla de Jena
dibujada por A. M. Perrot, según
la Historia de Napoleón
de Norvins. |
|
Hemos escrito,
en la introducción, que este texto no
contaría más que muy brevemente
la batalla en sí para dejar el mejor
lugar a los esfuerzos realizados –en vano,
desgraciadamente para Prusia– por Napoleón
para que ésta no tuviera lugar. Estimamos,
en efecto, que esta opción es la mejor
que haya para la memoria del Emperador, acusado
de todos los males sufridos por la Europa de
ese tiempo. Veremos igualmente cómo esos
soldados, complacientemente descritos, junto
con su jefe, como hunos sedientos de sangre,
se comportarán en la Prusia de rodillas.
He aquí pues, muy brevemente resumida,
la batalla que lleva al impensable (sobre todo
por él) aplastamiento del ejército
prusiano el 14 de octubre de 1806.
Desde el 12
de octubre, por lo mucho que la marcha de las
tropas francesas fue rápida, el ejército
prusiano estaba ya casi cortado de Berlín.
Concentrados alrededor de Weimar, los prusianos
habían sido repartidos en dos grandes
masas colocadas respectivamente bajo las órdenes
del príncipe de Hohenlohe –el que
asegura vencer a Napoleón con que se
le « dejaran los brazos libres »
en el sudoeste, y por el duque de Brunswick,
en el nordeste. Junto a éste último,
Federico Guillermo y la reina Luisa.
El 13 de octubre, Hohenlohe se enteraba de que
no tenía frente a él elementos
destacados del ejército francés,
sino muy ciertamente al mismísimo Napoleón
con el grueso de sus tropas, es decir 155 000
hombres. No fue suficiente para inquietarle,
pues, entre Napoleón, establecido en
Jena, y él, en posición frente
a Weimar, se erigía un obstáculo
natural de talla: la planicie del Landgrafenberg.
Culminando a cuatrocientos metros, tenía
la reputación de ser infranqueable –«
Sus pendientes, cuenta el célebre Coignet,
quien pasó en ella una noche memorable,
son tan empinadas como el techo de una casa.
» y, por ello, confería una gran
serenidad a Hohenlohe quien estimaba impensable
que un ejército, llevando, además,
piezas de artillería, pudiese remontar
sus cuestas. El ejército de autómatas
prusianos, sin duda alguna, pero no la Gran
Armada, animada por su jefe en persona.
Efectivamente, Napoleón, informado por
el mariscal Lannes, jefe del 5º cuerpo,
de la existencia de un sendero, difícil
pero practicable, que permitía llegar
a la cima de la meseta –él mismo
había apostado su vanguardia en ese lugar
hizo subir sin retraso a los 22 000 hombres
del 5º cuerpo con su artillería,
y la infantería de la Guardia. Recordemos
a título de información la anécdota
bien conocida de Napoleón alumbrando
él mismo con un farol de mano el trabajo
de los soldados mientras ensanchaban, en plena
noche, el sendero que permitía encaminar
los cañones.
El 14, cuando
el sol desgarró el velo de la neblina,
Hohenlohe creía todavía imposible
la instalación de una gran parte de la
armada imperial sobre la meseta. No tardaría
en desengañarse.
Napoleón, después de haber iniciado
una intensa preparación d’artillería,
acababa de lanzar una ofensiva general. Y esta
planicie del Landgrafenberg, que los prusianos
habían creído infranqueable e
inaccesible para un ejército, se abatía
ahora sobre ellos, infantería, jinetes,
artilleros a caballo, todos electrizados por
la presencia de Napoleón, quien desde
la cima de la meseta, les designaba los objetivos.
Hacia las dos de la tarde, la catástrofe
previsible se precisó a pesar de la llegada
sobre el terreno de un cuerpo de armada todo
fresco, el del teniente general von Rüchel.
Pena perdida. En menos de una hora, sus veintitrés
mil hombres, de los cuales la mayoría
había sido puesta fuera de combate, fueron
a engrosar la corriente de los fugitivos que
se escurría en todas las direcciones.
Al juzgar a la Gran Armada incapaz de tomar
posición sobre el Landgrafenberg, Hohenlohe
había hecho un grave error de interpretación.
Napoleón, también, se había
equivocado en su estimación inicial:
creyó tener frente a él al conjunto
del ejército prusiano, pero, este asunto
terminado, había vuelto a hacer su cálculo:
más o menos sesenta mil hombres. No más.
El resto no pudiendo estar muy lejos, se esperaba
entonces a retomar el combate el día
siguiente. Sin inquietud sin embargo, pues tendría
frente a él a un ejército en situación
de inferioridad numérica – y moral,
en virtud del grave revés de esta jornada
del 14.
Ese 14 de octubre en Jena había costado
a los prusianos la bagatela de doce mil muertos
y heridos, y una quincena de miles de prisioneros.
Doscientas piezas de artillería y muchas
centenas de banderas habían, por lo demás,
quedado entre las manos de los soldados de Napoleón.
Éste último estaba pues bien autorizado
a esperar la continuación de los eventos
con toda serenidad.
Al dirigirse a Jena, tras haber entrado a Weimar,
se sorprendía simplemente de no tener
ninguna noticia del mariscal Davout, quien debía
encontrarse a unos quince kilómetros
al norte.
| EL
TRIUNFO DEL MARISCAL DAVOUT |
|
 |
|
El «
Mariscal
de Hierro
»,
Louis-Nicolas Davout,
Duque de Auerstaedt, Príncipe
de Ekmühl (1770-1823) |
|
En el momento
en el que Napoleón aplastaba a Hohenlohe
a quien se había sin duda olvidado dejar
« los brazos libres » como lo había
pedido el mariscal Davout se ilustraba trágicamente
y de manera infinitamente más ejemplar
que Napoleón en Jena.
Es durante la noche del 13 al 14 que Davout
había recibido instrucciones del Emperador
prescribiéndole « dirigirse al
Apolda a fin de caer sobre la zaga del ejército
[prusiano]. »
Davout no tenía consigo más que
los veintinueve mil hombres de su 3º cuerpo,
de los cuales mil seiscientos jinetes y cuarenta
y cuatro cañones.
Frente a él, Brunswick, siempre flanqueado
por el rey y la reina, con sesenta mil soldados,
de los cuales diez mil jinetes y ciento quince
cañones. El choque se produjo en Auerstaedt.
Como había sucedido en Jena, después
de algunos flotamientos debidos a la enorme
inferioridad numérica francesa, Davout,
cuyos hombres se batieron con un furor sobrehumano
a uno contra tres, acabaron por doblegar a los
prusianos, cuyo jefe, Brunswick, recibió
una herida mortal.
Las pérdidas prusianas se elevaron a
unos quince mil muertos y heridos a los cuales
era conveniente añadir tres mil prisioneros.
Perdieron además toda su artillería.
La reina Luisa tenía « diversiones
mundanas » altamente costosas.
 |
|
La capitulación sin combate
de las plazas fuertes fue la gran
vergüenza del ejército
prusiano. Aquí, la rendición
de Stettin al general Lasalle. |
|
El ejército,
comandado ahora por el rey Federico Guillermo
desde la herida mortal de Brunswick –su
hijo, quien por supuesto, culpabilizaba a los
franceses por la muerte de su padre, morirá
en Waterloo– , refluía en un orden
relativo en dirección de Weimar cuando
se topó con los fugitivos de Jena.
La retirada se tornó entonces en una
debacle loca, y de Auerstaedt a Erfurt, el camino
se cubrió con los despojos de un ejército
cuyo vergonzoso desplome no tenía igual
más que su igualmente vergonzosa presunción.
Como recompensa por esta victoria sin medida
común en virtud de la desproporción
de las fuerzas, respecto a la de Jena, Napoleón
concederá al mariscal Davout el honor
de entrar el primero en Berlín y lo hará
duque de Auerstaedt. Lo cual corta de tajo las
insinuaciones de algunos, quienes afirman que
el Emperador, celoso del éxito de su
mariscal, minimizó la victoria de Auerstaedt
en provecho de la de Jena. Basta también
con leer su Correspondencia relativa
a este asunto y el 5º Boletín de
la Gran Armada para tomar la medida de la inanidad,
y, sobre todo, de la lamentable –pero
no gratuita mezquindad de esta afirmación.
El rey de Prusia
no escatimaba, para con el Emperador, en duplicidades.
Así, el 19 de octubre, en Halle, un miembro
de su entorno, el conde von Dönhoff, hacía
entrega de la respuesta –tardía–
de Federico Guillermo a la carta que el Emperador
le había transmitido dos días
después del combate de Saalfeld:
«
En el cuartel general, el 15 de octubre de 1806
« Señor mi hermano, no recibí
nada hasta ayer por la mañana, en el
momento en que nuestras tropas ya se enfrentaban,
la carta que Vuestra Majestad Imperial y Real
me hizo el honor de dirigirme el 12 de este
mes, y me apresuro a responder en el momento
en que bajo de mi caballo. Los sentimientos
que Ella manifiesta, a pesar de los diferendos
[!] que tienen lugar entre nosotros, hacen que
me sea preciosa, y no reconozco menos el carácter
elevado de Vuestra Majestad Imperial que su
intención de más bien hacer hombres
felices que de verter la sangre de tantos miles
de hombres…»
 |
|
La ignominiosa fuga de la reina
Luisa de Prusia |
|
El rey de Prusia
no había sin embargo juzgado necesario
designar al responsable de la sangre derramada
por « tantos miles de hombres ».
Y Federico Guillermo terminaba pidiendo una
suspensión de armas, «
mientras nos estemos ocupando en fundar
la dicha de nuestros. »
Carta bien conmovedora. Pero entonces, ¿por
qué Napoleón no revocó
la orden de persecución dada a sus cuerpos
de armada?
La explicación aparece en la respuesta
que hizo –acto continuo– a su correspondiente:
« Campo imperial de Halle,
19 de octubre de 1806
« Señor mi hermano, he recibido
la carta de Vuestra Majestad. Lamento mucho
que la carta que le envié por medio de
uno de mis oficiales de ordenanza que llegó
a su campo el 13, no haya podido impedir la
batalla del 14. Toda suspensión de armas
que daría tiempo de llegar a los ejércitos
rusos, que Ella parece haber llamado durante
el invierno, sería demasiado contrario
a mis intereses para que, cualquiera que fuera
el deseo que yo tuviese de evitar males y víctimas
a la humanidad, pudiera suscribir… »
Efectivamente,
Napoleón, ampliamente engañado
y sin embargo bien paciente, no podía
tomar semejante riesgo, al haberse entendido
Federico Guillermo con Alejandro para que éste
acorriese a echarle la mano. En resumen, Federico
Guillermo tendía, una vez más,
una trampa a Napoleón para ganar tiempo
con la esperanza de ver llegar a los rusos,
a los que había llamado en su ayuda.
En virtud de esta amenaza, el Emperador no podía
más que dejar a sus mariscales lanzarse
a la persecución de los prusianos en
fuga.
A partir de ese momento, las plazas fuertes
capitularon, y la mayoría sin combatir,
unas tras otras.
Lo mismo sucedió con los cuerpos de armada,
cuyos jefes, quienes, hacía poco, no
tenían más que insultos en la
boca para el « cabo » y sus «
zapateros remendones », se rindieron,
sin siquiera salvar el honor ni de su nombre
ni de sus armas.
Había bastado un mes para que el ejército
prusiano fuera reducido a nada.
Además de los muertos y heridos, ciento
diez mil prisioneros y doscientos cincuenta
banderas dieron testimonio ante las monarquías
de Europa de este desmoronamiento envilecedor,
del cual no hay otro ejemplo en la Historia.
| EL
INCONCEBIBLE SERVILISMO DE LOS PRUSIANOS
HACIA SU VENCEDOR |
|
Normalmente,
hubiéramos podido detenernos aquí
en esta evocación, si no nos hubiese
quedado un deber que cumplir hacia la memoria
de Napoleón y la de su Gran Armada.
Ambos, en efecto, pasaron a la posteridad con
una triste imagen: el Emperador, la de un conquistador
sediento de conquista, que ponía a fuego
y sangre a los países a los que entraba,
sin importarle el precio, y sus soldados como
brutos infernales. ¡O como soldados de
la SS, como fue dicho en un plató de
televisión!
Por consiguiente es una obligación mirar
lo que pasó a partir del momento en que
el Emperador hizo su entrada, el 27 de octubre,
a la capital de Prusia, y en el que la dejó,
el 24 de noviembre.
Si por un lado los jefes
militares y el entorno de Federico Guillermo
se habían mostrado arrogantes
e injuriosos, los berlineses se mostraron
conciliantes, amables, y para decirlo
todo, anodinos ante aquel quien había
reducido su ejército a nada.
Uno de los primeros
gestos de Napoleón fue indultar
al príncipe de Hatzfeld, gobernador
de Berlín, inculpado por espionaje
caracterizado: Napoleón tenía
en su poder una carta en la cual Hatzfeld
informaba a Hohenlohe (quien no había
aún bajado las armas) el lugar
donde el mariscal Davout tenía
planeado cortarle el camino. La suerte
que le esperaba no daba lugar a dudas:
el pelotón de ejecución.
Llevado ante Napoleón
por la intervención conjugada
de Duroc, Gran Mariscal del Palacio,
de Ségur y de Rapp, oficiales
de ordenanza, la princesa de Hatzfeld
obtuvo sin dificultad el indulto de
su marido. Existe, acerca de este tema,
una abundante (y bastante « lagrimosa
») imaginería.
Otro bello gesto que acreditarle a Napoleón:
la liberación de todos los soldados
sajones hechos prisioneros en el transcurso
de las dos batallas. Este gesto se justificaba
tanto mejor cuanto que el Elector de
Sajonia, Federico Augusto, había
sido acarreado por la fuerza en esta
guerra, después de que los prusianos
hubieran invadido su territorio. Esta
generosidad le valió al Emperador
el ganar para su causa a un aliado,
que permanecerá fiel a aquel
quien, un día de ese año
1806, lo había hecho rey.
Si por un lado los jefes
militares y el entorno de Federico Guillermo
se habían mostrado arrogantes
y injuriosos, los berlineses se mostraron
conciliantes, amables, y para decirlo
todo, anodinos ante aquel quien había
reducido su ejército a nada.
|
 |
Napoleón
entra en Berlín.
Aunque su atuendo fuera
como siempre muy simple,
los berlineses, que asistieron
masivamente y con presteza,
no tuvieron ojos más
que para Napoleón.
Gracias a la disciplina
estricta de sus tropas y
las medidas tomadas por
el Emperador, la población
no tuvo que sufrir de la
ocupación. |
|
|
Uno de los
primeros gestos de Napoleón fue indultar
al príncipe de Hatzfeld, gobernador de
Berlín, inculpado por espionaje caracterizado:
Napoleón tenía en su poder una
carta en la cual Hatzfeld informaba a Hohenlohe
(quien no había aún bajado las
armas) el lugar donde el mariscal Davout tenía
planeado cortarle el camino. La suerte que le
esperaba no daba lugar a dudas: el pelotón
de ejecución.
Llevado ante Napoleón por la intervención
conjugada de Duroc, Gran Mariscal del Palacio,
de Ségur y de Rapp, oficiales de ordenanza,
la princesa de Hatzfeld obtuvo sin dificultad
el indulto de su marido. Existe, acerca de este
tema, una abundante (y bastante « lagrimosa
») imaginería.
Otro bello gesto que acreditarle a Napoleón:
la liberación de todos los soldados sajones
hechos prisioneros en el transcurso de las dos
batallas. Este gesto se justificaba tanto mejor
cuanto que el Elector de Sajonia, Federico Augusto,
había sido acarreado por la fuerza en
esta guerra, después de que los prusianos
hubieran invadido su territorio. Esta generosidad
le valió al Emperador el ganar para su
causa a un aliado, que permanecerá fiel
a aquel quien, un día de ese año
1806, lo había hecho rey.
Federico Augusto,
quien había sido arrastrado a pesar suyo
en la Coalición que vio la debacle prusiana
en Jena, pagará cara su fidelidad a Napoleón:
después de la derrota de éste
en Lipsia (19 de octubre de 1813), Federico
Augusto I será hecho prisionero por los
Aliados, y su país será administrado,
primero por un gobernador ruso, luego por un
gobernador de esta Prusia detestada.
 |
|
El Emperador Napoleón
ante la tumba del Gran Federico. |
|
Hemos escrito
más arriba que los berlineses se mostraron
anodinos ante el vencedor. Es poco decirlo,
siendo los peores los grandes nombres de la
aristocracia prusiana que fueron, servilmente,
a ponerse a su disposición.
Citemos por ejemplo a ese príncipe de
Isemburgo quien creó un regimiento compuesto
de... desertores y lo puso al servicio de Napoleón.
Para exhortar a sus hombres a servir en esta
unidad poco común, les dirigió
una declaración de la que hay que citar
un extracto por lo mucho que es sorprendente
por su complacencia medrosa:
«
… Les es ofrecido a los Señores
oficiales prisioneros de guerra por capitulación
que desean salir de esta triste situación
para dedicar sus talentos militares y su actividad
al servicio de nuestro invencible Emperador,
ser investidos en este regimiento del mismo
grado que han ocupado en el ejército
del rey de Prusia. Este empleo honorable
asegura a todos los que aspiran a ella la protección
del héroe adorado que ama a
sus soldados como a sus hijos. Acudid valientes
guerreros, juntaos bajo las banderas de
Napoleón el Grande. Id con él
hacia la victoria y la gloria inmortal [Todos
los pasajes subrayados en el texto].
« Berlín, a 18 de noviembre de
1806.
« Carlos, príncipe de Isemburgo.
»
La tía
del rey de Prusia no se quedaba atrás,
escribiendo al Emperador que es «
el más grande de los soberanos
», y bendecía «
por siempre a [Su] Majestad
Imperial, cuya bondad suaviza los infortunios.
»
Esta lamentable mojiganga acompañaba,
como era de esperarse, una petición de
favor.
Otro, duque
de Sajonia-Coburgo-Gotha, encargaba a su chambelán
« poner a los pies de Su Majestad
Imperial y Real sus muy humildes felicitaciones
por el éxito de sus armas. »
Y, como de nueva cuenta podíamos imaginarlo,
pordioseaba una audiencia a la cual se presentaría
« con una solicitud igual
a [su] viva gratitud por las marcas
de su generosa protección. »
Una última
cita –pero hay otras pondrá fin
a este desembalaje indecente de palabras obscuras
y de una asquerosa bajeza. La debemos a la princesa
regente del principado de Lippe, quien, así
como sus pares, ambicionaba entrar en la Confederación
del Rin, recientemente constituida – de
ahí sus acometidas de tartuferías:
« En este momento en el que
más que nunca la dicha y la conservación
de los pueblos reposan en las manos poderosas
y generosas del más grande de los héroes,
la princesa regente de Lippe osa solicitar la
ventaja, por largo tiempo deseada [¡algo
así no se inventa!] de ser
recibida en la Confederación de la cual
el más grande monarca es el ilustre protector.
Ella osa esperar que le sea permitido aspirar
a esa felicidad, en virtud de la confianza sin
límites y del apego inviolable de los
cuales su corazón siempre ha hecho profesión
por el inmortal Napoleón. Los éxitos
brillantes, casi milagrosos de los ejércitos
imperiales, han colmado la espera de la princesa.
»
¿Cómo sorprenderse de que un historiador
alemán de la época haya escrito?:
« La población de Berlín
daba muestra de un envilecimiento tal de carácter,
que un día Napoleón dijo, agitando
la cabeza, que no sabía si debía
regocijarse o tener vergüenza por los berlineses.
»
| EL
HOMENAJE JUSTIFICADO DE LA POBLACIÓN
A NAPOLEÓN Y A LA GRAN ARMADA |
|
Atacado e insultado,
Napoleón pudo haberse mostrado vengativo
en su victoria.
¿Qué fue lo que pasó?
Olvidemos los testimonios franceses, de los
que se nos podría objetar que son sospechosos
de parcialidad, para limitarnos a los de los
principales interesados: los berlineses y los
prusianos en general.
Los archivos de la época nos indican
que Napoleón se tomó a pecho ocuparse
de los pobres de la ciudad haciendo acuñar
groschen, dinero suelto que constituía
lo esencial de lo que los pobres lograban arrancarle
a los ricos. A falta de esas monedas, a los
más desprovistos les costaba mucho comprar
su pan cotidiano. Gracias a esta medida tomada
por el Emperador, los necesitados de Berlín
pudieron obtener –¡cosa nueva para
ellos!– una libra de pan por la módica
suma de un groschen máximo.
En fin, todos los funcionarios, los pensionados
y los inválidos recibieron las pagas
atrasadas que se les debía.
Para aliviar lo más que se pudiera la
molestia que representaba, para los habitantes,
la obligación de alojar a los oficiales,
Napoleón prescribió instalarlos
en moradas que pertenecían a personajes
de la Corte que se habían « ausentado
» de Berlín.
 |
| Una
multitud apacible asiste a la
entrada de los franceses a Berlín. |
|
|
Para
hacer reinar la armonía –y
la disciplina– Napoleón había
hallado un auxiliar precioso en la persona
del general Hulin.
Destaquemos, por el placer de la anécdota,
el trámite de esa berlinesa que
fue a quejarse ante Hulin de que el oficial
que ella albergaba en su casa exigía,
durante la comida, champaña o vino
de borgoña que ella era incapaz
de ofrecerle. Hulin le hizo entrega de
una carta en la cual el destinatario pudo
leer que si quería champaña,
« tenía que ir a reclamarla
al general general. » El vino ordinario
hizo desde entonces las delicias del oficial
gastrónomo.
Poco después, Hulin publicó
una orden prescribiendo que «
cada soldado o funcionario alojado
en casa del habitante está obligado
a compartir el almuerzo ordinario que
éste puede proporcionar en virtud
de su estado de fortuna; sin ningún
pretexto, no se debe pedir más.
»
¿Incidentes?
Hubo, pero, aún cuando no les guste
a los detractores habituales de Napoleón,
no se debieron a soldados –franceses–
de la Gran Armada. |
¿Los
culpables? Esencialmente soldados bávaros
y wurtembergueses, quienes, lengua común
obliga, hubiesen debido teóricamente
dar muestras de mayor consideración hacia
sus vecinos prusianos. Pero éstos últimos
eran odiados por el resto de Alemania, y en
especial, lo hemos escrito precedentemente,
por los sajones.
Al respecto, he aquí lo que el comandante
en jefe de las tropas wurtemberguesas escribía
a su soberano:
«
Aun cuando me sería muy agradable
encomiar al ejército de Vuestra Majestad,
no puedo disimularle que un espíritu
de salvajismo tiende a comunicarse, principalmente
en la caballería, que está frecuentemente
abandonada a sí misma. He visto ejemplos
de una avidez sin límite que tuvo como
consecuencia excesos y malos tratos cometidos
contra desdichados campesinos sin defensa.
»
¿Pero,
se dirá con las segundas intenciones
habituales y bien sabidas, en donde están
las pruebas de esa buena conducta de las tropas
–francesas– de ocupación?
Entre otras, en los periódicos de la
época, como el Berliner Nachrichten,
el cual, el 12 de marzo de 1807, publicaba la
noticia siguiente:
«
El Sr. Roussel, oficial de los granaderos
del 14º regimiento de línea y comandante
de armas de la ciudad de Brandenburgo-sobre-el-Havel,
llamado de regreso por su soberano, se lleva
con él el pesar de los magistrados y
de todos los habitantes de esta ciudad por haber
sabido, por su sabiduría, su amistad,
su integridad y su justicia, conciliar los intereses
de su soberano con los de los habitantes de
esta ciudad que no olvidarán jamás
los beneficios que este valiente oficial, honorable
tanto por su conducta como por su desinterés.
¡Que este hombre valiente sea tan feliz
en su carrera como lo merece! Los habitantes
de Brandenburgo siempre se enterarán
con gozo de lo que le ocurra de dichoso.
»
 |
| Decididamente
poco rencoroso, Napoleón
hizo curar a los heridos prusianos
como a los de su Gran Armada. |
|
Nombremos también,
pues todos estos testimonios son importantes
para borrar la imagen sórdida que «
algunos » se encarnizan en dar a los soldados
de Napoleón, a ese general de Gastine,
que las autoridades de Landsberg saludaron de
esta manera:
«
Landsberg-sobre-el-Warthe, el 10 de mayo
de 1807
« Más de cincuenta mil
franceses de la Gran Armada pasaron por esta
ciudad. Hemos albergado a la mayor parte en
el recinto de nuestros muros. Nuestros burgueses,
nuestros habitantes se prestaron a todos los
sacrificios que dependieron de ellos para recibir
y tratar a esas tropas como mejor podían.
Ellas, por su lado (les debemos esta justicia),
se han comportado hasta ahora como enemigos
generosos y no hemos tenido más que el
lastre inevitable de los pasos y de los alojamientos
militares, sin tener que quejarnos de ningún
exceso ni de acto alguno de violencia. Entre
los que se detuvieron más tiempo entre
nuestros muros, debemos particularmente hacer
al mención más honorable del Sr.
general de Gastine, que comanda la plaza por
orden de Su Majestad el Emperador y Rey. Por
un lado, el Sr. general de Gastine ha cumplido
en este puesto importante con un celo y una
exactitud sin igual; por otra parte, ha tratado
a los habitantes de esta ciudad, sin excepción
tanto los pequeños como los grandes,
con una delicadeza que es el atributo de aquel
cuyo espíritu y corazón han recibido
un grado de cultura superior. Se ha ganado con
ello el amor, la confianza y la veneración
de la ciudad toda entera. No sabríamos
pasar por alto el raro desinterés del
Sr. le general de Gastine y la noble generosidad
con la cual alimentó a más de
cien mujeres y niños de soldados prusianos...
Nuestros votos más ardientes lo acompañan.
Que la Providencia lo proteja y conserve sus
días en medio de los peligros de la guerra…
« Firmado: La municipalidad de los burgueses
».
Aún más
reveladora, por si fuera necesario, esta correspondencia
dirigida, el 18 de agosto de 1807, por el embajador
de Austria en Berlín, el barón
von Binder, a su superior, el ministro de Asuntos
exteriores, el conde Johann Philipp von Stadion:
«
El general Clarke es nombrado ministro de
la guerra; debe ser, se dice, remplazado por
el general Victor. El general Hulin es promovido
general de división; se le destina la
plaza de París. Será remplazado
por el general Saint-Hilaire. El gobernador
general así como el comandante de la
plaza se llevan consigo los sentimientos de
estima y de reconocimiento de los habitantes
del país y de la capital en particular.
La suavidad que aportaron a la ejecución
de las órdenes severas que necesitaba
el estado de guerra, la tranquilidad perfecta
que hicieron reinar, el desinterés que
mostraron en todas las ocasiones justifican
estos sentimientos. »
Los reportes
de esta naturaleza abundan; si, aquí,
se denuncia la brutalidad de un oficial wurtembergués,
arrestado por haber golpeado con la hoja de
su sable al señor de la casa en la que
estaba alojado, en otra parte, se puede leer
en otras Memorias de la época
que « los soldados franceses
se mostraban hacia los berlineses bien mejores
que los alemanes del sur. »
Estos testimonios
de civiles prusianos, que honran la memoria
de Napoleón y la de sus soldados, permiten
hacer una instructiva comparación con
las maneras del ex-vencido de 1806 (entre otros),
el execrable Blücher, cuando, en 1814 y
1815, éste entre a Francia, escoltado
por sus igualmente detestables soldadescotes,
con los cuales los mismísimos ingleses,
en su marcha hacia París, se negarán
a congeniar.
| PARA
TERMINAR ESTA EVOCACIÓN |
|
¿Qué
añadir en materia de conclusión?
Que Napoleón, aunque provocado, lo hizo
todo para que esta guerra no tuviera lugar –«
El Emperador desea verdaderamente no disparar
un tiro de fusil contra Prusia; considerará
este evento como una desgracia », había
escrito Talleyrand al embajador de Francia en
Berlín– y, tras el asunto de Saalfeld,
se había tomado todavía la pena,
aún cuando nada lo obligaba a ello, de
escribir a Federico Guillermo para suplicarle
una última vez poner un término
a las hostilidades. Aún era tiempo.
Vimos lo que sucedió.
Vimos igualmente cómo Napoleón
trató al vencido: con moderación
y humanidad, y esto a pesar del descubrimiento,
en el castillo de Charlottenbourg, precipitadamente
abandonado por la reina Luisa, de documentos
comprometedores – entre otros, instrucciones
al embajador de Prusia (cuyo país estaba
teóricamente en buena inteligencia con
Francia) en Madrid para que incitase a España
a entrar en la Coalición.
¿Por qué estos comportamientos
–nobles, en la acepción más
estricta del vocablo– de Napoleón
no son nunca mencionados?
¿Por qué, sin descanso, dejar
que se le arrastre en el lodo, incluso, y sobre
todo, en Francia, que tanto le debe?
¿En donde están entonces, y qué
hacen –realmente, se entiende– por
defender su memoria aquellos que fueron investidos
en Francia con esta misión (y generosamente
dotados para hacerlo)?
 |
| El
Emperador Napoleón
portando el manto de la Consagración |
|
¿Por qué
brindar tanta « publicidad »
a quienes escupen sobre su memoria,
porque cometió errores? ¿Quién,
investido de responsabilidades tan gigantescas
en medio de tanta adversidad, no hubiese
cometido? Ya he escrito esta frase en
el sitio del Instituto Napoleónico
México Francia.
Pero la (mala) causa está clara
desde hace largo tiempo: Napoleón
puso a Europa a fuego y sangre para
saciar su sed inextinguible de ambición
y de conquistas.
Así, en un artículo publicado
el 3 de agosto de 2006 en el sitio de
una agencia de prensa extranjera en
lengua francesa, el autor calificaba
al Emperador de « carnicero de
Europa »; en uno de esos fascículos
con pretensiones históricas,
evocados más arriba (se trata
de fascículos de las ediciones
–inglesas, como es conveniente–
Osprey), el autor escribe, como se ha
mencionado precedentemente, que Napoleón
« atacó a Prusia »;
en otro, que « la Gestapo no tuvo
que enseñarle nada a sus agentes
». Sobreentendido: Napoleón
y su Gran Armada fueron sus modelos,
etc. etc. Realmente hay que atreverse,
pero ¿qué podemos esperar
de fascículos escritos por ingleses
sobre las guerras forzosamente «
napoleónicas»?
Estos insultos constituyen un medio
cómodo, eficaz –y sin peligro,
puesto que nadie reacciona– para
los ingleses para hacer olvidar que
fueron, ellos, los inventores de los
siniestros pontones a bordo de los cuales
hicieron pudrirse en condiciones espantosas,
hasta que les llegara la muerte, a miles
de soldados de Napoleón prisioneros,
y, más cerca de nosotros, de
los campos de concentración de
horrenda memoria, en la persona, no
del Emperador, aunque les disguste a
muchos, sino de Lord Kitchener. Eso
sucedía en África del
Sur, a principios del Siglo XX, durante
la guerra de los Boers.
Permítase aquí al autor
una reflexión personal, sin duda
brutal, pero justificada, pues es repugnante
ver cómo es tratado, en Francia
especialmente, el hombre realmente admirable
y digno de respeto que es Napoleón.
|
Ante la lectura
de algunas correspondencias del Emperador que
reprodujimos más arriba, hay que estar
animado por la mala fe visceral de los realistas
franceses, esos fracasados de la gloria que
prefirieron chillar en sus camarines del faubourg
Saint-Germain, y trepidar con las « hazañas
» del jefe de una banda de matones, ese
conde de Artois, futuro Carlos X, conspirador
cobarde, guarnecido en Inglaterra, en vez de
servir al hombre que sacó a Francia de
su lodazal post-revolucionario. Hay que tener
el rencor indeleble de los representantes de
las monarquías extranjeras de ese tiempo,
habitualmente vencidas después de haber
provocado las guerras, y de las más codiciosa,
de la más despreciable –no nos
escondamos detrás de las fórmulas
amaneradas entre ellas, la monarquía
inglesa. Hay que tener el odio mercantil trabado
en la pluma de esos panfletarios amargados (se
reconocerán) que esgrimen la injuria
cuan una de las bellas artes con el único
fin –nunca confesado– de vender
papel, para osar avanzar que Napoleón
alcanzaba su plenitud en el carnaval sangriento
de los campos de batalla.
Por un crapuloso
juego de pasapasa, Inglaterra, jefe de fila
y patrocinador de esos monarcas vindicativos
y arrogantes, logró hacer recaer en el
solo Napoleón la responsabilidad de los
torrentes de sangre que, de 1805 a 1815, inundaron
a Europa.
Es pues patente que la historia napoleónica,
tal como es enseñada y contada, no es
más que una gigantesca y monstruosa estafa
que, a raíz de la inercia, por no decir
la complicidad, culpable de ciertos especialistas
o supuestos tales, se perpetúa desde
hace mucho (demasiado) tiempo.
Los fundamentos de esta pseudo historia napoleónica
reposan, de hecho, en la visión (!) que
dieron de ella, desde 1815 y la derrota de Napoleón
en Waterloo, primero los ingleses, muy cuidadosos
en hacer olvidar todas las villanías
de las que se hicieron culpables durante, esquemáticamente,
los quince años que van del Consulado
hasta el desmoronamiento del Imperio. Luego,
por los detestables realistas franceses, deseosos,
por su parte, de hacer olvidar que, durante
esos años de grandeza, nunca cesaron
de pactar con los enemigos de Napoleón
–¡y vaya que no faltaban!–
lo cual, en tiempos más recientes, recibió
en Francia el nombre de « colaboración
».
La alegría
propiamente indecente de los realistas arrojadamente
refugiados en Gante, en Bélgica, durante
los Cien Días –la derrota francesa
de Waterloo fue festejada ahí con un
gran banquete, presidido, como es debido, por
Luis XVIII , es la última y la más
elocuente, al mismo tiempo que la más
sórdida, manifestación.
En semejante contexto de deshonestidad, se concibe
fácilmente que toda acción del
Emperador, en cualquiera que sea el ámbito,
le sea sistemáticamente imputada como
un crimen.
No obstante, hará falta finalmente que
un día « alguien » ¿pero
quién tendrá el valor de ser ese
« alguien »? tenga por fin el mínimo
indispensable de decencia y de honestidad para
restablecer la verdad, y hacer que ese hombre
prodigioso no sea más tratado en nuestros
libros escolares de « dictador »,
o de « carnicero de Europa », y
que nuestra época, tan apegada –de
palabra a esa « persona humana »
que sin embargo respeta tan poco, se acuerde
de que fue Napoleón, y nadie más
que él, quien escribió esta bella
frase que cito con frecuencia porque le define
tan bien:
«
NO
HAY MÁS ENEMIGOS DESPUÉS
DE LA VICTORIA
SINO TAN SÓLO HOMBRES.
» |
|
Después
de éste movimiento de furor plenamente
justificado, quise terminar por estos versos
del poeta ¡ruso! Mikhail Lermontov
(1814-1841), pues son, a la vez, una
condena sin apelación a nosotros, franceses,
que no cesamos de arrastrarnos ante los enemigos
de Napoleón, y un homenaje emotivo rendido
a la memoria del Emperador en el momento de
la restitución de su cuerpo a Francia:
 |
| Mikhail
Lermontov |
|
Lejos
de los últimos combates,
de los golpes desesperados,
Para vuestro horror, y sin ver su
herida,
¡Vosotros, como una mujer,
lo habéis traicionado,
Como esclavos lo habéis vendido!
Privado de los derechos, privado
del rango de ciudadano,
Él mismo, estando vencido,
depuso su corona
Y os dejó por prenda un hijo
al que amaba.
¡Ese hijo, lo libráis
a los enemigos!
Luego, cargando al héroe
con cadenas infamantes,
Lo habéis separado de sus
hombres en llanto,
Y más allá de los
mares, sobre una roca extranjera,
Olvidado de todos, murió,
solo. |
«
La última morada ». |
|