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Polémica
histórica |
| POR
QUÉ « NO
SE DEBE »
QUE NAPOLÉON
HAYA SIDO ENVENENADO |
| «
France
Soir »
del 27 de diciembre
de 2002 |
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Por
el Señor |
Jean-Claude
Damamme
*
Consejero
Histórico Especial
del Instituto Napoleónico
México-Francia
Representante en Francia
de la Sociedad Napoleónica
Internacional |
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| Sr.
Damamme |
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El
17 de diciembre, M6 nos ofreció
una emisión napoleónica,
a falta de ser imperial. Se destacó
la lamentable prestación
de un cronista mundano quien, a
propósito de la vida sentimental
de Napoleón, recurrió
a la bella expresión de “echarse
un tiro”, sin prejuicio de
la lección de anatomía
amorosa con la evocación
del misterioso punto G. ¡Qué
gran clase! Descubrimos también
“el error apenas creíble”
(sic) cometido por Napoleón
en 1812 durante la campaña
de Rusia: para hacer ceder al Zar
Alejandro, hizo marchar a su armada
sobre Moscú. Lo ignorábamos,
M6 lo revela al fin: de 1800 a 1815,
Francia fue gobernada por un hombre
que no sabía que, desde hacía
un siglo, Moscú había
perdido, en provecho de San Petersburgo,
su estatuto de capital de Rusia.
Se evocaron las causas del fallecimiento
del Emperador. A pesar del artículo
de la revista Science &
Vie, que se suponía
iba a torcer el cuello a la tesis
del envenenamiento criminal y enviar
al olvido los análisis del
Instituto de Medicina Forense de
Estrasburgo, el cual, salvo error,
es una autoridad mundial en ese
ámbito, el presidente de
la Fundación Napoleón
fue extrañamente reservado,
sin burlarse, como tenía
la costumbre de hacerlo, de una
teoría de la cual, notémoslo,
solo sus detractores tienen derecho
de hablar. Para ridiculizarla. Retomó
esencialmente las conclusiones del
dicho artículo: el arsénico
hallado en los cabellos del Emperador
no proviene de una intoxicación
por ingestión, sino de múltiples
fuentes posibles de contaminación,
desde hace largo tiempo catalogadas
por los historiadores, como el humo
del calentador y el pegamento del
papel tapiz de Longwood.
Entra en efecto en el sentido común
que estos dos “agentes exterminadores”
habían muy precisamente apuntado
a su víctima, puesto que
Napoleón fue el único
a morir de ellos. ¡Un “ataque
quirúrgico” antes de
tiempo!
Contrariamente a los que fueron
pasados por el tamiz por la investigación
de la revista en cuestión,
los cabellos que el “millonario
canadiense” Ben Weider hizo
analizar han sido siempre tomados
por sospechosos gracias a una semántica
sutil, como aquella expresión
de “cabellos atribuidos a...”
empleada por los científicos.
Hábilmente empleado, este
argumento echó la duda sobre
la autenticidad de los cabellos.
La respuesta es simple: toda persona
investida con poderes judiciales
no puede utilizar la mención
“cabellos de...” más
que si los ha cortado ella misma.
Aún así notemos esta
coincidencia “apenas creíble”,
para retomar la bella expresión
del especialista de la campaña
de 1812): ¿cómo es
que las cinco mechas de cabellos
analizados en Estrasburgo en 2001,
provenientes de todos los rincones
del globo y entregadas por cinco
personas diferentes podrían
todas presentar concentraciones
de veneno similares?
Otro
argumento semántico: los
científicos no han empleado
nunca el vocablo de envenenamiento.
Hubiese bastado hacerles la pregunta
para obtener una respuesta límpida
(lo que sin duda no era el objetivo
buscado): este término no
pertenece al vocabulario del científico
quien habla de “exposición
al arsénico”, sino
al magistrado, quien, en virtud,
entre otras cosas, de los análisis,
determina si hubo o no “envenenamiento”.
Esta rúbrica de la emisión
se terminó pues como importaba
que se acabara. El hombre que no
sabía hacer la diferencia
entre Moscú y San Petersburgo
sucumbió de un cáncer
del estómago. Como su padre.
Y poco importa que el Dr. Lucien
Israel, Profesor emérito
de cancerología y miembro
del Instituto de Francia, haya escrito
al canadiense Ben Weider que el
cáncer del estómago
“no es hereditario”
y que su “tesis (del envenenamiento)
es la buena”!
(*) Últimas
obras publicadas:
- Lannes, Mariscal de Imperio
(Payot)
- Los soldados de la Gran Armada
(Perrin)
- La batalla de Waterloo
(Perrin).)
- Las Águilas
en invierno, Rusia 1812 (Perrin)

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