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ECONOMÍA Y FINANZAS
 
Fiesta de noche durante la exposición de los productos de la industria en el patio cuadrado del Louvre en el año X (1801)
Estampa popular de la época, lavado de tinta china, acuarela y realces de gouache.
 
« No se puede hacer un título de la riqueza. Un rico es frecuentemente un perezoso sin mérito. Yo quiero que haya ricos pues es el único medio para asegurar la existencia de los pobres, pero no veo materia a la consideración en la riqueza »
Napoleón.
 
Pr. Eduardo Garzón-Sobrado.
PRESENTACIÓN GENERAL
Por el Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia
 
« El sistema del gabinete inglés será siempre aniquilar a Francia como su único rival, y reinar después despóticamente sobre el universo entero ».
Conde Simón de Voronzov, embajador de Rusia en Londres (1803).

En un artículo publicado en el diario de su Fundación de la cultura estratégica, y difundido enseguida en la publicación de Internet Global Research, el general Leonid Ivachov, vice-presidente de la Academia de Asuntos Geopolíticos, escribe:

-----« ¿Cuál es la verdadera razón por la que los Estados Unidos desencadenarían un conflicto militar en Irán? Actividades que tienen consecuencias de proporción mundial no pueden estar destinadas más que a tratar un problema mundial. Ese problema no es para nada un secreto – es la posibilidad de una quiebra del sistema financiero internacional sobre el dólar estadounidense. Actualmente, la masa de la moneda estadounidense rebasa el valor total de todos los haberes estadounidenses por un factor de diez. Todo lo que se halla en los Estados Unidos – industrias, inmuebles, tecnologías de punta, etc., – ha sido hipotecado más de diez veces por doquier en el mundo. Una deuda de semejante amplitud no podrá ser reembolsada jamás, solo puede ser retardada. Los montos en dólares que figuran en las cuentas de los individuos, de organizaciones y de Tesoros públicos constituyen una realidad virtual. Estas entradas no se apoyan sobre productos, objetos de valor o nada que exista en la realidad. Si este endeudamiento estadounidense es simplemente eliminado, será el fin de la regla bien establecida del becerro de oro. La importancia de los eventos que están por venir es realmente épica. Es por ello que el agresor ignora las consecuencias catastróficas globales de su ofensiva. Los “banqueros mundiales” en quiebra necesitan un evento de fuerza mayor de proporciones mundiales para salirse con la suya. La solución ya está prevista. Los Estados Unidos no tienen nada más que ofrecer al mundo para salvar al dólar en declive que operaciones militares como las de Yugoslavia, Afganistán e Irak. E incluso esos conflictos locales no dan más que efectos a corto plazo. Es preciso algo mucho más importante, y esa necesidad es urgente. »

Este texto neurálgico se torna aún más interesante en el caso que nos ocupa cuando, por medio de un ejercicio de transposición histórica, lo aplicamos – respetando toda proporción por supuesto – a los sucesos que marcaron el Primer Imperio francés, y de los cuales se estudiarán algunos de los aspectos financieros más importantes en el artículo que presentamos a continuación, así como a través de los textos que se incorporen sucesivamente a ésta rúbrica.
Reemplacemos por un momento a los Estados Unidos de América por Inglaterra –su antecesor imperial directo en los planos histórico y escatológico–, y a las diversas operaciones militares evocadas por Ivachov por las guerras de Coalición impuestas a Napoleón: tendremos entonces frente a nosotros, en toda su espantosa desnudez, una de las dos claves de las constantes ofensivas armadas financiadas por Albión contra el Emperador: la hegemonía comercial internacional.
En efecto, Napoleón se enfrentó toda su vida a los demonios del capitalismo salvaje, del libre mercado, derivados de las teorías económicas del barón Joseph Dominique Louis, y en especial a la corriente anglosajona – ciega y brutal – resultante de la doctrina de Adam Smith y de sus émulos (muy bien conocida y profundamente despreciada por el Emperador), y que a la larga se convertirá en el credo y dogma de nuestro mundo mundializado actual: valor fundado sobre la oferta y la demanda, el comercio libre de toda prohibición y control, la concurrencia elevada a nivel de principio, el sistema del crédito público y de los empréstitos, « que no son más que un juego de anticipaciones ruinosos », escribirá el soberano en una nota para el reporte de la situación del Imperio, en octubre de 1808.
En un decreto de diciembre de 1810, explica más detalladamente, en torno al tema del sistema del empréstito que: «Este medio es a la vez inmoral y funesto; impone por adelantado a las generaciones futuras; sacrifica al momento presente lo que los hombres tienen más caro, el bienestar de sus niños; arruina insensiblemente el edificio público y condena a una generación a las maldiciones de las que la siguen.» En verdad éstas no eran palabras vacuas, y es sorprendente constatar que tras su ascensión al poder, después de haber encontrado una Francia exangüe, arrasada por el bandolerismo y en plena bancarrota tras diez años de guerras intestinas e internacionales ininterrumpidas, para el año 1802 el Primer Cónsul ya había levantado y restablecido por completo la economía nacional, precisando para semejante hazaña tan sólo dos años. A pesar de los incesantes conflictos que tuvo que enfrentar en los años siguientes, para 1813 el Emperador, sin haber contractado jamás un empréstito, había creado en Francia una base institucional y una administración tan sólidas y fabulosas que el Tesoro del Eliseo rebozaba con trescientos millones de francos, subsistiendo además hasta nuestros días las instituciones por él creadas para dicho fin. ¡De qué maravillar a nuestros dirigentes modernos!

Como lo veremos a lo largo de este expediente, Napoleón, perpetuamente confrontado al sindicato criminal de los nómadas mercantis, rechazando y combatiendo sin descanso al pujante sistema de libre intercambio – larva de ese mundialismo economico-financiero incipiente que, por su naturaleza misma, sembraba ya las raíces de la lucha identitaria y del conflicto de civilizaciones que hoy en día nos minan y nos desgarran –, nunca quiso aplicar una concepción global a la economía europea, prefiriendo al liberalismo económico una política empirista y de reglamentación.
Preocupado ante todo por el buen aprovisionamiento de las comunidades, por el desarrollo social común y el amparo de las clases desfavorecidas y campesinas, impuso un régimen proteccionista que concedía un gran valor al desarrollo de la agricultura y de la industria manufacturera, en suma, un sistema que algunos especialistas han llamado « colbertista » por su manifiesto conservadurismo.

« El dinero es el nervio de la guerra », señalaba el Emperador, – en cierto modo parafraseando al Mariscal de Sajonia cuando afirmaba que « para hacer la guerra se necesitan tres cosas: dinero, dinero, y más dinero » – y tal vez nunca en la historia se vio un ejemplo tan claro y viciado como durante el enfrentamiento a muerte que se libró entre Inglaterra y Francia, entiéndase entre la oligarquía plutocrática y Napoleón I. En efecto, la ancestral rivalidad franco-británica iba más allá de los océanos y se llevaba a cabo a una escala planetaria.

Es de notar que Inglaterra, que entonces se encuentra en plena expansión colonial, no ocultó nunca su ambición de dominar el mundo; para ella en particular, en este enfrentamiento, no se trataba de nada menos que de una carrera a la supremacía mundial, política, pero ante todo comercial, para apropiarse las materias primas a bajo precio, obtener mercados comerciales protegidos y asegurados por posiciones estratégicas que garantizasen unos como otros. Para alcanzar sus fines, Inglaterra contrarresta la fuerte posición territorial de Francia en el continente con un arma más poderosa, una manifiesta superioridad naval que le brinda un predominio indiscutido y le permite despojar a las demás naciones de sus riquezas y posesiones. ¡Malhaya a quien ose no secundar sus planes! ¡Recordemos la incautación inglesa de los navíos neutros a partir de 1807, o, ese mismo año, más terrible aún, el bombardeo homicida y perverso de Copenhague y la masacre de los civiles de esa ciudad!

Esta verdadera razzia generalizada se concentra específicamente en el enfrentamiento con Francia, a la que el gabinete británico quiere arrebatar las islas de Martinica y de Guadalupe, además de diversos establecimientos: factorías, plantaciones y dependencias ultramarinas.

No desprecies a tu enemigo
Caricatura – británica – que evoca una lección de civismo suministrada a los salvajes de las colonias inglesas. Detalle picante: el maestro de este peculiar curso no es un catedrático o un religioso, sino un comerciante, representado bajo los rasgos característicos de John Bull.
Nathan Mayer Rothschild (1777-1836)
Hijo del fundador de la conocida dinastía de banqueros y usureros judíos, apuntaló al Gabinete de Londres en su insaciable política beligerante contra el Emperador Napoleón en el marco de las Guerras de Coalición, inyectando cuantiosos fondos en apoyo a las tropas de Wellington durante las campañas de Portugal y de España. También Prusia se beneficiaría con este tipo de fomentos, gracias al préstamo de £ 5 000 000 por parte del financiero, cuyo hermano y representante en París, Jacobo « James » Rothschild, canalizaba fondos franceses para alimentar las campañas militares contra Francia.
En 1815, año de la fatídica batalla de Waterloo, el especulador se expresaría de esta forma: « No me importa qué marioneta sea colocada sobre el trono de Inglaterra paga gobernar el imperio en que el sol no se pone. El hombre que controle el suministro de dinero británico controla al Imperio Británico, y yo controlo el suministro de dinero británico ».

La famosa expedición de Egipto y la encarnizada reacción de Inglaterra contra dicha iniciativa deben entenderse dentro de ese contexto determinado. Por lo demás, el gobierno británico mantiene fuerzas de ataque terrestres y navales constantemente reforzadas en las Baleares, en Malta, en Nápoles, en Sicilia, incluso en Livorno, y posee desde 1713 la llave maestra del Mediterráneo, a saber Gibraltar, puerta comercial de África y las Indias.
En estas condiciones particulares, dispuesta a todo a fin de concretar su proyecto de dominio universal – su proyecto global sería una expresión más edulcorada y actualmente comprensible para el lector contemporáneo – la opulenta Albión se encuentra en una excelente posición para poner en marcha todos sus recursos a fin de derrotar a Francia, su enemigo hereditario, y ante todo a su soberano, quien de manera abierta desafía y se opone a su sistema financiero usurero, sobre el cual se sustenta todo el edificio económico y expansionista de Inglaterra, pero también su proyecto a futuro. El destino todo entero del imperio británico está pues en juego, y, desde Londres, el gabinete de los Pitt y de los Castelreagh no escatimará esfuerzos ni dinero, prodigando éste último espléndidamente (66 millones de libras de oro de la época, es la cifra oficial) para organizar, una tras otra, a las coaliciones de los estados absolutistas de Europa, subsidiando con feroz obstinación las innumerables guerras por procuración que ensangrentaron al continente durante veinte años, por ende condenando a Napoleón, muy a su pesar, a la guerra a perpetuidad, siempre en estado de legítima defensa de Francia y de su integridad.
Estos conflictos son los que, como resultado de una maquiavélica manipulación semántica concebida y fabricada por el gabinete inglés, y perpetuada por sus comparsas y deudores, se persiste en conceptuar erróneamente hasta nuetros días como « Guerras Napoleónicas », cuando en realidad no fueron otra cosa que masivas guerras de coaliciones; el lector sensato sabrá apreciar la diferencia.

Para concluir, podemos decir que el enfrentamiento entre Inglaterra y Francia de alguna manera se asemejó a una moderna Guerra Púnica, salvo que, como lo dijimos más arriba, a un nivel mundial.

« Mi posteridad, dice el Emperador a Caulaincourt en 1812, que juzgará con imparcialidad, pronunciará entre Roma y Cartago. Su juicio será a favor de Francia. Ésta no combate hoy, a pesar de lo que se diga, más que por el interés general. Luego es justo que las banderas del continente se unan a las nuestras. Francia no combate hoy más que por los derechos más sagrados de las naciones, mientras que Inglaterra no defiende más que los privilegios que se ha arrogado. »

Es triste constatar que la posteridad no ha emitido el fallo esperado, y persiste en su error de condenar al Emperador Napoleón, último paladín del principio del Derecho privado mediterráneo contra el principio de libre asociación anglosajón, último campeón en la lucha secular entre las vistas políticas de estas dos culturas.
Sin duda no ajeno a estas nociones, el poeta y humanista Henri Heine aseveró que: « En Waterloo, no fue Francia la que perdió, fue el mundo ». Nada es tan cierto como esta afligida constatación.
En este sentido también, no cabe duda que la vida y la obra del Emperador, hoy más que nunca, constituyen una importante fuente de reflexión, una incontestable prueba de su persistente modernidad, pero ante todo un ejemplo más, por desgracia sin parangón en la actualidad, para la juventud y el futuro del mundo.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

MARTE Y MAMMÓN
Por
Maximilien Vox
Maximilien Vox (1894-1974)
 
« Cuando un gobierno es dependiente de los banqueros para el dinero, son los últimos, y no los dirigentes del gobierno, los que controlan la situación, puesto que la mano que da está por encima de la mano que recibe. [...] El dinero no tiene patria; los financieros no tienen patriotismo y no tienen decencia; su único objetivo es la ganancia ».
Napoleón.

Militarmente, la campaña de Austerlitz terminaba en apoteosis; financieramente, estuvo cerca de acabarse por un desastre. El 2 de diciembre, si Napoleón hubiese sido derrotado, estaba además arruinado.

Mientras nuestros ejércitos avanzaban a marchas forzadas, ganando batallas « con sus piernas más aún que con sus bayonetas », se peleaba en las calles de París frente a las ventanillas de la Banca de Francia, que no rembolsaba más que un billete a la vez, en escudos contados uno por uno, lentamente, para ganar tiempo...

Pues ya no había más que papel en las cajas públicas; y todo ese papel, por un acto de pasapasa fantástico, portaba la misma firma que las facturas cuya contraparte estaba supuesto asegurar: la del más célebre negociante de los tiempos modernos.

Gabriel-Julien Ouvrard, celta de ojo azul, de tez fresca, nariz breve y labios finos, ciertamente no presenta el tipo semita: es sin embargo bajo esos rasgos que Napoleón parece haberse representado el peligro « judeo-capitalista » tal como se le presentó durante su paso por Estrasburgo, a su regreso de Alemania, cuando los alsacianos se quejaron ante él de los usureros judíos. La lucha en dos frentes que va a entablar apenas esté de regreso en París es uno de los episodios más curiosos de su reino, y de los menos conocidos. Tratemos de ver claro.

Ouvrard, cuyo nombre legendario se quedó como un sinónimo de especulación, había comenzado a los diecinueve años dándose cuenta, desde 1789, que toda revolución política debuta inevitablemente por una derroche de papel impreso. Tomó opción sobre el conjunto de la producción papelera del Poitou, y realizó un beneficio neto de 300,000 francos-oro.
A los veintidós años, importador en Nantes, especula con los ultramarinos coloniales. A los veintitrés, primer millón. Veinticuatro, banquero en París. Veinticinco, proveedor en el ejército. Veintiséis, quince millones. Veintisiete, abastecedor general de la marina. Veintiocho, treinta millones: propietario de Azayle-Rideau, Mar1y, Luciennes, Saint-Brice, Villandry, Clos-Vougeot. A los veintinueve años, mantiene a la bella Madame Tallien y comienza a hacerle una serie de niños, uno de los cuales será el Dr. Cabarrus.
Gabriel-Julien Ouvrard (1770-1846).

Había en él algo de Figaro y de Grandet. Pero también de Fouquet. En su palacio de Raincy, el Todo-París político, financiero y galante come, baila y se acuesta en una fiesta que dura trescientos sesenta y cinco días al año. Las tres cabinas de porteros están ocupadas por tres ministros: Talleyrand, Berthier, Decrès. Un solo nombre faltó siempre al llamado: Bonaparte.

Desde su primer contacto, en 1795, el general de veintiséis años no se había tocado el corazón para mostrar al financiero de veintisiete años una sorda « enemistad » que debía tener, dice éste último, « una influencia tan funesta sobre mi vida. Era, añade, no sin fatuidad, de todos los que componían la sociedad de Madame Tallien, el que estaba menos en evidencia. Estaba lejos de prever entonces que él tendría un día en sus manos los destinos del mundo...
Yo tenía mi fortuna hecha, y Bonaparte la suya por hacer. Impaciente de toda superioridad (sic) disfrazaba mal el disgusto que la causaba esta diferencia de posición. Pero uno se equivocaría si se quisiera tomarme por un hombre político. Soy únicamente un hombre de negocios, un especulador que no se niega a ninguna operación cuando ésta puede realizarse por beneficios. »

Los economistas, y un buen número de historiadores, se burlaron de las concepciones financieras de Napoleón o las han tratado con desdeño; se dio a entender, en la era de oro del capitalismo, que el Emperador no conocía nada de ello, y que su rechazo obstinado de fiarse a las teorías del barón Louis y de organizar el crédito, pertenecía a una mentalidad de hidalgüelo campesino y de anglófobo inveterado. Y ciertamente, los principios financieros del Emperador son de una simplicidad heroica: se resumen en el buen uso del Debe y el Haber, y caben por entero en la clásica libreta de la lavandera.
Si se obstinó a reducir el arte financiero al de la contabilidad, no fue por el hecho de tener una cabeza mal hecha para las nociones convertidas en clásicas de la economía liberal, sino porque, muy al contrario – comprendiendo a ésta hasta sus últimas consecuencias, no quiso de ella.
La pregunta permanece entera de saber si hubiese estado en su poder oponérsele y si el dinero era – como lo decía antaño a la tribuna un servidor del dinero, Léon Say – « más fuerte que Napoleón ».
El rigor de su actitud, durante la discusión judía, se motivará por la resolución de poner el poder del « Éstado atravesado a toda nueva extensión del poder de las finanzas anónimas. Nada le hará desviarse del principio que los proveedores y los hombres de negocios son el azote de una nación.
« [Napoleón] decía, recuerda Chaptal, que el comercio seca el alma por una codicia constante de ganancia, y añadía que el comercio no tiene ni fe ni patria. » Pasquier se queja del « estado de hostilidad o al menos de desconfianza en el que el Emperador siempre quería colocarse en relación al comercio. Se obstinaba en no confiarle nada, estaba convencido de que no se podía evitar ser engañado por él, y quería por consecuente que todas las operaciones se hicieren por medio de la administración de rentas y por agentes de su gobierno. »

Toda su vida, Napoleón permanecerá escrupulosamente apegado a lo que escribía al principio del Imperio: Mientras viva, no emitiré ningún papel. Y no es ciertamente la cosa menos sorprendente de su reinado, que después de tan grandes actos logrados, incluso después de desastres inauditos, habiendo tomado las finanzas de Francia radicalmente arruinadas, las haya dejado más prósperas que las de los demás Estados e Europa, observa Thiers.

Por su lado, Ouvrard formula la profesión de fe que se convertirá en el credo del Siglo XIX: « El único tesoro de los imperios, es el crédito. Es una desgracia que un gran Estado como Francia no deba dos o trescientos millones de rentas... El impuesto mata y la deuda vivifica. »

Vivifica a los financieros, se dice su poderoso contradictor – que ve los grandes beneficios como una especie de robo hecho al Estado – pero mata las finanzas públicas. « Todas las potencias me envidian mi sistema de impuestos, que consiste en tener muchos de ellos cuyo monto se eleva o se rebaja según las necesidades, por medio de céntimos adicionales, como el licor se eleva o baja en el termómetro, de tal suerte que puedo bastarme, cualesquiera que sean mis necesidades, sin recurrir a un nuevo impuesto cuyo establecimiento siempre es difícil.
Quiero hacer el bien de mi pueblo y no seré detenido por los murmullos de los contribuyentes. A Francia le hacen falta grandes contribuciones: serán establecidas. Quiero fundar y preparar para mis sucesores recursos seguros, que puedan hacer las veces de los medios extraordinarios que supe crearme
. »
Joseph Fiévée (1767-1839)

Fiévée, pederasta de policía, sabía agradar a su correspondiente, cuando escribía en una nota secreta a Bonaparte:
« Que nunca el Primer Cónsul se deje echar en lo que hay hoy en día de más democrático en Europa, el crédito público, la mayor estafa que el genio financiero haya inventado. Nunca se me hará creer que una deuda pública sea un crédito público, ni que sea prudente llevar al porvenir una parte de los lastres del presente, a menos de tener la palabra de Dios... »

Y en otra parte: « Si se mira el dinero que se le puede atrapar a los capitalistas como prueba de crédito, nada es tan fácil como darse esa satisfacción, porque nada es más tonto que la codicia. La historia de las finanzas no es rica más que en las pruebas de esta aserción. Ofreced a los capitalistas 5%; si no vienen a vos, ofrecedles 10; si dudan, ofreced 15, 20, 30, 40, ¡qué importa! Terminarán por venir, estarán todos sorprendidos cuando les haga bancarrota y chillarán que hubo injusticia. Se les podrá responder: « Sois locos o bribones: locos, si habéis creído que un gobierno cualquiera podría pagar por mucho tiempo intereses tan exorbitantes; bribones, si lo habéis esperado.
Pero si esos locos se cotizan, como lo han hecho bajo ministros con crédito público, si se apoderan de la opinión y la ganan ascendiendo sobre la propiedad territorial, adiós el gobierno. La monarquía, las finanzas y los capitalistas morirán juntos; catástrofe digna de todas las extrañas ideas que hacen de una deuda una riqueza, y que, reducidas a su verdadera expresión, no serían más que el arte de siempre gastar por encima de su ingreso. »

Toda la doctrina Napoleónica está en esta página, cuya palabra clave es propiedad territorial.

Más profundo que los sistemas: el instinto. En su fibra, Napoleón está penetrado del amor de la tierra. Tal vez no haya amado verdaderamente más que a ella.
La tierra que se ve, que se toca, que se mide al galope de un caballo, al paso de un soldado de infantería, y cuyo retrato, bajo la forma de mapa de estado mayor, es tan dulce de mirar que uno se acuesta boca abajo sobre él... La gloria es de aquel quien habrá reunido más tierra: la dicha, a quien sabe contentarse de poseer un poco. Así, la propiedad del terrateniente es para Napoleón la única realidad; el catastro, que lo inscribe, la tatúa sobre la superficie del suelo, es el arte sagrado por excelencia.

Geógrafo, geólogo, geómetra, palabras cargadas de pasión... Tierras, territorios, el Emperador está enamorado de la corteza del orbe, hasta en su sabor terroso. Gusta de los ingresos en corte de madera, de las inversiones en canales, las contribuciones que se cuentan en jornadas de remoción de tierras... En Santa Helena, agotará su mundo al manejo de la carretilla y de la pala de zapador.

En lo cual permanece un romano, un agrimensor, un hombre de pesos y medidas, que no se fía íntimamente más que a lo que pesa y se cuenta. Físico, pone una terrible dosis de desprecio en el empleo que hace de la palabra metafísico.

El jardinero de Santa Helena
El Emperador Napoleón labrando en los jardínes de su prisión de Longwood House.
Estampa anónima francesa de la época.

Su espíritu ama no proceder más que por cantidades conocidas: ¿por qué un franco no sería un franco, como el día es un día, una legua una legua, un hombre un hombre – y la bola de cañón, que le matará, una bola de cañón?

Esta curvatura del alma determina la actitud del Emperador ante el capitalismo y ante la usura. Él es de antes del progreso moderno, como nosotros somos de después: los descubrimientos científicos y los perfeccionamientos mecánicos todavía no habían vuelto irreversible la noción de progreso indefinido.

En este sentido, Napoleón pertenece al mundo de César y de Carlomagno - mi augusto predecesor. A pesar de las mejoras aportadas a la balística y al atalaje de las bestias de tiro, los medios de acción de que dispone no difieren esencialmente de los de la edad media, ni de la antigüedad. La distancia, en tiempos de Napoleón, es siempre la distancia: el tiempo sigue siendo el tiempo. ¡Que la libra de plata se quede pues una libra!

La obra de reconstrucción del Consulado fue ante todo financiera; sus efectos duraron más de un siglo, porque su autor, una vez restablecida la confianza, se negó a hacer de ella un objeto de especulación, como a lo que le invitaban incesantemente los teóricos de la economía a la inglesa – y los prácticos del pillaje del ahorro, el cual se concentraba en los fondos públicos. La encerró con triple cerrojo en las cajas fuertes del Estado, y creyó haber encontrado al guardián ideal a quien confiarle la llave. El antes marqués de Barbé-Marbois era uno de esos políticos supuestamente técnicos que han costado tan caro a Francia. Su elección como ministro del Tesoro fue uno de los errores de Napoleón, como consecuencia de una deformación difundida entre los « grandes patrones »: la complacencia por sus propios defectos cuando los hallan en ciertos subordinados. El espíritu puntilloso de Barbé-Marbois, su reputación de molestón, su manía del detalle parecieron al Primer Cónsul los signos exteriores del talento administrativo.

El gigante del comercio hundiendo al pigmeo bloqueo
El coloso comercial, fírmemente asentado en las islas británicas, rodeadas de buques de guerra, vierte en el continente todos los productos fruto de la industria y del tráfico ingleses. Caricatura inglesa de 1807.

Las caricaturas de aquel tiempo son pesadas, pero tienen alcance: un dibujo satírico representa al ministro-técnico asomado en el balcón de su ministerio, ocupado en señalar en una libreta el nombre de los empelados que llegan con retraso. Mientras tanto, su secretario le está sustrayendo discretamente millones del bolsillo de su traje.

Ese secretario se llamaba Roger; ejercía las funciones de funcionario principal del Tesoro, y el hombre por cuya cuenta trabajaba no era otro que Ouvrard. Bajo el título patriarcal de la Compagnie des Négociants Réunis (Compañía de los Negociantes Reunidos), éste se había en efecto asociado los principales « hacedores de servicio »: Séguin, el ilustre inventor, cuyo « descubrimiento » de la técnica para curtir en veinticuatro horas le había valido a los ejércitos de la República el vencer sin zapatos; los hermanos Michel, peor que sospechosos del asesinato de sus depositantes, el emigrado Rivière; Vanlerberghe, magnate del mercado del trigo, cuya mujer, dícese, mantuvo preso al Regente como garantía de su cinturón. Desprez, antiguo cajero, uno de los regentes de la Banca de Francia (otra institución privada) servía de banquero comisionista a una combinación verdaderamente luminosa.

El principio consistía en utilizar los cuatrocientos millones de la reserva de oro que duerme inaccesible en los sótanos del virrey de México, bloqueada por los cruceros ingleses – para echar mano sobre el dinero vivo y corriente que yace en el bolsillo del contribuyente francés.

El mecanismo es ingenioso, pero simple: contra adelantos autorizados a 9%, la compañía Ouvrard-Négociants Réunis (Ouvrard Negociantes Reunidos) se hace entregar por el Tesoro las deudas de los recaudadores generales, garantizadas por anticipado con el ingreso de los impuestos inmobiliarios. Habiéndolos hecho negociar a 6% por la Banca de Francia, usa el producto para soldar a los proveedores generales del ejército: MM. Ouvrard, Vanlerberghe et Cie. A cambio, los cofres del Estado reciben bonos de la Caja de Consolidación de Madrid: pues justamente se acaba de encargar del « subsidio de neutralidad » anualmente impuesto al gobierno español una cierta sociedad Ouvrard et Cie de Bordeaux – cuyo coasociado no es otro que el rey Carlos IV de España en persona: el contrato está firmado: Yo, el Rey. Dicha sociedad recibió el monopolio exclusivo del comercio con la América española, incluido el de los metales preciosos.

Pronta llegada de los productos coloniales; sátira de la época.

El circuito consiste, así, en pagar en tintineos de piastras, – y cobrar en billetes de la Banca de Francia: pues la garantía de base es puramente teórica, haciendo Pitt oídos de mercader a las solicitudes de la banca anglo-holandesa Baring and Rope que se encargó de importar a Europa el fabuloso metal del que se alimenta la guerra. El grupo Ouvrard está pues obligado a sisar del Tesoro, mediante un millón de comisión entregada bajo mano al comisionario Roger, el permiso exorbitante de extraer contra simple recibo los fondos disponibles en la caja de los recaudadores generales de las contribuciones. De tal forma que la Banca, presentando a éstos las deudas descontadas, no puede recibir nada más que los recibos de los Négociants Réunis. Ha emitido papel contra papel.

El ministro de las Finanzas Gaudin escribe en sus Memorias: « De ello resultó que, al haberse esparcido la inquietud entre los portadores de billetes, que se presentaron en masa al reembolso, la Banca se encontró imposibilitada de satisfacer todas las demandas. En algunos días, el número de demandantes se elevó a varios miles de hombres de todas clases, que se juntaban en tumulto y que amenazaban eminentemente la tranquilidad pública. Se había logrado dividir a esa muchedumbre haciendo distribuir cada día, en diversas municipalidades de París, una cierta cantidad de números que había que representar a la guardia colocada en las avenidas de la Banca para ser admitido para entrar. Sin embargo sus billetes habían llegado a perder hasta 15 por ciento. Se los rechazaba en los pagos, como siempre se tiene el derecho. Esos rechazos eran diferidos a los tribunales cuyo embarazo era extremo; y era imposible prever el resultado de una crisis cuya malevolencia hubiese podido tan desdichadamente aprovechar, cuando la noticia de la victoria obtenida en Austerlitz y la de una paz próxima vinieron a calmar los ánimos y trajeron de vuelta el orden tan prontamente como había sido turbado.
… Este evento
, añade, una vez del cocimiento del jefe de gobierno, le determinó a apresurar la conclusión de la paz y a precipitar su regreso, a fin de venir a juzgar por sus propios ojos la extensión del mal, y de avisar el medio de encontrarle remedio ».

La presencia de ánimo de Napoleón durante la campaña parece meritoria, cuando se recorre las noticias que recibía de París. Ofensiva de los bajistas (detrás de ellos, Fouché), pánico de los portadores de valores, peleas de calle, quiebras, suspensión de pagos de la Banca – cada correo de José Bonaparte le trae un testimonio de la incuria de aquellos en quienes puso su confianza. Su hermano, por cierto, rivaliza de pusilanimidad con Barbé-Marbois; no sueñan más que con pasarse las responsabilidades, temblando ante las intimaciones de los Negociantes Reunidos, y conjurando al Emperador, quien se bate en el Danubio, de ir en su ayuda acerca del partido que se debe tomar.
« M. Barbé-Marbois me pareció desear estar autorizado a hacer pagos de varios millones al Sr. Vanlerberghe; él cree que es mucho lo debido a ese proveedor... El Sr. Desprez parece descreditado; continua pidiendo a la Banca más billetes de los que ésta puede darle. El Sr. Perregaux acaba de confesarme que la Banca ya no tenía más que seis millones de billetes… Se nos da a esperar piastras de España... El ministro del Tesoro no propone ningún partido: propuso hoy reducir los sueldos de un cuarto...
Suplico a Vuestra Majestad escribir al Sr. Barbé-Marbois... La cola llegó hasta las dos mil personas, y hubo muchas palabras y hasta vías de hecho... La compañía Vanlerberghe está haciendo bancarrota...
En medio de sus ocupaciones tan variadas y tan graves de la guerra que hace con tanto éxito, es indispensable que Vuestra Majestad se ocupe un momento de estos dos objetos... »
En el instante decisivo en que Napoleón, vencedor de los austriacos, deja Viena para dirigirse al encuentro del ejército ruso, se ve obligado a escribir el billete siguiente:

« Znaïm, 18 de nov. de 1805 – Hermano mío, recibí vuestra carta del 15 en Moravia. Sigo al ejército ruso con la espada en los riñones. En los diferentes encuentros, ha sufrido una pérdida de aproximadamente seis mil hombres. Marcha a grandes jornadas para evacuar Austria. Cuento estar mañana en Brunn. Mis postas avanzadas están sobre el Olmütz, plaza fuerte en la cual se ha refugiado el emperador de Alemania. – Todo lo que sucede a la Banca era previsto desde hace tiempo por la gente sensata. La razón primera es que descuenta toda clase de papeles en circulación; pero un vicio radical y al que veo poco remedio, es que la mayor parte de los agentes tienen un interés opuesto al del público y del Estado. Me ocuparé de buscar un remedio a mi regreso; hasta entonces, hay que dejar ir. Podéis anunciar que estaré en París antes de Navidad. »

El momento ha llegado para los Négociants de levantar partida. La Compañía ha sido íntegramente pagada, declara flemáticamente Vanlerberghe en el Consejo de ministros; pero, faltando España, reclama « una ayuda de veinte millones, a falta de la cual la quiebra es inevitable » y el servicio del abastecimiento será suspendido. Acordado. Luego, son cien los millones que Desprez exige a su vez, para asegurar los gastos del Tesoro: Marbois vacía los cofres de los recaudadores en las manos de la Compañía, a cambio de la simple firma d ésta.

El Emperador, de lejos, comienza a medir la extensión de los daños.
« Habéis echado veintiséis millones al agua... Espero en el transcurso del mes estar en París, y por el desorden que veo en las finanzas, tengo mucha prisa... Un ministro ha dicho que valía más dar cien millones al Sr. Vanlerberghe que dejar que le falten. Permitidme decir que éste es un argumento de manicomio. Ese ministro probablemente no conoce las cifras y no sabe lo que son cien millones... No tenéis derecho a dar un centavo sin una ordenanza de un ministro. El mundo perecería, no tenéis derecho de salir de vuestras atribuciones. »

Ante estas reprobaciones, el 4 de diciembre solamente, la Compañía es remplazada en sus funciones esenciales por una agencia de cinco recaudadores generales. « El ministro ha sido engañado por esta compañía - constata plácidamente José… - Es un gran mal del que somos bien inocentes... pero hay que creer que a la larga el Tesoro recuperará sus anticipos. »

« Schönbrunn, 23 de diciembre de 1805 – Hermano mío, os envío una carta abierta de la cual tendréis conocimiento, y que entregaréis al Sr. Barbé-Marbois después de haberla sellado. Dudo si debo atribuir a la traición o a la ineptitud la conducta de ese ministro. Anticipó a los proveedores 85 millones del dinero del Tesoro. Si yo hubiese sido derrotado, la coalición no tenía un aliado más poderoso.
Pongo en suspenso mi juicio, hasta que haya podido esclarecer por mí mismo la naturaleza de un déficit tan enorme; El Sr. Barbé-Marbois ha traicionado su deber. Es inútil hablarle de esto y de alarmarle hasta mi llegada, que es inminente.
Podéis mostrar esta carta al ministro de las Finanzas, y hacer venir en secreto al cajero que tiene las obligaciones, para saber lo que salió de su caja, y aseguraros que no saldrá más de ella. Os diré francamente que creo que este hombre me ha traicionado. No digáis nada de esto al Sr. Cambacérès, porque los hermanos Michel algo tienen que ver en ello, y no sé hasta qué punto sus intereses pueden estar inmiscuidos. Decid solo ligeramente al Sr. Marbois que esto es precursor de una tormenta; que no hay más que un medio de conjurarlo: es que las obligaciones sean restablecidas al Tesoro a mi llegada.
»

En París, el sudor frío empieza a fluir. « Sire, balbucea por escrito el muy apesadumbrado José, he recibido la carta de Vuestra Majestad del 2 nivoso. He remitido al Sr. Barbé-Marbois la que le estaba destinada; le he hecho sentir que tenía que hacer todos sus esfuerzos para restablecer las cosas a su estado natural al Tesoro. Le haré llegar los mismos consejos por medio de otras personas; creo que se dedicará a ello con todo su poder. »

La caja de las obligaciones está desde ahora puesta, materialmente, bajo triple cerrojo: pero ya no contiene más que « bonos Desprez ». El trueno se acerca.

Como todo ministro en déficit, Marbois se otorga un satisfecit: « En vista de la dificultad de lasa circunstancias, he pagado y dirigido los asuntos de la manera más ventajosa. »

« En Napoleón, dice magníficamente Thiers, la dicha del éxito no interrumpía jamás el trabajo. Esta alma infatigable sabía a la vez trabajar y gozar. »

De regreso en las Tullerías a las diez de la noche, el 26 de enero de 1806, recibe a las once a Gaudin, ministro de Finanzas; hacia la media noche, una orden es lanzada por estafetas, convocando para el principio de la mañana a los ministros del Tesoro y de las Finanzas, a los consejeros de Estado Defermon y Crétet, Mollien, director de la Caja de amortización; por otro lado, a los gerentes de los Négociants réunis, finalmente al hombre del soborno, Roger.

A las seis de la mañana, el 27 de enero, Napoleón visita los embellecimientos realizados al palacio durante su ausencia, a pesar de su aversión bien conocida por los olores de pintura; a las ocho, el archi-canciller Cambacérès es introducido al gabinete. Todo da a creer que es mucho el caso de fusilar; el antiguo responsable del litigio de Ouvrard tiene buenas razones para preconizar una liquidación. El consejo de las finanzas apenas reunido: - Parece, pronuncia el Emperador, que los mayores peligros del Estado no estaban en Austria. Escuchemos el reporte del ministro del Tesoro.

Desde las primeras palabras, estalla: - Veo de lo que se trata. Es con los fondos del Tesoro, y con los de la Banca, que la compañía de los Négociants ha querido sufragar los asuntos de Francia y de España. Y como España no tenía nada que dar sino promesas de piastras, es con el dinero de Francia con lo que se cubrió las necesidades de ambos países. España me debía su subsidio, y fui yo quien le proporcionó uno. Ahora es preciso que los Señores Desprez, Vanlerberghe y Ouvrard me entreguen todo lo que poseen, que España me pague a mí lo que les debe a ellos, o que echaré a esos señores a Vincennes, y enviaré un ejército a Madrid.

Barbé-Marbois tuvo entonces un comentario: « Sire, dijo lamentablemente, os ofrezco mi cabeza ». Y recibió la respuesta: « ¿¡Qué quieres que haga con ella, gran pen... !? »

Entonces Napoleón hizo entrar, cuenta Thiers, a los miembros de la Compañía. Los Señores Vanlerberghe y Desprez, aunque los menos reprensibles, se fundían en lágrimas. « Durante una hora, confirma Mollien, me pareció que el rayo caía del cielo sobre tres individuos sin resguardo. » El Sr. Ouvrard, quien había comprometido a la Compañía por medio de especulaciones aventuradas, estaba perfectamente tranquilo, « inmóvil como una roca ». Se esforzó en persuadir a Napoleón de que había que permitirle liquidar él mismo las operaciones tan complicadas en las que había comprometido a sus asociados, y que sacaría de México (*), por la vía de Holanda y de Inglaterra, sumas bien superiores a las que Francia había anticipado... Pero Napoleón estaba demasiado irritado y tenía demasiada prisa de encontrarse fuera de las manos de los especuladores: puso a los asociados frente a la necesidad del reembolso total e inmediato.
El Conde Barbé-Marbois (1745-1837)

La permanencia de los « desempernadores » de la estatua imperial ha sido retomada desde hace poco por el Sr. Jean Savant, que pone a Ouvrard (así como a Barras y a Fouché) muy por encima de Napoleón I. No se cansa de admirar en Gabriel-Julien: « el secreto del éxito Napoleón, el artesano de Marengo, la providencia de los príncipes, el gran curador, y el liberador del territorio: pocos hombres en el curso de los siglos, – dice, han hecho a la patria un servicio de esa envergadura ». Su héroe no ponía tan alto sus ambiciones: « ¿Estaba acaso encargado de la fortuna pública? Confiesa sin misterio. No, yo era especulador; vendí mis productos, puse mis precios... Vender demasiado caro no es un crimen, al comprador corresponde estar al tanto ».
Es el punto de vista capitalista al estado químicamente puro, odioso a los ojos del Emperador. Pero no está probado que haya escrito, y menos aún gritado: El caso Ouvrard es grave, hay que hundirLE a fondo, como cree saberlo el Sr. Savant – quien acusa a nuestro difunto maestro Louis Madelin de falsificación por haber impreso: hundirLO a fondo (es decir, llevar el caso hasta sus últimas consecuencias), en su calidad de escritor francés conocedor de su Littré, su Larousse, y su vocabulario usual de las expresiones napoleónicas.

Después de haber dejado ir al consejo, Napoleón retuvo a Mollien, y sin esperar de su parte ni una observación, ni un consentimiento, le dijo: Protestaréis hoy como ministro del Tesoro. El Sr. Mollien, intimidado aunque halagado, vacilaba en responder – ¿Es que no tendríais ganas de ser ministro?... añade el Emperador.

Apenas en funciones, Mollien instituye una Caja de Servicio en la que los ingresos fiscales son depositados poco a poco, sustrayéndolos del agio. Por otra parte, la Banca de Francia deja de ser una empresa privada para recibir el estatus que la ha hecho ilustre. Se convierte en « una institución gubernamental comanditada por particulares », bajo un gobernador nombrado por el Emperador: Crétet.

« Lo que prueba, dice todavía Thiers – quien estudió el expediente de viso - la confusión a la que se había llegado, es la dificultad misma en la que se estuvo para fijar la extensión del débito de la Compañía para con el Tesoro. Se lo suponía primero de 73 millones. Un nuevo examen lo hizo subir a 84. Finalmente, el Sr. Mollien, queriendo a su entrada al cargo constatar de una manera rigurosa la situación de las finanzas, descubrió que la Compañía había logrado apoderarse de una suma de 141 millones, de la cual seguía siendo deudora hacia el Estado. Sin embargo, el activo real de la Compañía y una presión oportuna sobre España debían permitir al nuevo ministro colmar en sus escrituras este inmenso déficit. »

Lo fue, en realidad, gracias al renuevo de la confianza, primer fruto de la victoria, así como a los frutos más tangibles de ésta, los ochenta millones en oro, en cartas de cambio, en metales preciosos y en material, monto efectivo de la indemnización, de las contribuciones y del botín de guerra conquistados por los ejércitos franceses.

Los Négociants, condenados a proveer sin cobrar, y responsables del descubierto español, entablaron entre ellos y contra el Estado una larga serie de procesos mezclados con quiebras y envenenamientos. Aún en 1824, arrestado por Vidocq por la requisición de Séguin, Ouvrard, cada vez más millonario, preferirá pasar cinco años de confortable prisión por deudas, a la liquidación de cinco millones de pagos atrasados.

Gaudin, duque de Gaeta, cuenta del Emperador una confidencia de una benignidad singular:

Lo fue, en realidad, gracias al renuevo de la confianza, primer fruto de la victoria, así como a los frutos más tangibles de ésta, los ochenta millones en oro, en cartas de cambio, en metales preciosos y en material, monto efectivo de la indemnización, de las contribuciones y del botín de guerra conquistados por los ejércitos franceses.

Los Négociants, condenados a proveer sin cobrar, y responsables del descubierto español, entablaron entre ellos y contra el Estado una larga serie de procesos mezclados con quiebras y envenenamientos. Aún en 1824, arrestado por Vidocq por la requisición de Séguin, Ouvrard, cada vez más millonario, preferirá pasar cinco años de confortable prisión por deudas, a la liquidación de cinco millones de pagos atrasados.

Gaudin, duque de Gaeta, cuenta del Emperador una confidencia de una benignidad singular:

« Ese caso, le dijo, se terminó de una manera bien diferente a lo que yo mismo pude pensar. Estaba bien decidido, desde el primer momento, a mandar detener a Marbois a mi llegada a París y a hacerle su proceso. Subí a mi carroza en Schönbrunn, y bajé de ella en las Tullerías con esa intención; debía dar la orden al entrar en mi gabinete. Afortunadamente me vino la idea de escucharle; lo mandé llamar, y puso una buena fe tan evidente en sus medios de justificación que me dije: es mi culpa de haber confiado a este buen hombre un puesto para el que no convenía. No debo hacerlo la víctima de un error que yo cometí, y lo mandé de regreso a su casa. »

Un año más tarde, este estado de desgracia pasajero había cedido su lugar a un testimonio brillante de confianza y de estima. ¡Ea! ¡He aquí ese déspota implacable y salvaje!
En efecto, el gran pen... se vio nombrar al puesto de Presidente del Tribunal de Cuentas, que no dejó de ocupar hasta la edad de ochenta y seis años; salvo dos breves interrupciones, una como senador en 1814, para votar la deposición imperial, la otra como ministro de la policía, el tiempo de hacer fusilar al mariscal Ney.

En cuanto al autor de la novela Moina, o la Pueblerina del Mont-Cenis, convertido por la gracia de su hermano menor, rey de Nápoles – donde « los Borbones han dejado de reinar » – se apresuró en partir, desde el 8 de enero, para tomar posesión de su corona y de sus Estados. José recibió durante su trayecto una tabaquera, y un post-scriptum.
« Estoy muy contento de mis asuntos aquí; pasé muchos esfuerzos para arreglarlos y para hacer restituir a una docena de bellacos, a cuya cabeza está Ouvrard, quienes engañaron a Barbé-Marbois más o menos como el cardenal de Rohan lo fue en el caso del collar, con la diferencia que se trataba de al menos 90 millones. Yo estaba bien resuelto a mandarlos a fusilar sin proceso. Gracias a Dios, fui reembolsado; eso no dejó de devolverme el buen humor.
Os digo esto para haceros ver cuan bribones son los hombres. Necesitáis saber eso, vos que estáis a la cabeza de un gran ejército y pronto de una gran administración. Las desdichas de Francia siempre han venido de esos miserables.
»

La ruptura es completa entre el Imperio y las altas finanzas. No quedará, según la expresión de Fiévée, más que a estar atento a dos inconvenientes: « el primero, que los banqueros no se conviertan en mercaderes; el segundo, que los mercaderes no se conviertan en banqueros... ».

***

*) El proyecto « mexicano » de Ouvrard consistía de hecho en obtener el monopolio de la transferencia de las piastras acumuladas en México, así como el del comercio con el imperio español de América. Como explica Michel Bruguière, con esta medida Ouvrard contaba reembolsarse ampliamente las deudas de Madrid hacia los proveedores de la flota española, pagar el subsidio debido por España a Francia, y facilitar las operaciones del tesoro francés, tanto en su servicio ordinario como en relación con sus proveedores (entre los cuales, por supuesto, figuraban en primera fila el mismo Ouvrard y sus asociados). Inglaterra comprendió perfectamente la amplitud de la amenaza y declaró la guerra a España desde que Carlos IV hubo tratado con Ouvrard). EG-S.

 

 

ARTÍCULOS
   
El Código de Comercio de 1807, por Catherine Delplanque.  
Ley relativa a la organización de la Corte de Cuentas
El Código de Comercio, por Marie-José Tulard.
Napoleón y el negocio, por Andrpé Conquet. ¡Próximamente en línea!
La Corte de Cuentas, por el profesor Jean Tulard.
Un nuevo colbertismo, por André Thépot. ¡Próximamente en línea!


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