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La
Exposición anual de productos industriales
en el patio del Louvre, en 1801. |
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«
No se puede hacer un título de la riqueza.
Un rico es frecuentemente un perezoso sin mérito.
Yo quiero que haya ricos pues es el único
medio para asegurar la existencia de los pobres,
pero no veo materia a la consideración
en la riqueza
»
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Napoleón.
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PRESENTACIÓN
GENERAL
|
Por
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico
México-Francia |
«
El sistema del gabinete inglés
será siempre aniquilar
a Francia como su único
rival, y reinar después
despóticamente sobre el
universo entero ». |
Conde
Alejandro Voronzov, Gran Canciller
de Rusia. |
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| En
un artículo publicado en el diario de
su Fundación de la cultura estratégica,
y difundido enseguida en la publicación
de Internet Global Research, el general
Leonid Ivachov, vice-presidente de la Academia
de Asuntos Geopolíticos, escribe:
-----« ¿Cuál
es la verdadera razón por la que los
Estados Unidos desencadenarían un conflicto
militar en Irán? Actividades que tienen
consecuencias de proporción mundial no
pueden estar destinadas más que a tratar
un problema mundial. Ese problema no es para
nada un secreto – es la posibilidad de
una quiebra del sistema financiero internacional
sobre el dólar estadounidense. Actualmente,
la masa de la moneda estadounidense rebasa el
valor total de todos los haberes estadounidenses
por un factor de diez. Todo lo que se halla
en los Estados Unidos - industrias, inmuebles,
tecnologías de punta, etc., - ha sido
hipotecado más de diez veces por doquier
en el mundo. Una deuda de semejante amplitud
no podrá ser reembolsada jamás,
solo puede ser retardada. Los montos en dólares
que figuran en las cuentas de los individuos,
de organizaciones y de Tesoros públicos
constituyen una realidad virtual. Estas entradas
no se apoyan sobre productos, objetos de valor
o nada que exista en la realidad. Si este endeudamiento
estadounidense es simplemente eliminado, será
el fin de la regla bien establecida del becerro
de oro. La importancia de los eventos que están
por venir es realmente épica. Es por
ello que el agresor ignora las consecuencias
catastróficas globales de su ofensiva.
Los “banqueros mundiales” en quiebra
necesitan un evento de fuerza mayor de proporciones
mundiales para salirse con la suya. La solución
ya está prevista. Los Estados Unidos
no tienen nada más que ofrecer al mundo
para salvar al dólar en declive que operaciones
militares como las de Yugoslavia, Afganistán
e Irak. E incluso esos conflictos locales no
dan más que efectos a corto plazo. Es
preciso algo mucho más importante, y
esa necesidad es urgente. »
Este texto neurálgico
se torna aún más interesante en
el caso que nos ocupa cuando, por medio de un
ejercicio de transposición histórica,
lo aplicamos – respetando toda proporción
por supuesto – a los sucesos que marcaron
el Imperio, y de los cuales se estudiarán
algunos de los aspectos financieros más
importantes en el artículo que presentamos
a continuación así como a través
de los textos que se incorporen sucesivamente
a ésta rúbrica..
Reemplacemos por un momento a los Estados Unidos
por Inglaterra, y a las diversas operaciones
militares evocadas por Ivachov por las guerras
de Coalición impuestas a Napoleón.
Tendremos entonces frente a nosotros en toda
su espantosa desnudez una de las dos claves
de las constantes ofensivas armadas financiadas
por Albión contra el Emperador: la hegemonía
comercial internacional.
En efecto, Napoleón se enfrentó
toda su vida a los demonios del capitalismo
salvaje, del libre mercado, derivados de las
teorías económicas del barón
Joseph Dominique Louis, y en especial a la corriente
anglosajona – ciega y brutal – derivada
de la doctrina de Adam Smith y de sus émulos,
y que a la larga se convertirá en el
credo y dogma de nuestro mundo globalizado
actual: valor fundado sobre la oferta y la demanda,
comercio libre de toda prohibición y
control, la concurrencia elevada a nivel de
principio, el sistema del crédito público
y de los empréstitos, « que
no son más que un juego de anticipaciones
ruinosos », escribirá
el Emperador en una nota para el reporte de
la situación del Imperio, en octubre
de 1808.
En un decreto de diciembre de 1810, explica
más detalladamente, en torno al tema
del sistema del empréstito que: «Este
medio es a la vez inmoral y funesto; impone
por adelantado a las generaciones futuras; sacrifica
al momento presente lo que los hombres tienen
más caro, el bienestar de sus niños;
arruina insensiblemente el edificio público
y condena a una generación a las maldiciones
de las que la siguen.» En
verdad éstas no eran palabras vacuas,
y es sorprendente constatar que tras su ascensión
al poder, después de haber encontrado
una Francia exangüe, arrasada por el bandolerismo
y en plena bancarrota tras diez años
de guerra ininterrumpida, para el año
1802 el Primer Cónsul ya había
levantado y restablecido por completo la economía
nacional, precisando para semejante hazaña
tan sólo dos años.
A pesar de los incesantes conflictos que tuvo
que enfrentar en los años siguientes,
para 1813 el Emperador, sin haber contractado
jamás un empréstito,
había creado en Francia una base institucional
y una administración tan sólidas
y fabulosas que el Tesoro del Eliseo rebozaba
con trescientos millones de francos...
¡De qué maravillar a nuestros dirigentes
modernos!
Como lo veremos
a lo largo de este expediente, Napoleón,
rechazando el pujante sistema de libre intercambio,
nunca quiso aplicar una concepción global
a la economía europea, prefiriendo al
liberalismo económico una política
empirista y de reglamentación.
Preocupado ante todo por el buen aprovisionamiento
de las comunidades, por el desarrollo social
común y el amparo de las clases desfavorecidas
y campesinas, impuso un régimen proteccionista
que concedía un gran valor al desarrollo
de la agricultura y de la industria manufacturera,
en suma, un sistema que algunos especialistas
han llamado « colbertista » por
su manifiesto conservadurismo.
«
El dinero es el nervio de la guerra
», señalaba el Emperador,
– en cierto modo parafraseando
al Mariscal de Sajonia cuando afirmaba
que « para hacer la guerra
se necesitan tres cosas: dinero, dinero,
y más dinero » –
y tal vez nunca en la historia se vio
un ejemplo tan claro y viciado como
durante el enfrentamiento a muerte que
se libró entre Inglaterra y Francia,
entiéndase entre la oligarquía
plutocrática y Napoleón
I. En efecto, la ancestral
rivalidad franco-británica iba
más allá de los océanos
y se llevaba a cabo a una escala planetaria.
Es de notar que Inglaterra,
que entonces se encuentra en plena expansión
colonial, no ocultó nunca su
ambición de dominar el mundo;
para ella en particular, en este enfrentamiento,
no se trataba de nada menos que de una
carrera a la supremacía
mundial, política, pero ante
todo comercial,
para apropiarse las materias primas
a bajo precio, obtener mercados comerciales
protegidos y asegurados por posiciones
estratégicas que garantizasen
unos como otros. Para alcanzar sus fines,
Inglaterra contrarresta la fuerte posición
territorial de Francia en el continente
con un arma más poderosa, una
manifiesta superioridad naval que le
brinda un predominio indiscutido y le
permite despojar a las demás
naciones de sus riquezas y posesiones.
¡Malhaya a quien ose no secundar
sus planes! ¡Recordemos la incautación
inglesa de los navíos neutros
a partir de 1807, o, ese mismo año,
más terrible aún, el bombardeo
homicida y perverso de Copenhague y
la masacre de los civiles de esa ciudad!
Esta verdadera razzia
generalizada se concentra específicamente
en el enfrentamiento con Francia, a
la que el gabinete británico
quiere arrebatar las islas de Martinica
y de Guadalupe, además de diversos
establecimientos: factorías,
plantaciones y dependencias ultramarinas.
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No
desprecies a tu enemigo
Caricatura
– británica
– que evoca una lección
de civismo suministrada
a los salvajes de las colonias
inglesas. Detalle picante:
el maestro de este peculiar
curso no es un catedrático
o un religioso, sino un
comerciante, representado
bajo los rasgos característicos
de John Bull.
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La
famosa expedición de Egipto y la
encarnizada reacción de Inglaterra
contra dicha iniciativa deben entenderse
dentro de ese contexto. Por lo demás,
Inglaterra mantiene fuerzas de ataque
terrestres y navales constantemente reforzadas
en las Baleares, en Malta, en Nápoles,
en Sicilia, incluso en Livorno, y posee
desde 1713 la llave maestra del Mediterráneo,
Gibraltar, puerta comercial de África
y las Indias. |
En estas condiciones,
dispuesta a todo para concretar su proyecto
de dominio universal – su proyecto
global sería una expresión
más edulcorada y actual – la opulenta
Albión se encuentra en una excelente
posición para poner en marcha todos sus
recursos a fin de derrotar a Francia, su enemigo
hereditario, y ante todo a su soberano, que
de manera abierta desafía y se opone
a su sistema financiero, sobre el cual se sustenta
todo el edificio económico y expansionista
de Inglaterra. El destino todo entero del imperio
británico está en juego, y, desde
Londres, el gabinete de los Pitt y de los Castelreagh
no escatimará esfuerzos ni dinero, prodigando
éste último espléndidamente
(66 millones de libras de oro
de la época, es la cifra oficial) para
organizar una tras otra a las coaliciones
de los estados absolutistas de Europa, financiando
las innumerables guerras por procuración
que ensangrentaron al continente durante veinte
años, por ende condenando a Napoleón,
muy a su pesar, a la guerra a perpetuidad,
siempre en estado de legítima defensa
de Francia, de su integridad, de sus valores,
y de su cultura. Estos conflictos son los que
como resultado de una maquiavélica manipulación
semántica concebida y fabricada por los
ingleses, y perpetuada por sus comparsas y deudores
se persiste erróneamente en conceptuar
como «Guerras Napoleónicas»
cuando en realidad no fueron otra cosa que guerras
de coaliciones; el lector avisado apreciará
la diferencia.
Para concluir,
podemos decir que el enfrentamiento entre Inglaterra
y Francia de alguna manera se asemejó
a una moderna Guerra Púnica, salvo que
a una escala mundial. « Mi
posteridad, dice
el Emperador a Caulaincourt en 1812,
que juzgará con imparcialidad, pronunciará
entre Roma y Cartago. Su juicio será
a favor de Francia. Ésta no combate hoy,
a pesar de lo que se diga, más que por
el interés general. Luego es justo que
las banderas del continente se unan a las nuestras.
Francia no combate hoy más que
por los derechos más sagrados de las
naciones, mientras que Inglaterra no defiende
más que los privilegios que se ha arrogado.
»
Es triste constatar que la posteridad no ha
emitido el fallo esperado, y persiste en su
error de condenar al Emperador Napoleón
- último campeón en la lucha secular
entre las vistas políticas Latina y Teutónica,
último paladín del principio del
Derecho privado mediterráneo contra el
principio de libre asociación anglosajón.
Sin duda no ajeno a estas nociones, el poeta
y humanista Henri Heine aseveró que:
« En Waterloo, no fue Francia la que
perdió, fue el mundo ». Nada
es tan cierto como esta afligida constatación.
En este sentido también, no cabe duda
que la vida y la obra del Emperador, hoy más
que nunca, constituyen una importante fuente
de reflexión, pero ante todo un ejemplo
más, por desgracia sin parangón
en la actualidad, para la juventud y el futuro
del mundo. |
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| Maximilien
Vox (1894-1974) |
| |
«
Cuando un gobierno es dependiente
de los banqueros para el dinero, son los
últimos, y no los dirigentes del
gobierno, los que controlan la situación,
puesto que la mano que da está
por encima de la mano que recibe.
[...] El dinero no tiene patria; los
financieros no tienen patriotismo y no
tienen decencia; su único objetivo
es la ganancia ». |
Napoleón. |
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Militarmente,
la campaña
de Austerlitz terminaba en apoteosis; financieramente,
estuvo cerca de acabarse por un desastre. El 2 de diciembre,
si Napoleón hubiese sido derrotado, estaba además
arruinado.
Mientras nuestros ejércitos
avanzaban a marchas forzadas, ganando batallas « con
sus piernas más aún que con sus bayonetas »,
se peleaba en las calles de París frente a las ventanillas
de la Banca de Francia, que no rembolsaba más que un
billete a la vez, en escudos contados uno por uno, lentamente,
para ganar tiempo...
Pues ya no había más
que papel en las cajas públicas; y todo ese papel,
por un acto de pasapasa fantástico, portaba la misma
firma que las facturas cuya contraparte estaba supuesto asegurar:
la del más célebre negociante de los tiempos
modernos.
Gabriel-Julien Ouvrard, celta
de ojo azul, de tez fresca, nariz breve y labios finos, ciertamente
no presenta el tipo semita: es sin embargo bajo esos rasgos
que Napoleón parece haberse representado el peligro
« judeo-capitalista » tal como se le presentó
durante su paso por Estrasburgo, a su regreso de Alemania,
cuando los alsacianos se quejaron ante él de los usureros
judíos. La lucha en dos frentes que va a entablar apenas
esté de regreso en París es uno de los episodios
más curiosos de su reino, y de los menos conocidos.
Tratemos de ver claro.
Ouvrard,
cuyo nombre legendario se quedó como un sinónimo
de especulación, había comenzado a los
diecinueve años dándose cuenta, desde
1789, que toda revolución política debuta
inevitablemente por una derroche de papel impreso. Tomó
opción sobre el conjunto de la producción
papelera del Poitou, y realizó un beneficio neto
de 300,000 francos-oro.
A los veintidós años, importador en Nantes,
especula con los ultramarinos coloniales. A los veintitrés,
primer millón. Veinticuatro, banquero en París.
Veinticinco, proveedor en el ejército. Veintiséis,
quince millones. Veintisiete, abastecedor general de
la marina. Veintiocho, treinta millones: propietario
de Azayle-Rideau, Mar1y, Luciennes, Saint-Brice, Villandry,
Clos-Vougeot. A los veintinueve años, mantiene
a la bella Madame Tallien y comienza a hacerle una serie
de niños, uno de los cuales será el Dr.
Cabarrus. |
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| Gabriel-Julien
Ouvrard (1770-1846). |
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Había en él
algo de Figaro y de Grandet. Pero también de Fouquet.
En su palacio de Raincy, el Todo-París político,
financiero y galante come, baila y se acuesta en una fiesta
que dura trescientos sesenta y cinco días al año.
Las tres cabinas de porteros están ocupadas por tres
ministros: Talleyrand, Berthier, Decrès. Un solo nombre
faltó siempre al llamado: Bonaparte.
Desde su primer contacto,
en 1795, el general de veintiséis años no se
había tocado el corazón para mostrar al financiero
de veintisiete años una sorda « enemistad »
que debía tener, dice éste último, «
una influencia tan funesta sobre mi vida. Era, añade,
no sin fatuidad, de todos los que componían la sociedad
de Madame Tallien, el que estaba menos en evidencia. Estaba
lejos de prever entonces que él tendría un día
en sus manos los destinos del mundo...
Yo tenía mi fortuna hecha, y Bonaparte la suya por
hacer. Impaciente de toda superioridad (sic) disfrazaba
mal el disgusto que la causaba esta diferencia de posición.
Pero uno se equivocaría si se quisiera tomarme por
un hombre político. Soy únicamente un hombre
de negocios, un especulador que no se niega a ninguna operación
cuando ésta puede realizarse por beneficios. »
Los economistas, y un buen
número de historiadores, se burlaron de las concepciones
financieras de Napoleón o las han tratado con desdeño;
se dio a entender, en la era de oro del capitalismo, que el
Emperador no conocía nada de ello, y que su rechazo
obstinado de fiarse a las teorías del barón
Louis y de organizar el crédito, pertenecía
a una mentalidad de hidalgüelo campesino y de anglófobo
inveterado. Y ciertamente, los principios financieros
del Emperador son de una simplicidad heroica: se resumen en
el buen uso del Debe y el Haber, y caben por entero en la
clásica libreta de la lavandera.
Si se obstinó a reducir el arte financiero al de la
contabilidad, no fue por el hecho de tener una cabeza mal
hecha para las nociones convertidas en clásicas de
la economía liberal, sino porque, muy al contrario
– comprendiendo a ésta hasta sus últimas
consecuencias, no quiso de ella.
La pregunta permanece entera de saber si hubiese estado en
su poder oponérsele y si el dinero era – como
lo decía antaño a la tribuna un servidor del
dinero, Léon Say – « más fuerte
que Napoleón ».
El rigor de su actitud, durante la discusión judía,
se motivará por la resolución de poner el poder
del « Éstado atravesado a toda nueva extensión
del poder de las finanzas anónimas. Nada le hará
desviarse del principio que los
proveedores y los hombres de negocios son el azote de una
nación.
« [Napoleón] decía, recuerda Chaptal,
que el comercio seca el alma por
una codicia constante de ganancia, y añadía
que el comercio no tiene
ni fe ni patria. » Pasquier se
queja del « estado de hostilidad o al menos de desconfianza
en el que el Emperador siempre quería colocarse en
relación al comercio. Se obstinaba en no confiarle
nada, estaba convencido de que no se podía evitar ser
engañado por él, y quería por consecuente
que todas las operaciones se hicieren por medio de la administración
de rentas y por agentes de su gobierno. »
Toda su vida, Napoleón
permanecerá escrupulosamente apegado a lo que escribía
al principio del Imperio: Mientras
viva, no emitiré ningún papel. Y
no es ciertamente la cosa menos sorprendente de su reinado,
que después de tan grandes actos logrados, incluso
después de desastres inauditos, habiendo tomado las
finanzas de Francia radicalmente arruinadas, las haya dejado
más prósperas que las de los demás Estados
e Europa, observa Thiers.
Por su lado, Ouvrard formula
la profesión de fe que se convertirá en el credo
del Siglo XIX: « El único tesoro de los imperios,
es el crédito. Es una desgracia que un gran Estado
como Francia no deba dos o trescientos millones de rentas...
El impuesto mata y la deuda vivifica. »
Vivifica
a los financieros, se dice su poderoso contradictor
– que ve los grandes beneficios como una especie
de robo hecho al Estado – pero mata las finanzas
públicas. « Todas
las potencias me envidian mi sistema de impuestos, que
consiste en tener muchos de ellos cuyo monto se eleva
o se rebaja según las necesidades, por medio
de céntimos adicionales, como el licor se eleva
o baja en el termómetro, de tal suerte que puedo
bastarme, cualesquiera que sean mis necesidades, sin
recurrir a un nuevo impuesto cuyo establecimiento siempre
es difícil.
Quiero hacer el bien de mi pueblo y no seré detenido
por los murmullos de los contribuyentes. A Francia le
hacen falta grandes contribuciones: serán establecidas.
Quiero fundar y preparar para mis sucesores recursos
seguros, que puedan hacer las veces de los medios extraordinarios
que supe crearme. » |
 |
| Joseph
Fiévée (1767-1839) |
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Fiévée, pederasta
de policía, sabía agradar a su correspondiente,
cuando escribía en una nota secreta a Bonaparte:
« Que nunca el Primer Cónsul se deje echar en
lo que hay hoy en día de más democrático
en Europa, el crédito público,
la mayor estafa que el genio financiero haya inventado. Nunca
se me hará creer que una deuda pública sea un
crédito público, ni que sea prudente llevar
al porvenir una parte de los lastres del presente, a menos
de tener la palabra de Dios... »
Y en otra parte: « Si
se mira el dinero que se le puede atrapar a los capitalistas
como prueba de crédito, nada es tan fácil como
darse esa satisfacción, porque nada es más tonto
que la codicia. La historia de las finanzas no es rica más
que en las pruebas de esta aserción. Ofreced a los
capitalistas 5%; si no vienen a vos, ofrecedles 10; si dudan,
ofreced 15, 20, 30, 40, ¡qué importa! Terminarán
por venir, estarán todos sorprendidos cuando les haga
bancarrota y chillarán que hubo injusticia. Se les
podrá responder: « Sois locos o bribones: locos,
si habéis creído que un gobierno cualquiera
podría pagar por mucho tiempo intereses tan exorbitantes;
bribones, si lo habéis esperado.
Pero si esos locos se cotizan, como lo han hecho bajo ministros
con crédito público, si se apoderan de la opinión
y la ganan ascendiendo sobre la propiedad territorial, adiós
el gobierno. La monarquía, las finanzas y los capitalistas
morirán juntos; catástrofe digna de todas las
extrañas ideas que hacen de una deuda una riqueza,
y que, reducidas a su verdadera expresión, no serían
más que el arte de siempre gastar por encima de su
ingreso. »
Toda la doctrina Napoleónica
está en esta página, cuya palabra clave es propiedad
territorial.
Más profundo que los
sistemas: el instinto. En su fibra, Napoleón está
penetrado del amor de la tierra. Tal vez no haya amado verdaderamente
más que a ella.
La tierra que se ve, que se toca, que se mide al galope de
un caballo, al paso de un soldado de infantería, y
cuyo retrato, bajo la forma de mapa de estado mayor, es tan
dulce de mirar que uno se acuesta boca abajo sobre él...
La gloria es de aquel quien habrá reunido más
tierra: la dicha, a quien sabe contentarse de poseer un poco.
Así, la propiedad del terrateniente es para Napoleón
la única realidad; el catastro, que lo inscribe, la
tatúa sobre la superficie del suelo, es el arte sagrado
por excelencia.
Geógrafo, geólogo,
geómetra, palabras cargadas de pasión... Tierras,
territorios, el Emperador está enamorado de la corteza
del orbe, hasta en su sabor terroso. Gusta de los ingresos
en corte de madera, de las inversiones en canales, las contribuciones
que se cuentan en jornadas de remoción de tierras...
En Santa Elena, agotará su mundo al manejo de la carretilla
y de la pala de zapador.
En lo cual permanece un romano,
un agrimensor, un hombre de pesos y medidas, que no se fía
íntimamente más que a lo que pesa y se cuenta.
Físico, pone una terrible dosis de desprecio en el
empleo que hace de la palabra metafísico.
 |
| El
Emperador Napoleón en su jardín
de Santa Elena. |
Su espíritu ama no
proceder más que por cantidades conocidas: ¿por
qué un franco no sería un franco, como el día
es un día, una legua una legua, un hombre un hombre
– y la bola de cañón, que le matará,
una bola de cañón?
Esta curvatura del alma determina
la actitud del Emperador ante el capitalismo y ante la usura.
Él es de antes del progreso moderno, como
nosotros somos de después: los descubrimientos
científicos y los perfeccionamientos mecánicos
todavía no habían vuelto irreversible la noción
de progreso indefinido.
En este sentido, Napoleón
pertenece al mundo de César y de Carlomagno - mi
augusto predecesor. A pesar de las mejoras
aportadas a la balística y al atalaje de las bestias
de tiro, los medios de acción de que dispone no difieren
esencialmente de los de la edad media, ni de la antigüedad.
La distancia, en tiempos de Napoleón, es siempre la
distancia: el tiempo sigue siendo el tiempo. ¡Que la
libra de plata se quede pues una libra!
La obra de reconstrucción
del Consulado fue ante todo financiera; sus efectos duraron
más de un siglo, porque su autor, una vez restablecida
la confianza, se negó a hacer de ella un objeto
de especulación, como a lo que le invitaban incesantemente
los teóricos de la economía a la inglesa –
y los prácticos del pillaje del ahorro, el cual se
concentraba en los fondos públicos. La encerró
con triple cerrojo en las cajas fuertes del Estado, y creyó
haber encontrado al guardián ideal a quien confiarle
la llave. El antes marqués de Barbé-Marbois
era uno de esos políticos supuestamente técnicos
que han costado tan caro a Francia. Su elección como
ministro del Tesoro fue uno de los errores de Napoleón,
como consecuencia de una deformación difundida entre
los « grandes patrones »: la complacencia por
sus propios defectos cuando los hallan en ciertos subordinados.
El espíritu puntilloso de Barbé-Marbois, su
reputación de molestón, su manía del
detalle parecieron al Primer Cónsul los signos exteriores
del talento administrativo.
 |
El
gigante del comercio hundiendo al pigmeo bloqueo
El coloso comercial, fírmemente asentado
en las islas británicas, rodeadas de buques de
guerra, vierte en el continente todos los productos fruto
de la industria y del tráfico ingleses. Caricatura
inglesa de 1807. |
Las caricaturas de aquel tiempo
son pesadas, pero tienen alcance: un dibujo satírico
representa al ministro-técnico asomado en el balcón
de su ministerio, ocupado en señalar en una libreta
el nombre de los empelados que llegan con retraso. Mientras
tanto, su secretario le está sustrayendo discretamente
millones del bolsillo de su traje.
Ese secretario se llamaba
Roger; ejercía las funciones de funcionario principal
del Tesoro, y el hombre por cuya cuenta trabajaba no era otro
que Ouvrard. Bajo el título patriarcal de la Compagnie
des Négociants Réunis (Compañía
de los Negociantes Reunidos), éste se había
en efecto asociado los principales « hacedores de servicio
»: Séguin, el ilustre inventor, cuyo «
descubrimiento » de la técnica para curtir en
veinticuatro horas le había valido a los ejércitos
de la República el vencer sin zapatos; los hermanos
Michel, peor que sospechosos del asesinato de sus depositantes,
el emigrado Rivière; Vanlerberghe, magnate del mercado
del trigo, cuya mujer, dícese, mantuvo preso al Regente
como garantía de su cinturón. Desprez, antiguo
cajero, uno de los regentes de la Banca de Francia (otra institución
privada) servía de banquero comisionista a una combinación
verdaderamente luminosa.
El principio consistía
en utilizar los cuatrocientos millones de la reserva de oro
que duerme inaccesible en los sótanos del virrey de
México, bloqueada por los cruceros ingleses –
para echar mano sobre el dinero vivo y corriente que yace
en el bolsillo del contribuyente francés.
El mecanismo es ingenioso,
pero simple: contra adelantos autorizados a 9%, la compañía
Ouvrard-Négociants Réunis (Ouvrard
Negociantes Reunidos) se hace entregar por el Tesoro las deudas
de los recaudadores generales, garantizadas por anticipado
con el ingreso de los impuestos inmobiliarios. Habiéndolos
hecho negociar a 6% por la Banca de Francia, usa el producto
para soldar a los proveedores generales del ejército:
MM. Ouvrard, Vanlerberghe et Cie. A cambio, los cofres
del Estado reciben bonos de la Caja de Consolidación
de Madrid: pues justamente se acaba de encargar del «
subsidio de neutralidad » anualmente impuesto al gobierno
español una cierta sociedad Ouvrard et Cie de Bordeaux
– cuyo coasociado no es otro que el rey Carlos IV de
España en persona: el contrato está firmado:
Yo, el Rey. Dicha sociedad recibió el monopolio
exclusivo del comercio con la América española,
incluido el de los metales preciosos.
 |
| Pronta
llegada de los productos coloniales;
sátira de la época. |
El circuito consiste, así,
en pagar en tintineos de piastras, – y cobrar en billetes
de la Banca de Francia: pues la garantía de base es
puramente teórica, haciendo Pitt oídos de
mercader a las solicitudes de la banca anglo-holandesa
Baring and Rope que se encargó de importar
a Europa el fabuloso metal del que se alimenta la guerra.
El grupo Ouvrard está pues obligado a sisar del Tesoro,
mediante un millón de comisión entregada bajo
mano al comisionario Roger, el permiso exorbitante de extraer
contra simple recibo los fondos disponibles en la caja de
los recaudadores generales de las contribuciones. De tal forma
que la Banca, presentando a éstos las deudas descontadas,
no puede recibir nada más que los recibos de los Négociants
Réunis. Ha emitido papel contra papel.
El ministro de las Finanzas
Gaudin escribe en sus Memorias: « De ello
resultó que, al haberse esparcido la inquietud entre
los portadores de billetes, que se presentaron en masa al
reembolso, la Banca se encontró imposibilitada de satisfacer
todas las demandas. En algunos días, el número
de demandantes se elevó a varios miles de hombres de
todas clases, que se juntaban en tumulto y que amenazaban
eminentemente la tranquilidad pública. Se había
logrado dividir a esa muchedumbre haciendo distribuir cada
día, en diversas municipalidades de París, una
cierta cantidad de números que había que representar
a la guardia colocada en las avenidas de la Banca para ser
admitido para entrar. Sin embargo sus billetes habían
llegado a perder hasta 15 por ciento. Se los rechazaba en
los pagos, como siempre se tiene el derecho. Esos rechazos
eran diferidos a los tribunales cuyo embarazo era extremo;
y era imposible prever el resultado de una crisis cuya malevolencia
hubiese podido tan desdichadamente aprovechar, cuando la noticia
de la victoria obtenida en Austerlitz y la de una paz próxima
vinieron a calmar los ánimos y trajeron de vuelta el
orden tan prontamente como había sido turbado.
… Este evento, añade, una vez del cocimiento
del jefe de gobierno, le determinó a apresurar la conclusión
de la paz y a precipitar su regreso, a fin de venir a juzgar
por sus propios ojos la extensión del mal, y de avisar
el medio de encontrarle remedio ».
La presencia de ánimo
de Napoleón durante la campaña parece meritoria,
cuando se recorre las noticias que recibía de París.
Ofensiva de los bajistas (detrás de ellos, Fouché),
pánico de los portadores de valores, peleas de calle,
quiebras, suspensión de pagos de la Banca – cada
correo de José Bonaparte le trae un testimonio de la
incuria de aquellos en quienes puso su confianza. Su hermano,
por cierto, rivaliza de pusilanimidad con Barbé-Marbois;
no sueñan más que con pasarse las responsabilidades,
temblando ante las intimaciones de los Negociantes Reunidos,
y conjurando al Emperador, quien se bate en el Danubio, de
ir en su ayuda acerca del partido que se debe tomar.
« M. Barbé-Marbois me pareció desear estar
autorizado a hacer pagos de varios millones al Sr.
Vanlerberghe; él cree que es mucho lo
debido a ese proveedor... El Sr. Desprez parece
descreditado; continua pidiendo a la Banca más
billetes de los que ésta puede darle. El Sr. Perregaux
acaba de confesarme que la Banca ya no tenía
más que seis millones de billetes… Se nos
da a esperar piastras de España... El ministro
del Tesoro no propone ningún partido: propuso
hoy reducir los sueldos de un cuarto...
Suplico a Vuestra Majestad escribir al Sr. Barbé-Marbois...
La cola llegó hasta las dos mil personas, y hubo muchas
palabras y hasta vías de hecho... La compañía
Vanlerberghe está haciendo bancarrota...
En medio de sus ocupaciones tan variadas y tan graves de la
guerra que hace con tanto éxito, es indispensable que
Vuestra Majestad se ocupe un momento de estos dos objetos...
»
En el instante decisivo en que Napoleón, vencedor de
los austriacos, deja Viena para dirigirse al encuentro del
ejército ruso, se ve obligado a escribir el billete
siguiente:
« Znaïm, 18
de nov. de 1805 – Hermano mío, recibí
vuestra carta del 15 en Moravia. Sigo al ejército ruso
con la espada en los riñones. En los diferentes encuentros,
ha sufrido una pérdida de aproximadamente seis mil
hombres. Marcha a grandes jornadas para evacuar Austria. Cuento
estar mañana en Brunn. Mis postas avanzadas están
sobre el Olmütz, plaza fuerte en la cual se ha refugiado
el emperador de Alemania. – Todo lo que sucede a la
Banca era previsto desde hace tiempo por la gente sensata.
La razón primera es que descuenta toda clase de papeles
en circulación; pero un vicio radical y al que veo
poco remedio, es que la mayor parte de los agentes tienen
un interés opuesto al del público y del Estado.
Me ocuparé de buscar un remedio a mi regreso; hasta
entonces, hay que dejar ir. Podéis anunciar que estaré
en París antes de Navidad. »
El momento ha llegado para
los Négociants de levantar partida. La Compañía
ha sido íntegramente pagada, declara flemáticamente
Vanlerberghe en el Consejo de ministros; pero, faltando España,
reclama « una ayuda de veinte millones, a falta de la
cual la quiebra es inevitable » y el servicio del abastecimiento
será suspendido. Acordado. Luego, son cien los millones
que Desprez exige a su vez, para asegurar los gastos del Tesoro:
Marbois vacía los cofres de los recaudadores en las
manos de la Compañía, a cambio de la simple
firma d ésta.
El Emperador, de lejos, comienza
a medir la extensión de los daños.
« Habéis echado veintiséis
millones al agua... Espero en el transcurso del mes estar
en París, y por el desorden que veo en las finanzas,
tengo mucha prisa... Un ministro ha dicho que valía
más dar cien millones al Sr. Vanlerberghe que dejar
que le falten. Permitidme decir que éste es un argumento
de manicomio. Ese ministro probablemente no conoce las cifras
y no sabe lo que son cien millones... No tenéis derecho
a dar un centavo sin una ordenanza de un ministro. El mundo
perecería, no tenéis derecho de salir de vuestras
atribuciones. »
Ante estas reprobaciones,
el 4 de diciembre solamente, la Compañía es
remplazada en sus funciones esenciales por una agencia de
cinco recaudadores generales. « El ministro ha sido
engañado por esta compañía - constata
plácidamente José… - Es un gran mal del
que somos bien inocentes... pero hay que creer que a la
larga el Tesoro recuperará sus anticipos. »
« Schönbrunn,
23 de diciembre de 1805 – Hermano mío, os envío
una carta abierta de la cual tendréis conocimiento,
y que entregaréis al Sr. Barbé-Marbois después
de haberla sellado. Dudo si debo atribuir a la traición
o a la ineptitud la conducta de ese ministro. Anticipó
a los proveedores 85 millones del dinero del Tesoro. Si yo
hubiese sido derrotado, la coalición no tenía
un aliado más poderoso.
Pongo en suspenso mi juicio, hasta que haya podido esclarecer
por mí mismo la naturaleza de un déficit tan
enorme; El Sr. Barbé-Marbois ha traicionado su deber.
Es inútil hablarle de esto y de alarmarle hasta mi
llegada, que es inminente.
Podéis mostrar esta carta al ministro de las Finanzas,
y hacer venir en secreto al cajero que tiene las obligaciones,
para saber lo que salió de su caja, y aseguraros que
no saldrá más de ella. Os diré francamente
que creo que este hombre me ha traicionado. No digáis
nada de esto al Sr. Cambacérès, porque los hermanos
Michel algo tienen que ver en ello, y no sé hasta qué
punto sus intereses pueden estar inmiscuidos. Decid solo ligeramente
al Sr. Marbois que esto es precursor de una tormenta; que
no hay más que un medio de conjurarlo: es que las obligaciones
sean restablecidas al Tesoro a mi llegada. »
En París, el sudor
frío empieza a fluir. « Sire, balbucea
por escrito el muy apesadumbrado José, he recibido
la carta de Vuestra Majestad del 2 nivoso. He remitido al
Sr. Barbé-Marbois la que le estaba destinada; le he
hecho sentir que tenía que hacer todos sus esfuerzos
para restablecer las cosas a su estado natural al Tesoro.
Le haré llegar los mismos consejos por medio de otras
personas; creo que se dedicará a ello con todo su poder.
»
La caja de las obligaciones
está desde ahora puesta, materialmente, bajo triple
cerrojo: pero ya no contiene más que « bonos
Desprez ». El trueno se acerca.
Como todo ministro en déficit,
Marbois se otorga un satisfecit: « En vista de la dificultad
de lasa circunstancias, he pagado y dirigido los asuntos
de la manera más ventajosa. »
« En Napoleón,
dice magníficamente Thiers, la dicha del éxito
no interrumpía jamás el trabajo. Esta alma
infatigable sabía a la vez trabajar y gozar. »
De regreso en las Tullerías
a las diez de la noche, el 26 de enero de 1806, recibe a las
once a Gaudin, ministro de Finanzas; hacia la media noche,
una orden es lanzada por estafetas, convocando para el principio
de la mañana a los ministros del Tesoro y de las Finanzas,
a los consejeros de Estado Defermon y Crétet, Mollien,
director de la Caja de amortización; por otro lado,
a los gerentes de los Négociants réunis,
finalmente al hombre del soborno, Roger.
A las seis de la mañana,
el 27 de enero, Napoleón visita los embellecimientos
realizados al palacio durante su ausencia, a pesar de su aversión
bien conocida por los olores de pintura; a las ocho, el archi-canciller
Cambacérès es introducido al gabinete. Todo
da a creer que es mucho el caso de fusilar; el antiguo responsable
del litigio de Ouvrard tiene buenas razones para preconizar
una liquidación. El consejo de las finanzas apenas
reunido: - Parece, pronuncia
el Emperador, que los mayores peligros
del Estado no estaban en Austria. Escuchemos el reporte del
ministro del Tesoro.
Desde las primeras palabras,
estalla: - Veo de lo que se trata. Es
con los fondos del Tesoro, y con los de la Banca, que la compañía
de los Négociants ha querido sufragar los
asuntos de Francia y de España. Y como España
no tenía nada que dar sino promesas de piastras, es
con el dinero de Francia con lo que se cubrió las necesidades
de ambos países. España me debía su subsidio,
y fui yo quien le proporcionó uno. Ahora es preciso
que los Señores Desprez, Vanlerberghe y Ouvrard me
entreguen todo lo que poseen, que España me pague a
mí lo que les debe a ellos, o que echaré a esos
señores a Vincennes, y enviaré un ejército
a Madrid.
Barbé-Marbois tuvo
entonces un comentario: « Sire, dijo lamentablemente,
os ofrezco mi cabeza ». Y recibió la
respuesta: « ¿¡Qué
quieres que haga con ella, gran pen... !? »
Entonces
Napoleón hizo entrar, cuenta Thiers, a los miembros
de la Compañía. Los Señores Vanlerberghe
y Desprez, aunque los menos reprensibles, se fundían
en lágrimas. « Durante una hora, confirma
Mollien, me pareció que el rayo caía del
cielo sobre tres individuos sin resguardo. »
El Sr. Ouvrard, quien había comprometido a la
Compañía por medio de especulaciones aventuradas,
estaba perfectamente tranquilo, « inmóvil
como una roca ». Se esforzó en persuadir
a Napoleón de que había que permitirle
liquidar él mismo las operaciones tan complicadas
en las que había comprometido a sus asociados,
y que sacaría de México (*), por la vía
de Holanda y de Inglaterra, sumas bien superiores a
las que Francia había anticipado... Pero Napoleón
estaba demasiado irritado y tenía demasiada prisa
de encontrarse fuera de las manos de los especuladores:
puso a los asociados frente a la necesidad del reembolso
total e inmediato. |
 |
| El
Conde Barbé-Marbois (1745-1837)
|
|
La permanencia de los «
desempernadores » de la estatua imperial ha sido retomada
desde hace poco por el Sr. Jean Savant, que pone a Ouvrard
(así como a Barras y a Fouché) muy por encima
de Napoleón I. No se cansa de admirar en Gabriel-Julien:
« el secreto del éxito Napoleón, el
artesano de Marengo, la providencia de los príncipes,
el gran curador, y el liberador del territorio: pocos hombres
en el curso de los siglos, – dice, han hecho
a la patria un servicio de esa envergadura ». Su
héroe no ponía tan alto sus ambiciones: «
¿Estaba acaso encargado de la fortuna pública?
Confiesa sin misterio. No, yo era especulador; vendí
mis productos, puse mis precios... Vender demasiado caro no
es un crimen, al comprador corresponde estar al tanto
».
Es el punto de vista capitalista al estado químicamente
puro, odioso a los ojos del Emperador. Pero no está
probado que haya escrito, y menos aún gritado: El
caso Ouvrard es grave, hay que hundirLE a fondo,
como cree saberlo el Sr. Savant – quien acusa a nuestro
difunto maestro Louis Madelin de falsificación por
haber impreso: hundirLO a fondo (es decir, llevar
el caso hasta sus últimas consecuencias), en su calidad
de escritor francés conocedor de su Littré,
su Larousse, y su vocabulario usual de las expresiones napoleónicas.
Después de haber dejado
ir al consejo, Napoleón retuvo a Mollien, y sin esperar
de su parte ni una observación, ni un consentimiento,
le dijo: Protestaréis hoy
como ministro del Tesoro. El Sr. Mollien, intimidado
aunque halagado, vacilaba en responder – ¿Es
que no tendríais ganas de ser ministro?...
añade el Emperador.
Apenas en funciones, Mollien
instituye una Caja de Servicio en la que los ingresos fiscales
son depositados poco a poco, sustrayéndolos del agio.
Por otra parte, la Banca de Francia deja de ser una empresa
privada para recibir el estatus que la ha hecho ilustre. Se
convierte en « una institución gubernamental
comanditada por particulares », bajo un gobernador nombrado
por el Emperador: Crétet.
« Lo que prueba,
dice todavía Thiers – quien estudió el
expediente de viso - la confusión a la que se había
llegado, es la dificultad misma en la que se estuvo para fijar
la extensión del débito de la Compañía
para con el Tesoro. Se lo suponía primero de 73 millones.
Un nuevo examen lo hizo subir a 84. Finalmente, el Sr. Mollien,
queriendo a su entrada al cargo constatar de una manera rigurosa
la situación de las finanzas, descubrió que
la Compañía había logrado apoderarse
de una suma de 141 millones, de la cual seguía siendo
deudora hacia el Estado. Sin embargo, el activo real de la
Compañía y una presión oportuna sobre
España debían permitir al nuevo ministro colmar
en sus escrituras este inmenso déficit. »
Lo fue, en realidad, gracias
al renuevo de la confianza, primer fruto de la victoria, así
como a los frutos más tangibles de ésta, los
ochenta millones en oro, en cartas de cambio, en metales preciosos
y en material, monto efectivo de la indemnización,
de las contribuciones y del botín de guerra conquistados
por los ejércitos franceses.
Los Négociants,
condenados a proveer sin cobrar, y responsables del descubierto
español, entablaron entre ellos y contra el Estado
una larga serie de procesos mezclados con quiebras y envenenamientos.
Aún en 1824, arrestado por Vidocq por la requisición
de Séguin, Ouvrard, cada vez más millonario,
preferirá pasar cinco años de confortable prisión
por deudas, a la liquidación de cinco millones de pagos
atrasados.
Gaudin, duque de Gaeta, cuenta
del Emperador una confidencia de una benignidad singular:
Lo fue, en realidad, gracias
al renuevo de la confianza, primer fruto de la victoria, así
como a los frutos más tangibles de ésta, los
ochenta millones en oro, en cartas de cambio, en metales preciosos
y en material, monto efectivo de la indemnización,
de las contribuciones y del botín de guerra conquistados
por los ejércitos franceses.
Los Négociants,
condenados a proveer sin cobrar, y responsables del descubierto
español, entablaron entre ellos y contra el Estado
una larga serie de procesos mezclados con quiebras y envenenamientos.
Aún en 1824, arrestado por Vidocq por la requisición
de Séguin, Ouvrard, cada vez más millonario,
preferirá pasar cinco años de confortable prisión
por deudas, a la liquidación de cinco millones de pagos
atrasados.
Gaudin, duque de Gaeta, cuenta
del Emperador una confidencia de una benignidad singular:
« Ese
caso, le dijo, se terminó
de una manera bien diferente a lo que yo mismo pude pensar.
Estaba bien decidido, desde el primer momento, a mandar detener
a Marbois a mi llegada a París y a hacerle su proceso.
Subí a mi carroza en Schönbrunn, y bajé
de ella en las Tullerías con esa intención;
debía dar la orden al entrar en mi gabinete. Afortunadamente
me vino la idea de escucharle; lo mandé llamar, y puso
una buena fe tan evidente en sus medios de justificación
que me dije: es mi culpa de haber confiado a este buen hombre
un puesto para el que no convenía. No debo hacerlo
la víctima de un error que yo cometí, y lo mandé
de regreso a su casa. »
Un año más tarde,
este estado de desgracia pasajero había cedido su lugar
a un testimonio brillante de confianza y de estima. ¡Ea!
¡He aquí ese déspota implacable
y salvaje!
En efecto, el gran pen... se vio nombrar al puesto
de Presidente del Tribunal de Cuentas, que no dejó
de ocupar hasta la edad de ochenta y seis años; salvo
dos breves interrupciones, una como senador en 1814, para
votar la deposición imperial, la otra como ministro
de la policía, el tiempo de hacer fusilar al mariscal
Ney.
En cuanto al autor de la novela
Moina, o la Pueblerina del Mont-Cenis, convertido
por la gracia de su hermano menor, rey de Nápoles –
donde « los Borbones han dejado de reinar » –
se apresuró en partir, desde el 8 de enero, para tomar
posesión de su corona y de sus Estados. José
recibió durante su trayecto una tabaquera, y un post-scriptum.
« Estoy muy contento de mis
asuntos aquí; pasé muchos esfuerzos para arreglarlos
y para hacer restituir a una docena de bellacos, a cuya cabeza
está Ouvrard, quienes engañaron a Barbé-Marbois
más o menos como el cardenal de Rohan lo fue en el
caso del collar, con la diferencia que se trataba de al menos
90 millones. Yo estaba bien resuelto a mandarlos a fusilar
sin proceso. Gracias a Dios, fui reembolsado; eso no dejó
de devolverme el buen humor.
Os digo esto para haceros ver cuan bribones son los hombres.
Necesitáis saber eso, vos que estáis a la cabeza
de un gran ejército y pronto de una gran administración.
Las desdichas de Francia siempre han venido de esos miserables.
»
La ruptura es completa entre
el Imperio y las altas finanzas. No quedará, según
la expresión de Fiévée, más que
a estar atento a dos inconvenientes: « el primero,
que los banqueros no se conviertan en mercaderes; el segundo,
que los mercaderes no se conviertan en banqueros... ».
***
*) El proyecto « mexicano
» de Ouvrard consistía de hecho en obtener el
monopolio de la transferencia de las piastras acumuladas en
México, así como el del comercio con el imperio
español de América. Como explica Michel Bruguière,
con esta medida Ouvrard contaba reembolsarse ampliamente las
deudas de Madrid hacia los proveedores de la flota española,
pagar el subsidio debido por España a Francia, y facilitar
las operaciones del tesoro francés, tanto en su servicio
ordinario como en relación con sus proveedores (entre
los cuales, por supuesto, figuraban en primera fila el mismo
Ouvrard y sus asociados). Inglaterra comprendió perfectamente
la amplitud de la amenaza y declaró la guerra a España
desde que Carlos IV hubo tratado con Ouvrard). EG-S.
