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Por
el Profesor |
David
G. Chandler |
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El
Profesor David
Chandler |
| Uno
de los historiadores napoleónicos
más renombrados
de habla inglesa en el
mundo |
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Traducción
de Alain Arnaud Bobadilla.
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Este artículo
se publicó por primera vez en la edición
del otoño de 2002 de "Folio", la
revista de "The Folio Society", editor
de libros de calidad. Se trata de una versión
considerablemente revisada y abreviada de un artículo
que apareció por primera vez en el Napoleonic
Scholarship en 1997. Esta impresión coincide
con la publicación de una nueva edición
del libro de David G. Chandler: "The Campaigns
of Napoleon". Para saber cómo convertirse
en miembro de The Folio Society, visite www.foliosoc.co.uk
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La
muerte de Napoleón
Según Steuben |
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“La
muerte no es nada”,
escribía Napoleón en 1804, “pero
vivir vencido y sin gloria, es morir todos los días”.
Como muchos hombres, particularmente los soldados
activos, el emperador sabía que se exponía
a la muerte violenta. Muchos soldados son muertos
en la confusión desesperada y el fuego del
combate. Muy pocos mueren a causa de un asesinato
fríamente calculado, pero ése fue
el destino de Napoleón Bonaparte en mayo
de 1821, después de seis años de exilio
en Santa Elena, ese alejado promontorio denudado
en medio del Atlántico Sur.
Nunca tuve la ambición
de probar que Napoleón fue asesinado. Esto
se dejó al cuidado del Dr Ben Weider, cuyo
interés obsesivo por el destino de Napoleón
condujo a resultados espectaculares en el curso
de los últimos 25 años. Con la colaboración
del Dr Sten Forshufvud, investigador y escritor
sueco ahora extinto, el Dr Ben Weider desafió
y confundió triunfalmente a muchos escépticos,
incluidas importantes autoridades francesas, americanas
e inglesas.
No hay ninguna duda
de que el emperador dejó plantada muchísimas
veces a la siniestra “huesuda”.
A decir verdad, su gran carrera militar pudo haberse
apagado prematuramente, desde sus comienzos: en
el sitio de Tolón, al final de 1793, su frente
fue cortada por una bayoneta. Se le hirió
ligeramente en el pecho un mes después cuando
mataron al caballo que estaba montando (en el curso
de los 22 años siguientes mataron a 18 caballos
cuando los estaba montando) y sufrió una
herida bastante grave en el muslo interior izquierdo,
de nuevo por parte de una bayoneta británica.
Napoleón
sobrevivió también a muchos intentos
de asesinato. Cuando ocurrió el golpe de
Estado del 18 de brumario (en noviembre de 1799)
un miembro del Consejo de los Quinientos, exasperado,
quiso encajarle una daga, pero fue retenido por
un granadero de la escolta de Napoleón antes
de poder dar el golpe. En septiembre de 1800, un
atentado en contra de Napoleón se frustró
de milagro en la escalinata de la Ópera de
París, y, en vísperas de la Navidad
de ese mismo año, una “máquina
infernal” provocó una vasta explosión
en el camino que seguían Napoleón
y Josefina para llegar a la Ópera. Muchos
otros atentados fueron orquestados más tarde
por el Conde de Artois (el hermano más joven
de Luis XVIII) quien, mientras vivía en Inglaterra,
consagraba todas sus energías a hacer que
Napoleón fuera asesinado. Sin lugar a dudas,
Napoleón tenía enemigos extremadamente
peligrosos y estaba particularmente con la espada
desenvainada con la Casa de los Borbones en el exilio.
Habitualmente, Napoleón
gozaba de buena salud y era robusto, su energía
era a la vez inmensa y constante. Sabemos, gracias
a los recuerdos de sus asociados más íntimos
que era muy moderado en lo que concierne a sus hábitos
alimenticios y de bebidas. Y sin embargo, en algunos
momentos cruciales de su carrera militar, bruscamente
lo sacudían malestares temporales que lo
invalidaban. Habría que ser muy audaz para
afirmar que uno u otro de esos malestares que surgían
en muy mal momento pudo haber sido causado por una
causa que no fuera natural. Las tensiones asociadas
al alto mando en tiempos de guerra son enormes y
más de un general ha sucumbido ante una forma
u otra de enfermedad en la víspera de un
compromiso mayor, o antes o después. Simplemente
parece que Napoleón sufrió más
de lo debido este tipo de infortunios.
Las circunstancias
del derrumbe de Napoleón han estado envueltas
de dudas y conjeturas desde ese fatal 5 de mayo
de 1821. Hasta el día de hoy, la opinión
más difundida era que había sucumbido
a un carcinoma del estómago, la supuesta
causa de la muerte de su padre en 1785. Pero los
elementos de prueba de los informes de la autopsia
(hubo tres informes independientes sobre los resultados
de la autopsia) son contradictorios bajo ciertos
aspectos y las autoridades médicas no están
todas de acuerdo con los resultados. Es difícil
para el profano juzgar un elemento de prueba médica
y la tentación de adherirse a la opinión
más expandida es fuerte en ausencia de la
prueba positiva y constituida con cuidado para sostener
la opinión contraria. Sin embargo, se acaba
de presentar ese elemento de prueba.
El primer descubrimiento
del Dr. Weider data del 28 de agosto de 1995, cuando
las autoridades del Departamento de Justicia de
Estados Unidos, situado en Washington D.C., emitieron
un informe de análisis de dos cabellos de
Napoleón con el resultado siguiente: “La
cantidad de arsénico presente en los cabellos
analizados… es compatible con un envenenamiento
con arsénico.” En otra carta,
fechada el 4 de noviembre de 1997, el Nuevo Scotland
Yard de Londres declara: “la respuesta debe
ser “si”, con la posibilidad de una
persecución oficial (por envenenamiento con
arsénico) por parte del Procurador de la
Corona”. Después, el primero de junio
de 2001, en París, el Dr Weider revelaba
ante un vasto auditorio que había recibido
del Dr Pascal Kintz, del departamento de Toxicología
de la universidad Louis-Pasteur de Estrasburgo,
un análisis de cinco muestras de cabellos
de Napoleón tomados poco después de
su muerte. Según el Dr Kintz, éstos
demostraban que había habido una importante
absorción de arsénico, y subrayo “importante”.
Algunos expertos franceses son todavía prudentes
en cuanto a los resultados, pero mucho más
numerosos son aquellos que tienen la mente abierta.
Desde junio de 2001, el caso Weider se ha vuelto
mucho más sólido.
Es casi seguro,
entonces, que Napoleón no murió de
muerte natural. Pero queda por aclarar quién
fue (o fueron) el asesino (o los asesinos).
Napoleón
declaró en su testamento: “Muero
prematuramente, asesinado por la oligarquía
inglesa y por su sicario.”
Hubo rumores que
circularon en este sentido después de su
deceso, particularmente en los círculos bonapartistas.
Algunos han acusado al mayor general sir Hudson
Lowe, el desagradable gobernador de Santa Elena.
Esto es poco probable puesto que el gobierno británico,
lejos de intentar causar o de acelerar la desaparición
de Napoleón, tomó las medidas necesarias
para protegerlo de tal eventualidad. La asignación
de centinelas alrededor de Longwood, lo que Napoleón
detestaba tanto, y la insistencia para que fuera
acompañado por un oficial británico
cada vez que hacía un paseo ecuestre eran
medidas dictadas tanto por una verdadera preocupación
de la seguridad de la persona de Napoleón
como por el deseo de evitar que se fugara de la
isla.
Sin embargo, ¿cómo
habrían podido proteger a Napoleón
de un enemigo escondido en su círculo íntimo?
La tesis de Forshufvud es que uno de los compañeros
más íntimos de Napoleón, Carlos-Tristán,
conde de Montholon, le administró el arsénico
en su vino, en dosis calculadas y durante años,
hasta que sucumbió finalmente al envenenamiento.
Montholon tuvo muchas
oportunidades de administrar el veneno. No hay ninguna
duda que sabía que era uno de los principales
beneficiarios del testamento de Napoleón,
puesto que estaba presente durante la redacción
y la firma de las últimas voluntades y de
los ocho codicilos escritos entre el 15 y el 25
de abril de 1821. Se menciona ahí a Montholon
por lo menos quince veces y por más de la
mitad para su ventaja financiera potencial. La muerte
súbita del mayordomo de Napoleón,
Franceschi Cipriani, el 26 de febrero de 1818, seguidas
por la de una mujer y un niño (ambos miembros
de la casa de Montholon), merecen igualmente un
examen atento puesto que muchas autoridades han
reconocido que esos decesos habrían sido
causados por una intoxicación aguda de arsénico.
Muchos historiadores
han creído sin verificarlo el esbozo autobiográfico
insípido que Montholon puso como introducción
de sus Relatos de la cautividad de Napoleón
en Santa Elena. Según lo que se lee ahí,
habría recibido cinco heridas durante la
campaña de Austria de 1809, pero es bastante
sorprendente no encontrar ninguna mención
de ese hecho en el célebre Cuadros…de
los oficiales matados o heridos durante las guerras
del Imperio, 1805-1815, de Martinien. Pretende también
que fue ascendido a general de brigada en 1811 y
general de división el 15 de junio de 1815.
Los archivos confirman pocas de esas afirmaciones.
Parece, más bien, que Montholon nunca subió
de grado más allá de coronel durante
las guerras napoleónicas. Sin embargo, fue
promovido mariscal de campo (el equivalente de un
general subalterno) el 23 de agosto de 1814, por
Luis XVIII, por haberse unido a los Borbones. Por
dondequiera que uno lo mire, Montholon aparece como
un hombre arribista y sin escrúpulos.
Muchas historias
han circulado, y eso muchos años antes de
la muerte del emperador, como lo informa el Observer
en junio de 1816.
Es verdaderamente
ridículo al leer los informes contradictorios
que pululan en los periódicos acerca de Napoleón,
puesto que muchos contienen vulgares mentiras…
Como, por ejemplo, las historias que relatan un
encuentro con dos jóvenes damas, en el curso
de la cual relata sus campañas con toda la
vanidad locuaz de un estudiante que describiría
sus escapadas por un pelo de su primera caza de
zorro… Es un pedazo del relato de Munchausen
de su desayuno, en el cual declara que Napoleón
bebe una pinta de porter (cerveza negra) y dos botellas
de vino rojo en cada comida, cuando, en realidad,
hay muy pocos hombres tan moderados como él
para el consumo de vino.
A pesar de que Napoleón sólo bebe
Chambertin blanco, el periodista mencionaba proféticamente
los dos instrumentos del envenenamiento de Napoleón
y el medio de descubrirlo. El autor no habría
podido adivinar, en ese momento, que el destino
de Napoleón estaría ligado a “un
cabello” y al “vino”. Pero entonces,
por supuesto, es casi seguro que Montholon se ocupaba
ya de su siniestro trabajo.
Una versión
más larga de este artículo se publicó
por primera vez en Napoleonic Scholarship,
en 1997.

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