VIAJE
AL FIN DE EUROPA
Eylau — 9 al
13 de febrero de 2007
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Por el
Señor Henri Caporali
Traducción
de Isis Wirth Armenteros
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| En
la ribera del Niemen . Vemos,
de izquierda a derecha, al historiador
David Chanteranne, Thierry Choffat,
Jacques Mahieu, Isis Wirth, el conservador
del museo de Tilsit, y nuestro autor
el Sr. Henri Caporali. |
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PRESENTACIÓN
DEL AUTOR |
El
Sr. Henri Caporali, a quien debemos
el presente artículo, nació
en Marsella, Francia, en 1961.
Ha bebido desde su infancia en la
historia, de la que hizo su pasión
pero no su profesión. Es
ingeniero hidrogeólogo y
dirige un centro de estudios sobre
el medio ambiente desde 1993. (AGE
Environnement).
La historia continúa siendo
su pasión, y practica la
reconstitución histórica
desde 1996. Las campañas
de Italia, Austerlitz,
Jena…
son algunas de las batallas que
ya ha ganado.
Anima « Des tours de bois
Maury », una asociación
medieval que recrea la vida de un
señorío del siglo
XII, así como el mítico
18º regimiento de infantería
de Línea, especialmente durante
las celebraciones de los bicentenarios
napoleónicos, en la asociación
RHEMP (Reconstitución Histórica
en Midi-Pyrénées),
de la cual es el secretario.
Actualmente, escribe una novela
que tiene como tema el siglo XII
en el sur de Francia y en el Medio
Oriente.
Vive en Montauban, Francia. |
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Todo
comenzó al amanecer del 9 de febrero, por
un rezo frente al avión aleatorio que nos
condujo sin tropiezos al aeropuerto “Federico
Chopin” de Varsovia.
El viaje, organizado
por Est’capade, fue por la primera vez abierto
a los “reconstituyentes”, con un programa
que permitió aliar el turismo con la reconstitución.
Pero, como se necesita un principio para todo,
fuimos solamente dos soldados (Eddy y yo) del
valiente 18º Regimiento de línea quienes
nos unimos. Bajo la tutela de la familia Doillon,
el grupo esá formado por asiduos de Est’capade
quienes desde hace cuatro años recorren
la Europa napoleónica. Thierry Choffat
y David Chanteranne, jóvenes y dinámicos
historiadores, han dejado momentáneamente
sus manuscritos y amenizarán nuestros kilómetros
y noches con sus charlas.
Esta alegre pandilla
se dirige a Bagrationovsk (la antigua Eylau prusiana)
a través de un paisaje de nieve y de hielo.
La tristeza del paisaje es interrumpida por una
arquitectura típica desde que se penetra
en la antigua Prusia oriental. El país
está en plena modernización. France
Télécom, Decaux, Michelin están
aquí. La Segunda Guerra Mundial está
igualmente presente. Numerosos monumentos en la
periferia de Varsovia atestiguan las glorias y
sufrimientos de este pueblo y de Europa.
Una comida a Olsztyn
(Allenstein, la batalla del 3 de febrero de 1807),
en un horario desfasado, al borde de un bonito
lago, y retomamos la ruta hacia el campo de batalla
de Heilberg y un calvario que se piensa fue construido
sobre la fosa común, el 10 de junio de
1807. La noche y el frío (-10° C) nos
recuerdan lo que fueron los inviernos entonces
y presagian lo que nos espera mañana.
Nuestro objetivo
se perfila en la oscuridad, después de
una inmensa fila de camiones que pasamos ya que
la vía para buses turísticos es
poco frecuentada. A las 23:30 horas (hemos perdido
una hora por la diferencia de horario, más
dos horas y media que hemos permanecido en el
puesto fronterizo para lograr pasar este ersatz
de la Cortina de acero), entramos en el campo
de batalla y en el territorio de Kaliningrad (antigua
Prusia oriental) y en Rusia. Dejamos tras nosotros,
en las manos de los aduaneros, a un auto con cuatro
franceses, tan perdidos como nosotros. Ah, las
facilidades del pasaje de la frontera anunciadas
por los organizadores…
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Vistas
panorámica del río
Niemen y un acercamiento
a sus aguas heladas |
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En el camino,
vemos el principal monumento prusiano de la batalla,
una columna gótica iluminada, y enseguida
entramos en la villa de Eylau. Luego de algunas
dudas, en este decorado de suburbio el autobus
nos deposita en un sótano que alberga a
los gimnastas locales. Mientras que nuestros amigos
de Est’capade se dirigen hacia su hotel
“tres estrellas”, conocemos a nuestros
compañeros de noche, una tropa polaca.
No somos los menos favorecidos: tenemos una pieza
calefaccionada para dos personas…sin contar
la rata. No sabemos dónde se hacen las
inscripciones, supuestas a cerrarse a las 24.00
horas; los legionarios de la Vístula tampoco
lo saben. Un soldado enfrenta cada problema en
su momento y desde el fondo de nuestros colchones,
el sueño avanza de la mano del suave murmullo
de los polacos de al lado (una versión
de la canción “La fille du bédoin”
parece divertirlos durante algunas horas) y del
agua que sube justo a la altura de las alfombras.
El único WC y la única ducha, imposible
para los seres sensibles del Oeste, están
bloqueados. Viviremos con tres centímetros
de agua en los pasillos, hasta la noche del domingo
cuando un empleado municipal taciturno vino a
salvarnos de una muerte cierta.
La mañana
siguiente, salimos al azar a las calles nevadas.
Al abrir la puerta, los pulmones ardieron con
el frío. Seguimos nuestro instinto y recorremos
nuestras primeras calles de Eylau. Desde el fondo
de nuestro sótano, hemos sido proyectados
en el tiempo. Pero no lo suficiente: cuando más,
45 años atrás. Casitas con techo
de placas de hormigón de mala calidad,
un monumento alegórico a la gloria del
Ejército rojo, un local de “scouts”
con estatuas de pequeños pretenciosos musculosos
y bien peinados, en el estilo de los años
50. Luego, es una fábrica que humea (la
famosa iglesia de Eylau, lamentablemente transformada
en ese monumento industrial); un semi-círculo
de fotos de viejos héroes cubiertos de
medallas, más que las de un “reconstituyente”
que regresa de España. Finalmente, una
iglesia de bulbo nos recuerda que Rusia ha remplazado
a la Unión Soviética. Tiendas que
no osan mostrarse en la planta baja de la casa
del propietario. Es un ambiente años 60,
que los menores de 40 años no pueden “connaîiiiiitre”,
que diría Charles Aznavour. Por otra parte,
la alusión ya tiene 40 años.
En la ruta, nos
cruzamos con vehículos desvencijados pero
sólidos, como los habitantes, que nos miran
amigables y divertidos. Nos preguntan de dónde
venimos – al menos, es lo que suponemos
–, pero nuestro “Fransousky”
(francés) los informa, enseguida. El frío
es vivo y hace brillar nuestros trajes. Los dedos
de los pies y las manos se nos caen. Justo evitando
resbalar en el hielo ( a -15°C), encontramos
el local donde se sirve la comida. ¡Cuántos
rusos y polacos!. Con gestos y con un inglés
de cantina (de circunstancia), nos enteramos de
que hay una concentración en la plaza principal
a las 10:30 horas. Pero seguimos sin encontrar
ni unidades a integrar ni estado mayor.
En la plaza principal
hay un busto de Bagration, el héroe de
esta batalla, y una bandera teutónica.
Ya hemos cruzado el castillo de los Caballeros,
una construcción sólida, larga y
sobria, que se está renovando desde hace
algunos años. Mientras efectuábamos
nuestra búsqueda, nos tropezamos con un
hotel, y en la puerta del mismo, ¡los franceses
que encontramos en la aduana!: continúan
perdidos y han dormido en el hall y los pasillos
del hotel; los empleados se lo permitieron. Eddy
los conoció en Coetquidan. Ellos son de
la Guardia y no se mezclan. Sokolov no lo quisiera;
al menos, eso piensan ellos.
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El
castillo de los Caballeros teutónicos |
Dos rusos que
hablan francés y tan aislados como nosotros,
se nos quieren unir, pero cuatro no es suficiente.
Más tarde, encontramos a Ilya, de Moscú,
quien es el teniente Louis Leroi que representa
la 8ª semi-brigada. Él verá
que puede hacer. Después de un momento
de duda, muy nórdico, nos integra en su
unidad. A nuestros “Mi niama zavout Henri”
(ou Eddy), nos responde en un francés excelente.
Los dos camaradas rusos que nos acompañan,
viendo que estamos con esta “tropa-revolución”,
no quieren comprometer sus carreras o su vida
y rechazan nuestra invitación. Existen
disensiones en el Imperio Ruso, y nuestra tropa
no sería en olor de santidad para Oleg
Sokolov. Éste aparece, nos reconoce en
la fila, nos da la mano, inclinándose desde
lo alto de su desafortunado caballo. Él
sabe que dos bravos del 18º Regimiento de
línea han venido a Eylau, los únicos
de la Línea entre los 27 franceses inscritos.
Tropas rusas,
prusianas y francesas: somos todos 300 “reconstituyentes”.
Más “franceses” que rusos.
Nuestra unidad es muy viva y amistosa: no tardamos
en compartir licores y alimentos, que ellos mismos
nos traen, si no simpáticas cantineras.
Algunas de éstas no son insensibles a los
encantos de los franceses. De otra parte, numerosas
damas rusas llegan a la misma conclusión:
la foto de Eddy adornará los interiores
de las casas rusas por al menos 200 años.
Intercambiamos canciones, sobre todo las favoritas
de nuestra época. Algunos rusos bailan;
los brazos y las piernas se abren y se cierran
al ritmo de las palabras. Para ellos, es muy divertido,
pero no tanto, para nosotros.
Las órdenes
estallan, las unidades empinan el busto, rectifican
la alineación y nos ponemos en marcha hacia
el campo de batalla. Hay que efectuar las maniobras.
Cruzamos las posiciones francesas, el valle donde
la carga de caballería francesa pasó
por un frente de los más reducidos posibles.
La fábrica indica el emplazamiento del
estado mayor imperial. Uno se imagina el cementerio
en medio del terrible combate. Todo pareciera
que se pudo lograr sin mayor dificultad; cada
cañonazo debió surtir efecto.
Atravesando
este pequeño campo de batalla por
la carretera que conduce a Friedland, se
alcanzan las colinas donde estaban los rusos.
Se ha erigido una cruz ortodoxa, en memoria
de los soldados muertos en su puesto, héroes
que la guerra precipitó a una muerte
atroz. La campiña brilla con mil
fuegos, pues un sol reparador ha aparecido
y atenúa las temperaturas matinales.
A pesar de la grasa sobre mis botas, el
frío (-11°C) durante las maniobras
me paraliza momentáneamente algunos
dedos del pie, pero el cuerpo con el ejercicio
se aclimata. Continuamos sólo con
la chaqueta del traje, pero el abrigo se
impone.
Sokolov
ha concebido la reconstitución como
una reducción de la batalla. La villa
de Eylau está representada de una
manera más basta que en La Coruña.
Y cada unidad corresponde a una división:
con 18 hombres, la nuestra es la del general
Legrand, del cuerpo de Soult, lo cual da
una buena idea de la batalla. Tanto más
que estamos reducidos al estado de espectadores,
ya que el ala izquierda francesa no fue
la más activa. Es la división
donde se encontraba en efecto el 18º
Regimiento de línea que, la víspera
de la batalla, atacó vigorosamente
a los rusos y perdió un águila
del 2º Batallón a manos de un
potente comando de caballería. Este
episodio presagiaba la dificultad de los
combates del siguiente día. |
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| El
Profesor Oleg Sokolov
al frente de su grupo de reconstitución
histórica |
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Se ha dicho frecuentemente
que los rusos en el “cuerpo a cuerpo”
eran terribles, lo cual se revela verdadero con
algunas unidades: también nuestro teniente
Leroi no acepta el “cuerpo a cuerpo”
si no con los regimientos amigos ( los Granaderos
de Moscú, en Mitre), y lo rechaza desde
que la tasa del “psicópata alcohólico”
sobrepasa el 40% de la tropa (la Milicia de Moscú,
y según él, otras tropas). Un solo
“cuerpo a cuerpo” se efectuó
durante el día consagrado a las maniobras,
Sino, uno se acerca a la unidad enemiga; tiramos,
esquivamos las cargas o cargamos cuando ellas
se retiran. Eficaz y entretenido, pero nada vale
una herida sobre los dedos. No hay bayonetas,
tampoco. Pues hubo un “cuerpo a cuerpo”
mortal el año pasado en Polonia.
Después
de estas maniobras sobre un campo de batalla virgen
de cualquier herida moderna, y después
de habernos más de una vez atascado en
la nieve, volvemos a la villa de Eylau, atravesando
los lugares donde los combates enrojecieron la
nieve 200 años atrás. El sol se
retira, la temperatura baja. Entramos en Eylau
cantando con los amigos rusos. La Revolución
rusa está en el texto; eso sí, los
“partisanos blancos”. Que correspondería
a los cantos de la “contra-revolución”
en la versión francesa: si yo conozco los
cantos rusos, por el contrario las palabras que
empleo son francesas. Esta interpretación
hace soñar a nuestro teniente, a quien
yo me esperaba con el nombre de Denikin. Y la
evocación de un Trotsky que tiembla no
lo ofende.
Ahora tenemos
cuartel libre hasta las cinco de la tarde. Los
moscovitas parten por Kaliningrad, y nosotros
volvemos al sótano para recuperarnos de
la faena y del frío. Intentamos encontrar
agua para beber, pero el fracaso nos conduce a
la limonada. En el camino, cruzamos una ceremonia:
jóvenes en armas rindiendo homenaje a los
muertos de la Segunda Guerra Mundial. Una hilera
de piedra, con numerosos nombres en caracteres
cirílicos, bordea un monumento a los héroes
de 1945. Desde luego, es soviético. Así
se comprende cómo los alemanes defendieron
Königsberg.
Una siesta, y
nos vamos al museo de Eylau. Las modestas salas
están sobrecalentadas. Presentan no solamente
la batalla (una maqueta, fotos, una bayoneta herrumbrosa,
una bala: es todo) sino también la vida
en el territorio, los oficios y los diferentes
conflictos que ha conocido. Hay ilustraciones
que muestran el campo de batalla y la célebre
iglesia antes de ser transformada en fábrica.
Por casualidad, una responsable del museo nos
da algunos tickets para comidas y bebidas, puesto
que esta noche hay una festividad en el castillo
de los Caballeros teutónicos. Eddy busca
comprar souvenirs, pero hay muy poco en oferta:
un DVD en ruso, una medalla de Bagration. Ni una
tarjeta postal.
El gentío
se dirige hacia la explanada del castillo (“zamak”)
que fue tomado la víspera de la batalla
por la división Leval. Aquí encontramos
a los amigos de Est’capade, que partirán
pronto a Kaliningrad. Las gentes nos preguntan
sin fin, nos convidan a beber. Las muchachas y
sus madres nos piden fotos con ellas, lo mismo
que sus complacientes esposos. Encontramos a la
Guardia y a Oleg Sokolov, quien rinde homenaje
a los soldados de Siberia: han recorrido 6000
kilómetros para unirse a nosotros. Sokolov
también saluda a los franceses, relativamente
más cercanos.
La
Guardia se alinea frente a la cantina con
tal de comer. Ajustamos nuestro paso al
de ellos, con tal de probar otra cosa que
se aparte de lo corriente. Es algo bueno,
caliente, bienvenido. Hay que decir que
en lo que respecta a la gastronomía,
la Línea es bastante sobrestimada.
Un fuego de artificio ilumina el cielo y
los rostros maravillados. Después
de continuar nuestro trabajo de crítico
gastronómico respecto de la comida
prevista para la Línea, vamos a dormir.
El día
siguiente, el 11 de febrero, volvemos a
nuestro lugar en la división Legrand
y partimos hacia el monumento prusiano para
una ceremonia conmemorativa. En la colina
poblada de árboles, nos dejan pasar
y las unidades se colocan en sus posiciones.
Enfrente de ese monumento, que hace pensar
en un pilar de catedral gótica, el
agregado militar de la embajada de Francia
en Rusia, acompañado por dos colegas
en uniforme de la Marina, coloca una corona
de flores en nombre de Francia y nos dirige
un discurso breve y directo, alabando a
los héroes del pasado y a la paz
europea. Sokolov le presenta las tropas
y el glorioso 18º Regimiento, el cual
constituye, con sus amigos rusos, una unidad
entrañable. Sus palabras son justas.
Las saludamos presentando las armas. |
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| En
el fuego de la batalla |
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Luego, las tropas
avanzan hacia los emplazamientos reconocidos la
víspera, todavía bajo el sol. Todos
los habitantes de la región se han apresurado
a ocupar el promontorio para asistir al espectáculo.
Estamos cerca de un estanque congelado; tenemos
nuestra posición que nos permite admirar
la batalla. A nuestra derecha, maniobra el cuerpo
de Davout; y después, el de Augereau. ¡Qué
pena!: éste se emplaza en el flanco. Asistimos,
impotentes, al fin del 14. Regimiento de línea.
Esto es serio: los granaderos rusos han avanzado
en masa, mientras tanto. ¿ Está
perdida la batalla? Insuperable con la bayoneta,
la Guardia los percute y los rechaza. Una masa
de jinetes – entre ellos, soberbios coraceros
– se lanza y apremia al enemigo a la defensiva.
Un valiente cae, y no puede levantarse: se ha
roto una pierna. Estamos siendo atacados; abrimos
fuego desde el pelotón y desde las dos
filas. Maniobramos y vemos la utilidad para próximas
ocasiones, de tener en el 18º Regimiento
un sub-oficial de remplazo. Combatimos, pero todavía
sin “cuerpo a cuerpo”. Los rusos regresan
a su posición, y son incluso amenazados
por Ney, que ha arribado, al fin. Se ha ganado
la batalla, pero al precio de pérdidas
inauditas. Hay que volver a comenzar todo en la
primavera.
A la espera de
volver a la carga, las tropas se alinean para
una carga – destinada al público
– de bayoneta…sin bayoneta. Los fotógrafos
están encantados. Después del pequeño
desfile, nos despedimos de los amigos de la 8ª
Semi-brigada, pues re-integramos el viaje con
Est’capade. Haber estado con esta brigada
ha sido un gran momento. Eddy besa a la linda
soldado y a todas las cantineras. Nos han invitado
a la Moskova y, ¿por qué no?, a
Friedland.
Después
de un almuerzo en un restaurante de cuyo nombre
no puedo acordarme, obtenemos nuestra paga en
rublos y una simpática medalla en forma
de cruz de hierro que recuerda el evento y que
hemos estado en territorio prusiano. Si mi abuelita
lo hubiese sabido…Un enorme granadero ruso
nos da su fusil para que comprobemos cuán
pesado es. Dice que sirve para “to kill
the French soldiers”. Ante mi expresión
triste, saca una botella de vodka para consolarme.
Recuerda que ha hecho conmigo un “cuerpo
a cuerpo”, con todo honor, en Austerlitz.
Lamentablemente, hay que partir.
Llegamos en bus
al Hotel Moscú de Kaliningrad, lujoso,
sí. Aquí tenemos nuestra primera
ducha desde que salimos. La ciudad recuerda en
algunas partes a la otrora Könisgberg que
fue una vez: el zoológico, las fachadas
que la guerra no tocó, el teatro de ópera,
la catedral del siglo XIV donde eran coronados
los reyes prusianos. El reloj y el campanario
de la misma fueron reconstruidos en 1995.
Nos detenemos
en la tumba repleta de flores del filósofo
Emmanuel Kant.
En un
canal que conduce al Báltico, un
submarino ruso espera pacíficamente
por visitantes. Donde se encontraba el
castillo real –que fue destruido-
, hay ahora un inmenso edificio monolítico,
que nunca se ha utilizado; perestroika
obliga: era la sede de los Soviets.
El 12
de febrero, salimos de Kaliningrad en
dirección del Niemen. Habrá
que atravesar una taciturna campaña
helada, y aldeas idénticas a esas
de 1945. En esta planicie interminable,
la ruta cubierta de nieve de pronto da
con una valla de madera, un pequeño
jardín, una casucha sin gracia.
Reminiscencias de 1812. La compasión
se instala por nuestros soldados, abandonados
de todos.
Es un
intenso momento. Estamos en la ribera
del Niemen, donde dos hombres, por un
instante, soñaron con una Europa
en paz. A la cabeza del puente, en el
costado ruso, hay un monumento que recuerda
el suceso. La casa donde permaneció
el Emperador de los franceses ha sido
destruida. La ribera izquierda del río
es hoy rusa, mientras que la derecha es
europea (la actual Lituania): oh, los
tartamudeos de la historia. Pero regresemos
a nosotros, que estamos imaginando ahora
cómo fue ese día de 1807,
donde todo era posible: la esperanza de
los soldados, la balsa… Frente al
río congelado, inmortalizamos el
momento con el conservador del museo local
y los amigos historiadores; la foto acaso
se encontrará en la revista Napoléon
1er. Para la ocasión, he conservado
mi uniforme, lo mismo que una viajera
de Est’capade que ostenta elegantemente
el uniforme de cazadores a caballo de
la Guardia.
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Continuamos en
dirección de Friedland (Pravdinsk); comemos
sobre las orillas escarpadas del río Alle,
sobre la pequeña meseta donde las tropas
de Ney y los cañones de Sernamont, utilizados
por la primera vez como arma ofensiva móbil,
combatieron las tropas de Bagration y tomaron
el villorrio y los puentes del Alle. Un monumento
recuerda a las víctimas del encarnizado
combate, enfrente de un busto de Kutuzov. En la
plaza del villorrio, bastante bien conservado,
además de un Lenin imponente, se encuentra
la casa que sirvió de cuartel general a
Bagration la víspera y a Napoléon
el siguiente día. Un péndulo de
la época de Prusia, indica en caracteres
latinos que estamos en Friedland.
La campiña
no ha cambiado en nada. Saliendo para Eylau –
situada a 20 kilómetros –, pasamos
por las posiciones francesas y por la del estado
mayor (la aldea de Posthenen o Peredevoi). Luego
de dos horas a la frontera, regresamos a Polonia.
Arribamos muy tarde a un decorado de cuentos de
hadas: el castillo de Pultusk. Gran lujo del lugar,
¡y de la historia! Hasta hay una galería
que muestra vestimentas de época. El escenario
perfecto para la última noche del viaje.
Este castillo
conoció los combates de octubre de 1806.
Napoléon permaneció aquí
durante el invierno 1806-1807. Y, de una manera
mucho más solitaria, luego de su regreso
de Rusia, el 9 de diciembre de 1812. ¿En
qué puede pensar un hombre inmensamente
fatigado que ha perdido su ejército, proyecta
la re-organización y la conservación
de su imperio y encuentra, por una noche, su felicidad
con María Walewska?
La mañana
siguiente, Thierry Choffat nos ofrece una conferencia
acerca de los descendientes de Napoléon.
Una rápida visita a Pultusk, tras las huellas
del Emperador y de nuestros compañeros
del 18. Regimiento, y nos dirigimos hacia Varsovia.
Visitamos la ciudad
vieja durante dos horas. Admiramos el palacio
real, las fachadas del siglo XVIII, las murallas
de ladrillos. Uno se admira que de todas esas
construcciones, donde la pátina del tiempo
ha sido sabiamente restituida, prácticamente
no quedó nada tras 1945.
En el momento
de tomar el avión, nos llaman desde la
aduana. ¿El problema?: los fusiles. Son
considerados verdaderos, o sea, antigüedades,
por lo que no deben bajo ninguna circunstancia
salir del territorio polaco. Un honor para el
fabricante de estas réplicas. Pero no nos
esperábamos esto. Sí, es un transporte
de armas, pero no es un tráfico de reliquias
militares… Sudamos a gota gorda, hablamos
un inglés lamentable pero suficiente (“no”,
“forbidden”, “real gun”,
“museum”); soportamos el juego de
poder de los jefes. El avión y los amables
pasajeros están bloqueados. ¡Al fin!,
una encargada de Air France intercede en nuestro
favor. Una última duda del potentado, volver
a mostrarles por última vez, lo que aceptamos
con gusto ya que estamos autorizados a salvar
nuestro patrimonio de la confiscación pura
y simple. Estamos en el avión, ¡nuestros
fusiles también!
Es el fin de nuestras
aventuras orientales. Regresamos a París
donde hace – solamente – 10°C.
Los periódicos relatan las peripecias de
la campaña electoral y el teléfono
suena: el trabajo no espera más. Habíamos
casi olvidado.
H.C.
Leer también:
Eylau,
o la mirada de Napoleón,
por Isis Wirth Armenteros.