Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
VIAJE AL FIN DE EUROPA
Eylau — 9 al 13 de febrero de 2007
 
Versión en castellano
Por el Señor
Henri Caporali
Article en Français
 
En la ribera del Niemen . Vemos, de izquierda a derecha, al historiador David Chanteranne, Thierry Choffat, Jacques Mahieu, Isis Wirth, el conservador del museo de Tilsit, y nuestro autor el Sr. Henri Caporali.
 
Traducción Isis Wirth Armenteros; Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
 
PRESENTACIÓN DEL AUTOR
El Sr. Henri Caporali, a quien debemos el presente artículo, nació en Marsella, Francia, en 1961.
Ha bebido desde su infancia en la historia, de la que hizo su pasión pero no su profesión. Es ingeniero hidrogeólogo y dirige un centro de estudios sobre el medio ambiente desde 1993. (AGE Environnement).
La historia continúa siendo su pasión, y practica la reconstitución histórica desde 1996. Las campañas de Italia,
Austerlitz, Jena… son algunas de las batallas que ya ha ganado.
Anima « Des tours de bois Maury », una asociación medieval que recrea la vida de un señorío del siglo XII, así como el mítico 18º regimiento de infantería de Línea, especialmente durante las celebraciones de los bicentenarios napoleónicos, en la asociación RHEMP (Reconstitución Histórica en Midi-Pyrénées), de la cual es el secretario.
Actualmente, escribe una novela que tiene como tema el siglo XII en el sur de Francia y en el Medio Oriente.
Vive en Montauban, Francia.

Todo comenzó al amanecer del 9 de febrero, por un rezo frente al avión aleatorio que nos condujo sin tropiezos al aeropuerto “Federico Chopin” de Varsovia.

El viaje, organizado por Est’capade, fue por la primera vez abierto a los “reconstituyentes”, con un programa que permitió aliar el turismo con la reconstitución. Pero, como se necesita un principio para todo, fuimos solamente dos soldados (Eddy y yo) del valiente 18º Regimiento de línea quienes nos unimos. Bajo la tutela de la familia Doillon, el grupo esá formado por asiduos de Est’capade quienes desde hace cuatro años recorren la Europa napoleónica. Thierry Choffat y David Chanteranne, jóvenes y dinámicos historiadores, han dejado momentáneamente sus manuscritos y amenizarán nuestros kilómetros y noches con sus charlas.

Esta alegre pandilla se dirige a Bagrationovsk (la antigua Eylau prusiana) a través de un paisaje de nieve y de hielo. La tristeza del paisaje es interrumpida por una arquitectura típica desde que se penetra en la antigua Prusia oriental. El país está en plena modernización. France Télécom, Decaux, Michelin están aquí. La Segunda Guerra Mundial está igualmente presente. Numerosos monumentos en la periferia de Varsovia atestiguan las glorias y sufrimientos de este pueblo y de Europa.

Una comida a Olsztyn (Allenstein, la batalla del 3 de febrero de 1807), en un horario desfasado, al borde de un bonito lago, y retomamos la ruta hacia el campo de batalla de Heilberg y un calvario que se piensa fue construido sobre la fosa común, el 10 de junio de 1807. La noche y el frío (-10° C) nos recuerdan lo que fueron los inviernos entonces y presagian lo que nos espera mañana.

Nuestro objetivo se perfila en la oscuridad, después de una inmensa fila de camiones que pasamos ya que la vía para buses turísticos es poco frecuentada. A las 23:30 horas (hemos perdido una hora por la diferencia de horario, más dos horas y media que hemos permanecido en el puesto fronterizo para lograr pasar este ersatz de la Cortina de acero), entramos en el campo de batalla y en el territorio de Kaliningrad (antigua Prusia oriental) y en Rusia. Dejamos tras nosotros, en las manos de los aduaneros, a un auto con cuatro franceses, tan perdidos como nosotros. Ah, las facilidades del pasaje de la frontera anunciadas por los organizadores…

 
Vistas panorámica del río Niemen y un acercamiento a sus aguas heladas

En el camino, vemos el principal monumento prusiano de la batalla, una columna gótica iluminada, y enseguida entramos en la villa de Eylau. Luego de algunas dudas, en este decorado de suburbio el autobus nos deposita en un sótano que alberga a los gimnastas locales. Mientras que nuestros amigos de Est’capade se dirigen hacia su hotel “tres estrellas”, conocemos a nuestros compañeros de noche, una tropa polaca. No somos los menos favorecidos: tenemos una pieza calefaccionada para dos personas…sin contar la rata. No sabemos dónde se hacen las inscripciones, supuestas a cerrarse a las 24.00 horas; los legionarios de la Vístula tampoco lo saben. Un soldado enfrenta cada problema en su momento y desde el fondo de nuestros colchones, el sueño avanza de la mano del suave murmullo de los polacos de al lado (una versión de la canción “La fille du bédoin” parece divertirlos durante algunas horas) y del agua que sube justo a la altura de las alfombras. El único WC y la única ducha, imposible para los seres sensibles del Oeste, están bloqueados. Viviremos con tres centímetros de agua en los pasillos, hasta la noche del domingo cuando un empleado municipal taciturno vino a salvarnos de una muerte cierta.

La mañana siguiente, salimos al azar a las calles nevadas. Al abrir la puerta, los pulmones ardieron con el frío. Seguimos nuestro instinto y recorremos nuestras primeras calles de Eylau. Desde el fondo de nuestro sótano, hemos sido proyectados en el tiempo. Pero no lo suficiente: cuando más, 45 años atrás. Casitas con techo de placas de hormigón de mala calidad, un monumento alegórico a la gloria del Ejército rojo, un local de “scouts” con estatuas de pequeños pretenciosos musculosos y bien peinados, en el estilo de los años 50. Luego, es una fábrica que humea (la famosa iglesia de Eylau, lamentablemente transformada en ese monumento industrial); un semi-círculo de fotos de viejos héroes cubiertos de medallas, más que las de un “reconstituyente” que regresa de España. Finalmente, una iglesia de bulbo nos recuerda que Rusia ha remplazado a la Unión Soviética. Tiendas que no osan mostrarse en la planta baja de la casa del propietario. Es un ambiente años 60, que los menores de 40 años no pueden “connaîiiiiitre”, que diría Charles Aznavour. Por otra parte, la alusión ya tiene 40 años.

En la ruta, nos cruzamos con vehículos desvencijados pero sólidos, como los habitantes, que nos miran amigables y divertidos. Nos preguntan de dónde venimos – al menos, es lo que suponemos –, pero nuestro “Fransousky” (francés) los informa, enseguida. El frío es vivo y hace brillar nuestros trajes. Los dedos de los pies y las manos se nos caen. Justo evitando resbalar en el hielo ( a -15°C), encontramos el local donde se sirve la comida. ¡Cuántos rusos y polacos!. Con gestos y con un inglés de cantina (de circunstancia), nos enteramos de que hay una concentración en la plaza principal a las 10:30 horas. Pero seguimos sin encontrar ni unidades a integrar ni estado mayor.

En la plaza principal hay un busto de Bagration, el héroe de esta batalla, y una bandera teutónica. Ya hemos cruzado el castillo de los Caballeros, una construcción sólida, larga y sobria, que se está renovando desde hace algunos años. Mientras efectuábamos nuestra búsqueda, nos tropezamos con un hotel, y en la puerta del mismo, ¡los franceses que encontramos en la aduana!: continúan perdidos y han dormido en el hall y los pasillos del hotel; los empleados se lo permitieron. Eddy los conoció en Coetquidan. Ellos son de la Guardia y no se mezclan. Sokolov no lo quisiera; al menos, eso piensan ellos.

El castillo de los Caballeros teutónicos

Dos rusos que hablan francés y tan aislados como nosotros, se nos quieren unir, pero cuatro no es suficiente. Más tarde, encontramos a Ilya, de Moscú, quien es el teniente Louis Leroi que representa la 8ª semi-brigada. Él verá que puede hacer. Después de un momento de duda, muy nórdico, nos integra en su unidad. A nuestros “Mi niama zavout Henri” (ou Eddy), nos responde en un francés excelente. Los dos camaradas rusos que nos acompañan, viendo que estamos con esta “tropa-revolución”, no quieren comprometer sus carreras o su vida y rechazan nuestra invitación. Existen disensiones en el Imperio Ruso, y nuestra tropa no sería en olor de santidad para Oleg Sokolov. Éste aparece, nos reconoce en la fila, nos da la mano, inclinándose desde lo alto de su desafortunado caballo. Él sabe que dos bravos del 18º Regimiento de línea han venido a Eylau, los únicos de la Línea entre los 27 franceses inscritos.

Tropas rusas, prusianas y francesas: somos todos 300 “reconstituyentes”. Más “franceses” que rusos. Nuestra unidad es muy viva y amistosa: no tardamos en compartir licores y alimentos, que ellos mismos nos traen, si no simpáticas cantineras. Algunas de éstas no son insensibles a los encantos de los franceses. De otra parte, numerosas damas rusas llegan a la misma conclusión: la foto de Eddy adornará los interiores de las casas rusas por al menos 200 años. Intercambiamos canciones, sobre todo las favoritas de nuestra época. Algunos rusos bailan; los brazos y las piernas se abren y se cierran al ritmo de las palabras. Para ellos, es muy divertido, pero no tanto, para nosotros.

Las órdenes estallan, las unidades empinan el busto, rectifican la alineación y nos ponemos en marcha hacia el campo de batalla. Hay que efectuar las maniobras. Cruzamos las posiciones francesas, el valle donde la carga de caballería francesa pasó por un frente de los más reducidos posibles. La fábrica indica el emplazamiento del estado mayor imperial. Uno se imagina el cementerio en medio del terrible combate. Todo pareciera que se pudo lograr sin mayor dificultad; cada cañonazo debió surtir efecto.

Atravesando este pequeño campo de batalla por la carretera que conduce a Friedland, se alcanzan las colinas donde estaban los rusos. Se ha erigido una cruz ortodoxa, en memoria de los soldados muertos en su puesto, héroes que la guerra precipitó a una muerte atroz. La campiña brilla con mil fuegos, pues un sol reparador ha aparecido y atenúa las temperaturas matinales. A pesar de la grasa sobre mis botas, el frío (-11°C) durante las maniobras me paraliza momentáneamente algunos dedos del pie, pero el cuerpo con el ejercicio se aclimata. Continuamos sólo con la chaqueta del traje, pero el abrigo se impone.

Sokolov ha concebido la reconstitución como una reducción de la batalla. La villa de Eylau está representada de una manera más basta que en La Coruña. Y cada unidad corresponde a una división: con 18 hombres, la nuestra es la del general Legrand, del cuerpo de Soult, lo cual da una buena idea de la batalla. Tanto más que estamos reducidos al estado de espectadores, ya que el ala izquierda francesa no fue la más activa. Es la división donde se encontraba en efecto el 18º Regimiento de línea que, la víspera de la batalla, atacó vigorosamente a los rusos y perdió un águila del 2º Batallón a manos de un potente comando de caballería. Este episodio presagiaba la dificultad de los combates del siguiente día.

El Profesor Oleg Sokolov al frente de su grupo de reconstitución histórica

Se ha dicho frecuentemente que los rusos en el “cuerpo a cuerpo” eran terribles, lo cual se revela verdadero con algunas unidades: también nuestro teniente Leroi no acepta el “cuerpo a cuerpo” si no con los regimientos amigos ( los Granaderos de Moscú, en Mitre), y lo rechaza desde que la tasa del “psicópata alcohólico” sobrepasa el 40% de la tropa (la Milicia de Moscú, y según él, otras tropas). Un solo “cuerpo a cuerpo” se efectuó durante el día consagrado a las maniobras, Sino, uno se acerca a la unidad enemiga; tiramos, esquivamos las cargas o cargamos cuando ellas se retiran. Eficaz y entretenido, pero nada vale una herida sobre los dedos. No hay bayonetas, tampoco. Pues hubo un “cuerpo a cuerpo” mortal el año pasado en Polonia.

Después de estas maniobras sobre un campo de batalla virgen de cualquier herida moderna, y después de habernos más de una vez atascado en la nieve, volvemos a la villa de Eylau, atravesando los lugares donde los combates enrojecieron la nieve 200 años atrás. El sol se retira, la temperatura baja. Entramos en Eylau cantando con los amigos rusos. La Revolución rusa está en el texto; eso sí, los “partisanos blancos”. Que correspondería a los cantos de la “contra-revolución” en la versión francesa: si yo conozco los cantos rusos, por el contrario las palabras que empleo son francesas. Esta interpretación hace soñar a nuestro teniente, a quien yo me esperaba con el nombre de Denikin. Y la evocación de un Trotsky que tiembla no lo ofende.

Ahora tenemos cuartel libre hasta las cinco de la tarde. Los moscovitas parten por Kaliningrad, y nosotros volvemos al sótano para recuperarnos de la faena y del frío. Intentamos encontrar agua para beber, pero el fracaso nos conduce a la limonada. En el camino, cruzamos una ceremonia: jóvenes en armas rindiendo homenaje a los muertos de la Segunda Guerra Mundial. Una hilera de piedra, con numerosos nombres en caracteres cirílicos, bordea un monumento a los héroes de 1945. Desde luego, es soviético. Así se comprende cómo los alemanes defendieron Königsberg.

Una siesta, y nos vamos al museo de Eylau. Las modestas salas están sobrecalentadas. Presentan no solamente la batalla (una maqueta, fotos, una bayoneta herrumbrosa, una bala: es todo) sino también la vida en el territorio, los oficios y los diferentes conflictos que ha conocido. Hay ilustraciones que muestran el campo de batalla y la célebre iglesia antes de ser transformada en fábrica. Por casualidad, una responsable del museo nos da algunos tickets para comidas y bebidas, puesto que esta noche hay una festividad en el castillo de los Caballeros teutónicos. Eddy busca comprar souvenirs, pero hay muy poco en oferta: un DVD en ruso, una medalla de Bagration. Ni una tarjeta postal.

El gentío se dirige hacia la explanada del castillo (“zamak”) que fue tomado la víspera de la batalla por la división Leval. Aquí encontramos a los amigos de Est’capade, que partirán pronto a Kaliningrad. Las gentes nos preguntan sin fin, nos convidan a beber. Las muchachas y sus madres nos piden fotos con ellas, lo mismo que sus complacientes esposos. Encontramos a la Guardia y a Oleg Sokolov, quien rinde homenaje a los soldados de Siberia: han recorrido 6000 kilómetros para unirse a nosotros. Sokolov también saluda a los franceses, relativamente más cercanos.

La Guardia se alinea frente a la cantina con tal de comer. Ajustamos nuestro paso al de ellos, con tal de probar otra cosa que se aparte de lo corriente. Es algo bueno, caliente, bienvenido. Hay que decir que en lo que respecta a la gastronomía, la Línea es bastante sobrestimada. Un fuego de artificio ilumina el cielo y los rostros maravillados. Después de continuar nuestro trabajo de crítico gastronómico respecto de la comida prevista para la Línea, vamos a dormir.

El día siguiente, el 11 de febrero, volvemos a nuestro lugar en la división Legrand y partimos hacia el monumento prusiano para una ceremonia conmemorativa. En la colina poblada de árboles, nos dejan pasar y las unidades se colocan en sus posiciones. Enfrente de ese monumento, que hace pensar en un pilar de catedral gótica, el agregado militar de la embajada de Francia en Rusia, acompañado por dos colegas en uniforme de la Marina, coloca una corona de flores en nombre de Francia y nos dirige un discurso breve y directo, alabando a los héroes del pasado y a la paz europea. Sokolov le presenta las tropas y el glorioso 18º Regimiento, el cual constituye, con sus amigos rusos, una unidad entrañable. Sus palabras son justas. Las saludamos presentando las armas.

En el fuego de la batalla

Luego, las tropas avanzan hacia los emplazamientos reconocidos la víspera, todavía bajo el sol. Todos los habitantes de la región se han apresurado a ocupar el promontorio para asistir al espectáculo. Estamos cerca de un estanque congelado; tenemos nuestra posición que nos permite admirar la batalla. A nuestra derecha, maniobra el cuerpo de Davout; y después, el de Augereau. ¡Qué pena!: éste se emplaza en el flanco. Asistimos, impotentes, al fin del 14. Regimiento de línea. Esto es serio: los granaderos rusos han avanzado en masa, mientras tanto. ¿ Está perdida la batalla? Insuperable con la bayoneta, la Guardia los percute y los rechaza. Una masa de jinetes – entre ellos, soberbios coraceros – se lanza y apremia al enemigo a la defensiva. Un valiente cae, y no puede levantarse: se ha roto una pierna. Estamos siendo atacados; abrimos fuego desde el pelotón y desde las dos filas. Maniobramos y vemos la utilidad para próximas ocasiones, de tener en el 18º Regimiento un sub-oficial de remplazo. Combatimos, pero todavía sin “cuerpo a cuerpo”. Los rusos regresan a su posición, y son incluso amenazados por Ney, que ha arribado, al fin. Se ha ganado la batalla, pero al precio de pérdidas inauditas. Hay que volver a comenzar todo en la primavera.

A la espera de volver a la carga, las tropas se alinean para una carga – destinada al público – de bayoneta…sin bayoneta. Los fotógrafos están encantados. Después del pequeño desfile, nos despedimos de los amigos de la 8ª Semi-brigada, pues re-integramos el viaje con Est’capade. Haber estado con esta brigada ha sido un gran momento. Eddy besa a la linda soldado y a todas las cantineras. Nos han invitado a la Moskova y, ¿por qué no?, a Friedland.

Después de un almuerzo en un restaurante de cuyo nombre no puedo acordarme, obtenemos nuestra paga en rublos y una simpática medalla en forma de cruz de hierro que recuerda el evento y que hemos estado en territorio prusiano. Si mi abuelita lo hubiese sabido…Un enorme granadero ruso nos da su fusil para que comprobemos cuán pesado es. Dice que sirve para “to kill the French soldiers”. Ante mi expresión triste, saca una botella de vodka para consolarme. Recuerda que ha hecho conmigo un “cuerpo a cuerpo”, con todo honor, en Austerlitz. Lamentablemente, hay que partir.

Llegamos en bus al Hotel Moscú de Kaliningrad, lujoso, sí. Aquí tenemos nuestra primera ducha desde que salimos. La ciudad recuerda en algunas partes a la otrora Könisgberg que fue una vez: el zoológico, las fachadas que la guerra no tocó, el teatro de ópera, la catedral del siglo XIV donde eran coronados los reyes prusianos. El reloj y el campanario de la misma fueron reconstruidos en 1995.

Nos detenemos en la tumba repleta de flores del filósofo Emmanuel Kant.

En un canal que conduce al Báltico, un submarino ruso espera pacíficamente por visitantes. Donde se encontraba el castillo real –que fue destruido- , hay ahora un inmenso edificio monolítico, que nunca se ha utilizado; perestroika obliga: era la sede de los Soviets.

El 12 de febrero, salimos de Kaliningrad en dirección del Niemen. Habrá que atravesar una taciturna campaña helada, y aldeas idénticas a esas de 1945. En esta planicie interminable, la ruta cubierta de nieve de pronto da con una valla de madera, un pequeño jardín, una casucha sin gracia. Reminiscencias de 1812. La compasión se instala por nuestros soldados, abandonados de todos.

Es un intenso momento. Estamos en la ribera del Niemen, donde dos hombres, por un instante, soñaron con una Europa en paz. A la cabeza del puente, en el costado ruso, hay un monumento que recuerda el suceso. La casa donde permaneció el Emperador de los franceses ha sido destruida. La ribera izquierda del río es hoy rusa, mientras que la derecha es europea (la actual Lituania): oh, los tartamudeos de la historia. Pero regresemos a nosotros, que estamos imaginando ahora cómo fue ese día de 1807, donde todo era posible: la esperanza de los soldados, la balsa… Frente al río congelado, inmortalizamos el momento con el conservador del museo local y los amigos historiadores; la foto acaso se encontrará en la revista Napoléon 1er. Para la ocasión, he conservado mi uniforme, lo mismo que una viajera de Est’capade que ostenta elegantemente el uniforme de cazadores a caballo de la Guardia.

Tumba de Emmanuel Kant

Continuamos en dirección de Friedland (Pravdinsk); comemos sobre las orillas escarpadas del río Alle, sobre la pequeña meseta donde las tropas de Ney y los cañones de Sernamont, utilizados por la primera vez como arma ofensiva móbil, combatieron las tropas de Bagration y tomaron el villorrio y los puentes del Alle. Un monumento recuerda a las víctimas del encarnizado combate, enfrente de un busto de Kutuzov. En la plaza del villorrio, bastante bien conservado, además de un Lenin imponente, se encuentra la casa que sirvió de cuartel general a Bagration la víspera y a Napoléon el siguiente día. Un péndulo de la época de Prusia, indica en caracteres latinos que estamos en Friedland.

La campiña no ha cambiado en nada. Saliendo para Eylau – situada a 20 kilómetros –, pasamos por las posiciones francesas y por la del estado mayor (la aldea de Posthenen o Peredevoi). Luego de dos horas a la frontera, regresamos a Polonia. Arribamos muy tarde a un decorado de cuentos de hadas: el castillo de Pultusk. Gran lujo del lugar, ¡y de la historia! Hasta hay una galería que muestra vestimentas de época. El escenario perfecto para la última noche del viaje.

Este castillo conoció los combates de octubre de 1806. Napoléon permaneció aquí durante el invierno 1806-1807. Y, de una manera mucho más solitaria, luego de su regreso de Rusia, el 9 de diciembre de 1812. ¿En qué puede pensar un hombre inmensamente fatigado que ha perdido su ejército, proyecta la re-organización y la conservación de su imperio y encuentra, por una noche, su felicidad con María Walewska?

La mañana siguiente, Thierry Choffat nos ofrece una conferencia acerca de los descendientes de Napoléon. Una rápida visita a Pultusk, tras las huellas del Emperador y de nuestros compañeros del 18. Regimiento, y nos dirigimos hacia Varsovia.

Visitamos la ciudad vieja durante dos horas. Admiramos el palacio real, las fachadas del siglo XVIII, las murallas de ladrillos. Uno se admira que de todas esas construcciones, donde la pátina del tiempo ha sido sabiamente restituida, prácticamente no quedó nada tras 1945.

En el momento de tomar el avión, nos llaman desde la aduana. ¿El problema?: los fusiles. Son considerados verdaderos, o sea, antigüedades, por lo que no deben bajo ninguna circunstancia salir del territorio polaco. Un honor para el fabricante de estas réplicas. Pero no nos esperábamos esto. Sí, es un transporte de armas, pero no es un tráfico de reliquias militares… Sudamos a gota gorda, hablamos un inglés lamentable pero suficiente (“no”, “forbidden”, “real gun”, “museum”); soportamos el juego de poder de los jefes. El avión y los amables pasajeros están bloqueados. ¡Al fin!, una encargada de Air France intercede en nuestro favor. Una última duda del potentado, volver a mostrarles por última vez, lo que aceptamos con gusto ya que estamos autorizados a salvar nuestro patrimonio de la confiscación pura y simple. Estamos en el avión, ¡nuestros fusiles también!

Es el fin de nuestras aventuras orientales. Regresamos a París donde hace – solamente – 10°C. Los periódicos relatan las peripecias de la campaña electoral y el teléfono suena: el trabajo no espera más. Habíamos casi olvidado.

H.C.

Leer también: Eylau, o la mirada de Napoleón, por Isis Wirth Armenteros.