UN
TESTIMONIO DE GRAN INTERÉS:
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EL
CONDE FRANÇOIS DE CANDÉ-MONTHOLON |
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| El
Señor Conde François
de Candé-Montholon
mostrando orgullosamente
la más alta distinción
de la Sociedad Napoleónica
Internacional, la medalla
de la Legión de Mérito.
En su mano izquierda sostiene
la mascarilla mortuoria
de su célebre ancestro,
el Conde de Montholon. |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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¿Napoleón
murió envenenado? Desde hace cuarenta
años, la polémica desgarra y divide
a los partidarios y a los adversarios de la
tesis criminal. Los últimos análisis
científicos y el expediente
establecido por la Sociedad Napoleónica
Internacional no dejan hoy ninguna duda. Si
se admite que Napoleón fue envenenado,
acarreando su muerte prematura, ¿quién
es el culpable? Éste debe pertenecer
al entorno que se quedó hasta el final
junto al Emperador, haber dispuesto de los medios
necesarios y, sobre todo, tener un móvil.
Desde la hipótesis emitida por el profesor
Forshuvfud a principios de los años
60, el general Conde de Montholon, último
compañero de Napoleón en Longwood,
primer ejecutor testamentario del Emperador,
es el culpable ideal ya que es el único
en reunir todas estas condiciones.
La familia
Montholon se ilustró a todo lo largo
de la historia de Francia y su origen remonta
a las cruzadas. Junto con su padre, François
de Candé-Montholon es hoy el
último descendiente por la rama mayor.
El nombre de Montholon se ha extinguido. La
última en haberlo llevado fue la abuela
de François de Candé, Marguerite
de Montholon, esposa de Jacques de
Candé.
Ante una polémica
de esta amplitud, un Montholon no podía
quedarse en silencio, alimentando la fórmula:
« quien calla otorga ».
El destino
me ha escogido para ser quien rompiera el silencio:
mi padre se había visto entregar documentos
que habían pertenecido en otros tiempos
a la familia Montholon y de los cuales una parte
trataba del general de Montholon, más
particularmente de los seis años pasados
junto a Napoleón en Santa
Helena. Sabiéndome apasionado por
este tema y al desinteresarse totalmente la
familia de él, me entregó estos
papeles, que habían sido echados a granel
en viejos cartones.
Fue a principios
de los años 80, con mi amigo el periodista
Patrick Poivre d’Arvor, cuando emprendí
su examen durante largos fines de semana pasados
en mi propiedad. Fue él quien me convenció
de hacer público su contenido. Yo dudaba
ya que estos documentos parecían confortar
la tesis del envenenamiento del Emperador por
mi ancestro y me era difícil sobrellevar
que éste pudiese ser un asesino. ¿Cómo
defender su memoria cuando todos los indicios
tendían a aplastarlo? Había ciertamente
circunstancias atenuantes que yo debía
esforzarme por descubrir para rehabilitar a
mi ancestro.
Yo conocía
por supuesto los numerosos escritos y las investigaciones
del Dr. Weider sobre el tema pero no me atrevía
a contactarlo puesto que, en mi calidad de descendiente
del asesino presumido del Emperador, me parecía
lógico que mi nombre pudiese inspirarle
una cierta antipatía. Esta es la razón
por la cual entré en contacto con el
Prof. Maury, economista de formación,
quien también se había interesado
en esta historia y había ya escrito un
libro sobre el tema.
Juntos, publicamos en las ediciones Albin-Michel
« El enigma de Napoleón resuelto
» (« L’énigme Napoléon
résolue »), libro en el cual yo
exponía por primera vez la íntima
convicción de un descendiente del general
de Montholon.
Este libro,
que gozó de un cierto éxito de
librería, brindó la ocasión
de numerosos debates y entrevistas. Es así
que en junio de 2001, tuve el honor de conocer
a aquel quien es, a mis ojos, el más
grande especialista de este asunto. Ben Weider
ha consagrado cuarenta años de su vida
a resolver este enigma de tan gran interés
para él, y ha llevado a cabo sus investigaciones
con la misma convicción y la misma tenacidad
que le han permitido conducir con éxito
su vida de hombre de negocios. Por supuesto,
tengo mucho respeto por los historiadores pero
ninguno de ellos ha estudiado este episodio
de manera una manera tan completa tanto en el
plano histórico como en el científico.
Es por esto que los trabajos de Ben Weider constituyen
« la referencia » en este
campo y le sobrevivirán aún por
largo tiempo.
Contra toda
espera, mi aprehensión se disipó
enseguida. Ante el descendiente del asesino
presumido, el detective Weider es de una extrema
cortesía y aún se muestra caluroso.
Intercambiamos nuestros puntos de vista: si
admito que mi ancestro ha probablemente vertido
arsénico en el vino del Emperador, sostengo
en cambio que no quiso envenenar a Napoleón
sino sólo alterar su estado de salud,
para que los aliados decidieran su repatriación
a Europa así como el de todo su séquito.
El Dr. Weider sostiene en cuanto a él
que Montholon operaba deliberadamente por orden
de Luis XVIII, al no querer nadie en Europa
correr el riesgo de un regreso siempre posible
del Usurpador, ya que aunque exiliado
en Santa Helena, Napoleón podía
aún contar con múltiples apoyos.
Durante los
meses que siguieron, Ben Weider y yo quedamos
en contacto y nuestros intercambios se hicieron
cada vez más calurosos y constructivos,
la estima recíproca haciendo lugar a
una real amistad. Sabíamos ambos que
no era la polémica sino una búsqueda
objetiva de todos los indicios en nuestra posesión,
de cargo como en descargo, lo que nos ayudaría
a descubrir la verdad. Debo admitir hoy que
la tesis que él defiende es la que reúne
más elementos convincentes. Pero nos
queda aún mucho por descubrir sobre Charles
y Albine de Montholon. Parecía pues atinado
poner en común los resultados de nuestras
investigaciones recíprocas con el fin
de aportar, llegado el día, un punto
final a este enigma histórico.
Por su comportamiento
para conmigo y sus incesantes investigaciones,
Ben Weider me ha ayudado mucho a justificar
la actitud de mi ancestro y por este gesto,
me ha mostrado que está a la altura del
gran hombre a quien admira. Así, la memoria
de mi ancestro a sido mucho más maltratada
por la hipocresía convenida de algunos
historiadores que por el Dr. Weider, a pesar
de las presunciones que sus descubrimientos
hacen pesar sobre el general de Montholon. No
olvidemos que cualquiera que haya sido su papel
en el Emperador evoca en su testamento los cuidados
filiales de los que fue objeto por parte de
Montholon. Lo designa como su primer ejecutor
testamentario, honrándolo así
con su preferencia e inscribiendo su nombre
en el acta última de su epopeya.
François
de Candé-Montholon.

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