« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
UN TESTIMONIO DE GRAN INTERÉS:
EL CONDE FRANÇOIS DE CANDÉ-MONTHOLON
El Señor Conde François de Candé-Montholon mostrando orgullosamente la más alta distinción de la Sociedad Napoleónica Internacional, la medalla de la Legión de Mérito. En su mano izquierda sostiene la mascarilla mortuoria de su célebre ancestro, el Conde de Montholon.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia

¿Napoleón murió envenenado? Desde hace cuarenta años, la polémica desgarra y divide a los partidarios y a los adversarios de la tesis criminal. Los últimos análisis científicos y el expediente establecido por la Sociedad Napoleónica Internacional no dejan hoy ninguna duda. Si se admite que Napoleón fue envenenado, acarreando su muerte prematura, ¿quién es el culpable? Éste debe pertenecer al entorno que se quedó hasta el final junto al Emperador, haber dispuesto de los medios necesarios y, sobre todo, tener un móvil. Desde la hipótesis emitida por el profesor Forshuvfud a principios de los años 60, el general Conde de Montholon, último compañero de Napoleón en Longwood, primer ejecutor testamentario del Emperador, es el culpable ideal ya que es el único en reunir todas estas condiciones.

La familia Montholon se ilustró a todo lo largo de la historia de Francia y su origen remonta a las cruzadas. Junto con su padre, François de Candé-Montholon es hoy el último descendiente por la rama mayor. El nombre de Montholon se ha extinguido. La última en haberlo llevado fue la abuela de François de Candé, Marguerite de Montholon, esposa de Jacques de Candé.

Ante una polémica de esta amplitud, un Montholon no podía quedarse en silencio, alimentando la fórmula: « quien calla otorga ».

El destino me ha escogido para ser quien rompiera el silencio: mi padre se había visto entregar documentos que habían pertenecido en otros tiempos a la familia Montholon y de los cuales una parte trataba del general de Montholon, más particularmente de los seis años pasados junto a Napoleón en Santa Helena. Sabiéndome apasionado por este tema y al desinteresarse totalmente la familia de él, me entregó estos papeles, que habían sido echados a granel en viejos cartones.

Fue a principios de los años 80, con mi amigo el periodista Patrick Poivre d’Arvor, cuando emprendí su examen durante largos fines de semana pasados en mi propiedad. Fue él quien me convenció de hacer público su contenido. Yo dudaba ya que estos documentos parecían confortar la tesis del envenenamiento del Emperador por mi ancestro y me era difícil sobrellevar que éste pudiese ser un asesino. ¿Cómo defender su memoria cuando todos los indicios tendían a aplastarlo? Había ciertamente circunstancias atenuantes que yo debía esforzarme por descubrir para rehabilitar a mi ancestro.

Yo conocía por supuesto los numerosos escritos y las investigaciones del Dr. Weider sobre el tema pero no me atrevía a contactarlo puesto que, en mi calidad de descendiente del asesino presumido del Emperador, me parecía lógico que mi nombre pudiese inspirarle una cierta antipatía. Esta es la razón por la cual entré en contacto con el Prof. Maury, economista de formación, quien también se había interesado en esta historia y había ya escrito un libro sobre el tema.
Juntos, publicamos en las ediciones Albin-Michel « El enigma de Napoleón resuelto » (« L’énigme Napoléon résolue »), libro en el cual yo exponía por primera vez la íntima convicción de un descendiente del general de Montholon.

Este libro, que gozó de un cierto éxito de librería, brindó la ocasión de numerosos debates y entrevistas. Es así que en junio de 2001, tuve el honor de conocer a aquel quien es, a mis ojos, el más grande especialista de este asunto. Ben Weider ha consagrado cuarenta años de su vida a resolver este enigma de tan gran interés para él, y ha llevado a cabo sus investigaciones con la misma convicción y la misma tenacidad que le han permitido conducir con éxito su vida de hombre de negocios. Por supuesto, tengo mucho respeto por los historiadores pero ninguno de ellos ha estudiado este episodio de manera una manera tan completa tanto en el plano histórico como en el científico. Es por esto que los trabajos de Ben Weider constituyen « la referencia » en este campo y le sobrevivirán aún por largo tiempo.

Contra toda espera, mi aprehensión se disipó enseguida. Ante el descendiente del asesino presumido, el detective Weider es de una extrema cortesía y aún se muestra caluroso. Intercambiamos nuestros puntos de vista: si admito que mi ancestro ha probablemente vertido arsénico en el vino del Emperador, sostengo en cambio que no quiso envenenar a Napoleón sino sólo alterar su estado de salud, para que los aliados decidieran su repatriación a Europa así como el de todo su séquito. El Dr. Weider sostiene en cuanto a él que Montholon operaba deliberadamente por orden de Luis XVIII, al no querer nadie en Europa correr el riesgo de un regreso siempre posible del Usurpador, ya que aunque exiliado en Santa Helena, Napoleón podía aún contar con múltiples apoyos.

Durante los meses que siguieron, Ben Weider y yo quedamos en contacto y nuestros intercambios se hicieron cada vez más calurosos y constructivos, la estima recíproca haciendo lugar a una real amistad. Sabíamos ambos que no era la polémica sino una búsqueda objetiva de todos los indicios en nuestra posesión, de cargo como en descargo, lo que nos ayudaría a descubrir la verdad. Debo admitir hoy que la tesis que él defiende es la que reúne más elementos convincentes. Pero nos queda aún mucho por descubrir sobre Charles y Albine de Montholon. Parecía pues atinado poner en común los resultados de nuestras investigaciones recíprocas con el fin de aportar, llegado el día, un punto final a este enigma histórico.

Por su comportamiento para conmigo y sus incesantes investigaciones, Ben Weider me ha ayudado mucho a justificar la actitud de mi ancestro y por este gesto, me ha mostrado que está a la altura del gran hombre a quien admira. Así, la memoria de mi ancestro a sido mucho más maltratada por la hipocresía convenida de algunos historiadores que por el Dr. Weider, a pesar de las presunciones que sus descubrimientos hacen pesar sobre el general de Montholon. No olvidemos que cualquiera que haya sido su papel en el Emperador evoca en su testamento los cuidados filiales de los que fue objeto por parte de Montholon. Lo designa como su primer ejecutor testamentario, honrándolo así con su preferencia e inscribiendo su nombre en el acta última de su epopeya.

François de Candé-Montholon.


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