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BICENTENARIOS:
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UN
BIEN PÁLIDO « SOL DE AUSTERLITZ
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Por
el |
Barón
Gourgaud
Presidente
de la Fundación Napoleón |
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| El
Barón Gourgaud |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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Como
era lógico, después
de haber ignorado patentemente
los bicentenarios de la proclamación
del Imperio y de la Coronación
de Napoleón, la república
francesa sigue dando muestras
de su desprecio al Emperador,
repudiando su obra y su legado,
y hoy ignora 200º aniversario
de la batalla de Austerlitz,
o de los “Tres Emperadores”.
A continuación, el presidente
de la Fundación Napoleón,
el Barón Gourgaud, se
expresa sobre la cuestión. |
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Hay
muchas escuelas en materia de conmemoraciones. La
que domina hoy parece preferir elecciones políticamente
rentables o que permitan una sesión de autoflagelación
sobre tal o cual episodio desgraciado de nuestra historia.
No se sorprenderá uno pues de la discreción
con la cual el Estado ha tratado y continúa
tratando los bicentenarios napoleónicos, dejando
a cada una de las instituciones nacionales creadas
por Napoleón arreglárselas con su acta
de nacimiento o remitiéndose a la iniciativa
privada.
Si acaso podíamos comprender que la república
haya escamoteado la proclamación del Imperio
o la Coronación de Napoleón, estamos
muy sorprendidos y decepcionados de que nada oficial
haya sido previsto para el bicentenario de la batalla
de Austerlitz (2 de diciembre de 1805), una de las
más grandes victorias de la armada francesa
cuyo nombre figura en las banderas de numerosos regimientos.
El actual Primer Ministro, cuyo interés por
la cuestión napoleónica es conocido,
no encontró sin duda ningún expediente
sobre este tema a su llegada a Matignon.
¿Por qué?
Se nos dice a veces que el presidente de la república
no sería muy « napoleónico ».
Se murmura por aquí y por allá que ningún
crédito pudo ser liberado para permitir, por
ejemplo, al Museo de la Armada, (institución
toda indicada) celebrar el evento.
Se sugiere en fin que no se quiso celebrar una victoria
obtenida sobre las armas de aquellos que se han convertido
desde entonces en nuestros amigos europeos, austriacos
y rusos.
Ignoro si esto es cierto, pero si tal fuera el caso,
estaría inquieto por la manera en la que se
considera desde ahora enseñarnos y hacernos
interesarnos en la historia de nuestro país.
Noto en cambio que las autoridades inglesas no se
plantean tantas preguntas cuando celebran con pompa
el bicentenario de Trafalgar, victoria naval ante
Francia y España, sin embargo miembros eminentes
de la Unión Europea.
Vimos inclusive prestigiosos navíos de guerra
franceses participar en un desfile naval organizado
para esta ocasión o al presidente de la república
acordar su Alto Patronazgo – en concierto con
la Reina Elizabeth - a una velada franco-británica
organizada el 21 de octubre, precisamente el día
del bicentenario de Trafalgar.
En la misma tonalidad, el museo británico de
la marina propone actualmente una formidable exposición
« Nelson-Napoleón » en la que son
presentados verdaderos tesoros históricos…
de los cuales un buen número han sido prestados
por los museos franceses. En ningún momento,
la Entente cordiale ha sido agraviada. El propósito
es puramente histórico y neutro, con esta inteligencia
toda británica de decir las cosas sin nunca
tener el aspecto de decirlas. ¿No habrían
podido las instituciones museales francesas hacer
lo mismo para conmemorar la brillante victoria del
2 de diciembre de 1805, enlazados con los museos rusos,
austriacos y checos (1) que, lo sabemos, tan sólo
eso pedían?
Además de la
cuestión del poco caso que se hace de la tradición
militar o de aquella de su proverbial recato, me parece
que la ausencia de conmemoración del bicentenario
de Austerlitz revela, en quienes deciden, dos errores
de apreciación fundamentales:
Primer error: creer que Napoleón es unánimemente
percibido con hostilidad en Europa. En la Fundación
Napoleón, en nuestra actividad de investigación
histórica, estamos bien situados para decir
que no es así y que si jamás hubo «
síndrome », éste pertenece al
pasado. El episodio napoleónico es considerado
por doquier, – con esas sensibilidades nacionales
que hacen la riqueza del debate - como parte íntegra
de nuestras raíces comunes. Se ha convertido
en un objeto histórico, no polémico,
estudiado con rigor y apertura de espíritu.
Segundo error: no
haber comprendido que una conmemoración –
que no es una celebración – no podía
concebirse más que en un marco europeo, entre
antiguos vencedores y antiguos vencidos, con imaginación
(para sobrepasar el simple hecho guerrero) y ganas
de reflexionar juntos. Es cierto, por ejemplo, para
un proyecto de exposición histórica…
y es lo que han comprendido nuestros amigos ingleses.
Es muy tarde para
que cualquier cosa significativa o pensada sea organizada
para el bicentenario de la batalla de Austerlitz.
Deberemos pues contentarnos con coloquios confidenciales,
tomas de armas regimentales o de algunos discursos
cuyo eco se perderá en el estruendo mediático,
o, en el peor de los casos, será objeto de
burla para aquellos quienes piensan que hay que estar
« por » o « contra » Napoleón.
Nada será propuesto a la reflexión de
un amplio público para conocer mejor esta parte
fundamental de nuestra historia militar y política,
pues la batalla era también el afrontamiento
de diversas concepciones de Europa y de la sociedad.
En cambio, el silencio
oficial alrededor de este bicentenario nos permite,
me temo, reflexionar sobre la manera en que nuestros
responsables ven a la Francia y a los franceses de
hoy.
(1) Austerlitz, hoy en día Slavkov,
en la República Checa.
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