« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
AUTOPSIA DEL CUERPO DEL EMPERADOR NAPOLEÓN I

Por el Doctor

Francisco Antommarchi

El Dr. Antommarchi (1780-1838)
Dibujo de Pedretti.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
El Doctor Antommarchi practicó la intervención al día siguiente de la muerte del Emperador, el 6 de mayo de 1821, en el gabinete de dibujo, pieza de aproximadamente 15 x 18 pies, iluminada de un lado por dos ventanas de las 14h a las 15h30.

El cadáver yacía desde hacía veinte horas y media. Procedí a la autopsia; abrí primero el pecho. He aquí lo más notable que observé: Los cartílagos costales están en gran medida osificados. El saco formado por la pleura costal del lado izquierdo contenía más o menos un vaso de agua color cetrino.

Una capa ligera de linfa coagulable cubría una parte de las caras de las pleuras costal y pulmonar correspondientes del mismo lado. El pulmón izquierdo estaba ligeramente comprimido por el derrame, adhería por medio de numerosas bridas a las partes posterior y lateral del pecho y al pericardio; lo disequé con cuidado, encontré el lóbulo superior salpicado de tubérculos y algunas pequeñas excavaciones tuberculosas. Una capa ligera de linfa coagulable cubría una parte de las caras de las pleuras costal y pulmonar correspondientes a ese lado.

El saco de la pleura costal del lado derecho contenía más o menos dos vasos de agua color cetrino. El pulmón derecho estaba ligeramente comprimido por el derrame; pero su parénquima estaba en estado normal. Los dos pulmones estaban generalmente crepitantes y de un color natural. La membrana más compuesta o mucosa de la traquearteria y de los bronquios estaba bastante roja, y recubierta de una cantidad bastante importante de pituita espesa y viscosa.

Numerosos ganglios bronquiales y del mediastino estaban un poco hinchados, casi degenerados, y en supuración. El pericardio estaba en estado normal y contenía aproximadamente una onza de agua de color cetrino. El corazón, un poco más voluminoso que el puño del sujeto, presentaba, aunque sano, bastante grasa en su base y en sus arrugas. Los ventrículos aórtico y pulmonar y las aurículas correspondientes estaban en estado normal, pero pálidas y totalmente vacías de sangre. Los orificios no presentaban ninguna lesión notable. Los vasos arteriales gruesos y venosos junto al corazón estaban vacíos y generalmente en estado normal.

El abdomen presentó lo que sigue:

Distensión del peritoneo, producida por una gran cantidad de gas.
Exudación aguada, transparente y difluente, cubriendo en toda su extensión las dos partes ordinariamente contiguas de la cara interna del peritoneo.

El Epiplón mayor estaba en estado normal.

El bazo y el hígado endurecido eran muy voluminosos y colmados de sangre; el tejido del hígado, de un rojo pardo, no presentaba, por lo demás, ninguna alteración notable de estructura. Una bilis extremadamente espesa y grumosa llenaba y distendía la vesícula biliar. El hígado, que estaba afectado por una hepatitis crónica, estaba unido íntimamente por su cara convexa al diafragma; la adherencia se prolongaba en toda su extensión, era fuerte, celulosa y antigua. La cara cóncava del lóbulo izquierdo adhería inmediatamente y fuertemente a la parte correspondiente del estómago, sobre todo a lo largo de la pequeña curvatura de este órgano, así como al pequeño epiplón. En todos estos puntos de contacto, el lóbulo estaba sensiblemente ancho, inflado y endurecido.

El estómago apareció primero en un estado de los más sanos; ninguna huella de irritación o de flogosis, la membrana peritoneal se presentaba bajo las mejores apariencias. Pero al examinar este órgano con cuidado, descubrí en la cara anterior, hacia la pequeña curvatura y a tres dedos de distancia del píloro, una ligera obstrucción como escirroso, muy poco extendido y exactamente circunscrito. El estómago estaba perforado de un lado a otro en el centro de esta pequeña induración. La adherencia de esta parte del lóbulo izquierdo del hígado cerraba la abertura de éste.

El volumen del estómago era más pequeño de lo que lo es ordinariamente. Al abrir esta víscera a lo largo de su gran curvatura, reconocí que una parte de su capacidad estaba llena de una cantidad considerable de materias débilmente consistentes y mezcladas a muchas flemas muy espesas y de un color análogo al del poso del café; desprendían un olor acre e infecto. Una vez estas materias retiradas, la membrana más compuesta o mucosa del estómago se halló en su estado normal, desde el pequeño hasta el gran fondo de la cavidad de esta víscera, siguiendo la gran curvatura.
Casi todo el resto de la superficie interna de este órgano estaba ocupado por una úlcera cancerosa que tenía su centro en la parte superior, a lo largo de la pequeña curvatura del estómago, mientras los bordes irregulares, digitados y lingüiformes de su circunferencia se extendían hacia delante, en la parte trasera de esta superficie interna, y desde el orificio del cardias hasta una buena pulgada del píloro. La abertura, redondeada, tallada oblicuamente en bisel a expensas de la cara interna de la víscera, tenía apenas cuatro a cinco líneas de diámetro adentro y dos líneas y media a lo mucho afuera; su borde circular, en ese sentido, estaba extremadamente delgado, ligeramente dentellado, negruzco, y solamente formado por la membrana peritoneal del estómago. Una superficie ulcerosa, grisácea y lisa, formaba por cierto las paredes de esta especie de canal que hubiera establecido una comunicación entre la cavidad del estómago y la del abdomen, si la adherencia con el hígado no se hubiera opuesto a ello. La extremidad derecha del estomago, a una pulgada de distancia del píloro, estaba rodeada por un inflamiento o más bien un endurecimiento escirroso anular, de algunas líneas de ancho. El orificio del píloro estaba en un estado totalmente normal. Los bordes de la úlcera presentaban abotargamientos fungosos notables cuya base, dura, ancha y escirrosa, se extendía también a toda la superficie ocupada por esta cruel enfermedad.

Estuche médico del Dr. Antommarchi, empleado durante la autopsia del Emperador Napoleón.

El pequeño epiplón estaba encogido, hinchado, en extremo duro y degenerado. Las glándulas linfáticas de este pliegue peritoneal, aquellas que están colocadas a lo largo de las curvaturas del estómago, así como las que lindan con los pilares del diafragma, estaban en parte tumefactas, escirrosas, algunas inclusive en supuración.

El tubo digestivo estaba distendido por una gran cantidad de gas. En la superficie peritoneal y en los pliegues peritoneales, noté pequeñas manchas y pequeñas placas rojas, de un matiz muy ligero, de dimensiones variadas, esparcidas y bastante distantes unas de otras. La membrana más compuesta de este canal parecía estar en un estado normal. Una materia negruzca y extremadamente viscosa recubría los intestinos gruesos.

El riñón derecho estaba en un estado normal; el del lado izquierdo estaba desplazado y volteado sobre la columna lumbo-vertebral; era más largo y más estrecho que el primero; por lo demás, parecía sano. La vejiga, vacía y muy encogida, encerraba una cierta cantidad de grava mezclada con algunos pequeños cálculos. Numerosas placas rojas estaban esparcidas sobre la membrana más compuesta o mucosa; las paredes de este órgano estaban en estado normal.

Quería hacer el examen del cerebro. El estado de este órgano en un hombre tal como el Emperador era del más alto interés; pero se me detuvo duramente: hubo que ceder.

Había terminado esta triste operación. Desprendí el corazón, el estómago, y los puse en un jarrón de plata lleno de espíritu de vino. Reuní enseguida las partes separadas, las junté con una sutura, lavé el cuerpo, y cedí el lugar al ayuda de cámara...

Referencias:

Autopsia del cuerpo de Napoleón I
Texto extraído del libro:
Los Últimos Momentos de Napoleón, por el Dr. Francesco Antommarchi.
Furne y Compañía, Editores, París, 1825.