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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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Primera
distribución de la
Legión de Honor instituida
por el Emperador el 15 de
julio de 1804 en la capilla
de los Inválidos
El Emperador Napoleón
hace entrega de la insignia
de caballero al gran matemático
Gaspard Monge. Cuadro de Jean-Baptiste
Debret (1768-1848). |
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|
Por |
Claude
Ducourtial-Rey
Antiguo
Conservador del Museo Nacional de la Legión
de Honor
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| Traducción
al castellano por el Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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La
LEGIÓN DE
HONOR fue creada por el texto
del 9 pradial año X, firmado por Bonaparte,
Primer Cónsul, quien proclamó
ley de la República el decreto entregado
por el Cuerpo legislativo el 29 floreal año
X (19 de mayo de 1802). Es esta segunda fecha
que, de manera correcta, han retenido los historiadores
para fijar la fundación de la orden.
El voto del Cuerpo legislativo representaba
en efecto el desenlace de muy vivos debates
que marcaron los últimos sobresaltos
de una fracción todavía notable
de los miembros de las asambleas contra los
progresos de la autoridad consular. Pues si
el proyecto que les sometía el Primer
Cónsul podía parecer secundario
en vista de la importancia de las demás
iniciativas de reformas en curso de elaboración,
materializaba de hecho un espectacular paso
hacia el poder absoluto.
La noción
de orden asume un carácter esencialmente
cristiano y feudal. Cristiano: surge de las
antiguas comunidades religiosas combatientes
en Tierra Santa durante las cruzadas (San Juan
de Jerusalén, Santo Sepulcro, Templarios,
caballeros Teutónicos, etc.). Feudal:
sobre el modelo de esas órdenes, príncipes
laicos instituyeron a partir de los siglos XlV
y XV « compañías »
que reagrupan a su alrededor a sus más
brillantes vasallos, reclutados esencialmente
en la nobleza militar; los príncipes
tomaron entonces el nombre, todo religioso,
de «gran maestre », los miembros
de aquellos grupos el de « caballeros
». Las estructuras de esas órdenes
reposaban sobre tres elementos fundamentales:
--------------
Defensa de la fe cristiana.
--------------
Asistencia en todas circunstancias al
gran maestre y a su corona.
--------------
Ayuda mutua de los caballeros.
Estos tres imperativos
se hallaban resumidos en la fórmula de
juramento inviolable que el caballero
prestaba solemnemente entre las manos del gran
maestre y que representaba la razón misma
de la orden. A cambio, ésta comportaba
igualmente ventajas considerables, materiales
y morales. Los caballeros además, portaban
constantemente una insignia, generalmente un
collar y una cruz de oro ostentando al centro
con los símbolos de la orden, que les
permitía ser inmediatamente distinguidos.
En 1789, el rey de Francia disponía de
tres órdenes principales. Dos destinadas
a la nobleza católica: la Orden
del Espíritu Santo, la más
elevada, compuesta por 100 miembros, creada
por Enrique III en 1578 (los cordones azules);
la Orden de San Miguel, que
databa de Luis XI (1469), comportaba igualmente
100 caballeros; la tercera, Orden real
y militar de San Luis, presentaba un
carácter diferente: Luis XIV, en 1693,
la había reservado a los oficiales de
sus ejércitos que hubieran servido al
menos diez años con distinguiéndose
brillantemente. Si la cláusula de catolicidad
permanecía imperativa, por la primera
vez en la historia de las órdenes, la
nobleza ya no era exigida. Por otra parte aparecían
grados destinados a mantener el mérito
en suspenso: caballeros, comendadores, grandes-cruz.
En fin, el efectivo
los caballeros no estaba determinado. Se le
llamó « orden del mérito
». Estas innovaciones hicieron de la Orden
de San Luis la más popular de la monarquía.
Su insignia, una cruz de Malta blanca con la
efigie de San Luis al centro, suspendida de
un listón rojo fuego, dio lugar a la
expresión siempre en uso actualmente:
« tener la cruz ». Nobiliarias,
el Espíritu Santo y San Miguel desaparecieron
desde 1789 (el decreto de abolición por
la Legislativa data del 30 de julio de 1791).
La Orden de San Luis fue en cambio conservada
bajo la denominación más democrática
de «Condecoración militar»,
siempre reservada por cierto a los oficiales,
pero sin cláusula de religión,
hasta octubre de 1792. La Convención
suprimió entonces toda distinción
«en nombre del principio sagrado de la
Igualdad» (octubre de 1792). Pero ella
misma se vio pronto en la necesidad de pasar
por alto sus propias decisiones a favor de los
ejércitos que la defendían en
las fronteras. Optó entonces por un sistema
de recompensas colectivas. Es solamente el Directorio
el que retomó el uso de las marcas de
reconocimiento individuales, siempre sin embargo
en una forma puramente militar, haciendo entrega
de las armas de recompensa a sus mejores
soldados.
El 16 fructidor año V, decidió
que 100 sables serían distribuidos, en
el transcurso de la campaña, a los más
bravos militares « que se habrían
distinguido por medio de hazañas ».
Pero quería sobre todo reconstituir una
condecoración de carácter más
estricto, y administrativamente legal. Apoyándose
en el artículo 87 de la constitución
del año VIII - « Serán dadas
recompensas nacionales a los guerreros que hayan
brindado servicios brillantes combatiendo por
la República » -, firma, el primer
día de su Consulado, el 4 nivoso año
VIII (Navidad de 1799), un decreto que crea
las armas de honor. Este texto daba,
según su arma, a los autores de hazañas,
fusiles, mosquetones, carabinas, baquetas de
tambor, trompetas, granadas de oro, (para portarse
en el paramento del traje), sobre los cuales
serían inscritos el nombre y la acción
recompensada. Un decreto complementario añadió
en el año X una hacha de abordaje para
los marinos. Una alta paga de 5 céntimos
diarios le sería agregada. Un hecho de
armas de un valor excepcional valía un
sable; su beneficiario gozaba entonces de una
doble paga. La mayoría de esas armas
debían ser otorgadas en el transcurso
de la segunda campaña de Italia, en 1800,
sobre todo en Marengo. Pero seguía sin
tratarse más que de una recompensa militar,
aceptada por todos por cierto sin ninguna reticencia
(NdT: ver al respecto nuestro artículo
La
Legión de Honor durante el Imperio,
por el Coronel Chabanier).
Sin embargo,
el Primer Cónsul soñaba ya con
otra distinción: « la
Orden ». Este uso había
dado pruebas de sus aptitudes durante varios
siglos agrupando bajo un mismo signo a los mejores
sujetos de un monarca y ligándoles a
éste por un vínculo inalterable.
El hecho que este signo se resumiese a una joya
simplificaba considerablemente su porte en todas
circunstancias. La concepción napoleónica
de adaptar lo mejor posible al nuevo régimen,
sin espíritu de partido, a las antiguas
instituciones cuya utilidad el tiempo había
justificado presidió pues en su decisión.
Pero el objetivo del proyecto recubría
un rasgo mucho más original. La nueva
orden ya no iba a constituir una suerte de club
cerrado y altamente privilegiado, sino un crisol
donde fusionarían todos los grupos sociales,
civiles como militares, trastornados por diez
años de una revolución sin precedente:
burguesía, intelectuales, sabios, juristas
y parlamentarios, emigrados que volvían
entonces a una patria que ya no reconocían,
clero reintegrado por el Concordato, ejército
finalmente, todo vibrante por sus victorias
sobre los tiranos, con sus veteranos, sus jóvenes
jefes procedentes de todos orígenes.
La Historia marcaba una pausa. La paz exterior
se instalaba también (paz de Amiens,
tratado de Lunéville). Bonaparte propuso
entonces un lema: « Honor
y Patria. » Los franceses
más brillantes amalgamados en una misma
« legión » constituirían
una élite cuyo ejemplo guiaría
a la nación y que formaría una
verdadera familia que respondería a las
aspiraciones de la nueva Francia.
Fue en la Malmaison
donde, desde principios de febrero de 1802,
Bonaparte expuso por vez primera a sus familiares,
entre los cuales su hermano Luciano y el consejero
de Estado Roederer, su proyecto de crear «
una distinción
que sirva para la bravura militar y el mérito
civil ». Este proyecto no reúne,
lejos de eso, la unanimidad. Chocó entre
otras cosas con la hostilidad de Monge, que
había sido uno de los signatarios del
decreto de la Convención que abolía
la « Condecoración militar »,
descendiente directa de la Orden de San Luis.
Bonaparte lo retomó sin embargo, y, con
su prontitud habitual, a principios de mayo,
encargó a Roederer establecer rápidamente
el texto, que debía ser presentado primero
al Consejo de Estado, luego al Tribunado, finalmente
al Cuerpo Legislativo.
|
| Cuatro
condecoraciones de Águila de
plata que representan cada
uno de los cuatro tipos que existían
durante el Primer Imperio, anverso.
A partir de abril de 1806, se añade
una corona con espaldares (2º
tipo), luego de florones (3º
y 4º tipos) que conforman el
anillo. Museo Nacional de la Legión
de Honor, París. |
|
En el Consejo
de Estado, el 14 floreal (4 de mayo), Roederer
dio lectura. Ciertas reticencias se revelaron
muy violentas, en especial de parte del general
Mathieu-Dumas, antiguo soldado de la República,
y del jurista Berlier. Mathieu-Dumas estimaba
que la institución debía estar
reservada a los militares según la tradición
de las antiguas recompensas. Berlier no veía
en ella, por su parte, más que la resurgencia
de un uso del antiguo Régimen. Ciertamente,
la palabra « orden » no estaba ni
pronunciado ni escrito. Bonaparte, inspirándose
de la Legio honoratorum conscripta
de la Roma antigua, le había escogido
el nombre de « Legión de honor
». De igual forma, ni hablar de «
gran maestre », título tan marcado
por su origen religioso: la Legión sería
presidida por un jefe (el vocablo « gran
maestre » no apareció hasta la
Restauración). Era lo mismo para los
cuatro grados previstos: legionario (y no caballero),
oficial, comandante (y no comendador, apelación
proveniente de las encomiendas de las órdenes
cruzadas), gran oficial.» Pero Bonaparte
lo reconoció él mismo: «El
nombre no hace nada a la cosa.»
Tuvo de hecho que intervenir en persona durante
las sesiones. «Si
distinguiésemos, respondió
a Mathieu-Dumas, a los
hombres en militares y en civiles, estableceríamos
dos órdenes, mientras sólo hay
una nación.» Fue más
aún más directo en sus declaraciones
siguientes: «Desafío
a que se me muestre una república antigua
o moderna en la cual no haya distinciones. Se
las llama sonajas. ¡Y bien, es con sonajas
con lo que se guía a los hombres!
(1) [...] Los
franceses no están cambiados por diez
años de revolución. Son lo que
eran los galos, orgullosos y ligeros. No tienen
más que un sentimiento: el honor. Hay
que dar un alimento a ese sentimiento: precisan
distinciones.» El Consejo, convencido
a medias, no votó el proyecto más
que por 14 voces contra 10, el 24 floreal (14
de mayo).
Propuesto desde
el día siguiente para información
al Cuerpo legislativo por Portalis, Mathieu-Dumas,
finalmente ganado a la causa, y Roederer que
calificó esta creación de moral
(el honor da la fuerza y la actividad), de política
(una sociedad intermediaria hará elevar
la opinión hasta el poder), de militar
(disputará la juventud contra la molicie,
compañera de la gran comodidad), el texto
debía, antes del voto, ser presentado
al Tribunal. Luciano Bonaparte se lo llevó
el 27 floreal (17 de mayo). La sesión
fue corta, pero muy tumultuosa, al contar la
asamblea con un buen número de personalidades
todavía muy apegadas a las grandes opciones
jacobinas. La interpretación, especialmente,
del artículo 87 de la Constitución
parecía (con razón, hay que reconocerlo)
azarosa. El general de Carrion-Nisas puso entonces
en evidencia la debilidad de esta objeción,
atrayendo la atención sobre la originalidad
del proyecto: « Todos los géneros
de mérito y de buenos servicios (lo cual
sanciona el principio de igualdad política)
[...] vendrán a sentarse sobre el dosel
del honor, y esta amalgama es al mismo tiempo
la garantía más reconfortante
de la tranquilidad pública, y el nervio
más fuerte del poder nacional. »
El Tribunado aceptó en definitiva este
punto de vista, por apelación nominal,
pero sin más entusiasmo que el Consejo,
por 58 sufragios contra 38.
Quedaba el cuerpo legislativo que, según
la Constitución, votaba sin discutir;
fue sometido el 19 floreal (29 de mayo), tras
consultación del Senado (favorable) por
Luciano, Mathieu Dumas, el general Marmont y
de nueva cuenta Roederer. A pesar de la aprobación
bastante sostenida de los diputados (más
particularmente cuando Roederer comparó
a Marcellus, la espada de Roma, y la de Bonaparte,
la espada de Francia, elevando una y otra un
templo a la virtud y al honor), el texto de
ley no fue adoptado más que por 166 voces
contra 110.
La Legión
de honor estaba creada en los términos
de la redacción siguiente:
EN
NOMBRE DEL PUEBLO FRANCÉS:
BONAPARTE,
Primer Cónsul, proclama Ley
de la República el decreto
siguiente entregado por el Cuerpo
legislativo, el 29 floreal, año
X, conformemente a la proposición
hecha por el gobierno, el 25 del
dicho mes, comunicada al Tribunado
el 27 siguiente.
DECRETO
TÍTULO 1º
CREACIÓN
Y ORGANIZACIÓN DE LA LEGIÓN
DE HONOR
ART.
PRIMERO: En ejecución del
Artículo 87 de la Constitución,
concerniente a las recompensas militares,
y para recompensar también
los servicios y las virtudes civiles,
será formada una legión
de Legión de honor.
ART.
2: Esta Legión estará
compuesta por un Gran Consejo de
Administración, y de quince
Cohortes,
de las cuales cada una tendrá
su cabeza de distrito particular.
ART.
3 : Serán destinados a cada
Cohorte bienes nacionales produciendo
doscientos mil francos de renta.
ART.
4: El Gran Consejo de Administración
estará compuesto de siete
grandes oficiales, a saber: de tres
Cónsules y de otros cuatro
miembros, uno de los cuales será
nombrado entre los senadores, por
el Senado; otro entre los miembros
del Cuerpo legislativo por el Cuerpo
legislativo; otro más entre
los miembros del Tribunado por el
Tribunado; y uno, finalmente, entre
los Consejeros de Estado, por el
Consejo de Estado.
ART.5:
El Primer Cónsul es, por
derecho, JEFE DE
LA LEGIÓN, y presidente
del Gran Consejo de Administración.
ART.
6: Los miembros de la Legión
lo son de por vida.
ART.
7: Cada individuo admitido en la
Legión jurará, por
su honor, consagrarse al servicio
de la República.
TÍTULO II. COMPOSICIÓN
ART.
PRIMERO: Son miembros de la Legión
de Honor todos los militares que
han recibido las Armas de Honor.
Podrán ser nombrados los
militares que han brindado servicios
mayores al Estado en la guerra de
la libertad; los ciudadanos que,
por su saber, sus talentos, sus
virtudes, han contribuido a establecer
o a defender los principios de la
República, o hecho amar y
respetar la justicia o la administración
pública.
ART.
2: El Gran Consejo de Administración
nombrará a los miembros de
la Legión.
ART.
3: Durante los seis años
de paz que podrán seguir
a la Primera formación, las
plazas que hayan quedado vacantes
permanecerán vacantes hasta
concurrencia de la décima
parte de la Legión, y, enseguida,
hasta concurrencia de la quinta.
Estas plazas no serán llenadas
hasta el final de la Primera campaña.
ART.
4: En tiempo de guerra, no se nombrará
a [ocupar] las plazas vacantes hasta
el final de cada campaña.
ART.
5: En tiempo de guerra, las hazañas
darán derecho a todos los
grados.
ART.
6: En tiempo de paz, se deberá
tener 25 años de servicios
militares para poder ser nombrado
miembro de la Legión; los
años de servicio en tiempo
de guerra contarán doble
y cada campaña de la guerra
última contará por
cuatro años.
ART.
7: Los grandes servicios brindados
al Estado en las funciones legislativas,
la diplomacia, la administración,
la justicia o las ciencias serán
también títulos de
admisión, siempre y cuando
la persona que los haya brindado
haga parte de la guardia nacional
de su domicilio.
ART.
8: Una vez hecha la primera organización
hecha, no será admitido en
la Legión nadie que no haya
ejercido durante veinticinco años
sus funciones con la distinción
requerida.
ART.
9: Una vez hecha la Primera organización,
nadie podrá acceder a un
grado superior más que después
de haber pasado el más simple
grado.
ART.
10: Los detalles de la organización
serán determinados por reglamentos
de administración pública.
Ésta tendrá que ser
hecha el 1º vendimiario año
XII, y, después de entonces,
no se le podrá cambiar nada
más que por medio de leyes.
» |
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Bajo la dirección
del general Mathieu-Dumas, los administradores
del Consejo de Estado pusieron rápidamente
manos a la obra. El Gran Consejo fue casi inmediatamente
creado. Se compuso de tres Cónsules:
Bonaparte, Primer Cónsul, jefe de la
Legión y presidente; Cambacerés,
Segundo Cónsul; Lebrun, Tercer Cónsul;
Kellermann, nombrado por el Senado (13 mesidor
- 3 de julio); Luciano Bonaparte, electo por
el Tribunado (18 messidor - 17 de julio); José
Bonaparte, designado por el Consejo de Estado
(24 mesidor – 13de julio); Lacépède,
aunque senador, fue designado para representar
al Cuerpo legislativo, no encontrándose
éste entonces en periodo de sesiones.
Par causa de vacaciones, otras nominaciones
intervendrían durante el Imperio: Luis
Bonaparte (1805), Eugenio de Beauhamais y Murat
(1806), Talleyrand y el mariscal Berthier (1808),
el príncipe Borghese (1810). Este Consejo,
que debía, según el sistema de
las antiguas órdenes, cooptar a los miembros
de la Legión, no jugó de hecho
prácticamente ningún papel y las
nominaciones permanecieron siempre a la entera
discreción de su jefe, Bonaparte, luego
Napoleón, único signatario de
los decretos.
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| Cuatro
condecoraciones de Águila de
plata que representan cada
uno de los cuatro tipos que existían
durante el Primer Imperio, reverso.
Museo Nacional de la Legión
de Honor, París. |
|
También
la organización de las cohortes se efectuó
rápidamente. Constituían, en el
espíritu del Primer Cónsul, uno
de los aspectos fundamentales de la Legión.
Ésta, para estar presente en todo el
territorio del país, establecería
en las provincias puestos fijos, puntos de convergencia
para los legionarios originarios de la región
o residentes en ella, y centros de irradiación
de la nueva institución y, a través
de ella, de la autoridad y de la gloria del
Señor de Francia. Las cohortes
– término originario también
de la antigüedad clásica –
conformaron pues los primeros pilares de la
estructura de Legión. Repartieron los
departamentos franceses y anexos en 15, luego
en 16 grupos (tras la incorporación del
Piamonte a Francia) cuya administración
se centralizaba en una cabeza de distrito. Ahí
debían no solo instalarse la administración
regional de la orden, sino también desarrollarse
las obras de ayuda mutua de los legionarios:
hospicios para inválidos, casas de refugio
y de retiro. Por otro lado, es en sus muros
que tendrían lugar las grandes ceremonias
de la Legión, frente a las mesas de mármol
grabadas con los nombres de los miembros de
la cohorte. Finalmente, ahí residiría,
cuando estuviera de paso, el jefe de la cohorte.
Las cabezas de distrito fueron pues escogidas,
entre los bienes nacionales, tanto en función
de los servicios que se esperaban de ellos como
del prestigio de que gozaban: castillos, arzobispados,
abadías, etc. (ver la lista in fine).
En cuanto a
los jefes de cohortes, Napoleón los designó
únicamente entre sus compañeros
de guerra más brillantes: catorce mariscales
y dos almirantes, nombrados entre el 30 de mayo
de 1805 y el 2 de febrero de 1806. Estos jefes
jugaron un papel muy pobre en la historia de
las cohortes. La Constitución de éstas
había en efecto sido definida desde los
días 13, 23 y 27 messidor año
X (2, 12, 16 de julio de 1802), por decretos
precisos y minuciosos. Una dotación les
permitía subvenir a sus necesidades con
toda independencia, y pagar a los legionarios
los sueldos aferentes a sus grados. Estaba esencialmente
conformada por explotaciones agrícolas
repartidas en toda Francia, luego en los territorios
anexados, de los cuales la Legión asumía
la gestión y percibía los ingresos.
Cada cohorte fue administrada por un canciller
y un tesorero escogidos generalmente entre los
notables locales (magistrados, juristas, etc.).
El conjunto de esta organización fue
confiado a un gran canciller (término
igualmente proveniente de la administración
real y desaparecido durante la Revolución)
y de un gran tesorero, ambos residentes en París.
No es hasta
agosto de 1803 que Bonaparte proveyó
esas dos funciones. El general Mathieu-Dumas
parecía todo designado para la gran cancillería.
Cuidadoso de afirmar el carácter igualmente
civil de su nueva creación, Bonaparte
prefirió nombrar a una eminencia ilustre
en el mundo cultural, el naturalista Lacépède,
miembro del Instituto, senador y miembro del
gran Consejo.
Bernard-Germain-Etienne de La Ville, conde de
Lacépède (1756-1825), célebre
muy joven como alumno y continuador de Buffon,
había formado parte del grupo de sabios
que habían aprobado el golpe de Brumario.
No obstante, fue con gran sorpresa como se enteró
de su nominación a la cabeza de la gran
cancillería, el 21 de agosto de 1803.
Debía, durante todo el Imperio, ofrecer
regularmente su demisión al Emperador
a fin de poder continuar librándose a
sus trabajos científicos. Napoleón
le opuso un rechazo constante y justificado,
pues Lacépède consagró
en definitiva su vida a la orden, que le debe
en gran parte su inmediato y prodigioso desarrollo.
La gran tesorería, por su parte, le correspondió
a un militar, el general Jean-Aimé Dejean,
entonces Consejero de Estado y director de la
administración de la Guerra. El futuro
barón Louis le secundó. Finalmente,
un comité de Consultación, creado
por decreto del 4 germinal año XII, aportó
su concurso al reglamento de las cuestiones
relativas a la administración material
y jurídica de los bienes de la Legión.
Bernard-Germain-Etienne
de la Ville, Conde de Lacépède
(1756-1825)
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| El
Conde de Lacépède |
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Naturalista,
zoólogo, escritor y político
francés, el Conde de Lacépède
(Agen 1756 - Epinay-sur-Seine, 1825)
comienza su prodigiosa carrera dedicándose
al estudio de la filosofía
y de la música, publicando
de 1781 a 1785, una Poética
de la música. En 1777
viaja a París, en donde hará
encuentros determinantes, como el
del maestro alemán Gluck
y sobre todo Buffon, quien le alienta
firmemente al estudio de la historia
natural y obtiene para su nuevo
amigo la plaza de sub-demostrador
del gabinete del Rey. Lacépède
ocupa dicha función y se
convierte pronto en colaborador
del sabio legendario, publicando
múltiples obras de historia
natural y especializándose
en el campo de los reptiles y los
peces. Poco después, en 1788-1789
publica su Historia general
y particular de los cuadrúpedos
ovíparos y de las serpientes.
Esta obra, que de hecho es la extensión
de la Historia natural de los animales
de Buffon, es el primer libro importante
sobre anfibios y reptiles destinado
a un público amplio.
Partisano des ideas de las Luces
difundidas por la Revolución,
Lacépède es admitido
en el Instituto nacional (futura
Academia de Ciencias) en 1795, donde
profesará a partir de 1798
y hasta 1803 una Historia natural
de los peces, y enseguida,
una Historia natural de los
cetáceos. Nombrado ese
mismo año secretario perpetuo
de la nueva Academia de Ciencias,
se convierte en el conservador del
gabinete de curiosidades del Jardín
del Rey.
En el momento de la transformación
del Jardín en Museo Nacional
de Historia Natural, Lacépède
ha entrado ya de lleno a la política
al hacerse miembro y enseguida presidente
de la Legislativa; no obstante,
temiendo, en su calidad de noble,
por su vida durante el Terror, demite
por un tiempo de sus funciones en
el Muséum y deja
París.
Después del 9 de Thermidor,
una nueva cátedra es creada
especialmente para él en
el Museo, dividiendo la cátedra
de los vertebrados y recibiendo
la referente a la ictiología
y la herpetología. A pesar
de esta gran promoción, Lacépède
deja poco a poco la zoología
a medida que se compromete con la
política; en efecto, es nombrado
senador en 1799, y presidente del
Senado en 1801. En 1804, el año
de la Coronación de Napoleón,
Lacépède es nombrado
ministro de Estado, recibiendo de
Napoleón I el título
de conde y sobre todo la dignidad
de Gran Canciller de la
Legión de Honor,
función que anclará
fuertemente su nombre en la posteridad
y que por su parte ejercerá
con todas sus fuerzas y toda su
pasión. Hecho Par de Francia
por Luis XVIII, es sin embargo rayado
de la lista durante las persecuciones
de la segunda Restauración.
Tras los Cien Días y la caída
del Imperio, es reintegrado en 1819.
El conde de Lacépède
pasará el final de su vida
a redactar una Historia general
de Europa. |
|
Así rápidamente
estructurada (5 departamentos en la gran cancillería:
despachos, peticiones, correspondencia, dominios,
títulos, 3 en la gran tesorería:
contabilidad, pago de sueldos, despachos), la
institución, alojada algunos meses en
modestos locales de la calle Saint-Honoré
lindando con el apartamento particular de Lacépède,
necesitaba de una implantación bajo un
techo más importante. Tras muchas vacilaciones,
la elección recayó en el hotel
de Salm. Este edificio encantador, situado en
las orillas del Sena, frente a las Tullerías,
había sido construido entre 1782 y 1787
para el príncipe alemán Federico
III de Salm-Kyrbourg por el arquitecto Pierre
Rousseau. Personaje singular, pródigo
impenitente, el príncipe nunca había
pagado las deudas considerables acarreadas en
especial por esta construcción que se
encontraba arrendado judicialmente por sus acreedores
cuando, víctima del Terror, Federico
fue guillotinado el 22 de julio de 1794, en
la Place du Trône-Renversé (plaza
del Trono derrocado), al mismo tiempo que su
amigo Alexandre de Beauharnais. (Su hermana
Amelia de Salm compró y mandó
cercar el terreno de Picpus donde los restos
de su hermano habían sido echados con
los de los demás supliciados, y así
se encuentra al origen del célebre cementerio).
El hotel le correspondió entonces al
joven hijo del príncipe, quien no podía
evidentemente disponer de él. El edificio
había conocido de esa forma días
agitados y a menudo bastante pintorescos hasta
el 3 de mayo de 1804, fecha en que Lacépède
lo compró en venta pública por
250,000 francos a fin de hacer de él
la sede de la Legión, de donde nunca
se ha movido desde entonces.
Si la institución
fue así soberbiamente alojada, a pesar
del mal estado del edificio construido demasiado
apresuradamente y del cual el arquitecto Peyre
debía asegurar la restauración
a lo largo del Imperio, la iniciativa le corresponde
tal vez a Josefina de Beauhamais y a su hija
Hortensia, quienes permanecieron íntimamente
ligadas a la princesa de Salm. Ésta última,
enfrentándose a los acreedores de su
hermano, tenía en efecto las más
grandes dificultades para encontrar un adquisidor
de su demasiado bella casa, y la futura Emperatriz,
que conocía sus dificultades, guió,
puede pensarse, la mano de su esposo.
Aunque las primeras
nominaciones hayan sido firmadas por el Cónsul
y que la gestión de la orden haya sido
establecida bajo el Consulado, solo es a partir
de la proclamación de Imperio cuando
la Legión de honor toma su verdadera
fisonomía. Se convierte de inmediato,
para Francia entera, en el fascinante símbolo.
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Cuatro condecoraciones de Águila
de oro representando cada
uno de los cuatro tipos que existían
durante el Primer Imperio, anverso.
Museo Nacional de la Legión
de Honor, París. |
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El procedimiento
de nominación y de promoción hubiese
debido ser el siguiente: listas emanando de
las colectividades (estados mayores, regimientos,
asambleas, ministerios) en las cuales proposiciones
particulares eran dirigidas al gran Consejo
que las sometía al jefe. Éste,
tras decisión favorable de dicho Consejo,
parrafeaba los decretos. En realidad, las propuestas
eran presentadas directamente por Lacépède
a Napoleón.
Los miembros
de la Legión podían acceder sucesivamente
a los cuatro grados previstos en la ley de floreal.
El 10 pluvioso año XIII (30 de enero
de 1805), Napoleón creó una dignidad
superior, llamada primero Gran Cordón,
luego Gran Águila. En principio, todos
los franceses debieron seguir esta progresión.
No obstante, a fin de establecer rápidamente
una jerarquía en la institución,
los altos personajes del régimen alcanzaron
sin intermediario las dignidades de grandes
oficiales y grandes águilas. En cuanto
al Rey de Roma, el Emperador adoptaría
para él el uso de la dinastía
real que confería a los Infantes de Francia
las órdenes en su cuna. El 20 de marzo
de 1811, a las 9 de la noche, el heredero recibe
en sus apartamentos de las Tullerías,
de manos del gran canciller, el cordón
de la orden.
Una Carta
de aviso que anunciaba su nominación
al nuevo legionario o elevado le era dirigida
por el gran canciller. La redacción de
esta carta varía. Establecida primero
en nombre del gran Consejo, pronto tuvo cuenta
del « Emperador en gran Consejo »,
luego del Emperador solo. No existió
durante el Imperio un verdadero certificado,
al hacer la carta de aviso las veces de ello
(los primeros diplomas datan de la Restauración).
La carta prescribe en primer lugar el envío
del juramento de fidelidad previsto
por el texto, firmado por el titular, juramento
que vincula a la Legión de honor con
el gran linaje de las órdenes de caballería.
En un principio, el legionario juraba por su
honor « consagrarse al servicio de
la República, a la conservación
de su territorio en su integridad, a la defensa
de su gobierno, de sus leyes y de las propiedades
que éstas consagraron; de combatir, por
todos los medios que la justicia, la razón
y las leyes autorizan, a toda empresa que tienda
a restablecer el régimen feudal, a reproducir
los títulos y las calidades que eran
su atributo; finalmente, de concurrir con todo
su poder al mantén de la libertad y de
la igualdad ». En los primeros años,
estas prestaciones de juramento, registradas
por las autoridades, dieron lugar a manifestaciones
públicas que contribuyeron a asentar,
en especial en las provincias alejadas, el prestigio
de la institución y de sus miembros.
Pero, en este caso también, la fórmula
cambió con el régimen, cuando
la palabra « Imperio » remplazó
a la de « República ». Y,
cuando Napoleón decidió que el
juramento sería prestado a la persona
misma del Emperador y a su Dinastía,
una reacción se elevó en el seno
de ciertos medios, ya sea liberales, ya sea
monárquicos. Así, Rochambeau,
héroe de la guerra de América,
el almirante Troguet y el dramaturgo bien olvidado
Népomucene Lemercier, no quisieron firmar
este nuevo juramento demasiado personalizado.
En cuanto al rechazo de la misma Legión
de honor, fueron extremamente raros: se cita
sobre todo a La Fayette y al poeta Ducis. La
no-signatura del juramento suspendía
la nominación.
| FÓRMULA
DE JURAMENTO DE LA LEGIÓN
DE HONOR |
|
 |
| GRAN
CANCILLERÍA DE LA LEGIÓN
DE HONOR |
Os
invito, Señor, a
prestar, ante la Presidencia
de la Corte o el Tribunal
más cercano, o a
enviarme, firmado por vos,
el Juramento cuya fórmula
sigue.
El
Gran Canciller, Ministro
de Estado
Firmado: B. G. E. L. Cde.
de Lacépède,
Por decisión de S.
Ex. El Gran Canciller, Ministro
de Estado,
El Jefe de la primera División
Fórmula del
Juramento
Juro
ser fiel al Emperador y
a su Dinastía;
prometo, por mi honor, consagrarme
a su servicio,
a la defensa de su persona
y a la conservación
del territorio
del Imperio en su integridad;
no asistir a ningún
consejo o reunión
contraria a la tranquilidad
del Estado;
prevenir a Su Majestad,
de todo lo que se tramase,
a
mi conocimiento, contra
su honor, su seguridad o
el bien
del Imperio.
Nominación
del
----------------181
----N
º de orden
--------------------------------------M
|
|
|
Después
de la firma, el titular recibía solemnemente
su insignia, « el águila
». Tenía que lucirla
siempre del lado izquierdo del pecho. Esta insignia
plantea un enigma. En efecto, Napoleón,
que tenía tanta prisa en 1802 en hacer
votar la ley que instituía su Legión,
aguardó más de dos años
para decidir la joya que sería su marca
distintiva. Múltiples proyectos le fueron
sometidos, de inspiración revolucionaria
más o menos alegórica y a veces
masónica. Ninguno de ellos llamó
su atención.
Fue solo el decreto del 22 mesidor año
XII (1º de julio de 1804) que fijó
la forma de la condecoración: una
estrella de cinco rayos dobles. La
condecoración está esmaltada
de blanco. Es en oro
para los grandes oficiales, los comandantes
y los oficiales, en plata para
los legionarios, y está atada a un listón
tornasolado rojo.
¿De dónde
viene la célebre estrella? Su origen
ha dado lugar a muchas leyendas. Sería
la insignia de la asociación secreta
de los Filadelfos, o bien una alusión
a la estrella que figura en las armas primitivas
de los Bonaparte – ¿o la que guió
al joven general de las Pirámides a las
Tullerías?... Otra explicación
no puede ser descartada: la evocación
de la orden « democrática »
de San Luis. El listón elegido, rojo,
es similar. En cuanto a la disposición
general de la insignia, es conveniente reconocer
que no rompe con el aspecto de las antiguas
condecoraciones. Ciertamente, la adjunción
de un rayo transforma la cruz de Cristo en una
estrella de conquistador, pero no hay un real
rompimiento. Tanto en el espíritu como
en la forma, es lo que deseaba para su Legión
el Primer Cónsul desde 1802. Pero había
tenido que esperar ser emperador para imponer
totalmente su voluntad. Parece que la paternidad
del dibujo corresponda a David. Un jefe de batallón
del cuerpo de ingenieros, J.-B. Challiot de
Prusse, ejecutó sin duda las maquetas.
Si el Primer
grado recibió el águila de plata,
los otros tres grados no se distinguían
entre ellos, portando uniformemente el águila
de oro en el revés (los diferentes modo
de porte no fueron introducidos más que
por el rey 1814, y por cierto conservados durante
los Cien Días). Una excepción
sin embargo: los grandes águilas se señalan
portando, además de la pequeña
águila de oro, un ancho cordón
rojo al sesgo, que retiene del lado izquierdo
un águila de gran módulo y una
placa de plata cosida al costado.
Respetando la tradición francesa, la
estrella, como las cruces de la monarquía,
se suspendía directamente por un simple
anillo a su listón. Influenciado tal
vez por los usos extranjeros, alemanes sobre
todo, el Emperador, por decisión del
12 de abril de 1806, decidió rematarla
con una corona imperial formando anilla. Se
distinguen 4 tipos principales de insignias
otorgados entre 1804 y 1814-1815, ninguno de
los elementos fundamentales habiendo sufrido
por otro lado la menor modificación:
-
Primer tipo (1804): estrella de
cinco rayos dobles esmaltados
de blanco y enlazados por una
corona de roble (a la derecha)
y de laurel (a la izquierda) cuyas
extremidades inferiores, entrecruzadas,
están atadas por un nudo
sin extremos; la dicha estrella,
sin corona anilla y 11 puntas
no abotonadas presentando al centro
un medallón redondo, portando:
sobre la cara, la efigie laureada
y de perfil del Emperador I y,
en relieve sobre fondo radiante
de oro rodeado por la leyenda:
« Napoléon.
Emp. des Français
» en oro sobre fondo de
esmalte azul (se distingue las
« grandes » y las
« pequeñas »
cabezas según la dimensión
del perfil); en el revés,
las armas del Imperio, figurando
un águila al vuelo bajo
y teniendo la cabeza volteada
a la diestra, apoyándose
en un rayo, en relieve sobre fondo
de oro, rodeados por la leyenda:
« Honor y Patria
», en oro sobre fondo de
esmalte azul; pequeña estrella
en la parte inferior del reborde
de esmalte azul del medallón
de la cara; la estrella está
enlazada al anillo de amarre por
una sardineta.
-
Segundo tipo (1806): estrella
con corona-anillo con doce espaldares
soldados a las ramas del rayo
superior y a los montantes palmados.
Esta soldadura de la anilla, a
menudo quebrada, fue frecuentemente
remplazada por una articulación.
-
Tercer tipo (1808): estrella con
una gran corona de anillo de ocho
florones y con montantes figurando
hojas, puntas apartadas con nudo
figurado atando las ramas de olmo
y de laurel, águila al
reverso don la cabeza volteada
puntas no abotonadas; la estrella
está unida a la anilla
articulada por una sardineta.
-
Cuarto tipo (hacia 1813): mismo
modelo que el tercer tipo, pero
las puntas de las ramas están
adornadas con bolitas (botones),
para evitar que enganchen a la
tela del traje. Al final del reinado,
ciertos ejemplares están
engalanados con un dije; nudo
con extremos colgantes atando
en la parte baja la de cruz las
ramas de olmo y de laurel.
|
|
Las insignias
de los grandes águilas siguieron aproximadamente
las modificaciones de las pequeñas águilas.
Las primeras fueron directamente agregadas al
gran cordón, los modelos siguientes,
coronados con una corona-anilla. No obstante,
esta corona comportó en su base ya sea
una serie de águilas con las alas levantadas,
ya sea una alternancia de águilas y de
florones. La placa, insignia complementaria
de esas grandes águilas, se presentó
como una estrella de plata con cinco rayos dobles
recubiertos con lentejuelas de plata y separados
unos de otros por cinco rayos de plata, de puntas
no abotonadas; al centro, las armas del Imperio,
figurando un águila no coronada, al vuelo
bajo y con la cabeza volteada, apoyándose
en un rayo, y rodeada de la leyenda: «
Honor y Patria. » Ciertas placas del fin
del reinado son enteramente metálicas.
Existe finalmente
otra insignia de la Legión de honor:
el collar. No subsiste ningún
texto que cree ni aún mencione la creación
de esta joya (inspirada ella también
por los de las antiguas órdenes) reglamentando
el significado exacto. Solo prácticamente
la documentación iconográfica
permite establecer la lista más o menos
exhaustiva de los titulares de este supremo
honor. Napoleón fue el único en
llevarlo el día de la Consagración.
Se ha establecido que hizo entrega de él
enseguida a los príncipes de su familia:
José, Luis, Jerónimo, Murat, Bacciochi,
Borghese, Eugenio; al cardenal Fesch; finalmente
al Rey de Roma; a tres grandes dignatarios:
Lebrun, Talleyrand y Cambacerés; a un
mariscal, Berthier; y a un extranjero, pero
su pariente por alianza, el gran duque de Baden.
Tres formas de collares parecen haber sido sucesivamente
adoptadas:
--------------
Toda la iconografía de Napoleón
en manto de la Consagración lo
representa portando un amplio collar
conformado de águilas apoyadas
ala contra ala, realizado sin duda por
Biennais. Volvemos a encontrar este
modelo en algunos retratos de los demás
titulares y a veces rodea las grandes
armas del Imperio. No subsiste ningún
ejemplar.
--------------
Un segundo modelo fue probablemente
realizado. Estaba compuesto por águilas
superpuestas separadas por 16 vexilla
portando los números de las cohortes.
Pero no se les observa más que
en escudos de armas.
--------------
En una fecha indeterminada, Napoleón
optó por un collar sin duda más
ligero, inspirado del precedente. Los
pocos ejemplares que han llegado hasta
nosotros, entre ellos el que el Príncipe
Napoleón cedió al museo
de la Legión de honor, el de
los Inválidos, el del mariscal
Berthier, obsequiado igualmente a la
Legión de honor, están
ejecutados según ese modelo.
Están firmados Biennais: «
Cadena de oro, conformada de dieciséis
medallones simbólicos y de un
broche redondo unidos entre ellos por
águilas al vuelo bajo apoyadas
sobre un rayo y formadas longitudinalmente,
llevando al cuello un listón
de esmalte rojo sosteniendo la estrella
esmaltada de blanco de la Legión
de honor cargada en su centro con el
número de las cohortes, dichas
águilas teniendo los pies dirigidos
hacia el motivo central del collar y
con la cabeza volteada hacia el interior
de dicho collar; la dicha cadena está
bordeada interiormente y exteriormente
por una cadenilla de oro constituida
por estrellas de cinco rayos rodeadas
por un anillo y alternando con medallones
oblongos que portan en relieve una abeja.
Estas cadenas y cadenillas se unen a
un motivo central compuesto por una
« N » rodeada por dos coronas,
una interior, de palmas, la otra exterior,
de laureles. En la parte baja de este
motivo está suspendida una estrella
de la Legión de honor rematada
con una corona imperial cuyos montantes
están constituidos de águilas.
»
Además
del porte de la insignia, los legionarios
gozaron de múltiples privilegios
de los cuales algunos se elaboraron
en el transcurso del reinado. Un sueldo
fue añadido desde el principio
a cada grado: legionarios, 250 francos;
oficiales: 1 000 francos; comandantes:
2,000 francos; grandes oficiales: 5,000
francos. Les grandes águilas
recibieron dotaciones que variaban según
sus propios ingresos.
El senado-consulto del 28 floreal año
XII (18 de mayo de 1804) permitió
igualmente a los miembros de la Legión
inscribirse en la lista de los colegios
electorales, aún cuando no cumplieran
con las condiciones requeridas.
|
|
| Collar
de la Legión de honor
del segundo modelo,
hacia 1805 (oro
y esmaltes) ejecutado por el
orfebre del Emperador, Martin-Guillaume
Biennais, sobre una idea de
Dominique Vivant Denon. Dieciséis
águilas llevando al cuello
la Legión de Honor, alternadas
con 17 medallones de los cuales
16 portan los atributos de las
diversas actividades recompensadas
por la orden (ejército,
arquitectura, bellas artes,
química, comercio, industria,
etc.). La cifra 16 hace referencia
al número de cohortes.
Museo Nacional de la Legión
de Honor, París. |
|
|
Tuvieron
derecho al porte de armas de caza. Pudieron,
a partir de 1808, acceder a la nobleza.
Finalmente, las casas de educación
de la Legión de honor se abrieron
a sus hijas. |
Pero los legionarios
también debían someterse a ciertas
reglas cuyo origen remonta a los tiempos de
la caballería. Por ejemplo, los soldados
condecorados no podían, después
de su desmovilización, ejecutar la profesión
de doméstico o de tabernero, juzgada
indigna de un « caballero ». Según
los decretos de ventoso año XII (marzo
de 1804), toda falta al honor, toda condena
penal acarrea ya sea la suspensión, ya
sea la exclusión de la orden. Finalmente,
« la calidad de miembro de la Legión
de honor se pierde por las mismas causas que
hacen perder la calidad de ciudadano francés
».
El primer decreto de nominación data
del 1º vendimiario año XII (24 de
septiembre de 1803). Puramente militar, comprendió
únicamente a los titulares de Armas de
honor, es decir 2,000 aproximadamente. Por ende
no se puede decir que hubo un primer legionario.
En cambio, la promoción siguiente presenta,
según el equilibrio querido por los textos,
un carácter civil. Con ella aparece la
necesidad de ósmosis social concebida
por su fundador. Encontramos en ella, con Fouché
y Talleyrand, al duque de Choiseul-Praslin,
al cardenal de Boisgelin, al jurista Portalis,
al explorador Bougainville, al lado de, es cierto,
la mayoría de los futuros mariscales,
pero condecorados en virtud de las funciones
pacíficas que les fueron ocasionalmente
encargadas, como Ney, ministro plenipotenciario,
y Brune, Consejero de Estado.
Napoleón,
Emperador, consagró una de sus
primeras salidas oficiales a la inauguración
de la Legión de honor. Sin embargo,
la orden ya reunía cerca de 6,000
miembros, las promociones no habiendo
cesado de sucederse desde fines de 1803.
Pero la insignia todavía no había
sido entregada nunca. La fecha de la ceremonia,
en los Inválidos, fue fijada para
el 15 de julio (ya que el 14 caía
en sábado). Precedido por la Emperatriz,
el Emperador, a caballo, fue recibido
por el cardenal de Belloy, arzobispo de
París. Se instaló en la
capilla sobre un trono elevado a cuyo
pie se formaron, entorno al gran canciller
y al gran tesorero, los nuevos mariscales,
los cuerpos constituidos, el alto clero,
los miembros del Instituto, y los legionarios
de la Guardia en guarnición en
París. Frente a frente, un anfiteatro
reunía a los inválidos,
los alumnos de la Escuela politécnica.
Josefina y Hortensia ocupaban una tribuna
particular.
El cardenal Caprara, legado del Papa,
ofició y se detuvo después
de la lectura del Evangelio. El gran canciller,
tomando enseguida la palabra, recordó
el lema de la Legión de honor:
«¡Honor! ¡Patria!
¡Napoleón! ¡Sed por
siempre jamás el lema de Francia
y la garantía de su eterna prosperidad!».
Luego, fue el Emperador mismo quien pronunció
la fórmula de juramento de fidelidad
a su persona. «
¿Lo juráis? »
exclamó al terminar. Un inmenso
grito «¡lo juramos!»
le respondió. Terminado el oficio,
el condestable Luis Bonaparte sujetó
sobre el pecho de Napoleón «
un águila de oro » y «
un águila de plata » (El
Emperador portaría indiferentemente
durante todo su reinado la insignia de
oro y de plata, y, a partir de la creación
de las grandes águilas, el gran
cordón rojo llevado más
frecuentemente bajo su chaleco.) Luego
intervino el llamado individual: los grandes
oficiales, luego los comandantes, los
oficiales y los legionarios recibieron
de manos imperiales las insignias de sus
grados, tomados de dos vastas charolas
de corladura colocadas sobre la estrada.
Se reconocía, ascendiendo uno por
uno los escalones del trono, a los mariscales
(salvo Massená, Brune, Jourdan
y Bernadotte, ausentes de París);
los generales Oudinot, Macdonald, Marmont;
el cardenal Fieschi; Cambacerés
y Talleyrand; los miembros de las Asambleas;
Monge, Laplace, Prony, Cuvier, Montgolfier,
Fontanes, Denon, David, Méhul,
Bernardin de Saint-Pierre; los inválidos
de las guerras de la República
y algunos oficiales y soldados, entre
los cuales el granadero Jean-Roch Coignet.
Un Te Deum compuesto por Desvignes
terminó la ceremonia. El cortejo
imperial volvió a las Tullerías
a través París en júbilo.
|
 |
Napoleón
el Grande recibe los juramentos
de los miembros de la Legión
de Honor en la
iglesia de Los Inválidos,
el 15 de julio de 1804.
Estampa
de Charles Monnet en su gran
obra: Sesenta y nueve dibujos
para la ilustración de
la Historia de Francia durante
el Imperio. |
|
|
El brillo de
la ceremonia de Los
Inválidos
fue todavía rebasado por la entrega de
las condecoraciones destinadas a los bravos
del ejército, el 16 de agosto siguiente,
en el Campo de Boloña (Boulogne), donde
acampaban doscientos mil hombres que preparaban
el desembarque en Inglaterra.
 |
Legión
de Honor del 1er tipo
Ejemplar histórico
portado por el Emperador durante
la ceremonia del Campo de Boloña. |
|
|
El
lugar elegido fue el pequeño valle
de Terlincthum, en los alrededores de
Boloña. Arreglado a manera de anfiteatro,
permitió a una tropa de cien mil
hombres formarse en columnas, en medio
círculo, marcado el punto central
por el estrado imperial que les hacía
frente. En él se había ubicado
un asiento de bronce, llamado de Dagoberto,
coronado con trofeos tomados al enemigo
y con una corona de oro. Junto al trono,
las insignias por distribuir estaban colocadas
en un casco y un escudo que habían
pertenecido, según la tradición,
a du Guesclin y a Bayard.
El Emperador, que residía en el
castillo de Pont-de-Briques, llegó
al medio día, acompañado
por José, ministros y mariscales,
ataviado con su uniforme de coronel de
cazadores de la Guardia Imperial. Tras
un discurso del gran canciller Lacépède,
el Emperador se levanta y pronuncia con
una voz fuerte la fórmula de juramento
que los nuevos recipiendarios ya han firmado.
Luego, como en los Inválidos, añade:
« ¿Y
vosotros, soldados, juráis defender
en costa de vuestra vida el honor del
nombre francés, vuestra Patria
y a vuestro Emperador?
» Cien mil voces responden: «
¡Lo juramos! » La
entrega de las condecoraciones comienza
entonces por grado en la Legión
de Honor, siendo el llamado efectuado
por orden alfabético, sin miramiento
del grado en el ejército, según
el deseo del Emperador. Se prolonga hasta
ya muy entrada la tarde, Napoleón
decorando con su propia mano a cada legionario
e intercambiando algunas palabras con
todos los que reconoce. Se estima en dos
mil, entre los cuales trece civiles, a
quienes fueron recibidos de esa forma
durante aquella jornada. Los civiles pertenecían
todos a las regiones del noroeste: tres
prefectos, tres obispos, tres altos magistrados,
tres alcaldes, un inspector general de
los Puentes y Calzadas. Los militares
representaron en su mitad al ejército
de tierra, entre ellos dieciséis
grandes oficiales, cuarenta y seis comandantes
y ciento ochenta y nueve oficiales, y
en otra mitad la marina.
Esta jornada marca verdaderamente la entrada
de la Legión de Honor en la vida
(incluso se ha dicho la carne)
de la nación. Su resonancia fue
universal. Perduraría hasta nuestros
días. Una pequeña pirámide
de mármol, colocada en el sitio
donde se elevaba el trono del Emperador,
transmite en el sitio mismo su recuerdo.
Es la « piedra Napoleón ».
Otro monumento se vincula también
al recuerdo de la distribución
de las águilas en Boloña:
la columna de la Grande Armada, cuya primera
piedra fue colocada el 9 de noviembre
de 1804. Coronada con la estatua del Emperador
por Houdon (quitada durante la Restauración),
luego por Bosio bajo Luis Felipe (muy
gravemente dañada en 1944), la
columna fue restaurada en 1962 (nueva
estatua del escultor P. Stenne).
|
La Legión
de Honor se va a desarrollar ahora al ritmo
de la epopeya
y a integrarse a ella indisolublemente. El ejército
reunió, desde los primeros años,
a la muy grande mayoría de los legionarios.
Fue él el que dio a la orden, si no sus
más hermosas, al menos sus más
brillantes letras de nobleza e inscribió
el nombre de la Legión en las tablas
de la leyenda: las condecoraciones a los vencedores,
a la luz del vivaque de las veladas de la victoria;
la suprema consolación de los heridos
agonizantes: « Sire, esta mortaja bien
vale una cruz! »; el Pequeño Cabo
enganchando la estrella sobre el pecho de un
inmenso grognard petrificado por la
emoción - toda Francia ha guardado esos
recuerdos grabados en su memoria. Este aspecto
espectacular, querido por el Emperador, iba
acompañado por un sentimiento más
profundo: gracias a las promociones militares,
la Legión de Honor llenó plenamente
la misión que le había destinado
su fundador, consolidando la amalgama de las
castas y de las clases indispensable para las
nuevas bases del Estado. Cualquiera que hubiese
sido el prestigio de la Orden de San Luis en
todo el ejército real, sólo los
oficiales podían pretender a ella, los
suboficiales y soldados recibiendo, después
de veinticuatro años de buenos y leales
servicios, el Medallón de la Veteranía,
insignia honorable pero sin común medida
con el lustre de la Cruz. Por vez primera, pues,
una misma insignia honraba a todos y a cada
uno. Ciertamente, si las promociones de los
legionarios incluyeron tantos hombres de tropa
como ejecutivos y miembros del personal dirigente,
las águilas de oro no fueron otorgadas
a los primeros más que excepcionalmente.
Pero sólo el metal cambiaba. La estrella,
el listón rojo conservaban el mismo significado.
La Legión de Honor, agrupando bajo el
signo del sacrificio al Honor y a la Patrie
a todos aquellos que combatían por ella,
acabó, bajo el Imperio, de transformar
el tradicional ejército del Antiguo Régimen
en una fuerza coherente nacida de toda la nación.
Esta amalgama
no se encuentra, a pesar de las declaraciones
consulares, en las nominaciones a título
civil. Durante los primeros años, Napoleón
se esforzó en mantener el equilibrio
entre las promociones. En vano. Si Francia,
en paz en 1802, emprendía un restablecimiento
general que movilizaba todos sus recursos económicos
y administrativos, el coste de las guerras revolucionarias,
como la preparación pronto retomada del
proyecto de desembarque Inglaterra, obligaron
rápidamente al Emperador a reservar al
ejército la muy amplia mayoría
de las águilas. El 1º de enero de
1806, sobre más de once mil legionarios,
se contaban apenas quinientos cincuenta civiles.
La ruptura se acentuó más entre
civiles y militares en el transcurso de los
años siguientes, con las campañas
de Alemania
y de España.
En cambio, con la interrupción de las
hostilidades, entre 1810 y 1811, múltiples
civiles recibieron la estrella. Pero, nuevamente,
las nominaciones civiles se disiparon a partir
de 1812, totalmente esta vez. Había entonces,
en un total aproximativo de 35,000 legionarios,
más o menos veinte grandes águilas,
sesenta grandes oficiales, noventa comandantes,
ciento treinta oficiales y mil cuatrocientos
caballeros estrictamente civiles. Napoleón
abrió primero su orden a las personalidades
cuyos títulos, y el prestigio que conllevaban,
designaban a su atención. Es bajo la
misma rúbrica de senadores que Monge,
Roederer, Cabanis, Siéyès recibieron
la insignia. El calificativo de « miembro
del Instituto » es la única mención
que figura en lo que respecta a nombres como
los de David, Gros, Gérard, Fontaine
Méhul, Cuvier, Lamarck, Pinel, Bernardin
de Saint Pierre. Los méritos que les
habían llevado a esta ilustre casa eran
suficientes para que fuesen condecorados bajo
su único patronato (es conveniente observar
sin embargo que el texto de fundación
de la orden mencionaba, entre los servicios
que sancionaría, las ciencias, pero ni
las letras ni las artes...). La mayoría
de los prefectos, de los directores generales
de las grandes administraciones recibieron el
águila. El cuerpo de los Puentes y Calzadas,
responsable de los inmensos trabajos emprendidos
a través de todo el territorio, tuvo
una posición privilegiada. Pero esta
clasificación bastante sumaria alejó
por largo tiempo de la orden a todos los que
no entraban en un marco establecido y cuyos
sacrificios o las abnegaciones, permanecidos
obscuros, no recibieron más que raramente
una justa recompensa. Lo industriales debieron
rendir a Francia servicios tan eminentes como
los de Oberkampf o Delessert para que su nombre
subiera hasta el trono imperial. Hizo falta
que el obrero minero Goffin salvase a 70 compañeros
de una muerte atroz para que el Emperador hiciera
que se le diera el águila de plata. Así,
los legionarios civiles del Primer Imperio pertenecían
casi todos a un cierto nivel social, y su lista
está lejos de ofrecer esa emotiva y voluntaria
confusión que presentan las promociones
militares, en las que el nombre del simple soldado
sigue – y a veces precede – al de
su general.
Esta amalgama no se
encuentra, a pesar de las declaraciones
consulares, en las nominaciones a título
civil. Durante los primeros años,
Napoleón se esforzó en
mantener el equilibrio entre las promociones.
En vano. Si Francia, en paz en 1802,
emprendía un restablecimiento
general que movilizaba todos sus recursos
económicos y administrativos,
el coste de las guerras revolucionarias,
como la preparación pronto retomada
del proyecto de desembarque Inglaterra,
obligaron rápidamente al Emperador
a reservar al ejército la muy
amplia mayoría de las águilas.
El 1º de enero de 1806, sobre más
de once mil legionarios, se contaban
apenas quinientos cincuenta civiles.
La ruptura se acentuó más
entre civiles y militares en el transcurso
de los años siguientes, con las
campañas de Alemania
y de España.
En cambio, con la interrupción
de las hostilidades, entre 1810 y 1811,
múltiples civiles recibieron
la estrella. Pero, nuevamente, las nominaciones
civiles se disiparon a partir de 1812,
totalmente esta vez. Había entonces,
en un total aproximativo de 35,000 legionarios,
más o menos veinte grandes águilas,
sesenta grandes oficiales, noventa comandantes,
ciento treinta oficiales y mil cuatrocientos
caballeros estrictamente civiles.
Napoleón abrió
primero su orden a las personalidades
cuyos títulos, y el prestigio
que conllevaban, designaban a su atención.
Es bajo la misma rúbrica de senadores
que Monge, Roederer, Cabanis, Siéyès
recibieron la insignia.
El calificativo de « miembro del
Instituto » es la única
mención que figura en lo que
respecta a nombres como los de David,
Gros, Gérard, Fontaine Méhul,
Cuvier, Lamarck, Pinel, Bernardin de
Saint Pierre. Los méritos que
les habían llevado a esta ilustre
casa eran suficientes para que fuesen
condecorados bajo su único patronato
(es conveniente observar sin embargo
que el texto de fundación de
la orden mencionaba, entre los servicios
que sancionaría, las ciencias,
pero ni las letras ni las artes...).
La mayoría de los prefectos,
de los directores generales de las grandes
administraciones recibieron el águila.
El cuerpo de los Puentes y Calzadas,
responsable de los inmensos trabajos
emprendidos a través de todo
el territorio, tuvo una posición
privilegiada. Pero esta clasificación
bastante sumaria alejó por largo
tiempo de la orden a todos los que no
entraban en un marco establecido y cuyos
sacrificios o las abnegaciones, permanecidos
obscuros, no recibieron más que
raramente una justa recompensa. Lo industriales
debieron rendir a Francia servicios
tan eminentes como los de Oberkampf
o Delessert para que su nombre subiera
hasta el trono imperial. Hizo falta
que el obrero minero Goffin salvase
a 70 compañeros de una muerte
atroz para que el Emperador hiciera
que se le diera el águila de
plata.
Así, los legionarios civiles
del Primer Imperio pertenecían
casi todos a un cierto nivel social,
y su lista está lejos de ofrecer
esa emotiva y voluntaria confusión
que presentan las promociones militares,
en las que el nombre del simple soldado
sigue – y a veces precede –
al de su general.
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| Collar
de la Legión de Honor
(detalle) |
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Esta clasificación
pone en evidencia uno de los puntos de la Legión
de Honor de Napoleón que en la actualidad
son juzgados débiles. Prejuicio
ancestral, cuidado de no chocar costumbres seculares.
El Emperador ignoró en su orden categorías
sociales de las cuales, no obstante, ciertos
miembros elevaron su renombre casi tan alto
que sus « bravos »: Jacob, el ebanista
cuyo nombre permanece inseparable de la era
napoleónica, y que hizo brillar el arte
y la técnica franceses a lo largo del
mundo; Talma, quien actuó ante un auditorio
de reyes. El mismo Napoleón reconoció
más tarde que no se había atrevido.
¡En cuanto a la exclusión de Isabey,
es bastante mal explicable! Igualmente, jamás
Napoleón dio su orden a una mujer, a
pesar de lo que dicen algunos historiadores,
se contentó de entregar a algunas de
ellas, combatientes o vivanderas, una cadena
de oro a la cual estaba suspendida una medalla
con su efigie. Por cierto que esto no impidió
a algunas portar la cruz, tras la caída
del Imperio, como signo de apego a su héroe.
Pero la primera mujer oficialmente caballero,
Angélique Duchemin, viejo soldado de
la República retirada en los Inválidos,
recibió su cruz de manos del Príncipe-presidente,
futuro Napoleón III, en 1851.
En cambio, aunque el texto no hubiera previsto
la entrada a la Legión de las colectividades,
tres ciudades obtuvieron, durante los Cien Días,
el derecho de portar la condecoración
en sus escudos de armas por su conducta durante
la campaña de Francia de 1814: Châlon-sur-Saône,
Tournus y Saint-Jean-de Losne. (Las banderas,
por su parte , no serían condecoradas
más que a partir del reinado de Napoleón
III).
Al redactar
los textos fundamentales, Napoleón había
personalmente insistido que la Legión
de Honor pusiera en práctica la noción
de ayuda mutua y de solidaridad ligada al origen
mismo de las antiguas órdenes. Esta fraternidad
acentuaría el carácter tradicional
de la nueva institución en un sentido
que no podía sino encontrar la aprobación
general, a la vez contribuyendo al
acercamiento de todos los legionarios. El día
siguiente de la victoria de Austerlitz, Napoleón
adoptó a todos los hijos de
los generales, oficiales y soldados muertos
en la batalla. Los niños serían
criados en el castillo de Rambouillet, las niñas
en el de Saint Germain-en-Laye. Este decreto
no fue aplicado bajo esta forma: el 15 de diciembre
de 1805, un nuevo decreto firmado desde Schönbrunn
creaba tres casas para las niñas de los
legionarios, cada una teniendo que recibir cien
de ellas. Para la primera, la elección
recayó en el antiguo castillo del condestable
de Montmorency, en Écouen. Es ahí
donde llegaron las primeras alumnas en 1807.
Napoleón nombró, para dirigir
este establecimiento bajo la autoridad dl gran
canciller, a una « superintendente »,
Madama Campan, antigua camarera de la reina
María Antonieta. Conocía sus talentos
pedagógicos: ella había sido profesora
de sus hermanas Paulina y Carolina, y sobre
todo de las pequeñas Beauharnais, Estefanía,
Emilia y Hortensia, cuando dirigía, durante
el Directorio, una institución para muchachas
en Saint-Germain en-Laye con una competencia
que de inmediato había impresionado al
futuro Emperador. Napoleón fijó
él mismo el programa de « sus niñas
», programa bastante reaccionario, incluso
para su tiempo, y casi únicamente basado
en la religión y la enseñanza
doméstica. No por ello Écouen
gozó menos desde su fundación
de un prestigio tal, que una segunda casa fue
abierta desde 1810 en la antigua abadía
de Saint-Denis, bajo la superintendencia de
Madama du Bouzet. Las visitas que el Emperador
efectuó siguen siendo legendarias en
la historia de esas casas. Además de
esos establecimientos, casas reservadas a las
huérfanas de guerra, hijas o no de legionarios,
pero administradas por la Legión de Honor,
fueron abiertas a partir de 1810 igualmente.
Pero, contrariamente a Écouen y a Saint-Denis,
cuya dirección era laica (son de hecho
las primeras escuelas de Estado para mujeres
fundadas en Francia), las casas de huérfanas
(calle Barbette en París, en los Barbeaux
en Fontainebleau, en las Loges en forêt
de Saint-Germain) fueron dirigidas por la «
Congregación de la Madre de Dios »
aparentándose bastante más a conventos.
La reina Hortensia, quien había contribuido
a poner en relación a Napoleón
y a Madama Campan, a la cual la ligaba una muy
firme amistad, se convirtió en la «
princesa protectriz » de las casas.
El privilegio
de la nobleza deriva del decreto del
lº de marzo de 1808 que restablece
los títulos y crea la nobleza
de Imperio:
«
Art. 11: Lo miembros de la Legión
de Honor y aquellos quienes, en el futuro,
obtengan esta distinción, portarán
el título de caballero.
Art. 12: Este título será
transmisible a la descendencia directa
y legítima, natural o adoptiva,
de varón en varón por
orden de primogenitura, de aquel a quien
haya sido otorgado, presentándose
ante archi-canciller del Imperio a fin
de obtener para este efecto nuestras
letras patentes y justificando un ingreso
neto de tres mil francos al menos. »
Los
escudos de armas de los caballeros,
rematados con un birrete negro con pluma,
presentan una estrella de plata de la
orden colocada sobre una de las piezas
« honorables » del blasón,
siempre de « gules ».
El decreto
del 3 de marzo de 1810, luego el decreto
del 8 de octubre de 1814, aportan a
este texto a la vez precisiones y restricciones:
un miembro de la Legión de Honor
debe, para ser caballero, obtener sus
letras patentes. Además, cuando
el abuelo, el hijo y el nieto hayan
sido sucesivamente miembros de la Legión
de Honor y et hayan obtenido letras
patentes, el bisnieto será
noble por derecho y transmitirá
la nobleza a toda su descendencia (estas
disposiciones conocieron en el transcurso
del Siglo XIX múltiples modificaciones).
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Sello
de los Títulos
Creación de
la nobleza de Imperio (1808) |
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La Legión
no cesó, a lo largo del reinado, de ver
amplificarse su prestigio. La estrella blanca
acuñada con la efigie y el águila
imperiales, suspendida a su listón rojo,
se vinculó indisolublemente a su fundador.
Su gloria se confundió. Los franceses
la recibieron con devoción. Todos los
soberanos de Europa se enorgullecieron de ella.
Algunos cambios intervinieron: el sistema de
las cohortes resultó ser inaplicable
en el plano administrativo. Salvo algunas excepciones,
Las cabezas de distrito no fueron acondicionadas,
ningún hospicio funcionó jamás.
En cuanto a la gestión de bienes, presentaba
dificultades casi inextricables. Asimismo, el
decreto del 28 de febrero de 1809, que anunciaba
la venta de los bienes de la Legión de
Honor, cuyos ingresos eran remplazados por rentas
de orígenes diversos, marcó prácticamente
el fin de las cohortes.
Un pesado handicap
golpeó de inmediato a la Legión:
el de los efectivos (que por cierto la marcaría
hasta una época muy reciente). La ley
de creación las limitaba a 6,105. En
mayo de 1805, Napoleón las había
aumentado de 2,000. Pero los legionarios alcanzaban
una cifra que se situaba entre 33,000 y 35,000
cuando la primera abdicación (les exclusiones
de la Restauración y el incendio de los
archivos de la gran cancillería en 1871
no permiten ser más preciso). Y eso que
éste número no comprende a los
extranjeros que, por decreto de del gran Consejo
de junio de 1804, pudieron ser admitidos, pero
no recibidos, Goethe o Volta por ejemplo, por
lo demás poco numerosos (los soldados
de la Grande Armada, cualquiera que fuera su
nacionalidad, recibieron la cruz en calidad
de francés). La campaña de
Francia vio 4,000 nuevos condecorados, entre
los cuales María-Luisas.
 |
Las
insignias de la Legión de Honor
desde 1802
Museo
del Empéri; fotografía
cortesía del Sr. Albert Martin. |
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Napoleón
rubricó las últimas nominaciones
en Fontainebleau, antes de firmar su nombre
en el acta de abdicación, el 6 de abril
de 1814, abandonando así su estrella
a otras manos. Y mientras el rey, arribado a
París, otorgaba generosamente la «
orden real de la Legión de Honor »
y ponía a la cabeza de la cancillería
al deplorable abate de Pradt, luego al general
conde de Brujas, el Emperador, en la isla de
Elba, no procedió, al parecer, a ninguna
nominación. Pero, apenas a bordo del
Inconstant (« Inconstante »)
que le llevaría de regreso a Francia,
condecoró, en plena mar, a los oficiales
de la tripulación. Es bien conocido el
extraordinario vuelo « de campanario en
campanario »: antes de alcanzar París,
en Lyón, el 13 de marzo de 1815, Napoleón
anulaba todas las modificaciones en la Legión
de Honor debidas a Luis XVIII, y declaraba al
conde de Lacépède gran canciller
inamovible. El conde Dejean fue encargado de
asegurar el ínterin. Napoleón
nombró durante los Cien Días más
o menos a 6,000 legionarios. La mayoría
de esas nominaciones concernía a militares,
pero no olvidó a los civiles, como el
joven Arago y Gay-Lussac, condecorados desde
el 6 de abril, e hizo a Luis David « Comandante
».
A su segundo
regreso, Luis XVIII quien, ignorando al «
Usurpador », había firmado nominaciones
en la Legión de Honor durante toda su
estancia en Gante, la conservó, pero
excluyó de la orden a toda la familia
Bonaparte, incluido Napoleón, anuló
las nominaciones de los Cien Días –
que serían validadas por Luis Felipe
– y quitó definitivamente de sus
funciones al conde de Lacépède.
La orden halló afortunadamente un verdadero
defensor en la persona del nuevo gran canciller,
el mariscal Macdonald, duque de Trento. Su firme
y hábil diplomacia permitieron a la institución
imperial atravesar el difícil obstáculo
de la Restauración, durante la cual la
Legión se encontró en rivalidad
con las antiguas órdenes reales reconstituidas:
el Espíritu Santo, a la cual ingresaron
casi todos los mariscales del Imperio; San Miguel,
entonces reservada a los civiles; y sobre todo
San Luis, recompensa militar por excelencia
del rey, que éste trató de colocar
por encima de la orden imperial de la cual no
podía soñar privar al ejército,
en especial a los soldados y suboficiales para
quienes San Luis no era accesible. Pero la Legión
de Honor triunfaría definitivamente en
1830 con la llegada al trono de Luis Felipe,
quien suprimió para siempre las recompensas
del Antiguo Régimen e hizo de la Legión
de Honor lo que ha permanecido, sin interrupción,
y a pesar de los sobresaltos, hasta los caos
que Francia a conocido: la mayor orden francesa.
Su prestigio incluso ha permanecido tal que
prácticamente todos las órdenes
creadas desde entonces, en especial en los Estados
que acceden a la independencia, están
orgullosos de tomarla por modelo en todos los
continentes.
NOTAS:
1) Como vemos,
esta famosa exclamación tal como se repite
hasta el hastío “… es
con sonajas con lo que se guía a los
hombres”, tantas veces empleada tanto
para desprestigiar a la Legión como para
imputar a Napoleón un cinismo y desprecio
de los hombres que nunca tuvo, no es más
que un fragmento, intencionalmente extraído
de su contexto, de una la réplica claramente
irónica hecha por el Primer Cónsul
en respuesta a las afirmaciones solapadas y
sarcásticas de ciertos miembros del Consejo.
VER
TAMBIÉN DEL MISMO AUTOR:
Cuadro
de las Cohortes de la Legión de Honor,
por Claude Ducourtial-Rey
La
Legión de Honor y la leyenda Napoleónica,
por Claude Ducourtial-Rey.
Los
civiles y la Legión de Honor,
por Claude Ducourtial-Rey.
BIBLIOGRAFÍA:
- Steenacker
(F.), Histoire des Ordres de Chevalerie
et des distinctions honorifiques en France,
París, Librairie internationale, 1867.
- Bucquet (M.), Feuillatre, Durieux, La
Légion d’honneur et les décorations
françaises, Catálogo de la
Exposición sobre la Legión de
Honor en el Musée des Arts décoratifs,
1911.
- Ordres de chevalerie et Récompenses
nationales, Catálogo de la Exposición,
Casa de Moneda de París, 1956.
- Ducourtial (C.), Ordres et décorations,
París, PUF, 1968.
- Pierredon (Michel de), Contribution à
l'histoire des Ordres de Mérite,
Rodez, Garrère, 1926;
- Manuel de la Légion d’honneur,
París, chez Redonneau, an X.
- Annuaire de 1814, Les États généraux
de la Légion d’honneur.
- Bottet (M.), Autour de la Légion
d’honneur, París, Flammarion,
1904.
- Renault (J.), La Légion d’honneur,
París, Société d’Entraide
de la Légion d’honneur, 1922.
- Daniel (J.), La Légion d’honneur,
París, Bonne, 1948.
- Napoléon et la Légion d’honneur,
Catálogo de la Exposición en el
Museo Nacional de la Legión de honor,
París, la Cohorte, Société
d’Entraide la Légion d’honneur,
1968.
- Ducourtial (C.) et Bonneville de Marsangie
(L.), La Légion d’honneur,
París, la Vauzelle, 1982.
- Brasier (L.), Histoire des maisons d’éducation,
París, Renouard, 1913.
REFERENCIAS
GENERALES:
Libros
Deux siècles
de Legion d’honneur, por Pierre Miquel,
Acropole, 2002.
La Légion d’honneur. Un Ordre
au service de la Nation, por Anne de Chefdebien
y Bertrand Galimard Flavigny, Découvertes/Gallimard.
Catálogo de la exposición por
el bicentenario de la Legión de Honor
del Museo Real del Ejército y de Historia
Militar de Bruselas, Bélgica (17 de mayo
al 24 de noviembre de 2002). Téledescargable
en formato PDF. .
L’insigne d’Honneur;
de la Légion à l’étoile
1802-1815. Société des amis
du Musée National de la Légion
d’Honneur et des ordres de chevalerie,
2006.
Ligas
de interés:
Bibliografía
general sobre la Legión de Honor, establecida
por France Phaléristique (Francia
Falerística)
Gran
Cancillería de la Legión de Honor
Base
Léonore: Todos los recipiendarios de
la Legión de Honor fallecidos antes de
1954
Sociedad
de ayuda mutua de los Miembros de la Legión
de Honor (Société d'Entraide
des Membres de la Légion d’Honneur)
Museo
Real de Historia Militar, en Bruselas, Bélgica
Expediente
del ministerio de la Defensa francés
El
fondo de la Legión de Honor en los Archivos
nacionales de Francia
Sociedad
de amigos del Museo nacional de la Legión
de Honor y de las órdenes de caballería
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