Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
LA LEGIÓN DE HONOR
 
Primera distribución de la Legión de Honor instituida por el Emperador el 15 de julio de 1804 en la capilla de los Inválidos
El Emperador Napoleón hace entrega de la insignia de caballero al gran matemático Gaspard Monge. Cuadro de Jean-Baptiste Debret (1768-1848).

Por

Claude Ducourtial-Rey
Antiguo Conservador del Museo Nacional de la Legión de Honor

Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.

La LEGIÓN DE HONOR fue creada por el texto del 9 pradial año X, firmado por Bonaparte, Primer Cónsul, quien proclamó ley de la República el decreto entregado por el Cuerpo legislativo el 29 floreal año X (19 de mayo de 1802). Es esta segunda fecha que, de manera correcta, han retenido los historiadores para fijar la fundación de la orden. El voto del Cuerpo legislativo representaba en efecto el desenlace de muy vivos debates que marcaron los últimos sobresaltos de una fracción todavía notable de los miembros de las asambleas contra los progresos de la autoridad consular. Pues si el proyecto que les sometía el Primer Cónsul podía parecer secundario en vista de la importancia de las demás iniciativas de reformas en curso de elaboración, materializaba de hecho un espectacular paso hacia el poder absoluto.

La noción de orden asume un carácter esencialmente cristiano y feudal. Cristiano: surge de las antiguas comunidades religiosas combatientes en Tierra Santa durante las cruzadas (San Juan de Jerusalén, Santo Sepulcro, Templarios, caballeros Teutónicos, etc.). Feudal: sobre el modelo de esas órdenes, príncipes laicos instituyeron a partir de los siglos XlV y XV «compañías» que reagrupan a su alrededor a sus más brillantes vasallos, reclutados esencialmente en la nobleza militar; los príncipes tomaron entonces el nombre, todo religioso, de «gran maestre», los miembros de aquellos grupos el de «caballeros». Las estructuras de esas órdenes reposaban sobre tres elementos fundamentales:

-------------- Defensa de la fe cristiana.
-------------- Asistencia en todas circunstancias al gran maestre y a su corona.
-------------- Ayuda mutua de los caballeros.

Estos tres imperativos se hallaban resumidos en la fórmula de juramento inviolable que el caballero prestaba solemnemente entre las manos del gran maestre y que representaba la razón misma de la orden. A cambio, ésta comportaba igualmente ventajas considerables, materiales y morales. Los caballeros además, portaban constantemente una insignia, generalmente un collar y una cruz de oro ostentando al centro con los símbolos de la orden, que les permitía ser inmediatamente distinguidos.
En 1789, el rey de Francia disponía de tres órdenes principales. Dos destinadas a la nobleza católica: la Orden del Espíritu Santo, la más elevada, compuesta por 100 miembros, creada por Enrique III en 1578 (los cordones azules); la Orden de San Miguel, que databa de Luis XI (1469), comportaba igualmente 100 caballeros; la tercera, Orden real y militar de San Luis, presentaba un carácter diferente: Luis XIV, en 1693, la había reservado a los oficiales de sus ejércitos que hubieran servido al menos diez años con distinguiéndose brillantemente. Si la cláusula de catolicidad permanecía imperativa, por la primera vez en la historia de las órdenes, la nobleza ya no era exigida. Por otra parte aparecían grados destinados a mantener el mérito en suspenso: caballeros, comendadores, grandes-cruz.

CONDECORACIONES REALES DURANTE EL ANTÍGUO RÉGIMEN DE FRANCIA
Orden del Espíritu Santo
Museo de la Legión de Honor
Orden de San Miguel
Museo de la Legión de Honor
Orden Real de San Luis
Museo de la Legión de Honor

En fin, el efectivo los caballeros no estaba determinado. Se le llamó «orden del mérito». Estas innovaciones hicieron de la Orden de San Luis la más popular de la monarquía. Su insignia, una cruz de Malta blanca con la efigie de San Luis al centro, suspendida de un listón rojo fuego, dio lugar a la expresión siempre en uso actualmente: «tener la cruz». Nobiliarias, el Espíritu Santo y San Miguel desaparecieron desde 1789 (el decreto de abolición por la Legislativa data del 30 de julio de 1791). La Orden de San Luis fue en cambio conservada bajo la denominación más democrática de «Condecoración militar», siempre reservada por cierto a los oficiales, pero sin cláusula de religión, hasta octubre de 1792. La Convención suprimió entonces toda distinción «en nombre del principio sagrado de la Igualdad» (octubre de 1792). Pero ella misma se vio pronto en la necesidad de pasar por alto sus propias decisiones a favor de los ejércitos que la defendían en las fronteras. Optó entonces por un sistema de recompensas colectivas. Es solamente el Directorio el que retomó el uso de las marcas de reconocimiento individuales, siempre sin embargo en una forma puramente militar, haciendo entrega de las armas de recompensa a sus mejores soldados.
El 16 fructidor año V, decidió que 100 sables serían distribuidos, en el transcurso de la campaña, a los más bravos militares «que se habrían distinguido por medio de hazañas». Pero quería sobre todo reconstituir una condecoración de carácter más estricto, y administrativamente legal. Apoyándose en el artículo 87 de la constitución del año VIII - «Serán dadas recompensas nacionales a los guerreros que hayan brindado servicios brillantes combatiendo por la República» -, firma, el primer día de su Consulado, el 4 nivoso año VIII (Navidad de 1799), un decreto que crea las armas de honor. Este texto daba, según su arma, a los autores de hazañas, fusiles, mosquetones, carabinas, baquetas de tambor, trompetas, granadas de oro, (para portarse en el paramento del traje), sobre los cuales serían inscritos el nombre y la acción recompensada. Un decreto complementario añadió en el año X una hacha de abordaje para los marinos. Una alta paga de 5 céntimos diarios le sería agregada. Un hecho de armas de un valor excepcional valía un sable; su beneficiario gozaba entonces de una doble paga. La mayoría de esas armas debían ser otorgadas en el transcurso de la segunda campaña de Italia, en 1800, sobre todo en Marengo. Pero seguía sin tratarse más que de una recompensa militar, aceptada por todos por cierto sin ninguna reticencia (NdT: ver al respecto nuestro artículo
La Legión de Honor durante el Imperio, por el Coronel Chabanier).

Sin embargo, el Primer Cónsul soñaba ya con otra distinción: «la Orden». Este uso había dado pruebas de sus aptitudes durante varios siglos agrupando bajo un mismo signo a los mejores sujetos de un monarca y ligándoles a éste por un vínculo inalterable. El hecho que este signo se resumiese a una joya simplificaba considerablemente su porte en todas circunstancias. La concepción napoleónica de adaptar lo mejor posible al nuevo régimen, sin espíritu de partido, a las antiguas instituciones cuya utilidad el tiempo había justificado presidió pues en su decisión. Pero el objetivo del proyecto recubría un rasgo mucho más original. La nueva orden ya no iba a constituir una suerte de club cerrado y altamente privilegiado, sino un crisol donde fusionarían todos los grupos sociales, civiles como militares, trastornados por diez años de una revolución sin precedente: burguesía, intelectuales, sabios, juristas y parlamentarios, emigrados que volvían entonces a una patria que ya no reconocían, clero reintegrado por el Concordato, ejército finalmente, todo vibrante por sus victorias sobre los tiranos, con sus veteranos, sus jóvenes jefes procedentes de todos orígenes. La Historia marcaba una pausa. La paz exterior se instalaba también (paz de Amiens, tratado de Lunéville). Bonaparte propuso entonces un lema: «Honor y Patria.» Los franceses más brillantes amalgamados en una misma «legión» constituirían una élite cuyo ejemplo guiaría a la nación y que formaría una verdadera familia que respondería a las aspiraciones de la nueva Francia.

Fue en la Malmaison donde, desde principios de febrero de 1802, Bonaparte expuso por vez primera a sus familiares, entre los cuales su hermano Luciano y el consejero de Estado Roederer, su proyecto de crear «una distinción que sirva para la bravura militar y el mérito civil». Este proyecto no reúne, lejos de eso, la unanimidad. Chocó entre otras cosas con la hostilidad de Monge, que había sido uno de los signatarios del decreto de la Convención que abolía la «Condecoración militar», descendiente directa de la Orden de San Luis. Bonaparte lo retomó sin embargo, y, con su prontitud habitual, a principios de mayo, encargó a Roederer establecer rápidamente el texto, que debía ser presentado primero al Consejo de Estado, luego al Tribunado, finalmente al Cuerpo Legislativo.

Cuatro condecoraciones de Águila de plata que representan cada uno de los cuatro tipos que existían durante el Primer Imperio, anverso. A partir de abril de 1806, se añade una corona con espaldares (2º tipo), luego de florones (3º y 4º tipos) que conforman el anillo. Museo Nacional de la Legión de Honor, París.

En el Consejo de Estado, el 14 floreal (4 de mayo), Roederer dio lectura. Ciertas reticencias se revelaron muy violentas, en especial de parte del general Mathieu-Dumas, antiguo soldado de la República, y del jurista Berlier. Mathieu-Dumas estimaba que la institución debía estar reservada a los militares según la tradición de las antiguas recompensas. Berlier no veía en ella, por su parte, más que la resurgencia de un uso del antiguo Régimen. Ciertamente, la palabra «orden» no estaba ni pronunciado ni escrito. Bonaparte, inspirándose de la Legio honoratorum conscripta de la Roma antigua, le había escogido el nombre de «Legión de honor». De igual forma, ni hablar de «gran maestre», título tan marcado por su origen religioso: la Legión sería presidida por un jefe (el vocablo «gran maestre» no apareció hasta la Restauración). Era lo mismo para los cuatro grados previstos: legionario (y no caballero), oficial, comandante (y no comendador, apelación proveniente de las encomiendas de las órdenes cruzadas), gran oficial.» Pero Bonaparte lo reconoció él mismo: «El nombre no hace nada a la cosa.» Tuvo de hecho que intervenir en persona durante las sesiones. «Si distinguiésemos, respondió a Mathieu-Dumas, a los hombres en militares y en civiles, estableceríamos dos órdenes, mientras sólo hay una nación.» Fue más aún más directo en sus declaraciones siguientes: «Desafío a que se me muestre una república antigua o moderna en la cual no haya distinciones. Se las llama sonajas. ¡Y bien, es con sonajas con lo que se guía a los hombres! (1) [...] Los franceses no están cambiados por diez años de revolución. Son lo que eran los galos, orgullosos y ligeros. No tienen más que un sentimiento: el honor. Hay que dar un alimento a ese sentimiento: precisan distinciones.» El Consejo, convencido a medias, no votó el proyecto más que por 14 voces contra 10, el 24 floreal (14 de mayo).

Propuesto desde el día siguiente para información al Cuerpo legislativo por Portalis, Mathieu-Dumas, finalmente ganado a la causa, y Roederer que calificó esta creación de moral (el honor da la fuerza y la actividad), de política (una sociedad intermediaria hará elevar la opinión hasta el poder), de militar (disputará la juventud contra la molicie, compañera de la gran comodidad), el texto debía, antes del voto, ser presentado al Tribunal. Luciano Bonaparte se lo llevó el 27 floreal (17 de mayo). La sesión fue corta, pero muy tumultuosa, al contar la asamblea con un buen número de personalidades todavía muy apegadas a las grandes opciones jacobinas. La interpretación, especialmente, del artículo 87 de la Constitución parecía (con razón, hay que reconocerlo) azarosa. El general de Carrion-Nisas puso entonces en evidencia la debilidad de esta objeción, atrayendo la atención sobre la originalidad del proyecto: «Todos los géneros de mérito y de buenos servicios (lo cual sanciona el principio de igualdad política) [...] vendrán a sentarse sobre el dosel del honor, y esta amalgama es al mismo tiempo la garantía más reconfortante de la tranquilidad pública, y el nervio más fuerte del poder nacional.» El Tribunado aceptó en definitiva este punto de vista, por apelación nominal, pero sin más entusiasmo que el Consejo, por 58 sufragios contra 38.
Quedaba el cuerpo legislativo que, según la Constitución, votaba sin discutir; fue sometido el 19 floreal (29 de mayo), tras consultación del Senado (favorable) por Luciano, Mathieu Dumas, el general Marmont y de nueva cuenta Roederer. A pesar de la aprobación bastante sostenida de los diputados (más particularmente cuando Roederer comparó a Marcellus, la espada de Roma, y la de Bonaparte, la espada de Francia, elevando una y otra un templo a la virtud y al honor), el texto de ley no fue adoptado más que por 166 voces contra 110.

La Legión de honor estaba creada en los términos de la redacción siguiente:

 

EN NOMBRE DEL PUEBLO FRANCÉS:

BONAPARTE, Primer Cónsul, proclama Ley de la República el decreto siguiente entregado por el Cuerpo legislativo, el 29 floreal, año X, conformemente a la proposición hecha por el gobierno, el 25 del dicho mes, comunicada al Tribunado el 27 siguiente.

DECRETO

TÍTULO 1º

CREACIÓN Y ORGANIZACIÓN DE LA LEGIÓN DE HONOR

ART. PRIMERO: En ejecución del Artículo 87 de la Constitución, concerniente a las recompensas militares, y para recompensar también los servicios y las virtudes civiles, será formada una legión de Legión de honor.

ART. 2: Esta Legión estará compuesta por un Gran Consejo de Administración, y de quince Cohortes, de las cuales cada una tendrá su cabeza de distrito particular.

ART. 3 : Serán destinados a cada Cohorte bienes nacionales produciendo doscientos mil francos de renta.

ART. 4: El Gran Consejo de Administración estará compuesto de siete grandes oficiales, a saber: de tres Cónsules y de otros cuatro miembros, uno de los cuales será nombrado entre los senadores, por el Senado; otro entre los miembros del Cuerpo legislativo por el Cuerpo legislativo; otro más entre los miembros del Tribunado por el Tribunado; y uno, finalmente, entre los Consejeros de Estado, por el Consejo de Estado.

ART.5: El Primer Cónsul es, por derecho, JEFE DE LA LEGIÓN, y presidente del Gran Consejo de Administración.

ART. 6: Los miembros de la Legión lo son de por vida.

ART. 7: Cada individuo admitido en la Legión jurará, por su honor, consagrarse al servicio de la República.


TÍTULO II. COMPOSICIÓN

ART. PRIMERO: Son miembros de la Legión de Honor todos los militares que han recibido las Armas de Honor. Podrán ser nombrados los militares que han brindado servicios mayores al Estado en la guerra de la libertad; los ciudadanos que, por su saber, sus talentos, sus virtudes, han contribuido a establecer o a defender los principios de la República, o hecho amar y respetar la justicia o la administración pública.

ART. 2: El Gran Consejo de Administración nombrará a los miembros de la Legión.

ART. 3: Durante los seis años de paz que podrán seguir a la Primera formación, las plazas que hayan quedado vacantes permanecerán vacantes hasta concurrencia de la décima parte de la Legión, y, enseguida, hasta concurrencia de la quinta. Estas plazas no serán llenadas hasta el final de la Primera campaña.

ART. 4: En tiempo de guerra, no se nombrará a [ocupar] las plazas vacantes hasta el final de cada campaña.

ART. 5: En tiempo de guerra, las hazañas darán derecho a todos los grados.

ART. 6: En tiempo de paz, se deberá tener 25 años de servicios militares para poder ser nombrado miembro de la Legión; los años de servicio en tiempo de guerra contarán doble y cada campaña de la guerra última contará por cuatro años.

ART. 7: Los grandes servicios brindados al Estado en las funciones legislativas, la diplomacia, la administración, la justicia o las ciencias serán también títulos de admisión, siempre y cuando la persona que los haya brindado haga parte de la guardia nacional de su domicilio.

ART. 8: Una vez hecha la primera organización hecha, no será admitido en la Legión nadie que no haya ejercido durante veinticinco años sus funciones con la distinción requerida.

ART. 9: Una vez hecha la Primera organización, nadie podrá acceder a un grado superior más que después de haber pasado el más simple grado.

ART. 10: Los detalles de la organización serán determinados por reglamentos de administración pública. Ésta tendrá que ser hecha el 1º vendimiario año XII, y, después de entonces, no se le podrá cambiar nada más que por medio de leyes.»

 

Bajo la dirección del general Mathieu-Dumas, los administradores del Consejo de Estado pusieron rápidamente manos a la obra. El Gran Consejo fue casi inmediatamente creado. Se compuso de tres Cónsules: Bonaparte, Primer Cónsul, jefe de la Legión y presidente; Cambacerés, Segundo Cónsul; Lebrun, Tercer Cónsul; Kellermann, nombrado por el Senado (13 mesidor - 3 de julio); Luciano Bonaparte, electo por el Tribunado (18 messidor - 17 de julio); José Bonaparte, designado por el Consejo de Estado (24 mesidor – 13de julio); Lacépède, aunque senador, fue designado para representar al Cuerpo legislativo, no encontrándose éste entonces en periodo de sesiones. Par causa de vacaciones, otras nominaciones intervendrían durante el Imperio: Luis Bonaparte (1805), Eugenio de Beauhamais y Murat (1806), Talleyrand y el mariscal Berthier (1808), el príncipe Borghese (1810). Este Consejo, que debía, según el sistema de las antiguas órdenes, cooptar a los miembros de la Legión, no jugó de hecho prácticamente ningún papel y las nominaciones permanecieron siempre a la entera discreción de su jefe, Bonaparte, luego Napoleón, único signatario de los decretos.

Cuatro condecoraciones de Águila de plata que representan cada uno de los cuatro tipos que existían durante el Primer Imperio, reverso. Museo Nacional de la Legión de Honor, París.

También la organización de las cohortes se efectuó rápidamente. Constituían, en el espíritu del Primer Cónsul, uno de los aspectos fundamentales de la Legión. Ésta, para estar presente en todo el territorio del país, establecería en las provincias puestos fijos, puntos de convergencia para los legionarios originarios de la región o residentes en ella, y centros de irradiación de la nueva institución y, a través de ella, de la autoridad y de la gloria del Señor de Francia. Las cohortes – término originario también de la antigüedad clásica – conformaron pues los primeros pilares de la estructura de Legión. Repartieron los departamentos franceses y anexos en 15, luego en 16 grupos (tras la incorporación del Piamonte a Francia) cuya administración se centralizaba en una cabeza de distrito. Ahí debían no solo instalarse la administración regional de la orden, sino también desarrollarse las obras de ayuda mutua de los legionarios: hospicios para inválidos, casas de refugio y de retiro. Por otro lado, es en sus muros que tendrían lugar las grandes ceremonias de la Legión, frente a las mesas de mármol grabadas con los nombres de los miembros de la cohorte. Finalmente, ahí residiría, cuando estuviera de paso, el jefe de la cohorte. Las cabezas de distrito fueron pues escogidas, entre los bienes nacionales, tanto en función de los servicios que se esperaban de ellos como del prestigio de que gozaban: castillos, arzobispados, abadías, etc. (ver la lista in fine).

En cuanto a los jefes de cohortes, Napoleón los designó únicamente entre sus compañeros de guerra más brillantes: catorce mariscales y dos almirantes, nombrados entre el 30 de mayo de 1805 y el 2 de febrero de 1806. Estos jefes jugaron un papel muy pobre en la historia de las cohortes. La Constitución de éstas había en efecto sido definida desde los días 13, 23 y 27 messidor año X (2, 12, 16 de julio de 1802), por decretos precisos y minuciosos. Una dotación les permitía subvenir a sus necesidades con toda independencia, y pagar a los legionarios los sueldos aferentes a sus grados. Estaba esencialmente conformada por explotaciones agrícolas repartidas en toda Francia, luego en los territorios anexados, de los cuales la Legión asumía la gestión y percibía los ingresos. Cada cohorte fue administrada por un canciller y un tesorero escogidos generalmente entre los notables locales (magistrados, juristas, etc.). El conjunto de esta organización fue confiado a un gran canciller (término igualmente proveniente de la administración real y desaparecido durante la Revolución) y de un gran tesorero, ambos residentes en París.

No es hasta agosto de 1803 que Bonaparte proveyó esas dos funciones. El general Mathieu-Dumas parecía todo designado para la gran cancillería. Cuidadoso de afirmar el carácter igualmente civil de su nueva creación, Bonaparte prefirió nombrar a una eminencia ilustre en el mundo cultural, el naturalista Lacépède, miembro del Instituto, senador y miembro del gran Consejo.
Bernard-Germain-Etienne de La Ville, conde de Lacépède (1756-1825), célebre muy joven como alumno y continuador de Buffon, había formado parte del grupo de sabios que habían aprobado el golpe de Brumario. No obstante, fue con gran sorpresa como se enteró de su nominación a la cabeza de la gran cancillería, el 21 de agosto de 1803. Debía, durante todo el Imperio, ofrecer regularmente su demisión al Emperador a fin de poder continuar librándose a sus trabajos científicos. Napoleón le opuso un rechazo constante y justificado, pues Lacépède consagró en definitiva su vida a la orden, que le debe en gran parte su inmediato y prodigioso desarrollo.
La gran tesorería, por su parte, le correspondió a un militar, el general Jean-Aimé Dejean, entonces Consejero de Estado y director de la administración de la Guerra. El futuro barón Louis le secundó. Finalmente, un comité de Consultación, creado por decreto del 4 germinal año XII, aportó su concurso al reglamento de las cuestiones relativas a la administración material y jurídica de los bienes de la Legión.

Bernard-Germain-Etienne de la Ville, Conde de Lacépède (1756-1825)

El Conde de Lacépède
Naturalista, zoólogo, escritor y político francés, el Conde de Lacépède (Agen 1756 - Epinay-sur-Seine, 1825) comienza su prodigiosa carrera dedicándose al estudio de la filosofía y de la música, publicando de 1781 a 1785, una Poética de la música. En 1777 viaja a París, en donde hará encuentros determinantes, como el del maestro alemán Gluck y sobre todo Buffon, quien le alienta firmemente al estudio de la historia natural y obtiene para su nuevo amigo la plaza de sub-demostrador del gabinete del Rey. Lacépède ocupa dicha función y se convierte pronto en colaborador del sabio legendario, publicando múltiples obras de historia natural y especializándose en el campo de los reptiles y los peces. Poco después, en 1788-1789 publica su Historia general y particular de los cuadrúpedos ovíparos y de las serpientes. Esta obra, que de hecho es la extensión de la Historia natural de los animales de Buffon, es el primer libro importante sobre anfibios y reptiles destinado a un público amplio.
Partisano des ideas de las Luces difundidas por la Revolución, Lacépède es admitido en el Instituto nacional (futura Academia de Ciencias) en 1795, donde profesará a partir de 1798 y hasta 1803 una Historia natural de los peces, y enseguida, una Historia natural de los cetáceos. Nombrado ese mismo año secretario perpetuo de la nueva Academia de Ciencias, se convierte en el conservador del gabinete de curiosidades del Jardín del Rey.
En el momento de la transformación del Jardín en Museo Nacional de Historia Natural, Lacépède ha entrado ya de lleno a la política al hacerse miembro y enseguida presidente de la Legislativa; no obstante, temiendo, en su calidad de noble, por su vida durante el Terror, demite por un tiempo de sus funciones en el Muséum y deja París.
Después del 9 de Thermidor, una nueva cátedra es creada especialmente para él en el Museo, dividiendo la cátedra de los vertebrados y recibiendo la referente a la ictiología y la herpetología. A pesar de esta gran promoción, Lacépède deja poco a poco la zoología a medida que se compromete con la política; en efecto, es nombrado senador en 1799, y presidente del Senado en 1801. En 1804, el año de la Coronación de Napoleón, Lacépède es nombrado ministro de Estado, recibiendo de Napoleón I el título de conde y sobre todo la dignidad de Gran Canciller de la Legión de Honor, función que anclará fuertemente su nombre en la posteridad y que por su parte ejercerá con todas sus fuerzas y toda su pasión. Hecho Par de Francia por Luis XVIII, es sin embargo rayado de la lista durante las persecuciones de la segunda Restauración. Tras los Cien Días y la caída del Imperio, es reintegrado en 1819.
El conde de Lacépède pasará el final de su vida a redactar una Historia general de Europa.

Así rápidamente estructurada (5 departamentos en la gran cancillería: despachos, peticiones, correspondencia, dominios, títulos, 3 en la gran tesorería: contabilidad, pago de sueldos, despachos), la institución, alojada algunos meses en modestos locales de la calle Saint-Honoré lindando con el apartamento particular de Lacépède, necesitaba de una implantación bajo un techo más importante. Tras muchas vacilaciones, la elección recayó en el hotel de Salm. Este edificio encantador, situado en las orillas del Sena, frente a las Tullerías, había sido construido entre 1782 y 1787 para el príncipe alemán Federico III de Salm-Kyrbourg por el arquitecto Pierre Rousseau. Personaje singular, pródigo impenitente, el príncipe nunca había pagado las deudas considerables acarreadas en especial por esta construcción que se encontraba arrendado judicialmente por sus acreedores cuando, víctima del Terror, Federico fue guillotinado el 22 de julio de 1794, en la Place du Trône-Renversé (plaza del Trono derrocado), al mismo tiempo que su amigo Alexandre de Beauharnais. (Su hermana Amelia de Salm compró y mandó cercar el terreno de Picpus donde los restos de su hermano habían sido echados con los de los demás supliciados, y así se encuentra al origen del célebre cementerio). El hotel le correspondió entonces al joven hijo del príncipe, quien no podía evidentemente disponer de él. El edificio había conocido de esa forma días agitados y a menudo bastante pintorescos hasta el 3 de mayo de 1804, fecha en que Lacépède lo compró en venta pública por 250,000 francos a fin de hacer de él la sede de la Legión, de donde nunca se ha movido desde entonces.

Si la institución fue así soberbiamente alojada, a pesar del mal estado del edificio construido demasiado apresuradamente y del cual el arquitecto Peyre debía asegurar la restauración a lo largo del Imperio, la iniciativa le corresponde tal vez a Josefina de Beauhamais y a su hija Hortensia, quienes permanecieron íntimamente ligadas a la princesa de Salm. Ésta última, enfrentándose a los acreedores de su hermano, tenía en efecto las más grandes dificultades para encontrar un adquisidor de su demasiado bella casa, y la futura Emperatriz, que conocía sus dificultades, guió, puede pensarse, la mano de su esposo.

Aunque las primeras nominaciones hayan sido firmadas por el Cónsul y que la gestión de la orden haya sido establecida bajo el Consulado, solo es a partir de la proclamación de Imperio cuando la Legión de honor toma su verdadera fisonomía. Se convierte de inmediato, para Francia entera, en el fascinante símbolo.

Cuatro condecoraciones de Águila de oro representando cada uno de los cuatro tipos que existían durante el Primer Imperio, anverso. Museo Nacional de la Legión de Honor, París.

El procedimiento de nominación y de promoción hubiese debido ser el siguiente: listas emanando de las colectividades (estados mayores, regimientos, asambleas, ministerios) en las cuales proposiciones particulares eran dirigidas al gran Consejo que las sometía al jefe. Éste, tras decisión favorable de dicho Consejo, parrafeaba los decretos. En realidad, las propuestas eran presentadas directamente por Lacépède a Napoleón.

Los miembros de la Legión podían acceder sucesivamente a los cuatro grados previstos en la ley de floreal. El 10 pluvioso año XIII (30 de enero de 1805), Napoleón creó una dignidad superior, llamada primero Gran Cordón, luego Gran Águila. En principio, todos los franceses debieron seguir esta progresión. No obstante, a fin de establecer rápidamente una jerarquía en la institución, los altos personajes del régimen alcanzaron sin intermediario las dignidades de grandes oficiales y grandes águilas. En cuanto al Rey de Roma, el Emperador adoptaría para él el uso de la dinastía real que confería a los Infantes de Francia las órdenes en su cuna. El 20 de marzo de 1811, a las 9 de la noche, el heredero recibe en sus apartamentos de las Tullerías, de manos del gran canciller, el cordón de la orden.

Una Carta de aviso que anunciaba su nominación al nuevo legionario o elevado le era dirigida por el gran canciller. La redacción de esta carta varía. Establecida primero en nombre del gran Consejo, pronto tuvo cuenta del «Emperador en gran Consejo», luego del Emperador solo. No existió durante el Imperio un verdadero certificado, al hacer la carta de aviso las veces de ello (los primeros diplomas datan de la Restauración). La carta prescribe en primer lugar el envío del juramento de fidelidad previsto por el texto, firmado por el titular, juramento que vincula a la Legión de honor con el gran linaje de las órdenes de caballería. En un principio, el legionario juraba por su honor «consagrarse al servicio de la República, a la conservación de su territorio en su integridad, a la defensa de su gobierno, de sus leyes y de las propiedades que éstas consagraron; de combatir, por todos los medios que la justicia, la razón y las leyes autorizan, a toda empresa que tienda a restablecer el régimen feudal, a reproducir los títulos y las calidades que eran su atributo; finalmente, de concurrir con todo su poder al mantén de la libertad y de la igualdad». En los primeros años, estas prestaciones de juramento, registradas por las autoridades, dieron lugar a manifestaciones públicas que contribuyeron a asentar, en especial en las provincias alejadas, el prestigio de la institución y de sus miembros.
Pero, en este caso también, la fórmula cambió con el régimen, cuando la palabra «Imperio» remplazó a la de «República». Y, cuando Napoleón decidió que el juramento sería prestado a la persona misma del Emperador y a su Dinastía, una reacción se elevó en el seno de ciertos medios, ya sea liberales, ya sea monárquicos. Así, Rochambeau, héroe de la guerra de América, el almirante Troguet y el dramaturgo bien olvidado Népomucene Lemercier, no quisieron firmar este nuevo juramento demasiado personalizado. En cuanto al rechazo de la misma Legión de honor, fueron extremamente raros: se cita sobre todo a La Fayette y al poeta Ducis. La no-signatura del juramento suspendía la nominación.

FÓRMULA DE JURAMENTO DE LA LEGIÓN DE HONOR
GRAN CANCILLERÍA DE LA LEGIÓN DE HONOR

Os invito, Señor, a prestar, ante la Presidencia de la Corte o el Tribunal más cercano, o a enviarme, firmado por vos, el Juramento cuya fórmula sigue.

El Gran Canciller, Ministro de Estado
Firmado: B. G. E. L. Cde. de Lacépède,
Por decisión de S. Ex. El Gran Canciller, Ministro de Estado,
El Jefe de la primera División



Fórmula del Juramento

Juro ser fiel al Emperador y a su Dinastía;
prometo, por mi honor, consagrarme a su servicio,
a la defensa de su persona y a la conservación del territorio
del Imperio en su integridad; no asistir a ningún
consejo o reunión contraria a la tranquilidad del Estado;
prevenir a Su Majestad, de todo lo que se tramase, a
mi conocimiento, contra su honor, su seguridad o el bien
del Imperio.


Nominación del ----------------181
----N º de orden
--------------------------------------M

Después de la firma, el titular recibía solemnemente su insignia, «el águila». Tenía que lucirla siempre del lado izquierdo del pecho. Esta insignia plantea un enigma. En efecto, Napoleón, que tenía tanta prisa en 1802 en hacer votar la ley que instituía su Legión, aguardó más de dos años para decidir la joya que sería su marca distintiva. Múltiples proyectos le fueron sometidos, de inspiración revolucionaria más o menos alegórica y a veces masónica. Ninguno de ellos llamó su atención.
Fue solo el decreto del 22 mesidor año XII (1º de julio de 1804) que fijó la forma de la condecoración: una estrella de cinco rayos dobles. La condecoración está esmaltada de blanco. Es en oro para los grandes oficiales, los comandantes y los oficiales, en plata para los legionarios, y está atada a un listón tornasolado rojo.

¿De dónde viene la célebre estrella? Su origen ha dado lugar a muchas leyendas. Sería la insignia de la asociación secreta de los Filadelfos, o bien una alusión a la estrella que figura en las armas primitivas de los Bonaparte – ¿o la que guió al joven general de las Pirámides a las Tullerías?... Otra explicación no puede ser descartada: la evocación de la orden «democrática» de San Luis. El listón elegido, rojo, es similar. En cuanto a la disposición general de la insignia, es conveniente reconocer que no rompe con el aspecto de las antiguas condecoraciones. Ciertamente, la adjunción de un rayo transforma la cruz de Cristo en una estrella de conquistador, pero no hay un real rompimiento. Tanto en el espíritu como en la forma, es lo que deseaba para su Legión el Primer Cónsul desde 1802. Pero había tenido que esperar ser emperador para imponer totalmente su voluntad. Parece que la paternidad del dibujo corresponda a David. Un jefe de batallón del cuerpo de ingenieros, J.-B. Challiot de Prusse, ejecutó sin duda las maquetas.

Si el Primer grado recibió el águila de plata, los otros tres grados no se distinguían entre ellos, portando uniformemente el águila de oro en el revés (los diferentes modo de porte no fueron introducidos más que por el rey 1814, y por cierto conservados durante los Cien Días). Una excepción sin embargo: los grandes águilas se señalan portando, además de la pequeña águila de oro, un ancho cordón rojo al sesgo, que retiene del lado izquierdo un águila de gran módulo y una placa de plata cosida al costado.
Respetando la tradición francesa, la estrella, como las cruces de la monarquía, se suspendía directamente por un simple anillo a su listón. Influenciado tal vez por los usos extranjeros, alemanes sobre todo, el Emperador, por decisión del 12 de abril de 1806, decidió rematarla con una corona imperial formando anilla. Se distinguen 4 tipos principales de insignias otorgados entre 1804 y 1814-1815, ninguno de los elementos fundamentales habiendo sufrido por otro lado la menor modificación:

- Primer tipo (1804): estrella de cinco rayos dobles esmaltados de blanco y enlazados por una corona de roble (a la derecha) y de laurel (a la izquierda) cuyas extremidades inferiores, entrecruzadas, están atadas por un nudo sin extremos; la dicha estrella, sin corona anilla y 11 puntas no abotonadas presentando al centro un medallón redondo, portando: sobre la cara, la efigie laureada y de perfil del Emperador I y, en relieve sobre fondo radiante de oro rodeado por la leyenda: «Napoléon. Emp. des Français» en oro sobre fondo de esmalte azul (se distingue las «grandes» y las «pequeñas» cabezas según la dimensión del perfil); en el revés, las armas del Imperio, figurando un águila al vuelo bajo y teniendo la cabeza volteada a la diestra, apoyándose en un rayo, en relieve sobre fondo de oro, rodeados por la leyenda: «Honor y Patria», en oro sobre fondo de esmalte azul; pequeña estrella en la parte inferior del reborde de esmalte azul del medallón de la cara; la estrella está enlazada al anillo de amarre por una sardineta.

- Segundo tipo (1806): estrella con corona-anillo con doce espaldares soldados a las ramas del rayo superior y a los montantes palmados. Esta soldadura de la anilla, a menudo quebrada, fue frecuentemente remplazada por una articulación.

- Tercer tipo (1808): estrella con una gran corona de anillo de ocho florones y con montantes figurando hojas, puntas apartadas con nudo figurado atando las ramas de olmo y de laurel, águila al reverso don la cabeza volteada puntas no abotonadas; la estrella está unida a la anilla articulada por una sardineta.

- Cuarto tipo (hacia 1813): mismo modelo que el tercer tipo, pero las puntas de las ramas están adornadas con bolitas (botones), para evitar que enganchen a la tela del traje. Al final del reinado, ciertos ejemplares están engalanados con un dije; nudo con extremos colgantes atando en la parte baja la de cruz las ramas de olmo y de laurel.

Las insignias de los grandes águilas siguieron aproximadamente las modificaciones de las pequeñas águilas. Las primeras fueron directamente agregadas al gran cordón, los modelos siguientes, coronados con una corona-anilla. No obstante, esta corona comportó en su base ya sea una serie de águilas con las alas levantadas, ya sea una alternancia de águilas y de florones. La placa, insignia complementaria de esas grandes águilas, se presentó como una estrella de plata con cinco rayos dobles recubiertos con lentejuelas de plata y separados unos de otros por cinco rayos de plata, de puntas no abotonadas; al centro, las armas del Imperio, figurando un águila no coronada, al vuelo bajo y con la cabeza volteada, apoyándose en un rayo, y rodeada de la leyenda: «Honor y Patria.» Ciertas placas del fin del reinado son enteramente metálicas.

Existe finalmente otra insignia de la Legión de honor: el collar. No subsiste ningún texto que cree ni aún mencione la creación de esta joya (inspirada ella también por los de las antiguas órdenes) reglamentando el significado exacto. Solo prácticamente la documentación iconográfica permite establecer la lista más o menos exhaustiva de los titulares de este supremo honor. Napoleón fue el único en llevarlo el día de la Consagración. Se ha establecido que hizo entrega de él enseguida a los príncipes de su familia: José, Luis, Jerónimo, Murat, Bacciochi, Borghese, Eugenio; al cardenal Fesch; finalmente al Rey de Roma; a tres grandes dignatarios: Lebrun, Talleyrand y Cambacerés; a un mariscal, Berthier; y a un extranjero, pero su pariente por alianza, el gran duque de Baden. Tres formas de collares parecen haber sido sucesivamente adoptadas:

-------------- Toda la iconografía de Napoleón en manto de la Consagración lo representa portando un amplio collar conformado de águilas apoyadas ala contra ala, realizado sin duda por Biennais. Volvemos a encontrar este modelo en algunos retratos de los demás titulares y a veces rodea las grandes armas del Imperio. No subsiste ningún ejemplar.
-------------- Un segundo modelo fue probablemente realizado. Estaba compuesto por águilas superpuestas separadas por 16 vexilla portando los números de las cohortes. Pero no se les observa más que en escudos de armas.
-------------- En una fecha indeterminada, Napoleón optó por un collar sin duda más ligero, inspirado del precedente. Los pocos ejemplares que han llegado hasta nosotros, entre ellos el que el Príncipe Napoleón cedió al museo de la Legión de honor, el de los Inválidos, el del mariscal Berthier, obsequiado igualmente a la Legión de honor, están ejecutados según ese modelo. Están firmados Biennais: «Cadena de oro, conformada de dieciséis medallones simbólicos y de un broche redondo unidos entre ellos por águilas al vuelo bajo apoyadas sobre un rayo y formadas longitudinalmente, llevando al cuello un listón de esmalte rojo sosteniendo la estrella esmaltada de blanco de la Legión de honor cargada en su centro con el número de las cohortes, dichas águilas teniendo los pies dirigidos hacia el motivo central del collar y con la cabeza volteada hacia el interior de dicho collar; la dicha cadena está bordeada interiormente y exteriormente por una cadenilla de oro constituida por estrellas de cinco rayos rodeadas por un anillo y alternando con medallones oblongos que portan en relieve una abeja. Estas cadenas y cadenillas se unen a un motivo central compuesto por una «N» rodeada por dos coronas, una interior, de palmas, la otra exterior, de laureles. En la parte baja de este motivo está suspendida una estrella de la Legión de honor rematada con una corona imperial cuyos montantes están constituidos de águilas.»

Además del porte de la insignia, los legionarios gozaron de múltiples privilegios de los cuales algunos se elaboraron en el transcurso del reinado. Un sueldo fue añadido desde el principio a cada grado: legionarios, 250 francos; oficiales: 1 000 francos; comandantes: 2,000 francos; grandes oficiales: 5,000 francos. Les grandes águilas recibieron dotaciones que variaban según sus propios ingresos.
El senado-consulto del 28 floreal año XII (18 de mayo de 1804) permitió igualmente a los miembros de la Legión inscribirse en la lista de los colegios electorales, aún cuando no cumplieran con las condiciones requeridas.

Collar de la Legión de honor del segundo modelo, hacia 1805 (oro y esmaltes) ejecutado por el orfebre del Emperador, Martin-Guillaume Biennais, sobre una idea de Dominique Vivant Denon. Dieciséis águilas llevando al cuello la Legión de Honor, alternadas con 17 medallones de los cuales 16 portan los atributos de las diversas actividades recompensadas por la orden (ejército, arquitectura, bellas artes, química, comercio, industria, etc.). La cifra 16 hace referencia al número de cohortes. Museo Nacional de la Legión de Honor, París.
Tuvieron derecho al porte de armas de caza. Pudieron, a partir de 1808, acceder a la nobleza. Finalmente, las casas de educación de la Legión de honor se abrieron a sus hijas.

Pero los legionarios también debían someterse a ciertas reglas cuyo origen remonta a los tiempos de la caballería. Por ejemplo, los soldados condecorados no podían, después de su desmovilización, ejecutar la profesión de doméstico o de tabernero, juzgada indigna de un «caballero». Según los decretos de ventoso año XII (marzo de 1804), toda falta al honor, toda condena penal acarrea ya sea la suspensión, ya sea la exclusión de la orden. Finalmente, «la calidad de miembro de la Legión de honor se pierde por las mismas causas que hacen perder la calidad de ciudadano francés».
El primer decreto de nominación data del 1º vendimiario año XII (24 de septiembre de 1803). Puramente militar, comprendió únicamente a los titulares de Armas de honor, es decir 2,000 aproximadamente. Por ende no se puede decir que hubo un primer legionario.
En cambio, la promoción siguiente presenta, según el equilibrio querido por los textos, un carácter civil. Con ella aparece la necesidad de ósmosis social concebida por su fundador. Encontramos en ella, con Fouché y Talleyrand, al duque de Choiseul-Praslin, al cardenal de Boisgelin, al jurista Portalis, al explorador Bougainville, al lado de, es cierto, la mayoría de los futuros mariscales, pero condecorados en virtud de las funciones pacíficas que les fueron ocasionalmente encargadas, como Ney, ministro plenipotenciario, y Brune, Consejero de Estado.

Napoleón, Emperador, consagró una de sus primeras salidas oficiales a la inauguración de la Legión de honor. Sin embargo, la orden ya reunía cerca de 6,000 miembros, las promociones no habiendo cesado de sucederse desde fines de 1803. Pero la insignia todavía no había sido entregada nunca. La fecha de la ceremonia, en los Inválidos, fue fijada para el 15 de julio (ya que el 14 caía en sábado). Precedido por la Emperatriz, el Emperador, a caballo, fue recibido por el cardenal de Belloy, arzobispo de París. Se instaló en la capilla sobre un trono elevado a cuyo pie se formaron, entorno al gran canciller y al gran tesorero, los nuevos mariscales, los cuerpos constituidos, el alto clero, los miembros del Instituto, y los legionarios de la Guardia en guarnición en París. Frente a frente, un anfiteatro reunía a los inválidos, los alumnos de la Escuela politécnica. Josefina y Hortensia ocupaban una tribuna particular.
El cardenal Caprara, legado del Papa, ofició y se detuvo después de la lectura del Evangelio. El gran canciller, tomando enseguida la palabra, recordó el lema de la Legión de honor: «¡Honor! ¡Patria! ¡Napoleón! ¡Sed por siempre jamás el lema de Francia y la garantía de su eterna prosperidad!». Luego, fue el Emperador mismo quien pronunció la fórmula de juramento de fidelidad a su persona. «¿Lo juráis?» exclamó al terminar. Un inmenso grito «¡lo juramos!» le respondió. Terminado el oficio, el condestable Luis Bonaparte sujetó sobre el pecho de Napoleón «un águila de oro» y «un águila de plata» (El Emperador portaría indiferentemente durante todo su reinado la insignia de oro y de plata, y, a partir de la creación de las grandes águilas, el gran cordón rojo llevado más frecuentemente bajo su chaleco.) Luego intervino el llamado individual: los grandes oficiales, luego los comandantes, los oficiales y los legionarios recibieron de manos imperiales las insignias de sus grados, tomados de dos vastas charolas de corladura colocadas sobre la estrada. Se reconocía, ascendiendo uno por uno los escalones del trono, a los mariscales (salvo Massená, Brune, Jourdan y Bernadotte, ausentes de París); los generales Oudinot, Macdonald, Marmont; el cardenal Fieschi; Cambacerés y Talleyrand; los miembros de las Asambleas; Monge, Laplace, Prony, Cuvier, Montgolfier, Fontanes, Denon, David, Méhul, Bernardin de Saint-Pierre; los inválidos de las guerras de la República y algunos oficiales y soldados, entre los cuales el granadero Jean-Roch Coignet. Un Te Deum compuesto por Desvignes terminó la ceremonia. El cortejo imperial volvió a las Tullerías a través París en júbilo.
Napoleón el Grande recibe los juramentos de los miembros de la Legión de Honor en la iglesia de Los Inválidos, el 15 de julio de 1804.
Estampa de Charles Monnet en su gran obra: Sesenta y nueve dibujos para la ilustración de la Historia de Francia durante el Imperio.

El brillo de la ceremonia de Los Inválidos fue todavía rebasado por la entrega de las condecoraciones destinadas a los bravos del ejército, el 16 de agosto siguiente, en el Campo de Boloña (Boulogne), donde acampaban doscientos mil hombres que preparaban el desembarque en Inglaterra.

Legión de Honor del 1er tipo
Ejemplar histórico portado por el Emperador durante la ceremonia del Campo de Boloña.
El lugar elegido fue el pequeño valle de Terlincthum, en los alrededores de Boloña. Arreglado a manera de anfiteatro, permitió a una tropa de cien mil hombres formarse en columnas, en medio círculo, marcado el punto central por el estrado imperial que les hacía frente. En él se había ubicado un asiento de bronce, llamado de Dagoberto, coronado con trofeos tomados al enemigo y con una corona de oro. Junto al trono, las insignias por distribuir estaban colocadas en un casco y un escudo que habían pertenecido, según la tradición, a du Guesclin y a Bayard.
El Emperador, que residía en el castillo de Pont-de-Briques, llegó al medio día, acompañado por José, ministros y mariscales, ataviado con su uniforme de coronel de cazadores de la Guardia Imperial. Tras un discurso del gran canciller Lacépède, el Emperador se levanta y pronuncia con una voz fuerte la fórmula de juramento que los nuevos recipiendarios ya han firmado. Luego, como en los Inválidos, añade: «¿Y vosotros, soldados, juráis defender en costa de vuestra vida el honor del nombre francés, vuestra Patria y a vuestro Emperador?» Cien mil voces responden: «¡Lo juramos!» La entrega de las condecoraciones comienza entonces por grado en la Legión de Honor, siendo el llamado efectuado por orden alfabético, sin miramiento del grado en el ejército, según el deseo del Emperador. Se prolonga hasta ya muy entrada la tarde, Napoleón decorando con su propia mano a cada legionario e intercambiando algunas palabras con todos los que reconoce. Se estima en dos mil, entre los cuales trece civiles, a quienes fueron recibidos de esa forma durante aquella jornada. Los civiles pertenecían todos a las regiones del noroeste: tres prefectos, tres obispos, tres altos magistrados, tres alcaldes, un inspector general de los Puentes y Calzadas. Los militares representaron en su mitad al ejército de tierra, entre ellos dieciséis grandes oficiales, cuarenta y seis comandantes y ciento ochenta y nueve oficiales, y en otra mitad la marina.
Esta jornada marca verdaderamente la entrada de la Legión de Honor en la vida (incluso se ha dicho la carne) de la nación. Su resonancia fue universal. Perduraría hasta nuestros días. Una pequeña pirámide de mármol, colocada en el sitio donde se elevaba el trono del Emperador, transmite en el sitio mismo su recuerdo. Es la «piedra Napoleón». Otro monumento se vincula también al recuerdo de la distribución de las águilas en Boloña: la columna de la Grande Armada, cuya primera piedra fue colocada el 9 de noviembre de 1804. Coronada con la estatua del Emperador por Houdon (quitada durante la Restauración), luego por Bosio bajo Luis Felipe (muy gravemente dañada en 1944), la columna fue restaurada en 1962 (nueva estatua del escultor P. Stenne).

La Legión de Honor se va a desarrollar ahora al ritmo de la epopeya y a integrarse a ella indisolublemente. El ejército reunió, desde los primeros años, a la muy grande mayoría de los legionarios. Fue él el que dio a la orden, si no sus más hermosas, al menos sus más brillantes letras de nobleza e inscribió el nombre de la Legión en las tablas de la leyenda: las condecoraciones a los vencedores, a la luz del vivaque de las veladas de la victoria; la suprema consolación de los heridos agonizantes: «Sire, esta mortaja bien vale una cruz!»; el Pequeño Cabo enganchando la estrella sobre el pecho de un inmenso grognard petrificado por la emoción - toda Francia ha guardado esos recuerdos grabados en su memoria. Este aspecto espectacular, querido por el Emperador, iba acompañado por un sentimiento más profundo: gracias a las promociones militares, la Legión de Honor llenó plenamente la misión que le había destinado su fundador, consolidando la amalgama de las castas y de las clases indispensable para las nuevas bases del Estado. Cualquiera que hubiese sido el prestigio de la Orden de San Luis en todo el ejército real, sólo los oficiales podían pretender a ella, los suboficiales y soldados recibiendo, después de veinticuatro años de buenos y leales servicios, el Medallón de la Veteranía, insignia honorable pero sin común medida con el lustre de la Cruz. Por vez primera, pues, una misma insignia honraba a todos y a cada uno. Ciertamente, si las promociones de los legionarios incluyeron tantos hombres de tropa como ejecutivos y miembros del personal dirigente, las águilas de oro no fueron otorgadas a los primeros más que excepcionalmente. Pero sólo el metal cambiaba. La estrella, el listón rojo conservaban el mismo significado. La Legión de Honor, agrupando bajo el signo del sacrificio al Honor y a la Patrie a todos aquellos que combatían por ella, acabó, bajo el Imperio, de transformar el tradicional ejército del Antiguo Régimen en una fuerza coherente nacida de toda la nación.

Esta amalgama no se encuentra, a pesar de las declaraciones consulares, en las nominaciones a título civil. Durante los primeros años, Napoleón se esforzó en mantener el equilibrio entre las promociones. En vano. Si Francia, en paz en 1802, emprendía un restablecimiento general que movilizaba todos sus recursos económicos y administrativos, el coste de las guerras revolucionarias, como la preparación pronto retomada del proyecto de desembarque Inglaterra, obligaron rápidamente al Emperador a reservar al ejército la muy amplia mayoría de las águilas. El 1º de enero de 1806, sobre más de once mil legionarios, se contaban apenas quinientos cincuenta civiles. La ruptura se acentuó más entre civiles y militares en el transcurso de los años siguientes, con las campañas de Alemania y de España. En cambio, con la interrupción de las hostilidades, entre 1810 y 1811, múltiples civiles recibieron la estrella. Pero, nuevamente, las nominaciones civiles se disiparon a partir de 1812, totalmente esta vez. Había entonces, en un total aproximativo de 35,000 legionarios, más o menos veinte grandes águilas, sesenta grandes oficiales, noventa comandantes, ciento treinta oficiales y mil cuatrocientos caballeros estrictamente civiles. Napoleón abrió primero su orden a las personalidades cuyos títulos, y el prestigio que conllevaban, designaban a su atención. Es bajo la misma rúbrica de senadores que Monge, Roederer, Cabanis, Siéyès recibieron la insignia. El calificativo de «miembro del Instituto» es la única mención que figura en lo que respecta a nombres como los de David, Gros, Gérard, Fontaine Méhul, Cuvier, Lamarck, Pinel, Bernardin de Saint Pierre. Los méritos que les habían llevado a esta ilustre casa eran suficientes para que fuesen condecorados bajo su único patronato (es conveniente observar sin embargo que el texto de fundación de la orden mencionaba, entre los servicios que sancionaría, las ciencias, pero ni las letras ni las artes...). La mayoría de los prefectos, de los directores generales de las grandes administraciones recibieron el águila. El cuerpo de los Puentes y Calzadas, responsable de los inmensos trabajos emprendidos a través de todo el territorio, tuvo una posición privilegiada. Pero esta clasificación bastante sumaria alejó por largo tiempo de la orden a todos los que no entraban en un marco establecido y cuyos sacrificios o las abnegaciones, permanecidos obscuros, no recibieron más que raramente una justa recompensa. Lo industriales debieron rendir a Francia servicios tan eminentes como los de Oberkampf o Delessert para que su nombre subiera hasta el trono imperial. Hizo falta que el obrero minero Goffin salvase a 70 compañeros de una muerte atroz para que el Emperador hiciera que se le diera el águila de plata. Así, los legionarios civiles del Primer Imperio pertenecían casi todos a un cierto nivel social, y su lista está lejos de ofrecer esa emotiva y voluntaria confusión que presentan las promociones militares, en las que el nombre del simple soldado sigue – y a veces precede – al de su general.

Esta amalgama no se encuentra, a pesar de las declaraciones consulares, en las nominaciones a título civil. Durante los primeros años, Napoleón se esforzó en mantener el equilibrio entre las promociones. En vano. Si Francia, en paz en 1802, emprendía un restablecimiento general que movilizaba todos sus recursos económicos y administrativos, el coste de las guerras revolucionarias, como la preparación pronto retomada del proyecto de desembarque Inglaterra, obligaron rápidamente al Emperador a reservar al ejército la muy amplia mayoría de las águilas.
El 1º de enero de 1806, sobre más de once mil legionarios, se contaban apenas quinientos cincuenta civiles. La ruptura se acentuó más entre civiles y militares en el transcurso de los años siguientes, con las campañas de Alemania y de España. En cambio, con la interrupción de las hostilidades, entre 1810 y 1811, múltiples civiles recibieron la estrella. Pero, nuevamente, las nominaciones civiles se disiparon a partir de 1812, totalmente esta vez. Había entonces, en un total aproximativo de 35,000 legionarios, más o menos veinte grandes águilas, sesenta grandes oficiales, noventa comandantes, ciento treinta oficiales y mil cuatrocientos caballeros estrictamente civiles.

Napoleón abrió primero su orden a las personalidades cuyos títulos, y el prestigio que conllevaban, designaban a su atención. Es bajo la misma rúbrica de senadores que Monge, Roederer, Cabanis, Siéyès recibieron la insignia.
El calificativo de «miembro del Instituto» es la única mención que figura en lo que respecta a nombres como los de David, Gros, Gérard, Fontaine Méhul, Cuvier, Lamarck, Pinel, Bernardin de Saint Pierre. Los méritos que les habían llevado a esta ilustre casa eran suficientes para que fuesen condecorados bajo su único patronato (es conveniente observar sin embargo que el texto de fundación de la orden mencionaba, entre los servicios que sancionaría, las ciencias, pero ni las letras ni las artes...). La mayoría de los prefectos, de los directores generales de las grandes administraciones recibieron el águila. El cuerpo de los Puentes y Calzadas, responsable de los inmensos trabajos emprendidos a través de todo el territorio, tuvo una posición privilegiada. Pero esta clasificación bastante sumaria alejó por largo tiempo de la orden a todos los que no entraban en un marco establecido y cuyos sacrificios o las abnegaciones, permanecidos obscuros, no recibieron más que raramente una justa recompensa. Lo industriales debieron rendir a Francia servicios tan eminentes como los de Oberkampf o Delessert para que su nombre subiera hasta el trono imperial. Hizo falta que el obrero minero Goffin salvase a 70 compañeros de una muerte atroz para que el Emperador hiciera que se le diera el águila de plata.
Así, los legionarios civiles del Primer Imperio pertenecían casi todos a un cierto nivel social, y su lista está lejos de ofrecer esa emotiva y voluntaria confusión que presentan las promociones militares, en las que el nombre del simple soldado sigue – y a veces precede – al de su general.

Collar de la Legión de Honor (detalle)

Esta clasificación pone en evidencia uno de los puntos de la Legión de Honor de Napoleón que en la actualidad son juzgados débiles. Prejuicio ancestral, cuidado de no chocar costumbres seculares.
El Emperador ignoró en su orden categorías sociales de las cuales, no obstante, ciertos miembros elevaron su renombre casi tan alto que sus «bravos»: Jacob, el ebanista cuyo nombre permanece inseparable de la era napoleónica, y que hizo brillar el arte y la técnica franceses a lo largo del mundo; Talma, quien actuó ante un auditorio de reyes. El mismo Napoleón reconoció más tarde que no se había atrevido. ¡En cuanto a la exclusión de Isabey, es bastante mal explicable! Igualmente, jamás Napoleón dio su orden a una mujer, a pesar de lo que dicen algunos historiadores, se contentó de entregar a algunas de ellas, combatientes o vivanderas, una cadena de oro a la cual estaba suspendida una medalla con su efigie. Por cierto que esto no impidió a algunas portar la cruz, tras la caída del Imperio, como signo de apego a su héroe. Pero la primera mujer oficialmente caballero, Angélique Duchemin, viejo soldado de la República retirada en los Inválidos, recibió su cruz de manos del Príncipe-presidente, futuro Napoleón III, en 1851.
En cambio, aunque el texto no hubiera previsto la entrada a la Legión de las colectividades, tres ciudades obtuvieron, durante los Cien Días, el derecho de portar la condecoración en sus escudos de armas por su conducta durante la campaña de Francia de 1814: Châlon-sur-Saône, Tournus y Saint-Jean-de Losne. (Las banderas, por su parte , no serían condecoradas más que a partir del reinado de Napoleón III).

Al redactar los textos fundamentales, Napoleón había personalmente insistido que la Legión de Honor pusiera en práctica la noción de ayuda mutua y de solidaridad ligada al origen mismo de las antiguas órdenes. Esta fraternidad acentuaría el carácter tradicional de la nueva institución en un sentido que no podía sino encontrar la aprobación general, a la vez contribuyendo al acercamiento de todos los legionarios. El día siguiente de la victoria de Austerlitz, Napoleón adoptó a todos los hijos de los generales, oficiales y soldados muertos en la batalla. Los niños serían criados en el castillo de Rambouillet, las niñas en el de Saint Germain-en-Laye. Este decreto no fue aplicado bajo esta forma: el 15 de diciembre de 1805, un nuevo decreto firmado desde Schönbrunn creaba tres casas para las niñas de los legionarios, cada una teniendo que recibir cien de ellas. Para la primera, la elección recayó en el antiguo castillo del condestable de Montmorency, en Écouen. Es ahí donde llegaron las primeras alumnas en 1807. Napoleón nombró, para dirigir este establecimiento bajo la autoridad dl gran canciller, a una «superintendente», Madama Campan, antigua camarera de la reina María Antonieta. Conocía sus talentos pedagógicos: ella había sido profesora de sus hermanas Paulina y Carolina, y sobre todo de las pequeñas Beauharnais, Estefanía, Emilia y Hortensia, cuando dirigía, durante el Directorio, una institución para muchachas en Saint-Germain en-Laye con una competencia que de inmediato había impresionado al futuro Emperador. Napoleón fijó él mismo el programa de «sus niñas», programa bastante reaccionario, incluso para su tiempo, y casi únicamente basado en la religión y la enseñanza doméstica. No por ello Écouen gozó menos desde su fundación de un prestigio tal, que una segunda casa fue abierta desde 1810 en la antigua abadía de Saint-Denis, bajo la superintendencia de Madama du Bouzet. Las visitas que el Emperador efectuó siguen siendo legendarias en la historia de esas casas. Además de esos establecimientos, casas reservadas a las huérfanas de guerra, hijas o no de legionarios, pero administradas por la Legión de Honor, fueron abiertas a partir de 1810 igualmente. Pero, contrariamente a Écouen y a Saint-Denis, cuya dirección era laica (son de hecho las primeras escuelas de Estado para mujeres fundadas en Francia), las casas de huérfanas (calle Barbette en París, en los Barbeaux en Fontainebleau, en las Loges en forêt de Saint-Germain) fueron dirigidas por la «Congregación de la Madre de Dios» aparentándose bastante más a conventos. La reina Hortensia, quien había contribuido a poner en relación a Napoleón y a Madama Campan, a la cual la ligaba una muy firme amistad, se convirtió en la «princesa protectriz» de las casas.

El privilegio de la nobleza deriva del decreto del lº de marzo de 1808 que restablece los títulos y crea la nobleza de Imperio:

«Art. 11: Lo miembros de la Legión de Honor y aquellos quienes, en el futuro, obtengan esta distinción, portarán el título de caballero.
Art. 12: Este título será transmisible a la descendencia directa y legítima, natural o adoptiva, de varón en varón por orden de primogenitura, de aquel a quien haya sido otorgado, presentándose ante archi-canciller del Imperio a fin de obtener para este efecto nuestras letras patentes y justificando un ingreso neto de tres mil francos al menos.»

Los escudos de armas de los caballeros, rematados con un birrete negro con pluma, presentan una estrella de plata de la orden colocada sobre una de las piezas «honorables» del blasón, siempre de «gules».

El decreto del 3 de marzo de 1810, luego el decreto del 8 de octubre de 1814, aportan a este texto a la vez precisiones y restricciones: un miembro de la Legión de Honor debe, para ser caballero, obtener sus letras patentes. Además, cuando el abuelo, el hijo y el nieto hayan sido sucesivamente miembros de la Legión de Honor y et hayan obtenido letras patentes, el bisnieto será noble por derecho y transmitirá la nobleza a toda su descendencia (estas disposiciones conocieron en el transcurso del Siglo XIX múltiples modificaciones).

Sello de los Títulos
Creación de la nobleza de Imperio (1808)

La Legión no cesó, a lo largo del reinado, de ver amplificarse su prestigio. La estrella blanca acuñada con la efigie y el águila imperiales, suspendida a su listón rojo, se vinculó indisolublemente a su fundador. Su gloria se confundió. Los franceses la recibieron con devoción. Todos los soberanos de Europa se enorgullecieron de ella. Algunos cambios intervinieron: el sistema de las cohortes resultó ser inaplicable en el plano administrativo. Salvo algunas excepciones, Las cabezas de distrito no fueron acondicionadas, ningún hospicio funcionó jamás. En cuanto a la gestión de bienes, presentaba dificultades casi inextricables. Asimismo, el decreto del 28 de febrero de 1809, que anunciaba la venta de los bienes de la Legión de Honor, cuyos ingresos eran remplazados por rentas de orígenes diversos, marcó prácticamente el fin de las cohortes.

Un pesado handicap golpeó de inmediato a la Legión: el de los efectivos (que por cierto la marcaría hasta una época muy reciente). La ley de creación las limitaba a 6,105. En mayo de 1805, Napoleón las había aumentado de 2,000. Pero los legionarios alcanzaban una cifra que se situaba entre 33,000 y 35,000 cuando la primera abdicación (les exclusiones de la Restauración y el incendio de los archivos de la gran cancillería en 1871 no permiten ser más preciso). Y eso que éste número no comprende a los extranjeros que, por decreto de del gran Consejo de junio de 1804, pudieron ser admitidos, pero no recibidos, Goethe o Volta por ejemplo, por lo demás poco numerosos (los soldados de la Grande Armada, cualquiera que fuera su nacionalidad, recibieron la cruz en calidad de francés). La campaña de Francia vio 4,000 nuevos condecorados, entre los cuales María-Luisas.

Las insignias de la Legión de Honor desde 1802
Museo del Empéri; fotografía cortesía del Sr. Albert Martin.

Napoleón rubricó las últimas nominaciones en Fontainebleau, antes de firmar su nombre en el acta de abdicación, el 6 de abril de 1814, abandonando así su estrella a otras manos. Y mientras el rey, arribado a París, otorgaba generosamente la «orden real de la Legión de Honor» y ponía a la cabeza de la cancillería al deplorable abate de Pradt, luego al general conde de Brujas, el Emperador, en la isla de Elba, no procedió, al parecer, a ninguna nominación. Pero, apenas a bordo del Inconstant («Inconstante») que le llevaría de regreso a Francia, condecoró, en plena mar, a los oficiales de la tripulación. Es bien conocido el extraordinario vuelo «de campanario en campanario»: antes de alcanzar París, en Lyón, el 13 de marzo de 1815, Napoleón anulaba todas las modificaciones en la Legión de Honor debidas a Luis XVIII, y declaraba al conde de Lacépède gran canciller inamovible. El conde Dejean fue encargado de asegurar el ínterin. Napoleón nombró durante los Cien Días más o menos a 6,000 legionarios. La mayoría de esas nominaciones concernía a militares, pero no olvidó a los civiles, como el joven Arago y Gay-Lussac, condecorados desde el 6 de abril, e hizo a Luis David «Comandante».

A su segundo regreso, Luis XVIII quien, ignorando al «Usurpador», había firmado nominaciones en la Legión de Honor durante toda su estancia en Gante, la conservó, pero excluyó de la orden a toda la familia Bonaparte, incluido Napoleón, anuló las nominaciones de los Cien Días – que serían validadas por Luis Felipe – y quitó definitivamente de sus funciones al conde de Lacépède. La orden halló afortunadamente un verdadero defensor en la persona del nuevo gran canciller, el mariscal Macdonald, duque de Trento. Su firme y hábil diplomacia permitieron a la institución imperial atravesar el difícil obstáculo de la Restauración, durante la cual la Legión se encontró en rivalidad con las antiguas órdenes reales reconstituidas: el Espíritu Santo, a la cual ingresaron casi todos los mariscales del Imperio; San Miguel, entonces reservada a los civiles; y sobre todo San Luis, recompensa militar por excelencia del rey, que éste trató de colocar por encima de la orden imperial de la cual no podía soñar privar al ejército, en especial a los soldados y suboficiales para quienes San Luis no era accesible. Pero la Legión de Honor triunfaría definitivamente en 1830 con la llegada al trono de Luis Felipe, quien suprimió para siempre las recompensas del Antiguo Régimen e hizo de la Legión de Honor lo que ha permanecido, sin interrupción, y a pesar de los sobresaltos, hasta los caos que Francia a conocido: la mayor orden francesa. Su prestigio incluso ha permanecido tal que prácticamente todos las órdenes creadas desde entonces, en especial en los Estados que acceden a la independencia, están orgullosos de tomarla por modelo en todos los continentes.

NOTAS:

1) Como vemos, esta famosa exclamación tal como se repite hasta el hastío “… es con sonajas con lo que se guía a los hombres”, tantas veces empleada tanto para desprestigiar a la Legión como para imputar a Napoleón un cinismo y desprecio de los hombres que nunca tuvo, no es más que un fragmento, intencionalmente extraído de su contexto, de una la réplica claramente irónica hecha por el Primer Cónsul en respuesta a las afirmaciones solapadas y sarcásticas de ciertos miembros del Consejo.

VER TAMBIÉN DEL MISMO AUTOR:

Cuadro de las Cohortes de la Legión de Honor, por Claude Ducourtial-Rey

La Legión de Honor y la leyenda Napoleónica, por Claude Ducourtial-Rey.

Los civiles y la Legión de Honor, por Claude Ducourtial-Rey.

BIBLIOGRAFÍA:

- Steenacker (F.), Histoire des Ordres de Chevalerie et des distinctions honorifiques en France, París, Librairie internationale, 1867.
- Bucquet (M.), Feuillatre, Durieux, La Légion d’honneur et les décorations françaises, Catálogo de la Exposición sobre la Legión de Honor en el Musée des Arts décoratifs, 1911.
- Ordres de chevalerie et Récompenses nationales, Catálogo de la Exposición, Casa de Moneda de París, 1956.
- Ducourtial (C.), Ordres et décorations, París, PUF, 1968.
- Pierredon (Michel de), Contribution à l'histoire des Ordres de Mérite, Rodez, Garrère, 1926;
- Manuel de la Légion d’honneur, París, chez Redonneau, an X.
- Annuaire de 1814, Les États généraux de la Légion d’honneur.
- Bottet (M.), Autour de la Légion d’honneur, París, Flammarion, 1904.
- Renault (J.), La Légion d’honneur, París, Société d’Entraide de la Légion d’honneur, 1922.
- Daniel (J.), La Légion d’honneur, París, Bonne, 1948.
- Napoléon et la Légion d’honneur, Catálogo de la Exposición en el Museo Nacional de la Legión de honor, París, la Cohorte, Société d’Entraide la Légion d’honneur, 1968.
- Ducourtial (C.) et Bonneville de Marsangie (L.), La Légion d’honneur, París, la Vauzelle, 1982.
- Brasier (L.), Histoire des maisons d’éducation, París, Renouard, 1913.

REFERENCIAS GENERALES:

Libros

Deux siècles de Legion d’honneur, por Pierre Miquel, Acropole, 2002.
La Légion d’honneur. Un Ordre au service de la Nation, por Anne de Chefdebien y Bertrand Galimard Flavigny, Découvertes/Gallimard.
Catálogo de la exposición por el bicentenario de la Legión de Honor del Museo Real del Ejército y de Historia Militar de Bruselas, Bélgica (17 de mayo al 24 de noviembre de 2002). Téledescargable en formato PDF. .
L’insigne d’Honneur; de la Légion à l’étoile 1802-1815. Société des amis du Musée National de la Légion d’Honneur et des ordres de chevalerie, 2006.

Ligas de interés:

Bibliografía general sobre la Legión de Honor, establecida por France Phaléristique (Francia Falerística)

Gran Cancillería de la Legión de Honor

Base Léonore: Todos los recipiendarios de la Legión de Honor fallecidos antes de 1954

Sociedad de ayuda mutua de los Miembros de la Legión de Honor (Société d'Entraide des Membres de la Légion d’Honneur)

Museo Real de Historia Militar, en Bruselas, Bélgica

Expediente del ministerio de la Defensa francés

El fondo de la Legión de Honor en los Archivos nacionales de Francia

Sociedad de amigos del Museo nacional de la Legión de Honor y de las órdenes de caballería