Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LA LEGIÓN DE HONOR Y LA LEYENDA NAPOLEÓNICA
 
El faccionario suizo en el Louvre
Un joven faccionario se topa con un Viejo de la Vieja. Incriminado, el grognard, lanza: « ¿Si no me es lícito portar mi cruz, puedo al menos llevar mi cicatriz? ». Litografía de Théodore Géricault, 1819.

Por

Claude Ducourtial-Rey
Antiguo Conservador del Museo Nacional de la Legión de Honor

Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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El día siguiente de Waterloo, Napoleón trazó su última firma en los últimos decretos de nominación, antes de partir hacia el exilio y la muerte. Y hoy, como en aquellas horas trágicas, la Legión de Honor siempre es la gran Orden de Francia, la más alta recompensa, el más hermoso signo de reconocimiento que pueda acordar a quienes se han consagrado a ella.
Sería demasiado fácil poner a cuenta del azar o de la suerte esta perennidad que le permitió atravesar, intacta, uno de los siglos más turbulentos de nuestra vida nacional. Ninguna institución humana sufrió más inmediatamente la influencia del clima social y político que el de las recompensas, siendo su valor únicamente función del prestigio que le conceden los pueblos. Si el de la Legión no ha declinado, hay que rendirle todo el mérito a su Fundador. Con la presciencia que marca tantos de sus proyectos, supo concebir, desde el inicio del Siglo XIX, las grandes reglas gracias a las cuales su orden se desarrollaría según las exigencias del porvenir, sin por ello apagar su personalidad.
Esas reglas, que había defendido él mismo, y con qué lucidez, ante las asambleas consulares, resultaron rápidamente ser tan eficaces que, en las décadas siguientes, toda la Europa monárquica las retomó, ya sea creando nuevas Órdenes de Mérito (Leopoldo de Austria, Isabel la Católica de España), ya sea modificando antiguas instituciones, como en Inglaterra, la Orden del Bain. El movimiento se amplificó rápidamente, alcanzando América (*) del Sur con la Orden del Liberador en Venezuela (1825), luego llegando a civilizaciones que hasta entonces habían ignorado el principio de la Orden: el bey de Túnez fundaba en 1837 el Nichan Iftikar; el Sultán de Turquía inauguraba el Medjidié en 1851; Japón en 1875 instituía la Orden del Sol Naciente.
Y en nuestros días todavía, a cada proclamación de un nuevo estado, la Legión gana casi siempre una nueva descendencia.

 

LA CREACIÓN MÁS DURABLE DEL REINO

No neguemos pues el extraordinario genio de aquel que, al crear la Legión de Honor, daba una nueva prueba de su poder de « invención ».
Sin embargo, ¿había el Emperador mantenido hacia ella todas las promesas del Primer Cónsul? No. Napoleón pudo fijar sus principios inmutables y fundamentales, pero no pudo edificarla más que parcialmente. La razón de ello fue el estado, por así decirlo permanente, de guerra, al que lo obligó la hostilidad de Europa. En ese clima rico en gloria y en hazañas, era obligado que la Legión de Honor fuera atribuida a los combatientes en amplia preponderancia sobre las personalidades civiles y que, como consecuencia, la Orden pareció perder su carácter orgánico de recompensa única y común a todos los méritos: así fue como del total de 35.000 Legionarios vivos en junio de 1815, los miembros de la Orden, condecorados por sus actividades civiles, no formaban más que la quinceava parte: entre ellos, respecto a los altos funcionarios, los más numerosos, y administradores, un centenar de médicos, de industriales, de representantes de profesiones liberales y un solo obrero manual, condecorado por cierto con aparato.

En pocas palabras, la amalgama social que quería engendrar por medio de la ley de floreal no se había cumplido más que en el plano militar. Asimismo, la múltiple misión de las Cohortes se había extinto incluso antes de haber producido sus primeros efectos.
No obstante, al regreso de los Príncipes, con apenas 15 años de edad, la Legión de Honor ya había entrado en la
Leyenda, esa leyenda que encontramos en el origen de las grandes instituciones caballerescas.
Los fundadores de Órdenes de los siglos pasados tenían la costumbre de apelar a un patronato sobrenatural o sagrado, para cubrir con una alta protección las proezas de sus futuros caballeros, o para sancionar por un oportuno milagro el apoyo místico aportado a su nueva creación y a su causa. Pero no era necesario inventar, para la Legión de Honor, un origen fabuloso. La realidad rebasaba la ficción, y esta realidad, era el mismo Napoleón.
¿Cómo explicar el verdadero apasionamiento ejercido por este nombre, desde hace tantos años y para todos?
Nuestro universo había conocido antes de él muchos conquistadores. ¡Debía, después de él, conocer otros...! En cuanto al administrador genial, el organizador de vistas proféticas, despierta un interés aún infinitamente superior al del estratega, y es sobre el que se orienta nuestra admiración. Pero eso no explica todo. Se une a esta admiración, justificándola y finalmente exaltándola, un sentimiento sutil: Napoleón ha representado un fenómeno del cual experimentamos todavía, sin darnos tal vez cuenta, la increíble estupefacción.
Que un joven oficial pobre, de pequeña nobleza corsa, se haya vuelto jefe de Estado, diez años de revolución habían habituado a Francia a esos avances fulgurantes, y el de Bonaparte no daba, en suma, más que el ejemplo más representativo.
Pero había ido más lejos, y había alcanzado el Trono.

Napoleón en traje de la Consagración
Cuadro de Robert Lefèvre (1755-1830)

Desde hacía siglos, Europa se apoyaba en fundamentos estables, nacidos del sistema feudal: un cierto número de familias, cuyo origen se perdía en la noche de las tradiciones, se repartía el gobierno de los Estados: Capetos, Habsburgo, etc... se disputaban a su nivel, territorios, provincias, cetros. Un Estado a veces se sacudía su yugo. En 1652, Inglaterra había decapitado a su Rey, Cromwell había entonces ejercido hasta su muerte una total dictadura, pero bajo el único título de Protector de la República. El siglo siguiente, Washington, después de haber dado nacimiento a la Unión de los Estados Unidos, no había aceptado la presidencia conferida por la Constitución, y que él dejó por sí mismo. Francia acababa a su vez de abolir en la sangre a la realeza, y de poner finalmente su suerte en manos del Primer Cónsul. Era el desenlace normal de la revolución.
Pero la ambición del joven héroe francés no se detenía ahí. Él quería el poder bajo su aspecto más deslumbrante, como el más tangible, es decir la entrada en la órbita tan estrecha de las dinastías reinantes. Y él, « un hombre como los demás », había logrado a elevarse sobre el pódium reservado, desde hacía más de un milenio, a los descendientes de Clovis, de Carlomagno y de Hugo Capeto.
Se le llamaba Sire, se le saludaba con el título de Majestad. No se contentaba con actuar cuan soberano, reinaba en el sentido pleno del término. Había quebrado el anillo. Y, por esta ruptura, se escapaba la magia del poder tradicional. Más que la ejecución del Rey, la ascensión de Napoleón al trono de Francia daba a la monarquía de derecho divino un golpe fatal. Probaba a la faz del mundo que un soberano se hace, luego entonces se deshace.

Así la incidencia humana de la epopeya imperial rebasa su incidencia nacional. Permite todas las esperanzas, libera por fina al hombre de la empresa de sus complejos ancestrales más sagrados, abriendo ante él la ruta de todas las experiencias. Una nueva fe en el precio de la acción, de la audacia, de la suerte, se convierte en el instrumento de las aspiraciones más insensatas.
Y la personalidad de Napoleón, soporte de los sueños de una humanidad al fin liberada de sus fobias, hace de alguna manera las veces de héroe titular de la nueva civilización que se ha esbozado con él.

Ahora, pocas de sus instituciones se integran tan estrechamente a su persona como la Legión de Honor.
Hemos dicho las imperfecciones de ésta. ¿Pero cómo no habrían empalidecido ante el recuerdo de Austerlitz, de Wagram, de Moscú, incluso de Waterloo que centelleaba sobre tantos pechos heroicos, y todos vibrantes todavía de la extraordinaria aventura?

 

UNA INSTITUCIÓN NACIONAL

Después del Imperio, la estrella imperial se iba a volver uno de los mejores soportes del culto del dios caído. Y es entonces cuando debía, poco a poco, colmar las lagunas que su creador tal vez, con el tiempo, hubiese paliado.
Al recorrer rápidamente su historia durante el siglo y medio que nos separa de esa fecha, uno se da cuenta que ciertas debilidades han desaparecido. Otras subsisten sin duda, pero tal vez contribuyeron a salvar a la Orden de una desaparición más o menos segura.

Su primera prueba fue la Restauración. El Rey restablecía sus Órdenes centenarias. ¿Por qué mantener a su lado una institución reciente y cargada de recuerdos explosivos?
La Orden del Emperador triunfó. Era imposible de degradar de un golpe a la élite del país. Había que, de buena o de mala gana, componer con ella. Ligeramente transformada en su administración como en las insignias, subsistió pues, sin haber estado seriamente amenazada. El gobierno real de hecho, atento en devolver a la Orden militar de San Luis su prestigio en el ejército, intensificó las promociones civiles en la Legión de Honor. Así se hicieron Caballeros Lamartine y Víctor Hugo «hombres de letras».

Luego en 1830, la Legión de Honor veía la desaparición de las Órdenes del Antiguo Régimen. Luis Felipe la reconocía como la única Orden francesa. Este primer lugar, Legión de Honor no la dejaría ya más.
Por medio de las nominaciones al título de la Guardia Nacional, el Rey Ciudadano hizo entrar en la Orden a los primeros artistas del escenario, los primeros comerciantes, los primeros artesanos. Tras él, Napoleón III decretaba para la Orden nuevos textos reglamentarios y multiplicaba las promociones civiles, reservando esta vez, en ocasión de las grandes Exposiciones, un lugar selecto a la Industria y a la expansión comercial, pero también a la asistencia pública y a la ayuda mutua social. Y fue él quien, por vez primera, prendió la estrella en el pecho de una mujer. Pero no olvidaba al ejército y retomando un proyecto del « Tío », ataba, después de Solferino, el primer listón rojo a una bandera.

Medalla de la Legión de Honor
Modelo del tercer tipo, en plata y esmalte.

Sedan estuvo a punto de asestar a la Legión de Honor un golpe más severo que Waterloo.
Pero estaba demasiado incorporada, si se puede decir así, a la carne de la nación para que Francia consintiese a abolirla y, desde entonces, a pesar de las pruebas que nuestro país tuvo que soportar, nunca la existencia de la Orden ha sido puesta en duda.
En fin, la marcha de nuestro mundo actual, aún acelerado por la Segunda Guerra Mundial, acaba de marcar otra etapa de la vida de la Orden. Un nuevo código fue promulgado en 1962. Ese código no hace, a fin de cuentas, más que retomar los textos fundamentales redactados sobre las instrucciones del Primer Cónsul. Abroga o corrige ciertas disposiciones tomadas bajo la presión de eventos excepcionales, y restituye esencialmente a la Legión de Honor su papel de recompensa reservada solo a los servicios y méritos de alta calidad, tanto civiles como militares.

Así, de era en era, cada régimen a sellado su piedra a fundamentos establecidos con una mano tan segura. El hecho debe ser subrayado: mientras la historia de las grandes condecoraciones se confunde generalmente con las de su declive, la evolución de la Legión de Honor tiende hacia un equilibrio que le da por fin la verdadera significación querida por el texto firmado, hace 171 años, por Napoleón.

Claude Ducourtial-Rey, mayo de 1973.

*) NdT.: Citemos por nuestra parte la hermosa y muy mexicana Nacional y Distinguida Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe, fundada en 1822 por el Emperador Agustín I.