| LA
LEGIÓN DE HONOR Y LA LEYENDA NAPOLEÓNICA |
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Faccionario
suizo en el Louvre,
por Théodore Géricault
Un joven faccionario se topa
con un Viejo de la Vieja.
Incriminado, el grognard,
lanza: « ¿si no
me es lícito portar mi
cruz, puedo al menos llevar
mi cicatriz? ». Litografía
de 1819. |
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por |
Claude
Ducourtial-Rey
Antiguo
Conservador del Museo Nacional de la Legión
de Honor
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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El
día siguiente de Waterloo, Napoleón
trazó su última firma en los últimos
decretos de nominación, antes de partir
hacia el exilio y la muerte. Y hoy, como en aquellas
horas trágicas, la Legión de Honor
siempre es la gran Orden de Francia, la más
alta recompensa, el más hermoso signo de
reconocimiento que pueda acordar a quienes se
han consagrado a ella.
Sería demasiado fácil poner a cuenta
del azar o de la suerte esta perennidad que le
permitió atravesar, intacta, uno de los
siglos más turbulentos de nuestra vida
nacional. Ninguna institución humana sufrió
más inmediatamente la influencia del clima
social y político que el de las recompensas,
siendo su valor únicamente función
del prestigio que le conceden los pueblos. Si
el de la Legión no ha declinado, hay que
rendirle todo el mérito a su Fundador.
Con la presciencia que marca tantos de sus proyectos,
supo concebir, desde el inicio del Siglo XIX,
las grandes reglas gracias a las cuales su orden
se desarrollaría según las exigencias
del porvenir, sin por ello apagar su personalidad.
Esas reglas, que había defendido él
mismo, y con qué lucidez, ante las asambleas
consulares, resultaron rápidamente ser
tan eficaces que, en las décadas siguientes,
toda la Europa monárquica las retomó,
ya sea creando nuevas Órdenes de Mérito
(Leopoldo de Austria, Isabel la Católica
de España), ya sea modificando antiguas
instituciones, como en Inglaterra, la Orden del
Bain. El movimiento se amplificó rápidamente,
alcanzando América (*) del Sur con la Orden
del Liberador en Venezuela (1825), luego llegando
a civilizaciones que hasta entonces habían
ignorado el principio de la Orden: el bey de Túnez
fundaba en 1837 el Nichan Iftikar; el Sultán
de Turquía inauguraba el Medjidié
en 1851; Japón en 1875 instituía
la Orden del Sol Naciente.
Y en nuestros días todavía, a cada
proclamación de un nuevo estado, la Legión
gana casi siempre una nueva descendencia.
LA CREACIÓN
MÁS DURABLE DEL REINO
No neguemos pues
el extraordinario genio de aquel que, al crear
la Legión de Honor, daba una nueva prueba
de su poder de « invención ».
Sin embargo, ¿había el Emperador
mantenido hacia ella todas las promesas del Primer
Cónsul? No. Napoleón pudo fijar
sus principios inmutables y fundamentales, pero
no pudo edificarla más que parcialmente.
La razón de ello fue el estado, por así
decirlo permanente, de guerra, al que lo obligó
la hostilidad de Europa. En ese clima rico en
gloria y en hazañas, era obligado que la
Legión de Honor fuera atribuida a los combatientes
en amplia preponderancia sobre las personalidades
civiles y que, como consecuencia, la Orden pareció
perder su carácter orgánico de recompensa
única y común a todos los méritos:
así fue como del total de 35.000 Legionarios
vivos en junio de 1815, los miembros de la Orden,
condecorados por sus actividades civiles, no formaban
más que la quinceava parte: entre ellos,
respecto a los altos funcionarios, los más
numerosos, y administradores, un centenar de médicos,
de industriales, de representantes de profesiones
liberales y un solo obrero manual, condecorado
por cierto con aparato.
En pocas palabras,
la amalgama social que quería engendrar
por medio de la ley de floreal no se había
cumplido más que en el plano militar. Asimismo,
la múltiple misión de las Cohortes
se había extinto incluso
antes de haber producido sus primeros efectos.
No obstante, al regreso de los Príncipes,
con apenas 15 años de edad, la Legión
de Honor ya había entrado en la Leyenda,
esa leyenda que encontramos en el origen de las
grandes instituciones caballerescas.
Los fundadores de Órdenes de los siglos
pasados tenían la costumbre de apelar a
un patronato sobrenatural o sagrado, para cubrir
con una alta protección las proezas de
sus futuros caballeros, o para sancionar por un
oportuno milagro el apoyo místico aportado
a su nueva creación y a su causa. Pero
no era necesario inventar, para la Legión
de Honor, un origen fabuloso. La realidad rebasaba
la ficción, y esta realidad, era el mismo
Napoleón.
¿Cómo explicar el verdadero apasionamiento
ejercido por este nombre, desde hace tantos años
y para todos?
Nuestro universo había conocido antes de
él muchos conquistadores. ¡Debía,
después de él, conocer otros...!
En cuanto al administrador genial, el organizador
de vistas proféticas, despierta un interés
aún infinitamente superior al del estratega,
y es sobre el que se orienta nuestra admiración.
Pero eso no explica todo. Se une a esta admiración,
justificándola y finalmente exaltándola,
un sentimiento sutil: Napoleón ha representado
un fenómeno del cual experimentamos todavía,
sin darnos tal vez cuenta, la increíble
estupefacción.
Que un joven oficial pobre, de pequeña
nobleza corsa, se haya vuelto jefe de Estado,
diez años de revolución habían
habituado a Francia a esos avances fulgurantes,
y el de Bonaparte no daba, en suma, más
que el ejemplo más representativo.
Pero había ido más lejos, y había
alcanzado el Trono.
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Napoleón en traje de
la Consagración
Cuadro de Robert Lefèvre |
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Desde
hacía siglos, Europa se apoyaba
en fundamentos estables, nacidos del sistema
feudal: un cierto número de familias,
cuyo origen se perdía en la noche
de las tradiciones, se repartía
el gobierno de los Estados: Capetos, Habsburgo,
etc... se disputaban a su nivel, territorios,
provincias, cetros. Un Estado a veces
se sacudía su yugo. En 1652, Inglaterra
había decapitado a su Rey, Cromwell
había entonces ejercido hasta su
muerte una total dictadura, pero bajo
el único título de Protector
de la República. El siglo siguiente,
Washington, después de haber dado
nacimiento a la Unión de los Estados
Unidos, no había aceptado la presidencia
conferida por la Constitución,
y que él dejó por sí
mismo. Francia acababa a su vez de abolir
en la sangre a la realeza, y de poner
finalmente su suerte en manos del Primer
Cónsul. Era el desenlace normal
de la revolución.
Pero la ambición del joven héroe
francés no se detenía ahí.
Él quería el poder bajo
su aspecto más deslumbrante, como
el más tangible, es decir la entrada
en la órbita tan estrecha de las
dinastías reinantes. Y él,
« un hombre como los demás
», había logrado a elevarse
sobre el pódium reservado, desde
hacía más de un milenio,
a los descendientes de Clovis, de Carlomagno
y de Hugo Capeto.
Se le llamaba Sire, se le saludaba con
el título de Majestad. No se contentaba
con actuar cuan soberano, reinaba en el
sentido pleno del término. Había
quebrado el anillo. Y, por esta ruptura,
se escapaba la magia del poder tradicional.
Más que la ejecución del
Rey, la ascensión de Napoleón
al trono de Francia daba a la monarquía
de derecho divino un golpe fatal. Probaba
a la faz del mundo que un soberano se
hace, luego entonces se deshace.
Así
la incidencia humana de la epopeya imperial
rebasa su incidencia nacional. Permite
todas las esperanzas, libera por fina
al hombre de la empresa de sus complejos
ancestrales más sagrados, abriendo
ante él la ruta de todas las experiencias.
Una nueva fe en el precio de la acción,
de la audacia, de la suerte, se convierte
en el instrumento de las aspiraciones
más insensatas.
Y la personalidad de Napoleón,
soporte de los sueños de una humanidad
al fin liberada de sus fobias, hace de
alguna manera las veces de héroe
titular de la nueva civilización
que se ha esbozado con él.
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Ahora, pocas de
sus instituciones se integran tan estrechamente
a su persona como la Legión de Honor.
Hemos dicho las imperfecciones de ésta.
¿Pero cómo no habrían empalidecido
ante el recuerdo de Austerlitz, de Wagram, de
Moscú, incluso de Waterloo que centelleaba
sobre tantos pechos heroicos, y todos vibrantes
todavía de la extraordinaria aventura?
UNA INSTITUCIÓN
NACIONAL
Después
del Imperio, la estrella imperial se iba a volver
uno de los mejores soportes del culto del dios
caído. Y es entonces cuando debía,
poco a poco, colmar las lagunas que su creador
tal vez, con el tiempo, hubiese paliado.
Al recorrer rápidamente su historia durante
el siglo y medio que nos separa de esa fecha,
uno se da cuenta que ciertas debilidades han desaparecido.
Otras subsisten sin duda, pero tal vez contribuyeron
a salvar a la Orden de una desaparición
más o menos segura.
Su primera prueba
fue la Restauración. El Rey restablecía
sus Órdenes centenarias. ¿Por qué
mantener a su lado una institución reciente
y cargada de recuerdos explosivos?
La Orden del Emperador triunfó. Era imposible
de degradar de un golpe a la élite del
país. Había que, de buena o de mala
gana, componer con ella. Ligeramente transformada
en su administración como en las insignias,
subsistió pues, sin haber estado seriamente
amenazada. El gobierno real de hecho, atento en
devolver a la Orden militar de San Luis su prestigio
en el ejército, intensificó las
promociones civiles en la Legión de Honor.
Así se hicieron Caballeros Lamartine y
Víctor Hugo « hombres de letras ».
Luego en 1830,
la Legión de Honor veía la desaparición
de las Órdenes del Antiguo Régimen.
Luis Felipe la reconocía como la única
Orden francesa. Este primer lugar, Legión
de Honor no la dejaría ya más.
Por medio de las nominaciones al título
de la Guardia Nacional, el Rey Ciudadano hizo
entrar en la Orden a los primeros artistas del
escenario, los primeros comerciantes, los primeros
artesanos. Tras él, Napoleón III
decretaba para la Orden nuevos textos reglamentarios
y multiplicaba las promociones civiles, reservando
esta vez, en ocasión de las grandes Exposiciones,
un lugar selecto a la Industria y a la expansión
comercial, pero también a la asistencia
pública y a la ayuda mutua social. Y fue
él quien, por vez primera, prendió
la estrella en el pecho de una mujer. Pero no
olvidaba al ejército y retomando un proyecto
del « Tío », ataba, después
de Solferino, el primer listón rojo a una
bandera.
Sedan estuvo a
punto de asestar a la Legión de Honor un
golpe más severo que Waterloo.
Pero estaba demasiado incorporada, si se puede
decir así, a la carne de la nación
para que Francia consintiese a abolirla y, desde
entonces, a pesar de las pruebas que nuestro país
tuvo que soportar, nunca la existencia de la Orden
ha sido puesta en duda.
En fin, la marcha de nuestro mundo actual, aún
acelerado por la Segunda Guerra Mundial, acaba
de marcar otra etapa de la vida de la Orden. Un
nuevo código fue promulgado en 1962. Ese
código no hace, a fin de cuentas, más
que retomar los textos fundamentales redactados
sobre las instrucciones del Primer Cónsul.
Abroga o corrige ciertas disposiciones tomadas
bajo la presión de eventos excepcionales,
y restituye esencialmente a la Legión de
Honor su papel de recompensa reservada solo a
los servicios y méritos de alta calidad,
tanto civiles como militares.
Así, de
era en era, cada régimen a sellado su piedra
a fundamentos establecidos con una mano tan segura.
El hecho debe ser subrayado: mientras la historia
de las grandes condecoraciones se confunde generalmente
con las de su declive, la evolución de
la Legión de Honor tiende hacia un equilibrio
que le da por fin la verdadera significación
querida por el texto firmado, hace 171 años,
por Napoleón.
Claude Ducourtial-Rey,
mayo de 1973.
*) NdT.: Citemos
por nuestra parte la hermosa y muy mexicana Nacional
y Distinguida Orden Imperial de Nuestra Señora
de Guadalupe, fundada en 1822 por
el Emperador Agustín I.