Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
LOS CIVILES Y LA LEGIÓN DE HONOR
 
Placa conmemorativa que inmortaliza la entrega de la Cruz de la Legión de Honor a Christophe Philippe Oberkampf, el 20 de junio de 1806,
Antigua manufactura de Jouy-en-Jossas.

Por

Claude Ducourtial-Rey
Antiguo Conservador del Museo Nacional de la Legión de Honor

Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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En el momento de la creación de la Legión de Honor, Napoleón había defendido personalmente la vocación civil tanto como la militar de la Institución. Fiel a sus promesas, si consagró, según los estatutos, la primera promoción a los titulares de Armas de Honor, la segunda, firmada algunos días más tarde, el 2 de octubre de 1803, no comprendía más que Legionarios condecorados por méritos civiles. Y, durante los primeros años de la Orden, se esforzó en mantener, en toda posible medida, esta alternancia.
Pero alternancia no significa equilibrio. Si Francia, al fin en paz, procedía en aquel entonces a un restablecimiento que movilizaba todas sus fuerzas y todos sus recursos económicos y administrativos, el balance de las guerras revolucionarias, como la preparación incesantemente intensificada de los proyectos de desembarco en Inglaterra, obligaba a Napoleón a reservar al Ejército la gran mayoría de las distribuciones de Águilas. El 1º de enero de 1806, sobre un efectivo de 11,500 Legionarios aproximadamente, se podían contar más o menos 550 civiles. La ruptura de equilibrio se acentuará sensiblemente en el transcurso de los años siguientes, con las campañas de Alemania y de España.
Por el contrario, con el paro de las hostilidades, en 1810 y 1811, múltiples civiles recibieron la estrella. Pero de nueva cuenta las nominaciones se disiparon a partir de 1812, hasta abril de 1814.

Había entonces 32.000 Legionarios, de los cuales aproximadamente 20 Grandes Águilas, 60 Grandes Oficiales, 90 Comandantes, 130 Oficiales y 1.400 Caballeros a título civil. Se trata de números extremamente aproximativos. En efecto, tal vez para mantener una balanza muy comprometida, tal vez también porque la época ignoraba la rígida especialización en la cual nuestro tiempo se encierra, múltiples militares fueron condecorados como titulares de funciones civiles. Y cualesquiera que hayan sido, por ejemplo, las calidades de diplomático o de jurista de Ney y de Brune, nos sorprendemos de verles nombrados miembros de la Legión como Ministro plenipotenciario o Consejero de Estado. Ésta ósmosis, ampliamente extendida a todas las escalas de las promociones, hace difícil el establecimiento de la distinción entre militares y civiles, y la contabilidad exacta de éstos últimos. El Museo de la Legión de Honor se esforzó, en ocasión de la exposición que consagró en 1968 al fundador de la Orden, en analizar la cuestión. Ésta había sido hasta entonces objeto de muy pocos estudios, no solo a nivel cuantitativo, sino también de la «calidad», de los condecorados. Son los resultados de las investigaciones emprendidas en vista de la exposición lo que el lector hallará aquí.

 

PARLAMENTARIOS Y FUNCIONARIOS

En lo que concierne a las personalidades cuyo carácter civil no puede ser discutido, Napoleón abre esencialmente su Orden a aquellas cuyos títulos, y el prestigio que conllevaban, llamaban su atención.

Las Asambleas primero. Numerosos Legionarios civiles y dignatarios de la Orden et dignatarios de la Orden recibieron su condecoración en calidad de Senador, de Representante del Cuerpo Legislativo o de Consejero de Estado (un único Tribuno, Bosc, fue nombrado en esta calidad), aún cuando las más veces se señalaron o ilustraron en todos los otros ámbitos. Tales como: Monge – quien había firmado en 1792 la abolición de la Orden de San Luis y reaccionado tan violentamente al anuncio de la creación de la Legión de Honor -, el físico Berthollet, el jurista Tronchet, el sabio Lagrange.

El Consejo de Estado, cuerpo privilegiado del reino, vio así a más de cincuenta de sus miembros ser condecorados con los diferentes grados, y una decena de dignatarios entre los cuales Cambacerés, Français de Nantes, Merlin de Douai.

No hablaremos sino incidentemente de los Ministros, casi todos Grandes Águilas, o de los Directores Generales, clave de bóveda del sistema administrativo puesto a punto por Napoleón, escogidos las más veces en el Consejo de Estado y condecorados en dicha calidad.

El Marqués Louis de Fontanes
Gran-Maestre de la Universidad Imperial (1757-1821). Cuadro de Alphonse Lavaudan, 1808.

En cuanto al cuerpo de los funcionarios propiamente dichos o asimilados, sobre los cuales reposan los fundamentos de la nueva Francia, es relativamente favorecido. Sin embargo, la representación de los diferentes departamentos en la Legión de Honor resulta muy desigual. El Interior encabeza: es a él al que incumbe la proyección, a través Francia, de las órdenes venidas del trono, y el cuidado de velar por su buena ejecución. A la cabeza encontramos por supuesto a Fouché, Gran Águila en 1805, que reúne, a partir de 1809, el ministerio de la Policía con el del Interior, Pasquier, Prefecto de Policía, Frochot, Prefecto del Sena. Junto con ellos, más de 150 prefectos son nombrados Caballeros, Oficiales o Comandantes. Así como 133 alcaldes, entre los cuales casi todos los de París, de las grandes ciudades de Francia y de los territorios anexados. Pero el número de los Legionarios nombrados en el marco de la Policía es insignificante.

Los Asuntos Extranjeros gozan también de contingentes bastante substanciales. Talleyrand, como Fouché (cuando nuestra época se sorprende a veces de ciertas nominaciones, ¿qué piensa de estas dos?), no solo formó parte de la primera promoción de 1805 como Gran Águila, sino fue, junto con Cambacerés y Lebrun, ¡el único civil no perteneciente a la Familia Imperial en recibir el Collar de la Orden!
Hugues Maret, duque de Bassano, perteneció igualmente a la primera promoción de las Grandes Águilas.
En su conjunto el Cuerpo Diplomático contó aproximadamente con 65 Legionarios de todos los grados, entre los cuales Bourgoing, Ornano, Mercy de Plataeau, Nicolaï y Mathieu de Lesseps.
La Justicia es muy especialmente considerada por el poder que nombra en la Orden a todos los Presidentes de los Tribunales y de las Cortes Imperiales, muy numerosos Consejeros, Procuradores y Abogados Generales, es decir una docena de Oficiales y Comandantes y un centenar de Caballeros. Y en ese aspecto, las nominaciones fueron particularmente numerosas entre 1810 y 1811.

Las Finanzas, en cambio, parecen un poco dejadas de lado: apenas una veintena de Legionarios. Hay que agregarle un número equivalente de miembros del Tribunal de Cuentas. Los Grandes financieros Legionarios son por cierto muy escasos – ni siquiera Laffitte a quien el Emperador confió su fortuna en 1815 – y ningún banquero entran en este aspecto a la Orden: Perregaux fue condecorado como senador.

Jean-Baptiste de Belloy (1708-1808) Arzobispo de París.
Retrato por Laurent Dabos.

La mayoría de los Directores de las grandes Administraciones son Legionarios: Guillemot en las Manufactures; Marcel en la Imprenta Nacional; Costaz en los Museos; Daunou en los Archives: Lavalette en los Correos; Beaufis en el Monte de Piedad. Su número, unido al de sus subordinados, llega a un centenar.
Pero hay que presentar como muy privilegiado el Cuerpo de los Puentes y Calzadas dirigido por Prony, de quien el Emperador recompensa así largamente la muy pesada carga de trabajos públicos emprendida a través de todo el Imperio.

Las promociones concernientes a la Enseñanza no son muy abundantes: el mismo Fontanes solo será Comandante.
Los Cultos, al contrario, o más bien el culto Católico – sólido apoyo del Imperio a pesar de los incesantes diferendos con el Papa – representa un serio contingente: 3 Grandes Águilas (los Cardenales Fesch, de Belloy y Cambacerés), 70 Arzobispos y Obispos, 40 curas. Pero sólo 5 pastores, entre los cuales Marron y Rabaut-Pommier quien, junto con Jenner, descubrió la vacuna. Ningún israelita.

 

PROFESIONES LIBERALES E INDUSTRIALES

Dejando los cuerpos o administraciones estructuradas, para examinar las nominaciones aisladas, nos damos cuenta que éstas permanecen parsimoniosas.
Cantidad de representantes de profesiones liberales pertenecen al Instituto (cuando no es el caso, lo hemos dicho, al el Senado o en al Consejo de Estado): he aquí los sabios Geoffroy Saint Hilaire, el astrónomo Meissier, Joseph Montgolfier, Louis Vauquelin.

En cuanto a los médicos civiles, una decena, entre los cuales Pinel, Tenon, Pelletan, Dubois se encargó del parto de la Emperatriz y, por supuesto, Corvisart: pertenecen también, en su mayoría, a la gran Compañía.

La Industria ocupa un lugar muy especial. Su gran desarrollo a fines del Siglo XVIII se dejó sentir en toda Europa, pero Francia, cuya revolución frenó considerablemente el comercio exterior, sintió más particularmente la necesidad de enfrentarse a sus propias necesidades, explotando a nivel práctico las grandes invenciones y descubrimientos de los sabios. El número de manufacturas se amplificó rápidamente.
Debía incrementarse todavía más durante el Imperio, alentado por el Gobierno. Napoleón deseaba hacer de Francia la primera potencia comercial y esta expansión económica exigía primeramente una producción rápida y de buena calidad.
Sin embargo el Emperador había tenía sobretodo que hacerle frente a los graves inconvenientes del
Bloqueo Continental, dirigido contra Inglaterra, pero que privaba a Francia de las importaciones de materias primas provenientes de ultramar. Por ende alentaba muy particularmente la fabricación de productos de reemplazo cuya rarefacción era lo más sensible.

Nicolas-Jacques Conté (1755-1805)
Químico, inventor entre otras cosas del lápiz de grafito.

Esta preocupación se refleja muy netamente en las nominaciones de ingenieros o de industriales Legionarios, una decena, entre los cuales destacan Conté, uno de los espíritus más inventivos y más desinteresados de su tiempo, creador del Conservatorio de las Artes y Oficios, que materializaba el desarrollo de la industria en Francia; Oberkampf, quien abrió al principio del Imperio una manufactura de algodón, que palió tan bien la carencia de los tejidos ingleses, a quien Napoleón hizo entrega, desde el 20 de junio de 1806, de la Legión de Honor, en el transcurso de una visita a la Manufactura de Jouy, diciéndole: «nadie es más digno que vos de portarla. Vos y yo hacemos la guerra a Inglaterra, pero vuestra guerra es la mejor». Ternaux, tan célebre por sus chales imitados de la cachemira, a menudo citados por Balzac. Napoleón visitando su manufactura de Louviers le dijo, al hacerle entrega de la Legión de Honor: «así que os encuentro por doquier». El liejés Liévin Bauwens, quien enterró su inmensa fortuna, no en las tenerías y las hilanderías creadas en París y en Gante, sino en el apoyo de la política imperial.

El Emperador, en presencia de la emperatriz, visita la manufactura del Sr. Oberkampf, en Jouy, el 20 de junio de 1806.
Christophe Philippe Oberkampf (Weissenbach, Baviera, 1738, Jouy-en-Josas, 1815), era un industrial alemán naturalizado francés. Creó la primera manufactura francesa de tejidos impresos en la villa de Jouy-en-Josas (1760) y la primera hilandería de algodón (Essonnes, hoy Corbeil-Essonnes). La nueva máquina, bautizada familiarmente «bastringue» (ventorro) por los obreros, funcionando de continuo, podía imprimir hasta 5,000 metros al día. La producción alcanzaba 1,450,000 de metros en 1805. En el momento de su apogeo, la manufactura de Oberkampf era la más importante de Europa. Dibujo de Jean-Baptiste Isabey (1767-1855).


El espíritu filantrópico de Delessert, que se interesó en todas las actividades de las que el pueblo debía beneficiarse, había fundado, cerca de París, en Passy, diversas manufacturas de tejidos. En 1801, les añadió la primera manufactura de azúcar de betabel. La importación de azúcar de caña, sujeta a los azares de los largos tráficos marítimos, había sido particularmente afectada por la guerra con Inglaterra, y desde hacía largo tiempo los investigadores estudiaban procedimientos para obtener azúcar a partir de vegetales aclimatados en Europa, y sobre todo el betabel. Pero fue solo en los primeros años del Imperio que una fabricación satisfactoria y poco onerosa de azúcar de betabel fue puesta a punto y emprendida en el ámbito industrial por Delessert. El éxito de esta fabricación, más aún que sus obras filantrópicas (fundó, en efecto, la Sociedad de Estímulo para la Industria y sobre todo las Cajas de Ahorro), le hizo merecedor del título de Barón y el de Caballero de la Legión de Honor.

A estos grandes nombres, se une el de un obrero, el único condecorado durante el Imperio, Hubert Goffin, maestro minero belga. El 28 de febrero de 1812, mientras Goffin trabajaba en una mina de la cuenca del Ourthe cerca de Lieja con su hijo, ésta se inundó como consecuencia de una explosión de grisú. «Gracias a su espíritu de decisión y a su valor, acarreó a 69 de sus camaradas en una “subida” al abrigo de la inundación y emprendió la excavación de una trinchera. Al cabo de cinco días y cinco noches los salvavidas pudieron alcanzarlos y los regresaron a la luz del día». Si los supervivientes habían podido ser encontrados vivos, lo debían a la extraordinaria sangre fría y a la autoridad de Goffin que fue el último en subir. El Emperador firmó su nominación en la Legión de Honor algunos días más tarde, el 12 de marzo de 1812.

En lo que se refiere a los economistas, en cambio, Napoleón se mostró bastante duro, tal vez como consecuencia de su posición política que les acercaba a los Liberales. Así es como negó la Legión de Honor a uno de los más célebres, Dupont de Nemours, Presidente de la Cámara de Comercio de París, condecorado solamente por el rey durante la Restauración.

 

ESCRITORES Y ARTISTAS

El Emperador Napoleón I visitando el salón del Louvre de 1808, hace entrega de las Cruces de la Legión de Honor a los artistas; 22 de octubre de 1808. Esbozo del Barón Antoine-Jean Gros (1771-1835). En la imagen, el pintor Louis David recibe su Cruz de Honor.

¿Qué decir de Napoleón y de los Intelectuales? La Literatura y los estudios literarios e históricos no están representados en la Legión de Honor en lo que se refiere a los nombres más prestigiosos de la época, con excepción de uno solo, uno de los más Grandes, es verdad: Goethe, y su amigo Wieland.

En Francia, la mayor parte de los escritores pertenecían a la oposición, como Chateaubriand o Benjamín Constant. Así pues, no nos distinguimos más que literatos oficiales, miembros del Instituto ellos también, cuta celebridad no brilla con un gran resplandor: M. J. Chénier, Colin de Herville, o algunos eruditos: Sylvestre de Sacy, Dacier, Levêque. Hay que añadir a un novelista que, a pesar de su edad, había conservado una gran estima del público: Bernardin de Saint-Pierre.
Y sabemos cuan sensible fue Napoleón al rechazo de la Legión de Honor – o más bien de la prestación de juramento – por parte de uno de sus autores favoritos, el gran dramaturgo Népomucène Lemercier..
En cuanto a los intérpretes, ninguno de ellos, ni siquiera Talma, tuvo la Cruz. Napoleón dijo él mismo que «no osó».

La situación se presentaba de manera muy diferente para los artistas pintores o escultores. Pero ofrece bastantes pocas sorpresas. Napoleón apeló constantemente a los más célebres entre ellos para la organización de las grandes ceremonias, como para los retratos, escenarios diversos, etc. Y en este aspecto no hallaba la oposición que lo alejaba de los intelectuales.
Observamos pues en la lista de los Legionarios del Imperio los nombres del gran arte oficial, no obstante con algunas exclusivas bastante poco explicables, como por ejemplo el de Isabey a quien se encomendó tantos encargos de la Corte. Hay que señalar igualmente la ausencia en la Legión de Honor de artesanos cuyo gusto como habilidad clasifican – para nosotros – entre los artistas que contribuyeron muy ampliamente al esplendor del estilo imperial: como el orfebre Biennais, el ebanista Jacob o el broncista Thomire (Caballero a los 92 años en 1843). ¿Hay que ver en ello una supervivencia del prejuicio aristocrático hacia los oficios manuales?

Johann Wolfgang von Goethe
Retrato al óleo por Heinrich Christoph Kolbe (1771–1836).

En suma, en el ámbito de la creación artística, Napoleón innovó poco y retomó los usos de la antigua Orden de San Miguel, reservando su Estrella a los escultores y a los pintores, una veintena, entre los cuales más de la mitad pertenecían al Instituto: David, Gérard, Guérin, Houdon, Moitte, Pajou, Chaudet, Andrieux, Naigeon, Roland, Masson, etc.
Citemos entre los demás a: Lagrenée, Valenciennes, Ménageot (en calidad de profesor), Appiani, «Primer Pintor del Rey de Italia», Suvée, así como a los que fueron condecorados en el Salón de 1808.
Y David es uno de los únicos en haber recibido el Águila de Oro de los Oficiales, y el único en haber sido hecho «Comandante», durante los Cien Días es verdad, favor del cual no pudo gozar.

La Arquitectura no tuvo la misma suerte. Fontaine recibió la Cruz y se encontró solamente en la Orden con Peyre – arquitecto de la Legión de Honor – y Visconti, pero no Percier, de tendencia un poco contestataria, y condecorado más tarde por el Rey.
Terminaremos por los Músicos; en ese campo nada imprevisto tampoco: Gretry, Mehúl, Gossec, Dalayrac, Lesueur, Director de la Música de la Capilla Imperial, ¡Monsigny...!

CONCLUSIÓN

Así pues debemos rendirnos ante esta evidencia: la entrada de los Legionarios civiles en la Legión de Honor durante el Primer Impero llenó sólo en parte las condiciones que las promesas dejaban entrever cuando su creación.
Los Legionarios pertenecían casi todos a un cierto nivel social y su lista está lejos de ofrecer esa conmovedora y voluntaria confusión que presentan las promociones militares, donde el nombre del simple soldado sigue, y a veces precede, al de su General.
Pero esta lista hace aparente otra fusión, igualmente difícil de realizar y probablemente más fructuosa: la de los orígenes. Desde la promoción del 2 de octubre de 1803 se encuentran lado a lado, el regicida Fouché, el ex-obispo Talleyrand, el jurista Portalis, el ilustre Chaptal, el cardenal Cambacerés, el explorador Bougainville, el Conde de Ségur y el Duque de Choiseul-Praslin.

Claude Ducourtial-Rey, mayo de 1973.